Lock Ah Tam
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Parricida
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 30 de noviembre de 1925
  • Fecha de detención: 30 de noviembre de 1925
  • Fecha de nacimiento: 1872
  • Perfil de las víctimas: Su esposa, Catherine, y sus dos hijas, Doris y Cecilia
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Liverpool, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca el 23 de marzo de 1926
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Lock Ah Tam

Última actualización: 5 de abril de 2015

Actos impulsivos

Los asistentes al funeral de Catherine Tam y su hija Cecilia comentaban lo inesperado y sorprendente del asesinato cometido por Ah Tam a su propia familia.

LA MASACRE – Duelo en Chinatown

La comunidad china de Liverpool se quedó sobrecogida al enterarse de que Lock Ah Tam, uno de los más respetados ciudadanos del distrito, había asesinado a su esposa y a sus dos hijas después de una fiesta familiar.

En la noche del lunes 30 de noviembre de 1925, Lock Ling Tam celebraba su vigésimo cumpleaños con una fiesta jovial y reducida en casa de sus padres, en Birkenhead, frente al río Mersey, en Liverpool. La celebración tenía un motivo doble, ya que el joven acababa de volver a Merseyside después de pasar nueve años en una escuela china.

Su padre, Lock Ah Tam, era un consignatario de cincuenta y dos años. Había nacido en Cantón, en 1872, y antes de instalarse en Inglaterra estuvo trabajando como camarero en un barco. Diez años después conoció en Cardiff a Catherine Morgan, con la que se casó. Su primer hijo, Lock Ling, nació aquel mismo año, seguido de Doris, en 1906, y de Cecilia, en 1908, cuando la familia se instaló en Birkenhead. Dos años después vino al mundo un segundo varón, que murió en la infancia.

En 1916, Tam, entonces nacionalizado ciudadano británico, ganaba lo suficiente como para enviar a su hijo a estudiar a China. Tam estaba muy bien considerado en su ciudad de adopción. Trabajó duramente, aprendió a hablar inglés con corrección y era sociable y de agradable personalidad. Sus amigos estaban impresionados por los cuidados que dispensaba a su creciente familia y por la cálida hospitalidad con que los recibía en su acogedor hogar del número 122 de Price Street en Birkenhead.

Unas doce personas, entre familiares y amigos, se agrupaban en el salón de la casa. A las 8,30 sirvieron una abundante cena cantonesa. Al terminar, Tam propuso un brindis por su hijo. Fue el tradicional brindis chino “fat choy” (¡viva!).

Después cantaron y bailaron, y a eso de la medianoche terminó la fiesta. Cuando a las 12,45, aproximadamente, se despidió el último invitado, Lock Ah Tam parecía considerablemente bebido.

La familia se fue a dormir. Estaba compuesta de Tam, su esposa, Catherine, y sus dos hijas, Doris, de diecinueve años y Cecilia, de diecisiete.

Las dos niñas compartían su dormitorio de la segunda planta con una joven llamada Margaret Sing, que ayudaba a Catherine en las faenas de la casa.

Cuando Lock Ling se disponía a meterse en la cama, oyó discutir a sus padres en el dormitorio del piso inferior. Los gritos y el ruido de golpes y empujones le impulsaron a salir en zapatillas. Se reunió con sus hermanas y los tres bajaron a la habitación de sus padres.

Lock Ah Tam, en camisa de dormir, chillaba y agitaba los brazos ante su mujer. Cuando su hijo le increpó por maltratar a su madre, Tam, con furia creciente, lo negó, entablándose una violenta discusión. El padre los mandó que se fueran cada uno a su cuarto, incluyendo a la señora Tam. Ella y sus hijas se metieron en el cuarto de estar de la primera planta, pero el joven corrió escaleras abajo y cruzó el patio para buscar a una vecina.

Margaret Sing había permanecido en su cuarto durante todo el incidente. Entonces, Tam la llamó personalmente: “Maggie, baja y saca mis botas del salón”. Margaret Sing obedeció y después el señor Tam la mandó subir a vestirse. Cuando volvió a bajar pasó ante la puerta entreabierta del dormitorio del matrimonio. Al hacerlo vio reflejada en el espejo la figura de Lock Ah Tam empuñando un revólver con una terrible expresión de furia en el rostro. La aterrorizada joven entró en el cuarto de estar contiguo, donde la señora Tam estaba llorando consolada por sus hijas.

