José María Jarabo

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José María Jarabo
  • Clasificación: Asesino itinerante
  • Características: Para recuperar una carta y un anillo empeñado
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 19 / 21 de julio de 1958
  • Fecha de detención: 23 de julio de 1958
  • Fecha de nacimiento: 28 de abril de 1923
  • Perfil de las víctimas: Paulina Ramos Serrano, 26 / Amparo Alonso Bravo, 30 / Emilio Fernández Díaz, 45 / Félix López Robledo, 42
  • Método de matar: Arma blanca - Arma de fuego
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Ejecutado en el garrote vil el 4 de julio de 1959
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Los crímenes de José María Jarabo

José María de Vega

El cálido verano de 1958 trajo al calendario de la crónica negra el suceso más resonante de los últimos tiempos. Me atrevo a decir que habría que remontarse muchos años atrás -acaso treinta- para encontrar un caso que provocara tal expectación, tal ansiedad, no ya en Madrid, escenario de los sangrientos hechos, sino en España entera.

Debo recordar con legitimo orgullo el extraordinario esfuerzo informativo realizado por el equipo -el reducido equipo- que constituía por aquella época la Redacción de El Caso. Durante tres días y tres noches, sin reposo ni desmayo, tres magníficos periodistas -el fallecido José Quílez Vicente, Julio Camarero y José María Jiménez Aguirre- y dos «ases» del periodismo gráfico -Manuel de Mora y Pepe Escamilla- no conocieron el descanso en su afán de servir a los lectores la información más amplia, más veraz y más palpitante.

El público respondió espléndidamente a aquel esfuerzo. El número 325 de El Caso, que llevaba la fecha del sábado 26 de julio de 1958, fue materialmente arrebatado de las manos de los vendedores. Una tirada que se acercaba a los cuatrocientos mil ejemplares -y que batía todas las marcas de los periódicos madrileños desde los años anteriores a nuestra guerra civil- apenas bastó para satisfacer una demanda popular extraordinaria.

Todavía hoy, cuando es imposible encontrar ejemplares de aquella edición -como no sea en las colecciones de las hemerotecas- se recuerda el éxito informativo alcanzado por El Caso en tal ocasión. Naturalmente en proporción directa a nuestra popularidad aumentó el número de los resentidos y de los envidiosos que nos manifestaron su abierta hostilidad. La verdad es que esto último no nos quitó nunca el sueño. Habíamos cumplido con nuestro deber y eso nos bastaba.

En la madrileña calle de Alcalde Sainz de Baranda, en el número 19, existía una tienda de compraventa de alhajas, ropas, mantones de Manila… La tienda había pertenecido en principio a un solo propietario: don Félix López Robledo, de cuarenta y dos años de edad por aquellas fechas, madrileño y casado, aunque separado de su esposa. Pero desde principios de 1956 el señor López Robledo había incorporado al negocio a un amigo, don Emilio Fernández Díez, de cuarenta y seis años, natural de León y que había vivido un par de lustros en Méjico, donde se había hecho con una regular fortuna, que al volver a la patria y afincarse en Madrid quiso emplear en algún productivo negocio. Por ello se asoció con el señor López Robledo, y el establecimiento de Sainz de Baranda, que llevaba el nombre comercial de Jusfer, entró en una fase de gran actividad, que proporcionaba pingües y provechosas ganancias a sus dos propietarios.

Estos, justo es decirlo, trabajaban de firme para merecer tales beneficios. Don Félix López Robledo, que como hemos dicho estaba separado de su esposa (ella vivía al otro extremo de Madrid, con las dos hijas del matrimonio), había adquirido un piso muy cerca de la tienda: en la calle de Fernán González, número 57, donde hacía vida marital con doña Ángeles de las Nieves Mayoral Martín, de treinta y cinco años por entonces.

Don Emilio Fernández Díez, por su parte, se había casado hacía poco con una bella joven, llamada Amparo Alonso Bravo, y había comprado otro piso, también en lugar cercano: en el número 57 de la calle de Lope de Rueda, casi esquina a la de Sainz de Baranda.

Los dos socios, vecinos, pues, de barrio, se reunían todas las mañanas alrededor de las nueve en la esquina de la calle de Narváez y marchaban juntos al establecimiento de su propiedad, que ellos mismos abrían, permaneciendo en él toda la mañana. A mediodía se iban a sus respectivos domicilios y a primera hora de la tarde volvían a reunirse, abrían de nuevo la tienda y seguían en ella hasta la hora del cierre. Todos cuantos les conocían sabían, por tanto, de su capacidad de trabajo, y les constaba además que entre ambos reinaba la mayor armonía.

Son las nueve y media de la mañana del lunes 21 de julio de 1958. Una mujer llama en la portería del número 19 de Sainz de Baranda y pregunta:

-Oiga, ¿saben ustedes por qué no está abierta todavía la tienda de compraventa?

-No sabía que estuviera cerrada, y me extraña, porque los dueños suelen ser muy puntuales.

Y agregó la portera:

-Como ayer fue domingo se habrán marchado de excursión y habrán vuelto tarde. Pero no creo que se retrasen mucho.

La cliente se marchó y no ocurrió nada hasta una hora después, en que otras dos señoras se presentaron en la portería haciendo idéntica pregunta. La tienda permanecía cerrada. La portera acompañó a la última de aquéllas hasta la puerta que comunicaba la trastienda con el portal. Llamó insistentemente, pero no obtuvo respuesta.

A eso de las doce de la mañana, otra parroquiana, que sin duda necesitaba realizar una operación urgente y que conocía el domicilio particular de don Félix, en la calle de Fernán González, se presentó en él y comunicó a doña Ángeles Mayoral lo que sucedía.

-¡Pero si salió esta mañana a las nueve, como siempre, para reunirse con su socio…!

Y como la visitante le manifestara que la tienda estaba cerrada y que nadie contestaba a las llamadas, doña Ángeles, francamente alarmada, corrió a la calle de Sainz de Baranda. Tenía ella un duplicado de la llave de la trastienda, y abrió. Unos segundos después salía a la calle dando gritos de espanto y desesperación:

-¡Le han asesinado!

Efectivamente, como pudieron comprobar las primeras autoridades que penetraron en el establecimiento Jusfer, don Félix López Robledo yacía en medio de un gran charco de sangre, junto a la abierta caja de caudales, rodeada de vitrinas de objetos de todas clases, en revuelto montón.

Cuando llegó el Juzgado de guardia, que aquel día era el número 21 de los de Instrucción y Primera Instancia de Madrid, el médico forense, doctor Martínez Sellés, hizo un somero examen del cadáver y comunicó al juez, llamado don Carlos de la Cuesta y Rodríguez de Valcárcel, que la muerte había sido producida por martillazos en la cabeza y navajazos en la cara, cuello y nuca. El infortunado don Félix debió sostener una lucha feroz con su agresor, porque presentaba grandes raspaduras en los nudillos, como si se hubiera defendido a puñetazos.

Evidentemente, el asesino -o los asesinos- debía ser persona conocida del señor López Robledo, ya que de lo contrario éste no lo hubiera dejado pasar por la puerta de la trastienda.

En estas condiciones, lo que primero le interesaba a la Policía era localizar al otro socio comanditario, a don Emilio Fernández Díez. Fueron, pues, al número 57 de la calle de Lope de Rueda y llamaron repetidamente en el piso cuarto exterior derecha, donde vivía el matrimonio en unión de una joven sirvienta llamada Paulina Ramos. Pero sus timbrazos y sus golpes en la puerta fueron infructuosos. Nadie respondía ni se oía el menor ruido en el interior. Preguntado el portero de la finca, éste dijo que la última vez que viera al inquilino del cuarto derecha fue poco después de las nueve de la noche del sábado anterior, cuando regresaba de la tienda de compraventa. El domingo no los vio. Ese día vinieron dos personas a preguntar por ellos: un fontanero, a quien don Emilio había avisado para que fuera a hacer una chapuza, y el novio de la sirvienta Paulina Ramos. Ambos pulsaron repetidamente el timbre del piso, sin que nadie respondiera. Pero el portero no dio mucha importancia a la cosa, pensando que se habrían ido de excursión a la sierra, huyendo del agobiante calor que hacía por aquellos días en Madrid. Sí que le extrañó no ver salir al señor Fernández Díez a las nueve de la mañana de aquel lunes, como hacía invariablemente.

Este nuevo misterio obligó al magistrado instructor a tomar una rápida decisión: firmó un mandamiento de registro del piso que habitaba don Emilio Fernández Díez, y a él se encaminaron los inspectores de la Brigada de Investigación Criminal encargados del caso. Nuevas llamadas al timbre, nuevo silencio, y se llevó a un cerrajero para que forzase la puerta. Pronto el misterio quedó aclarado, trágicamente aclarado.

Tras atravesar un pasillo-hall llegaron los policías a la cocina y de allí al cuarto que ocupaba la doméstica. En él, tendida en la cama, en ropas de dormir y con un cuchillo de manufactura mejicana clavado en el corazón, estaba el cuerpo sin vida de la infeliz Paulina Ramos.

Unos pasos más en su dramático recorrido y llegaron al cuarto de baño. Echado de bruces sobre la bañera estaba don Emilio Fernández Díez, en mangas de camisa. Había sido muerto a tiros. Y unos metros más allá, en la alcoba del matrimonio, encontraron el cadáver de doña Amparo Alonso Bravo, la dueña de la casa. Se hallaba mal arrodillada junto al lecho, completamente vestida, y su muerte también había sido producida por disparos de pistola.

Aquí terminaba la serie sangrienta. Ahora empezaba el trabajo de la Policía de la Brigada de Investigación Criminal madrileña para determinar quién había sido el autor de esas cuatro muertes.

Porque la autopsia efectuada a las víctimas demostraba que había sido una sola persona -presumiblemente un hombre, a juzgar por la lucha que había sostenido con el señor López Robledo- quien había ejecutado los cuatro asesinatos. Era también indudable que el matrimonio Fernández Díez y la sirvienta Paulina habían hallado la muerte el sábado por la noche o todo lo más en la madrugada del domingo, mientras que don Félix López Robledo era seguro que había sido asesinado el lunes por la mañana. Es decir, que el criminal, con una sangre fría escalofriante, había dejado transcurrir más de veinticuatro horas entre su paso por la calle de Lope de Rueda y su entrada en la tienda de compraventa de Sainz de Baranda.

¿Cuál era el móvil de esta cuádruple matanza? No parecía ser el robo, puesto que tanto en Jusfer como en casa de don Emilio habían encontrado dinero y alhajas en cantidad suficiente para tentar al ladrón más elemental. Claro que en las relaciones entre los dueños de un establecimiento de compraventa y sus parroquianos siempre hay motivos de fricciones económicas, de prendas empeñadas, de pagarés a punto de vencer, de préstamos impagados… Por lo pronto, los investigadores se incautaron de los libros de direcciones que encontraron en la tienda, de las agendas de ambos socios y de las listas de teléfonos que hallaron entre sus papeles.

Pero, claro, esta era una labor ímproba que requería meses enteros para desembrollarla. Y aquí el tiempo apremiaba, antes de que las posibles pistas se «enfriasen».

Para los inspectores de la B.I.C., había un dato, un solo dato, proporcionado por el médico forense, que se les presentaba como muy valioso. Aseguraba el doctor Martínez Sellés que en el transcurso de la breve lucha que el señor López Robledo sostuvo con su agresor, éste tenía que haberse salpicado su ropa de sangre en cantidad considerable, dada la naturaleza de las heridas causadas por el martillo y el cuchillo empleados. Parecía inverosímil que en pleno verano aquel hombre pudiera haber pasado inadvertido por las calles que componen el barrio de Sainz de Baranda, Narváez. etc…. sin abrigo ni gabardina que ocultasen aquellas manchas delatoras. Había tenido suerte, pero su traje debía estar materialmente empapado en sangre.

Hay muchas tintorerías en Madrid -centenares de ellas-, pero todas fueron visitadas aquella misma tarde del lunes por los hombres de la B.I.C. En cada una de ellas preguntaban lo mismo:

-¿Les han traído a ustedes algún traje con manchas que pudieran ser de sangre?

Y después de exigir la discreción más absoluta, ordenaban:

-Si ven ustedes algo por el estilo, no dejen de avisarnos inmediatamente.

Era una posibilidad muy remota, pero no había que desdeñarla. En principio, parecía muy improbable que un asesino frío y cauteloso como aquel a quien perseguían mandase al tinte el traje que habría de servir de pieza de convicción contra él. Pero los policías saben que a veces los delincuentes cometen esos errores que tan providenciales son para los que sirven a la Justicia. ¡Quién sabe!

La sagacidad de los inspectores fue recompensada. En una de sus visitas llegaron a la tintorería Julcán, en la calle de Orense, número 49, en la barriada de los Cuatro Caminos, propiedad de los hermanos Cándido y Julián García Aguilera.

-Sí -les dijeron los dueños de la tintorería-. Esta mañana ha venido un antiguo cliente nuestro, el señor Morris, con un traje marrón de verano para que se lo limpiásemos de aquí a mañana. Por lo visto, anoche se peleó con unos americanos en una sala de fiestas y a causa de los puñetazos se manchó de sangre todo el pantalón y parte de la americana. Además, nos dejó este maletín para que se lo guardásemos.

Inspeccionaron el maletín. Dentro había una pistola.

Parecía demasiado fácil para ser verdad. El «señor Morris», cuyo domicilio desconocían los tintoreros, era un hombre joven, simpático y un tanto sinvergüenza. Era cliente suyo desde hacía varios años desde cuando los hermanos García Aguilera tenían su establecimiento al final de la calle de Goya, y no era precisamente un cliente muy deseable. Aunque gastaba fuertes sumas de dinero y tenía un buen vestuario, luego pasaba por etapas de penuria y les dejaba a deber el importe de la limpieza de sus trajes e incluso les pedía dinero prestado para hacer frente a algún urgente compromiso. En estos momentos les debía más de trescientas pesetas.

Sí; parecía demasiado fácil para ser verdad. Seguramente Morris, aquel joven simpático y juerguista que había quedado en recoger su traje a la mañana siguiente, no se atrevería a presentarse; sobre todo teniendo en cuenta que la prensa madrileña ya había dado la noticia del hallazgo de los cuatro cadáveres en las calles de Sainz de Baranda y de Lope de Rueda.

Sin embargo se montó la espera. Cuando se abrió la tintorería en la mañana del martes, un inspector se metió en la trastienda acompañado por uno de los hermanos García Aguilera, mientras el otro se quedaba tras el mostrador atendiendo al negocio. A las diez de la mañana, una furgoneta de la Policía, en la que viajaban cuatro inspectores más y doña Ángeles Mayoral (la habían llevado por si reconocía a alguno de los clientes de la tienda de compraventa), se detenía en una calle adyacente, desde la que no era visible para los que llegasen a la puerta de la tintorería.

A eso de las once de la mañana se paraba un taxi ante la casa de Orense, número 49. En su interior iban dos mujeres y un hombre. El hombre -cuyas señas coincidían con las del «señor Morris»- se apeó y entró en el establecimiento. Venía cantando alegremente, y don Cándido García Aguilera le saludó:

-¡Qué contento viene usted hoy, señor Morris!

Todo sucedió con rapidez cinematográfica. Mientras los ocupantes de la furgoneta policial rodeaban el taxi e inmovilizaban a sus ocupantes, el inspector que estaba en la trastienda apareció empuñando una pistola y ordenando:

-¡Manos arriba! ¡No se mueva!

-¿Qué es esto? ¿Por qué me detienen?

El «clic» de las esposas sobre sus muñecas fue la única respuesta.

Los trasladaron a todos a los locales de la B.I.C, en donde se puso en claro la personalidad de las dos mujeres que acompañaban en el taxi al «señor Morris». Eran dos chicas de la llamada «vida fácil» que habían hecho compañía durante toda la noche al joven calavera. Cuando a las pocas horas se enteraron de que su amigo de ocasión era el asesino del que se ocupaba toda la Prensa de Madrid, es fácil imaginar su temblorosa reacción de infinito espanto.

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. Buena ficha. Hijo de un español y de una puertorriqueña, tenía treinta y seis años cuando ocurrieron los hechos que estamos relatando. Su vida había sido la de un aventurero. Parece ser que el divorcio de sus padres no contribuyó precisamente a que recibiera una educación esmerada. Su madre le daba todos los caprichos e hizo de él un inadaptado, un golfo.

Viajó desde muy temprana edad por todo el mundo, después de haber estudiado el bachillerato en Madrid, en el Colegio del Pilar. En Nueva York fue condenado a una corta temporada de cárcel por poseer fotografías pornográficas. Se casó en los Estados Unidos. de donde le expulsaron por indeseable, lo mismo que de Cuba y de Puerto Rico.

Se instaló en Madrid, donde, según él, se dedicaba a representaciones comerciales, que siempre fueron un tanto fantásticas. En realidad vivía del dinero que le mandaba su esposa desde Norteamérica. Juergas, vino, mujeres…

Cuando la Policía le detuvo llevaba un documento de identidad a nombre de Jaime Martínez Valmaseda, natural de Reinosa (Santander), nacido el 8 de enero de 1917, hijo de Jaime y María, de estado casado y de profesión médico. También llevaba unas tarjetas de visita a nombre de Jaime Martínez Valmaseda, «médico psiquiatra», y domiciliado en Puerto Pi, en Palma de Mallorca.

