José Juan Martín Montañés

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José Juan Martín Montañés

El descuartizador de Cádiz

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 21 de enero de 1989
  • Fecha de detención: 30 de enero de 1989
  • Fecha de nacimiento: 1966
  • Perfil de las víctimas: Javier Suárez Samaniego, de 22 años
  • Método de matar: Apuñalamiento
  • Localización: Cádiz, España
  • Estado: Fue condenado a 36 años de prisión en 1991. Puesto en libertad el 21 de junio de 2004
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José Juan Martín Montañés – El descuartizador de Cádiz

Francisco Pérez Abellán

Dos jóvenes que leían mucho la Biblia. Una desaparición que parecía una travesura. La prueba de acústica musical que acabó en asesinato. No podía resistir la visión del rostro muerto. La forma en la que se deshizo del cadáver. Una confesión fría, completa y sorprendente.

Eran amigos desde la infancia. Se encontraron en las clases del Instituto de Cortadura, en la carretera de Cádíz a San Fernando. Habían congeniado muy bien por lo que se visitaban con frecuencia. La presencia de Juan Martín Montañés, de veintidós años, era muy familiar en casa de Javier Suárez Samaniego, de la misma edad, hijo del arquitecto gaditano José Luis Suárez Cantero. Un muchacho simpático, inteligente, aunque tímido.

Los dos jóvenes habían tenido etapas muy similares e incluso habían pasado por una profunda crisis religiosa que les había empujado a pertenecer a una secta muy radical. Hacía muy poco que Javier había atravesado un período místico, de introversión, durante el que pasaba largas horas enfrascado en la lectura de la Biblia. Su padre, que sentía debilidad por él, para intentar comunicarse y sacarlo de su hermetismo se vio obligado también a intensas lecturas de la Biblia.

Pero aquello había pasado y Javier retornaba poco a poco a las actividades normales de un joven de su edad mostrándose más alegre y comunicativo. Había estudiado Derecho hasta el año anterior en que abandonó la carrera para ingresar en la Facultad de Ciencias Empresariales quizá debido a sus crisis.

Su amigo Juan Martín estudiaba Medicina en la Universidad de Cádiz y era también un gran lector de textos religiosos. Hijo de un subinspector de policía jubilado, vivía emancipado de su familia en un apartamento situado en el piso noveno del número 3 de la calle Villa de Paradas, donde llevaba una existencia muy espartana, precisamente en un bloque de viviendas construido por el padre de Javier, muy cerca de donde este vivía en el paseo Marítimo.

El domicilio de Juan estaba en un gran edificio de apartamentos destinado a alquiler para los veraneantes por lo que en enero de 1989, momento de esta historia, se encontraba semivacío, ocupado por muy pocos vecinos que apenas se conocían.

El día 21, a eso de las cuatro y media de la tarde, Javier se despidió de sus padres, a los que nunca volvería a ver, aparentemente para dar una vuelta en bicicleta. En la puerta se encontró con su amigo Juan que le comentó algo de una mesa de ping-pong que al parecer había comprado invitándole a montarla entre los dos.

Una vez en la vivienda de Juan este le propuso realizar una prueba de acústica sentándole frente al equipo de música, tras servirle una copa, y vendándole los ojos para aislarle de forma que pudiera percibir con más pureza el sonido. Subió el volumen del aparato y llevó a cabo lo que había planeado.

Mientras Javier trataba de concentrarse en lo que escuchaba para satisfacer a su amigo, Juan sacaba de su escondite la pata metálica de una mesa que había rellenado de arena para hacerla más pesada y contundente. Se situó a espaldas del joven que no podía ver nada y le golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas. Javier se fue de bruces al suelo malherido.

Inmediatamente después el agresor se le echó encima y valiéndose de sus estudios de Medicina le clavó un cuchillo de larga hoja entre la tercera y la cuarta costilla intercostal buscándole el corazón. Pensó que le produciría una muerte suave y silenciosa, pero Javier no murió inmediatamente y los movimientos de su cuerpo, quizá involuntarios, exasperaron a su asesino que le acuchilló varias veces hasta romper la hoja de acero.

Cuando estuvo seguro de que había muerto se dio prisa en traer una bolsa de basura para taparle la cabeza porque no soportaba ver su rostro. Una vez cubierto le arrastró hasta el cuarto de baño metiéndolo en la bañera.

