John Wayne Gacy

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John Wayne Gacy

El payaso asesino

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador
  • Número de víctimas: 33
  • Periodo de actividad: 1972 - 1978
  • Fecha de detención: 21 de diciembre de 1978
  • Fecha de nacimiento: 17 de marzo de 1942
  • Perfil de las víctimas: Niños y adolescentes (varones)
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Chicago, Estados Unidos (Illinois)
  • Estado: Fue ejecutado por inyección letal el 10 de mayo de 1994
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John Wayne Gacy

Última actualización: 2 de abril de 2015

Gacy era un responsable miembro de la comunidad, conocido por sus buenas acciones. Sin embargo, bajo una apariencia sonriente, disimuló durante siete años una espantosa vida secreta, llena de sadismo y asesinatos.

LA DESAPARICIÓN – La casa de los secretos

Una familia de Chicago esperaba la llegada de su hijo para asistir a la fiesta de cumpleaños de la madre. Inquietos por el retraso, avisaron a la policía. Las pesquisas condujeron a una casa, en un tranquilo barrio residencial, bajo la cual se escondía un secreto de muerte.

Elizabeth Piest estaba sentada en un taburete frente al mostrador de caramelos de la farmacia Nisson, en Des Plaines, cerca de Chicago, esperando que llegara su hijo Robert, de quince años. Había ido a recogerle a su trabajo de la tarde, pero éste le había pedido que esperara «mientras hablaba con un contratista para conseguir un empleo de verano». Hacía un frío glacial aquella noche y la nieve se había endurecido en el suelo. Chicago podía ser la ciudad más fría de América a mediados de invierno, y a la señora Piest no le gustaba la idea de que su hijo volviera a casa andando.

Finalmente, pidió a la dependienta que le avisara por teléfono cuando su hijo regresara, y volvió a su casa algo preocupada. Robert sabía que su madre cumplía cuarenta y seis años y que el resto de la familia, su padre, su hermano mayor y su hermana, le estaban esperando para empezar la fiesta. No era su estilo hacerles esperar, y menos todavía sin avisar por teléfono.

Ya en casa, le comentó a Harold, su marido: «Hay algo raro, lo presiento.» A las diez menos cuarto llamó a la farmacia, pero no había rastro de su hijo. Preguntó al dueño si sabía el nombre del contratista con el cual tenía cita su hijo. «John Gacy», le contestó. Pero no había nadie con ese nombre en la guía telefónica.

A las once y media de la noche de aquel 11 de diciembre de 1978, ella y su esposo fueron a la comisaría de Des Plaines para notificar la desaparición de Robert. La familia entera pasó el resto de la noche conduciendo despacio por las calles, buscando en los rincones oscuros por si el muchacho hubiera tenido un accidente y estuviera inconsciente en alguna parte. Fue el peor cumpleaños de Elizabeth Piest.

A las ocho y media de la mañana siguiente, el departamento de policía de Des Plaines empezó la búsqueda de Robert Piest. Una investigación en la compañía telefónica reveló que el número de teléfono de John Gacy figuraba a nombre de su empresa de construcción, PDM Contraetors, y que vivía en el 8213 de West Summerdale Avenue, en Norwood Park. El policía James Pickwell llamó a la Brigada Central de Chicago para preguntar si tenía antecedentes penales.

La respuesta, inquietante, llegó al cabo de unos minutos. Gacy tenía antecedentes de sodomía con adolescentes, y podía llegar a la violencia. En 1968 le condenaron a diez años de cárcel por esposar a un joven y luego abusar de él; lo soltaron a los dieciocho meses por buena conducta; desde entonces, había atraído la atención de la policía en varias ocasiones.

A las nueve y media de aquella mañana el teniente de policía Joseph Kozenczak llamó a la puerta de la casa de John Gacy. El agente tenía un hijo de quince años, y quizá por ello decidió encargarse personalmente del caso. La puerta del número 8213 de West Summerdale Avenue se abrió, dejando ver un hombre de unos treinta y cinco años, moreno, bajo y obeso, con la cara redonda y la barriga colgante de un payaso gordinflón. Cuando los policías le anunciaron su misión, Gacy sonrió amablemente y les invitó a pasar. Le preguntaron si había ofrecido un trabajo de verano a Robert Piest, y contestó que no, que ni siquiera conocía a ese chico.

Sin embargo, había estado en la farmacia Nisson la tarde anterior, sobre las seis, cuando Robert llegaba a trabajar, y lo vieron hablar con él. «¡Oh! Ese chico», dijo Gacy. En efecto, cruzaron unas palabras, pero no le ofreció ningún trabajo, ni tampoco quedaron para verse más tarde.

Kozenczak le preguntó si le importaría ir a la comisaría y el sospechoso respondió con calma que era imposible en ese momento; un tío muy querido acababa de morir y estaba esperando una llamada de su madre. El policía le sugirió que llamara él a su madre y después le acompañara.

La suave amabilidad de John Gacy se transformó súbitamente en ira y le gritó: «¿Es que no tiene respeto por la muerte?»

Después de hacer prometer a Gacy que iría a la comisaría tan pronto recibiera la llamada de su madre, Kozenczak se marchó. La conversación había puesto en marcha cierta alarma en su cabeza. Por supuesto, era posible que Rob Piest se hubiera fugado de su casa, pero parecía improbable. El teniente estaba seguro de que John Wayne Gacy conocía el paradero del chico.

Los desesperados padres de Robert aguardaban el regreso del policía en la comisaría. La madre había hablado ya con el dueño de la tienda, y estaba convencida de que su hijo estaba retenido contra su voluntad en casa de Gacy. Pidió a la policía que registrara la casa inmediatamente y el teniente Kozenczak la calmó, haciéndole ver que no tenían pruebas. Ahora, tras hablar con el sospechoso, solicitaría una orden judicial de registro.

Esperó todo el día, y también hasta la una de la madrugada siguiente, pero el contratista de cara redonda no apareció. Cuando el policía regresó a su despacho al día siguiente, le comunicaron que Gacy se había presentado por fin a las tres y media, cubierto de barro y alegando un accidente de coche.

John Gacy volvió a la comisaría justo antes del mediodía. Parecía tener ganas de hacer confidencias, pidió disculpas por no haber acudido el día anterior, ya que su coche se había quedado bloqueado en la nieve. Una vez más, negó rotundamente saber nada sobre Robert Piest. No parecía tener prisa en marcharse, y charló largo rato sobre su buen negocio de construcción, que facturaba un millón de dólares al año, y de sus influyentes amigos como el alcalde de Chicago y Rosalynn Carter, la esposa del presidente Jimmy Carter. Trabajaba como voluntario para el Partido Demócrata local, y era muy conocido por sus actividades caritativas. Incluso visitó un hospital de la región y se disfrazó de payaso para divertir a los niños enfermos.

Mientras el policía Pickwell mantenía con el sospechoso esta conversación, Kozenczak obtenía una orden de registro. A las tres y media le anunciaron que tenían la orden y le pidieron las llaves de su casa. Mientras las entregaba, algo en su conducta impasible les hizo sospechar que no encontrarían el cuerpo del chico desaparecido en aquella casa.

Era cierto, pero no del todo; sólo cinco minutos bastaron para confirmar las peores sospechas del teniente. El lugar estaba repleto de libros sobre homosexualidad y pederastia (relaciones sexuales entre hombres y chicos, con títulos como, Adolescentes callados, Sexo entre hombres y chicos, y la Guía gay americana, videos pornográficos, un par de grilletes y una larga cuerda de nylon. Y más siniestro todavía, una alfombra con algo que parecía manchas de sangre. Pero no había indicio alguno que indicara que Robert Piest hubiera estado en la casa.

Los policías encontraron lo que podía ser una pista: un resguardo de revelado de fotografías de la farmacia Nisson. Cuando se lo enseñaron a la madre del muchacho, ésta supuso que debía pertenecer a la novia de su hijo, Kim Beyers, y la chica sin dudarlo un momento lo confirmó. Había pedido prestada la chaqueta a Robert unos días antes de la desaparición, y olvidó el resguardo en el bolsillo. Pudo acordarse incluso de dos cifras del número de serie.

Kozenczak tenía ahora la prueba de que Robert Piest había estado en casa de Gacy e intuía que lo más probable es que estuviera muerto. Pero ¿dónde estaba el cuerpo? El contratista había tenido tiempo de esconderlo, sin arriesgarse a hacerlo de día, en las veinticuatro horas que transcurrieron hasta que se presentó en la comisaría de policía.

