Joseph Alexander Peel

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Joseph Alexander Peel

El juez Peel

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Asesinato por encargo - Los cuerpos nunca fueron encontrados
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 15 de junio de 1955
  • Fecha de detención: 4 de octubre de 1960
  • Fecha de nacimiento: Desconocida
  • Perfil de las víctimas: El juez Curtis E. Chillingworth, de 66 años, y su esposa Marjorie Chillingworth
  • Método de matar: Las víctimas fueron arrojadas por la borda con pesas de plomo atadas a sus piernas
  • Localización: Palm Beach, Estados Unidos (Florida)
  • Estado: Fue condenado a dos cadenas perpetuas el 30 de marzo de 1961. Posteriormente se le concedió la libertad condicional en 1982 debido a sus serios problemas de salud. Murió nueve días después
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Joseph Alexander Peel

Última actualización: 30 de marzo de 2015

EL PLAN DE PEEL – El pequeño juez y el gran juez

Las únicas pistas encontradas después de la desaparición del honrado juez Chillingworth y de su esposa fueron unas huellas en la arena, sangre en los escalones y una casa vacía en una playa de Florida. El juez Joe Peel, un hombre deshonesto y falto de escrúpulos, conocía el trágico destino de su colega.

Dos hombres caminaban tranquilamente por las agradables urbanizaciones que se extienden junto a la playa a lo largo de la costa de Florida. Se dirigían al tranquilo y privilegiado reducto de Manalapan, donde se les esperaba para que repararan una ventana en el chalet del juez Chillingworth. Este refugio privado ofrecía unas magníficas vistas del Atlántico; y aquella plácida mañana del 15 de junio de 1955 no mostraba ningún indicio de algo extraño o siniestro.

Así pues, Frank Ebersold y Robert Force se quedaron un tanto sorprendidos cuando nadie contestó a su llamada. Vieron el coche del juez aparcado en el garaje y, a través de una ventana, la mesa preparada para el desayuno. Los dos carpinteros llamaron de nuevo. Pero tampoco recibieron respuesta. Decidieron intentarlo otra vez por el lado opuesto de la casa. Las puertas estaban abiertas, aunque no había nadie dentro. Hasta que alguien les informara de cuál era la ventana cuyo marco había que cambiar no tenían nada que hacer, y decidieron darse un baño.

Los dos carpinteros ya habían prestado sus servicios en más ocasiones al juez Curtis Chillingworth y a su esposa, Marjorie, y el trabajo que tenían que hacer aquella mañana del 15 de junio de 1955 no presentaba demasiados problemas.

Pero todos sus deseos de refrescarse un poco se desvanecieron al alcanzar la desvencijada escalera que descendía hasta la playa. Los escalones estaban salpicados de gotas rojas y resecas. Cuando llegaron a la playa, descubrieron pisadas en la arena. Algunas parecían dirigirse escaleras arriba, hacia la casa; el resto, algo más confusas, se encaminaban al mar.

Ebersold telefoneó a la secretaria de Chillingworth para decirle que algo no marchaba bien en casa del juez, y ella llamó inmediatamente al sheriff John Kirk.

No estaba en el carácter del juez Chillingworth desaparecer sin decir nada. Jamás prescindía del reloj ni se separaba un milímetro de una serie de pautas establecidas. Cuando presidía el tribunal de distrito de West Palm Beach, solía esperar en la puerta, contando los segundos, hasta entrar en la sala a las 9,30 en punto.

Una hora después de la llamada realizada a la policía, ésta había acordonado y rodeado toda el área de la casa. Pero no apareció ninguna nueva pista sobre el paradero del juez y de su esposa. En la vivienda no había señales de lucha y el coche se hallaba en el garaje con el motor frío. Sin embargo, el departamento forense confirmó que las gotas rojizas y resecas de las escaleras pertenecían a sangre humana.

