La muerte de Robert Maxwell

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Robert Maxwell
  • Clasificación: Crimen sin resolver
  • Características: Misteriosa muerte del magnate británico de la prensa
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 5 de noviembre de 1991
  • Fecha de nacimiento: 10 de junio de 1923
  • Perfil de las víctimas: Ian Robert Maxwell, 69
  • Localización: En el mar, Canarias, España
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La muerte de Robert Maxwell

Enric González y Concha Martín del Pozo – ElPais.com

6 de noviembre de 1991

Su cuerpo fue encontrado flotando en el mar cerca de las costas de Gran Canaria, sin señales de violencia.

Robert Maxwell, el más polémico magnate de la prensa internacional, murió ayer ahogado en el océano Atlántico. Su cuerpo fue hallado a primeras horas de la noche a 27 millas de la costa de Gran Canaria, tras casi ocho horas de intensa búsqueda. Se supone que cayó al mar entre las 5.45 de la madrugada, la última vez que se habló con él, y las 10.45 de la mañana, cuando se descubrió su desaparición.

Maxwell estaba en horas bajas, agobiado por problemas financieros y acusado por un periodista de ser un agente del espionaje israelí. «Fue el ciudadano Kane de su época», dijo John Major, primer ministro británico.

El cadáver de Robert Maxwell fue rescatado del mar por un helicóptero a 27 millas del suroeste de Gran Canaria, a las 19.00 (hora local). Un avión Fokker del Servicio Aéreo de Rescate (SAR) del Ministerio de Defensa localizó flotando boca abajo en el mar el cuerpo sin vida del magnate de la prensa. El cadáver fue recuperado sin ropa y sin muestras visibles de violencia, si bien presentaba una pequeña herida en la oreja derecha.

El juez Luis Gutiérrez San Juan ordenó a las diez de la noche el levantamiento del cadáver tras ser reconocido por su viuda Elizabeth y uno de sus hijos en la base aérea de Gando, en Gran Canaria. Los restos mortales de MaxweIl fueron trasladados al instituto Anatómico Forense de Las Palmas, donde, previsiblemente, hoy le será practicada la autopsia.

La esposa y Philip, uno de los hijos del magnate, llegaron a las 20.00 horas de ayer al aeropuerto Reina Sofía de Tenerife, desde el que siguieron viaje hacía la base aérea de Gando, donde estaba depositado el cadáver rodeado de fuertes medidas de seguridad. Mientras Philip Maxwell volaba desde Londres al archipiélago mostró, a través del teléfono, su sorpresa ante la noticia de la supuesta caída al mar de su padre. «No me lo puedo creer; seguro, que se trata de un secuestro», llego a decir minutos antes de que fuera localizado el cuerpo. Philip sabía que Robert Maxwell estaba en un crucero de recreo pero desconocía dónde.

Un avión Fokker que participaba en las tareas de búsqueda localizó el cuerpo sin vida flotando a las 17.46 horas. Poco después un helicóptero evacuaba el cadáver cuya descripción coincidía con la facilitada sobre Maxwell por su hijo y el capitán del yate: 1,90 metros de estatura, alrededor de 140 kilogramos de peso, pelo y ojos negros, una pequeña cicatriz junto al ojo derecho y unos 69 años de edad.

Maxwell se tomó unos días de vacaciones el pasado jueves para navegar en su yate, el majestuoso Lady Ghislaine, por aguas canarias. Tomó un avión hasta Gibraltar, donde embarcó en el yate, con el que se dirigió hacia Madeira y después hacia las islas Canarias. Dijo al despedirse de sus colaboradores en Londres que estaba aquejado de una gripe, pero a lo largo de estos días atendió normalmente las llamadas telefónicas que le llegaban desde los distintos lugares del mundo donde poseía negocios.

La última de estas llamadas se produjo a las 4.45 horas de la madrugada, desde Nueva York. El magnate se puso al teléfono, pese a lo intempestivo de la hora, y a las 5.45, según manifestó el capitán, habló por teléfono con la tripulación en el puente de mando. para pedirles que apagasen el aire acondicionado. Nadie sabe qué sucedió exactamente entre ese momento y las 10.45 de la mañana, cuando le llamaron nuevamente por teléfono al «Lady Ghislaine», esta vez desde Londres, y no se le encontró en su camarote. Los tripulantes registraron infructuosamente la nave y finalmente, a las 11.45, el capitán Rankin pidió socorro vía satélite.

El grupo Mirror dio a conocer la noticia de la desaparición a las 15.15 de la tarde, hora británica. Charles Wilson, directivo y portavoz del diario sensacionalista Daily Mirror, el principal medio informativo de MaxweIl, dijo que el periódico seguía funcionando normalmente y que la cotización en la bolsa de Londres de las acciones de sus dos principales compañías, Maxwell Communication Corporation (MCC) y Mirror Group Newspapers (MGN), había sido suspendida como medida cautelar para evitar un desplome ante la incertidumbre de la situación creada por las noticias sobre la desaparición del magnate. Al tiempo, los dos hijos mayores del multimillonario, Ian y Kevin, se hacían cargo de su dirección.

