Juan Díaz de Garayo

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Juan Díaz de Garayo

El Sacamantecas

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador - Evisceración - Mutilación
  • Número de víctimas: 6
  • Periodo de actividad: 1870 - 1879
  • Fecha de detención: 21 de septiembre de 1880
  • Fecha de nacimiento: 9 de julio de 1821
  • Perfil de las víctimas: Mujeres, cuatro de ellas prostitutas, de edades comprendidas entre los 13 y los 55 años
  • Método de matar: Estrangulación - Apuñalamiento
  • Localización: Álava, España
  • Estado: Ejecutado en el garrote vil el 11 de mayo de 1881
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Juan Díaz de Garayo

Última actualización: 26 de febrero de 2016

Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, más conocido como El Sacamantecas (San Millán, Álava, 9 de julio de 1821 – Vitoria, 11 de mayo de 1881), fue un asesino en serie que nació y vivió en Álava, España, en el siglo XIX.

Entre los años 1870 y 1879 asesinó y violó a seis mujeres, cuatro de ellas eran prostitutas, de edades comprendidas entre los 13 y los 55 años, e incluso a alguna de ellas les produjo grandes mutilaciones. Se le imputaron también varios intentos más que no pudo consumar.

Estuvo casado cuatro veces y enviudó tres, aunque al parecer no mató a ninguna de sus mujeres.

Fue apresado en 1880 y condenado a muerte, murió por garrote vil al año siguiente en la prisión del Polvorín Viejo de Vitoria.

Se hizo famoso por sus crímenes en toda España y se usaba su nombre para asustar a los niños.

En la Edad Media y ya avanzado el siglo XIX y comienzos del XX, se hizo tremendamente popular el apodo de sacamantecas a toda aquella persona relacionada con el llamado hombre del saco. Éste era un calificativo que se usaba para asustar a los niños e impedirles que hicieran sus tropelías. Se decía que a los niños se les sacaba los untos (grasa corporal) para fabricar una especie de ungüento que a la postre serviría para sanar y/o curar la tuberculosis. Uno de los más famosos conocidos como sacamantecas fue Manuel Blanco Romasanta, a quien se le atribuyeron varios asesinatos de niños y adultos en Galicia.

El sacamantecas en la literatura

En la novela La familia de Errotabo, Pío Baroja afirma erróneamente que Gregorio Mayoral Sendino estrena su carrera como verdugo con la ejecución de Díaz de Garayo, si bien el verdugo burgalés no comenzó a actuar hasta más de una década después.

En la novela Cuerda de presos, Tomás Salvador narra el traslado del «Sacamantecas» desde León, donde fue capturado, hasta Vitoria, donde estaba reclamado para ser juzgado. La conducción del preso por una pareja de guardias civiles se efectuó a pie hasta Pancorbo (Burgos) y desde allí continuaron viaje en tren. La novela obtuvo el premio nacional de literatura. Pedro Lazaga la llevó al cine, con el mismo título, en 1956.


Los crímenes de «El Sacamantecas»

Francisco Pérez Abellán

Una personalidad bárbara. El hombre que enviudaba fácilmente. A un deseo insaciable de sexo unió la necrofilia. Una casualidad le descubrió cuando había sembrado el terror. Los intervalos entre sus asesinatos hace pensar que muchos de ellos no fueron descubiertos.

Marzo de 1870. La primavera florece. La vegetación muestra mil colores. El campo está hermoso y florido. Atravesando un bosquecillo, camina una mujer. Es una prostituta de esas que viven en chamizos y andan de pueblo en pueblo y de aldea en aldea. No es joven, pero a pesar de su edad y de sus ropas que están gastadas, conserva cierto atractivo. Debió de ser muy guapa y bien formada. Ni siquiera la vida de privaciones que arrastra le han quitado todo su gancho.

De repente un hombre fornido la aborda. Se nota que el hombre está nervioso, se diría que atenazado por urgencias y temblores. Primero con suavidad, trata de llevar a la mujer hacia lo más profundo del bosque. Luego, ya con firmeza, la empuja hacia donde quiere. Rechaza enérgicamente lo que la mujer le dice. Le ha dado su precio, pero él no quiere pagar.

Hay entre los dos una corta discusión. No consiguen ponerse de acuerdo. El hombre está obcecado y se pone violento. Tal vez ella con el olfato de tantos años de ejercer como «chamicera» peripatética debiera haber detectado el peligro. Por una vez tendría que haber puesto su seguridad por encima de las pocas monedas que vale su cuerpo. Pero ya es tarde.

Sin que la mujer pueda preverlo, el hombre que es de buen talle, fuerte y ancho de hombros, le echa las manos al cuello en una tenaza mortal. Aprieta sin aflojar, mientras la mujer trata de zafarse, cada vez con menos fuerza. Su cara se hincha y sus piernas patean en el aire hasta que se escucha un chasquido casi imperceptible. La mujer queda colgada de las manos del hombre como una muñeca rota.

Entonces el criminal la deposita en el suelo con algo parecido a la ternura, como si quisiera prodigarle los cuidados que en vida le negó. Por un momento la deja tendida sobre la tierra mientras la observa. Y en seguida, preso de un repentino furor procede a quitarle violentamente las ropas dejándola desnuda.

Con un rasgo brutal de animalidad la viola, y envuelto en la efervescencia de su acción, la desgarra el vientre con un cuchillo de monte. Cuando reacciona de la bestialidad de su crimen la sangre se agolpa en su cabeza. Una vez que ha descargado sus instintos, se horroriza de lo que ha hecho. Piensa que es cosa de los demonios que se han apoderado de su mente mientras escapa a toda prisa.

Pasa mucho tiempo antes de que el hombre sienta de nuevo la llamada de Satán. Pero al año siguiente, otra vez en primavera, siente de nuevo el impulso irrefrenable.

Ha tardado doce meses en despertar la sensación abominable que le empuja a romper y desgarrar, a pasar por encima de los cuerpos, a arrebatar la vida con tal de apaciguar el volcán que le nace en las entrañas.

Sale a los alrededores de la gran ciudad y en un paraje solitario encuentra a otra prostituta. Más vieja y menos atractiva que la primera, pero ya eso no le importa. Con ella repite casi exactamente lo que hizo con la primera.

La única variante es que la segunda víctima sufre con mayor saña si cabe las crueles consecuencias del desaforado sadismo de su asesino y violador.

Pasa el tiempo, casi un año y medio sin que los crímenes se resuelvan ni se detenga al asesino. Tanto tiempo entre uno y otro asesinato conocidos, comparado con la frecuencia mucho más cercana de los que vienen a continuación, hace sospechar que entre ellos hubo otros que nunca se conocieron.

En agosto de 1872, los crímenes tercero y cuarto se producen de forma casi seguida, en parecidas circunstancias a los anteriores. La tercera víctima no es ya una mujer de vida airada, sino una adolescente, una chiquilla de trece años. El asesino se la encuentra en un camino y en unos segundos decide matarla y abusar de ella. Primero la amenaza para obligarla a seguirle y cuando consigue estar suficientemente lejos del camino, la estrangula, le arrebata la ropa a zarpazos y abusa de ella, causándole después horrorosas heridas.

El cuarto crimen lo comete en la persona de otra prostituta, pero esta joven, no como las otras. La mata y viola como hace en todos sus raptos, pero en este deja una huella de su creciente sadismo al propinarle numerosas heridas con una aguja que ella llevaba en el pelo para sostener su peinado. Le clava esa aguja en el pecho con saña, repetidas veces.

La investigación policial logrará establecer en la reconstrucción de los pasos del asesino varios intentos de asesinato que no llegó a consumar. Uno fue en agosto de 1873 cuando pretendió aprovecharse de una prostituta, y otro, en 1874, cuando quiso abusar de una vieja mendiga.

Desde esos ataques hasta la siguiente agresión conocida pasan otros cuatro años. Al parecer en ese tiempo el asesino enviudó por tercera vez y se volvió a casar por cuarta. No deja de extrañar lo fácilmente que murieron sus mujeres aunque no consta que las asesinara como a sus otras víctimas. Es muy posible que los medios de investigación de la época no permitieran establecer la auténtica razón de la muerte de sus esposas.

En noviembre de 1878 se sabe que atentó contra una anciana que consiguió escapar con vida. El episodio se repite en agosto de 1879: otra mujer mayor se escapa de sus garras.

Pero en septiembre se produce el quinto asesinato. Tiene como víctima a una campesina joven, alta, fuerte, que cuando es agredida por el criminal, se defiende con desesperación. Por fin el hombre acaba por atravesarle el pecho de una certera puñalada y, luego, una vez muerta, celebra en ella su sádico ritual de sexo y sangre. El cadáver queda cosido a puñaladas y con el vientre abierto.

El criminal huye de la escena del crimen como si finalmente se hubiera espantado de sus propios actos. Lo que hace es casi la prueba de que Satanás existe. O eso cree él. Los demonios, que no le dejan tranquilo, tan sólo dos días más tarde le hacen cometer un sexto asesinato.

Se trata de otra campesina a la que estrangula, abusa de ella y mutila después de muerta, desgarrándole el vientre que es como la marca de sus asesinatos. El sadismo de sus crímenes ha ido en aumento desde el primero al sexto. El miedo se difunde de boca en boca por toda la piel de toro. ¿Es humana esta fiera desatada?

El criminal resulta ser, según crónicas de la época, un «monstruo rarísimo en quien la rara anomalía de la crueldad lasciva se asocia con la no menos rara del amor a los cadáveres». El criminal, también según las crónicas, era un «macho brutal, marcado con profundos estigmas atávicos y atípicos. La frente hacía recordar, tal como la describen los que la vieron, el cráneo de Neanderthal. Las mandíbulas eran enormes. El rostro presentaba grandes asimetrías». Ofrece una imagen similar a las descritas como propias del criminal nato en el libro de Lombroso L’Uomo delinquente.

Así fueron los crímenes del campesino Díaz de Garayo, apodado «el Sacamantecas», que vivió en Álava en la segunda mitad del siglo XIX. Hombre muy primitivo, tenía la apariencia de un enorme mono. Vivía como un labrador sobrio, austero, que se dedicaba a su trabajo olvidado del mundo en las tierras de labor.

Casó cuatro veces y enviudó tres. Al quedarse viudo se mostraba irritable, perezoso en sus obligaciones, violento y rijoso. Habría podido ser siempre feliz y vivir tranquilo si hubiera tenido satisfechos sus instintos como dicen que pasó durante su primer matrimonio que les proporcionó trece años de apaciguamiento.

Aquella primera hembra fue completa y suficiente para tener al hombre aplacado y al monstruo dormido. Hasta donde se sabe, su vida criminal coincide con la edad madura, los cincuenta años. Fue cuando se volcó su herencia genética: había nacido de una madre gravemente neurótica y alcohólica y de un padre igualmente alcohólico.