No era esto sólo. En sus primeras investigaciones la Policía averiguó que el detenido había usado todo un rosario de diferentes nombres, cuya lista merece la pena consignarse: José Pérez Jarabo-Morris, José Pérez Morris, José Morris Pérez y José Pérez Jarabo Angulo. Como se ve, salvo en este último apellido, la imaginación creadora no era su fuerte.

Tardó dos días en confesar sus crímenes, y cuando la hizo dio la siguiente versión:

Dijo que en 1955 había conocido a los dueños de la tienda de compraventa. Varias veces empeñó en ella alhajas para salir de los apuros en que le colocaba su vida disipada en la capital de España. Entre otras, pignoró un brillante propiedad de una señorita inglesa, y para recuperarlo le presentó a los prestamistas una carta autógrafa de ella, con la que se quedaron ambos socios.

Aquella carta, según Jarabo, tuvo la culpa de todo. El sábado 19 de julio, por la noche, fue a casa de don Emilio Fernández Díez a que le devolviese la carta. Charlaron al principio amistosamente, y el dueño de la casa le invitó a una copa de coñac. Pero cuando le habló de la carta de la inglesa, don Emilio contestó que no sabía a qué se refería. Discutieron y el señor Fernández Díez, volviendo la espalda a su interlocutor, se dirigió al cuarto de baño con la intención -siempre según Jarabo- de apoderarse de una pistola que tenía sobre la tabla del servicio.

-Entonces -explicaba muy serio- saqué mi pistola para defenderme y disparé.

Luego le dio un golpe a la criada para atontarla y que no gritase. Y en ese momento llegó de la calle doña Amparo, la esposa de Emilio. Jarabo, a quien no conocía, le abrió la puerta y la dijo que era un inspector de Hacienda, y que su marido había ido a declarar y volvería pronto. Estuvo hablando con ella, pero como oyera que Paulina se rebullía en su habitación y la señora se alarmase, él no tuvo más remedio que disparar sobre ella. Luego volvió al cuarto de la chica y la silenció para siempre.

La muerte de López Robledo la explicó así:

-Estuve durmiendo casi todo el domingo. El lunes me desperté a las siete de la mañana y llamé por teléfono a don Félix. Mi obsesión era recuperar la carta. Me citó en la tienda de Sainz de Baranda, adonde llegué a eso de las nueve y pico. Llamé por la puerta del portal y me abrió él mismo. Le obligué, pistola en mano, a retroceder al interior de la trastienda. En un momento dado se abalanzó sobre mí y no tuve más remedio que matarle.

Eso fue todo por el momento. La Policía, en un cortísimo espacio de tiempo, había aclarado uno de los más horribles sucesos de todas las épocas. Ahora le tocaba actuar a la Justicia, que habría de decir la última palabra.

El 29 de enero de 1959, cuando comenzó la vista de la causa ante la Audiencia Provincial de Madrid, perduraba todavía el recuerdo del «caso Jarabo» en la opinión pública. El Palacio de las Salesas fue verdaderamente sitiado por una multitud que pretendía hallar un puesto en el interior de la sala donde había de celebrarse el juicio oral. Una larguísima cola, formada por personas de todas las edades y condición social, se extendía desde la puerta de la sala, dando la vuelta por el amplio hall del Palacio de Justicia, hasta las escaleras y la acera de la calle del Marqués de la Ensenada, desde donde seguía hasta la calle de Génova, por la que bajaba hasta cerca de la plaza de Colón.

El Tribunal, presidido por don Antonio Ochoa Olaya, estaba formado por cinco magistrados, ya que solicitaban nada menos que cuatro penas de muerte para el procesado.

El Ministerio Público estaba representado por don Eleuterio González Zapatero, uno de los fiscales de más prestigio en la Audiencia madrileña. Junto a él se sentaban los cuatro acusadores particulares representando a las familias de las cuatro víctimas, y que eran: don Roberto Reyes, por los herederos de doña Amparo; don Álvaro Núñez Maturana, por los del esposo de aquélla, Emilio Fernández Díez; don Luis Roa, en representación de las hijas de Félix López Robledo y don Luis Perezagua, que actuaba en nombre de los familiares de Paulina Ramos.

En el banco de enfrente se sentaba el defensor de Jarabo, don Antonio Pérez Sama, catedrático de Derecho penal, asistido por el letrado don Cesáreo Pérez y Pérez Abascal.

José María Jarabo causó buena impresión entre el público, a pesar de su nariz achatada como la de un boxeador. Alto y fuerte, tenía aire de hombre distinguido, vestido pulcramente. Sus respuestas a las preguntas de acusadores y defensores fueron dichas en tono sereno, sin perder jamás la compostura. Pidió que se le quitasen las esposas y el Presidente consultó con el capitán de la Policía Armada que mandaba la fuerza que custodiaba al reo. Este oficial dijo que sí a condición de que se le permitiese reforzar la guardia que compartía el banquillo con el preso. De manera que Jarabo declaró con las manos libres, pero rodeado por ocho números de la Policía Armada.

La causa duró más de una semana, exactamente hasta el 6 de febrero, en que quedó visto para sentencia. Un brillantísimo torneo oratorio entre todas las partes. El señor Ferrer Sama alegaba la eximente de enajenación mental y su magnífico informe, cuajado de términos médicos, terminaba solicitando la libre absolución para su patrocinado. O en alternativa pedía que se le considerase autor de cuatro homicidios simples con una serie de atenuantes, por lo que procedía imponerle penas muy leves.

Pero la sentencia, hecha pública el 10 de febrero, recogía sustancialmente las tesis acusatorias. Consideraba a José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, como autor responsable de cuatro delitos de robo con homicidio, con la concurrencia de las agravantes de alevosía, y premeditación en todos, de nocturnidad en tres (los crímenes de Lope de Rueda) y de desprecio de sexo en dos (doña Amparo y Paulina). En su virtud le condenaba a cuatro penas de muerte y a que pagase una indemnización de 200.000 pesetas a los herederos de cada una de las víctimas.

El Tribunal Supremo estudió en mayo de aquel mismo año de 1959 el recurso obligado, siempre que se trata de la pena de muerte. Mas su fallo definitivo e inapelable fue confirmatorio del de la Audiencia de Madrid.

Y así, la Justicia dijo su última palabra.

El 4 de julio de 1959, en el patio de la Prisión Provincial de Madrid, fue ejecutado a garrote vil José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. Al día siguiente se facilitó una nota oficial a la Prensa (una nota escueta) dando cuenta del cumplimiento de la sentencia. En ella se decía:

«Por el reo o su representación legal han sido agotados todos los trámites y recursos legales que el ordenamiento jurídico penal le brindaba. Después de desestimado el recurso de casación por el Supremo, se devolvieron los autos a la Audiencia Provincial madrileña para que, previa audiencia del fiscal, informara sobre si había algún motivo de equidad que aconsejara el indulto. Este informe fue negativo, como, asimismo, el del fiscal del Tribunal Supremo. El alto organismo comunicó entonces al Ministerio de Justicia el resultado de ambos informes, y previa deliberación del Consejo de ministros fue denegado el indulto.»

El reo conservó su entereza hasta el final. Pasó la noche fumando y tomando tazas de café. Cuando salió del recinto de la cárcel y contempló el extraño aparato que le esperaba, se tambaleó ostensiblemente y hubieron de sostenerle, mientras el verdugo cubría su cabeza con el compasivo paño negro que le impediría ver los últimos y terribles preparativos.


«Negocio» para el diablo – El caso Jarabo

Francisco Hernández Castaneda

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris; nada menos que todo eso. Lo que se dice un chico de buena familia; ciertamente un poco talludito ya para hacer tonterías, y más para cometer cuatro crímenes en cadena como quien lava, y en menos de cuarenta y ocho horas. Definitivamente, un estúpido como la inmensa mayoría de los criminales, y buena prueba de ello su conclusión en el patíbulo.

Tampoco en el protagonista de estas páginas del mundo del crimen vale el tópico de la sociedad responsable de la anormalidad criminal. José María Jarabo, «nacido en buenos pañales» -como se decía en el tiempo viejo- y con una cultura casi realmente universitaria, podía permitirse el lujo de vivir del modo más burgués y ocioso del mundo con sólo haber sabido adecuar sus gastos a los respetables ingresos, procedentes de tierras americanas, que, en giros puntuales y mensuales, le remitía su familia.

Jarabo subió al patíbulo porque, en la vista de la causa, quedó patente que el hombre del banquillo, de loco, nada; que había matado una vez, y otra, y otra y una cuarta teniendo exacta conciencia de la gravedad mayúscula de tales actos y sin importarle una higa su bestial colección de crímenes.

Tiene Jarabo un problema serio el día 19 de julio de 1958; sencillamente, el de que está sin un cuarto; mala cosa para quien sólo alcanza satisfacciones con el soporte del dinero. Y como el hombre tiene un problema y el propósito de resolverlo sobre la marcha, como sea, y una pistola, y el ánimo dispuesto a hacer uso de ella si la cosa se tercia, halla pronto una solución que maldito si se detiene un segundo en reflexionar sobre sus posibles consecuencias. Total, triple crimen en la calle de Lope de Rueda, número 57, sin que le tiemble el pulso ante ninguno de ellos, y, aproximadamente treinta y cuatro horas más tarde -para cerrar con broche de sangre y espanto su biografía criminal-, el cuarto homicidio en la calle del Alcalde Sainz de Baranda, número 19.

Podría considerarse el cuádruple crimen como obra de un monstruo desde luego; presunción que se afianzaría al reflexionar sobre la carencia absoluta de arrepentimiento o remordimiento en el bárbaro exterminador de vidas humanas, patentizándose en el hecho de que permanezca toda una noche en el piso donde ha dejado tres cadáveres como dantesco centinela de la muerte.

¿Móvil de la espantosa carnicería? Jarabo dirá que fue el de recuperar determinada joya y cierta carta altamente comprometedora; pero durante el desarrollo del juicio, uno de los abogados acusadores, don Roberto Reyes, proclamará: «Jarabo no fue a reclamar algo de su pertenencia. Se dedicó a robar y a llevarse joyas y documentos que jamás habían sido suyos.»

Mujeres, mujeres, mujeres

Mujeres; he aquí el punto que acaso podría constituir el soporte, el gran soporte -y no el de la locura para establecer ante el tribunal el supuesto de la anormalidad del acusado, y sentarlo, al menos, como atenuante.

Porque Jarabo era, por lo visto, un hombre de exacerbada sexualidad. Un cachondo -cachondo, según algunos etimólogos, derivado del término latino catuliens, que está en celo, y según otros de la voz, también latina, catulus, cachorro-.

Jarabo es un hombre cachondo, es decir, dominado del apetito venéreo; esto, en el otro sexo, es denominado ninfomanía o dicho más a la llana, furor uterino. En hombres como Jarabo, cachondez. Servidumbre absoluta al imperativo categórico del sexo mas bien esclavitud.

Cuando hoy se habla hasta de la irresponsabilidad absoluta en determinados delitos cometidos por mujeres, por ciertas mujeres, cuando se encuentran soportando el período catamenial, ¿por qué no admitir la posibilidad de que en los hombres prepotentes sexuales pueda darse, en similitud de situaciones delincuenciales, una mayor o menor irresponsabilidad?

El hecho real, en el caso de Jarabo, es el de su dedicación casi exclusiva a la mujer: el «casi», o la excepción es el tiempo que el personaje ha de consumir en la busca de dinero justamente para gastarlo con mujeres.

Algunos botones de ciertos hoteles en los que, a veces, se había alojado Jarabo dieron testimonio público, en su día, de que en ocasiones tuvieron que ocuparse de proporcionar al huésped hasta cuatro mujeres en una sola jornada.

El hombre

José María Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, hijo de José María y María Teresa, natural y vecino de Madrid, nace en 1923. Sus progenitores constituyen una familia de acrisolada honestidad y buena situación económica, dato este último que le permitirá efectuar al vástago sus estudios de segunda enseñanza en el distinguido colegio del Pilar. Luego, trasladados los padres a Puerto Rico, José María Jarabo será un buen estudiante de Derecho durante los dos primeros cursos de la carrera, pero no tardan en variar las cosas: dejará de estudiar, se habituará a la bebida y frecuentará mujeres, alguna de las cuales le contagiará una neurosífilis, andando el personaje en la mocedad de los dieciocho años.

En la ficha clínica del Departamento de Justicia de Puerto Rico, correspondiente a José María Jarabo, figura que padeció enfermedad venérea en 1941 y que es un esquizoide. También hay constancia en archivos de traumas craneales determinados por acción automovilísticos en los años 1942 y 43. Asimismo hay testimonio fehaciente de otro nuevo suceso de carretera, ocurrido el 6 de abril de 1955, por el que se hubo de hospitalizar a Jarabo con probable fractura de la base del cráneo.

Es exacto igualmente que el cuádruple asesino fue detenido en América, unas veces por expendedor de fotos pornográficas, otras por chantajista y bastantes por tratante en blancas, estafador, malos tratos a mujeres y apropiaciones indebidas. Así, llegará a ser huésped obligado de la cárcel de Springfield.

Ya en Francia, José María Jarabo dio en cierta ocasión treinta mil francos a un exiliado de la Guerra Civil Española, afincado en París, para que se disfrazara de sacerdote y simulara casarlo con una joven francesa. De vuelta en Madrid, año 1950, José María Jarabo vivirá de modo ostentoso y hasta fastuoso: hoteles, mujeres, lujosos restaurantes, salas de fiestas, un río de bebidas -de cierta factura presentada a su huésped Jarabo por un hotel de Madrid totalizada alrededor de los treinta mil duros, cerca de la mitad correspondía a consumo de licores-, prostíbulos, etc.

José María Jarabo se ha casado en tierras americanas, pero poco tardaría en recuperar su libertad, levantando el vuelo del hogar, simplemente.

Dentro de la biografía de José María Jarabo aparecen páginas sobre las que el protagonista de la historia hará hincapié para justificar su cuarteto de cadáveres, su composición musical del crimen. Año 1956: Jarabo conoce a Beryl Martin Jones, una inglesa muy hija de la Gran Bretaña y casada con un tal René, francés, que soporta cuernos, sin reacción en las páginas de sucesos.

Pronto Beryl se siente feliz con su volcánico amante español, y Jarabo y la británica pastarán sexualmente y conjuntamente en los mismos lechos hasta, más o menos, el comienzo de la tragedia.

Cierto día, o cualquier noche, en que Jarabo anda alcanzado de dinero -cosa que ya le empezará a ocurrir habitualmente- pide a su amante Beryl que le deje un anillo que tiene engastado un magnífico brillante, para pignorarlo y salir así del mal momento económico que atraviesa. Esta petición la efectúa el hombre a su querida estando ambos sentados ante el mostrador de una de las cafeterías frecuentadas por la pareja, y es captada por uno de los camareros, que luego, en el juicio, declarará haber oído a Beryl decir, al fin, concesiva: «bueno, empeñarla, está bien; pero venderla, de ninguna forma».

José María Jarabo y Beryl se encaminan a empeñar la joya en «Jusper», un establecimiento del que es buen cliente el amigo de la inglesa, pero allí les indican que por ser extranjera la propietaria de la alhaja no puede efectuarse el negocio. Entonces, y para salvar el inconveniente, Beryl permite que el empeño se haga a nombre de Jarabo, pero antes éste deberá firmar y así lo hace un documento o carta testimonio de la absoluta propiedad del anillo a favor de Beryl, cedido a él en depósito.

Y la operación se hace, efectivamente, a nombre de José María Jarabo, como se efectúan tales tipos de préstamos: considerándolos como venta, pero quedando el objeto del trueque a disposición de su dueño en tanto pague el valor de la cantidad recibida a cambio de la joya, más los correspondientes intereses.

Durante el desarrollo del juicio, Ferrer Sama, abogado de la defensa, señalará que la recuperación de la joya fue el auténtico móvil de los hechos.

Quien primero pretende recuperar la joya es René, marido de Beryl, pero se quedará con las ganas de alcanzar su propósito.

En fin, cuatro crímenes, en treinta y cuatro horas, por recobrar un anillo pignorado en cuatro mil pesetas y tasado su valor real en unas treinta mil, cifras de aquella época.

En la primavera de 1958, José María Jarabo ha quemado sus últimos cartuchos económicos; poco o nada le queda que vender de entre sus objetos propios, y nadie le da ya un céntimo a préstamo o fiado. Concretamente, cinco días antes del comienzo de su carrera criminal, el hombre se ve en la necesidad de empeñar un traje en trescientas pesetas para poder comer.

Los hechos

Entre las ocho y media y nueve de la tarde -tarde, que los relojes van adelantados dos horas- del sábado 19 de julio de 1958, José María Jarabo, que conversa con su amiguita Rosario Díez González en un bar, se despide de ella alegando que ha de ir inmediatamente a un negocio en el que se juega diez mil duros.

El negocio: Jarabo se persona en el piso cuarto derecha del número 57 de la calle de Lope de Rueda, alrededor de las diez horas y cuarenta minutos de la noche del citado sábado. Es el domicilio del prestamista Emilio Fernández Díaz.

