John Jairo Moreno Torres

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John Jairo Moreno Torres

Johnny el Leproso

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Número de víctimas: 4 +
  • Periodo de actividad: 1997 - 1998
  • Fecha de detención: 27 de febrero de 1998
  • Fecha de nacimiento: 1979
  • Perfil de las víctimas: Omar Cepeda Rendón / Melco Berlandi Garavito Díaz / Fernando González Palma / Jaime Didier Téllez Ospina
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Bogotá, Colombia
  • Estado: Fue asesinado en prisión el 11 de junio de 1998
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John Jairo Moreno Torres – La entraña de Johnny el Leproso

Eltiempo.com

26 de mayo de 1998

El joven se muestra imperturbable cada vez que un fiscal le pregunta por alguno de los cuatro crímenes que se le imputan.

Y no quiere hablar cuando los investigadores le preguntan si su forma de proceder a sangre fría y sin reatos de conciencia tiene que ver con algún afán de venganza, derivado de las muertes violentas de su padre y su hermano.

Esas son cosas muy mías, le dijo a uno de ellos cuando quiso que rememorara, a instancias del expediente abierto en su contra, la manera como perdió a sus seres queridos.

Aún así, John Jairo Moreno Torres, conocido en los medios judiciales como Johnny el leproso (le llaman así por la pronunciada cicatriz de quemadura en una de sus piernas), no rechaza con vehemencia los cargos que se le hacen con base en denuncias y testimonios de quienes han sido víctimas o testigos de sus delitos.

Después de ser capturados por la Policía, miembros de su banda, una organización juvenil que durante más de un año sembró el terror en Fontibón, relataron cómo Johnny solía ser implacable con sus enemigos y nutrieron el sumario con crudas descripciones sobre su comportamiento.

Contaron, por ejemplo, que el 27 de mayo de 1997 Omar Cepeda Rendón, un hombre de 28 años adicto a la droga, llegó a una venta clandestina en el barrio Kennedy, conocida como el sopladero.

Antes de atender su pedido, el dueño del lugar le advirtió que se fuera cuanto antes porque Johnny lo andaba buscando para cobrarle alguna cuenta, aparentemente relacionada con la violación de una de sus familiares.

Aquí me quedo le respondió Omar porque uno se muere el día que le toca.

A los diez minutos apareció Johnny con tres de sus amigos y no dio lugar a que la víctima le hiciera pregunta alguna. Le hizo un disparo a la cabeza y le quitó la vida.

El dueño del sopladero, amedrentado por la banda, no hizo ningún esfuerzo por evitar lo ocurrido y guardó silencio cuando los muchachos llevaron el cuerpo a una habitación del segundo piso y también cuando, a la medianoche, luego de una febril jornada de droga y alcohol, lo incineraron.

La clave para el esclarecimiento del hecho la dio un niño que trabajaba como vendedor ambulante de llaveros y golosinas. El menor declaró que fue obligado a sacar de la casa algunas bolsas negras y a dispersarlas por el barrio.

Medicina Legal comprobó que se trataba de algunos restos de la víctima, según lo revelan apartes del expediente conocidos por EL TIEMPO.

Crimen sin razón

Una joven inquilina de la casa, que descansaba con su hijo en el cuarto donde el homicida dejó el cuerpo, apareció muerta pocos días después, pues según las autoridades quiso denunciar lo ocurrido.

Ya, ya… no sé nada de eso , dijo Johnny, de 19 años, cuando el fiscal que le oía en indagatoria le pregunta por qué pudo haberle disparado al joven aquel que sólo cometió el delito de mirarle a la cara por un instante.

Sobre otro caso, los testigos dicen que ocurrió el 14 de febrero de 1998, en el barrio Versalles de Fontibón. Fernando González Palma esperaba en un paradero un bus que le llevara al centro.

Apenas lo miró por un instante y el asesino se vino con un revólver en la mano y lo mató porque sí , declara entre sollozos una joven que se encontraba ese día en el paradero. No atendió ruego alguno , dice.

