Leonarda Cianciulli

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Leonarda Cianciulli

La Saponificadora de Correggio

  • Clasificación: Asesina en serie
  • Características: Convirtió a sus víctimas en jabón y pastelitos
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 1939 - 1940
  • Fecha de nacimiento: 14 de noviembre de 1893
  • Perfil de las víctimas: Ermelinda Faustina Setti / Francesca Clementina Soavi, 73 / Virginia Cacioppo
  • Método de matar: Golpes de hacha
  • Localización: Correggio, Italia
  • Estado: Juzgada el 12 de junio de 1946. Fue condenada a treinta años de prisión y tres años en un psiquiátrico penitenciario. Murió por una apoplejía cerebral en el psiquiátrico penitenciario de mujeres de Pozzuoli, el 15 de octubre de 1970
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Leonarda Cianciulli, la Saponificadora de Correggio

Última actualización: 22 de diciembre de 2015

Leonarda Cianciulli nació el 14 de noviembre de 1893 en Montella, en la provincia italiana de Avellino. Pasó una infancia difícil y a los 21 años de edad, en 1914, se casó con Raffaele Pansardi, un funcionario de la Oficina del Registro, y se fue a vivir con él a Lariano, en la Alta Irpinia.

La pareja tuvo 12 hijos, aunque ocho de ellos murieron a temprana edad, según ella debido al mal de ojo que su madre le lanzó el día de su boda. Por esta razón, Leonarda Cianciulli se dedicó al estudio del ocultismo y la magia negra: tenía que defenderse de alguna manera de la maldad de su madre.

En 1939 un terremoto devastó la región de Irpinia y su casa fue destruida, por lo que la pareja decidió trasladarse, junto al resto de su familia a Emilia, en Correggio.

Leonarda Cianciulli es una asesina en serie muy atípica dentro de la crónica negra. En primer lugar, porque es una mujer, y los asesinos en serie suelen ser masculinos; pero, además, no mataba de la forma en que las mujeres suelen hacerlo, que es mediante el uso del veneno, de medicamentos o con inyecciones letales.

Por otra parte, también el móvil es inusual: de acuerdo con la literatura criminalística, las mujeres rara vez cometen asesinatos en serie motivadas por deseo de venganza o por codicia.

Y finalmente, sus víctimas tampoco son las comunes: dos terceras partes de las mujeres asesinas matan a personas dependientes de ellas (hijos) o adultos entre 26 y 60 años, que son su pareja en el 40% de los casos. En estas ocasiones, además, los adultos acostumbran a tener un historial de violencia de algún tipo, física o psicológica, previamente con su asesina. Pero Leonarda Cianciulli era una especie de «empresaria» criminal; ella mataba por interés, asesinó a sus amigas y lo hizo de una forma extraña e inusual. Es, además, una asesina local, ya que mataba siempre en su propia casa. Esta asesina pasó a la historia como la Saponificadora de Correggio.

Como decíamos, Leonarda se trasladó a Emilia junto a su marido, Raffaele Pansardi, natural de Irpinia, que era empleado de la Oficina de Registro. Sin embargo, no mucho tiempo después, el matrimonio entró en crisis y ambos se separaron.

Leonarda entonces se traslada al tercer piso de un edificio en Via Cavour, y frecuenta la clase media del entorno: disfruta de compañía agradable y se dedica a la compra-venta de ropa usada. Su familia parece normal: los cuatro niños se portan bien en la escuela y tienen amigos en el pueblo; su marido se separa sólo formalmente de ella, y ambos mantuvieron siempre buenas relaciones.

Leonarda pasa tardes enteras hablando con sus tres mejores amigas: Francesca Clementina Soavi, Virginia Cacioppo y Ermelinda Faustina Setti.

Clementina era una mujer soltera que se ganaba el pan cuidando de los hijos de las madres de la zona que trabajaban en las fábricas o en los campos.

