José Luis Cerveto Goig

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José Luis Cerveto

El asesino de Pedralbes

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Venganza - Robo
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 4 de mayo de 1974
  • Fecha de detención: 4 de mayo de 1974
  • Fecha de nacimiento: 8 de septiembre de 1939
  • Perfil de las víctimas: Juan Roig Hospital, 50, y su esposa, María Rosa Recolons Morer, 43
  • Método de matar: Apuñalamiento
  • Localización: Barcelona, España
  • Estado: Condenado a dos penas de muerte en octubre de 1977. El Supremo confirmó la sentencia. Se benefició del indulto del 25 de noviembre de 1975, y las dos penas capitales le fueron conmutadas por dos condenas de 30 años
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José Luis Cerveto – El asesino de Pedralbes

Francisco Pérez Abellán – LibertadDigital.com

Cuatro de mayo de 1974. Barrio de Pedralbes, Barcelona. Aprovechando la oscuridad, un frío y misterioso personaje, vestido totalmente de negro, penetra en un chalet de la parte alta. Se trata de una lujosa mansión. En el interior sólo están el matrimonio propietario y la cocinera, que duerme con su hija pequeña.

El hombre, con la cabeza cubierta por un pasamontañas negro, lleva puestos unos zapatos de una talla más pequeña de la que usa para despistar a la policía. Tiene totalmente decidido lo que va a hacer, y por eso, tras recorrer las salas y los pasillos, como buen conocedor del terreno que pisa, se oculta junto a la alcoba principal, en una pequeña estancia utilizada como vestidor.

Arropado en las sombras, el amenazador personaje permanece en silencio, atento a los ruidos de la habitación durante más de veinte minutos; hasta que se convence de que en la casa todos duermen. Por fin se decide a actuar. Con paso decidido y empuñando un cuchillo que ha comprado para la ocasión, va hacia la cama en que reposa el matrimonio, de mediana edad, conformado por Juan Roig y María Rosa Recolons, dos miembros de la alta sociedad catalana.

El individuo que ha entrado silenciosamente en su cuarto no les deja reaccionar. Con el cuchillo de grandes proporciones que lleva preparado, se echa sobre marido y mujer y los apuñala sin piedad. Inmediatamente después va hacia la caja fuerte. Sabe de sobra dónde está empotrada. La abre sin vacilación. En un maletín que tiene dispuesto mete joyas y dinero. Consigue un buen botín: 15 millones de pesetas.

Hecho esto, con una tranquilidad pasmosa abandona la vivienda y sube a bordo de un coche de alquiler. Da varias vueltas con el automóvil hasta que toma la determinación de encaminarse a la estación de Francia. Allí oculta el maletín con las joyas y el dinero en un departamento de la consigna automática. Guarda despaciosamente la llave en el bolsillo del pantalón y se dispone a disfrutar de lo robado. Es prácticamente la primera vez que cree tener suerte en la vida.

El hombre de negro se llama José Luis Cerveto Puig, y cuenta 33 años. Es pequeño y enjuto, con un rostro de formas acusadas rematado por una amplia calva. Acaba de asesinar a la pareja para la que, muy servilmente, trabajaba de chófer y mayordomo. A sus espaldas, una triste biografía que le ha provocado un carácter inestable y le ha convertido en un pervertido sexual.

La mañana anterior al crimen estuvo cometiendo actos deshonestos con dos niños. Luego, para hacer tiempo hasta que llegara el momento de actuar, se fue al cine a ver una película que siempre le pareció interesante: Jack el Destripador. Las tensiones acumuladas durante toda la vida le habían estallado como un castillo de fuegos artificiales.

Su padre había muerto de una tisis muy penosa cuando él tenía sólo tres años. Fue recluido en un orfanato. Conoció lo que era vestirse con tela de saco y vivir a salto de mata. Su infancia fue corta e infeliz. Se vio obligado a robar. Quizá una de las etapas más prometedoras de su juventud fue el tiempo en que se unió a la trouppe de un circo. Trabajó como mozo de pista en el Circo Americano, con los Vieneses y con los hermanos Tonetti.

Fue voluntario a la “mili”. Allí tuvo un encontronazo con un superior, por lo que fue destinado al castillo de Galeras. Luego pasó al reformatorio de Espinardo (Murcia). Fue paracaidista en Valencia, y, según propia confesión, efectuó 74 saltos. Fue una experiencia que le marcó profundamente. Andando el tiempo diría que presenció hasta 17 accidentes mortales.

Se licenció del servicio militar en Alcalá de Henares. Decidió su futuro, parado en la carretera, lanzando una moneda al aire. Cara, Madrid; cruz, Barcelona. Salió cruz. En la Ciudad Condal encontró trabajo en la construcción, y como carecía absolutamente de recursos, durante las dos primeras semanas se vio obligado a dormir en un solar arropado con una sábana.

Cerveto es un buen observador. Por eso no le pasa inadvertido que quien mejor vive en las obras es el conductor del camión de los escombros, que suele estar repantigado en la cabina, fumando y leyendo el periódico, mientras los demás cargan los sacos. Concluye que vivirá mucho mejor si consigue el carné de conducir. Se pone a ello y lo logra en poco tiempo.

Es por entonces un tipo despierto y esforzado al que le gustan las cosas bien hechas. Gracias al permiso de conducir, entra a trabajar en una agencia de transportes. Su obligación es llevar un enorme camión Volvo de cuatro ejes, con el que hace numerosos viajes a Europa.

Se abre una época en la que se siente un triunfador. Trata de aprovechar la buena racha para ganar dinero. Trabaja tanto que apenas duerme. Fuerza su sistema nervioso tomando simpatina en grandes cantidades y mucho café, para mantenerse al volante el mayor tiempo posible. Cree que de ello depende su fortuna. Una fortuna que piensa levantar a 150 por kilómetro recorrido.

Pronto acusa el grave deterioro de su sistema nervioso. Continuamente se siente excitado e irritable. Cerveto se da cuenta de que no puede seguir así. Busca un empleo que le permita estar más descansado. Y entra a formar parte del servicio del matrimonio Roig-Recolons.