Un experimentado fiscal, del equipo de cuatro investigadores asignados al caso de Johnny, reconoce que jamás había conocido episodios tan escabrosos y tristes, protagonizados por uno de los tantos adolescentes que no encuentran calor de hogar.

No puedo justificar lo que ha hecho, pero quienes a diario decidimos sobre la libertad de las personas necesitamos apoyo de autoridades que se comprometan a darle una respuesta responsable a este fenómeno, dice.

La cadena de crímenes que se le atribuye es más larga, pero el relato de más casos no tendría valor distinto al de una apología.

Una sicóloga asignada al caso dijo a reporteros de EL TIEMPO que el asunto no se debe mirar con una visión estrictamente patológica, entre otras cosas porque hay evidencias de que aún un hombre así abriga sentimientos incompatibles con sus actos.

Recuerda que el día de su captura, Johnny fue sorprendido cuando llegaba a una casa del barrio Pío XII para visitar a su hija, una bebita de 17 días de nacida, en cuya presencia se transformaba totalmente: era un joven cálido y expresivo.

En la zona asolada por la banda no hay huella de ningún esfuerzo estatal en favor de los jóvenes.

Múltiples homicidios hacen compleja su situación jurídica

Johnny fue capturado por la Policía el pasado 27 de febrero en Bogotá por orden de la Fiscalía General de la Nación. Los fiscales que llevan su caso luego de escucharlo en indagatoria encontraron razones suficientes para mantenerlo privado de la libertad.

Por la muerte de Omar Cepeda la Unidad Cuarta de Vida le dictó medida de aseguramiento sin beneficio de excarcelación por el delito de homicidio agravado y porte ilegal de armas.

El fiscal 13 de la Unidad Primera de Vida lo mantiene en prisión por el crimen de Melco Berlandi Garavito Díaz. Lo sindica de homicidio agravado, hurto calificado y agravado y porte ilegal de armas.

La Unidad Quinta de Vida lo sindica de la muerte de Fernando González.

Varios de los miembros de su banda ya han sido capturados, mientras que otros son buscados por las autoridades.


John Jairo Moreno Torres – Johnny el Leproso murió en su ley

Eltiempo.com

13 de junio de 1998

Lo primero que escuchó el guardián del patio fue un rumor de voces que se extendía a lo largo de los pasillos. En instantes se convirtió en un estruendoso tropel que se apoderó del Patio Dos de la Cárcel Modelo, uno de los más peligrosos y que alberga a por lo menos 400 avezados criminales de la delincuencia común.

El guardián de turno pensó que se trataba de un señuelo de los presos para llamar la atención y propiciar la huida. Por eso dio la señal y activó la llamada alarma roja , creada para controlar posibles fugas. Los anillos de seguridad externos se reforzaron y un piquete de sus compañeros ingresó al pabellón. Eran las 11:25 de la noche del pasado jueves.

Al ver el arribo del cuerpo de custodia, la algarabía de los internos se acabó. Un grupo de reclusos salió corriendo, mientras otro prefirió hacerse el dormido y arroparse en el suelo con cobijas y periódicos. Los miembros de vigilancia sólo escucharon allí los quejidos de un hombre que agonizaba tirado en el piso.

Se le acercaron, pero ya estaba muerto. Su cuerpo tenía un sinnúmero de moretones y su ropa estaba ensangrentada y literalmente vuelta pedazos. En cuestión de segundos verificaron su identidad. Se trataba de John Jairo Moreno Torres, conocido en los medios judiciales como Johnny el leproso.

Era el mismo que durante años atemorizó con su banda a cientos de familias del sector de Fontibón, al occidente de Bogotá, y que fue capturado al ser sindicado de cuatro crímenes. Su remoquete tenía origen en la pronunciada cicatriz de quemadura en una de sus piernas.

La golpiza

Los guardias intentaron establecer con exactitud qué había ocurrido, pero los reclusos prefirieron en ese momento guardar silencio. Nadie vio nada , relata un alto oficial de la Policía a EL TIEMPO. Eran las 11:30 de la noche.