Recibido el visitante de mala gana por el visitado, tanto por lo intempestivo de la hora como por la imaginada índole de tal visita, Emilio Fernández advierte con aspereza a su cliente que ni es el momento, ni el lugar, para tratar de negocios, que eso, en la tienda. Y el dueño del piso rubrica su actitud de desagrado dando por terminada la charla para encaminarse al cuarto de baño; no llegará a él porque Jarabo le alcanza y, aferrándose con una llave de judo -deporte en el que es diestro-, le pone el cañón de la pistola que lleva en la nuca, disparándole. La muerte de la víctima es instantánea.

Atraída por la detonación, se presenta, rápida y asustada, en la sala escenario del crimen, Paulina Ramos, joven criada de la casa, y el grito de espanto que sube a su garganta al descubrir a su jefe, en el suelo y sangrando se lo ahoga la mano quien hiere a la muchacha con la culata de la pistola sin conseguir hacerla perder el sentido. Jarabo, entonces, arrastra a su nueva víctima hasta la cocina, y como allí descubre sobre una mesa un largo cuchillo, lo esgrime y utiliza como instrumento de su segundo y también bárbaro crimen, clavándolo en el corazón de la desdichada joven.

Jarabo, como si no tuviera ya dos homicidios a sus espaldas y en su conciencia, se ocupa acto seguido de efectuar un registro minucioso de la casa, en busca -según él- del citado anillo y la mencionada carta, o de cuantos objetos de valor pueden beneficiarle -al decir de la justicia-. Y aunque se encuentra embebido en la referida tarea, escucha de pronto el accionar de una llave en la cerradura de la puerta. Con inmediato y fabuloso reflejo de sangre fría acude Jarabo a recibir al visitante, que lo es la dueña del piso, doña María de los Desamparados Alonso Bravo.

En seguida justifica Jarabo su presencia en el piso con buena lógica: él es un inspector de Hacienda que, con otros compañeros, se ha personado en el lugar para la práctica de una investigación sobre tráfico ilegal de divisas; asegura a continuación y convincentemente, que sus dichos compañeros, el propietario del piso y la criada de la casa han salido para que los dos últimos presten formal declaración. Y el relato es tan creído por doña María de los Desamparados que ni cuando abre la puerta al portero de la finca, que viene a recoger el cubo de la basura, se le ocurre pedir auxilio o escapar escalera abajo.

Será luego, a la vuelta de atender al portero, cuando ella repara en que el traje del supuesto inspector presenta ligeras y húmedas manchas como de sangre; entonces sí que pretenderá huir, horrorizada, buscando el relativo refugio de su dormitorio, pero al llegar a él le alcanzará una bala del asesino que la matará fulminantemente.

Ya, tres crímenes a sus espaldas, ¡Bah!, como si fueran diez. Jarabo no se preocupa por eso lo más mínimo; ahora se trata simplemente de rematar el negocio motivo de todo: el robo. Bueno, si, de paso, encuentra el anillo de la chica de la Gran Bretaña, y la carta, pues bien, pero por lo pronto quita de la muñeca del cadáver de María de los Desamparados una valiosa pulsera de oro, barbada, con el colgante de una moneda de oro, mejicana, de cincuenta pesos, y luego despojará a su primera víctima del dinero que llevaba en la cartera y de las llaves de la casa de préstamos «Jusper», amén de otros objetos valiosos. Después el asesino múltiple seleccionará calmosamente su restante botín.

A continuación, Jarabo -que de loco no tiene un pelo- se ocupa de la siembra de huellas falsas para confundir a la policía: en primer término colocará el cadáver de la criada en el lecho, sin despojar al cuerpo del cuchillo que tiene profundamente hundido en el pecho, pero sí desgarrando las ropas de la muerta hasta desnudarla, de modo que pueda interpretarse la tremenda estampa como obra de un sádico violador. Pero a Jarabo no se le olvida limpiar de huellas el puño del arma homicida.

Y después, como Jarabo considera muy arriesgado salir a la calle estando el portal cerrado, decide pernoctar en el lugar de sus crímenes; no, no le impresionará lo más mínimo convertirse en centinela de la muerte, de la muerte que él, pródigamente, ha sembrado.

Pepe Jarabo, a las nueve de la mañana del día siguiente, domingo 20 de julio, abandona el piso de Lope de Rueda, 57, después de haberse cambiado la camisa propia, manchada de sangre, por otra de su primera víctima, tomada de su armario ropero; nadie observa su salida a la calle, ni nadie repara en él.

Desayuno, en un bar; luego, el plácido discurrir por un Madrid todavía dormido y veraniego. Recorrido posterior de bares conocidos: en uno de ellos, a la camarera amiga le mostrará la pulsera áurea quitada de la muñeca de la muerta; después comerá en alguna parte y tomará café en cualquier otra para cumplir, a la caída de la tarde, ese aserto que algunos ingenuos creen de buena fe relacionado con el mundo del crimen: que los asesinos vuelven, fatalmente, al lugar, donde asesinaron. Porque lo cierto, en el caso de Jarabo, es que si éste se sienta en la terraza de una cafetería situada en las inmediaciones del lugar del suceso lo hace única y exclusivamente, y sin fatalismos de ninguna especie, para observar si el gallinero -el vecindario- anda alborotado por el descubrimiento de la tragedia. Pero no: la paz reina en Varsovia.

Consuelo, guapa y veinteañera, cajera de una cafetería de la calle de O’Donnell, testimoniaría públicamente: «Aquel domingo 20 de julio estuvo el señor Jarabo en la cafetería de cuatro a cinco de la tarde… Hizo muchas consumiciones… Sí, le cambié algún billete grande… Vi, sí, que llevaba gran cantidad de dinero en la cartera… Bueno, parecía la mar de tranquilo.»

La noche de este domingo la pasa Jarabo en la pensión en que ahora se aloja, calle de Escosura, 21. En el juicio, Julia de la Torre Herreros, dueña del establecimiento, declarará que el procesado salió de la dicha pensión a las siete de la mañana del lunes día 21 de julio y que don Jaime Martín Balmaseda, nombre con el que se inscribió el huésped, lo hizo calzando zapatos de color marrón, para al regreso por la noche traerlos de color negro. Añadió que en la noche del domingo se había recogido el señor Balmaseda, o bueno, el señor Jarabo, sobre las doce y que se presentó muy borracho y alborotando. Y concluyó la declarante asegurando que, en la mañana del citado lunes, al proceder a la normal limpieza de la habitación del procesado, vio sobre la mesilla de noche unas notas como de cuentas, los pasaportes de don Emilio Fernández Díaz y de su señora y unos papeles con el membrete de «Jusper».

A las ocho de la mañana, aproximadamente, de este lunes día 21, José María Jarabo penetra en el portal de la casa número 19 de la calle Alcalde Sainz de Baranda, y en el instante en que procede a la apertura de la puerta interior de la casa de préstamos allí enclavada, valiéndose de las llaves retiradas del cadáver de Emilio Fernández -uno de los dos propietarios del negocio-, es visto por un repartidor de leche, que al declarar en la vista de la causa asegurará haberle identificado, si bien el letrado defensor le hará caer en dudas.

Jarabo, dentro ya del campo de su objetivo, se ocupa de registrar el establecimiento y de seleccionar el botín, para cuyo transporte encuentra una maleta pequeña muy lujosa; después, cuando considera próxima la comparecencia del segundo de los socios de «Jusper», Félix López Robledo, se sitúa tras la puerta para poder cazarle en cuanto asome, por la espalda y a traición.

Félix López Robledo, de cuarenta y dos años, separado de su mujer y unido a una bella hembra de treinta y cinco mayos, Ángeles de las Nieves M. Martín, abre la puerta de su tienda. Un segundo después es trabado por, la espalda, con una llave de judo, y teniendo Jarabo ya así inmovilizado a su cuarta víctima el cañón de la pistola en la nuca para disparar, la sitúa a continuación, dos veces seguidas.

Una vez el cadáver en el suelo, como Jarabo observa intensa hemorragia en aquél, hace barrera de la sangre con serrín, abortando la posibilidad de que el rojo testimonio de su fechoría se extienda por debajo de la puerta hasta el portal.

Resulta curioso consignar que las dos llaves de judo aplicadas por el asesino a los hombres que mató dejaron clara señal para los expertos ojos de los funcionarios policiales.

Cometido el cuarto crimen, Jarabo se siente dueño absoluto del campo que pisa y, a consecuencia, procede a un registro metódico de la tienda. El multiasesino contará que se puso a buscar lo único que le interesaba: el anillo de la inglesa y la carta de marras, y reconocerá así la apropiación de una pulsera: «Sí; esa pulsera de oro la cogí de la tienda el lunes. No olvidé que los dueños de la tienda me debían cuatro mil duros y me apoderé de la pulsera de oro para que me sirviese de compensación.

Lo malo para Jarabo es que, además, llevó una maletilla cargada de «chucherías», entre ellas dos cámaras fotográficas, un aparato de radio, varias estilográficas de oro, etc.

Jarabo, en sus declaraciones acerca de la comisión de su cuarto crimen, declararía que entró en la tienda y se enfrentó con Félix López Robledo, al que amenazó con la pistola para que le hiciera inmediatamente entrega del brillante y de la carta. Y como el otro se negó…

El multiasesino, todavía seleccionando el botín en la tienda, entiende de pronto que su obra será más perfecta, y más segura su impunidad, si también cierra la boca a la querida de Félix; así que, sin la menor vacilación, marca el número de teléfono de Ángeles de las Nieves, con el intento de atraerla inmediatamente al establecimiento bajo cualquier pretexto, y luego hacer de la mujer su quinta víctima. Sólo que aquí el diablo vuelve la espalda a su cliente.

Concluido el negocio que le llevó a la casa de préstamos, y en la mano el maletín con henchido gato, José María Jarabo sale a la calle y pone rumbo a la de Escosura. Una vez en la pensión, se le ocurrirá la gran estupidez que lleva a cabo sin, por lo visto, la más elemental de las reflexiones previas.

Después, recorrido de bares y cafeterías de su frecuentación; almuerzo selecto, que no en vano anda bien, muy bien, de fondos, y luego nueva visita a la cafetería de la calle de O’Donnell para descubrir gozoso que todavía no se alborotó el patio de la vecindad con la matanza, y por último, tras distintas paradas en estaciones del vino, recalada en la cafetería de costumbre, donde permanecerá hasta el cierre del establecimiento, ya de madrugada. Nicolás Robles, camarero del local, declarará que Jarabo le mostró aquella noche una moneda de oro, extranjera y grande.

José María Jarabo abandona la cafetería, acompañado de dos jóvenes empleadas de ésta, para seguir juntos corriéndola por ahí. Las chicas, Juana Aguado y Amparo Madrigal, alternan con el cliente, a quien conocen bajo el apellido de Mendoza, y con él se embarcan en el taxi que conducirá al trío de juerguistas, ya en la mañana del martes 22, a una tintorería de la calle de Orense, donde justamente, apenas salta Jarabo del vehículo para entrar en la tienda a recoger el traje dejado para limpiar el día anterior, cae en el garlito.

El descubrimiento de los crímenes

Sobre las nueve y media de la mañana del lunes 21 alguien pregunta al portero de la finca de la calle Alcalde Sainz de Baranda si sabe por qué no ha abierto la casa de préstamos que allí hay.

-Seguro que los dueños se irían ayer a la sierra y hoy se les han pegado las sábanas -dirá el hombre.

Pero, a las diez y media, el portero ya no sabe cómo explicarse que el negocio continúe cerrado, si bien no se decide a formular ninguna explicación. Alrededor del mediodía, una clienta habitual de la tienda, y amiga de sus propietarios se persona en casa de uno de ellos, la de don Félix López Robledo para indagar sobre el hecho anormal. Recibida en el domicilio por Ángeles de las Nieves, ésta se inquieta sobremanera al enterarse de la novedad, y, luego, haciéndose con las llaves dobles del establecimiento, se dirige a él con quien la dio el aviso. Allí descubrirán el cadáver de la cuarta de las víctimas de Jarabo.

A continuación, lo habitual en estos casos; telefonazo a la comisaría del distrito, que es la de Retiro, informe desde aquí a la Brigada Criminal y, una vez comprobada la existencia de un crimen, inmediato aviso al Juzgado de Guardia, que lo es el 21, cuyo magistrado, don Carlos de la Cuesta y Rodríguez de Valcárcel, compadecerá rápidamente en el lugar del suceso acompañado de su secretario, don Virgilio Bartolomé Sanz; el oficial habilitado, don Ernesto Rubio; el forense, don Manuel Martínez Sellés, y el ayudante judicial, don Ramón González Pasatín.

Consultado el forense, dictamina que, con seguridad el crimen se cometió unas tres horas antes, y como es la una de la tarde…

Y como no hay crimen sin criminal y éste debe pagar por su delito, a identificar y localizar el personaje se disponen inmediatamente los representantes de la ley. En seguida serán informados por Ángeles de las Nieves de que la casa de empeños tenía dos propietarios: el asesinado en el local, Félix López Robledo y Emilio Fernández Díaz, domiciliado éste en la calle de Lope de Rueda, 57. Y puntualizará la informadora que ambos socios atendían por igual el negocio y siempre de mutuo acuerdo.

Para la policía, ya, ¡hum!, feo asunto el del crimen, entrando en el juego de la tragedia prestamistas y asuntos de usura. Por tanto, nada de particular tiene que las sospechas iniciales de los funcionarios de la Brigada Criminal se orienten hacia Emilio Fernández. Extraña, sí, muy extraña, la ausencia de éste en la tienda y muy raro también que nadie descuelgue el teléfono de su casa ante las reiterativas llamadas que allí se están haciendo. Lo más seguro es que todo se reduzca a localizar a un prestamista fugitivo, responsable de matar a su socio por discusión sobre intereses.

Principio quieren las cosas, y el comienzo de esta búsqueda de Emilio Fernández se inicia presentándose los policías en la calle de Lope de Rueda, 57, y encaminándose directamente al piso del sujeto buscado. Pero por más que se repiten los timbrazos en la puerta, ninguna réplica.

El portero de la finca, José Pacheco, interrogado por los de la B.I.C. manifestará:

-No he visto a nadie de ese piso desde el sábado por la noche: bueno, a don Emilio y a la chica de la casa les vi por la tarde del sábado y desde entonces, nada. Y a la señora, sí, es a la que vi por la noche, ya que ella me abrió la puerta para darme el cubo de basura. ¡Oigan!, eso no quiere decir que no hayan entrado o salido de casa desde entonces, porque uno no se va a pasar la veinticuatro horas del día en el portal para asegurarlo, pero ya digo…

Cuando los policías se encaminan a la calle, les detiene súbitamente la llamada del portero:

-¡Eh, oigan, ahora que me acuerdo! El domingo por la tarde, casi de anochecido, se presentó aquí el novio de la Paula, la chica de esos señores, para preguntarme si sabía algo de ella, que había faltado a la cita acostumbrada y que tampoco había podido hablar por teléfono con ella en todo el día, porque nadie había descolgado el aparato.

Los funcionarios policiales, a la vista de las últimas manifestaciones del portero, dan un giro de ciento ochenta grados a sus sospechas. Un criminal fugitivo podrá hacerse acompañar de su mujer, pero llevarse también a la criada, es harina de otro costal. ¡Ni que fuera un soberano imbécil el hombre!

A las siete de la tarde del dicho lunes día 21 llevando la policía en su poder el oportuno mandamiento de registro, y con la colaboración del cerrajero que les facilitará el acceso al piso deseado, se encontrará con la segunda parte de la tragedia, primera en el orden cronológico, y mucho más espeluznante que la otra; tremendo todo, sí: el hallazgo, primero, del cadáver de la criada, con el cuchillo clavado en el pecho, y posterior descubrimiento, en el dormitorio, del cuerpo yerto del ama de casa, y, por último el tercer crimen. Realmente espantoso, y como para entenebrecerlo más, el hedor de los cadáveres ya en franco estado de putrefacción.

A las siete horas cuarenta minutos de la tarde se constituye el Juzgado de Guardia en el lugar del suceso.

La gran estupidez

Dicen -y el testimonio lo confirman muchas veces los hechos- que son innumerables los malhechores -incluso los tachados de más vivos e inteligentes- que en la comisión de sus delitos cometen fallos garrafales. Pues en el caso Jarabo esto del fallo garrafal es asombrosamente cierto, y también macabro, porque lo enviará al patíbulo.

La verdad es que a la conclusión de la jornada del lunes 1 de julio los investigadores policiales andaban realmente confusos y desorientados con el espeluznante caso que llevaban entre manos; al principio todo parecía infantilmente sencillo: un sujeto asesinado y su consocio súbitamente desaparecido. Dos y dos, cuatro. ¡Elemental, querido Watson!, que diría Sherlock Holmes, sólo que en inglés, por supuesto.

Pero es que, a nada de dos y dos. Se mantendría el cuatro pero sólo como número suma de los crímenes cometidos por un sujeto o varios sujetos desconocidos, que, por cierto, no habían dejado la menor huella dactilar, ni el más leve rastro orientador para la policía.