Al contraer nupcias por tercera vez con una hembra fría y distante que no le da lo que necesita, Díaz de Garayo que tenía tan mala herencia orgánica, degeneró hasta la monstruosidad. Sus crímenes son contabilizados como seis, pero se teme que fueran muchos más.

Durante el tiempo que actuó obligó a encerrarse a todas las mujeres en cien lenguas a la redonda del campo alavés en el que cometía sus fecharías y aunque no se tiene constancia de que fuera nunca un errabundo viajero que cometiera crímenes en otras regiones, el relato de sus atrocidades por medio del boca a boca sembró el miedo en todo el país.

La búsqueda del asesino se hizo agobiante por parte de las autoridades. Al final tanta dedicación tuvo su fruto aunque este fue redondeado por la casualidad.

Cuenta Constancio Bernaldo de Quirós en su libro Figuras delincuentes que al entrar a servir Díaz de Garayo temporalmente a un labrador, una niña pequeña le señaló sin haberlo visto nunca y le dijo: «¡Qué cara! ¡Parece “el Sacamantecas”!» Eso hizo que la vecindad acosara a Díaz de Garayo y que la autoridad acabara por detenerle e interrogarle. Con gran sorpresa, los policías descubrieron que al poco de someterle a las preguntas de rigor se derrumbaba y confesaba sus feroces asesinatos.

Garayo fue juzgado como el diabólico «Sacamantecas», que dicho sea de paso, el diccionario define como criminal que despanzurra a sus víctimas. El juicio se celebró muy poco después de la detención. Los médicos forenses, que fueron en total diez, estuvieron de acuerdo en que no se trataba de un loco, sino de un hombre capaz de decidir y de actuar con libre albedrío. Es decir, que Díaz de Garayo era un pervertido consciente, plenamente responsable de sus actos.

Todo el proceso se abrevió en lo posible y fue acelerado ante el interés por quitarse de encima la amenaza de tan peligroso asesino. Garayo fue condenado a muerte y ejecutado en el garrote vil.


Los seis crímenes del Sacamantecas, el asesino en serie vitoriano

Sergio Carracedo – Elcorreo.com

1 de abril de 2015

Este jueves se cumplen 145 años del primero de los seis crueles asesinatos conocidos del Sacamantecas, el Jack el Destripador alavés. Quizá debería mencionarse al inglés como el «Sacamantecas londinense», porque el alavés causó el terror con anterioridad, unos 18 años antes, aunque ambos cometieron espantosos y terribles homicidios en el último cuarto del siglo XIX.

El asesino en serie más sanguinario de la Llanada, nacido en Eguilaz (San Millán) en 1821, ha sido llevado a los periódicos y también a la literatura en numerosas ocasiones. Pío Baroja lo menciona en la novela La familia de Errotabo y Tomás Salvador, en Cuerda de presos, narra el traslado del Sacamantecas para ser juzgado en Vitoria. La novela obtuvo el premio nacional de literatura y fue llevada al cine, en 1956.

Aunque el criminal inglés ha sido mucho más mediático, el vitoriano no le fue a la zaga en crueldad. Cometió seis horribles crímenes en menos de una década, desde 1870 a 1879. Fue apresado en septiembre de ese mismo año, tras sus dos últimos y salvajes asesinatos, y ajusticiado en 1881, en la prisión del Polvorín Viejo de Vitoria. Estas son sus principales fechorías.

Primer crimen

Uno de los primeros en recoger los asesinatos del Zurrumbón, como también era conocido el aldeano de San Millán, fue el cronista vitoriano Ricardo Becerro de Bengoa, quien el mismo año de su ejecución (1881), a garrote vil, en el Polvorín publicó un folleto titulado «El Sacamantecas, su retrato y sus crímenes, narración escrita con arreglo a todos los datos auténticos», en el que narra con todo tipo de detalles los crímenes de Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña. En él, cuenta que…

El día 2 de abril de 1870, a la caída de la tarde, salieron de la ciudad de Vitoria por el Portal del Rey, dirigiéndose hacia los términos del Polvorín por la carretera de Navarra adelante, un hombre de pobre aspecto, como de unos cincuenta años de edad y una mujer joven aún, de baja estatura, gruesa y regularmente vestida.

Era él un labrador apellidado Garayo y ella una infeliz extraviada llamada M….. muy conocida en la ciudad entre la gente de cierto género de vida. Habían convenido ambos salir a hablar un rato en las afueras, y en efecto, avanzaron por la carretera hasta más allá del camino que cruza al Polvorín, y, tomando en la bajada de la cuesta, hacia la derecha, siguieron el curso arriba del arroyo llamado Recachiqui, que corre por la cuenca que forman los altos de Judimendi y Santa Lucía. (El mencionado arroyo fluye ahora entubado bajo la calle Jacinto Benavente).

Al hallarse a bastante distancia de la carretera se sentaron en una hondonada de la orilla, donde permanecieron un rato en amable compañía, Garayo sacó después tres reales del bolsillo y se los entregó a la M. la cual al verlos empezó a increparle, porque era muy corta la cantidad. Esto dio origen a una disputa, en la que el labrador le ofreció un real más pretendiendo ella que debían ser cinco.

Sucedieronse las palabras duras de una a otra parte y entonces Garayo, arrojándose sobre la M. la derribó en tierra, la sujetó fuertemente, impidiéndole que gritara, le oprimió la garganta con las manos hasta dejarla medio estrangulada, y para acabarla de matar sumergió su cabeza en un pequeño remanso de agua, que hacía el arroyo, y que tenía pie y medio de profundidad, sujetándola con las manos y sosteniéndola en tal posición con una rodilla sobre las espaldas, hasta que observó que había muerto.

El furioso asesino la desnudó después de todas sus ropas, la extendió boca arriba sobre el arroyo, la contempló algún tiempo y, arrojando después los vestidos sobre ella, huyó hacia la ciudad, cuando ya las sombras de la noche habían cubierto casi por completo el horizonte.

A la mañana siguiente un criado de una casa de Vitoria que caminaba por las orillas del Recachiqui encontró «espantado» el cadáver «medio sumergido en el agua» y dio parte de él a las autoridades de la época. Se identificó el cadáver de la mujer «cuyo marido cumplía entonces una condena en presidio, y por más que se creyó que había sido víctima de un crimen, nada pudo descubrirse y la causa fue archivada», concluye Becerro de Bengoa.

El segundo, en Arana

«No había transcurrido un año», prosigue el cronista, «cuando el 12 de marzo de 1871, antes del anochecer» el Sacamantecas mantuvo una conversación en una acera de Portal del Rey con una viuda sin hijos, -A. S.-. De más edad que la primera víctima pero también «pobremente vestida» vivía «ganando algunos humildes jornales, unas veces, e implorando la caridad publica, otras», apunta Becerro. Garayo le propuso un «paseo por el campo» y ella le dijo que no había comido en todo el día por lo que él le ido un real y le indicó que le esperaba en la carretera de Navarra.

Tras tomarse un vaso de vino y comer un poco de pan se reunió con Garayo. Juntos caminaron hasta el camino del Polvorín Viejo, para llegar después al de Arana, «tomando por detrás de la casa del Carbonero y campo inmediato, hasta el término llamado Labizcarra», «a cuatrocientos metros» del lugar del primer crimen.

Una discusión por la cuantía económica volvió a desembocar en el mismo resultado. Él «terminó por avalanzarse sobre la mujer, derribarla y estrangularla, oprimiendo su cuello», indica el cronista. «Cuando Garayo se hubo convencido de que estaba muerta, se dirigió, ya de noche, hacia la ciudad, entró en su casa y se acostó».

El tercero, la niña de Gamarra

La «impunidad -ante los dos crímenes sin testigos- debió alentar a su menguado espíritu a proseguir adelante en tan horrible conducta», explica el periodista de la época. Así, el 21 de agosto de 1872, después del mediodía se dirigía «por la carretera de Ochandiano hacia el pueblo de Gamarra Mayor. Los labradores que trabajaban en aquellos campos se habían retirado a comer; no se veía a nadie en todo el contorno», hasta que Garayo se cruzó, entre Gamarra y Vitoria, con una «robusta y agraciada joven, casi una niña» apunta Becerro de Bengoa que posteriormente se sabría que tenía «13 años».

«Verla y sentir el criminal encendidos sus infames deseos. Al pasar inmediato a ella, sin decirle una palabra, le echó la mano izquierda al cuello, la arrastró fuera de la carretera, a una de las acequias inmediatas» donde la asfixió y abusó sexualmente de ella.

«Era una criada de Gamarra que había sido enviada por sus amos a hacer unos encargos a Vitoria, distante de dicho pueblecito unos cuatro kilómetros. Allí, en pleno día en los campos de la llanada alavesa donde jamás habían corrido peligro las jóvenes aunque caminasen solas, quiso su suerte desventurada que cayera en brazos del insaciable monstruo más peligroso y terrible en medio de un país civilizado que las fieras para los viajeros en los territorios salvajes», apunta Becerro de Bengoa.

Pánico en Vitoria, antes del cuarto

Este crimen causó «el espanto y la indignación» en Vitoria y en «todas las aldeas inmediatas», por lo que «la opinión pública se inclinó a creer que existían uno o varios criminales misteriosos», contaba Becerro en aquella época. «El terror empezó a cundir por la comarca y ni los padres ni los esposos permitieron que las mujeres se alejaran de los pueblos sin ir bien acompañadas», explica el cronista.

«Ocho días después» del tercer crimen, cuando la Policía todavía trabajaba en descubrir al autor o autores «otro nuevo de idéntico aspecto» vino a completar este cuadro tristísimo».

El cronista indica que Garayo «salió de su casa al anochecer del día 29 de agosto y a los pocos pasos encontró a M.C. muchacha de 23 años, de la cual tenía noticias de que era de mala conducta y costumbres. Se detuvo con ella, le manifestó sus deseos, convino la M. y se adelantó por el portal de Barreras por la carretera de Rioja, seguida de lejos por Garayo, método que éste practicaba para evitar un motivo más de ser descubierto. Caminaron hasta el cruce de La Zumaquera, donde se reunieron, avanzando por él hasta el puente que hay sobre el riachuelo que atraviesa dicho camino».

Una nueva discusión monetaria terminó en «reyerta» y tras estrangularla le clavó una horquilla, que ella misma llevaba, en el corazón. Nadie sospechó de él y en este último crimen incluso algunas sospechas recayeron sobre «un soldado del regimiento de L. entonces de guarnición en Vitoria». El nuevo crimen hizo crecer la alarma social y sobrepasó los límites provinciales. «Las inmediaciones de la ciudad y de las aldeas se despoblaban en cuanto avanzaba la tarde» donde se tomaban «completas precauciones».