En un principio hizo de chófer, pero como se fue ganando la confianza de la familia acabó de mayordomo. En los primeros tiempos todo iba a pedir de boca. Pero el dueño de la casa acabó descubriendo lo peor del carácter de su mayordomo y le despidió. El resentimiento y la posibilidad de hacerse con un botín que le permitiera vivir sin agobio le hicieron fraguar la idea del asesinato.

Cervero conocía perfectamente la disposición de la casa y cuál era el momento propicio para el crimen. Sabía que el perro de la familia no le descubriría, porque durante mucho tiempo fue el encargado de darle de comer.

Aprovechándose cobardemente de todas estas ventajas, penetró en la casa y no dio a sus pacíficos ocupantes ninguna oportunidad. Luego fue a la cocina, abrió el gas y dejó una vela encendida, con la intención de provocar una explosión que borrara las huellas. Pero en el último momento se arrepintió y cerró el gas. Él diría que lo hizo porque tiene un gran amor a los niños y no quería que muriera la hija de la cocinera, que dormía allí aquella noche. Es posible que fuera verdad. No hay asesino, por repugnante que sea, que no haya tenido algún sentimiento hermoso alguna vez.

Luego se marchó en coche a Tarragona. El viaje por la autopista serviría para que le dieran un ticket con la hora que, con suerte, podría coincidir con la estimada por los forenses para la comisión del crimen. Lo tenía todo previsto. Probablemente estaba cerca de lo que creía el crimen perfecto. Sin embargo, le traicionaron los nervios.

No pudo con el peso de la culpa. Apenas treinta horas después del crimen, angustiado y derrumbado por dentro, se entregaba en la comisaría de la Vía Layetana. Necesitaba ser castigado por lo que había hecho. A cambio de contarlo todo, pidió un sacerdote para que le confesara. Era un asesino muy religioso.

Fue juzgado en Barcelona en octubre de 1977. Le fue impuesta una pena de muerte por cada uno de los dos delitos de robo con homicidio por los que fue condenado. El Supremo confirmó la sentencia. Se benefició del indulto del 25 de noviembre de 1975, y las dos penas capitales le fueron conmutadas por dos condenas de 30 años.

Entonces se produjo una gran sorpresa: Cerveto pidió ser ejecutado, como había hecho poco antes un preso norteamericano, Gary Gilmore, sobre el que Norman Mailer escribió La canción del verdugo. Gilmore fue complacido, pero a Cerveto no le hicieron caso.

Más tarde, abolida la pena de muerte, sólo le quedó la cárcel. Su paso por ella estuvo lleno de incidentes. Se bebió un litro de lejía, por lo que estuvo a punto de perder el estómago, y se cortó las venas. Cuando se hacía una herida, la manchaba con sus excrementos para producirse una infección o, mejor, una gangrena. Hizo huelga de hambre. Fue calificado como “peligroso con rasgos psicóticos”. Tuvo un largo peregrinaje por varias prisiones.

A pesar de todo eso, cursó estudios de graduado escolar e intervino en la película de Gonzalo Herralde sobre su crimen: El asesino de Pedralbes.

También fue juzgado por abusos deshonestos a un niño de 11 años, pero en total sólo pasó 13 años en prisión, al cabo de los cuales rehizo su vida en libertad. Cuando salió, estableció en Madrid un tenderete de venta de objetos artesanales en el desaparecido mercadillo de la plaza de Santa Ana, donde vendía lo que fabricaba en un taller del barrio de Vallecas.

Un año después de su salida, en 1988, saltó a la prensa la noticia de que le habían vuelto a denunciar por abusos sexuales a menores. Durante el juicio por su crimen había dicho que sufría una pulsión incontenible desde que fuera pervertido sexualmente por el educador en un correccional. “Si no me matan, ustedes serán los responsables de lo que pase”, añadió. Y advirtió de que, si no le ejecutaban, volvería a matar.

Ignoramos si ha cumplido también esta segunda amenaza.


«El asesino de Pedralbes», acusado de abusos a dos niños

Amelia Castilla – ElPais.com

27 de mayo de 1988

José Luis Cerveto, de 48 años, conocido como el asesino de Pedralbes, fue detenido el lunes en Vallecas acusado de abusos deshonestos a dos niños de 11 y 13 años. Cerveto cumplió 13 años de condena por el asesinato de un matrimonio de la burguesía catalana para el que trabajó como chófer. Desde que salió de prisión trabajaba como artesano y se dedicaba a la fabricación de máscaras que posteriormente vendía en distintos mercadillos. Cerveto se negó a declarar en comisaría. Durante su estancia en prision se interpretó a sí mismo como protagonista en la película El asesino de Pedralbes.

La madre de uno de los menores presentó el pasado lunes en la comisaría de Vallecas denuncia por las lesiones que sufría su hijo. El pequeño sangraba por la región anal, según explicó a su madre a consecuencia de lo que había realizado con un adulto. Lo mismo había ocurrido con un amigo suyo, según fuentes policiales.

Los niños declararon que conocieron al autor de los abusos hace año y medio en un rastrillo de Vallecas, y que éste les daba dinero por acostarse con ellos. El acusado, que fue detenido en una pensión de Vallecas, se negó a declarar en comisaría en relación con estos hechos y fue puesto a disposición judicial.

Cerveto, que ingresó en prisión en 1974, salió de la cárcel hace poco más de un año. Desde entonces trabajaba como artesano en un pequeño taller del distrito de Vallecas. Junto con otros ex reclusos, se dedicaba a fabricar máscaras y otros objetos de artesanía, que posteriormente vendía en distintos mercadillos.

Vecinos del barrio donde trabajaba calificaron ayer al detenido como “una excelente persona” y como un hombre al que le gustan mucho los niños. “Estaba siempre con los chavales. Les daba caramelos y se portaba bien con ellos”, aseguraron.

El llanto de una niña

El asesino de Pedralbes siempre tuvo cierta tendencia a los niños. La noche de 17 de abril de 1974 entró en el chalé del acomodado barrio de Pedralbes y cosió a puñaladas a Juan Roig Hospital y a su esposa, María Rosa Recolons Morer. Antes había trabajado como chófer del matrimonio.Tenía planeado el crimen perfecto, pero le perdió el llanto de un niña.