La noche después de la desaparición del chico había ido a la comisaría de madrugada, una hora extraña para que un sospechoso se decida a declarar, quejándose de que su coche estaba bloqueado en el barro. ¿Había salido para deshacerse del cuerpo? Un helicóptero y perros de la policía rastrearon el bosque al borde del río de Des Plaines, pero no encontraron ni rastro del adolescente. Cabía la posibilidad de que el cuerpo estuviera sumergido en el río…

Mientras tanto, John Gacy empezaba a mostrar signos de tensión, quizá porque los policías encargados de seguirle no se esforzaban mucho en disimular su presencia para ponerle así nervioso. Contó a un amigo contratista, llamado Donald Czarna, que la policía intentaba colgarle una acusación de drogas, y le convenció para que fuera a su casa y ver si seguían allí, pero no había nadie.

Czarna pensó que su amigo, una persona tan buena, era inocente y sufría el hostigamiento de la policía. Este apoyo de su colega animó a Gacy a pasar a la ofensiva y presentó una reclamación en el Tribunal de Derechos Civiles del distrito de Chicago por 750.000 dólares en concepto de daños y perjuicios, y en la que exigía el cese inmediato del acoso a que se veía sometido.

Pero, una semana después de la desaparición de Robert Piest, se veía claramente que John Gacy se venía abajo; presentaba un aspecto ojeroso y sin afeitar, y llegó a conducir tan imprudentemente que los agentes que le vigilaban tuvieron que pararle y aconsejarle precaución. Un día cogió el coche para dar un largo paseo sin rumbo y, al final del viaje, invitó a los dos oficiales de policía que le seguían a visitar su casa.

Fue un error. Nada más penetrar en casa el oficial Robert Schulz reconoció el olor dulzón y nauseabundo que impregnaba el caluroso ambiente, se trataba sin lugar a dudas de la presencia de un cadáver. Los policías que habían registrado anteriormente el bungalow no lo habían detectado, ya que la calefacción no funcionaba ese día y el ambiente era gélido.

Kozenczak decidió que había llegado la hora de arrestarle. El olor, que provenía del conducto de la calefacción, sólo podía significar una cosa: había cadáveres debajo de la casa. El 21 de diciembre la policía rodeó el coche de Gacy y le arrestó por tenencia de marihuana, pocos minutos antes le vieron entregar droga al encargado de un garaje.

Lo condujeron a su casa y la policía le anunció que iban a levantar las tablas del parquet, lo que hizo que el detenido se pusiera pálido a la vez que decía que no era necesario. Explicó que, enterrado debajo del garaje estaba el cuerpo de un hombre que había matado en defensa propia, y que el emplazamiento estaba marcado con una cruz en el suelo.

A estas alturas, la policía no iba a perder el tiempo perforando el suelo de cemento. Encontraron una trampilla oculta en el suelo de un armario del salón y al abrirla, apareció ante sus ojos un charco oscuro de agua fétida. Vieron una clavija suelta y un enchufe en la pared, lo conectaron, y una bomba se puso en marcha debajo de ellos.

El agua tardó un cuarto de hora en vaciarse, y cuando desapareció por completo, un técnico de la oficina del sheriff, Daniel Genty, pudo bajar y dar tres pasos en el fango del pasadizo para hundir un pico en el lodo; se sobrecogió por el hedor de putrefacción. El instrumento había puesto al descubierto una porción de sustancia viscosa y jabonosa, que reconoció como el resultado de la carne en descomposición. Unos segundos después levantó el pico el hueso de un brazo humano.

Evidentemente, no se trataba del cuerpo de Robert Piest, que no hubiera podido descomponerse de esta manera en el poco tiempo transcurrido desde su desaparición. Pero si no era el cuerpo del muchacho, ¿de quién era? Genty llamó a Kozenczak: «Ya puede acusarle de asesinato.»

PRIMEROS PASOS – Premonición cumplida

Durante algún tiempo pareció que no se cumplía la premonición de fracaso que el padre de John Gacy había hecho. Pero él sucumbió pronto a la tentación.

John Wayne Gacy nació el 17 de marzo de 1942, sobre las doce y media del mediodía, en el hospital de Edgewater de Chicago, hijo de Marie Elaine Robinson, de treinta y tres años, y de John Stanley Gacy, nieto de unos inmigrantes polacos, ocho años mayor que su mujer. John no era el favorito de su padre, que prefería a sus hermanas, quizá porque, como él, poseía una personalidad dominante.

Él no era más que el patito feo y gordo, que a menudo caía enfermo. Gacy padre era un bebedor empedernido y solitario, que desaparecía en el sótano para beber a solas cada tarde, y se mostraba muy agresivo. La vida de John Gacy era una lucha sin fin para recobrar su amor propio destruido por el desprecio y las palizas de su padre. Sin embargo, cuando le hacían preguntas sobre sus relaciones familiares, Gacy negaba rotundamente que le odiara.

Es posible que las enfermedades del chico fueran una manera inconsciente de defenderse contra la tiranía continua de su progenitor. Tuvo problemas de corazón a temprana edad; y empezó a sufrir desmayos a los once años. Su padre sospechaba que era una manera de atraer la simpatía y le decía con desprecio que era un «niño de mamá» y que más tarde no sería normal. A los catorce años tuvo un ataque de epilepsia y le tuvieron que poner una camisa de fuerza.

Con dieciocho años, abandonó su casa durante una temporada y se fue a trabajar a Las Vegas. Este período de tiempo sin el apoyo de la familia resultó ser beneficioso, y le decidió a dejar de ser el «fracaso» que su padre pensaba. De vuelta a casa, fue al Northwestern Bus¡ness College hasta la graduación y, a partir de ese momento, su vida tomó un giro espectacularmente positivo.

Su locuacidad hacía de él un perfecto vendedor, y sus ansias de ser querido lo transformaron en un ser confiado y simpático. A los veintidós años tuvo trato éxito como ayudante del encargado de la compañía Nunn Bush Shoe, que la empresa le trasladó a Springfield, en Illinois, para dirigir una tienda en un conocido almacén de ropa para caballeros.

Liberado de la sombra de su padre, ganó seguridad, encanto y persuasión. Descubrió con agrado que su físico rechoncho y su baja estatura no eran un obstáculo para el éxito en sociedad, y poco después cortejó a una bonita compañera y se casó con ella. Se trataba de Marlynn Myers, hija de un brillante hombre de negocios que había adquirido en franquicia una cadena de Kentucky Fried Chicken en Waterloo, Iowa, y naturalmente eligió a su ambicioso yerno como director. Debió de sentirse como Cenicienta después de que el hada madrina la tocara con su varita mágica. Su infancia miserable estaba lejos, y volvía a nacer como una mariposa saliendo de la crisálida. Como miembro de la Joven Cámara de Comercio, se encontraba en su elemento: popular, entusiasta. Un valor seguro. A este paso iba a convertirse en uno de los hombres más respetados de la ciudad.

Su perdición fue el desmedido afán sexual y la cantidad de jóvenes empleados que se cruzaron en su camino en el negocio del pollo frito. Sin duda, Gacy estaba obsesionado con el sexo y debía pensar que, como hombre de éxito, se merecía una pequeña satisfacción. Si la historia del adolescente Richard Westphal es verdadera (dicen que Gacy le dejó acostarse con su mujer a cambio de una felación), es evidente que Marlynn cerraba los ojos ante las actividades extramatrimoniales de su marido. Poco después, una relación sexual con Donald Vorhees atrajo la atención de la policía y su falta de honradez le llevó a buscar una solución retorcida al problema. Puso a otro joven, Russell Schroeder, en una situación en la que podía chantajearle y luego ordenó que vaporizara Mace (especie de gas) en los ojos de Donald y le pegara hasta que renunciara a testificar en su contra. El complot fracasó y Gacy fue encarcelado. De un golpe, la reciente confianza en sí mismo desapareció. La premoción de su padre se había cumplido.

Al salir de la cárcel, John Gacy se fue a Chicago convertido en un manipulador cínico cuya infancia traumática volvía a surgir. Si se hubiera quedado en Waterloo, quizá nunca habría cometido asesinatos, ya que su deseo de parecer respetable hubiera podido dominar sus ansias sexuales. Pero en Chicago estaba de nuevo sometido a tentaciones irresistibles: bares gays llenos de chicos que podían comprarse por unos dólares y una estación de autobuses donde llegaban constantemente muchachos de provincias que no tenían dónde dormir. En cuanto a su vida profesional, cayó en la vieja rutina que le aportó éxito una vez, y volvió a casarse. Pero su inclinación por los chicos era más fuerte que nunca.

Desgraciadamente, Gacy estaba convencido de que no era homosexual; de haberlo admitido, hubiera cumplido la otra profecía de su padre: que no sería normal.

Se decía a sí mismo que lo único que quería de sus ligues era sexo fácil. Aunque su odio hacia los invertidos le empujaba a asesinarles.

Llegó a pensar que su negligencia al elegir a su última víctima, Robert Piest, era el deseo inconsciente de ser apresado. Precisó que no estaba bebido y que «Jack el malo», su álter ego, no se había apoderado de él. Como muchos asesinos habituales, se encontraba cansado y harto y dicho estado hizo surgir en él un deseo recóndito de suicidio. La tragedia fue que su propio “suicidio” significó la muerte de un adolescente inocente.