El líder de la oposición británica, el laborista Neil Kinnock, fue la primera personalidad que expresó su «profunda pena» por la muerte del controvertido multimillonario. Maxwell no sólo era un fiel militante y generoso financiador del Partido Laborista, sino que había sido uno de sus parlamentarios en la Cámara de los Comunes entre 1964 y 1970 en representación de la circunscripción de Buckingham. El primer ministro, John Major, habló de Maxwell como de «un gran carácter» que «siempre tuvo fe en la fuerza de la democracia». Fue, dijo, «el Ciudadano Kane de su época». El presidente del Partido Liberal Demócrata, Paddy Ashdown, afirmó que todos sus pensamientos se dirigían a «la infortunada familia» del magnate.

Acusado de espía

Richard Stott, director del Daily Mirror, dijo ayer: «Hablé con Maxwell la pasada noche y me pareció que estaba bien, no estaba deprimido pero sí muy enfadado por las acusaciones contra él del libro de Seymour Hersh».

El libro «The Samson Option», del periodista norteamericano Seymour Hersh, publicado hace dos semanas, complicó aún más la conflictiva situación de Maxwell. En el libro, una exhaustiva investigación sobre el desarrollo del arsenal nuclear israelí, se acusaba a Maxwell y a uno de sus periodistas, Nick Davies (jefe de información internacional del Daily Mirror), de colaborar con el Mossad, el servicio de espionaje israelí. Maxwell se defendió airadamente y defendió con igual fervor a Davies, querellándose contra Hersh y los editores del libro. Ocho días después despidió a Davies, y reconoció que éste «había mentido» y que, si no con el Mossad, tenía alguna relación con el tráfico de armas.


El enigma de Maxwell

Angel Kolodro

Tenerife, 5 de noviembre de 1991. El cadáver del magnate internacional de la prensa Robert Maxwell, 69 años, ha sido encontrado a primeras horas de esta noche flotando en el océano Atlántico a 27 millas de la costa de Gran Canaria, tras casi ocho horas de intensa búsqueda.

La muerte del último «ciudadano Kane» del siglo, que se encontraba de viaje de recreo a bordo de su yate privado, está rodeada de un mar de dudas que nunca fueron totalmente esclarecidas y desencadenó la quiebra del imperio que presidió, además de la revitalización de las acusaciones que le relacionaban con oscuras operaciones ilegales de los servicios secretos israelíes.

Cada vez que en nuestro país aparece muerto en extrañas circunstancias un personaje de alta alcurnia, el caso termina frecuentemente confuso en una nebulosa que no consigue despejar las numerosas dudas planteadas. Un escalofrío suele recorrer a todos los implicados en la investigación judicial, que siempre acaban lavándose las manos con unos ambiguos dictámenes para evitar ataduras.

Desde el crimen de los marqueses de Urquijo, que nunca ha llegado a esclarecerse en su totalidad, hasta la muerte del banquero Ignacio Coca podrían citarse otros ejemplos en los últimos años, otros casos que ni siquiera han sido conocidos por la opinión pública. Pero el más claro de esta realidad lo constituye la enigmática muerte en la madrugada del 5 de noviembre de 1991 del magnate británico de la prensa Robert Maxwell, cuyo cadáver apareció horas después flotando desnudo en aguas canarias y de la que tan sólo ha quedado claro que, una vez más, se ha hecho válido el viejo refrán español que dice: «En martes, ni te cases ni te embarques».

Los prolegómenos de este misterio, que probablemente nunca llegará a desentrañarse, hay que situarlos en el jueves anterior, 31 de octubre, cuando el magnate subió a su avión privado en Londres y se dirigió a Gibraltar, donde se encontraba anclado su barco privado, el «Lady Ghislaine»; un poderoso yate de recreo, de 55 metros de eslora, perfectamente acondicionado hasta para afrontar huracanes y con una tripulación de once personas: nueve británicos, un norteamericano y una camarera danesa.

Desde la colonia británica, Maxwell, que al despedirse de sus colaboradores en Londres les dijo que estaba aquejado de una fuerte gripe y que acababa de cancelar el compromiso de dictar una conferencia contra los instigadores de la Conferencia de Madrid y en favor de la intransigencia judía, ordenó poner rumbo a Funchal, en Madeira, donde la nave atracó el sábado. En la isla portuguesa el magnate pasó el fin de semana disfrutando del viaje y al día siguiente le dijo al capitán que tenían que dirigirse hacia las islas Canarias y recalar en Tenerife.

Hasta aquel entonces, Robert Maxwell parecía un hombre feliz; sin embargo en la tarde del lunes, ya en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, su carácter tornó a severo y la tripulación fue testigo de una gran reprimenda que dio al cocinero por no haber langosta para cenar. Entonces, Maxwell descendió del barco, vestido de sport y provisto de un radioteléfono, y tomó un taxi para dirigirse al restaurante del hotel Mencey, el más tradicional de la ciudad.

