Julio López Guixot

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El crimen de las quinielas

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 30 de julio de 1954
  • Fecha de detención: 27 de noviembre de 1954
  • Fecha de nacimiento: 1924
  • Perfil de las víctimas: Vicente Valero Marcial, 26, cobrador del Banco Central
  • Método de matar: Golpes con un pequeño yunque de zapatero envuelto en unos trapos
  • Localización: Alicante, España
  • Estado: Ejecutado a garrote vil el 21 de agosto de 1958
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Julio López Guixot – El crimen de las quinielas

Francisco Pérez Abellán

El descubrimiento de un método para acertar trece resultados. La angustia del fracaso. Una idea desesperada con la que convence a su mejor amigo. Las chicas inexistentes de la casita de Vistahermosa. Un cadáver con muchos problemas que acabaría delatando al asesino.

Julio López Guixot, el «asesino de las quinielas», nació en Murcia de padre desconocido. Fue entregado en la Beneficencia, donde le impusieron el nombre de Julio Meseguer Linares, pero andando el tiempo, su madre, compadecida de él, lo reconoció y le dio sus apellidos. Quizá este comienzo marcó toda su vida. Algunos de sus amigos opinaban que julio se pasó toda su existencia rumiando la afrenta de su nacimiento, por lo que odiaba a la sociedad y había generado un carácter áspero.

Desde muy pequeño fue acogido por Teresa, una mujer bondadosa que fue su verdadera madre, de la que sólo se separó para casarse. En septiembre de 1943, julio ingresó como voluntario en el Ejército del Aire y pocos días más tarde fue objeto de un expediente por ser el autor de una carta en la que se incitaba a la rebelión militar. El proceso iniciado por este asunto terminó en una condena de diez años de prisión. Cuando fue puesto en libertad se le informó erróneamente de que había sido expulsado, por lo que no tendría que realizar el servicio militar.

Instalado en Elche, se hizo muy amigo de un joven empleado de banca, José Segarra. Su relación se hizo más intensa al conocer a la hermana de este, Asunción, con la que estableció una apasionada historia de amor.

Julio necesitaba destacar, asombrar al mundo, y ya que no por otros motivos, un día descubría una fórmula que, según él, le permitiría acertar con frecuencia trece resultados en las quinielas. Entusiasmado por su hallazgo convenció a Segarra y otros dos amigos con el fin de fundar una peña quinielística. Para seguir el plan se vieron obligados a pedir créditos, algunos a muy alto interés, siempre espoleados por Julio.

Consiguieron poner en marcha la experiencia que resultó un enorme fracaso. A consecuencia del mismo, los amigos de julio y la propia familia de su novia quedaron en mala situación económica, viéndose obligada esta última a hipotecar la casa en la que vivían.

Julio resultó muy afectado. Se prometió perfeccionar su sistema para recuperar todo lo invertido. Pero le esperaba una desagradable sorpresa: la Guardia Civil fue a buscarlo para llevarle a un batallón disciplinario donde se vio obligado a terminar el período de servicio militar interrumpido por los diez años de condena.

Durante ese tiempo que tuvo que pasar en África obligado por las circunstancias, perfeccionó su sistema ganador de las quinielas. De manera que una vez licenciado, en diciembre de 1952, volvió a Elche dispuesto a reemprender sus intentos para conseguir ser millionario.

A los treinta años, Julio era ambicioso y soberbio y se encontraba asqueado de la vida. Sin embargo, se negaba con todas sus fuerzas a ser una víctima de la sociedad. Por eso trató de mostrarse más que nunca inteligente y dominante, apareciendo como auténtico enamorado de sí mismo, física e intelectualmente. Cultivaba su cuerpo practicando artes marciales y afinaba sus dotes aplicando su sistema quinielístico para el que era necesario llenar todas las semanas un mínimo de doscientos boletos.

Aunque era difícil, consiguió socios capitalistas, logrando demostrar la eficacia de su método ganando varios premios, uno de ellos de sesenta y cuatro mil pesetas. Aquel éxito arrastró a Julio que enfebrecido por su deseo de ganar aumentaba la inversión cada semana sin obtener los resultados apetecidos.

Algunos amigos desistieron y el socio capitalista se decepcionó por los resultados abandonando a Julio que quedó lleno de deudas y otra vez desesperado. Es en ese momento cuando alumbra en su cerebro la vieja idea del crimen.

Aprovechando el ascendiente que tenía sobre Segarra, un hombre que le admiraba ciegamente, le planteó la posibilidad de atracar a uno de los habilitados del banco en el que trabajaba, concretamente a alguno de los encargados de transportar dinero desde la central de Alicante hasta la sucursal de Elche.

Después de varias conversaciones Segarra aceptó y acordaron desvalijar a Vicente Valero Marcial aprovechando sus frecuentes viajes de transporte de dinero, porque siendo un viejo amigo y compañero de Segarra parecía hasta cierto punto fácil engañarle.

El plan era simple: alquilar una casita para veraneantes donde habrían de cometer el crimen, pues cada vez mas, aunque sin hablarlo expresamente, se daban cuenta de que eran incapaces de robar al habilitado sin tener que darle muerte. Y se encargaron de escribir una carta dirigida al propio Segarra en la que supuestamente una chica conocida de otros tiempos había decidido pasar el verano en Alicante y le animaba a visitarle pidiéndole que llevara un amigo para una compañera que estaba con ella, lo que era la trampa para Valero, a quien tenían por aficionado a las mujeres. Ya sólo quedaba esperar la ocasión más propicia.

