Lizzie Borden
  • Clasificación: ¿Asesina?
  • Características: Parricida
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 4 de agosto de 1892
  • Fecha de nacimiento: 1860
  • Perfil de las víctimas: Sus padres
  • Método de matar: Golpes con un destral
  • Localización: Fall River, Estados Unidos (Massachusetts)
  • Estado: Absuelta. Murió el 1 de junio de 1927
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Lizzie Borden – El hacha asesina

Última actualización: 17 de marzo de 2015

El 4 de agosto de 1892, un hombre de negocios, Andrew Borden, y su esposa fueron salvajemente asesinados en su hogar de Massachusetts. El crimen levantó oleadas de estupor, sobre todo cuando la principal sospechosa resultó ser la hija de Andrew Borden.

En 1892 la ciudad de Fall River, Massachusetts, a unos 25 kilómetros de Boston, era un floreciente centro de negocios fundado sobre la industria textil; ocupaba, además, el primer puesto de importancia en el conjunto de puertos madereros del norte, entre Canadá y Boston, mientras que Nueva York lo era del sur.

Fall River fue creada por los protestantes yankis y por los terratenientes. Una de las familias más prominentes era la de los Borden, un clan que tiempo atrás fue literalmente dueño de la ciudad y que mantenía su preponderancia gracias a su riqueza y a sus influencias.

Andrew Borden, dueño de una modesta vivienda en el n? 92 de Second Street, próxima al centro comercial de la ciudad, era una importante personalidad. Hombre de mal carácter y plenamente dedicado a hacer dinero, había pasado de propietario de una funeraria a director de unas hilaturas creadas por él mismo y se había convertido en presidente del banco de Fall River.

Vivían con Borden su segunda esposa, Abby (de soltera Durfee Gray), y sus dos hijas solteras, Emma y Lizzie. A sus treinta y dos años, diez menos que su hermana, Lizzie era todo un carácter. Emma era menuda, frágil e insignificante; Lizzie, pelirroja, fría y seria como su padre, con una testarudez salvaje, uno de sus rasgos más característicos. Las hijas no habían aceptado nunca a su madrastra, Abby, a pesar de que ésta era amable y complaciente. Cuanto más tiempo pasaba, más resentidas se mostraban.

La primera en levantarse el día 4 de agosto fue Bridget Sullivan, que encendió la cocina a las 6,15, salió a la puerta trasera y recogió la leche. La señora Borden bajó a continuación poco antes de las 7, seguida inmediatamente por su marido. John Morse, hermano de la primera mujer de Andrew, invitado de la familia, se reunió con el matrimonio para desayunar.

El día era bochornoso, el cuarto de una ola de calor en Fall River. A las dos jóvenes les resultaba tan insoportable la presencia de su madrastra que a menudo comían en sus habitaciones sin acompañar a sus padres en la mesa. Aquella mañana Lizzie no bajó a desayunar. Emma estaba en Fairhaven, a unos 25 kilómetros de Massachusetts, en casa de una amiga donde permaneció mucho tiempo.

Alrededor de las 8,45, John Morse se marchó a visitar a otros parientes. Lizzie entró en la cocina, donde Bridget estaba recogiendo, y se sirvió un café. La criada, que igual que el señor y la señora Borden llevaba dos días con molestias de estómago, se salió al jardín y vomitó. Diez minutos después volvió a entrar en la cocina. Lizzie ya no estaba allí y la señora Borden limpiaba el polvo en el comedor contiguo.

Le dijo a Bridget que limpiara los cristales por dentro y por fuera y bajó a poner fundas limpias en las almohadas del cuarto de huéspedes, donde había dormido Morse. Eran las 9,30. Según su costumbre, el señor Borden se fue también a la ciudad para informarse de los beneficios que estaban produciendo sus diferentes negocios.

Bridget salió a limpiar las ventanas comenzando por el exterior; hizo varios viajes al trastero para llenar el cubo de agua. Cuando acabó en la parte de fuera, entró para limpiar por el interior, echando el pestillo de la verja.

Después de hacer el recorrido de sus empresas, Andrew Borden salió hacia su casa a las 10,35; llegó a los cinco minutos. Bridget le oyó hurgar en la cerradura de la puerta principal y salió a abrir la doble llave y el pestillo. Mientras lo hacía, vio a Lizzie en lo alto de la escalera, en el descansillo del primer piso. Esta se echó a re! ante los esfuerzos de Bridget por abrir la puerta, bajó la escalera y, delante de la criada, dijo a su padre: «La señora Borden ha salido. Dejó una nota diciendo que iba a visitar a un enfermo.»

El señor Borden, que sentía la misma sensación de náusea que Bridget, cruzó el cuarto de estar y la cocina dirigiéndose a la escalera que conducía al piso superior, donde estaba su dormitorio. Para entrar en él había que subir las escaleras que comenzaban en el zaguán de la cocina.

Alas 10,50 Borden bajó de nuevo, cruzó la cocina y el comedor y se echó en un sofá del cuarto de estar.

Lizzie se reunió con Bridget, que ahora estaba limpiando los cristales del comedor. Mientras planchaba unos pañuelos, dijo a la sirvienta que si tenía pensado salir por la tarde se asegurara de dejar bien cerrado, puesto que la señora Borden había ido a cuidar a un enfermo y ella se iba a marchar. Cuando Bridget preguntó quién era el enfermo, Lizzie contestó: «No lo sé. Dejó la nota esta mañana. Debe de ser alguien de la ciudad.»

Cuando el reloj del Ayuntamiento dio las 11, la criada subió a su cuarto del ático para echarse un rato. Diez minutos después la despertó un grito de Lizzie: «¡Maggie, baja!» Las hermanas Borden tenían la costumbre de llamarle por el nombre de su predecesora. Cuando Bridget preguntó: «¿Qué ocurre?», Lizzie repuso: «¡Baja en seguida!» ¡Padre está muerto! ¡Ha entrado alguien y lo ha matado!»

A los cinco minutos Bridget había llamado a un médico; la vecina de la casa de al lado, una tal señora Churchill, entró a ver qué ocurría y avisó a la policía local. La sirvienta preguntó a Lizzie que dónde estaba mientras asesinaban a su padre y ésta respondió: «Estaba en el patio de atrás, oí un gemido, entré y vi la verja abierta de par en par.» La señora Churchill le hizo la misma pregunta y ésta contestó que estaba en el trastero haciendo un recado que no llegó a especificar.

Mientras el doctor Bowen examinaba el cuerpo y lo cubría con una sábana, Lizzie dijo a Bridget que estaba casi segura de haber oído llegar a su madre en aquel momento. «Sube y mira a ver», ordenó a la sirvienta.

La señora Churchill acompañó a la aterrada muchacha al piso de arriba. Cuando sus miradas alcanzaron el nivel del piso del cuarto de invitados, vieron el cuerpo de la señora Borden parcialmente oculto tras la cama. La vecina rodó por las escaleras gritando: «¡Aquí hay otro!»

El examen de los cuerpos que realizó el doctor Bowen revelaba que ambas víctimas habían sido objeto de un ataque feroz con una herramienta pesada y cortante, probablemente un hacha o una hacheta.

Andrew Borden yacía en el sofá en la postura exacta que había adoptado al echarse en él a las 10,50, apoyado sobre el lado derecho y con un pie en el suelo. Once golpes le habían herido el rostro, reventándole el globo ocular que se había salido de su cuenca, arrancándole la nariz y cortando la carne hasta llegar al hueso. La sangre manaba aún de sus heridas.

Abby Borden yacía boca abajo en el suelo, entre la cama y la cómoda del cuarto de invitados. Fue atacada por detrás repetidamente y mostraba diecinueve heridas en la espalda y en la cabeza. Un golpe de través en el cuero cabelludo había arrancado una tira de la piel del cráneo. La sangre de la cabeza y la que había junto a su cuerpo estaba oscura y coagulada. Para el forense era obvio que había muerto algún tiempo antes que Andrew.

En el sótano de la vivienda la policía descubrió dos hachas y dos hachetas, todas con mango, y la cabeza de una azada sujeta a un tronco recientemente cortado que servía de mango. Esta última se encontraba en una caja de madera, en el suelo del sótano, y estaba cubierta por una capa de ceniza de carbón recién aplicada.

A las tres horas y media del asesinato de Andrew Borden, se realizaron las autopsias de los cadáveres de las víctimas en la mesa del comedor del n? 92 de Second Street. Recogieron los estómagos en unos envases para analizarlos se establecieron las diferentes horas en que se habían producido ambas muertes, por comparación del distinto grado de digestión de los alimentos ingeridos a primera hora de la mañana.

Los cadáveres permanecieron toda la noche en la casa, encima de la mesa del comedor cubiertos con sábanas. Emma, avisada por teléfono, llegó por la noche y Alice Russell, una antigua amiga que vivía cerca, acompañó a las dos hermanas. Bridget Sullivan, ante el temor infundado de un loco asesino con un hacha en su poder, se fue a dormir a casa de una vecina y no volvió a pisar el n? 92 de Second Street.

