Josefina Pino García

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La envenenadora de Mallorca

  • Clasificación: Asesina
  • Características: El rumor popular la hizo responsable de varios envenenamientos, pero la justicia logró probarle dos
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1957 / 1959
  • Perfil de las víctimas: José Nolla Carbonell (su marido) / Luisa Ollé Candalia, de 64 años (su jefa)
  • Método de matar: Veneno (arsénico)
  • Localización: Palma de Mallorca, España
  • Estado: Condenada a 30 años de reclusión mayor por un asesinato y a 12 años y un día por el otro en 1960
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Josefa Pino García

Marisol Donis

Sucedió a finales de los años cincuenta en Palma de Mallorca. Josefa Pino García forma parte de una familia numerosa, nada menos que once hermanos. Una de las hermanas está, por esas fechas, internada en la clínica mental de Jesús, en Palma de Mallorca. A nadie sorprende que, entre tanto hijo, uno haya salido con trastornos psíquicos, ya la abuela había corrido la misma suerte y murió en el manicomio de Murcia.

Hasta 1952, Josefa llevó una vida con altibajos sentimentales. Separada de su marido, del que tuvo una hija, no tardó mucho tiempo en rehacer su vida sentimental, nada extraño si tenemos en cuenta que era una mujer agraciada de treinta y dos años, de mediana estatura, muy blanca de piel, con el pelo rojizo, ojos claros y muy llamativa en el vestir. Conoció a José Nolla y se fueron a vivir juntos. De él tuvo otro hijo y poco después comenzaron los problemas de convivencia que, lejos de solucionarse, cada vez se agravaban más. Entonces cortó por lo sano y, comprando un tubo de matahormigas, lo vertió entero en el vaso de naranjada que él le pidió. José enfermó y sus sufrimientos fueron tan grandes que ella, compadecida o asustada, llamó a un médico que vio de inmediato los síntomas debidos a la presencia de arsénico. No hay que olvidar que esos síntomas son muy llamativos:

Dolores de estómago; vómitos persistentes; sed intensa; calambres musculares; sudores fríos; cianosis; respiración deprimida; coma.

No sabemos en cuál de estas fases se encontraba José cuando le atendió el médico, pero lo cierto es que éste sospechó algo. Josefa salió al paso alegando que se debería a que José trabajaba como soldador sin careta protectora. La explicación debió convencer al médico pues al fallecer José varios días después diagnosticaron embolia pulmonar. Esto sucedió en 1957.

Dos años más tarde, y con un hijo más, Josefa entra a prestar servicios como criada en la casa de Luisa Ollé, de sesenta y cuatro años, que vivía junto a su hija y el marido de ésta. Tenían un comercio de medias y calcetines, gozando de una posición económica desahogada. Luisa no cesaba de hacerle preguntas sobre su pasado. Demasiadas preguntas debió pensar, y, ni corta ni perezosa, compró de nuevo el envase de matahormigas, lo mezcló con los alimentos y, cuando vio que empezaban los primeros síntomas, que ya le eran tan familiares, se despidió de la casa. Poco después fallecía la señora y a las pocas horas Josefa fue detenida. Al parecer, después de la muerte de Luisa, el yerno comentó que desde hacía un tiempo él también sintió molestias gástricas, y cuanto más bicarbonato le servía Josefa, más molestias tenía. Todo eso le hizo sospechar que también había querido envenenarle a él, pero son conjeturas.

Juntando las piezas del rompecabezas, todo encajó perfectamente y fue juzgada por las dos muertes. Se hablaba de otra muerte en 1958, la de Francisco V., al que trató de envenenar con un plato de lomo de cerdo con setas, pero no pudo ser probado. En la instrucción del proceso sólo figuran probados los envenenamientos de Luisa Ollé y José Nolla.

