Las hermanas Papin

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Las hermanas Papin
  • Clasificación: Asesinas
  • Características: Mutilación (arrancaron los ojos a las víctimas con los dedos)
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 2 de febrero de 1933
  • Fecha de detención: Mismo día
  • Fecha de nacimiento: Christine - 8 de marzo de 1905 / Léa - 15 de septiembre de 1911
  • Perfil de las víctimas: La señora Lancelin y su hija Geneviève
  • Método de matar: Golpes con un martillo - Apuñalamiento
  • Localización: Le Mans, Sarthe, Francia
  • Estado: Christine fue condenada a pena de muerte, sentencia conmutada por cadena perpetua. Fue internada en el Psiquiátrico de Rennes donde murió el 17 de mayo de 1937. / Léa fue condenada a 10 años de prisión. Fue puesta en libertad en 1941. Murió en 1981
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Las hermanas Papin

Ángel Fernández-Santos

11 de noviembre de 1984

Las protagonistas de un sangriento asesinato fueron consideradas «heroínas» por el movimiento superrealista francés.

A comienzos de 1933, el asesinato, en circunstancias atroces, de dos mujeres por sus criadas sacudió a Francia. Sin entender nada, los periódicos siguieron con malestar el suceso, y, una vez sentenciado, respiraron y echaron tierra sobre él.

Pero psicólogos, juristas, poetas, cineastas y dramaturgos lo desenterraron. Un delincuente habitual con pasión de escritor, Jean Genet, se inspiró en el suceso y concibió uno de los pocos ritos trágicos genuinos del teatro contemporáneo: Las criadas.

Para iluminar rincones oscuros de la trastienda de este drama, que acaba de volver a nuestros escenarios, ofrecemos al lector un sumario relato del caso, sus ramificaciones en el arte y la ciencia y un resumen del informe que el doctor Le Guillant publicó en 1964 en la revista Les Temps Modernes, del que hemos extraído parte de la información sobre este suceso.

El 2 de febrero de 1933, al anochecer, el señor Lancelin -abogado y vecino de la pequeña ciudad de Le Mans, al noroeste de la llanura central de Francia- corrió alarmado a su domicilio de la calle Bruyère: desde su despacho había llamado repetidamente por teléfono a su mujer y a su hija sin obtener respuesta.

Era de noche cuando llegó. La puerta principal de la casa tenía el cerrojo echado por dentro y la de servicio había sido atrancada. Envolvía al edificio un silencio impenetrable. El interior estaba a oscuras. Sólo una débil luz se escapaba por las rendijas de la ventana del cuarto de las criadas, procedentes de un arrabal campesino, Christine y Lea Papin, que llevaban siete años al servicio de la familia Lancelin.

Los policías Ragot y Verité forzaron la entrada y penetraron en la casa. He aquí, en su seco lenguaje, lo que vieron: «Los cadáveres de la señora y la señorita Lancelin yacían en el suelo espantosamente mutilados; el cadáver de la señorita estaba boca abajo, con las faldas subidas y las bragas bajadas y tenía grandes heridas en los muslos; el cadáver de la señora yacía boca arriba, con los ojos arrancados, sin boca ni dientes. Las paredes estaban cubiertas de cuajarones de sangre. En el suelo había huesos, dientes arrancados, un ojo, horquillas, botones, un llavero y un paquete deshecho».

Un «gesto» mortal

Los gendarmes forzaron la puerta del cuarto de las criadas. Las dos hermanas, desnudas y abrazadas, estaban acostadas en una de las camas. En sus brazos había sangre seca. Ante el comisario de policía se confesaron autoras del crimen sin el menor nerviosismo.

Christine lo narró así: «Cuando la señora entró le dije que no me había dado tiempo a repasar la plata. Entonces ella, intentó atacarme y yo le arranqué los ojos con los dedos. Mejor dicho, yo no salté contra la señora, sino mi hermana; yo ataqué a la señorita Genevieve y fue a ella a quien arranqué los ojos. Lea fue quien arrancó los ojos a la señora. Yo bajé a la cocina y cogí un martillo y un cuchillo. En una mesita había una mano de almirez y la empleamos también. Mi hermana y yo nos intercambiamos varias veces los instrumentos… No me arrepiento de nada, o no sé si me arrepiento. Prefiero haberlas matado antes de que ellas nos mataran a nosotras. No hemos premeditado nada. No odiaba a la señora, pero no toleré el gesto que tuvo conmigo».

Este gesto, de singular relevancia en el espeso misterio que desencadenó la carnicería, fue un simple «¿Y bien?» pronunciado por la señora Lancelin para pedir a Christine explicaciones de por qué no habían limpiado la plata. La propia Christine añadió sobre la inquietante endeblez del motivo: «Nada teníamos contra ellas. Hace demasiado tiempo que somos criadas, eso es todo. Tuvimos que demostrar nuestra fuerza».

Las dos hermanas, sorprendentemente dueñas de sí mismas durante los interrogatorios, se derrumbaron súbitamente en el momento de ser separadas. Se entrelazaron y hubo que emplear la fuerza para desanudar su abrazo. Entre alaridos fueron encerradas en dos celdas individuales.

Según los informes periciales, eran vírgenes y jamás tuvieron ningún tipo de relación con ningún hombre. «Cada una vive únicamente con la otra pero en este afecto no hay razón para encontrar razones de tipo sexual. No hay indicios de ninguna anomalía física o mental en ellas». Las hermanas, de 28 y 24 años, perdieron el ciclo menstrual a partir del día del crimen.

Búsqueda de un móvil

El juicio de las hermanas Papin, celebrado en la Audiencia de Le Mans, creó en la opinión pública francesa una sorda sensación de malestar. En las ramificaciones de un hecho tan excepcional como éste fue imposible encontrar ni un solo indicio de excepcionalidad.

Se acumularon en miles de legajos, uno sobre otro, infinidad de detalles cotidianos atrozmente comunes, que eran tanto más insoportables cuanto que cualquier familia con una criada a su servicio reconocía como propios.

De esta manera, el móvil de uno de los actos más salvajes de que hay noticia tenía que ser rebuscado entre los entresijos de la vida en un hogar cualquiera de la burguesía tradicional europea.