Necesidad de amor

La falta de amor en la infancia dejó a John Gacy mal preparado para la vida adulta. La muerte de su padre, la Navidad antes de que saliera de prisión, puso punto final a la relación problemática que existía entre padre e hijo; ya no había posibilidad de pelea o reconciliación. Gacy nunca consiguió terminar con el odio de su padre hacia él, y sintió amargamente no poder ir al funeral. Visitaba con regularidad la tumba de su progenitor “para hablar con él”, y en una ocasión se le vio llorar desconsoladamente.

LA BÚSQUEDA – Jekyll y Hyde

La manera de matar y deshacerse de sus víctimas era tan horrible, que John Gacy declaró que una fuerza diabólica le obligaba a actuar.

La llegada de los coches de policía y de las ambulancias delante de la casa del contratista causó un gran revuelo: los vecinos no se lo podían creer. Todos le conocían como un «buen tipo», amable y servicial. Cuando nevaba, se ofrecía para limpiar el canino de entrada de los vecinos con un quitanieves y estaba considerado como un hombre que bebía con moderación, desaprobaba las drogas y odiaba a los homosexuales.

Conocían los recientes problemas con los polis, porque les contó que había entablado acción judicial contra ellos. Era cierto también que, años antes, hubo habladurías en relación con un chico que había empleado y poco tiempo después desapareció. Pero Gacy les contó que se trataba de un fugitivo.

Sin embargo, por lo menos un amigo suyo sabía que era sospechoso de algo más grave que de posesión de marihuana. Poco antes de ser arrestado, llamó a Donald Czarna, al borde de la histeria, y le dijo con voz quebrada: «Se acerca el fin. He matado a treinta personas.» Reclinó la cabeza sobre su hombro y se puso a llorar.

Ahora, a medida que cavaban en el pasadizo hediondo, los investigadores se daban cuenta que John Wayne Gacy era uno de los peores asesinos de la historia americana. Cinco años antes, la policía de Texas había descubierto veintisiete cuerpos de jóvenes, la mayoría de ellos en el casco de un barco alquilado por un homosexual llamado Dean Corll, que había muerto de un disparo a manos de su amante Elmer Wayne Henley. Pero parecía que la cuenta de Gacy sobrepasaba la de Corll. Uno después de otro, aparecían los cuerpos de chicos jóvenes, la mayoría de ellos en estado de descomposición.

Los especialistas tuvieron que trabajar en unas condiciones repugnantes. Tomaron toda clase de precauciones sanitarias, llevaban unos monos desechables y máscaras antigás, pero, aun así, el metano que flotaba en el aire les mareaba y terminaba por ponerlos enfermos. Al terminar, tuvieron que bañarse con desinfectantes.

Mientras tanto, el responsable de todo este horror, John Gacy, estaba en la jefatura central de policía, confesando siete años de violentos asesinatos. Su rostro no tenía expresión, como bajo el efecto de un shock o de drogas, caía a ratos en un estado semicomatoso del cual despertaba con un espasmo y sin saber dónde estaba. Si se trataba de una representación, había que reconocer que era muy convincente.

Según él, John Gacy no había cometido esos crímenes. El culpable era un siniestro álter ego llamado Jack, que odiaba a los homosexuales y los mataba. Pero esa historia no aclaraba por qué había matado a Robert Piest que no era invertido.

El supuesto asesino intentó explicarlo. El chico había ido a su camión mientras estaba haciendo cuentas y le pidió un trabajo de verano. El contratista le sugirió que subiera para hablar de ello y luego, en su casa, trató de insinuarle que podría ganar dinero vendiendo su cuerpo a homosexuales, pero era evidente que Piest no tenía ningún interés por la propuesta.

Entonces Gacy cogió unas esposas que tenía en el bar del salón y empezó a jugar con ellas distraídamente. El chico le preguntó para qué eran y él le explicó que se trataba de unas esposas de broma. «Mira, dijo Jack -ya no se trataba de John, sino de su diabólico álter ego-, te voy a violar y no podrás defenderte.» Pero vio al muchacho tan trastornado que cambió de idea y decidió dejar que se marchara.

Lo llevó al dormitorio para coger la llave de las esposas, pero se sintió sumergido por una especie de niebla que borró sus recuerdos. El teléfono sonó y fue a contestar. Era un amigo que le preguntaba el porqué del retraso a una reunión convenida. (El amigo testificó más adelante que Gacy parecía totalmente normal y controlado.) Después de disculparse, colgó y volvió a la habitación. El chico estaba tendido en la cama, y era evidente que había sido estrangulado con una cuerda a manera de torniquete, bloqueado con el mango de un martillo. Cuando Elizabeth Piest llamó a la tienda Nisson para saber si su hijo de quince años había vuelto, éste estaba ya muerto.

Gacy transportó a su víctima al desván y la dejó allí durante la noche. A la pregunta de la policía de si había dormido con el cuerpo del joven, Gacy negó con indignación, diciendo: «¿Qué hombre en su sano juicio dormiría con un cadáver?» El cuerpo de Robert Piest estaba en el desván a las diez de la mañana del día siguiente, cuando el teniente Kozenczak se presentó para investigar la desaparición.

John Gacy exhaló un suspiro de alivio cuando se marchó el policía. Pero «Jack el malo» le dejaba una vez más con el problema de deshacerse de un cadáver. Ya no quedaba espacio en el pasadizo que había debajo de la casa ni en los demás lugares donde había enterrado otros cuerpos bajo el suelo. No tendría más remedio que tirarlo al río, como había hecho con sus cuatro últimas víctimas.

Fue un día de tensión para los nervios del contratista, quien se preguntaba si la policía iba a volver con una orden de registro. Al anochecer, cuando se disponía a sacar el cuerpo para meterlo en el coche, un antiguo empleado suyo llamó a la puerta para pedirle unas luces para el árbol de Navidad. «Están en el desván», le comentó y subió corriendo antes de que el joven, que conocía la casa, se ofreciera a subir él mismo.

Después de marcharse el visitante, Gacy se dio prisa en envolver el cadáver en una manta y llevarlo al coche. Se dirigió hacia el sur, al puente de Kankakee sobre el río Des Plaines, tiró el cargamento al agua y volvió a gran velocidad al pueblo, donde le esperaba el teniente Kozenczak.

El coche patinó sobre la carretera helada, aterrizando en una espesa capa de barro que cubría la ribera. Un guardia en la autopista vio el coche y preguntó al conductor empapado en sudor si necesitaba una grúa, pero su tacañería habitual le hizo declinar la oferta, con el propósito de mover el solo el coche levantando la rueda de atrás con el gato, y colocando debajo la de repuesto. Al no funcionar, aceptó llamar a una grúa, que llegó veinte minutos más tarde, sacó el vehículo del barro y lo dejó en la carretera.

Gacy, que no quería soltar un duro, pretendió ser un oficial de policía e intentó convencer al mecánico para que cargara la factura del remolque al Departamento de Alumbrado del condado de Cook, pero al ver que éste se negaba rotundamente, abrió su maletín y sacó veinte dólares. Luego, a las tres y media de la madrugada, se dirigió a la comisaría, donde le extrañó que Kozenczak no estuviera esperándole.

El primer día se sacaron dos cuerpos de la casa del asesino; el primero, totalmente cubierto de cemento, y el otro, envuelto en plástico. Al día siguiente, aparecieron tres más, uno de ellos debajo del suelo. Un carnet de conducir a nombre de Frank Landingin indicó que el contratista era también responsable de la muerte de un joven barbudo, cuyo cadáver desnudo se había rescatado del río en noviembre, y que se pudo identificar gracias a las huellas dactilares. Otros carnets de conducir e identidad permitieron conocer la personalidad de otras víctimas. Días más tarde se extrajeron los restos de diez personas, y horas después, de otras seis. Tres de ellas estaban tan cerca y en un estado de descomposición tan similar, que la policía supuso que fueron eliminadas en la misma fecha.

Los asesinatos estaban provocando un escándalo a nivel nacional. La casa estaba rodeada día y noche de periodistas y de cámaras de televisión, y cada noticiario mostraba el aspecto de una vivienda normal, con sus luces de Navidad.

La banalidad de la casa y la apariencia completamente inofensiva de su dueño aumentaron el escándalo y la repulsión de los televidentes al descubrir la espantosa realidad de los actos de Gacy. Los padres con hijos desaparecidos temblaban con la idea de que el suyo pudiera estar sepultado en aquel pasadizo del número 8.213 de West Summerdale Avenue. Los temores de algunos de ellos se confirmaron. Entre otras, se encontraban las familias de los adolescentes John Butkovich, desaparecido desde agosto de 1975, Gregory Godzik, John Szyc y Rick Johnston. Una semana después de empezar las tareas de rescate, el doctor Robert J. Stein, forense del condado de Cook, tenía ya veintisiete cadáveres en el depósito. El número de víctimas encontradas en casa de John Gacy alcanzaría finalmente el número de veintinueve, más cuatro descubiertas en el río.

