Los crímenes del Huerto del Francés

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Los crímenes del Huerto del Francés
  • Clasificación: Asesinatos en serie
  • Características: Captaban jugadores y les llevaban a un huerto donde tendrían lugar las partidas clandestinas. Una vez allí les mataban a golpes con una barra de metal y un martillo, y les robaban el dinero
  • Número de víctimas: 6
  • Periodo de actividad: 1900 - 1904
  • Perfil de las víctimas: José López Almela / Benito Mariano Burgos / Enrique Fernández Cantalapíedra / Federico Llamas de la Torre / Félix Bonilla Padilla / Miguel Rejano Espejo
  • Método de matar: Golpes con una barra de hierro y un martillo
  • Localización: Peñaflor, Sevilla, España
  • Estado: José Muñoz Lopera y Juan Andrés Aldije fueron ejecutados en el garrote vil el 1 de abril de 1906
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Los crímenes del Huerto del Francés

Francisco Pérez Abellán

El desaparecido que se fue a Sevilla. Mohedano, el herrero-detective. Pepe Muñoz, de Peñaflor. La noche del café Novedades con Pepe Moya, «el Peana». Los anónimos a la mujer de Miguel Rejano. Una mano misteriosa que golpea la ventana. El huerto de las calaveras.

Llega un telegrama a la fragua de Juan Mohedano, maestro herrero de La Rambla, un pueblecito situado sobre un altozano en la campiña de Córdoba, cerca de Montilla. El martillo se detiene un momento sobre la bigomia. Es el 15 de noviembre de 1904. El herrero abandona lo que está haciendo para recoger el envío. Es de Posadas y lo manda Francisca Márquez, la mujer de su primo. El mensaje es de auxilio: «Miguel desapareció hace dos días. Nadie sabe de él. Ven.»

Cuando llega a la casa de su prima, esta le pone en antecedentes de que Miguel se marchó a Sevilla llevándose todo el dinero que tenía en casa: casi veintiocho mil reales que el propio Juan Mohedano le envió de una venta de trigo. Según le dijo a Francisca, pensaba estar de vuelta el mismo fin de semana.

La mujer se teme lo peor. Juan Mohedano decide abordar el asunto con calma. No quiere precipitarse en avisar a la policía no vaya a ser que su primo esté en un enredo del que no interese dar cuenta. Marcha a Sevilla donde un buen amigo le encamina a un ex policía que sigue haciendo investigaciones por su cuenta. Se trata de Laureano Rodríguez, que se muestra de acuerdo en colaborar para el esclarecimiento de la extraña desaparición de Rejano.

En la Fonda del Betis le dicen que la primera jornada que pasó su primo allí llegó a buscarle José Muñoz Lopera, de Peñaflor, con el que se fue. Y la segunda noche salió con otro hombre, un tal Borrego, después de haber pagado la cuenta.

Peñaflor es una localidad de Sevilla cercana a la provincia cordobesa. Está a sólo 54 kilómetros de Córdoba y a 74 de Sevilla. Por el tiempo en que desapareció Rejano tenía unos 3.500 habitantes que se dedicaban en su mayoría al cultivo de cereales y a la cría de borregos, cabras, cerdos y caballos. Su campos fértiles están regados por el Guadalquivir que confluye allí con el Genil.

Cuando Mohedano visita a José Muñoz este le recibe con cortesía. Le explica que lo que trató con su primo fue la compra de una ruleta. Le cuenta que habían estado toda la noche discutiendo el precio y que al día siguiente recibió una carta de Rejano haciéndole la última oferta que seguía siendo muy baja.

A Mohedano, el herrero detective, le parece todo muy extraño. Hasta la carta de su primo le parece falsa.

De vuelta en Sevilla, Mohedano se entrevista con el ex policía quien le cuenta que ha localizado al joven que estuvo con su primo la última noche que se le vio. Se trata de José Borrego, «gancho» de juego, que había trabajado en otro tiempo con Rejano cuando este iba por las ferias dándole a la baraja. Según su relato, aquella noche estuvieron juntos en el café Novedades, local de aficionados al flamenco. Rejano estaba allí con Pepe Moya, «el Peana», otro que andaba siempre alrededor de las chirlatas, y con otros dos desconocidos que daban la impresión de manejar dinero. Borrego le pidió que le dejara entrar en lo que estuviera preparando y Rejano le dijo que se trataba de una misteriosa partida, pero que hablarían al día siguiente, motivo por el que fue a buscarlo. Al final no pudo entrar en el juego porque estaba completo.

En el café más importante de Peñaflor, el de Los Ecijanos, el herrero-detective encontró un camarero que le confirmó que José Muñoz se dedicaba a organizar partidas clandestinas. Y que cuando las organizaba en Peñaflor, las hacía en el Huerto del Francés, que está retirado del pueblo. El dueño y Muñoz eran muy amigos.

Mohedano decide poner el asunto en manos del gobernador civil, pero las investigaciones oficiales son muy lentas. Se llega a noviembre sin saber nada nuevo. Entonces el ex policía Rodríguez publica una carta en El Líberal de Sevilla en la que cuenta la misteriosa desaparición de Miguel Rejano. La publicación adorna con tintes novelescos el drama. La expectación aumenta con una segunda carta en la que el ex policía da cuenta de nuevos datos que sabe.