Por ejemplo, los guantes blancos que la señora Lancelin usó una vez para comprobar si había polvo en los muebles después de una limpieza adquirieron la magnitud de los grandes nexos causales en los grandes acontecimientos. Un papel en el suelo, un gruñido, una mirada insolente, un cruce hosco en la escalera, el silencio de paredes adentro, ese «¿Y bien?» mortal.

Eso era todo: ningún rastro de odio, ninguna pasión, ni un solo acto despiadado, duro o sojuzgador, ninguna cualidad. Los Lancelin eran personas deferentes y su comportamiento con las hermanas Papin entró siempre en los límites establecidos de la corrección.

Por su parte, las hermanas Papin eran tímidas, introvertidas, dóciles y aceptaban su condición. No se registró en las complejas interrelaciones existentes entre las cuatro mujeres ni un solo acto generador de violencia, un despecho que deje rastro, una anomalía persistente, nada. O al menos nada susceptible de ser aislado del conjunto de sus vidas, lo que dio inesperadamente a éstas, consideradas como totalidad, la oscura, inaceptable función de sustituir al móvil.

El edificio jurídico occidental se resquebrajó: una vida, la totalidad de una existencia, se erigía insolentemente como una carcoma en los subterráneos del derecho procesal, en causa profunda, más allá del alcance de los códigos.

Las últimas huellas

El periodista Louis Martin Chauffier escribió en Vu: «Quisiéramos entender, pero es inútil intentarlo. Se trata, más que del horror del doble crimen, del carácter alucinante del caso, del denso misterio que lo envuelve. Durante 13 horas jueces, abogados, jurados y público no han dejado ni un solo instante de estar obsesionados por esta angustiosa e insoluble cuestión: ¿cuál puede ser el móvil de tan salvaje matanza? Jamás hubo una audiencia más banal en su desarrollo, más despojada de incidentes, más desnuda. Y los rostros impasibles de las hermanas, ajenas al debate, ¿no están privados de vida en la medida en que su vida está volcada hacia dentro? ¿No fue aquel 2 de febrero el único momento de su lúgubre y honesta existencia en que salieron fuera de sí mismas y escapó de ellas ese mortal furor que, sin saberlo, dormía en su pecho?».

Jamás se descubrió móvil alguno del crimen. El fiscal basó su alegato en la imagen de dos perras rabiosas que muerden la mano del amo que les da de comer. Los defensores coincidieron en la rutina de irresponsabilidad por demencia.

Los jueces, perplejos, impotentes, se vieron forzados a sentenciar sin convicción, en la misma frontera del absurdo: pena de muerte, conmutada por reclusión en un manicomio, a Christine, y 10 años de cárcel a Lea.

Las hermanas no quisieron recurrir la sentencia y se negaron en rotundo a dar las gracias a sus abogados defensores. Su madre, que las puso a trabajar como criadas desde la adolescencia, fue a visitarlas a la cárcel. Sus hijas no se inmutaron, no contestaron a ninguna de sus preguntas y la llamaron madame, como a la señora Lancelin.

En el manicomio de Rennes, donde la internaron, Christine se negó a comer y, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial, murió de anemia. Su informe se perdió en el incendio del manicomio, a causa de un bombardeo de la aviación aliada durante la ocupación nazi.

Lea salió de la cárcel el 3 de febrero de 1943, décimo aniversario de su crimen. Sus huellas se pierden por completo en los ojos del guardián de la prisión, que fue el último en ver su menuda figura enlutada alejándose de allí con una maleta en la mano.


El caso de las hermanas Papin

Guillermo Zimmermann – Parletrerevista.blogspot.com

«Cuando veo los ojos
que tengo en los míos tatuados»
Alejandra Pizarnik

En los más de setenta años que han transcurrido desde el crimen de las hermanas Papin la discusión al respecto se ha mantenido viva. Página sobre página y texto sobre texto, los anales de la psiquiatría, la jurisprudencia e incluso el arte llevarán para siempre la marca de este caso.

Los hechos ocurren en 1933 en la pequeña localidad de Le Mans, departamento del Sarthe, en la Francia de entreguerras. En la casa de la familia Lancelin, el señor René no consigue abrir la puerta y se ve obligado a llamar a las autoridades. El espectáculo que contemplan cuando consiguen entrar no puede ser más aterrador.

En la oscuridad producto de un cortocircuito eléctrico se adivinan las figuras de las dueñas de casa, Mme Lancelin y su hija Geneviève, brutalmente asesinadas. Al parecer acuchilladas, las sanguinolentas figuras a las que han sido reducidos sus cuerpos descansan frías e inertes en un charco de sangre. Tejidos orgánicos cubren las paredes y las escaleras. En el último escalón de ésta, metros por encima de los cuerpos, un globo ocular intacto, con el nervio óptico completo como apéndice.

Las pesquisas policiales y la autopsia revelarían que los ojos de las víctimas habían sido arrancados de sus órbitas cuando estas aún se hallaban vivas, y con las desnudas manos como único instrumento «hecho único en los anales de la criminología».

Al subir al ático, los espantados visitantes encuentran a dos mujeres abrazadas en la cama, esperándolos. Lea y Christine, las criadas de la casa, «las perlas de los Lancelin»; como las llamaban los vecinos, que envidiaban a sus amos aquellas sirvientas tan dedicadas, tan recatadas, tan serviciales. «Las hermanas Papin», como las conocería el mundo. Las sospechosas confiesan sin dificultad ser las autoras de la masacre.

¿Quiénes eran estas asesinas? Dos criadas humildes y laboriosas, cuya juventud había transcurrido en conventos e instituciones públicas y hacía ya un tiempo cumplían funciones en aquel respetable hogar burgués. ¿Algún móvil que explique el espantoso asesinato? Ninguno, los Lancelin eran «patrones irreprochables», como declararía luego Christine.

