Magdalena Solís

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La Gran Sacerdotisa de la Sangre

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Asesinatos rituales - Perversión sexual - Se representó a sí misma como una diosa y ordenó numerosos sacrificios
  • Número de víctimas: 2 - 8 +
  • Periodo de actividad: 1963
  • Fecha de detención: 31 de mayo de 1963
  • Perfil de las víctimas: Sebastián Guerrero, de 14 años / Luis Martínez (oficial de policía)
  • Método de matar: Linchamiento
  • Localización: Yerba Buena, Nuevo León, México
  • Estado: Magdalena Solís y su hermano Eleazar fueron condenados a 50 años de prisión por los asesinatos de Luis Martínez y Sebastián Guerrero. El resto de los crímenes se dieron a conocer con posterioridad, una vez que algunos de los miembros del culto rompieron el voto de silencio
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De prostituta a sacerdotisa

Kienyke.com

14 de julio de 2016

Magdalena Solís, conocida en México como la gran «sacerdotisa de sangre», fue una de las peores asesinas de la historia mexicana, recordada hasta hoy, casi 50 años después, por lo sangriento de sus crímenes.

Su fecha de nacimiento se desconoce, aunque se estima fue en 1945, en el pueblo de Tamaulipas. Desde muy joven Solís comenzó a vender su cuerpo con la ayuda de su hermano Eleazar, quien con el tiempo se convirtió en su proxeneta, según History.

Magdalena era una mujer hermosa, por ello fue contactada por los hermanos Santos y Cayetano Hernández, quienes conformaron una secta en un poblado lejano, en la que hacían creer a las personas que tendrían riqueza si les daban sus bienes y les prestaban servicios sexuales.

Con el tiempo sus «fieles» se cansaron de dar todas sus cosas sin recibir riqueza alguna, por lo cual los hermanos Hernández decidieron buscar una diosa humana. Para ocupar ese puesto contrataron a Magdalena.

Las personas conocieron a la diosa Coatlicue, la única madre de todos los mexicanos, quien inicialmente solo pedía un poco de dinero y comida. El problema empezó cuando Magdalena se creyó el papel de diosa y las peticiones a la comunidad se volvieron absurdas. Desde esclavos sexuales hasta orgías, donde incluso los niños debían participar.

«El ritual de la sangre»

Las peticiones de Magdalena se volvieron más extrañas con el tiempo. Un día ordenó la muerte de dos campesinos que se negaron a participar en una orgía, cuando las personas protestaron por la muerte de sus compañeros, Solís la justificó diciendo que se trataba de un derramamiento de sangre que le permitía comunicarse con los demás dioses aztecas para que le informaran dónde se encontraba el oro oculto en las montañas.

Durante el ritual, la mujer era la encargada de extraer el corazón de las personas y repartir la sangre entre los sacerdotes y algunos fieles «privilegiados», luego de ello, consumía la carne del cadáver.

Solís fue arrestada luego de la desaparición de un inspector de la policía que fue a verificar las declaraciones de un joven, que atraído por el ruido, quiso observar de cerca lo que pasaba. Cuando las autoridades entraron al lugar en busca de su compañero y el joven, encontraron sus cuerpos, ambos abiertos y con el corazón extraído.

Magdalena Solís y su hermano Eleazar, fueron condenados a 50 años de prisión por el homicidio del joven que los delató, el oficial Luis Martínez, quien fue a corroborar la historia y el de una mujer desconocida que yacía junto a ellos, asesinada de la misma forma. El resto de los crímenes se dieron a conocer muchos años después, una vez que miembros del culto rompieron el voto de silencio.

«(…) Sus actos excedían en depravación humana cualquier cosa que pudiera haber visto en mis años como policía. Esta noche me dejará marcado de por vida, tanto en mi vida profesional y más, en mi vida diaria. Ruego a Dios me haga olvidar pronto los acontecimientos de los que he sido testigo, por mi propio bienestar y más, el de la humanidad a la que sirvo», fragmento del informe del inspector Abelardo Gómez con fecha de 31 de mayo de 1963, dice el diario venezolano La Voz.


Magdalena Solís

Wikipedia

Magdalena Solís (¿década de 1930’s o 1940’s? – † ¿?) fue una asesina en serie y líder sectaria mexicana, conocida como «la Gran Sacerdotisa de la Sangre». Fue responsable de por lo menos 8 asesinatos, – según algunas fuentes su número real de víctimas asciende a 15- cometidos en la pequeña comunidad de «Yerba Buena», cerca a la ciudad de Monterrey, en el estado mexicano de Nuevo León.

