John Reginald Christie

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John Reginald Christie

El estrangulador de Rillington Place

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Necrofilia
  • Número de víctimas: 8
  • Periodo de actividad: 1943 - 1953
  • Fecha de detención: 31 de marzo de 1953
  • Fecha de nacimiento: 8 de abril de 1898
  • Perfil de las víctimas: Ruth Fuerst, de 21 años / Muriel Amelia Eady, de 32 / Beryl Evans, de 20, y su hija Geraldine, de 15 meses / Su esposa Ethel Christie, de 54 / Kathleen Maloney, de 26 / Rita Nelson, de 24 / Hectorina MacLennon, de 26
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Ejecutado en la horca el 15 de julio de 1953
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Índice

John Reginald Christie

Última actualización: 13 de marzo de 2015

Psicópata y asesino sexual responsable de la muerte de seis mujeres, asesinadas en su domicilio del número 10 de Rillington Place, London WI (hoy Rustyn Close), junto a S. Marks Road.

El 24 de marzo de 1953, cuando un jamaicano, inquilino de la citada calle, tanteaba las paredes de la cocina del piso bajo, ocupado anteriormente por Christie, notó que una de ellas sonaba a hueco. Levantando una esquina del papel que cubría la pared, descubrió que escondía un armario, abierto por uno de los costados. Miró a través de la abertura con la ayuda de una linterna, descubriendo el cadáver desnudo de una mujer.

Al momento avisó a la policía, que halló otros tres cuerpos dentro del armario. El primero estaba completamente desnudo (excepto el sostén y el liguero); los otros dos habían sido envueltos en sábanas y atados con cable eléctrico. Seguramente a causa de las condiciones atmosféricas, que habían provocado una gran deshidratación, los cadáveres despedían muy poco olor. (Los relatos más sensacionalistas afirman que fue el olor de los cuerpos en descomposición lo que indujo al jamaicano a examinar las paredes de la cocina.) Bajo el suelo del salón, que parecía haber sido levantado recientemente, apareció un cuarto cadáver, envuelto también en una sábana.

Christie había dejado el piso el día 20 de marzo subarrendándolo a Mr. y Mrs. Reilly, que le habían pagado 7 libras y 13 chelines por adelantado. El dueño del inmueble, un jamaicano llamado Charles Brown, les había echado poco después, alegando que Christie no tenía ningún derecho a subarrendar la vivienda cuando, además, le debía todavía algunas semanas de alquiler.

Al excavar el jardín de la casa se hallaron los esqueletos de otros dos cuerpos. Alguien había utilizado un fémur humano para apuntalar la cerca. Se recordó entonces que en 1949 habían sido descubiertos en la misma casa otros dos cadáveres (los de Mrs. Evans y su hija Geraldine). Ambas habían muerto estranguladas. Timothy Evans, marido y padre de las víctimas, había sido ahorcado convicto del doble asesinato; era un retrasado mental y fue, quizá, castigado por un crimen que no había cometido él, sino su vecino del piso bajo.

El agente de policía Ledger reconoció a Christie el 31 de marzo en un muelle cerca del Putney Bridge, conduciéndole al puesto de policía más cercano.

En la semana siguiente al descubrimiento de los cuerpos había cundido la alarma por toda la ciudad; los periódicos publicaron fotografías a toda plana del jardín del 10 de Rillington Place y lanzaron toda clase de especulaciones sobre la identidad del asesino y sobre si éste cometería algún crimen más antes de ser capturado por la policía (Alexie Surkov, secretario de la Liga de Escritores Soviéticos, que se encontraba en Inglaterra en aquella ocasión, comentó más tarde, con cierta ironía, este frenesí periodístico.)

Christie se confesó autor de la muerte de las cuatro mujeres cuyos cadáveres habían sido hallados en su casa. Declaró que, debido a la hostilidad que la mostraban los inquilinos, todos de color, que habitaban en los demás pisos de la casa, su esposa vivía en una enorme tensión nerviosa.

La noche del 14 de diciembre de 1952 sufrió un ataque con terribles convulsiones; Christie «no pudo soportar» verla en este estado y la estranguló con una media. En cuanto a las muertes de sus otras tres víctimas: Rita Nelson, de 25 años; Kathleen Maloney, de 26, y Hectorina MacLennan, también de 26 -, todas prostitutas, aseguró haberlas estrangulado bajo las mismas circunstancias, es decir, en el transcurso de una discusión. Más tarde confesó también haber asesinado a las dos mujeres cuyos esqueletos se hallaron en el jardín. Una de ellas era una muchacha austríaca, Ruth Fuerst, que Christie aseguró haber estrangulado mientras mantenía con ella trato sexual, y la otra Muriel Eady, empleada de la fábrica «Ultra Radio» de Park Royal, donde Christie había trabajado a fines de 1944.

Durante el registro de la casa se encontró asimismo una lata de tabaco conteniendo cuatro tipos diferentes de vello del pubis. Los crímenes presentaban algunos aspectos curiosos. En la sangre de las tres mujeres halladas en el armario se encontraron restos de monóxido de carbono. Sus vaginas contenían semen; tenían entre las piernas un trozo de tela blanca en forma de pañal cuyo fin nunca pudo ser explicado.

Durante el proceso, Christie admitió que el método que utilizaba para cometer sus crímenes consistía en invitar a las mujeres a su casa y hacerlas beber hasta emborracharlas. Entonces las persuadía para que se sentaran en una tumbona con dosel y abría la llave del gas. Cuando las mujeres quedaban inconscientes, las estrangulaba, violándolas después.

El asunto era inexplicable pues, siendo todas las víctimas prostitutas, no parecía muy necesario tener que dejarlas inconscientes para tener con ellas trato sexual. El doctor Francis Camps, que había examinado los cuerpos, sugirió que Christie había alcanzado un grado tal de impotencia sexual que necesitaba que la mujer a quien iba a poseer estuviera completamente inconsciente (una muchacha que había conocido a Christie años antes en Halifax le había apodado «Christie-no-puedo-hacerlo»).

Una de las mujeres, Rita Nelson, estaba embarazada de seis meses cuando murió.

Christie fue juzgado solamente por el asesinato de su mujer; el proceso comenzó el lunes 22 de junio de 1953. Presidía el tribunal el juez Mr. Finnemore y llevó la acusación el fiscal Sir Lionel Heald. Mr. Dereck Curtis Bennet se encargó de la defensa.

Durante el juicio salió a la luz la vida de Christie. Al ser arrestado tenía 55 años. Había nacido en Boothstown, Yorkshire, en abril de 1898. Su padre, Ernest Christie, que trabajaba en una fábrica de alfombras, era un hombre de gran dureza que educó a sus hijos con austeridad victoriana sin mostrar el menor rasgo de afecto.

Reginald fue un niño débil, miope e introvertido. Sufrió varías enfermedades de poca importancia (posiblemente para compensar la poca atención que le dedicaban). Tuvo algunos encuentros con la policía por pequeños delitos; cada uno le valió una terrible paliza de su padre.

A los quince años salió de la escuela y se colocó como empleado en la oficina de policía de Halifax. Sus continuos hurtos provocaron su despido. Trabajó entonces con su padre en la fábrica de alfombras, hasta que le echaron también por robo. Desde ese momento Ernest Christie no quiso saber nada más de su hijo.

Reginald se convirtió en un hipocondríaco crónico que disfrutaba estando enfermo y hablando de sus pasadas dolencias. (Comenzó su primera confesión aludiendo a su mala salud.) En 1915 sufrió una neumonía. Cuando sanó fue enviado al frente, donde a consecuencia de una explosión y del gas mostaza quedó ciego durante cinco meses, perdiendo el habla por tres años medio; esto último no fue más que efecto de su histerismo. Recuperó la voz en un momento de excitación emocional.

Christie aseguró que uno de los acontecimientos decisivos en su vida fue el contemplar, cuando tenía ocho años, el cadáver de su abuelo. En 1920 conoció a su mujer, Ethel, con la que se casó aquel mismo año. No tuvieron hijos. Declaró que durante dos años no tuvo relaciones sexuales con su esposa, lo cual, sí es cierto, afirma la teoría de que Christie era un impotente sexual y que sufría, en sus relaciones con las mujeres, un profundo complejo de inferioridad. En 1923 discutió con su esposa y se separaron; con tal motivo Christie volvió a perder la voz por espacio de tres meses.

No tenemos muchos datos sobre la vida de Christie durante los años transcurridos entre las dos guerras, excepto que fue atropellado por un automóvil que se dio a la fuga, sufriendo lesiones en la cabeza, rodillas y clavícula (Reginald Christie parece haber sido una de esas personas a quienes la mala suerte persigue continuamente). Trabajó después como empleado de Correos, pero fue acusado de sustraer dinero de las cartas y condenado a siete meses de prisión.

Al quedar en libertad se colocó en la oficina de una firma de transportes, donde permaneció cinco años.

Duncan Webb, un narrador de la historia del criminal, afirma que Christie pretendía ser un hombre de fortuna cuando contrajo matrimonio y que se hizo miembro de la Sociedad Conservadora de Halifax. Al separarse de su mujer en 1923 (después de cumplir una nueva sentencia) se trasladó a Londres, alojándose primero en una casa de Brixton y más tarde en Battersea. Golpeó a una mujer en la cabeza con un palo de «cricket» y volvió a ser encarcelado. Su esposa le visitó en la prisión y se reunió de nuevo con él al quedar en libertad.

En 1939 Christie se alistó, al comenzar la guerra, en un cuerpo de reserva de la policía, donde disfrutó demostrando su autoridad y arrestando a todos los que podía por los más pequeños motivos. Su mujer iba a menudo a visitar a su familia de Sheffield; durante una de sus ausencias, Christie llevó a su casa a Ruth Fuerst y la estranguló.

Aunque en su segunda declaración había confesado haberla matado durante el acto sexual, es casi un hecho cierto que la persuadió de alguna forma para que inhalase gas, quizá convenciéndola de que curaría su catarro aspirando fuertemente de un frasco de «Bálsamo de los Frailes» después de taparse la cabeza con una toalla. Entonces Christie abriría la llave del gas.

Acaso en el primer momento intentase solamente dejar a la muchacha inconsciente para violarla y decidiera matarla más tarde para ocultar el asalto. Confesó también que había escondido el cuerpo de Ruth Fuerst bajo el suelo del salón para que no pudiera ser descubierto por su mujer, que volvió a los pocos días con un hermano. En un momento en que éstos habían salido, sacó el cadáver de su escondite y lo trasladó al lavadero enterrándolo en el jardín durante la noche.

En el transcurso de la vista, Christie declaró que no estaba seguro de si Ruth Fuerst había sido su primera víctima o no. A no ser que tuviera otro lugar para ocultar los cuerpos de sus víctimas, esta pérdida repentina de memoria fue una invención para hacer creer al jurado que no estaba en posesión de todas sus facultades mentales.

En diciembre de 1943, Christie fue licenciado del cuerpo de reserva y consiguió un empleo en la oficina de «Ultra Radio»; allí conoció a Muriel Eady, que le hizo frecuentes visitas. En una de estas ocasiones, precisamente cuando Mrs. Christie estaba pasando unas vacaciones en Sheffield, Muriel se quejó de catarro y poco después su cadáver hacía compañía al de Ruth Fuerst en el jardín.

Nunca pudo averiguarse quién fue el verdadero autor de los asesinatos de Mrs. Evans y su hija, pero parece muy probable que fuesen obra de Christie.

En su tercera confesión, hecha en la prisión de Brixton, declaró que en agosto de 1949 Timothy Evans y su esposa habían discutido a propósito de una mujer. Según sus palabras, Christie encontró un día a Mrs. Evans en el suelo junto a la estufa del gas apagada y abierta, intentando suicidarse; la consoló como pudo y le preparó una taza de té.

Al día siguiente, la mujer acudió a visitarle y le pidió que la ayudase a acabar con su vida, ofreciéndose a cambio a tener con él tratos sexuales. Christie la estranguló con una media y (como había ocurrido en los otros casos) la violó después. Ludovic Kennedy afirma que Christie se ofreció a llevar a cabo una operación ilegal de aborto en Mrs. Evans que, al tiempo de su muerte, estaba embarazada. Se aterró cuando Christie intentó persuadirla para que aspirase el gas y, entonces, la estranguló. Kennedy cree que el criminal dijo a Evans que su esposa había muerto durante la operación y le instó a guardar silencio sobre el asunto.

Cuando Timothy Evans volvió a su casa aquella noche, Reginald Christie le dijo que su mujer se había suicidado, pero que, sin duda, todos pensarían que había sido asesinada por su marido. No se sabe con certeza lo que ocurrió entonces. Es posible que Evans matara a Geraldine, cuyo cadáver fue hallado más tarde junto al de su madre en el lavadero. El caso es que vendió todos los muebles y se dio a la fuga. A los pocos días se presentó en el puesto de policía de Merthyr Tydfil declarando que había asesinado a su esposa.

En un momento dado aseguró que era Chrístie el verdadero autor del crimen, pero al enterarse de que la policía había descubierto también el cuerpo de su hija, retiró la acusación. Evans era un retrasado mental. Es imposible saber lo que ocurrió en su mente hasta el momento de su ejecución y si asesinó o no a su hija Geraldine. Desde luego es sorprendente que no delatara a Christie cuando le comunicaron que su esposa había muerto estrangulada, pero quizá, si había sido el responsable de la muerte de su hija, pensó que no valía la pena implicar también en el asunto a su vecino.

En diciembre de 1952 tuvo lugar la muerte de Mrs. Christie. El motivo de este asesinato no está muy claro; quizá quisiera cometer sus crímenes con mayor libertad, pero fuese o no ésta su intención, el hecho es que unas pocas semanas después de morir su esposa, Christie cometía un nuevo asesinato. Rita Nelson fue vista con vida por última vez el 2 de enero de 1953; su cadáver fue el segundo de los que aparecieron en el armario. Christie declaró que le había pedido dinero en la calle; él la había llevado a su casa y allí mantuvieron una discusión, pero parece mucho más probable que la muchacha aceptase la invitación de acompañarle a su domicilio y que allí la matara como al resto de sus víctimas.

Su siguiente crimen fue la muerte de Kathleen Maloney, vista por última vez el 12 de enero de 1953; como en el caso de Rita Nelson, Christie aseguró que habían tenido una disputa, pero parece igualmente improbable.

Por aquel tiempo no tenía dinero y tuvo que vender sus muebles y el anillo de boda de su esposa por la suma de 11 libras. Escribió también al banco de Mrs. Christie en Sheffield y, falsificando su firma, pidió que le enviasen el dinero de su cuenta. (Había enviado también una postal poco antes de Navidad diciendo que su esposa sufría de reumatismo en las manos y no podía escribir.)

En febrero, Christie conoció a un joven matrimonio; el marido estaba sin trabajo y no tenían dinero ni alojamiento. Reginald los recogió en su casa durante algunos días. Poco después, la esposa, Hectorina McLennan, volvió sola a visitarle. Fue asesinada alrededor del 3 de marzo. Christie aseguró que después de matarla había perdido la memoria; abandonó su domicilio de Rillington Place el 20 de marzo y vagabundeó por Londres, durmiendo varias noches en Rowton House. Cuando fue arrestado, estaba sucio, sin afeitar y sin dinero.

El abogado defensor procuró demostrar su deficiencia mental, pero el jurado, ante diversos testimonios médicos que afirmaban la cordura del criminal, pronunció un veredicto de culpabilidad. Christie fue ejecutado el 15 de julio de 1953.

El caso presenta algunos aspectos curiosos. Christie era, desde luego, un hipocondríaco histérico (declaró, por ejemplo, que su fibrositis le impidió tener trato sexual con Mrs. Evans). Aparte de los crímenes, su vida sexual consistía, casi exclusivamente, en la masturbación; el hecho de que se hallasen restos de semen en las costuras de sus zapatos y en sus ropas, hizo suponer que se masturbaba de pie sobre los cadáveres de sus víctimas.

En los dos años y medio anteriores a la muerte de su esposa no había tenido con ella relaciones sexuales. No ha podido encontrarse una explicación satisfactoria para el vello conservado en la lata de tabaco. Christie aseguró que pertenecía a las mujeres halladas en el armario, pero al comprobarse si esto era cierto, resultó que no correspondían; solamente uno de los tipos podría haber provenido de Mrs. Evans, pero de ser así, tenía que haber sido cortado seis meses antes de la muerte de ésta, lo cual parece poco probable. Quizá dos de los cuatro tipos podrían corresponder a los cuerpos encontrados en el jardín, pero aun así quedarían otros dos sin identificar.

Finalmente, Christie no causó una impresión favorable a ninguna de las personas relacionadas con el caso; mentía constantemente, se lamentaba sin descanso de su mala salud y debilidad, y aunque quería mostrarse ansioso de ayudar a resolver los problemas que presentaba su caso, contestó a todas las preguntas con vaguedad.

Es un hecho probado que desde el momento de la muerte de su mujer cometía sus crímenes llevado de un impulso irrefrenable y que si hubiera podido hacerlo, habría seguido matando hasta el día de su muerte; era el único medio para satisfacer sus necesidades sexuales. Una mujer que conoció a Christie en un café cerca de su casa declaró que había sido invitada por éste dos veces a que le hiciera una visita en su domicilio, donde le curaría su catarro; afortunadamente, las circunstancias impidieron que lo hiciera.

El Christie que cometió los tres últimos crímenes era un hombre agotado, sin fuerzas para resistirse a la justicia; seguramente sabía que antes o después los familiares de su esposa investigarían sobre su desaparición. Este fatalismo le condujo a una especie de «crepúsculo» mental, un dejarse llevar por los hechos, del que sólo emergía de vez en vez el impulso irremediable de matar para satisfacer su apetito sexual.

El hecho de que los cuerpos de sus víctimas (excepto el primero) no llevaran más ropa que un trozo de tela blanca entre las piernas, ha hecho pensar en la posibilidad de que en su anormalidad sexual interviniera también alguna especie de fetichismo. Tampoco se ha podido explicar satisfactoriamente la relación entre el impacto que proporcionó a Christie el espectáculo del cadáver de su abuelo y su morbosa actitud hacia el sexo y la muerte.


John Reginald Halliday Christie

Edgard Lustgarten – «De profesión: asesino»

UN PERFECTO CABALLERO – Reclamaciones ante un procurador

-¿Su nombre, por favor?

-Christie… señor Christie.

Su voz era un susurro.

-¿Y su dirección?

-Plaza Rillington… Plaza Rillington, 10.

Estaban fatigadísimos aquella noche en Poor Man’ Lawyer, en Kensington Norte, y los interrogatorios debían ser breves. Pero el agotado procurador sobrecargado de funciones públicas, trataba a aquel desconocido con toda la cortesía que hubiera podido demostrarle a un cliente rico en su bufete.