Virginia Cacioppo, por su parte, era una ex cantante de ópera, que siendo joven viajó a lugares exóticos, como el Líbano o Egipto; fue una soprano de cierto renombre, e incluso apareció en algunos periódicos de su época; de ella se dice que cantó en la Scalla de Milán.

Ermelinda Faustina Setti, finalmente, apodada Rabitti, era una mujer de pueblo, de un extracto social modestísimo y prácticamente analfabeta.

Para las tres amigas, la casa de Cianciulli, que tenía fama de ser una hechicera capaz de predecir el futuro sentimental y profesional, se convirtió en un refugio acogedor en el que pasar las tardes enteras hablando.

La primera víctima de Leonarda fue precisamente la última mencionada y la más débil de las tres, Ermelinda. Su personalidad era inestable hasta el punto de ser prácticamente sumisa. El 17 de diciembre de 1939, Rabitti desapareció de Correggio después de que el día anterior le pidiera a una conocida que alimentara a sus gatos durante unos días. Rabitti tenía prisa por ir a la estación de tren, en busca de algo que la llenaba de alegría. Agitada por la emoción y maquillada, lo cual era inusual para una mujer que jamás usaba cosméticos o perfumes, fue a la peluquería para que le hicieran la permanente, y ahí contó a sus amigas que iba a casarse y que se iba a vivir a una ciudad no especificada en el sur de Italia.

Los habitantes de Correggio vieron por última vez a Faustina Setti cuando entraba en la casa de Leonarda Cianciulli; luego, desapareció para siempre. Aun así, esto no levantó sospechas, ya que todo el mundo veía como lo más normal que la mujer se despidiera de su mejor amiga antes de partir.

La realidad fue muy diferente: Leonarda Cianciulli hizo creer a Rabitti que iba a encontrar a su futuro marido en Pola, la convenció para salir y para que, mientras tanto, le dejara una carta con poderes notariales para administrar su patrimonio. La horrible mujer quería el dinero de su ingenua amiga. A continuación, la atrajo a su casa por última vez y la mató; arrastró el cadáver a un lugar oscuro, le amputó ambas piernas a la altura de la rodilla y la exanguinó mediante el sistema de poner unos cuencos bajo los dos miembros cercenados hasta llenarlos; finalmente, decapitó con una sierra a la mujer y dividió su cuerpo en dos partes precisas. El rito se completó cuando la Saponificadora encendió la olla de la colada, metió siete kilos de sosa caústica y derritió las partes del cadáver en agua hirviendo.

Esa misma noche le dijo a su doncella: «Tenemos jabón para los próximos seis meses». Pero Leonarda no hizo simplemente jabón del cuerpo torturado de su amiga: no debía desperdiciarse nada y, para su mente enferma, lo lógico era que el resto se utilizara para cocinar deliciosos pastelitos. Según sus propias palabras, en su libro de memorias Confesiones de un alma amargada:

«Eché las partes en una olla, añadí siete kilos de soda cáustica, que había comprado para hacer jabón, y agité la mezcla hasta que las partes [del cuerpo] se disolvieron en una espesa papilla, oscuro, que vertí en varios cubos […] En cuanto a la sangre en el cuenco, esperé hasta que hubo coagulado, la sequé en el horno, la molí y mezclé con harina, azúcar, chocolate, leche y huevos, así como un poco de margarina; amasé todos los ingredientes. Hice un montón de pastas de té crujientes y se las sirví a las señoras que venían de visita, aunque Giuseppe y yo también comimos.»

La segunda víctima fue Clementina Soavi, cuyo asesinato tuvo lugar el 5 de septiembre de 1940. Poco antes, Clementina empezó a comentar a sus allegados que pronto dejaría Correggio porque había encontrado un trabajo como directora de un internado en Piacenza. Como el lector puede imaginar, Clementina no partió sin pasar antes por la casa de Leonarda Cianciulli, donde después de que fuera atrozmente asesinada, fue transformada en jabón e ingredientes de sus horribles dulces.