Es uno de los pocos casos documentados de asesinas en serie (mujeres) que tuvieron una clara motivación sexual (era una criminal sexual). Era una asesina organizada, visionaria, sedentaria, depredadora sexual y que mata en grupo.

Perfil psiquiátrico

Magdalena, provenía de una familia de escasos recursos y, muy probablemente, disfuncional. Aparentemente, comenzó a ejercer el oficio de la prostitución a temprana edad; oficio en el que laboraría hasta su unión, junto con su hermano Eleazar Solís (quien también fungía como su proxeneta), a la estafa y secta de Santos y Cayetano Hernández, en 1963. Tras su ingreso a la secta, Magdalena Solís desarrolló una grave psicosis teológica (era una fanática religiosa, sufría de delirios religiosos y delirios de grandiosidad, además de una marcada perversión sexual que se expresaba en el consumo de la sangre (vampirismo) de sus víctimas y en el terrible sadismo con el que perpetró sus crímenes) (véase: sadomasoquismo), y también prácticas de fetichismo y pedofilia.

La secta de los Hermanos Hernández

A finales de 1962 y principios de 1963, los hermanos Santos y Cayetano Hernández, un par de delicuentes de poca monta, idearon una estafa, que ellos creyeron era brillante y sería la solución a todos sus problemas monetarios. Llegaron al pequeño pueblo de Yerba Buena, (una comunidad marginada del norte de México, con un poco más de 50 habitantes, todos ellos sumidos en la pobreza extrema y en su mayoría analfabetas) y se autoproclamaron profetas y sumos sacerdotes de los «poderosos y exiliados dioses incas».

Les dijeron que: «los dioses Incas, a cambio de adoración y tributos, les otorgarían tesoros escondidos en las cuevas de las montañas aledañas al poblado, (lugar donde también realizaban sus ritos); y que pronto vendrían a reclamar la potestad sobre su antiguo reino, y castigarían a los incrédulos.»

Los Hernández por completo ignorantes de la mitología inca y prehispánica de Perú convencieron a muchos de los habitantes de Yerba Buena quienes, presos de la ignorancia y la miseria, creyeron en tal absurdo. Así los Hernández, fundaron una secta relativamente nutrida; exigieron a los adeptos tributos económicos y sexuales (tanto a mujeres como a hombres). Los Hernández, pasaron de ser unos simples ladronzuelos a estafadores y esclavistas sexuales, organizaban orgías durante las cuales usaban narcóticos.

El culto permaneció así funcionando sin problema durante un tiempo, después del cual los creyentes comenzaron a impacientarse al no ver cumplirse las promesas. Entonces, idearon un plan: fueron a Monterrey en busca de prostitutas que quisieran formar parte de la farsa, ahí contactaron a Magdalena y su hermano, quienes accedieron.

Durante un ritual, presentaron, (con ayuda de un truco de magia barato: una cortina de humo), a Magdalena Solís como la reencarnación de una diosa. Con lo que nadie contaba es que Magdalena se lo creería.

Crímenes

Poco después de entrar a la secta, Magdalena tomó el mando. Para ese entonces 2 adeptos, hartos de los abusos sexuales, quisieron abandonar la secta, los demás creyentes presos del miedo, los acusaron ante «los sumos sacerdotes», la condena de Solís fue clara: pena de muerte. Los dos infortunados, fueron linchados por los aterrados adeptos.

«El ritual de la sangre»

Posterior a estos dos primeros asesinatos, como es característico de los asesinos en serie, sus crímenes evolucionaron, se tornaron más violentos. Aburrida de las simples orgías, comenzó a exigir sacrificios humanos. Ideó, un «ritual de la sangre»: El sacrificado (que era siempre un miembro disidente), era brutalmente golpeado, quemado, cortado y mutilado por todos los miembros del culto. Posteriormente, se le practicaba una sangría, la víctima era desangrada hasta morir. La sangre se depositaba en un cáliz mezclada con sangre de pollo (el ritual también incluía sacrificios animales y el uso de narcóticos como marihuana y peyote).

Solís, bebía del cáliz y después daba a beber a los sacerdotes (los Hnos. Hernández y Eleazar Solís) y, finalmente daba a los demás miembros, supuestamente esto les otorgaba poderes extra-naturales. y les sacaba el corazón.

