Juan Carlos Alfaro Aparicio

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Juan Carlos Alfaro

El Fraguel

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Mató a una niña de 13 años de la que decía estar enamorado y a un hombre de 39
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 21 de octubre de 2012
  • Fecha de nacimiento: 1973
  • Perfil de las víctimas: Almudena Márquez, de 13 años, y Agustín Delicado, de 39
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: El Salobral, Albacete, España
  • Estado: Se suicida de un disparo el 22 de octubre de 2012
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Juan Carlos Alfaro – El asesino de una niña y un hombre en Albacete confesó por teléfono

José Antonio Hernández / Mónica Ceberio Belaza – Elpais.com

22 de octubre de 2012

La Guardia Civil sigue buscando por los alrededores de la pedanía albaceteña de El Salobral a Juan Carlos Alfaro, de 39 años, presunto asesino de una niña de 13 años, Almudena, y de Agustín Delicado, de unos 40, abatidos a tiros ayer sobre las siete y media de la tarde en la calle Asensio. Otro hombre resultó herido leve antes de que el homicida, apodado El Fraguel en el pueblo, se diera a la fuga.

La Guardia Civil ha pasado la noche peinando los maizales, aldeas y cortijos que rodean El Salobral, sin éxito. El hombre, aficionado al tiro olímpico y con licencia de armas, lleva consigo un fusil de asalto y una pistola.

La persecución está en marcha con unos 40 efectivos de la Guardia Civil. Esta ha explicado en una nota que el autor de los disparos y la menor «mantenían una relación sentimental consentida lo que provocó diferentes denuncias cruzadas con la familia de la chica».

Alfaro disparó a la niña en la calle La Luz. Era la víctima que buscaba. Tras disparar contra ella la pistola y matarla en el acto, telefoneó a la Guardia Civil para confesar el crimen. Luego se dio a la fuga, regresó a su domicilio donde cogió un arma larga y, de nuevo, disparó y mató a Agustín Delicado, de 40 años, camionero en paro, quien estaba fumando un cigarro en la puerta de su casa.

Mientras proseguía la fuga, se topó con el marido de la abuela de la niña que le obsesionaba, al que también disparó, aunque con menos puntería, ya que le alcanzó en el hombro y el desenlace no fue fatal. En total se han recogido una docena de casquillos de bala.

Tras el aviso del propio autor de los disparos, la Guardia Civil se personó en el pueblo. Tras comprobar el doble crimen, el instituto armado telefoneó al ahora huido, quien contestó al móvil y aseguró que no pensaba entregarse. Luego los agentes han intentado contactar de nuevo con él, pero no ha sido posible. No constaba ningún informe negativo de tipo psicológico ni ninguna orden de alejamiento ni antecedentes penales.

Los agentes llegaron a tenerle rodeado en los aledaños de la gasolinera Lozano del municipio, pero logró zafarse.

Los accesos al pueblo están cerrados y la Guardia Civil y el alcalde, Ángel Sánchez, siguen recomendando a los vecinos que no salgan de sus casas por si acaso. Sánchez relata que durante la noche han acompañado a sus domicilios a muchos vecinos asustados ante la posibilidad de encontrarse con el asesino, mecánico de 39 años pero en paro en la actualidad, y una persona muy habilidosa con las armas.

El origen de los asesinatos está en una especie de obsesión compulsiva de Alfaro con la menor, con quien, como dice la Guardia Civil, mantendría una relación sentimental consentida pero con la oposición de la familia de ella. Según los vecinos del pueblo la familia de la adolescente se oponía absolutamente a ese vínculo, aunque fuentes oficiales descartan que se llegara a pedir una orden de alejamiento para que el homicida no se acercara a Almudena.

Según vecinos de El Salobral, el acoso a la niña por parte de Alfaron era intenso. La menor y sus padres no querían ni verle, lo que pudo desatar este sábado la enloquecida carrera asesina de Juan Carlos por las calles de la pedanía. El homicida es también vecino de El Salobral, reside en la casa de sus padres y actualmente se hallaba desempleado.

La madre de la menor, muy nerviosa, ha explicado este domingo que la familia había interpuesto varias denuncias contra Alfaro. La mujer, que se ha acercado a una gasolinera a la entrada del pueblo, le ha dicho a la Guardia Civil que el huido tiene un cortijo por los campos cercanos, donde estaba segura de que se escondía.

Situado a unos 14 kilómetros al sur de la capital albaceteña, el pueblo sigue rodeado por efectivos de la policía y la Guardia Civil, que buscan al asesino entre maizales de los alrededores en medio de las fuertes lluvias que han caído sobre la localidad y han convertido casi en intransitable la carretera de acceso. Sobre las cinco de la mañana, siete patrullas apostadas en una gasolinera impedían la entrada al pueblo, informa Cristóbal Manuel. Hoy se han sumado a la batida los helicópteros del Servicio Aéreo de la Guardia Civil.

Mientras desarrollaban la batida, los agentes pidieron a los cerca de 1.400 habitantes de la pedanía que permanecieran en sus casas, cerraran las puertas y se alejaran de las ventanas. El asesino iba armado con un rifle y una pistola. Y detrás había dejado dos cadáveres, el de la joven Almudena y el de Agustín, y también un herido grave, el de otro vecino de la localidad que se topó con él en la calle cuando Alfaro huía.

Vecinos de la Calle Mayor, muy cercana al lugar de los hechos, escucharon hacia las siete y media de la tarde «bastantes disparos» y poco después «gritos y llantos de los familiares» de la adolescente. «Pero cuando intentamos salir a la calle para ver qué pasaba y ayudar, la policía, que llegó rápido, nos dijo que nos quedáramos en nuestras casas», describió una vecina en conversación telefónica.


«Soy francotirador y os mataré a todos para quedarme con ella»

Mónica Ceberio Belaza – Elpais.com

22 de octubre de 2012

«La ha reventado. ¡Con cuatro tiros, la ha reventado! ¡A mi niña! ¡Yo sabía que esto iba a pasar y lo dije! ¡Lo dije y nadie me hizo caso! Ahora ya es tarde. No quiero las lágrimas de nadie, de ninguno de los que le reían las gracias al asesino, de ninguno de los que vio lo que pasaba y no hicieron nada. De nadie. Solo yo y los que yo quiera vamos a enterrar a mi hija».

Adela, la madre de Almudena, la niña de 13 años asesinada el sábado en la pedanía albaceteña de El Salobral, está desgarrada. En el Instituto Anatómico Forense del hospital Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, donde esperaba la autopsia de su hija, los terribles gritos de dolor no tenían solo que ver con la muerte, también con la impotencia. Ella y el resto de la familia sabían que un loco de 39 años se había obsesionado con la pequeña y que podía ser peligroso.

Sucedió el sábado. Juan Carlos Alfaro Aparicio, mecánico en paro, conocido como El Fraguel, experto tirador -tenía una pistola de nueve milímetros parabellum entre sus armas-, cogió una pistola y salió a matar a Almudena, de quien, según decía, estaba enamorado.