El día del juicio, en 1960, el patio del alcázar de la Almudaina, sede de la Audiencia, se llena con un gentío que espera la llegada de la procesada y los testigos. Aparece la madre de Josefa, una mujer de setenta años que atraviesa, cabizbaja, el patio. La hija de Luisa Ollé, con abrigo negro. Y por fin la más esperada, Josefa, llega sonriendo, con la cabeza muy alta, gafas de sol, vistiendo chaqueta de punto azul, blusa blanca, falda oscura muy ceñida, zapatos de altísimo tacón y un moño de última moda. Al pasar junto a su madre y ver a ésta encogida y avergonzada le dice: «Ánimo, madre, que aquí no se comen a nadie.»

Declara con tranquilidad. A la pregunta de cuánta cantidad de veneno administró a Luisa Ollé, responde: «Yo apretaba el tubo a ojo, no sé la cantidad exacta.»

La hija de la fallecida declara que Josefa pasaba las noches fuera de casa y volvía de madrugada en estado lamentable. Pero que servía bien y «era buena cocinera». Considerar buena cocinera a alguien que condimenta con… insecticida, no deja de ser curioso.

La condenaron a treinta años de reclusión mayor por el primer delito y a doce más por el segundo.


Josefina Pino García, la envenenadora de Mallorca

Francisco Pérez Abellán

El fracaso de sus relaciones con los hombres le hizo aprender un método infalible para librarse de ellos. Luego, en su trayectoria laboral emplearía el mismo método para superar escollos en su camino, acostumbrándose a ir de compras a la droguería cada vez que tenía que tomar decisiones importantes. Los investigadores le achacaron cierto halo diabólico.

No era una sirvienta vulgar. Josefina presentaba un tipo atractivo: de treinta y un años, usaba faldas cortas y ceñidas. Se calzaba con desenvoltura zapatos de tacón muy alto, llevaba el pelo retirado hacia atrás, en un atrevido moño, y mostraba su cutis fino con justo orgullo. Era de mediana estatura, de tez blanca y pelo rojizo. La nariz aguileña y los ojos claros de mirar penetrante. Entró a prestar servicio como doméstica el 21 de mayo de 1959, en casa de Luisa Ollé Candalia, viuda, en el hogar que la señora compartía con su hija, Carolina Roselló, el marido de esta, Gabriel Estarellas, y un nieto de tres años de edad. Al poco tiempo, la tensión entre la señora y la empleada era más que evidente. Si en otros trabajos Josefina había podido hacer sola la compra, con lo que podía manejar el dinero a su antojo, en esta ocasión era acompañada todos los días al mercado por la señora, que era la que compraba. La imposibilidad de que hubiera lugar para alguna sisa, así como el control y vigilancia al que estaba sometida en la casa, hizo que se sintiera injustamente vejada, por lo que decidió envenenarla. «Se metía con mi vida privada porque creía que yo era una esclava, y yo no soy esclava de nadie», habría de explicar Josefina al tribunal que la juzgaría por asesinato.

Está comprobado que no hubo entre ellas grandes discusiones ni enfrentamientos. Sencillamente la sirvienta generó una profunda antipatía que la determinó a comprar en la droguería un potente insecticida con la intención «de servírselo a la vieja» en las comidas. Durante los tres días siguientes vació el contenido del tubo en los platos y naranjadas que sirvió a la señora Ollé, en dosis aproximadamente iguales -«apretaba el tubo a ojo»-, que hicieron a la víctima enfermar de gravedad.

Una de las razones de que ama y sirvienta se llevaban rematadamente mal se debía a la afición de la empleada de salir por las noches, permaneciendo fuera muchas horas y regresando con signos evidentes de haberse divertido sin freno. No obstante, compensaba este defecto con una actitud eficiente en su trabajo, servía con corrección y era muy buena cocinera, si restamos importancia al hecho de que echara arsénico en los alimentos.