Francia se apasionará con la historia de las hermanas asesinas y se dividirá en dos. Los más numerosos exigen que la justicia desenvaine sus filos, se reclama una venganza ejemplar. En la otra vereda, la intelligentzia marxista y surrealista toma la palabra y se adueña de la noticia policial para defender sus ideas. Sartre y de Beauvoir transforman a las dos hermanas en víctima de la lucha de clases. La prensa no descansa en amplificar la trascendencia y el impacto social de este crimen, el arte deforma y reversiona de mil maneras lo acontecido. (1)

Entre las múltiples y a veces caóticas voces no estará ausente la del joven psiquiatra Jacques Lacan, quien no mucho tiempo antes había publicado «La psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad», conocida como «el caso Aimée» y encontrará en el historial de Lea y Christine Papin la ocasión de continuar y extender sus tesis.

Su posición será contraria a la de los peritos oficiales del caso, que habían encontrado a las hermanas Papin «completamente sanas y responsables de sus actos», y por tanto imputables; y será solidaria, en cambio, de la del Dr. Logre, llamado al estrado por la defensa, quien reclama para las acusadas el diagnóstico de Folie à deux o «locuras comunicadas». (2)

¿Qué es una Folie à deux? Para limitarnos a los esencial de este cuadro repasaremos las condiciones muy precisas que deben respetarse para que se presente: Debe darse el encuentro entre dos sujetos: uno activo, llamado caso primario, casi invariablemente un paranoico, inteligente y seductor, portador de un delirio que le impone a otro sujeto, sobre el cual ejerce una influencia cierta. Este último, pasivo y receptivo, es potencialmente sano pero se ve arrastrado por el delirio del caso primario o inductor. Con la mayor frecuencia se trata de miembros de la misma familia, madre e hija, cónyuges, hermanos o hermanas. (3)

Es necesario además que los dos sujetos constituyan una comunidad cerrada con muy poco contacto con la realidad social exterior, y permanezcan en estas condiciones un prolongado período de tiempo. Tal era el caso de Lea y Christine: todos los testimonios coinciden en que no salían nunca, ni aún en los días de descanso, excepto para ir a la iglesia a escuchar misa los domingos. Utilizaban su tiempo libre en bordar juntas, solas y recluidas en su pequeña habitación.

Casi no conversaban con sus patronas, la propia Mme Lancelin había impuesto esta condición; y ella será, con funestas consecuencias, la primera en quebrarla. Todos los análisis coinciden en que fue con su intromisión en la vida de las Papin, defendiendo los derechos de las jóvenes ante su madre, Clémence Papin, y ante todo mediante sus «observaciones» (recuérdese la enucleación de la que es víctima más tarde) que se constituye como objeto persecutorio para las hermanas.

Por cierto que el artículo de Lacan no se reducirá a confirmar el diagnóstico. Allí llevará adelante sus concepciones, aún preanalíticas o sociológicas, de la personalidad como tensión social, y el acto paranoico como ajeno al sujeto. Por otro lado, continuará sus indagaciones sobre la imagen del semejante como constitutiva del yo, tesis que años más tarde se generalizará a toda estructura en «El estadio del espejo», de allí que finalmente: «el yo obedece siempre a una estructura paranoica».

El comportamiento de las hermanas Papin después del crimen despejó cualquier duda respecto a la insania de las acusadas. Durante los primeros cinco meses sus testimonios parecen calcados, apenas pueden diferenciarse. Repiten que «no recuerdan bien por que lo hicieron» solo exigen que las dejen estar juntas. Los funcionarios judiciales están atónitos: «uno tiene la impresión de escuchar doble» dirán, confirmando la expresión, un tanto poética, que la psiquiatría había consagrado para esta enfermedad: «almas siamesas».

Pero después las cosas empiezan a cambiar. Se revela que la pareja simétrica no lo es tanto; a partir del mes de abril, Christine, seis años mayor, el «caso primario», empieza a sufrir crisis cada vez más intensas que la deterioran rápidamente. Su objeto es Léa, quiere verla, que se la lleven, tiene que hablar con ella.

De poco sirve la camisa de fuerza, Christine se arroja continuamente contra las paredes, parece no comprender la realidad que la separa de su hermana. Intenta arrancarse los ojos en reiteradas ocasiones. Su delirio pierde toda sistematicidad, dando lugar a una intrusión de fenómenos alucinatorios.

La tortura principalmente la imagen alucinada de su hermana «Lea, colgada de un árbol, con las piernas amputadas». Se reconoce aquí la fragmentación de su imagen especular, el cuerpo de su hermana; correlativa a la desintegración de su yo y el colapso de sus suplencias imaginarias.

Finalmente la guardiana de la celda, contraviniendo todas las consignas, le lleva a Léa a su celda. Christine solo dirá: «dime que sí, dime que sí…» abrazando a su hermana con tanta fuerza que deben separarlas. Desde entonces se hunde en un desconocimiento total de su hermana, jamás volverá a nombrar [a] Léa. El cuadro virará hacia fenómenos melancólicos. En pocos años, en una abulia psicótica terminal, Christine morirá de inanición, sin llegar nunca a cumplir su condena.

Muy distinto será el destino de Léa: condenada a diez años de trabajos forzados, sale de prisión en 1943, después de haber manifestado una conducta ejemplar, y regresa junto a su madre, Clémence, en cuya casa vivirá hasta el fin de sus días. Muere en 1982, contando más de setenta años de edad.

(1) Entre las muchas producciones, se destaca Las Criadas, obra teatral de Jean Genet, «el poeta maldito».

(2) Diagnóstico reconocido desde hacía mucho tiempo por los clínicos. Originalmente se remonta a las formulaciones de Lasègue y Falret (1873). Los manuales actuales la reconocen bajo el nombre de Trastorno psicótico compartido (DSM-IV) y Trastorno delirante inducido (CIE-10)

(3) Es interesante considerar a esta estructuración participando también de los casos más extremos de los fenómenos de masas. Se compondrían de un conjunto de neuróticos identificados lateralmente y arrastrados en un delirio persecutorio, ubicado con precisión en un líder paranoico. Piénsese en Hitler y el nazismo, Stalin y el comunismo, etc.

Guillermo Zimmermann
Lic. en Psicología
Integrante de la Cátedra de Lógica de la UCSE
Miembro del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Santiago del Estero


El caso de Christine y Léa Papin

Carlo Mattiello Icaza

Introducción

En el presente ensayo se va a analizar el caso de Christine y Léa Papin, dos hermanas que trabajaban como servicio en una casa burguesa en París. Acto que las localizó dentro de la psicopatología en el rubro de las psicosis; y dentro de estas la paranoica.

