Julio González

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Julio González

El incendio del Happy Land

  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Celos - Cubano despechado con su novia incendia discoteca
  • Número de víctimas: 87
  • Periodo de actividad: 25 de marzo de 1990
  • Fecha de detención: Día siguiente
  • Fecha de nacimiento: 10 de octubre de 1954
  • Perfil de las víctimas: Hombres y mujeres (la mayoría personas de nacionalidad hondureña que estaban celebrando el carnaval garífuna
  • Método de matar: Fuego (roció con gasolina la única escalera existente para salir de la discoteca y prendió fuego)
  • Localización: Nueva York, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Condenado a 174 sentencias de 25 años de prisión (un total de 4.350 años) el 19 de septiembre de 1991
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Julio González – El incendio del Happy Land

Matase.wordpress.com

Julio González nació el 10 de octubre de 1954 en Cuba, donde pronto se integró en el Ejército. Sin embargo, las cosas no resultaron como él esperaba en la vida militar y decidió desertar. Fue capturado y encarcelado por desertor en una prisión militar durante 5 años.

Una vez en libertad decidió probar suerte en los Estados Unidos y llegó clandestinamente allí en el año 1980, durante el llamado «Éxodo del Mariel».

Una vez en Estados Unidos comenzó a trabajar en una fábrica de lámparas ayudado por otros exiliados cubanos en el barrio del Bronx, en Nueva York. Con el transcurrir del tiempo conoció a Lydia Feliciano, una joven de origen hispano con la que entabló amistad y con quien finalmente tendría una relación sentimental.

Sin embargo, poco a poco Julio comenzó a alcoholizarse y tanto su relación con Lydia como su situación profesional empezó a empeorar hasta el punto de que fue despedido por sus continuas borracheras. Poco después de perder el trabajo Lydia también decidió dejarle.

En vanos intentos por retomar la relación, Julio continuaba apareciendo por el trabajo de su ex novia, un local de fiestas llamado «Happy Land», donde ella trabajaba en el guardarropa.

El 25 de marzo de 1990 se dirigió un tanto embriagado al trabajo de su ex, lugar donde se estaba celebrando una fiesta de Carnaval por parte de unos jóvenes de origen hondureño.

Estalló nuevamente una discusión en la que Julio instaba a Lydia a abandonar el local e ir a hablar con él. Ella se negó rotundamente, diciendo que ya estaba harta, que no quería volver a saber nada más de él. El portero del local actuó en consecuencia y lo expulsó del recinto.

Testigos presenciales comentaron que costaba entender los gritos proferidos por Julio debido a que tenía un habla muy perjudicada por el alcohol, aunque a pesar de ello llegaron a entender que no tenía amigos, ni dinero, ni nada.

Mientras finalmente se marchaba, encontró junto a un contenedor un recipiente [de] plástico bastante grande, con lo que decidió cogerlo y llenarlo de gasolina en una gasolinera cercana. Una vez hecho esto regresó ante la puerta del local, desparramó la gasolina delante del único escalón que había (era de bajada) y le tiró dos cerillas encendidas.

Posteriormente se fue a su casa, se sacó la ropa manchada en gasolina y se acostó a dormir.

Mientras tanto el local comenzó a arder. En el Happy Land la salida de emergencia estaba cerrada a cal y canto, previsiblemente porque los dueños querían evitar a toda costa que la gente pudiese hallar un modo de entrar sin pagar la entrada.

Poco después llegaron los bomberos y lograron derribar la puerta de emergencia, con lo que lograron sacar a alguna gente de aquel infierno, Lydia Feliciano entre ellos. Desgraciadamente, 87 personas que había en el interior no lograron escapar.

Lydia puso en conocimiento de las autoridades lo que había ocurrido con su ex novio, quien fue detenido la tarde siguiente en su apartamento. En el momento de la llegada de la policía, Julio admitió haber prendido fuego a la puerta del local, pero no sabía la tragedia que había causado.

Fue acusado de 87 cargos de incendio premeditado y 87 cargos de asesinato (dos cargos por cada víctima). El jurado lo encontró culpable y finalmente, el 19 de agosto de 1991 fue condenado a cadena perpetua con un cumplimiento mínimo de 25 años. Actualmente se encuentra en la Prisión Estatal de Clinton (Nueva York).