Dos intentos fallidos

«Siempre cauteloso», Garayo «dejó transcurrir un año desde el crimen de la Zumaquera». En una tarde del mes de agosto de 1873, «condujo también a las inmediaciones del Polvorón [Polvorín] a una joven de mala vida, con la que pasó algún rato», narra Bengoa. Se volvió a repetir la misma escena de la discusión de carácter económico para entablar una lucha en la que «la muchacha pudo gritar, mientras aquel la agarraba del cuello». Los gritos alertaron a «algunos soldados de la guardia del Polvorín, ante cuya presencia, el criminal emprendió la fuga».

Un año más tarde, en junio de 1874 Garayo «caminaba solitario por el camino de la Zumaquera» cuando «dio con una mujer anciana y enferma». «Al aproximarse a ella, sin decirle una palabra, le echó mano al cuello, intentando derribarla, pero, resistente la mujer empezó a defenderse y dar voces» lo que alertó a otras dos mujeres que ahuyentaron a Garayo. Según Bengoa, de estos conatos no tuvo conocimiento la justicia.

En 1876, Juan Diaz de Garayo enviudó de su tercera esposa cuya muerte quedó «envuelta en misterio», para un mes más tarde volver a contraer matrimonio con una «pobre viuda de avanzada edad». El quinto y el sexto, o ¿fueron obra de imitadores?

Durante dos años no hubo crímenes de este tipo en Vitoria, pero el 2 de enero de 1978 [1878] se descubrió otro «tan horrible y más sangriento que los anteriores». Fue en el camino entre Mendiola y Castillo, «no lejos de la carretera de Arechavaleta». El cadáver de una mujer de 55 años fue encontrado tras haber sido asesinada y mutilada. «Aquella infeliz, madre de familia», había ido a Arechavaleta a comprar y, a la vuelta, en el camino de Mendiola, cerca del anochecer fue «asaltada por el criminal o criminales», apunta Bengoa quien afirma que Garayo, durante los posteriores procesos judiciales negó «constantemente» este crimen.

La alarma se desató de nuevo en la provincia y «la fantasía de sus gentes», al conocer los detalles del crimen, «bautizaron al presunto autor de los crímenes del campo de Vitoria como El Sacamantecas», «monstruo que asesinaba a niños y hombres para sacarles las mantecas y hacer con ellas ciertas composiciones de maravillosa eficacia», apunta Becerro de Bengoa.

Dos meses después, el 28 de febrero, en una «concurrida pero retirada» calle de Vitoria, «y no de muy buena fama» se cometió otro «espantoso crimen de idénticas formas que el anterior, pero más infame aún si cabe». «Hallábase en su casa la niña M. L. de once años de edad cuando llamó a la puerta un hombre viejo que preguntó si había en la casa algún cuarto vacío». La cogió del cuello y tras abusar de ella le causó varias heridas mortales en el vientre, de las que murió días después en el hospital.

La descripción aportada por la pequeña y gracias a que una vecina vio a un viejo en las inmediaciones de la vivienda fueron claves para apresarlo y llevarlo ante la niña quien lo reconoció «tres veces por su víctima en el hospital», asegura Ricardo Becerro de Bengoa. El viejo, A. de 75 años de edad, fue condenado a pena de muerte en Vitoria, en 1880.

Sin embargo, en aquel tiempo apareció el cadáver de una joven que había sido víctima «de los más infames ultrajes» del que se sospechó de «J., el pastor», aunque «no pudo obtenerse ningún resultado positivo». Ante ello, Becerro de Bengoa asegura que «el Sacamantecas tuvo indudablemente imitadores».

El cronista estima que entre el 74 y el 78 Garayo no actuó, concretamente hasta el 1 de noviembre de 1878 cuando «en un molino de las cercanías de Vitoria» intentó estrangular a la molinera cuando se encontraba sola. Sin embargo, ésta pudo escapar y dar parte a las autoridades, por lo que Garayo fue apresado y cumplió dos meses de prisión por este último ataque sin que sospechasen de que fuera el autor de otros crímenes. Más tarde, también intentaría matar a «una mendiga anciana en la carretera de Castilla, entre los pueblos de Gomecha y Ariñez».

La joven de Zaitegui y la labradora de Nafarrate

Su siguiente víctima fue una joven soltera de 25, natural de Zaitegui, que se encontró «en la carretera entre Murguía y Vitoria» a la que causó graves heridas en el pecho y en el vientre, después de caminar juntos durante un tramo. En ese trecho, «un muchacho peatón, conductor interino de la correspondencia se fijó en ellos» y dos vecinos de pueblos próximos se encontraron con Garayo y charlaron con él, antes de que pasara la bajo «los puentes de Arriaga inmediatos al río Zadorra».

Tras vagar por la zona durante la mañana siguiente, «una pobre anciana cayó en las garras» de Garayo en «el solitario sendero que desde la carretera de Araca pasa por los caseríos de Araca con dirección a Nafarrate». Garayo terminó por «abrir de arriba a abajo» a esta labradora, M. A. de 52 años, vecina de este último pueblo, entre otras atrocidades.

Al día siguiente, el Juzgado de Vitoria tuvo conocimiento de los asesinatos de Zaitegui y Araca, lo que elevó el caso de El Sacamantecas a «las provincias inmediatas, en España entera, y se transmitió al resto del mundo», según Becerro.

Las pocas personas que le vieron los días de los hechos fueron interrogadas y las autoridades concluyeron que los datos coincidían con los de Juan Garayo, que ya había estado encarcelado por el ataque a la molinera, por lo que ordenaron su búsqueda y captura.

El 21 de septiembre, según la crónica de Becerro de Bengoa, Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña volvió a Vitoria y fue apresado y conducido a la cárcel, donde acabó por confesar seis asesinatos y cuatro tentativas.

El 11 de mayo de 1881 el Sacamantecas era ejecutado en público, a garrote vil, en el Polvorín ante la expectación de un pueblo tras haber atemorizado durante una década.


Asesinos de miedo

Jess Franco – El País

13 de noviembre de 2005

El sacamantecas, o el Hombre del Saco, o Camuñas. La rumorología popular ha bautizado con estos nombres a los asesinos crueles. Sacar las asaduras, chupar la sangre eran expresiones que aterrorizaban con sólo mentarlas. El auténtico Sacamantecas fue un labrador alavés, un descuartizador de mujeres sanguinario.

«Duerme tesoro
que viene el Coco
y se come a los niños
que duermen poco».

Esta siniestra amenaza no procede de ninguna leyenda de la España negra ni de una mente literaria distorsionada por drogas o enfermedades degenerativas. Es simplemente una canción de cuna. Los niños españoles, y yo entre ellos, fuimos acunados, en general por nuestra madre que nos cantaba con dulzura historias horripilantes.

Con esto conseguían dos objetivos muy dispares. El primero era crear en nuestra mente una sensación de inseguridad, de peligro, con lo cual se suponía que el niño sería prudente y sumiso, obedecería a sus mayores para alejar el quimérico peligro de hallarse solo, abandonado por los suyos ante El Coco o cualquiera de sus prosélitos.

Por otra parte, era bueno mantener el principio de autoridad en manos de los mayores pensando que así se alejaba a los pequeños de los auténticos peligros de la noche, y en general de la vida. Estas intenciones, más o menos sanas, se veían en realidad frustradas porque los pequeños, en general más impresionables que los adultos, se veían afectados por el terrible síndrome del miedo.

Miedo, miedo a todo lo insólito, miedo a la noche. Era un paraguas protector para los pequeños y una tranquilidad para los mayores, que suponían que así sus criaturas no se alejarían de ellos, no se aproximarían a carreteras o caminos frecuentados por desconocidos y huirían como alma que lleva el diablo ante lo desconocido, fuese un vagabundo, un buhonero o un mendigo. Ahí los uniformes empezaron a adquirir un prestigio inmerecido. Por influencia materna, un guardia o un militar se veían exentos de cualquier sospecha de peligrosidad.

Esto por definición sabemos de sobra que es ridículo, pero respondía a una especie de consigna tácita, entre los mayores, de crear en el niño una sensación de seguridad ante la autoridad en contraste con los extraños, sobre todo, que parecían de condición modesta o iban pobremente trajeados.

Los niños, generalmente, están menos preparados a afrontar situaciones insólitas: Un hombre que aborda a un niño en una calle oscura, quizá con la única intención de preguntarle por la tienda de la esquina o la ubicación de una iglesia, debía producir terror al chico y hacerle huir sin llegar siquiera a comprender lo que le han preguntado.

A esto contribuían, por supuesto, la proverbial mala y escasa iluminación de nuestros pueblos y facilitaban las reuniones alrededor del fuego del hogar, las charlas bajo soportales o atrios, pero teniendo siempre a los pequeños más o menos a la vista.

En nuestro país se tuvo muy poco en cuenta la opinión de los pequeños y se acallaba con una bofetada o un azote cualquier intento de escapar a esa obediencia rutinaria. Lo terrible para los mayores es que, como los pequeños nunca fueron especialmente estúpidos, muchos empezaron a darse cuenta de que las cosas no eran exactamente como se las contaban y que las amenazas de ser devorados si cruzaban la calle, aunque fuera sólo para comprar un tebeo, no se cumplían nunca. Si eran obedientes se quedaban sin tebeo, eso es todo. Había, pues, una rebelión soterrada entre los más audaces.

Claro que había algunos malvados que de verdad abusaban de los niños, pero eran un número tan mínimo que los mayores para asustar a sus hijos tenían o que inventarse seres quiméricos como El Coco o buscar referencias foráneas -que por supuesto ellos no situaban en el mapa-, para que los pequeños no supieran si estas amenazas de perder las mantecas, la sangre o incluso la vida venían de tierras remotas -remoto era todo lo que no se situaba a menos de veinte kilómetros- o del vecino de al lado.

A pesar del natural y casi institucional miedo creado por los mayores, nuestros niños empezaron a tomarse esos peligros a beneficio de inventario. Durante siglos ha sido una lucha desigual, una lucha sobre todo intelectual, a pesar de que casi nadie intuía siquiera las consecuencias para la formación de los jóvenes de esa investigación al acojonamiento como prevención de males mayores.

Así, con el miedo por delante, con la amenaza de la llegada inminente del Hombre del Saco para llevarse a los niños a unas cuevas sórdidas donde serían devorados lentamente, donde les sacarían la sangre y las grasas, pensaban conjurar los peligros reales -que el niño tirara una piedra al ventanuco del vecino, o se comiera las manzanas del huerto cercano-.

Pero llegó un momento en que estos monstruos imaginarios empezaron a perder prestigio. Esto sucedió cuando las cabecitas pequeñas pero pensantes fueron conscientes de la poca veracidad de esas amenazas. No había ninguna referencia seria de que un niño real como nosotros fuera devorado por el simple hecho de comerse las manzanas del vecino, romper un cristal o dormir poco.