Sospechas policiales muchas, naturalmente. Escenario, una casa de préstamos y en escena dos prestamistas, ambos asesinados. Posible consecuencia de asuntos sucios que pueden darse en una actividad comercial tan singular y, a veces, peligrosa… Acaso la venganza de un enloquecido cliente, o un ajuste de cuentas, o simplemente el desquite tremendo de una persona rencorosa. Y, por descontado, quien fuere, o quienes fueren, contaban con la amistad de las víctimas.

Presunciones, leves indicios, hipótesis; sólo eso en el entorno policial, Vaguedades en el campo de la investigación, dicho en una palabra. Pero ya Jarabo había cometido la máxima estupidez de su vida, un error fatal: llevar su traje manchado con sangre de sus víctimas a una tintorería de la calle de Orense de la que era cliente, para que se lo limpiaran con la mayor urgencia. Y explicaría así, con jaquetón desenfado, el origen de orientales manchas:

-Toda esa porquería de sangre me la echó encima un tipo al que, por chulo, tuve que romperle las narices anoche en el «Molino Rojo». ¡Como un cerdo se puso a sangrar!

Los dueños de la mencionada tintorería, hermanos Cándido y Julián García Aguilera, examinaron meticulosamente el traje marrón, de verano, traído por Jarabo. ¡Hum!, demasiada sangre en la ropa para tratarse de un simple papirotazo en la nariz… Bueno; cuestión de estar alertas, y a la menor noticia rara que pudiera relacionarse, de un modo u otro, con una hemorragia…

Y la noticia mañanera publicada en la prensa del martes, y los telefonazos de los hombres de la Brigada Criminal a las tintorerías pidiéndoles su colaboración dieron por resultado que los dueños de la tintorería cumpliesen con su deber ciudadano.

La detención

A las diez de la mañana del martes 22 de julio los funcionarios policiales montan guardia en la trastienda de la tintorería; otros se sitúan en la calle y en la acera de enfrente del establecimiento. Los del interior de la tienda están acompañados por Ángeles de las Nieves para la oportuna y segura identificación del sujeto buscado.

A las once de la mañana, y en unión como se ha dicho ya de las dos chicas de la cafetería, llega en un taxi Jarabo. De la tienda saldrá no ya con el traje en la mano, sino con las esposas puestas en las muñecas. Esto se realizará sin gran oposición por parte del sorprendido personaje, que en seguida recupera su siempre extraordinaria sangre fría. No perderá la entereza ni cuando tomado del taxi el maletín de su usuario, aparece en el interior de aquél la pistola que más tarde se identificará como la utilizada para matar a Emilio Fernández, a su mujer y a Félix López Robledo.

Luego la obligada comparecencia ante el juez: declaraciones, reconstrucción del suceso, y, ante el ascensor de la casa de la calle de Lope de Rueda, Jarabo se complace en mostrar a los representantes de la ley cómo se valió -haciendo uso de los codos y de los nudillos- para no dejar ninguna huella dactilar en el aparato que utilizó para subir al que sería escenario de sus tres primeros crímenes, así como tampoco en el timbre de la puerta de entrada al piso.

Juicio y sentencia

Da comienzo la vista de la causa contra Jarabo el jueves 29 de enero de 1959, a las diez horas y treinta minutos de la mañana. La Sección quinta de la Audiencia Provincial, juzgadora de la causa. Preside el tribunal don Antonio Ochoa Olaya. La mesa está constituida por cinco magistrados, los titulares de la referida Sección, más dos, conforme es de precepto ante la gravedad de las penas solicitadas, ya que tanto el fiscal como los acusadores privados solicitan para el encartado cuatro penas de muerte. El ministerio público estará representado por don Eleuterio González Zapatero, uno de los más prestigiosos fiscales de la Audiencia de Madrid.

El fiscal dejará sentada la existencia de cuatro delitos de robo con homicidio, dos delitos de tenencia ilícita de armas, un delito de falsificación de documento de identidad y dos delitos de uso de nombre supuesto. Establecerá como agravantes del primer crimen -Emilio- los de alevosía, premeditación y nocturnidad; en el segundo -Paulina- los anteriores y desprecio de sexo; en el tercero -María de los Desamparados- igual que en el precedente, y en el cuarto y último, alevosía y premeditación.

Las penas solicitadas por el fiscal son las siguientes: cuatro de muerte; dos de tres meses de arresto y multa de 2.500 pesetas; una de tres años de prisión y otras dos de tres meses de arresto y multa de 1.500 pesetas. Las indemnizaciones a los herederos de las víctimas se elevan a 607.000 pesetas.

Los acusadores son don Roberto Reyes, en nombre de los herederos de doña María de los Desamparados; don Luis Perezagua Serrano, por los herederos de Paulina, don Álvaro Núñez Maturana, por los de Emilio, y don Luis Roa por las hijas de Félix.

La defensa del acusado corre a cargo de don Antonio Ferrer Sama, catedrático de Derecho Penal, y del letrado Don Cesáreo Pérez y Peréz Abascal.

Los cuatro acusadores privados se mostrarán conformes, en líneas generales, con las peticiones del fiscal; por su parte, la defensa alegará la eximente de enajenación mental, con la consiguiente absolución por tanto, del encartado, y si la tesis no prosperase alternativamente califica los hechos de cuatro homicidios simples y una serie de atenuantes, con petición de penas muy leves.

Luego de la primera sesión, en los pasillos del Palacio de Justicia manifestaría el acusador don Álvaro Núñez Maturana: «Admito, en el peor de los casos para nuestra tesis, que el ocupante del banquillo puede ser un psicópata. Pero existen muchos grados de psicopatías, y en el proceso que hoy nos ocupa, el encausado demostró en todo momento que obraba de plena consciencia y serenidad de juicio, como lo muestra que puso todos los medios a su alcance para que no quedasen sus huellas digitales en ninguna parte, y así le delatasen.»

A lo largo del proceso, que duró hasta el 10 de febrero, y con cada sesión la sala completamente abarrotada de parcialísimo público adverso al acusado, sentaron las siguientes conclusiones:

Que María de los Desamparados se encontraba en estado de gravidez.

Que Jarabo no fue a la calle Lope de Rueda a reclamar algo de su pertenencia. Se dedicó a robar y a llevarse joyas y documentos que jamás habían sido suyos. (Roberto Reyes).

Que en el caso de Paulina, víctima ocasional, se había de incluir el delito de profanación de cadáveres al ser el de ella desnudado por el acusado. (Perezagua)

Que Félix Robledo no se fiaba de Jarabo. (Ángeles de las Nieves.)

Que la pistola se la compró al sereno Francisco Agustín Rodríguez, que trabaja en el paseo de la Habana. (Jarabo.)

Que el acusado sabía la existencia de 50.000 pesetas en la caja fuerte… y de eso no hay duda, ya que manifiesta a su amiga Charito que «tiene un negocio en el que se juega diez mil duros.» (Luis Roa.)

Que: «Y por todo eso, señores de la Sala, ya no me cabe duda de que el procesado fue a casa de la calle de Lope de Rueda, a robar.» (Núñez Maturana.)

Que el defensor Ferrer Sama recuerda que es el propio Jarabo quien dice a la policía cómo abrió el ascensor para no dejar huellas. «Eso, señores de la Sala, no se le ocurre nada más que a un oligofrénico perfectamente idiota, no ya a un psicópata.»

Que Ferrer Sama insistía sobre la anormalidad mental del encartado apuntando que no se estaba ante el «crimen del siglo», como podría creer la gente, sino que «estamos ante el psicópata del siglo».

Que se efectuaría esta afirmación categórica: «Jarabo pasará a la historia de la criminalidad y se estudiará desde todos los ángulos.» (Ferrer Sama.)

Que Beryl Martin Jones, la amante inglesa de Jarabo, cedió a éste el anillo para que procediera a empeñarlo, y en ningún caso -recalcó la mujer con energía- para venderlo. (Esteban Espinosa de los Monteros, dueño del bar en que tuvo lugar la escena y testigo presencial de ella.)

Que los peritos psiquiatras por la acusación informaron de que desde la detención del encausado le habían examinado hasta dieciocho veces, algunas de seis horas. «Nada de enajenación mental -dictaminaron-, sino un hombre normal y con más inteligencia que la corriente.» Agregarían que «la psicopatía es muy amplia y que cualquiera puede tener un rasgo de psicópata», y concluirían por afirmar que «Jarabo conoce la ética y la verdad y sabe discernir entre el bien y el mal.»

Que, a la pregunta del fiscal «¿El índice de criminalidad que da el procesado es superior o inferior al del famoso “Satanás” de Logroño o al del no menos famoso “Monchito”?», la réplica de los peritos sería la siguiente: «Superior.»

Que los forenses testimoniaron: «Podemos asegurar que el agresor cogió por detrás a Paulina, tapó su boca y la nariz con la mano izquierda, y con el cuchillo cogido en la derecha la abarcó y clavó el arma en el corazón.»

Que los citados forenses dijeron, asimismo, en la sala: «Los disparos a Emilio y a Félix podemos asegurar que les fueron hechos apoyando el cañón de la pistola en la nuca.»

Que los dichos forenses remacharían: «El acusado es un hombre perfectamente responsable de sus actos y que tiene voluntad para inhibirse.»

Que el inspector jefe de la Brigada Criminal, señor Fernández Rivas, y los inspectores Antonio Viqueira y José Hurtado fueron felicitados por el Tribunal a causa de su magnífica labor investigadora.

Que el defensor puntualizaría sobre la personalidad de su defendido: «Para mí la cosa está totalmente esclarecida. Jarabo es un psicópata inimputable.»

Los expertos que habían de determinar sobre la normalidad o anormalidad de Jarabo fueron los profesores Alberca Lorente, catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Valencia, y Llopis Lloret, jefe de los Servicios Psiquiátricos de la sala de hombres del Hospital Provincial de Madrid, propuestos por la defensa; los doctores Martínez Sellés y González Bernal, forenses, propuestos por el fiscal; y Ladrón de Guevara y Lacacci, profesor de la Escuela de Medicina Legal y médico de la Prisión Provincial de Madrid, por la acusación privada.

Así comenzaría el texto de la sentencia:

«En Madrid, a 10 de febrero de 1959, vista en juicio oral y público ante la Sección Quinta de esta Audiencia Provincial la causa procedente del Juzgado de instrucción número 21 de los de esta capital, seguida de oficio por delitos de robos con homicidios, tenencia ilícita de armas, uso de nombres supuestos, falsificación y profanación de cadáveres, contra José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, de treinta y cinco años de edad, hijo de José María y María Teresa, natural y vecino de Madrid, de estado casado, de profesión del comercio, con instrucción, sin antecedentes penales, de pésima conducta y en prisión provisional por esta causa desde el 22 de julio de 1958, en cuya situación continúa…»

Y así quedaba reflejado en el dicho documento legal el fallo de la causa:

«Fallamos que debemos condenar y condenamos al procesado José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, como autor responsable de cuatro delitos de robo, de los que en cada uno de ellos resultó homicidio, con la concurrencia de las circunstancias agravantes de alevosía y premeditación en todos, de nocturnidad en tres y de desprecio de sexo en dos, a la pena de muerte por cada uno de ellos, con las accesorias, para caso de indultos, de interdicción civil e inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena; al pago de las costas procesales en la proporción que corresponde con arreglo a la ley, y la indemnización de 250.000 pesetas a cada uno de los herederos de Emilio Fernández Díez, Paulina Ramos Serrano, María de los Desamparados Alonso Bravo y Félix López Robledo.»

A su tiempo, cuando le correspondió hablar a Jarabo, diría: «Soy el primero en lamentar las muertes de mis víctimas. Ojalá pudiera devolverles la vida; nunca tuve intención de matar a nadie y mucho menos a dos mujeres, y he dado órdenes al banco extranjero, donde tengo fondos, para que los familiares de las víctimas sean indemnizados.»

«Cuando pronunció el acusado las anteriores palabras, sería acaso la primera vez, a lo largo de la vista que no subía al estrado con gesto de triunfador, de hombre que se encuentra feliz con ser protagonista del acontecimiento más sobresaliente actual», comentaría un diario madrileño.

A mediados de mayo de aquel año 1959, la causa fue al Supremo. Fallo y sentencia el 23 de mayo. Ratificación casi plena de la sentencia anterior. Únicamente se rechazan la agravante de profanación de cadáver, la de nocturnidad, donde ésta se alegaba, y el robo con homicidio, en el caso de Paulina Ramos, pasa a ser asesinato.

Poco tiempo después José María Manuel Pablo de la Cuz Jarabo Pérez Morris pagaría en el patíbulo, con su vida, la de sus cuatro víctimas.


El caso de José María Jarabo

P. Martínez Calpe

La primera noticia que tuvimos del que habría de ser uno de los casos de homicidio cuádruple más importante de los últimos años, fue a través de una crónica madrileña que publicó el Diario de Barcelona el día 22 de julio de 1958, y que firmaba un periodista magnífico, al que admirábamos mucho, llamado Luis de Armiñán, como ahora admiramos a su hijo Jaime en las labores cinematográficas que realiza. Fueron dos, en realidad, las crónicas que publicó De Armiñán en el viejo «Brusi», y que nosotros íbamos a resumir, por exigencias de la ética y la brevedad. Pero como transcribiendo literalmente rendimos homenaje al maestro admirado, hemos pensado, ya que las crónicas no son extensas, dejar que sea aquel gran periodista quien nos inicie en el caso que luego tendremos tiempo de ampliar, matizar y hasta penetrar en la sentencia, porque, verdaderamente, es un caso que justifica un libro.

Con el título de «El crimen», Luis de Armiñán nos contó aquel día:

«En la apacible marcha del domingo y del lunes, aparecen las manchas de sangre que el serrín tapona en la del establecimiento donde ocurrió el hecho. El crimen, como un misterio inicial que pronto será desvelado, porque estas cosas no quedan casi nunca sin sanción y mucho menos cuando el rastro está entre los papeles de la víctima. Un crimen que en otros tiempos podía ser el del verano, como aquellos que pasaron con su fama a los anales de la criminalidad profusamente ilustrados porque los periódicos de la época además de ser dados a los sucesos, acogía el que se produjera en estos meses para animar un tanto sus páginas. Ahora podía bastarnos con los crímenes internacionales colectivos, que se cometen en nombre de la libertad: una figura retórica tan maltratada que si se dejó perdida de espíritu el pasado siglo, éste no conservaría los huesos teóricos.

»El crimen de hoy tiene como víctima a un hombre dedicado a la compraventa, figura comercial que tapa un tanto el préstamo y que puede ser que sea, lícito y puede ser que sea abusivo. El hombre tenía unos ahorros y puso este mostrador con dos socios y ahora lo seguía con otro que por lo que dicen vino de Méjico hace algún tiempo. El asunto iba bien, pero el compraventero no tenía dependencia; le bastaba trabajar él solo para resolverlo todo como es natural. No es negocio aquel que haya de acudir a varios clientes a la vez, uno a uno y con su tiempo para cada uno.

»Le compraban alhajas y éste es uno de los asuntos que más dan en todo momento. El precio de los metales y de las piedras es bien distinto al adquirir que al vender y se prestan las alhajas a quedarse como mudas fiadoras de lo que se adelanta por ellas, para ser abonado al recogerlas. Para esto se pensó el Monte de Piedad, pero la institución tiene normas invariables y hay quien prefiere al particular para lograr más dinero que en la Plaza de Jovellanos.

»A las nueve abrió la tienda su propietario, como todos los días, y luego la cerró sin que nadie precise hasta ahora en qué momento lo hizo y con quién se quedó dentro. Después de las doce, llegó la esposa del comerciante y no extrañó el cierre, puesto que como está solo puede en cualquier momento hacerlo para ir a un asunto. Con su llave abrió la puerta que da al portal y vio junto a la escalera interior el cuerpo de su marido terriblemente apuñalado. En el suelo, serrín, para que la sangre no saliera al portal. A sus gritos acudieron los vecinos y luego los coches que patrullan con la Policía.

»Ahora entra eso que se llama la fantasía popular y cada uno da al suceso su interpretación. Lo que parece haber ocurrido es que alguien llegó a la tienda, uno al que se había hecho un préstamo, seguramente. Para que la discusión que se supone no trascendiera, el dueño bajó los cierres metálicos y entonces fue atacado, muriendo, no sin defenderse, como lo demuestran los desgarrones de la ropa. Se busca al socio para que de los pormenores que se solicitan de él y se busca al asesino.

»El crimen del mes de julio. Que no tomará el volumen de los tiempos que señalamos, porque la Policía trabaja con otros métodos y los periódicos también. Lo que es callejero y algo más que de barriada.

»Es el que necesitaba aquel compañero que debía hacer un comentario y no encontrándolo, exclamó: “Ni un mal crimen”. Y esto no es malo para una tarde de calor y de lunes, llena de telegramas orientales.»

La fineza con que don Luis de Armiñán terminaba su comentario nos indica claramente que ni sospechaba siquiera el volumen que pronto iba a adquirir el que ahora conocemos como el caso «Jarabo». Y prueba de que no lo
esperaba es que, al día siguiente, hubo de extenderse sobre el mismo tema, porque no era, ni mucho menos, uno de esos «crímenes de verano», sino, posiblemente, «el crimen del siglo».