El sábado 6 de agosto se celebró el doble funeral por Andrew y Abby Borden. Sin grandes lamentaciones, los cadáveres fueron incinerados, exceptuando las cabezas. Estas fueron conservadas para proseguir las investigaciones, incluyendo el estudio de las dimensiones de las heridas después de extraer la carne de los cráneos. Podían ser pruebas evidentes en el extraño juicio de Lizzie Borden.

El cuerpo de Abby Borden apareció junto a la cama del cuarto de invitados. Las heridas demostraban que la habían atacado por la espalda. Era poco probable que hubiera sido obra de un extraño, a menos que éste estuviera oculto en la habitación contigua para no ser oído. Parecía más creíble que Abby diera la espalda a algún conocido. «Sorprendida» o no, yacía en la úníca habitación aparte del descansillo, a la que se podía acceder desde el cuarto de Lizzie.

El cuerpo de Andrew Borden fue hallado en el sofá del cuarto de estar. Su rostro era un amasijo ensangrentado. No se percibían señales de lucha.

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El plan asesino

La distribución de la casa de los Borden es fundamental para comprender el desarrollo del suceso. Las explicaciones de Lizzie sobre su paradero a la hora de los crímenes eran obviamente falsas. Fue la única persona con motivos y oportunidad para cometer los crímenes.

La secuencia de los acontecimientos que condujeron a la muerte del matrimonio Borden en su casa de Second Street el 4 de agosto de 1892 es la siguiente:

9.30 Abby Borden entra en el cuarto de invitados (primera planta del plano), donde muere asesinada en un lapso de tiempo de 70 minutos.

10.40 Andrew Borden regresa del trabajo. Bridget Sullivan ve a Lizzie Borden en el descansillo próximo al cuarto de invitados. Lo mismo que Bridget y la señora Churchill vieron el cuerpo de Abby Borden (abajo) a través de la puerta abierta de la habitación, Lizzie lo tuvo que ver forzosamente a aquella hora.

10.50 Andrew Borden se va a echar al sofá del cuarto de estar (planta baja del plano).

11.00 Bridget sube al ático, dejando a Lizzie en la cocina junto al cuarto de estar.

11.10 Lizzie «descubre» el cuerpo de su padre en el cuarto de estar. Asegura que ha oído un gemido mientras estaba en el trastero del patio (arriba se muestra la situación del trastero en relación con la casa).

Lizzie asegura que el intruso ha tenido que entrar por la cocina mientras ella estaba en el patio o en el trastero, pero nadie puede confirmarlo.

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EL JUICIO BORDEN – Guardar las apariencias

El juicio de Lízzie Borden fue muy desafortunado. El tribunal, presionado por un poderoso sector del público que consideraba a la asesina como uno de los suyos, hizo todo lo posible para dejarla en libertad.

Al día siguiente de los crímenes, las hermanas Borden pusieron un anuncio en el Fall River Herald ofreciendo 5.000 dólares de recompensa para quien proporcionara la información que condujera al arresto y confesión del asesino o los asesinos. Las sospechas de la policía recaían gravemente sobre Lizzie. La tarde siguiente, mientras visitaba la casa con el jefe de policía, John W. Coughlin, el alcalde de Fall River le dijo a ésta que era la principal sospechosa.

El sábado 7 de agosto, Alice Russell la encontró quemando una prenda en la cocina de carbón. Durante la vista, Lizzie declaró que quemaba «trapos viejos» manchados de pintura.

El 11 de agosto Lizzie fue detenida por el asesinato de su padre. Al día siguiente, se declaró «no culpable» e ingresó en la cárcel de Taunton, en Massachusetts. El 25 de agosto tuvo lugar la audiencia preliminar, después de la cual el juez la dejó en libertad sin fianza hasta su presentación ante el Gran Jurado en el mes de noviembre. La misión del Gran Jurado era la de decidir si había pruebas suficientes como para proceder al juicio. El 2 de diciembre, veinte de los veintiún miembros del Gran Jurado votaron a favor de acusar a Lizzie Borden del asesinato de su padre y de su madrastra.

El juicio fue el mayor acontecimiento en los medios de comunicación de la época. Durante el prolijo procedimiento legal que culminó en el juicio, en junio de 1893, se creó un enorme movimiento, orquestado por la combinación de periódicos, organizaciones religiosas, grupos femeninos y el sector financiero al que estaba vinculada la familia Borden.

Las implicaciones políticas de muchos de los participantes eran evidentes. Técnicamente el fiscal general de la comunidad de Massachusetts tenía que haber actuado por la acusación, como era habitual. Arthur E. Pillsbury, fiscal general en la época del juicio, rompió la costumbre y, apoyándose en su falta de salud, designó al fiscal del distrito, Hosea M. Knowlton para ocupar su puesto.

Knowlton, un vulgar ejecutivo, se mostró extraordinariamente desinteresado por ocuparse del caso e hizo lo posible por librarse de él. Sin embargo, su cofiscal William H. Moody era un abogado trabajador, eficiente y ambicioso, que, con el tiempo, obtendría el cargo de fiscal general de los Estados Unidos y a continuación el nombramiento de magistrado del Tribunal Supremo.

El juicio se inició el 5 de junio de 1893 en New Bedford, Massachusetts, con la selección de doce jurados de un total de ciento cuarenta y cinco convocados. Lo formaban un herrero y once miembros de las comunidades de granjeros. Al día siguiente se leyó el sumario y comenzó la actuación del fiscal. A pesar de que a lo largo del juicio Lizzie demostró escasa emoción, se estremeció de dolor durante el informe inicial de Moody. Cuando, aparentemente de forma involuntaria, el fiscal descubrió los dos cráneos de las víctimas colocados en una bolsa encima de un banco en frente de él, Lizzie se desmayó.

Bridget Sullivan fue el primer testigo relevante llamado por la acusación; dio un completo y detallado informe de los sucesos del 4 de agosto. Sus respuestas al intenso interrogatorio de George D. Robinson, uno de los tres abogados que actuaron como defensores, apoyaron más a la acusación, puesto que se refirió a las tensas relaciones entre la acusada y su madrastra.

Cuando testificó el doctor Bowen por parte de la acusación, insistió en que ésta le había comentado que su padre tenía problemas con los arrendatarios. Después de relatar el descubrimiento del cuerpo de la señora Borden, dijo que le sorprendió el hecho de que al bajar él las escaleras, «Lizzie tenía un traje distinto al que vestía cuando subió a la habitación… Era una bata rosa mañanera. No recuerdo el color del vestido que llevaba antes, pero sé que era diferente».

La señora Churchill dijo en su declaración que cuando preguntó a Lizzie dónde estaba su madre ella replicó: «No lo sé. Ha dejado una nota diciendo que iba a ver a un enfermo… Yo creo que la he oído entrar.» También declaró que Lizzie había dicho: «Padre tiene que tener un enemigo, porque todos hemos estado enfermos y yo creo que nos han envenenado la leche.»

Alice Russell, la antigua amiga de Lizzie, recordó también que ésta le había mencionado la posibilidad de que alguien estuviera envenenando a la familia. Lizzie aludió a un posible enemigo de su padre al que el señor Borden se había negado a alquilar una finca. Descubrió los temores que ésta había manifestado sobre criminales desconocidos que podrían atacarlos por las noches e insistió en que su amiga le había dicho que estaba en el trastero buscando un «pedazo de hierro o de hojalata para sujetar mi reja» mientras asesinaban a su padre. También confirmó Alice que el vestido que quemó su amiga era uno estampado en azul que llevaba puesto el día de los asesinatos.

La acusación insistió en demostrar que Lizzie había intentado crear una atmósfera de temor basada en envenenadores, merodeadores desconocidos y enemigos de negocios de su padre. También había quemado lo que podría haber sido una prueba incriminatoria y en repetidas ocasiones insistió en que su madre recibió una llamada de parte de un enfermo. En presencia de las otras personas aseguró haber oído volver a su madre después del descubrimiento del cadáver del señor Borden.

Declaró también que mientras asesinaban a su padre ella estaba en el desván buscando un trozo de metal para asegurar una reja y algún pedazo de plomo para preparar cebos de pesca. Un policía atestiguó que todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo de varias semanas, lo que indicaba que allí no se había entrado en mucho tiempo.

Tras el estudio de los estómagos de las víctimas, la autopsia confirmó que la señora Borden había muerto hora y media antes que su marido. El fiscal volvió a mostrar los cráneos de las víctimas, ahora junto a la cabeza del hacha que podría ser el arma del crimen. Fue señalando una por una las profundas heridas en las que el hacha encajaba perfectamente.

El resultado de esta macabra exhibición fue la demostración de que el hacha hallada en el trastero era el arma asesina; y, en segundo lugar, que una mujer dotada de una fuerza normal podía haberla empleado para asestar aquellos golpes mortales, hecho que corroboraron además las investigaciones de los forenses.

El último testigo de la acusación fue el dependiente de una farmacia, que declaró que unos días antes de los asesinatos Lizzie Borden había intentado comprar ácido prúsico, un veneno mortal. El se negó a venderle aquel producto prohibido. Esta prueba, expresada sin la presencia del jurado, fue misteriosamente excluida del informe como carente de valor.