Es un caso de paranoia que afectó a las dos hermanas, y es abordado por Lacan, que aunque no tuvo contacto real con las hermanas, se dio a la tarea de hacer un análisis, que sería publicado en una revista surrealista de nombre El Minotauro.

Freud hace su incursión en el estudio de la mente a partir de las histéricas, son ellas las que nombran y fundan a la escucha de Freud. Lacan a su vez comienza su carrera con las psicóticas, su caso para la tesis doctoral fue la famosa Aimèe, de la que ya sabemos bastante, pues fue un hito en su vida y un tema que volvió varias veces a su vida con el hijo, Didier Anzieu, que se volvió detractor de la corriente Lacaniana después de que este le dijera no recordar a ninguna Maguerite, (el nombre real de Aimèe).

Las hermanas Papin es un caso que llega al escritorio de Lacan poco tiempo después de haber terminado sus estudios del caso Aimèe, inclusive estas le aportan información que le lleva a modificar algunos constructos. Me parece es un tema poco visto, que al ya haber sido expuesto a los ojos de muchos analistas a lo largo del siglo nos puede ayudar a articular lo aprendido en la asignatura de psicopatología, desde la definición de una estructura, a su diagnóstico y su posible tratamiento.

En el presente estudio se va a llevar a cabo el análisis de caso utilizando dos herramientas diferentes, los criterios diagnósticos, taxonómicos y terapéuticos contenidos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades mentales, que nos va a servir como punto de partida común para identificar las características del caso, para posteriormente utilizar los criterios psicoanalíticos, que buscan incursionar donde muchas corrientes psicoterapéuticas se repliegan al reconocer un territorio dominado por la psiquiatría.

Descripción del caso a partir del evento detonante y una descripción de las hermanas Papin

Según el análisis forense de la época, resolvieron que el ataque de las hermanas fue algo repentino, pues la señora Lancelin y su hija, estaban cerca de la puerta de entrada de su casa, con bolsos de compras regados en el piso alrededor de ellas, inclusive los guantes aun estaban en sus manos. Los cuerpos sufrieron heridas pre, peri y post mortem, pero lo que más horror causo fue ver los parpados abiertos de las dos, sin contenido de la cuenca, contenido que se encontraba en el piso, lejos de su lugar.

Ante la falta de heridas en las hermanas, se llega a la conclusión que el ataque no era esperado por la señora o su hija, que fue súbito y detonado al parecer por una falla eléctrica provocada por la utilización de un electrodoméstico (al parecer una plancha), lo que provocó una mirada mutua entre Christine, la mayor que fue imitada por la hermana menor, y la señora Lancelin, esta mirada detonó el acto homicida, que fue confesado en su totalidad por las hermanas, aunque ya no había mucho por ocultar, y su única petición fue la de permanecer juntas.

En el caso se ve una simetría en los personajes, pues las víctimas eran madre e hija, y las Papin, aunque eran hermanas, llevaban una relación que más bien podría haber sido la de madre e hija.

La mirada que la señora Lancelin le dedicó al momento del apagón, parece que la había llevado de forma real a un estado de sumisión, se sintió perseguida, observada y reaccionó, alienando a la hermana en su frenesí. Lo único que ellas dieron a entender en la escena del crimen, es que preferían que las muertas hayan sido las mujeres Lancelin, que ellas.

Las hermanas Papin en realidad son tres, la más grande de ellas, se llama Emilia, y se había convertido en monja.

Clemence, la madre, había puesto en práctica la misma estrategia o la misma conducta con las tres hermanas; a los pocos días de nacer, las colocaba en la casa da [de] algún familiar, para recuperarlas pasados algunos años y llevarlas a conventos donde las monjas se hacían cargo de ellas.

Emilia y Christine compartieron tiempo en el mismo convento, y una vez que la mayor había adquirido el hábito, la menor quería seguirle los pasos, a lo que la madre se rehusó, pues no quería perder a sus demás hijas a ese ente desconocido que se las quería robar. La sacó de la casa religiosa para ponerla a trabajar como servicio en casas de París, casas de las cuales la sacaba al poco tiempo para colocarla en otra, y así sucesivamente hasta que llegó a la casa de los Lancelin.

Por su parte, Lèa tuvo una suerte similar, fue puesta en la casa de una tía de Clemence, de la que fue recuperada a los pocos años para ser puesta en un convento, del cual también fue retirada para ser puesta a trabajar pues ya contaba con la edad suficiente, hasta que por la solicitud de Christine fue contratada en la casa Lancelin.

Clemence durante su intermitente relación con las hijas parece querer demostrar que es ella la dueña o la que tiene control sobre ellas, hasta muestra molestias cuando la mayor es arrebatada por la fuerza obscura que representa la vida monástica que ha elegido. En correspondencia con ellas afirma que son perseguidas, y que alguien las quiere secuestrar, el delirio al parecer ya estaba presente en la madre.

Las hermanas por su parte eran las empleadas perfectas, diligentes, limpias, trabajadoras, pero eran raras. No convivían con otras sirvientas, ni con jóvenes que las quisieran pretender, ni con comerciantes, su única salida era la misa de ocho, para la que se vestían con sombrero y guantes.

Su distracción era encerrarse en su habitación en la casa de los Lancelin, y tejían o bordaban, ropa, vestidos, calzones con encajes, ropa que parecería de cualquier chica de la alta sociedad francesa de la época, ropa que no sabemos para quién era, si a nadie frecuentaban que pudiera verla.

Pasados unos años la señora Lancelin les dijo que a partir de ese momento sus sueldos eran íntegramente para ellas, que su madre ya no podría meter mano como hasta ese momento y a partir de ahí cortaron relación con Clemence, y en privado comenzaron a llamar a la señora Lancelin mamá.

El único rasgo destacable que pasó ajeno a la casa Lancelin, es que Christine no sobrellevaba bien las llamadas de atención, sobre todo las «observaciones» que se le podían llegar a hacer sobre su trabajo.