Y basándose en elementos, ahora sí, de la mitología azteca, «la sangre era el único alimento digno para los dioses, a través de ella preservaba su inmortalidad, “la diosa” necesitaba beber sangre para mantenerse eternamente joven». Supuestamente Magdalena era la reencarnación de la diosa azteca Coatlicue.

Las carnicerías duraron seis semanas continuas del año de 1963, periodo en el cual 4 personas murieron de esta terrible forma. En los últimos sacrificios se llegó a disecar el corazón de las víctimas vivas.

Últimas víctimas

Era una noche del mes de mayo de 1963, cuando un joven de 14 años de edad, vecino de la localidad, Sebastián Guerrero, deambulaba por las cercanías de las cuevas en donde la secta de Solís realizaba sus ritos. Atraído por las luces y los ruidos que salían de una de las cuevas, entró a husmear; se encontró con un terrible espectáculo, en silencio observó la atroz masacre que sufrió una pobre y desconocida víctima.

Aterrado, corrió más de 25 Km., desde Yerba Buena hasta la localidad de Villa Gran, lugar donde se encontraba la estación de policías más cercana. Exhausto y todavía en estado de shock, no acertó en dar ninguna otra descripción del «grupo de asesinos, que presas del éxtasis, se aglutinaban para beber sangre humana», como vampiros.

Los oficiales se rieron de las declaraciones balbuceantes de Guerrero, las tomaron como los delirios de un muchacho perturbado o drogado. A la mañana siguiente, un oficial, (el investigador Luis Martínez) lo escoltó a su casa y de paso podría mostrarle «donde había visto a los vampiros». Ese fue el último día que Sebastián Guerrero y Luis Martínez fueron vistos con vida.

Aprehensión y condena

La policía consternada por las desapariciones de Guerrero y Martínez, tomaron el caso en serio, se comenzó a hablar de una secta satánica. El 31 de mayo de 1963, la policía en conjunto con el ejército desplegaron un operativo en Yerba Buena. Detuvieron a Magdalena y Eleazar Solís en una finca de la localidad, tenían en su poder una considerable cantidad de marihuana. Santos Hernández murió abatido por las balas de la policía al resistirse al arresto. Cayetano Hernández fue víctima de sus propias mentiras: fue asesinado por uno de los miembros locos de la secta, llamado Jesús Rubio, que ante la crisis quiso poseer una parte del cuerpo de un sumo sacerdote para protegerse.

En pesquisas posteriores se encontraron, primeramente, los cadáveres descuartizados de Sebastián Guerrero y Luis Martínez, cerca a la finca donde fueron detenidos los hermanos Solís, (a este último se le había extirpado el corazón, al estilo de los sacrificios aztecas), después fueron hallados los cuerpos, también descuartizados, de las otras 6 personas, en las inmediaciones de las cuevas.

Magdalena y Eleazar Solís fueron condenados a 50 años de prisión, por tan solo 2 homicidios, (los de Guerrero y Martínez), no se les pudo comprobar su participación en los otros 6 asesinatos porque todos los miembros del culto detenidos se negaron a declarar.

Muchos de los miembros de la secta murieron abatidos en el tiroteo con la policía, ya que, armados se atrincheraron en las cuevas. Los que fueron detenidos, fueron condenados a 30 años de prisión por 6 cargos de asesinato en la modalidad de «homicidio en grupo o pandilla, o linchamiento», su condición de analfabetismo y pauperismo sirvieron de atenuantes. No fue hasta años después que algunos ex-miembros de la secta hablaron de los horrores del culto.

Magdalena Solís en la cultura popular

Existe una banda de rock belga que tomó su nombre de esta asesina: «Magdalena Solís».


La gran sacerdotisa de la sangre

Diariolavoz.net

3 de noviembre de 2013

Magdalena Solís era una homicida organizada, visionaria, sedentaria y depredadora sexual que asesinaba en grupo

La noche del último día de mayo de 1963 a la estación de policías de Villagrán, en el estado de Nuevo León en México, llegó corriendo un joven pronunciando repetidamente la palabra «vampiros». Se encontraba en estado de shock y no podía articular una sola frase completa.

Restándole importancia al asunto y pensando que era un caso más de abuso de estupefacientes, el oficial de guardia, Luis Martínez, se ofreció para escoltar al muchacho hasta su casa y de paso revisar la cueva donde el joven había divisado a los supuestos vampiros. Ninguno de los dos regresó.