Luis de Armiñán volvió a tomar la pluma y esta vez dijo:

«El crimen, segunda parte y epílogo.

»Ayer contábamos el crimen del prestamista y deslizamos con la suavidad posible, que en aquellos momentos se desconfiaba un tanto de su socio, el asturiano que había hecho alguna fortuna en Méjico. La Policía se personó en casa de este hombre, don Emilio Fernández Díaz, y como nadie respondía a las llamadas, pidió al juzgado autorización para forzar la puerta, y encontró, cerca del cuarto destinado a la sirvienta, a Paulina Ramos, la muchacha de servicio, muerta, con un puñal clavado en el corazón; en el suelo del cuarto de baño, el cadáver de dicho señor, con dos disparos en la nuca, y en el dormitorio y reclinada sobre el lecho y muerta también, su esposa, doña María de los Desamparados Alonso Bravo.

»Con el asesinado en la tienda de Sáinz de Baranda, don Félix López Robledo, eran cuatro las víctimas de una sola mano, tres de tiro en la nuca, con una pistola del calibre 6,75.

»Crimen tan bárbaro hace muchos años que no se realiza en nuestro país. Madrid no tuvo otra conversación durante los dos últimos días. Se daba la circunstancia de que en el comedor del matrimonio había una botella de coñac y varias copas, suponiéndose que el criminal era persona muy conocida de ellos. Pero el triple crimen no era de las últimas horas por el estado de los cadáveres. Parece que se debió cometer el sábado pasado y que el criminal dejó el domingo como paréntesis para asesinar a su cuarta víctima.

»Decíamos ayer que el crimen del mes de julio no podía permanecer en el misterio muchas horas, porque los métodos policíacos han avanzado y es muy difícil que un criminal no deje su impacto, su tarjeta de visita. En efecto, en la mañana de hoy y en su hotel, ha sido detenido el asesino, el portorriqueño José Jarabo Pérez Morris, de 38 años, expulsado de su país por contrabando de armas y estupefacientes y con numerosos antecedentes criminales. Estaba bajo los efectos de una droga. Frecuenta el individuo lugares no muy santos y conocía y trataba a numerosas mujeres que le daban joyas para que las empeñara en el establecimiento indicado. Debía también empeñar papeletas y parece que quiso recuperar algunas. Debía una fuerte suma a sus víctimas y una y otra causa fueron motivo del delito.

»Jarabo, que no ha podido prestar declaración, como en otras ocasiones acudió a la casa del señor Fernández Díaz, y al abrirle Paulina la puerta, le asestó la puñalada. Después se escondió para esperar la llegada del matrimonio al que asesinó a tiros. Se cambió de camisa allí mismo, porque la suya estaba manchada de sangre y salió a la calle. El lunes a la casa de compraventa y dio muerte al propietario después de una violenta disputa.

»La primera pista para la detención del asesino fue un botón. Después, papeles en los que se habla de este hombre que tiene antecedentes penales. Y finalmente encontró la Policía en una tintorería, un traje para que lo limpiasen de manchas de sangre. Una sirvienta de la casa donde vivía el señor Fernández Díaz también dio una referencia al hablar de un individuo que iba por allí a vender joyas a bajo precio. Y José Jarabo fue detenido y puesto a disposición del juez como presunto asesino.

»Éste es el epílogo del crimen del año y de muchos años en Madrid. Un tanto estúpido en su iniciación, cometido por rencor y como consecuencia de una vida descarriada. Estúpido el asesino por las cosas que hizo después de cometido el delito, todo pardo y absurdo. Pero horrible. Los tiros en la nuca, secuela de prácticas que deseamos olvidar y no podemos.

»Pongamos punto al comentario y dejemos que el nuevo día sea más claro.»

Luis de Armiñán, con atinada sagacidad, nos había facilitado ya, a grandes rasgos, los entresijos de un crimen que no era, por supuesto, ninguna serpiente de verano. Cuando la Policía empezó a investigar, las cosas pronto ofrecieron un aspecto muy diferente al que se había supuesto al principio, aunque los hechos siguieron siendo los mismos. Lo que cambió fue la personalidad controvertida del presunto asesino.

El verdadero nombre de Jarabo, según declaraciones de él mismo, era José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris y pertenecía a una dignísima y adinerada familia hispano-norteamericana. Él había nacido en España, pero su familia se lo llevó a Puerto Rico siendo muy niño.

De las propias declaraciones durante el juicio entresacamos estos pormenores, ya que la prensa ha confundido y tergiversado muchos datos acerca de la insólita personalidad de Jarabo.

-¿De dónde es usted? -le preguntó el fiscal en la vista de la causa, iniciada en la mañana del jueves, 29 de enero de 1959, en la Sala V de la Audiencia Provincial de Madrid.

-De España. Aunque en 1931 marché a Puerto Rico.

-¿Cuál es su profesión?

-Comerciante.

-¿Estado civil?

-Casado. Después me divorcié.

-¿Estudió usted?

-Sí, señor. Hice el Bachillerato en el Colegio del Pilar.

-¿Ha sido detenido alguna vez?

-Sí, señor. En Estados Unidos, y condenado por tomar fotos de carácter inmoral.

-¿Es cierto que le expulsaron de dicho país?

-No. Me marché yo por mis propios medios.

-¿Puede volver a Estados Unidos?

-Actualmente, claro que no. Pero en Estados Unidos no se había agotado la fórmula para ello (sic).

-¿En qué año regresó a España?

-En junio de 1952.

-¿De qué ha vivido?

-De representante de una compañía de exportación de minerales hasta 1953.

-¿Y después?

-De nada que merezca la pena.

-¿Cómo se explica eso?

-Desde 1955 vivo de mis rentas.

-¿Le dan para vivir de ellas?

-Sí, señor. Y además de los negocios, vivía de la cantidad que me tenía asignada la familia.

-¿Y cuándo se le terminaba?

-Nunca he carecido de dinero.

José Mª Jarabo, como le llamaremos desde ahora para abreviar, un personaje elegante, aunque estaba ya casi calvo; sus facciones inexpresivas y duras y la tranquilidad de sus gestos producían escalofríos. Nunca, durante el largo proceso dio muestras de abatimiento. Y en la mayoría de sus contestaciones pareció alardear de cinismo irónico, llegando a veces hasta el sarcasmo y la desfachatez.

Dijo haber sido condenado en Estados Unidos por realizar fotos inmorales y cumplió condena en la cárcel de Springfield, donde fue sometido a una prueba pericial médica y de descubrió que poseía una personalidad psicosomática de las más intensas y notables que los especialistas habían podido obtener en toda su carrera.

El dictamen que emitieron declaraban a Jarabo como perteneciente al grupo de los psicópatas desalmados y procedía de una línea materna epilectoide, confirmada por los ataques de esta clase que sufrió durante el tiempo de pertenencia en la prisión norteamericana.

Existía otra prueba de que José Mª Jarabo era un fenómeno de maldad y se demostraba por el hecho de que a la semana de haber contraído matrimonio, se fue de casa un sábado y no volvió hasta el lunes siguiente, sin dar la menor importancia a la cosa. Para él nada tenía importancia y por ello no fue a visitar a su mujer cuando estaba a punto de traer un hijo al mundo.

Hay muchos hechos y pruebas que demuestran, no solo la maldad de aquél hombre sino que su sique no estaba normalmente equilibrada. Uno de sus acusadores privados, el famoso abogado Roberto Reyes, diría de Jarabo:

«Con el fin de obtener el procesado treinta mil francos, no dudó en contraer falsas nupcias en Francia. Para ello se puso en contacto con un exiliado español, al que vistieron de sacerdote. De esta manera, y después del sacrilegio, Jarabo obtendría aquella cantidad como dote del padre de su supuesta esposa.»

Nuestro bueno y apreciado amigo Antonio Armenteras, que escribió para La Prensa «El Caso Jarabo» entre los más famosos procesos del siglo, nos cuenta una anécdota acerca de la fantástica personalidad de psicópata asesino:

«Y para poner fin a este aparte, citaré un hecho que prueba todavía más la impresionante frialdad de Jarabo: una vez dictada la sentencia por la que se le condenaba a la última pena, pidió y le fue concedido, el ser atendido en la cárcel por un prestigioso odontólogo de Madrid, al fin de que le arreglara la dentadura.»

El abogado defensor de José Mª Jarabo, don Antonio Ferrer Sama, catedrático de la Universidad de Valencia, aportó, en su labor defensiva, un documento expedido por el Departamento de Justicia de Puerto Rico, en el que se declaraba que, a consecuencia de haber padecido una neurosífilis, Jarabo hubo de ser recluido en el manicomio de aquella ciudad, en 1945. También demostró que en 1942 había padecido un trauma craneal, producido por un botellazo; que en noviembre de 1943 resultó lesionado en un accidente de automóvil y que, el día 19 de mayo de 1955 había tenido que ser hospitalizado en la Clínica de San Camilo, por sufrir fractura de cráneo.

Don Antonio Ferrer Sama explicó además que en el Hotel Menfis, de Madrid, José M.ª Jarabo abonó en cierta ocasión una cuenta por el importe de ciento siete mil pesetas, de las que más de setenta y cinco mil correspondían al valor de lo consumido únicamente en bebidas durante un mes. Y la prueba de que José M.ª Jarabo era un alcohólico quedaba plenamente demostrada por el hecho de que, una noche, en un restaurante madrileño hubieron de guardarle las noventa y cinco mil pesetas que llevaba encima por encontrarse completamente ebrio.

Abundó el abogado defensor en que José M.ª Jarabo, además de alcohólico, también era toxicómano, y explicó que estuvo seis días en estado de coma, en un hotel madrileño, por haber ingerido ciertos productos. Y añadió que la herida que Jarabo se produjo en la pierna tardó mucho más tiempo del normal en cicatrizar por culpa de su drogadicción.

Sin embargo, por otra parte, a requerimiento del Ministerio Fiscal, durante la sesión del viernes 30 de enero de 1950 de la vista contra José M.ª Jarabo, comparecieron los doctores Martínez Sellés, González Bernal, Tomás Soler y Rogelio Lacacci y Ladrón de Guevara, quienes, a preguntas del fiscal, señor González Zapatero, afirmaron haber sometido a reconocimiento psiquiátrico al procesado, en quien encontraron una inteligencia superior a la normal, pues poseía un índice de inteligencia de 1,7, cuando lo normal es de 0,9.

José M. Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris fue, sin duda alguna, un personaje interensantísimo, cuyos hechos debemos conocer con el mayor lujo de detalles, sí es que pretendemos saber cómo y por qué realizó cuatro asesinatos.

Es por eso que vamos a poner orden en todos los recortes de periódicos de aquellas fechas y tratar de empezar por el principio, que no fue como, con la mayor intención del mundo, nos lo trató de extractar nuestro querido Luis de Armiñán, con los datos recogidos apresuradamente sin darse cuenta de que aquello era algo demasiado grande, terrible y espantoso para ser una simple y vulgar «serpiente de verano».

Parece ser que durante el juicio contra Jarabo quedó suficientemente demostrado que el acusado era un alcohólico y un drogadicto. Y se demostró porque así convenía, tanto a la defensa como a la acusación, buscando eximentes por un lado y agravantes por otro, a fin de representar al acusado bajo un aspecto siniestro, depravado y capaz de las mayores vilezas.

Nosotros no pretendemos aportar aquí ninguna prueba, ni a favor ni en contra. Y tampoco somos expertos en drogas, así como no conocemos muy bien lo que es la criminología. Lo único que sabemos es leer y escribir, y no todo lo bien que quisiéramos.

Sin embargo, una vez leímos que existía una droga en Estados Unidos que incitaba a sus consumidores al asesinato.

De La Vanguardia, sacamos estas líneas.

«Nueva York, 6. Especial para La Vanguardia. -Una nueva droga está causando tantos estragos en toda Norteamérica, que el Gobierno de los Estados Unidos ha enviado una comunicación a diferentes naciones cercanas, como Canadá y México, para que traten de protegerse contra ella. Esta droga es el “ángel dust” o “polvillo de ángel”. Se trata de un producto químico producido en laboratorios clandestinos, a partir de varias drogas anestésicas y de mercurio.»

Según continuaba la información de Prensa, dicho «polvillo» producía la sensación de estar «flotando» a la vez que causaba el completo olvido de cuanto se había realizado. Los intoxicados con «angel dust» se comportaban como verdaderos monstruos, con una tendencia general hacia el asesinato. Y en varios casos de muerte violenta en personas mayores, se ha podido comprobar que fueron asesinadas por sus propios hijos, después de haber ingerido una o varias dosis del temible «polvillo de ángel».

Recordemos el terrible asesinato de Sharon Tate llevado a cabo por miembros de la secta de Charles Manson, y tengamos en cuenta que se trataba de drogadictos capaces de llevar a cabo cualquier bestialidad.

La droga que estamos describiendo aquí, al parecer, surgió oficialmente en Estados Unidos en 1978. Pero nada prueba que con otro nombre y con los mismos efectos, se haya estado tomando desde los tiempos faraónicos.

De todas formas, José M.ª Jarabo era un toxicómano que llegó a España procedente de Estados Unidos, después de haber sido huésped de la prisión de Springfield y de varios manicomios. ¿Podemos estar seguros de qué clase de drogas ingería? ¿Podemos asegurar que los tres asesinatos que cometió durante la noche del sábado, 20 de julio de 1958, en casa de don Emilio Fernández Díez, no estuvieron cometidos bajo la influencia de alguna droga parecida al «angel dust»?

Según se probaría durante el juicio oral, José M.ª Jarabo gozaba de pésima conducta, pero carecía de antecedentes penales y se le demostró una inteligencia superior a lo normal. Se supo también que conocía prácticas de lucha, lo que unido a su fuerte complexión, le convertía en un adversario peligroso. Había practicado «jiujitsu» y «karate» y conocía métodos y llaves capaces de inmovilizar a sus adversarios. Y era, además, aficionado a bebidas y drogas, aunque como diría el fiscal durante el juicio, ninguna de estas aficiones podía privarle de la consciencia de sus actos, así como tampoco influyeron en ella los diversos traumatismos que sufrió en la cabeza en distintas ocasiones y por diferentes causas.

Sabía, por lo tanto, distinguir lo bueno de lo malo, lo que está permitido o no, conociendo el bien y el mal en las acciones humanas, y con facultad volitiva, o sea con voluntad propia, para admitirlas y rechazarlas.

Se demostró también durante el juicio oral que conocía a los propietarios del establecimiento de compraventa, llamado «Jusfer», situado en la calle Sainz de Baranda, y cuyos nombres eran don Félix López Robledo y Emilio Fernández Díaz, ya que había realizado con ellos operaciones de venta de diversos objetos, debido a lo cual se entabló entre ellos cierto conocimiento y, posiblemente, también amistad.

Por otra parte, en 1956, José M.ª Jarabo había conocido a la súbdita inglesa Beryl Martin, con la que llegó a sostener relaciones íntimas, a convivir maritalmente y a frecuentar salas de fiesta de la capital de España y sus alrededores, lo que, obviamente, le ocasionó grandes dispendios, llegando a la situación de tener que vender algunas joyas para poder continuar su idilio de disipación. Por lo visto, Beryl Martin se vio obligada a empeñar bien un valioso anillo con un brillante, a condición de poder rescatarlo dentro de un plazo estipulado y pago de la cantidad recibida, además de los intereses convenidos.

En el libro oficial del establecimiento «Jusfer» figura la venta de un anillo de estas características, por el que se pagaron 4.000 pesetas, y la fecha que figura inscrita es la del 26 de octubre de 1957.

Posteriormente, debieron de surgir disgustos entre Beryl Martin y su esposo y ello debió ser motivo de que la inglesa se dirigiera a José Mª Jarabo por escrito, rogándole que le devolviera la joya, sin que el aludido se preocupase de atender dicho ruego. Habituado como estaba a efectuar grandes dispendios y a dar rienda suelta a todos sus deseos y caprichos, sin preocuparse de nada más, cuando su familia le redujo la subvención mensual a 7.500 pesetas, José M.ª Jarabo se vio obligado a vender o empeñar objetos personales de algún valor, y en esta situación precaria llegó al mes de julio de 1958, fecha que se le ocurrió recuperar el anillo de Beryl Martin, sea como fuese.

No existen pruebas de que José M.ª Jarabo quisiera recuperar el anillo de diamante para devolvérselo a su propietaria. Y todo parece señalar que si concibió la idea de recuperarlo, también pensó obtener otros «beneficios» de los propietarios de «Jusfer», a los que tanto dinero había dado a ganar anteriormente.

Así, el día 19 de julio de 1958, a las ocho de la noche, efectuó una llamada telefónica a don Félix y don Emilio, conviniendo en ir a la tienda de compraventa a concertar una operación que le permitiera recuperar los objetos que allí tenía vendidos, incluyendo la mencionada sortija.

Pero, al parecer, José Mª Jarabo llegó a la calle Sainz de Baranda cuando el establecimiento «Jusfer» ya estaba cerrado, por ser alrededor de las diez de la noche. Por ello, se encaminó a la calle de López de Rueda, núm. 55, donde vivía don Emilio Fernández Díaz, llevando consigo una pistola marca «F.N.», calibre 7,65. en perfecto estado de funcionamiento, que, según se supo en el juicio oral, le había vendido un sereno llamado Francisco Agustín Rodríguez, que lo hizo creyendo que Jarabo era militar o algo así.

