José Ignacio Orduña Mayo

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José Ignacio Orduña

El asesino de Lesseps

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador - Gerontofilia
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 1978 / 1979 / 1997
  • Fecha de detención: 26 de febrero de 1979
  • Fecha de nacimiento: 1954
  • Perfil de las víctimas: Serafina Díaz de Zulueta, de 80 años, y María Angeles Díaz de Zulueta, de 91 / Pilar Odena Sánchez, de 57 / Carmen B. G., de 80
  • Método de matar: Golpes con las manos
  • Localización: Barcelona, España
  • Estado: Condenado a 86 años de prisión el 2 de enero de 1982. Puesto en libertad en diciembre de 1997. Condenado a 25 años de prisión en octubre de 2000
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José Ignacio Orduña, el castigo de Lesseps

La Razón Digital

8 de agosto del 2009

El asesino de la plaza Lesseps de Barcelona es un sujeto con rasgos de personalidad psicopática, con «una conducta que comporta una personalidad psicopática clara».

José Ignacio Orduña Mayo, nacido en 1954, tuvo dos periodos brutales de actuación. Uno que va del 17 de septiembre de 1978 al 15 de enero de 1979, en el que ataca a ancianas de las que abusa, provocando la matanza de Lesseps; y otro posterior, una vez cumplida esta primera condena, en la que la insuficiencia del sistema penitenciario judicial permite que vuelva a actuar.

Una vez queda libre, dieciséis años después, vuelve a dañar y a matar ancianas, entre el 10 de septiembre de 1997 y julio de 1998.

José Ignacio dice estar obsesionado por la gerontofilia, dado que la primera mujer a la que vio el sexo fue a su abuela.

Su forma de proceder es seguir a ancianas, sorprenderlas cuando éstas van a entrar en sus casas, golpearlas en la cabeza y abusar sexualmente de ellas. Por causas no aclaradas del todo, no puede consumar el acto sexual, limitándose a sobar o tocar las partes íntimas, frotándose contra ellas.

Su crimen más famoso tuvo lugar en la plaza Ferdinand de Lesseps, en un edificio esquina a la calle Septimania, en el entresuelo del número 30, donde vivían tres ancianas. Ángeles, de 91 años, Serafina, de 80, e Ignacia, de 76.

El 15 de enero de 1979, a las 12 de la mañana, José Ignacio, después de haber seguido a una de las señoras, probablemente Ignacia, llamó a la puerta y, en cuanto le abrieron, derribó a golpes a la mujer, a la que dejó inconsciente. Después, la emprendió a golpes con Serafina y la trasladó hasta depositarla sobre una cama. Desnudó el cuerpo de las mujeres, pero fue incapaz de consumar la violación.

Tras registrar el piso se llevó lo que encontró de valor y algún recuerdo como fetiche. Dos de las mujeres quedaron muertas y a Ignacia, mal herida, la abandonó en un charco de sangre. La llegada de un sobrino acompañado de un amigo hizo que José Ignacio huyera, tras acuchillar a uno de los recién llegados.

Al ser capturado, se descubrió que vivía con una compañera sentimental veinte años mayor que él, y que en su casa guardaba trofeos de sus fechorías en el interior de un bolso. Era evidente que su parafilia (aberración sexual) le había convertido en psicópata criminal, tanto organizado, como desorganizado, pues fue sorprendido varias veces por los familiares cuando estaba representando en vivo su fantasía sexual.

En el juicio fue condenado a 86 años y once meses, por tres delitos de homicidio consumado, dos frustrados y ocho tentativas de violación.

La sociedad, indefensa, ha tenido que soportar que saliera a los 16 años de prisión efectiva y comenzara de nuevo los asaltos a mujeres de avanzada edad, por lo que ha sido condenado a 21 años por asesinato.

Orduña cometió el error de dejarse una colilla en la escena de uno de sus crímenes, lo que permitió disponer de su ADN. Es un tipo muy violento que ha desempeñado trabajos de mozo de reparto. Su estancia en prisión, lejos de haberlo reformado o reinsertado, lo hace más duro y sofisticado. La primera vez ante la autoridad lloró y llamó a gritos a su madre; en su segunda captura, fue capaz de sostener fríamente que una de sus víctimas, al menos, había consentido sus abusos.