El juez Chillingworth tenía tres hijas, pero ninguna arrojó nuevas luces sobre aquel misterio. Su padre podía haber conseguido muy pocos amigos íntimos, pero aún menos enemigos. La tarde anterior a su desaparición el matrimonio permaneció en su casa de la ciudad y salieron alrededor de las nueve en dirección a la playa. Las camas deshechas y dos vasos vacíos, que tenían residuos, sugerían que habían llegado sanos y salvos a su casa de la playa

Los periódicos de la tarde informaron de la extraña desaparición del destacado juez de Florida. El suceso provocó no pocas especulaciones, pues Chillingworth era un hombre precavido y meticuloso que jamás habría elegido un modo tan peculiar de abandonar a su familia y su vecindario. Pero el sheriff Kirk se limitó a añadir los nombres del juez Chillingworth y de su esposa a la lista de personas desaparecidas, donde permanecieron dos años.

A las tres semanas de la desaparición, el abogado del Estado Phillip O’Connell, de PaIm Beach, comenzó a recibir llamadas anónimas. Se trataba de una voz masculina que decía: «Usted es el próximo», y colgaba. El trabajo profesional de O’Connell le suministraba unos 100.000 dólares anuales. Era también el jefe político del condado de Palm Beach y se había interpuesto en el camino de las ambiciones políticas de un hombre conocido como «el pequeño juez»: Joseph Alexander Peel.

A Peel se le llamó «el pequeño juez» por oposición a Chillingworth, «el gran juez». Es una enorme ironía que estos dos hombres, de caracteres tan opuestos, ejercieran el cargo de juez en la misma ciudad y en la misma época. El comportamiento del primero era intachable, mientras que a su joven colega siempre le acompañaba el escándalo. Ambos habían cruzado sus espadas en el pasado. En Palm Beach era del dominio público que antes de su reelección, acaecida en 1954, Peel había representado a ambas partes en un caso de divorcio, lo que le valió una reprimenda pública por parte de Chillingworth.

Y hubiera recibido mucho más que una reprimenda si «el gran juez» hubiera conocido algunos detalles acerca de las numerosas relaciones de su colega con el crimen organizado. Peel se había asociado con un frívolo ex ladrón, llamado Floyd Holzapfel. Este abrigaba el sueño de conseguir éxito y poder, pero carecía de la habilidad necesaria para hacer realidad sus objetivos. Le resultaba más fácil atajar valiéndose de la influencia de otras personas o de turbios arreglos. Su asociación con Peel le ofrecía la ocasión perfecta para llevar a cabo sus sueños. Por desgracia, hizo de su socio un auténtico ídolo, lo que le convirtió en simple barro en manos del juez.

Holzapfel trabajó duro en la campaña por la reelección de Joe Peel y desde entonces ambos se hicieron inseparables. Las actividades delictivas del magistrado crecían a toda velocidad y necesitaba alguien de confianza, sin miedo al trabajo difícil, que hiciera lo que él le ordenara. El juez era el tipo de persona a quien «Lucky> Holzapfel admiraba: tenía un Cadillac con aire acondicionado, vestía trajes blancos de lino y se cambiaba de camisa unas cuatro o cinco veces al día. El ex ladrón le respetaba y veía en él un modo de ganar dinero fácil y alcanzar una buena posición, escapando de las pesadas cargas de un trabajo honrado.

Obtuvo una licencia de investigador privado, para lo cual no se necesitaba por entonces ningún requisito especial, y se puso a trabajar para Peel a tiempo completo. La gente pronto comenzó a fijarse en él. Conducía el segundo coche del juez, un Lincoln, y no se preocupaba de disimular la pistola que llevaba atada en la pierna. Cuando iba de un lado para otro, ocupado en los negocios de su socio, se hinchaba como un pavo al anunciarse a sí mismo con estas palabras: «Me manda el juez.»

Con la ayuda de Holzapfel y de su lugarteniente negro, Bobby Lincoln, Peel proseguía sus actividades delictivas. Vendían su protección a los contrabandistas de alcohol y a los corredores de apuestas de «bolita», un juego típico de Florida. A veces el trío conseguía en tan sólo una semana la suma de 3.000 dólares, aunque más tarde se supo que la mayor parte de los beneficios quedaban en poder del juez. Holzapfel y Lincoln comenzaron a albergar un amargo rencor contra su avaricioso jefe; y fue esta la causa de la perdición del magistrado.

Las actividades del grupo llegaron a ser tan conocidas que tuvieron que comparecer ante un gran jurado encargado de investigar las alegaciones de juego ilegal formuladas contra ellos. Pero las autoridades se vieron incapaces de reunir las pruebas necesarias. Cuando se les preguntó que por qué mantenía relaciones con un chantajista, Holzapfel contestó que actuaba a las órdenes de un filántropo que deseaba desenmascararlos. El jurado aceptó su testimonio.