A consecuencia de esto, el juez de Lora interroga a José Muñoz Lopera y manda a la Guardia Civil para que tome declaración al «Francés». El 9 de diciembre se presenta ante el cabo Aldaya, de Peñaflor, Juan Andrés Aldije Monmejá, de cincuenta y cuatro años, natural de Agen (Francia) «el Francés». Tras sus declaraciones, los dos amigos quedan en libertad.

No se avanza en la desaparición de Rejano. Probablemente el caso hubiera quedado eternamente paralizado si no se hubiera producido un imprevisto: la angustiada Francisca Márquez recibe dos anónimos. En ellos se ofrece información sobre su marido a cambio de cincuenta duros. Como no hace caso, de madrugada una misteriosa mano golpea en la ventana de su dormitorio: «Que busquen a tu marido en Peñaflor», le dice una voz desconocida. La mujer deposita un sobre en el que promete dinero sí le adelantan más información. La respuesta no se hace esperar: «Tu marido está enterrado en el huerto», le dicen. Cuando la justicia quiere encontrar a Aldije para que responda de estas acusaciones, este ya ha salido huyendo.

El huerto llamado de «el Francés» era de regular tamaño. Ocupaba una extensión de dos fanegas y estaba encerrado por tapias altas de ladrillo. Tenía naranjos, limoneros, granados y olivos. También había jazmines y rosales. Y una extraña casa que curiosamente no tenía aberturas en la parte que daba al campo. Sin embargo, en la fachada posterior se abrían catorce ventanas y una puerta que daba a la cocina.

Mohedano, acompañado del cabo de la Guardia Civil y un amigo realizó un minuciosa sondeo con unas varillas de hierro que había traído de su taller de herrería. Su propósito estaba favorecido por las recientes lluvias que habían reblandecido la tierra. Ayudado por el cabo hundía las varillas en la tierra y las extraía para olfatearlas por si tenían algún rastro de olor.

El 14 de diciembre dedicaron todo el día a esa tarea abarcando casi todo el huerto. Al caer la tarde, fatigados y decepcionados decidieron seguir al día siguiente. Pero al pasar por las conejeras, Mohedano tuvo una corazonada: le pidió a su amigo que calara allí, al pie de unos granados. Al sacar la barra, salió un hedor inconfundible. Inmediatamente cogieron los azadones y se pusieron a cavar.

Con las primeras sombras de la noche dieron con una calavera que mostraba sus dientes a la luz de la lámpara de aceite. Presentaba una gran fractura en el temporal derecho y estaba tan descarnada que se vio en seguida que no podía pertenecer a Rejano. Tomaron entonces conciencia de que aquello era un cementerio clandestino.

En los días siguientes aparecieron otros cinco cadáveres. El cuarto, que estaba junto a unos naranjos, era el del tan buscado Miguel Rejano. Los otros cinco fueron identificados como pertenecientes a José López Almela, Benito Mariano Burgos, Enrique Fernández Cantalapíedra, Federico Llamas y Félix Bonifia.

El juez dictó auto de prisión contra José Muñoz Lopera y su hermano, Manuel, al que más tarde encontraría inocente y dejaría en libertad. Dictó también orden de busca y captura contra el huido Juan Andrés Aldije y prisión para el hijo mayor de este, Víctor Aldije, que se demostraría inocente. Así mismo encarceló a la segunda esposa de Aldije, Eloísa Meléndez que nada tenía que ver.

Mientras, el fugitivo Aldije, el temible «Francés» había escapado de Peñaflor a pie a la localidad cercana de Palma del Río, desde donde tomó el tren para Tocína-Empalme decidido a llegar a Badajoz, de allí a Portugal y luego a Brasil. No obstante, al enterarse por los periódicos de que habían sido encarcelados su mujer y su hijo, suspendió su escapada, volvió a Peñaflor y se entregó.

El procedimiento de los crímenes era siempre el mismo: José Muñoz Lopera captaba a las víctimas entre los amantes de la ruleta y las cartas con el cuento de que iban a desplumar al «Francés», que pasaba por un rico apasionado por el juego. Una vez en el huerto, aprovechando la noche, dado el carácter clandestino de las partidas, mientras iban en fila por el estrecho camino que llevaba a la casa, «el Francés», que siempre se situaba detrás del convidado, empuñaba una barra de hierro que tenía envuelta en trapos para que no se resbalase y a la que llamaba «el muñeco», y al llegar a un punto convenido gritaba: «Pepe, cuidado con la cañería», y cuando la víctima inclinaba la cabeza, en un acto reflejo para mirar al suelo, le descargaba un fuerte golpe con «el muñeco» en la cabeza y le remataba con un martillo que tenía preparado. No obstante, en el proceso, Muñoz Lopera y Aldíje se acusaron mutuamente de ser los autores materiales de las muertes.

Los anónimos que recibió la mujer del desaparecido pudo enviárselos Borrego que al negarle Rejano la entrada en la fatídica partida, decidió seguir tras sus pasos viendo cómo entraba en el huerto. Y hasta pudo oír cómo lo mataban. Los golpes no fueron certeros y a la víctima le dio tiempo a gritar: «¡Ay, mare de mi arma!»