Y sin embargo esta amenaza, y otras muchas que han sido espada de Damocles para la tranquilidad del pobre infante hispano, existen desde tiempo inmemorial. El Coco no es otro que el Hombre del Saco, el Tío Camuñas, El Bute (hombre del saco andaluz, de gran prestigio entre los niños de la provincia de Granada, sobre todo), el Tío Saín y el Tío Garrampón (creaciones levantinas), y otros muchos de mayor o menor importancia, pero que en general no son sino una repetición ligeramente adaptada a la región o a la ciudad en que se situaba a esos malvados.

Todos ellos, menos quizá El Cortasebos, carecen del menor encanto literario. Son en general gente tosca, brutal, incapaz de originar una leyenda e inspirar a un Hoffmann, Poe o hasta nuestro modesto pero no menos aterrador Gustavo Adolfo Bécquer.

Todos ellos proceden del acervo popular más tosco, empecinado en la creación de asustadores folclóricamente posibles. Forman parte de nuestra terrible leyenda negra, tan dada a la carnicería, a la casquería casi, como siniestro precedente del gran Guiñol francés o el más retrógrado cine gore.

El Cortasebos, un Sacamantecas extremeño, es posiblemente la única de las variantes del monstruo devorador de criaturas que fue inventado por una imaginación algo más sutil.

Es un fantasma, el fantasma de un agricultor que robaba a los niños porque él nunca los tuvo, era estéril y esto le producía los mayores traumas. Salía a las doce de la noche, la hora de los espíritus, en busca de niños que se hubieran portado mal y les sacaba la sangre y las mantecas.

Puede que estuviera inspirado en una leyenda ligeramente más plausible, «la del coche de la sangre». En ésta, unos seres diabólicos recorrían páramos y bosques en una sanguinaria búsqueda de niños perdidos o simplemente durmientes y les chupaban la sangre, se la extraían para dársela al hijo tuberculoso de algún rey o de una familia muy rica, con el pensamiento de que la mezcla de la sangre corrompida de los nobles y la sana de los vasallos curaría o al menos aliviaría las enfermedades de los poderosos.

De paso, convenía crear el terror entre los pobres niños para que éstos se quedaran en casita y no se atrevieran a la menor travesura. Esto originó las bandas de adolescentes conjurados en la defensa del grupo contra la perfidia de los mayores.

Incluso las mujeres participaron de esta reacción. Las más fuertes y con sentido corporativo fueron las monjas, que se encerraban a cal y canto en sus conventos, prestas a defenderse de todo Hombre del Saco, de todo Camuñas o Sacamantecas que se acercara por allí.

La verdad es que ninguno de estos seres tenía el menor soporte real, ni siquiera el perfume de lo legendario. Eran malvados para andar por casa; crueles asesinos, eso sí, pero sin el menor valor literario.

Es curioso que en un país tan imaginativo artísticamente -pensemos en la pintura negra de Goya, en Solana- los asesinos hayan sido siempre tan torpes, tan poco creativos. Los crímenes españoles tienen casi un argumento único: hombre embrutecido que descuartiza a su parienta por celos o en un momento de cólera insuperable -debido, eso sí, a razones fútiles-. Al cabo de unas horas, este salvaje se suicidará despeñándose o colgándose de un árbol. Con lo cual, no se precisa de la menor indagación, no tiene misterio.

Y ese es el drama del crimen español. No tiene misterio, es un hecho violento y no responde en general a ninguna creación maligna ni siquiera a la menor sutileza intelectual. Así pues, nuestros Sacamantecas fueron, casi seguro, producto de la invención popular para asustar a los pequeños de la casa.

No era el Sacamantecas, sino los diversos Sacamantecas, con nombre gallego, vasco, catalán, bable o castellano, quienes con las pequeñas variantes localistas eran los encargados de alimentar y distribuir los terrores populares.

Creo que el último de ellos, cronológicamente, fue el Sereno, un personaje ya desaparecido de nuestras calles, pero que supo como pocos congeniar la ley y el terror.

En principio era un hombre de autoridad muy limitada, un peripatético de la noche en ciudades y pueblos, un solitario y misterioso individuo que, armado solamente de un chuzo (una especie de estaca coronada por un agudo pincho), era encargado por las autoridades municipales de mantener la ley y el orden en la noche, aunque también era empleado muchas veces para otros menesteres más simples, como dar la hora a grito pelado, rompiendo el silencio y despertando a más de un ciudadano; de anunciar (por cierto, mucho mejor que el hombre del tiempo actual) la temperatura aproximada y cualquier inclemencia climatológica; de avisar al médico cuando alguien se ponía a parir (en sentido figurado y también en el más realista), y de velar, en fin, por la seguridad y la calma. La verdad es que esto último no lo cumplía estrictamente.

La mayoría de ellos apestaban a vino, mistela o cazalla, según la región, y aunque su misión era también la de abrir la puerta a los vecinos de su sector, no siempre encontraban la cerradura.

Este hombre, este auténtico guardaespaldas, modesto y casi siempre servil, vivía de una ridícula remuneración mensual y de las propinas y regalos de los vecinos. Ni que decir tiene que la presencia del sereno producía inquietud y hasta miedo a los niños, con su guardapolvos grisáceo o azul, según la región, y su gorra, amén de su lanza de andar por casa.

A menudo era espectacular, teatral, cuando daba un golpe en el empedrado con su chuzo y anunciaba: «Las tres y media y sereno», su voz resonaba en las calles vacías y seguro que muchos niños perdían el sueño después de su deambulante pasada.

Este sereno era un Sacamantecas en ciernes para los críos de la vecindad, que creían que su misión principal era la de acogotar, lancear y asesinar a los niños desobedientes o díscolos con la anuencia de sus progenitores. No sé por qué tradición secular los serenos eran asturianos o gallegos y hablaban con un fuerte acento.

No estaban preparados en gimnasios o academias, pero tenían una mala leche que compensaba estas carencias. A golpe de chuzo podían dejar fuera de combate a todo tipo de delincuentes por peligrosos que éstos parecieran. Pero un solo individuo, por bruto que fuera, no podía resistir largo tiempo, apenas armado, y mal alimentado. El mal, los terrores, fueron acrecentando sus poderes y los hombres del saco se adueñaron de la situación.

Corrían cada vez más historias espeluznantes, de sacamantecas, chupasangres y otras lindezas. Seria muy difícil dar una entidad humana a estos personajes de pesadilla si no fuera porque uno de ellos se humanizó, se concretizó en un hombre de carne y hueso.

Por una vez la leyenda precedió a su fundamento real. Se tenía noticia de sujetos que asesinaron a personas para extraer manteca, cosa que ocurrió muy frecuentemente en tiempos de la Inquisición y hasta bien entrado el siglo XX, y si se asustaba a los niños con ellos era para evitar que se acercasen a los desconocidos. Eran hombres que encargaban a otros matar a niños lustrosos y hasta alguna mujer y luego les extraían la sangre y la manteca para venderlas. (La última versión conocida de esta figura tan genérica como siniestra es El Sereno).

Ha habido en España candidatos al Oscar de los horrores en todos los rincones de nuestra tierra, pero ninguno como un verdadero creador del crimen artesanal: el alavés Juan Díaz de Garayo y Argandoña, que se hizo un puesto de honor en la crónica negra, no sólo del País Vasco sino de España entera.

No se trataba de ningún gañán abotargado, de ningún cerebro minus desarrollado. Había nacido en Eguilaz en el año 1821, y su carrera de crímenes, en cierta manera muy similar a la de Jack el Destripador, fue, sin embargo, mucho más larga y generosa en cuanto a su cantidad y también a su ensañamiento.

Él se convirtió, con toda justicia, en el auténtico Sacamantecas, un ser mitificado en coplas de ciego y otras leyendas populares. Era labrador y fue el asesino en serie más importante del país, con la excepción del Hombre Lobo de Allariz, Manuel Blanco.

Durante casi diez años, Juan Díaz cometió por lo menos 10 crímenes probados, aunque se supone que debieron ser muchos más. Nunca salió de su región. Y en ella asesinaba, siempre a mujeres. A diferencia de otros criminales más selectivos o de gustos más refinados, Juan Díaz de Garayo responde perfectamente al esquema del asesino impulsivo que mata indiscriminadamente a viejas y jóvenes, ricas y pobres… bastaba que fueran mujeres. Era un hombre de complexión fuerte que elegía sus victimas obedeciendo casi siempre a un estado de excitación criminal que le convertía en un verdadero depredador.

Su primera víctima conocida fue una prostituta de muy modesta condición, una ramera callejera. Fue abordada por el asesino y ambos discutieron durante un momento sobre el precio. Garayo ya era un hombre mayor de cincuenta años y no precisamente un tipo desenvuelto u ocurrente.

Al no llegar a un acuerdo con la mujer, él, que se había ido excitando durante la discusión, se lanzó sobre ella y la estranguló. Después se llevó el cuerpo hasta un lugar apartado y allí lo violó y sodomizó. Durante el proceso, años después, los jueces no encontrarían ningún atenuante en los actos de Garayo.

Se dictaminó que no se había apoderado de él ningún impulso invencible, ninguna locura transitoria que nublara su mente llevándole al crimen. Estaba excitado, sí, pero habría podido vencer sus impulsos si así lo hubiera querido. Parece ser que, como colofón a su crimen, abrió el vientre del cadáver y eyaculó una segunda vez sobre el mismo.

Así fue la primera vez y así fueron las siguientes. Su sistema, si es que se puede hablar de sistema, era siempre el mismo. Abordaba a las mujeres en cualquier sitio solitario, las forzaba y las asesinaba sin la menor piedad.

Con el transcurso del tiempo sus crímenes se fueron haciendo más monstruosos, incluyendo el desgarramiento de las entrañas de la victima, la mutilación -para la que usaba un cuchillo de monte para cazar osos-. Cuando había terminado con ellas, abandonaba los cuerpos en el bosque y no había en él el menor rastro de piedad, de arrepentimiento. Parecía alguien ignorante del daño irreparable que producía a cada vez que se dejaba llevar por el impulso de sus deseos. Era como una bestia humana.

El tiempo que transcurría entre sus crímenes parece que la vida de Garayo era normal y aburrida. Se casó en cuatro ocasiones y sus matrimonios fueron cada vez más frustrantes para él. El primero, con una viuda del lugar apodada la Zurrumbona, fue el más duradero y él vivió un periodo de paz, dedicado a las labores del campo y a la caza.

Pero al cabo de 13 años, tras la muerte, en circunstancias extrañas, de la Zurrumbona, Garayo inició su carrera sangrienta. El espacio entre sus crímenes se fue acortando lentamente. No hay ninguna prueba de que él asesinara a sus siguientes esposas, aunque al menos dos de ellas murieran en circunstancias extrañas. Pero eso no levantó sospechas razonables entre los habitantes de la zona y mucho menos entre la escasa representación de la justicia -una pareja itinerante de la Guardia Civil-.