Los camareros que le sirvieron recuerdan que cenó merluza con setas y almejas, además de tres cervezas locales. Sin compañía alguna, se mostró como una persona agitada y ensimismada que daba la impresión como si estuviera sonámbulo. Con el radioteléfono intentó en vano ponerse en contacto con la tripulación de su yate. Entonces le llegaron las prisas. No tomó ni postre ni café, dejó las vueltas de cuatro billetes de mil pesetas a modo de propina, y olvidó su chaqueta. Al volver al puerto en el mismo taxi ordenó al capitán volver a zarpar y navegar sin rumbo fijo.

En su camarote, el magnate estuvo permanentemente en contacto con sus colaboradores en todo el mundo haciendo y recibiendo llamadas telefónicas. La última de ellas a las 4,45 horas de la madrugada del martes en la que habló con alguien de Nueva York. Veinte minutos antes, Maxwell había ordenado al capitán en la cubierta poner rumbo al puerto de Los Cristianos, al sur de Tenerife, y que se accionara el aire acondicionado de su camarote «ya que hace mucho calor».

Lo último que se sabe del hombre es que, minutos después, llamó desde su camarote al puente de mando para que se suspendiera el servicio de aire acondicionado. Ya no se le volvió a ver ni a oír. A las 9,45 la nave fondeó en Los Cristianos y una hora y media más tarde se recibió una llamada telefónica en el yate. Un tripulante golpeó la puerta del camarote del patrón para avisarle, pero nadie respondió. Maxwell había desaparecido.

Anguss Ranking, capitán de «Lady Ghislaine», no tardó en comunicar a las autoridades de marina la desaparición de Maxwell lo que originó una vasta e intensa operación de búsqueda, que dio resultado ocho horas después. A las siete de la tarde, un avión Fokker del Servicio Aéreo de rescate (SAR) avistó el cadáver, que se encontraba flotando sobre el océano, desnudo y boca arriba. Poco después, el cuerpo sin vida del magnate, que pesaba 140 kilogramos en el momento de su muerte y no presentaba signos externos de violencia al margen de una pequeña herida en la oreja derecha, fue trasladado en un helicóptero a la base aérea de Gando, en Gran Canarias, y de allí al Instituto Anatómico Forense de Las Palmas.

Para aquel entonces, la noticia de su desaparición ya había dado la vuelta al mundo. No en vano se trataba de uno de los hombres más poderosos del planeta. Emisoras de radio y televisión empezaron a difundir su biografía y a dar las que se barajaban como primeras claves de su misteriosa muerte.

Sobrevivió al Holocausto

Jan Ludwick Hoch, su verdadero nombre, había nacido en 1923 en Aknazlatina, una miserable aldea de Los Cárpatos checoslovacos. De origen judío, su madre murió en el campo de concentración de Auschwitz y él fue el único de su familia que escapó de Hitler. A los 15 años se unió a la resistencia checoslovaca contra el nazismo. Detenido y sentenciado a muerte, en 1940 logró huir y en septiembre de ese mismo año se enroló en el ejército británico.

Tenía 22 años y fue entonces cuando asumió el nombre de Robert Maxwell. «El ejército eligió por mí. Me dieron cinco nombres y Robert Maxwell era el último», aseguraría a sus biógrafos el que se convertiría en el editor de prensa más famoso y polémico de finales del siglo XX.

Durante su vida castrense entró en Berlín con las tropas de ocupación aliadas, fue ascendido al grado de capitán y condecorado por su valor, aunque su momento máximo de gloria llegaría con la paz.

«El Gobierno británico me dio 100 libras y me metí en los negocios», aseguraría años después. Para entonces era capaz de hablar perfectamente nueve idiomas, había adquirido la nacionalidad británica y se había casado con Elizabeth Maynard, con la que tendría siete hijos. Su siguiente destino fue como miembro de los servicios británicos de inteligencia en la Alemania ocupada y principal responsable de la prensa democrática en el Berlín de la posguerra.

En la capital germana comenzó a publicar numerosos trabajos científicos que habían sido censurados durante la guerra y que él adquirió a muy bajo precio con el dinero que le había dado el Gobierno británico. Era el inicio de un imperio que con el paso del tiempo contabilizaría cifras de diez ceros. Regresó a Londres en 1947 y a finales de los años cincuenta ya era dueño de Pergamon Press, una de las editoriales científicas más prestigiosas del mundo que le empezó a generar astronómicos beneficios en su cuenta corriente.

Pero su ambición no se detenía en los negocios. Entendiendo por socialismo el «capitalismo con rostro humano», fue elegido diputado por el Partido Laborista entre los años 1964 y 1970. Y a principios de los años ochenta desembarcó en el mundo de la comunicación de masas. En 1984 compró la compañía Mirror Group Newspapers que controlaba, entre otros diarios y revistas, el «Daily Mirror», considerado como el buque insignia de su imperio. Fue a partir de entonces cuando sus empresas comenzaron a extenderse por todo el mundo.