-Bien, señor Christie, ¿qué podemos hacer por usted?

El señor Christie, de la plaza Rillington, se inclinó hacia adelante. Su cabeza calva y sus gafas brillaban bajo la cruda luz de la bombilla eléctrica.

-Se trata de mi apartamento, señor. Yo no puedo disfrutarlo con toda tranquilidad. No. La señora Christie y yo no podemos disfrutarlo con toda tranquilidad.

Evidentemente, se había aprendido de memoria esta frase y se sentía orgulloso de ello. El procurador reprimió una sonrisa.

-Será mejor que me dé todos los detalles. ¿Qué clase de alojamiento tiene usted?

-Dos habitaciones y cocina. En la planta baja de la casa.

-¿Independiente?

-No. El vestíbulo y la escalera son comunes a todos los inquilinos. Compartimos también los lavabos.

-¿Cuánto de alquiler?

-Doce chelines y nueve peniques por semana, sin amueblar.

-¿Desde cuándo la ocupa usted, señor Christie?

-Oh una docena de años. En realidad, veamos: si, eso es desde 1938.

El procurador arqueó las cejas y frunció el ceño. -Doce años. No creo que haya estado usted allí demasiado mal

-Al principio, no -dijo el señor Christie con manifiesto alivio al poder llegar a los hechos-. Éramos muy felices cuando todos los inquilinos eran lo que habían de ser. Pero ahí está la desgracia: ahora la casa está llena de negros.

-¿Desde cuándo?

-Desde la llegada del nuevo propietario. Fíjese: él es negro también.

-¿Un negro?

-Jamaicano, de las Antillas -explicó el señor Christie-. No habita en la casa, pero la tiene llena de negros. Esto rompe los nervios de la señora Christie, se lo puedo asegurar.

El procurador sacudió la cabeza sin comprometerse. Esta clase de problemas, incluso en aquella época, no era nuevo.

¿Son ustedes ahora los únicos blancos?

-Algunos de los negros tienen allí sus queridas, que son blancas.

Al decir esto el señor Christie no pudo reprimir un gesto de disgusto.

-Pero ¿qué hacen ellos? Dejando aparte su color, pueda que no se les puede reprochar, ¿qué hacen que pueda incomodarles?

-Son alborotadores, sucios, groseros, dice la señora Christie, y la mayor parte de ellos andan por el jardín.

-¿Qué jardín? -Preguntó el procurador sorprendido.

Por lo visto, las casas de alquiler que cuestan doce chelines y nueve peniques por semana tienen pocas veces este lujo.

-Se le llama jardín. Está en la parte trasera. De todos modos, más vale esto que nada… Alquilé la planta baja, luego el jardín me pertenece…

-Esto depende si… -indicó el procurador.

-Se me prometió. Cuando yo alquilé el apartamento me prometieron el disfrute exclusivo del jardín.

Por unos instantes la voz más bien baja del señor Christie adquirió cierto tono de sonoridad.

-¿Le gusta la jardinería? -preguntó el procurador.

-Exactamente, no -respondió el otro recuperando su voz normal-. Tengo muy mala salud, ya lo ve. Y la señora Christie también. Lo que me preocupa es nuestra tranquilidad.

El procurador disimuló un suspiro.

-Deme el nombre del propietario -dijo-. Me ocuparé del asunto.

-Bien -aprobó el señor Christie-. Quiero tener el jardín para mí solo.

Enfermo y neurótico

La personalidad del señor Christie otorgaba cierta autoridad a la exigencia. Era suave, bien educado, reservado y discreto. Su cabeza en forma de huevo sugería aficiones intelectuales y su voz casi siempre en sordina preanunciaba un ser inofensivo y más bien incoloro. Hubiera podido pasar por un modesto funcionario o un rutinario profesor sin ambiciones, -decidido sólo a no descender más bajo. Su comportamiento era el de un ciudadano respetuoso con las leyes, que exige una independencia para sí y que también respeta la de los demás. Ciertamente, al ver al señor Christie y conocer la plaza Rillington cualquiera podía pensar que aquel cuchitril no era el lugar que le correspondía.

Las reacciones de sus vecinos se adivinan fácilmente. Lo trataban con una mezcla de ironía y de respeto. A sus espaldas le apodaban el Caballero Johnnie, pero cuando se dirigían a él le llamaban señor Christie, sin mencionar su nombre de pila. En su fuero interno, admiraban su desprecio hacia las tabernas, pero cuando acudían a beber entre camaradas se reían de lo ridículo de sus pretensiones. Ahora bien, el ridículo y el respeto originan alejamiento y reserva. El señor Christie era un ser distanciado y se encerraba cada vez más en su concha.

En aquella su postura retraída, desempeñaba papel principal su delicada salud, sobre la que había insistido. Aunque ninguna compañía de seguros le hubiera concedido demasiada importancia, sin embargo, una multitud de pequeñas dolencias habían envenenado su edad madura. Alguna de ellas pudo ser originada por el estallido de un obús durante la primera guerra mundial y exacerbada por un accidente de automóvil. En todo caso, el competente médico que cuidaba al señor Christie desde 1934, declaró más tarde que su estado de salud era verdaderamente malo. Padecía jaquecas, y le dolía la espalda, sufría de vértigos y de reúma. No podía trabajar ni dormir. Le era difícil fijar sus ideas y había perdido la memoria.

A todos estos síntomas, quizá psicosomáticos, se añadían dos enfermedades de origen físico: una fibrosis o inflamación de los músculos, y una enteritis o afección intestinal. A juzgar por lo que él pensaba de sí mismo, era un incurable, y desde el punto de vista del médico, era un neurótico. Ambas hipótesis no son del todo incompatibles.

Al parecer, existían, pues, poderosas razones psicológicas y clínicas, para que el señor Christie deseara estar tranquilo y se rebelara contra aquella intrusión de la horda de negros jamaicanos.

Pero había, además, otra razón mucho más poderosa, desconocida aún por los demás, por la cual el señor Christie deseaba el jardín para él solo.

Plaza Rillington número diez

La plaza Rillington, callejón sin salida que da a St. Mark’s Road, no es más que una de esas callejuelas sórdidas que desfiguran a Notting Hill y, sin embargo, aun en esa barriada, resulta especialmente antipática y mugrienta. En parte, a causa de los recuerdos que evoca, pero en especial por la suciedad intrínseca de sus casas. Aunque Christie no hubiera existido, esta miseria concebida por los arquitectos, ejecutada por los contratistas de obras y explotada por los propietarios, seguiría siendo una monstruosidad. En cualquier época, el visitante quedaba visiblemente afectado.

Descendiendo por la calleja, el número diez es la última casa a la izquierda. Si el visitante padece claustrofobia sufriría en aquel lugar una crisis inevitable, no sólo a causa de la estrecha zanja que la separa de los inmuebles de enfrente y de la delgada pared que la une a sus vecinas, ni del alto muro con que termina bruscamente el callejón, sino, sobre todo, debido a su extrema pequeñez, pues parecen casas construidas para enanos y no para personas normales.

Esta impresión se acentúa todavía más cuando se penetra en el número diez. Aún me estoy preguntando cómo los corpulentos policías, obligados por su deber, pudieron entrar allí. Yo no soy nada voluminoso, pero tanto en el vestíbulo como en la escalera tenía la impresión de que iba a quedar atrapado.

La sensación de ahogo aumenta en los aposentos, tanto en el apartamento del señor Christie, en la planta baja, como en los dos pisos de encima, ocupados por inquilinos blancos, antes de la invasión de las gentes de color. En el primero, habitaba el anciano Kitchener, que pasaba la mayor parte del tiempo en el hospital. En el segundo, dos jóvenes casados, llamados Evans, y su hija. Vivían juntos en aposentos gemelos, y tan pequeños, que no cabía en ellos nadie más.

En cuanto al jardín que el señor Christie reclamaba con tanta, insistencia, cualquier individuo un poco ágil lo hubiera franqueado de un solo salto.

Vidas fuera de órbita

¿Cómo había ido a parar allí el señor Christie y por qué había permanecido?

De hecho, aunque no procediera de tan buena familia, ni hubiera sido educado tan refinadamente como pretendía hacer creer a todos, lo cierto es que el señor Christie había descendido en la escala social.

Había nacido en 1898 en el Yorkshire, y era hijo de un diseñador de tapices en buena situación. Tenía otro hijo y varias hijas y residían en una casa espaciosa en las landas que, comparada con el n.º 10 de la plaza Rillington, parecía un verdadero palacio. El señor Christie, a quien su familia llamaba Reg, mostró en seguida una inteligencia bastante superior a la media normal. Favorecido por una beca, ingresó en un excelente colegio de enseñanza media, donde sus profesores le reconocieron condiciones para alcanzar un brillante futuro. Pero estas promesas no se limitaban sólo a los estudios, pues sus virtudes morales se desarrollaban a la par que las intelectuales: acudía a la iglesia, cantaba en los coros, se alistó en los Boys Scouts y se anticipó de este modo a Norman Thorne y a Haigh.

Si el señor Christie hubiera vivido en los tiempos del Estado-Providencia, su vida hubiera sido sin duda del todo diferente. Quizá no hubiera cometido los crímenes, aunque ésta sea una ilusión que no comparten los realistas. Algunos, y yo no opino como ellos, podrán atribuir sus primeros delitos a su medio ambiente, pero estos delitos de escasa importancia no lo hubieran mancillado en el recuerdo de los demás, y no guardan relación alguna con sus actos posteriores. Se puede atiborrar un cerebro de ciencia y se pueden llenar de dinero unos bolsillos, y quedar, sin embargo, las malas inclinaciones del alma. Podemos imaginar al señor Christie veinte años atrás, colmado de honores por las universidades y por el gobierno, pero desenmascarado y encarcelado al fin, aceptar el inapelable veredicto de un jurado y balancearse ahorcado en el extremo de una cuerda.

Pero todo ello ocurría mucho antes del Estado-Providencia y el señor Christie, como muchos otros que valían bastante más que él, tuvo que ganarse la vida. El joven Dickens entró a trabajar en una fábrica de betún para el calzado. El joven Christie entró a prestar servicios en una sala de proyección cinematográfica. Si Christie no se distinguió como Dickens y ni siquiera justificó las humildes esperanzas que había inspirado, por lo menos conservó el mismo empleo durante cuatro años, hasta que en 1917 fue llamado a filas.

Como soldado, actuó mejor que muchos y tan bien como la mayoría. Nada de medallas, ni ascensos, ni citaciones honoríficas, pero sufrió, perseveró y demostró ser un buen compañero, cumpliendo a conciencia su tarea. No salió incólume de la guerra. Afectado por los gases, quedó ciego durante algún tiempo y estaba afónico cuando al terminar la contienda se reintegró a la vida civil.

Ya era persona adulta y a partir de entonces los acontecimientos se iban a precipitar. Muy pronto, tras su breve permanencia en la sala de cine, obtuvo mejor colocación entre los mercaderes de lana. Tras un noviazgo normal, no tardó en casarse con una honrada jovencita. Pero muy pronto también, por extraño que pueda parecer, cometió sus primeros delitos.

¿Por qué? Se ha planteado este enigma y no ha podido resolverse. Pero poco importa. Si Leopoldo y Loch habían sustraído carteras de los bolsillos, si Jack el Destripador había desvalijado a un tabernero, y si Ian Brady había falsificado una firma, ¿acaso todo esto explica algo acerca de las fechorías que cometieron después?

No explica nada. Cuando se trata de asesinos y, sobre todo, de asesinos en serie, los robos, las falsificaciones o las estafas, no tienen relación alguna con los auténticos crímenes. En el caso del señor Christie sólo queda por anotar su sucesión cronológica, señal evidente de su degeneración social.

Entre ambas guerras

-¿Tiene algo más que declarar? -preguntó el juez al agente de policía.

-Sí, honorable señor.

-Continúe.

-En 1921, en Halifax, tres meses de cárcel, por haber robado cheques postales. En 1923, en Halifax, detenido por simulación y puesto bajo vigilancia por golpes y heridas. En 1924, en Axbridge, nueve meses de cárcel con trabajos forzados, por robo. En 1929, en South Western Police Court, seis meses de cárcel con trabajos forzados, también por golpes y heridas.

-¿Tiene usted algo que alegar, Christie?

No. El señor Christie nada tenía que alegar.

-Muy bien. Por la acusación presente, es decir, un robo de automóvil, pasará tres meses en la cárcel.

Ello ocurría en 1933. A partir de aquel momento, el señor Christie parece emprender un camino recto. Pero durante todo este tiempo, su matrimonio había experimentado las consecuencias naturales derivadas de estos graves fallos de conducta. Así puede deducirse del catálogo de sus condenas, pues cuando en 1923, el señor Christie se dirigió al sur, su esposa no le acompañó. Era una taquígrafa muy competente, podía ganarse bien la vida y sin duda no había querido seguirle al ver que andaba por caminos tortuosos. Durante diez años vivieron separados, y al fin, una visita de ella a la cárcel acabó en reconciliación y se instalaron, de nuevo juntos, en el número 10 de la plaza Rillington.

La segunda guerra mundial le resultó más favorable a Christie que la primera. En tiempos de paz, los patronos pedían informes antes de emplear a alguien en las empresas, pero en tiempo de guerra se abstenían de ello. Estaban apurados y faltaba la mano de obra. Así, en 1939, el señor Christie fue admitido como ciudadano jurado en funciones de agente de policía.

Prostitución y vicio

El hecho de ser agente de policía le venía de primera al señor Christie. No sólo mejoró su presupuesto económico y aumentó su prestigio, sino que incluso pudo solucionar de manera más fácil su vida sexual.

Sólo los más rígidos puritanos podían condenarle porque mantuvo relaciones con varias mujeres durante su prolongada separación con su esposa. Dejando aparte el verdadero amor, que no estaba a su alcance y que nunca disfrutó de él, el señor Christie sólo podía mantener relación con mujeres de vida equívoca.

En nuestros días, pocas veces constituye esto un problema difícil, incluso para quienes no quieren recurrir a las profesionales, pues son muchas las mujeres solitarias que buscan un compañero. Las prostitutas quedan todavía para complacer a los numerosos hombres que prefieren entregar dinero antes que arriesgarse a perder su libertad, o aquellos cuyas exigencias eróticas asustarían a quienes no se las paga.

El señor Christie acudía a los servicios de las prostitutas cuando disponía del dinero suficiente. Quizá no le interesaban las demás. Siguió recurriendo todavía a esta clase de mujeres después de la reconciliación con su esposa, pero con menor frecuencia que antes debido a la falta de dinero.

Un salario normalizado y las insignias oficiales de su cargo lo cambiaron todo. Desde entonces se hallaban a su alcance las profesionales y otras mujeres fáciles todas a la vez. Podía pagarles a las primeras y entrar en relación con las segundas. Ahora bien: lo que hizo con las unas y las otras jamás se sabrá. Se ignora también el momento exacto en que comenzó la práctica de su especial perversión. La fecha más verosímil parece la de agosto de 1943.

La primera víctima

Se llamaba Ruth Fuerst. Austríaca, había huido a Inglaterra en 1930, a la edad de diecisiete años, cuando cursaba estudios de enfermera. Al estallar la guerra, fue trasladada al servicio de municionamiento. Era alta y morena. No llamaba la atención por bella, aunque algunos la encontraron seductora. No tenía parientes en Inglaterra y en aquellos años de pesadilla, la desaparición de una mujer podía fácilmente ser atribuida a los bombardeos alemanes.

El señor Christie, si hemos de creer en su propio relato -y no disponemos de otro-, se encontró con ella en un bar, donde él entró tratando de buscar y capturar un ladrón. Ruth no estaba en venta, pero se dejó persuadir con cierta facilidad. Al fin y al cabo era joven y estaba sola. Refugiada, vivía en medio de los bombardeos, en ese terror constante que, cosa curiosa, estimula con frecuencia los deseos.

El señor Christie le hizo algunas proposiciones y Ruth no las desdeñó. Como se hallaba ausente la señora Christie, pudo llevarla a su casa de la plaza Rillington. El señor Christie la estranguló y la poseyó después, o viceversa, la poseyó antes y la estranguló más tarde. Quizá ambas cosas a la vez, simultáneamente. Cualquiera que fuese el orden de los acontecimientos, la enterró luego en el jardín, aquel lúgubre y reducido rectángulo que él no quería compartir con nadie.

Sólo puede afirmarse que Ruth Fuerst fue la primera víctima conocida, entre las demás víctimas del señor Christie. Si hubo algunas antes que ésta, no podían ya hablar y el asesino tampoco se refirió a ellas. Su abogado le interrogó a tal respecto durante el proceso: ¿Era la primera persona a quien había dado muerte?

-Supongo -respondió el señor Christie-. Supongo. No lo sé.

Pero la cadena de víctimas seguiría.

Cámara de gas, en miniatura

En diciembre de 1943, tras cuatro años de servicio, el señor Christie fue «relevado» de sus funciones de agente de policía. No fue expulsado, y esto hubiera sido difícil dado su expediente oficial -dos menciones honoríficas- y la razón real que lo motivó. No se trataba de delito ni de incompetencia, e incluso podía creerse que ni siquiera había motivo para ser despedido. Fuera de las horas de servicio, mantenía relaciones íntimas con una joven empleada en el cuerpo de policía, cuyo marido cumplía el servicio militar en el extranjero. Más tarde, el marido solicitó el divorcio citando el nombre de Christie, quien, por reprensible que fuera su conducta, apareció por esta vez como un ser relativamente humano. Pero ello nos aparta de nuestro tema. Baste decir que el señor Christie abandonó la policía sin deshonor y que, acto seguido, encontró fácilmente trabajo.

Posteriormente, en 1946, se empleó en la caja de ahorros de una oficina de Correos. En 1952, fue contratado por Puentes y Caminos. Gracias a sus funciones y a sus ocupaciones sucesivas, conservó su prestigio entre las mujeres.