Los abogados de la defensa se dedicaron a levantar «cortinas de humo» al llegar su turno. Presentaron algunos testigos que contaron algunas confusas historias sobre la presencia de vagabundos en las cercanías de la casa de los Borden. Otros testigos que debían sembrar las dudas en las pruebas de la acusación se mostraron completamente ineficaces. Emma, la hermana de Lizzie, ocupó el asiento de los testigos, donde representó un papel claramente ensayado. El fiscal consiguió confundirla con sus insistentes preguntas y demostró la falsedad de sus declaraciones. El informe de la defensa fue muy breve. El principal testigo, Lizzie Borden, aún no había ocupado el banquillo.

El informe final del defensor George D. Robinson se desarrolló en un estilo «amanecer en el hogar». En él hizo hincapié en que había que optar por condenar a muerte a Lizzie o dejarla en libertad. Robinson apeló al patriotismo, a Dios, al símbolo joven que era el Nuevo Mundo y al pastel de manzana, eludiendo los hechos desagradables, inventando otros nuevos y citando a Shakespeare y canciones populares. Su invención más desaforada fue la de que Lizzie y Bridget habían recibido la noticia del enfermo de la propia señora Borden. Robinson actuó en el estrado como un actor facilón y triunfó absolutamente, ganándose las mentes y los corazones del jurado.

La breve intervención del remiso fiscal Hosea Knowlton ante el jurado acabó reforzando la actuación de la defensa. Daba la impresión de disculparse por su papel de acusador. En algunas ocasiones estuvo a punto de ensalzar a Lizzie, elogiándola ante los miembros del jurado por ser «una mujer cristiana, toda una señora, igual que sus esposas y la mía, una mujer a la que consideramos incapaz de cometer un crimen». Parecía un eficaz defensor de la acusada.

El resumen final del juez, Justin Dewey, fue casi una disimulada orden al jurado para que sentenciara de acuerdo con la defensa. Disculpó los fallos de ésta y criticó la saña de la acusación. Hasta la prensa que había apoyado a Lizzie con todo entusiasmo se sintió asombrada ante tal actuación.

Cuando el portavoz del jurado se levantó para pronunciar el veredicto de «inocente», el público de la sala y el que se agolpaba en las calles prorrumpió en vítores.

La misma Lizzie, medio desvanecida, se echó a llorar y luego rogó: «Llevadme a casa».

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PRIMEROS PASOS – Naturaleza caprichosa

Con la edad, la codiciosa de Lizzie se enconó. El asesinato de su padre y de su madrastra aparecían como el único modo de obtener lo que consideraba suyo por derecho.

Lizzie Borden nació en 1860; era la segunda hija viva de Andrew Jackson Borden y Sarah Morse. Esta murió en 1862, cuando Lizzie contaba dos años. En 1864 Andrew contrajo matrimonio con Abby Durfee Gray.

La familia Borden vivió al principio en una casa de Ferry Street que había pertenecido al abuelo pescadero de Andrew. Cuando Lizzie cumplió catorce años se mudaron al 92 de Second Street. A pesar de que habían mejorado sus circunstancias, Andrew continuaba imponiendo una austera frugalidad a la familia. Abby comenzó a sentirse progresivamente aislada en su propio hogar, viéndose despreciada por sus hijastras a causa de su origen humilde.

Cuando Lizzie se hizo mayor, demostró haber heredado el carácter hosco y materialista de su padre. Aunque, como miembro de la familia Borden, ocupaba un lugar destacado en la sociedad de Fall River, se sentía humillada porque la familia no vivía en la moderna «Hill», la zona más selecta de la ciudad.

En 1887 Andrew compró parte de una casa que había pertenecido a la familia de Abby, inscribiéndola a nombre de ella. Esto irritó tanto a Lizzie como a Emma, que se consideraron despojadas de su herencia. Desde entonces se produjo una auténtica guerra interna, particularmente por parte de Lizzie, que contaba con el apoyo de su hermana.

Las dos hermanas comenzaron a retraerse de la rutina familiar, comiendo frecuentemente en sus habitaciones en vez de hacerlo con su padre y con su madrastra. Abby, en respuesta a esa actitud, se encerró en sí misma, mientras Andrew trataba de recuperar el cariño de Lizzie por medio de regalos, de dinero y de terrenos.

Lizzie, por su parte, continuaba alimentando su rencor en contra de Abby y de su padre. Cuando, dos años después, Andrew Borden decidió transferir una granja a nombre de su esposa, realizó la transacción en un lugar alejado para mantenerla en secreto. Lizzie se enteró y trató de comprar el veneno. La firma de la escritura iba a tener lugar el mismo día de los asesinatos.

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Alta sociedad

Lizzie Borden fue exonerada del asesinato a causa del poderoso entorno social del que formaba parte y que se negaba a reconocer el hecho de que uno de sus componentes fuera culpable de tan espantoso crimen.

En una ciudad donde la respetabilidad se adquiere con dinero, la fortuna del padre de Lizzie superaba el medio millón de dólares. Aquella acaudalada élite se agrupó estrechamente para mantener su influencia y evitar lavar en público sus trapos sucios, si podía conseguirlo.

Los miembros de la sociedad de Fall River no dudaban de la culpabilidad de la acusada en el crimen, pero habían decidido que aquello no iba a mancillarlos. Los propietarios de la prensa local y los amigos de Andrew Borden empleaban ahora los periódicos para discutir el hecho de que su hija hubiera cometido, al parecer, una carnicería con su progenitor y con su madrastra para recibir la herencia.

Ciertas organizaciones y grupos conservadores femeninos se emplearon hombro con hombro en su defensa. Se extremaron también las presiones políticas sobre el juez y los abogados de la acusación.

Nadie, ni siquiera el juez ni los jurados, quería responsabilizarse de la condena de Lizzie Borden.

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Conclusiones

Lizzie Borden estaba radiante y disfrutando de la gran alegría que produjo su exoneración. Todo ello antes de que la corriente de opinión pública se volviera en su contra. Muchos periódicos publicaron artículos criticando el desarrollo del juicio.

La gente comenzó a darse cuenta de que Lizzie había quedado en libertad a pesar de la fuerza de las pruebas acusatorias. La prensa local comenzó a criticar el procedimiento seguido durante el juicio. Lizzie quedó paulatinamente aislada por la misma sociedad que había conseguido su liberación.

Lizzie y Emma heredaron una cuantiosa fortuna tras la muerte de Andrew y Abby Borden. Una de las primeras cosas que hicieron fue comprarse una casa estilo neoReina Ana en la elegante zona de “Hill”, abandonando el menospreciado barrio de la ciudad donde estaba situada la casa del crimen. Las hermanas llamaron a su nueva vivienda “Maplecroft”.

En 1904 Emma se marchó de “Maplecroft”. No se han conocido las razones de su partida con suficiente claridad. Posiblemente no podía resistir más el sentimiento de culpa compartida -ella fue copartícipe del crimen-. Las hermanas no volvieron a reunirse nunca. Lizzie murió el 1 de junio de 1927. Emma murió en New Hampshire nueve años después.

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Fechas clave

  • 5/8/92 – Emma y Lizzie ofrecen a través de la prensa una recompensa de 5.000 dólares para detener y condenar al asesino de su padre.
  • 6/8/92 – Andrew y Abby, incinerados en un mismo funeral.
  • 7/8/92 – Alice Russell encuentra Lizzie quemando un traje.
  • 11/8/92 – Lizzie es detenida por asesinato.
  • 5/6/93 – Se inicia el juicio en New Bedford, Massachussets.
  • 6/6/93 – Declaración de Bridget Sullivan.
  • 8/6/93 – Declaración de Alice Russell.
  • 21/6/93 – Lizzie Borden declarada inocente.

Lizzie Borden

Pili Abeijon – Archivo del Crimen

El 4 de agosto de 1892, un rico e influyente hombre de negocios y su esposa fueron salvajemente asesinados en su hogar de Massachuttes, Estados Unidos. El crimen causó una gran conmoción, sobre todo cuando la principal sospechosa resultó ser la propia hija…

Es sin duda una de las más conocidas asesinas de la historia, sin duda por lo violento que resultaron los crímenes y el inquietante juicio que se llevó a cabo.

Tanto a Lizzie Borden como su hermana Emma les resultaba insoportable la presencia de la mujer que se había casado con su padre tras la muerte de su madre, hasta tal punto que a menudo comían en sus habitaciones sin acompañar a sus padres en la mesa. Y cuanto más tiempo pasaba, más resentidas se mostraban

El 4 de agosto de 1892, Emma se había ido a casa de una amiga, y sólo Lizzie bajó a reunirse con la criada, quién estaba preparando café.

Alrededor de las 11 de la mañana la mayor de las Borden descubrió el cadáver de su padre, quien había recibido once hachazos en el cráneo mientras dormía en el sofá. La criada la oyó gritar: “¡Bridget, rápido, baja! ¡Padre está muerto! ¡Alguien ha entrado y lo ha matado! Deben haberlo hecho mientras yo estaba en el establo…

Cuando llegó el médico forense, subieron para avisar a la madrastra, y una vez arriba, descubrieron que ésta también había muerto, con veintiún hachazos en la cabeza. El cadáver, medio oculto tras la cama, estaba ya frío y con la sangre coagulada. Era obvio que había muerto antes que el señor Borden.