El violador de ancianas

Edda Pujadas – Diariolavoz.net

8 de abril de 2013

La obsesión del español José Ignacio Orduña Mayo eran las mujeres de avanzada edad, a quienes seguía a sus casas. Una vez allí las agredía y las violaba, en algunos casos, provocándoles la muerte cuando éstas ofrecían resistencia.

El hombre tumbó a la viejita sobre una cama, la abofeteó y a continuación, le practicó sexo oral, si bien desistió de su acoso cuando oyó el ruido del ascensor del edificio y se dio a la fuga. Sin embargo, cometió un error: dejó la colilla de un cigarrillo en el apoyabrazos de un sillón de la sala de su víctima.

El que se bautizó en su momento como el «violador de ancianas», José Ignacio Orduña Mayo, fue condenado en 1981 a un siglo de cárcel por una decena de violaciones de mujeres mayores, tres de las cuales murieron. Logró salir de prisión después de 18 años y al año, volvió a la carga: agredió sexualmente a dos ancianas de 79 y 94 años de edad, respectivamente.

El asesino de la plaza Lesseps de Barcelona, España, como también se conoce a José Ignacio Orduña Mayo, es un sujeto con rasgos de personalidad psicopática, nacido en 1954, que tuvo dos periodos brutales de actuación. Uno que va del 17 de septiembre de 1978 al 15 de enero de 1979, en el que ataca a ancianas de las que abusa, provocando la matanza de Lesseps y otro que se inicia al haber cumplido esta primera condena, en 1998.

Expediente criminal

Como ya comentamos, José Ignacio Orduña, vecino de Barcelona, fue condenado en 1981 a más de 100 años de prisión por una decena de agresiones sexuales con lesiones a ancianas de entre 65 y 84 años, pero también había sido sentenciado por apuñalar a tres testigos de estos delitos en sus huidas.

Otra de las acusaciones que pesaba sobre él, era una tentativa de violación a una niña de ocho años de edad en el portal de su domicilio. Al cometer este hecho delictivo, también apuñaló a una persona que intentaba retenerle. Asimismo, en un descampado violó a una joven de 22 años y además agredió sexualmente a una mujer de 40 y a otra de 48, a la que lesionó gravemente.

En resumen, Orduña Mayo, José Orduña, detenido en el mes de febrero de 1979, en Barcelona, por un policía municipal del Ayuntamiento barcelonés, fue condenado por la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Barcelona a un total de 86 años, once meses y trece días de cárcel. La sentencia calificó de homicidios, con la concurrencia de eximente incompleta de enfermedad mental, la muerte de tres ancianas, hechos que el fiscal había calificado de asesinatos.

El tribunal también condenó a José Ignacio Orduña a 12 años de prisión por cada uno de los delitos. Asimismo, se le impusieron 12 años de presidio mayor por un delito de homicidio en grado de frustración. El resto de las penas son por delitos de violación en grado de tentativa, robo con lesiones y faltas con lesiones.

Al acusado se impusieron 660 mil pesetas en multas y se le condenó al pago de indemnizaciones por valor de casi 5 millones de pesetas a los herederos de las víctimas, un millón en cada uno de los homicidios. Las indemnizaciones de menor cuantía fueron para víctimas de otros delitos.

21 años de cárcel

Los tres delitos de homicidio por los que fue condenado José Orduña los cometió entre los meses de noviembre de 1978 y enero de 1979. Causó la muerte de las ancianas Pilar Odena Sánchez, Serafina Díaz de Zulueta y María Angeles Díaz de Zulueta.

Lamentablemente y tras cumplir 18 años de reclusión, logró la libertad a finales de 1997, si bien en febrero de 1998 fue detenido en Barcelona por causar lesiones a unos policías. Su violenta y sádica actuación tomó forma de nuevo el 18 de julio de 1998 cuando siguió a una mujer de 79 años hasta su casa, situada en la calle Córcega de Barcelona.

Según los investigadores policiales, el presunto agresor entró en el inmueble en el que residía la víctima, tocó el timbre y la anciana, confiada, abrió la puerta, momento en que Orduña aprovechó para abalanzarse sobre ella.

El hombre tumbó a la viejita sobre una cama, la abofeteó y a continuación, le practicó sexo oral, si bien desistió de su acoso cuando oyó el ruido del ascensor del edificio y se dio a la fuga. Sin embargo, cometió un error: dejó la colilla de un cigarrillo en el apoyabrazos de un sillón de la sala de su víctima.

La siguiente persona en caer en manos de Orduña Mayo fue una ancianita de 96 años de edad, por cuyo caso se le acusó de agresión sexual en grado de tentativa. En este hecho existe la complicación de que la víctima, a raíz de lo acontecido, sufrió un proceso acelerado de demencia, por lo que le cuesta comunicarse y los médicos que le atienden en el centro en el que está ingresada desaconsejan por completo su asistencia a juicio.

Los hechos sucedieron el 29 de julio de 1998 cuando, según la acusación hecha por la abogada María José Varela, el asesino de Lesseps abordó a la víctima en una calle de Barcelona, la obligó a entrar en su casa y la intentó penetrar sin éxito, pues la mujer nunca había mantenido relaciones sexuales.

La acusación afirmó que el agresor también abofeteó y estranguló a la anciana hasta que ésta perdió el conocimiento mientras la agredía sexualmente. Por estos nuevos delitos, fue condenado a 21 años de cárcel.

La atrocidad de un demente

El crimen más brutal de José Ignacio Orduña Mayo tuvo lugar en la plaza Ferdinand de Lesseps, en un edificio de la zona en el que vivían tres ancianas: María Ángeles, de 91 años, Serafina, de 80, e Ignacia de 76. Ocurrió el 15 de enero de 1976, en horas del mediodía, cuando el sujeto, tras haber seguido a una de las señoras, tocó la puerta y cuando se la abrieron derribó a la primera de sus víctimas.

Orduña desnudó a las tres señoras, las golpeó salvajemente y dos de ellas fallecieron. Ignacia quedó mal herida y él huyó con algunas cosas de valor.


El asesino de Lesseps

Mariano Sánchez Soler – Los crímenes de la democracia

Lunes, 15 de enero de 1979. Una anciana de 81 años atravesó el Paseo de Gracia. Caminaba enfundada en un abrigo gris y con una bolsa de la compra colgada del brazo. Había salido a por el pan. Aquel joven empleado de una tienda de electrodomésticos, abrigado en un anorak azul y con los ojos ocultos tras unas gafas ray-ban, sintió el impulso de seguir a la mujer. Pero no estaba jugando a detectives. En su cerebro de 25 años bullían otras ideas, otros deseos que satisfacer.

José Ignacio Orduña, excitado, pasó de largo cuando la anciana se introdujo en el portal número 30 de la plaza barcelonesa de Lesseps, pero inmediatamente dio marcha atrás. Cuando la desvalida mujer abrió la puerta de su casa, en el entresuelo, José Ignacio se abalanzó sobre ella, le tapó la boca con la mano derecha y la empujó al pasillo. Los gritos de la víctima fueron ahogados a puñetazos. La mujer se desplomó sin sentido.

El forcejeo atrajo a otra anciana de ochenta años que acudió en defensa de su hermana. Los puñetazos, de nuevo, neutralizaron a la recién llegada. Con la celeridad de quien ya lo ha hecho otras veces, Orduña arrastró a las dos ancianas hasta un dormitorio y las colocó en la cama, extendidas, inertes en apariencia.

Las desnudó de cintura para abajo aunque fue incapaz de violarlas. Una fuerza extraña le impedía consumar la penetración, su deseo. Por ello, comenzó a revolver la habitación, la casa entera, hasta toparse con otra anciana inválida en una silla de ruedas, de ochenta años, cuyos gritos de auxilio acalló también a golpes. La dejó postrada en una cama pero tampoco pudo violarla. José Ignacio, entonces, buscó algo de valor que llevarse. Así confundiría a la Policía, haciéndole pensar que aquel asalto no era más que un robo.

Pero la casa pareció volverse loca cuando el timbre de la puerta, al sonar, hizo que se encendieron luces rojas por todos lados. Era el artilugio con que las mujeres suplían su sordera crónica. El sobrino de las tres víctimas acababa de llegar en compañía de un amigo. Presa del pánico, Orduña trató de huir por la ventana. Sudaba. La altura era escasa, pero podía ser visto con facilidad por algún vecino.

El sobrino visitante dio la vuelta al edificio para comprobar por las ventanas si les había ocurrido algo a sus tías; mientras, su amigo seguía llamando a la puerta. Orduña abrió violentamente y clavó un navajazo al recién llegado. Luego, a la carrera, escapó por una boca de metro. Tras de sí había dejado los cadáveres de Ángeles y Serafina, dos ancianas de ochenta y ochenta y un años.

El lunes 26 de febrero de 1979 faltaban cuarenta y ocho horas para unas elecciones generales que daban la puntilla a la Democracia en España. Era el espaldarazo a la transición política española. Barcelona se preparaba ante la jornada de reflexión y los partidos políticos dejarían de empapelar paredes y ensordecer con sus megáfonos.

José Ignacio Orduña, hijo de un trabajador de la SEAT, siguió a una niña de ocho años hasta que entró tras ella en un portal. Un cierto aleteo y varios gritos arremolinaron a la gente. José Ignacio sacó su navaja para abrirse paso. La hoja brillaba en el aire y se tintó de sangre cuando un hombre, sin duda un ciudadano de pro, quiso cortarle la huida. La persecución duró varios minutos, hasta que un coche, subiéndose a la acera, le puso la peor zancadilla. Un vehículo del 091 le condujo a la comisaría de Audiencia, en la calle Lauria. Sin saberlo, habían detenido al «asesino de Lesseps», terror de Barcelona desde el brutal asesinato de las dos ancianas.

Orduña era un tipo psíquicamente enfermo. Según un dictamen médico, su conducta tenía una componente edípica al buscar siempre mujeres mayores, como su madre. En sus asaltos, las echaba sobre una cama desnudándolas de cintura para abajo, pero cuando iba a penetrarlas sentía repugnancia y las golpeaba con sus manos, sin usar jamás la navaja.

Interrogado en la Jefatura de Policía de Barcelona, en Vía Layetana, José Ignacio Orduña confesó un tercer crimen anterior, ocurrido el 6 de noviembre de 1978. La historia está calcada. En la calle Tamarit vio pasar a la viuda Pilar Sánchez, de 57 años; la siguió hasta su casa, la empujó cuando abría la puerta, la golpeó y la postró en una cama. Desnuda de medio cuerpo, Pilar siguió gritando y su atacante la acalló a golpes. En menos de veinticuatro horas, una hemiplejía segó la vida de la pobre mujer.

Ahora, en víspera de elecciones, la Policía se apuntaba un gran éxito. El asesino de Lesseps, una bestia, había confesado su participación en ocho ataques a mujeres maduras y la autoría de tres asesinatos. La opinión pública destacó la gran eficacia de las fuerzas del Orden. Barcelona, y con ella España entera, podía respirar tranquila antes de colocar su papeleta en la urna. Ningún familiar preguntó por José Ignacio mientras estuvo en el juzgado; ni siquiera lo hizo la modista de 52 años con la que tenía una vida marital.

-Prácticamente nunca he salido con una chica -declaró el joven Orduña-, He tenido ligues sexuales como todo el mundo. Cuando hice la mili me dolían mucho los testículos y tuvieron que operarme porque uno lo tenía más arriba que el otro. Aquel dolor nunca me ha desaparecido por completo.

El 1 de marzo de 1979 las elecciones generales dieron de nuevo el triunfo a la Unión de Centro Democrático que obtuvo el 35 por 100 de los votos, seguida del PSOE con el 29 por 100. Aquellos sin duda empezaban a ser tiempos de orden.


Condenado a 86 años de cárcel el llamado «asesino de Lesseps»

EFE

2 de enero de 1982

José Ignacio Orduña Mayo, el denominado asesino de Lesseps, ha sido condenado por la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Barcelona a un total de 86 años, once meses y trece días de cárcel. La sentencia calificó de homicidios, con la concurrencia de eximente incompleta de enfermedad mental, la muerte de tres ancianas, hechos que el fiscal había calificado de asesinatos. El tribunal condenó a José Ignacio Orduña a doce años de prisión mayor por cada uno de los delitos.

Asimismo, el tribunal condenó a José Ignacio Orduña a doce años de presidio mayor por un delito de homicidio en grado de frustración. El resto de las penas son por delitos de violación en grado de tentativa, robo con lesiones y faltas con lesiones.

El tribunal impuso al acusado 660.000 pesetas en multas y le condenó al pago de indemnizaciones por valor de casi cinco millones de pesetas a los herederos de las víctimas, un millón en cada uno de los homicidios. Las indemnizaciones de menor cuantía fueron para víctimas de otros delitos.

Los tres delitos de homicidio por los que ha sido condenado José Orduña los cometió en los meses de noviembre de 1978 y enero de 1979. Causó la muerte de las ancianas Pilar Odena Sánchez, Serafina Díaz de Zulueta y María Ángeles Díaz de Zulueta.

José Orduña fue detenido en el mes de febrero de 1979, en Barcelona, por un policía municipal del Ayuntamiento barcelonés.


El Tribunal Supremo revisa la sentencia de Ignacio Orduña, «el asesino de Lesseps»

Ferran Sales – Elpais.com

8 de octubre de 1982

La sentencia que condenó a 86 años de prisión a Ignacio Orduña Mayo, más conocido como el asesino de Lesseps, ha sido recurrida ante la sala segunda del Tribunal Supremo. La resolución judicial contra Orduña Mayo había sido dictada el pasado mes de enero, por la sección segunda de lo penal de la Audiencia Provincial de Barcelona. La defensa fue del penalista José María Cánovas.

El caso judicial de Ignacio Orduña se abrió en febrero de 1979, cuando un policía municipal de Barcelona, después de una loca carrera, detuvo a un joven que había intentado abusar de una niña. Trasladado a la comisaría, el detenido confesó haber causado la muerte de tres ancianas.

No recordaba la fecha con precisión, pero consiguió explicar que una mañana de jueves descubrió a una anciana mientras caminaba por una de las estrechas aceras de la calle Salmerón, en Gràcia. Durante unos minutos fijó su mirada en la barra del pan que sobresalía del cesto y así, durante un tiempo, caminó detrás de ella. Después, cuando Serafina Díaz de Zulueta entró en el oscuro portal de la plaza de Lesseps, él esperó durante unos instantes, para ascender más tarde por la escalera.

La policía encontró el cuerpo de Serafina, semidesnudo, tendido encima de la cama. Mas allá, en la misma vivienda, permanecía, también sin vida, el cuerpo de María Ángeles Díaz de Zulueta, su hermana. Acababa de cometerse el asesinato de Lesseps.

El detenido continuaba sin recordar la fecha con precisión, pero consiguió explicar que descubrió el rostro de la tercera víctima, Pilar Odena Sánchez, entre los zapatos de un escaparate. Estuvo mirándola durante unos instantes, y después la siguió por las estrechas callejuelas, hasta el portal oscuro. Esperó que entrara en su casa. Luego subió, llamó a la puerta y dijo que era el empleado de la electricidad y que venía a leer el contador. La encontraron también muerta.

Sólo mataba los jueves

Cuando acabó su declaración, la policía comprobó que los delitos de Orduña Mayo se habían cometido siempre en jueves: el día de la semana que libraba en la tienda de óptica y fotografía de la calle Pelayo, en la que trabajaba.

Comprobó también la policía que sus agresiones las había dirigido siempre a mujeres ancianas, y que después en su casa se solazaba mirando y manoseando las joyas que les había robado y que guardaba celosamente en el interior de un viejo petate del Ejército.

Más allá de todos estos hechos, la policía descubrió que Ignacio Orduña era el hijo de un emigrado andaluz que en la década de los sesenta se había establecido en la Zona Franca de Barcelona, entrando posteriormente a trabajar en la factoría Seat. Descubrió también que Ignacio Orduña, desde hacía algunos meses, vivía con una mujer, viuda, mucho mayor que él, que trabajaba como costurera.

Todos estos elementos vitales del acusado fueron diseccionados por los peritos psiquiatras y por los jueces, hasta llegar al acuerdo de que debía atenuársele la sentencia y aplicarle la eximente incompleta de enfermedad mental. Aun así, Ignacio Orduña fue condenado a 86 años de cárcel y a indemnizar a sus víctimas con cinco millones de pesetas en total.

El recurso planteado ayer por el abogado Cánovas hace hincapié en que deben retirarse las agravantes de abuso de superioridad en los delitos de homicidio y violación, por considerar que estas agravantes quedaban incluidas en la misma naturaleza del delito.

Pide también el letrado defensor la retirada de la agravante de desprecio de morada, contemplado a raíz de una de las agresiones perpetradas contra una anciana.

El recurso de la sentencia dictada contra Orduña Mayo se cerró ayer con las palabras del representante del ministerio fiscal, que se reafirmó en cada uno de los considerandos de la sentencia de Barcelona.


El fiscal pide otros 25 años de cárcel para «el asesino de Lesseps»

EFE

16 de julio de 2000

El fiscal y la acusación particular piden un total de 25 años de prisión por la presunta violación de dos ancianas de la que se acusa a José Ignacio Orduña Mayo, el asesino de Lesseps, que en 1981 ya fue condenado a un siglo de cárcel por una decena de violaciones de mujeres de avanzada edad, tres de las cuales murieron. La Sección Quinta de la Audiencia de Barcelona juzgará mañana a Orduña Mayo por estas dos presuntas agresiones sexuales.

Además de este caso, Orduña afrontará más adelante otra petición fiscal de 25 años de prisión por el robo con violencia y asesinato de otra anciana, C. B. G., de 80 años, que murió en su domicilio de la calle de Valldonzella de Barcelona el 10 de septiembre de 1997.

Según consta en la causa de este crimen, tramitado por el Juzgado de Instrucción número 11 de Barcelona, el presunto asesino agredió con tal brutalidad a la víctima que incluso le desfiguró el rostro.

En la causa que se juzgará el lunes, la fiscalía pide para el asesino de Lesseps 10 años de cárcel por un delito de agresión sexual y seis fines de semana de arresto por una falta de lesiones. Los hechos ocurrieron el 18 de julio de 1998.


Un episodio judicial

Ignacio Vidal-Folch – Elpais.com

29 de julio de 2000

La Audiencia de Barcelona acaba de juzgar a un presunto violador de ancianas que en 1981 ya fue condenado, por 10 violaciones con resultado de tres muertes, a más de 100 años de cárcel; cumplió 18, fue liberado y, según la acusación, a los pocos días agredió a otras tres ancianas: una de las tres resultó muerta a golpes; otra, de 96 años de edad, se desmayó -lo que puso en fuga al agresor- y ha quedado en permanente estado de shock e incapacitada para reconocer a su agresor; en ninguno de los dos casos se ha encontrado prueba directa o indirecta contra el sospechoso, aunque el procedimiento criminal es similar.

La tercera víctima es una mujer de 79 años; cuando ya estaba siendo golpeada la salvó el estrépito del ascensor: la mujer tuvo aún la presencia de ánimo para decirle al agresor que en el ascensor llegaba su hijo; y aquél huyó.

Este tercer crimen es el que se juzgaba el otro día. La defensa alegó que la mujer consentía en el contacto sexual, el fiscal lo negó y pidió 10 años de cárcel. Hay un testigo presencial: la víctima, aún temblorosa; y una prueba pericial: una colilla de cigarrillo en la que se ha encontrado el ADN del agresor. El juez ha dictado sentencia: seis años a la sombra.

Hace 25 años, un grupo de estudiantes de derecho de la Universidad Autónoma estuvimos en la misma sala de la Audiencia mirando la espalda de un hombre esposado al que se acusaba del asesinato de una anciana.

La víctima había tenido la peor ocurrencia de su vida: tenía que hacer unas chapuzas en casa y contrató en la calle a un hombre joven, un albañil desocupado que sería su asesino. El albañil la acompañó a su domicilio, la desnucó, robó sus ahorros, y esa misma tarde se los estaba gastando cuando le echaron el guante.

El fiscal de hace 25 años clamaba: «¡Tiene usted las manos empapadas de sangre! ¡Empapadas de sangre!». Era el estilo truculento que se gastaba en la época.

El albañil ofreció su propia versión de los hechos: al llegar al piso, la anciana le había hecho proposiciones deshonestas. Él siente repugnancia; la rechaza; la anciana insiste y se insinúa, mientras le embucha en el bolsillo los billetes de banco que luego la policía le encontrará; él la aleja de un empujón, con tan mala fortuna que la envía a chocar contra la esquina de una mesa que… A partir de ese instante no recuerda más, hay un extraño blanco en su memoria, un blanco muy socorrido en los tribunales.

Como se ve, era una explicación bastante inverosímil. En los bancos del público, los familiares de la anciana asesinada rechinaban de dientes y mascullaban improperios contra aquel miserable que no contento con matar a la abuela ahora ofendía su memoria.

-¿Así que la señora María le requirió sexualmente? -preguntó el fiscal regodeándose en la ironía-. ¿Pero cómo es que usted se negó? ¡Vamos, vamos! ¿No es usted varón, un hombre con lo que hay que tener?

El albañil, creyendo adentrarse por terrenos de complicidad entre machos, se encogió de hombros como un escolar al que han pillado fumando:

-Pues la verdad…, si ella hubiera sido más joven…, a nadie le amarga un dulce. Pero era muy vieja y me daba asco.

El abogado había sido nombrado de oficio. Cuando le llegó su turno preguntó a su cliente:

-¿Es usted casado?

-Sí.

-¿Es usted católico?

-Sí.

-Por consiguiente, aunque la oferente hubiera sido joven y atractiva, usted, en el cumplimiento de los deberes contraídos con el santo sacramento del matrimonio, tampoco hubiera aceptado mantener relaciones carnales con ella. ¿Verdad?

Todos contuvieron el aliento, se hizo en la sala un silencio espeso. El albañil trataba de descifrar en el rostro de su defensor qué respuesta esperaba que le diese. Pero el abogado, en lo alto del parapeto de pulida madera, quedaba tan lejos y tan arriba que su rostro resultaba impenetrable.

Todos en la sala comprendimos los razonamientos en que se enredaba la mente simplona del acusado: «No voy a desmentir a mi propio abogado, él sabe de estas cosas y si me dice eso por algo será; claro que si le doy la razón me contradigo con lo que acabo de decir, quedo como un mentiroso y mi historia, que ya es bastante inverosímil, no la creerá ni Dios. ¿Qué hago?»

-Como católico que usted es -insistió cansinamente el abogado, sólo le faltaba consultar el reloj-, jamás hubiera mantenido relaciones carnales con otra mujer que con su esposa. ¿Verdad que no?

-… No.

El fiscal se frotaba las manos. Pronto volvió a tomar la palabra y a clamar que las del acusado estaban empapadas en sangre. En aquellos años postreros del franquismo todavía había pena de muerte, aunque apenas se aplicaba, y salimos del juzgado convencidos de que el propio defensor había conducido a su cliente al cadalso.

De vez en cuando me he preguntado qué habrá sido de aquel reo de 1975. A éste del año 2000 seguramente lo han defendido mejor, conforme a derecho. La sala le apreció una atenuante de «enajenación mental», pero también la agravante de «aprovechamiento de lugar».