Tras limpiar las huellas del crimen salió a depositar en el correo dos cartas, escritas a máquina, dirigidas a la familia de Javier en la que afirmaba que el muchacho había sido secuestrado y exigía para su liberación un rescate de doce millones de pesetas, que debían ser ingresados en la cuenta de una caja de ahorros, en entregas semanales de medio millón.

Se advertía que en caso de no ceder a las exigencias, Javier sería asesinado. Y si se interrumpían los plazos de entrega de dinero los padres recibirían el dedo seccionado de una mano del secuestrado por cada semana sin pagar. En las cartas se expresaba siempre en plural queriendo dar la impresión de que se trataba de la acción de un grupo.

De vuelta en su domicilio, Juan, con enorme frialdad, pacientemente, poniendo en juego todos sus conocimientos del cuerpo humano, se impuso la horrible tarea de trocear el cadáver. Durante mucho tiempo, inclinado sobre la bañera, desmembró el cuerpo y lo descuartizó en pedazos que fue introduciendo en cinco bolsas de plástico, salvo las manos que guardó en un frasco de formol.

Con ello seguía el plan que se había trazado, no olvidando que necesitaba los dedos de su amigo para presionar y aterrorizar a sus padres en caso de que se negaran a darle el dinero que les pedía. Según tenía pensado si fuera necesario iría serrando uno a uno los dedos de las manos guardadas en formol para remitirlos por correo.

A la mañana siguiente muy temprano, Juan inició una serie de tres viajes al puerto, concretamente a un lugar llamado la Punta de San Felipe, que es terreno de relleno ganado al mar, llevando los trozos del cadáver en una mochila.

Empezó a primeras horas de la mañana y poco antes del mediodía ya había acabado. Una vez en la dársena extraía las sacas de plástico y las iba echando al agua de la laguna para desprenderse de ellas. Confiaba en todo momento en que los escombros que irían depositando encima las harían desaparecer por completo. Cada uno de los viajes lo hizo a pie simulando que estaba haciendo deporte, con una gran tranquilidad, saludando a los guardias civiles destinados en los muelles.

En casa de Javier su padre imaginó en un principio que dado el extraño comportamiento de su hijo podía tratarse de un secuestro simulado, por lo que dudó en ponerlo en conocimiento de la policía. Pero a medida que pasaban las horas aumentaba su angustia y preocupación por lo que finalmente acudió a denunciarlo.

La policía le pidió que confeccionara una lista de sospechosos capaces de atentar contra el muchacho. En esa lista José Luis Suárez no pensó ni por un momento en incluir el nombre de Juan a quien tenía por el mejor amigo de su hijo.

Dos días después de la desaparición de Javier apareció abandonada su bicicleta en un camino vecinal de las afueras. Por entonces algunas llamadas telefónicas y las cartas recibidas del supuesto secuestrador habían persuadido al arquitecto Suárez de que debía seguir las instrucciones que le habían dado, por lo que había depositado cierta cantidad de dinero en la cuenta corriente indicada.

Pasaron once angustiosos días durante los cuales lo más significativo fue el cobro por parte de un desconocido del dinero depositado en diversos cajeros automáticos mediante una tarjeta. Extrajeron dinero cuatro veces. Nunca más de treinta y cinco mil pesetas cada vez.

La policía que estaba siguiendo los pasos al misterioso individuo logró descubrirle con las manos en la masa en un nuevo cajero. Juan había introducido la tarjeta y comenzado a operar cuando varios agentes le rodearon colocándole las esposas. Tras realizar un registro en su domicilio fueron descubiertos los dos botes de formol en los que había conservado las manos que examinadas por los forenses confirmaron que se trataba de las de Javier Suárez.

Desde el momento mismo de su arresto, Juan dio muestras de una serenidad y entereza tales que los funcionarios que le detuvieron, interpretaron que poseía una sangre fría nada normal. En seguida apreciaron que se encontraban en presencia de una persona culta con amplios conocimientos de Derecho.

Él mismo se dio a conocer como un estudiante que, aunque emancipado de su familia, dependía económicamente de ella. Llevaba una vida muy moderada y le interesaban mucho los temas filosóficos. Apenas ofreció resistencia, confesando muy pronto.