En el sótano del piso la policía descubrió cuatro hachas y una azada, esta última cubierta por ceniza de carbón recién aplicada.

Dos días después se celebró el funeral y los cadáveres fueron incinerados exceptuando las cabezas, que fueron conservadas para seguir la investigación policial. La criada, ante el temor de que un loco asesino con un hacha anduviese suelto, se fue a dormir los días siguientes a casa de una vecina.

La puerta principal estaba cerrada con llave y la casa estaba rodeada por una alta cerca de alambre de espino, por lo que los únicos sospechosos eran las cuatro personas que vivían en la casa.

Como dos de ellos no se encontraban en el lugar en el momento del crimen, solo quedaban como posibles asesinas Lizzie Borden, la hija mayor de cuarenta años, y Bridget Sullivan, la criada.

Aunque Lizzie aseguró haber oído un gemido mientras se encontraba en el exterior de la casa y que el intruso había tenido que entrar por la cocina mientras estaba el establo, nadie pudo confirmarlo.

El doble asesinato conmocionó la pequeña y próspera ciudad de Falls Rivers, Massachusetts, y en la prensa se publicó un anuncio ofreciendo 5.000 dólares a quién proporcionase información sobre el asesino.

Las sospechas de la policía recaían gravemente sobre Lizzie, y fue detenida el 11 de agosto aunque ésta se declarase no culpable.

El 25 de agosto, tras la audiencia preliminar, el juez la dejó en libertad sin fianza hasta su presentación al Gran Jurado en noviembre.

Tras la detención, la prensa la pintó como una heroína y mártir. Todos creían en su inocencia.

Un año después, en el juicio, el público la saludó y vitoreó. Se había convertido en un ídolo. De todos lados le llegaban felicitaciones, y era la estrella de las portadas de los periódicos. Hasta la Iglesia estaba a su favor.

Si bien todas las pruebas apuntaban hacia Lizzie, y 21 de los miembros del jurado votaron a favor de acusarla de asesina, pero el tribunal estuvo presionado por el pueblo, que la consideraba inocente.

El juicio fue el mayor acontecimiento de los medios de comunicación de la época. Se creó un enorme movimiento no sólo por los periódicos, sino también por las organizaciones religiosas, grupos femeninos, etc.

Ella era la única persona que había podido matar a sus padres. Tras salvarse de la pena de muerte, aprovechó los 250.000 dólares de la propiedad de su padre para comprar otra gran mansión en la que pasaría sus 34 años restantes.

Además, Lizzie tenía dos motivos, por un lado el dinero del padre, un hombre de mal carácter, estricto y avaro (tan estricto y sumamente protector, que las puertas interiores de la casa siempre estaban cerradas con pestillo y el señor Borden tenía a Lizzie como una niña pequeña. A sus cuarenta años, le estaba prohibido salir de casa para hablar con extraños), y por otro el rechazo hacia su madrastra, que al parecer era una mujer hipocondríaca muy posesiva y que no había acabado de encajar en aquel hogar.

Consideraba el amor de su padre hacia su madrastra como una amenaza directa para la futura herencia de la riqueza familiar en perjuicio de su hermana y ella misma. Al matar a su padre y a su madrastra, despejaba el camino de la herencia, que de este modo no tendrían que compartir con un elemento “extraño” de la familia. Si en verdad los asesinó, seguramente fue por conseguir lo que consideraba sus bienes y derechos.

De todos modos no prestó testimonio ante el juez, quien tampoco aceptó el testimonio de un vendedor que afirmó el doble intento de Lizzie por comprarle ácido prúsico, pues la acusada alegó que lo utilizaba como antipolillas. La defensa se aferró a la ausencia de sangre en sus ropas, sin darse cuenta que la mujer pudo haber cambiado de ropas entre que los mató y “descubrió” los cadáveres. Tampoco tuvieron en cuenta el testimonio de la criada afirmando que el domingo posterior a los crímenes, Lizzie estuvo quemando un vestido nuevo que estaba manchado “con pintura”, “para ordenar un poco el guardarropa”, según ella misma.

Tampoco era cierto que en el momento de los hechos, Lizzie estuviese en los establos, pues el calor que solía hacer allí dentro no se soportaba muchos minutos, ni tampoco había polvo de pisadas en los tablones.

Y por último, los periódicos informaron, poco antes del juicio, que se había hallado otro cadáver en Falls River, muerto de manera idéntica a los otros dos…

A pesar de todo eso, curiosamente a mujer fue absuelta. En Massachusetts todavía reinaban prejuicios contra la ejecución de mujeres, desde que se había ahorcado, años antes, a una joven que resultó estar embarazada de cinco meses.

Cuando el portavoz del jurado pronunció el veredicto de “inocente”, el público de la sala comenzó a aplaudir y a felicitar a la mujer, quién rompió a llorar pidiendo que se la llevara a casa…


Lizzie Borden

Última actualización: 17 de marzo de 2015

Soltera. De 32 años. Visitante habitual de la Galería de Arte Corcoran de Washington; secretaria de la «Sociedad del Ardor Cristiano», maestra de la escuela dominical; miembro de la «Misión de Flores y Frutos»; colaboradora de la «Unión Femenina Pro-Templanza Cristiana» y decoradora de objetos de porcelana. Acusada de matar a hachazos a su padre y a su madrastra.

Andrew Jackson Borden, banquero de 69 años, vivía con su segunda mujer, Abby, de 42, y sus dos hijas, Emma y Lízzie, de 41 y 32 respectivamente, en la calle Segunda de Fall River, pequeña ciudad del Estado de Massachusetts.

En 1892 la familia habitaba, desde hacía 20 años, una modesta casa de dos pisos (incluyendo el ático), franqueada por otras dos ,exactamente iguales. Desde el primer momento las hijastras habían demostrado a la nueva Mrs. Borden una gran hostilidad; disputaban con ella continuamente por cuestiones de dinero y la llamaban «Señora Borden», sin utilizar nunca un epíteto) más cariñoso.

Un hermano de la primera esposa de Borden, el tío John Vinnicum Morse, decidió hacer una visita de varios días a su familia; cuando Regó a la casa el 3 de agosto de 1892, encontró que el matrimonio se encontraba en cama con fuertes dolores de estómago y vómitos frecuentes. (Después se averiguó que el 2 de agosto Lizzie había adquirido en una farmacia una dosis de ácido prúsico, pero no pudo probarse que este hecho tuviera relación con la indisposición de los Borden.)

El 4 de agosto, a las nueve de la mañana, la hija menor bajó a la cocina para desayunar; su hermana Emma se encontraba en Fairhaven (a unos 14 Km. de Fall River) visitando a unos amigos. Dijo a la criada, Bridget Sunivan, que el calor le había quitado el apetito y tomó solamente una taza de café. Su padre había salido temprano a hacer algunas visitas de negocios, Mr. Morse había ido a dar su paseo matinal y Mrs. Borden estaba ocupada en sus faenas caseras.

A las 10’45, Mrs. Borden llamó a la sirvienta para que fuera a limpiar unas ventanas; Bridget, después de coger un balde de agua y una gamuza, se dispuso a hacerlo, abriendo la puerta, al pasar por el vestíbulo, a Mr. Borden, que volvía de sus visitas (más tarde declaró que al entrar su amo en la casa, Lizzie, que se encontraba en el rellano de la escalera, soltó una carcajada sardónica).

Al preguntar dónde estaba su esposa, Lizzie contestó que había ido a visitar a una amiga enferma que le había enviado una nota pidiéndole ayuda; Mr. Borden cansado y agobiado por el calor, se retiró al salón para reposar.

Por su parte, la criada subió también al desván para descabezar un sueño y a as 11’45 la despertaba repentinamente un grito de Lizzie. «¡Bridget! ¡Baja en seguida! ¡Han matado a papá!». Bajó inmediatamente y corrió a avisar a un médico que vivía en la casa de enfrente, el Dr. Bowen, que acudió al momento acompañado por un vecino de los Borden, Mr. Churchill. Fue éste quien descubrió a los pocos minutos, en la habitación de huéspedes del primer piso, el cadáver de Abby.

Marido y mujer habían sido golpeados salvajemente en la cabeza con una hacha, seguramente mientras dormían; sus caras estaban totalmente destrozadas y eran casi irreconocibles. El médico determinó que las muertes habían tenido lugar con un intervalo de hora u hora y media; por lo tanto, cuando Mr. Borden había llegado a su casa su esposa había sido ya asesinada.

El 11 de agosto Lizzie fue arrestada y acusada de los crímenes; aparte del hecho bien conocido de la hostilidad que profesaba a su madrastra, su versión de lo ocurrido daba mucho que sospechar.