El infierno de Happy Land

José Luis Durán King – Operamundi-magazine.com

20 de julio de 015

El club nocturno Happy Land había sido clausurado tiempo atrás por no contar con los requerimientos de seguridad que exigía la normativa, entre ellos, extintores y salidas de emergencia suficientes. La noche del 25 de marzo de 1990 el local daba servicio de forma ilegal a una fiesta de hondureños.

En 1980, miles de cubanos tomaron la embajada de Perú en La Habana solicitando asilo diplomático. El propósito de esa acción era presionar al gobierno local para abandonar la isla.

El gobierno de Fidel Castro finalmente aceptó la petición, pero con una condición: que lo hicieran si algún familiar los recogía en Puerto de Mariel, al noroeste de Cuba. Se calcula que fueron más de 120 mil «marielitos» (como la prensa bautizó a los inconformes) los que salieron de la isla caribeña, con destino mayoritario a Florida, Estados Unidos.

Las facilidades dadas por el gobierno de Cuba en realidad las sustentaba un plan con maña: deshacerse de una enorme cantidad de ciudadanos «indeseables», entre los que había ex convictos, traficantes y desertores de la milicia.

Julio González, un ex convicto y desertor estuvo en uno de los grupos que arribó a Florida, alcanzando así el sueño de llegar a suelo estadounidense, donde, paradójicamente, también aquellos disidentes fueron etiquetados como «indeseables y un peligro para la sociedad».

Poco tiempo después de que fue liberado del campo de refugiados en el que estuvo mientras le daban los documentos que avalaban su estancia en la Unión Americana, González eligió Nueva York como lugar de residencia.

Esa década, el hombre la sobrevivió con empleos temporales, metiéndose continuamente en problemas de faldas y a causa de su excesivo gusto por las bebidas alcohólicas.

La noche del 25 de marzo de 1990, González estuvo bebiendo en un club llamado Happy Land, que estaba ubicado en la esquina noroeste de Southern Boulevard y la avenida East Tremont, en el Bronx. El individuo tenía poco tiempo de que había perdido su empleo en una empacadora de lámparas en Queens.

Para González, la pérdida de su empleo era motivo suficiente para beber. Aunque en realidad había acudido al Happy Land porque ahí trabajaba Lydia Feliciano, su amante en turno, con quien había discutido la noche anterior, y que cumplía su turno en el guardarropa del club.

González traía en mente reconciliarse con Feliciano, aunque, de no lograrlo, pondría en marcha su plan B. De hecho, cuando la joven le dijo «mañana nos vemos por la noche», el individuó amenazó: «Ya veremos. Mañana en la noche ya no trabajarás ahí. Te lo juro».

La reconciliación entre los amantes no llegó. En vez de eso, González fue echado del club por escandalizar.

El club nocturno Happy Land había sido clausurado tiempo atrás por no contar con los requerimientos de seguridad que exigía la normatividad, entre ellos, extintores y salidas de emergencia suficientes en caso de que ocurriera un siniestro en el interior. Es decir, la noche del 25 de marzo de 1990, el local daba servicio de forma ilegal a una fiesta de hondureños.

González caminó algunas cuadras y compró por un dólar un recipiente de plástico, al que llenó de gasolina. Regresó al Happy Land, entró de forma furtiva, vació la gasolina en la escalera y arrojó un cerillo.

El inmueble se convirtió en un infierno. La única puerta de emergencia estaba cerrada como siempre lo estuvo, para que evitar que la gente se fuera sin pagar.

Fueron 87 personas las que murieron en el club nocturno. Irónicamente, Lydia Feliciano fue la primera en salir del sitio -y una de las pocas sobrevivientes- cuando vio que el fuego ganaba rápidamente terreno.

González no se quedó a averiguar de qué tamaño era la tragedia que había provocado. Se retiró rápidamente y se fue a dormir a su departamento, donde fue capturado al día siguiente. Recibió una sentencia de 4 mil 350 años de prisión.

Sin embargo, la ley estadounidense le autoriza solicitar su libertad bajo palabra, petición que Julio González planea hacerlo en 2015.


A quince años de la tragedia de Happy Land

Diegograglia.net

Marzo 2005

Hace quince años, Rubén Valladarez se estaba quemando vivo.