Igualmente durante su interrogatorio reveló que empleando también el procedimiento de falsificar una identidad para abrir una cuenta corriente se había propuesto el chantaje a un industrial para obtener dinero por medio de amenazas. Pero afortunadamente no llegó a poner en marcha este plan. El secuestro y muerte de su amigo era por tanto su segundo intento.

Siempre firme y con una gran seguridad, Juan se prestó a llevar a los investigadores hasta el sitio donde se había desprendido del cadáver. El lugar era utilizado habitualmente como escombrera. Dentro del mismo señaló un punto en el que había una especie de cruz de hierro que le sirvió de referencia porque había querido dejar los restos lo más próximos posible unos de otros, como si quisiera que el cuerpo de su amigo se mantuviera unido.

Los buceadores de la policía tardaron dos días en encontrar lo que buscaban. Apareció a seis metros de profundidad. Primero fueron encontradas las ropas que vestía el desaparecido, luego los envoltorios con la cabeza, las caderas, el torso, los brazos y las piernas.

Los investigadores retuvieron a Juan Martín setenta y dos horas, lo máximo que les permitía la ley antes de pasarlo a disposición judicial. A medida que avanzaba el largo interrogatorio, los encargados del caso pudieron establecer que junto a un móvil que parecía claro como era el de obtener dinero extorsionando a la familia de la víctima, podían entrever extrañas motivaciones que nunca se aclararon del todo.

Según lograron averiguar, el crimen había sido preparado minuciosamente durante las dos semanas anteriores al mismo. En medio de las largas conversaciones con los policías Juan concluyó que no sabía distinguir el bien del mal. Pero sin embargo se mostró muy preocupado por saber si por lo que había hecho tendría que pasar más de veinte años en la cárcel.


El descuartizador de Cádiz

Margarita Landi

Este suceso, que estremeció a toda la población gaditana y al resto de España, tiene toda la traza de ser un crimen pasional: un joven asesinó a su íntimo amigo premeditada y fríamente; lo descuartizó, metió los trozos en cinco bolsas, los arrojó a una zona marítima en la que se vertían los escombros y luego pretendió cobrar a la familia un rescate a plazos… ¿Se puede creer que sólo mató por dinero? No; más bien parece que en este sangriento crimen había un trasfondo inconfesable.

Voy a explicar lo ocurrido lo más detalladamente posible. Los personajes de esta terrible historia son Javier Suárez Samaniego, de veintidós años, la víctima, y José Juan Martín Montañés, de la misma edad, que eran amigos desde que ambos cursaron el bachillerato en el mismo instituto. Cuando entraron en la Universidad, pese a que habían optado por carreras diferentes, continuó esa estrecha amistad, que sólo habría de acabar fatalmente con la muerte.

Javier, hijo de un prestigioso arquitecto de Cádiz de saneada posición económica, es recordado por sus compañeros de estudios como un chico algo tímido, buen universitario que procuraba pasar inadvertido. Eligió primero la carrera de Derecho y posteriormente cambió por la de Ciencias Económicas. Era inteligente, educado y bueno.

José Juan, hijo de un brigada del Cuerpo Nacional de Policía retirado, sin agobios económicos, había preferido la carrera de Medicina, de la que sólo siguió tres cursos -dejando pendiente la Bioquímica de primero- y por motivos que se desconocen, optó por no matricularse en cuarto, circunstancia que ocultó a sus padres, a quienes llegó a entregar papeletas con notas falsificadas.

Sus compañeros de facultad dijeron que era tímido, muy inteligente y un tanto extraño. Coincidieron al comentar que era un muchacho raro, tal vez «porque lo contaba todo fríamente, sin inmutarse por nada». Le gustaba alardear de que estudiaba simultáneamente Medicina, Historia y Derecho. Y se sabía que de esta última carrera hizo algunas asignaturas en la UNED.

Se dijo que José Juan se había declarado objetor de conciencia y también que era testigo de Jehová, aunque la Policía lo desmintió en rueda de prensa, puntualizando que parecía que tenía inquietudes religiosas, que era estudioso de las diversas religiones y que últimamente estaba interesado en la Biblia de los Testigos.