En primer lugar nadie había escrito una nota pidiendo ayuda a Mrs. Borden y, después, había dado respuestas diferentes a quienes la preguntaron en la mañana del asesinato por el paradero de su madrastra: «Está en el desván buscando un trozo de hierro», «Está en el desván buscando el plomo de la caña de pescar», «Está descansando en -el desván», «Ha subido al desván hace veinte minutos», «Ha subido al desván hace media hora», «Está en el desván, donde he oído unos ruidos muy extraños»… –

En su declaración aseguró que estos ruidos fueron los que la indujeron a entrar en la casa descubriendo así el cadáver de su padre aunque previamente había afirmado haber hecho el hallazgo de una forma accidental.

Los vecinos declararon no haber visto aquella mañana ningún desconocido acercarse a casa de los Borden y, por otra parte, ésta estaba siempre bien atrancada y con el cerrojo echado.

El domingo siguiente a la desgracia, Lizzie había quemado en la cocina uno de sus trajes, lo cual hizo suponer que quería deshacerse de él porque estaba manchado de sangre.

Pero quizá la prueba más concluyente de su culpabilidad fuese que sólo veinticuatro horas antes del crimen se había sentido clarividente y había presagiado a la familia grandes desgracias y acontecimientos violentos.

El juicio se celebró el 1 de junio de 1893 en New Bedford, Massachusetts, bajo la presidencia de los magistrados Mason, Blodgett y Devy, actuando como fiscal Mr. Hosca Knowlton. Mr. George D. Robinson, antiguo gobernador del Estado y defensor de Lízzie Borden, consiguió que Bridget Sullivan admitiera que quizá la puerta trasera de la casa no estuviese cerrada con cerrojo la mañana del crimen, basándose en esta declaración para sostener la teoría de que los asesinatos podían haber sido cometidos por un desconocido.

El arma homicida no pudo ser hallada en la casa. Aunque en un estante de la cocina se encontró el mango quemado de una hacha, no pudo probarse que fuera la utilizada por el autor del crimen. Mr. Robinson atribuyó las curiosas profecías de Lizzíe a la excitación propia del período de menstruación y terminó diciendo al jurado que si su cliente era la autora de los asesinatos, era un ser perverso, un espíritu del mal: « … Señores, ¿lo parece?».

El 13 de junio Lizzie Borden era declarada inocente.

La rechoncha y elegante señorita, de manos hábiles y que usaba quevedos, vivió desde entonces con su hermana Emma casi en la opulencia, pues al morir el padre había heredado su fortuna, que alcanzaba casi el medio millón de dólares.

Algunos habitantes de Fall River sospechaban del Dr. Bowen como posible asesino y otros dedujeron extrañas consecuencias de la conducta de Mr. Vinnícum Morse, que al poco tiempo de ser descubiertos los crímenes y mientras la policía se encontraba todavía en la casa, comía tranquilamente unas peras en el jardín.

Pero la mayoría de los que han estudiado el caso se solidarizan con los sentimientos que expresa esta copla anónima:

«Lizzie Borden cogió un hacha
y dio a su madre cuarenta hachazos.
Cuando vio lo que había hecho
dio a su padre cuarenta y uno.»

Miss Lizzie Borden murió en Fall River en 1944; durante esta segunda etapa de su vida se hizo llamar con el diminutivo, más decoroso, de «Lisbeth».


Lizzie Borden (1860-1927)

Última actualización: 17 de marzo de 2015

Mujer americana, acusada de asesinato. Nació en 1860, el 19 de julio; su madre, Sara, falleció cuando Lizzie contaba dos años, que habitaba en la calle Dos de Fall River, Massachussets, con su padre, Andrew, un comerciante muy acaudalado y autoritario, su madrastra Abby, su hermana Emma, y su doncella.

Lizzie, a la que se describe como «rolliza y complaciente, huidiza, amante de los trabajos domésticos y con un gusto muy femenino para las artes», se había labrado su reputación en la Escuela Dominical y las obras caritativas.

Durante la mañana del 4 de agosto de 1892, míster Borden y su esposa fueron golpeados hasta morir con un instrumento muy pesado y cortante.

En aquel momento, Emma y un tío de Lizzie que había ido a visitarlas estaban ausentes. Lizzie fue quien informó a la doncella del descubrimiento del desfigurado y ensangrentado cadáver de su padre, llamándose a continuación al médico y a la policía.

Más tarde, y siguiendo una sugerencia de Lizzie, fue hallado el cadáver de mistress Borden, golpeado de la misma manera en la cabeza, y con la sangre ya congelada, indicando que la muerte de la desdichada había precedido en una hora y media la de su esposo. Se produjo una encuesta, a raíz de la cual Lizzie fue arrestada el 11 de agosto.

Su proceso que tuvo lugar en New Bedford, en junio de 1893, atrajo el interés nacional.

La acusación fiscal contenía los siguientes puntos: la tensión doméstica que originaba normalmente que Emma y Lizzie esquivaran la presencia de mistress Borden; la mención de Lizzie de un sueño premonitorio, referente a un crimen previo de parientes y amigos; sus vanos esfuerzos, muy sugestivos, de intentar adquirir ácido prúsico pocos días antes del crimen; las variaciones en sus declaraciones referentes a sus movimientos; su extraña conducta durante la mañana fatal; y el haber quemado un vestido … cosa no descubierta por la policía durante sus investigaciones … tres días después del crimen.

La doncella, al franquear la entrada a mister Borden aquella mañana, había hallado la puerta de la casa cerrada y atrancada. Lizzie, para justificar la ausencia de mistress Borden, le había contado a su padre que se había ido a visitar a una persona enferma después de recibir una nota, pero no pudo hallar la esquelita ni localizarse a ninguna amiga enferma. La hoja de un hacha rota en el sótano, aunque «limpia» coincidía perfectamente con los cortes en las cabezas de las víctimas; la ausencia de signos de haber sido forzada la entrada, o de robo, inducía a pensar que el asalto había tenido lugar desde el interior de la casa.

Durante el proceso, la doncella reconoció la enemistad existente entre la madrastra y Lizzie, admitiendo asimismo haber dejado una puerta abierta mientras se hallaba trabajando en el exterior de la morada, en la mañana del crimen. Otros testigos mencionaron haber oído sonidos extraños.

El incidente del ácido prúsico fue descartado por improcedente, y sobre la acusada tampoco se hallaron manchas de sangre. Lizzie no confesó, pero sus reticencias fueron ampliamente compensadas por el eficaz testimonio de Emma, que ayudó a la defensa de manera extremada.

Los hechos solos parecieron insuficientes para demostrar inocencia o culpabilidad, pero la defensa del abogado cerca del jurado, ante el que puso de manifiesto la gentileza de la defendida con el ensañamiento mostrado en los asesinatos, decidieron probablemente la causa.

El veredicto de exculpabilidad de Lizzie jamás fue desmentido desde entonces, según se demuestra en la siguiente cuarteta:

«Lizzie Borden took an axe,
And gave her mother forty whacks,
When she saw what she had done
She -ave her father forty-one.»

«Lizzic Borden cogió un hacha,
y le propinó cuarenta hachazos a su madrastra.
– Cuando vio lo que había hecho,
le dio a su padre cuarenta y un hachazos.»
(N. del T.)

El caso Borden se ha hecho legendario, añadiéndose al relato ciertos toques sentimentaloides para embellecerlo. Lizzie, que heredó conjuntamente con su hermana 175.000 dólares, murió el 1 de junio de 1927.


Hija del odio. Lizzie Borden

Leonard Gribble – “Mujeres asesinas” – Ed. Molino – Barcelona, 1966

En un tórrido día de agosto un banquero de setenta años se detuvo y miró un objeto que brillaba en el arroyo. Vio que era una cerradura usada de poco precio. El banquero, como la mayoría de los hombres de su profesión, era metódico. Además su típica mentalidad de habitante de Nueva Inglaterra le hacía ser cuidadoso en todos los menudos detalles de la vida cotidiana. Procedió del mismo modo con la vieja cerradura que había encontrado,. Sacó un papel de su chaqueta, envolvió la cerradura, la metió en la cartera y colocó ésta nuevamente en el bolsillo.

Posiblemente satisfecho con el hallazgo prosiguió lenta y pausadamente su marcha hacia la calle Second, donde habitaba con su segunda esposa y las dos hijas habidas de su primer matrimonio. Era un hombre acaudalado aunque no feliz.

No sólo le molestaba el calor asfixiante de aquel 4 de agosto de 1892, sino que el ambiente que se respiraba en su casa no era propicio en absoluto para el descanso.

Creía tener derecho a descansar. Era un hombre que había cumplido sus deberes para con los demás habitantes de la comunidad en la que vivía. Durante muchos años había vendido a sus conciudadanos sus féretros, para que sus seres amados pudiesen conservarse incorruptos más tiempo que en cualquier otro ataúd. Decía esto con la firmeza de un hombre que cree en sus propias palabras.

En realidad había amasado tanto dinero con sus ataúdes que llegó, a controlar los cuatro bancos de Fall River. Los forasteros se dirigían a él más como banquero que como enterrador, lo que no dejaba de halagar a un hombre como Andrew Jackson Borden.

Aquel día caluroso de agosto no se le ocurría pensar que pronto se hallaría en uno de sus cómodos ataúdes y que su muerte sería violenta. Menos todavía podía suponer que su asesinato y el de su esposa serían un enigma para toda la población de Estados Unidos y su caso uno de los que más intrigarían a las futuras generaciones.