El 25 de marzo de 1990, él era el disc jockey en la discoteca Happy Land en El Bronx cuando un novio despechado incendió el lugar y mató a 87 personas, la mayoría inmigrantes hondureños. Valladarez, quien sufrió graves quemaduras al salir corriendo entre las llamas, fue uno de los dos únicos sobrevivientes entre quienes estaban en el segundo piso.

Aún hoy, y a más de mil millas del Bronx, Valladarez se acuerda a diario de aquella noche. «Trato de olvidar, pero no se puede», dijo en una entrevista telefónica desde su casa en un suburbio de Orlando, en Florida.

«Me pongo deprimido a veces», añadió. «(Pienso) que por qué a mí, por qué me tocó esto a mí, eso es lo que más me acuerdo, que por qué pasó. Porque tenía muchos amigos ahí, tenía mucha gente que conocía ahí adentro ese día».

La tragedia -una de las mayores en la historia de la ciudad- conmovió a todo Estados Unidos. Pero el dolor también llegó a varios pueblos de la costa norte de Honduras, de donde provenía la mayoría de los que murieron. Happy Land, que funcionaba en forma ilegal por no cumplir con medidas de seguridad, era el lugar de diversión preferido de los hondureños y, en especial, de los garífunas, miembros de una tribu caribeña.

Una década y media después de la tragedia, Valladarez habló con Hora Hispana de las cicatrices físicas y espirituales que le dejaron las llamas que atravesó aquella noche. Según dijo, las marcas en sus piernas y abdomen y la mano izquierda que no funciona del todo bien le recuerdan todos los días las heridas aún más profundas y dolorosas que lleva en el alma.

«A veces me levanto en la noche», dijo, a causa de pesadillas en que ve a los que estaban en la disco: «No sé… de repente me vienen esas cosas de la gente que estaban conmigo sentados».

Aquella madrugada de domingo, el cubano Julio González fue hasta Happy Land para intentar en vano reconciliarse con su ex novia, Lydia Feliciano, quien trabajaba en la disco. Cuando la discusión amenazó ponerse violenta, un custodio del lugar expulsó a González. Despechado, éste volvió con un recipiente con un dólar de gasolina. Esparció el combustible en la entrada y lo encendió con dos fósforos.

En el piso de arriba, Valladarez hacía sacudir a la gente al ritmo de la punta, la música fiestera preferida de los garífunas. A su lado estaba José Álvarez, su compadre y ex compañero de escuela primaria en Trujillo, a quien nunca volvería a ver.

Cuando se enteraron de que había un incendio, el fuego ya cerraba el paso en la escalera. Las luces se apagaron y Valladarez, que había tratado de calmar a la gente por los parlantes, gritó desesperado: «Los que quieran vivir, síganme». Se lanzó hacia abajo en medio del infierno, el humo, los gritos. Nadie lo siguió.

«No era mucho, pero era bien intenso el fuego», recordó Valladarez. «Solamente cerré los ojos y cuando me di cuenta ya estaba afuera. Ahí, ya no me acuerdo de nada». El dolor era tan fuerte que se desmayó y se despertaría recién días después en el hospital.

Felipe Figueroa, otro empleado que había estado en el piso de arriba pero salió ileso instantes antes que Valladarez, lo vio aparecer envuelto en llamas. «No sabía ni quién era, de tan quemado, tan deformado que estaba», contó días después al New York Times.

Los gases y el humo causados por el incendio llenaron el salón de arriba y mataron a todos en instantes: fue tan rápido que los bomberos que llegaron poco después encontraron, entre las pilas de cadáveres, algunos que aún sostenían vasos en sus manos.

Hoy, el cubano González está en la prisión de máxima seguridad de Clinton, en el norte del estado cerca de la frontera con Canadá. En 1991, fue encontrado culpable de dos cargos de asesinato por cada una de las víctimas y recibió una condena de entre 25 años en prisión y perpetuidad, la máxima posible en ese momento. Tendrá derecho a una audiencia de libertad condicional en 2015.

Las familias de los fallecidos enjuiciaron al dueño del edificio y otros responsables. En 1995, recibieron un promedio de 163 mil dólares por cada víctima, en un acuerdo que muchos consideraron insuficiente.

Valladarez recién se enteró de que todos los ocupantes del segundo piso habían muerto varios días después del incendio, en el hospital donde estuvo por dos meses y medio. «Me tuvieron que amarrar a la cama, porque volvía a gritar», dijo. «A la noche, miraba a toda la gente que me venía a buscar y todas esas cosas, tenía malas pesadillas. Duró mucho, pero mucho».