Sin duda, envalentonado por su siniestra impunidad, Garayo continuó su terrible carrera dejando rastros y pistas que apenas se preocupaba en ocultar. Sus víctimas seguían siendo siempre las mismas: mujeres pobres, solitarias, viejas o jóvenes. Asesinó y se ensañó también con algunas jovencitas, pero era realmente una fiera, cuyo placer era la satisfacción de sus instintos menos sexuales que fruto de una profunda crueldad.

Varias veces estuvo a punto de caer en manos de la justicia, atacando en pleno día a sus victimas. Algunas lograron escapar, pero daban unas descripciones tan horribles y exageradas que no conducían a esclarecer la personalidad del delincuente. Fueron nueve años de terror en la región del llano alavés.

Por supuesto que desde el primer asesinato el pueblo comenzó a darle el sobrenombre del Sacamantecas, concretizando los miedos atávicos del acervo popular. Y un día, sin una razón aparente, sin una pista seguida con cierta inteligencia, o al menos oficio, por aquellos pobres servidores de la ley, Garayo fue descubierto por una niña a quien no había visto en su vida.

Sin duda, en la cabeza de la criatura era la representación perfecta de sus pesadillas. La chica le señaló gritando: «¡Ese es! ¡Es él, el Sacamantecas!». Eso originó una reacción de las gentes del pueblo y que Garayo fuera interrogado y que la policía descubriera, al hacerle algunas preguntas más o menos acusatorias, que él se derrumbara y confesara sus feroces crímenes. Fue juzgado con bastante rapidez y ejecutado por garrote vil, esa versión ibérica de la horca o la guillotina, pero diez veces más cruel y espantosa.

Juan Díaz de Garayo es un caso claro del asesino cruel, sin freno de ningún tipo, que hiere, descuartiza y mata por puro placer. Sus rasgos, que ayudaron sin duda a que la niña denunciante reconociera en él la plasmación de sus miedos, responde perfectamente a lo que Lombrosso define en su libro L’uomo delinquente (El hombre delincuente) como la tipificación física del criminal.

Sus teorías -se le considera el padre de la antropología criminal-, así como las de sus seguidores y discípulos, Ferri y Garofalo sobre todo, pretenden que el criminal en estado puro tiene una morfología especial, que la causa de su maldad está en parte determinada por la estructura de su cráneo: frente breve y huidiza, cerebro pequeño, casi como un hombre de Neandertal, en quien la evolución no se ha completado.

Esos individuos no serían, pues, seres libres, ni dueños al cien por cien de sus actos. No serian, entonces, culpables. Habría, eso sí, que encerrarlos por su peligrosidad, pero nunca ejecutarlos por sus actos exentos de libertad.

Estas teorías, cuya vigencia duró mucho más tiempo del presumiblemente lógico, sí ayudaron en casos muy concretos a completar el retrato de los asesinos en primer grado. Las teorías de Lombrosso son hoy inadmisibles, sobre todo en sociedades evolucionadas; sin embargo, en nuestro país y en el medio rural del siglo XIX sirvieron para que inconscientemente una niña, que posiblemente no se había liberado aún de su memoria cósmica, ayudara a cazar a uno de los más siniestros y repugnantes asesinos de nuestra historia.


Garayo «El Sacamentecas»

Salvatierra-agurain.es

Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña (1821-1880) más conocido como «el Sacamantecas»: nació en Eguilaz, cerca de Agurain y fue un célebre asesino en serie que aterrorizó la Llanada Alavesa durante el siglo XIX.

En su haber se contabilizaron 6 asesinatos de mujeres y otros 4 intentos frustrados. Su fama fue tal que se convirtió en un personaje del folclore popular, que es invocado cuando se quiere asustar a los niños.

«En el lugar de Eguilaz a 17 de octubre de éste presente año de 1821, yo el infrascrito presbítero, cura y beneficiario de la iglesia parroquial de este lugar de Eguilaz, bauticé solemnemente en la pila bautismal de esta iglesia a un niño a quien puse por nombre Juan, el que nació, según declaración de sus padres a las nueve de la mañana del día 17 de octubre.

Hijo legítimo de Nicolás Diaz de Garayo y de Norberto [Norberta] Ruiz de Argandeña, él natural de Eguilaz y ella de la Villa de Alegría de Alava…».

Así reza la fe de bautismo de Juan Diaz de Garayo expedida en la Iglesia parroquial de Eguilaz, pueblo situado a corta distancia de la Villa de Salvatierra – Agurain, en las proximidades de Vitoria.

Hijo de labradores, dedicó su vida a los menesteres propios de esta condición. Desde muy pequeño fue enviado por sus padres a los pueblos de los alrededores a servir como criado. De éste modo recorrió Salvatierra -Agurain, Alaitza, Okariz, Izarza y Alegría- Dulantzi, entre otros.

Esa costumbre, habitual entre los aldeanos alaveses, se imponía por necesidad, máxime en una época de penuria económica como era aquella de sus primeros años de vida, coincidentes con los momentos de mayor efervescencia de la Primera Guerra Carlista.

Más tarde prestaría sus servicios como «criado práctico» en la casa de un herrero en la Villa de Alegría, donde permaneció siete años, al término de los cuales supo las dificultades y apuros de una viuda joven para sacar provecho a unas tierras que tenía en arriendo y que le habían quedado de su matrimonio con un tal «Zurrumbón».

Avisado por una mujer de Alegría que tenía parentesco con la viuda partió para la hacienda de la zurrumbona a sabiendas que era el momento más propicio para ofrecer sus servicios como jornalero, pues coincidía con la época de la sementera.

Durante los primeros años mostró interés por llevar las tareas del campo de la mejor manera, «ofreciéndola compras, por su parte, una pareja de bueyes» con el dinero que había ahorrado en casa del herrero.

Su comportamiento fue siempre digno e irreprochable. Llegada la ocasión -convenida de antemano- decidieron contraer matrimonio, del que resultaron cinco hijos. Se sabe que sólo tres sobrevivieron, de los cuales: dos varones y una hembra.

Como consecuencia de ésta unión Garayo heredó -como es práctica de los pueblerinos y caseros- el sobrenombre del «Zurrumbón» y será con éste apodo recordado entre sus convecinos a pesar de que aparezca éste otro de «Sacamantecas» en los expedientes judiciales. (El día 19 de noviembre de 1879, El Anunciador Vitoriano publica una nota aclaratoria de que éste sobrenombre le venía de su primera viuda, que se había casado con Don José Acedo «Zurrumbón». Se publicó ésta en interés de la familia, para evitar toda posible relación con Garayo.

Duró aquel matrimonio trece años en el transcurso de los cuales vivió la pareja sin altercados notorios ni contrariedades o preocupaciones económicas sensibles hasta 1863, año en que muere la viuda. Hasta este momento, un cierto sentido de la economía doméstica y un control de los ingresos que le proporcionaban el campo, añadido a las escasas aspiraciones materiales éste hombre, dirigidas únicamente a a asegurar la vejez de ambos, le permitió vivir descansado cuidando de la educación de los hijos.

Pero los tiempos no iban a su favor y al poco de morir su mujer, tuvo que ocuparse directamente del labrantío, abandonando las tareas caseras y por tanto la educación de sus vástagos. Preocupado por el desorden en que vivían decidió Garayo casar de nuevo «cuentan que era una mujer de carácter áspero y de violento genio» con lo que, en vez de asegurar una convivencia pacífica, la disipó; entablándose entre ella y sus hijastros constantes reyertas, arraigándose los odios y dando lugar a que aquéllos huyeran de su casa, colocándose el mayor como criado y haciéndose vagabundos y pordioseros los menores.

Esta unión fracasada tornó a Garayo egoísta, huraño y solitario. Permanecieron juntos hasta 1870 año en que su mujer, que padecía una enfermedad variolosa, muere a consecuencia de ella. Siete años de desastrosa convivencia produjeron en él importantes secuelas en su comportamiento, con anterioridad había sido un hombre pacífico pasó a desentenderse de los hijos y cuando pasaba de los cincuenta decidió casarse por tercera vez.

La situación empeora cada año que pasa junto a ésta mujer. Resulta ser alcohólica y más desastrosa aún que la anterior matrimonio que se verá interrumpido por la misteriosa muerte de ella a los cinco años de convivencia que él contaba así:

«En la noche del 3 de abril de 1876, al volver del campo- donde estuve trabajando desde las cinco de la mañana y subir a la habitación nuestra- encontré la puerta cerrada y como al llamar no me contestó nadie, metí la mano por la gatera y saqué la llave de la puerta que yo mismo dejé allí cuando me marché a la mañana, quedándose mi mujer en la cama buena y sana. Al entrar en la alcoba vi que estaba agonizando. Salí asustado y busqué a un médico, el cual al ver que mi mujer no hablaba y que iba a expirar, mandó que viniera un cura y le diese la Unción».

Los primero [primeros] crímenes de Garayo, que no pudieron ser demostrados, son anteriores a la muerte de su tercera esposa, aunque llegó a contraer nupcias cuatro veces, no se cree que cometiera agresión contra ellas.

No debió pesar a su ánimo la muerte repentina de su tercera esposa pues más tarde contraía nupcias con una viuda de edad avanzada, de nombre Juana Ibisate, que le sobrevivió. La paz duró poco entre ellos y fue interrumpida pronto debido a las constantes discordias que surgieron en torno a la economía doméstica, sobretodo [sobre todo].

Él le increpaba porque bebía demasiado y el testimonio de la viuda era todo lo contrario y le acusaba de malgastar el dinero en toda clase de vicios. Lo cierto que esta mujer murió desprestigiada y abandonada por todos los suyos. Su testimonio, involuntariamente, fue definitivo para la detención de Garayo, al confesar al alguacil Pinedo que había pagado a una anciana de Vitoria veinte pesetas en concepto de indemnización para que no denunciara a su marido, al parecer le había atacado en alguno de los caminos de la ciudad un día que pedía caridad.

Los crímenes de Garayo

Entre los años 1870 y 1879 asesinó y violó a seis mujeres, cuatro de ellas prostitutas, de edades comprendidas entre los 13 y los 55 años, e incluso a alguna de ellas les produjo grandes mutilaciones. Se le imputaron también varios intentos más que no pudo consumar.

Estuvo casado cuatro veces y enviudó tres, aunque al parecer no mató a ninguna de sus mujeres.

Fue apresado en y condenado a muerte, murió por garrote vil al año siguiente en la prisión del Polvorín Viejo de Vitoria

Se hizo famoso por sus crímenes en toda España y se usaba su nombre para asustar a los niños.