Durante su primer empleo, después de su salida del cuerpo de policía, cuando trabajaba en una empresa de radio, en Acton, sedujo a Muriel Eady, que en nada se parecía a Ruth Fuerst. Nada de soledad ni destierro; sólo, quizás, el mismo peligro común de los bombardeos aéreos. Pero también Muriel Eady buscaba consuelos. De unos treinta años de edad, tenía un amigo, a quien el señor Christie conoció y presentó a su mujer. ¿Por qué Muriel Eady hizo caso de las insinuaciones de Christie? Resulta difícil explicarlo, pero a las mujeres les gusta muy a menudo jugar con fuego. Sea como sea, ella acudió sola a la plaza Rillington. Años más tarde, el señor Christie declararía:

«Se quejaba de que padecía bronquitis y le dije que yo era capaz de aliviarla. La cité en mi casa en ausencia de mi esposa. Acudió. Preparé una inhalación con varios ingredientes, en especial benjuí, y para respirar aquel brebaje se cubrió la cabeza con un chal. El líquido se hallaba en un recipiente con una tapadera de metal: en ésta había practicado orificios en uno de ellos introduje el tubo de caucho del gas y en otro había hundido un tubo de modo que el vapor no oliera a gas. Ella comenzó a inhalar y se desvaneció, tal como yo deseaba. Cuando hubo perdido el conocimiento, tengo un vago recuerdo de haber pasado un brazo en torno a su cuello y haber apretado.»

El señor Christie añadió que podía equivocarse: quizás empleó el gas con Fuerst, pero no creía que hubiera utilizado con ambas el mismo procedimiento. Lo único cierto es que las había asesinado.

-La poseí y luego la enterré en el jardín.

Necrofilia: ¿otra moda?

Ocurre muy pocas veces que un hombre experimente la necesidad de asesinar a su pareja en el transcurso del coito. Entonces, ¿por qué Christie asesinó a Fuerst y a Eady, sin hablar de otros casos, de esta manera?

Si en la actualidad hay quien conoce o tiene alguna idea de esta perversión, se lo debe a Christie y su proceso, que puso al descubierto sus apetitos depravados. Antes de él, muy pocos habían oído en Inglaterra hablar de la necrofilia e incluso ni imaginaban que existiera. Se trata de la búsqueda del placer mediante una falsa cópula con una moribunda o una muerta. Después, el tipo del necrófilo se ha hecho en Inglaterra casi tan familiar como el del sodomita.

Por suerte, los sodomitas son más numerosos que los necrófilos. Sin querer difundir, ni mucho menos la sodomía, cabe afirmar que ésta es preferible a la necrofilia, porque si la sodomía es sinónimo de corrupción, la necrofilia casi siempre es sinónimo de asesinato. Sólo una vez, que yo sepa de ello -y tengo el informe de un célebre escritor- esta última consecuencia de la necrofilia ha podido evitarse. Un prefecto de policía francés, con el realismo típico de su país, prefirió abrir el depósito de cadáveres a intervalos regulares a los necrófilos que figuraban en su fichero. Acusado de complicidad con los profanadores de muertos, se contentó con encogerse de hombros. Decía que valía más profanar a las muertas que asesinar a las vivas.

Este prefecto de policía debía de ser muy malicioso para poder tener semejante lista de monstruosidades. O bien los necrófilos son más numerosos en Francia, o bien los necrófilos franceses se van más de la lengua. En Inglaterra, puede uno pasarse toda la vida estudiando casos criminales sin encontrar necrófilos. «Por lo que a mí respecta es el único caso que conozco», confesó el médico principal de la prisión de Brixton, donde Christie estaba encarcelado. No fue sólo al ciudadano medio o al hombre de la calle a quien Christie dejó estupefacto.

Exceptuando quizás a los lectores de Krafft-Ebing, las aberraciones sexuales secundarias del señor Christie fueron todavía más disparatadas, aunque no tan macabras. Por ejemplo, coleccionaba pelos del pubis femenino. En su domicilio fueron descubiertas cuatro muestras, claramente separadas y ordenadas en una antigua caja de tabaco. Los expertos opinaron que una de estas muestras procedía de su propia esposa, y así lo confesó Christie, quien también dijo que las otras tres pertenecían a sus últimas víctimas conocidas. Aun creyéndolo, el origen exacto de estos extraños trofeos importa muy poco. Basta con que fueran deseados y obtenidos. Será muy romántico conservar un mechón de pelo cortado de la cabellera de una mujer amada, pero se necesita ser muy depravado para guardar los trofeos que Christie coleccionaba.

Al compararlo con sus demás anomalías, otro rasgo pintoresco de Chistie que parece insignificante, se reprodujo con frecuencia y por esto llama la atención. A menudo, los fetichistas enloquecen por los zapatos de lujo y los impermeables de materia plástica. Christie sentía predilección por los paños higiénicos de las mujeres, y así tapó a dos de sus víctimas con sendos chalecos y la tercera con una tela sin forma determinada. Estas prendas íntimas femeninas tal vez le inspiraban sueños diabólicos y las sustituía por lo que tenía más a mano. No vale la pena buscar la solución a esos problemas de menor cuantía, cuando queda sin resolver el problema principal.

Acto sexual y muerte: tal es el síndrome esencial. ¿Cuántas mujeres sucumbieron? No se sabe y el señor Christie presumía de no saberlo tampoco.

-Usted confiesa haber matado a siete mujeres -dijo su abogado-. ¿Fueron más?

-No me acuerdo.

Fuerst y Eady han sido ya mencionadas. Pero antes de identificar a quienes las siguieron a la tumba y antes de analizar las tendencias necrofílicas del señor Christie, es preciso examinar dos cuestiones secundarias.

El «caso Evans», inesperada derivación

La primera es el asesinato cometido por Evans, que estranguló a su mujer y a su hija, creo que a ambas; ocupaban el piso superior del número 10 de la plaza Rillington. Su proceso y subsiguiente ejecución, el 9 de marzo de 1950, apenas atrajeron la atención en aquella época. Evans era un tipo malvado en todos los aspectos. «Tengo vergüenza de decir que es mi hijo», escribía su madre. Anteriormente ya había golpeado a su esposa y su caso era similar a muchos otros. Pero cuando los asesinatos mucho más sensacionalistas del señor Christie se conocieron en marzo y abril de 1959, los adversarios de la pena capital asieron la ocasión por los pelos y en lo sucesivo, Evans fue el banderín señero de su propaganda.

Su tesis se basaba en que Evans fue víctima de un error judicial, dieron forma concreta a su teoría hipotética y, sin pérdida de tiempo, explotaron sus ventajas. «Tomemos una decisión -declaró Sidney Silverman en el transcurso de un debate en la Cámara de los Comunes, en julio de 1953-. Nosotros no podemos garantizar que no se producirán nuevos errores; al menos, borraremos de nuestras leyes esta cláusula que hace irrevocable nuestro error.» Geoffroy Bing afirmó durante el mismo debate: «Si es posible ahorcar a un inocente, esto sólo es una razón suficiente para suprimir la pena de muerte». Y así, la inocencia de Evans se convirtió en el argumento válido de mucha gente. Pero la suposición de que Evans era inocente y que había sido víctima de un error judicial ¿en qué se fundaba? Nadie hubiera podido exponerlo con mayor claridad que Michael Stewart, quien, en el curso del mismo debate dijo: «Sería verdaderamente extraordinaria la coincidencia de dos asesinos, empleando los mismos métodos y en la misma casa». Cualquiera que sea la precisión que se le quiera añadir, esta frase contiene lo esencial. Si el señor Christie, del n.º 10 de la plaza Rillington, había cometido asesinatos, el señor Evans, del n.º 10 de la plaza Rillington, no podía ser culpable. Está en contra de la ley de probabilidades. Según esto en aquella casa, el señor Christie había establecido un monopolio, y todos los crímenes debían ser atribuidos a él.

La afirmación hubiera adquirido algo más de peso si Christie hubiera sido el único en hacer declaraciones. Pero Evans también había hecho dos confesiones espontáneas y voluntarias, en circunstancias que impedían sospechar de que se hubiera ejercido presión alguna contra él. Al revés que Christie, había confesado antes de que se descubrieran los cuerpos: antes que nadie sospechara ni lo denunciara. Entró con toda tranquilidad en una comisaría de policía cerca de la casa de su tía en el País de Gales, donde se hallaba ya quince días y a un agente le dijo que quería darse preso y añadió: «He asesinado a mi mujer».

Con sólo cuatro horas de diferencia, Evans formuló dos declaraciones.

La primera: su esposa esperaba y temía el nacimiento de otro hijo; un desconocido en un café le había proporcionado una «droga», se la había dejado a su mujer y, a su regreso, la encontró muerta; entonces, a media noche y cuando no había nadie, arrojó su cuerpo por la abertura de un albañal cerca de la puerta de acceso.

La segunda: el señor Christie, en contra de la voluntad de Evans, pero según los deseos de la mujer de Evans, había intentado hacerla abortar, en ausencia de Evans, y la esposa de éste resultó muerta. Christie se había desocupado del cuerpo arrojándolo por un vertedero, y había confiado la niña a una joven pareja a la que no citaba.

Desde luego, ambas declaraciones eran contradictorias, pero entre ellas tuvo efecto un acontecimiento importante. La policía de Londres examinó aquel albañal y demostró la falsedad de la primera declaración. Evans lo sabía antes de formular la segunda: es decir, antes de acusar a Christie.

Dos días más tarde, la policía descubrió los dos cuerpos, la mujer y la niña, en un lavadero inutilizado del n.º 10 de la plaza Rillington. En opinión del patólogo, doctor Donald Teare, no se había llevado a cabo intento alguno de aborto. Cuando se enteró, Evans hizo otras dos declaraciones, la primera de ellas, y más breve, conforme a la última de las que formulara con anterioridad.

«Ella acumulaba deudas que yo no podía soportar. La estrangulé con una cuerda y la bajé al apartamento del viejo Kitchener que se hallaba entonces en el hospital. Esperé que los Christie estuvieran acostados y la llevé al lavadero pasada medianoche. Dos noches más tarde, estrangulé a mi hijita con mi corbata y la bajé al lavadero cuando los Christie se habían ido a dormir.» No indicó el motivo por el que había asesinado a la criatura, pero, siendo Evans quien era y estando ya muerta su mujer, buscar una razón hubiera resultado superfluo.

En la cárcel, donde fue visitado por los médicos, Evans no desmintió esta declaración; al contrario, la confirmó, sin que nadie le obligara. No protestó jamás, alegando inocencia y acusando a Christie, e incluso su declaración formulada en el País de Gales hubiera podido no llevarla a cabo. En cambio, a los quince días de su detención y antes de la audiencia preliminar en el tribunal, dijo al abogado que le representaba: «No soy yo quien les dio muerte; fue Christie».

En lo sucesivo, éste fue el argumento de Evans. Pero tampoco negó haber hecho la declaración que lo desmentía. Se comprobó cuando fue contrainterrogado y el fiscal leyó de nuevo sus declaraciones:

-¿Dijo usted que era el autor de estos crímenes?

-Sí.

-¿Por qué?

-Bueno, estaba asustado y no sabía lo que decía.

Evans añadió que temía que le maltrataran, que quería proteger al señor Christie y que, al enterarse de la muerte de su hija, todo le era ya indiferente. Tales explicaciones no convencieron a nadie, y no podía ser motivo de asombro.

Se llevaron a cabo tres investigaciones, dos de ellas a petición de los adversarios de la pena de muerte, para demostrar la culpabilidad o la inocencia de Evans.

La primera, a la que hicimos ya alusión, fue su proceso en enero de 1950. Se le acusaba de haber matado a su hijita. El juez, aprobado después por el Tribunal de apelación, solicitó también pruebas sobre la muerte de la esposa. Se citó al señor Christie como testigo por la parte fiscal y el defensor le acusó directamente, pero Evans fue condenado por sus propias confesiones. El jurado tardó tres cuartos de hora en reconocer su culpabilidad.

La segunda investigación fue dirigida por una comisión designada en julio de 1953 por el propio ministro del Interior, que era entonces Davis Maxwell Fyfe. Prosiguió sus sesiones después de la condena de Christie, pero con anterioridad a su ejecución, de modo que pudo ser interrogado por propio consentimiento. Un abogado del ministerio fiscal, Scott Henderson, fallecido posteriormente, que presidía esta comisión, llegó a una conclusión firme y sin titubeos: «Habiendo considerado todos los expedientes relativos a la muerte de la señora Evans y de Geraldina Evans (la niña), estoy seguro de que no puede caber la menor duda sobre la culpabilidad de Evans».

La tercera investigación, efectuada muchos años más tarde (1965-1966), fue dirigida por el juez Brabin, por orden de otro ministro del Interior, Sir Frank Soskice. El juez Brabin no ocultó las dificultades con que se había tropezado. «La experiencia demuestra que no se necesita mucho tiempo para que se borren los recuerdos humanos.» Y con mucha paciencia pasó por el tamiz las pruebas y consultó a los expertos. Se le pedían simples probabilidades y no un juicio categórico, y logró ciertas conclusiones al redactar su informe: «He llegado a la conclusión de que resulta más que probable que Evans no ha asesinado a Geraldine; pero también he llegado a la conclusión de que es más que probable que asesinó a su esposa».

De modo que ni una sola de estas investigaciones absolvió a Evans de la acusación de asesinato. Pero los adversarios de la pena de muerte actuaron siempre como si lo hubieran declarado inocente. En efecto, un nuevo ministro del Interior, Roy Jenkins, con una lógica demasiado oscura para ser comprendida por espíritus sencillos, dispuso la publicación del informe Brabin solicitando gracia póstuma para Evans.

Christie negó siempre haber asesinado a la niña, lo cual, sea dicho con los respetos debidos al juez Brabin, sería un asesinato que no concuerda en nada con sus perversas tendencias. Un mes después de ser detenido, Christie declaró a su procurador que él había asesinado a la señora Evans y repitió esta afirmación durante su proceso. Pero su sistema de defensa era tal que parecía que saldría ganando, añadiendo nuevas mujeres a su lista. No quedé, pues, impresionado como parece que quedó el juez Brabin, ante un cambio de actitud tan radical.

Pero tanto si uno aprueba el veredicto del jurado, la opinión de Brabin o la de Scott Henderson, hay algo que queda muy claro: Christie tenía muchos crímenes sobre la conciencia, y el hecho de que Evans fuera ahorcado no es uno de ellos.

Desaparece la señora Christie

Sin embargo, la segunda cuestión secundaria reviste un carácter muy diferente. El 14 de diciembre de 1952, Christie asesinó a su esposa.

Baja y gruesa, de abultado pecho y cabellos grises. Ethel Christie aparentaba bien sus cincuenta y cinco años e incluso más. Era una mujer a quien los demás instintivamente juzgaban «distinguida» y supo conservar su distinción incluso en la plaza Rillington. Agradable, aunque reservada; educada, pero distante, no se mezcló jamás en los comadreos, distracción preferida de las amas de casa de cierta edad, a falta de otras distracciones. No puede uno imaginarse a Ethel con bigudíes en la cabeza y con zapatillas, de pie en el umbral de la puerta, con el periódico y la botella de leche en las manos, charlando con las vecinas, criticando a quien regresó borracho a media noche o a la que permaneció tanto tiempo en un vestíbulo oscuro a solas con un hombre. Ethel era muchísimo más refinada, y, a primera vista, algunos juzgaban que hacía una buena pareja con su marido.

Los seres más parecidos no siempre se atraen y su vida en común no es siempre feliz. Pero, después de su reconciliación, hacía ya veinte años, los Christie habían vivido juntos en una serena amistad. Sus propios vecinos de la plaza Rillington jamás habían oído ni siquiera la más mínima discusión. «Los Christie parecían ser felices ¿verdad?» -«Sí, muy felices.» Esta apreciación procede de una mujer que, durante varios años, había vivido en la casa vecina, separada sólo de los Christie por un tabique delgado como una hoja de papel.

Por ironías del destino y protegido escrupulosamente por la ley inglesa, que no permite juzgar dos asesinatos al mismo tiempo, Christie fue por fin condenado y ahorcado sólo por el asesinato de la señora Christie. Mencionó otros crímenes, como lo habían hecho Heath y Haigh en el transcurso de sus procesos para demostrar que estaban locos. Sin embargo, su caso era diferente del de estos célebres criminales. Éstos dejaron constancia de asesinatos de la misma naturaleza que el crimen que los conducía ante los tribunales. Pero en lo referente a Christie, el de su esposa constituía una excepción a la regla porque su muerte nada tenía que ver con la necrofilia. Ni siquiera era un crimen sexual.

Con todo, en otros aspectos, aparecen en él los métodos propios de Christie. Este asesinato fue premeditado, calculado y disimulado cuidadosamente. Meses más tarde, cuando se le obligó a explicar por qué la había asesinado con sus propias manos, Christie tenía ya las respuestas preparadas. Se trataba de un acto de eutanasia. «Me hallaba sentado (en la cama) y veía que ella sufría convulsiones, su rostro aparecía azulado y se ahogaba. Hice cuanto pude para ayudarla a respirar, pero era imposible. Era demasiado tarde para pedir socorro, y no podía soportar verla sufrir así. Por esto, cogí una media que pasé alrededor de su cuello, y puse fin a sus sufrimientos.»

Hablaba como lo haría de un animal doméstico al que se da muerte. Resulta más revelador que las frases más crueles y crudas.

Pero ¿cómo había llegado la señora Christie a un estado tan desesperado que su amante marido se vio obligado a poner fin a sus sufrimientos? También el señor Christie tenía preparada la respuesta. Se había percatado de la desaparición de veintitrés pastillas de barbitúricos, y cabe señalar su precisión en el número. Había sacado sus conclusiones: «Las personas de color en aquella casa eran tan escandalosas y groseras, que supongo que ella se hallaba ya al borde de su resistencia física…»

Sin embargo, el director del laboratorio de Scotland Yard, al examinar el cuerpo de la señora Christie, no encontró huella alguna de barbitúricos: «Los hubiera encontrado si ella los hubiera tomado poco antes de su muerte». Y cuando el 10 de diciembre la señora Christie escribió a su hermana de Sheffield sin aludir para nada a sus deseos de suicidarse, el señor Christie se apoderó de la carta, no la echó al buzón y la fechó de nuevo en el día 15 agregando de su puño y letra: «Ethel no tiene sobres. Echaré esta carta al correo cuando me dirija a mi trabajo». Pero Christie no tenía trabajo alguno el 15 de diciembre, y le faltaba ya algo más que sobres a su esposa: le faltaba la vida.

El señor Christie era minucioso, y no olvidaba nada. Aquella misma hermana esperaba una felicitación de Navidad que le dirigiría Ethel: ¿Quién no la espera? Y recibiría una: «Ethel me ha encargado que escriba esta carta en vez de ella. El reúma en los dedos la hace sufrir mucho… Pero no te inquietes porque, por lo demás, está muy bien. Ya prepararé yo mismo la comida de Navidad … » ¿Que la vecina podría asombrarse de la ausencia de la señora Christie? Muy bien, pues se la tranquilizaría: «Por cierto, estoy preocupado. Ethel se marchó, primero. Pero me ha enviado un telegrama y me encarga recuerdos para usted». Y mientras tanto, vendía el reloj y la sortija de su esposa, dirigía una carta al Banco para retirar algunas libras esterlinas que ella poseía y regaba la casa con líquido desinfectante.