Por fin, en mayo de 1955, a Joe Peel comenzó a abandonarle la suerte. De nuevo había hecho un turbio negocio con un caso de divorcio, y esta vez el juez Chillingworth estaba dispuesto a expulsarlo del colegio de abogados. «El pequeño juez» le comentó al ex ladrón que otro abogado le había confiado que «ese viejo y bizco bastardo se va a hacer cargo de ti». Peel se vio presa de pánico; llamó a Holzapfel por teléfono y le dijo: <Arruinará mi carrera y nuestros negocios.»

Entonces surgió la idea de contratar un «golpe» contra Chillingworth. Era algo sabido que Peel aborrecía la vista de la sangre; pero si otra persona hacía el trabajo por él, ello allanaría el camino para continuar obteniendo sus beneficios ilegales. Es más: sin su colega escudriñando cada una de sus actividades, su ambición de convertirse en gobernador del Estado carecería de obstáculos.

La elección para dar el golpe recayó sobre Holzapfel; el juez sabía que podría convencer a su fanfarrón subordinado para que llevara a cabo el trabajo sucio. Y también podía confiar en Bobby Lincoln. Les telefoneó y les dijo que la única solución consistía en matar a Chilfingworth.

Las víctimas

  • El juez Chillingwort y su esposa.

En el momento de su muerte, Eugenne Chillinworth era el juez de mayor antigüedad del 15º distrito judicial de Florida; se le conocía con el nombre de “el gran juez”.

A la edad de 66 años, era un veterano hombre de leyes que había ejercido la profesión durante más de tres décadas. Su fama de persona íntegra estaba fuera de toda duda; y se decía que poseía un espíritu caústico y austero. Sus colegas sentían hacia él una gran admiración y podían estar seguros de que, cuando presidía el tribunal, iba concienzudamente preparado. Tenía la costumbre de tamborilear con los dedos encima de la mesa; sus fallos solían ser severos, especialmente en los casos de divorcio, pues era notoria su desaprobación de la infidelidad conyugal.

La magistratura americana

En Estados Unidos el nombramiento de magistrado varía de unos Estados a otros. Pero por lo general los jueces inferiores son elegidos por votación popular y sólo en ocasiones estos cargos responden a nombramientos políticos. Los jueces superiores son nombrados a través de la maquinaria política del gobernador del Estado y gracias a la influencia de éste.

Al revés que en Gran Bretaña, Estados Unidos carece de un sistema extensivo de las leyes en el que se establezcan precedentes, de modo que los jueces pueden interpretar la ley según crean conveniente. El Tribunal Supremo, sin embargo, tiene el poder de anular dichas interpretaciones judiciales, sobre todo cuando opina que algún fallo es contrario a la Constitución americana, el documento que establece las libertades civiles y los derechos legales de todo ciudadano.

Un ejemplo de este poder de interpretación se halla en el fallo del Tribunal Supremo decretando que la segregación racial, a pesar de constituir una costumbre generalizada en ciertos Estados, no estaba permitida por la Constitución y era, por tanto, legal. Así pues, dicho decreto acabó con cualquier tipo de segregación en todos los Estados.

PRIMEROS PASOS – En busca de la oportunidad de oro

Mucha gente pensaba que Floyd Holzapfel era un buen tipo. Pero su ambición acabó con lo mejor que había en él hasta hacerle alcanzar las cumbres del delito

Nacido el 19 de junio de 1924 en Cottonwood Falls, Kansas, e hijo de unos padres prácticamente adolescentes, la infancia de Floyd Hoizapfel no fue ni desgraciada ni llena de privaciones. Tenía unos brillantes ojos azules y aspecto descarado; y contaba con la simpatía de cualquiera que topara con él.

La familia de Floyd era trabajadora y honrada. Después del divorcio de sus padres, él quedó al cuidado de su madre. Al principio vivían en una pulcra casa de cinco habitaciones, con alegres ventanas blancas; pero cuando el chico cumplió cuatro años se mudaron a Oklahoma, donde madre e hijo asistían a la iglesia con regularidad.