Durante el proceso judicial, Muñoz Lopera quiso dejarse morir de hambre mientras Aldíje aprovechó para rectificar su primera declaración y echarle todas las culpas a su compinche. Los dos fueron condenados a seis penas de muerte, una por cada uno de los asesinatos.

Subieron el patíbulo a las siete de la mañana del 31 de octubre de 1906. El primero fue Muñoz Lopera. Ninguno de los dos verdugos que actuaron -de las Audiencias de Sevilla y Madrid- se mostraron hábiles en el manejo del garrote. Sentado en el banquillo, Lopera falleció entre horribles convulsiones. El segundo verdugo, también azorado e inexperto, falló con el tornillo hasta el punto de que «el Francés» después del primer apretón, haciendo alarde de un especial cinismo, con el cuello abrazado por el corbatín de hierro, todavía tuvo humor para decirle: «¿No te dije que apretaras fuerte?»


Los crímenes del Huerto del Francés

P. Martínez Calpe

El caso debió empezar, según el juicio oral, con el primer asesinato, el de José López Almela, ocurrido la noche del 4 de agosto de 1900. La vista se vio en Sevilla el día 6 de marzo de 1906, y fue de larga duración. Los dos acusados fueron ejecutados por medio del garrote vil en la Prisión Provincial de Sevilla en la madrugada del día primero de abril de 1906.

Y los hechos ocurrieron de este modo:

Juan Andrés Aldije, alias «el Francés», tenía un huerto cercado, en el que había una sencilla construcción, con un cuartucho y una cocina, donde solían reunirse, a veces, un grupo de amigos para jugar a naipes, especialmente, en la modalidad del «monte».

Parece ser que «el Francés» se llamaba Juan Andrés Dual y llegó de Francia obligado por una quiebra fraudulenta, por lo que fue condenado y tal vez fuese debido a esto lo del cambio de nombre.

Hechas las adecuadas averiguaciones, la Policía supo que «el Francés» no poseía ingresos honestos y visibles, pero que vivía con desahogo y holgura. Por esta razón, los que conocían a Juan Andrés Aldije no dejaban de pensar mal de él y como se sabía que se jugaba a naipes en su huerto, donde se desplomaba a los incautos, la fama del individuo era pésima.

«El Francés» tenía por compañero de juego a un individuo llamado José Muñoz Lopera, también vecino de Peñaflor, como él, al que habían puesto el mote de «el Mosca Verde» y «el Manzana», que era un consumado jugador de ventaja.

El juego suele ser diversión honesta de muchísima gente. Pero cuando se convierte en pasión y vicio viene a causar muchas desgracias. y tanto Juan como su amigo José Muñoz Lopera eran de esos jugadores, mal llamados profesionales, que siempre querían llevarse las ganancias, ya fuese haciendo «prestidigitación», «malabarismos» o simples trampas. El caso era no perder el dinero que tenían y llevarse el de sus contrarios. Pero esto, a veces, no es fácil, si el jugador que está sentado delante sabe tanto o más que uno, o no se deja desplumar como un incauto.

Y tal vez por esta razón, los dos amiguetes de Peñaflor tuvieron la idea de, en caso de perder, matar a sus compañeros de juego y robarles el dinero. y lo que principio era una simple estafa, porque así lo especifica el código penal en su apartado de los juegos de ventaja, se convertiría en asesinato con premeditación, alevosía, nocturnidad y otros agravantes.

Según declaraciones de “el Mosca Verde”, un día, su amigo “el Francés”, refiriéndose a su huerto, en donde estaba, dijo algo así como:

-¡Vaya un sitio magnífico éste para que viniera un inglés con una cartera llena de billetes! Si no podemos ganarle el dinero, le damos diez tiros y le robamos hasta la vida.

Tomando por broma la sugerencia de su amigo, Muñoz replicó:

-Desde luego, el sitio es bueno para jugar y hacer lo que se quiera. Lo único que falta es el inglés con la “pasta”.

Así debió empezar el “horrendo negocio”. Primero con palabras irónicas, y después, poco a poco, precisando mejor, sopesando los pros y los contras v, por último pasando del «dicho al hecho».

José Muñoz Lopera declararía después que la idea de su amigo no le pareció nada bien y la rechazó de plano. Sin embargo, como se veían todos los días y “el Francés” continuó hostigándole, terminó por dejarse convencer y se sometió a la voluntad del otro, diciendo que le dominaba.

El plan que había tramado Juan Andrés Aldije obligaba a José Muñoz Lopera a viajar con frecuencia, visitar pueblos y conocer gente a la que le gustara el juego. Una vez establecido el contacto, le proponía ir a Peñaflor, donde se jugaba fuerte con un grupo de «primos», entre los que se encontraba el dueño de un huerto al que llamaban «el Francés».

José Muñoz pintaba las partidas de «monte» como algo de ensueño, donde se podía ganar en una noche más de cincuenta mil pesetas. Considérese la cantidad y compárese con el poder adquisitivo de principios de siglo y se comprenderá que más de un «aficionado» al juego abriera ojos como platos.