Dicho enigma giraría en torno a Lizzie, la menor de las hijas del señor Borden. Por aquel entonces contaba treinta y dos años, la misma edad que Mary Blandy cuando exactamente ciento cuatro años atrás cayó como un terrible fruto maduro en el suelo de Oxford después de ejecutarse su sentencia.

Ambas mujeres, nacidas en distintas épocas y países, pasarían a los anales del crimen por la misma causa: la muerte violenta de sus padres.

El señor Borden habitaba una casa de madera poco atrayente de dos pisos y buhardilla, amenazada por el rápido crecimiento de los alrededores y la zona industrial de Fall River. Esto no preocupaba a su propietario, ya que las apariencias nunca habían significado gran. cosa para él. El dinero lo era todo en su vida. Poseía una granja que visitaba alguna que otra vez, cuando se autorizaba a sí mismo a emprender aquel viaje. Raramente regresaba a Fall River sin un cesto de huevos frescos que vendía personalmente a los comerciantes del mercado.

«Un dólar es un dólar» era una de sus frases favoritas. Posiblemente por que no admitía réplica. Sin embargo, lo que quería decir es que un dólar era un dólar para él cuando lo ingresaba en su cuenta corriente.

Su mentalidad no le permitía apreciar las incongruencias de un hombre que poseía casi medio millón de dólares y que se agachaba para recoger una cerradura usada.

El dinero era la obsesión de un hombre que nunca había olvidado que su padre recorrió los pueblos costeros de Nueva Inglaterra vendiendo pescado. Este oficio no sólo era muy maloliente, sino precario. Durante el invierno la mar gruesa no permitía recoger pescado. Durante los días calurosos del verano, aunque estuviese muy fresco, se descomponía rápidamente. Posiblemente debido a ello, Andrew Jackson Borden desde muy joven se acostumbró a pensar en sí mismo, y sus dotes de observador, una vez llegado a adulto, le decidieron a montar una empresa de pompas fúnebres, negocio que no d& pendía nunca del tiempo. La muerte no se produce en determinadas épocas y además todo el mundo debe ser enterrado.

Así, a pesar de no haber vestido jamás el uniforme de enterrador, trabajó afanosamente. El hombre que se agachara a recoger la vieja cerradura y luego la envolviera cuidadosamente, era el presidente del Unión Saving Bank del pueblo; director de otros bancos y uno de los principales accionistas de las fábricas de algodón y lana. Sus granjas abarcaban enorme extensión, extendiéndose más allá del río Tauton.

Cuando se acercaba a la puerta principal de su casa se cruzó con la señora Caroline Kelly, una vecina. Dicha señora se dirigía al dentista, pero quedó tan sorprendida al ver que Borden se negaba a saludarla que deteniéndose se volvió para observarlo más atentamente. Le pareció verlo muy pálido y cansado. Cruzó por su mente la idea de que quizá se encontrase enfermo, y como esposa de un doctor creyóse obligada a hacer algo por aquel anciano que sin duda padecía los efectos calor achicharrante.

El señor Borden entró en el jardín de su casa y se dirigió hacia la puerta lateral. Intentó abrirla, pero seguramente la habían cerrado con llave. Desanduvo lo andado y se encaminó la puerta principal. Intentaba meter la llave en la cerradura cuando la sirvienta irlandesa de los Borden abrió la puerta.

La señora Kelly vio desaparecer a su vecino en la casa y cerrarse la puerta tras él. Dando media vuelta se dirigió a la consulta de su dentista.

Eran exactamente las once menos cuarto de la mañana de aquel día de estío cuando la sirvienta abrió la puerta de la casa a su amo y la señora Kelly prosiguió su interrumpida marcha por la calle Second.

Cuando el señor Borden penetró en la oscuridad de la casa oyó algo que le extrañó profundamente. Era el sonido de una risa contenido que procedía del descansillo de la escalera.

Le extrañó, porque como muchas personas aficionadas a observar el comportamiento de los que le rodean, el señor Borden sabía que raramente se oían risas en la casa. Era una vivienda donde el odio, más que la alegría, era la emoción dominante de sus moradores.

Un odio concentrado latía en todos ellos; un sentimiento innoble, ya que era la antítesis del amor familiar.

Andrew Jackson Borden reconoció la voz de la persona que reía en el rellano de la escalera. Era su hija Lizzie. Si le extrañó aquella risa es probable, que la temperatura agobiante que reinaba en la casa le quitase el deseo de averiguar de qué se trataba.

Meneando la cabeza, se dirigió al comedor, donde había un sofá de crin, que aunque no muy cómodo, se hallaba situado cerca de la ventana, donde pensaba permanecer un rato. Se hallaba allí sentado cuando resonaron los pasos de Lizzie en las escaleras. Unos segundos después entraba en la habitación.

No aparecían señales de buen humor en su severo semblante. Sus labios firmes y gruesos, nariz afilada y ojillos penetrantes y juntos no formaban un hermoso semblante. Cuando miraba a alguien parecía querer descubrir si dicha persona le ocultaba algo. Llevaba el cabello recogido en lo alto de la cabeza y su delgado cuello aparecía adornado por una gorguera blanca de encaje que sobresalía de su escote. Lizzie no aparentaba menos años de los que tenía, ni parecía ser menos inflexible de lo que luego daría pruebas.

-¿No hay ninguna carta para mí, padre? -preguntó.

El hombre sentado en el sofá denegó con un movimiento de cabeza.

-¿Dónde está la señora Borden? -preguntó a su vez.

Era costumbre entre los habitantes de la familia designar a la segunda esposa como la señora Borden, expresando así el poco afecto que les merecía.

-Está fuera -repuso Lizzie-. Recibió una nota de alguien que se halla enfermo.

Su padre la miró sorprendido pero no hizo ningún comentario. Raramente hablaba de su segunda esposa ante la más joven de sus hijas. Lizzie Borden jamás le había perdonado que contrajese segundas nupcias. Durante mucho tiempo el mero hecho de nombrar a su nueva esposa ante Lizzie originaba violentas diatribas por parte de ésta. Lizzie no solo recelaba de la bajita y excesivamente regordete Abby Durfec Gray Borden, que pesaba más de ciento noventa y seis libras, sino que la odiaba con todas sus fuerzas, ya que temía que su padre dejase toda su fortuna a ella y no a sus hijas. Consecuencia ¿directa de ello es que Emma y Lizzie no dispondrían de un céntimo al hacerse viejas. No era un temor infundado, ya que Emma contaba entonces cuarenta y un años.

Durante aquellos días las hermanas había discutido varias veces su porvenir. Éste no se presentaba halagüeño ya que el banquero había dispuesto en su testamento que «la mitad de la casa pasase a poder de la hermana de su mujer» para que ésta poseyese realmente la casa. Por lo visto, su madrastra se había adueñado no sólo de la voluntad de su marido, sino de su cuenta corriente y según Lizzie eso último les correspondía a ellas íntegramente. Esta insistencia, esta guerra abierta declarada a su padre habían convertido la vida en un infierno para Andrew Borden Jackson, le había hecho aumentar la presión arterial e impregnado el ambiente de la casa de madera de siniestros presentimientos.

No en balde Lizzie era hija suya y había heredado algunos de los rasgos dominantes de su carácter. Aunque Borden se negaba a reconocerlo, Lizzie poseía la avaricia y el genio autoritario de su padre.

No había disfrutado más de la vida que dando clases en un colegio dominical y prestando algunos servicios a la Iglesia Congregacionista. Cierta vez se unió a un grupo, de solteronas y marchó con ellas a Europa. Debido a ello gozaba en su ciudad natal de fama de gran viajera.

Los viajes de Emma se habían limitado a las ciudades cercanas. Aquel día de agosto se hallaba visitando a unos amigos en Pairhaven, situado a unas quince millas de Fall River, donde pensaba pasar unos días.

Las únicas mujeres que se hallaban en la casa del señor Borden eran su hija Lizzie y Bridget Sullivan, la sirvienta irlandesa.

Andrew Jackson Borden cogió un ejemplar del periódico de la provincia que le enviaban por correo y comenzó a leerlo. Lizzie llevó la mesa de planchar al comedor, pasó las manos, sobre ella para alisar la tela y sin dirigirle la palabra a su padre fue a la cocina en busca de una plancha caliente. Se disponía a planchar unas pañuelos recién lavados cuando entró Bridget Sullivan llevando algunas prendas todavía húmedas que acababa de recoger según le ordenara la señora Borden.

Mientras comprobaba el calor de la plancha, Lizzie preguntó:

-¿Vas a salir esta tarde, Maggie?

Las hermanas Borden siempre llamaban Maggie a la sirvienta irlandesa.

-No lo sé, señorita Lizzie -contestó la sirvienta-. Hoy no me encuentro demasiado bien.

-¡Oh! -Lizzie Borden se volvió para mirarla-. Bueno, si sales Maggie, asegúrate de que cierras la puerta con llave. La señora Borden ha salido para visitar a un enfermo y es probable que yo también salga.

-¿Quién está enfermo? -preguntó Bridget.