Y un evento que pudo prevenir a la familia pero que fue omitido por Rene, el señor Lancelin; fue que mientras ellos estaban de vacaciones, las hermanas se presentaron en la comisaría para solicitar la emancipación de Lèa, no supieron explicar de quién o porqué se quería emancipar, sólo dijeron que alguien las perseguía y las quería secuestrar, que no querían salir de la casa Lancelin. Fueron remitidas a otro departamento del gobierno, quien aviso Rene a su regreso y recomendó las dejara ir, pues no parecían ser normales.

El aviso permaneció en el olvido hasta la noche del crimen.

Al encerrarlas las separaron, y sus declaraciones siempre fueron idénticas, al grado de pensar que se veía doble, pero pasados unos días Christine comenzó a tener brotes psicóticos, que semejaban el acto homicida, buscaba sacarse los ojos, o sacárselos a aquellos que buscaban maniatarla para controlarla, estaba en crisis demandando ver a su hermana, pues una alucinación se hacía presente y era verla colgada sin piernas, al ver este sufrimiento la encargada de sus cuidados, le lleva a Lèa, esta la abraza al grado de hacerla casi desmayar, y levantarle el vestido preguntando si era cierto. Estaba eufórica y las separaron, poniéndole una camisa de fuerza a Christine. Nunca más volvió a pedir ver a su hermana. Fue condenada a la guillotina, pero falleció en el manicomio en 1937. Su hermana fue condenada a diez años de trabajos forzados, después de los cuales salió libre y se juntó a su madre. Lèa falleció en 1982.

Nasio (2000) concluye el apartado: «Tal la historia de las hermanas Papin, hijas de Clémence: Emilia sería para dios, Christine para la locura y Lèa para su madre.»

Hasta aquí la historia y sus repercusiones, a continuación veremos los criterios diagnósticos que se le aplican y su posible terapia.

El DSM y la Psicosis

Cuando nos referimos al DSM, lo hacemos con la intención de establecer un punto en común para de ahí poder avanzar. Este se apega a la concepción más aceptada de la psicosis en la que debe haber presencia de alucinaciones o ideas delirantes sin darse cuenta de que estas son en sí mismas manifestaciones patológicas de la mente. Pero a grandes rasgos la considera como una alteración del ego, con un la presencia de deterioro en la evaluación del entorno o la realidad.

El DSM ofrece un menú variado de trastornos de los que podemos elegir para encasillar a nuestras enfermas, tiene esquizofrenia, trastorno esquizofreniforme, trastorno esquizoafectivo, trastorno delirante, trastorno psicótico breve, trastorno psicótico compartido, trastorno psicótico debido a enfermedad médica, trastorno psicótico inducido por sustancias y el trastorno psicótico no especificado. Teniendo la esquizofrenia varios subtipos que son: paranoide, desorganizada, catatónica, indiferenciada y residual.

Los síntomas característicos de la esquizofrenia se dividen en dos: los positivos y los negativos. Los síntomas positivos tienen entre ellos distorsiones del lenguaje o pensamiento, percepción, comunicación y conducta, esto es son un exceso o distorsión de las funciones normales de una persona. Los síntomas negativos por otro lado son la disminución o la pérdida de las funciones psicológicas de una persona, como pueden ser disminución o restricción en el ámbito emocional, por ejemplo el afecto aplanado, problemas en la producción de pensamientos o lenguaje (alogia), y problemas en el comienzo o seguimiento de conductas dirigidas a un objetivo.

La presencia de ideas delirantes incluye también una gama de posibilidades, las ideas delirantes son ideas erróneas o que no tienen referente en la realidad y se sostienen como ciertas, pueden ser persecutorias, autor referidas, de tipo religiosas, somáticas o grandiosas. Las ideas persecutorias son las que se presentan más frecuentemente, incluyen ideas en la que la persona es observada, perseguida o acechada por algo o alguien.

Las alucinaciones se presentan de diferentes formas, pues estamos habituados a ver en los medios gente que ve cosas o escucha cosas, pero la alucinación puede presentarse a nivel olfativo, gustativo o táctil. Pero en efecto las alucinaciones auditivas son las que más comúnmente se presentan.

Los criterios de diagnóstico de la esquizofrenia también incluyen comportamiento desorganizado, que puede ser infantiloide o impredecible. O el comportamiento catatónico.

Para poder diagnosticar la esquizofrenia es necesario que se presenten por lo menos 5 ítems durante por lo menos un mes, pero como los delirios o las alucinaciones no duran tanto tiempo con que se presente un ítem es suficiente para el diagnóstico.

De todos los subtipos de esquizofrenia que hay le vamos a dar relevancia solo a algunos para no llenar el espacio con los que no tienen que ver con nuestras enfermas.

El subtipo paranoide se caracteriza por la presencia de pensamientos delirantes y alucinaciones, aun conservando plenamente las funciones, y son de tipo persecutorio, o ideas delirantes de grandeza o ambas.

Estas ideas o alucinaciones generalmente se alinean en relación a un tema coherente y dentro del síndrome podemos encontrar ansiedad, ira, irritabilidad o tendencias a discutir. La mezcla de las alucinaciones, ideas delirantes y predisposición a estas emociones o conductas lo pueden volver un sujeto con peligro de suicidio o con grandes posibilidades de ser violento.

El trastorno psicótico compartido folie a deux, es una idea delirante que se manifiesta en un sujeto y a la vez en otra persona que tenga una relación estrecha con esta persona. A la primera persona se le llama inductor y tiende a ser la persona dominante de la relación, se ha notado que al separar a las parejas con delirios compartidos, la persona inductora continua con la manifestación de alucinaciones y las ideas delirantes, mientras que la persona influenciada presenta una disminución de los síntomas.

Vemos que las hermanas Papin vistas desde los ojos de la psiquiatría podrían encajar muy bien en un trastorno psicótico ya sea esquizofrénico, esquizofreniforme, en un trastorno psicótico paranoide y en un trastorno psicótico compartido.

Y creo pertinente hablar de otro personaje psicótico, otra pieza de esta trama que se desenvuelve con dos mujeres locas, una Christine, y la otra no es Lèa, que sólo pecó de seguir a la hermana es sus delirios, hablamos de Clemence, quien delira también, pero aparte de forma paranoide, tiene un tipo de delirio diferente: el celo típico, en este generalmente se manifiesta en relación a una pareja o un amante del que se piensa es infiel en la relación, pero vemos que el delirio es que se las lleven, que puede ser el anverso de «ellas me quieren dejar», por lo que como los sujetos con este delirio, busca ejercer una influencia determinante en el otro hasta el grado de coartar sus libertades.