Ocurría, además, que la estación férrea de Peñaflor no estaba lejos del fatídico huerto y el incauto que acudía solía hacerlo solo o bien era recibido discretamente por su anfitrión, el cual le acompañaba sin dejarse ver mucho.

De aquel modo, cuando se inició el «negocio», el primero en morder el anzuelo fue el vecino de Lopera (Jaén), José López Almela, el cual salió de su casa, con el pretexto de ir de compras a Córdoba y no se le volvió a ver más.

Los familiares de este individuo al darse cuenta de su tardanza, recurrieron a las autoridades, a los hospitales, a conocidos y parientes, y terminaron por denunciar su desaparición en el Juzgado. Nada dio resultado.

Alguien llegó a decir que la desaparición de López Almela había sido «voluntaria» y por cuestión de faldas. La, justicia hizo indagaciones, pero no se logró nada. Aquel hombre parecía haber sido tragado por la tierra.

Algún tiempo después desapareció don Mariano Benito Burgos, vecino de Madrid, cuya suerte fue la misma de José López Almela, ya que su cadáver acabaría encontrándose en el huerto de «el Francés», pero, por lo pronto, nadie supo dar con su paradero.

El tercer individuo se llamaba Enrique Ferno Cantalapiedra v, aunque no tenemos datos de dónde vivía o era natural, sí sabemos de él que, antes de salir de casa con 270 pesetas en el bolsillo, cantidad un tanto insignificante para ir a jugar a Peñaflor, le dijo a su mujer cuál era su destino, por estar citado con José Muñoz Lopera, alias «el Mosca Verde».

Y cuando Enrique Femández Cantalapiedra desapareció, su esposa escribió a Muñoz Lopera, sin recibir puesta convincente.

La cuarta víctima fue Federico Llamas de la Torre, natural de Jaén, el cual corrió idéntica suerte que los anteriores. Le siguió Félix Bonilla Padilla, de Priego (Córdoba) y cerró la lista un tal Miguel Rejano, vecino de Posadas (Córdoba).

El sistema para realizar los asesinatos siempre era el mismo, según declaración del propio José Muñoz:

-Los que tenían la suerte de ganar, cosa no frecuente, se les hacía salir por la parte trasera del huerto, diciéndoles que no era prudente salir por la delantera, ya que algunos de los perdedores que ya se habían ido, podían estar esperando cerca de allí, con una navaja en la mano.

Y cuando llegábamos cerca de un rosal silvestre que existe junto a una noria, inmediata a la casa, “el Francés” me decía: “Ten cuidado, Pepe, de que este señor no tropiece con la cañería.” Yo repetía la advertencia al visitante y éste agachaba la cabeza para evitar el tropiezo. Entonces, “el Francés” le asestaba un golpe en el lado derecho de la cabeza. Allí mismo había un martillo de largo mango y mucho peso, con el que yo debía rematar a las víctimas. No lo usé jamás.

“El Francés”, naturalmente, daba una versión completamente distinta a la de su cómplice, invirtiendo los papeles. Luego, según explicación de ambos, se quitaba a las víctimas las americanas y el chaleco, despojándolas del dinero y las joyas. De aquel modo lograron averiguar que muchos de los asesinados eran tahúres que llevaban cartas ocultas entre la ropa. Las prendas de vestir eran quemadas y el dinero y los objetos de valor se los repartían entre ambos.

Los cadáveres eran conducidos en unas parihuelas al otro extremo del huerto, donde Juan Andrés Aldije ya tenía preparada la fosa, y en la que se les daba sepultura, cubiertos con una capa de cal viva. Se enterraban bien y hasta alguien dijo que se les rezó un pequeño responso.

De aquel modo solían acabar muchas partidas interesantes en el huerto de «el Francés».

Las extrañas desapariciones pronto empezaron a dar qué hablar. y no es raro que esposas, hijos y parientes tratasen de remover cielo y tierra para encontrar a los que, de algún modo, eran el sustento de sus familias.

El caso es que el juez de Instrucción de Lora del Río, partido judicial al que pertenece Peñaflor, empezó atando cabos y se encontró con un hecho significativo: y era que todos los desaparecidos tenían un punto de coincidencia, o sea, el juego. Alertada la Policía y la Guardia Civil, se montó un servicio de información amplísimo y se obtuvieron los antecedentes de todos los desaparecidos.

Cada vez más cerca, el juez de Instrucción ató todos los cabos y recordó que dos de las mujeres de los desaparecidos habían escrito a una misma persona, en Peñaflor.

Por un lado se supo que todos los desaparecidos eran considerados como notables jugadores de ventaja y como las desapariciones se habían producido durante el transcurso de los dos últimos años, el cerco se fue cerrando. El juez recabó información de los jugadores más notables de la región y se fijó particularmente, entre otros, en los nombres de José Muñoz Lopera, alias «el Mosca Verde» -algo así como un chupóptero de detritus fecales- y en su amigo Juan Andrés Aldije, alias «el Francés», a los que hizo llevar a su presencia, para indagaciones preliminares.