Reacción de sorpresa

Los habitantes de West Summerdale Avenue quedaron absolutamente horrorizados al enterarse de que su «buen vecino» era un asesino múltiple. Los mirones morbosos aparecieron; uno de ellos sugirió que la casa de los crímenes debía ser quemada; otro saltó la barrera de la policía para insultar a los vecinos, diciéndoles que debían conocer sus actividades macabras.

Un periodista observó que la gente del vecindario empezaba a vivir como ermitaños, como si les diera vergüenza residir en la misma calle que el asesino. Sin embargo, el 4 de enero de 1979, trescientas personas caminaron sobre la espesa nieve para asistir a un funeral por las víctimas celebrado en la iglesia católica del barrio. A medida que el tiempo pasaba, los residentes de la zona estaban resentidos al ver que la deshonrosa historia de la casa había hecho caer en picado el valor de las viviendas cercanas. Fue para todos un alivio, a pesar de la resistencia de la madre y las hermanas de Gacy, el decreto del tribunal que ordenaba el derribo de la siniestra casa en marzo de 1979.

DEBATE ABIERTO – Locura criminal

Algunos crímenes son tan horribles que desafían la imaginación. ¿Somos capaces de aceptar que en tales casos, la locura no constituye una defensa para el asesino?

En su libro “Sueños sepultados”, Tim Cahill cita reflexiones de los vecinos Gacy después del arresto: “¿Durmió durante seis años en aquella casa con tantas personas enterradas? No es normal. Debía estar loco”. Es una opinión que muchos de nosotros podemos compartir. Sin embargo, es cierto que si le hubieran declarado “culpable pero demente”, muchas personas habrían pensado que era un grave error judicial.

La cuestión es que cuando un crimen realmente horrible se comete, existe el sentimiento general de que el culpable merece un castigo severo, esté loco o no. Esto se hizo evidente en Inglaterra cuando Peter Sutcliffe, el «Destripador de Yorkshire», fue juzgado. Alegó demencia -oía voces-, pero los psiquiatras de la acusación concluyeron que era un impostor. Sentenciado entonces a cadena perpetua, le trasladaron a Broadmoor, un manicomio para reclusos. Si el veredicto de Sutcliffe hubiera sido «culpable pero loco», la opinión pública hubiera protestado.

Un caso similar tuvo lugar en Filadelfia en 1987. Un hombre llamado Gary Heidnik, preso del deseo obsesivo de ser padre, secuestró a cinco mujeres, la mayoría de ellas prostitutas, y las retuvo prisioneras en el sótano de su casa, violándolas constantemente y sometiéndolas a tortura. Finalmente, una de las chicas consiguió ganar la confianza del secuestrador, y éste le permitió salir para ver a sus padres, ocasión que ella aprovechó para avisar inmediatamente a la policía. Al criminal le licenciaron del ejército por esquizofrenia, y había pasado un largo período en un manicomio. Durante el juicio, en 1988, Heidnik fue declarado culpable y condenado a muerte.

Hace unos siglos se ejecutaba a la mayoría de los criminales, estuvieran locos o no. En 1757, un tal François Damiens hizo un intento poco entusiasta y fallido de asesinar al rey Luis XV de Francia. Era prácticamente idiota, sin embargo, fue ejecutado con una crueldad increíble, descuartizado por cuatro caballos de tiro encadenados a sus miembros. Menos de medio siglo más tarde, en 1800, James Hadfield intentó disparar al rey George III. En el juicio explicó que había recibido órdenes directas de Dios, y el jurado no tardó en declararle loco. Cuarenta y un años después murió en un manicomio. Hoy en día, está comúnmente admitido que hay que tratar a los criminales dementes con humanidad.

La supuesta enfermedad mental de John Gacy es tema de discusión. No hay duda de que estaba muy confuso. Muchos de los oficiales de policía que le interrogaron estaban convencidos de que la historia de «Jack el malo» -el verdadero asesino- era cierta. De cualquier forma, ¿tenía realmente una doble personalidad, como el caso de «Jekyll y Hyde”?

EL ENGAÑO – El honrado John

El joven y prometedor hombre de negocios de lowa, John Gacy, parecía tenerlo todo: un buen trabajo como director de una cadena de restaurantes, una familia, y el respeto de sus conciudadanos. Casi ninguno de ellos sospechaba que su personalidad tuviese un lado oscuro.

A medida que la luz se hacía sobre el caso Gacy, el Departamento de Policía de Des Plaines tenía dificultades para disimular su confusión. Los antecedentes del asesino eran tan espantosos, que parecía increíble que hubiera podido gozar de libertad hasta el momento de matar a Robert Piest.

En 1968, cuando John Gacy tenía veintiséis años y dirigía un floreciente negocio de pollo frito, le acusaron de intento de violación de un adolescente y de abusos deshonestos contra otro. La ciudad donde vivía, Waterloo, en el Estado de lowa, se quedó pasmada, así como su mujer. Era un miembro destacado y activo de la Joven Cámara de Comercio, reputado por sus obras sociales y caritativas; el típico hombre que termina siendo alcalde.

Gacy invitó a Edward Lynch, un empleado suyo de dieciséis años, a su casa mientras su mujer estaba dando a luz en el hospital.

Según contó el chico, jugaron al billar y su jefe le propuso que el perdedor hiciera una felación al ganador. El adolescente se negó rotundamente y después de enseñarle unas películas pornográficas, Gacy le atacó súbitamente con un cuchillo de cocina.

Lynch luchó y consiguió liberarse; el asesino se disculpó entonces repetidamente, explicando que estaba «sometido a una gran tensión». El chico aceptó olvidar el incidente y el anfitrión le pasó otra película porno. Hacia el final, salió de la habitación y volvió con una cadena y un candado. Algo avergonzado por reaccionar tan bruscamente a la pelea anterior, y temeroso de perder su trabajo, Edward se dejó esposar las manos en la espalda. Un momento más tarde se dio cuenta de que había sido demasiado confiado: Gacy lo lanzó de bruces contra el suelo y le rodeó el cuello con las manos hasta dejarle inconsciente. Cuando volvió en sí, su jefe le estaba desatando las manos y le preguntaba si se sentía bien. «Te voy a llevar a casa -le dijo-. No tenía intención de hacerte nada … » Unos días más tarde, despidió a Lynch.

En el segundo caso era evidente que los hechos habían tenido lugar por consentimiento mutuo. El joven Donald Vorhees tenía quince años y era hijo de un compañero de la joven Cámara de Comercio. El chico aceptó volver a casa de Gacy para ver películas pornográficas. Una vez más, su mujer no estaba en casa. Después de la sesión de cine, Gacy entabló una conversación sobre sexo, y le comentó al adolescente que tenía la reputación de practicar la felación. Luego, según el joven, le obligó a hacerle caricias.

En dos ocasiones posteriores, Vorhees volvió para pedir dinero prestado a Gacy, y cada vez tuvo que satisfacer sus deseos. Poco tiempo después su padre le mencionó que John Gacy era candidato a la presidencia de la Joven Cámara de Comercio, y que él iba a ser el organizador de la campaña. El chico, extrañado, advirtió a su padre que Gacy no era tan honrado ni tan decente como aparentaba. El padre le pidió explicaciones, y al conocer la verdad, fue directamente a la policía para denunciarle.

El contratista fue acusado de amenazas y abuso en la persona de Edward Lynch y de Donald Vorhees y su primera reacción fue negar todos los cargos, y reclamar un detector de mentiras. Le sometieron al aparato dos veces, con el resultado de culpabilidad innegable. Sin embargo, siguió manteniendo que era inocente con tal fuerza que convenció a muchas personas. Explicó que Edward Lynch trataba de vengarse de él por haberle despedido. En cuanto a Vorhees, admitió más adelante haber tenido relaciones con el chico, pero recalcó que con su consentimiento, y que además estaba haciendo experimentos sobre la homosexualidad para ver lo que era. Los que le creían, vieron su fe seriamente puesta a prueba cuando fue acusado de pagar a un adolescente por pegar a Donald Vorhees y de un cargo inconexo de hurto en la despensa de una empresa de madera en el pueblo vecino de Raymond.

El robo lo realizó Gacy con uno de sus jóvenes empleados, Russell Schroeder. El motivo evidente era comprometer al chico para poder chantajearle. Pero el asesino tenía otra rareza: a veces fingía ser agente de policía y conducía un coche provisto de luz auxiliar y radio. Invitó a Schroeder a acompañarle en una de sus «rondas», forzó una puerta para penetrar en el edificio de la empresa de madera y ordenó al joven que rompiera la máquina de bebidas y cogiera el dinero (que no pasaba de tres dólares), después él robó una cuerda extensible y un bote de pintura. Más adelante, cometieron un robo parecido en otra empresa que el falso agente tenía que «vigilar». El adolescense insistió en que era su primer robo y que lo había hecho únicamente porque su jefe se lo ordenó.