Ella paseaba con unos amigos por el centro de El Salobral, una pedanía con poco más de 1.000 habitantes a 14 kilómetros de Albacete, cuando Juan Carlos le salió al paso. Eran las siete y veinte de la tarde, más o menos. Le descerrajó cuatro tiros con la pistola en una pequeña callejuela y se marchó en dirección a su casa, según los vecinos. Llamó al servicio de emergencias y les informó de que había matado a la adolescente.

Después, entró en su casa, en una de las esquinas de la Plaza Mayor, frente a la iglesia, y cogió un rifle. Con él en mano, se dirigió a la Calle Mayor y lanzó una ráfaga de tiros hacia delante. Hasta 15 impactos de bala pueden verse aún en los edificios del fondo. Una de ellas alcanzó a un vecino que había salido al portal de su casa a fumar. Era Agustín Delicado, de 40 años, conocido como Pepsicolo, camionero en paro con una niña de 11 años.

La muerte le encontró hablando con su vecino de portal, Francisco Martínez. «Casi ni le vimos», señala. «Estábamos hablando tranquilamente uno frente a otro cuando escuchamos los tiros. Cuando miré, Ángel estaba en el suelo».

Casualmente, el marido de la abuela de Almudena entraba en coche en ese momento por la Calle Mayor. A él también le alcanzó uno de los tiros, pero tuvo más suerte que Delicado. Resultó herido leve en un brazo y fue dado de alta el sábado de madrugada. Almudena vivía con él y con su mujer. Ayer esperaba conmocionado en el mortuorio del hospital, con el brazo en cabestrillo, junto a su mujer y la madre de Almudena.

Alfaro se fue corriendo. Desde entonces, no ha aparecido. La Guardia Civil cree que huyó a pie. No lo hizo, desde luego, ni en su coche ni en su moto -los agentes tienen ambos controlados-, aunque tampoco pueden asegurar que no haya usado el vehículo de algún amigo para huir. La noche de los dos asesinatos era oscura y llovía a mares, lo que facilitó que pudiera esconderse y escapar.

Los agentes lo llamaron por teléfono para tratar de que se entregara. Hablaron con él, pero sin éxito. A las once de la noche desconectó el móvil. Ahí se pierde su rastro. Va armado con un fusil y una pistola y es un excelente tirador. Ayer la búsqueda fue especialmente cuidadosa por la zona por la que supuestamente habló por teléfono por última vez, pero no lograron encontrarlo.

El amplio despliegue de la Guardia Civil, que lo buscó denodadamente con más de 40 efectivos, perros y un helicóptero, en un dispositivo dirigido por el teniente coronel Pedro Blanco, no ha tenido éxito hasta el momento. Han peinado fincas, granjas, corrales abandonados, naves…

El Salobral es una pedanía rodeada de cortijos, maizales que en algunos puntos alcanzan hasta tres metros y caminos de tierra que el homicida conoce a la perfección y en los que es fácil esconderse. Algunos vecinos se preguntan si no se habrá pegado un tiro y lo encontrarán, pasados los meses, cuando las cosechadoras empiecen a cortar el maíz. Así sucedió, según dicen, con un hombre que se suicidó tiempo atrás. Pero la mayoría cree que Alfaro sigue vivo y que aparecerá tarde o temprano.

La familia de Almudena asegura que se trata de la crónica de una muerte anunciada, que habían interpuesto denuncias ante la Guardia Civil y la Policía Nacional pidiendo que Alfaro se alejara de su hija, y que nadie les ha ayudado. Fuentes del instituto armado confirman que existían denuncias: una ante la policía y otras tres ante la Guardia Civil desde febrero.

Pero, a su vez, el homicida también había presentado tres denuncias contra la madre y la familia. Las mismas fuentes indican que a las denuncias se les dio el curso correspondiente. Aclaran que la mayoría eran por amenazas y que en el único caso en el que la familia mencionó una relación entre Alfaro y la niña se dio traslado a la Fiscalía de Menores.

Almudena comenzó a ver a Alfaro hace ya dos años. Ella tenía entonces 11 años. Él, 37. «Ella era una niña muy rockera, le gustaba mucho la música, y él la engatusó por ese lado», recuerda Jose, una prima de la abuela de la víctima. «Se la llevaba a casa y se ponían a escuchar discos». Poco a poco, Alfaro se fue obsesionando con la niña, según la familia de ella, hasta volverse completamente loco.

«Decía que estaba enamorado, que quería estar con ella, protegerla del mundo», relata Jose. «Y mira cómo la ha protegido». La madre y la abuela de la menor no querían que Alfaro viera a su pequeña. Desde el principio consideraron como algo patológico esta obsesión del hombre. Hablaron con él, con su familia. Pero no sirvió de nada. En un momento dado, él comenzó a amenazarles: «Soy francotirador y os voy a matar a todos para quedarme con ella», dijo a la madre de Almudena, según el relato de Jose.

«Iba a buscarla al colegio, a esperarla debajo de su casa… estaba totalmente desquiciado», explica otra amiga de la familia. «Y no siempre iba de buen plan. A veces la llamaba puta y zorra delante de sus compañeros de colegio».

Un punto oscuro es hasta dónde la niña estaba dispuesta a mantener una relación con él. Algunas de las personas cercanas sostienen que a ella le parecía inofensivo, que quería estar con él, que en ocasiones se escapaba para verlo y que incluso le escribía cartas que después le enviaba a través de algún amigo. Otros dicen que esto fue así pero que ella ya no quería verlo más.

La familia asegura que, cuando denunciaban, les decían que si no había indicios de abusos sexuales y ella quería verle, no podían hacer gran cosa. Adela, la madre, se encaró con él hace poco y él le plantó una denuncia por amenazas de muerte. «A ella ya le daba todo igual», relata una amiga que espera a la autopsia. «Solo quería proteger a su hija. Tenía miedo. Y, visto lo visto, también razón».

La mayoría de los vecinos que estaban ayer por la calle dicen que los padres de Alfaro son gente normal, sencilla, pero que los hijos llevan una vida extraña. Dos de los hermanos del homicida, según el relato de al menos seis vecinos, no salen nunca de casa. Visten túnicas largas e inmensa barba y solo se les ve a veces asomados en la terraza, de noche. Alfaro, de acuerdo con las mismas versiones, también pasó algún tiempo encerrado. Pero ahora salía. Y decía que quería estar todo el tiempo posible con Almudena.


El asesino de El Salobral se suicida tras el cerco de la Guardia Civil

Mónica Ceberio Belaza – Elpais.com

22 de octubre de 2012

Juan Carlos Alfaro, el presunto homicida que mató el pasado sábado en El Salobral a una menor de 13 años, de la que decía estar enamorado, y a otro vecino de la localidad albaceteña, se ha suicidado a la puerta de la caseta donde permanecía atrincherado desde primera hora de esta mañana tras ser descubierto por la Guardia Civil.