Por otra parte, como la fama de ambos individuos era nefasta y en Peñaflor se había corrido el rumor de que los desaparecidos podían estar enterrados en el huerto de «el Francés», el juez de Instrucción ordenó registrar el huerto y hacer algunos agujeros en el terreno, sin descubrirse nada.

Pero como mientras las autoridades realizaban el registro y las catas en el huerto, «el Francés» tomó las de villadiego, desapareciendo del pueblo, los rumores se acentuaron y la sospecha empezó a tomar cuerpo, por lo que las autoridades ordenaron un registro más minucioso, especialmente del huerto, que ya se decía públicamente que era un cementerio clandestino.

Por fin apareció un cadáver, y en el mismo instante se cursó la orden de búsqueda y captura contra Juan Andrés Aldije y José Muñoz Lopera, que continuaba en Peñaflor y que, visiblemente hundido, fue detenido sin oponer la menor resistencia.

Mientras, en el huerto aparecieron dos cadáveres más y al día siguiente los tres restantes. Se levantó casi todo el huerto, tratando de hallar más víctimas, pero el número de seis no pudo ser aumentado. Se practicaron, eso sí, las autopsias y se informó que todos habían fallecido del mismo modo, o sea de traumatismo craneal y parietal derecho, debido a golpes de un objeto de gran dureza, seguramente un martillo, semejante al que se halló en el mismo huerto y que, aunque había sido layado, aún pudieron encontrarse en él vestigios sangrientos.

“El Francés” fue detenido tres días después de la detención de José Muñoz y la indignación del pueblo fue tan grande, que la Guardia Civil hubo de proteger sus vidas de un justo linchamiento, ya que se pretendía una justicia rápida y ejemplar.

Conducidos los detenidos al Ayuntamiento de Peñaflor, los, dos rufianes empezaron a acusarse mutuamente, señalándose el uno al otro como el que asestaba los golpes a las víctimas, tratando así, obviamente, de minimizar su actuación y agravar la situación del otro, pensando, tal vez, que el “más bueno” escaparía a las manos del verdugo.

La reconstrucción de los hechos, por tanto, fue facilísima. Según José Muñoz, «el Francés» era quien efectuaba los golpes, y el otro acusaba a Muñoz.

Durante el Juicio, del que nos ocuparemos ahora, el letrado don Federico Herrero, como acusador privado nombrado por la viuda e hijos de Miguel Rejano, el último de los asesinados y sepultados en el huerto de «el Francés», expuso con todo detalle el homicidio, calificado como de «brutal asesinato» y dijo:

-«El Francés» asestó un tremendo golpe en la cabeza de Rejano, el cual cayó al suelo dando un grito de dolor: « ¡Ay, madre mía! », y que Muñoz lo remató con el martillo, registrándole sus ropas a continuación y robándole.

Mas no precipitemos los acontecimientos. El juicio oral no se celebraría hasta el día 6 de marzo de 1906. Pero desde el primer delito hasta el último transcurrieron dos años. El prolongado proceso fue debido a una serie de circunstancias dilatorias que puso en riesgo de fracaso a las autoridades judiciales, puesto que pronto se vio que iba a ser difícil condenar a uno de los culpables.

El sumario podía haber estado concluido en tres meses. Pero José Muñoz Lopera, «el Mosca Verde», sintió un sobrecogimiento tan espantoso que perdió la salud, aparentemente y adquirió una enfermedad de esas raras, en la que los médicos no pueden diagnosticar, ya que perdía las fuerzas por momentos y alcanzó tal grado de postración que se temió no pudiera asistir ajuicio.

Al fin, sin embargo, y como hemos señalado, el juicio oral se inició el día 6 de marzo de 1906, en el interior de la Prisión Provincial de Sevilla, cuya vigilancia se reforzó por tropas de Infantería, Guardia Civil y policía de Seguridad.

El Tribunal quedó constituido por el magistrado presidente, don Carlos Toledano, marqués de Santa Amalia, con don Evaristo Alonso y don José Barberá, y el Ministerio Fiscal estaba representado por don Ángel Fernández.

El Jurado estaba compuesto de doce hombres de buena voluntad, presidido por don Vicente Espinosa Morales, y todos juraron acatar la ley y cumplir con ella.

La defensa de José Muñoz estaba a cargo de don Antonio Andreu y Cabaño y de la de «el Francés» se hizo cargo el letrado señor Romero.

Cuando los procesados comparecieron ante el Tribunal, su aspecto no podía ser más lamentable. Juan Andrés Aldije parecía haber envejecido veinte años, mientras que su cómplice, José Muñoz Lopera, ofrecía un aspecto deplorable en grado sumo, ya que hubo de ser conducido a la sala sentado en un sillón por cuatro enfermeros, dos de los cuales se quedaron a su cuidado, así como hubo de estar presente el médico de la prisión, doctor Lemus.

“El Mosca Verde” permaneció casi todo el tiempo con la cabeza apoyada en una almohada, con una expresión preagónica que no logró enternecer a sus jueces. Se ha dicho que esta actitud era deliberada, previamente estudiada por el hábil jugador de ventaja, con lo que pretendía demorar su sentencia.