La criada les contó lo que había visto. Las mujeres se encerraron inmediatamente en la estancia apoyando algunos muebles contra las puertas. Mientras lo hacían oyeron salir ruidosamente a Tam de la habitación. Él aporreó la puerta para que le dejaran entrar. Luego, cuando él volvió al dormitorio, esperaron a que todo estuviera tranquilo, desmontaron la barricada y, silenciosamente, se refugiaron en la cocina.

En aquel momento entró Lock Ling por la puerta contigua, acompañado por una desconcertada vecina, la señora Louisa Chiu. Cuchichearon durante unos minutos decidiendo lo que iban a hacer. Lock Ling mandó a la señora Chiu, a Margaret Sing y a su hermana Doris que se metieran en el office, a Cecilia que se ocultara tras la caldera de gas y a su madre detrás de la puerta que daba al vestíbulo. En el momento en que salía precipitadamente en busca de la policía se oyó una ensordecedora detonación. Cecilia vio a su madre desplomada en el suelo.

Los acontecimientos se sucedieron rápidamente. En la puerta de la cocina apareció el cañón de un revólver. Una segunda detonación, y Cecilia cayó muerta. Lock Ling se dio la vuelta y miró por la ventana de la cocina iluminada; tuvo una rápida visión de su padre, quien, blandiendo una escopeta y un revólver, pasaba ligera y silenciosamente por encima de los cuerpos. Vio una olla de cobre caída en el patio y la arrojó por la ventana de la cocina.

Doris y Margaret Sing se abrazaban sobrecogidas por el pánico. Doris exclamó: “¡Oh, papá!, ¿por qué has hecho eso?” Pero Lock Ah Tam no respondió. En vez de ello, con los ojos desorbitados y echando espumarajos por la boca, tiró hacia sí de la puerta de la cocina y disparó dos veces a la cabeza de su hija mayor, que, mortalmente herida, cayó también.

Dejando a Margaret Sing y a la señora Chiu sollozando una en brazos de la otra, Tam volvió a su cuarto y guardó las armas en su sitio. Era la 1,45 de la madrugada cuando volvió a bajar las escaleras, descolgó el teléfono y dijo al operador: “Póngame con el ayuntamiento”. El sorprendido operador le puso en comunicación con la comisaría de Birkenhead. “Mande a un agente, por favor -dijo Tam-. Acabo de matar a mi mujer y a mis hijas. Vivo en el 122 de Price Street”.

Creo que está un poco loco

Aunque Tam estaba considerado como un marido y padre ejemplar, pocas semanas antes del tiroteo Catherine escribió a Elizabeth Kemble, viuda de un antiguo socio de su esposo. Aquella carta, que se presentó como prueba en el juicio, contenía el siguiente pasaje: “Las cosas con Tam siguen lo mismo y yo deseo que se arreglen sus asuntos. Hace tiempo que están así y él no hace más que darle vueltas. A veces está bien, pero otras creo que está un poco loco y está adelgazando mucho.

La ciudad china de Liverpool

Lock Ah Tam era una figura familiar en la ciudad china de Liverpool. Su despacho estaba situado sobre una tienda de paños en Pitt Street, a pocos portales del Club del Progreso de la República China, que había fundado él mismo. Pitt Street, en el centro de la extensa comunidad china del puerto, estaba ocupada por gran número de comercios.

Los primeros inmigrantes chinos llegaron a Liverpool a comienzos del siglo XIX procedentes de Cantón. Se abrieron casas de huéspedes para los cientos de marineros chinos de los cargueros que transportaban seda y té desde China y Hong Kong. Estas pensiones más tarde se transformaron en negocios de lavandería especializados en almidonar cuellos victorianos y eduardinos, pero en respuesta a los cambios de las modas, las empresas chinas pasaron a ocuparse del negocio de la alimentación. La población china iba aumentando al tiempo que adquiría fama de pacifica y respetuosa de las leyes. Por otra parte, había una minoría de dicha comunidad que, en los bajos fondos, se dedicaba a la manufactura del opio y al juego. Familias enteras vivían de los ingresos de las mesas de fan-tan.