Subió en el ascensor, empujando la puerta con los codos a fin de no dejar huellas, y una vez en el rellano donde vivía don Emilio Fernández Díaz, tocó el timbre de la puerta principal utilizando la articulación de la segunda y tercera falange del dedo índice de la mano derecha. La puerta le fue abierta por la sirvienta, Paulina Ramos, a la que José M.ª Jarabo preguntó por Emilio.

La doncella, que debía conocerle, le hizo pasar al comedor, donde, al poco acudió el dueño de la casa, quien preguntó al visitante lo que deseaba.

-Necesito que me devuelvan ustedes la sortija de la señora Beryl Martin. ¡Es de vital importancia!

-Lo siento, Jarabo. Pero esas cuestiones deben solucionarse en la tienda y no aquí, ya que somos dos socios y hemos de tratarlas juntos. Usted dijo que vendría esta tarde y no lo hizo.

-No pude. Por eso he venido aquí. Tengo urgente necesidad de arreglar este penoso y desgraciado asunto.

-Lamento no poder ayudarle, amigo Jarabo. Vaya usted el lunes a la tienda y procuraremos hacer algo.

Diciendo esto, don Emilio Fernández hizo un gesto como dando por terminada la conversación.

Aunque no parezca corriente que un visitante conocido y con el que se han efectuado negocios, se marche de un piso sin ser acompañado hasta la puerta, en aquel caso se nos quiso hacer creer que fue así. Don Emilio Fernández Díaz se dirigió hacía el cuarto de baño mientras que José M. Jarabo pareció encaminarse hacia la salida del piso. Pero no fue así, ya que José M. Jarabo se volvió, fue tras de don Emilio, que ya se encontraba en el cuarto de baño, y rápida y silenciosamente extrajo la pistola y apoyando el cañón directamente sobre la nuca de su víctima apretó el gatillo y mató a don Emilio Fernández.

Según el lenguaje técnico del médico forense, el disparo se produjo en la región occipital, ocasionó salida de masa encefálica y el proyectil quedó alojado en el lóbulo frontal derecho, produciendo la muerte instantánea. Al caer al suelo, el cadáver quedó en posición de decúbito prono.

Un asesinato alevoso, brutal, premeditado y horrendo, cometido a sangre fría, a traición y con el más absoluto desprecio de la vida de un ser humano. Al menos, así fue calificado por el fiscal, la acusación privada y por el mismo pueblo de Madrid, al conocer los hechos.

Pero el abominable crimen de la calle López de Rueda, número 55, no había concluido aún, puesto que la criada, Paulina Ramos, al oír el disparo, salió de la cocina, donde estaba preparando la cena, y corrió por el pasillo en dirección al cuarto de baño. No tuvo que correr mucho para darse cuenta de lo sucedido. Entonces, se asustó y retrocedió, tratando de huir gritando y pidiendo auxilio.

José M.ª Jarabo, al darse cuenta de la actitud de la doncella, corrió en pos de ella, la sujetó por la espalda y le tapó la boca para impedirle gritar, a la vez que le golpeaba la frente con la pistola que todavía empuñaba y la empujaba hacia la cocina.

Desesperadamente, la doncella, que no había perdido el conocimiento, pese al tremendo golpe recibido, trató de desasirse y escapar, porque intuyó que su vida estaba en juego. Entonces, José M.ª Jarabo asió un cuchillo de la mesa de cocina y asestó, «con intención de matar», según la prueba fiscal, una puñalada a Paulina Ramos, que, penetrando por entre el cuarto y quinto espacio intercostal izquierdo, alcanzó el corazón, partió los ventrículos izquierdo y derecho, dejando el arma hundida en el pecho hasta la empuñadura, lo cual provocó la muerte instantánea de la infortunada. Acto seguido, asiéndola por la espalda, debajo de los hombros, arrastró Jarabo a su víctima hacia la habitación contigua, que era el dormitorio de Paulina, y arrojó el cadáver sobre el lecho.

Se supone que pocos instantes después de haber sucedido todo esto, calculado como alrededor de las diez y media, José M.ª Jarabo se dio cuenta de que alguien estaba abriendo la puerta principal, por lo que, con admirable dominio de sí mismo y auténtica naturalidad, salió al pasillo, encontrándose con la dueña de la casa, doña María de los Desamparados Alonso Bravo, esposa de don Emilio Fernández, la cual se quedó sorprendida al ver allí a José M. Jarabo.

-¡Pero…! ¿Quién es usted? ¿Qué está haciendo aquí?

-No se inquiete usted. Soy inspector de Hacienda -contestó Jarabo con expresión correcta y amable-. Estamos efectuando una investigación relacionada con el tráfico de oro y divisas. Su esposo de usted, don Emilio Fernández, y su doncella, han tenido que salir con dos compañeros míos. Estoy seguro de que sólo será un puro trámite.

Doña María, al oír esta explicación, no se extrañó demasiado, por conocer la índole del negocio de su esposo. Y hay que admitir que el asesino se comportó en aquellos críticos momentos con una naturalidad asombrosa, llegando incluso a tranquilizar a la mujer con sus palabras. Tanto es así que, a las once menos cuarto, llamó a la puerta el portero para retirar el cubo de la basura. Y la señora, sin extrañar nada, con la naturalidad de quien nada tiene que temer, entregó el cubo al portero y no dio muestras de inquietud alguna.

Pero al volver a entrar de nuevo en la casa, se dio cuenta de que las ropas del supuesto inspector de Hacienda estaban manchadas de sangre y, comprendiendo lo anormal de la situación y viéndose indefensa, huyó despavorida hacia su dormitorio. José M.ª Jarabo la siguió y la alcanzó, disparando por la espalda con infalible y siniestra precisión, ya que a una distancia de 25 ó 30 centímetros, logró insertar el proyectil en la región occipital, atravesando el cerebro y el cerebelo, lo que le ocasionó la muerte instantánea a doña María de los Desamparados Alonso Bravo, quien se desplomó sobre el lecho matrimonial, cayendo luego arrodillada al suelo, posición en que sería encontrada posteriormente por la Policía.

Doña María de los Desamparados se encontraba en estado de gestación de unos dos meses, con lo que su muerte provocó también la del feto. Pero esta circunstancia no podía saberla el asesino en aquellos instantes, quien, después de comprobar que sus disparos habían sido certeros y que la única persona viviente en el piso era él, además de que no se había dado la alarma en el inmueble, se dedicó a registrar el cadáver de don Emilio, a quien le arrebató el dinero que éste llevaba en la cartera, en cuantía superior a las quinientas pesetas, así como las llaves del domicilio y puerta de acceso a la tienda «Jusfer». Tomó también unas gafas de sol, un reloj de caballero y una pulsera de oro que llevaba doña María. Registró también los armarios y muebles y cogió el pasaporte del matrimonio y otros documentos.

Acto seguido, José M.ª Jarabo limpió, con un paño húmedo de la cocina, todos los muebles, picaportes, cerraduras y enseres, donde hubiera podido dejar sus huellas dactilares, así como también limpió el mango del cuchillo clavado en el pecho de Paulina, cuyo cadáver desnudó y colocó en la cama en posición tal que cualquiera, al verlo, podría pensar en que estaba cohabitando por la fuerza con algún hombre y que murió en el intento de defenderse.

Recogió también los casquillos de los proyectiles disparados y se quitó la camisa sucia, por habérsela manchado de sangre, la cual arrojó en la alcoba donde se encontraba el cadáver de Doña María, y en su lugar se puso otra limpia y perteneciente a don Emilio Fernández.

Al concluir todas estas actividades, José M.ª Jarabo quiso ofrecer una falsa pista de los hechos a los investigadores, y para ello colocó varias copas y vasos en el bar que existía en el salón comedor, llenándolas de distintas bebidas, de las que bebió e incluso marcó algunas copas con barra de labios de doña María, dejando impresas huellas de carmín. Hecho esto, removió sillas y butacas para dar la impresión de que allí se habían reunido varias personas a beber y divertirse, a cuyo efecto dejó un disco colocado en el «pick up» que existía en el salón.

Parece ser que José M.ª Jarabo, una vez concluida su labor desorientadora, se quedó a dormir allí, bebiendo a manta, y a las nueve de la mañana siguiente, domingo día 20, se marchó utilizando las llaves sustraídas.

Una de las preguntas que todos se hicieron, empezando por la propia Policía, hasta el Ministerio Fiscal, la acusación privada y los mismos defensores era la de, ¿cómo había podido José M.ª Jarabo pasar la noche entre cadáveres en el piso de López de Rueda, bebido o no, para luego salir a las nueve de la mañana, como si nada hubiera sucedido, como el que sale de su propio domicilio para asistir a la misa dominical?

Ya hemos dicho que nuestro personaje fue un sujeto extraordinario de cinismo y descaro. Durante la vista del juicio siempre respondió con facilidad y soltura, como si lo que allí se trataba no fuese con él. Tenemos un recorte a mano donde se nos da una prueba de esto.

En el informe del acusador privado, don Álvaro Núñez Maturana, se dijo que José M.ª Jarabo a los veintiún años, contraía matrimonio de un día para otro, o un día sí y otro no, cosa nada anormal en Estados Unidos -lo que nos parece una colosal exageración del acusador privado -, «y que, después de una desagradable luna de miel, el procesado entabló relaciones amorosas con la madre de su esposa y sus cuñadas».

Fue entonces cuando José M.ª Jarabo se levantó y exclamó:

-¿Se me está juzgando a mí o a mi familia?

Este incidente, que terminó con amonestación del presidente, don Antonio Ochoa Olalla, el cual afirmó que una intervención de aquel tipo le obligaría a ordenar que le pusieran de nuevo los grilletes.

El caso fue, siguiendo con el proceso cronológico de los hechos, que José M.ª Jarabo pasó el domingo, día 19, bebiendo en su alojamiento, y no recuerda en absoluto si salió o no.

Pero el lunes por la mañana, a eso de las ocho y media, efectuó una llamada a la tienda de compra-venta «Jusfer». Sus palabras textuales, a preguntas del Ministerio Fiscal, señor González Zapatero, fueron:

-Sí; a eso de las ocho y media llamé a la tienda de compra-venta y como no me contestó nadie, telefoneé a la casa de Félix, para hablar con él. Se puso al aparato Ángeles, su mujer, y me dijo que su marido acababa de salir en ese momento hacia la tienda.

»Para hacer tiempo, me metí en una cafetería y bebí mucha ginebra. Luego, me dirigí al establecimiento y me encontré con que estaba echado el cierre metálico, pero Félix al oír que llamaban, abrió la puerta de la trastienda y le expliqué que mi visita obedecía a que me entregara la sortija y la carta (de Beryl Martin). Sobre todo la carta. La carta era más peligrosa que el brillante, porque de la carta no se podía hacer otra igual. Discutimos y de repente me tiró un «viaje» con la mano derecha. Peleamos. Poco rato. Intenté hacerle una llave de muñeca en el brazo izquierdo y, en ese momento, él cometió el error de darme un golpe en el hombro, lo que me obligó a disparar. Creo que sólo fue una vez, pero también pudieron ser dos los disparos. Pasé de la trastienda al local comercial y busqué en el cajón de los papeles sin conseguir encontrar la carta. Encima de la mesa estaban todas mis tarjetas. Las tomé. Vi también que allí estaba mi pluma estilográfica. Busqué mi reloj “Longines”, otro que era del mismo valor y otros efectos de mi pertenencia.

El fiscal interrumpió a José M.ª Jarabo y le preguntó:

-¿Y con esos efectos se llevó usted también una pulsera de diamantes? ¿Dónde estaba?

-Al lado de la balanza -contestó el acusado-. Al salir me encontré con una persona que entraba por el portal y entonces retrocedí y subí a un piso alto. Cuando dejé a Félix en la tienda no estaba muerto todavía y por eso llamé a un familiar suyo para que pudieran auxiliarle. Poco después volví a llamar desde una cafetería y entonces supe que había fallecido.

»A continuación fui a una tintorería para que me dejaran el traje en buenas condiciones, porque a mí me gustaba presentarme en todos los sitios con decoro y quería hacerlo también así ante la Policía. Ignoraba que me buscasen; únicamente sabía que yo había cometido un hecho reprobable del que estaba arrepentido».

¿No ha para quedarse boquiabierto, atónito y estupefacto, al leer estas declaraciones? Así parece ser que se quedaron todos los oyentes, durante el juicio oral, al escucharlas. Y las hemos querido transcribir porque son una auténtica revelación de cinismo, ya que como vamos a saber por la sentencia, los hechos fueron muy distintos.

Se pudo averiguar, que el domingo día 19, José M.ª Jarabo no estuvo encerrado en su hotel, sino recorriendo lugares de recreo y diversión, y por la tarde acudió a un bar situado en un lugar próximo a la casa de la calle López de Rueda, núm. 55, en donde había cometido los asesinatos el sábado por la noche, y desde donde estuvo observando lo que ocurría por aquel entorno, cerciorándose de no notar nada anormal.

Se probó, además, que José M.ª Jarabo habló telefónicamente con Ángela, la mujer que vivía maritalmente con don Félix López, sin que de la conversación se hubiese desprendido nada que pudiera revelar el conocimiento de los hechos.

Alrededor de las diez de la noche abandonó el bar y se dirigió a su pensión, situada en la calle Escosura, a donde llegó sobre las diez y media, y en la que permaneció hasta las siete de la mañana siguiente, lunes, día 20, fecha y hora en que salió para dirigirse al establecimiento de compra-venta «Jusfer», con la finalidad de apoderarse del anillo de diamante que le había reclamado por carta Beryl Martin.

José M.ª Jarabo llegó al establecimiento alrededor de las ocho de la mañana y, con las llaves sustraídas a don Emilio Fernández, abrió la puerta y penetró en su interior, para colocarse detrás de dicha puerta, en un lugar con anchura y profundidad suficiente, y esperar allí a que llegase don Félix López Robledo. Y, efectivamente, alrededor de las nueve llegó don Félix López, abrió la puerta y entró en el establecimiento. Nada más lo hubo hecho, José M.ª Jarabo, situado a espaldas de la víctima, con la pistola en la mano y con ánimo de matar, disparó dos tiros sobre la nuca de don Félix, para lo cual apoyó el arma en la región occipital, dando lugar con esto a que la expansión de la pólvora chamuscara el pelo, con salida de ambos proyectiles por la región frontal, lo cual determinó la muerte instantánea del hombre.

Mas como a consecuencias de las heridas se produjo una gran hemorragia y José M.ª Jarabo temió que la sangre saliera por debajo de la puerta y delatara lo sucedido antes de darle tiempo de huir, arrastró el cadáver hacia el interior y luego tomó un saco de serrín y lo esparció por el suelo, donde estaba la sangre, para impedir que saliera por debajo de la puerta.

Una vez realizado todo esto, José M.ª Jarabo se lavó las ensangrentadas manos y se colocó unos guantes que llevaba al efecto, para no dejar huellas, y acto seguido registró el establecimiento, buscando las llaves de la caja de caudales, cosa que no logró. Acto seguido, ante la imposibilidad de abrir dicha caja, registró los bolsillos de la chaqueta que vestía don Félix López, apoderándose de 900 pesetas que llevaba en la cartera. Pasó luego a la tienda, donde tomó dos plumas estilográficas, un reloj de oro, un maletín, un traje de caballero, dos máquinas fotográficas, una radio de bolsillo y unas gafas de sol. Todo esto lo colocó dentro del maletín, excepto el traje, que cambió por el que llevaba puesto y que se había manchado de sangre durante el alevoso asesinato.

Una vez hecho esto, el criminal salió del establecimiento y cerró la puerta. De allí fue a una tintorería, en donde dejó el traje manchado de sangre, pidiendo que se lo limpiasen con toda urgencia. Alegó que la víspera había sostenido una pelea en una sala de fiestas, y se manchó a causa del derrame nasal de su adversario.

La sentencia dejó probado también que el día 21 de julio, el acusado lo pasó en distintos establecimientos de bebidas, cosa que repitió el martes día 22, hasta que fue detenido por la Policía.

Se probó, además, que José M.ª Jarabo había utilizado diversos nombres falsos, tales como José Jaime Jarabo Mendoza y Jaime Martín Valmaseda. En el momento de ser detenido se le ocupó un carnet de identidad falso con este último nombre.

El juicio contra José M.ª Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris se inició el día 29 de enero de 1959, en la Sala V de la Audiencia Provincial de Madrid, y dio comienzo a las 10,15, bajo la presidencia de don Antonio Ochoa Olalla, quien empezó apercibiendo al procesado para que dijese la verdad. Luego, concedió la palabra al Ministerio Público, señor González Zapatero, el cual inició el interrogatorio. En términos generales, el acusado respondió tal y como hemos expuesto en el desarrollo de los hechos.

Después intervinieron los letrados de la acusación privada, señores Serrano Agua, Ros, Roberto Reyes y Núñez Maturana.