¿O fue el defensor de Muñoz Lopera, el letrado Antonio Andreu, quien indujo a su defendido a fingir la comedia de una enfermedad que ni los médicos sabían a qué atribuir?

Nada más iniciarse el juicio, se produjo un incidente escandaloso, puesto que don Antonio Andreu, recurriendo a su prerrogativa y con el Código Penal en ristre, solicitó la suspensión de la vista, alegando el estado de su defendido, que se quejaba como si estuviese muriendo, y era evidente que su debilidad y postración era tal que ni siquiera podía hablar, así como que le era imposible aportar ningún dato para su defensa.

El presidente del Tribunal, don Carlos Toledano, marqués de Santa Amalia, replicó al letrado defensor que el Tribunal, en previsión de lo que pudiera ocurrir, dado que estaba al corriente de la enfermedad del acusado, ya había ordenado practicar un reconocimiento médico a José Muñoz, y, verificado por médicos competentes, declararon que el encausado podía hablar, si lo deseaba. Tampoco pudieron explicar cuál era la enfermedad del acusado.

De aquel modo se entabló una polémica entre el Ministerio Fiscal y los dos defensores, recurriéndose a numerosos artículos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, y todo ello se hizo constar en acta. Nosotros liberamos al lector de estos incidentes legales, aunque es preciso señalar algunas de las palabras del señor Antonio Andreu, quien propuso:

-Suspendamos la vista y no habrá necesidad de ajusticiar a mi defendido. ¿No veis que se está muriendo?

El presidente del Tribunal, no sin cierta ironía andaluza, contestó:

-Precisamente y como es grotesco que esta instrucción haya durado seis años, déjenos acabar la causa con sentencia.

Al fin, la Sala acordó proseguir la vista y quedó registrada la protesta en el acta.

Primero, el Ministerio Fiscal interrogó a José Muñoz Lopera, el cual, como si no hubiese oído, se negó a contestar. Esto exigió la intervención del médico de la Prisión Provincial, quien dijo:

-Si el acusado no contesta es porque no le da la gana.

Entonces, el fiscal dio lectura a las declaraciones de José Muñoz, lo que motivó una nueva protesta de don Antonio Andreu. Pero se leyeron las declaraciones, de las que se desprende que es autor, junto con Juan Andrés Aldije, de los delitos que se les imputan, dando numerosos detalles y pormenores de las muertes llevadas a cabo en el fatídico huerto de «el Francés», tanto en los actos realizados por él, como por los ejecutados por su cómplice.

Luego, se rogó a José Muñoz Lopera a reconocer su firma, estampada en las declaraciones leídas, pero no se pudo lograr. Fue preciso continuar la vista, interrogando el Ministerio Fiscal a Juan Andrés Aldije, al que preguntó:

-¿Es verdad que fue usted condenado en Francia a veinte años de trabajos forzados?

Sonriendo tranquilamente, «el Francés» contestó,

-Lo ignoro.

-¿Puede usted decirnos si José Muñoz Lopera es un jugador de ventaja?

-No lo sé. Pero sí sé que es muy ligero de manos.

Después admitió haber cedido su casa a José Muñoz para organizar en ella partidas de naipes con los vecinos más adinerados de Peñaflor, pero negó rotundamente haber participado en los asesinatos de los seis desaparecidos y que tampoco tomó parte en los robos de dinero y joyas, para terminar diciendo:

-Yo no enterré a nadie en el huerto. Todo esto son puras patrañas y todo lo que había declarado en tal sentido me fue arrancado mediante palizas y torturas.

A continuación, el Ministerio Fiscal le leyó sus propias declaraciones, en una de las cuales se confesaba claramente autor de varias muertes, imputando otras a Muñoz. Pero sólo reconoció la firma. Negó que el texto fuese cierto.

Se acabó la prueba documental con la lectura de las cartas de las viudas de Federico Llamas y de Enrique Fernández Cantalapiedra, dirigidas las dos a José Muñoz, ya que ambas sabían que sus respectivos esposos se habían citado con aquél. El fiscal señaló el hecho de que el juez de Instrucción, al tener conocimiento de aquellas cartas, centró su indagación en Peñaflor, porque ambas iban dirigidas al mismo individuo. y fue esto lo que señaló el punto de partida para la aclaración de las desapariciones.

El forense declaró también y su informe explicó detalladamente las heridas que causaron la muerte de las seis víctimas, todas de un mismo estilo, y que coincidían perfectamente con las declaraciones que constaban en el sumario.

Otros testigos no aclararon nada más respecto a los hechos, pero sí ampliaron el conocimiento que se tenía de las víctimas, sus herederos legales y otros pormenores.

El Ministerio Fiscal, representado por don Ángel León Fernández, se dirigió entonces a los miembros del Jurado y les rogó que estimasen los hechos objetivamente, añadiendo que, dado que los delitos habían sido sobradamente probados, así como se había demostrado la culpabilidad de los acusados, el veredicto que debían dictar era el único justo, o sea el de culpabilidad.

A continuación, el fiscal relató los hechos y estudió una por una todas las pruebas que él calificó como concluyentes, así como se entretuvo en analizar las actitudes de los dos procesados durante el juicio oral.