La desaparición de Soavi no despertó las sospechas de nadie, todo se ajustaba al milímetro al plan criminal de Cianciulli, que había meditado el delito punto por punto. Todo el mundo sabía que Clementina Soavi había encontrado un trabajo cerca de Florencia, y que había partido con prisas, no tuvo tiempo ni para despedirse. La víctima, antes de salir, confió el mobiliario de la casa y todos sus bienes a las capaces manos de Leonarda Cianciulli, para que esta pudiera venderlos y enviar los beneficios a la Toscana.

La tercera víctima fue la ex cantante Virginia Cacioppo que, un día, comenzó a decir a sus amigos de Correggio que iba a trabajar como secretaria para un empresario teatral en Florencia. Leonarda le rogó que no contara los detalles a nadie, y Virginia, entusiasmada y agradecida, mantuvo el silencio sobre los datos concretos que la Saponificadora le había dado.

En la tarde del 30 de noviembre de 1940, Cacioppo fue a saludar a su amiga y nunca nadie volvió a verla. Por supuesto, se había convertido en jabón, así que Virginia Cacioppo y su sangre formaron parte de los postres de Leonarda Cianciulli, que eran tan buenos como para sugerir que tenía una receta secreta. Según las palabras de Leonarda:

«Ella [Virginia] terminó en la olla, como las otras dos… su carne era gorda y blanca. Cuando se hubo derretido le añadí un frasco de colonia, y después de mucho tiempo hirviendo fui capaz de hacer un poco de jabón cremoso más que aceptable. Le di algunas barras a mis vecinos y conocidos. Los pastelitos también estaban más buenos: esa mujer era muy dulce.»

Sin embargo, este último crimen fue el que provocó la caída de la Saponificadora, que quiso llevar demasiado lejos sus delirios criminales. Los familiares de Virginia empezaron a preguntarse por qué su pariente se había ido sin dejar unas señas o una dirección a la que escribir para poder contactar con ella. Así que su cuñada informó de sus temores al superintendente de la ciudad de Reggio Emilia y le contó que la última vez que la vio fue cuando Virginia entró en la casa de Leonarda Cianciulli.

El superintendente inició la investigación y pronto salió la verdad a la luz: se descubrieron Bonos del Tesoro y joyas que pertenecían a las tres víctimas ocultas bajo un ladrillo, así como la ropa de las tres mujeres, que Leonarda Cianciulli, con suma torpeza, había revendido.

Leonarda Cianciulli fue procesada en Reggio Emilia en 1946, y durante el juicio juró que actuó sola, aunque cambió a menudo la versión de los hechos y, finalmente, confesó la verdad. Leonarda prometía a sus amigas un futuro atractivo, las adulaba, las seducía, las convencía para que no confiaran los detalles de sus proyectos a nadie, pues eso conllevaría el hundimiento del proyecto. De hecho, se sabe que las mujeres hablaban de su inminente partida. Todo formaba parte del juego. En el momento adecuado las invitaba a su casa, les ofrecía una bebida a la que añadía un somnífero que las aturdía y, finalmente, las mataba con un hacha. El ritual terminaba con la disección del cuerpo, que luego lanzaba en pedazos a una olla junto con sosa cáustica.

Durante el proceso, un médico forense intentó afirmar que tal operación no era posible. Leonarda se molestó y gritó «¡Que alguien en este tribunal me dé un cadáver, de cualquier edad, y lo demuestro!». Hay que añadir que Leonarda Cianciulli era consciente de sus crímenes y que no mostró arrepentimiento alguno por haber matado a tres amigas inocentes.

Cianciulli fue encontrada culpable de sus crímenes y condenada a treinta años de prisión y tres años en el psiquiátrico penitenciario de mujeres de Pozzuoli, donde murió por una apoplejía cerebral el 15 de octubre de 1970. Una serie de objetos relacionados con el caso, incluida la olla en la que hirvió los cuerpos de las víctimas, se exhiben en el Museo Criminológico de Roma.

 


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