Una vez ejecutado el crimen y robadas las joyas de la familia, Cerveto abrió las llaves del gas y encendió una vela para borrar sus huellas haciendo arder la casa. Seguramente su crimen no se habría descubierto nunca, pero cuando estaba a punto de abandonar la casa se despertó una sobrina de la doncella de la casa y comenzó a llorar. Enternecido, el asesino volvió sobre sus pasos y cerró la llave del gas.

Fue detenido días después en una pensión de Barcelona y juzgado por doble asesinato. El fiscal pidió dos penas de muerte, y Cerveto estuvo a punto de ser ejecutado en garrote vil. Le salvó la abolición de la pena de muerte.

La mayor parte de la pena la cumplió en el hospital psiquiátrico de Carabanchel, donde redimió condena trabajando como enfermero de pacientes incurables.


José Luis Cerveto – Hijo de la postguerra

Jesús Duva – ElPais.com

27 de mayo de 1988

José Luis Cerveto nació el 8 de septiembre de 1939, apenas unos meses después de que el general Francisco Franco firmara el último parte de guerra. No es extraño que los pequeños apuntes autobiográficos escritos por Cerveto en la prisión los titulara: “Una vida deshecha por la posguerra”.

El que años más tarde fue conocido como el asesino de Pedralbes vino al mundo en una humilde casa de la calle Jacinto Maltés, en el barrio alicantino de Las Carolinas. Uno de los recuerdos más asentados en su memoria es que fue bautizado en la iglesia de la Misericordia.

José Luis Cerveto se quedó sin padre cuando sólo tenía tres años. “Me acuerdo que siempre estaba enfermo y murió tísico. Una de las cosas que tengo más grabadas es que en nuestra casa había un gato que no paraba de maullar mientras mi padre agonizaba”, relató el año pasado, poco después de quedar libre. Quizás por eso siempre sintió odio hacia los gatos.

Al quedar viuda, Concepción Goíg Bech decidió internar a su hijo José Luis en un orfelinato. Esta etapa de su vida es una por las que, aún hoy, él siente más horror: “Durante años me orinaba en la cama y me obligaban a dormir con un saco. Allí nos daban más palos que a una estera. Había una monja, sor Ángeles, que nos obligaba a estar durante horas con los brazos en cruz. Un día me cansé, la empujé por un balcón y estuve a punto de matarla”.

En una de sus habituales fugas del orfanato se marchó acompañado de un chico del que sólo sabe que se llamaba Juanito. Ambos fueron al aeropuerto de Alicante y decidieron huir de España en el tren de aterrizaje de un avión. Al despegar el aparato, Cerveto salió despedido, pero su compañero murió destrozado entre las ruedas.

Corneta de un regimiento

Cuando tenía 15 años, Cerveto se enroló como corneta en un regimiento de Valencia, de donde huyó por “algunos problemas” con la esposa de un teniente. El 25 de agosto de 1963 fue llamado a filas y sirvió como “caballero paracaidista” en Murcia, Las Palmas y el Sáhara. “Una noche”, recordaba, “ametrallé a unos burros, pensando que eran los enemigos del desierto”. Al acabar la mili, Cerveto trabajó en los oficios más dispares: camionero, mayordomo, cristalero, vigilante en un reformatorio y hasta cocinero del circo de Manolita Chen.

En la Navidad de 1973 se colocó como chófer de Juan Roig y Maria Rosa Recolons, a los que meses después mató mientras dormían. El resto de su vida los pasó entre rejas, periodo en el que rodó su película; hasta que hace un año salió en libertad condicional.


José Luis Cerveto – El doble crimen de Pedralbes

P. Martínez Soler

Durante la noche del 3 al 4 de mayo de 1974, un doble asesinato se cometió en Barcelona, concretamente en una torre de la calle de Juan Alós, número 5, en la aristocrática barriada de Pedralbes. Las víctimas fueron don Juan Roig Hospital y su esposa, doña María Rosa Recolons Morer.

El asesino fue…

Se dijo que aquel individuo, el que al amparo de la noche, conociendo perfectamente la vivienda en donde se introdujo a robar, y a matar si fuese preciso, era el «hijo de un padre tísico y una pobre mujer». Y se dijo también que todo debió empezar con el nacimiento del futuro criminal; que empezó cuando sólo tenía dos años, cuando se encontraba en un orfanato y fue castigado severamente por orinarse en la cama.

Tal vez esto sólo sea una pincelada fácil de periodista para impresionar al lector, y con ello abundar en lo que todos sabemos, que el criminal, casi siempre, es un tarado, un resentido, un esquizoide o un individuo que en sus cromosomas hay más «equis» de las que corresponden a un ser normal, aunque esto aún está por dilucidar entre los genetistas.

Este individuo, llamado José Luis Cerveto Goig, natural de Alicante y nacido en 1939 (tenía, pues, 35 años cuando cometió el doble crimen de Pedralbes), era un pederasta, un sodomita o un paidófilo, lo que, en lenguaje corriente significa que su desviación sexual iba dirigida hacia los niños. El mismo contaría que adquirió este hábito en el orfelinato. Dijo a los informadores, en un alarde de sinceridad «sui géneris» -¡y no precisamente para compadecerse de sí mismo!-, que cuando tenía catorce años, cierto individuo le hizo proposiciones deshonestas. «Pero yo le rechacé porque a mí no me gustan los hombres ni las mujeres; siempre que he tenido relaciones sexuales ha sido con niños.»

En aquellas declaraciones a la Prensa, José Luis Cerveto Goig declaró que estos actos pedófilos los había realizado miles de veces. «Para devolver así todo el daño que otros me han hecho a mí y sin que la justicia me haya cogido.»

Dudamos que los psicoanalistas, por mucho que hayan estudiado a Freud o Jung, sepan comprender debidamente estas manifestaciones, cuya transcripción nos produce verdaderas náuseas. Aquel individuo explicó un pasado sórdido, inmundo, miserable, fetal e infamante, en el que sólo podía existir el detritus, la inmundicia, la miseria física y psíquica, la aberración y la degeneración, pero no sólo de él, sino de los que, pudiendo haber remediado en parte tanta bajeza, se encogieron de hombros , como ignorando que estas puedan realizarse y que estos seres puedan vivir .

Creemos, como hemos creído siempre, que nada de cuanto ocurre en nuestro entorno nos es ajeno y, como mínimo, tenemos la obligación de saber que existen especies humanas de esta categoría. Ahora, pasemos a relatar los hechos.