En la Edad Media y ya avanzado el siglo XIX y comienzos del XX, se hizo tremendamente popular el apodo de sacamantecas a toda aquella persona relacionada con el llamado. Éste era un calificativo que se usaba para asustar a los niños e impedirles que hicieran sus tropelías.

Se decía que a los niños se les sacaba el sebo (grasa corporal) para fabricar una especie de ungüento que a la postre serviría para sanar y/o curar la tuberculosis. Uno de los más famosos sacamantecas, aunque lo fuera propiamente, fue Manuel Blanco Romasanta, a quien se le atribuyeron varios asesinatos de niños y adultos en Galicia.

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Juan Díaz de Garayo

Juan Díaz Garayo fue el «Sacamantecas», la persona que dio origen a la leyenda. Desde entonces los sueños de miles de niños se han visto perturbados por una figura imaginaria y sin rostro. Es hora de saber su historia.

Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña (1821-1880), más conocido como «el Sacamantecas» fue un célebre asesino en serie que aterrorizó la llanada alavesa durante el siglo XIX. En su haber se contabilizaron 6 asesinatos de mujeres y otros 4 intentos frustrados.

Su fama fue tal que se convirtió en un personaje del folclore popular, que es invocado cuando se quiere asustar a los niños. Era natural de Eguilaz.

Juan Díaz de Garayo fue un hombre fuerte, de buen talle y ancho de hombros. Tenía accesos de repentino furor, que le hacían buscar a sus víctimas. Violaba a sus víctimas brutalmente y las desgarraba el vientre con un cuchillo. Pensaba que era cosa de los demonios que se apoderaban de su mente.

A medida que va cometiendo los asesinatos, la saña y la furia es mayor. Entre el primer y segundo asesinato pasa un año. Entre éste y el siguiente, año y medio. Este tiempo transcurrido, en comparación con los siguientes crímenes, hacen sospechar que hubo algunos que nunca se conocieron.

En agosto de 1872, los crímenes tercero y cuarto se producen de forma casi seguida, en parecidas circunstancias a los anteriores. La tercera víctima no es ya una prostituta, sino una chiquilla de trece años. La cuarta vuelve a ser otra prostituta, pero joven. Mata y viola como a las demás, pero prueba de su crecinete sadismo y de su pérdida de control le causa múltiples heridas con una aguja que ella llevaba en el pelo para sostener el peinado. Las mujeres de la comarca empezaban a hablar de un monstruo que sacaba las mantecas de sus víctimas.

Durante la investigación policial se establecieron varios intentos de asesinato que no se consumaron. Pasan, así, cuatro años. Durante estos años enviudó por tercera vez.

En septiembre de 1878, tras dos ataques a dos ancianas, se produce el quinto crimen. Se trata de una campesina joven, alta, fuerte, que se defiende con desesperación. Juan Díaz de Garayo acaba por atravesarle el pecho de una puñalada; luego, una vez muerta, celebra su sádico ritual de sexo y sangre. El cadáver queda cosido a puñaladas y con el vientre abierto. Le quitó la aguja de coser que llevaba como pasador de pelo y se la clavó cincuenta veces en el pecho. Y siempre, después de cada crimen, iba a esconderse en el dolmen. El periódico El Pensamiento Alavés abría su portada así: «Se busca a un sacamantecas».

Dos días más tarde, vuelve a matar a otra campesina a la que estrangula, fuerza y mutila después de muerta, desgarrándole el vientre -que es como la marca de sus asesinatos-.

Las crónicas de la época lo calificaban de «monstruo rarísimo en quien la rara anomalía de la crueldad lasciva se asocia con la no menos rara del amor a los cadáveres». Continúa: «macho brutal, marcado con profundos estigmas atávicos y atípicos. La frente hacía recordar, tal como la describen los que la vieron, el cráneo de Neandertal. Las mandíbulas eran enormes. El rostro presentaba grandes asimetrías».

Hombre muy primitivo, tenía la apariencia de un enorme mono. Vivía como un labrador sobrio, austero, que se dedicaba a su trabajo. Hasta donde se sabe, su vida criminal coincide con su edad madura, los 50 años. Fue cuando se volcó su herencia genética: había nacido de una madre gravemente neurótica y alcohólica y de un padre igualmente alcohólico. Se cuentan seis crímenes, pero se teme que fueran muchos más.

Mientras cometió sus asesinatos, las mujeres tuvieron mucho miedo. Se encerraban en cien leguas a la redonda del campo alavés en que cometía sus fechorías, y aunque no se tiene constancia de que fuera un errabundo viajero que cometiera crímenes en otras regiones, el relato de sus atrocidades por medio del boca a boca sembró el miedo en todo el país. La policía buscaba a alguien que creían muy inteligente, feroz y que no dejaba huellas.

Cuenta Constancio Bernaldo de Quirós, en su libro Figuras delincuentes, que al entrar a servir Díaz de Garayo temporalmente a un labrador, una niña pequeña le señaló sin haberlo visto nunca y le dijo: «¡Qué cara! Parece el Sacamantecas!». Eso hizo que la vecindad le acosara y que la autoridad acabara por detenerle e interrogarle. Con gran sorpresa, los policías descubrieron que, al poco de someterle a las preguntas de rigor, se derrumbaba y confesaba sus feroces asesinatos.

Juan Díaz de Garayo fue apresado y encerrado en la prisión de Vitoria. La Guardia Civil contaba que Juan había confesado no saber lo que había hecho, casi no podía articular palabra. En el informe forense se destacaba: «Su cráneo, su frente parece la de un neandertal. Mandíbulas prominentes. Es un macho brutal, un monstruo. Su rostro está lleno de asimetrías. Un enigma de la moderna antropología. Y en los crímenes algo extraño le ha obligado actuar. Él dice que ha sido el demonio». (Informe forense de Bernardo de Quirós).

El juicio se celebró muy poco después de la detención. Los médicos forenses, diez en total, estuvieron de acuerdo en que no se trataba de un loco, sino de un hombre capaz de decidir y de actuar con libre albedrío. El proceso se abrevió en lo posible.

Un mes después, el más famoso verdugo de la época, Gregorio Mayoral, llegado de Burgos; lo sentaba en el garrote vil. Y el verdugo no pudo evitar el miedo. Aquel hombre era diferente. Algunos juran, que aquella noche en la prisión, se oyó un extraño grito.

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Juan Díaz de Garayo «El sacamantecas»

Antes de que Jack el destripador sembrara el terror en el Londres Victoriano de 1888, un campesino alavés se le había adelantado, ostentando ser el primer asesino en serie de la Historia. Juan Díaz de Garayo asesinó y violó a seis mujeres de edades comprendidas entre los 13 y 52 años entre los años 1870 y 1879 en los campos de Álava, amén de otros intentos no consumados.

Su «modus operandi» siempre era idéntico. Abordaba a las mujeres en plena calle forzándoles a mantener relaciones sexuales con él. Cuando se resistían les estrangulaba y les desgarraba el vientre con un cuchillo extrayéndole toda la grasa del cuerpo.

Su primera víctima fue una prostituta, a la que Garayo acompañó siguiendo el curso del río Errekatxiki. Ocurrió el 2 de abril de 1870. A las afueras de Vitoria le ofrece tres reales a cambio de mantener relaciones sexuales con él. La mujer le solicita cinco, y no satisfecho con ello, Garayo se abalanza sobre ella estrangulándola y ahogándola en la ribera de un arroyo. Un criado halló el cadáver al día siguiente. La víctima fue identificada, pero el caso se cerró ante la falta de pruebas, algo que se convertiría en una constante en el resto de sus crímenes.

El 12 de marzo de 1871 comete su segundo asesinato. La victima se trataba de una mujer viuda a la que convenció para mantener relaciones. Se trasladaron hasta las afueras de la ciudad, y la historia volvió a repetirse. Él le ofreció poco dinero, ella pidió más, discutieron, y en medio de la disputa la estranguló. Las autoridades tampoco lograron esclarecer el caso, que cayó en el olvido.

La tercera de sus victimas fue una niña de tan sólo trece años a la que el 2 de agosto de 1872 violó y asesinó.

El 29 de agosto de 1872 vuelve a asesinar, esta vez a una joven prostituta.

Tras siete años sin matar, los días 7 y 8 de septiembre de 1879 finaliza su sangrienta carrera antes de ser detenido, matando a una joven y a una mujer de 52 años.

Varios intentos frustrados se suman a esta larga lista de asesinatos. ¿Pero era realmente la agresión sexual sobre sus víctimas lo que le movía a matar? A finales del siglo XIX la creencia popular sostenía que con las grasas del cuerpo se sanaban algunas enfermedades. Para ello se fabricaba una especie de ungüento con las entrañas de las personas. En aquella España negra, oculta y ancestral, las familias adineradas fueron capaces de pagar grandes sumas de dinero a gente sin escrúpulos que mataban para sacar la grasa y así poder utilizarla para sanar enfermedades. Díaz de Garayo fue uno de estos «Sacamantecas» a los que se les encargaba extraer el unto de las víctimas a cambio de unas monedas.

En el juicio afirmó que una noche mientras dormía en su chabola, recibió la visita de una sombra negra, el mismísimo diablo, que le ordenó cometer aquellos crímenes.

En el informe forense de Bernardo de Quirós se recogía: «Su cráneo, su frente parece la de un neandertal. Mandíbulas prominentes. Es un macho brutal, un monstruo. Su rostro está lleno de asimetrías. Un enigma de la moderna antropología. Y en los crímenes algo extraño le ha obligado a actuar. Él dice que ha sido el demonio.»

Ramón Apráiz, un prestigioso médico alavés, junto a once colegas dictaminaron que no existía en Díaz de Garayo enajenación mental, siendo perfectamente consciente de lo que hacía.

A las ocho de la mañana del 11 de mayo de 1881, en el polvorín viejo de la ciudad de Vitoria, se le cubrió la cabeza al sacamantecas con un capuchón negro y se le rodeó con un collarín de hierro. El verdugo más famoso de la época llegado desde Burgos, Gregorio Mayoral, comenzó a girar el torno hasta que se le quebraron las vértebras cervicales y el sacamantecas murió asfixiado.

El garrote vil había puesto fin a uno de los mayores sanguinarios que nos ha dado la Historia de España.

Su cadáver se expuso públicamente para el «macabro» goce de aquellos vecinos que deseaban verlo muerto, y fue enterrado en una fosa común del cementerio de «Santa Isabel» en Vitoria.

Varios antropólogos de Bélgica y Suiza viajaron hasta Vitoria para observar el cráneo de aquel asesino totalmente desproporcionado.

En el norte de España durante décadas se ha utilizado siempre la misma frase para asustar a los niños: «¡Que viene el Sacamantecas!».

Igual ocurrió con Francisco Leona «El Hombre del Saco», quien se dedicaba a visitar pueblos españoles para secuestrar niños, guardándolos amordazados en un saco que colgaba de su espalda. Los llevaba después a un lugar despoblado, los asesinaba y les extraía las vísceras con el mismo objetivo que Díaz de Garayo: venderlas para fabricar ungüentos curativos.