Pitt Street quedó destruida por los bombardeos de 1941 y los chinos reabrieron tiendas y restaurantes en la cercana Nelson Street y en Great George Square. En los años setenta la población china de Liverpool llegaba a los 8.000 habitantes y era la más numerosa de Gran Bretaña, exceptuando la londinense.

MENTE ASESINA – Un hombre distinto

El, en otro tiempo, respetado hombre de negocios Lock Ah Tam se había convertido en un alcohólico con un carácter que asustaba a todo el mundo. ¿Cuál fue la causa de tan drástico cambio?

El baño de sangre de Birkenhead fue la culminación de una serie de acontecimientos iniciados unos seis años antes. Lock Ah Tam, de cuarenta y seis años, era un pilar de la activa comunidad china de Liverpool, que se había abierto camino desde su humilde trabajo de escribiente de una naviera de Hong Kong. Su oficina estaba situada encima de un comercio en Pitt Street, centro entonces de Chinatown.

Un socio que le conocía desde hacía quince años lo describía como un hombre tranquilo, callado, generoso, amante de su familia y muy dado a actos caritativos. Si veía correr a los chiquillos descalzos por la calle, acostumbraba a regalarles monedas de media corona.

En 1918 cambiaron las cosas. Al tiempo que dirigía la oficina de la naviera, Tam fundó en Liverpool un club social para marineros chinos llamado Club del Progreso de la República China. El 11 de agosto de 1918 Tam estaba allí tomando una copa y jugando al billar cuando, de repente, se abrió la puerta y una pandilla de marineros rusos borrachos invadió el local. Se inició una pelea, que acabó en el momento en que uno de los rusos asió una bola y la arrojó contra la cabeza de Tam, fracturándole el cráneo… A consecuencia de la herida tuvo que guardar cama durante quince días.

Aquella herida cambió radicalmente el carácter de Tam. Se volvió irritable, distraído y taciturno. Así como antes disfrutaba con un esporádico vaso de whisky, ahora bebía en exceso y enseguida llegó a consumir dos botellas diarias.

Se produjeron también otros cambios dolorosos. Su correcto inglés comenzó a deteriorarse. Y lo que era más importante: su amabilidad y placidez desaparecieron y empezó a tener bruscas e incontroladas explosiones temperamentales ante la más ligera provocación, real o imaginaria. Pataleaba y farfullaba mirando a su alrededor con ojos desorbitados, como si estuviera loco.

En 1924 le acaeció una nueva desgracia. Había invertido más de diez mil libras esterlinas -una pequeña fortuna en aquella época- en un negocio de barcos. El asunto fracasó y Tam perdió hasta el último céntimo. El, en otro tiempo, próspero hombre de negocios, cayó en bancarrota. Sus deudas le obsesionaban y cada día bebía más. Un antiguo amigo, refiriéndose durante el juicio al carácter de Tam, declaró: “Fue siempre un hombre tranquilo, callado y generoso. La familia era feliz y todos se querían. No había nadie como él cuando estaba sobrio, pero si bebía se convertía en un auténtico lunático.

Con objeto de superar aquella crisis, Lock Ah Tam se compró una escopeta de dos cañones y se aficionó a tirar. Con un grupo de amigos recorría cazando el noroeste de Inglaterra de arriba a abajo. Al volver de una de estas cacerías invitó al taxista a tomar una copa en su casa. Entablaron conversación y el hombre dijo algo que irritó a Tam, de tal manera que cayó en uno de sus arrebatos de ira y tuvieron que apaciguarle. Cuando posteriormente le comentaron el incidente, aseguró no recordar ni una palabra y se lamentó por haberse comportado de aquel modo.