No estaba claro si los dos amigos se habían distanciado con anterioridad al suceso y que a ello pudiera deberse que Javier se mostrara más abierto y alegre que antes, pero cabía sospechar que así había podido ser, debido a que tuvo que buscar un pretexto para atraerle la tarde del sábado 21 de enero de 1989 a su apartamento, cuando Javier había salido de su cercana casa para dar un paseo en bicicleta.

Según su propia confesión, le dijo a su amigo que había comprado una mesa de ping-pong y que quería que le ayudara a montarla. Los dos eran aficionados a ese juego, así que Javier cayó en la trampa y subió al apartamento que su amigo tenía alquilado desde el mes de septiembre, sin que lo supieran sus padres, con quienes oficialmente seguía viviendo.

Siempre de acuerdo con la información facilitada por la Policía gaditana, sabemos que Juan dijo con sorprendente frialdad: «Cuando llegamos al piso, intenté ser amable, para que pudiese vivir bien sus últimos minutos; le invité a una copa.» Luego, Javier se sentó en un sillón frente a un equipo musical puesto a todo volumen y se colocó unos apósitos en los ojos, entregándose confiado a la audición.

Este era el momento esperado por Juan, que previamente había desmontado la pata métalica de una mesa, rellenándola de arena para que pesara más, y la tenía bien a mano. Se acercó por detrás al sillón y golpeó violentamente la cabeza de su, antes, querido amigo, «con la intención -declaró- de que sufriese lo menos posible». Pero al comprobar que aún no estaba muerto, buscó al tacto un espacio entre la cuarta y la quinta costilla intercostal y le clavó un cuchillo en el corazón, «para provocar un paro cardíaco de forma rápida».

Un ruido extraño se produjo en el interior del pecho de su víctima (tal vez por la entrada de sangre en los pulmones) le impulsó a darle varias cuchilladas, «para que no sufriera» pero con tal fuerza que se le rompió el cuchillo y lo tiró a la basura. Es de suponer que inmediatamente desnudara al cadáver y lo arrastrara hasta la bañera para que se desangrara, ya que los 5 litros de sangre que aproximadamente contiene un cuerpo humano son demasiados para hacer una disección en caliente.

Después, el asesino preparó el instrumental preciso para proceder al descuartizamiento, no sin antes haber cubierto con una bolsa la cara de su amigo, «para no ver su mirada». Y puso en práctica los conocimientos adquiridos en la Facultad de Medicina para cortarle las manos, que introdujo en un recipiente de cristal que contenía un preparado de cloruro sódico para su conservación (4 litros) y que escondió debajo de un somier de la terraza.

Seguidamente se entregó a la agotadora tarea de descuartizar el cuerpo, por las articulaciones, en trece trozos que metió en cinco bolsas de plástico que había adquirido para tal fin.

Concluido su arduo trabajo, el criminal se lavó, se cambió de ropa -porque la que tenía puesta estaba impresentable- y la puso junto a la del infortunado Javier para deshacerse de ellas con todo lo demás. Posteriormente decidió irse a su casa a descansar, dejando en aquel «nidito» secreto, tan cercano al domicilio de su bien amado amigo, sus tristes despojos.

No pudimos saber si podría conciliar el sueño aquella noche, pero sí que a las cinco y media de la madrugada del domingo 22 de enero ya estaba de nuevo en el lugar del crimen para meter un par de bolsas en una mochila y salir al paso rápido hacia su lugar de destino: la Punta de San Felipe, en una zona de relleno ganada al mar junto al puerto de Cádiz.

Para llegar hasta allí tuvo que atravesar toda la ciudad en un recorrido de más de 6 kilómetros. Al regreso, el paso rápido se convirtió en veloz carrera. Y esa ida y vuelta tuvo que hacerla dos veces más con las cuatro bolsas restantes, que ya no eran cinco sino seis, puesto que una sola llevaba las ropas ensangrentadas del par de amigos.

Ignoro si José Juan escribió dos cartas iguales al padre de Javier antes o después de cometer el crimen, pero me inclino a creer que debió de ser antes, ya que el lunes día 23 las recibió juntas el destinatario, y no siendo el domingo día de recogida del correo, probablemente esas cartas no hubieran podido ser recibidas el lunes. En ellas se le comunicaba al señor Suárez que su hijo había sido secuestrado y que, si seguían las instrucciones, «no le pasaría nada».