Fue en esta ciudad donde su madre se casó con Joe Easley, apellido con el que se conoció a Holzapfel durante la mayor parte de su infancia.

Tanto en la escuela Gatewood como en el instituto Harding Junior, todo el mundo quedaba impresionado por su encanto y su vivacidad. Obtuvo buenos resultados y estaba considerado por sus profesores como muy inteligente. Por estas fechas aumentó su ambición, ya antigua, de convertirse en abogado. Era la primera manifestación de su vivo deseo de ser un pez gordo, un hombre admirado y respetado por la sociedad.

A Holzapfel, apodado «Lucky», le gustó la buena vida desde bien pronto. Vestía estupendamente e incluso en su adolescencia obtuvo un enorme éxito entre las mujeres. Cuando cumplió dieciséis años se fue de casa para buscar a su auténtico padre, que vivía en Los Angeles. Este le compró un coche y le introdujo en el atractivo modo de vida de la costa oeste.

En 1945 contrajo matrimonio y regresó a Oklahoma, donde se las arregló para convencer al departamento de policía de que tenía experiencia como investigador, y le contrataron. A los tres meses, y a causa de su «evidente falta de capacidad para trabajar las horas acordadas», le pusieron en la calle. «Lucky» no estaba demasiado inclinado a ejercer un trabajo rutinario. Quería convertirse en un pez gordo, y perdía inmediatamente todo interés por cualquier ocupación que no satisficiera sus ambiciones al instante.

Después de trabajar como mecánico en un garaje y como «manager» de boxeadores, acudió de nuevo a California junto a su padre y a poco de llegar se le condenó a sesenta días de prisión por juego ilegal. A esto siguieron 17 meses en la prisión del Estado de Oklahoma por una serie de robos a mano armada. Años más tarde le encantaría jactarse de que había robado una furgoneta blindada que contenía 150.000 dólares, cosa que no era cierta.

Una vez en libertad, Holzapfel intentó enderezar su camino y retomó de nuevo sus ambiciones juveniles. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oklahoma pero su deseo de conseguir un éxito instantáneo pronto dio al traste con lo mejor que había en él. Acabó apareciendo en Florida, donde pasó por distintos empleos, incluido el de Tesorero de los Jóvenes Republicanos. En la época en que trabajaba para ellos fue cuando conoció a Joe Peel, un juez de treinta y dos años. Este le ofreció todo cuanto andaba buscando: dinero fácil, una vida por todo lo alto y una posición respetable. El juez Peel se hallaba en el mejor momento de su carrera. Se le ofrecía incluso la posibilidad de lograr el puesto de gobernador del Estado. Holzapfel pronto comprendió que el aprovecharse de aquella oportunidad de oro implicaba métodos delictivos y poco limpios. Era sólo cuestión de tiempo el que llegara a convertirse en un asesino profesional, contratado para matar.

LAS ÓRDENES DE PEEL – Dos hombres en una barca

Los secuaces de Peel eligieron el mar como escenario para el asesinato de sus víctimas. Una vez que éstas desaparecieron de la vista, sumergidas bajo el agua, los asesinos pensaron que se habían acabado sus problemas. Pero su propia codicia fue la causa de la perdición.

El pequeño bote de pesca se hallaba equipado con un motor de automóvil adaptado; sólo les había costado 350 dólares. Cualquier otro aficionado a la pesca interesado en comprar la barca habría desistido de hacerlo ante el peligro que mostraba el indicador de temperatura, cuya aguja subía rápidamente. Pero Floyd Holzapfel y Bobby Lincoln tenían sus pensamientos puestos en otras cosas. Holzapfel había insistido en contar con un ayudante y, por entonces el chantajista de color guardaba un profundo agradecimiento hacia Peel. Cuando éste le dijo que «un hombre está intentando arruinarnos; hay que acabar con él», Lincoln pareció deseoso de participar en el crimen.

El 15 de junio de 1955, poco después de la medianoche, los dos hombres salieron en su pequeña barca del muelle de Riviera Beach y se dirigieron hacia Palm Beach. Habían calculado que en una hora llegarían a la ensenada desde donde se veía la casa del juez Chillingworth. Cada quince minutos paraban unos momentos para que el motor se enfriara y luego reanudaban la marcha. El plan consistía en presentarse en casa del magistrado y fingir que eran dos navegantes cuyo barco se había hundido, por lo que acudían a pedir ayuda. Se trataba de una idea elaborada por Peel, quien pensaba que el ganarse la confianza de la víctima les facilitaría la entrada a la casa. Para añadir credibilidad a aquel engaño, Holzapfel lucía una gorra de patrón de yate.