El chantaje llegó después: éste mandó pegar a Donald Vorhees y obligarle a renunciar a testificar. De entrada, Schroeder se negó, pero bajo coacción, se dejó «convencer». Al día siguiente, 30 de agosto de 1968, se presentó en el campus universitario y le explicó a Donald que le habían elegido para ser su «hermano mayor» durante algunos días.

Donald Vorhees, halagado de que un chico con dos años más se interesara por él, aceptó encantado acompañar a su «hermano mayor» para recoger bebidas robadas, escondidas en un bosque. Una vez allí, Schroeder le pulverizó un bote de Mace (gas proporcionado por Gacy) en los ojos; el muchacho cayó gritando en un riachuelo. Mientras se esforzaba por salir del agua, el atacante le volvió a cegar y le dio puñetazos, vociferándole que no debía testificar en contra de John Gacy. Vorhees asestó golpes a diestro y siniestro y consiguió alcanzar la nariz de su adversario, que se puso a sangrar. Después logró escapar corriendo a ciegas por el bosque, mientras Schroeder intentaba restañar la hemorragia.

Al día siguiente, el joven fue arrestado y conducido a la comisaría. No quiso implicar a Gacy y contó que le había pegado un hombre llamado Jim. Pero más tarde la versión cambió y declaró la historia del robo y del chantaje para que atacara a Donald Vorhees.

Mientras Gacy estaba en la cárcel, pendiente de juicio, la policía recogió el testimonio de otros dos jóvenes empleados en los que se deducían claramente sus perversiones y sus «especiales» chantajes. El segundo chico contó una historia más siniestra todavía. Pasó la tarde emborrachándose con Gacy, y tuvo que salir a gatas del coche para vomitar. De pronto, su jefe se puso a su lado, empuñando un revólver de seis balas. «Juguemos a la ruleta rusa», le dijo, mientras quitaba cinco balas de la recámara. El joven objetó: «Podría morir.» «Esta es la idea -contestó Gacy-, sabes demasiado.» Apuntó el arma a su cabeza y apretó el gatillo. Un chasquido indicó que la recámara estaba vacía. Cuatro veces más volvió a apretar el gatillo, sin resultado. «Ahora sí … » Apretó por sexta vez, y de nuevo, sonó un chasquido. John Gacy estalló de risa, y acompañó el chico a su casa.

El contratista cantó también a un grupo de sus empleados que estaba escribiendo un libro sobre sexo, patrocinado por el gobernador de Illinois, y que realizaba “investigaciones científicas» que incluían experiencias homosexuales. Al menos uno de ellos, de quince años, aceptó ir con él a un motel en interés de la ciencia. Con su tacañería habitual, facturaba al chico «una cuota mensual» por pertenecer a su grupo de «investigación» sexual.

John Gacy fue juzgado en noviembre de 1968, y se declaró culpable de sodomía. (En América, este delito incluye también el de sexo oral.) Al principio, parecía que le iban a poner en libertad vigilada, pero el juez Peter van Metre no tomó en cuenta la versión de los psiquiatras, de que el acusado era un heterosexual que estaba probando la homosexualidad y merecía sólo una libertad condicional con fuerte vigilancia. Dando fe a las pruebas que demostraban que Gacy era un hábil manipulador, capaz de cualquier cosa para seducir a jóvenes, y en función de la lista de sus perturbaciones sádicas, el juez le condenó a diez años de prisión. Al día siguiente, Marlynn Gacy, entonces madre de dos hijos, solicitó el divorcio.

En la cárcel para hombres de Anomosa, en lowa, el acusado desplegó su capacidad de adaptación para parecer decente, trabajador y respetable. Expresó tantas veces su desprecio por los invertidos que sus compañeros de prisión, todos heterosexuales, estaban convencidos que su encarcelamiento se debía a algún desgraciado incidente ligado a la bebida.

Consiguió ser cocinero del penitenciario, y se dedicó a su función con gran entusiasmo. Incomprensiblemente, había un grupo de la joven Cámara de Comercio en la cárcel, y Gacy llegó a ser uno de sus más destacados miembros. Su conducta fue tan buena que le pusieron en libertad condicional a los dieciocho meses y contó a sus amigos de Waterloo, quienes estaban convencidos que Gacy era la víctima de una maquinación política, que pensaba volver a establecerse en la ciudad. Pero a las veinticuatro horas de su liberación emprendía el camino a Chicago.

La joven Cámara de Comercio

La joven Cámara de Comercio es un club exclusivo para jóvenes brillantes y hombres de negocios, al mismo tiempo que una especie de entrenamiento para la vida política. El hecho de ser miembro confiere automáticamente un cierto nivel social. Las jóvenes Cámaras, vástagos de las Cámaras de Comercio, florecen en la mayoría de las ciudades americanas y se dedican a nuevas industrias y a los servicios públicos. Se han criticado su falta de modestia, y el largo tiempo que dedican a dar banquetes públicos en los cuales se entregan premios a los miembros por sus logros. Según Gacy, este último punto era la actividad más importante del club. Él se ganó los favores de la organización con sus obras de caridad y enviando a sus empleados a hacer obras para los demás miembros. Trabajó mucho y fue nombrado vicepresidente en 1967.

LOS ASESINATOS – Un homicida astuto

En la vida pública Gacy era un político encantador que visitaba a los niños en los hospitales y les divertía disfrazándose de Pogo el Payaso. En su vida privada era un sádico cuyo apetito de muerte era insaciable.

Un hombre con la energía, el encanto y la voluntad de Gacy estaba destinado al éxito; por ello, el oficial encargado de vigilarle le autorizó a ir a Chicago. Se mudó a casa de su madre -su padre había muerto durante su estancia en la cárcel- y encontró un trabajo como cocinero. Había muchos empleos de este tipo, y se cambió varias veces para mejorar. Pronto decidió montar su propio negocio de construcción, que llamó PDM Contractors (contratistas de pintura, decoración y mantenimiento).

En uno de los primeros encargos conoció al amigo de un cliente, cuyo apartamento estaba decorando. Era un homosexual que le propuso relaciones y le indicó dónde podía ligar con chicos jóvenes, en la terminal de autobuses Greyhound. Añadió que la esquina de las calles Clark y Broadway era un sitio gay muy conocido, donde había muchachos que se prostituían.

Este consejo fue el origen de los primeros problemas del contratista con la ley en Chicago. En febrero de 1971, un joven homosexual fue a la policía para denunciar que Gacy lo había abordado en la terminal de Greyhound, obligándole con violencia a tener relaciones sexuales.

Pero el joven no se presentó en el Tribunal, y el cargo fue olvidado. Este incidente nunca llegó al conocimiento del Comité de Vigilancia, y fue puesto en libertad en octubre de 1971, ocho meses después.

Para entonces, John Gacy se había mudado a su propia casa, un bungalow de dos dormitorios en West Summerdale Avenue, en Des Plaines. La vivienda sólo tenía un problema: el espacio bajo el suelo tenía tendencia a llenarse de agua proveniente de una corriente subterránea, pero el inquilino lo solucionó instalando una bomba. Se presentó a sus vecinos, los Grexa, que lo encontraron encantador. En Navidad, les invitó a cenar para que conocieran a su madre y a una chica llamada Carole Hoff, divorciada, con dos niñas pequeñas, y los Grexa tuvieron la impresión de que se iniciaba un romance entre ellos.

Diez días después de Navidad, Gacy cometió su primer asesinato. La víctima era un joven sin identificar de unos dieciocho años, que recogió una noche en la terminal de Greyhound y el relato que el acusado hizo de los hechos a la policía le pareció a ésta de lo más improbable. Contó que después de llevar al adolescente a su casa se quedó dormido en la cama. Sobre las cuatro de la madrugada, vio al joven encima de él amenazándole con un cuchillo de carnicero. Lucharon y cayeron al suelo. El cuchillo hirió al chico, causándole la muerte. Entonces, él ocultó el cuerpo bajo el suelo. Explicó que, en vista de sus antecedentes por delitos homosexuales, la policía nunca se hubiera creído que se trataba de un accidente.

Durante la boda con Carole Hoff en la iglesia local, el 1 de junio de 1972, los vecinos que asistieron a la recepción notaron un extraño olor a moho en su casa, como a rata muerta o filtración de alcantarillas, pero el novio les explicó que provenía del agua que se acumulaba bajo el piso.

