Juan Vallejo Corona

Atrás Nueva búsqueda
Juan Corona

El Asesino del Machete

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador
  • Número de víctimas: 25
  • Periodo de actividad: 1960-1971
  • Fecha de detención: Mayo 1971
  • Fecha de nacimiento: 1934
  • Perfil de las víctimas: Hombres (vagabundos e inmigrantes ilegales)
  • Método de matar: Arma blanca (machete)
  • Localización: Yuba City, Estados Unidos (California)
  • Estado: Condenado a 25 cadenas perpetuas en enero de 1973
Leer más

Asesinó a machetazos y violó a 25 hombres

Última actualización: 18 de enero de 2016

Nacido en México en 1934, Juan Corona se trasladó a Yuba City, en California, a principios de los años 50 como emigrante trabajador. Allí el mexicano se estableció formando una familia y consiguiendo ascender de simple peón a contratista y capataz de obras, hasta que fue acusado de matar a machetazos a 25 hombres.

El 19 de Mayo de 1971, un granjero japonés que estaba dando una vuelta por un campo de melocotones descubrió una zona donde la tierra estaba removida, como si se hubiera enterrado algo. Curiosamente era la zona donde el equipo de Corona estaba trabajando. El granjero japonés avisó a la Policía y a la mañana siguiente, después de excavar, encontraron el cuerpo de Kenneth Whitacre; el chico había sido acuchillado y su cráneo estaba abierto por el golpe de un objeto afilado.

Cuatro días después, los trabajadores encontrarían otra tumba donde se hallaba el cuerpo de Charles Fleming. Antes de que este cadáver fuera identificado se había encontrado otra tumba, y otra, hasta un total de 25 después de 9 días de búsqueda.

Muchas de las víctimas eran borrachos vagabundos y emigrantes a los que nadie echaba de menos, por lo que nadie había denunciado su desaparición.

A Juan Corona, amante padre de 4 hijos, le acusaron por unas pruebas grafológicas realizadas sobre un par de recibos encontrados en las ropas de dos de los muertos.

Muchas de las víctimas fueron acuchilladas o golpeadas con un machete hasta la muerte, y tenían signos de ataques homosexuales, lo que llevó a la gente a creer que el asesino pudiera ser el hermano de Juan Corona, Natividad, un joven declarado abiertamente gay. En 1970, encontraron el cuero cabelludo de un joven mexicano rebanado con un machete, en un café regentado por Natividad. La víctima presentó cargos contra Natividad intentando conseguir 250.000 dólares por daños. Natividad huyó a México y el caso está todavía sin resolver.

En el juicio la defensa intentó echar la culpa a Natividad, sin embargo no existían evidencias que le situaran en la zona en el momento de los asesinatos. El jurado deliberó 45 horas antes de condenarlo por múltiples casos de asesinato. Un mes después Juan Corona fue sentenciado a 25 cadenas perpetuas.

Mientras estaba en prisión, Corona perdió un ojo cuando fue atacado por 4 presos. Actualmente reside en la prisión del estado de Corcoran, donde según dicen pasea por el patio obsesivamente refunfuñando. En marzo de 1999, Juan Corona fue atacado por otros prisioneros cuando varios de ellos invadieron la zona de recreo de la unidad de protección de la prisión. Corona actualmente tiene 65 años, está enfermo y sufre demencia.


Juan Vallejo Corona

Última actualización: 18 de enero de 2016

Juan Vallejo Corona nace en el año de 1934 en México y desde joven emigró a California, a la ciudad de Yuba City donde se estableció. Se casó y formo una familia de cuatro hijas, y al paso del tiempo se convirtió en contratista de mano de obra. Su labor era altamente apreciada entre los granjeros del lugar, a quienes proporcionaba mano de obra barata, generalmente mexicanos emigrantes que como él, perseguían un mejor nivel de vida.

Pero el 19 de mayo de 1971, un granjero japonés de la zona salió a pasear por sus huertos de durazno y notó que alguien había excavado entre dos árboles un hoyo de dimensiones semejantes a las de una tumba. A pesar de que alrededor había cuadrillas de trabajadores contratadas por Juan Corona pizcando durazno, quedó intrigado por el hallazgo al grado de regresar a ver el agujero por la noche.