Una noche de principios de noviembre de 1925, al volver a casa bebido desde un hotel cercano, Tam observó que su hijo Lock Ling había dejado apagar el fuego y el padre lo buscó para preguntarle por qué no había mandado subir carbón a la criada, Margaret Sing. La respuesta del joven fue fría y crispada: “No estoy aquí para echar carbón al fuego. El incidente sólo sirvió para aumentar la tensión en las ya difíciles relaciones entre ambos. En aquella época Tam se quejaba de que nunca estaban de acuerdo. Sin embargo, a pesar de las dificultades que surgían entre ellos, el padre las mantuvo en secreto ante los invitados que acudieron a celebrar el cumpleaños del joven aquella noche de noviembre. Todos estuvieron de acuerdo en calificar la reunión como una velada encantadora. Pero al pedirle una explicación sobre la carnicería de Price Street, Tam replicó: “Mi hijo ha sido la causa de todos los problemas y mi mujer ya no tenía una palabra amable para mí. La culpa es de mi hijo”.

EL VEREDICTO – La última víctima

El funeral de la muy querida Catherine Ah Tam y de sus dos hijas atrajo a una muchedumbre afligida, pero no fue el final de la tragedia. La ley exigía una muerte más en aquella familia que vengara los crímenes.

Cuando el martes 5 de febrero de 1926 se inició en la Audiencia de Chester el juicio por los tres crímenes, el estado mental de Lock Ah Tam era objeto de intensos estudios.

El asesinato de su esposa y de las niñas fue tan inesperado y tan opuesto a su comportamiento habitual, que todos los que conocían a la familia se sintieron sobrecogidos. Nadie negaba que el alcohol volvía a Tam agresivo, pero nunca se había mostrado violento. Según ellos, la vida de la familia parecía normal y corriente.

Indudablemente surgieron apreciaciones contradictorias sobre el estado emocional. El ayudante del jefe de Policía de Brikenhead, Arthur Lodge, comentó que cuando el detenido entró en la comisaría le temblaban las manos y tenía los ojos desorbitados. Pero un sargento declaró que el acusado encendió un cigarrillo con mano firme y utilizando solamente una cerilla. El mismo sargento declaró bajo juramento que, cuando él llegó a Price Street, Tam estaba sobrio. Por otra parte, uno de los invitados afirmó que, según el hijo de Tam, su padre parecía “empapado de alcohol” al final de la fiesta y se mostraba más efusivo que de costumbre. “Mi padre parecía ligeramente alterado”. Y explicó: “No se le entendía con claridad”. 

El abogado de Tam era sir Edward Marshall Hall, el hombre que tres años antes había defendido con éxito a la señora Fahmy en el Old Bailey. Era tal el dolor que le producían ahora sus piernas varicosas, que el juez McKinnon le permitió interrogar sentado al testigo.

-¿Se comportaba su padre como un demente cuando estaba bebido? -preguntó a Lock Ling.

-Sí, en esas ocasiones se desquiciaba.

-¿Tenía ideas absurdas?

-Sí.

-Cuando estaba sobrio, ¿era un buen padre y un buen marido?

-Sí. 

Marshall Hall aconsejó a Lock Ah Tam que se declarase “no culpable”. Sabía que la única esperanza de su cliente radicaba en probar que la noche en que asesinó a su familia no era responsable de sus actos. Marshall Hall iba a apoyarse en que Tam, enloquecido, había caído en un estado de “automatismo inconsciente” a causa de un ataque epiléptico.

Él argumentaba que el impacto producido en 1918 por la bola de billar había afectado a su cerebro haciéndole enfermar de epilepsia, y esta enfermedad crea un ansia irrefrenable de alcohol que, a su vez, provoca y agrava las convulsiones. La defensa alegó al tribunal que el negocio de barcos de Tam acababa de declararse en quiebra y que esto le había causado una aflicción tal, que había alterado su equilibrio psíquico.

Sin embargo, al intentar acogerse a la definición legal de demencia, Marshall Hall se enfrentaba a una tarea colosal. El acusado, después de todo, había llamado a la policía tras cometer los crímenes, lo que demostraba claramente que conocía los hechos y que sabía que eran dolosos. Sin embargo, el letrado argüía que ningún hombre en su sano juicio mataba de aquel modo, sin ningún motivo e inmediatamente después de una fiesta familiar.

-Yo creo -dijo el defensor al iniciar su alegato- que si estudiamos las tragedias griegas, no podremos encontrar ninguna más conmovedora que ésta… En el cerebro de este hombre se produjo un cambio inesperado que ninguno de nosotros sería capaz de explicar. Lo transformó, de un padre de familia tierno, amable y pacífico, en un loco furioso… Sin absolutamente ningún motivo, mató a los que más amaba… Sí no hay duda de que lo hizo, pero el que lo hizo en aquel momento estaba loco.