El nuevo matrimonio parecía feliz, y un día, la señora Grexa preguntó en broma a Carole cuándo pensaban poner un niño en marcha, a lo cual ésta contestó que primero había que hacer el amor para quedar embarazada. No comentó que su marido no disimulaba su afición por las revistas pornográficas de hombres desnudos, ni que había admitido sin tapujos su preferencia por los chicos.

Mientras tanto, John Gacy se estaba convirtiendo en una especie de celebridad local.

Demasiado mayor para la Joven Cámara de Comercio, contactó con la Organización Demócrata y se ofreció a trabajar para ellos, incluso cediendo a sus propios empleados para limpiar las oficinas. Aceptaron entusiasmados. El contratista se confeccionó un traje de payaso, y «Pogo» fue un personaje familiar que recogía fondos para el Partido Demócrata o divertía a los niños del hospital local.

Sus jóvenes empleados veían otro aspecto de su carácter.

Era muy tacaño con los sueldos y les pagaba sólo las horas de trabajo, sin tener en cuenta los desplazamientos entre obra y obra, y como debían viajar varias veces al día, perdían mucho dinero. Pero uno de los empleados de dieciséis años, Tony Antonucci, tenía otra queja.

Una noche de 1975, Gacy se presentó en su casa con una botella de vino. Le explicó que quería enseñarle un truco con un par de esposas, desafiándole a encontrar el método secreto para abrirlas. Tony Antonucci se cuidó de no introducir completamente una de sus manos en la manilla, y cerró la otra sobre su muñeca. Luego, cogió la llave, se liberó y ató las manos del jefe en la espalda, con las mismas esposas. Este luchó, profirió amenazas y finalmente se calmó y convenció al chico para que se las quitara. No intentó ninguna otra cosa para abusar de su empleado, que conservó el trabajo durante nueve meses.

El hijo de los Grexa, Ron, tenía también motivos para estar furioso con su vecino. Trabajó para él, y rechazó proposiciones sexuales a cambio de dinero. Pero la gota que colmó el vaso fue la avaricia habitual del contratista que se negó a pagarle todas las horas que había empleado en el negocio. Ron Grexa se enfadó tanto que amenazó con quemarle la casa. Este fue inmediatamente a denunciar el hecho a la policía, luego llamó a sus vecinos para disculparse y pedirles que el incidente no estropeara su amistad. Los Grexa aceptaron las disculpas.

Otro joven empleado, John Butkovich, padeció también su tacañería. A finales de julio de 1975, se quejó a su padre, un inmigrante yugoslavo, de que su jefe se negaba a liquidarle las dos últimas semanas de trabajo.

El padre de John, Marko, sugirió a su hijo que informara a las autoridades de que su jefe no declaraba los impuestos de la nómina de sus empleados. Esa misma tarde, Butkovich y dos amigos llamaron a la puerta de Gacy para exigirle el dinero pendiente. Gacy les tranquilizó, argumentando que el muchacho le debía dinero por algunos materiales que había utilizado para decorar el apartamento de su padre.

Finalmente, los jóvenes fumaron marihuana, bebieron cerveza y se marcharon. John Gacy, según su confesión, decidió ir en busca de sexo y a primeras horas de la madrugada, vio a John Butkovich saliendo de su coche. El chico aceptó volver a su casa para aclarar las cosas.

Por la mañana, Gacy se despertó y fue al salón donde encontró al joven tumbado en el suelo, con las manos esposadas en la espalda y una cuerda atada alrededor del cuello. Su álter ego, Jack, había hecho otra vez de las suyas. Por suerte, Carole y las niñas estaban fuera todo el fin de semana y el asesino arrastró el cuerpo hasta el garaje -oculto por los árboles del jardín que deliberadamente no talaba- y lo enterró, cubriendo la improvisada fosa de nuevo con cemento.

Los padres del chico informaron a la policía de la desaparición de su hijo y, en los dos años siguientes llegaron a tener más de un centenar de conversaciones con John Gacy sobre el joven. Finalmente, abandonaron las esperanzas y llegaron a la conclusión de que se había fugado.

Gacy y Carole se divorciaron en marzo de 1976; su esposa tuvo la delicadeza de acusarle de serle infiel con otra mujer. Ahora, estaba solo; nada le impedía llevar sus «ligues» a casa. A veces se oían gritos de madrugada, y los vecinos se preguntaban qué podía motivar las peleas de Gacy con sus jóvenes amantes; ya todo el mundo sabía que era homosexual.

Un mes después de que se fuera Carole, un joven llamado Darrell Samson fue a la casa de West Summerdale Avenue y desapareció. Le vieron por última vez el 6 de abril de 1976. El 14 de mayo, el cuerpo de otro joven, Randall Reffett se reunió con el de Darrell en el pasadizo bajo la casa. Fue un día agitado para el asesino que también abordó a Samuel Stapleton, de catorce años, cuando se dirigía a su casa que distaba una manzana. Los dos cadáveres aparecieron juntos. El 10 de junio, Billy Carroll, que a veces se prostituía para ganar dinero, fue enterrado en el mismo pasadizo.

Dos meses más tarde, Rick Johnston, de dieciocho años, desapareció al volver de un concierto; su cuerpo se encontró en el mismo sitio que los demás. El 11 de diciembre, otro empleado del contratista, Gregory Godzik, de diecisiete años, cometió el error de llamar al domicilio de su jefe cuando regresaba a su casa después de ver a una amiga. Se encontró su coche abandonado. Sus padres, desesperados, contrataron a un detective privado para buscar a su hijo, pero la investigación no progresó. El 20 de enero de 1977, John Szyc, de diecinueve años, también empleado de Gacy, desapareció.

Nueve meses después, surgió una pista sobre la desaparición de Szyc. Un muchacho llamado Mike Rossi fue arrestado por un delito menor cuando conducía el coche de John Szyc. Rossi les remitió al hombre en casa de quien vivía, John Gacy, el cual explicó tranquilamente que había comprado el coche al adolescente porque éste le dijo que necesitaba dinero para irse de la ciudad. La policía una vez más le creyó.

John Gacy empezaba a tener mala reputación entre los jóvenes pervertidos de Chicago. Un tal Jaimie fue a su casa poco tiempo después de su divorcio y se quedó estupefacto cuando le golpeó brutalmente en la cara. Se las arregló para tener las manos libres, pero fue arrojado en la cama y salvajemente violado. Ya que había aceptado satisfacer los deseos del sádico, la fuerza no fue necesaria. Se dio cuenta de que el contratista era uno de esos hombres que tienen que hacer sufrir para poder gozar. Después de violarle, le dio 100 dólares al chico y lo acompañó a su casa. Había recibido tantos golpes, que no pudo «trabajar», durante un mes.

El 6 de enero de 1978, Gacy fue arrestado y conducido a la comisaría. Otro pobre chico, Robert Donelly, le denunció. Había aceptado ir a su casa para hacer un número sadomasoquista, pero no se esperaba lo que realmente pasó. Su cliente lo esposó, y se pasó la noche apretándole el cuello hasta hacerle perder el conocimiento, violándole, y metiéndole la cabeza debajo del agua en la bañera hasta provocarle desmayos,. Pero, como Donelly había aceptado tener ese tipo de relaciones, la policía decidió no seguir adelante con el caso.

Otro joven contó cómo Gacy, haciéndose pasar por un policía, lo había «arrestado» una noche y llevado a su casa. Allí sufrió el mismo tratamiento que Donelly. Cuando finalmente le dejó marchar, le dijo que no le convenía avisar a la policía; no le creerían. Aunque parezca raro, así fue.

El incidente que estuvo a punto de causar la ruina de John Gacy ocurrió en primavera. El 21 de marzo de 1978, un homosexual de veintiséis años, Jeff Rignall, aceptó subir en el coche de un hombre gordo y divertido a primeras horas de la madrugada. En el camino, éste le ofreció un porro y se lo fumaron mientras charlaban. De pronto, el gordo paró el coche y le puso un trapo húmedo en la cara. Olía a cloroformo.

Rignall se despertó en un sótano, con la cabeza y las manos inmovilizadas en una especie de picota. En la pared, había la foto de un payaso y el suelo estaba cubierto de látigos de cuero. Le habían arrancado toda la ropa. Gacy le violó y durmió con el anestésico repetidas veces. Finalmente, el joven despertó en la nieve de un parque, en lamentable estado físico. Un examen médico reveló que el hígado estaba destrozado de por vida por culpa del cloroformo.

Jeff Rignall estaba furioso y decidió dar con su agresor. Durante un mes montó guardia en las entradas de la autovía, sentado en un coche, esperando ver el vehículo negro y al conductor gordo. A finales de abril, lo reconoció y siguió su vehículo para poder anotar la matrícula, luego acudió a la policía para notificar que había encontrado a su agresor. Identificó a John Gacy en una foto, pero a pesar de ello, los agentes juzgaron que las pruebas eran insuficientes para acusarle. La víctima cogió un abogado y solicitó un mandamiento civil de arresto. Mientras tanto, el contratista estaba en el desfile del Día de la Constitución y estrechaba la mano de Rosalynn Carter, la esposa del presidente. Cuando supo lo de la orden de arresto, presentó rápidamente una reconvención, diciendo que Jeff Rignall había querido anestesiarle con una droga.