-No lo sé -contestó Lizzie-. La señora Borden recibió una nota esta mañana y por lo tanto debe de ser alguien de la ciudad.

Dijo después dirigiéndose a la sirvienta que en una tienda de confecciones del pueblo había unos saldos muy interesantes, pero Bridget no pareció interesada ya que probablemente no dispondría de dinero suficiente para comprarse un traje en unas rebajas. Murmuró una vez más que no se encontraba del todo bien y que iba a su habitación a descansar un rato.

La habitación de Bridget se hallaba situada en el ático de la casa de madera.

La sirvienta salió del comedor y subió las escaleras. Eran las once en punto cuando cerró la puerta de su habitación, declararla después, ya que en aquel momento el reloj de la iglesia, dio la hora. También dijo que se tumbó en la cama y cerró los ojos. Estuvo adormilada durante diez minutos o pocos más, hasta que se despertó al oír a Lizzie llamar a su puerta.

Bridget saltó de la cama y abrió la puerta. Lizzie había vuelto a bajar, pero las palabras que gritaba llegaron a ella claramente.

-¡Padre ha muerto! ¡Alguien ha venido y lo ha matado!

Semejante noticia hizo que Bridget se precipitase escaleras abajo a toda velocidad. Encontró a Lizzie en la entrada. Al dirigirse al comedor ésta la detuvo.

-No entres ahí -ordenó-. Ve a buscar al doctor inmediatamente.

Bridget salió corriendo y se dirigió a casa del doctor Seabury W. Bowen; pero se hallaba efectuando sus visitas. Dicho doctor atendía a la familia Borden desde hacía cuatro años. Bridget rogó a su esposa que en cuanto regresase le enviara inmediatamente al número 92 -de la calle Second. Volvió apresuradamente y preguntó a Lizzie:

-Señorita Lizzie, ¿dónde se hallaba usted en el momento en que ocurrió?

-En el jardín -repuso Lizzie-. Oí un quejido y regresé rápidamente. La puerta lateral estaba abierta.

Envió a la aturdida Bridget Sullivan en busca de Alice Russell, una de las mejores amigas de Lizzie. Minutos después otra vecina, una viuda llamada Adelaida Churchill vio a Lizzie en la puerta de su casa y por la expresión de su rostro preguntóse qué podía sucederle.

-¡Venga aquí señora Churchill! -llamóle Lizzie-. ¡Alguien ha asesinado a mi padre!

Horrorizada la viuda, se apresuró a reunirse con Lizzie, que la abrazó frenéticamente.

-¿Dónde estabas tú cuando sucedió, Lizzie? -inquirió la señora Churchill repitiendo la misma pregunta de Bridget.

Esta vez Lizzie Borden dio una contestación diferente:

-Fui a la cocina a buscar una plancha caliente.

Más tarde cambiaría la plancha por plomos o pesas para su caña de pescar.

La señora Churchill volvió a preguntarle:

-¿Dónde está tu madre?

A Lizzie no le gustaba que designasen a la señora Borden como su madre. Respondió fríamente:

-No lo sé. Recibió una nota de alguien , pero no sé si la habrán matado también, ya que la oí regresar. -Tomó aliento y prosiguió-: Mi padre debía de tener algún enemigo. Hace poco estuvimos todos enfermos. Entonces creíamos que la leche estaba en malas condiciones.

En una palabra, Lizzie Borden cambiaba y añadía nuevos datos a sus historia. Parecía que improvisaba y que estaba ansiosa por sugerir detalles que más adelante, durante la investigación, fuesen recordados.

La señora Churchill fue la primera de la turba de curiosos que invadieron la mansión de los Borden antes de las doce de aquella mañana. Todos deberían luego prestar declaración en el juicio que haría famosa a Lizzie Borden. Un policía llamado George W. Allen examinó el cuerpo del señor Borden y encontró bilis en la lengua.

El difunto banquero presentaba un aspecto terrible. Habían golpeado su cabeza con tal saña que el rostro aparecía irreconocible y uno de sus ojos se ha salido de la cuenca. El policía Allen profirió un alarido corrió en busca de su sargento para referirle lo sucedido. El doctor Bowens experimentó náuseas al examinar el cuerpo que yacía en el sofá, completamente manchado de sangre. El muerto se había quitado la levita y llevaba un chaleco de punto. Habíanle colocado las piernas en el sofá y yacía en un charco de sangre.

-Me he sentido enfermo al mirar el rostro del muerto -declararía después el doctor Bowens.

No obstante tenía que cumplir con su deber. Examinó la cabeza y pudo apreciar once heridas. Algunas de ellas muy profundas y de cinco pulgadas de longitud. Las ropas del muerto no aparecían en desorden ni sus bolsillos vacíos. El doctor Bowen creía que su viejo amigo se hallaba durmiendo cuando le asestaron el primer golpe. Asimismo pensaba que, Andrew Jackson Borden había muerto unos veinte minutos antes de examinarlo.

En aquel preciso momento Bridget Sullivan llegó con Alice Rusell, y cuando el horrorizado médico entró en la cocina vio que una mujer, la señora Churchill y la sirvienta atendían a la desmayada Lizzie. Una frotaba sus manos, otra le desabrochaban el vestido y la tercera pasaba un pañuelo empapado en colonia por su frente. Ninguna de las tres mujeres que atendían a Lizzie o el doctor Bowens que permaneció unos momentos observándolas pudo advertir rastros de sangre en la piel o el vestido de Lizzie. Por fin abrió los ojos, vio al doctor y en voz muy queda le rogó que pusiese un telegrama a su hermana comunicándole la noticia.

El doctor Bowen fue a poner el telegrama informando a Emma de la muerte de su padre. Lizzie lo vio alejarse y rogó a una de las tres mujeres que le acompañaban que subiese al primer piso para buscar a su madrastra. La sirvienta parecía demasiado asustada para ir sola y la señora Churchill la acompañó.

Encontraron a Abby Borden en una de las habitaciones del primer piso. Yacía en el suelo entre el escritorio y la cama. Cuando el doctor Bowen regresó de enviar el telegrama a Emma subió al primer piso y vio que Abby Borden había sido asesinada con toda probabilidad por la misma persona y de igual forma que su infortunado esposo. En su cabeza podían apreciarse las mismas feroces cuchilladas. Yacía boca abajo en medio de un charco de sangre que comenzaba a tornarse negruzca. La hoja del arma homicida había cortado parte de su pelo.

El horror de estos brutales asesinatos produjo una morbosa afluencia de vecinos a la casa número 92 de la calle Second. Pocos sin duda se impresionaron tanto como el tío John Vinnicum Morse. John Morse era hermano de la madre de Emma y Lizzie, y había ido a Fall River para visitar a su cuñado y sobrina. La noche anterior había dormido en la habitación de invitados donde fuera hallada muerta la segunda señora Borden.

El pobre hombre había empleado aquella radiante mañana en dar un paseo. Volvió a la casa de los Borden sin sospechar ni remotamente que en ella reinaba la muerte. Pensaba ya en el almuerzo y para distraer el hambre se dirigió a uno de los frutales del jardín y cogió algunas peras. Estaba comiéndose la tercera cuando se encaminó hacia la casa. Su apetito se desvaneció al enterarse de la tragedia; aquella tragedia en la que él jugaría un importante papel. No es razonable suponer que acabó de comerse su tercera pera y sí que las dos anteriormente comidas le sentarían mal. Era un gran comilón, pero en aquel fatídico día de agosto, su apetito voraz desapareció como por ensalmo.

Mucho antes de que John Morse pudiese sentarse a comer, la policía llegó y comenzó a interrogar a los presentes. Por sus relatos supieron lo que había sucedido en aquella media hora transcurrida desde que la señora Kelly vio a su vecino entrar en la casa y el despertar de la sirvienta por los frenéticos gritos de Lizzie.

Lo que si estaba claro es que ambos crímenes habían sido cometidos por la misma persona que entró en la casa y permaneció oculta o por alguno de sus habitantes.

De acuerdo con la opinión del doctor Bowen, que creía que ambos asesinatos habían sido cometidos por la misma persona, los únicos habitantes que no se habían ausentado de la casa y podían haber matado a Abby y Andrew Borden eran Lizzie y la sirvienta irlandesa. Cuando la investigación descartó la posibilidad de que un extraño hubiese entrado en la casa y asesinado al banquero y a su mujer, las sospechas recayeron sobre las dos mujeres.

Sin embargo, transcurridos más de setenta años, y a pesar de los millones de palabras que se escribieron sobre la tragedia de Fall River, la duda existe todavía.

La policía actuó muy razonablemente. Encontraron notables discrepancias en las declaraciones de varias personas que habían entrado en la casa de los Borden poco después de descubrirse la tragedia; pero no llegaron a ninguna conclusión hasta hacer algunos descubrimientos muy significativos.

Comenzaron buscando la nota que habían enviado a la muerta según dijera su hijastra, conocida por el odio que le profesaba. Únicamente las personas que habían hablado con Lizzie conocían este detalle.