Cuando los agentes de la Fiscalía y de Medicina Legal ingresaron a la madrugada al Patio Dos a practicar el levantamiento del cadáver, se dieron cuenta de la sevicia con la que se perpetró el hecho contra el joven de 19 años.

Según la Policía Metropolitana, Johnny el leproso recibió no sólo una golpiza con palos y patadas por parte de otros internos sino que también fue apuñalado y baleado. Su cadáver llegó a las 2:20 de la madrugada de ayer a la sede de Medicina Legal, en el sur de Bogotá. Hasta ayer en la tarde aún no había sido reclamado.

Uno de los aspectos que más llama la atención de las autoridades es que Johnny el leproso no alcanzó a permanecer con vida ni cuatro horas en su último ingreso a la Cárcel Modelo. En las cárceles los presos tienen su propia ley del talión y todo perdonan, menos a un sapo o a un violador, explica un guardia al ser preguntado por las causas de la golpiza.

Desde el pasado 27 de febrero, cuando fue capturado, Johnny el leproso permanecía tras las rejas. Sin embargo, el 21 de mayo una fuga de 20 internos de La Modelo llevó a su envío a los calabozos de la Sijín.

El pasado jueves, y a raíz de una tutela que obligó al Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) a trasladar a las personas detenidas en las estaciones de policía a cárceles, se produjo su nueva remisión. Johnny el leproso llegó a La Modelo con otros 149 aprehendidos. Su ingreso se registró a las 9:30 de la noche, sin embargo a las 11:30, dos horas después, ya estaba muerto.

Quién era el delincuente? Es verdad que usted mató a 10 personas? , pregunta uno de los reporteros. No, tampoooco , responde el hombre con voz calmada y sonríe de nuevo Pero cuente hombre. Fresco. Cuántos entonces? le repiten. Un breve silencio, otra sonrisa y: Eso lo hablo con el fiscal. Es usted Johnny el leproso? Eso dicen, responde.

Preguntas y respuestas corresponden al primer acercamiento que tuvo John Jairo Moreno Torres, alias Johnny el leproso, con la prensa cuando se produjo su captura el pasado 27 de febrero.

La aprehensión se registró cuando visitaba a su hija de 17 días de nacida en una residencia del barrio Pío XII de Bogotá.

Según vecinos de Fontibón, el joven, de 19 años, se la pasaba rondando por alguna esquina del sector o sentado en un parque o tomando gaseosa en alguna caseta de comestibles.

El joven se mostraba imperturbable cada vez que un fiscal le preguntaba por alguno de los cuatro crímenes que se le imputan.

Tampoco hablaba cuando le preguntaban que si su actuación tenía algo que ver con alguna venganza derivada de las muertes violentas de su padre y su hermano.

Esas son cosas muy mías, le dijo a uno de ellos cuando quiso que rememorara, a instancias del expediente abierto en su contra, la manera como perdió a sus seres queridos.

Fiscalía llevaba cuatro procesos por homicidio

El 27 de mayo de 1997 Omar Cepeda Rendón, un hombre de 28 años adicto a la droga, llegó a una venta clandestina en el barrio Kennedy, conocida como el sopladero.

Antes de atender su pedido, el dueño del lugar le advirtió que se fuera cuanto antes porque Johnny el leproso lo andaba buscando para cobrarle alguna cuenta, aparentemente relacionada con la violación de una de sus familiares.

Aquí me quedo le respondió Omar porque uno se muere el día que le toca.

A los diez minutos apareció Johnny el leproso con tres de sus amigos y no dio lugar a que la víctima le hiciera pregunta alguna. Le hizo un disparo a la cabeza y le quitó la vida.

Este era uno de los cuatro crímenes que se le imputaban a Jonh Jairo Moreno Torres, Johnny el leproso.

Por la muerte de Cepeda la Fiscalía le dictó medida de aseguramiento sin beneficio de excarcelación por el delito de homicidio agravado y porte ilegal de armas.