Gacy, una vez más, quedó en libertad. El pasadizo de su casa estaba tan lleno que ya no cabía ningún cadáver. A mediados de junio, un joven llamado Tim O’Rourke fue a verle a propósito de un trabajo. El cuerpo del muchacho se encontró en el río Des Plaines. Ocurrió lo mismo con el de Frank Landingin, abordado el 3 de noviembre de 1978; con el de James Mazzara, que desapareció a finales de noviembre mientras buscaba alojamiento. Pero el éxito volvió al asesino y lo encontró tremendamente descuidado. Cuando abordó a Robert Piest, su última víctima, dejó inconscientemente una estela de pistas detrás de él.

La esposa número dos

Carole Hoff salía con John Gacy en la escuela secundaria, y era buena amiga de sus dos hermanas. Acababa de pasar por un divorcio y se encontraba emocionalmente herida, cuando volvió a encontrarse con Gacy en 1971. Se comportó como un hermano mayor cariñoso y comprensivo, trató a sus dos hijas con ternura (lo llamaban «papi” incluso antes de que se casaran) y, como comentó Carole más tarde, «le entusiasmó». Sin embargo, admitió que no estaba enamorada de él y que conocía incluso su pasado delictivo y su paso por la cárcel. Cuando Gacv le dijo que era bisexual, ella pensó que se trataba de una broma. Era fuerte, varonil y dominante y daba la sensación de ser un maravilloso marido y padrastro. Lo que no llegó a apreciar fue que tenía una doble personalidad, al estilo de Jeckyll y Hyde; se casó con el doctor Jeckyll, pero el señor Hyde aparecería más adelante.

Apretón de mano con la primera dama

La reputación de buen ciudadano de John Gacy subió en 1978, cuando le fotografiaron apretando la mano de Rosalynn Carter, la esposa del presidente. La señora Carter le dedicó una foto que puso bien a la vista en su despacho.

El encuentro con ella se produjo el día del Desfile por la Constitución, que tiene lugar el 6 de mayo en Chicago para conmemorar el comienzo del sistema democrático en Polonia. Gacy fue responsable del desfile durante tres años.

Todas las personas que iban acercándose a la primera dama habían sido previamente investigados por los Servicios Secretos; el distintivo que Gacy llevaba en la solapa era prueba de ello. Los nombres, apellidos, dirección, fecha de nacimiento y número de seguridad social de Gacy y de tres de sus ayudantes figuraban entre los que los agentes especiales habían indagado.

Cuando se investiga el pasado de un individuo, la agencia especial consulta al FBI, al Registro Nacional del Crimen, a los agentes locales de los Servicios Secretos y a la policía local. Aunque el antecedente por sodomía de Gacy pasó a disposición de las autoridades de Chicago cuando éste fue puesto en libertad vigilada, y se marchó a Iowa, los Servicios Secretos no tuvieron conocimiento de ello. Soportaron más adelante duras críticas por parte de la prensa por no haber comprobado más a fondo los antecedentes del asesino.

Gacy fue fotografiado estrechando la mano del alcalde de Chicago, Michael Bilandic, y colocó la foto también en su oficina.

Era evidente que Gacy no consideraba que su condena por sodomía constituía un obstáculo a sus ambiciones en la vida pública. Quizá creía que la prueba fotográfica de su nivel social resaltaba su respetabilidad.

MENTE ASESINA – Enfermo y malquerido

Los psiquiatras remontaron los problemas de Gacy a su padre y a la temprana experiencia de la brutalidad y la dominación. Según ellos, fue lo que preparó el camino de su desintegración moral.

Desde temprana edad John Gacy tenía ya problemas psiquiátricos ligados a su padre. John Stanley Gacy era un tirano y un alcohólico, que nunca hubiera admitido que podía estar equivocado. «Si mi padre decía que el sol no se iba a levantar mañana, no se le podía contradecir. Hubiera discutido hasta convencer a cualquiera.»

John Gacy tenía también una personalidad dominante, como se vio a lo largo de su vida, y no se sometió nunca a la tiranía de su padre, al que detestaba por este motivo. Cuando era joven, el padre le pegaba y al hacerse mayor, él propinaba a menudo puñetazos a su progenitor. Todo ello explicaba su obsesión de seguir «el buen camino», de ser querido y admirado por la gente.

Como muchos otros asesinos, por ejemplo Albert Fish y Earle Nelson, Gacy recibió un golpe en la cabeza a los once años, perdió el conocimiento tras ser alcanzado por un columpio. Durante los cinco años siguientes sufrió desmayos. A los dieciséis, le diagnosticaron un coágulo en el cerebro y recibió tratamiento médico para solucionar su malestar y poco a poco se encontró mejor físicamente.

Su madre le había inculcado la idea de que el sexo era algo maravilloso y sagrado. A los dieciocho años estaba tan gordo (pesaba 75 kilos) y era tan feo, que ninguna chica se hubiera fijado en él.

Poco después, los problemas con su padre le decidieron a huir de casa. Se fue a Las Vegas, pero era difícil encontrar trabajo sin el bachillerato. Finalmente, consiguió un empleo de portero en el depósito de cadáveres de Plam y con su obsesión por la limpieza, era un excelente vigilante. La vista de los cuerpos muertos le fascinaba, sobre todo los de los chicos jóvenes. Es probable que Gacy se haya entregado a la necrofilia, llegando a tener contactos sexuales con cadáveres, aunque lo negó años más tarde a los psiquiatras de la cárcel.

Este hombre tiene otro rasgo en común con la mayoría de los asesinos sexuales: era un mentiroso patológico y un ladrón habitual desde temprana edad. Mentía para impresionar a la gente, por ejemplo, inventándose una carrera en la Marina y robaba para sentirse superior.

Quizás el asesino no mentía cuando insistía en que era una especie de Jekyll y Hyde, con un mínimo de cuatro personalidades. Pero esta afirmación no constituía una prueba de que tenía realmente varios «egos», como el paciente del famoso caso «tres caras de Eve». Existía un informe médico que probaba que ésta tenía tres personalidades; ningún testimonio parecido confirmó la explicación de John Gacy.

Los criminales heterosexuales, como Ted Bundy o los «Estranguladores de Hillside», secuestran normalmente a sus víctimas y las violan. En cambio, los homosexuales tienen tendencia a colocarse en situaciones que facilitan la seducción. Como Gacy era un trabajador empedernido, la mejor solución para él era un negocio en el cual emplearía a chicos jóvenes como, por ejemplo, contratista.

Gacy no «amaba» a los hombres, sólo los utilizaba para satisfacer sus deseos sexuales. Podría haber dicho la verdad al afirmar que muchos de sus crímenes eran el resultado de peleas. Era tremendamente agresivo. Su educación le había dejado una imperiosa necesidad de imponer su voluntad a los demás. Cuando alguien discutía con él, estaba seguro de tener razón y no hubiera sentido remordimiento en matar. Pero el asesinato avivaba su ansia de dominación, por lo que el sadismo era la base de sus crímenes. (Los gritos oídos por los vecinos hacen pensar que torturaba a sus víctimas.) A pesar de todo, debe ser cierto que a otro nivel, seguía aparentando ser una persona decente que necesitaba gustar a los demás y ser objeto de la admiración y el respeto. No es sorprendente que el psiquiatra Lawrence Z. Freedman dijera que Gacy era una de las personalidades más complejas que había conocido jamás.

EL JUICIO – Cuestión de locura

No se ponía en duda que Gacy fuera culpable de los asesinatos. La cuestión era saber si estaba mentalmente enfermo. La defensa lo creía, pero la acusación no estaba de acuerdo.

Después de extraer los veintinueve cadáveres, sólo quedó el armazón de la casa, que fue declarada insalubre y derribada en primavera. La parcela vacía era la atracción de los turistas morbosos que se quedaban desilusionados al ver sólo una especie de ciénaga amarilla.

A finales de abril, con el descubrimiento del cuerpo de Robert Piest en el río Illinois, en Dresden Dam, terminó el recuento de la víctimas de John Gacy. Los padres del muchacho crearon la Fundación Robert J. Piest para luchar contra el crimen de menores.

En el hospital psiquiátrico de Chicago, Gacy fue sometido a un examen médico. Desde el principio insistió en que era víctima de un diabólico álter ego llamado «Jack el malo», quien cometía realmente los crímenes (aunque después reconoció que eran obra suya). «Jack el malo» se apoderaba de John, en la madrugada o cuando estaba bebido, y le obligaba a salir en busca de víctimas. Era una de las cuatro personalidades que parecía poseer Gacy , pero cambió la historia tantas veces que al final resultaba difícil creer algo de lo que decía. Uno de los psiquiatras amenazó con marcharse si no paraba de mentir.