Joe Peel les había asegurado que en la casa sólo se encontraría el juez. No disponía de servicio y su mujer estaba pasando una temporada fuera con algunos familiares. Poco después de la una de la madrugada llamaban a la puerta de la casa de la víctima. Salió a abrirles un hombre en pijama.

Después de hacerse pasar por un patrón de yate angustiado, Holzapfel abandonó tal pretensión para buscar bajo su camisa y sacar del cinturón una pistola del calibre 38. «Esto es un atraco -dijo- ¿Hay alguien más en la casa?» Para desgracia y sorpresa del asesino, sí que lo había. En respuesta a la llamada de su marido apareció Marjorie Chillingworth, con una bata echada por encima del camisón. Holzapfel silbó para avisar a Bobby Lincoln, que se hallaba escondido entre unos arbustos.

Los dos hombres se pusieron a atar a sus víctimas, quienes no se hacían ninguna ilusión respecto a la suerte que les esperaba. Mientras bajaba las escaleras que conducían a la playa, Marjorie se las arregló para arrancarse la mordaza y dejar escapar un fuerte grito. Holzapfel, sin dudarlo un momento, descargó la pistola sobre su cabeza. Como más tarde diría en la sala, «blandí la pistola y la golpeé con ella… sangraba… me quedé petrificado».

Mientras tanto, el juez Chillingworth intentaba desesperadamente llegar a un acuerdo con Bobby Lincoln, pero todo fue en vano. Después de sortear algunos problemas más con el motor de la barca, el grupo salió a alta mar. Cuando habían recorrido dos millas, Holzapfel consideró que estaban lo suficientemente lejos como para zanjar su trabajo nocturno. Paró el motor y, acercándose a popa, donde la aterrada Marjorie yacía sin decir palabra, le rodeó la cintura con un cinturón de pesca y llenó los bolsillos de éste con pesadas piedras.

Comprendiendo que estaban a punto de morir, el juez gritó a su mujer: «Recuerda que siempre te he querido.» Ella se limitó a contestar: «Y yo a ti también.» Más tarde, el asesino declaró que mientras empujaba a su silenciosa víctima al agua murmuró: «Las señoras primero.»

Pero aún no habían terminado. En un desesperado intento por salvarse, el juez Chillingworth consiguió deslizarse al agua. A pesar de estar atado de pies y manos, luchó furiosamente por mantenerse a flote. Mientras tanto, Holzapfel y Lincoln se vieron presos del pánico. Temiendo que el ruido de la pistola alertara a alguien, evitaban dispararle, así que le golpearon con ambos lados de la pistola. Finalmente, consiguieron hacerle una herida en la cabeza con la empuñadura; pero el cuerpo no se hundió del todo.

Holzapfel acabó agarrando al juez por la espalda y lo arrastró hacia la barca. Le rodeó el cuello con la cuerda del ancla, la cortó y empujó fuera el cuerpo. Ante la mirada de sus asesinos, Curtis Chilhngworth se hundió en las profundas aguas. Jamás se encontraron ninguno de los dos cadáveres.

Pasaron cinco años antes de que se iniciara una acción judicial con motivo de la desaparición del juez Chillingworth. Ni siquiera la recompensa de 160.000 dólares, que incluía 100.000 proporcionados por la legislatura de Florida, consiguió algún avance prometedor para el asunto. Si el juez no hubiera sido quien era, probablemente los culpables jamás hubieran caído en manos de la justicia. Pero el interés demostrado por la opinión pública y por los medios de comunicación alentó a la policía a poner todo su empeño en el caso, hasta que en octubre de 1960 se reunieron las pruebas suficientes para pedir cuentas a los culpables.