El acto que había presenciado Sebastián Guerrero, el joven que dio aviso a la policía, fue un auténtico sacrificio humano: un ritual azteca que invocaba a la Diosa Coatlicue y por medio del cual los fieles habían asesinado a una joven en un altar y le habían extraído el corazón para después colocarlo en una vasija.

Después los fieles, uno a uno, debían pasar en procesión frente al cadáver para beber la sangre de la mujer hasta dejarla seca. Y es que, en el pueblo de Yerba Buena, un pueblito perdido entre las cumbres de la Sierra Madre, se había instaurado un extraño culto presidido por una mujer que respondía al nombre de Magdalena Solís, quien, además, era prostituta.

Magdalena Solis

Esta extraña mujer había llegado de Monterrey con su hermano Eleazar y se aprovechó de la ignorancia de los campesinos para crear un culto al cual los pobladores idolatraban. Los hermanos Solís nombraron a dos sumos sacerdotes: Cayetano y Santos Hernández, quienes fungieron como sus guardianes.

Así un día y ante la comunidad, los tres varones presentaron a Magdalena como la Diosa Coatlicue, la única Madre de todos los mexicanos. Al principio, las ofrendas y tributos que la «verdadera diosa» exigía eran sencillos: dinero y comida suficientes para comprar marihuana y mantener controlados a los habitantes del lugar.

Sin embargo, Magdalena fue creyéndose el rol de divinidad que burlonamente ostentaba ante la comunidad y fue entonces cuando a los víveres y el dinero siguieron peticiones sexuales y orgías donde, incluso los niños, debían participar. El deseo pederasta de Magdalena fue aumentando, al mismo ritmo que su séquito de esclavos sexuales, quienes se mostraban deseosos de entrar al reino de los dioses mediante las yerbas mágicas como marihuana, que los sumos sacerdotes les hacían fumar.

Las peticiones de Magdalena se tornaron cada vez más violentas y un día ordenó que se linchara a dos campesinos que se negaban a participar en las orgías. Tras estos dos asesinatos, la sangre derramada de las víctimas desató la psicosis de Magdalena y su mente divina ideó un ritual llamado «El Ritual de la Sangre», con el cual pretendía comunicarse con las demás deidades del panteón azteca para que se le informara dónde se encontraba el oro oculto en las montañas. Entre las víctimas de este nuevo sacramento, se contabilizaron más de doce personas.

Durante el ritual, la misma Magdalena extraía el corazón de los voluntarios para después repartir la sangre entre los sumos sacerdotes y los fieles. Era ella quien consumía la carne del cadáver y una vez concluido el sacrificio, la mezclaba con entrañas de pollo y hojas de marihuana. La Diosa ejerció un control tan estricto sobre los campesinos, mediante la adicción inducida y la sugestión religiosa, que muchos de ellos simplemente perdieron el habla cuando se les trató de obligar a rendir declaración una vez que Magdalena y su hermano fueron capturados.

Pero todo el poder de la Diosa se derrumbó aquella de noche de mayo, pues cuando el joven y el oficial de la policía no regresaron, el inspector Abelardo Gómez desplegó un operativo que lo llevó a la región de Yerba Buena, donde comprobó con horror lo que el muchacho de 14 años les había informado: ahí, iluminados por la Luna, envueltos por el humo de la marihuana y el fuego del altar, los fieles adoraban a Magdalena Solís.

Sobre un lado de la cueva yacían los cuerpos incinerados del oficial Luis Martínez y Sebastián Guerrero, ambos abiertos en canal y con el corazón extraído. Algunos campesinos todavía comían de los cuerpos, ingrávidos y sumidos en un profundo delirio producido por las yerbas y la sugestión mental de la que eran víctimas.

La reacción de la policía no se hizo esperar, los uniformados abrieron fuego y varios fieles cayeron sin vida a la arenosa tierra. Muchos campesinos murieron y los que fueron detenidos no pronunciaron palabra hasta años después de su captura, una vez superado el terror mental a los que los tenía sometidos Magdalena Solís.

Esa noche, la muerte también alcanzó al sumo sacerdote, Cayetano Hernández, quién fue asesinado por un miembro del culto que pretendía usar el cuerpo sagrado del sumo sacerdote como protección contra las balas de los policías.

Magdalena Solís y su hermano Eleazar, fueron condenados a 50 años de prisión por el homicidio del joven Sebastián Guerrero, el oficial Luis Martínez y el de una mujer desconocida que yacía junto a ellos asesinada de la misma forma. El resto de los crímenes se dieron a conocer muchos años después, una vez que miembros del culto rompieron el voto de silencio.

