Jonathan Richmond

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Jonathan-Richmond
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Mutilación - Incendio
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 7 de febrero de 1972
  • Fecha de detención: 10 de febrero de 1972
  • Perfil de las víctimas: Margaret Richmond, de 24 años, y su hijo Justin, de dos años
  • Método de matar: Golpes - Estrangulación - Apuñalamiento
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue condenado a cadena perpetua en 1972
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Jonathan Richmond – Asesinato doble

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Temprano, en la mañana del lunes 7 de febrero de 1972, la policía recibió una llamada telefónica que informaba que salía humo de una ventana del tercer piso de un edificio municipal de departamentos en Finchdale Road, Abbey Wood, al sureste de Londres. Los bomberos se apresuraron al llegar al sitio y tuvieron que tirar la puerta del frente para entrar al departamento número 30. En medio de un humo de olor ácido corrieron al baño – donde obviamente estaba el fuego – y ahí se encontraron con una escena que ninguno ha de olvidar.

En el baño estaban los cuerpos mutilados de una mujer joven y de un niño pequeño, envueltos en cobijas empapadas de parafina que todavía ardían. Uno de los primeros oficiales de la policía que llegaron al lugar se desmayó al entrar al baño. Un detective dijo que la escena sólo era comparable al asesinato ritual de la actriz Sharon Tate y cuatro amigos por el grupo hippie de Charles Manson, sucedido en Hollywood tres años antes.

El niño había sido golpeado con saña antes de ser estrangulado y apuñalado varias veces en el pecho y en el abdomen. La mujer también había muerto por heridas de puñal; las cuchilladas en el pecho le habían penetrado los pulmones y el corazón. El asesino le había cercenado uno de los pechos, le había vaciado un ojo y rebanado una parte de la nariz. Estas partes del cuerpo, lo mismo que una mano que tenía dos anillos, fueron encontradas en diferentes lugares del departamento.

Ahí también se encontraron dos cuchillos con hojas de 22 centímetros de largo.

– Sólo un maníaco pudo haber causado esas heridas – comentó uno de los detectives -. O estaba loco – completamente frenético – o estaba tan drogado que no pudo detenerse. Fue una de las escenas más horrorosas con que me he topado en mis muchos años de trabajo en la policía.

Los dos cuerpos estaban tan quemados que la mujer únicamente pudo ser identificada de manera definitiva por sus registros dentales. Quedó en claro que se trataba de la ocupante del departamento número 30, la señora Margaret Richmond quien estaba separada de su esposo Peter Richmond, un diseñador de escaparates de 21 años que trabajaba para una cadena de tiendas de ropa. El niño era el hijo de ambos, Justin, de dos años.

Margaret Richmond, de 24 años, era una chica alta, delgada, de cabello largo y oscuro, muy atractiva. El día que cumplió 21 años conoció a Peter Richmond y se casaron unos meses después en Ashford, Middlesex. Se separaron en el otoño de 1971 y el esposo regresó a la casa de sus padres en Alabama Street, Plumstead, a unas millas de distancia. Peter estaba hospedado con unos familiares en Hertfordshire cuando lo llamaron oficiales de la policía para decirle de la muerte de su esposa e hijo.

En un intento por construirse una nueva vida, la señora Richmond se había convertido en representante de los cosméticos Avon y visitaba a amas de casa del área para mostrarles sus productos y tomar los pedidos, un trabajo que podía combinar con el cuidado del pequeño Justin.

El asesino había intentado inicialmente quemar los cuerpos rociándolos con los contenidos de las botellas de perfume que Margaret tenía como muestrario de ventas. Al no prender esta mezcla saturó a sus víctimas con parafina.

Los detectives que trataban de reconstruir un diario de las últimas horas de la mujer asesinada supieron que el viernes anterior había hablado por teléfono con su esposo y que parecía perfectamente normal. La tarde del sábado salió de compras y le contó a una amiga que iba a cocinar unos pasteles porque unos amigos iban a llegar de visita. De hecho, fue a una fiesta la noche del sábado y regresó luego a su departamento con un grupo de amigos.