El presunto asesino, de 39 años, que iba armado con un fusil y una pistola y era un excelente tirador, salió de la caseta en torno a las tres de la tarde y se pegó un tiro en la cabeza después de soportar un cerco de unas seis horas.

Aunque en el traslado en helicóptero al Hospital de Albacete el hombre perdió el pulso y se pensó que había muerto, personal sanitario del centro hospitalario consiguió reanimarlo a su llegada allí y mantener sus constantes vitales porque era donante de órganos, hasta su fallecimiento, certificado a las 18.30.

La Guardia Civil, después de un día y medio de búsqueda, lo había localizado sobre las nueve de la mañana en una zona cercana a una finca perteneciente a su familia. A partir de se [ese] momento, los agentes trataron de convencerle de que se entregara de forma pacífica. Otros familiares, entre ellos unos tíos muy cercanos, se trasladaron a la zona y pidieron también hablar con él.

Durante el tiempo que permaneció cercado, Alfaro aseguró que no dispararía si los agentes no disparaban contra él. A media mañana pidió tabaco y un teléfono móvil para comunicarse mejor con las fuerzas de seguridad, después de que el suyo se quedara sin batería.

Un centenar de efectivos de las fuerzas de seguridad y del servicio de Información de la Comandancia de Albacete rodearon el lugar donde se atrincheraba, dentro de una caseta en la zona que la madre de la menor había señalado a la policía como posible escondite del presunto asesino.

Cerca de estos terrenos posee una finca la familia de Alfaro y también uno de los hermanos de Agustín Delicado, el vecino al que supuestamente mató el sábado. La Guardia Civil pidió la asistencia de una UVI medicalizada por si hubiera heridos.

Hasta localizar a Alfaro esta mañana, los agentes, con la ayuda de perros y de un helicóptero, peinaron cada metro cuadrado de los alrededores de la pedanía albaceteña desde el sábado, después de que Alfaro se diera a la fuga tras cometer su crimen. El entierro de la menor ha tenido lugar a las 15.00 en el cementerio de Albacete y el de Agustín Delicado a las 17.00 en El Salobral.

El crimen ocurrió el sábado por la tarde. El presunto asesino, mecánico en paro, conocido como El Fraguel, experto tirador y con 15 armas en casa, cogió una pistola y salió a matar a Almudena. Ella paseaba con unos amigos por el centro de El Salobral, una pequeña pedanía con poco más de 1.000 habitantes a 14 kilómetros de Albacete, cuando Alfaro le salió al paso.

Eran las siete y veinte de la tarde, más o menos. Le descerrajó cuatro tiros en la calle La Luz, una pequeña callejuela, y salió corriendo en dirección a su casa, según las versiones de los vecinos. En ese momento llamó al servicio de emergencias y les informó de que había matado a la adolescente.

Después entró en su casa, en una de las esquinas de la Plaza Mayor, frente a la iglesia del pueblo, y cogió un rifle. Con este en mano, se dirigió a la calle Mayor y lanzó una ráfaga de tiros hacia delante. Hasta 15 impactos de bala pueden verse aún en los edificios. Una de ellas alcanzó a un vecino que había salido al portal de su casa a fumar un cigarro para no molestar. Era Agustín Delicado, de 40 años, conocido como Pepsicolo, camionero en paro con una niña de 11 años. Murió en el acto.

En ese momento estaba hablando con él su vecino de portal, Francisco Martínez. «Casi ni le vimos», señala. «Estábamos hablando tranquilamente uno frente a otro cuando comenzamos a escuchar los tiros. Cuando miré, Agustín estaba en el suelo».

Casualmente, el marido de la abuela de Almudena entraba en un coche en ese momento por la calle Mayor. A él también le alcanzó uno de los tiros, pero tuvo más suerte que Delicado. Resultó herido leve en un brazo y fue dado de alta el sábado de madrugada. Almudena vivía con él y con su mujer. El domingo esperaba conmocionado el cuerpo de Almudena en el mortuorio del hospital, con el brazo en cabestrillo, junto a su mujer y la madre de Almudena.

Alfaro se fue corriendo. La Guardia Civil cree que huyó a pie. No lo hizo, desde luego, ni en su coche ni en su moto -los agentes tenían ambos controlados-, aunque tampoco pueden asegurar que no usara el vehículo de algún amigo para huir.

La noche de los dos asesinatos era oscura y llovía a mares, lo que facilitó que pudiera esconderse y escapar. Los agentes lo llamaron por teléfono para tratar de que se entregara. Hablaron con él, pero sin éxito. A las once de la noche desconectó el teléfono. Ahí se perdió su rastro. El domingo la búsqueda fue especialmente cuidadosa por la zona por la que supuestamente habló por el móvil por última vez, pero no han logrado encontrarlo hasta esta mañana.

Alfaro sembró el pánico en el pueblo. Después del triple ataque, la Guardia Civil cerró los accesos a El Salobral y recomendó a todos los vecinos que no salieran de casa. Algunos de ellos, con miedo de que el homicida pudiera aparecer en cualquier calle, pidieron a los agentes que les acompañaran a casa, según ha explicado el alcalde, Ángel Sánchez. La Consejería de Educación ha suspendido las clases este lunes en el colegio de El Salobral y en el IES de Aguas Nuevas (Albacete), donde cursaba sus estudios la menor asesinada.


El que huía a ninguna parte

Mónica Ceberio Belaza – Elpais.com

23 de octubre de 2012

Fue un funeral raro el de Juan Carlos Alfaro. El sacerdote pidió a Dios que buscara el bien que había hecho y que le perdonara por los «pecados cometidos». Los «pecados» estaban en la mente de todos los asistentes: dos homicidios.

Esas palabras se pronunciaron, además, en la misma sala del tanatorio de Albacete en la que un día antes el mismo sacerdote había oficiado un funeral por Almudena Márquez, la niña de 13 años asesinada el sábado por Alfaro.

Las lecturas del religioso reflejaban algo de desconcierto por la cadena de funerales -el lunes fue también enterrada la segunda víctima de Alfaro, un vecino del pueblo de 40 años, Agustín Delicado-, y el de ayer era el más difícil. No eran las víctimas a quienes había que despedir, sino al que había empuñado las armas y después se había suicidado. El religioso optó por centrarse en el dolor de la familia y en la necesidad de que vuelva la normalidad a El Salobral.

El cuerpo de Alfaro será incinerado, no enterrado, por deseo de la familia, lo que impedirá que se produzca una imagen que nadie deseaba: los féretros de Almudena y de Agustín, las dos víctimas, junto al de aquel que los mató en el pequeño cementerio de El Salobral.

En el pueblo, mientras tanto, siguen hablando de cómo era Alfaro y de qué pudo pasarle. Era un gran tirador, de eso no hay duda. Con una pistola, hacía blanco a un kilómetro y medio de distancia y era capaz de atravesar un vaso de tubo aunque estuviera lejos, según relatan los vecinos. El tiro, la caza y las motos eran su gran afición.