Desde luego, Christie no había asesinado a su mujer por razones de dinero ni por motivos sexuales. ¿Por qué la mató, entonces?

Es más fácil plantear preguntas que responderlas. ¿Presentía o sabía él que su esposa había adivinado al menos una parte de sus actividades? ¿Se percataba bien de que ella no tardaría en dejar de trabajar y que permanecería todo el día en casa, impidiéndole así llevarse sus «conquistas» a su propio hogar? Nada sé de esto y adopto con gratitud la opinión del gran escritor F. Tenyson Jesse quien, en la introducción de su libro sobre el asunto Evans-Christie publicado por Hodge en su colección Combinación de los célebres procesos ingleses, ha escrito: «Fue quizás una serie de motivos lo que empujó a Christie a asesinar a su mujer: en parte, porque ella ya empezaba a sospechar demasiado, y en parte también porque él deseaba verse libre en su casa.»

El asesinato en sí mismo no ofrecía gran dificultad y así suele ocurrir siempre entre marido y mujer. Los verdaderos problemas surgen después. ¿La familia, el estado civil, la sepultura? El señor Christie los solucionaba todos de golpe. La enterró bajo el pavimento de su saloncito. Más tarde, dijo: «No quería estar separado de ella. Por esta razón la deposité allí. Ella estaba todavía en la casa».

No habló con tanta ternura, ni tuvo necesidad tampoco, de las desgraciadas que la siguieron en aquel cementerio improvisado.

Degeneración progresiva

Aunque la señora Christie permaneciera todavía en aquel apartamento, lo cierto es que ya no molestaría más a su marido. En cuanto a éste, aunque no se hallaba por entero sin trabajo, la verdad es que había abandonado su colocación, lo que era muy significativo, ocho días antes de la muerte de su esposa. Tenía delante, sin duda, un doble objetivo, tener despejado el lugar y a la vez el tiempo libre para poder satisfacer su obsesión.

En efecto, puede dársele este calificativo. Era una época revuelta aquella en que la necrofilia constituía para Christie una diversión intermitente. Luego, sea porque había tenido que reprimir esta horrible perversión durante tanto tiempo, o porque sentía que sus energías empezaban a disminuir, aquel asesino consagró sus últimos años a apurar las pocas fuerzas que le quedaban.

Durante este último período escogió su caza mayor entre las mujeres de baja estofa y de más bajo precio que frecuentaban las más sórdidas callejuelas. Diversas razones, juntas o por separado, lo movían quizás a ello. Sin trabajo y sin el prestigio de sus insignias de policía, no podía encontrar mujeres como Muriel Eady o Ruth Fuerst. Sin dinero y viviendo con muchas dificultades a base de trucos, no podía pagarse el lujo de mayores conquistas. Aunque quizá también había descendido ya a tal grado de complicación sexual que no podía gozar de una muerta si no estaba ya, todavía viva, podrida hasta la médula de los huesos.

No hay ningún servicio de información clandestina que funcione tan bien como el de las callejeras, aunque ya no resulta tan rápido y eficaz desde que las prostitutas se han convertido en modelos de alta o bajá costura o esperan al cliente en sus propias casas. Cuando un tipo dudoso aparece en el mercado, se lanzan de inmediato señales de alarma, y se proporcionan datos sobre sus señas personales, su carácter y sus terrenos de caza, muy especialmente si ofrecen características peligrosas o temibles. La primera a quien escogen, podrá padecer en sus manos, a título de exploradora o pionera involuntario, pero rara vez habrá una segunda y aún menos una tercera, sin saber al menos lo que ellas arriesgan. Si sus compañeras de trabajo han considerado brutal a un individuo, la que se tiene por buena mujer de negocios se abstiene, si está advertida.

Sin embargo, este servicio de información no pudo transmitir las exigentes costumbres del señor Christie, puesto que, al revés de los flagelantes y otros pervertidos, él imponía silencio a las mujeres con quienes mantenía relaciones. Y así, durante las quince semanas que siguieron a su viudez, por lo menos tres mujeres, por muy experimentadas y cínicas que fueran, perdieron la vida en la casa de Christie, en la plaza Rillington. Si hubo algunas más, debieron ser enterradas en otra parte.

No lo creo; pero, nunca se sabe…

Hipocresía y métodos diabólicos

Como sus aventuras tenían como único desenlace la desaparición de las mujeres, sólo podemos saber de ellas lo que nos dijo el señor Christie. Al juzgar la veracidad de sus relatos, no debemos perder de vista un detalle. Christie concedía gran importancia a los convencionalismos. Sin moral ni religión alguna, sentía preocupación por las reglas sociales y no tomaba como guías la Biblia o la ley, sino los convencionalismos y las apariencias. En su opinión, era más vergonzoso ir en busca de una prostituta que darle muerte después de servirse de ella.

Si no se olvida este rasgo de su carácter y se tiene en cuenta su ideología, pueden seguirse los acontecimientos casi a pies juntillas. Christie dijo la verdad, aunque en pequeñas dosis.

En su primera declaración a la policía, el 31 de marzo de 1953, después de afirmar que las tres chicas habían entrado en su casa sin que él hubiera recurrido a sus servicios profesionales, añadió que cada una de ellas, por motivos insignificantes, había provocado una pendencia. En sí mismo, esta actitud no causa ninguna sorpresa. Ellas intentaban venderse y necesitaban discutir el precio. Las discusiones son frecuentes en el transcurso de esta clase de negociaciones e incluso degeneran en violencia. Pero la dificultad está en creer que tuvieran efecto tres riñas en tan poco tiempo y que las tres dieran como resultado la muerte de una mujer; como asimismo que no se encontrara en sus cuerpos ningún síntoma de lucha. Además, todas habían sido gaseadas, y por añadidura, los exámenes científicos demostraban que el asesino había gozado sexualmente con cada una, antes o después de morir.

Por escrúpulos de justicia, debemos señalar que en esta primera declaración Christie no entablaba ninguna relación directa entre las discusiones y los asesinatos. Pretendía demostrar que se le había hecho un vacío en su cerebro, rompiendo la concatenación de las ideas: «Sé que si hay algo, se halla en el fondo de mi espíritu»; «tengo la impresión de algo, pero no lo veo muy claro». Hubo riñas, efectivamente, pero Christie no podía decir cómo ni por qué causa.

En una declaración siguiente, el 8 de junio de 1953, describía cómo: «Gaseé a las tres mujeres haciéndolas sentar en el sillón de la cocina, entre la mesa y la puerta. En la pared cerca de la ventana, hay un tubo que servía antes para una espita de gas, El tubo había sido taponado, pero yo quité el tapón, adapté una goma al tubo y la dejé colgando hasta el pavimento. No había grifo, pero le puse un tapón al tubo de goma para impedir que el gas se escapara. Cuando ellas estaban sentadas en el sillón, con la goma detrás, quitaba el tapón para dejar paso al gas. Y cuando empezaban a perder el conocimiento, las estrangulaba».

De manera que las gaseaba y las estrangulaba: pero todavía no había dicho por qué razón. No lo confesó hasta el momento del proceso y aun con medias palabras. Estaba seguro de que en dos ocasiones, y quizá también la tercera vez, después de estrangular a la víctima, la poseía.

Kathleen, la dipsómana

La primera de las tres prostitutas callejeras que fue asesinada se llamaba Kathleen Maloney, de veintiséis años, bastante marchita ya, «muy repelente», según declaraciones del señor Christie. Su oficio le reportaba muy pocos beneficios económicos, a pesar de sus largos paseos al aire libre yendo y viniendo por las aceras de la sórdida barriada de Ladbroke Grover. Bebía mucho y la autopsia reveló que estaba borracha cuando encontró a Christie una tarde de enero de 1953. Éste es el relato de los hechos.

-Una tarde entré en una pescadería de Ladbroke Grover para comprar pescado para mis animalitos, un gato y un perro. Al volver, cuando llegaba a la encrucijada de Lancaster Road, una mujer borracha se apartó de la pared cerca de una taberna y se me ofreció por una libra esterlina. Le respondí que no me interesaba, que no tenía dinero, y continué mi camino. Entonces me pidió treinta chelines. Me alejé, pues era yo demasiado conocido en el barrio y ella parecía dispuesta a hacerme una escena. Me impidió el paso, se puso ante mí y me amenazó con que si no le daba treinta chelines empezaría a gritar y afirmaría que yo había intentado violentaría. Cuando abrí la puerta de mi casa, ella se introdujo por la fuerza en el interior. Quiso que la poseyera y comenzó a desnudarse. Traté de impedírselo, pero ella cogió una cacerola y me golpeó; entonces, me vi obligado a rechazarla.

Christie no podía recordar la fecha exacta, pero importa muy poco, como tampoco interesa la fecha en que alguien denunció a la policía que Kathleen Maloney había desaparecido. Casi se pregunta uno con un poco de misericordia cómo fue posible que alguien se acordara de ella. Porque esas chicas de la calle se marchan sin dejar señas ni dirección alguna, vagabundean de ciudad en ciudad y de país en país, e incluso de continente en continente y si no se remueve cielo y tierra para encontrarlas, es difícil dar con ellas.

Si se la buscó, fue porque se la consideró ya perdida. Un derroche inútil de tiempo y esfuerzos, porque no se hallaba en Glasgow, en Génova, Bombay ni en parte alguna. Kathleen Maloney no salió jamás del n.º 10 de la plaza Rillington. El señor Christie había encerrado su cuerpo desnudo en el armario de la cocina que él denominaba alcoba.

Rita Nelson, una insaciable

Tenía ya perfeccionada su técnica y ya no debía hacer más que buscar en torno suyo. Tampoco Christie pudo recordar la fecha exacta en que envió a la segunda muchacha al otro mundo. Según él, poco tiempo después; tan poco, que cabe preguntarse a cuál de las dos asesinó primero.

Una mueca irónica se dibuja en nuestro rostro cuando oímos afirmar al señor Christie, más ponderado que nunca, que no cortejó tampoco a Rita Nelson. En cualquier caso, el oficio a que ella se dedicaba lo conocían todos. No tan fea como Kathleen Maloney, e incluso tal vez atractiva para tipos poco refinados, hacía gala de su profesión como de un radiante uniforme. Insolente y ordinaria, abreviaba escenas preliminares e iba en seguida al grano. Mezcla de sexualidad sincera y sintética, era una buscona de cuarteles y muelles, personificación de las chicas de Buttonwood y de Tiger Bay. Se hubiera adivinado, de no haberlo sabido, que en Belfast, su ciudad natal, se había acostado con una multitud de americanos. Después de trasladar su campo de operación a Londres, se entregó con más frenesí, si cabe, a su oficio. Al fin y al cabo, Rita Nelson no tenía más que veinticinco años.

Christie declaró que la había encontrado en un café. Los cafés y «snack-bar» eran sus habituales lugares de cita. Se había sentado Rita junto con otra mujer a una mesa en que él ocupaba una silla libre: «Ella me pidió un cigarrillo o una cerilla y me dijo que su compañera y ella buscaban alojamiento. Les sugerí que había sitio en mi casa, puesto que tenía intención de marcharme y decidieron venir a visitar el apartamento».

Por la tarde, llegó Rita Nelson sin su amiga y Christie le hizo los honores de propietario, lo que no duró mucho tiempo. Se mostró encantada de la instalación. «Insinuó que le gustaría quedarse conmigo hasta el momento en que me marchara. Yo rehusé… Creo que se desnudó y protesté. Pero entonces montó en cólera y afirmó que si la echaba llamaría a unos mocetones de la Puerta de Notting Hill, quienes vendrían a ajustarme las cuentas.»

Todo esto parece auténtico, pues Rita Nelson contaba con numerosos amigos. Pero esta vez los muchachos no acudieron en su auxilio.

El señor Christie depositó el cadáver sobre el de Kathleen Maloney.

Hectorina: «Teatro lleno»

Transcurrió un intervalo algo más largo entre la segunda y la tercera víctima, sin que sepamos el motivo: hastío, baja forma o, simplemente, falta de ocasiones. En cualquier caso, hasta el mes de marzo, probablemente el día 6, Christie no añadió otra mujer a su lista, Hectorina MacLennan.

Como la continua repetición llega a empalagar y aburrir incluso en el orden de los ritos más extravagantes vamos a abreviar el relato de este postrer episodio. Se encontró con «Ena» y un tipo con quien ella vivía, ante un café, y los alojó durante tres noches en el n.º 10 de la plaza Rillington. Estos detalles los confirmó aquel mismo individuo, que actuó de testigo en el proceso de Christie. La primera noche se acostaron en la cocina, pero durante las dos noches siguientes, el hombre durmió en el aposento del fondo. A la cuarta noche, Hectorina quedó sola y, en el momento oportuno, fue a hacer compañía a Rita Nelson y a Kathleen Maloney.

En aquellos momentos, el n.º 10 de la plaza Rillington era un cementerio en miniatura: Fuerst y Eady en el jardín; Ethel Christie bajo el pavimento; Maloney, Nelson y Hectorina Mac Lennan en el armario.

Un teatro hubiera colocado el cartelito: «Lleno. Agotadas las localidades».

Christie se traslada

El 21 de marzo, el señor Christie, con una maleta casi vacía -contenía apenas sus chismes de afeitar- salió por última vez del número 10 de la plaza Rillington. Más tarde declaró que tenía intención de volver allí, pero, si así era, trazaba un proyecto a largo plazo, porque aquel mismo día había transferido su inquilinato, o al menos lo había intentado. Mediante contrato redactado y firmado por él, adoptaba como realquilada a una tal señora Reilly que leía con atención los anuncios de alquileres de pisos, expuestos en los escaparates. Además, había aceptado del marido de la señora Reilly siete libras y trece chelines de lo que extendió recibo, que especificaba claramente el subarriendo de doce semanas de alquiler pagado por adelantado. Con tanta molestia por su parte para que todo estuviera en regla, el señor Christie confirmaba claramente, muy a pesar suyo, que no tenía intención alguna de un próximo regreso, y cualquiera podía creer lo mismo.

En efecto, sus proyectos no han quedado muy claros para nosotros y es posible que tampoco lo fueran para él mismo. Una cosa era evidente: quería marcharse y deseaba probablemente reemprender sus actuaciones en otra parte. El n.º 10 de la plaza Rillington ya no era un refugio practicable ni seguro. No había ya sitio para ocultar más cadáveres, pues el armario, su último reducto, tenía menos de dos metros y medio de altura, y estaba expuesto a romperse de un momento a otro. ¿Cuánto tiempo guardaría su secreto aquel armario? Si Christie lograba desaparecer y hacerse olvidar, podría escapar al pasado y no tendría que temer el futuro.

Si el 21 de marzo no llegó más que hasta King’s Cross, instalándose en Rowton House, fue tal vez por falta de dinero. El subsidio por paro forzoso sólo le proporcionaba dos libras y catorce chelines por semana. Algún otro dinero, que le reportó la venta de algunos muebles, por ejemplo, lo había gastado hacía tiempo. El dinero del subarriendo fue una pequeña ganga y convenía hacerlo durar. El señor Christie amaba todavía la vida… y la muerte.

Los Reilly se instalaron en la casa apenas se marchó Christie. Deseosos de poseer un hogar, como tantos londinenses honrados, experimentaron una alegría inmensa al tomar posesión del n.º 10 de la plaza Rillington, pese al hedor nauseabundo que allí reinaba. Sin duda, les hubiera molestado cada vez más, si hubieran permanecido en la casa. Pero apenas habían deshecho sus maletas y descansado un poco, cuando el propietario jamaicano, que efectuaba su ronda semanal, les anunció que tenía prohibido el subarriendo y los expulsó de allí. Los Reilly se quedaron amargamente decepcionados, pero más tarde debieron sentirse muy satisfechos…

El propietario, como muchos otros emigrantes, se proponía convertir su casa en refugio para sus compatriotas. A tenor de sus planes, había decidido que todos sus inquilinos pudieran utilizar la cocina de la planta baja. Desalojados ya Christie y los Reilly, permitió a un ocupante del piso superior que se sirviera de ella en seguida.

El 24 de marzo este privilegiado penetró en la cocina y buscó un sitio para colocar su aparato de radio. Mientras lo buscaba, abrió por casualidad el armario…

Estalla la tempestad

Acudió una multitud de policías, apareció un montón de cadáveres y la noticia se propagó como un reguero de pólvora por toda Gran Bretaña. La plaza de Rillington se hizo más célebre que la plaza Trafalgar. El señor Christie, a quien la policía tenía «deseos de encontrar», acaparó todos los temas de conversación. Por esto, una vez que su rostro apareció en los periódicos y en la televisión, todos los ojos lo andaban buscando.

Con el tiempo a su favor, Christie había tomado la delantera. Aunque había pagado la estancia en Rowton House hasta el día 27, sólo se quedó a dormir allí hasta el 24. Alquiló un baúl, por dos chelines, donde depositó efectos personales, y, al parecer, se hallaba en la más extrema miseria. Hubiera sido más comprensible antes del macabro descubrimiento, pero Christie abandonó Rowton House con anterioridad. Quizá le advirtió su propio presentimiento; cabe también que, siendo persona tan difícil y delicada, no pudiera soportar a los demás habitantes de Rowton House. «Gentes muy especiales»: así les consideraba.

Más sorprendente aún que su inesperada marcha fue el tiempo que estuvo todavía en libertad.

Anduvo vagando por Londres en donde todo el mundo podía verle, pero llevaba un sombrero caído sobre las cejas, que disimulaba el rasgo más notable de su rostro. Como si se quisiera encontrar la catedral de San Pablo en el caso de que le quitaran la cúpula.

Hasta que el 31 de marzo, un policía llamado Thomas Ledger, que hacía su ronda cerca del puente de Putney hacia las nueve de la mañana, divisó una silueta fatigada apoyada en la baranda.

-¿Qué hace usted?, ¿Busca trabajo?

-Sí. Pero todavía no han llegado mis papeles.

-¿Su nombre y su dirección, por favor?

-John Waddington, 35 Westbourne Grove.

-¿Lleva algo para demostrar su identidad?

-No. Absolutamente nada.

El «agente» Ledger era un policía muy eficiente. Lo observó bien y quedó casi convencido del todo.

-Por favor ¿quiere quitarse el sombrero? -le pidió.

Y John Waddington, del n.º 35 de Westbourne Grove, se lo quitó.