Lo que sucedió el domingo fatal, 6 de febrero, permanece en el misterio. Sin embargo, mediante entrevistas con los otros sesenta y cuatro ocupantes del edificio quedó en claro que los asesinatos habían ocurrido en las primeras horas de la mañana del lunes y que los gritos de las víctimas habían sido oídos por algunos de los vecinos.

Más adelante hubo ciertas críticas por la aparente insensibilidad de la gente. El señor Michael Worsley, el fiscal, dijo que vecinos y gente que pasaba por la calle habían oído gritos, el llanto de un niño, golpes y chillidos de una mujer.

– Todo esto fue oído aproximadamente durante treinta minutos, pero parece ser que nadie intervino – dijo -. No sólo eso, hasta donde yo sé, nadie hizo el menor esfuerzo por buscar ayuda.

Los vecinos consideraron que las críticas eran injustas. Explicaron que la mayoría de ellos ignoraban que el señor Richmond había dejado de vivir en el departamento y pensaron que se trataba de un pleito entre marido y mujer. Ese año los Richmond habían dado varias fiestas ruidosas. A cuatro semanas de haberse cambiado se les había mandado una carta en la que se mencionaban las quejas de los vecinos por el ruido.

La señora Mary Rushton, una viuda jubilada que vivía en el departamento de abajo dijo que había oído ruido de golpes alrededor de las tres de la mañana del día en que fueron descubiertos los asesinatos. Se levantó porque pensó que algo le sucedía a su televisor, pero al no encontrar nada anormal, después de revisar el aparato, se fue a dormir.

– No me pude dormir por el ruido – dijo -. La señora Richmond era una mujer atractiva pero siempre tenía de visita a gente extraña de pelo largo. Esta era la gente que asistía a las fiestas que daba. Yo compartía una línea telefónica con ella pero no pude hacer llamadas el fin de semana porque su auricular había sido descolgado.

La señora Harriet Coombes, de 73 años, dijo que oyó gritos pero que no hizo nada al respecto.

– Hubiera hecho algo si hubiera sido un poco más joven – dijo -. A mi edad una no anda metiendo la nariz en los asuntos de la demás gente. Iba a mandar a mi hija a ver qué pasaba cuando de pronto los gritos se acabaron.

Otra vecina que oyó gritos “durante un buen rato” fue la señora Irene Saunders.

– Cuando una vive en un lugar como éste se acostumbra a oír gritar a la gente – comentó -. La cosa llega a tal punto que uno se dice: “Yo no tengo vela en este entierro”. Si hubiera bajado, quizá también resulto atacada.

Una mujer de 71 años que vivía en una casa de ancianos frente al edificio dio su opinión:

– Tantas cosas malas son hechas que se llega a un punto en el que ayudar a un vecino es contraproducente. Si una interfiere en esta área es agredida por los vecinos. Si una discute con alguien en esta calle ellos mandan a sus hijos a que pinten el coche o a arruinar el jardín o a aventar piedras a las ventanas.

La señora Lynn Bell, otra residente del edificio, dijo que ella y su esposo habían oído un alboroto en el departamento de los Richmond aproximadamente dos meses antes de que se enteraran de los asesinatos.

– Lo que uno tiene que hacer cuando vive en departamentos es tratar de no oír – dijo -. Uno oye gritos y golpes y uno no puede hacer nada. No se trata de que uno sea antisocial. Lo mejor es dejar que la gente resuelva sus propios problemas. ¿Quién iba a saber que se estaba cometiendo un asesinato?

Otras personas que vivían cerca hablaron de hippies que visitaban a la señora Richmond y sugirieron la posibilidad de que diera fiestas en las que se ingerían drogas. Peter Richmond negó enfáticamente tal idea y la consideró como ridícula.

– Yo acostumbraba tomar drogas – dijo -. Estuve tomando anfetaminas durante mucho tiempo, y en parte eso fue lo que llevó a nuestra separación. Así que si las drogas habían causado la separación es muy poco probable que mi esposa estuviera relacionada con una bola de malvivientes. Los melenudos de quienes hablan los vecinos han de haber sido mis amigos. Yo acostumbraba verlos mucho durante el tiempo en que Margaret y yo estábamos juntos. Cuando nos separamos ellos continuaron viendo a mi esposa.