Cuál sería su sorpresa al encontrar el hoyo relleno de tierra. Decidió llamar a la policía, que en un principio no sospechó nada extraño, a excepción del hecho de que alguien pudo haber ido a enterrar basura en una propiedad ajena. Para sorpresa de todos, los oficiales se encontraron al excavar con el cadáver de un hombre blanco y delgado. En vida aquel sujeto se llamaba Kenneth Whiteacre y había sido apuñalado en el pecho, fuertemente golpeado en la cabeza y tenía varias laceraciones profundas detrás del cráneo. En sus ropas se pudo hallar un pasquín de pornografía gay, lo que hizo suponer que era homosexual.

A pesar de la horrible naturaleza del descubrimiento, para la policía no había razón de alarma. Total, el movimiento gay en boga en San Francisco había agitado e irritado a mucha gente que bien pudo haber liquidado al hombre como una forma de represalia.

Kidder, escritor y reportero del crimen, especuló con que aquel homicidio pudo haber sido cometido por un par de hombres, que habían salido a la caza de un encuentro sexual y hallaron un voluntario que por algún dinero accedió a sus peticiones, pero al que luego mataron cuando se negaron a pagarle el billete prometido. Los peritos tomaron algunas impresiones de las huellas de una camioneta que estuvo en el sitio, pero no se le dio la importancia debida al asunto y el cuerpo no fue estudiado con la minuciosidad requerida.

Debía descartarse algún tipo de asalto sexual, aunque, eso sí, se determinó que las heridas de la cabeza habían sido practicadas cuando el hombre ya había fallecido. Después del rapidísimo examen forense el cadáver fue entregado a los funerarios. Los detectives concluyeron que pudo haber sido el resultado de una pelea, un mero suceso al azar.

Sin embargo, unos cuantos días después se halló otro cuerpo en las huertas de durazno de la zona. El 24 de mayo, mientras operaban un tractor en un rancho vecino los trabajadores tuvieron que parar al encontrar tierra compactada.

De nuevo fue llamada la policía y encontraron el cuerpo de Charles Fleming otro vagabundo del lugar. Esta vez las autoridades actuaron con mayor cautela y la búsqueda de más cuerpos se intensificó sin encontrar nada, hasta que un oficial descubrió un pequeño camino entre la vegetación que los condujo a una enorme tumba colectiva.

A lo largo de la rivera encontraron la tierra sospechosamente revuelta. Cuando comenzaron a remover el suelo con las palas encontraron las piezas clave del caso. Unas notas del mercado de la ciudad a nombre de un tal «Juan V. Corona», despachadas hacía pocos días. Al excavar encontraron otro cadáver, un hombre con las mismas heridas de muerte, golpes en la cabeza y laceraciones producidas por lo que parecía ser un machete.

El sujeto enterrado era un granjero indigente. Siguieron apareciendo cuerpos, uno tras otro, en diferentes grados de descomposición, de tal modo que se pudo establecer hasta la cronología de las muertes. Algunos de ellos difícilmente podían mantenerse completos y tuvieron que ser colocados dentro de bolsas de plástico para su posterior identificación.

Indudablemente era esta fosa colectiva el producto de un solo criminal, puesto que todos los cuerpos presentaban signos de un mismo ritual de muerte. Una especie de firma, según lo llaman los especialistas. De vez en cuando ocurren actos violentos en una comunidad, pero los oficiales a cargo jamás habían presenciado un entierro colectivo como este. Las victimas aparecían con evidentes signos de asalto sexual, con los calzones a los tobillos y los genitales expuestos. La mayoría habían sido trabajadores emigrantes o vagabundos, asesinados con un arma punzocortante y golpes en la cabeza. Algunos habían incluso recibido un tiro.

A pesar de la evidencia contra Juan Corona, el sheriff Roy Whiteaker hizo énfasis en el cuidado que debían guardar sus subalternos en la recuperación de los cuerpos. Las recetas halladas eran buenas, pero para dar un paso definitivo se debía encontrar algo más. Entonces el objetivo se fijó en interrogar a terceros que hubieran conocido a las víctimas y poder ligar definitivamente al contratista con las muertes.

A estas alturas de la conmoción el sheriff Whiteaker ya conocía algunos detalles muy oscuros acerca del contratista mexicano Juan Vallejo Corona.

Circulaban rumores acerca de Corona y algunos «asuntos» suyos con hombres homosexuales, pero rumores al fin. Luego estaba el hecho de que había sido diagnosticado de esquizofrenia (1956) y conforme a los usos médicos de entonces fue sometido a terapia de electrochoque.