Más de un año después del fuego, se enfrentó al hombre que casi lo mató, al testificar en el juicio contra González. Al verlo, sintió «ganas de matarlo», aseguró. «Pensaba que ese hombre estaba loco, hermano, para hacer una cosa así. Estaba loco».

Aunque nunca se decidió a hacerlo, el ex DJ aseguró que más de una vez se le cruzó por la mente visitar a González en la cárcel, para «preguntarle por qué hizo eso, sentarme a verlo en la cara».

Valladarez, quien trabaja como chófer de una empresa de construcción, vive con su esposa y dos de sus cuatro hijas en el tranquilo pueblo de Poinciana. Se fue a Florida en parte para tratar de dejar atrás esa noche que le cambió la vida, aunque dijo que no lo logró.

Todavía le gusta la música y guarda sus equipos de sonido, que no se quemaron en el incendio. Pero no volvió a trabajar de DJ. «A veces salgo a bailar», dijo. «Voy a las discotecas, pero siempre estoy pendiente de las puertas. Estoy cerca de la puerta, porque aquí la gente está loca, en este país».

Cuando viene a Nueva York, Valladarez visita el obelisco de mármol marrón que recuerda a las víctimas del incendio en una plazoleta de Southern Boulevard. El monumento, que tiene grabados los nombres de las 87 víctimas fatales, está frente al lugar donde estaba Happy Land, hoy ocupado por un salón de belleza y una tienda de envíos de dinero.

Al volver a ese lugar, a Valladarez lo invade la rabia. «Tantas cosas me pasan en la mente», dijo.

Este domingo 27, familiares de las víctimas y miembros de la comunidad hondureña recordarán la tragedia con una misa a las 12.30 en la parroquia St. Thomas Aquinas, en el 1900 de Crotona Parkway. Luego, marcharán hasta el monumento, a pocas cuadras de allí, y realizarán una ceremonia garífuna en el local de Jamalali Uagucha, una organización civil frente a la iglesia. (El teléfono es 718-617-3421).

Para la comunidad garífuna, aquel 25 de marzo fue traumático. Todos recuerdan dónde estaban en ese momento o cómo se enteraron de lo que había pasado. La presidenta de Jamalali Uagucha, María Elena Máximo, perdió a un sobrino esa noche y ella misma salió de la disco minutos antes de la tragedia. «Cuando llegué a casa», recordó, «ya estaba en llamas».


Se cumplen 23 años de tragedia en discoteca Happy Land donde murieron casi 40 dominicanos

Miguel Cruz Tejada – Elsoldeny.com

26 de marzo de 2013

Hoy 25 de marzo se cumplen 23 años de la horrenda tragedia provocada por los incontrolables celos del cubano «marielito» Julio González, quien despechado con su novia Lydia Feliciano, le pegó fuego a la discoteca Happy Land de la avenida East Tremont en El Bronx en la que murieron casi 40 dominicanos de un total de 87 víctimas.

El crimen que horrorizó al mundo por sus características siniestras y la trampa en la que murieron las víctimas, debido a que la discoteca no tenía salidas de emergencia, ocurrió el 25 de marzo de 1990.

González fue condenado el 19 de septiembre de 1991 a 4.350 años de cárcel, dos cadenas perpetuas consecutivas por cada víctima, pero será elegible para libertad condicional en el 2015, dentro de dos años.

La mayoría de los muertos eran ecuatorianos de la comunidad garífuna y perecieron también algunos puertorriqueños y centroamericanos que tenían a la discoteca, una de las más concurridas de esa época, como su lugar favorito de diversión.

La novia del psicópata que había venido a Estados Unidos en el barco «El Mariel» en el que el entonces presidente de Cuba Fidel Castro, mandó a cientos de prisioneros, pudo salvarse gracias a que terminó su turno de ese día en la discoteca y se había marchado a su casa.

González, la amenazó siendo ella empleada del establecimiento y le advirtió que «hasta hoy, trabajas aquí». Luego fue a una estación de gasolina cercana, compró un galón de gasolina, que roció en la escalera e incendió la discoteca, mientras el gentío dentro bailaba y disfrutaba del ambiente.

El negocio funcionaba en un sótano.