Robert Maxwell era un hombre que trabajaba 18 horas al día, corregía editoriales por teléfono de un hemisferio a otro y era amigo de numerosos Presidentes y primeros ministros, desde Mijail Gorbachov a Isaac Shamir. En una de sus últimas entrevistas aseguraba que tras su imperio no había ninguna motivación secreta, ni nada parecido al «Rosebud», de «Ciudadano Kane». A sí mismo se definía como un hombre de detalles, tal vez, añadió en cierta ocasión citando a Goethe, porque «el diablo se encuentra en los detalles».

Al borde de la quiebra

Sin embargo, los medios de comunicación de todo el mundo no dejaban de recordar que a la hora de su muerte el imperio Maxwell había llegado a una grave situación de crisis. De cada 100 libras que ingresaba, 70 iban destinadas a pagar intereses bancarios. Artista en mostrarse siempre impenetrable en sus finanzas, de nada le habían servido sus artimañas para inflar la venta de las acciones del grupo Mirror cuando seis meses antes se había desvelado que sus empresas mantenían una deuda alrededor de 75.000 millones de pesetas.

Muchos pensaron entonces que esta cantidad, considerada como «pérdida acumulada», era muy significativa en una constelación de medios que alcanzó en 1990 un volumen de negocios que superaba los 230.000 millones de pesetas, lo que le situaba como el quinto grupo europeo. No obstante, en su cuenta de resultados aparecieron en el último ejercicio unos beneficios de 25.000 millones de pesetas.

Maxwell, que solía repetir que al filo del año 2.000 sólo habría en el mundo las empresas multimedia que se repartirían la casi totalidad del «pastel comunicativo», no había dejado, a la hora de su muerte, encaminado su imperio hacia este objetivo en el que había empleado la mayor parte de su vida.

Los dos pilares de su negocio estaban constituidos por el grupo de edición profesional Maxwell Communication Corporation y el grupo de prensa Mirror Group Mewspaper, a la cabeza de cada uno de ellos había colocado, en la primavera, a sus hijos Ian y Kevin.

El «capitán Bob», como le llamaban sus más íntimos colaboradores en recuerdo de su carrera castrense, poseía también intereses en el semanario escrito en inglés para Europa «The European», en el que invirtió a fondo perdido; el neoyorquino Daily News, cerrado en marzo; en publicaciones alemanas y en el diario británico «The Independent». También poseía intereses en compañías canadienses y en otros países de los cinco continentes.

Pero los medios de comunicación internacionales no solamente recordaban en aquellos momentos siguientes a su muerte la crítica situación económica que atravesaban sus negocios. También se hacían eco de las acusaciones de espionaje a favor del «Mossad» (servicio de contraespionaje israelí) de que había sido objeto recientemente y por las cuales se había visto en la obligación de despedir, días antes de partir a su último viaje de recreo por el mar, al jefe de la sección de internacional del «Daily Mirror», Nick Davies.

Según se aseguraba en un libro publicado dos semanas antes por el periodista norteamericano Seymour Hersh, titulado «Operación Sansón» y en el que se recogía una exhaustiva investigación sobre el desarrolló del arsenal nuclear israelí, el magnate y Davies habían colaborado con el «Mossad». Al principio Maxwell se defendió airadamente, querellándose contra el periodista y el editor del libro, y con igual fervor defendió a su empleado; pero al final lo despidió y reconoció que Davies «le había mentido» y que, si no con el «Mossad» si tenía alguna relación con el tráfico de armas.

La principal fuente que había utilizado Seymour Hersh en su libro era el ex agente israelí Ari Ben Menashe, quien aseguró que Maxwell había «blanqueado» dinero de la venta de armas de la Europa Oriental a Irán entre 1984 y 1987, con autorización del presidente judío Isaac Shamir y del norteamericano George Bush. También se le implicaba en el secuestro del técnico nuclear Mordecai Vanunu, a través del cual la opinión pública conoció que el Estado de Israel formaba parte de los integrantes del club nuclear.

Accidente o suicidio

Mientras toda esta serie de «trapos sucios» se reproducían en los medios de comunicación para tratar de conocer las claves del caso, los forenses del juzgado de Las Palmas realizaban la autopsia al cadáver para saber las causas exactas de la muerte. Según el diagnóstico, posteriormente confirmado por el análisis de las vísceras llevado a cabo en el Instituto de Toxicología de Madrid, el magnate falleció de una congestión cardiorrespiratoria aguda que, debido a los problemas pulmonares causados por un edema -sólo tenía un pulmón- del que había sido tratado antes de iniciar el viaje en barco, le hizo perder el equilibrio y caer al agua cuando se encontraba en la popa del barco.

En resumidas cuentas, según este dictamen, la misteriosa muerte del magnate se explicaba por causas naturales, seguidas de un infortunado accidente. Esto explicaba el hecho de que no apareciera agua en el pulmón del fallecido y su desnudez se justificaba por las corrientes marinas. Sin embargo, no se explicaba por qué no había pedido auxilio ni había sido visto por ningún miembro de la tripulación.

El dictamen de los forenses españoles, que motivó el sobreseimiento del caso, no fue compartido por los doctores británicos que realizaron una segunda autopsia del cadáver en Jerusalén, donde fue enterrado en el Monte de los Olivos con los honores de jefe de Estado. Según estos médicos, contratados por la compañía que había asegurado la vida del magnate por 4.000 millones de pesetas, la autopsia realizada en España no fue lo suficiente exacta por las prisas para trasladar el cuerpo a Israel y proceder a su entierro. El dictamen definitivo de estos médicos fue que la muerte de Maxwell se debió a un suicidio.

En lo que todos coincidieron es en que no fue asesinado, aunque siempre cabrá la duda de si fue empujado por la borda y muriera de un infarto cuando trataba de ganar la escalerilla de popa. Eso sí, se comprobó que no fue envenenado. En su estómago tan sólo fueron encontrados restos de la medicación que estaba tomando y de algunos plátanos que había consumido.

Esta última circunstancia también podría explicar, por cómica que parezca, la tesis de que Robert Maxwell, el poderoso hombre de negocios de 140 kilogramos de peso que con sólo una de sus órdenes lograría cambiar el rumbo de la historia, podía haber fallecido al resbalar en la cubierta de su fortaleza flotante con la cáscara de plátano que acababa de comerse para posteriormente caer al mar.

En fin, todo un cúmulo de interrogantes que probablemente nunca serán descifrados y que han pasado a formar parte de los archivos secretos de Scotland Yard.

Lo único que sí se supo tiempo después es que, tras su muerte, el imperio Maxwell se desvaneció al descubrirse en sus empresas una multimillonario estafa de 40.000 millones de pesetas a los fondos de pensiones de los empleados, utilizados para impedir la caída de la cotización del grupo Mirror en la bolsa. Los mismos periódicos que él había gestionado y que a su muerte le santificaron como a un coloso, terminaron por acusarle de estafador, aunque la posterior investigación oficial comprobaría que habían sido sus hijos los autores del fraude.

Las verdaderas causas de su muerte ya no importaban a nadie. Sólo la herencia de un imperio corroído por unas deudas superiores al billón de pesetas. El enigma de la muerte de Maxwell perdurará para siempre.


20 años de misterio en el «Lady Ghislaine»

P. Fumero – ElDia.es

30 de octubre de 2011

El próximo 5 de noviembre se cumplen dos décadas desde que Canarias se convirtió en escenario de un suceso de repercusión mundial, como fue la muerte del multimillonario Robert Maxwell, que estaba acuciado por elevadas deudas y al que días antes acusaron de pertenecer al Mossad, el servicio secreto israelí.

Fue una noche intranquila para el dueño del «Lady Ghislaine», un lujoso yate que surcaba las aguas de Canarias casi de incógnito. Y fue la última noche de un hombre que había nacido pobre en Checoslovaquia, pero que murió como un millonario envuelto en abultadas deudas y acusado de colaborar con los servicios secretos israelíes, el temido y eficaz Mossad, después de una azarosa e intensa vida, donde llegó a participar en la II Guerra Mundial.

Las conjeturas sobre la causa de su muerte son dignas de un libro o de una película de espías, pero los hombres y mujeres que investigaron su fallecimiento desde el Archipiélago no hallaron más evidencias que las de una sencilla y terrenal muerte natural. Y uno de los más famosos forenses no pudo rebatir científicamente su informe después de crueles descalificaciones. O fue un asesinato perfecto, o, sencillamente, una parada cardiorrespiratoria. El empresario fue enterrado en el Monte de los Olivos, en Israel.

Robert Maxwell cenó en el santacrucero hotel Mencey el 4 de noviembre de 1991. Por aquella época, la deuda global de todas sus empresas ascendía a más de 3.825 millones de dólares. Y hacía poco más de dos semanas, el periodista norteamericano Seymour Hersh publicó un libro, «The Samson Option», sobre el desarrollo del arsenal israelí, donde se acusaba al magnate y al jefe de la sección internacional de uno de sus periódicos, Nick Davies, de colaborar con el Mossad.

El empresario proisraelí negó las implicaciones tajantemente y defendió a Davies. Pero poco más de una semana después, el millonario despidió a Davies, lo acusó de haber mentido y, aunque señaló que no estaba vinculado al Mossad, sí lo relacionó con el tráfico de armas.

Biografía

Ian Ludwig Hoch nació el 10 de junio de 1923 en Checoslovaquia. En 1939, gran parte de su familia fue asesinada por los nazis. Tras alistarse en el ejército británico, ascendió a capitán, gracias a su habilidad para las lenguas. Durante la II Guerra Mundial, salvó la vida a un soldado inglés que estaba en una granja sitiada por enemigos. El joven Hoch, con 25 años, adoptó la identidad de otro soldado muerto en Normandía. Y desde entonces fue Robert Maxwell.

Tras comprar una imprenta, amasó su primera fortuna. Continuó invirtiendo y arriesgando en medios de comunicación. El Partido Laborista lo fichó y en 1961 llegó a ser miembro de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. Se le consideraba un multimillonario de ideas socialistas que empezó desde cero.