El responsable de uno de los restaurantes del pueblo asegura que le gustaban tanto las armas que compraba algunas viejas e inutilizadas en subastas y las restauraba. Habla incluso de un fusil. Su tío Francisco señala que la caza era su gran afición, su hobby, y que por eso acumulaba tantas armas.

La biografía de Alfaro es confusa. En un pueblo pequeño como El Salobral, los rumores son infinitos. Tanto, que muchas veces es difícil saber si algo sucedió exactamente como se ha extendido por el pueblo o no.

Se da por cierto que él fue un chaval bastante normal, que de adolescente tuvo amigos y amigas que lo consideraban extrovertido y alegre, y que en algún momento gente del pueblo empezó a observar un comportamiento extraño. Se juntaba mucho con jóvenes y adolescentes, no solo con Almudena, a pesar de tener casi 40 años, y pasaba algunas temporadas muy encerrado en casa -aunque no tanto como sus hermanos, que acudieron ayer al funeral junto a su hermana y sus padres-.

Parece ser que pasó algún periodo de tiempo en Canadá después de quedarse en paro -antes trabajaba en el taller de un familiar en Albacete- pero volvió a los pocos meses. Desde entonces, hacía chapuzas arreglando motos cuando podía y vivía con sus padres.

Después de cometer los dos asesinatos, el sábado, volvió al lugar que mejor conoce: el campo. La Guardia Civil no sabe exactamente dónde se refugió en un primer momento, pero saben que no fue a la caseta de su familia donde fue finalmente encontrado a primera hora del domingo a un kilómetro y medio, aproximadamente, de El Salobral.

Fue uno de los primeros lugares a los que acudió la Guardia Civil. Lo miraron por todas partes, pero allí no estaba. A pesar de ello, y por si acaso, dejaron vigilancia permanente en el lugar. Sobre las 11 de la noche del domingo, los agentes que se encontraban allí vieron la silueta de una persona que se aproximaba a la caseta. Cuando vio el coche, dio la vuelta. Lo buscaron con linternas durante una hora, pero después decidieron esperar hasta el día siguiente. Alfaro conocía muy bien la zona, estaba oscuro, iba armado y era peligroso.

A la mañana siguiente comenzaron de nuevo el rastreo. Uno de los agentes vio una ventana rota en la caseta -no lo estaba la noche anterior- y se acercó. Allí vio a Alfaro, quien, al parecer, también se sorprendió al verlo a él. Hubo en esos momentos información contradictoria, pero, frente a lo que la propia Guardia Civil informó en ese momento, finalmente se comprobó que no había habido intercambio de disparos, según indica el capitán Juan Manuel Burgos. A partir de ese momento se llamó a la Unidad Especial de Intervención para que comenzaran las negociaciones.

La caseta en la que todo sucedió, junto a otra un poco más grande también de la familia, estaba ayer cerrada. En la de al lado, por la ventana se ve un gimnasio perfectamente montado con sacos de boxeo, bicis y una tabla de artes marciales.

En el patio hay numerosas dianas con disparos. Aún se encontraba allí el material con el que habían tratado de reanimar a Alfaro después de que se pegara un tiro. Había gasas, guantes de látex y jeringuillas junto a un calcetín negro, una zapatilla Nike beige y un gran charco de sangre. Según explica la Guardia Civil, Alfaro, tras seis horas en las que trataron de negociar con él para que se entregara, salió con la pistola en la sien, caminó unos 100 metros y se disparó.


«Tú das pena, queriendo estar con una niña de 13 años como yo»

Mónica Ceberio Belaza – Elpais.com

23 de octubre de 2012

Mientras el sacerdote despedía a Almudena en el tanatorio de Albacete ante el desgarro inconsolable de su madre y abuela, a unos 15 kilómetros, en ese preciso momento, pasadas las tres de la tarde, Juan Carlos Alfaro salía de la caseta en la que llevaba varias horas atrincherado y se pegaba un tiro en la cabeza.

De nada sirvieron los esfuerzos de la Guardia Civil por tratar de convencerle, durante varias horas y hablando con él a través de un teléfono móvil, de que se entregara pacíficamente. Habían pasado dos días desde que mató a tiros a la menor, de 13 años, de la que decía estar enamorado, y a otro vecino del pueblo, Agustín Delicado, de 40, al que alcanzó una ráfaga de tiros en la puerta de su casa. Acababa de salir a fumarse un cigarro.

Alfaro, de 39 años, no murió en el acto. El disparo en la cabeza lo dejó clínicamente muerto, pero mantenía las constantes vitales. Fue trasladado en helicóptero al Hospital General de Albacete, donde falleció a las 18.30.

A esa misma hora, la pedanía albaceteña de El Salobral acababa de enterrar a Delicado después de que decenas de vecinos recorrieran junto al féretro el camino desde la iglesia al cementerio. Su cuerpo reposa junto al de Almudena, que fue enterrada dos horas antes. Las dos familias habían velado juntas los cuerpos de ambas víctimas durante toda la noche anterior.

La Guardia Civil había buscado a Alfaro denodadamente por toda la zona, rodeada de altos maizales, desde el sábado. Fue entonces cuando, sobre las siete y media, disparó a Almudena, entró a la casa en la que vivía con sus padres y hermanos, cogió un rifle, volvió a salir, y lanzó una ráfaga de tiros en la calle Mayor de El Salobral. Los disparos alcanzaron a su segunda víctima, Delicado, y al marido de la abuela de Almudena, que iba en su coche y que resultó herido en un hombro. Después, huyó.

Lo encontraron ayer por la mañana en el lugar en el que la madre de Almudena, Adela, estaba convencida de que se escondía: unos terrenos propiedad de su familia situados enfrente del pueblo en los que tenían una caseta.

Una vez descubierto, se atrincheró allí durante horas. Pidió tabaco y un teléfono móvil con el que poder seguir hablando con la Guardia Civil -la Unidad Especial de Intervención se encargó de la negociación-. Su propio padre, Antonio, participó en la intervención tratando de convencer a su hijo de que se entregara. Pero todo fue en balde. Alfaro acabó quitándose la vida.

Los conmocionados vecinos de El Salobral llevan dos días tratando de construir un relato de lo sucedido; un relato al que es difícil dar sentido y en el que lo único cierto era que Alfaro y la pequeña Almudena habían tenido algún tipo de relación en algún momento consentida por la niña; que él se había obsesionado; que la madre y la abuela de la niña se oponían rotundamente a ese vínculo; y que él había dicho que estaría con ella quisieran o no y que podía llegar a matarlos si se oponían, según el relato de la prima y una de las mejores amigas de la abuela de Almudena, Jose.

Pero la niña, que empezó a tratarlo hace unos dos años, cuando tenía 11, y de forma consentida, ya no tenía tan claro si quería seguir con él, algo que Alfaro no aceptó.

