Karla Faye Tucker

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Karla Faye Tucker
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 13 de junio de 1983
  • Fecha de detención: 20 de julio de 1983
  • Fecha de nacimiento: 18 de noviembre de 1959
  • Perfil de las víctimas: Jerry Lynn Dean, 27, y Deborah Thornton, 32
  • Método de matar: Golpes con un pico
  • Localización: Houston, Estados Unidos (Texas)
  • Estado: Ejecutada por inyección letal el 3 de febrero de 1998
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Karla Faye Tucker

Wikipedia

Karla Faye Tucker (Houston Texas, 18 de noviembre de 1959 – Huntsville Texas, 3 de febrero de 1998) fue una convicta por asesinato en el Estado de Texas condenada en 1984 y ejecutada catorce años más tarde.

Fue la primera mujer en ser ejecutada en Estados Unidos de América desde la ejecución de Velma Barfield en 1984, y la primera en Texas desde la ejecución de Josefa “Chipita” Rodríguez en 1863. Por ser mujer y su conversión al cristianismo, inspiró un movimiento en Estados Unidos que abogaba el cambio de la condena a muerte de Tucker por la de cadena perpetua. Este movimiento llegó a tener alcance internacional.

Biografía

Karla Tucker nació en Houston, Texas, era la más joven de tres hermanas. Su padre Larry era estibador en el golfo de México. Cuando Karla tenía diez años sus padres se divorciaron, y durante los procedimientos del divorcio, ella creyó haber sido la causa de la ruptura de sus padres. A los 12 años ya consumía drogas.

A los 14 fue expulsada del colegio, siguió a su madre Carolyn en un grupo de rock, ejerciendo la prostitución y viajando con grupos como The Allman Brothers Band, The Marshall Tucker Band, y Eagles. A los 16 años se casó con Stephen Griffith de quien se divorció poco tiempo después.

Karla Faye Tucker acudió a su juicio totalmente drogada, y por ello el juicio estuvo a punto de suspenderse. Por culpa del efecto de las drogas Karla llegó a manifestar que sintió placer sexual al matar.

Tras unos años en la cárcel se rehabilitó. Se casó con el párroco Dana Lane Brown y dio varias charlas en contra de las drogas, en ocasiones teniendo visitas de drogadictos para convencerles de acabar con su adicción a las drogas. Muchos de esos drogadictos se rehabilitaron y por ello se considera que Karla salvó más vidas que las personas que asesinó.

Crímenes

El 11 de junio de 1983, Tucker y sus amigos, después de consumir altas dosis de drogas y alcohol, fueron a robar a Jerry Lyan Dean. Cuando Dean los descubrió, Karla le asesinó a sangre fría a base de golpes de pico. También mató a la novia de Dean, Deborah Thornton.

Ejecución

A pesar de la presión nacional e internacional, Karla fue ejecutada en la Penitenciaría Estatal de Texas en Huntsville por medio de una inyección letal el 3 de febrero de 1998 a las 6:45pm. Su cuerpo está sepultado en Forest Park Cemetery de Houston.


Karla Faye Tucker pide perdón por sus crímenes poco antes de recibir una inyección letal en Tejas

Javier Valenzuela – Elpais.com

4 de febrero de 1998

No hubo clemencia. Ni el Tribunal Supremo de Estados Unidos ni George Bush, gobernador de Tejas e hijo del ex presidente’ que lideró la guerra del Golfo, usaron sus poderes para aplazar la ejecución.

Vestida con el uniforme blanco de las presas y amarrada con correas a la camilla de la celda de la muerte de la prisión tejana de Hunstville, Karla Faye Tucker recibió la inyección letal con 45 minutos de retraso. Eran las 01.45 de la madrugada de hoy, hora española.

Tucker, de 38 años, autora confesa de un doble asesinato, se convirtió en la segunda mujer ajusticiada en EE UU desde la restauración de la pena capital en 1976 y la primera en Tejas desde 1863. “Pido perdón por el sufrimiento que he causado”, dijo antes de morir.

No pudieron salvarla ni su condición de mujer ni su recuperación de la fe cristiana ni las peticiones de clemencia de las principales organizaciones humanitarias del mundo, el papa Juan Pablo II y otras personalidades religiosas.