Otro proceso cursaba por la muerte de Melco Berlandi Garavito Díaz; uno más por la de Fernando González y uno adicional por la de Jaime Didier Téllez Ospina.


Te hablo desde la prisión…

Vanguardia.com

Vanguardia Liberal presenta apartes del último libro de esta periodista colombiana, publicado por Intermedio Editores. La historia de Alejandro Pico, un hombre que pagó una pena de 12 años en la Cárcel Modelo por un crimen que no cometió, así como otras historias detrás de las rejas, hacen parte de esta obra.

Después de 10 años de su secuestro y violación, la periodista Jineth Bedoya sigue esperando una respuesta de la justicia colombiana. Su tragedia se registró en abril del año 2000, luego de hacer seguimiento a la muerte y desaparición de varias personas en la Cárcel Modelo de Bogotá, en medio de enfrentamientos entre guerrilleros de las Farc y Eln y miembros de las autodefensas paramilitares.

Bedoya, que trabajaba en la sección judicial del periódico El Espectador en esa época, logró conseguir una cita con uno de los paramilitares involucrados en la disputa para conocer más información sobre lo que ocurría.

Eses día en la puerta de esta prisión, según ha narrado Bedoya a la opinión pública, fue vícitma durante 16 horas de abusos, golpes y del secuestro.

Luego la Policía la encontró abandonada en Puerto López en el Meta.

La mirada triste de Alejandro Pico es la muestra viva de la injusticia que reina en Colombia. Un hombre sereno, de principios y con una nobleza y una honestidad a toda prueba, tuvo que pasar doce años en la cárcel pagando una condena absurda, por un señalamiento absurdo.

La madrugada del 17 de diciembre de 1994, mientras dormía en su alcoba, al lado de su esposa, el teniente del Ejército Javier Barragán Matiz fue asesinado a tres cuadras de su casa. Un juez encontró culpable a Alejandro por la declaración de Brigith Valbuena, una mujer que juró que él, el árbitro bogotano que se ganaba la vida pitando partidos en los barrios del occidente de la capital, había apretado el gatillo.

La pena inicial de 45 años quedó reducida a 28 después de una casación fallida.

Aún con el testimonio de uno de los amigos de la víctima, que aseguró en el juicio que Alejandro no era el homicida, la “justicia” lo dejó tras las rejas. Sus vecinos del barrio Rionegro nunca dieron crédito a lo que ocurría y por eso el 20 de septiembre del 2007, día en el que salió con libertad condicional por cumplir las tres terceras partes de la pena, fueron en caravana por él hasta la Penitenciaría La Picota.

Luego, como si se tratara de una manifestación popular, convocaron a todo el barrio a un acto público en el salón comunal para desagraviarlo. Allí, él presentó el escrito de su drama que, en hojas de cuaderno, fue reconstruyendo durante los largos años de prisión: El caso Pico, la historia de un inocente.

Así narró Alejandro Pico parte de su vivencia en prisión.

Días de guerra, del capítulo la mirada de adentro

Pero nada era comparado con la violencia de La Modelo. En esos años era muy fuerte, había muertos muy seguido, a varios los mataban por el vicio, a otros por deudas, y a los drogadictos, que metían drogas fuertes y hacían cosas malas, les pegaban varias puñaladas y por último les pegaban un tiro en la cabeza; luego los cogían de los pies y los arrastraban hasta sanidad y si no morían de las puñaladas o del tiro en la cabeza, se morían de los golpes en la cabeza, al tropezar con las escaleras del cuarto piso al primero.

En aquellos tiempos la vida del ser humano no valía nada, absolutamente nada. Mataban por venganza, guerra entre pandillas, ajustes de cuentas, por plata, por guerra entre grupos armados… Muchas de las muertes se daban por las endeudadas que se metía la gente haciendo rebusques. Eran una modalidad de sobrevivir en la cárcel. Compra y venta de cualquier cosa, desde un colchón hasta chaquetas de cuero; reventa de los mismos artículos, o los juegos de azar.