«A veces venía a buscarla al colegio y la insultaba cuando ella le decía que la dejara en paz», recuerda una de sus compañeras. La niña presenció, hace un mes más o menos, la siguiente conversación entre ambos:

-Te he traído un regalo, un collar. Toma.

-No lo quiero. Para ti.

-Eres igual de puta que tu madre.

-Y tú das pena con una niña de 13 años como yo.

«Ese día, se había pintado los ojos, y a él no le gustaba», dice otra compañera. «Ella había empezado a cambiar. Antes era una niña muy solitaria, que solía salir con su perro sola y escuchar su música. Iba vestida con ropa oscura, como de heavy. Pero ahora estaba mucho más sociable. El otro día hasta la vi con una sudadera blanca, algo que antes no hacía. Yo creo que se había dado cuenta de que lo que pasaba con ese hombre no era normal. Tenía 26 años más que ella».

«Finalmente, todo parecía ir un poco mejor. La niña había empezado a ir a un psicólogo de los servicios sociales», asegura Jose, la íntima amiga de su abuela. «Pero, justo cuando llegó un poco de ayuda, pasa esto. La familia está devastada. Ellos sabían que nada de esto era normal y por eso lo habían denunciado. Pero nadie les hacía caso porque supuestamente era consentido. No sé yo cómo puede ser consentida una relación de un adulto con una niña tan pequeña».

Las trifulcas de Alfaro con la familia de Almudena eran constantes. Llegaron a hablar con la madre de él, Cándida, que les decía que no hacían nada malo, que estaban enamorados y que no era tan importante la diferencia de edad. Según la familia de Almudena, Cándida les dijo que no quería que a Juan Carlos le pasara lo mismo que a sus otros dos hijos, que jamás salen a la calle -el propio Juan Carlos había pasado también algún tiempo encerrado-. La madre de Alfaro declaró ayer a dos televisiones que la presión que sufría su hijo por parte de la familia de Almudena era tal que quizá por eso había actuado así.

Alfaro, en todo caso, parece que no asumió la decisión de Almudena de no seguir con él. Por eso continuaba buscándola y persiguiéndola. Quizá por eso la mató.

El entorno familiar de la víctima se lamenta de que en el pueblo nadie se tomara en serio la amenaza que suponía un hombre de 39 años obsesionado por una niña de 13 y que, además, era un amante de las armas. «Delante de mí llamó Adela al sargento de la Guardia Civil para decirle que llevaba un arma en el coche y que podía hacer cualquier cosa», explica una amiga de la madre de Almudena poco después del entierro de la niña.

«Pero claro, como tenía licencia, y armas legales, y todos pensaban que el asunto era una exageración, no le hacían caso. Creo que solo la familia se dio cuenta de lo loco que estaba este hombre y de lo que era capaz. Lamentablemente, estaban en lo cierto». Los rostros de la madre de Almudena y de la abuela, que no dejaba de abrazar la foto de su nieta, con la imagen volcada sobre su regazo, reflejaban un dolor indescriptible.


La joven de El Salobral: «Quieras o no sigo amando a Juan Carlos Alfaro Aparicio»

Eleconomista.es

23 de octubre de 2012

«Tú das pena queriendo estar con una niña de 13 años como yo» fueron las palabras de Almudena, la niña de 13 años que fue asesinada por Juan Carlos Alfaro Aparicio, alias «El Fraguel», en El Salobral, Albacete, en una red social.

Pero no fue la única que colgó en su tablón de Facebook. «Una nunca sabe lo que el destino le tiene reservado», aseguraba la joven.

En esta misma red y bajo el alias de Oscuridad, la niña de 13 años realizaba diversas y profundas reflexiones. De esta forma, en 2011 escribía «la agresividad es síntoma de debilidad mental». Y el 7 de abril añadía: «Yaya, no existe ningún José, quieras o no sigo amando a Juan Carlos Alfaro Aparicio», la persona que unos meses después le quitaba la vida.

El Salobral lleva días tratando de intentar construir un relato de todo lo sucedido en relación a un enlace no consentido por la madre y la abuela de la menor, ya que el autor [del] delito había dicho que estaría con ella quisieran o no y que podía llegar a matarlos si se oponían.

Escapa y se suicida

Tras haber cometido el asesinato, Alfaro huye y es encontrado en el lugar en el que la madre de Almudena, estaba convencida de que se escondía: unos terrenos propiedad de su familia.

Tras ser descubierto, pidió tabaco y un teléfono móvil para seguir hablando con la Guardia Civil. Pese a que su propio padre intentó convencerlo de que se entregase, Alfaro acabó quitándose la vida.

Vuelta a la normalidad

El alcalde pedáneo de El Salobral, Ángel Sánchez, confía en que «poco a poco» el pueblo recobre la «normalidad» después de los sucesos ocurridos desde el pasado sábado con el doble crimen y la muerte ayer del presunto autor de los hechos, Juan Carlos Alfaro, «El Fraguel».

En declaraciones, el alcalde pedáneo tiene la esperanza de que El Salobral, de unos 1.500 habitantes, vuelva a recobrar la normalidad y de que no haya enfrentamientos entre las familias de las víctimas y la de Alfaro, ya que todas son «pacíficas».

Tras dos jornadas convulsas en la pedanía, El Salobral ha amanecido hoy «más tranquila» después de que «El Fraguel» muriera en la tarde de ayer tras dispararse un tiro en la cabeza con una pistola.

Una patrulla de la Guardia Civil vigila hoy con discreción el pueblo para controlar la «psicosis de la gente», pero nada que ver con el despliegue que ha habido los tres últimos días, según el regidor.


Lo que queda tras la ira

Mónica Ceberio Belaza – Elpais.com

28 de octubre de 2012

-¿Qué pasa?

-Ya te enterarás.

Rifle en mano, Juan Carlos Alfaro se encontró por las calles de El Salobral al menos con dos vecinos a los que saludó. Uno iba a pie y otro volvía en bicicleta desde la huerta. Tenía 39 años y acababa de asesinar a una niña de 13 a la que decía amar.

En su huida, no disparó a todo al que halló en su camino. Solo a dos personas más: el marido de la abuela de la niña, que resultó herido, y a otro vecino del pueblo, que falleció en el acto. Las razones para este último crimen se las llevó a la tumba, pero su obsesión enfermiza por la chiquilla venía de lejos.

Fue, según parece, una masacre planeada. Quería acabar con todos los que se oponían a lo que él consideraba amor. Era el principio del fin de una historia que comenzó hace años, en unas casas de campo situadas enfrente del pueblo, camino a los cerros cercanos a El Salobral.

Cándida Aparicio y Antonio Alfaro tienen allí unas casetas. A su hijo Juan Carlos le gustaba pasar largas temporadas en su terreno. Se sentía bien al aire libre. Paseaba, salía con los perros, hacía ejercicio… En una de las casas montó un gimnasio con bicis, sacos de boxeo, pesas, tabla de artes marciales y todo tipo de aparatos. Pero, sobre todo, hacía prácticas de tiro casi a diario. Tenía muchas dianas, armas, y una gran puntería. También le gustaba la caza. Dicen en el pueblo que si veía una perdiz, no importa cual fuera la distancia, la abatía seguro.