Los principales personajes involucrados en el plan habían reñido. La chapucera intentona llevada a cabo por Holzapfel y Lincoln de matar a Harold Gray, un abogado de la oficina de Peel, les valió una acusación de asesinato, abandonada gracias a unos cuantos tecnicismos. El plan consistía en reclamar los 100.000 dólares con que Peel había asegurado la vida de Gray. Pero el escándalo no se olvidó y, a pesar de haberse deshecho del juez Chillingworth, Peel fue incapaz de evitar su expulsión del colegio de abogados. La muerte del juez y de su esposa había sido inútil. Pero la expulsión del colegio no supuso para Peel tantos problemas como el propio Holzapfel, quien empezaba a convertirse en una amenaza, pues estaba resentido porque el magistrado no acababa de pagarle la suma acordada por el asesinato. Más tarde, “Lucky” confesaría a sus compañeros de prisión que nunca le reembolsaron la inversión realizada por la compra de la barca ni tampoco una sola moneda de las que gastó en la macabra operación.

Peel estaba cada vez más nervioso a causa de la creciente atención que la policía dedicaba a Holzapfel, quien hacía poco tiempo había sido juzgado y sentenciado a quince años de prisión por participaren una conspiración para asaltar un escondrijo en el que se guardaban 60.000 dólares en armas destinadas a los revolucionarios cubanos, con la intención de venderlas en otro país hispanoamericano. El Tribunal Supremo de Florida, sorprendentemente, anuló de nuevo dicha sentencia basándose otra vez en un tecnicismo.

Pero Holzapfel cometió un crimen más, y era este delito el que Joe Peel temía que alertara a la policía. Esta se hallaba sobre la pista de su subordinado por el golpe llevado a cabo contra Lew Gene Harvey, un chantajista de veintiún años a quien habían acusado erróneamente de pasar información; pagó sus culpas con una bala que le atravesó la cabeza por detrás. El método empleado por el asesino para deshacerse del cadáver de la víctima -lo hundió en el mar atándole al cuerpo un fuerte peso- hizo relacionar su nombre con la desaparición de Chillingworth, pues muchos miembros del mundo legal de Florida pensaban que al juez y a su esposa se les había proporcionado un final semejante.

«El pequeño juez», muy nervioso por todo esto, sugirió a Holzapfel que emprendiera una nueva vida en Sudamérica. Este aceptó el consejo y se trasladó a Río de Janeiro, en Brasil. Inmediatamente Joe Peel contrató a alguien para que se encargara del asesinato de «Lucky» Holzapfel.

La policía, pensando que éste les sería de utilidad para resolver los casos de asesinato de Chillingworth y de Harvey, le engañó para que volviera a Florida poniéndole como señuelo los éxitos financieros de Peel. Le condujeron hasta la habitación de un motel provista de micrófonos y le cegaron de alcohol durante una juerga que duró tres días. La conversación mantenida, empapada en alcohol, supuso su perdición. Holzapfel dejó escapar una serie de confesiones espectaculares, hasta que el 3 de octubre de 1960 cuatro policías irrumpieron en la habitación con las pistolas desenfundadas.

Aquella noche, en la cárcel de Titusville, el detenido intentó suicidarse. No hay duda de que su deseo de morir era sincero: se dio un tajo en la muñeca hasta llegar al hueso y luego agitó la mano para aumentar la hemorragia. Le descubrieron a la media hora, con el tiempo justo para salvarle la vida. «Creedme -diría más tarde-, no es una manera fácil de irse de aquí.»

Al día siguiente, Peel fue arrestado y el juicio que siguió se convirtió en un clásico de la historia criminal de Florida. En él Bobby Lincoln testificó contra Peel con todo lujo de detalles. En marzo, después de haber sobrevivido a la tentativa -ordenada por Peel- de envenenar su comida con cianuro potásico, Holzapfel se convenció de que debía hacer una confesión en toda regla. El proceso contra «el pequeño juez» se presentaba corno algo irrefutable y la policía podía arrestar a ese indeseable.

En diciembre de 1962, Bobby Lincoln salió de la cárcel para testificar contra Peel, a quien se condenó a dos cadenas perpetuas por el asesinato del juez Chillingworth y de su esposa. La acusación deseaba, sin embargo, una sentencia de muerte y protestó por lo que consideraba un castigo indulgente para el ex juez.

Tanto Joe Peel como Bobby Lincoln escaparon a la condena de muerte, pero Floyd Holzapfel no gozó de la misma indulgencia. El juez Russel O. Morrow le sentenció a la silla eléctrica el 3 de mayo.