Por ejemplo, el juego del bingo se hacía con un cartón y bolas plásticas; cada cartón valía quinientos pesos y se jugaba sencillo con varias opciones para ganar: la cruz grande, la cruz pequeña, el cuadro grande, el cuadro pequeño, la pirámide, las cuatro esquinas, machetazo, y en línea, y el bingo full que era llenar todo el cartón; pero este valía mil pesos.

La ganancia era el valor de los cartones que entraban en juego, menos el porcentaje que quitaba el dueño del bingo, o sea, el rebusque.

Había otro juego al que le decían La Guaraña. Este jueguito lo hay en las fiestas y bazares de pueblos. Consta de una tela donde vienen pintadas seis figuras y tres dados que traen pintadas las mismas figuras de la tela. El dueño del juego metía los dados a un vaso o un tarro de madera, los revolvía y ponía el tarrito boca abajo, luego recibía las apuestas y ponía la plata encima de la tela y de la figura que escogieran los apostadores. Cuando la plata estaba encima de las figuras, levantaba el tarrito y si había plata encima de las figuras que mostraban los dados, había ganador.

De los últimos rebusques, el que llegó a la cárcel fue el famoso esferódromo. Constaba de una tabla con números del uno al quince y una blanca, con bolas para jugar billar pool y fichas plásticas de colores que valían entre quinientos y $5000 pesos. Algunos presos hacían apuestas astronómicas, sin importarles la inversión. Lo que si los enfurecía era perder, y ahí empezaban los problemas.

En todos estos juegos de azar, que dentro de la cárcel son una forma de rebuscarse, toca saber apostar, perder y ganar, y estar pendientes porque en cada uno hay trampa y muertes. Y para bajarle un poco la tensión a los patios, se hicieron planes para crear una emisora. Hubo hasta un concurso para buscarle el nombre y finalmente se llamó La cana al aire. Se pusieron dos cornetas en cada patio y por algunos un grupo de internos transmitió cosas por allí, pero con el tiempo la emisora no dio nada de resultado, a tal punto que pasó el tiempo, y por esas cornetas no sonaba nada. Entonces decidieron bajarlas y conectarlas a un equipo de sonido del patio para poner música los días de visita.

Así transcurrían los días y mis apelaciones seguían su curso. Vivía en la monotonía de la cárcel de levantarse, pasar a desayunar, clases, almorzar, ver los juegos de azar, comer, escuchar peleas y rezar cuando había desórdenes.

Un día de esos corrió la voz de que llegaba en una remisión un muchacho que había sido capturado por violación. Luego supimos que era “Jhonny el Leproso”, un temible hombre que había cometido muchos crímenes en Bogotá.

Lo habían cogido después de buscarlo mucho y esa noche llegaba a La Modelo. A la cárcel llega mucha gente mala y delincuente, que matan por plata, como famosos sicarios; otros matan por venganza; otros por accidentes, o por defender sus vidas; y otros por un error, pero todos llegan a pagar su pena. Pero el Leproso, según las noticias, mataba por gusto. Por creerse más que cualquiera, para que le tuvieran miedo y respeto.

De los muchos homicidios, se comentaba el de un muchacho de la zona de Fontibón, cerca de donde fue capturado. Era un universitario y solo porque le cayó mal a Jhonny, lo mató. Eso lo confirmaron testigos y familiares del joven. Y así como al muchacho, había matado a varias personas por darse gusto. En las noticias decían que el Leproso tenía un trauma desde niño, por eso mataba por cualquier cosa sin dársele nada.

Precisamente, en una historia que público el periódico El Tiempo, se relataba que los investigadores le preguntaban en el juicio que tenía por el crimen de cuatro personas que por qué actuaba así; que si era en venganza por la muerte de su padre y su hermano, y el solo respondía: “Esas son cosas muy mías”.

Su verdadero nombre era John Jairo Moreno Torres y le decían Leproso por la cicatriz de una quemadura que tenía en las piernas.