Monstruosidad o demencia

Cuando un acusado alega en su defensa la locura, y Christie no podía hacer otra cosa, el proceso entra en una fase rutinaria. Son necesarios testimonios médicos, algunas veces reclamados sólo por la defensa, como en el caso de Haigh, y con más frecuencia por ambas partes, como en el proceso de Heath. Es precisa la opinión de un especialista o de varios expertos cerca del estado mental del acusado en el momento de su crimen, o de sus crímenes. Los abogados acepan o refutan sus opiniones. El juez intenta adoptar una posición equitativa y el jurado procura conseguir una decisión leal y justa.

Durante todo este tiempo, el acusado permanece presente como espectador.

No obstante, Christie fue la excepción en esta regla general, como también era un caso excepcional respecto a los demás. Durante su proceso, los expertos se hallaban allí, a la vez en favor y en contra suya. Con todo, él mismo compareció en la barandilla y fue su principal testigo.

Quizá fue por consejo de su defensor, Dereck Curtis-Bennett, abogado e hijo de un abogado célebre. caso no hubiera podido reivindicar un primer puesto entre los maestros inmortales del foro, pero en su especialidad de criminalista poseía méritos considerables; era elocuente, valeroso y un táctico perspicaz. Buen psicólogo, como debe serlo un abogado, sabía que en aquellas circunstancias sin precedentes, su principal esperanza no estribaba en oponer unos expertos contra otros; de tres de ellos, él tuvo dos en contra, y entre los citados por el ministerio fiscal al doctor Desmond Curran. Su esperanza primordial se basaba en la repugnancia del ciudadano de tipo medio a aceptar que un ser sano de espíritu pudiera cometer las atrocidades de Christie. El fiscal, Sir Lionel Heald había señalado ya en su discurso de apertura esta trampa y la tentación de concluir diciendo: «¡Bah, seguramente está loco, para haber obrado de este modo!» No es de esta forma como debe plantearse el asunto, advirtió el abogado fiscal.

Tenía razón. Pero las responsabilidades asumidas por Curtis-Bennett eran muy diferentes y tenía derecho a perseverar en sus argumentaciones. Desarrollaba el tema de tal manera que no podía refutársela: «En esa casa cuatro cuerpos humanos se iban poniendo cada día más insoportables: ¿no son éstos los actos de un loco?» «¿Un hombre que conserva una colección de pelos de pubis? ¡Loco?»; «Si nos dijerais que saliéramos todos de esta sala del tribunal, si escucharais las explicaciones de Christie, una vez al corriente de todos los hechos, sin médico alguno, no hay más que un veredicto posible: este hombre, al margen de todas las normas M’Naghten, está loco de atar. A despecho de todas las reglas del mundo entero, está loco sin esperanzas de curación».

La insistencia tenía su valor y más con la energía que le imprimía Curtis-Bennett. Pero para poder sostener tal defensa hasta el máximo posible, el abogado necesita de su cliente. No para exhibirlo como un idiota, sino para mostrar a un hombre que, después de cometer tales actos y haberlos confesado, permanecía tranquilo y en calma, impasible y sereno, es decir, un hombre que había perdido la razón por entero.

Una glacial alienación

Según las normas de conducta, y en el tribunal éstas cuentan mucho, Christie se comportó muy bien en el banquillo y se mostró consecuente consigo mismo. Evidentemente, satisfizo a sus abogados que le habían catequizado probablemente antes del proceso. Y con toda evidencia les dio la razón a los médicos que le habían examinado -resumo palabras del juez Finnemore-, por su actitud, su manera de hablar y de responder, pues se mostró semejante de todo punto a lo que había sido durante sus anteriores entrevistas con ellos.

¿Su actitud? Cortés y educada. ¿Su modo de hablar? Discreto. ¿Su manera de responder? A menudo después de una prolongada pausa; pero que no sugería cálculo, sino más bien un esfuerzo sincero para acordarse de cuanto había olvidado: «Creo recordar», «No estoy del todo seguro», «No estoy seguro». Estas frases salpican el relato de sus asesinatos necrofílicos, aunque jamás negó haberlos cometido. Con respecto a su mujer, fue más prolijo en detalles.

-¿Está usted seguro que es esto lo que ocurrió?

-Sí, estoy seguro.

Pero incluso entonces conservó su extraño aire de ausente desapego. Curtis-Bennett hacía observar al comenzar su defensa: «Cuando expone su testimonio, podéis tener la impresión, al describir sus crímenes, que está hablando de otra persona y no de él mismo». Curtis-Bennett agregó esta restricción: «Desde luego, no se dirige a mí, sino a ustedes». Y el experimentado defensor hablaba con una confianza justificada por la actitud de Christie.

Con todo y a fin de cuentas ¿en qué se resumía la defensa? Demostraba que los hábitos sexuales de Christie probaban la locura por sí mismos. Pero, como declaró el ministerio fiscal, «la perversidad sexual no constituye necesariamente un síntoma de demencia», tesis que confirmó el juez al exponer las conclusiones: «Hay gentes a quienes les gusta herir, hacer daño e incluso infligir la muerte a su pareja en el transcurso del acto sexual; pero, en sí, todo esto no implica la locura».

Era la pura verdad. El jurado resistió todas las intentonas, tanto externas como internas, y rehusó admitir que Christie estaba loco.

Lo mismo que Heath y que Haigh, tampoco Christie recurrió a la apelación. En cualquier caso, era inteligente como Haigh y, como ambos estuvo bien aconsejado. Una apelación no hubiera tenido otro resultado que retrasar unas semanas la ejecución de Christie.

En definitiva, un monstruo

Todos los hombres, desde el más grande al más pequeño, alimentamos una ambición en la vida: conquistar el mundo, hacer fortuna, triunfar en un arte o en un deporte, seducir a las mujeres. De una forma u otra, ser el primero.

La ambición de Christie, como la de tantos otros, estaba dictada por la naturaleza y limitada por las circunstancias. Intentaba demostrar que era más refinado, más culto y más cumplido caballero que la mayoría de quienes lo rodeaban, y lo consiguió hasta que abrieron el armario. No era difícil en el n.º 10 de la plaza Rillington.

Tal es la tragedia del «señor Christie», porque también la tragedia puede albergarse en la vida de un necrófilo. El Caballero Johnnie de Notting Hill. «Soy muy conocido en el barrio.» Después, el monstruo ha sido más y mejor conocido en todo el mundo.


John Reginald Christie

Última actualización: 13 de marzo de 2015

En 1949 una madre y su hija fueron horriblemente estranguladas en el número 10 de Rillington Place. Por este crimen Timothy Evans fue ahorcado. Pero tres años después se hallaron otros seis cadáveres en la casa y se descubrió, con gran sorpresa, que la justicia inglesa se había equivocado.

EL DESCUBRIMIENTO – La pared hueca

Inglaterra miraba hacia el futuro en la primavera de 1953, con una nueva reina en el trono y los recuerdos desvanecidos de la guerra. Pero, en una tranquila calle de Londres, el pasado estaba a punto de salir a la luz con toda su crudeza.

La destartalada cocina del bajo por fin iba a limpiarse. Beresford Brown, que vivía en una habitación en el último piso, estaba encantado. Toda la casa se había deteriorado desde la guerra. El número 10 de Rillington Place estaba situado en lo que hoy es uno de los distritos más ricos del norte de Kensington. En marzo de 1953 el callejón de hileras de casas, con puertas de piedra derrumbadas, se había convertido en una de las calles más abandonadas de Ladbroke Grove.

Brown había visto todo tipo de inquilinos instalándose y dejando la casa. Muchos de ellos habían sido vagabundos, apenas preocupados por las condiciones de vida. En el distrito todo el mundo conocía el horrible crimen de 1949, cuando el joven galés Timothy Evans mató a su esposa y a su hija. Lo habían ahorcado.

El último elemento de enlace con esos días había desaparecido. John Christie, el hombre pequeño y tranquilo que había vivido en el bajo, se había marchado. Primero se había ido su mujer y luego él. Hubo un tiempo en que a menudo volvía con mujeres desaliñadas por pocas horas o días. Pero actualmente eso no ocurría.

Beresford Brown estaba alegre. El día antes, el casero había llamado para cerciorarse de que Christie había alquilado su piso ilegalmente a dos subinquilinos, una pareja llamada Reilly. Habían pagado a Christie siete libras y trece chelines, tres meses de alquiler, por adelantado.

El arrendatario dijo inmediatamente a la pareja que se fuera por la mañana y había dado permiso a Brown para utilizar la cocina del bajo. Tenía la oportunidad de emplearla como casa y no el deprimente tugurio, lleno de basura, que Christie había dejado tras de sí.

Nadie sabía, ni a nadie le importaba, a dónde había ido Christie. Se había marchado la misma mañana en que el señor y la señora Reilly llegaron, pidiéndoles prestada una de sus maletas para empaquetar algunas cosas de mujer, así como algunos marcos y fotografías.

Les comentó que había sido trasladado a Birmingham y que su mujer había partido antes que él.

Brown se dedicó a la tarea. Durante los siguientes días sacó pilas de ropa, basura e inmundicia y lo tiró al basurero del jardín trasero, junto al lavadero. Las paredes de la cocina estaban desconchadas, con pintura vieja y no ofrecían ninguna comodidad. Finalmente acabó con la basura y se dispuso a comenzar las reparaciones.

Encontró un sitio donde poner su transistor y después agujereó lo que él pensaba que era una auténtica pared. Sonó a hueco. Agujereó otra vez y arrancó un pedazo del deteriorado papel. Allí no había ninguna pared, sino una puerta de madera encubierta que tapaba un hueco.

Brown encendió su linterna al entrar. Al principio no podía creer lo que veía. Tirando la linterna al suelo, corrió hacia el segundo piso a buscar a otro inquilino, Ivan Williams. Cautelosamente bajaron las escaleras y encendieron la linterna de nuevo.

Sentado sobre un montón de basura había un cadáver de mujer medio vestido. Llevaba un jersey blanco de algodón cogido con un imperdible. Brown llamó corriendo a la Policía.

Los detectives descubrieron inmediatamente que el número 10 de Rillington Place ocultaba no uno, sino varios cadáveres. La primera mujer encontrada en el hueco estaba enganchada a una sábana que envolvía un segundo cuerpo. Detrás de ellos había un tercero en una manta de lana, atado por los tobillos con un plástico. Las tres mujeres habían sido estranguladas.

En las primeras horas del día siguiente, 25 de marzo, un cuarto cadáver de mujer se encontró bajo unos escombros de la sala principal. Se trataba de Ethel Christie. La Policía hizo un alto durante la noche. Varios agentes fueron situados en la puerta de la casa y un guardia permaneció allí durante varias semanas.

En la prensa, los detectives anunciaron el más brutal asesinato hasta entonces conocido en Londres. Había un “testigo crucial” y que creían podía ayudarles en sus investigaciones. Su nombre era John Reginald Halliday Christie. Se puso en circulación la descripción del arrendatario: esbelto, pequeño y de mediana edad. La opinión pública fue requerida para informar de cualquier pista sobre su paradero. La cara de Christie apareció en todos y cada uno de los periódicos nacionales.

Los trabajos de excavación llevados acabo en el pequeño jardín de Rillington Place descubrieron dos cadáveres más de mujer. Los exámenes médicos determinaron que llevaban sepultadas diez años aproximadamente. Un conocido especialista en patología, el doctor Francis Camps, dictaminó que ambas habían sido estranguladas. El cráneo de una de las mujeres había desaparecido.

La búsqueda continuó. Se colocaron largas barras en la chimenea. Una antigua caldera de cobre se cambió de lugar. Médicos y detectives iban y venían, mientras los curiosos se agolpaban a la entrada del callejón.

De Christie no había ni rastro. La Policía todavía no le había seguido la pista, pero la prensa sabía dónde encontrar a sus antiguos compañeros. Durante la guerra había sido un guardia especial de la Reserva en la comisaría de Harrow Road, al oeste de Londres. Uno de sus colegas lo recordaba bien.

«Trabajé con él en investigaciones criminales de todo tipo», contó a los periodistas, «siempre estaba aislado, reticente y nunca se mezclaba con los chicos. Pero conocía su trabajo. Christie llevó a ladrones, chantajistas, timadores y violadores al banquillo».

El día que abandonó Rillington Place, Christie había hecho una reserva para siete días en Rowton House. Pero pronto se trasladó, merodeando y a menudo perdido, a otras zonas de Londres. En ocasiones se encontraba en el East Ham o Barking, a kilómetros de distancia de casa. Entonces volvía a la zona norte de Kensington.

Pasó la mayoría de estos días en cafés. En uno de ellos, en Pentonville Road, al norte de Londres, conoció a una mujer llamada Margaret Wilson y se ofreció a practicarle un aborto cuando ella le confesó que estaba embarazada. Muchas mujeres le encontraban repugnante a primera vista, pero unas pocas infortunadas se quedaban fuertemente impresionadas por su aire autoritario.

Con frecuencia se jactaba de este poder sobre las mujeres. «Difícilmente podía ir a un sitio sin que las mujeres se me acercaran por docenas», diría después. En otra ocasión, Christie comentó: «No era yo quien las engatusaba. Las mujeres se sentían atraídas hacía mí. »

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Avisos sin confirmar

Hubo muchas «visiones» de Christie. Se le vio durmiendo en un vagón, había tomado un coche con destino al norte, había ido al extranjero. Se recibieron docenas de llamadas.

Una mujer que vivía en Rillington Place, Florence Newman, informó de que había visto a Christie merodeando por el callejón. El periódico «Daily Sketch» publicó un dibujo de lo que se suponía que llevaba: un sombrero marrón claro, un abrigo con doble peto y hombreras, un cinturón con una hebilla de piel negra, corbata azul, camisa de rayas rosas y zapatos marrones. Cuando Christie fue arrestado finalmente en Putney no llevaba nada de eso.

El 29 de marzo de 1953, a las once y veinte de la noche, el reportero criminalista Norman Rae, del «News of the World», recibió una llamada. «¿Reconoce mi voz?, preguntó el comunicante anónimo.

Rae sí le reconoció. Habría reconocido esa voz chirriante y grave en cualquier parte. Como los policías, los periodistas expertos en criminología tienen buena memoria. Rae había conocido a Christie con anterioridad, en 1950, durante el juicio de Timothy Evans.

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A punto del colapso

«No puedo soportarlo más», continuó la voz. «Me están intentando cazar como a un perro y estoy cansado. Tengo frío, estoy mojado y no tengo ropa para cambiarme.»

Christie le propuso que, a cambio de una comida, un cigarro y un sitio resguardado donde descansar, le contaría al «News of the World» su versión de los hechos. El periodista le advirtió que después la Policía sería avisada. Contestó que lo entendía y quedaron en encontrarse a la una y media, esa noche, a la salida de Wood Green Town Hall, al norte de Londres.

Rae y su chófer aparcaron fuera del Town Hall, alejados de la luz de las calles, abrieron la puerta del coche y esperaron. Los arbustos se agitaron. Entonces, por casualidad, dos policías que hacían su ronda se aproximaron ignorantes de la cita. Christie, creyendo que había sido traicionado, huyó.

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El arresto en Putney

Dos días después, el 31 de marzo, el policía Thomas Ledger vio a un hombre tirado en el terraplén del puente de Putney. «¿Qué está haciendo?», preguntó el policía. «¿Busca trabajo?» El pequeño hombre de mediana edad dijo que estaba esperando su cartilla de desempleo.

«¿Puede decirme quién es usted?», continuó el policía.

«John Waddington, 35 Westbourne Grove», fue la respuesta.

El joven policía alertado estudió detenidamente la cara del individuo y le pidió que se quitara el sombrero. Los claros rasgos confirmaron la sospecha de Ledger. La búsqueda de Christie había terminado.

Dentro del coche de la Policía se le pidió que vaciara sus bolsillos. Encontraron un recorte de periódico sobre el juicio de Timothy Evans en 1950.

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10, Rillington Place

El señor y la señora Christie se trasladaron al número 10 de Rillington Place en 1938, cuando John acababa de cumplir 40 años. Era una de esas casa apiñadas de estilo victoriano, construida en tres bloques de cinco pisos. La calle era un callejón sin salida y el número 10 estaba situado arriba, frente al muro alto del final, a la sombra de la chimenea de una vieja fundición. Alrededor de 1953 la casa ofrecía un exterior tan feo y deprimente que daba una impresión abrumadora de abandono y desolación, empeorada además por las sucias cortinas que colgaban de las ventanas del piso bajo de John R. Christie. A finales del año 1953 el edificio salió a la venta por un importe de 1.500 libras esterlinas. Y en un intento de borrar la memoria del pasado, el callejón fue rebautizado como Ruston Close y más tarde reconstruido como Bartle Road.

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Notting Hill

Rillington Place se encontraba en la zona de Notting Hill, al oeste de Londres. Estaba más ruinoso que el resto de la zona. La línea del «metro» pasaba a lo largo de la calle hasta el final, donde se encontraba la fundición llamada Rickard Transport. La madre de Timothy Evans, la señora Probert, que nunca dejó de mantener que su hijo era inocente, vivía junto a la esquina, en St. Mark’s Road. Otra de las casas señaladas en el mapa era donde Ruth Fuerst alquiló una habitación amueblada, en Oxford Gardens. En 1943, Ruth se convirtió en la primera víctima de Christie. Los bares de los hoteles Elgin y Kensington Park también eran frecuentemente visitados por Evans.

Christie fue arrestado al sur del río, en Putney.

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Comienzan los problemas

John Reginald Halliday Christie nació el 8 de abril de 1898 en Black Boy House, Halifax.

Su padre, Ernest, trabajaba como diseñador de Crossley Carpets en Dean Clough Mills. Era miembro fundador del partido conservador de Halifax, y persona destacada en la Liga Primrose, organización que promovía la pureza entre las clases trabajadoras. Era también el primer Superintendente de la Brigada de Ambulancias de St. John, de Halifax.

La madre de Christie, Mary Hannah, era conocida como la «bonita Halliday» antes de su matrimonio, y le encantaba el teatro de aficionados.

Christie, uno de los siete hijos, gozaba del cariño de su madre, pero temía a su disciplinado padre.

«Casi teníamos que preguntar si podíamos hablarle» , escribió un día en la prisión de Pentonville.

Pero el chico compartía el mal carácter y la mezquindad de su padre, y encontró pocos niños con quien jugar.

Christie cantaba en el coro del colegio y se hizo monitor scout.

Era el primero de la clase de aritmética y tenía gran habilidad con las manos, reparaba relojes y hacía sus propios juguetes. Cuando empezó a trabajar emuló a su padre ayudando en la sala de primeros auxilios y leyendo libros de medicina.

“Siempre estuvo seguro de dominar cualquier cosa que emprendía”, dijo después. “Pero una vez que le dominaba, mi interés se acababa”.