Holzapfel recurrió la sentencia, que no llegó a cumplirse, sino que le fue conmutada por la de cadena perpetua. Algunos de los implicados en el caso consideraron aquella decisión más justa porque, después de todo, el auténtico villano de aquel drama no era otro que Joe Peel. Uno de los oficiales de la prisión que llegó a conocer, e incluso a hacer amistad, con Floyd Holzapfel, comentó una vez: «Al fin y al cabo, algo decente hizo en su vida: entregar a Joe Peel en manos de la justicia. Creo que esto sí que hizo de él un gran hombre.»

Un boxeador inteligente

Philip O’Connell fue el veterano fiscal de Florida encargado del caso Holzapfel-Peel. Era un reputado jurista que en otros tiempos ejerciera como boxeador en la categoría del peso welter y cuyo récord consistía en haber perdido tan sólo uno de los sesenta combates librados.

El fiscal sospechaba que Joe Peel se hallaba involucrado en el asesinato de los Chillinworth, aunque carecía de pruebas para relacionarlo con el crimen. O’Connell se embarcó en una cruzada que duró cinco años para poner al culpable y a sus perversos secuaces en manos de la justicia. El fiscal tuvo suerte de escapar con vida, pues Joe Peel y Holzapfel proyectaban matarle también a él.

Cuando el juicio llegó a su fin, a la acusación no le satisfizo el veredicto de cadena perpetua para Joe Peel. Creía que la sentencia de muerte era más apropiada: «El alma del juez Chillingwort no descansará hasta que sus asesinos no se quemen en el fuego de la condenación eterna.»

Chantajista negro

Entre sus amigos, George David Lincoln era conocido con el nombre de Bobby. Poseía cierta influencia entre la población de color de West Palm Beach, donde era propietario de dos salas de billar y otros tantos taxis. El chantaje formaba parte de su vida cotidiana. A partir de la asociación con Holzapfel, colaboró con la venta de protección llevada acabo por Joe Peel mediante extorsiones. El trabajo de Lincoln consistía en recaudar siete dólares semanales de todos los involucrados en los sobornos del juez Peel.

Sin embargo, no se sabía que hubiera cometido antes acciones violentas. A pesar de su complicidad en la desaparición de Chillingworth, se ganó la inmunidad gracias a su confesión. Cuando le preguntaron que por qué no había informado del plan a la policía, contestó: «Señor, tengo mujer y un hijo; quiero que vivan, y yo también quiero vivir.»

DEBATE ABIERTO – Matar por dinero

Quizá los asesinos a sueldo más famosos sean los contratados por la Mafia. Estos delincuentes profesionales se rigen por un estricto código de conducta. Cada uno de sus crímenes constituye un ejercicio rigurosamente planeado que tratan con la frialdad con que se acomete una transacción comercial.

La mayoría de los asesinos a sueldo que han caído en poder de la justicia no pueden ser considerados «profesionales». Los auténticos profesionales, que ejercen la carrera de asesinos a sueldo, son cuidadosos, precavidos y discretos; todas estas características hacen que la policía encuentre serias dificultades para seguirles la pista. Y a menudo se hallan protegidos por el poderoso brazo del crimen organizado, la Mafia.

Las reglas que rigen a ésta, jamás puestas por escrito, aseguran la difícil localización tanto del cliente como del asesino. Durante la prohibición de los años treinta la Mafia creó en América el negocio de los asesinos a sueldo, montado sobre las mismas reglas establecidas para un negocio legal. Su cometido consistía en eliminar a cualquiera que supusiera un estorbo para las actividades del Sindicato Nacional del Crimen, otro departamento del negocio de la Mafia, conocido por Murder Inc.

Hoy en día el vasto imperio de la Mafia es aún mayor y proporciona más beneficios que entonces, aparte de estar extendido por el mundo entero. A sus asesinos se les llama «pesos pesados», «matones», «torpedos» o «cañones». Los asesinatos se denominan de forma generalizada «golpe»; y todo golpe se inicia con un contrato.