A comienzos de la última década del siglo XX, Maxwell poseía el «Grupo Mirror», con varios diarios populares de gran tirada; el desaparecido periódico «The European», así como el «Daily News» de Nueva York, además de participaciones en televisiones y otras empresas. Su influencia a nivel mundial era considerable y en varios países fue tratado como un jefe de Estado. Sus contactos se extendieron hasta la Europa del Este.

El viaje a Los Cristianos

Después de cenar, Robert Maxwell se dirigió a su yate, que partió desde el puerto de Santa Cruz en dirección a Los Cristianos. Pero, por circunstancias que se desconocen, el «Lady Ghislaine» se desvió hacia la costa oeste de Gran Canaria.

Los testigos que observaron su espléndido camarote detectaron que su cama estaba muy revuelta, como si el millonario se hubiera acostado y levantado varias veces durante la noche. Según la tripulación, la última vez que se le vio con vida estaba en cubierta, a las 4:20 horas de la madrugada. Ahí acaban las certezas y empiezan las dudas e, incluso, las especulaciones.

Cuando estaba a unas cinco millas del puerto de Maspalomas, el yate de 55 metros de eslora puso rumbo a Los Cristianos, a donde llegó a las 9:00 horas del día 5 de noviembre. En ese momento, la tripulación trató de ponerse en contacto con el magnate, pero comprobaron que no estaba. La alerta fue detectada por una estación marítima noruega y por una emisora pesquera en las islas.

Varios trabajadores de la embarcación acudieron a denunciar horas después a la Comisaría de la Policía Nacional, que entonces estaba en unas pequeñas oficinas del centro comercial Pueblo Canario. Pero el barco estaba en el puerto y los mandos policiales decidieron que era un caso de la Guardia Civil. Por aquella época aún no había juzgados en Arona, y el asunto fue asumido por el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción Número Tres de Granadilla, cuya titular era Isabel Oliva.

Rescate

Oliva llamó al entonces jefe del Equipo de Policía Judicial de las Américas y ahí empezaron las pesquisas para intentar saber qué ocurrió en el «Lady Ghislaine». Horas después, el dispositivo de búsqueda del millonario británico estaba formado por el remolcador «Punta Llana», un avión Focker del Servicio Aéreo de Rescate (SAR), así como por tres helicópteros.

Avanzada la tarde del 5 de noviembre, el avión detectó el cuerpo de Maxwell flotando a 20 millas al suroeste de Gran Canaria. Minutos antes de que anocheciera, un rescatador de un helicóptero del SAR colocó un arnés alrededor del corpulento cadáver del millonario, que fue elevado a la aeronave y trasladado hasta unas dependencias en la base de Gando, en Telde. El rescatador afirmó que no tenía signos de violencia y que podía llevar 10 o 12 horas muerto, ya que estaba rígido y pesaba mucho.

Autopsia y declaraciones

La esposa del magnate, Elisabeth Maine, y uno de los hijos de ambos, Phillip, llegaron desde Inglaterra hasta Tenerife y, después, se trasladaron hasta Gando, donde identificaron el cadáver. La mujer comentó: «Todo un coloso», en relación a la corpulencia del empresario, que murió con 68 años.

La primera toma de declaración a los 11 tripulantes, al mando del capitán británico Angus Rankin, tuvo lugar en el cuartel de Las Américas. En el exterior del recinto se congregaron muchos periodistas para tratar de conocer novedades sobre el caso. Si la investigación sobre los hechos se llevó a cabo desde el Sur de Tenerife, los aspectos relacionados con el cadáver se resolvieron en Gran Canaria.

El juez de Guardia de Telde, Luis Gutiérrez San Juan, ordenó el levantamiento del cuerpo y su traslado al Instituto Anatómico Forense de Las Palmas, donde se le realizó la primera autopsia. Los investigadores de la Guardia Civil no encontraron ninguna contradicción o manifestación sospechosa durante la toma de declaración a los tripulantes del barco.

Mientras uno de los equipos entrevistaba a los trabajadores del yate, otros agentes llevaron a cabo la inspección ocular y el informe fotográfico del yate. Pero estos agentes tampoco descubrieron indicio alguno de una muerte violenta en la lujosa embarcación. El «Lady Ghislaine» navegó nuevamente hacia Santa Cruz de Tenerife, donde buceadores de la Guardia Civil analizaron el casco sumergido y tampoco hallaron nada de interés.

Muerte natural

Tres forenses de Las Palmas, los doctores María José Meilán Ramos; Carlos López de Lamela y García Cohen llevaron a cabo la autopsia. El informe del examen forense determinó que el fallecimiento se produjo por un fallo cardiovascular.

Por aquella época, en Canarias no existía aún el Instituto de Toxicología y Ciencias Forenses del Ministerio de Justicia, que entró en funcionamiento seis años más tarde en Tenerife. Por ese motivo, las muestras fueron llevadas a los laboratorios que la citada institución del Ministerio de Justicia posee en Sevilla y Madrid, donde serían analizadas exhaustivamente para determinar de forma definitiva las causas del óbito.

El fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC), Juan Guerra, manifestó que, por el aspecto del cadáver y las apreciaciones de los forenses, la muerte pudo ocurrir antes de caer al mar. El cadáver tenía hematomas, pero ninguno de importancia, y Guerra comentó que podían deberse a golpes sufridos durante su permanencia en el mar o bien a los que pudo recibir durante el rescate. No se consideró sospechoso que el cuerpo estuviera totalmente desnudo, ni que en los pulmones no hubiese agua.

Doble mensaje

Tras leer la prensa de la época, se percibe que la familia de Robert Maxwell hizo un doble juego comunicativo. Ante los periodistas y autoridades españolas se mostraron educados y agradecidos, mientras que ante los medios anglosajones adoptaron posturas muy críticas hacia los procesos de la investigación policial y el análisis forense. Y es que, si se confirmaba la muerte natural, podían perder los ingresos de una importante póliza de seguros, cifrada por algunos en 34 millones de dólares.

EL DÍA tituló una de sus páginas el 8 de noviembre con: «Los Maxwell dudan de las causas del fallecimiento». El cónsul británico en Tenerife, Keith Hazell, explicó a los periodistas tinerfeños que la familia estaba bastante tranquila porque estaba bastante claro que la muerte fue natural. En aquel momento, Hazell reveló que Maxwell estaba en tratamiento porque sufría un edema pulmonar. Y el diario «New York Times» afirmó que «la familia ordenó investigar a los tripulantes por sospechar de que su muerte no se debió a causas naturales». De hecho, se llegó a divulgar que investigadores contratados por la familia del magnate estaban «viajando a la isla» para intentar descubrir también qué había sucedido durante la madrugada del 5 de noviembre.

Mientras, Ghislaine, la hija menor de Maxwell, salió a una de las cubiertas del lujoso yate, donde la familia se alojó durante toda su estancia en Canarias, y leyó un escueto comunicado ante los periodistas presentes: «En nombre de mi madre, hermanos y en el mío propio, quiero agradecer la ayuda que nos han prestado las autoridades civiles, militares y judiciales de Tenerife y Las Palmas, así como a la Guardia Civil».

La cotización en bolsa de las empresas del millonario británico se suspendió durante dos días, concretamente el martes día 5 y el miércoles 6 de noviembre. El famoso forense Bernard Knight, del Cardiff Royal Infirmary, cuestionó la labor de los doctores que hicieron la autopsia en Las Palmas. Según Knight, «lo que es necesario es saber la causa y eso es algo que no conocemos». Apuntó que «el certificado de defunción hecho por los patólogos españoles no sería aceptable en uno británico».

Una vez en Israel, Knight le realizó al cuerpo una segunda autopsia, pero no pudo reflejar científicamente nada sustancialmente diferente a lo detectado por los forenses destinados en aquella época en el Instituto Anatómico Forense de Las Palmas o en los laboratorios de Madrid y Sevilla. Maxwell, en medio de una gran polémica internacional, fue enterrado en el Monte de los Olivos.

El comentario de todas las personas consultadas que participaron en la investigación, la autopsia o la cobertura informativa de la muerte de Robert Maxwell cuando se les explicó el motivo de las llamadas siempre fue el mismo: «¿Ya han pasado 20 años?». La doctora forense María José Meilán Ramos señaló que «me acuerdo de todo», pues fue un caso que generó un gran revuelo internacional. Evoca que, como mínimo, medio centenar de periodistas, tanto locales como nacionales e internacionales, esperaban conocer el resultado de la autopsia en el exterior del Instituto Anatómico Forense de Las Palmas. Meilán afirmó a EL DÍA que esas circunstancias influyeron para «trabajar muy presionados».

El equipo de tres forenses que efectuó el primer estudio al cadáver de Maxwell estaba compuesto por Carlos López de Lamela, la doctora García Cohen y la citada María José Meilán. Fue una autopsia «laboriosa, difícil y pesada», que culminó con un «completo estudio macroscópico, donde no se apreciaron signos de una muerte violenta», según Meilán Ramos.

A la vez, la forense recuerda que «teníamos unos medios limitaditos». Como aún en Canarias no se había creado el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses del Ministerio de Justicia, las muestras extraídas al cuerpo tuvieron que ser llevadas a los laboratorios de la citada institución en Sevilla y Madrid. Meilán señala que «recogimos una gran cantidad de muestras y las llevamos personalmente a la Península en avión».

El objetivo era conocer si el magnate británico pudo ser intoxicado antes de morir. Las muestras tomadas al cadáver pertenecían a la sangre, la orina y el humor vítrio (líquido existente dentro del ojo). Respecto a esta última prueba, desde el punto de vista toxicológico resulta bastante fiable. Además, los forenses canarios también transportaron a Madrid muestras de todos los órganos para el estudio «anatomo-patológico».