“Tejas”, dijo su abogado, David Botsford, “no tiene piedad”. Tucker se despertó ayer en la prisión tejana de Huntsville, adonde había sido trasladada el lunes desde la de Gatesville. Pasó la mañana en el corredor de la muerte, acompañada de un reducido grupo de amigos y familiares, entre ellos su esposo, su padre y su hermana.

Según su marido, Dana Brown, un capellán de prisiones con el que Tucker se casó hace dos años, la condenada estaba “tranquila, con la moral alta y en paz con Dios”. La noche anterior había “descansado bien”. Los responsables de la cárcel relataron que al despedirse de sus familiares y amigos Tucker había llorado por primera vez en mucho tiempo.

Al mediodía, hora tejana, Tucker se duchó y se colocó el vestido que había escogido: el uniforme blanco de presidiaria que llevó en los últimos tres lustros. Luego fue trasladada a la celda inmediata a la cámara de ejecuciones. Allí recibió el último almuerzo: una ensalada, plátanos y melocotones. “No tenía mucho apetito”, declaró Larry Fitzgerald, portavoz de la prisión.

Poco después llegaron a Tejas noticias de Washington. A cuatro horas del momento previsto para la ejecución, el Tribunal Supremo de EE UU rechazaba la posibilidad de usar sus poderes para aplazar la cita con el verdugo de Tucker. El Supremo estimó que no había razones para estudiar la petición de los abogados de Tucker según la cual el mecanismo de clemencia de Tejas es “una farsa anticonstitucional”. Dos recursos presentados en el último minuto fueron igualmente rechazados.

Sólo George Bush podía salvar a la condenada, pero él también abatió el pulgar. Lo hizo por pasiva. Como gobernador de Tejas, Bush tenía derecho a aplazar un mes la ejecución, aunque no a con mutarla. Estaba atado por la decisión adoptada el lunes por el Consejo de Perdones y Libertades de Tejas. Ese organismo tenía la posibilidad de recomendar al gobernador la conmutación por cadena perpetua, pero no lo hizo. Por 16 votos a favor, 2 abstenciones y ninguno en contra, decidió que no había razones para la clemencia y que la ejecución debía materializarse.

En una comparecencia pública minutos antes de la ejecución, Bush afirmó que no podía “hacer excepciones” y tenía que asegurarse de que “todos los, delincuentes son tratados de igual manera ante la ley”. El gobernador de Tejas, concluyó así su intervención:. “Dios bendiga a Karla, a sus víctimas y a sus familiares”.

La decisión de Bush, partidario de la pena de muerte y aspirante a la candidatura republicana en las elecciones presidenciales del año 2000, no sorprendió. Antes de Tucker, Bush, investido gobernador de Tejas en 1995, había tenido 59 oportunidades de ejercer su derecho a intervenir en el último minuto para dictar un mes de aplazamiento destinado a un nuevo estudio del caso por el Consejo de Perdones y Libertades. Pero no lo había empleado ni una sola vez. Como le ocurrió a Tucker, todos y cada uno de aquellos 59 condenados —todos hombres— acudieron a su cita legal con la muerte.

Tucker nunca se había proclamado inocente. Confesó durante el juicio que en 1983 penetró en la casa de su ex amante Jerry Lynn Dean con la intención de robarle recambios de motocicleta para poder comprar drogas. Al encontrar le durmiendo con Deborah Thornton, Tucker tuvo un ataque de celos y los mató a los dos. Lo hizo con una piqueta y sintiendo, según su testimonio, un orgasmo a cada golpe. Tucker financiaba entonces su adicción a las drogas ejerciendo la prostitución.

Tucker tuvo derecho a pronunciar unas últimas palabras antes de recibir la inyección letal: “Espero que esto sirva para que Dios os de paz. Os quiero a todos. Sé que voy con Jesucristo. Allí os espero”. A su muerte, que duró apenas ocho minutos, asistieron cinco testigos escogidos por ella, como su esposo y Ronald Carison, un hermano de Deborah Thorton, la víctima femenina del crimen, que se declaró contrario a la pena de muerte y partidario del perdón.

Richard Thorton, el marido de Deborah, y sus dos hijos, todos partidarios de la pena capital tampoco faltaron a la ejecución. “Sólo cuando vea muerto a ese monstruo, podré empezar a respirar tranquilo”, había dicho por la mañana Thorton.