El emplear un contrato tiene como finalidad la protección de la persona que ordena el golpe, la cual jamás llega a entrevistarse o a hablar con el asesino. En su lugar hay una tercera persona que se pone en contacto con ella para acordar una cantidad de dinero determinada. Esta varía según la víctima elegida y el país. En América la media se halla entre 25.000 y 70.000 dólares, aunque puede alcanzar sumas mayores. En los años sesenta a un famoso asesino a sueldo se le llegaron a ofrecer 250.000 dólares para que acabara con Joe Valachi, un padrino de la organización mafiosa.

Cualquier contrato con la Mafia es siempre verbal: jamás se firma un solo papel. Tampoco necesitan hacerlo. La mano asesina, de hecho, garantiza el crimen con su propia vida, pues si fracasa, él mismo puede convertirse en blanco de un nuevo golpe. Toda la suma acordada en el contrato ha de pagarse por adelantado. El cliente está en su derecho de arrepentirse de su encargo, pero en ese caso , no se le devolverá un penique.

Cuando se atrapa a uno de estos asesinos, éste queda automáticarnente bajo la obligatoria promesa, típica de la Mafia de omertá o silencio. No dirá absolutamente nada. Pero sabe, por el contrario, que se ayudará a su familia y que todos los gastos legales serán atendidos. Confía plenamente en que la organización se asegurara de intimidar a cualquier testigo y de asustarle para evitar que proporcione pruebas.

Si alguno de los asesinos rompe su promesa ni siquiera los muros de una prisión podrán protegerle de la Mafia. Uno de los más famosos de la Murder Inc., Abe Reles, cayó «accidentalmente» desde la ventana de su celda, a pesar de contar en ella con la protección de varios policías.

Una vez que se ha aceptado el golpe, el asesino a sueldo comenzará a proyectar su plan para llevar a cabo el crimen. Las reglas no escritas dan por hecho que la víctima no será asesinada en su propia casa ni en presencia de su familia, ni tampoco en la iglesia.

A menudo el profesional seguirá los pasos de su víctima hasta conocer perfectamente su rutina diaria, de manera que la presa será tomada por sorpresa, en un lugar tranquilo y sin testigos. Pero si el asesinato constituye un aviso contra algún enemigo en potencia, entonces debe llevarse a cabo a la luz del día y en medio de una calle concurrida. Algunos de los asesinatos más célebres de la Mafia se han cometido en público.

El arma preferida por los criminales de la organización es el revólver. El asesino borrará cualquier pista del número de serie y procurará no dejar en él huella alguna. Esto significa que puede deshacerse del arma cerca de la escena del crimen y que, si la policía lo atrapa, no llevará el arma encima.

Algunos clientes contratan asesinos profesionales para que venguen agravios personales, pero esto no es corriente. Lo más normal es que dichos crímenes giren en tomo al dinero, al chantaje o a negocios ilegales. La rivalidad existente entre distintas bandas criminales, relacionada con sus derechos sobre el juego o la prostitución, puede fácilmente conducir a una serie de asesinatos de este tipo; y, en ocasiones, desencadenar una guerra a gran escala entre ellas.

Algunas muertes, especialmente en organizaciones como la Mafia, son empleadas como un medio de castigar o de asegurar la disciplina de sus miembros. Se deshacen de los informadores como si tal cosa una vez que éstos han sido descubiertos. Estos asesinatos sirven para asustar a otros «chivatos en potencia» con el fin de garantizar que, nadie tendrá oportunidad de mantenerse con vida para proporcionar pruebas ante un tribunal.

Todas estas reglas que rodean la vida de un asesino profesional, a pesar de no estar reflejadas por escrito en sitio alguno, son aceptadas y conocidas de forma generalizada por los criminales a sueldo. Ninguno se atrevería a ignorarlas. Por otra parte, si se observan dichas reglas, el asesino puede lograr hacer una gran carrera en la profesión.

Fechas clave

  • 03/11/58 – Holzapfel asesina a Lew Gene Harvey.
  • 02/59 – Holzapfel es condenado a quince años de prisión por robo.
  • 10/59 – El juez Peel negocia el asesinato de Holzapfel.
  • 12/59 – Holzapfel se refugia en Sudamérica.
  • 09/60 – Holzapfel regresa a Florida.
  • 03/10/60 – Arresto de Holzapfel.
  • 03/61 – El juez Peel, juzgado por asesinato.
  • 03/05/61 – Holzapfel es condenado a muerte.

 


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