El resultado de las pruebas efectuadas en los laboratorios del Instituto Nacional de Toxicología no hallaron ninguna sustancia extraña en el cuerpo de Maxwell y reforzaron el informe hecho en Las Palmas; es decir, que la muerte se debió a un problema cardíaco sin ningún género de dudas, según María José Meilán.

La doctora Meilán comenta que «siempre existirá la incógnita» de por qué el cuerpo del empresario estaba en el mar. ¿Acaso estaba nadando y sufrió una parada cardiorrespiratoria que no pudo superar?, como ha ocurrido en decenas de casos en los últimos meses en las islas. ¿Sufrió el problema cardiovascular cuando estaba junto a una de las barandillas del barco y cayó al agua? O bien, ¿murió y cayó en su yate, por lo que después fue tirado por la borda por otras personas? Esas son las preguntas que faltan por responder.

Tres años después del suceso, otro de los profesionales que realizó la primera autopsia, Carlos López de Lamela, manifestó a la BBC que el cuerpo presentaba lesiones musculares que podían indicar que alguien lo había arrastrado a la barandilla del barco. Además, el forense indicó que pasó algún tiempo desde el fallecimiento del millonario hasta su caída al agua desde el yate.

Otra hipótesis barajada tras el fallecimiento fue que Maxwell pudo ser atacado con una inyección letal por parte de miembros del Mossad, que actuaron rápida y silenciosamente en alta mar.

Antes de ser enterrado, uno de los mejores y más reconocidos patólogos del mundo en aquellos momentos, Bernard Knight, llevó a cabo una segunda autopsia en Israel y tampoco halló signos de una muerte violenta. Este especialista trató de desacreditar a los doctores españoles, pero desde una perspectiva científica no pudo demostrar nada que no hubieran dicho ya los médicos destinados en Las Palmas.

Además, López de Lamela, García Cohen y Meilán Ramos tuvieron oportunidad de ver un vídeo sobre la segunda autopsia, donde fueron criticados de forma cruel e injustificada, pero no solo ellos sino los españoles en general.

Meilán recuerda que la familia, en función del resultado de las autopsias, se jugaba cobrar una póliza de seguro con una cantidad de dinero muy elevada. De hecho, se llegó a plantear la posibilidad de denunciar y llevar a juicio a los forenses españoles. Pero, al final, desecharon tal posibilidad, porque con la segunda autopsia tampoco aparecieron datos nuevos.

La doctora indica que «siempre estamos expuestos a que otros compañeros rebatan nuestras hipótesis». En ese sentido, comenta que «no estábamos nerviosos ni contrariados» porque la familia decidiera hacer una segunda autopsia, pues es igual que cuando un enfermo decide solicitar una segunda opinión médica. Por eso, apunta Meilán, «no hubiésemos tenido problema en ir a juicio a defender nuestro informe».

Aunque ha hecho otros trabajos con gran repercusión mediática, la doctora señala que, desde entonces, nunca ha participado en un caso con tanta repercusión internacional. Y superó la prueba. Aunque apenas pasaba de los 30 años de edad, ya tenía ocho de experiencia en la especialidad.

EL DÍA también habló con guardias civiles que integraron el Equipo de Policía Judicial que participó en la investigación de un asunto sobre el que siempre han existido dudas. Algunos de ellos ya están jubilados y otros continúan en activo.

Uno de los mandos comenta que se ocupó de efectuar la inspección ocular en el barco y de hacer los informes fotográficos. En el yate «Lady Ghislaine» no apareció ningún elemento que hiciera sospechar a los investigadores de una muerte violenta. «Todo estaba absolutamente normal», recuerda.

Otro de los integrantes del Equipo de Policía Judicial recordó que, ante la repercusión del caso, hasta el cuartel de Las Américas acudieron el teniente coronel Dámaso, jefe de la Comandancia Provincial, y el entonces jefe de Policía Judicial del Instituto Armado en Santa Cruz de Tenerife, el capitán Amador. A pesar de la repercusión mediática, el agente consultado por EL DÍA afirmó que nunca recibieron presiones de ningún tipo para acelerar las pesquisas. Al igual que la forense Meilán, este guardia señala que «nadie sabe cómo cayó al mar; eso sigue siendo un misterio».

Respecto a las declaraciones de los once tripulantes, señala que sus testimonios no revelaron dato contradictorio alguno que resultara sospechoso. El camarote de Maxwell estaba perfectamente ordenado y solo la cama daba muestras de que el millonario había pasado una noche inquieta, en la que se acostó y levantó varias veces. Este agente, que no quiere revelar su identidad, apunta que recuerda que era un camarote muy grande, de unos sesenta metros cuadrados, muy lujoso, con baño y dos vestidores.

Al final, las diligencias de la Policía Judicial, al igual que la autopsia, se cerraron sin apreciar una muerte violenta. La jueza que llevó el caso, Isabel Oliva, fue apartada de la carrera judicial algún tiempo después del caso por «incapacidad permanente».

 


VÍDEO: CONSPIRACIES ON TRIAL – ROBERT MAXWELL (INGLÉS)


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