Por la tarde intervinieron los abogados defensores, señor Antonio Ferrer Sama, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia, y don Cesáreo Pérez Abascal, letrado del Colegio madrileño, quienes se limitaron a interrogar al procesado. Una vez concluido el interrogatorio, se terminó la sesión.

Al día siguiente, 31 de enero, se reanudó la vista y comparecieron los testigos de la acusación, entre los que cabe destacar al dueño de la tintorería de la calle Orense, al que José M.ª Jarabo llevó un traje manchado de sangre, diciéndole que le urgía tenerlo limpio cuanto antes. Añadió el testigo que Jarabo le explicó haber tenido una pelea con un individuo en el «Molino Rojo» y que la sangre procedía de un derrame nasal.

Declaró también el sereno Francisco Agustín Rodríguez, quien declaró haber vendido al procesado una pistola creyendo que se trataba de un jefe del Ejército.

A continuación se pasó a la prueba de testificar presentada por la defensa, en la que declararon varios médicos y personal sanitario. El jefe de los servicios médicos de la Prisión Provincial dijo que se aplicaron al procesado inyecciones de luminal y después vitamina B. No creía que se le hubiese inyectado cloruro mórfico y añadió que él mismo realizó una prueba suprimiendo la inyección de vitamina B durante cinco días, y que el acusado presentó, al cabo de dicho tiempo, un cuadro clínico de proceso nervioso y ansiedad. Al reanudar el tratamiento con vitamina B desaparecieron los síntomas del cuadro clínico. Dijo, además, que no creía que el acusado hubiese simulado, sino que se trataba, a su juicio, de un caso de sugestión.

Durante la sesión se citó a la señora Beryl Martin, que no compareció. La defensa solicitó, dada la importancia excepcional de la testigo, que se suspendiera la vista, a lo que se opusieron enérgicamente la acusación pública y privada.

La sala, considerando la dificultad de comparecencia que concurría en una extranjera, y sobre todo el hecho de que ha sido suficientemente instruido el sumario, denegó la petición de la defensa.

En el día 2, la sesión se reanudó con el informe, brillante y elocuente, del Ministerio Fiscal, señor Gónzalez Zapatero, quien empezó diciendo que:

-Todos los hechos demuestran que todas las heridas causadas a las víctimas fueron ejecutadas por mano maestra, por una persona que sabe cómo hiere y dónde hiere.

A continuación, el Ministerio Fiscal resaltó los disparos efectuados en la nuca, a don Félix López, lo que corroboraba su teoría de una gran precisión y exactitud en el agresor, y luego pasó a efectuar un bello elogio a la Brigada de Investigación Criminal, por su eficaz actuación al detener al criminal antes de transcurridas las cuarenta y ocho horas, y negó las manifestaciones del detenido en el sentido de que no le había sido facilitada asistencia médica hasta transcurridas las treinta y seis horas a partir de su detención, así como denegó que el procesado hubiera sido maltratado por la Policía para obtener una declaración de culpabilidad.

Inmediatamente después, el señor González Zapatero analizó los hechos y dijo que no había posibilidad alguna de saber cronológicamente cómo sucedieron las muertes.

-Pero lo que sí sabemos -añadió con energía- es que no ocurrieron como lo relata el procesado.

Y fue debatiendo, punto por punto, cada una de las manifestaciones hechas por Jarabo, añadiendo:

-Son pueriles las alegaciones de que se intentara recuperar un anillo solitario y una carta de una señora inglesa, puesto que si, cuando el procesado tenía dinero no fue a retirar dicha joya, ¿cómo se proponía retirarla el día 19, cuando no tenía dinero?

A continuación, el señor González Zapatero expuso que José Mª Jarabo no pudo llegar a la calle López de Rueda, número 55, en estado de embriaguez o intoxicado, porque si hubiese sido así, después no habría podido dibujar un plano detallado y preciso, sin fallo alguno, de la vivienda. Hizo constar claramente cómo Jarabo abrió la puerta del ascensor con los codos, y como, después, se jactó de no haber dejado siquiera una sola huella.

En el piso, explicó el fiscal, le abrió Paulina Ramos, y él -señaló González Zapatero al acusado- fue dando muerte inflexiblemente a cada una de sus víctimas.

-¡Y nos es indiferente el orden en que se produjeron estas muertes! -exclamó el fiscal-. Lo que sí sabemos es que no hubo lucha y esto lo demuestra palmariamente la prueba pericial realizada.

»El disparo sobre la nuca de don Emilio Fernández Díaz debió hacerse apoyando el cañón de la pistola sobre la piel, puesto que los gases de la pólvora penetraron en la herida, ya que ésta tenía todas las características de los disparos a quemarropa. Y tampoco es verdad lo que dijo el acusado de haber disparado varias veces para detener a doña María de los Desamparados, y de que la alcanzó por casualidad uno de los tiros.

»Creemos -siguió diciendo el fiscal- que la primera en morir fue Paulina Ramos, la sirvienta, puesto que el procesado no pudo apreciar cómo vestía.

A las 13,10, el presidente del tribunal ordenó suspender la sesión para un breve descanso. Cuando se reanudó, el Ministerio fiscal reiteró su calificación de cuatro delitos de robo con homicidio, según los artículos 500, 501, 506, 508 y 513 del Código Penal vigente, dos de tenencia ilícita de armas -debemos aclarar que además de la pistola «F.N.», calibre 7,65, en poder de José Mª Jarabo se encontró otra pistola, marca «Welter»-, dos de uso de nombre supuesto, tipificado en el artículo 322 y uno de falsificación de Documento Nacional de Identidad, de los artículos 308 y 309.

El señor González Zapatero -pasó luego a extenderse en una disertación jurídica acerca de la figura delictiva del robo con homicidio, lo que calificó como de un delito complejo. Recurrió a varias sentencias del Tribunal Supremo, a fin de apoyar su tesis, y afirmó que, aun admitiendo la hipótesis de que el procesado fuera a recoger el brillante y la carta, la única figura delictiva que podía aceptarse era la de robo con homicidio.

Analizó luego las agravantes genéricas y dijo que en la muerte de don Emilio Fernández eran de alevosía, premeditación y nocturnidad; en la de doña María de los Desamparados y Paulina, eran alevosía, premeditación, nocturnidad y desprecio de sexo, y en la de don Félix López, la de alevosía y premeditación.

Al reanudarse la sesión por la tarde, el Ministerio fiscal elevó a definitivas sus conclusiones provisionales. Consideró la existencia de cuatro delitos de robo con homicidio, dos de tenencia ilícita de armas, dos de uso de nombre supuesto y uno de falsificación de documento público. Y por todo ello, pidió cuatro penas de muerte, diversos arrestos y una indemnización de 150.000 pesetas por cada una de las víctimas.

Pasó luego el Ministerio público a centrar su actuación en uno de los puntos fundamentales, o sea la capacidad o incapacidad del procesado, haciendo un minucioso y detenido estudio de la eximente de enfermedad mental, para llegar, posteriormente, a la conclusión de que no existe, ni se puede apreciar esta apreciación dentro de los apartados que nuestro Código Penal dedica a la cuestión. Examinó la vida de José Mª Jarabo y llegó a la conclusión de que no era un morfinómano, ni tan siquiera un alcohólico, por no presentar trastornos mentales específicos, por todo lo cual era plenamente responsable de sus actos, ya que distinguía el bien del mal y sabía elegir libremente sus acciones.

A continuación, el señor González Zapatero leyó varias sentencias del Tribunal Supremo, como la del 28 de marzo de 1948, en la que se habla de un caso similar y en la que se dice «Si se siguiera ese tan peligroso y oscuro sendero iríamos a los crímenes más horrorosos.»

-Pero hay más -siguió diciendo el fiscal-, el propio acusado dijo que pensó presentarse a la Policía, ya que había realizado actos reprobables. Lo cual prueba clarísimamente su responsabilidad.

Habló después el fiscal de la vida del acusado.

-Es -dijo- frío, irónico, derrochador, mujeriego, egoísta, etc. él mismo dijo que la Prensa había exagerado al atribuirle el derroche de quince millones de pesetas en los últimos años, cuando, en realidad, sólo había gastado diez.

Después, el señor González Zapatero hizo una síntesis de la doctrina de la pena, refiriéndose a la retribución y la expiación, para lo que recurrió a nuestros mejores tratadistas. Terminó pidiendo justicia al tribunal.

Hubo una suspensión de la vista durante cinco minutos y al reanudarse la sesión tomó la palabra, en nombre de la madre de Paulina Ramos, el acusador privado, letrado señor Pérez Agua, quien apostrofó al acusado con inusitada violencia, por lo que fue requerido al orden por el presidente de la sala, e insistió muy especialmente en la consideración del más horrendo de todos los crímenes el cometido con Paulina, que era un modelo de inocencia, que no sabía nada de ninguno de los manejos del acusado, ni de sus patrones, ni de nadie.

Se suspendió entonces la causa que se reanudó al día siguiente, empezándose por el informe del letrado, don Luis Roa, que ejercía la acusación privada en nombre de la esposa e hijo de don Félix López Robledo.

-Con la venia de la sala -empezó diciendo-, niego que el acusado sea un alcohólico y un toxicómano, así como refuto tajantemente que haya cometido los delitos de que se le acusa estando embriagado.

»Es preciso constatar la contradicción del acusado al declarar que se le habían administrado codeína y bencedrina, ya que como todos sabemos estas drogas poseen efectos contrarios: una como calmante y otra como excitante.

»Yo afirmo que el robo fue el móvil de los delitos ya que de la tienda se llevó el procesado objetos de valor, como la radio, las máquinas de fotografiar, etc., no llevándose otros porque había poca luz para distinguir los objetos.

»En cuanto a la calificación de los hechos y a las penas solicitadas para el procesado, me adhiero en todo a la calificación y petición fiscal.

La acusación de don Álvaro Núñez Maturana, en representación de la madre de don Emilio Fernández Díaz, fue muy técnica, en su mayor parte, explicando la razón por la cual había modificado sus conclusiones provisionales, ya que las primeras las había hecho dejándose llevar por el espíritu de la buena fe, y que en un principio creyó en el móvil de los homicidios al creer que habían sido cometidos por la recuperación del anillo y la carta que una súbdita británica escribió y dirigió al acusado.

Pero después de oída la calificación fiscal, pasó a la calificación jurídica de los mismos y se adhirió en todo a la exposición del señor González Zapatero, la cual, dijo, «es maravillosa».

El señor Núñez Maturana agregó después que el procesado no había mostrado en ningún momento de su vida señales de ser un psicópata desalmado o un moral «insanity». En el hospital de Springfield mostró un comportamiento normal y correcto, hasta el punto que a los tres años y medio se le puso en libertad por su buena conducta.

Afirmó también que el procesado, por sus conocimientos sobre psiquiatría, había engañado hábilmente al doctor Alberca y al doctor Llopis, y terminó su informe con una cita del doctor Schneider, que consideraba desagradable para el procesado, pero tranquilizadora para el público: «La mejor medicina, el mejor tratamiento para esta clase de seres, es el cadalso.»

Al reanudarse la sesión de tarde, todavía con el áspero sabor de la cita hecha por el señor Álvaro Núñez Maturana, tomó la palabra el conocido letrado don Roberto Reyes, quien ostentaba la acusación privada en nombre de la madre de doña María de los Desamparados Alonso Bravo.

El señor Reyes empezó explicando cómo sucedieron los hechos y estableció el orden de las muertes, diciendo que, según él, primero murió Paulina, después don Emilio y por último doña María de los Desamparados, a la cual debió amenazar el acusado con la pistola, desde alguna parte del interior del piso, cuando tuvo lugar el hecho demostrado de la entrega del cubo de la basura.

Rebatió la tesis mantenida por la defensa de que el procesado era un psicópata peligroso y afirmó que José María Jarabo era un hombre consciente de sus actos, que los valoraba y los sentía.

-No es un enfermo mental -dijo el señor Reyes y todos hemos podido comprobar cómo reacciona cuando se le araña a su familia o a sus seres queridos.

Don Roberto Reyes terminó diciendo que no tenía más remedio que pedir la pena de muerte, sin declarar loco al procesado, para no ofender a los locos.

En su turno, el abogado de la defensa, don Cesáreo Pérez Abascal, solicitó respetuosamente a la sala la suspensión de la vista durante un período de veinticuatro horas, a fin de dar lugar a preparar cuidadosamente la defensa del procesado, alegando el defensor que los informes habían sido muy extensos y que necesitaba un amplio y concienzudo estudio.

Pero el presidente, señor Antonio Ochoa Olalla, replicó que lamentaba no poder acceder a la petición de suspensión por veinticuatro horas, alegando que las modificaciones habidas en las conclusiones provisionales eran poco sustanciales y resaltó que el ilustre representante de la defensa, el profesor Antonio Ferrer Sama, no había comparecido a la sesión de la mañana, ni a la de la tarde, lo que le debía haber permitido preparar su informe.

Y el presidente de la sala suspendió la sesión hasta el día siguiente, a las diez en punto.

El día 4 de febrero, a la hora señalada, empezó el abogado primero de la defensa, catedrático de la Universidad de Valencia, don Antonio Ferrer Sama, cuya intervención se esperaba con impaciencia.

El informe de tan ilustre abogado empezó con la expresión de su gran responsabilidad ante tan tremendo caso, ya que había sido preciso establecer contacto personal y directo con el procesado, José M. Jarabo, para comprender que se había hecho cargo de la defensa de una figura de delincuente que «bastan las características que concurren en la extraña personalidad del procesado, -dijo textualmente- para concluir que se trata de un caso de psicopatía en su estado más profundo y grave».

Don Antonio Ferrer Sama realizó la enorme responsabilidad de quienes, sin entender nada, piden la pena de muerte y cómo el prejuicio, en estos casos, ata las manos de todos los representantes de la ley.

-Se habla -dijo- de que la culpabilidad es un juicio de reproche social y este juicio incumbe solamente dilucidarlo a los tribunales de justicia en nombre de la sociedad. Es decir, de la sociedad a través de las personas que ejercen esta alta magistratura.

»El delito -añadió el señor Ferrer Sama- es acción, acción humana; supone una conducta, después un resultado, y, por último, una relación de causalidad entre el acto y el resultado. Por desgracia, sólo conocemos la acción en su resultado. Lo único que sabemos es que ha habido cuatro muertes. Conocemos los resultados, pero no sabemos cómo se realizaron los actos.

»Es preciso constatar que cada acusación ha narrado los hechos de distinta manera y se ha basado en una serie de supuestos e hipótesis, de hechos que resultan extraños en la declaración del procesado. Pero la presunción que es peligrosísima en todo el ancho campo del Derecho, lo es mucho más en el acotado campo del Derecho Penal.

»Hay que destacar cómo las acusaciones han tenido que modificar las conclusiones, aunque yo esperaba que lo que, precisamente, modificarían sería el ánimo inicial de la conducta de mi defendido para desechar el robo. Pero, cosa que me sorprende grandemente, en vez de hacerlo así, las modifican basándose en el ánimo de lucro para unirse al criterio del Ministerio fiscal.»

Don Antonio Ferrer Sama se refirió después a lo declarado por los policías que condujeron al procesado el día de la reconstrucción de los hechos y a los que Jarabo explicó cómo abrió la puerta del ascensor con los codos para no dejar huellas.

-Parece un detalle sin importancia -añadió el defensor-, pero no lo es. Las puertas no pueden ser abiertas de ese modo y lo afirmo terminantemente, porque mi compañero en la defensa lo ha podido comprobar desde dentro. He aquí otro de los fallos de la inteligencia de Jarabo. Ahora bien, lo que sí quiero destacar es que este fallo es propio de un oligofrénico o idiota. Pero lo que no ha quedado probado todo en este proceso está en el aire y es si hizo esta operación al bajar o al subir.

El Ministerio fiscal, señor González Zapatero, solicitó en aquel momento de la presidencia mantener un «aparte» con su distinguido compañero de la defensa. Y tras unos breves minutos de conciliábulo privado se reanudó la sesión.

Don Antonio Ferrer Sama analizó entonces las versiones del Ministerio público acerca del desarrollo de los hechos y dijo que todo estaba basado en supuestos y presunciones. Pasó después a examinar los supuestos de hecho del escrito de calificación de cada uno de los acusadores privados. Y concluyó diciendo:

-No hay manera de saber cómo se produjeron los hechos. Solamente conocemos el resultado, pero no sabemos nada de la conducta.

Después de la suspensión de la vista, que se reanudó aquella misma tarde, el señor Ferrer Sama continuó rebatiendo los hechos contenidos en los escritos de calificación de los acusadores.

Negó, después de la afirmación de una de las acusaciones, de que José M. Jarabo tuviese como finalidad el chantaje y el ánimo de lucro en el episodio de las fotografías inmorales, y afirmó que ello era debido a cierta desviación del instinto de sexualidad.

-Todo lo que suponga rozar la sexualidad -dijo Ferrer Sama- produce un efecto explosivo en Jarabo.

En aquel instante, como confirmando de algún modo las palabras de su defensor, José Mª Jarabo, sentado en el banquillo, dio muestras de indisposición, con síntomas de náuseas y mareos, y el presidente ordenó suspender brevemente la vista. Tal vez, supusieron muchos, el acusado fingió deliberadamente para corroborar los asertos de Ferrer Sama.