Josefina nació en Cartagena, donde pasó su niñez en una cueva. Tuvo diez hermanos, de los que vivían cinco. Una de las hermanas fue ingresada en una clínica de Palma, afectada por una enfermedad mental. Su abuela materna murió en el manicomio de Murcia. Pero a ella la encontraron los psiquiatras del todo imputable de los delitos que se le suponen. El rumor popular la hacía responsable de varios envenenamientos, pero la justicia logró probarle dos.

En el año 1952, Josefina se ligó sentimentalmente a José Nolla Carbonell, trabajador de una fábrica en la que debía manipular determinados tóxicos, por lo que tardaría en encontrarse la verdadera explicación de su muerte, ocurrida meses más tarde, que al principio se atribuyó, falsamente, a consecuencias derivadas de su obligación laboral.

José Nolla era un hombre muy celoso, y Josefina, una mujer a la que le atraía la libertad de acción, por lo que el romance se transformó muy pronto en una sucesión de dramas de celos. Aguantarían juntos varios años, a lo largo de los cuales él se convirtió a sus ojos en una especie de pulpo viscoso, por lo que decidió eliminarlo. Hizo su primer paseo a la droguería, donde descubrió un matahormigas -matagente- horriblemente rápido. Compró un tubo que vació entero en un zumo de naranja que con malas artes dio a beber a su amante. «Se lo tomó entero en mi presencia», habría de declarar. La fuerte dosis de veneno produjo de inmediato grandes vómitos al intoxicado, que precisó de ingreso hospitalario, donde fue tratado de una posible enfermedad laboral. Era mayo de 1957; el enfermo sufría de malestar general, ahogos y pérdida de consciencia. Sin recuperarse de sus síntomas, falleció a los doce días de haber ingerido la naranjada mortífera, el 31 de mayo. La subsiguiente autopsia médica estableció que la muerte se produjo por una embolia pulmonar. Más tarde, cuando impulsada por la causa hubo de realizarse una exhumación de los restos con nuevos análisis de las vísceras, no se encontró rastro de arsénico.

La tesis de la defensa durante el juicio se construyó sobre los fallos del relato de los hechos. Para el abogado, Josefina no había cometido los asesinatos de los que se había declarado culpable. Según él, se enfrentaban a una embustera redomada. Los médicos aportaron un informe en el que precisaban que el arsénico, en dosis regulares, produce la muerte entre los diez y los quince días de haber sido ingerido. Lo que cuadra con el fallecimiento de José Nolla, precisamente con el que no está demostrado que muriera envenenado, pero no con la muerte de Luisa Ollé, que, habiendo sido envenenada en fechas no determinadas del mes de mayo, expiró el 18 de julio siguiente. Josefina es para su abogado una mitómana anormal, producto de taras biológicas y de una educación deficiente mezclada con una infancia catastrófica. «Josefina quiere haber envenenado a todo el mundo y no ha envenenado a nadie», concluye.

Luisa Ollé, natural de Lérida, de sesenta y cuatro años, residente en Palma de Mallorca, firmó su pena de muerte cuando decidió contratar a Josefina Pino. El hecho de vivir con su hija, de treinta y ocho años, y con su yerno, de cuarenta y cinco, así como el pequeño hijo de ambos, hizo necesaria una persona que ayudara en las tareas de la casa. El floreciente negocio del yerno, un comercio dedicado a la calcetería, permitía de sobra proporcionarse esta ayuda. Así que el 21 de mayo de 1959 comenzó sus tareas Josefina, y solo unas jornadas más tarde la señora Ollé se sintió mal del estómago. Doña Luisa sentía una gran curiosidad por el pasado de su nueva sirvienta, por lo que siempre que venía a cuento le preguntaba sobre aspectos de su vida, lo que obligaba a la sospechosa a inventar o dar rodeos para no explicar la verdad de su pasado. Al mismo tiempo se esforzaba en aparentar una dedicación y cuidado que estaba muy lejos de sentir, en especial esforzándose en atenciones con doña Luisa cuando esta se sentía indispuesta. Durante unos días logró el control total de acceso a la paciente, cuidándola durante el sueño y encargándose de suministrarle comidas y remedios. Josefina actuó con contundencia durante el mes de junio y, al llegar el día 28, buscó un pretexto para despedirse. El médico de cabecera no tardó en dictaminar el mal, porque con un simple análisis de orina supo en seguida que la paciente sufría intoxicación por arsénico o polineuritis arsenical.