También se le exigía un rescate de doce millones de pesetas, que debería ir ingresando en determinada cuenta de la Caja de Ahorros de Cádiz, en entregas de quinientas mil pesetas semanales. Y había una terrible advertencia: en caso de no cumplir las instrucciones y dejar de hacer los pagos o interrumpirlos, le serían enviados un dedo de la mano por cada semana sin pagar, en caso de seguir sin cumplir o y de observarse alguna anomalía, le enviarían la mano izquierda, después la derecha y finalmente matarían a su hijo.

En espera de que fuera hecha la primera entrega, Juan se afanó en limpiar el apartamento tratando de eliminar las huellas de sangre, sin llegar a conseguirlo; pasaba algunas horas entretenido en su gran afición: la marquetería, algunas de cuyas piezas había regalado a sus compañeros de carrera y con otras se ganaba algún dinero vendiéndolas.

También se nos dijo que en ocasiones vendía periódicos; tal vez lo hizo en aquellos días. La última vez que se le vio en la facultad, aunque no se había matriculado, fue el jueves día 26, en la biblioteca, sin que se observara nada anormal en él, a pesar de que ya habían pasado seis días desde que había cometido el asesinato.

El padre de Javier, entre tanto, en vista de la gravedad de las amenazas que se le hacían en las cartas (que se repitieron), decidió poner el hecho en conocimiento de la autoridad judicial. El día 25 de enero, el juzgado de Instrucción de Guardia requirió la intervención de la Policía Judicial de Cádiz, cuyo comisario jefe, José Angel González González, comenzó de inmediato las gestiones encaminadas al esclarecimiento del supuesto secuestro.

La familia del joven desaparecido no podía creer que tuviera enemigos (ninguno de sus miembros), aunque facilitaran una lista con los nombres que pudieran inquietarles; pero en tal lista no figuraba el que luego resultaría ser el asesino ya que se trataba de un amigo «de toda la vida» que había frecuentado mucho su casa.

Sin embargo, fue José Juan Martín el que despertó más interés en la Policía, que en principio abrigó la sospecha de que se trataba de un secuestro simulado y llevado a cabo por los dos muchachos, y le vigilaron discretamente.

La clave principal con que contó la Policía judicial gaditana para llevar a cabo esta investigación digna de encomio fue, sin duda, el número de cuenta de la Caja de Ahorros indicada en las cartas para hacer los pagos del presunto secuestro, cuenta que había sido abierta el 27 de diciembre de 1988 con un nombre falso.

En cuanto la familia realizó el primer ingreso de quinientas mil pesetas, los investigadores trazaron un plan, con el que la entidad se mostró de acuerdo, consistente en hacer creer al titular que sólo podría sacar treinta y cinco mil pesetas cada vez.

José Juan, utilizando la tarjeta, hizo tres extracciones en diferentes cajeros automáticos, los días 27, 28 y 29 de enero por un total de ciento cinco mil pesetas. Cuando se disponía a hacerlo por cuarta vez, el día 30, fue detenido en la oficina bancaria por los policías, quienes le leyeron sus derechos.

En ese mismo momento supieron que él era el autor del secuestro, y así lo declaró cuando fue interrogado en la comisaría. Al comunicarle que iban a ir a registrar su apartamento, dijo: «Yo le he matado», con una frialdad y una serenidad que causó el asombro de todos los funcionarios.

Así, confesó con todo detalle lo que hizo, cómo y por qué: sólo para conseguir dinero, pero eso no dejaba de parecer poco convincente… ¿Cómo era posible que un muchacho inteligente, con amplios conocimiento de Medicina, Historia, Derecho y Filosofía, que llevaba una «vida espartana», cometiera un crimen tan atroz en la persona de su mejor y, probablemente, único amigo, «sólo por dinero»?

Si tanto necesitaba o deseaba esos doce millones de pesetas que pedía por el rescate, no se comprende que estuviera dispuesto a cobrarlos en el plazo de dos años mediante entregas semanales, ni que se mostrara tan frío y sereno al explicar detalladamente cómo había cometido el crimen. ¿Qué relación mantenían esos jóvenes para llegar a tan trágico final?