Marcado de por vida

«…Sus actos excedían en depravación humana cualquier cosa que pudiera haber visto en mis años como policía. Esta noche me dejará marcado de por vida, tanto en mi vida profesional y más, en mi vida diaria. Ruego a Dios me haga olvidar pronto los acontecimientos de los que he sido testigo, por mi propio bienestar y más, el de la humanidad a la que sirvo.»

Fragmento del informe del inspector Abelardo Gómez con fecha de 31 de mayo de 1963.


Magdalena Solís

Fernando Guerrero – Alaizquierda.com.mx

15 de septiembre de 2015

«La diosa necesitaba beber sangre para mantenerse eternamente joven…»

Declaración de Eleazar Solís después de su captura.

En México con tantos lugares alejados de la civilización. Sin teléfono, sin agua, sin luz. Es fácil que el tiempo -el tiempo que nosotros conocemos- simplemente deje de existir. Y sean otros horrores -silenciosos y distantes- los que se asienten sobre la realidad.

La noche del último mes de mayo de 1963 en la estación de policías de Villa Gran en el estado de Nuevo León, llegó corriendo un joven pronunciando repetidamente la palabra «vampiros». Se encontraba en estado de shock y no podía articular una sola frase completa. Restándole importancia al asunto y pensando que era un caso más de abuso de estupefacientes, el oficial Luis Martínez se ofreció a escoltar al muchacho hasta su casa y de paso revisar la cueva donde el joven divisó a los supuestos vampiros. Ninguno de los dos volvió.

Lo que presenció Sebastián Guerrero (el joven que dio aviso a la policía) fue un auténtico sacrificio humano; un ritual azteca invocando a la diosa Coatlicue. Se había asesinado a una joven mujer en un altar y se le había extraído el corazón para después colocarlo en una vasija. Los campesinos, uno a uno debían de pasar en procesión para beber de la sangre de la mujer hasta dejarla seca. Allí en el pueblo de Yerba Buena, perdido en las rocosidades de la Sierra Madre, se había instaurado un extraño culto presidido por una mujer que decía ser la misma Coatlicue reencarnada: la prostituta de 16 años Magdalena Solís. Había llegado de Monterrey con su hermano Eleazar, dispuesta a realizar una estafa de poca monta aprovechándose de la ignorancia de los campesinos. Se nombraron a dos sumos sacerdotes, Cayetano y Santos Hernández, que fungían como los guardianes de los hermanos. Así, entre los tres varones presentaron a Magdalena como la diosa Coatlicue, la única Madre de todos los mexicanos.

Al principio los tributos que exigía eran sencillos: dinero y comida. Suficientes apenas para comprar marihuana y mantener dispuestos a los habitantes del lugar. Sin embargo, la mente de Magdalena estaba dañada y poco a poco fue creyéndose el papel de divinidad que le habían atribuido los estafadores. A los víveres siguieron peticiones sexuales. Orgías donde incluso los niños debían participar. El carácter de pederastia de Magdalena fue acentuándose mientras su séquito de esclavos sexuales iba en aumento; deseosos de entrar en el reino de los dioses mediante las yerbas mágicas (peyote y marihuana) que los sumos sacerdotes les hacían fumar.

Las peticiones de Magdalena se tornaron cada vez más violentas, ordenando que se lincharan a dos campesinos que se negaban a participar en las orgías. Tras estos dos asesinatos la psicosis de Magdalena se agravó, ideando un ritual llamado «El ritual de la Sangre» con el cual pretendía comunicarse con las demás deidades del panteón azteca para que se le informara dónde se encontraba el oro oculto en las montañas. Se contabilizaron más de 12 sacrificios, donde era la misma Magdalena quién extraía el corazón de los voluntarios para después repartir la sangre entre los sumos sacerdotes y posteriormente los fieles. Era ella quien consumía la carne del cadáver una vez concluido el sacrificio para después mezclarla con entrañas de pollo y hojas de marihuana. Era tal el control que ejercía sobre los campesinos (mediante la adicción inducida y la sugestión religiosa) que muchos de ellos simplemente perdieron el habla, negándose a rendir declaración una vez que Magdalena y su hermano fueron capturados.

En el historial de mujeres que matan, es sumamente raro que una mujer actúe de forma tan cruenta. Generalmente son crímenes perpetrados en defensa propia (ante una violencia sexual ejercida por una imagen masculina dominante, siendo el propio cónyuge o un miembro de la familia la mayoría de las veces). Sin embargo, el caso de Magdalena es famoso porque encuadra perfiles psicóticos propios de un varón (asesinatos rituales, pedofilia, sadismo, manipulación física, psicológica y sexual; canibalismo, además de una marcada perversión sexual). La mujer que mata generalmente es receptora, es decir, reacciona ante una actitud violenta y después huye. Magdalena no, ella funge el papel de «depredador»; se asienta sobre su territorio hasta diezmarlo para posteriormente buscar un nuevo territorio. Es sumamente extraño que una mujer adquiera esa conducta, siendo uno de los pocos casos documentados a nivel mundial.

La noche del 31 de mayo de 1963 el inspector Abelardo Gómez desplegó un operativo al percatarse de que su compañero Luis Martínez no regresaba. Llegando a Yerba Buena comprobó con horror lo que el muchacho de 14 años les había informado: allí, iluminados por la luna, envueltos por el humo de la marihuana y el fuego del altar, Magdalena Solís era adorada como una divinidad oscura. La diosa Coatlicue que regresaba a esta tierra para que la adorásemos. Sobre un lado de la cueva yacían los cuerpos incinerados de Luis Martínez y Sebastián Guerrero, ambos abiertos en canal y con el corazón extraído. Algunos campesinos todavía comían de los cuerpos; ingrávidos, sumidos en un profundo delirio producido por las yerbas y la sugestión mental de la que eran víctimas.

Los policías abrieron fuego, aterrados como estaban, ante el pandemonio del que acaban de ser testigos. Muchos campesinos murieron y los demás detenidos no pronunciaron palabra hasta años después de su captura; una vez superado el terror mental a los que los tenía sometidos Magdalena. El sumo sacerdote, Cayetano Hernández, fue asesinado por un miembro del culto que pretendía usar el cuerpo sagrado del sumo sacerdote como protección contra las balas de los policías.

Magdalena Solís y su hermano Eleazar fueron condenados a 50 años de prisión por el asesinato del joven Sebastián Guerrero, el oficial Luis Martínez y el de una mujer desconocida que yacía junto a ellos asesinada de la misma forma (la mujer que Sebastián Guerrero avistó desde fuera de la cueva). Los demás crímenes se dieron a conocer muchos años después, una vez que miembros del culto rompieron el voto de silencio. Esta información se verificó con la exactitud de los cuerpos encontrados con posterioridad en la localidad de Yerba Buena, Tamaulipas.

«…Sus actos excedían en depravación humana cualquier cosa que pudiera haber visto en mis años como policía. Esta noche me dejará marcado de por vida, tanto en mi vida profesional y más, en mi vida diaria. Ruego a Dios me haga olvidar pronto los acontecimientos de los que he sido testigo, por mi propio bienestar y más, el de la humanidad a la que sirvo. Comienzo este informe con el afán de que se haga justicia y…»

Informe de Abelardo G. Gómez. Veterano oficial del pueblo de Villa Gran con fecha de 31 de mayo de 1963. Folio 1647.

Nota: El presente es un caso verídico que ocurrió en México durante la década de los 60. He recopilado una buena información (tanto en fragmentos de noticias de la época como en libros de psiquiatras e investigadores en los que se menciona) para recrear los hechos. Sin embargo, debo de decir que el número de asesinatos varía, siendo el de la versión oficial (el del informe de Abelardo Gómez llevado durante el juicio) el de 8 asesinatos. Empero el número oscila entre los ocho y los 23. En el libro de Richard Glynn Jones (The Mammoth Book of Women Who Kill) donde se transcriben nueve declaraciones de miembros del culto todos coinciden en que fueron 15. Igualmente en la serie documental del psiquiatra forense Michael Stone de nombre Índice de Maldad, se menciona a Magdalena y se le atribuyen 15 asesinatos rituales además de tres linchamientos. Es por ello que en el texto menciono que fueron «más de 12 sacrificios», sin pretender darle número, ya que como ustedes habrán notado las «cifras oficiales» pueden no ser certeras debido a la singularidad del caso. Igualmente he encontrado vicisitudes entre si los hermanos Hernández ya conocían a Eleazar y a Magdalena previo a su llegada a Yerba Buena, o si se hicieron sus cómplices una vez iniciado el culto. He decidido respetar la segunda versión por ser la más repetitiva en los textos consultados.

 


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