Tres sucesos en su juventud tuvieron una influencia formativa sobre Christie. Cuando tenía ocho años su abuelo materno murió y Christie vió el cadáver. Más tarde, describió la sensación estremecedora que sintió, fascinación y placer a la vez.

Un segundo suceso era el constante dominio que sus hermanas tenían sobre él. Ellas siempre estaban mangoneándole. Una vez su hermana mayor, casada, le invitó a su casa en Halifax, y mientras ella se estaba atando los zapatos, el joven John le vio la pierna hasta la rodilla. Aunque le dijeron que no tenía por qué avergonzarse, se puso tremendamente colorado.

El tercero llegó siendo adolescente, después de dejar el colegio. Christie trabajaba en el Gem Cinema, en Halifax. Un día, él y algunos amigos bajaban por una calle conocida como el «Monkey Run». Se encontraron a unas chicas con las que todos, menos él, corrieron aventuras. Pero él resultó ser impotente. La noticia se extendió y empezaron a llamarle «Reggie no puede». Nunca olvidó la humillación que experimentó.

Los desastres continuaron. A los diecisiete años le pillaron robando cuando trabajaba como oficinista en la Policía local. Fue despedido y su padre le echó de casa.

Christie fue, entre tanto, vagabundo, oficinista, zapatero, oficinista otra vez y parado. Algunas veces dormía en un solar que tenía su padre y a donde su madre le llevaba comida.

A los dieciocho se le llamó a filas en la Primera Guerra Mundial y fue enviado a Francia. Dos años después, en junio de 1918, fue gaseado. Christie hizo hincapié en este hecho en el juicio de Evans, pero la gravedad del mismo nunca se ha sabido exactamente. Durante un corto período de tiempo, sin embargo, recibió una pensión por incapacidad.

El 20 de mayo de 1920, se casó con la plácida, pasiva y desafortunada Ethel Waddington. Un año después, trabajando como cartero, fue sorprendido robando dinero del correo. Christie estuvo en prisión nueve meses.

Al salir de la cárcel tuvo problemas de nuevo, pero se le trató con indulgencia. Los magistrados no le confinaron por ser ex oficial militar, y sólo le pusieron bajo libertad condicional por violencia.

En 1924, Christie volvió a la cárcel durante otros nueve meses, ésta vez en Uxbridge Petty Sessions, por hurto.

La información sobre los años siguientes varía. Había sido abandonado por su mujer y continuaba vagabundeando. En 1929, compareció otra vez ante un Tribunal por atacar a una prostituta con la que vivía. Los magistrados lo denominaron «un ataque asesino» y le condenaron a seis meses de trabajos forzados.

En 1933, después de otra temporada en prisión por robar el coche de un sacerdote católico que le ayudaba, Christie escribió a Ethel pidiéndole que volviera. Ella lo hizo y se quedó con él hasta su muerte.

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Timothy Evans

Timothv Evans nació en Merthyr Vale el 20 de noviembre de 1924, en el seno de una familia católica. Tenía una hermana mayor, Eileen. Sus padres se separaron antes de que Timothy naciera.

El padre de Evans se fue un día de casa y nunca se supo de él, ni se le volvió a ver. La Sra. Evans obtuvo un certificado que constataba la presunta muerte de su marido. En 1929 se volvió a casar con el Sr. Henry Probert.

Timothy Evans era atrasado educacionalmente, sufría de un impedimento al hablar y en los primeros años no podía ni pronunciar su propio nombre. Su escolarización fue tardía por una herida en un pie, que le llevó a pasar durante diez años largas temporadas hospitalizado.

En la depresión de los años treinta, la familia se trasladó a Londres. Evans comenzó el colegio en Notting Hill.

El 20 de septiembre de 1947, se casó con una chica del lugar, Beryl Thorley.

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Falsas confesiones

Cuando Timothy Evans fue ahorcado en 1950 parecía un caso bien claro. Pero con el arresto de Christie las cosas tomaron un cariz distinto. ¿Podían dos estranguladores haber vivido en la misma casa al mismo tiempo?

Timothy y Beryl Evans se mudaron al último piso del número 10 de Rillington Place en la Semana Santa de 1948. Evans tenía 24 años, había visto el cartel de «Se alquila» fuera del edificio y como la pareja vivía con su madre y su padrastro, y ella estaba embarazada, necesitaban rápidamente encontrar casa.

En octubre nació el bebé, una niña llamada Geraldine. Por primera vez en su vida matrimonial los Evans parecían establecerse.

En el piso de abajo residía Charles Kitchener, un ferroviario de toda la vida, que había vivido en el número 10 desde los años 20. Vivía apartado, con la vista cada vez peor, lo que le hacía estar cada vez más tiempo en el hospital. El bajo estaba ocupado por los Christie. Timothy y Beryl se llevaban bien con ellos. A Ethel Christie le gustaba mucho el bebé, aunque podía haber notado que su marido encontraba a Beryl muy atractiva .

Más tarde, tuvieron la oportunidad de trasladarse a otro piso en otro sitio, pero la señora Evans era feliz en Rillington Place y quería quedarse. Ethel Christie había prometido cuidar a Geraldine cuando ella estuviese en su trabajo de media jornada.

En el verano de 1949, Beryl se quedó embarazada otra vez. Estaba consternada, pues no deseaba tan pronto tener otro hijo, por lo que decidió abortar. Su marido estaba en contra, pero ella era inflexible, era aún una mujer joven, sólo tenía 19 años, y no tenía interés en estar atada a su casa.

Haciendo averiguaciones, descubrió que había un abortista clandestino unos pocos kilómetros más allá, en la calle Edgware, que haría el trabajo por una libra y comunicó a varias personas sus intenciones. Una de ellas fue Christie.

Christie convenció a Beryl de que él podría hacerle el aborto en la misma casa. Luego habló con Evans y le dio a entender sus planes. «No sabía que supieses nada de medicina», replicó Evans.

«Desde luego que sí», le dijo Christie, y furtivamente le enseñó lo que él llamaba «uno de mis libros de medicina».

No era más que un manual de primeros auxilios de la Brigada de ambulancias de St John, pero Christie sabía que Evans era casi un analfabeto y los dibujos le iban a impresionar.

Evans hacía todo lo que podía por su familia, y trabajaba durante todo el día, a menudo se marchaba de casa a las seis y media de la mañana y no regresaba hasta primeras horas de la noche. El señor Kitchener, el vecino del piso de abajo, estaba en el hospital operándose de la vista. La mayor parte del día, Beryl y los Christie estaban solos en el número 10 de Rillington Place.

Es imposible determinar exactamente cuándo tuvo lugar la operación. Había obreros en el número 10 trabajando en esa época, haciendo reparaciones en el yeso mojado del cuarto de baño y en los servicios.

Quizás el 8 de noviembre de 1949 o el día antes, Evans volvió a casa y se encontró con Christie que le esperaba. La operación no había sido un éxito, le dijo, y Beryl había muerto.

Si él hubiera ido a la Policía habría sido posible acusar a Christie de asesinato, de homicidio, pues el aborto era ilegal. Astutamente, éste le persuadió para que le ayudara a llevar el cuerpo de Beryl al piso del ausente señor Kitchener. Haciendo esto, Evans se convertía en cómplice de asesinato.

Desolado el padre, quería llevar a la niña, Geraldine, a su madre, la señora Probert. Christie le disuadió prometiéndole que él y su mujer encontrarían a alguien que se ocupara de ella. Cuando volvió del trabajo el 10 de noviembre, Christie de nuevo estaba esperándole, esta vez para decirle que una pareja de East Acton se había llevado a la niña para cuidarla.

También se ofreció a ayudar a Evans de otro modo; le ayudaría a poner el cuerpo de Beryl bajo el desagüe.

En los días que siguieron, todavía ayudado por el vecino, Evans vendió los muebles de la casa por la gran suma de 40 libras, aunque parte de los plazos tenían aún que ser pagados. Evans se compró un abrigo de camello de 19 libras con las ganancias.

Después de deshacerse de la ropa de cama manchada de sangre donde Beryl había muerto, pensó irse a Bristol, pero cambió de opinión y se fue al sur de Gales con sus tíos.

Evans no encontró la paz en Gales. Se torturaba mentalmente. Después de una breve estancia en Londres, contó a su familia que Beryl se había separado de él. También recibió cartas de su madre reclamándole el pago de sus deudas. Evans decidió finalmente que sólo podía hacer una cosa. Se dirigió a la comisaría de Merthyr Vale y le contó al oficial detective que se había deshecho de su mujer.

Los intentos de mostrarse astuto delataron su ingenuidad. Pensó que podría aclararse sin implicar a Christie. Contó a la policía que se había hecho con una botella que contenía algo que haría abortar a su mujer. La botella, dijo, se la dio un hombre que había encontrado casualmente en un café, entre Colchester e Ipswich. Su mujer la había hallado justo antes de que él se fuera a trabajar. A su regreso la encontró muerta, aunque no le había dicho que bebiera el contenido de la botella. Abrió un desagüe, en la salida de la puerta delantera, puso el cuerpo de su mujer, y quedó con alguien para que cuidara a la niña.

La Policía de Merthyr Vale se puso en contacto con Notting Hill para que enviaran oficiales a registrar el pozo de inspección del número 10 de Rillington Place. Se necesitaron tres hombres para levantar la tapa. El desagüe estaba vacío. De vuelta, en Merthyr, Evans fue informado de esto, pero insistió en que él solo había levantado la tapa y empujado dentro a Beryl.

Su declaración fracasó al ser recusada por un detective. Hizo una segunda, y esta vez implicó a Christie como el practicante del aborto.

Se llevó a cabo otra investigación en Rillington Place. No fue demasiado meticulosa. El hueso del muslo de una de las víctimas de Christie, Muriel Eady, estaba clavado en la valla del jardín, y nadie se dio cuenta. La búsqueda fue un fracaso con respecto al objetivo de desenterrar algún cuerpo, pero la Policía encontró una cartera robada. Era suficiente para conseguir el arresto de Evans.

Christie fue llamado a la comisaría y ofreció una representación magistral, basándose en el sentimiento de hermandad que existía entre antiguos compañeros del cuerpo. Dio toda clase de detalles sobre las discusiones de los Evans y de las quejas de Beryl acerca de los malos tratos que recibía.

Otra investigación, más determinante, se realizó en Rillington Place. Esta vez la Policía encontró lo que buscaba. El cadáver de Beryl Evans fue encontrado envuelto en un mantel verde detrás de un tronco. El cuerpo de Geraldine se encontró detrás de la puerta, con una corbata alrededor del cuello.

Un patólogo, el Dr. Donald Teare, dijo que ambas víctimas habían sido estranguladas. El ojo derecho y el labio superior de Beryl estaban hinchados, y había señales de contusiones en su vagina. El médico pensó en limpiarlas, pero «otros pensaron que no era necesario».

Para la policía era ahora un «simple asunto doméstico». Evans fue llevado a Londres el viernes 2 de diciembre de 1949. El grupo llegó a la estación Paddington a las 9.30 de la noche.

Menos de media hora después, Evans hizo una primera breve declaración, en la comisaría de Notting Hill, diciendo que había estrangulado a Beryl con una cuerda y que la había puesto en el lavadero, después de que los Christie se fueran a la cama.

Dos días después, él había estrangulado al bebé y lo había puesto también allí.

El detenido hizo otra declaración más larga. Llevó 75 minutos escribirla y leérsela. Esta repetía las primeras confesiones que había hecho, pero con más detalles, diciendo que su mujer le iba sumiendo cada vez en deudas más profundas.

Evans fue acusado de asesinar a su mujer e hija. La Corona decidió proceder sólo en cuanto al asesinato de la niña. No habría misericordia para tal crimen.

El juicio de Timothy Evans por asesinato comenzó en el Tribunal número uno de Old Bailey, el 11 de enero de 1950, ante el juez Lewis.

La Corona estaba representada por el señor Christmas Humphreys, consejero del rey. La defensa de Evans la llevaba Malcom Morris, un hombre guapo, de más de 1,80 de estatura, con una bonita voz que ya con anterioridad había utilizado con gran efecto sobre el jurado.

Humphreys presentó el caso al jurado poniendo énfasis en las confesiones. También estaba el testimonio de los Christie. En el estrado de los testigos, John Christie se ganó la compasión diciendo al juez que tenía dificultad al hablar porque había sido gaseado durante la Primera Guerra Mundial. Su servicio como guardia especial confirmó la impresión de ser un ciudadano prudente cumplidor de sus deberes.

A Morris le hubiera gustado basar la defensa en la segunda confesión, pero se había establecido que Beryl murió estrangulada y no a causa de un aborto. Sugirió que Christie sabía algo más sobre las muertes de la Sra. Evans y su hija. Christie dijo: «es mentira».

Christie negó haber tomado parte en el aborto o tener libros de medicina, y dijo que había estado en la cama con gastroenteritis el día de la muerte de Beryl. Sus enfermedades hicieron que se ganase de nuevo la compasión del jurado.

El acusado dio un pobre testimonio. Verdadera o falsa, su propia versión de los hechos le hacía aparecer carente de sentimientos decentes o respeto a la ley.

El juez habló en contra de Evans y el jurado sólo estuvo deliberando cuarenta minutos. El veredicto fue «culpable», y la sentencia, muerte en la horca.

Al final, el infeliz Evans mantenía que el vecino había matado a las dos.

A los abogados, consejo, familia, oficiales de prisión y sacerdotes, repetía la misma historia. Después de que la apelación fuese rechazada, el 20 de febrero, esperó pacientemente la suspensión de la pena por la Secretaría de Interior.

Había cierta inquietud pública sobre el veredicto. Se hizo una petición de clemencia con mil ochocientas firmas, que fue presentada en el Ministerio del Interior.

Pero no se concedió la suspensión de pena. Timothy Evans fue recibido de nuevo en la Iglesia Católica y, a las ocho de la mañana del 9 de marzo de 1950, fue ahorcado.

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Confesiones

Cuando Timothy Evans se dirigió a la comisaría de Merthyr Vale, el 30 de noviembre de 1949, y contó que se había deshecho de su esposa, la ley que regulaba entonces las confesiones era mucho menos rígida que la vigente hoy en día.

Hasta que la ley «de pruebas policiales y criminales» entró en vigor en 1984, los interrogatorios policiales se regían según las «normas de los juzgados». Estas no eran más que unas cuantas reglas sueltas con el fin de defender a los sospechosos de presiones injustas en los interrogatorios. Pero con su aplicación no aseguraron automáticamente el derecho de Evans de hablar con un abogado en la comisaría, lo cual sí se hubiese podido hacer sin problemas bajo la nueva ley, que también prohibió a la Policía retener al sospechoso más de 36 horas antes de enviarle a juicio o 72 antes de acusarle.

Evans fue retenido durante tres días y medio sin poder ver a un abogado antes de ser acusado.

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El delito de aborto

En 1949, cuando Timothy Evans descubrió que su mujer quería abortar, no existían ninguno de los servicios gratuitos de información que existen hoy. El Servicio Nacional de Sanidad se estableció en junio de 1948, especializándose en recetas gratuitas, cuidados dentales y óptica. No se ocupaba de asuntos como el aborto, que, por otro lado, entonces era un delito, enfermedades mentales o analfabetismo.

Frente a la determinación de Beryl, Evans no tenía a quién recurrir. Se encontraba preocupado por los principios morales de su familia y por las habilidades de Christie como charlatán, y no podía hacer frente a ninguna de las dos cosas.

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La pena de muerte

En abril de 1948 en la Cámara de los Comunes se debatió el tema de la pena de muerte. Uno de los argumentos en contra fue que, en caso de que se descubriera un fallo de la justicia, un hombre ahorcado nunca podría ser devuelto a la vida. El miembro del Parlamento Sir David Maxwell Fyfe, conocido abogado que más tarde se convertiría en secretario de Estado, dijo que “no había posibilidades reales de un fallo de la justicia…, un jurado podría equivocarse, el Juzgado de Apelación Criminal podría equivocarse, también la Cámara de los Lores y el secretario de Interior: todos podrían volverse locos y equivocarse. Pero no es una posibilidad que deba ser tenida en cuenta seriamente”.

Dos años después Timothy Evans fue colgado. Dieciséis años más tarde le fue concedido el perdón.

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Rillington Place

El piso que Christie llamó su casa durante 15 años era tan mísero como el propio Christie. Tiempo después de la demolición, el nombre y el número serán recordados en los anales del crimen ingleses.

El número 10 de Rillington Place era una escenario idóneo para los asesinatos. No sólo era una casa pequeña, sino también muy destartalada.

El lavadero que ocultaba los cuerpos de Beryl y Geraldine Evans medía poco más de metro y medio, y el jardín, en el que Christie cultivó judías, medía menos de veinte metros cuadrados.

Los inquilinos de la casa podían esperar poco en el terreno de lo privado. Las escaleras eran demasiado estrechas para que dos personas pasaran al mismo tiempo, y los inquilinos del primer y segundo piso tenían que subirla y bajarla cada vez que iban al único lavadero de la casa, en el jardín trasero.

Apretados dentro de sus diminutas casas, la gente de Rillington Place se reunía en la calle a descansar y cotillear. Los extraños habrían sido ciertamente objeto de comentario. Pero el anonimato de Christie y su apariencia de respetabilidad le protegían de los ojos curiosos de los vecinos.

Christie, sin embargo, no era ajeno a meter las narices en los asuntos de los otros. Hizo un agujero en el techo de la cocina para poder ver a todos los visitantes de la casa.

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Plano de la casa 10 de Rillington Place

La Policía tuvo que hacer dos visitas a Rillington Place para encontrar los cadáveres de Beryl Evans y Geraldine en el lavadero. El cadáver de la mujer fue doblado en dos, envuelto en una sucia manta, escondido debajo del fregadero. El cadáver fue hallado completamente vestido, pero con una corbata alrededor de cuello.

El forense determinó en su informe que Christie había abusado de sus víctimas antes de matarlas.

Antes de que los esqueletos de Ruth Fuerst y Muriel Eady fueran descubiertos, Christie confesó que el asesinato de su esposa, Maloney, Nelson y MacLennan habían sido “desgraciados accidentes”. Pero con los hallazgos del jardín se dio perfecta cuenta de que el juego estaba descubierto. Confesó a su abogado que también había asesinado a Beryl Evans, y siempre negó haber matado a Geraldine.

El cadáver de Ethel Christie fue encontrado bajo las tablas del suelo de la habitación principal. Christie declaró que la había matado por piedad. La señora Christie estaba claramente incómoda allí, sufría de insomnio las semanas antes de su muerte y su médico la prescribía sedantes y pastillas para dormir. En este estado mental, posiblemente Christie asesinó a Ethel para impedir que revelara lo que ella sabía o sospechaba.