El revuelo organizado en la familia por la repentina enfermedad de doña Luisa, unida a la insoportable «ojeriza» que Josefina le había tomado, así como el miedo a que acabaran descubriendo de lo que había sido capaz su perfidia, hizo que la sirvienta pusiera pies en polvorosa, despidiéndose de forma fulminante de la casa mientras la dueña permanecía hospitalizada. Alertada la policía por la familia, comenzó una incansable búsqueda. Josefina se marchó con rumbo desconocido, pero no le sirvió de mucho, porque a no tardar fue localizada y detenida. Un frío interrogatorio llevó a la convicción de que era culpable de, por entonces, intento de asesinato, puesto que su víctima se debatía entre la vida y la muerte. El 18 de julio, con su fallecimiento, la convertía en una asesina convicta y confesa. Para los inspectores era difícil asimilar que Josefina hubiera decidido acabar con la vida de su ama a los pocos días de haberla conocido. Entrar a trabajar en el domicilio y comenzar con el envenenamiento, todo había sido uno. No obstante, la situación fue aclarándose al caer sobre la sospechosa datos de su pasado. Lo primero que conocieron los agentes es que podría haber suministrado veneno a dos de los hombres con los que tuvo historias sentimentales. Por fin, esta nueva acusación se concretó en uno de ellos, el más antiguo. Ella admitió haber empleado con él el mismo tratamiento que con la señora.

Los investigadores se debatían entre adjudicar una mentalidad primitiva o perversa a Josefina, en la que se daban otras constantes de las sirvientas envenenadoras, como, por ejemplo, las raterías. Era igualmente una ladrona que había sustraído algunas cosas de valor de su lugar de trabajo antes de abandonarlo; entre otras cosas se llevó un reloj de oro de caballero. Otro dato dibujaba su compleja personalidad. Sus últimos patronos aportaban sospechas de sexualidad sadomasoquista, puesto que cada vez que salía de fin de semana volvía con señales inequívocas de haber sido golpeada.

La hija y el yerno de su última víctima también estuvieron en peligro. Numerosos indicios les hacían candidatos a sendas dosis de arsénico, de las que el oportuno descubrimiento de lo que estaba pasando les había salvado.

Josefina estaba casada y se había separado de su marido ocho años antes. Tenía tres hijos, de creer los informes policiales, cada uno de un padre distinto. Su madre, una anciana muy limpia de setenta años, no se atrevía a mirarla en el banquillo el día de la celebración de su juicio. Josefina vestía una chaqueta de punto azul, una blusa blanca y una falda corta oscura sobre sus sempiternos tacones altos. La Audiencia Provincial de Palma calificó los hechos que se le imputaban de dos delitos de asesinato: uno consumado, el de Luisa Ollé, con agravantes de abuso de confianza, y otro, frustrado. El fiscal solicitó la pena de muerte.

Especialmente dramático fue cuando la hija de la envenenada, tras declarar ante el tribunal sin dejar de echar miradas furibundas al lugar donde estaba la acusada, en el momento de retirarse del estrado, pasó junto a ella y le dijo, con una gran carga de odio que puso a todos el vello de punta: «¡Asesina!». Josefina fue condenada a treinta años de reclusión por un asesinato y a doce años y un día por el otro, en grado de frustración, penas confirmadas por el Supremo. Al terminar el juicio, se despidió de su madre con cierta frialdad: «Ánimo, madre, que aquí no se comen a nadie». Los ojos de la anciana brillaban de lágrimas.

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