Los hondureños celebraban el carnaval garífuna que realizan cada año en El Bronx. La discoteca había recibido numerosas multas y advertencias de inspectores de la ciudad por docenas de violaciones al código de edificios que obligaba al dueño tener puertas de salidas de emergencia, las que nunca puso.

Tampoco había alarmas y sistema de rociadores de agua.

Esa macabra noche, González había discutido con su novia que trabajaba recibiendo los abrigos de los clientes y fue expulsado por el guardia de seguridad. Se le escuchó gritar las amenazas contra la mujer.

Otras salidas habían sido bloqueadas para evitar que alguien entrara sin pagar. Los pocos que escaparon lograron romper una hoja de metal que cubría una de las puertas de madera.

Luego del crimen, González se fue a su casa, se cambió la ropa empapada de gasolina y se quedó dormido mientras docenas de seres humanos perecían en medio del voraz incendio, quemados o asfixiados por el humo.

Fue arrestado horas más tarde y en los interrogatorios les detalló a los investigadores cómo planificó el incendio. El juez ordenó exámenes psicológicos que dieron negativo por lo que se enfrentó a un juicio sin querer negociar con la fiscalía.

El 19 de agosto de 1991 fue declarado culpable por el jurado de 87 cargos de asesinatos en primer grado e incendio premeditado, siendo condenado a 174 sentencias de 25 años cada una, un total de 4.350 años.

Fue sentenciado un mes tarde y está recluido en la prisión estatal de Clinton en Nueva York. Hasta el momento, es la condena más larga impuesta a un criminal en estado.

El dueño del edificio Alex DiLorenzo y los arrendatarios Weiss y Jaffe Morris, fueron declarados penalmente responsables. A las familias de las víctimas se les dio una compensación de $163.000 dólares por cada muerte.

Un monumento en recordación a las 87 víctimas, se levantó en el espacio donde operaba la discoteca.

González llegó a Estados Unidos en el Mariel en 1980 desde una cárcel cubana donde fue encarcelado por deserción militar. Tras estar 10 años como empleado en una factoría de lámparas en Queens, perdió el trabajo y su novia con quien llevaba una relación de siete años, rompió con él.

La noche en que incendió la discoteca bebió en demasía en la barra del establecimiento, según testigos que lo vieron.

Entre las víctimas de la tragedia de Happy Land figuran los dominicanos Víctor Hugo Benavides, Wilfredo Castillo, Ramón Colón, Carlos E. Contreras, Rolando Cruz, José Alexis Díaz, José Ramón Flores, Carmen Hernández, Juan Javier, Mauricio López, Aida Margarita Martínez, Marisol Martínez, Evelio y Nelson Mejía, Juan José Núñez, Samuel Ortiz, Nilda Ortiz, Mario Pacheco, Eli J. Peña, Juan Andrés Peña, Miriam Elena Pineda, Minerva Ramos, Clemente Reyes (Henry), Betsabé Torres, Paula Vázquez y Nicolás Zapata.

Entre algunos de los sobrevivientes se citan a Rubén Valladares, Lydia Feliciano, Elena Colón, Felipe Figueroa, Roberto Arqueta y Lucas Galeas.


Happy Land: a 26 años de la masacre en El Bronx

Zaira Cortés – Univision.com

25 de marzo de 2016

Familiares de víctimas del Happy Land buscan impedir libertad condicional de Julio Gónzalez

A los 14 años, Pablo Blanco perdió a su tío más querido en la tragedia del Happy Land. Mario Martínez, de 37 años y emigrante de Santa Rosa de Copán, Honduras, fue una de las 87 víctimas del incendio provocado por el cubano Julio González.

Hoy, a 26 años de la masacre que sigue enlutando a El Bronx, Blanco está convocando a la comunidad garífuna para que recuerden impedir que González consiga la libertad condicional.

«No puede quedar libre un hombre que destruyó nuestras vidas para siempre», dijo Blanco, músico y activista hondureño. «Es una cuestión de justicia. Nuestros corazones no estarán tranquilos si González pone un pie en la calle».

El año pasado, las autoridades negaron la petición de libertad condicional de González, pero puede volver a solicitarla en noviembre de este año.

«Mi tío Mario era como un hermano mayor. Él me enseñó a preocuparme por los problemas de mi comunidad. Su ausencia aún duele entre nosotros», expresó Blanco.