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En casa a la hora del té

Una vez que fue detenido, Christie no tuvo ningún escrúpulo en describir los asesinatos con todo detalle. En prisión, en entrevistas y en el tribunal, reveló cómo había atraído las víctimas hasta su casa.

Tres años después de que Evans fuera ahorcado, Christie fue arrestado y declarado culpable de asesinato. La noticia tuvo gran impacto: dos asesinos habían vivido en la misma casa.

Christie fue enviado a la prisión de Brixton y dentro no ocultó su violencia contra las mujeres. Abogados, compañeros de prisión y finalmente la prensa, fueron «invitados» a un riguroso y detallado relato de sus asesinatos. Comparó a su primera víctima, la austriaca Ruth Fuerst, con el primer cuadro de un pintor: «Es lo mismo que ocurre conmigo cuando intento recordar este primer asesinato», dijo al periódico «The Sunday Pictorical». «Era emocionante porque me había embarcado en la carrera que había elegido, la del asesinato. Pero era sólo el principio».

Si la apariencia de Christie siempre había sido anónima y desaliñada, él todavía se veía como un seductor de mujeres. Rechazó la comparación con Boris Karloff, un actor conocido por películas de terror. «Me parezco más a Charles Boyer», decía, refiriéndose a uno de los actores de cine más románticos del momento.

Pero a través de su petulancia, se notaba un evidente miedo por las mujeres. Las mujeres coquetas, en particular, parecen haber sido su principal problema. «Las mujeres que te dicen “vamos, venga”, de cerca, no parecerían tan descaradas si estuvieran indefensas y muertas». También se enorgullecía de ocultar sus violentas intenciones a las futuras víctimas que llevaba a Rillington Place, hasta que, tal como lo dijo, «era demasiado tarde».

En prisión, Christie se dio cuenta, astutamente, de que la principal baza durante el juicio sería su propia personalidad. Siempre había sido extremadamente contradictorio.

Por las tardes, iba a pasear con su mujer apoyada en su brazo, quitándose el sombrero cuando se encontraban con conocidos. Y un día la asesinó.

Cuando él y Ethel visitaron a la familia de ella, en Leeds, hablaba de su “gran casa en Londres” con sirvientes. Pero nunca ganó más de ocho libras a la semana, el salario de un joven oficinista.

En 1939, justo antes de que estallara la guerra, Christie había sido contratado como Policía Especial: a todos los efectos parecía haberse reformado. Pero su mísera mente enferma pronto volvió a mostrarse. Él y otro policía eran conocidos como “la rata y la comadreja”. Los vecinos empezaron a temer sus pasos, y era de sobra conocido que había estado con la alta y morena Ruth Fuerst. La chica austríaca empleada en una fábrica de municiones era pobre y empezó a ganar más mediante la prostitución. Pronto tuvo un hijo de un soldado americano.

Conoció a Christie cuando él estaba siguiendo la pista de un hombre buscado por robo. Ruth le pidió prestados diez chelines y el policía, viendo su oportunidad, la invitó al número 10 de Rillington Place por primera vez. Una tarde calurosa de agosto 1943, mientras la Sra. Christie estaba ausente en Sheffield, Ruth volvió a llamar.

«Yo me sentía un poco tímido y acobardado por estar con ella en esta ocasión, pero me animó». Tardó más en decir: «Cuando el “affair” terminó, la estrangulé».

El acusado continuó describiendo lo que él llamó la belleza de la apariencia de la mujer muerta, y la paz que sintió. Igualmente grotesco fue el cauteloso y nocturno entierro que hizo de Ruth Fuerst cuando su mujer regresó a casa inesperadamente.

Christie dejó la Policía a fines de 1943, y encontró trabajo en los Ultra Radio Works, en el West londinense. Allí trabó amistad con Muriel Eady. Supo que padecía un catarro y le dijo que él conocía un remedio. Muriel visitó Rillington Place una tarde de octubre de 1944 y, después de la taza de té de la que disfrutaban todas las víctimas, le mostró un inhalador. Era un tarro cuadrado con una tapadera metálica que contenía agua perfumada. Había dos agujeros en la parte superior y un tubo en uno de ellos, conectado a un conducto de gas.

Confiando en que el perfume disimularía el olor a gas, Christie la persuadió para que inhalara. Luego, mientras iba quedándose inconsciente, abusó de ella y la estranguló.

«Mi segundo asesinato fue realmente un asesinato muy inteligente», escribía, «mucho, mucho más inteligente que el primero. Lo planeé cuidadosamente.»

De repente, por lo menos hasta lo que se sabía, los crímenes cesaron. Aparentemente pasaron 10 años antes de que Christie volviera a asesinar.

El 14 de diciembre de 1952, se despertó, según su propia versión, por unas repentinas convulsiones que estaba sufriendo Ethel. Por entonces su mujer estaba vieja y artrítica. Declaró que él no podía hacer nada para devolverle la respiración y que decidió dar fin a su desgracia de la manera menos dolorosa. Ethel Christie murió por estrangulación. «Durante dos días dejé el cadáver de mi esposa en la cama y luego quité las tablas del suelo del cuarto principal y la enterré». Dijo también que este acto de piedad le causó mucho dolor. «Desde el primer día la eché de menos. El tranquilo amor que ella y yo teníamos ocurre sólo una vez en la vida.»

Toda apariencia de normalidad que Christie parecía mantener desapareció con la muerte de su mujer. Vendió la mayor parte de los muebles y vivió en el piso con el perro y el gato, a los que adoraba.

Entre diciembre de 1952 y marzo de 1953, espió, atrajo y asesinó a tres mujeres más. Kathleen Maloney fue asesinada mientras la fotografiaba. Después, su cadáver fue envuelto y metido en un hueco de la cocina. Rita Nelson acababa de saber que estaba embarazada, cuando desapareció el 12 de enero. Hectorina MacLennan fue su última víctima. Le conoció en un café y él la ofreció alojamiento. Fue algo sorprendente cuando ella volvió para recoger a su novio Alexander Baker. Ellos estuvieron en Rillington Place durante tres noches. El 6 de marzo, Christie los siguió hasta la oficina de cambio. Mientras Baker entraba para fichar, él la convenció para volver al piso. Ella se lo dijo a su novio, y más tarde fue a buscarla.

Christie le había dado una bebida y puso a funcionar el conducto de gas. Ella lo vio, se enfureció y entonces empezaron a forcejear. Él la estranguló, abuso de ella, y luego colocó su cadáver en una silla, enganchado por un tirante a las piernas de Maloney para mantener su cuerpo en una posición erguida.

El orgullo que sentía por su «habilidad artística» era evidente. Le entusiasmaba demostrar que un «toque» decente y respetable estaba presente en sus acciones. «Las di una salida misericordiosa», dijo.

Las numerosas confesiones que realizó, sin embargo, no querían decir que él intentara declararse culpable de asesinato. Era todavía un hombre despiadado y calculador que esperaba evitar la horca demostrando que su manía homicida era, de alguna manera, excusable. Claramente, ningún jurado aceptaría esto si se creía que había matado a un niño.

La acusación estaba igualmente preocupada en no implicar a Christie en la muerte de Geraldine. Esto significaría que habían mandado a la horca a un hombre inocente.

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Últimas cartas

Ethel Christie fue vista viva por última vez entregando ropa en la lavandería el 12 de diciembre de 1952. Dos días después fue asesinada y la ropa nunca fue recogida. Durante algunas semanas su marido mantuvo la apariencia de que aún estaba viva. Poco después de Navidad escribió una carta a la hermana de Ethel, en Sheffield, diciendo que ella no podía escribir por el reumatismo en los dedos. Arriba del todo garrapateó: “No te preocupes, ella está bien. Yo prepararé la cena de Navidad. Reg”. En otra carta que Ethel había escrito con anterioridad, pero no enviado, cambió la fecha de 10 de diciembre por 15 de diciembre.

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Los hábitos de Christie

A lo largo de su vida Christie prestó una meticulosa atención a los detalles. Cuando estaba en el Ejército, durante la Primera Guerra Mundial, uno de los instructores le pidió que dejara su cuaderno de ejercicios como ejemplo de cuidado y pulcritud para otros reclutas. Más tarde, en la cárcel, los compañeros de prisión enseguida conocieron su obsesión por la limpieza. Uno de los reclusos le ofreció un cigarrillo de droga y Christie le respondió: «No gracias, lo has tenido en tu boca. No es por ofenderte, claro está, pero no debes juzgarme por lo que aparento en estos momentos, chico. Esta no es mi propia ropa.» En otra ocasión le dijo a un compañero de prisión: «Siempre he intentado tener la ropa interior sin una mancha.»

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A la caza de recuerdos

Durante años el número diez de Rillington Place fue un lugar de culto para peregrinos y buscadores de recuerdos. Horas después de la ejecución de Christie, un joven y excitado galés y su esposa aparecieron allí diciendo: «Estábamos deseando ver este lugar en nuestra luna de miel.» En noviembre de 1975 cincuenta personas visitaron la casa de los crímenes después de pagar cinco chelines por cabeza. Por entonces se había rebautizado como Ruston Close. Finalmente, el callejón fue reconstruido como Bartle Road, pero sin el número 10. Entre las casas número 9 y 11 sólo existe en la actualidad un pequeño jardín.

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DESAPARECIDAS, PERO NO BUSCADAS – Las víctimas

A pesar de la aparente respetabilidad de Christie, pasaba mucho tiempo en cafés y pubs de mala nota. La gente con la que se mezclaba eran vagabundos, como lo eran la mayoría de sus víctimas. Ruth Fuerst, Kathleen Maloney y Rita Nelson eran prostitutas, una profesión que a menudo implica ir de un lugar a otro sin previo aviso. Cuando desaparecieron no hubo nadie interesado en investigar sus paraderos. La desaparición de Hectorina MacLennan, sin embargo, fue notificada por su novio, Alexander Baker,, como algo inusual en ella.

Christie disipó toda sospecha de que él hubiera podido estar involucrado al ayudar a Baker en su estéril búsqueda por las calles de Notting Hill, justo horas después de que la hubiera asesinado, y continuó fingiendo preocupación al visitar al afligido novio en su trabajo, un local de cambio de moneda, durante las siguientes noches. Las averiguaciones sobre la víctima resultarían infructuosas, tal y como él sabía.

Ruth Fuerst

Austríaca, 17 años. Durante un tiempo fue prostituta. Estrangulada en agosto de 1943 y enterrada en el jardín.

Muriel Eady

Empleada en una fábrica, 31 años. “Gaseada” y estrangulada en octubre de 1943. Enterrada en el jardín.

Beryl Thorley

Tenía 18 años cuando se casó con Evans. Se decía que era una chica dulce y guapa, aunque un poco ingenua. Su madre ya había muerto y su padre vivía en Brighton. Asesinada el 8-XI-48.

Geraldine Evans

Nació en 1948, un año después de la boda de sus padres. Era una niña feliz y todos la adoraban, especialmente sus abuelos. Murió a los 14 meses el 10-XI-49.

Ethel Christie

Se casó con Christie en 1920, 55 años. Estrangulada en la cama en diciembre de 1952. Enterrada debajo de las tablas del suelo en la sala de estar.

Kathleen Maloney

Una prostituta de Southampton, de 26 años. Conoció a Christie en un pub de Londres; “gaseada” y estrangulada en enero de 1953. Escondida en el hueco de la cocina.

Rita Nelson

Prostituta de Belfast, de 25 años. Conoció a Christie en un café. “Gaseada” y estrangulada en enero de 1953. Escondida en el hueco de la cocina.

Hectorina MacLennan

Escocesa, de 26 años. Conoció a Christie mientras buscaba alojamiento. “Gaseada” y estrangulada el 6 de marzo de 1953. Escondida en el hueco de la cocina.

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Vivir del engaño

Había dos John Christie. Uno era el cívico y respetable marido. El otro, para ciertas infortunadas, era el sujeto violento con trágicos sentimientos de insatisfacción sexual.

En el juicio, la sólida defensa se basaba en una eximente enfermedad mental. Su abogado incluso se atrevió a declarar que cuando Christie mató a sus víctimas estaba “loco de atar”.

Sin embargo, no había forma de ocultar el hecho de que era plenamente consciente en sus intenciones de tener relaciones sexuales con mujeres inconscientes, dado que había construido un aparato para asfixiar a Ruth Fuerst y a Muriel Eady.

Tampoco podía esperarse que le ayudara mucho el argumento que se había presentado sobre sus ataques de histeria. En psiquiatría, el término histeria es utilizado para referirse a una condición mental que lleva a recordar cosas desagradables, de forma selectiva e inconsciente.

Esto podría haber sido cierto en el caso de Christie, pero no suficiente para explicar lo que pasaba por su cabeza cuando planeaba y ejecutaba sus asesinatos. Y aunque las preferencias sexuales del acusado eran, sin lugar a dudas, “pecualiares”, esta desviación no es, por si sola, una prueba de incapacidad mental.

Pero, ¿por qué razón un hombre tranquilo y respetable llegaría a tales extremos para satisfacer sus deseos?

La forma en que Christie se excitaba al comprobar que las mujeres le encontraban atractivo, ilustra su deseo de ser reconocido como un hombre viril. Incluso durante el juicio, cuando luchaba por salvar su vida, hizo hincapié en que muchas de sus víctimas le habían seducido antes de matarlas.

El Dr. Francis Camps, el experto patólogo que actuó en el juicio de Christie, creía que la única clave probada se encontraba en las fallidas experiencias sexuales del acusado en su adolescencia. Esto explicaba el deseo de dejar sin sentido a sus víctimas antes de abusar de ellas.

Pero muchos hombres sufrieron ataques a su ego en su adolescencia, sin convertirse, más adelante, en asesinos. Para obtener una información adicional y formarnos una idea de su psique, debemos prestar atención a la turbia relación con su padre, que era extremadamente autoritario, y que mandaba en su casa de modo tiránico. En tales circunstancias, la adolescencia de Christie se vio severamente deformada. Por ello, no es sorprendente que en muchas ocasiones se uniera a diversas organizaciones donde le daban un uniforme, de scout, soldado, policía y cartero, que podían definirle a los ojos del mundo.

De aquí surgió el deseo de ser reconocido como un respetable miembro de la sociedad. Christie se vestía elegantemente, le enorgullecía ser visto del brazo de su mujer y constantemente intentaba dar la impresión de tener amplios conocimientos sobre todo tipo de cosas.

Su pasado, con una serie de condenas por crímenes de diversa consideración, no concordaba con su imagen pública. Además poseía una vena violenta. La personalidad no desarrollada, mezclada con su comportamiento agresivo, se combinaban para formar un tortuoso asesino con dudosos deseos sexuales.

Pero su indiscutible habilidad para manipular personas crédulas ponía pocos obstáculos en su camino. Aún queda un misterio prolongado en Rillington Place: ¿cómo Timothy Evans se rindió a la voluntad de Christie, una vez que Beryl Evans había muerto?

Aunque Evans era tonto e incapaz de leer o escribir, no era deficiente mental como se ha dicho a menudo. Por eso, ¿por qué cuando regresó a casa el 8 de noviembre de 1949 y encontró a su mujer muerta sobre la cama, no llamó a la Policía?

Estaba casi seguro, en estado de shock y sin nadie a quien recurrir. El vecino era la única persona que podía “ayudarle”. Quizá Christie confiando en que Evans en ese momento era fácil de sugestionar, argüía con la fuerza de un ex policía, que lo que involucrara a la ley sólo traería sospechas sobre la cabeza de Timothy.

Está además el tema de la responsabilidad moral. Siendo católico, Evans creería que su mujer murió por haber deseado abortar ilícitamente.

Por ello, aunque no directamente implicado, podría haber creído que era responsable en parte. Christie probablemente le convenció de su culpabilidad y así encontró fácil testificar, de modo que le enviaran a la muerte.

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EL JUICIO – Asesinatos por compasión

Cuando Christie entró en Old Bailey, ya había confesado siete crímenes. ¿Podría ahora la defensa conseguir que no se le declarara culpable de asesinato?

El juicio de Christie comenzó en el tribunal número 1 de Old Bailey, el 22 de junio de 1953. En el mismo tribunal, tres años antes, había prestado declaración como testigo y había negado haber asesinado a Beryl Evans. Ahora, iba a desandar lo andado y a admitir que sí la había asesinado.

Como Timothy Evans, Christie iba a intentar ser acusado de un solo cargo. Pero por entonces, todo el país sabía que un asesino de mujeres iba a estar en la vista luchando por su vida. El asesino hasta el momento había confesado hasta siete crímenes: dos en 1943, Beryl Evans en 1949, su mujer Ethel en 1952 y las otras tres mujeres a principios de 1953.

Su abogado, Derek Curtis-Bennet, abogado del rey, estaba preocupado porque el tribunal oyera todos estos casos y «otros que la acusación podría sacar a la luz». Había sido una tarea tremenda para la Policía el desenterrar todo el catálogo de sucesos ocurridos en Rillington Place. A las seis de la mañana del 18 de mayo, el cadáver de Beryl Evans había sido exhumado en el cementerio de Kensington Borough en Gunnersbury, para ser examinado por tres patólogos, Keith Simpson, Francis Camps y Donald Teare. El cadáver de Geraldine, por cuyo asesinato su padre había sido ahorcado, yacía con el de su madre.

Tuvieron que hacer grandes esfuerzos para identificar los huesos de las víctimas. En el caso de Ruth Fuerst, la primera víctima conocida, su cráneo había sido reconstruido con 110 pedazos.

Christie escribió a un viejo conocido desde la prisión, diciéndole que estaba «confuso» y aturdido por su situación, que echaba de menos los dulces, cigarrillos y el «sabor de una manzana», pero también hablaba de la consideración de los guardias de la prisión.

Al final de sus confesiones formales, había escrito: «Quiero decir que estoy profundamente agradecido a la Policía que me tiene a su cargo, por el amable trato del que he sido objeto en la comisaría de Putney.» El acusado tuvo cuidado en sus confesiones escritas de dar explicaciones para cada crimen. Las prostitutas le habían seducido y las cosas se le habían ido de las manos. A su mujer había que librarla de su dolor, y Eady y Beryl Evans habían sido asesinadas por piedad.

La sala del juicio de Old Bailey estaba atestada. Gente distinguida de toda condición estaba presente. Christie, vestido con un traje de rayas azul, fue acusado de asesinar a su mujer y se declaró inocente.

El abogado de Christie, Curtis-Bennett, dijo al jurado que basaría la defensa en la enajenación mental según las leyes de M’Naghten. Estas se remiten a 1843, y en ellas no estaba permitido que los acusados declarasen a su favor, y establecía que un hombre no es culpable ante la ley si en el momento de actuar no era conocedor de estar haciendo algo punible.