Un doctor de Fall River llamado Handy dijo a unos amigos que habían visto rondando por los alrededores de la casas de los Borden a un «.hombre muy sospechoso» a la hora en que se cometieron los crímenes. La policía comenzó a investigar y no tardó en averiguar que la persona que había visto el doctor Handy era un tipo muy aficionado al ron. Le llamaban Mike el soldado. Cuando la policía dio con su paradero y le interrogó, afirmó que en la mañana del 4 de agosto anduvo por los alrededores de la calle Second. También admitió que debía tener un aspecto deplorable.

-Acababa de despertar de una buena borrachera -dijo excusándose.

El domingo siguiente, los mutilados cadáveres de los Borden fueron enterrados. Se calcularon en cuatro mil ciudadanos de Fall River que se amontonaron a lo largo de las calles por las que debía pasar el cortejo fúnebre. El tío John acompañaba a ambas hermanas. Debido posiblemente al cuidado de su tío no oyeron algunos de los comentarios que circulaban entre las personas que se apiñaban alrededor de las fosas. No obstante aquella misma noche llegaron rumores a oídos del tío John de lo que sucedía. Recibió por correo una carta en la que le decían que mejor sería que Lizzie permaneciese en casa y no saliese a la calle. El doctor John W. Coughlin, alcalde de Fall River, parecía muy disgustado por el giro que tomaban los acontecimientos; es decir, las sospechas de los ciudadanos de Fall River de que Lizzie Borden había asesinado a su padre y a su madrastra, y lo que todavía le incomodaba más es que esta opinión era compartida por la policía.

Al día siguiente vieron a Lizzie quemar un vestido en la cocina. Dijo que estaba completamente cubierto de pintura. Cuando la policía se enteró de lo sucedido creyó que podía estar manchada de sangre y que Lizzie se lo había puesto para cometer el doble asesinato.

Cuando se abrió la encuesta, la menor de las hermanas Borden tenía que responder a un gran número de preguntas. Lizzie Borden parecía ser la más fuerte y decidida de ambas hermanas, ya que Emma únicamente decía que la otra le aconsejaba e incluso se mantuvo apartada de la encuesta por orden de la hermana .Durante tres días Lizzie Borden contestó a las preguntas formuladas por el fiscal del distritoe llegó a Fall River el jueves siguiente al funeral y mantuvo una conversación de cinco horas de duración con el jefe de policía Hilliard.

Las crueles preguntas de Knowlton no hicieron mella en el ánimo de Lizzie; pero suscitaron vivos comen personas que asistían a la encuesta, sobre la posible participación de Bridget y el tío John en el doble asesinato. Después de terminar la encuesta, el fiscal del distrito detuvo a haber asesinado a su padre. En la orden Lizzie acusándola de haber asesinado a su padre .En la orden de detención no se mencionaba el asesinato de su madrastra.

Nuevamente se pudo observar un curioso cambio de sentimientos en la opinión pública, que sin duda no dejó de influir durante la celebración del juicio. Bajo la dirección de algunos pastores se organizaron marchas y actos para protestar contra el indigno comportamiento de las autoridades con un miembro de la Iglesia Congregacionista. Algunos de los manifestantes incluso llegaron a entrevistarse con las tres jueces designados, como prescribían las leyes de aquel tiempo en el Estado de Massachusetts, para que les autorizasen a visitar a la prisionera.

No hay motivos que permitan suponer que a pesar de la simpatía que sentirían los jueces ante aquel generoso deseo, no persuadiesen a los solicitantes para que no efectuasen dichas visitas.

El juicio comenzó el 5 de junio de 1893, tras diez meses de maniobras legales. Se desarrolló en la nueva audiencia de Bedford. Los bancos designados a la prensa estaban ocupados en su mayoría por periodistas de los más importantes rotativos de Norteamérica, ya que desde que se cometió el crimen, el nombre de Lizzie Borden corrió de boca en boca por todos Estados Unidos.

-¿Culpable o inocente?

El veredicto del jurado se discutía apasionadamente y no es extraño que en Fall River los partidarios de Lizzie Borden tratasen el asunto acaloradamente. La balanza se había inclinado a su favor. Se escuchaban todo género de murmuraciones sobre Bridget Sultivan. Los periodistas de las grandes ciudades se mostraban mucho más escépticos. Insistían una y otra vez en el hecho de que si Lizzie era absuelta, sería una mujer rica, compartiendo Con Emma la totalidad de la fortuna de su padre. Como Abby Borden había muerto antes que su marido, la totalidad del dinero iría a parar a manos de sus hijas.

El juicio era un asunto muy desagradable. Pero los ánimos llegaron al máximo grado de excitación cuando se debatió el siguiente punto: Lizzie no podía haberse cambiado el vestido y quitado las manchas de sangre sin que Bridget se diese cuenta. La sirvienta que ella siempre llamaba Maggie insistió en su anterior declaración. Ella había permanecido echada en la cama un cuarto de hora y no había visto ni oído nada sospechoso.

Tras catorce días de interrogatorios y contra interrogatorios, prevaleció el testimonio de Bridget. Al aceptar su declaración era evidente que no existía ninguna duda sobre la inocencia de Lizzie.

Aun así, el jurado, indudablemente mareado tras dos semanas de prestar atención, tardó una hora y diez minutos en pronunciar su veredicto; cuando regresaron a su asiento se enfrentaron con una sala tranquila y abarrotada. Es poco decir que el veredicto causó sensación en Massachusetts.

-Lizzie Andrew Borden -llamó el secretario del tribunal- levante su mano derecha. Señor portavoz del jurado, mire a la acusada. Acusada, mire al representante del jurado. ¿Cuál es su veredicto, señores del jurado?

El representante leyó el veredicto:

-Inocente.

Lizzie Borden regresó un hermoso día de junio a Fall River donde la dispensaron un recibimiento apoteósico.

Había sido declarada inocente y era heredera de una gran fortuna. Sin embargo, a pesar de heredar la mitad de las ganancias de su padre, que le permitieron vivir desahogadamente durante el resto de su vida, no fue feliz. Sus relaciones con Emma fueron enfriándose gradualmente.

La comunidad de su Iglesia que tan firmemente, la había defendido, cambió nuevamente de opinión. Habían escuchado demasiadas pruebas condenatorias durante el juicio, leído informes y teorías y con lo que las generaciones venideras llamarían inconsecuencia; comenzaron a pensar que después de todo Lizzie Borden había cometido ambos asesinatos.

Una aleluya corría de boca en boca. Estaba llena de errores, pero era tremendamente realista. Sirvió para que muchos de los más ardientes defensores se pasasen al bando contrario. Muchos de los que la conocían personalmente también cambiaron de actitud hacia ella. La saludaban fríamente, o mejor dicho, intentaban hacerlo, ya que Lizzie no les proporcionaba ocasión. Ella y Emma vivieron en Fall River durante algunos años, buscándose a sí mismas y no tratando más que con un puñado de amigos.

Bridget Sullivan no siguió trabajando allí mucho tiempo. Con el dinero que le facilitó Lizzie fue a Irlanda donde compró una granja para su madre y regresó posteriormente a Estados Unidos bajo otro nombre. Se casó y fue al Oeste, Anaconda, en Montana, donde vivió hasta 1948, y falleció a la edad de ochenta y un años, conociendo la famosa copla que decía:

«Lizzie Borden cogió un hacha
Y dio a su madre cuarenta y un golpes,
Pero al ver lo que había hecho,
Dio a su padre otros tantos golpes.

Esta hacha, el arma homicida, que sería más exacto describir como un destral, no se encontró jamás en una sola pieza. La lavaron en la cocina y seguidamente lo colocaron en la bodega, donde rompieron el mango, seguramente dándole un golpe con un cuchillo afilado, y ensuciaron la hoja con cenizas del fogón.

Únicamente una persona con perfecto dominio de sí misma y tremenda sangre fría podía haber cometido aquel doble crimen. La verdad es que de todas las personas que se vieron envueltas en el crimen, sólo, Lizzie Borden respondía a estas características.

Vivió con Emma unos doce años antes de separarse definitivamente. Por aquel entonces, 1905, Emma ya había cumplido los cincuenta. Se separó de Lizzie que siempre la había dominado y jamás regresó a su lado.

Ninguna de las dos hermanas contrajo matrimonio.

Lizzie murió el 1º de junio de 1927 y Emma el 11, diez días después. Se reunieron por última vez en el cementerio de Fall River.

Ambas dejaron la mayor parte de su dinero a parientes y amigos, a sociedades filantrópicas y algún que otro legado a sociedades protectoras de animales.

Entre los papeles o cartas de las difuntas hermanas jamás se halló ningún dato que permítese dilucidar el doble asesinato de Fall River.

Sin embargo el testamento de Lizzie contenía una cláusula que recordaba aquel terrible pasado. Dejaba un legado de cinco mil dólares para «el cuidado de la tumba de mi padre».

El espectro del anciano que se detuvo aquel tórrido día de agosto para recoger una vieja cerradura, seguramente se sentiría agraviado ante semejante prodigalidad. Lizzie debería de haberle conocido mejor, o quizá fuese así realmente. No dejó ni un céntimo para el cuidado y mantenimiento de la tumba de su madrastra.

 


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