Cambió el Código Penal, hoy se imponen penas mucho más benignas que ayer -por una vida se pagan 15 años-. Por lo demás, la vida sigue igual, como decía una canción de entonces.


Juicio al «asesino de Lesseps» por la muerte de una anciana en la calle Valldoncella de Barcelona

EFE

17 de octubre de 2000

José Ignacio Orduña Mayo, de 47 años, conocido como el asesino de Lesseps, que acumula condenas de más de un siglo de prisión por homicidios, robos y violaciones de ancianas, admitió ayer su debilidad sexual por las mujeres de edad avanzada en un nuevo juicio por el asesinato de una mujer de 80 años.

Un tribunal popular juzga desde ayer en Barcelona a Orduña Mayo, para quien el fiscal pide 25 años de prisión por robar y asesinar a golpes a una anciana que vivía sola en la calle de Valldonzella.

Orduña ya fue condenado a finales del pasado mes de julio a seis años de prisión por la agresión sexual de una mujer de 79 años, y en 1982 se le impuso otra condena de más de un siglo de cárcel por el homicidio de tres ancianas, la violación de otras ocho y otros 12 delitos cometidos contra mujeres de entre 65 y 84 años.

Los hechos que se juzgan ahora ocurrieron el 10 de septiembre de 1997, seis meses después de que Orduña saliera de prisión en libertad provisional. Ese día, según las acusaciones, el delincuente siguió a Carmen B. G., de 80 años, hasta su domicilio, en la calle de Valldonzella, la abordó y, al oponer resistencia la víctima, la golpeó con unas baldosas.

Además Orduña está acusado robar a la mujer dos cartillas bancarias. El móvil principal del procesado, según la acusación, era el sexual, aunque en este caso la resistencia de la víctima le llevó a acabar con su vida.

El juzgado que instruyó la causa la archivó inicialmente al no encontrarse al autor del crimen, pero la reabrió en septiembre de 1998, a raíz de que dos vecinas de la anciana lo identificasen como el presunto autor del crimen al ver su imagen en la televisión.

El asesino de Lesseps declaró ayer que no recuerda con exactitud lo que hizo el día de los hechos. No obstante, sí precisó que, pese a trabajar en Ciutat Vella, no pasó por la calle del crimen ni frente al edificio de la víctima.

La fiscal ha centrado su línea de acusación en la gerontofilia del acusado, quien ha reconocido en el juicio haber tenido relaciones con mujeres de 55 a 60 años y ha admitido sus preferencias sexuales por las personas mayores.

Por su parte, el abogado defensor, David del Castillo, sostuvo que la identificación de las dos vecinas no fue rotunda y que, pese a los antecedentes de su cliente, éste lleva ahora una vida ordenada y «no se le puede juzgar por lo que ya ha cumplido».


El «asesino de Lesseps», declarado culpable de matar a otra anciana

EFE

20 de octubre de 2000

Un jurado popular declaró ayer culpable del asesinato de una mujer de 80 años a José Ignacio Orduña Mayo, conocido por el sobrenombre del asesino de Lesseps porque, como convicto, acumula penas de más de un siglo de prisión por los delitos de homicidio, violación y robo cometidos contra varias ancianas a finales de los setenta.

El jurado popular que ha juzgado a Orduña Mayo, de 47 años, declara a éste culpable de asesinato por siete votos a favor y dos en contra, el mismo resultado por el que se le considera autor de un delito de robo del que también se le acusa.

Los siete miembros del jurado que han declarado culpable a Orduña se opusieron a que se concedieran al asesino cualquier medida de gracia o beneficio penitenciario. Tras la lectura del veredicto, la fiscal reiteró su petición de 20 años de prisión por asesinato y 5 de cárcel por robo, solicitud que hizo suya la acusación particular.

Los hechos sucedieron el 10 de septiembre de 1997, seis meses después de que Orduña saliese en libertad tras cumplir sólo una parte de la condena de más de 100 años de prisión que se le impuso.

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