Era amigo de Agustín Delicado, otro vecino de El Salobral. Eran más o menos de la misma edad. Juan Carlos, el Fraguel, tenía 39 años; Agustín, el Pepsicolo, 40. Uno era mecánico; el otro, camionero. Los dos estaban en paro. Juan Carlos iba cada tarde a las tres y media, después de comer, a tomar café al Port Dry, el bar de uno de los hermanos de Agustín. En el cerro, era vecino de otro de ellos, al que saludaba cada mañana mientras hacía sus prácticas de tiro. Las dos familias se conocían de toda la vida y ellos parecían llevarse bien.

Agustín fue la segunda víctima mortal de Juan Carlos el sábado 20 de octubre. Falleció abatido a tiros en la puerta de su casa. Juan Carlos había lanzado una ráfaga de al menos 15 disparos en dirección a su portal en el momento en el que Agustín salía a fumarse un cigarro.

Antes, había disparado con una pistola a Almudena, la niña de 13 años con la que estaba obsesionado.

Las dos víctimas murieron en el acto. Después de matar a la chiquilla, llamó a Emergencias y confesó el crimen. En su huida hacia los maizales, se encontró también con el abuelastro de Almudena, que iba en coche, muy nervioso porque ya había visto el cuerpo sin vida de su nieta. Le disparó e hirió en el hombro. Después, y tras llamar a un par de personas -uno de ellos pasó directamente el teléfono a los agentes de la Guardia Civil-, se escondió en el campo durante un día y medio.

«Oímos como una traca muy fuerte», recuerda Pilar de la trágica tarde. «Pensé que eran petardos. Mi marido salió a mirar. “¡Que han matado a la Almudena!”, “¡Pilar, que han matado a la Almudena!”, me dijo al volver. Para nosotros era como una nieta. Esa misma mañana había venido a saludarme y a darme un beso. Era muy cariñosa».

A pocos metros de allí, en el Port Dry, Pepe, el hermano de Agustín, celebraba el cumpleaños de uno de sus hijos en el bar. Había siete u ocho chavales; entre ellos, la hija de Agustín, de 11 años, y alguna amiga de Almudena. Oyeron también la descarga.

«Cuando salí, vi fuego al fondo de la calle», relata Pepe. «Me pareció que era en el portal de mis padres. Salí corriendo y me encontré con mi hermano en el suelo. Muerto. Él vivía allí con mis padres y mi hermana. A su hija, que entre semana está con su madre en Albacete, no se lo dijimos hasta el día siguiente». «Yo me quedé en el bar con los críos», dice su mujer. «La Guardia Civil entró y dijo que se cerrara todo. Apagamos las luces y nos escondimos».

El miedo y el desconcierto se apoderaron durante horas de El Salobral. La historia de Juan Carlos y Almudena empezó a correr como la pólvora. Todos pensaban que los siguientes podrían ser la madre y la abuela de la niña. Otro chico, Mariano, a quien Juan Carlos había preguntado esos días en tono amenazante que por qué Almudena se había subido a su coche, se escondió aterrorizado en la panadería. No salió hasta dos días después. Pensaba que podía ser el próximo en la venganza asesina de Juan Carlos.

El lunes, seis horas después de que la Guardia Civil lo encontrara en la caseta de campo de sus padres, esa que tanto le gustaba, Juan Carlos se pegó un tiro. Salió de la casa, caminó en línea recta con una pistola en la sien, y disparó. Eran poco más de las tres de la tarde.

A la misma hora en la que el sacerdote Pascual Guerrero estaba oficiando un funeral de cuerpo presente para despedir a Almudena, Juan Carlos se suicidaba en el lugar en el que había empezado su obsesiva y extraña relación con una niña 26 años menor que él.

Almudena tenía un padre biológico que nunca se hizo cargo de ella. Su madre, Adela, mantuvo durante casi ocho años una relación con otro chico del pueblo, José Andrés, que acogió y quiso a la pequeña como si fuera su hija. La familia de José Andrés tenía una casa en el cerro, al lado de los terrenos de los Alfaro, e iban allí muy a menudo. A Almudena le encantaban los perros y la naturaleza. Pasear. Allí estaba tranquila. Y allí empezó a tratar a su vecino Juan Carlos.

La madre de Almudena, Adela, se separó de José Andrés. Pero la niña siguió viendo a quien ya consideraba su padre, y a sus abuelos, Pilar y Andrés. Continuó yendo al cerro y viendo a Juan Carlos.

Al principio empezaron a compartir aficiones. A escuchar música rock y heavy metal, a hablar, a dar paseos. Almudena, una niña cariñosa pero solitaria, tenía 11 años cuando empezó a pasar más tiempo con él. Fraguel, 37. Quienes los trataban dicen que en ese momento no había relación amorosa entre ellos; que esta comenzó muy poco a poco y que empezaron su especie de «noviazgo» hace poco menos de un año. Nadie tiene muy claro hasta dónde llegó, física y sexualmente, ese vínculo.

La relación entre ambos se fue estrechando hasta convertirse en algo que nadie entendía. Ya no se veían solo en el cerro, sino también en el pueblo. Ella iba a su casa a escuchar música y paseaba a veces con él por El Salobral, aunque nunca cogidos de la mano ni agarrados, según coinciden varios vecinos. De hecho, muchos en el pueblo desconocían que hubiera nada entre el Fraguel y la niña y no se enteraron hasta la noche del doble crimen.

«¿Cómo podía pretender tener una novia de 13 años?», se preguntan ahora en El Salobral. Él se enfrentó a quienes, como Agustín Delicado el verano pasado y otros conocidos, le recriminaron alguna vez lo que ellos entendían como una obsesión inaceptable.

Agustín le dijo que fueran juntos a conocer a mujeres hechas y derechas. Juan Carlos se enfadó. Decía que esperaría a que Almudena fuera mayor; que la amaba. Algunos atribuyen el crimen de Agustín a estas críticas. Otros, a que Juan Carlos pensaba que un sobrino de él, José, estaba tonteando con la niña. Hay distintas teorías, pero todos reconocen que son conjeturas. El móvil de este asesinato es aún muy confuso.

La familia de Almudena creyó desde el principio que su relación con Juan Carlos era patológica, enferma, desigual. Una historia que no debía ser. Una aberración. La abuela de la niña, Francisca, había tenido, además, una mala experiencia con su primer marido y padre de sus hijos, al que conoció también siendo adolescente. La niña vivía ahora con ella y con su marido.