El tratamiento más recomendado desde esta perspectiva es el de proporcionar medicamentos anti psicóticos, que se conocen como neurolépticos, que ayudan a regular la química cerebral, que en este tipo de padecimientos produce en exceso la dopamina. Así como una terapia psicológica, ocupacional y social. Ya que si bien es de vital importancia que los sujetos dejen de alucinar o de tener pensamientos delirantes, es relevante buscar una opción que los ayude a reincorporarse a la vida social de la que han sido separados por sus padecimientos.

Se debe capacitar a la familia y a los amigos cercanos en las características de la enfermedad para que tengan mejores herramientas para apoyar al enfermo e identificar posibles recaídas, se deben realizar terapias en grupo y actividades grupales que le ayuden al enfermo a recuperar su rol social, esto puede ser mediante juegos, o trabajos en grupo, también se le educa en actividades de cuidado e imagen corporal, de tal virtud que al reincorporarse a la sociedad tenga elementos para desenvolverse.

Lo psicoanalítico de las hermanas Papin

Ya desahogado el nexo que nos une en la dialéctica que nos ocupa, vayamos ahora al abordaje clínico que tienen los discípulos de Freud. El abordaje va a identificar los síntomas, pero va a hacer esfuerzos encaminados de forma diferente. Va a considerar lo que ya se ha mencionado, como la historia, la relación madre-hija, y la de hermana-hermana, y va a incorporar algo más. El carácter simbólico del síntoma, de la estructura psicótica para arrojar luz en este caso de psicosis y proponer un camino posible hacia la cura de los que están organizados en esta estructura.

Cuando nos referimos directamente a los documentos del caso, vemos que hay un tema constante en la relación madre hijas que afecta directamente [a] Christine, pues siempre está en la busca de controlarlas, y a la que no pudo, jamás le volvió a hablar. En sus cartas es constante el miedo de que alguien externo, misterioso, venga a robarse a sus hijas y le retire el control que tiene sobre ellas.

También son constantes las «observaciones» que les dirige, reprendiendo conductas, o corrigiendo las decisiones que hayan tomado; estas «observaciones» afectan mucho a Christine, convirtiéndose estas en un detonante del brote psicótico, de la crisis que marca nuestro trabajo; y de las que va a tratar de escapar.

Uno de los primeros indicios del problema es la búsqueda de separación de la madre, a la que posteriormente llamará a secas Señora, le dejan de dar dinero, y posteriormente se presenta el evento de la comisaría.

Ahí Lèa, se vuelve para Christine en su deliro una forma de reflejo de sí misma, un otro yo, que a partir de la influencia que ejerce en ella y del tiempo que pasan confinadas ayuda a mantener la ilusión, y cuando va a la comisaría a demandar la emancipación de su hermana a quien en realidad hace la demanda es a su madre, ya que se ha realizado un desplazamiento metonímico de la palabra madre que en francés es mère, y la que significa alcalde, maire. Así por desplazamiento mère/maire a quien realmente dirige la demanda de emancipación es a su madre, quien las persigue, pero en su delirio no lo logra incorporar de forma satisfactoria.

Así ellas acuden a otra instancia, actuando otra vez un síntoma o característica del delirio paranoide, que es volcar algo en lo contrario, y como el alcalde/maire, no las ayudó, se convirtió en el persecutor.

Un segundo evento a considerar en el desarrollo del brote psicótico es la sustitución de Clemence por la señora Lancelin, sustitución que comenzó a darse en día que tomó a la hermana menor a su servicio por la propuesta de Christine, y el día que la señora intercedió por ellas en el tema del salario, [que] terminó por llevarse este desplazamiento simbólico de una madre por la otra, este desplazamiento se lleva a cabo por transferencia, que al remitirnos al léxico freudiano es una actualización o rememoración, pero más que de una persona, de un sentimiento que se revive con la persona que nos recuerda o emula esa otra que ha quedado relegada.

La señora Lancelin era completamente diferente a la madre, pero con el tiempo y los pequeños roces, las «observaciones» que hacía Clemence y que así las llamaba Christine, comenzaron a filtrarse en la relación con la señora, y los comentarios o llamadas de atención, estaban reforzando la transferencia, pero ahora de forma negativa, sobre todo un evento en que la señora pellizcó la manga de Lèa para arrodillarla y que recogiera un papel del piso, eso podría haber comenzado a llevar la transferencia a algo negativo, en alguien que siendo paranoico nunca iba a dejar de estar vigilante.

Pequeños problemas a los que Christine lograra adaptarse por medio de convertirse en la madre buena que hace falta y hacerse cargo de la hermana menor, convirtiendo a esta en una extensión de sí misma.

Y por último el tema de lo escópico, de la mirada que le da la señora Lancelin a Christine, y que es el símbolo de que ella es una buena madre, pero el menor cambio o desequilibrio en la fantasía de la joven Papin todo se puede venir abajo, por lo que mantiene bajo observación la mirada que la mira, haciendo esto un circuito que la mantiene en la fantasía; circuito que al romperse, quebró la imagen, la fantasía y a Christine.

Los fenómenos paranoicos se desarrollan generalmente la I del ternario RSI (real, simbólico e imaginario), en que se puede hacer reversible un evento o una emoción en tú eres yo y yo soy tú. En el momento de la crisis la joven Papin sintió una ira desmedida, y pensó que la señora la quería despachar, pero ¿qué fue lo que sucedió?

La mirada de la señora Lancelin fue interpretada como un no sirves para nada, como un no eres nada, no eres la madre que Lèa necesita, que tú necesitas. Al anular así su papel de la madre amorosa o ideal que la más pequeña necesita, no despoja a Lèa de la madre, la despoja a ella del ser en que se ha convertido y su fantasía necesita para poder existir.

Y el ensañamiento también fue algo clásico del paranoico, pues las heridas fueron hechas donde ellas alguna vez fueron heridas, siendo los ojos, la mirada la más agredida, pues fue la mirada interpretada como «tú no eres nada» la [que] detonó el brote, tu mirada me mata yo mato tu mirada.