La leyenda del «Hombre del Saco» tuvo tanto impacto que fue asimilada por otros pueblos de Europa y transmitida inclusive al Nuevo Mundo, donde aún forma parte del folklore estadounidense.

El tal Díaz de Garayo fue un asesino y violador de mujeres, en su mayor parte prostitutas, a las que rajaba el vientre de forma atroz. Declaró seis muertes, aunque se piensa que fueron muchas más por lo espaciado de algunos de sus crímenes.

Como anécdota y para imaginar el rostro y los rasgos tan inusuales y terroríficos de este hombre, su captura se debió a que una niña, al cruzárselo por la calle y ver su horrendo rostro, imaginó que alguien con ese aspecto debía de ser el sacamantecas que estaba azotando con sus crímenes aquellas tierras y se puso a gritar señalándolo. La gente, pensando que el hombre había intentado algún tipo de abuso sobre la niña, lo llevó al cuartelillo, donde Díaz de Garayo se vino abajo y confesó sus crímenes. Al final, fue condenado a muerte a [y] ajusticiado en [el] Garrote Vil.


El caso de Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas

César Tomé – Culturacientifica.com

13 de julio de 2015

Era famoso, una leyenda urbana diríamos ahora, y, además, el terror de los niños. Nació el 16 de octubre de 1821 en Eguilaz, pedanía del municipio de San Millán, en el nordeste de la provincia de Álava, y detenido en 1880 y condenado a muerte, fue ejecutado con garrote vil en 1881 en la prisión del Polvorín Viejo de Vitoria. El verdugo, Gregorio Mayoral, de Burgos, era famoso en aquellos tiempos, aunque hay quien asegura que fue Lorenzo Huertas, también muy estimado en su oficio, quien lo ejecutó.

Entre 1870 y 1879, mató y violó a seis mujeres que se sepa, cuatro de ellas prostitutas, con edades que iban de los 11 a los 55 años. Casado cuatro veces, enviudó de tres mujeres, aunque parece que no intervino en la muerte de ninguna de ellas. A varias de sus víctimas les infringió crueles mutilaciones, al estilo de Jack El Destripador, y de ahí le viene el apodo de El Sacamantecas, con el que ha pasado a las leyendas y cuentos populares que se utilizaban, sobre todo, para asustar a los niños, como decía antes.

Fue en la Llanada alavesa, en unos campos que conocía bien, donde el 2 de abril de 1870 asesina a la primera mujer, una prostituta conocida como La Valdegoviesa; murió la mujer junto al arroyo conocido como Errekatxiki. Había trabajado como criado para tareas agrícolas en muchos pueblos de la comarca y sabía donde encontrar comida y cobijo.

Un año después mata a su segunda víctima, de nuevo una prostituta y, en agosto de 1872, los asesinatos tercero y cuarto se suceden con rapidez. La tercera víctima es una adolescente y la cuarta otra prostituta. En 1873 y 1874 ataca a una prostituta y a una vieja mendiga que logran escapar con vida.

Pasan cuatro años hasta la siguiente víctima y es en 1878 y 1879 cuando se reinician los asesinatos, primero con dos ataques sin muerte, y en septiembre con la muerte de una joven campesina, a la que destripa para alimentar la leyenda de El Sacamantecas, y sólo dos días después, llega la sexta víctima, estrangulada, violada y mutilada con crueldad.

Parece que sus bodas, tener una mujer a su disposición, le calmaba; quedaba tranquilo y saciado su excitable temperamento que, de no ser así, le arrastraba a las prostitutas y, con los años, al crimen. Quizá el periodo más feliz y sosegado de su vida fueron los 13 años que estuvo casado con su primera mujer, una viuda rica y de más edad, a la que llamaban la Zurrumbona por haber estado casada con El Zurrumbón, apodo que heredó Garayo al casar con la viuda. Cuando ella murió, comenzó su carrera criminal.

Estamos en la época de Cesare Lombroso y El Hombre Delincuente. Al criminal, se decía, se le reconocía con rapidez y facilidad por su aspecto físico: frente breve y huidiza, cerebro pequeño, ojos juntos, nuca plana, todo ello prueba irrefutable de su degeneración. Todo esto le viene de nacimiento y, por tanto, hay que estudiar los antecedentes familiares de los criminales para encontrar signos que delaten sus futuras tendencias criminales. Además, la conducta criminal empeora con la vida disoluta y el abuso del alcohol. Era la época de la frenología.

La frenología, según nuestro Diccionario de la Lengua, se define como «Doctrina psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo. El examen de estos permitiría reconocer el carácter y aptitudes de la persona.»

Se basaba en cuatro postulados principales. En primer lugar, el cerebro no es un órgano uniforme sino que está formado por regiones, cada una de ellas con una función concreta. Cada una de estas funciones, según el segundo postulado, actúa más o menos bien según el estado de la región cerebral que la dirige.

El tercer postulado afirma que el estado de cada región influye en la forma de su cubierta ósea, es decir, de la zona del cráneo más cercana. Lo que implica, en cuarto lugar, que el estudio del cráneo, incluso con palpaciones en vivo, nos permitirá conocer cómo funciona cada región del cerebro y, conociendo lo que dirige cada una de ellas, deducir la psicología y la conducta del individuo.

En resumen, en el cerebro hay diversidad de funciones, hay una relación entre órgano y función, hay influencia del órgano en la morfología cercana del cráneo y, con ello, tenemos la posibilidad del examen externo.

Parecían buenos principios pero nunca alcanzaron los frenólogos un consenso para su aplicación. Sus exploraciones no conseguían confirmar los resultados obtenidos con anterioridad. Por ejemplo, el número de regiones del cerebro que dirigían funciones iba de 27 a más de 40, según el autor. Tampoco había acuerdo en la localización de las funciones en cada una de las regiones del cerebro.

Por tanto, la frenología, creada a principios del siglo XIX por el médico alemán Franz Joseph Gall, hacia 1840 comenzó a quedar desacreditada, casi desapareció, resurgió en el último tercio del siglo con el darwinismo y Lombroso, en la época en que actuó el Sacamantecas, y para el siglo XX sólo quedó, por una parte, como una pseudociencia más y, como otra, como excusa para que las potencias coloniales intentaran demostrar la superioridad de los europeos sobre el resto de pueblos del mundo.

Para demostrar o refutar esta teoría, nada menos que diez médicos militares, otros seis alienistas, algún farmacéutico y una docena de periodistas asistirán a la autopsia de El Sacamantecas, recién ejecutado y con el cadáver aún caliente.

Y dirigiendo la reunión, el Dr. José María Esquerdo y Zaragoza, ilustre y conocido frenópata de aquellos tiempos, famoso defensor de las teorías de Lombroso. Al buen doctor sólo le interesaba el cráneo, cerebro incluido, de Garayo; allí esperaba encontrar las pruebas de su locura. El cerebelo pequeño y aplastado; el cuerpo romboidal disminuido y con mal color; los corpúsculos de Pacchioni demasiado grandes y la cresta occipital externa también algo exagerada; todos son datos que apoyan las ideas del Dr. Esquerdo, según proclama él mismo.

En el informe de la autopsia que publicó el periódico La Vanguardia, lo comentaba en un párrafo clarificador: «El criminal ha dejado de serlo; el cadáver ha resuelto el problema; su cerebro abierto ha manifestado la causa del crimen; su encéfalo ha sido una revelación». En fin, el Sacamantecas no es un criminal, simplemente estaba loco, según la frenología.

Además, la familia era un desastre: el padre, borracho, cruel y poco de fiar; la madre, una histérica; los cinco hermanos, todos raros, aunque destaca Florentina, repulsiva, violenta, cruel, vengativa, enjuta de carnes, impúdica, de ojos negros, pequeños, vivos y penetrantes, y con nueve hijos, y de ellos, ocho ya muertos para entonces. Incluso, un periodista de La Vanguardia ha conseguido añadir a este catálogo de monstruosidades de la pobre Florentina una más que ni sé lo que significa: tiene «subritérico color».

Hasta el propio Sacamantecas llamaba la atención por su aspecto repulsivo. Se cuenta, aunque no es cierto, que fue detenido porque una niña que se cruzó con él y que no le conocía de nada, gritó asustada «¡Madre! ¡Madre! ¡El Sacamantecas!».

En realidad fue detenido por un perspicaz alguacil de Vitoria llamado Pío Fernández de Pinedo, que le reconoció cuando se cruzó con él por la calle por la descripción que habían hecho las víctimas que habían sobrevivido a su ataque.

La descripción de las crónicas periodísticas dicen que era sanguíneo, atlético, de frente estrecha y occipucio plano, con la base del cráneo ancha, color animado, pómulos salientes, facciones fruncidas, ojos pequeños, hundidos, desviados y uno de ellos torcido con siniestra mirada.

Además, las crónicas de la época nos cuentan que era imbécil, egoísta, glotón e indiferente; taciturno y frío, y nunca tuvo más amigo o amo que el vino. En fin, que con su aspecto, su cráneo, su familia y su azarosa vida, cumplía a la perfección todas las condiciones que pedía el Dr. Esquerdo para declararlo el perfecto delincuente. Era un loco sin remedio. Todo ello aunque, en la vista oral, diez médicos forenses declararon a Garayo plenamente consciente de sus actos.

El Dr. Esquerdo no estaba en absoluto de acuerdo. Era lo que se llamaba «un loco que no lo parece», no era consciente de sus actos como así lo indicaban su cráneo, su cerebro, su familia y su entorno. Lo describe como un imbécil y un idiota moral. Es, en definitiva, un jorobado del cerebro según Esquerdo. Solo queda la reclusión en el manicomio pero, en ningún caso, el garrote vil.

Como adorno, aquí van los últimos cuatro versos octosílabos del romance que nos cuenta, y sobre todo, cuenta a niños y mayores en la plaza del pueblo, la terrible historia del cruel asesino llamado El Sacamantecas. Era un llamado pliego de ciego, muy popular durante el juicio y ejecución de Juan Díaz de Garayo que, también, a mí me sirve de despedida:

Redoblan ya los tambores,
El verdugo presto está
Traen escoltado a Garayo
La ejecución va a empezar.

Referencias:

Balada, M. & M. Ramoneda. 2009. «Los alienistas y el Sacamantecas». La Vanguardia 22 octubre.

Domenech, E. 1977. «La Frenología. Análisis histórico de una doctrina psicológica organicista». Universidad de Barcelona. 215 pp.

Olmos, M. 2010. «El destripador de Vitoria». El Correo 6 diciembre.

Rey González, A.M. 1983. «Clásicos de la Psiquiatría española del siglo XIX: José María Esquerdo y Zaragoza (1842-1912)». Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría 3: 103-115.