No hubo clemencia para Karla Tucker

Jorge Elías – Lanacion.com.ar

4 de febrero de 1998

WASHINGTON.- La ejecutaron. No hubo clemencia de la Corte Suprema ni del gobernador de Texas, George Bush (hijo). Ni los oficios del papa Juan Pablo II, de las Naciones Unidas, del Parlamento Europeo y de la Coalición Cristiana surtieron efecto. Nada.

Karla Faye Tucker murió ayer más allá de la hora señalada, a las 18.45, hora local (a las 21.45, hora de la Argentina), minutos después de que le aplicaron la inyección letal. En la sala contigua estuvo conectado hasta el último suspiro un fax del que sus abogados esperaron vanamente un milagro. “Los amo a todos”, fueron sus últimas palabras, informó un vocero del penal, que también dijo que Karla pidió perdón a los familiares de sus víctimas.

Entre los testigos de la ejecución se hallaba Dana Brown, el pastor de la prisión de Gatesville con quien se casó hace dos años, y el marido y los hijos de una de las dos víctimas de su doble crimen.

Karla Faye Tucker fue la primera mujer sometida a la pena capital en el país en los últimos 14 años y la primera de la centuria en Texas. Su suerte estaba echada anteayer, vencido el plazo para revisar su caso. Ella, convertida al cristianismo en prisión, esperaba compasión, sin embargo.

Compasión que, en el entramado legal, quedó en una nebulosa entre Bush, temeroso del costo político en su próxima carrera hacia la Casa Blanca, y la Corte, cinco de cuyos nueve miembros respaldaron con firmeza la solución más drástica.

Karla, de tez mate, pelo negro y ojos marrones, nació en 1959, en Houston. Era hija de una bonita secretaria ejecutiva que ejercía la prostitución, Carolyn Moore. De su padre, Lawrence Earl Tucker, ni recuerdos coleccionaba. A los ocho años ya consumía marihuana y a los 10 se inyectaba heroína. Desde los 14, guiada por su madre, ejerció la profesión más antigua del mundo.

En una celebridad se había convertido últimamente. Tenía 38 años: “No le temo a la muerte -le dijo a Larry King, por CNN-. Sé hacia dónde voy. Jesús me aguarda. Aunque ya no sea una amenaza para la sociedad”. También concedió entrevistas a los programas “60 Minutes”, “Charles Grodin”, “Court TV” y, su favorito, “The 700 Club”, conducido por Pat Robertson, un predicador de gran audiencia que, antes partidario de la pena de muerte, sumó ahora su voz para pedir el perdón. “Esto es un circo”, protestaban los guardias, según cuenta Beverly Lowry, autora de un libro sobre Karla, “Crossed Over”, en The New Yorker.

La última cena

Desde el lunes estaba en Huntsville, unas 80 millas al norte de Houston. Allí se realizan las ejecuciones en Texas y, curiosamente, sólo los empleados pueden fumar. Ni el último deseo de un condenado puede torcer la prohibición, según Lowry. Karla había sido trasladada desde Mountain View, la prisión femenina de máxima seguridad del Estado en donde había pasado 15 años.

En la última cena, como era su deseo, le sirvieron una banana, duraznos, lechuga, y tostadas. Poco antes se había despedido de sus familiares y de sus amigos mientras, en la puerta del penal, un gentío portaba pancartas de rechazo a la pena de muerte.

Karla no era Magdalena y, quizá por ello, la Corte, respetuosa de las respuestas negativas a la solicitud de clemencia de la Junta de Perdones y Libertad Condicional de Texas y de un juez federal de Austin, no revisó ayer la sentencia.

Bush podría haber aplazado por un mes la ejecución, pero, al filo de la noche, pidió que rezaran por ella. Había dejado todo en manos del máximo tribunal, soslayando las 700 cartas que recibió en los últimos meses, tanto de Texas como de otros Estados, en favor del perdón.

En un aprieto se vio Bush, republicano, ya que, en su afán de seguir las huellas de su padre en la carrera hacia la presidencia, la Coalición Cristiana, grupo religioso conservador de mucho poder en su partido, se paró en la vereda de enfrente.