En la mañana del domingo, 4 de mayo de 1974, María de los Ángeles Vaquero, sirvienta del matrimonio Roig, entró en el dormitorio de sus señores a fin de llevarles el desayuno, encontrándolos a ambos materialmente acribillados a puñaladas y bañados en un charco de sangre.

Profiriendo alaridos de terror, la sirvienta salió corriendo del dormitorio y avisando a los otros empleados, alguno de los cuales debió tener suficiente dominio de sí mismo para avisar a la Policía.

El Quinto Grupo de la Brigada de Investigación Criminal de Barcelona se hizo cargo del asunto y en un tiempo verdaderamente récord se detuvo al asesino, que se alojaba en una pensión de la Travesera de las Corts.

La Policía pudo averiguar que el matrimonio asesinado se había retirado a descansar alrededor de la una de la madrugada del sábado, después de una reunión, con parientes y amigos, que se marcharon poco antes de esa hora.

La Policía observó que habiendo en la casa un magnífico ejemplar de perro pastor alemán, durante la noche, cuando murieron sus amos, no dio el animal ninguna muestra de intranquilidad, ladrando si el asesino hubiera sido un extraño. Además, no se encontró ninguna puerta o ventana forzada. Por lo tanto, esto sólo podía significar que el asesino conocía perfectamente la casa, y al perro. Se comprobó que ni las dos sirvientas ni el chófer habían oído nada.

Se dedujo pues que el homicida poseía una llave, conocía al perro y sabia dónde estaban las habitaciones de los señores.

Por otra parte, el sadismo con que fueron asesinadas las víctimas, cosidas a puñaladas, indicaba que el homicida debía ser un paranoico o un demente. Y como, por otra parte, parecían existir indicios de que el móvil había sido el robo, los inspectores del Quinto Grupo de la Brigada de Investigación Criminal pronto empezaron a ir atando cabos sueltos, eliminando sospechosos de las listas provisionales, hasta quedarse con el que llamaba poderosamente la atención y que había trabajado como chófer, mayordomo y otros menesteres, en la casa, hasta que poco tiempo antes había sido despedido por don Juan Roig por negligencia en el servicio.

La Policía supo que el principal sospechoso, José Luis Cerveto Goig, con antecedentes penales por robo de joyas, se encontraba en una pensión de la Travesera de las Corts, y allí fueron a por él, siendo trasladado a las dependencias gubernativas. Al principio, el detenido negó su culpabilidad, diciendo que la noche del sábado había tenido que ir a Tarragona para un asunto de negocios, para lo cual había alquilado un «850», pudiendo demostrar, con tickets de autopista y gasolinera, que era cierto.

Pero la Policía no cayó en tan pueril coartada. Lo del viaje a Tarragona se pudo realizar después del doble asesinato o incluso antes. El asesino había supuesto que dejando a sus víctimas tapadas en el lecho, conservarían más tiempo el calor, y los médicos forenses habrían de establecer que la hora de su muerte sería posterior, o sea cuando el asesino se encontraba lejos del lugar del crimen.

Pero una coartada tan simple pronto fue eliminada y José Luis Cerveto Gola hubo de confesar ser el autor del crimen y del robo que cometió posteriormente, llevándose gran cantidad de joyas y dinero de la caja fuerte del salón, donde sustrajo, entre joyas y dinero, una cifra que se calculó como alrededor de quince millones de pesetas.

Cuando al fin confesó su culpa, José Luis Cerveto Goig explicaría los hechos diciendo que, al ser despedido por el señor Juan Roig en la última Semana Santa, debido a que salió de la casa que le habían confiado y por ello no pudo contestar a las llamadas telefónicas de su señor’ sintió un enorme deseo de vendarse del señor Roig. Olvidó mencionar que «antes del odio», y por lo que pudiera ser, se había quedado con una copia de las llaves principales de la casa. Esto reveló que sus intenciones partían de antes de ser despedido.

Y se dedujo que mientras estuvo solo en la casa de la calle Juan Alós, llevó allí a varios amiguitos que conocía de su desviacionismo sexual, vicio éste que le costaba más dinero del que ganaba como simple chófer. Pero esto sólo era una suposición

Una vez sin empleo, en la mente de José Luis Cerveto Goig se configuró la idea del robo, ya que conocía la existencia de la caja fuerte del salón que sólo se abría con llave, pese a tener la numeración de las cajas con clave. Se trataba, pues, de penetrar en la mansión, apoderarse de la llave, que tenía el señor Juan Roig, y luego abrir la caja fuerte y apropiarse de su contenido.

Lo que se llevó el asesino, no de una, sino de dos cajas fuertes que había en la casa, fue «Sesenta y nueve mil pesetas en billetes; ciento treinta y siete monedas de oro sin curso legal, españolas y de otras nacionalidades; gran cantidad de joyas de metal precioso, de uso masculino y femenino, tales como relojes de pulsera, broches con brillantes, collares, anillos, pulseras, etc.; billetes de curso legal extranjeros, concretamente mil doscientos cincuenta francos franceses nuevos, ciento tres dólares USA, mil sesenta francos suizos y quinientas liras italianas; diversa documentación personal del fallecido dueño de la casa, entre ella un pasaporte ya caducado y asimismo una pistola automática marca ‘Astra’, calibre 7,65.»

Éste fue el botín que la Policía recuperó en poder del asesino, al que obligó a la reconstrucción de los hechos. Y de este modo, se averiguó que el día 3 de mayo, José Luis Cerveto fue a los Encantes de la Plaza de las Glorias y compró un cuchillo de grandes dimensiones, así como zapatillas y guantes y, todo lo que él estimó como necesario para realizar el robo.

Aquella tarde estuvo en un cine, viendo la película titulada «Jack, el Destripador», en la que debió documentarse. Había alquilado un coche de los «sin chófer» durante ocho días y estuvo haciendo kilómetros por e interior de la ciudad, hasta que, llegado el momento, ya vestido de negro y con el equipo a mano, se dirigió hacia a torre de Pedralbes.