La madre, Adela, residía en El Pasico, una aldea mínima entre El Salobral y Aguas Nuevas, junto a su nueva pareja. Ni la madre ni la abuela pensaban permitir, de ninguna manera, que la relación continuara. La familia de Juan Carlos pensaba también que no era lo mejor para su hijo, pero no se opusieron con la misma intensidad. Lo consideraban inevitable. Decían que los dos «querían estar juntos» y que él estaba «loco por ella».

Juan Carlos, un chico muy inteligente, según los vecinos, se encerraba en casa algunas temporadas, pero salía. Hace un par de años se fue a Canadá para buscar trabajo como mecánico, aunque acabó volviendo. Sus dos hermanos -solo su hermana vive fuera de El Salobral, con su pareja- apenas pisan la calle.

Al mayor, Antonio, hay quien no lo había visto salir de casa desde hace más de 20 de años. «Desde que sus compañeros de quinta se fueron a hacer la mili», dice un vecino. «Juan Carlos tenía sus cosas, era un chico muy nervioso, pero estaba más integrado en el pueblo, aunque iba con una pandilla bastante conflictiva».

Estaba totalmente volcado en el tiro y la caza. Tenía tres licencias de armas: la E para armas de tiro deportivo y escopetas de caza; la D para armas largas de caza mayor; y la F, para armas cortas y largas con uso deportivo. Esta última le permitía tener una pistola como la que compró en una armería de Albacete el jueves anterior a cometer los asesinatos. Todo era legal.

En total, según la Guardia Civil, tenía tres o cuatro armas. Los vecinos aseguran que además compraba en subastas otras antiguas e inutilizadas, de coleccionista, y que algunas lograba arreglarlas.

El conflicto entre Juan Carlos y la familia de Almudena comenzó a crecer durante los últimos nueve meses hasta desembocar en amenazas y denuncias mutuas. El entorno de Juan Carlos consideraba que se estaban pasando y que no tenían derecho a presionarlo tanto si la relación era «consentida». El de la madre y la abuela no entendía que no se dieran cuenta de la gravedad de la situación, y de que estaban ante un abuso de un adulto de casi 40 años sobre una niña de 13.

La niña decía que también lo quería. Su madre y su abuela pensaban que le había sorbido el seso. Le quitaron el móvil, casi no la dejaban salir de casa ni usar Internet. Ella escribía sobre su amor en su muro de Facebook y le mandaba cartas a través de sus amigas. Él la iba a buscar al instituto. Se la llevaba en moto al campo, al cerro…

La madre asegura que lo denunció muchas veces. El capitán de la Guardia Civil Juan Manuel Burgos dice que solo les consta una, de la que dieron cuenta al juzgado y a la Fiscalía de Menores -nunca se adoptó medida alguna-, y que en otra ocasión intervinieron de oficio por una pelea entre Juan Carlos y la familia de Almudena. Había otra denuncia ante la Policía Nacional.

Almudena había terminado recientemente la relación, según algunas de sus compañeras de instituto, que presenciaron insultos y amenazas por parte de él. Los padres de Juan Carlos aseguran que fue él quien cortó la historia, pero a la vez admiten que no podía soportar siquiera que otro hombre la llevara en coche a algún sitio.

Adela, José Andrés, Francisca, su marido… todos los parientes de la niña habían dicho a Juan Carlos, por las buenas y por las malas, que se alejara de la chiquilla, y él pensaba que era culpa de ellos que ya no pudieran verse. Temía, además, ser denunciado por abusos sexuales o violación por ella o por su familia.

Una amiga de la madre de Almudena dice que últimamente tenían mucho miedo por lo que estaba pasando: pensaban que podía matarlos a ellos o a la niña.

Juan Carlos compró el jueves una nueva pistola, y, sobre las siete de la tarde del sábado, mató a Almudena. Acabó con la cortísima vida de la que decía que era el amor de su vida. O estaba con él o no estaría con nadie. Un crimen machista. La víctima número 38 de este año según el recuento del Gobierno. La más joven.

En El Salobral los vecinos recuerdan accidentes, suicidios, riñas…, pero ningún trauma tan profundo como el de ese fin de semana. El doble crimen los ha sobrepasado. «A partir de ahora vamos a ser como Puerto Hurraco ¿no?», dice un vecino mientras toma una cerveza. «Ya nadie nos va a conocer por las patatas, sino por los asesinatos».

Es un pueblo agrícola dedicado fundamentalmente a la plantación de este tubérculo y de cereal (maíz, trigo, cebada, alfalfa…). Un sitio muy pequeño. Tanto, que no es ni pueblo. Es una pedanía de Albacete con unos 1.400 habitantes. Tiene un colegio, un estanco, una iglesia, tres restaurantes, un hostal, tres supermercados, una gasolinera… servicios básicos para una población diminuta. Todos se conocen. Y muchos son familia cercana o lejana.

«No hay que remover la mierda», se escucha estos días. Los vecinos piden tranquilidad para seguir viviendo. Muchos piensan que el hecho de que el homicida se quitara la vida facilita las cosas. Si Juan Carlos hubiera sido detenido, si hubiera ido a la cárcel, si los familiares hubieran ido a verle… todo habría sido más complicado dentro del pueblo. Pero, ahora, las tres familias han sufrido una tragedia.

Una madre y una abuela han perdido a su niña, Almudena; una hija de 11 años ha perdido a su padre, Agustín; y un padre y una madre tendrán que vivir con la carga de saber que su hijo acabó con la vida de dos personas antes de suicidarse. «Para ellos no debe ser fácil tampoco», dicen Pepe y Desiderio, los dos hermanos de Agustín.

Un primo de Pepe le ha pedido perdón. Era también primo de Juan Carlos. «Me dijo que lo sentía mucho, que no entendía cómo un primo suyo había cometido un crimen así», relata Pepe. «Nos dimos un abrazo. Qué vamos a hacer. Mañana hablaré con otro de mis primos, que sé que está igual y que ni se atreve a venir. Hay que cerrar estas heridas».

La madre de Juan Carlos, Cándida, es sobrina de un tío de los Delicado. «Somos familia», dice Pepe. «Confió en que lo superemos, aunque entiendo que para la familia de la niña será mucho más difícil».

La madre de la chiquilla, Adela, estaba el jueves en su casa de El Pasico. Su pareja pide a la periodista, por favor, que se marche. «Está muy mal. No está en condiciones». Habló el día del funeral y ahora trata de encajar lo sucedido.

Su exnovio, José Andrés, pone cervezas, con la cara desencajada, en el merendero en el que trabaja. «¿Cómo estás?», le pregunta el sacerdote. «Peor que mal», responde.

En la calle La Luz, donde murió Almudena, los chiquillos dejan flores y velas. Han hecho un altar. «Nunca te olvidaremos», le escriben. Han colocado una foto de Almudena sonriendo sobre un caballo. Dice el alcalde, Ángel, que estos días hay niños aún asustados que no pueden dormir solos.