Julio se desplazó a la colonia Vistahermosa de la Cruz, cercana a Alicante, y allí alquiló una casita «para una familia de Albacete», dejando una señal de quinientas pesetas, obteniendo a cambio la llave. Al mismo tiempo avisó a un amigo de Logroño que habría de intervenir en caso de que algo saliera mal. Por su parte, Segarra se hizo el encontradizo con Valero al que le mostró la carta invitándole a ser su acompañante, lo que el otro aceptó y quedó en que llegado el momento le avisaría.

Mientras tanto Segarra, que se aprovechaba de la total confianza que tenía Valero en él, pues se conocían desde niños, se frecuentaban y habían sido ambos padrinos en la respectiva boda del otro, preparó las cosas en el banco diciendo que estaba enfermo y que le habían dicho que tenía que ir a menudo a Alicante a la consulta del médico.

Por fin, el viernes 30 de julio de 1954, al incorporarse al trabajo, Segarra escuchó que a Valero le enviaban a recoger dinero a Alicante por lo que vio llegada la ocasión que esperaba. Se apresuró a pedir permiso para ir al médico que, según él, le había citado urgentemente, avisando después a Julio que se trasladó en moto a Alicante junto a un cómplice llegado de Logroño.

Segarra subió en el mismo autobús que tomó Valero y al final del trayecto volvió a hacerse el encontradizo felicitándose por su buena suerte. Según le expuso a su viejo amigo aquello era el destino que los unía para que pudieran visitar a las chicas que les esperaban en Vistahermosa. Quedaron citados a las once en la puerta de la consulta del médico.

Acto seguido, mientras Valero iba al banco a por el dinero que tenía que recoger, Segarra se encontró con el cómplice y fueron juntos a la consulta que sería en cualquier caso su coartada. Al darse cuenta de que no conseguiría número hasta después de las once, dejó encargado a su compinche y bajó a esperar a su víctima. Una vez juntos tomaron un taxi para dirigirse a la urbanización.

Ya en el chalet, entró primero Segarra, seguido de Valero, quien fue sorprendido por Julio que lo esperaba desde hacía una hora. Sin darle tiempo a reaccionar, le golpeó en la nuca con un pequeño yunque de zapatero envuelto en trapos. Al darse la vuelta tambaleante recibió otro golpe en la frente que le hundió el cráneo. Segarra, sin conmoverse, recogió la cartera en la que sólo encontró cuarenta mil pesetas. Ninguno de los dos asesinos cayó en la cuenta de que el resto del dinero, hasta un cuarto de millón, estaba oculto en las ropas de la víctima.

Minutos después salía Segarra montando en el taxi que les había llevado hasta allí, al que había pedido que le esperara para asistir a su cita con el médico. En la casa quedaba Valero herido de muerte que sufriría una larga agonía y Julio López, su asesino, obligado a presenciarla, que recordaría para siempre el tiempo que aquel tardó en morir, asistiendo paralizado por el terror, mientras trataba de concentrarse en la tarea de limpiar las huellas.

Precisando comprar una manta y un saco grande para envolver el cadáver, el criminal tuvo la necesidad de salir. Al cerrar la puerta se le rompió la llave, con lo que tuvo que hacer acopio de valor para pedirle otra a la administradora. A la vuelta sufrió un acceso de miedo al ver que el cuerpo se había movido de donde lo dejó, pese a lo cual tuvo el suficiente ánimo para desnudarlo y envolverlo con la manta y el saco.

Aunque había quedado encargado de hacer desaparecer el cadáver no se atrevió a llevarlo a cabo. Y en uno de sus intentos, pues volvió varías veces al lugar del crimen, perdió la llave de la casa sin atreverse a solicitar por segunda vez otra nueva. Optó por decirle a Segarra que se había desprendido del cuerpo donde nadie lo encontraría y fue capaz de vivir cuatro meses despreocupadamente e incluso llegó a casarse con la hermana de Segarra, mientras el cadáver permanecía en la casita de Vistahermosa.

Finalmente la administradora descubrió el hedor que salía de aquella vivienda alquilada que nadie había ocupado y avisó a la Guardia Civil. Los restos encontrados, especialmente un trozo de papel blanco con una huella dactilar y la punta de un pañuelo, ambos semiquemados, encaminaron la investigación hacia el empleado del banco de Elche desaparecido con un buen puñado de dinero. Aquello llevó fácilmente a la detención de Segarra y la búsqueda incesante de Julio López que disfrutaba de su luna de miel.

Decidídamente Julio nunca tuvo suerte con las quinielas: su mayor premio fue la causa de su detención. Se supo que había acertado un boleto al que correspondían nada menos que ciento veintisiete mil pesetas que sólo podría cobrar en Murcia o Cartagena.

Y fue en Murcia donde los policías le detuvieron cuando entraba en la oficina de apuestas. Iba del brazo de su mujer que estaba ajena a todo el entramado del crimen. Se tomó la detención con cierto alivio, porque según dijo vivía angustiado, y lo confesó todo con gran lujo de detalles. Tanto él como su cuñado fueron condenados a muerte, pero mientras Segarra alcanzó la gracia del indulto, Julio fue ejecutado en el garrote vil en el verano de 1958, en Alicante.

 

Más información en: «El crimen de las quinielas»

 

 


AUDIO: ELENA EN EL PAÍS DE LOS HORRORES – EL CRIMEN DE LAS QUINIELAS


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