El asesino pretendía que la mayoría de los crímenes habían sido en defensa propia, incluyendo el primero, el del chico de la terminal de autobuses. Otros tuvieron lugar en el curso de peleas: la que precedió al crimen de Butkovich fue a propósito del salario; la anterior a la muerte de Godzik fue sobre drogas, en el caso de Szyc fue sobre un coche, etc., aunque estas versiones fueron variando continuamente y al final sólo reinaba el caos. Lo que era cierto es que John Wayne Gacy, en su doble vida, había asesinado a veintinueve jóvenes sin sentir el más mínimo remordimiento.

El juicio se abrió el 6 de febrero de 1980, presidido por el juez Louis B. Garippo, con un discurso en el cual, uno de los fiscales, Robert Egan, declaró que el acusado era un hombre demoníaco. El abogado defensor, Robert Motta, trató de demostrar que un hombre que duerme con veintinueve cadáveres en su casa no es más que un loco. Se supo después que Gacy estaba furioso con sus abogados por no haber imaginado y planeado algo para obtener la absolución. El examen psiquiátrico demostró que el inculpado no sentía remordimiento alguno por los crímenes y siempre tenía una buena excusa para justificarlos.

Al segundo día testificaron los padres de las víctimas, algunos perdieron el conocimiento y muchos de ellos lloraron. Gacy les miraba con desprecio e irritación, convencido de que todo era puro teatro. Unos días más tarde, dos adolescentes que habían vivido en casa del asesino y según él fueron sus amantes, se sentaron en el estrado de los testigos. David Cram y Mike Rossi contaron cómo éste les había hecho cavar zanjas en el pasadizo, diciéndoles que eran para unas tuberías. Luego los policías que le interrogaron en comisaría dieron fe de las confesiones. Uno de ellos, Greg Bedoe, relató que el acusado recitaba el salmo 23 a una de sus víctimas mientras la estrangulaba. (Gacy había explicado que el chico era un masoquista, y que le estaba haciendo un «favor».)

La defensa empezó llamando al estrado a Jeff Rignall, que contestó a las preguntas del abogado Sam Amirante y describió la noche de violación y tortura a la que le sometió Gacy y convino que un hombre capaz de hacer tales cosas no podía estar en posesión de todas sus facultades.

El fiscal, Willian Kunkle, subrayó que el testigo estaba escribiendo un libro sobre su encuentro con el acusado y que su presencia en el tribunal no tenía más objeto que promocionarlo.

Indudablemente, los psiquiatras tuvieron el papel más importante del juicio. El doctor Thomas S. Elíseo declaró que la inteligencia de Gacy estaba muy por encima de la media pero que, según las pruebas, se trataba de un paranoico esquizofrénico. Sin embargo, Kunkle disminuyó su credibilidad, preguntándole si creía que el hombre del banquillo había cometido treinta y tres crímenes sin ser consciente de hacer el mal.

El segundo psiquiatra de la defensa, Lawrence Z. Freedman, explicó que Gacy era una de las personalidades más complejas que jamás había conocido, insistió en que era un psicótico. Estuvo de acuerdo con su colega anterior en que la psicosis probablemente empezó en la cárcel de Anamosa, alrededor de las Navidades de 1969, cuando murió su padre, quien siempre le había vaticinado que sería un fracaso, como terminó siendo. Subrayó también la falta completa de sentimientos del acusado al relatar sus crímenes, y avanzó una explicación interesante de los asesinatos. John Gacy odiaba profundamente a los homosexuales; no se consideraba como tal, sino bisexual. Una vez comentó a la policía que sus víctimas «merecían» la muerte. Según el doctor Freedman, el acusado proyectaba su propia homosexualidad sobre sus víctimas en un intento pervertido de protegerse.

Otros dos psiquiatras, los doctores Robert Traisman y Richard G. Rappaport, testificaron también sobre la personalidad del inculpado. Rappaport fue sometido a un duro interrogatorio por parte del fiscal Kunkle, pero siguió manteniendo que el sadismo del acusado era una forma de reacción contra un padre tirano y alcohólico. El testimonio de este psiquiatra encantó a Gacy, que sonreía a los miembros del jurado como si les dijera que escucharan atentamente.

Parecía menos contento cuando Robert Donelly describió la terrible noche que pasó en su casa, soportando alternativamente violación e intentos de estrangulamiento. Le gustó menos todavía el informe del psiquiatra Arthur Hartman que afirmó que, a pesar de ciertos trastornos de la personalidad, Gacy no estaba loco. El doctor Robert A. Reifman lo confirmó al explicar que era un «clásico narcisista», tan preocupado en quererse a sí mismo que las demás personas apenas existen para él. «No puedo creer que existan treinta y tres casos de locura temporal», terminó diciendo. El hecho de que Gacy obligara a Cram y Rossi a cavar tumbas en el pasadizo, indicaba que planeaba los asesinatos. Según él, el acusado fingía la locura; tesis que fue confirmada por otro psiquiatra de la acusación, el doctor James Cavanaugh.

En el alegato final, la acusación repitió que John Gacy era un demonio. La defensa sostuvo de nuevo la teoría de enajenación mental. El 12 de marzo de 1980 el jurado tardó sólo dos horas en decidir que estaba de acuerdo con la acusación: Gacy no estaba loco. Al día siguiente, el juez Garippo le condenó a muerte en medio de los aplausos del tribunal.

Vidas secretas

Un alegato de «culpable pero no responsable» es muy raro; sólo un 2 por 100 de los juicios gira en torno a la locura.

Los más dramáticos son los de personalidad múltiple. En tal caso, el acusado puede tener uno o más «álter egos», de los cuales es totalmente inconsciente, ya que son sus otras personalidades las que cometieron los crímenes y no él, por lo que no se le puede considerar realmente culpable.

Uno de los ejemplos más increíbles de doble personalidad es el del secuestrador, violador y ladrón William Stanley Milligan, que tenía por lo menos diez personalidades: «Ragaa”, su doble diabólico, «Adelena”, una lesbiana, y una niña artista de tres años, entre otras.

Fechas clave

  • 8/67 – Relaciones íntimas con Donald Vorhees en casa de Gacy.
  • 3/68 – El padre de Vorhees denuncia a Gacy en la comisaría.
  • 10/5/68 – Gacy, acusado de sodomía.
  • 20/12/68 – Gacy condenado a 10 años de cárcel.
  • 18/6/70 – Ponen a Gacy en libertad vigilada.
  • 19/6/70 – Gacy deja Waterloo para ir a vivir a Chicago.
  • 6/71 – Gacy se muda a la avenida Summerdale e inicia su empresa PDM Contractors.
  • 3/1/72 – Mata a su primera víctima.
  • 6-72 – Se casa con Carole Hoff.
  • 1/8/75 – Asesina a John Butkovich.
  • 2/3/76 – Se divorcia de Carole
  • 6/4/76 – Mata a Darrell Samson
  • 14/5/76 – Mata a Randall Reffett y a Samuel Stapleton.
  • 23/5/76 – Viola a Michael Rossi que va a vivir con él más adelante.
  • 31/5/76 – Asesina a Michael Bonnin.
  • 10/6/76 – Asesina a Billy Carroll.
  • 6/8/76 – Asesina a Rick Johnston.
  • 11/12/76 – Asesina a Cregory Godzik.
  • 20/1/77 – Asesina a John Szyc.
  • 15/33/77 – Asesina a John Prestidge.
  • 5/7/77 – Asesina Matthew Ronan.
  • 15/9/77 – Asesina a Robert Gilroy
  • 26/9/77 – Asesina a John Mowery
  • 7/10/77 – Asesina a Russell Nelson
  • 11/11/77 – Asesina a Robert Winch.
  • 18/11/77 – Asesina a Tommy Baling.
  • 9/12/77 – Asesina a David Talsma.
  • 6/1/78 – Arresto de Gacy.
  • 16/2/78 – Asesina a Billy Kindred.
  • 21/3/78 – Secuestra y viola a Jeff Rignall.
  • 6/78 – Tira el cuerpo de Tim O’Rourke al río.
  • 3/11/78 – Tira el cuerpo de Frank Landingin al río.
  • 13/11/78 – Tira el cuerpo de James Mazzara al río.
  • 11/12/78 – Asesina a Robert Piest.
  • 12/12/78 – La policía empieza la búsqueda de Robert Pies. Gacy es interrogado y debe presentarse en comisaría.
  • 13/12/78 – Gacy acude a las 3,30 de la madrugada. La policía registra su casa por la tarde.
  • 21/12/78 – Gacy es arrestado por tenencia de marihuana; la policía encuentra una prueba del crimen.

 


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