Cerveto dijo que con aquellas dos muertes quiso vengar todo el daño que la sociedad le había causado a él con anterioridad. Pero dudó en matar, cuando buscaba las llaves de la caja fuerte. Y si no hubiese sido porque el señor Juan Roig se despertó mientras él estaba indeciso junto a la cama, con el puñal en la mano, los hechos habrían sucedido, posiblemente, de otra manera.

El asesino estaba buscando las llaves de la caja fuerte y, por descuido, dejó caer un vaso que había sobre la mesita. El ruido despertó a sus víctimas y allí se inició lo que alguien, dantescamente, dio en llamar «la orgía de la sangre».

Pero dejemos los relatos un tanto inconexos que nos han facilitado los archivos de Prensa, y pasemos a datos mucho más específicos y concretos, como es la sentencia del caso, publicada en la «Jurisprudencia Penal de la Audiencia Provincial de Barcelona», donde efectuaremos sólo las modificaciones literarias apropiadas, pero donde los hechos gozan de veracidad y autenticidad.

Se declaró probado que José Luis Cerveto Goig, de 34 años, de mala conducta y «anterior y ejecutoriamente condenado en sentencia de 11 de noviembre de 1960 en calidad de cómplice de un delito de robo de joyas a la pena de cinco años de presidio menor», había prestado sus servicios como chófer-mayordomo del matrimonio formado por don Juan Roig Hospital y doña María Rosa Recolons Morer.

Este individuo tenía 50 de edad y era propietario de la firma «Roig, S. A.», dedicada a la fabricación de jabones, abonos y productos químicos. Era químico y persona muy estimada en Barcelona, lugar donde había nacido. Su esposa, de 44 años, nació en Canovellas y era una señora dedicada a la caridad y a las obras sociales.

José Luis Cerveto prestó sus servicios con don Juan Roig desde el día 31 de diciembre de 1973 hasta el 17 de abril de 1974, o sea alrededor de tres meses y medio, en el chalet o torre que constituía la vivienda de dicho matrimonio, situada en el número 5 de la calle Juan Alós, en el barrio de Pedralbes.

Debido a la condición de aquel servicio, José Luis Cerveto pernoctaba en dicho chalet, gracias a lo cual conocía perfectamente todas las dependencias de la mansión, vida y costumbres de sus moradores, que a la sazón eran el matrimonio dueño de la casa y dos jóvenes sirvientas que, al igual que el procesado, también pernoctaban en la casa. Había otro chófer, de 63 años, el cual desempeñaba las funciones durante el día, durmiendo fuera, en su propio domicilio.

Pronto se enteró José Luis Cerveto del dinero y las joyas que se guardaban en la casa y el lugar concreto en que se protegían.

Así, el día 17 de abril de 1974, don Juan Roig y José Cerveto llegaron a un acuerdo para que éste último abandonara el servicio, descontento el señor Roig por el poco ejemplar comportamiento de José Luis, pues durante la pasada Semana Santa, cuando el matrimonio se ausentó a fin de realizar un viaje, él abandonó el chalet en varias ocasiones e incluso utilizó algún automóvil de la mansión sin autorización de sus dueños.

Una vez despedido, José Luis Cerveto empezó a pensar en vengarse y fue surgiendo en su ánimo la idea de penetrar en la casa para apoderarse del dinero y joyas que encontrara, privando de la vida, si preciso fuera, al citado matrimonio. Así la idea, iniciada como deseo vengativo, fue adquiriendo proporciones hasta alcanzar el firme propósito de realización, madurando detenidamente el plan para llevarlo a cabo.

Y a tal fin, el día 3 del siguiente mes de mayo, sobre las nueve horas, se dirigió al lugar conocido por los Encantes de la Plaza de las Glorias, donde adquirió, en uno de sus puestos, un recio puñal de un largo de hoja de 18 centímetros y 2,5 de anchura, con empuñadura de hierro. Adquirió también un pasamontañas gris oscuro, un chaleco de lana tipo cuello de cisne, un pantalón, calcetines y unas zapatillas de «skal» con suela de goma del número 41, todo de color negro.

Una vez hecho esto, José Luis Cerveto se dirigió a una casa de alquiler de automóviles donde alquiló. un «Seat-850», sin conductor, con el que se dirigió a la pensión donde se hospedaba, y, recogiendo tres pares de guantes y un maletín de «skái» de color negro, regresó al citado automóvil, en el que guardó los guantes y todo lo que había adquirido.

Al salir de la pensión, hizo creer, a los dueños que se iba a Tarragona, y para la justificación de tal viaje para posibles y futuras investigaciones por parte de la Policía sobre los movimientos de aquel día, se dedicó a hacer largos recorridos con el vehículo alquilado por el interior de la ciudad de Barcelona.

Alrededor de los 0,45 del día 4, José Luis Cerveto se presentó en las inmediaciones del chalet de sus antiguos patronos y como no encontrase un lugar apropiado para aparcar el «Seat-850» optó por entrar con el vehículo en el jardín, cuya puerta siempre estaba abierta, haciéndolo descender por la rampa inclinada de acceso al garaje, cosa que realizó con el motor parado, hasta detenerlo en una zona de sombras, ya que hasta allí no alcanzaba la luz de un farol situado en la esquina del jardín.

Dentro del mismo coche, se cambió de ropa, poniéndose la que había adquirido en los «Encantes» así como las zapatillas de goma, y que eran de un número inferior al calzado que él habitualmente usaba, ya que las había adquirido así para confundir probables investigaciones acerca de su intervención en los hechos, así como para no ser oído por los moradores de la mansión, a la que podía acceder fácilmente por disponer de una llave correspondiente a la puerta de servicio y que se guardó deliberadamente al cesar en su trabajo.

De esto, es fácilmente presumible que José Luis Cerveto Goig pensaba en el robo desde el momento en que entró a prestar sur servicios en aquella casa. Y lo del homicidio surgió después, al ser despedido de su trabajo, por venganza.

Se hace preciso explicar que el chalet de los Roig; cuyas inmediaciones y distribución interior conocía perfectamente José Luis Cerveto, colindaba con otras construcciones del mismo tipo, situadas en la parte alta de Barcelona, y al otro lado de la calle, de escasa población, había en plano superior un terreno sin edificación alguna; el chalet estaba rodeado de un jardín, vallas y paredes situadas al frente, componiéndose la mansión de dos plantas, cada una con puerta exterior propia y comunicación interior por una escalera estando destinada la parte superior a las dependencias principales y la inferior al servicio, garaje incluido.