Al reanudarse la vista, el catedrático de Derecho Penal por la Universidad de Valencia, con probada y admirable elocuencia, dijo:

-Los hechos relatados por las acusaciones se basan en hipótesis y cada uno de ellas se ha acogido al supuesto que más se adaptaba a la pena que había de pedir.

»Pero yo afirmo terminantemente que hay que descartar el ánimo de lucro como motivo impulsor de los homicidios. Y, por lo tanto, no hay robo con homicidio.»

Llegado este momento, por leve y pasajera indisposición del abogado defensor, el presidente suspendió la vista. Al reanudarse poco después, fue el acusado quien dio muestras de indisposición y entonces la presidencia suspendió el juicio hasta el día siguiente.

Al iniciarse la sesión, el día 5, el abogado defensor, don Antonio Ferrer Sama, empezó diciendo «que se había llegado a la conclusión de que queda eliminado totalmente el propósito inicial del lucro.»

¡Claro que quien había llegado a esta conclusión sólo era la defensa y por motivos obvios, jugando con las palabras y tratando de influir en la sala!

-Y aquí se nos plantea- siguió diciendo Ferrer Sama- el problema, ¡grave problema!, de la imputabilidad del autor.

El defensor hizo una exhaustiva comparación entre los conceptos de imputabilidad y culpabilidad. Pasó a describir la oligofrenia, que afecta a la inteligencia y en la cual cabían tres grados: la debilidad mental, la imbecilidad y la idiotez. Para corroborar esto, Ferrer Sama pasó a dar lectura a textos de diversos autores de prestigio internacional.

Según Merger, el delincuente psicópata debe ser castigado pero de forma atenuada. En la «Revista Internacional de Política Criminal» se recogen los resultados de las sesiones de un grupo de trabajo de las Naciones Unidas en Ginebra. Y en estos resultados, las conclusiones a que se llegó es que en el concepto de anormales no sólo se incluyen los alienados, sino también los psicopáticos, deficientes mentales, psicópatas y neuróticos.

Ferrer Sama resaltó el profundo interés que muestran en la personalidad del procesado los traumas cerebrales a lo largo de su vida y el alcoholismo. Examinó el alcoholismo desde el punto de vista científico y dijo que el concepto vulgar de esta tara social no coincide con el concepto científico.

-Para considerar a un sujeto como alcohólico crónico -dijo textualmente Ferrer Sama- solamente es necesaria una cantidad de alcohol mucho menor de lo que la generalidad de la gente cree. Los científicos opinan que el alcohólico crónico es aquella persona que no elimina el alcohol ingerido antes de volver a beber más alcohol.

»Y yo afirmo que este lapso de carencia de alcohol en su organismo se ha dado muy pocas veces en la vida de Jarabo.»

Dicho esto, el señor Ferrer Sama pasó a ocuparse de diversas sentencias del Tribunal Supremo y mencionó una, de 1955, en que el máximo tribunal admitía la «psicopatía esquizoide» como trastorno mental transitorio, y destacó que en el caso de la personalidad psicopática de Jarabo se daba una de las piscopatías más profundas e intensas de todas las conocidas. Y añadió:

-Nos encontramos ante una persona anormal. Y si hay algo determinante en toda la curva vital de mi defendido es que jamás procedió con ánimo de lucro. Su impulso sexual es incontenible e indomable.

»He de rebatir la acusación de chantaje de que fue objeto mi patrocinado y estoy convencido de que los hechos fueron muy distintos.»

El señor Ferrer Sama dio muestras de agotamiento en aquel instante y solicitó un receso, por lo que el Presidente del tribunal, don Antonio Ochoa, suspendió la vista hasta la tarde, que se reanudó a las seis menos cuarto, con la prolongación de la intervención de don Antonio Ferrer Sama, quien, ya más recuperado, empezó citando documentos remitidos por el Departamento de Justicia de Puerto Rico, donde parecía probarse que José M.ª Jarabo era un esquizoide. Citó varias certificaciones médicas en las que constaba que José M.ª Jarabo había sufrido un ataque convulsivo con crisis epileptoidea. También citó un informe de la Dirección General de Seguridad en la que contaba que Jarabo sufría determinada enfermedad específica y era un toxicómano.

Tras una breve interrupción, don Antonio Ferrer Sama aludió a las explosiones de afectividad que sufría el procesado, que llegaban a interferir la zona de la inteligencia y la voluntad. Después, el ilustre defensor, añadió:

-No tengo que retorcer mi conciencia para aceptar esta defensa. Soy un simple abogado que con honor pretende defender una causa que cree justa. Y estoy convencido de ello. Puedo estar equivocado, pero lo que sí puedo afirmar tajantemente es que no he tenido que forzar mi conciencia para hacerme cargo de esta defensa.

»Y me pregunto si el tribunal puede, en conciencia, estar convencido de que el caso que se presenta es dudosísimo. Que José M.ª Jarabo es un psicópata ha sido admitido por todos los científicos, tanto de la defensa como los de la acusación. Y sólo difieren en cuanto a la intensidad de su psicopatía.

»Y yo afirmo que Jarabo es un psicópata profundísimo; Jarabo, si pega, pega de verdad; si bebe, se emborracha de verdad; si mata, mata con furor tremendo; si tiene antipatía a alguien es una antipatía despiadada y persistente.

»Sí, señores de la sala. Todo en este caso es duda. Duda en cuanto a los hechos; duda en cuanto a la extraña personalidad de Jarabo, quien, como dije esta mañana, pasará a la historia de la criminalidad. De Jarabo se harán estudios; se estudiarán sus rasgos caligráficos; se estudiará su curva vital; se investigará y buceará toda su vida. El caso es dudosísimo. Pero, al menos para mí, la cosa está totalmente esclarecida, porque Jarabo es un psicópata inimputable.

Don Antonio Ferrer Sama, dando muestras de agotamiento, se dirigió entonces al presidente y le dijo:

-Si esta defensa se comprometiese a terminar mañana…

Don Antonio Ochoa Olalla, con la máxima cortesía, interrumpió al famoso letrado para decirle:

-La defensa tiene libertad absoluta para dilatar cuanto quiera su informe y pedir la suspensión de la vista.

Dando las gracias, el señor Ferrer Sama así lo hizo y se suspendió la sesión hasta las diez de la mañana siguiente, cuando se volvió a reanudar, continuando en el uso de la palabra el letrado don Antonio Ferrer Sama.

Empezó haciendo una aclaración que consideraba conveniente y expuso que se había incurrido en una confusión, puesto que las taras de tipo hereditario que padecía el procesado, a su juicio, procedían de línea materna y no paterna.

-Pasamos ahora -añadió el defensor- a un punto fundamentalísimo. Se trata de la calificación jurídica de los hechos. Y esta defensa tiene que rechazar, en primer lugar, la calificación de delito de robo con homicidio hecha por la acusación fiscal y por la acusación privada.

»Ha quedado probado en el examen exhaustivo de los extremos de hecho la inexistencia del ánimo inicial de lucro. Estoy de acuerdo con el fiscal en que el robo con homicidio es un delito complejo, pero no puedo por menos que diferir con el criterio del Ministerio fiscal, según el cual, la nueva redacción del artículo 512 del Código Penal ha producido una modificación en el concepto de esta figura delictiva.»

Don Antonio Ferrer Sama pasó después a exponer consideraciones para rebatir los argumentos que intentaban demostrar que el propósito de José M.ª Jarabo fue el del asalto de una vivienda para apoderarse de lo que hubiese allí y que aunque no existiera asalto, existía ánimo de lucro, y todo esto no era así, a juicio de la defensa.

Con referencia a la carta de la señora Beryl Martin, el señor Ferrer Sama dijo que no era un artilugio suyo, ya que existía tal carta y era un hecho real. Luego, dijo:

-Ha quedado suficientemente probado, totalmente aseverado, que no hubo ánimo inicial de lucro. Por lo tanto deben apreciarse unos delitos de homicidio con el subsiguiente atentado contra la propiedad ajena.

Tras una breve pausa, el defensor pasó a examinar las dos circunstancias agravantes alegadas por la acusación y que la defensa negó: la premeditación y la alevosía.

Y dijo con respecto a la premeditación que estaba conforme, en parte, con la exposición hecha por el Ministerio público. Pero que disentía en varios puntos. Después, don Antonio Ferrer Sama pasó a examinar la alevosía y dijo que ésta no podía tomarse en consideración por el lugar en que se encontraban las heridas de las víctimas.

Luego, dijo:

-Aunque el tribunal, de lo que sí está seguro este letrado, es de haber llevado la duda, una duda terrible, a sus conciencias. En un caso tan grave como éste, me veía obligado a hacer todo lo que pudiera. Mi conciencia está tranquila. No creo que pueda hacer más. Como no busco lucimiento y sí eficacia, no termino mi informe con un párrafo bonito que pudiera haber tenido preparado.

Al concluir el ilustre defensor, intervino brevemente el Ministerio fiscal, en la sesión para rectificación de hechos y conceptos, para decir que el artículo 512, nuevamente redactado preceptúa que todos los delitos incluidos en el capítulo quedan consumados aunque no se haya logrado el ánimo de lucro. Y en aquel caso concreto se había producido fuerza en las cosas y el capítulo se refería al robo únicamente. Hablaron luego los acusadores privados, rindiendo tributo al tribunal por lo bien que había llevado la causa, y no faltó quien felicitó a la defensa por su brillante oratoria. Un intercambio de cumplidos entre la acusación privada y la defensa, que estaba afónica, puso fin a esta sesión.

Fue entonces cuando el presidente de la sala, don Antonio Ochoa Olalla se dirigió al procesado, José M.’ Jarabo y le preguntó si tenía algo que alegar.

El procesado se levantó y expresó su gratitud por el trato recibido en la Dirección General de Seguridad, pero su ironía manifiesta obligó al presidente, don Antonio Ochoa Olalla, a cortarle rápidamente. José M.ª Jarabo habló luego del calibre de las pistolas, así como de su formación religiosa y de la comisión de sus crímenes, diciendo que jamás obró con ánimo de matar.

Añadió que no daba ninguna importancia a las teorías surgidas durante el juicio acerca de si era psicópata o no. Y dijo textualmente:

-Yo no lo sé, ni me importa. Lo que sé es que fui autor de cuatro muertes, dos de ellas un tanto justificadas. Aunque no se les puede devolver la vida.

»Aunque tengo un escaso margen de libertad en la prisión y aunque sé que esto que declaro me ha de costar una reprimenda y posiblemente un castigo, he de manifestar que he hecho actualmente los necesarios contactos con el exterior, para que a las familias de las víctimas se les indemnice de las responsabilidades civiles que ellas han reclamado; he establecido contacto con una Entidad fuera de España y espero que las cantidades que he ordenado se paguen, sean satisfechas en plazo muy breve.

»En cuanto al falso testimonio que aquí se ha prestado…»

Al oír estas palabras, el presidente de la sala intervino rápidamente, para decir:

-No interesan esos extremos. Visto para sentencia.

Así terminó el proceso Jarabo.

Pasó luego el tribunal a dictar sentencia, la cual se hizo pública el día 11 de febrero de 1959, y que deseamos abreviar por entender que ya nos hemos extendido demasiado en este caso.

La sentencia, en su primer resultando, condenó a cuatro penas de muerte a José M.ª Jarabo, reconociéndose su pésima conducta luchador y pendenciero, quien distingue, no obstante, lo bueno de lo malo y lo que está o no permitido.

Se menciona el problema de la venta de un anillo de brillantes, propiedad de una extranjera con la que el procesado mantenía relaciones íntimas, así como los contactos de José M.ª Jarabo con los propietarios de la tienda de compra-venta «Jusfer».

Se habla de que el procesado se encuentra sin dinero para su vida de crápula y diversión, y cuando la señora extranjera le reclama la joya pignorada para evitar disgustos con su marido, José M.ª Jarabo decide recuperar la joya. Hace somera exposición de los hechos, de cómo fue a la calle de López de Rueda, 55, domicilio del condueño Emilio Fernández Díaz, en donde llegó alrededor de las diez y media. Le franqueó la puerta la doncella y después de hablar con Emilio, y en el momento en que aparentaba ya marcharse de la casa, disparó a quemarropa contra el dueño del piso, que murió en el acto. Al ruido del disparo, acudió la muchacha, Paulina Ramos, que, al darse cuenta de lo sucedido, pretendió huir, siendo inmovilizada por José M.ª Jarabo, que la golpeó con la pistola en la cabeza, la arrastró hasta la cocina y allí la mató de una puñalada en el corazón. Poco después, al pretender salir del piso, se encontró con doña María de los Desamparados Alonso Bravo, esposa de don Emilio Fernández, a la que entretuvo fingiéndose inspector de Hacienda, hasta que ésta, tras entregar el cubo de la basura al portero, descubrió una mancha de sangre en las ropas del procesado, el cual le disparó un tiro a veinte centímetros de distancia, que le atravesó la cabeza, produciéndole la muerte instantánea.

José M.ª Jarabo, continúa diciendo la sentencia, registró entonces las ropas de los cadáveres y se apoderó del dinero y objetos de valor, así como de las llaves, tanto de muebles como de la tienda «Jusfer». También se apoderó de varios pasaportes; seguidamente intentó inventar una serie de pruebas para desconcertar a la Policía. Desgarró las ropas de Paulina y manchó varias copas, en las que sirvió licor, con carmín de labios. Luego, como es sabido pasó el día siguiente en diversos lugares de esparcimiento y, al siguiente, alrededor de las ocho de la mañana, se dirige a la tienda «Jusfer», donde se introduce, valiéndose de las llaves que se había apoderado en la casa de sus primeras víctimas, y donde se esconde, hasta que a las nueve, aproximadamente, llega don Félix López Robledo, al que dispara un tiro en la nuca, seguido de otro que también le acierta en la cabeza, y que le produce la muerte fulminante. Arrastra el cadáver y esparce serrín, para que la sangre no corra. Se lava y se apodera de una serie de objetos de valor, si bien no consigue la llave de la caja fuerte que se halla bien escondida. Usó nombres falsos y poseyó, sin licencia ni guía, dos pistolas: una «FN» y una «Walter».

En el segundo resultando se recogía la petición fiscal y en el tercero, cuarto, quinto y sexto las peticiones de las acusaciones privadas, uno de los cuales, el representante de Paulina Ramos, apreció el delito de profanación de cadáver. El séptimo resultando se dedicaba, por último, a la defensa.

Pasando a los considerandos, el primero apreciaba cuatro delitos de robo, del que resultó homicidio; dos delitos de uso de nombre supuesto; dos delitos de tenencia ilícita de armas y un delito de falsificación de documento público.

El segundo considerando apreciaba la plena responsabilidad del procesado, en sus acciones de los días de autos, y el tercero, cuarto, quinto y sexto, apreciaban, para algunos de los delitos cometidos, los agravantes de alevosía, premeditación, desprecio de sexo y nocturnidad que se examinan en la sentencia con atención cuidadosísima.

El séptimo considerando se refería a la no exención de responsabilidad del procesado, ya que no parece que pueda sostenerse que, ni completa ni incompletamente, careciera de responsabilidad al cometer los delitos. Era plenamente responsable de sus actos. El octavo considerando se refería a la tenencia ilícita de armas y falsificación de documentos públicos, así como el uso de nombre supuesto.

En el noveno se consideraba la pena de muerte adecuada para estos delitos. Sin embargo, en su última consideración, la sala no apreció la falta de respeto a los muertos, y por lo tanto, rechazó el delito de profanación de cadáver.

Y vista la legislación pertinente, la sala falla que debe condenar y condena a José Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris, por cuatro delitos de robo, a los que siguió homicidio, a la pena de muerte por cada uno de ellos, más las accesorias, al pago de costas y doscientas mil pesetas de indemnización a los herederos de cada una de las víctimas.

Además, el procesado fue condenado, por dos delitos de nombre supuesto, a tres meses de arresto mayor y mil quinientas pesetas de multa por cada uno de ellos; por dos delitos de tenencia ilícita de armas, tres años de prisión por cada uno de ellos y por el delito de falsificación, tres meses de arresto. Por otro lado, el procesado quedaba absuelto, con todos los pronunciamientos favorables, del delito de profanación de cadáveres. Además, la sentencia fijaba que todos los objetos sustraídos debían ser restituidos a sus legítimos propietarios.

Dictada la sentencia, el presidente levantó la sesión.

Contra esta sentencia, el condenado interpuso recurso de casación, alegando quebrantamiento de forma e infracción de la ley. Pero el Tribunal Supremo desestima el recurso y mantiene la sentencia. Y con fecha 18 de mayo de 1959 confirma las sentencias de cuatro penas de muerte, considerando a José M.ª Jarabo autor de dos asesinatos y dos robos con homicidio.

El día 4 de julio de 1959, José María Jarabo fue ejecutado por medio de garrote vil, en la prisión de Carabanchel, de Madrid, a manos del verdugo. Que Dios haya tenido piedad de su alma.

Hay casos, como éste, que no merecen ulterior comentario. Los hechos hablan por sí solos. Y, sin embargo, no podemos por menos de hacernos una pregunta: «¿Es posible que existan seres como Jarabo?»

 


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