Tras la espontánea y sorprendente confesión del detenido, y la inspección ocular de su apartamento -en el que además de las manchas de sangre fueron halladas las manos de su víctima y la máquina en que fueron escritos los anónimos-, se supo que al día siguiente de la detención la familia de Javier recibió una carta más, en la que se decía que él «se encontraba en buenas condiciones, que el día del secuestro se había negado a comer, aunque ya lo hacía con normalidad, y que cada dos días se cambiaba de ropa y se aseaba».

Cuando José Juan conducido por la policía a la Punta de San Felipe, donde dijo que había arrojado las seis bolsas con su macabro contenido, se mostró un tanto desorientado, debido a que en aquella zona se estaban descargando continuamente camiones de escombros y en los días transcurridos se habrían vertido treinta o cuarenta cargas y una pala mecánica había sido utilizada, el mismo lunes, para explanar la zona, por la inauguración de un paseo; el corrimiento de tierras bien hubiera podido cubrir aún más los restos.

Durante dos jornadas se realizaron tareas de búsqueda con la colaboración de los buceadores de la Guardia Civil que se desplazaron a Cádiz desde Sevilla, y el día 2 de febrero fueron encontradas todas las bolsas, siendo la primera en salir la cabeza, que se hallaba a 6 metros de profundidad; luego fueron apareciendo las demás, incluida la que contenía las ropas ensangrentadas.

La autoridad judicial se personó en el lugar con la forense que examinó detenidamente los restos, colocados sobre una camilla, para comprobar que no faltaba parte alguna del cuerpo, salvo las manos; el juez ordenó su traslado al lugar en que habría de ser practicada la autopsia. Al día siguiente jueves, se procedió al entierro, cuando ya había sido puesto a disposición judicial el autor de tan espantoso crimen.

Nosotros estuvimos en aquel blanco y luminoso cementerio de Cádiz, mezclándonos entre los familiares y amigos de la familia Martín Montañés. No había allí muchas personas, pero el silencio y el profundo dolor que invadía todo el recinto nos impresionó tanto que no quisimos sacar fotografías y nos limitamos a estrechar cordialmente la mano del angustiadísimo padre del joven tan vilmente asesinado.

En palabras del comisario jefe provincial, pronunciadas durante la posterior rueda de prensa: «El criminal lo pensó fría y tranquilamente y lo llevó a efecto.» Y así fue; ese muchacho que sólo mostró preocupación por si tendría que pasar veinte años en la cárcel, premeditó su crimen, lo planeó todo con tiempo.

¿Por qué alquiló aquel apartamento en septiembre, cuando casi todo el bloque quedó deshabitado por los veraneantes? ¿Sería para verse allí con su amigo, que vivía tan cerca? ¿Por qué abrió esa cuenta en la Caja de Ahorros, con nombre falso, un mes antes?

Esos 4 litros de cloruro de sodio en espera de las manos que pensaba cortar; la pata metálica de la mesa, rellena de arena para que «pesara más»; el pretexto de la nueva mesa de ping-pong para conseguir que su amigo accediera a subir al apartamento; la música puesta a todo volumen, ¿es que sabía que Javier se pondría a escucharla con los ojos tapados? Y luego, al parecer, le mató con mucho cariño, procurando que no sufriera, ¡hasta le invitó a tomar una copa! Es difícil comprender tan refinada maldad.

Los policías que llevaron a cabo toda la investigación recordarán siempre la impresión que les causó ese muchacho de veintidós años, que en todo momento se mostró tan frío, indiferente y tranquilo como si estuviera seguro de que «había hecho lo que tenía que hacer».

La vista de la causa en la Audiencia Provincial de Cádiz estaba anunciada para principios de octubre de 1990, pero no llegó a celebrarse debido, al parecer, a que a la defensa le faltaban unas pruebas periciales forenses.

Como yo estaba terminando este libro, me era imposible esperar para conocer la sentencia, pero sí logré enterarme de las penas que serán solicitadas por el ministerio fiscal para el procesado: 30 años de reclusión mayor, por el asesinato; 6 años de prisión mayor, por amenazas; 3 años de prisión menor y multa de 200.000 pesetas, por falsificación de documento; 3 meses de arresto mayor y multa de 20.000 pesetas, por profanación del cadáver, y el abono de una indemnización a los familiares de la víctima de 30.000.000 de pesetas… que, naturalmente, no podrá pagar al ser declarado insolvente.