El Sacamantecas

Diario de Noticias de Álava

El 10 de mayo de 1881, mientras pasaba sus últimas horas de vida encerrado en la cárcel de Vitoria, situada en la calle La Paz, un reo aguardaba su ejecución fumando cuatro cajetillas de tabaco y tomando un café y una copa de moscatel.

Al día siguiente, alrededor de las 8.30 horas era ejecutado por garrote en las postrimerías del Polvorín, y su cadáver expuesto a escarnio público hasta las 19.30 horas, para el macabro goce de aquellos vecinos de la ciudad que deseaban verlo muerto, pues su ejecución había causado tanta expectación que las autoridades prohibieron la presencia de niños y mujeres en la misma.

Su cuerpo fue enterrado en una fosa común del cementerio de Santa Isabel, donde permanece hoy en día. Su cabeza fue cercenada, desapareció del lugar donde le practicaron la autopsia y hoy en día se cree que permanece en una colección privada en Madrid.

La ejecución de este vecino de la calle Nueva Dentro, natural de la localidad de Eguilaz, supuso a su esposa -casado con ella en cuartas nupcias- un coste total de 138,40 pesetas. Aquel 11 de mayo de 1881 moría ejecutado el reo Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña, que durante unos años convirtió a Vitoria en una ciudad ensangrentada.

Conocido como el Zurrumbón por los gasteiztarras de finales del siglo XIX, y como el Sacamantecas para las generaciones posteriores, antes de que Jack El destripador sembrara el caos en el Londres victoriano durante 1888, un labrador alavés se le había adelantado en el dudoso honor de ser nombrado el primer asesino en serie de la historia.

Una felicidad efímera – ¿Cuerdo o loco?

Juan Díaz de Garayo vivía feliz en Vitoria con su mujer, Antonia Berrosteguieta, y sus tres hijos, Cándido, Josefa y Tomás. Nacido en Eguilaz el 17 de octubre de 1821, tenía ocho hermanos, y ya desde pequeño se dedicó a las labores de labranza para diversos amos, y conoció a su primera esposa cuando fue a servir a sus tierras. Apodada la Zurrumbona, mote del que había sido su primer marido y que posteriormente traspasó a Díaz de Garayo, Antonia y él convivieron durante años con plenitud e incluso tuvieron cinco hijos, aunque dos de ellos murieron.

Pero esta felicidad resultó tristemente efímera para Garayo, pues su esposa falleció tras trece años de matrimonio, y es aquí donde el mito del Sacamantecas empezó a cobrar forma. Su incapacidad para ocuparse al mismo tiempo de las tareas del campo y las labores de casa acabó por convertir su hogar en un lugar abandonado y polvoriento.

Buscando una solución, Garayo decidió casarse de nuevo con la valdegoviense Juana Salazar, pero la fatalidad quiso que también falleciera unos años después. «Era una mujer de carácter áspero y de violento genio», explicaba en su libro el entonces diputado foral Ricardo Becerro de Bengoa, que en 1881 tuvo la oportunidad de entrevistarse con el Sacamantecas durante sus últimos días de vida.

Tras la ejecución del Sacamantecas, los alienistas debatieron durante semanas si sus asesinatos se debían a su inestabilidad mental o si era plenamente consciente de lo que hacía. El ateneo de la capital alavesa acogió varias conferencias, como la realizada por el doctor Ramón Apraiz, que concluyó con un «deducimos que Juan Díaz de Garayo no tiene monomanía (locura) alguna ni la tuvo al cometer los crímenes», y se oponía a la reclusión del reo en una [un] manicomio, una afirmación que, sin embargo, no era compartida por otros colegas.

2 de abril de 1870 – Errekatxiki

Su primera víctima fue una prostituta, cuyo marido cumplía condena en la cárcel. Garayo la acompañó siguiendo el curso del río Errekatxiki, saliendo de Vitoria a través de la calle Portal del Rey. Cuando alcanzaron la carretera a Navarra se apartaron del camino, y le ofreció tres reales a cambio de mantener relaciones sexuales. Ella se enfureció ante tan nimia cantidad, solicitando cinco. Tal vez por tacañería, o quizás ante la posibilidad de no ver consumado su deseo sexual, Garayo se abalanzó sobre la mujer y la estranguló con sus propias manos, pero dejándole aún con un pequeño soplo de vida, un soplo que extinguió sumergiendo su cabeza en un arroyo de agua adyacente.

Muerta la prostituta, la despojó de sus ropas, satisfizo sus deseos necrófagos contemplando su cuerpo desnudo durante unos minutos y se sumergió en la oscuridad de la noche camino a Vitoria. Un criado que caminaba por la orilla del río halló el cadáver al día siguiente. La víctima fue identificada, pero el caso se cerró ante la falta de pruebas, algo que se convertiría en una constante en el resto de sus crímenes.

12 de marzo de 1871 – Arana

Tan sólo un año después, el ansia de Garayo buscó de nuevo una víctima propicia, una mujer viuda con la que se topó también en Portal del Rey, y a la que convenció para mantener relaciones. Se trasladaron hasta la zona de Arana, y allí la historia volvió a repetirse. Él le ofreció poco dinero, ella pidió más, discutieron, y en medio de la disputa la estranguló. Las autoridades tampoco lograron esclarecer el caso, que cayó en el olvido. El Zurrumbón logró de nuevo un momento de éxtasis, y la impunidad de sus actos logró que Garayo creyera que su captura nunca llegaría.

2 de agosto de 1872 – Gamarra Mayor

La tercera víctima fue una niña de apenas 13 años, que caminaba sola por las afueras en dirección a Vitoria. Al parecer, Sacamantecas había optado por deambular en ocasiones por estos lugares, en busca de zonas solitarias donde cometer sus asesinatos. La belleza de la muchacha -criada de una familia adinerada- turbó los sentidos del infame asesino, que no perdió ni un segundo en abalanzarse sobre ella, en silencio, arrastrándola hasta una acequia cercana y estrangulándola con un método ya perfeccionado. No la mató, al menos no en ese instante, pues sus necrofílicos deseos sexuales fueron más poderosos que el temor a ser descubierto. Yaciendo en estado agónico, la joven fue violada, muriendo posteriormente estrangulada.

29 de agosto de 1872 – La Zumaquera

A estas alturas, el pánico se había adueñado de toda la ciudad. En su libro, Becerro de Bengoa desvelaba que en Vitoria existía la creencia de que entre sus vecinos había no sólo uno sino varios asesinos cuya identidad permanecía oculta. Y todo en una ciudad que «ha visto pasar años y años sin que tuviera que venir el verdugo a visitarlo [visitarla]». Los hombres no dejaban a sus mujeres e hijas salir solas de casa, mientras la Policía escudriñaba cada detalle en busca de la más mínima pista.

El 29 de agosto, de 1872 Garayo salió de su casa de la calle Nueva Dentro. Tenía 50 años y su segunda esposa había fallecido dos años atrás, después de haber gastado gran parte de la fortuna del Zurrumbón en la bebida. Tan sólo había caminado unos pasos cuando se topó con una joven prostituta. Se desplazaron juntos hasta el camino de La Zumaquera, aunque Garayo, para no levantar sospechas, andaba unos metros detrás de la que iba a convertirse en su nueva víctima.

Los prolegómenos del crimen no distaron muchos de los anteriores. Ante la tacañería de Garayo al ofrecerle sólo tres o cuatro reales, la mujer se enfureció, y la furia del asesino se desató. La estranguló hasta creerla muerta, y el infortunio quiso que la víctima realizara un último y leve movimiento antes de morir. Garayo arrancó una horquilla del pelo de la prostituta y se la clavó justo en el corazón, con una brutalidad desproporcionada.

7 de septiembre de 1879 – Zaitegui

Al Sacamantecas le dio tiempo a casarse una tercera vez, y a perderla de nuevo por muerte natural. Apenas un mes después de enviudar, volvió a contraer matrimonio, en las que serían sus últimas nupcias, con una anciana de nombre Juana Ibisate, natural de Okina. Habrían de pasar siete años hasta que el Sacamantecas matara de nuevo, con dos intentos infructuosos por el camino, primero con una molinera que se resistió al ataque y más tarde con una mendiga que rechazó a Garayo con un doloroso puntapié en los testículos.

Tras estas frustradas tentativas Garayo consumó su penúltimo asesinato en el término de Zaitegui, con una desafortunada mujer que caminaba por la zona. Las manos del Sacamantecas volvieron a actuar como instrumentos de muerte, pero esta vez su sadismo aumentó considerablemente pues, ante la resistencia de la joven, sacó una navaja con la que la apuñaló con saña.

8 de septiembre de 1879 – Araca

Una labradora de 52 años fue la última víctima del Sacamantecas. Mientras paseaba por la zona de Araca, el destino quiso que la lluvia cayera con fuerza justo en ese mismo momento, por lo que se refugió bajo un árbol situado junto al sendero, donde coincidió con su asesino, que le ofreció mantener relaciones sexuales pero halló una nueva negativa de manos de la mujer.

En esta última ocasión Garayo prescindió de sus manos, y estranguló a la mujer con el delantal que ésta vestía. Mientras aún respiraba, sacó de nuevo su navaja, la apuñaló en el vientre y el corazón y la rajó para arrancar los intestinos y el riñón de la desgraciada labradora, de la misma forma que la leyenda de los sacamantecas aseguraba que hacían estos asesinos, para lubricar con ellos las vías de los ferrocarriles y desplazar así a aquel inmenso medio de transporte.

Ejecutado por garrote – Captura y muerte

Uno de los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria más conocidos en la época, Pío Pinedo, paseaba por el centro de la ciudad un día cualquiera, sin un rumbo definido, tal vez musitando sobre el caso que venía atormentándolo en los últimos tiempos, el del infame Sacamantecas.

La fortuna quiso que Juan Díaz de Garayo pasara por allí al mismo tiempo, y fue reconocido por Pinedo, quien se abalanzó sobre él al grito de «Es el Sacamantecas», y lo trasladó a la cárcel de la calle La Paz, donde pese a sus reticencias iniciales Garayo acabó confesando, primero ante la presencia del alcaide José Fresco, y después ante el llavero Juan Gimenez. Anteriormente, una niña de la villa de Alegría se había sobrecogido ante la visión del labrador que había acudido a trabajar a su casa. «Padre, qué criado más feo has traído, ¡Parece el Sacamantecas!».

La Justicia sólo tenía pruebas para condenarlo por dos asesinatos, aunque antes de su ejecución a Garayo le dio tiempo a aprender a leer e incluso a quitarse la ropa con los grilletes puestos, algo que sólo los presos más veteranos aprendían a hacer tras años de práctica. El 11 de mayo moría ejecutado por garrote, pero su nombre continúa en el imaginario colectivo de toda una ciudad.

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