También se conocía a la perfección un macabro episodio que involucraba a su hermano Natividad Corona, ese sí conocido y violento gay que operaba el café Guadalajara en el poblado de Marysville. En esa ocasión apareció en el baño del lugar un joven sangrando por la cabeza, pues con un machete le habían volado parte del cuero cabelludo. El sujeto fue auxiliado por otros comensales y Natividad Corona huyó del país hacia México. La víctima puso una denuncia y pidió una indemnización de 250.000 dólares, pero el proceso nunca fructificó ante la ausencia del demandado. La existencia de este lío entre homosexuales daba mucho en que pensar acerca del señor Juan Corona.

En una época que todavía no explotaba el uso de compleja tecnología forense, la única manera de construir el caso contra Juan Corona fue mediante pruebas circunstanciales. Los fiscales sabían que las notas del mercado podían ser rebatidas durante el juicio, así que mediante los testimonios de muchas fuentes podían armar un mosaico que sustituyera la evidencia que en otros casos es concluyente, e intentar vincular al asesino con las victimas.

Las víctimas de Juan Corona

Estas fueron Kenneth Whitacre, Charles Fleming, Melford Sample, Donald Smith, John J. Haluka, Warren Kelley, Sigurd Beierman, William Emery Kamp, Clarence Hocking, James W. Howard, Jonah R. Smallwood, Elbert T. Riley, Paul B. Allen, Edward Martin Cupp, Albert Hayes, Raymond Muchache, John H. Jackson, Lloyd Wallace Wenzel, Mark Beverly Shields, Sam Bonafide, Joseph Maczak… y otros más no identificados

En la época de los hallazgos en los huertos, el trabajo del departamento de policía se multiplicó enormemente. Las labores no solamente abarcaban la exhaustiva búsqueda de restos humanos; a pesar de haber encontrado la tumba masiva, existía la posibilidad de hallar cuerpos solitarios enterrados por aquí y allá. También había que atender a las numerosas personas que se habían enterado del asunto y que buscaban noticias de seres queridos desaparecidos. Así que hubo que investigar y dar seguimiento a cada caso. También daba trabajo la prensa y los curiosos que atestaban las cercanías del entierro colectivo.

El 4 de junio la búsqueda llegó a su final. El conteo quedó en 25 cuerpos, de los cuales únicamente tres no eran cadáveres de anglosajones, tampoco hubo uno solo de origen mexicano. Tras un arduo proceso, todos fueron identificados, menos 4, que permanecieron en calidad de desconocidos.

En una de las tumbas a ras de tierra se halló una pieza más de evidencia contra Juan Corona. Un recibo bancario a nombre del contratista apareció entre la tierra. Obviamente el caso tomó mucha fuerza, pero el sheriff Whiteaker convocó a destiempo una conferencia de prensa donde, sin previo juicio ni mayores diligencias legales, inculpó al mexicano de los crímenes.

El apresuramiento resultó contraproducente, puesto que abrió el caso al escrutinio de más abogados y especialistas que determinaran realmente si había evidencia suficiente contra Corona. El mosaico de evidencias que se pretendía formar no ayudaba al caso. Además de esto, en Estados Unidos nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario.

Ya en custodia a Juan Corona se le comenzó a investigar surgiendo el detalle ominoso de cuando fue tratado por su enfermedad mental años atrás y de cómo había recibido una docena de tratamientos a base de electrochoques, cuando se pensaba que eran realmente eficaces.

La información señalaba que Juan Corona era un pacífico hombre de familia, padre de cuatro mujeres y un devoto creyente que no faltaba un solo domingo a la iglesia. Sus ingresos rondaban los 20.000 dólares al año y no había quejas de que abusara de los trabajadores temporales a quienes contrataba. No faltaba la usual queja de que no pagaba lo suficiente por el trabajo realizado. Pero bueno, ¿qué contratista en esta vida paga lo justo?

Sin embargo, existía el testimonio de quienes hablaban de un Juan Corona irascible y violento y que había sido visto rondar los entierros tras las huertas. El reportero Kidder visitó al inculpado en la cárcel para cerciorarse de su estado mental y lo que vio fue a un sujeto triste, en actitud humilde pero principalmente deprimido. Se dice que durante su juicio sufrió dos ataques cardiacos y pasaba su tiempo tomando clases de pintura.

La evidencia forense presentaba múltiples dificultades. La sangre hallada en la camioneta resultó ser de un trabajador herido, que había sido transportado en dicho vehículo. Su famoso machete no presentaba rastros sanguíneos y la de otros lugares resultó ser pintura.