Al lado de la edificación había un foso en plano inclinado, donde normalmente tenían los dueños de la casa un perro «lobo» y que José Luis Cerveto sabía muy bien que no se alarmaría por su presencia, ya que había mantenido con él, anteriormente, un trato cariñoso y cordial, sacándolo a pasear con frecuencia y mimándolo en todo lo que pudo, puesto que, como hemos apuntado, la idea del robo germinaba en él, probablemente, antes de entrar a trabajar con el matrimono Roig.

De aquella forma, sobre la 1,30 del indicado día 4, José Luis Cerveto consideró oportuno actuar, por considerar que en la casa ya estaban todos dormidos. Así, dejó el coche y penetró en el chalet, utilizando la llave que poseía, y llevando el maletín, una linterna apagada y el puñal. Se deslizó frente a las puertas donde dormían los domésticos y subió a la planta superior utilizando la escalera interior.

Allí, a oscuras, se acercó, con extrema cautela y sigilo, a la puerta de una dependencia destinada a vestidor y que era contigua al dormitorio del matrimonio Roig, del que le separaba una puerta corredera de doble hoja.

En ese vestidor, José Luis Cerveto sabía que se encontraban dos cajas de caudales empotradas dentro de un armario, en las que los dueños de la casa solían guardar dinero y joyas. Sabía, además, que las llaves que abrían las cajas debían hallarse en el dormitorio o en el propio vestidor. (Para los periodistas, esta sala se llamó siempre salón.)

Debió ser en aquel instante al ver que las llaves no en la salita, cuando José Luis Cerveto tomó la estaban decisión de penetrar en el dormitorio a fin de dar con ellas. Pero comprendió que tal acción podía ser peligrosa, ya que si era descubierto no tendría más remedio que atacar. Y no había llegado hasta allí para salir huyendo ante la menor alarma. Fue en aquel instante cuando José Luis Cerveto se concienció para matar, si era descubierto, y a tal fin dispuso el puñal que guardaba en el maletín.

Aguardó unos veinte minutos, para cerciorarse de que tanto el señor Roig como su esposa estaban bien dormidos y luego se introdujo en el dormitorio a través de un cuarto de baño anejo, cuya puerta se encontraba abierta. Se acercó al lecho en la oscuridad, eligiendo el lado donde dormía el hombre, pero llevando el puñal en la mano por si alguien se despertaba.

Parece ser que José Luis Cerveto, al tentar en la mesita de noche, volcó un vaso, y el ruido despertó a don Juan Roig quien, medio adormecido, encendió la luz. Puede que la causa hubiera sido otra, ya que no quedó la cuestión muy clara ni durante el juicio. Pero con aquel movimiento el dueño de la casa se jugó la vida, puesto que José Luis Cerveto, al verse descubierto, saltó sobre él y empezó a darle puñaladas que le alcanzaron el cuello y el pecho y perforándole los pulmones.

Acto seguido, con igual celeridad y sin dar tiempo a reacción alguna, atacó el asesino a doña María Rosa Recolons, que permanecía echada sobre el lecho, y le asestó más de diez puñaladas seguidas, alcanzándola en mentón, hombro derecho, manos y pecho y perforándole dos veces el corazón.

Mientras asesinaba cruelmente a la señora, José Luis Cerveto vio que don Juan Roig pretendía incorporarse, pese a las gravísimas heridas recibidas, y hasta logró poner el pie en el suelo y agarrar un vaso de la mesita, que arrojó al criminal. Entonces éste se abalanzó sobre él y le asestó unas veinte puñaladas en brazos, cráneo, cuello, epigastrio y pecho, perforándole el corazón. Estas heridas produjeron su muerte inmediata.

Una vez hecho esto, José Luis Cerveto Goig, y a la luz de la lámpara encendida por el señor Roig, se limpió las manchas de sangre de las zapatillas y se cambió los guantes, que también se ensuciaron de sangre, guardándoselos, y poniéndose otros que llevaba en previsión. Entonces procedió a registrar el dormitorio, encontrando el bolso de la señora, del que se apoderó de dos mil novecientas pesetas.

En un cajón de la cómoda del dormitorio encontró un llavero con cinco llaves correspondientes a las dos cajas de caudales, que abrió con ellas, después de cerciorarse de que el mecanismo de combinación para ser apertura se encontraba, como era habitual, en la posición «cero», o sea apta para ser abiertas sólo con la llave.

El criminal vio así logrado su objetivo, apoderándose de cuanto encontró, y que ya hemos descrito anteriormente, justipreciado a grosso modo podía ser, efectivamente, que su importe fuese alrededor de quince millones, puesto que las joyas eran de gran valor.

Antes de abandonar el chalet por el mismo camino que había penetrado, José Luis Cerveto Goig aún realizó otra tarea que él consideró importante, y fue la de cubrir los dos cadáveres con la ropa de la cama, para mantener por algún tiempo más el calor natural del lecho, a fin de confundir las consiguientes investigaciones que se abrían de efectuar sobre la hora exacta de la muerte.

Y aunque los médicos forenses apreciaron que los óbitos pudieron haberse producido entre las cuatro y las seis de la madrugada el hecho, precisamente, de hallarse cubiertos los cuerpos prolongaría esta estimación, haciéndola extensiva hasta la una, probablemente. Y ello destruiría la coartada que el asesino trató de presentar tan burdamente.

Una vez fuera de la mansión, José Luis Cerveto se aleló con el coche, en cuyo interior volvió a cambiarse de ropa, quitándose los negros ropajes que fue arrojando y destruyendo por distintos lugares de la ciudad. Más tarde se fue por la autopista, hacia Tarragona, logrando que en una estación de servicio, así como en un restaurante le dieran justificantes de pago en los que figuraba la hora en que ocurrieron los hechos para, de este modo, desvirtuar futuras investigaciones sobre su participación en el crimen.

En la ciudad condal ya se había desprendido del puñal, arrojándolo a una cloaca del Bogatell, así como de las zapatillas usadas que arrojó en el abarcamiento de camiones del Paseo de Carlos I. Precisamente en aquellos lugares y después de las declaraciones de José Luis Cerveto al ser detenido, se encontraron dichos objetos.