«El Fraguel», el cazador que acosaba a su presa

Cruz Morcillo – ABC.es

29 de octubre de 2012

«Antes de que me acusen de pederasta, la monto. Hago una masacre». Es una confidencia de Juan Carlos Alfaro Aparicio a un amigo suyo, menor de edad, el pasado jueves, dos días antes de que saliera de «caza» y matara en el acto a Almudena Márquez, de 13 años, y a Agustín Delicado, de 39, en el pequeño pueblo albaceteño de El Salobral.

Ese jueves, Juan Carlos, gran aficionado a las armas y a la caza, había recibido una pistola adquirida en una armería, una Walther de 9mm con la que disparó a la niña, y había ido a probarla con su amigo. Se sentía acorralado por la familia de la menor -con la que se había ennoviado en mayo del año anterior-, y se sentía despreciado por la chica, que ya no quería seguir con él, pese a su insistencia.

Había sido una mala semana. El martes, la madre de Almudena, Adela Márquez, lo paró en la calle: «Hijo de puta, te tengo que matar, desgraciado», lo insultó delante de varios testigos. Y a continuación la emprendió a puntapiés con su coche Daewoo y le abolló la puerta trasera izquierda. Juan Carlos denunció a la madre en el puesto de la Guardia Civil de Aguas Nuevas y contó que la mujer no quería que su hija estuviera con él (en su testimonio habla de la relación en pasado).

No era la primera vez que se cruzaban denuncias entre los dos adultos, con la niña en el centro de la enemistad y una relación amorosa en la que mediaban 26 años de madurez y vida. Adela, que no vivía con su hija, sino que la niña residía con la abuela y la pareja de ésta, acudió a la Guardia Civil en febrero de este año por primera vez. Allí mostró su preocupación por el noviazgo consentido por la niña; explicó que no sabía si su hija mantenía relaciones sexuales con Alfaro, y negó que él la acosara o la obligara.

Redes sociales

«Un individuo de 39 años que se relaciona con una niña de 13 tiene problemas afectivos claros. Hay un desfase entre la madurez cognitiva y la emocional. Ese tipo de personas suelen tener problemas de relación interpersonal debido a una elevada inseguridad y una clara ambivalencia en sus relaciones, unida a una no aceptación de sí mismo», analiza María del Rocío Gómez Hermoso, psicóloga forense de los Juzgados de Vigilancia Penitenciaria de Madrid y licenciada en Derecho, tras sentar la premisa de que este diagnóstico no parte de una evaluación psicológica directa, por motivos obvios.

Los meses pasaron desde la primera denuncia y la relación continuó. Almudena, con identidad falsa pero fotografía real, la aireaba en las redes sociales y secreteaba sobre ella con sus amigas. Escribía sobre su amor, sobre su concepción de la vida y su afición compartida por la música «heavy».

El 10 de julio la madre de la niña acude a la comisaría de Policía de Albacete y vuelve a cargar contra Alfaro. Denuncia que tiene miedo de que su hija se escape de casa de los abuelos. Relata que les miente sobre los sitios a los que va; sospecha que el adulto, casi de su edad, está a punto de dinamitar el clan familiar.

Adela adivinaba los problemas. A finales de agosto, vuelve a amenazar a Alfaro y este la denuncia ante la Policía. Dos días después la niña no acudió a su casa a dormir. Esa madrugada los agentes volvieron a ser requeridos. La abuela de Almudena les contó que la cría se había escapado por la ventana y que estaba con Juan Carlos. No se equivocaba. Ella no quería marcharse, les insistió en que estaba allí porque quería, pero poco después la menor volvió con los guardias a su domicilio.

La Guardia Civil reitera que puso esas denuncias en conocimiento de la Fiscalía de Menores y que un Juzgado decidió sobreseerlas porque no apreció ningún delito. Rechazan las críticas que les han salpicado durante los últimos días. «Cumplimos con nuestra obligación», insiste un portavoz.

El pasado lunes 15, un día antes del episodio del coche con Adela Márquez, otro vecino del pueblo, Arturo Mas, también denunció a Juan Carlos Alfaro. Contó a los agentes que este había insultado a su hija Ana Belén, una amiga de Almudena, porque se negaba a hacer de recadera y a celestinear para el novio despechado. La llamó «payasa, idiota y desgraciada». Esa chica, una de sus mejores amigas, era la que acompañaba a la víctima la noche en la que su exnovio acabó con ella porque lo había abandonado.

Ana Belén relató más tarde que el agresor paró su coche junto a ellas y pidió a la víctima que subiera. La cría se negó y ya no hubo más palabras: solo los disparos que acabaron con su vida en el acto. A ella, a Ana Belén, la que cumplía los deseos de su amiga, la dejó marchar.

Como a una muñeca

Juan Carlos Alfaro, al que todos definen como normal en El Salobral, era conocido por su pasión por las armas (tenía una pistola automática, un fusil de asalto y dos rifles), la caza y las motos. Tenía 39 años, pero quizá solo en el DNI. «Parece clara la inmadurez afectiva. Si se sentía cómodo con una niña de 13 años es por identificación y por la capacidad de control. Y no son incompatibles. Podía manejarla como a una muñeca», sentencia el psiquiatra forense José Miguel Gaona.

Este experto va más allá y considera que la devoción por las armas se pueden incluir en ese paquete de inseguridad-necesidad de control. «Necesita extensiones poderosas para sentirse seguro». Para Gaona no es imposible que Alfaro sufriera un trastorno de la personalidad, pero nadie le había diagnosticado.

La psicóloga Rocío Gómez, en cambio, atribuye esa pasión por disparar más a un factor cultural, ligado a zonas rurales. Lo cierto es que el «cazador» en paro, que se dedicaba a las chapuzas mecánicas y atronaba las calles con su moto, era más que aficionado a la caza y su verdadera «locura» era practicar el tiro.

La extraña familia

«Es claramente consciente de su conducta y de los efectos de la misma, pese a su falta de realización personal -analiza Rocío Gómez-. Este tipo de dificultades afectivas y de relación se dan más en neuróticos y depresivos». Tanto Gaona como Gómez centran su atención en la extraña familia de Juan Carlos. Dos de sus hermanos que, como él, viven con los padres, llevan años enclaustrados en la casa, según los vecinos. El día del funeral de Juan Carlos causaron estupor, sobre todo uno de ellos, con su larga melena, su barba poblada y sus ojos aparentemente alejados de la realidad.

La madre del clan no ponía ninguna objeción a la inquietante relación y no tuvo empacho en definir el crimen como una «locura de amor». «Ese aislamiento y esa aparente hostilidad pueden ser casi marca de la casa», apunta la psicóloga. Gaona no descarta un posible factor genético en esas conductas aparentemente poco habituales. «Él se sintió traicionado por la niña. Por eso la mató», concluye el psiquiatra forense. «Se unieron un cúmulo de circunstancias. Creía que le traicionaba por alinearse con la posición de la madre, que llevaba meses acosándolo y recriminándole la relación. Y seguramente pensó que haría el ridículo si Almudena salía con un chico de su edad. No lo soportó».

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