Christine murió en el manicomio, se dejó morir de hambre, decía que no servía para nada y que debía morir. La mirada de Lancelin rebasó su muerte y llegó hasta la de Christine.

Ahora veamos una alucinación, ella ve a Lèa colgada de un árbol con las piernas cortadas, esto se es una forma de manifestarse en lo real aquello que no ha podido simbolizarse, y ¿qué es lo que el psicótico no ha alcanzado a simbolizar? la castración.

El cuerpo mutilado de la hermana representa la castración, la suya que no ha podido incorporarse, y la alucinación la atormenta, hasta cuando tiene a la hermana en frente la desviste para validar la alucinación, inclusive en un momento se quiere arrancar los ojos, pero esto no es lo horrible, lo horrible es que ella debe seguir con la alucinación visual de la castración que la atormenta, que vuelve en lo real, porque el nombre del padre ha quedado forcluido.

El nombre del padre, nom du père, representa la incorporación simbólica de la castración, de la prohibición del incesto. El padre debe ser el que prohíba el incesto del niño con la madre mediante la amenaza de castración, limitando así el goce, que desbocado anularía al sujeto, la falta es lo que mantiene la estructura.

Y el papel castrante de la figura paterna también debe ser hacia la madre, pues el pequeño bebe, puede convertirse en un sustituto perfecto del significante fálico, y de no haber una interposición entre la madre y los hijos estos pueden caer en estado psicótico, o fóbico, como se ve en caso Hans (Juanito) que en realidad tenía miedo de que el padre muriera y lo dejara al arbitrio de una madre devoradora.

Así el psicótico al forcluir el nombre del padre no se simboliza la castración, Christine en los brotes tratará de simbolizar, de incluir en la estructura simbólica la castración, la limitante que la extraiga de lo real, pero fracasa, fracasa la entrevista con la hermana, ella delira y lo hará hasta el día de su muerte.

El tratamiento que se le puede proporcionar a un paciente psicótico dentro de un marco psicoanalítico no difiere mucho del encuadre a llevar a cabo con las otras estructuras, la importancia aquí una vez que el sujeto ha llegado a la sesión es, a través del discurso, tratar de que el sujeto se introduzca en el ámbito del lenguaje simbólico.

Esto es que caiga en cuenta que su discurso no es real, que es una forma de representar pero que no incide directamente en la realidad, en el mundo, que su alucinación al no poder ser representada de forma metafórica en el drama de Edipo, vuelve como algo real para buscar incorporarse.

Esto no quiere decir que la tarea pueda ser sencilla, pues de entrada los psicóticos no es el tipo de paciente que se presenta a una sesión de terapia, es el tipo de sujeto que es llevado a un consultorio.

Primero habría que establecer una relación de rapport en la que el sujeto paranoico pueda confiar en la persona del analista, lo suficiente como para poder hablar con él de sus alucinaciones, de lo que él siente que es real, o de sus delirios.

Posteriormente el diálogo debe estar encaminado a promover en el sujeto el análisis de sus contenidos mentales, de su posible significación y de su veracidad en el mundo real. A partir de que el sujeto caiga en cuenta de que su delirio tiene un significado así como sus alucinaciones, será capaz de incorporarse a la estructura metafórica del lenguaje, donde el nombre del padre sirva de dique al exceso de goce, y ponga un límite a la tensión que el sujeto siente ante la angustia que la indiferenciación con lo real le produce.

Conclusión

En este trabajo hemos presentado un caso de deliro, de paranoia complejo en que no es sólo una persona la que sufre de el trastorno, es el núcleo familiar el que se ve aquejado por trastornos que aunque tienen un eje en común se manifiestan de forma diferente en cada uno de los sujetos.

Vemos a una madre que por un lado presenta un delirio paranoico en el que cree que alguien, una fuerza obscura va a venir a robar a sus hijas, sobre las que ella quiere ejercer un control absoluto; y por otro lado presenta un delirio [de] celo típico que se manifiesta por el miedo a la perdida de las hijas y a querer mantenerlas bajo control; sé que parece lo mismo, pero uno es el detonante de otro; el miedo a que ellas se quieran ir, es el miedo [a] que se las roben, que se parece al miedo de eso que la persigue.

Vemos una hija, la más grande, que a falta de recursos, encontró en el clero las herramientas para estructurar simbólicamente el nombre del padre y escaparse de la madre devoradora que la acosa.

La hija de en medio que comparte el delirio y la psicosis como estructura con la madre, que no ha sido capaz de estructurar simbólicamente la castración y el intento de lograrlo fracasa, poniendo en juego significantes que la persiguen desde pequeña.

Y por último la hermana más pequeña que estructuralmente no es psicótica pero que a fuerza de convivencia con la hermana mayor, comienza a compartir el delirio y en el momento detonante, la crisis que puso fin a la fantasía que se había mantenido hasta entonces.

Vimos que desde el ámbito de la psiquiatría se puede identificar a partir de encontrar características de personalidad que estén presentes por cierto tiempo, que tiene tipificado los tipos de conductas tanto positivas como negativas que caracterizan el trastorno y propone las medidas necesarias para un tratamiento de los padecimientos.

Vimos que el psicoanálisis tiene también sus propias herramientas diagnósticas para identificar la etiología de una estructura y que la identificación de la misma es similar a la de la psiquiatría, ante la presencia de un delirio, es probable que nos encontremos ante la presencia de una estructura psicótica, y que así como la medicina, también tiene propuestas metodológicas, congruentes con su propio discurso. Medidas que buscarán reincorporar al sujeto a la sociedad y nuevamente al ámbito del lenguaje simbólico.

Bibliografía

Dor, J. (1987). Estructura y perversiones. España: Gedisa.
Fink, B. (2007). Introducción Clínica al Psicoanálisis Lacaniano. España: Gedisa.
Frances, A. (1995). Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales. Barcelona: Masson.
Medina, E. M. (2014). Psicología On Line. Recuperado el 13 de septiembre de 2014, de psicologia-online.com: http://www.psicologia-online.com/colaboradores/esther/esquizofrenia1/
Nasio, J. D. (2001). Los Más Famosos Casos de Psicosis. Argentina: Paidós.