A una de sus víctimas, un indigente al que le había violado la hermana y que quería matarlo, lo asesinó de un tiro en la cabeza y luego lo incineró. El cuerpo lo sacó de la vivienda donde cometió el homicidio, obligando a un niño a que le ayudara. El menor, que trabajaba como vendedor ambulante de llaveros y golosinas, declaró que Jhonny le dio algunas bolsas negras y le dijo que las dispersara por el barrio. Luego, Medicina Legal comprobó que lo que había en las bolsas eran restos de un cuerpo humano.

El periódico también contó que otras de sus víctimas, asesinada el catorce de febrero de 1998, en el barrio Versalles de Fontibón, fue Fernando González Palma, un universitario que esperaba en un paradero de bus su ruta. El Leproso apenas lo miró por un instante, se le acercó con un revólver en la mano y lo mató porque sí.

Cuando empezaron a llegar noticias de esas muertas, los internos “no las vieron muy bien”, a pesar de ser delincuentes también. Así que cuando confirmaron que el Leproso estaba capturado y llegaba a La Modelo, algunos dijeron que había firmado su sentencia de muerte.

Efectivamente lo esperaban como leones hambrientos, que esperan a su presa para devorarla. Era un tipo muy joven, y ya pensaban matarlo pero hasta el otro día de su llegada.

Llego esa noche con “el tren”, o sea con los presos nuevos, al ala norte de la cárcel. Efectivamente, se rumoraba que el Leproso llegaba en el tren. Salieron como siempre los “caciques” con sus carros escoltas (hombres que los cuidaban) a recibir el tren.

Se regó la noticia y todos quedaron pendientes de conocer al Leproso de la televisión. Ese día el tren llegó como a las diez de la noche, muy tarde. Yo creo que la guardia presentía algo, porque el tren llega por la tarde, o a las siete de la noche, todos los días.

Por todos los pasillos se comentaba que al día siguiente matarían al Leproso, pero se dieron cuenta de que era un tipo joven y muy astuto. Cuando llegó al patio, no le daba la espalda a nadie, siempre se recargaba contra las paredes, y así subió las escaleras: con la espalda contra la pared.

Llegó al segundo piso donde había una mesa de billar y todo estaba en movimiento; a esa hora, como las once de la noche, los presos estaban por fuera de la celda.

El Leproso presentía ya su muerte. Los caciques se reunieron y como lo vieron muy joven, astuto y muy ágil, hablaron y prefirieron adelantarle la muerte, porque si se esperaban al otro día, ya cogía vuelo, o sea, trataba de coger poder y de pronto él mataba a unos cuantos primero y se hacía a unas armas, se hacía coger respeto y ahí sí quién lo paraba.

Todo estaba agitado, cuando de pronto varios internossacaron cuchillos. El Leproso al ver esto saltó a la mesa de billar, cogió un taco y lo partió por la mitad con la rodilla, como en las películas, y se empezó a defender.

Lo pensaban matar a cuchillo para que sufriera, le hicieron varios intentos y no pudieron apuñalarlo.

En cambio, con estos dos palos de jugar billar y que quedaron astillados, Jhonny ya había herido a dos internos; así que como la vieron difícil, no tuvieron más remedio que sacar las armas de fuego y empezaron a dispararle. Se escucharon más de doce tiros. ¡Mataron al Leproso! retumbó el grito por toda la cárcel. No duró vivo ni una hora en el patio dos de La Modelo.

Cuando lo estaban arrastrando, ya muerto, como a un perro, tal vez le hicieron un favor a él mismo y a muchos de sus familiares, pero no toca olvidar que era un ser humano y que el único que juzga, castiga y quita es nuestro Señor.

En los siguientes días llegaron varias cartas a la Mesa de Trabajo de la cárcel, especialmente al ala norte donde murió el Leproso. Eran cartas de amigos o familiares de víctimas de Jhonny, que felicitaban a los internos que lo habían matado. Este fue un caso sonado por la “calidad” del personaje, pero diariamente se vivían episodios similares con presos anónimos, de la peor calaña.

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