Dijo que el mutismo de José Muñoz era una pura comedia o una postura cómoda y que si no quería hablar era para no confesar sus repugnantes delitos.

-Si esta maniobra ingenua pudiera producir el efecto que pretende el acusado, de ahora en adelante ningún acusado hablaría. ¿Se imaginan ustedes nuestras salas de justicia convertidas en teatros para comediantes ocasionales? Esto sería el desmadre o la escuela de la burla. »Este hombre no habla, no porque esté enfermo, sino porque no quiere. Todos sabemos que es un cínico y que tuyo la desfachatez de usar las alhajas de José López Almela ante el propio padre del muerto.

»Pero no es inocente, puesto que sabía, y lo dijo en sus declaraciones, dónde estaba enterrado el cadáver de José Almela.

Don Ángel León Femández pasó después a referirse a las negativas de «el Francés», diciendo que el sistema de negar lo que ya antes había confesado ante el juez de Instrucción y la Guardia Civil, no indicaba otra cosa que, de no ser confesar de plano, era no saber qué decir. Pero que negar sistemáticamente lo que por otra parte estaba sobradamente comprobado era una necedad.

-¡Nadie puede negar la existencia de seis cadáveres en el huerto propiedad de este hombre! ¿Quién los puso allí si no fueron los acusados, utilizando métodos despiadados y bestiales?

El fiscal siguió diciendo que las confesiones de los acusados en la cuestión del botín habían sido cuidadosamente comprobadas a través de las declaraciones de los familiares de las víctimas. Y estaba el hecho de las alhajas que se les habían ocupado.

Expuso que el robo efectuado por los procesados a sus víctimas, contando el valor del dinero, joyas y ropas, fue así:

Al señor José López Almela 9.417 pesetas.
Al señor Mariano Benito Burgos 8.000
Al señor Enrique Fernández Cantalapiedra 270
Al señor Federico Llamas de la Torre 4.000
Al señor Félix Bonilla Padilla 6.834
Al señor Miguel Rejano 7.000

En total 35.521

A continuación, don Ángel León Fernández se extendió en la explicación de los agravantes de premeditación, alevosía, nocturnidad y abuso de superioridad.

-Los hechos están claros como la luz del día y sólo nos faltaría haberlos podido ver con nuestros propios ojos. No cabe, por tanto, mayor seguridad ni la más absoluta certeza, que en la de este caso, que se nos viene dado totalmente resuelto por los mismos acusados y no pueden emitir los jurados un veredicto de culpabilidad con la conciencia más tranquila.

Cuando concluyó el Ministerio Fiscal su informe, tomó la palabra el letrado don Federico Herrero, como acusador privado nombrado por la viuda y los hijos de Miguel Rejano, el último de las víctimas de los acusados. Fue él, como ya anticipamos, quien desmenuzó el crimen, describiéndolo con siniestros matices e impresionando al jurado y a la sala con la descripción que hizo del manejo del martillo, empuñado por José Muñoz, cuando ya «el Francés» había derribado a su víctima de un tremendo golpe, con un hierro, en la cabeza.

-Luego, registraron sus ropas y le robaron. Pero, ¿quién nos asegura que Miguel Rejano o cualquier otra de sus víctimas no fue, además de golpeado, robado y burlado, enterrado vivo bajo una capa de cal? ¿Cómo sabían estos dos desalmados que Miguel Rejano estaba ya muerto cuando lo enterraron en aquel siniestro huerto?

Don Federico Herrero hizo tragar saliva a muchos de los asistentes, dejando en el aire un aspecto de la muerte que nadie se había atrevido a exponer. Y, a continuación, hizo suyo el resto del informe fiscal e insistió en la pertinencia de los agravantes, pidiendo por último el veredicto de culpabilidad.

A continuación habló la defensa, representada por el letrado don Antonio Andreu y Cabaño, respecto a José Muñoz Lopera.

-Mi defendido -empezó diciendo-, como han podido apreciar sobradamente, se encuentra en tal grado de postración que no tan sólo no ha podido contestar durante el juicio, sino que tampoco ha podido ilustrar a su defensor con aquellos datos y detalles que tal vez hubieran podido o intentado, por lo menos, demostrar su inocencia.

»Y esto, se mire por donde se mire, equivale a indefensión. Además, en el juicio oral no se ha probado nada.

Siguió extendiéndose en razones que no convencieron a nadie y terminó pidiendo el veredicto de inculpabilidad. Fue una defensa muy poco convincente, todo el mundo suponía que la enfermedad de Muñoz era un ardid y no podía servirle de nada.

Le tocó el turno, después, al letrado señor Romero defensor de Juan Andrés Aldije, quien empezó diciendo que las confesiones del sumario carecían de validez, a su entender, naturalmente, ya que eran del todo absurdas y en buena parte, contradictorias.

-Son absurdas por sí mismas -declaró-, pues a nadie que tenga sentido se le ocurre reconocerse autor de los delitos que tienen aparejada una pena, que no puedo mencionar porque lo prohibe la ley, pero que todo el mundo sabe que es horrible.

Y todos los que estamos aquí – siguió diciendo – conocemos, hasta el más lego en cuestiones jurídicas de los que están en el público, la saben. Y esta pena, esta clase de penas sólo se pueden imponer ante una certeza absoluta, total, aplastante, que no deje ningún resquicio, ninguna posibilidad abierta a la tesis contraria, a la de la inocencia.

»Ninguna de las sentencias que se han dictado en el mundo, no importa aquí en qué país, ya que la justicia es internacional, ha dejado de tener un cariz, un aspecto de justa; pues no podemos admitir que los hombres dedicados a la administración de esta actividad, casi divina, que es un don inmarcesible, una ciencia y a la vez práctica de la más fina perspicacia psicológica, alardee del conocimiento del ser humano, que estos jueces obraran a la ligera, no pusieran toda su atención, todo su empeño, toda su ciencia en dictar fallos justos.

»Y, sin embargo, la enorme cantidad de errores judiciales conocidos aboga en que toda precaución es poca al juzgar a un semejante. Por eso os pido que no existiendo, a mi entender, pruebas concluyentes, absolutas, rotundas, mientras una duda exista, no se puede imponer una pena, y menos del calibre de las que aquí se piden.

El defensor de Juan Andrés Aldije, alias «el Francés» se limitó a cubrir el expediente; sabía muy bien que es imposible defender lo indefendible.

Los jurados se retiraron entonces a deliberar mientras en la sala se hacía un ominoso y tenso silencio. Nadie aguardaba irregularidades o sorpresas. Todos parecían estar convencidos de que el veredicto iba a ser afirmativo.

Ocurrió, sin embargo, que durante la deliberación los miembros del jurado habían nombrado a un nuevo presidente, llamado don José Liñán Camacho, el cual dio lectura a las sesenta y ocho preguntas que se habían dirigido al tribunal popular. Y todas iban seguidas de un «Sí» rotundo. Las últimas cuatro preguntas, y que admitían paliativos, fueron contestada por el jurado con el «No».

Una vez cumplido este trámite legal, los magistrados profesionales dictaron la sentencia.

Y, efectivamente, tras la deliberación de los magistrados, el presidente de la sala leyó la sentencia por la que se impuso a cada uno de los procesados, José Muñoz Lopera y Juan Andrés Aldije, seis penas de muerte, así como el abono de las indemnizaciones solicitadas por el Ministerio Fiscal, también se ordenó la destrucción de la barra de hierro y de los demás artefactos utilizados durante los crímenes. Luego, se dio lectura del acta.

Los dos acusados escucharon la sentencia sin inmutarse, dando pruebas no sólo de indiferencia, sino también de cinismo. Al final se negaron a firmar las notificaciones.

Todas las sentencias que llevan consigo la pena capital se consideran apeladas automáticamente. Por tanto, el defensor no tiene necesidad de imponer recurso, puesto que la sentencia es remitida al Tribunal Supremo para su revisión.

En aquel caso concreto, al quinto día de haberse emitido sentencia, la apelación fue devuelta, confirmándose la pena impuesta. Nadie recomendó la conmutación, ni tampoco lo hizo el Tribunal Supremo. Por lo tanto, para cerrar el caso sólo faltaba el cumplimiento de las ejecuciones.

Entonces se cursó la notificación ejecutoria al Juzgado de Instrucción para que remitiera a la cárcel de Sevilla la copia del testimonio de la sentencia.

Don Antonio Andreu, abogado defensor de José Muñoz, alegó la enfermedad de su cliente, diciendo que la sala ya tenía conocimiento de ello y, por tanto, el sentenciado no podía ser ejecutado. Así fue como se planteó una cuestión sobre la que no existían muchos antecedentes, puesto que, en conciencia, ¿podía la ley ajusticiar a un hombre enfermo, o debía esperar a su restablecimiento para ejecutarlo? Mientras se esperaba, ¿no podía fallecer el reo?

El defensor alegó que se rozaba la crueldad, puesto que la misma gravedad de la pena, obligada a quitar la vida al condenado, exigía que éste estuviese vivo. ¿No se incumplía la condena ejecutando a un moribundo, como si el verdugo realizase sólo la mitad de su trabajo?

A todo esto, el fiscal informó diciendo que «la aptitudes mínimas necesarias lo son para actividades que precisen un estado normal de plenitud de facultades físicas, pero que para el cumplimiento de la sentencia, que no son indispensables».

La sala resolvió de acuerdo con el fiscal. La defensa recurrió en súplica y le fue denegada.

El caso estaba a punto de cerrarse y como todos los esfuerzos de la defensa fueron inútiles, en la mañana del primer día de abril de 1906, en la Prisión Provincial de Sevilla, los dos reos sufrieron la ejecución por medio del garrote vil. José Muñoz Lopera hubo de ser conducido al patíbulo, alegando no poder andar. Dos guardianes le llevaron en brazos. «El Francés» llegó por su propio pie, pero no sonrió.

Ambos murieron aterrorizados y no recibieron la compasión de nadie. Sus crímenes, suficientemente probados, fueron tan horrendos que no merecieron perdón.

Confiemos en que Dios haya tenido piedad de sus almas.

 


VÍDEO: PELÍCULA «EL HUERTO DEL FRANCÉS»


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