Agregó que él y su esposa habían terminado como buenos amigos. Con frecuencia la visitaba en su departamento y acostumbraba llevarse a Justin con él los fines de semana a casa de sus padres. Habían llegado a hablar de una posible reconciliación.

El padre de Margaret Richmond, el señor John Rashid, de Ashford, Middlesex, también se sintió indignado por las historias que circulaban acerca de su hija.

– Todo esto de que ella era una hippie es una mentira – declaró -. Ella no podía dar fiestas desenfrenadas en su departamento por el niño. Lo quería demasiado para eso. Era una madre extraordinaria. Era muy contable y siempre estaba ayudando a la gente.

Sin embargo, la única pista sobre la que podía trabajar la policía era la de los hippies. En menos de 24 horas ya se habían detenido a dos sujetos de cabello largo que hacían autoestop en el West Country. A pesar de no ser sospechosos fueron llevados a la comandancia de crímenes de Plumstead porque se pensó que podrían dar información sobre los amigos de la señora Richmond.

Mientras tanto, policías con perros rastrearon los bosques cercanos y un helicóptero fue utilizado para sobrevolar las ciénagas de Plumstead; quizá el asesino siguiera escondido en la localidad.

Mediante entrevistas con jóvenes, la policía pudo reconstruir una posible secuencia de los sucesos. El 10 de febrero dos oficiales que viajaron a Salisbury, Wiltshire, detuvieron a un muchacho que hacía autoestop: Johathan Richmond, el hermano de 18 años de Peter. Fue llevado a Plumstead y acusado de la muerte de su cuñada y del hijo de ésta.

Jonathan, alemán de nacimiento, era uno de cinco hermanos y había estado desocupado durante cierto tiempo. No tenía residencia fija. No intentó negar los cargos y se declaró culpable al ser presentado ante el juez principal de Londres, sir Carl Aarvold, en el Old Bailey, en junio de 1972.

El señor Michael Worsley, al bosquejar el caso, dijo que Richmond había visitado a su cuñada.

– Parece ser que trató de violarla. Ella gritó y Jonathan, en sus propias palabras, trató de callarla. Mientras esto sucedía entró el niño llorando al cuarto. Debe haber recibido una paliza brutal además de las puñaladas y de la estrangulación.

Richmond hizo una confesión completa a la policía.

– Yo quería tener relaciones sexuales con ella y ella no me dejó – declaró.

Aunque también dijo a los detectives que antes de los asesinatos había comprado unas pastillas para la gripe en una farmacia, el señor Worsley dijo que parecía muy poco probable que estas pastillas – utilizadas también para el tratamiento del asma – pudieran haber provocado alucinaciones o agresión.

El juez sentenció a Richmond a prisión perpetua.

– Tengo el poder para recomendar un periodo de tiempo durante el cual usted tendría que permanecer detenido – dijo -. En este caso no voy a hacer ninguna recomendación. El horror de los hechos de este caso estará siempre frente a los ojos de quienes andando el tiempo habrán de tener la responsabilidad de autorizar su libertad.

El juez, sir Carl, agregó que el acusado era muy joven y muy inmaduro y que esto era algo que las autoridades de los años venideros habrían de tomar en cuenta.

Después del juicio, Peter Richmond dijo que tanto él como su esposa habían hecho mucho por Jonathan, quien con frecuencia estaba sin trabajo o sin lugar donde hospedarse. Lo habían recibido en su casa y le habían buscado empleo, pero era un bueno para nada que ya había sido procesado varias veces.

– Ahora yo me desentiendo de él como hermano – Dijo -. Nunca podré perdonarlo. No quiero volverlo a ver en mi vida.

No hay duda de que Richmond es un psicópata. Es muy posible que debido a su origen alemán se haya identificado en alguna etapa de su vida con la brutalidad nazi.

La característica más alarmante del horrible asesinato doble es el efecto que tuvieron las drogas en Jonathan Richmond. No hay duda de que las pastillas disminuyeron su sentido de la realidad y el control sobre sus impulsos perversos.

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