A González se le imputaron 174 cargos de asesinato tras el infame incendio, ocurrido el 25 de marzo de 1990. El hombre incendió el club ilegal -situado en 1959 Southern Boulevard- luego de discutir con su exnovia Lydia Feliciano, quien logró escapar de las llamas junto con otras cinco personas.

Los clientes en el interior del club de dos pisos murieron asfixiados por el humo o aplastados cuando la multitud corrió hacia la única salida, según las autoridades.

Meses antes del incendio, la Ciudad ordenó el cierre del club por violaciones al código de seguridad.

A Olga Ortiz todavía se le eriza la piel al recordar la noche de la tragedia. Para entonces, la puertorriqueña tenía 46 años y el club Happy Land era el lugar de moda en el sector de West Farms.

La mujer, de 72 años y residente del vecindario desde la adolescencia, era una clienta habitual de la discoteca.

«Eso era una hervidero de gente los fines de semana. Nadie habría pensado jamás que el Happy Land terminaría siendo un lugar de muerte y desgracia», se lamentó. «Yo vivía a un par de cuadras. Se me quedó como una cicatriz el recuerdo de ese olor a hollín y los cuerpos tendidos en la acera».

Ortiz describió la fatídica escena esta semana, mientras se arreglaba el cabello en la peluquería Mary-Mary, situada en el edificio que ocupó la discoteca.

«Nada volvió a ser igual en este barrio. No importa cuánto cambien las cosas por aquí, el recuerdo de ese horrendo día no se irá nunca», expresó Olga.

María Méndez, de 51 años y propietaria de la peluquería, contó que el incendio también marcó su juventud.

«Cada aniversario pienso en lo que hizo ese hombre desalmado», dijo la estilista, quien aún vive a pocas calles del lugar. «Pude ver de cerca el dolor y la desesperación de las familias y las lágrimas derramadas por un acto ruin».

Méndez, quien perdió amigos en el incendio, comentó que cada año acude a la ceremonia de aniversario.

«Hace unas semanas pasó por aquí una mujer con su hija para llorarle a las [la] persona amada que murió en Happy Land. González no merece más que la cárcel», sentenció.

Para el presidente del condado de El Bronx, Rubén Díaz Jr., la tragedia es «uno de los peores homicidios en masa en la historia de nuestra ciudad».

«Dejó una profunda cicatriz no sólo en las vidas de los familiares de las víctimas, sino también de todos los que de una forma u otra fuimos testigos del horrendo crimen», apuntó el funcionario.

«Ningún tiempo o sentencia podrá borrar los impresionantes recuerdos de horror gravados [grabados] en las memorias de los sobrevivientes, las pérdidas de seres queridos, familiares, vecinos o amigos», agregó.

De acuerdo con la investigación policíaca, aquél 25 de marzo, después de ser expulsado por un guardia de seguridad, González compró un dólar de gasolina en un establecimiento cercano -en el que ahora se encuentra un edificio nuevo- y volvió al club para prender fuego en la única puerta de escape. El incendiario observó como las llamas consumían el sitio y volvió a su casa, según las autoridades.

A 26 años de la tragedia, González sigue sin atribuirse la responsabilidad del crimen.


Niegan libertad a convicto por incendio en Happy Land

Eldiariony.com

Marzo 2015

Julio González, el hombre convicto por el incendio que cobró la vida de 87 personas en el Club Social Happy Land, en El Bronx, en 1990, tendrá que continuar tras las rejas.

A González, de 60 años, le fue negada la libertad bajo palabra el mes pasado y deberá esperar hasta finales de 2016 para volver a solicitar una nueva revisión en un intento por salir de la cárcel.

El próximo miércoles, se cumplen 25 años de haber ocurrido la catástrofe.

González fue encontrado culpable de 174 cargos de homicidio por haber iniciado el incendio poco después de haber sido sacado del lugar tras tener una acalorada discusión con su entonces novia, Lydia Feliciano, que fue una de las únicas seis sobrevivientes.

El sujeto, luego de ser sacado de la discoteca, un lugar que era muy popular en su época y era concurrida en su mayoría por hispanos del área, regresó con un contenedor de gasolina y tras regarla en las afueras del inmueble procedió a prender fuego.

Las autoridades dijeron que González se mantuvo observando la discoteca mientras ardía.

«Estaba enojado, el diablo estaba en mi interior y le prendí fuego», según quedó registrado en una declaración que le hiciera a los detectives.

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