El Trastorno psicótico compartido

Wikipedia

El Trastorno psicótico compartido o folie à deux (literalmente «locura compartida por dos») es un raro síndrome psiquiátrico en el que un síntoma de psicosis (particularmente una creencia paranoica o delirante) es transmitida de un individuo a otro. El mismo síndrome compartido por más de dos personas puede llamarse folie à trois, folie à quatre, folie à famille o incluso folie à plusieurs (locura de muchos).

Clasificación

Se han propuesto varias clasificaciones de trastorno psicótico compartido para describir cómo la idea delirante se mantiene por más de una persona.

Folie imposée, en el que una persona dominante (conocida como «primario», «inductor» o «principal») crea inicialmente una idea delirante durante un episodio psicótico y lo impone a otra persona o personas (conocida como «secundario»). Se supone que el secundario no habría delirado si no hubiera interactuado con el inductor. Si los individuos son ingresados en el hospital de manera separada, las ideas delirantes de la persona inducida usualmente desaparecen sin necesidad de medicación.

Folie simultanée, en el que dos personas, que independientemente sufren de psicosis, influencian el contenido de las ideas delirantes de cada uno de ellos, de forma que se convierten en idénticas o muy similares.

Diagnóstico

El síndrome se diagnostica normalmente cuando los individuos afectados viven próximos, están socialmente o físicamente aislados y tienen poca interacción con otras personas.

El trastorno psicótico compartido no deja de ser una curiosidad psiquiátrica. El actual manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales establece que una persona no puede diagnosticarse como delirante si su creencia en cuestión está comúnmente aceptada por otros miembros de su cultura o subcultura.

Cuando un gran número de personas terminan creyendo algo obviamente falso y potencialmente angustioso basándose únicamente en rumores, estas creencias no se consideran como clínicamente delirantes en psiquiatría, y se etiquetan como histeria colectiva.


Folie á Deux: la locura compartida

Rinconpsicologia.com

Los delirios compartidos han recibido diferentes nombres a lo largo de la historia de la psiquiatría aunque el término más utilizado y que ha trascendido hasta nuestros tiempos en todos los idiomas es: «folie á deux», introducido por Laségue y Falret aunque fue propuesto anteriormente (en el lejano 1899) por Hoffman y la primera descripción clínica de la que se tiene conocimiento proviene del 1651. En el DSM IV este trastorno es conocido como «trastorno psicótico compartido» y en el CIE 10 como «trastorno de ideas delirantes inducidas».

En la folie á deux pueden distinguirse cuatro grupos o manifestaciones:

1. Folie simultánea. La psicosis aparece al mismo tiempo en dos personas igualmente predispuestas y está determinada por una causa común.

2. Folie impuesta. El enfermo «fuerza» a delirar a la persona sana (que evidentemente tiene una predisposición). Esta manifestación es la más frecuente en la práctica clínica aunque aún se cuestiona si estos nuevos psicóticos son delirantes o simplemente son personas muy impresionables.

3. Folie comunicada. La persona inductora enferma a su acompañante pero posteriormente la psicosis de ambos evolucionan independientemente, aun después de la separación física. Algunos especialistas consideran que esta es la «verdadera» locura inducida.

4. Folie inducida. La persona ya sufría con anterioridad la psicosis pero nuevas ideas delirantes se le suman a su cuadro clínico inducidas por el otro enfermo.

Vale aclarar que en algunos manuales se pueden hallar estas dos últimas formas como subtipos o expresión de la folie impuesta.

Los factores comunes para la aparición de estos casos son:

– Relaciones estables y de larga duración en el tiempo, generalmente entre dos personas, que además sostienen una escasa vida social.

– Usualmente estas relaciones son ambivalentes y de dependencia emocional.

– Asumir los síntomas de la otra persona no es sólo una forma de sometimiento sino una manera de acercamiento y «empatía» (por llamarlo de alguna forma) para con el sentir del otro.

La folie impuesta (aquella sobre la que se posee más información pues es la forma clínica más común) se presenta principalmente en las personas pertenecientes a los grupos socioeconómicos menos favorecidos, mayoritariamente en mujeres y como supondrán, un 90% de los casos ocurren a partir de lazos familiares (es más común entre hermanas que han convivido mucho tiempo y en los matrimonios).

No obstante, siempre hay casos que rompen las reglas como el presentado por médicos del Instituto de Psiquiatría en Kanke, la India; donde el paciente comenzó a mostrar los primeros síntomas tan solo a los dos o tres meses de comenzar la convivencia con su pareja.

Al contrario de lo que nos dicta el sentido común y las técnicas psicoterapeutas que hoy se continúan aplicando, separar a la pareja no siempre reporta la curación del segundo afectado. Incluso se afirma que sólo en el 40% de los casos la separación tiene un efecto positivo pues en el resto de las personas se observa un recrudecimiento de la sintomatología delirante.

Malik asevera que la literatura teórica sobre el trastorno es aún muy «optimista» pero que en la realidad la persona inducida no siempre logra recuperarse del trastorno.

Otro de los «estereotipos» relacionados con la folie á deux hace referencia a que la persona inducida usualmente posee cierto nivel de retardo o retraso mental o presenta alguna discapacidad que le hace dependiente de la persona psicótica.

Sin embargo, en los casos que se han recogido recientemente, este patrón ya no es tan claro e incluso la persona puede sucumbir ante las ideas delirantes de su pareja aún cuando mantiene una vida social relativamente activa.

Estas nuevas presentaciones de casos clínicos han llevado a una reconsideración de las causas de la folie á deux para hipotetizar que la persona sana prefiere (evidentemente este proceso transcurre por debajo del nivel de conciencia) aceptar las ideas delirantes y descabelladas de su compañero antes que perder una relación que les reporta una gran satisfacción emocional.

Por supuesto, esta aceptación implica una identificación desde el punto de vista emocional y cognitivo por lo cual la persona «sana» termina pensando y sintiendo como su pareja.

 


INFORME DE AUTOPSIA (FRANCÉS)


Documentos

EL CRIMEN DE LAS HERMANAS PAPIN – G. VIALET-BINE Y A. CORIAT

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