El maletín de «skai» con su contenido en dinero y ,jovas lo depositó José Luis Cerveto en la consigna de la Estación de Francia, de la RENFE. Y a las siete u ocho del día 4 regresó a su habitación, en la pensión de la Travesera de las Corts, en que, después, de asearse, volvió a salir para no regresar hasta las veinte horas, en que fue detenido por funcionarios del Cuerpo General de Policía ante quienes confesó los hechos y su intervención, motivo por lo que se recuperó todo lo sustraído, que se devolvió a los familiares de las víctimas, tras haberse efectuado el correspondiente inventario.

Y fue entonces cuando, al valorar adecuadamente todo lo robado, se estimó su importe en 3.255.633 pesetas y … ¡noventa céntimos! Con esto se demuestra fue la Policía suele ser más exacta que la prensa, la cual aumentó el botín en nada menos que doce millones.

Una vez a disposición de la autoridad judicial , José Luis Cerveto adoptó una actitud un tanto anómala. por lo que fue preciso someterle a examen psiquiátrico en repetidas ocasiones, ya que, a poco de haber ingresado en la Prisión Modelo de Barcelona, ingirió una botella de lejía, cuyo contenido estuvo a punto de llevárselo al otro mundo sin necesidad de juicio.

Según la «Revista Jurídica de Cataluña», José Luis Cerveto Goig fue examinado por siete médicos forenses, y tres de ellos eran especialistas en psiquiatría, los cuales, por su parte, recabaron la intervención complementaria de otros especialistas en genética, electroencefalografía y perfil psicológico del «test», para determinación de cariotipo, estudio e interpretación de encefalograma y «test», dictaminando tras minucioso estudio que:

A. El procesado José Luis Cerveto Goig no padecía ninguna enfermedad mental.
B. Tampoco se observó ningún déficit intelectivo,
C. La personalidad del procesado, aunque presentaba rasgos psicopáticos, no alcanzaban éstos la suficiente intensidad y cohesión para configurar un estado psicopatológico capaz de modificar su libre voluntad y pleno entendimiento.

Durante el juicio oral, el Ministerio Fiscal calificó los hechos como constitutivos de dos delitos de robo con homicidio, previstos en los artículos 500 y 501, número 1 del Código Penal, con el agravante del uso de armas u otros medios peligrosos, del párrafo último del citado artículo, y de casa habitada del 505, número 2 del propio Código, estimando como responsable de los mismos, en concepto de autor, al procesado, José Luis Cerveto Goig, con la concurrencia de las circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, agravantes genéricas de alevosía, premeditación y reincidencia, números 1, 6º y 15 del Código Penal, y solicitó la pena de muerte por cada uno de los dos delitos, comiso del puñal, zapatilla y maletín utilizados, y pago de costas y a que en concepto de indemnización satisfaga a los herederos legales de los fallecidos por cada una de las muertes causadas un millón de pesetas más ciento cincuenta pesetas valor de un maletín desaparecido, quedando a definitiva disposición de los familiares de los fallecidos, en quienes se depositó lo sustraído y recuperado, aprobándose la aplicación del Decreto 2.040/75, de 25 de noviembre, en particular, de su artículo 7.’, pide expresamente la sustitución de las dos penas de muerte solicitadas para el procesado José Luis Cerveto por las penas previstas en el referido artículo del Decreto citado; de modo que, por conmutación de las penas máximas procedentes según los preceptos aplicados en las conclusiones, se le impongan dos penas de treinta años de reclusión mayor, más accesorias legales, con abono de prisión preventiva y con las consecuencias previstas en cuanto a duración y cumplimiento, en repetido artículo 7.’, de tan citado Decreto.

Por otra parte, la acusación privada en nombre de don Juan Roig estuvo de acuerdo y de conformidad con cada una de las conclusiones del Ministerio Fiscal, solicitando las mismas penas, si bien, con respecto a la aplicación del indulto, al que se refería el Decreto 2.040/75, de 25 de noviembre de 1975, añadió «in voce» que la Sala acordara lo pertinente en cuanto al momento de su aplicación.

La otra acusación privada, en representación de doña María Rosa Recolons, vino a decir, poco más o menos, lo mismo que ya había expresado su digno colega, por lo que omitimos la transcripción.

La defensa de José Luis Cerveto Goig, en las conclusiones definitivas, alegró su entera conformidad con la relación de los hechos, calificación de los mismos y autoría fijados por las acusaciones, añadiendo a la primera o sea a la del Ministerio Público que, conforme a los informes periciales médico-forense (folio 236) y psicológicos (folio 240), había quedado acreditado en la causa que el procesado José Luis Cerveto poseía una personalidad de rasgos psicopáticos, con intensos síntomas de peligrosidad y de agresividad, mostrada al cumplir el servicio militar en la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares, al amenazar con su fusil reglamentario a un superior, lo cual dio lugar a arresto y exploración psiquiátrica de aquél, y después, en la vida civil, al quedar comprobadas las obsesivas reacciones violentas y peligrosas, propias de la personalidad psicopática del procesado (folios 97 y 150), el que se encuentra además aquejado de marcada paidofília (folios 131 vuelto y 150 y siguientes), de impulso autoagresivo (folio 157) y de anormales deseos de supraexpiación; en la conclusión cuarta la concurrencia de la eximente de trastorno mental transitorio 1.º del artículo 8.º Y, finalmente, la defensa solicitó la absolución del procesado por aplicación de esa eximente y se decretase la medida de seguridad consistente en internamiento en hospital o casa psiquiátrica de la que no pudiera salir hasta su curación y sin previa autorización de la Audiencia.

Abreviemos y pasamos por alto el tráfago jurídico de la sentencia, cuyo resultado final fue la de dos penas de treinta años, por aplicación del indulto de 1975. además de imponerse a José Luis Cerveto Goig la prohibición de que, una vez cumplida la pena, vuelva a Barcelona durante un período de diez años.

Cuando José Luis Cerveto Goig conoció la sentencia, solicitó ser ejecutado ya que, después de lo que había hecho, no quería seguir viviendo.

La Justicia no podía, ni puede, escuchar esta clase de «súplicas». Una sentencia firme debe cumplirse y eso es, Precisamente, lo que está haciendo aún el autor del doble crimen de Pedralbes, encerrado en presidio, cumpliendo su condena.