La prueba más importante de la defensa procedía del doctor Ernest Reeve, especialista en enfermedades mentales, cuyo diagnóstico era que el acusado, como resultado de la agresión, agravada por el excesivo consumo de alcohol, había sufrido un “automatismo inconsciente”. El doctor explicó que un ataque epiléptico y un automatismo epiléptico son dos cosas totalmente distintas. El ataque dura generalmente unos segundos; el automatismo epiléptico puede durar hasta cuatro horas. Tam, ya en prisión, recordaba la discusión con su mujer y la llamada telefónica a la policía, pero no recordaba haber disparado contra Catherine ni contra sus hijas.

El abogado de la acusación, sir Ellis Griffith, sometió al doctor Reeve a un intenso interrogatorio. “¿Cómo puede usted afirmar eso?” Tam telefoneó a la policía y dijo: “He matado a mi mujer y a mis hijas.” “Sí, -replicó el doctor-, aquello lo hizo en estado de automatismo. Podía darse cuenta de todo. Un enfermo en esas condiciones es como un sonámbulo. Un sonámbulo puede andar por el borde de un tejado y hacer cualquier clase de cosas con, aparentemente, todo su conocimiento. Pero después no le queda el recuerdo de sus actos.”

La acusación presentó pruebas que refutaban estos argumentos. El doctor Watson, un oficial médico de la prisión de Brixton, testificó que después de la detención reconoció a Tam y lo encontró perfectamente sano y razonable, sin la menor huella de epilepsia. El doctor opinaba que el acusado había actuado aquella noche movido por el alcohol y no por la epilepsia.

El jurado sólo tardó doce minutos en emitir el veredicto. Lock Ah Tam no manifestó la menor emoción. Sin embargo, el juez McKinnon titubeó al dictar la sentencia de muerte, luchando por controlar sus sentimientos. Las mujeres del público sollozaban abiertamente. “La escena en la sala fue excepcional… de lo más dramático -escribió Marshall Hall-, y en medio de los sollozos de la gente y la voz del juez entrecortada por las lágrimas, aquel hombre chino, indiferente, rígido y aparentemente impasible, en pie, con el rostro como una máscara, esbozaba una ligera sonrisa

La apelación de Tam fue rechazada y, a pesar de la campaña popular a favor del indulto, el martes 23 de marzo de 1926, murió ahorcado en la prisión de Walton, Liverpool. La víspera de la ejecución Lock Ah Tam se mostró valeroso, entero y amable, y al despedirse le aseguró a su abogado: “Sé que hice algo malo, aunque entonces no me diera cuenta y ahora no lo recuerde. A pesar de todo, si obré así, ellos tienen que cumplir con lo que ordena la ley.”

Conclusiones

La mañana del día 23 de marzo de 1926 cientos de personas, con las cabezas inclinadas, esperaban, frente a las puertas de la cárcel, la ejecución de Lock Ah Tam. Su cuñada, una frágil anciana, entregó al guardián de la puerta un ramo de flores para que lo depositara junto al cadáver.

Sir Edward Marshall Hall se apuntó el caso de Marguerite Fahmy como uno de sus grandes triunfos, pero estaba obsesionado por el fracaso del de Lock Ah Tam. Menos de un año después del juicio de éste, el 23 de febrero de 1927 murió a consecuencia de una pulmonía y un fallo cardíaco. Tenía sesenta y ocho años. Según uno de sus biógrafos: “Fue el abogado que libró más cuellos de la horca, pero murió afligido por no haber podido librar de la muerte a un pobre chino loco.”

No se cumplió el último deseo de Tam. Había rogado a un amigo: “Si me ahorcan, enterrar mi cuerpo con los de mi mujer y mis hijas.” Es costumbre en China que marido y mujer sean sepultados juntos para que se encuentren en la otra vida. Pero Lock Ah Tam recibió sepultura, al lado de otro reo, tras los sombríos muros de la prisión de Walton. En el amplio cementerio Flaybrick, de Birkenhead, una lápida de granito indica el lugar donde yacen la mujer y las niñas que asesinó.

 


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