El pedido de clemencia, cadena perpetua a cambio de la pena capital, estuvo fundamentado en el hecho de que Karla, devota desde que estaba en prisión, ya no era un riesgo para la sociedad. De él se hizo eco hasta el Papa. Una conmutación del castigo podría haberla hecha elegible para obtener la libertad bajo palabra en el 2003.

Crimen espantoso

El crimen que cometió fue espantoso. Mató a dos personas con un pico, en 1983. Tenía 23 años. Jerry Lynn Dean, de 27, y Deborah Thornton, de 32, resultaron las víctimas. Ella cayó, en Houston, junto con su novio, Danny Garrett, entonces de 37 años, muerto en 1993 por causas naturales, en la prisión de Huntsville.

La última mujer ejecutada en Texas había sido Chipita Rodríguez, en 1863, por el asesinato de un comerciante de caballos. Murió en la horca, en el condado de San Patricio. Desde que la Corte restableció la pena capital, en 1976, sólo una había muerto: Velma Barfield, de 52 años, en 1984, en Carolina del Norte, también por homicidio premeditado.

Este caso puso entre la espada y la pared a quienes, en pos de la igualdad, no guardan reparos entre uno y otro sexo en las ejecuciones. Pues de los 436 que están hoy en la llamada fila de la muerte, sólo seis son mujeres. Karla era la séptima, hasta ayer.

Varias encuestas dejaron entrever que la gente no estaba dividida. Una de The Houston Chronicle, realizada la semana última, sobre 802 adultos, decía que el 48 por ciento apoyaba la ejecución y que el 24 por ciento se inclinaba por la cadena perpetua. El 27 por ciento prefirió no emitir juicio.

Otro tanto sucedió con un sondeo de CBS News: 54 por ciento apuntó su pulgar hacia abajo y apenas el 37 por ciento optó por el perdón. Entre ellos, el 61 por ciento respaldó la pena de muerte. Más alto fue el índice que recogió The Dallas Morning News: el 75 por ciento.

“Me alegra mucho de que haya tenido los últimos 15 años para ajustar las cuentas con su Creador -esgrimió Joe Magliolo, el abogado que actuó como fiscal en el juicio de Karla-. Lamentablemente, las víctimas tal vez no hayan tenido ni 15 segundos.” Que en paz descanse.

El negocio de la muerte

Una ejecución capital en Huntsville es como el lanzamiento de un cohete en Cabo Cañaveral, ya que la ciudad vive gracias a estas ocasiones.

El día de una ejecución los hoteles están completos, los negocios suben los precios. El caso de Karla Tucker superó todas las expectativas.

Por la calle principal de Huntsville pasaron, con carteles de protesta, grupos heterogéneos de manifestantes, desde los integristas religiosos de derecha del reverendo Pat Robertson hasta liberales de izquierda.

Los habitantes de Huntsville alquilaron los estacionamientos a 10 o 20 dólares por día, que representa muy poco para los visitantes, acostumbrados a los precios de las grandes ciudades.

La cárcel es para la ciudad, de 27.000 habitantes, una fuente de trabajo y de atracción turística. Un folleto de la Cámara de Comercio propone un itinerario, que comienza en el museo de la prisión de Huntsville, la más antigua de Texas, y termina en el cementerio donde están sepultados los condenados a muerte.

En el museo se puede “admirar” a “Old Sparky”, la silla eléctrica usada para todas las ejecuciones en Texas entre 1924 y 1964, cuyo nombre significa “la vieja que hace chispas”.

Tres sustancias letales

La inyección letal, el método más utilizado en los Estados Unidos para ejecutar a los condenados a muerte y que fue administrada a Karla Faye Tucker ayer en Texas, combina tres productos químicos que matan en pocos minutos.

La solución letal está compuesta de bromuro de pancuronio, cloruro de potasio y tiopentolato de sodio.

El primero de esos productos está destinado a dormir al condenado atado a una camilla, el segundo a cortar la respiración y el tercero a parar el corazón.

La inyección es administrada por un voluntario anónimo con conocimientos médicos, que comienza a operar desde un cuarto contiguo, protegido por un vidrio espejado, después de que el condenado pronuncia sus últimas palabras. La persona ejecutada pierde conciencia al cabo de pocos minutos, pero se necesitan seis o siete minutos antes de que el médico confirme la muerte.

 


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