Sin embargo, de vez en cuando. José Luis Cerveto Goig se descuelga con solicitudes insólitas, dirigidas a las autoridades judiciales, como la Publicada en el «Diario de Barcelona», de fecha 23 de julio de 1977. Y dice así :

«Ilustrísimo señor ministro de Justicia, me llamo José Luis Cerveto Goig, tengo 37 años y estoy soltero y estoy preso desde el día 4 de mayo de 1974 por homicidio. Yo siempre he considerado que cuando una persona el castigo que se le infringe la ley, tiene que cumplir el castigo que se ponga, ya que si no fuera así cada uno haríamos lo que nos diera la gana y esto sería una anarquía. Pero desde hace un tiempo a esta parte veo que esa ley no se cumple, que constantemente la están violando sin que pongan coto a esas violaciones de la ley, en todos los terrenos, y encima, a esas personas que han cometido peores delitos y que cometen peores todavía que el que yo cometí, el gobierno de S. Majestad el Rey les concede la gracia de una amnistía, ¿no de un indulto?, y así de esta forma, algún día, y yo creo que no muy lejano, volverán otra vez a España y será como si hubiesen nacido de nuevo ya que carecerán de antecedentes penales y habiendo matado a otro ser humano podrán si quieren hacer política y hasta llegar a ser el presidente de la nación, y yo le pregunto a V. 1. ¿es justo?

»Si V. I. considera que de acuerdo con el discurso de S.M. del 20 de noviembre de 1975 todos los españoles merecemos una oportunidad, yo entonces me creo incluido dentro de esa oportunidad ya que jamás nadie me dio nada bueno, ya que desde que nací sólo recibí golpes, castigos y malos tratos, de forma que se comprenderá que de esta forma una persona no puede salir buena y si encima se encuentra también desde que tenía un año hasta que fui mayor, siempre he estado encerado, primero en orfelinatos, después en Juntas de Menores, después en reformatorios sólo por carecer de padres, sin haber hecho jamás daño a nadie (?), de esta forma fui creciendo con un odio hacia la sociedad en general, lo cual sólo me hizo mucho daño, tanto daño que sólo se me disipó el día en que por una serie de factores me desahogué en esas dos personas, las cuales cada golpe que a ellas les daba era un golpe que descargaba contra la sociedad, así de esta manera cuando terminé mi delito era comprensible que quien viera los cuerpos creyera que era obra de un loco, pues le puedo asegurar a V. I. que de verdad, en esos momentos, estaba loco, pero no un loco normal, sino un loco de odio, de un odio intenso hacia todo el mundo que no me dejaba vivir en paz, no tenía ilusión por nada, la vida con la muerte me daba igual, ya que no tenía ninguna meta, ningún fin que perseguir, ya que todas mis ilusiones me las mataron siendo un niño.

»Por lo que con el debido respeto y humildad me dirijo a V. I. en el ruego de que ya que S. M. el Rey prometió una oportunidad, yo solicito a V. I. me conceda la mencionada oportunidad no de una amnistía, sino de un indulto de mi pena, ya que si de esta forma y si V. I. lo cree conveniente me puede conceder el extrañamiento y así yo podría tener la ilusión de querer vivir; ya que si V. I. me concediese el mencionado indulto yo me podría marchar a Calcuta, a la misión de la Madre Teresa de Calcuta, para poder ayudar en su obra de ayuda hacia los pobres de entre los pobres, así hasta que Dios tenga a bien llevarme de este mundo de lágrimas.

»Si V. I. cree que no merezco esa oportunidad, no me quejaré ya que creeré que no la merezco, ya que como viví solo como un perro creeré que merezco morir de la misma forma. Por todo ello le doy las gracias de corazón a V. 1. por dignarse leer mi carta y le deseo que Dios le conceda la vida muchos años para bien de España y de su Rey.»

Ésta fue la carta que llegó a manos de don Landelino Lavilla, ministro de Justicia en aquel tiempo. Ignoramos lo que pensó al leerla, pero estamos seguros de que no se echó a reír. Nosotros tampoco podemos hacerlo por infinidad de razones fáciles de comprender. La justicia no tenía más remedio que encerrar a ese hombre cuanto más tiempo pudiera mejor. No vamos a entrar en si estaba loco o cuerdo, ni en si era un asesino que pretendía vengarse de una sociedad que ninguna culpa tiene de ser así ni de que haya orfelinatos o reformatorios, y menos de que en ellos existan seres como José Luis Cerveto.

Don Landelino Lavilla debió sentirse muy triste ante el escrito de un hombre que pedía también su oportunidad, porque en España se acaba de producir un cambio político. A su modo, forma de pensar y sentir, el firmante de la solicitud creía que él también podía ayudar algo, aunque fuese en Calcuta, con la Madre Teresa. ¿Simple, no?

Naturalmente, de no haber sido por el indulto a que nos hemos referido repetidas veces, José Luis Cerveto Goig habría pasado por el garrote vil con todos los merecimientos. Y muerto el perro, se acabó la rabia. Pero no fue así. Está vivo. Pide clemencia. Promete dedicar el resto de su vida a los pobres, ¿Por qué, no se le concedió esa oportunidad?

Creemos que el ministro de Justicia no vio motivos para ello. Casos como los de José Luis Cerveto existen a millares, aunque no hayan ocasionado muertes. Y si se abrieran las puertas de las cárceles y salieran todos los que como José Luis Cerveto Goig quieren redimir sus pecados, faltas o delitos, la sociedad habría de buscar refugio en las cárceles, encerrándose dentro y no dejando entrar a nadie más.

Desde el instante en que aquel hombre fue a robar y pensó en la posibilidad de matar para no ser descubierto, su vida quedó marcada como asesino. No fue su infancia desgraciada, ni fueron los golpes que recibió por orinarse en la cama.

Él eligió su destino y no tiene derecho a reclamar nada. Sentiremos que siga con su odio y su resentimiento, aunque esto, el día que se lo proponga, puede olvidarlo y dedicarse a realizar buenas obras incluso dentro de la prisión. ¿Por qué no? Se redime de muchas formas.

 


AUDIO: ELENA EN EL PAÍS DE LOS HORRORES – JOSÉ LUIS CERVETO


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