Solamente me queda decir que es opinión generalizada en Cádiz que las penas solicitadas por el fiscal en sus conclusiones preliminares no sean excesivamente rebajadas por el tribunal al dictar la sentencia.


Un cadáver en cinco mochilas

Luis Gómez – Elpais.com

8 de agosto de 2010

El conocido como crimen del descuartizador de Cádiz quedó esclarecido en apenas unas semanas durante el invierno de 1989. Fue un caso policialmente sencillo, resuelto con eficacia. Apareció antes el asesino que la víctima. Aquel confesó sus actos con extrema naturalidad, la misma que aplicó al cumplimiento de su condena y a su puesta en libertad hace seis años.

El margen para la incertidumbre fue escaso mientras se trató de un asunto estrictamente policial. Y, sin embargo, siendo un caso resuelto deja tras de sí un aire intrigante: ¿qué hace, cómo piensa, qué dolor le trae el recuerdo a quien es ahora un hombre libre?

José Juan Martín Montañés, el homicida, era un estudiante de medicina de 22 años. Era alto, delgado, fumaba Ducados, tenía algunas aficiones deportivas, le gustaba la música, era serio pero no lo suficientemente introvertido como para carecer de amigos y conocidos.

Era, eso sí, muy inteligente. «La inteligencia media de la población se cifra en 100. 130 es el umbral de los superdotados. 160 era lo que tenía Einstein. José Juan Martín tenía 146», escribe Pedro Ingelmo, autor de Galería del crimen, un periodista que investigó los acontecimientos acontecidos en la capital gaditana en aquel invierno de 1989.

Para la policía no fue un caso complejo. A través de un abogado, supo del aparente secuestro de Javier Suárez Samaniego, de 22 años, hijo del conocido arquitecto José Luis Suárez Cantero. Habían llegado unas cartas a su domicilio solicitando un rescate por la vida del joven, que faltaba de casa desde hacía varios días.

El secuestrador exigía 12 millones de pesetas que debían ser ingresados, en determinados plazos, en una cuenta corriente de la Caja de Ahorros de Cádiz. Si los plazos no se cumplían, la familia recibiría, uno a uno, parte de las extremidades de su hijo. La identidad del titular de dicha cuenta resultó ser falsa.

Pagar un rescate en una cuenta corriente les recordó a los agentes el caso sucedido un año antes, cuando un industrial gaditano recibió idénticas amenazas, que avisaban del daño que podría sufrir su hija, menor de edad, si no ingresaba un dinero en una cuenta. Había una diferencia: la hija no había desaparecido, motivo por el cual el industrial adoptó las medidas necesarias para alejarla de la ciudad y el caso quedó en un simple asunto de extorsión.

Hechas las comprobaciones de rigor, quedó claro que las cartas correspondían al mismo autor y que estaban escritas en la misma máquina. Tanto en uno como en otro caso, ningún funcionario de la Caja de Ahorros de Cádiz fue capaz de recordar algún detalle de la persona que abrió ambas cuentas con documentación falsa.

En el nuevo episodio sí parecía haberse producido un secuestro. Al menos, había una persona desaparecida. Tras investigar entre el círculo de amistades de la presunta víctima, se decidió realizar el ingreso en la cuenta y esperar a que el secuestrador diera el siguiente paso. La policía coordinó un plan con los responsables de la entidad bancaria: se optó por vigilar todos los cajeros automáticos de la entidad.

No había demasiados. «No más de 17», recuerda uno de los investigadores policiales en aquel entonces. «Decidimos colocar agentes detrás de cada cajero, porque por entonces el funcionamiento de estos aparatos no estaba tan informatizado como ahora y porque era el único modo de poder sorprender al secuestrador in situ».

Anularon el funcionamiento de dos cajeros en los que era materialmente imposible apostar a algún agente en su interior sin ser descubierto. También se estableció un límite de dinero (35.000 pesetas) que se pudiera extraer en una sola operación.

No hubo que esperar mucho. Al día siguiente, sobre las diez de la mañana, en la plaza de San Antonio, un joven alto y con gafas comenzó a maniobrar en el cajero. Era la cuenta en cuestión. El policía apostado en el interior se limitaba a leer los dígitos que aparecían en una pequeña pantalla. En seguida se percató de que estos correspondían a la cuenta corriente. Salió disparado del habitáculo y le dio el alto. No hubo forcejeo. Apenas un balbuceo al intentar explicarse. El joven era José Juan Martín Montañés.

El secuestro quedaba esclarecido, solo que no existió tal secuestro. Para sorpresa de los agentes, el detenido era hijo de un subinspector de policía, de un compañero.

Inicialmente, pensaron que se trataba de una treta urdida por este joven y el presunto secuestrado para obtener dinero de un padre pudiente, pero el interrogatorio les procuró una extraordinaria sorpresa: José Juan confesó con todo detalle lo que había hecho. Había matado a su amigo hace días, lo había descuartizado, había realizado varios viajes con trozos de su cadáver en una mochila hasta un lugar alejado, en la Punta de San Felipe, donde se estaban realizando las obras de un dique, y los había ido tirando en bolsas.

Un cuerpo humano equivale a cinco viajes en una mochila. Viajes que hizo andando, o corriendo en algunos casos, simulando que practicaba footing cuando pasaba ante un cuartel de la Guardia Civil. Cada trayecto a pie suponía unos 45 minutos. Parece ser que uno de los viajes lo hizo en taxi, un detalle no del todo aclarado.

José Juan tenía alquilado un piso. Un piso franco. Sus padres desconocían ese detalle. Tenía sus propios proyectos. Cuando la policía llegó a la vivienda, escasamente amueblada, aparentemente limpia, con alguna mancha que luego resultó ser de sangre, encontró dos pruebas concluyentes: la máquina de escribir y un recipiente de plástico con dos manos sumergidas en formol. De esas manos pensaba ir amputando los dedos para el caso de que no se produjera el ingreso en cuenta en los plazos convenidos.

De la declaración del asesino, la policía obtuvo todos los detalles, casi todas las respuestas del crimen. José Juan llamó a su amigo Javier para que comprobara la calidad de un equipo de música que había adquirido recientemente. Con esa excusa le hizo sentar en una silla en medio del salón. Le puso una venda en los ojos para que pudiera concentrarse en el sonido. Y por detrás, le propinó un golpe en la cabeza con la pata de una mesa rellena de arena. Golpe que no fue definitivo como él mismo explicaba durante el juicio:

«Cojo un cuchillo. El primero que se me presenta, al azar, el que haya. Lo cojo… Una cosa de las que digamos que a mí me puede más impresionar son los ojos abiertos. No se los bajo. Se los tapo. Una vez tapados, le cubro la cabeza. No quiero verle la expresión. Digo: ahora voy a tener esta imagen grabada no sé cuánto tiempo. Una vez que está tapado, vamos a la actuación. ¡Chas! Le doy. El hombre despierta, sale de esa inconsciencia, del shock en que estuviera… ¡estaba vivo! Él se trata de incorporar, medio cuello colgando, un ruido así de tráquea que no es nada desagradable… se lo echo para atrás. Digo lo siento y, hala, le clavo el cuchillo pero a reventar, con toda la fuerza del mundo. Que luego sí, tendrá uno sus pensamientos y todo lo que sea, pero lo que yo tengo delante es un cadáver, ya está muerto. Dejaos de tanto rollo de descuartizamiento ni nada».

La policía sostiene que el móvil fue el dinero. En el juicio se le aplicó la atenuante de «enajenación mental incompleta», según diagnóstico de los psiquiatras forenses. Fue condenado a 36 años de cárcel: 28 por el crimen, cuatro por falsificación de documentos y otros cuatro por amenazas. Solo cumplió 15.

El 21 de junio de 2004 abandonó la prisión de Aranjuez (Madrid). Aprovechó todas las redenciones de condena posibles, entre ellas por servir comidas a presos en régimen especial, caso de los etarras. Conocía todos los detalles porque estudió Derecho en la cárcel.

José Juan es un hombre libre desde hace seis años, pero no se sabe nada de él, salvo vagas referencias de vecindario sobre su estancia en Sevilla o sus viajes a Chiclana para visitar a sus padres. Todo parece haber estado dentro de su calculadora inteligencia. Ya les dijo a los policías que no estaría más de 20 años en la cárcel.

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