«No tengan duda, doctores o no doctores, que cuando cometió cada uno de estos asesinatos, incluyendo el de su esposa, estaba loco ante los ojos de la ley», dijo Curtis-Bennett.

Christie se dirigió al estrado de los testigos aparentemente al borde del llanto, y tardó medio minuto en mascullar el juramento. Constantemente se restregaba las manos, se tiraba de la oreja, se estiraba el cuello de la camisa, y se tocaba la calva al contestar a las preguntas. Pudo recordar algunos asesinatos, y otros no.

Preguntado por su abogado si había cometido algún asesinato entre 1943 y 1949, Christie respondió: «No lo sé.»

«¿Quiere decir que puede haberlo hecho?» «Puedo haberlo hecho. No sé si lo hice o no», contestó, pero se mostró más seguro cuando se le preguntó por el año 1949.

«¿Mató usted a la pequeña Geraldine Evans?»

«No», contestó el acusado.

El magistrado, señor Finnemore, le presionó recordándole su testimonio en el proceso de Evans. Christie se mostró evasivo.

«Usted no mentía acerca del bebé, pero ¿por qué mintió en lo relativo a la señora Evans?»

«Bueno, me habrían acusado de matar a las dos.»

El testimonio de los médicos estaba dividido. El doctor Jack Hobson, eminente psiquiatra del hospital Middlesex, le visitó unas diez veces en la prisión, y prestó testimonio sobre su supuesto horror por los prostíbulos.

El especialista declaró que, según las leyes de M’Naghten, Christie no era responsable. «Los trucos de la memoria apartan al individuo de las acciones pervertidas para mantener su propia autoestima y evitar incriminarse a si mismo.»

Los peritos médicos por parte de la Corona rechazaron esto. En particular, el doctor Desmond Curran, del hospital de St. George, expresó la opinión de que el acusado era «anormal y orgulloso», pero que no sufría de ningún tipo de histeria.

Al cuarto día del juicio, el juez comenzó a recapitular. El jurado se retiró a las 4.05 de la tarde y regresó 82 minutos más tarde.

«¿Encuentran al prisionero culpable o no culpable?», se preguntó al jurado.

«Lo encontramos culpable.»

El magistrado Finnemore firmó la pena de muerte. Christie no dijo nada.

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Vello en una lata de tabaco

Una de las cosas más extrañas encontradas en el número diez de Rillington Place fue una lata de tabaco que contenía cuatro mechones de vello. Uno podría haber sido de Ethel Christie, aunque no era seguro. Los otros tres no se correspondían con las tres mujeres encontradas en el armario. Es posible que dos de ellos fueran tomados de cuerpos enterrados en el jardín. Pero esto deja aún uno sin explicación. En el juicio Christie dijo que no sabía de quiénes eran, pero que podía haber asesinado a otras personas.

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Necrofilia

No se sabe si Christie tenía relación sexual con sus víctimas antes, después o mientras las asesinaba. Ha habido también muchas especulaciones sobre si era necrófilo o no.

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Campaña periodística

La ejecución de Christie levantó una tremenda polémica. ¿Era inocente Evans al morir en la horca? En tal caso, ¿quién tendría el valor de admitirlo?

Una gran parte de responsabilidad, en el perdón póstumo concedido a Timothy Evans, puede atribuirse a los esfuerzos de varios periodistas y escritores. Poco después de la ejecución de Christie, se publicó el libro de Michael Eddowes: «El hombre sobre tu conciencia.»

La campaña fue emprendida por Harold Evans, por entonces editor de «Northern Echo» y más tarde también editor de «The Sunday Times». Pero, con mucho, la contribución más significativa a la campaña fue la de Ludovic Kennedy con el libro «El número 10 de Rillington Place», un elocuente y persuasivo argumento sobre Evans: Un hombre inocente había sido colgado.

Pero de ningún modo ha sido éste el primer caso en el que un presunto homicida es exculpado de asesinato gracias a la atención de los medios de comunicación. En 1938, Oscar Slater fue excarcelado después de cumplir una condena en prisión de 19 años, sobre todo, gracias a las protestas de mucha gente.

Pero los intentos de demostrar la inocencia de hombres y mujeres convictos de asesinato son, sin embargo, muchas veces sólo una pérdida de tiempo y resultan infructuosos. Uno de los periodistas más famosos de Inglaterra en favor de esta campaña es Paul Foot, del «Daily Mirror». Su libro «Asesinato en la granja», sobre el caso del colegial de 14 años Carl Bridgewater, le llevó seis años de investigación y redacción.

Aunque Foot descubrió pruebas concluyentes de que hombres inocentes podían haber sido acusados, tres de ellos permanecían en prisión y el cuarto, Pat Molloy, murió en 1981 en la cárcel de Gartree.

Los periodistas tienen la oportunidad de proponer teorías a veces poco sólidas, particularmente si el asesinato tiene un ángulo político.

Intentar descubrir la verdad detrás de actos tan horribles como el asesinato es una acción digna de elogio. Pero mientras que los periódicos, la televisión y los libros pueden jugar un papel esencial en la corrección de errores de la justicia, no se puede olvidar que las campañas de los medios de comunicación pueden causar sufrimiento.

Los familiares de las víctimas se encuentran reviviendo los mismos sucesos espantosos una y otra vez, al tiempo que los periodistas averiguan nuevos ángulos en un caso que se suponía cerrado. Incluso con la protección de las leyes contra la calumnia, un inocente puede ser acusado de crímenes que nunca ha cometido.

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La reforma de la ley

El perdón a título póstumo que se le concedió a Timothy Evans en 1966 se produjo en una de las épocas más liberales de la historia moderna inglesa. Entre 1964 y 1970, bajo el Gobierno laborista, fueron aprobadas una serie de reformas liberalizadoras. En 1965 la pena capital fue abolida temporalmente (y suprimida permanentemente durante cinco años más). En 1967 la homosexualidad, de común acuerdo, entre adultos mayores de 21 años, así como ciertas formas de aborto fueron legalizadas. Dos años más tarde las leyes sobre el divorcio se hicieron más tolerantes. Roy Jenkins, el secretario de Estado que concedió el perdón a Evans, era un conocido reformista. Su petición de perdón llegó a Buckingham Palace poco después de haber leído el informe. La reina se lo concedió de inmediato.

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El perdón

El informe de 1966, que condujo al perdón de Evans, no mencionaba que fuera inocente. La investigación, que duró catorce meses presidida por el juez del Tribunal Supremo Brabin, concluía que Evans probablemente había asesinado a su mujer, pero que posiblemente era inocente de la muerte de su hija pequeña, Geraldine. En otras palabras, el informe Brabin decía que Evans había sido ahorcado por el asesinato equivocado. Sin embargo, establecía que con las pruebas disponibles ningún jurado hubiera exculpado a Evans de uno u otro de los asesinatos.

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Camino de la horca

John Reginald Halliday Christie iba a ser ahorcado. Rápidamente se abrió una investigación para averiguar si Timothy Evans había sido víctima de un error de la justicia.

Faltaban sólo tres semanas para la ejecución de Christie. Con el juicio finalizado, se pedía a voces una investigación de mucho mayor alcance. ¿Podían dos estranguladores haber operado independientemente sin que ninguno lo supiera, en una casa tan pequeña?

Christie fue sentenciado el 25 de junio de 1953. Al día siguiente, la oposición laborista del Parlamento presionó a un Gobierno reticente para que revisara todo el asunto de Rillington Place. El 6 de julio, el secretario de Interior, sir David Maxwell Fyfe, designó al magistrado de Portsmouth, John Scott Henderson, para que investigara si «había algún fundamento para pensar que pudo haberse dado un error en la justicia».

Scott Henderson tuvo que moverse rápidamente. Su informe tenía que estar completo antes de la ejecución. La tarea era inmensa. Antes de su designación, le habían requerido para que estudiase todos los documentos relevantes en el caso de Evans. A éstos ahora se añadían los documentos del caso Christie. Scott Henderson tuvo también que entrevistarse con el abogado de Evans y Christie, y con otros numerosos oficiales del caso.

Scott Henderson visitó en la prisión durante algo más de una hora al asesino. El permiso lo había obtenido un oficial de policía que ayudaba en la investigación. Este había advertido a Christie de que sería interrogado sobre la pequeña Evans, añadiendo que no había pruebas de que él la hubiera matado. El informe, presentado el 13 de julio, dejó perplejos a los dos bandos del debate. Concluía con una aplastante afirmación: Evans había asesinado a su hija y también a su mujer.

En otras palabras, Christie dijo la verdad en el juicio de Evans, pero mintió en el suyo, y en que había habido dos estranguladores en el 10 de Rillington Place.

El acusado, en su celda, disfrutó de una posición que nunca antes le había sido concedida. Pero dos días antes de su ejecución un viejo conocido declaró que estaba deshecho.

«Ya no me importa lo que pueda pasar. No tengo nada por lo que vivir», le había dicho. Su abogado declaró que no habría recurso formal contra la sentencia.

Christie escribió a otro amigo diciéndole que se encontraba bien y estaba disfrutando de la comida. «Realmente debería felicitar al cocinero», escribió. «Todo está francamente bueno y en mucha cantidad. Incluso estoy engordando». Posiblemente sufría en su celda el síndrome del «peso». Muchos prisioneros que aguardan el juicio de Dios engordan antes de la ejecución.

Vendió su historia al «Sunday Pictorial». Las descripciones escalofriantes de sus crímenes no aportaron nada que ayudara a desvelar el misterio. Poca gente, aparte de los abolicionistas, se lamentaron de su pronta ejecución. Los acontecimientos de 1949, y los asesinatos de Beryl y Geraldine Evans, necesitaban una explicación más amplia.

Al Dr. Hobson, el psiquiatra que testificó a su favor durante el juicio, se le prohibió verle de nuevo, lo que le causó un enfado considerable, ya que creía que la memoria en decadencia de Christie aún podía ser revivida, y tratándole con cuidado descubrir el lugar exacto donde se encontraba la pequeña Geraldine.

La familia de Evans y sus partidarios no quedaron satisfechos. Había pruebas médicas de un intento de abuso sexual a Beryl después de su muerte. Estas no se habían establecido en el juicio, pero si eran ciertas era inconcebible que Evans hubiera matado a su mujer.

Los abogados consideraron demasiado horrible presentar estas pruebas de necrofilia ante el jurado. En 1949, la ciencia no era aún capaz de llevar a cabo estudios concluyentes sobre semen.

También existían pruebas evidentes de los obreros que renovaron el apartamento de Christie. Los partidarios de Evans reclamaron que éstas podían probar que las fechas de los asesinatos eran incorrectas, y que los cuerpos no podían haber estado en el lavadero cuando dijo que estaban allí. Pero los obreros nunca fueron llamados a testificar.

La sospecha también recaía sobre Christie, ante la declaración hecha en el juicio de Evans de que los problemas de la espalda le impedían levantar pesos. No se había quejado de ello hasta después de la muerte de Beryl. ¿No podría ser que el dolor lo hubiera causado el cargar con el cuerpo?

Había alrededor de 200 personas en la prisión de Pentonville a las 9 de la mañana del 15 de julio de 1953. Los numerosos espectadores habían venido desde Escocia, Gales, Irlanda, e incluso de Australia y Estados Unidos.

Un camionero declaró que había hecho el camino de una tirada para llegar justo a tiempo. A pesar de esto, las autoridades habían contado con mucha más gente y con posibles problemas. No hubo incidentes del tipo de los ocurridos en la prisión de Wandsworth, cuando al comienzo del año, un adolescente retrasado mental, Derek Bentley, fue colgado por haber asesinado a un oficial de policía.

Una docena de oficiales hacía guardia con las armas al hombro, mientras que los refuerzos estaban situados en las puertas. Dentro, el verdugo, Albert Pierrepoint, estaba con Christie ya preparado.

A las 9.10, un guardia apareció en la puerta, con una nota con ribetes negros que colgó en la pared. Era el anuncio de que John Reginald Halliday Christie había sido ejecutado.

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Madame Tussaud’s

La muchedumbre se congregó en el Museo de Madame Tussaud el verano de 1953 para ver la figura de cera de Christie. Se le exhibía empapelando el escondite donde fue encontrado el cadáver de Hectorina MacLennan. Los datos personales del asesino remitidos al escultor de la figura de cera fueron los siguientes:

Color de pelo: un poco más oscuro que el del señor Bemard Tussaud.
Altura: 1,60 m.
Talla del sombrero: seis.
Cintura: 56 cm.
Pecho: 59 cm.
Color de las cejas: castaño.
Número de zapatos: siete y medio.
Color de ojos: azul pálido grisáceo.
Nombre y dirección del sastre: Reg Fair, Portobello Road, Wl l.
Traje: tela azul y gris con espiga.
Camisa: Bonart. Gris pálida, casi lila, con finas rayas rojas.
Zapatos: puntera redondeada, viejos y en mal estado.
Corbata: una imitación barata de las elegantes corbatas de rayas.

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Injusticia

La más sensacional y reciente equivocación de la justicia concierne a los “cuatro de Guildford”. Fueron condenados a cadena perpetua en octubre de 1975 por poner bombas en dos edificios públicos en octubre de 1974, en los cuales murieron cinco personas.

Los cuatro (Gerald Conlon, Patrick Armstrong, Paul Hill y Carole Richardson) fueron condenados basándose en las confesiones que gratuitamente habían hecho a los detectives que investigaban los asaltos a los pubs de Guildford, “The Horse” y “Groom and Seven Stars”.

Después de una larga campaña a favor de la puesta en libertad, llevada a cabo por el miembro laborista del parlamento Chris Mullin, el magistrado, lord Lane, anuló las sentencias en octubre de 1989, alegando que nueve pruebas habían demostrado que la Policía “debía haber mentido” en el juicio. Tres policías de Surrey fueron retirados de sus funciones y quedaron pendientes de investigación criminal.

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Conclusiones

Evans y Christie estaban muertos y sus nombres ligados a una serie de grotescas perversiones. Cuando pasaron los años de postguerra las actitudes ante el caso cambiaron.

A lo largo de los años 50, al mismo tiempo que crecía el movimiento para abolir la pena capital, el destino de Evans preocupaba a más y más gente. Los parlamentarios laboristas nunca dejaron el asunto en paz: Michael Foot y Tony Benn, entre otros, hablaron elocuentemente sobre el asunto en la Cámara de los Comunes.

El primer libro en examinar intensamente el caso fue el Michel Eddowes, “El hombre sobre tu conciencia” (1955), en el que efectivamente echaba por tierra el caso Evans. Periódicos y revistas hicieron presión a favor de una investigación más extensa.

En 1961 la película “Rillington Place, 10”, de Ludovic Kennedy, también echó por tierra el caso Evans. El director creía que Christie era un necrófilo; cualquiera podría darse cuenta de que era irremediablemente un enfermo mental, tal y como su abogado había argüido en 1953.

En 1961 el secretario de Interior, R. A. Butler, rechazó una nueva investigación, pero admitió que él había considerado realmente conceder el perdón a Evans.

En 1965, con el Partido Laborista en el Gobierno, la pena capital fue abolida por un periodo experimental de cinco años. En el mismo año se ordenó finalmente una nueva investigación. Los hombres que se ocuparon del caso tuvieron más tiempo para reflexionar sobre los descubrimientos que el que había tenido Scott Henderson. Él tuvo que acelerar el trabajo para redactar el informe antes de la ejecución en 1953.

El 18 de octubre de 1966 Evans fue perdonado póstumamente. Sus restos fueron exhumados de Pentonville y trasladados a una nueva tumba en el cementerio de St. Patrick, en Leytonstone, Essex.

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Fechas clave

  • 08-06-39 – Ruth Fuerst llega a Inglaterra.
  • 08-43 – Rith Fuerst asesinada.
  • 1944 – Christie conoce a Muriel Eady.
  • 10-48 – Muriel Eady asesinada.
  • 03-48 – Los Evans se trasladan a Rillington Place, 10.
  • 10-10-48 – Nace Geraldine Evans.
  • 08-11-48 – Asesinato de Beryl.
  • 10-11-49 – Asesinato de Geraldine.
  • 30-11-49 – Evans acude a la Policía en Methyr Vale.
  • 02-12-49 – Evans confiesa haber asesinado a su mujer y a su hija.
  • 11-01-50 – Empieza el juicio de Evans en Old Bailey.
  • 13-01-50 – Es encontrado culpable y condenado a muerte.
  • 20-02-50 – Desestimada la apelación de Evans.
  • 09-03-50 – Evans es ahorcado en la prisión de Pentonville.
  • 14-12-52 – Christie estrangula a su mujer.
  • 01-53 – Maloney asesinada.
  • 01-53 – Nelson asesinada.
  • 02-53 – Christie conoce a Hectorina MacLennan.
  • 06-03-53 – MacLennan asesinada.
  • 21-03-53 – Christie abandona Rillington Place.
  • 24-03-53 – Tres cadáveres encontrados en la cocina.
  • 25-03-53 – Descubierto el cadáver de Ethel Christie.
  • 27-03-53 – Dos esqueletos encontrados en el jardín.
  • 29-03-53 – Christie telefonea a “News of the World”.
  • 31-03-53 – Christie arrestado cerca del puente de Putney.
  • 01-04-53 – Christie acusado de matar a su esposa.
  • 15-04-53 – Christie acusado de matar a Maloney, Nelson y MacLennan.
  • 05-06-53 – Christie admite haber matado a Fuerst y Eady.
  • 08-06-53 – Christie confiesa haber matado a Beryl Evans.
  • 22-06-53 – Comienza el juicio de Christie.
  • 25-06-53 – Christie es encontrado culpable de la muerte de su esposa.
  • 15-07-53 – Christie es ahorcado en la prisión de Pentonville, Londres.

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Frases de Christie

“El principio ético del “no matarás” me fascinaba… Siempre supe que algún día lo desafiaría”

“Mi primer asesinato fue emocionante, porque había emprendido la carrera que yo mismo había elegido, la carrera del crimen”.

“Para mi un cadáver tiene una belleza y una dignidad que ningún cuerpo con vida podría tener nunca. Hay una calma en la muerte que me tranquiliza”.

“Tomar una taza de té es tan importante en mi carrera criminal como lo es el whisky para otros asesinos”.

“Cuando asesiné a mi esposa me deshice del obstáculo que durante diez años me había mantenido a raya aparentemente. Después de que ella se hubo ido tenía el camino libre para cumplir mi destino”.

“Durante años he sabido que tenía que matar a diez mujeres y con eso mi trabajo habría terminado”.

 


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