Las huellas de llanta halladas en los sitios tampoco concordaron con las de la camioneta; la bala hallada en uno de los cadáveres tampoco pertenecía a la pistola de Corona; en fin, que ni las marcas de herida de machete ligaban con certeza al contratista con los muertos. Inclusive el acusado contaba con una coartada, pues durante el tiempo de la muerte de varios de los enterrados estaba usando muletas para caminar.

El juicio contra Juan Corona fue sumamente largo y tedioso. El procedimiento se tornó en una lucha de intereses entre los abogados de la defensa y los de la parte acusadora, en este caso del Estado de California. Las principales disputas giraron en torno a la evidencia forense y a su complicada y fallida recopilación.

Ningún especialista que pasó a rendir testimonio en la corte pudo asegurar al 100% que los cuchillos y el machete de Corona estuvieran conectados con los cadáveres encontrados. En cuanto a la sangre, ningún especialista pudo tampoco establecer de manera convincente que hubiera conexión entre las muestras de los muertos y las manchas y gotas encontradas en los efectos personales y la propiedad del acusado.

Salieron a flote tantos y tan complicados detalles que muchas veces se perdió la perspectiva de los crímenes para enfocarse en la efectividad de los analistas y aun de su reputación profesional. Incluso las recetas y recibos hallados en los entierros fueron puestos en duda, al sugerirse que tal vez alguien quiso inculpar de manera dolosa a Juan Corona con los asesinatos.

Hubo quien sugirió que se revisara la antigüedad de cada cadáver y el de las notas para poder dilucidar si fueron puestas después o cayeron en las tumbas en el momento mismo del crimen. Esta estrategia puso al descubierto errores de procedimiento por parte de los forenses al clasificar los cuerpos, los cuales fueron numerados de diferente manera por los médicos contra el sistema con que la policía los fue etiquetando.

Luego estuvo el hecho de que nadie pudo concluir que Juan V. Corona fuera homosexual; este hecho hubiera resultado crucial dada la evidencia de que los crímenes tenían una motivación notoriamente sexual. Hawk, el abogado defensor, nunca llevó ningún testigo clave al estrado y, aunque no lo nombró explícitamente, basó gran parte de su estrategia en sugerir que había sido el hermano de Juan, es decir Natividad Corona, el verdadero responsable de la matanza.

Para complicar más el juicio resulta que se acusó a Juan Corona de los 25 crímenes, multiplicando así en costos monetarios y de tiempo las diligencias respectivas. Usualmente, cuando se acusa a un multihomicida basta con procesarlo por uno o dos crímenes de la multitud que se le adjudican, pero en este caso ese detalle de atiborrar de acusaciones constituía la estrategia de la parte acusadora para conformar un caso ganador. Es decir, cimentar el mosaico de evidencias circunstanciales de que habíamos hablado párrafos atrás.

Finalmente, ambas partes dieron por agotado su trabajo y el jurado decidió que Juan Corona era culpable de 25 homicidios y, en consecuencia, el juez dictó 25 cadenas perpetuas con derecho a libertad condicional.

Poco tiempo después, Corona volvió a juicio puesto que un nuevo grupo de abogados tomó la defensa del caso y decidió que no se le había defendido correctamente en su primer juicio. De hecho nadie se explica por qué su primer abogado defensor no hizo nada por alegar incapacidad mental. Estaba claro y documentado que Corona había sido sometido a electroshocks. Sin embargo, este nuevo lance probó ser ineficaz y costoso, pues se estima que a los contribuyentes californianos el chiste les costó varios millones de dólares.

El jurado argumentó básicamente que Juan Corona era el más probable culpable, por la evidencia de su bitácora personal donde había anotado un registro de los nombres de varias de las victimas halladas, y de ese modo no se modificó la sentencia del juicio anterior, aunque hasta esa evidencia no estaba exenta de controversia y fue materia de mucho debate entre especialistas en grafología.

En cuanto a Juan Corona, no lo pasó bien en la cárcel los primeros años, puesto que fue atacado por 4 internos que lo cosieron a puñaladas, casi muriendo y perdiendo un ojo tras el ataque. Se recuperó y hasta la fecha continúa purgando sus crímenes en la prisión estatal de Corcoran en California. Padece de demencia senil y su salud no es buena.

 


MÁS INFORMACIÓN EN INGLÉS


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR