John George Haigh

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John George Haigh

El asesino del baño de ácido

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Robos - Afirmaba que bebía un vaso con la sangre de sus víctimas
  • Número de víctimas: 6
  • Periodo de actividad: 1944 - 1949
  • Fecha de detención: 26 de febrero de 1949
  • Fecha de nacimiento: 24 de julio de 1909
  • Perfil de las víctimas: William Donald McSwan / Donald y Amy McSwan / Dr. Archibald Henderson, de 52 años, y su esposa Rosalie, de 41 / Olive Henrietta Robarts Durand-Deacon (69)
  • Método de matar: Golpes con un instrumento romo - Arma de fuego
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca el 10 de agosto de 1949
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John George Haigh – Los asesinatos del baño de ácido

Última actualización: 5 de abril de 2015

El Hotel Onslow Court, situado en el elegante barrio londinense de Queen’s Gate, es uno de esos hoteles que parecen más una residencia particular. Con un discreto confort y un buen servicio, ofrecen un lugar estable de residencia a miembros de la burguesía inglesa que no quieren cargar con las preocupaciones que supone una casa propia. Antiguos oficiales, funcionarios, jubilados y algunas viudas componen básicamente su clientela.

Olivia Durand-Deacon – el «número 115», para el portero – figuraba entre las personas más adaptadas a la atmósfera del Hotel Onslow Court. Esta elegante viuda de 69 años, conservaba todavía en la edad madura abundantes encantos que ella creía poder resaltar por derecho propio. Llevaba sus cabellos peinados con gusto y su rostro exquisitamente maquillado. Sentía debilidad por los trajes claros y llevaba las joyas sin ostentación: pendientes, collar de perlas, reloj de pulsera recamado de diamantes. Tenía gusto para elegir sus sombreros, y su guardarropa contenía un abrigo de astracán, símbolo de su categoría social.

La señora Durand-Deacon no era millonaria, pero podía permitirse vivir de las rentas. Además, nunca perdía ocasión de sugerir ideas respecto a pequeñas operaciones comerciales en las que podía participar; empresas ingeniosas, destinadas a incrementar sus recursos y a ocupar a la vez sus momentos de ocio.

John George Haigh -para el portero, el «número 404»- residía también como en su propio ambiente en el hotel Onslow Court. Tenía 39 años, era soltero, de fácil conversación, agradable y persuasivo. Vestía con desmedida corrección, y hablaba y se comportaba de igual manera. Llevaba un bigote muy bien recortado, sus negros cabellos aparecían siempre bien peinados, tenía ademanes corteses y desplegaba una agradable sonrisa. Sin embargo, era evidente que, pese a tan notorias ventajas, se adivinaba en él algo indefinible que no le permitía situarse en el lugar que le correspondía.

En el salón del restaurante ambos personajes ocupaban mesas vecinas. Intercambiaban saludos y alguna vez habían tenido un conato de charla. Haigh, que se hacía llamar agente comercial, estaba en contacto con hombres de negocios y en alguna ocasión podía convertirse para ella en un intermediario útil.

La cita

El 14 de febrero de 1949, la señora Durand-Deacon había invitado a almorzar a su amiga Guendalina Birin. Ambas mujeres acostumbraban a almorzar juntas, y, aunque de ordinario permanecían absortas en su conversación, esta vez la señora Durand-Deacon miraba con frecuencia una cajita que había colocado cerca de ella al alcance de su mano. La había llevado allí para enseñársela a Haigh.

Cuando instantes después éste se sentó a la mesa vecina, la señora Durand-Deacon se disculpó con su invitada y se dirigió hacia él.

-Señor Haigh ¿tendría la amabilidad de echar una mirada a esto?

Le tendió la cajita. Haigh la abrió y contempló su contenido.

-Es algo nuevo ¿verdad? -dijo él.

-Las mujeres se entusiasmarán -exclamó la señora Durand-Deacon. Son uñas artificiales.

-Tal vez.

-Estoy segura de ello. Todo lo que me hace falta es un fabricante -explicaba ella apelando a su encanto-. Usted conoce tanta gente… Piénselo, señor Haigh, piénselo bien, se lo ruego.

Haigh reflexionó, mucho más aún de lo que la señora Durand-Deacon podía sospechar.

-Tengo un amigo en Crawley -dijo al fin-. He de verle mañana por la mañana. Si puedo despertar su interés en este negocio, al menos para lanzarlo, podría conseguir una cita e iríamos juntos a verle.

-Me parece bien. Muchas gracias, señor Haigh.

La cita tendría lugar el viernes, 18 de febrero. Ese día Haigh condujo a la señora Durand-Deacon a Crawley. Fueron allí con el fin de discutir la fabricación de las uñas artificiales.

La desaparición

-¿Sabe usted cómo se encuentra la señora Durand-Deacon? ¿Está enferma? ¿Sabe dónde está?

La señora Lane, que residía en el hotel Onslow Court desde hacía nueve años, se disponía a almorzar. Levantó el rostro en actitud casi irritada. No sentía la menor simpatía hacia Haigh y la inexplicable ausencia de la señora Durand-Deacon le despertaba enorme inquietud.

-¿Si lo sé? -replicó- ¿Y usted? Ella me dijo que usted tenía que acompañarla a una fábrica.

Haigh detuvo el golpe con su habitual maestría y serenidad.

-Sí, pero yo no estaba preparado -explicó-. No había almorzado todavía y ella quería recorrer los almacenes del Ejército y de la Marina. Me pidió que fuera a buscarla. La esperé una hora y no vino.

Nadie hubiera experimentado la menor inquietud si la señora Durand-Deacon no hubiera sido de costumbres tan metódicas. Rara vez pasaba una noche fuera del hotel y jamás sin advertirlo al personal. Sin embargo, había salido temprano la víspera, después del mediodía, y desde entonces no había dado señales de vida. No es pues de extrañar que, a medida que transcurrían las horas del sábado, aumentara la ansiedad de la señora Lane.

El domingo, a la hora del desayuno, Haigh se acercó de nuevo a su mesa.

-¿Tiene usted noticias?

-No -respondió la señora Lane en tono seco. No he tenido noticias. Esta misma tarde iré a la comisaría para pedir que inicien de inmediato sus investigaciones.

Haigh bajó pensativo la cabeza y se alejó. Después de almorzar, la señora Lane se dirigió al salón Tud y Haigh se acercó de nuevo a ella.

-Creo -le dijo- que sería mejor que fuéramos juntos a la comisaría.

-Así me parece a mí.

-Voy a acompañarla hasta allí -le propuso Haigh.

La denuncia

Esa misma tarde, la señora Lane y John George Haigh denunciaron la desaparición de la señora Durand-Deacon en la comisaría de Kensington. Durante los días siguientes, lunes y jueves, Haigh prestó dos largas declaraciones ante la policía, que pueden resumirse en pocas frases: aquel viernes por la tarde, al no presentarse la señora a la cita concertada ante los almacenes del Ejército y de la Marina, él se había dirigido a Crawley solo, para resolver allí «algunos negocios», y había regresado por la noche a Londres, siempre solo.

Haigh se mostró ante la policía con un aplomo y seguridad absolutas, pero había algo en él que hizo sospechar a los investigadores. Fue la primera persona investigada y los hombres de Scotland Yard pronto supieron de la existencia de un almacén que era utilizado algunas veces por el sospechoso.

El almacén de Crawley

El sábado, 26 de febrero de 1949, tres hombres llegaron a un almacén de una calle trasera en Crawley, Sussex. El almacén, una casucha de ladrillo de dos pisos, estaba rodeada por una valla de madera de un metro ochenta de altura, cerrada con un cerrojo.

Uno de los hombres, Mr Edward Jones, era el director gerente de una pequeña empresa de ingeniería, Hurstlea Products, propietaria del almacén ubicado en Giles Yard, Leopold Road. Los otros dos eran el sargento detective Pat Heslin, y el sargento Appleton, policía local.

Jones ya le había hablado a Heslin del almacén. Su empresa lo empleaba para guardar acero y materiales sobrantes; también lo utilizaba un asociado al negocio de Londres para hacer sus propios experimentos y trabajos. Este hombre no era un empleado de la empresa, pero le proporcionaba a Jones pedidos, trabajos manufacturados, y de vez en cuando, sugería nuevas ideas.

Según la impresión personal de Jones, en el almacén se realizaba algún tipo de «trabajo de transformación». Pero no podía precisar exactamente cuál. Hacía algunos días que el socio le había pedido las llaves y aún no se las había devuelto.

Heslin cogió una barra de hierro y forzó la entrada. A primera vista, el interior del cobertizo no tenía nada de particular. Botes de pintura, trozos de madera y metal, algunas botellas viejas y algunos trapos, todo desperdigado sobre dos bancos junto a otras herramientas e instrumentos.

Las pruebas

Metódicamente, Heslin anotó el resto de los objetos. Todo parecía cuadrar con el uso para el que se destinaba, aunque fuera una curiosa mezcla, un delantal de caucho, muy manchado por productos químicos, un par de botas altas, una bomba de mano, una máscara de gas, unos guantes de goma, un impermeable, y grandes bombonas envueltas en paja dentro de unos marcos de metal. Eran contenedores industriales para ácidos peligrosos. También encontraron varios bidones de aceite de 45 galones, todos en diferentes estados de corrosión. Pero observando más de cerca uno de los bancos, Heslin encontró una pequeña sombrerera y una cartera de cuero de buena calidad. Un sucio almacén era un lugar cuando menos extraño para dejar estas importantes posesiones personales.

La cartera contenía varios papeles y documentos, incluyendo tres cartillas de racionamiento y cupones para ropa. Pero el contenido de la sombrerera era aún más inexplicable. Contenía pasaportes, carnets de conducir, diarios, un libro de cheques, y un certificado de matrimonio, ninguno de los cuales estaba a nombre del colega de Jones. Y lo más sorprendente de todo: en el fondo de la caja el policía encontró un revólver Webley calibre 38, con ocho cartuchos, que había sido disparado recientemente.

Y el recibo de una tintorería por un abrigo de astracán.

Pero aun había más. En el fondo de una cuba de ciento sesenta litros de capacidad, hundidos en un charco de grasa coagulada aparecieron un bolso de plástico rojo y un sujetador de cabello. Asimismo había ciertas manchas que parecían de sangre en la pared y en el delantal de caucho.

El 28 de febrero, un día después de la vista al almacén y gracias a los papeles que allí se hallaron, las joyas de Mrs Durand-Deacon fueron localizadas en la tienda de un vendedor de Horsham, Sussex. La descripción de Haigh coincidía con la que dio el joyero. Después, el recibo de tintorería encontrado en el fondo de la sombrerera, llevó a los detectives hasta el abrigo de piel de Mrs Durand-Deacon.

La detención

A las 4.15 de la tarde del mismo día el inspector Albert Webb estaba esperando a la entrada del Hotel Onslow Court. En ese momento llegó el Alvis de Haigh. Cuando el inspector le pidió que le acompañara a la comisaría para ser interrogado, éste ni siquiera se inmutó.

«Por supuesto, contestó afablemente, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para resultar útil, ya lo sabe.» El detenido adoptó un aire de indiferencia en la comisaría. Llegó tan rápidamente que nadie estaba preparado para interrogarle. Se le condujo al despacho de un inspector detective. Allí esperó sentado, fumando, y dando alguna que otra cabezada. A las 6 de la tarde le llevaron una taza de té.

A las 7.30 entró en el despacho, el inspector de división Sheley Symes junto con el superintendente Barratt y el inspector Webb.

Symes, un detective experimentado y astuto, empezó haciendo referencia a cuestiones de menor importancia. Haigh mintió descaradamente al respecto. Symes le dijo que habían encontrado el revólver, las joyas, y el abrigo.

«Ah…», contestó Haigh, imperturbable. Le dio unas caladas a su cigarrillo. «Veo que sabe usted de lo que está hablando. Admito que el abrigo pertenecía a Mrs Durand-Deacon y que yo le vendí algunas joyas.»

Symes le presionó: «¿Cómo llegaron a sus manos y dónde está la señora Durand-Deacon?»

Disuelta en ácido

Los tres detectives estaban sentados mientras Haigh fumaba y pensaba. El cuello de la camisa y los puños eran de un blanco inmaculado, la corbata estaba exactamente en su sitio, y el brillo de los zapatos no presentaba la más mínima mácula. La compostura que Haigh aparentaba era increíble. Incluso, breves momentos antes de que le descubrieran, su mente estaba intentando encontrar alguna solución para escapar.

Finalmente, cuando estuvo listo, habló. «Es una historia muy larga, dijo. Se trata de chantaje, y tendré que implicar a muchos otros.»

En ese momento sonó el teléfono. Symes y Barrat salieron de la habitación.

Al quedarse sólo con el inspector Albert Webb, Haigh se relajó aún más. Charló con él como si fuera un amigo. «Dígame…. francamente, ¿qué probabilidades tiene una persona de que le suelten de Broadmoor?» (Broadmoor era el hospital penitenciario para delincuentes).

El inspector Webb se limitó a contestarle que no le estaba permitido hablar con él de esos asuntos.

-Si le dijera la verdad, no me creería -continuó Haigh-. Resulta todo tan increíble.

-No está usted obligado a decir nada -replicó el inspector Webb.

Haigh rechazó de plano esta segunda advertencia.

-Lo comprendo perfectamente. Voy a confesarle la verdad. La señora Durand-Deacon no existe. Ha desaparecido por completo y no se encontrarán jamás sus restos.

-¿Y qué le ha ocurrido? -preguntó el inspector Webb.

-La he disuelto en ácido sulfúrico. Lo único que podrían encontrar es un poco de líquido viscoso en Leopold Road. Todo los demás ha desaparecido. ¿Cómo podrán demostrar ustedes que se ha cometido un crimen si no hay ningún cadáver?

Inmediatamente, el inspector Webb acudió a buscar a sus superiores para contarles la conversación mantenida con el detenido. Minutos después, el inspector Symes leyó sus derechos a Haigh y le tomó declaración durante casi tres horas.

La confesión

Y esta fue la confesión del asesino del baño de ácido:

COMISARÍA DE POLICÍA DE CHELSEA
DIVISIÓN «B»

28 de febrero de 1949

DECLARACIÓN de JOHN GEORGE HAIGH, edad 39 años, Ingeniero Independiente con residencia en el ONSLOW COURT HOTEL, QUEENS GATE, SW7, quien dice lo siguiente:

Se me ha explicado que no estoy obligado a decir nada salvo que así lo desee, pero que cualquier cosa que diga será consignada por escrito y puede usarse como prueba.

(Firmado) J. G. Haigh.

Ya les he contado algunas cosas sobre la desaparición de la señora Durand-Deacon. El asunto me ha tenido muy preocupado y he estado intentando ganar tiempo con la esperanza de que no lograrían averiguar nada más al respecto. Sin embargo, la verdad es que salimos del hotel juntos y fuimos a Crawley juntos en mi coche. La señora Durand-Deacon quería ir a Crawley conmigo porque estaba muy interesada en el negocio de las uñas postizas. La llevé al almacén de Leopold Road y le disparé en la nuca mientras estaba examinando un papel especial para hacer uñas postizas. Después fui al coche, cogí un vaso e hice una incisión, creo que con un cortaplumas, en un lado de la garganta y llené el vaso de sangre, que después bebí. A continuación le quité el abrigo de lana persa que llevaba puesto y las joyas -anillos, collar, pendientes y crucifijo con cadenilla-, y la metí en un depósito de doscientos litros de capacidad. Después llené el depósito con ácido sulfúrico que saqué de varios garrafones mediante una bomba manual y me marché para dejar que se produjera la reacción. Debería haber dicho que después de meterla en el depósito fui al «Ancient Priors» para tomarme una taza de té y que volví luego para bombear el ácido. En cuanto hube terminado llevé las joyas y el revólver al coche y dejé el abrigo sobre el banco. Fui al «George» para cenar y recuerdo que llegué allí un poco tarde, sobre «la novena». Después volví a la ciudad y llegué al hotel alrededor de las diez y media. Guardé el revólver dentro de la sombrerera.

A la mañana siguiente desayuné y, como ya he contado, comenté la desaparición de la señora Durand-Deacon con la camarera y la señora Lane. Acabé volviendo a Crawley por Putney e hice una parada en el trayecto para vender su reloj a un joyero de High Street por diez libras. Le quité el reloj al mismo tiempo que le quitaba las joyas. Una vez en Crawley fui hasta el almacén para ver qué tal iba la reacción. No se había completado de forma satisfactoria, por lo que cogí el abrigo, lo puse en el asiento trasero del coche y fui a Horsham. Pasé por la joyería Bull para que valorasen las joyas, pero el señor Bull no estaba. Volví a la ciudad y antes de llegar dejé el abrigo en «Cottage Cleaners», en Reigate. El lunes volví a Crawley y vi que la reacción ya casi se había completado, pero quedaba un trozo de hueso y grasa flotando en el líquido. Saqué el líquido del depósito con un cubo y lo esparcí por el suelo delante del almacén. Después bombeé más ácido en el depósito para descomponer aquel resto de hueso y grasa, esperando que al día siguiente ya habría desaparecido. A continuación volví a Horsham e hice valorar las joyas explicando que deseaba empeñarlas y quería hacerme una idea de cuánto podía conseguir por ellas. La valoración ascendió a 130 libras. Volví a la fábrica de West Street y, finalmente, regresé a la ciudad.

Volví a Horsham el martes y vendí las joyas por las 100 libras que se me ofrecieron. Desgraciadamente los joyeros no disponían de esa suma y sólo pudieron darme 60 libras. Volví al día siguiente para cobrar las 40 que faltaban. El martes fui a Crawley, vi que la descomposición ya era completa y vacié el depósito. Quiero añadir que el lunes descubrí que lo único que el ácido no había atacado era el bolso de plástico, y que lo tiré en el mismo lugar que el líquido. El martes vacié el depósito y lo dejé en el patio.

Le debía cincuenta libras al señor Jones, quien ya he dicho que es codirector de Hurstlea Products, y el martes le pagué 36 libras del dinero que había obtenido vendiendo las joyas. El revólver que la policía encontró en el almacén de Crawley es el que usé para matar a la señora Durand-Deacon, y lo llevé hasta allí dentro de la sombrerera el sábado por la mañana. Antes de echar el bolso al depósito cogí todo el dinero que había dentro -unos treinta chelines- y la estilográfica de la señora Durand-Deacon. Me los quedé y arrojé el resto de objetos que contenía al depósito junto con el bolso. La estilográfica está en mi habitación. También llevaba consigo un manojo de llaves sujeto al bolsillo interior de su abrigo mediante una cadenita y un imperdible de gran tamaño. Eché las cadenitas del crucifijo y el manojo de llaves al seto del camino que baja hasta Bracken Cottage cuando fui allí el miércoles para alojarme en casa de unos amigos. Enterré el crucifijo y cada llave por separado en el suelo…

Cinco víctimas más

Haigh terminó su declaración a primera hora de la madrugada del 1 de marzo y fue detenido. Pero por terrible que parezca, el asesinato de la señora Durand-Deacon sólo era una parte de la historia. En realidad era una parte muy pequeña de ella, pues John George Haigh se atribuyó cinco víctimas más. «Los protagonistas de otra historia», por usar sus mismas palabras…

Las Cartillas de Racionamiento, el cupón de ropas y otros documentos a nombre de McSwan y Henderson [que la policía encontró en su habitación del Onslow Court Hotel] pertenecen a otra historia, que narraré muy brevemente diciendo que en 1944 acabé con William Donald McSwan de una forma muy similar a la que usé con la señora Durand-Deacon en el sótano del 79 de Gloucester Road, S.W.7, y también acabé con Donald McSwan y Amy McSwan en 1946 en la misma dirección. En 1948 el doctor Archibald Henderson y su esposa Roasalie Henderson murieron de forma similar en Leopold Road, Crawley.

Volviendo a los McSwan, William Donald, el hijo, cuya dirección en aquella época no recuerdo, se encontró conmigo en el local Goat de Kensington High Street, y desde allí fuimos al 79 de Gloucester Road. Cuando llegamos al sótano que había alquilado le golpeé en la cabeza con una cachiporra, llené un vaso con sangre de su garganta como en el otro caso y me la bebí. Unos cinco minutos después estaba muerto. Le metí en un depósito de ciento ochenta litros y disolví su cuerpo con ácido tal y como hice con el de la señora Durand-Deacon, echando el líquido resultante por un desagüe del sótano. Antes de echarle al depósito le quité el reloj y los objetos personales, Documento de Identidad incluido.

Conocía a los McSwan, padres e hijo, desde hacía cierto tiempo, y cuando vi a sus padres les expliqué que su hijo se había marchado para no tener que alistarse. Posteriormente escribí toda una serie de cartas falsas suyas dirigidas a sus padres, que eché al correo creo que en Glasgow y Edimburgo, explicando cómo quería que dispusieran de sus pertenencias. Al año siguiente llevé por separado al mismo sótano al padre, Donald, y a la madre, Amy, eliminándoles de la misma forma que había eliminado al hijo. Los expedientes de los McSwan se encuentran en mi hotel y darán detalles sobre las pertenencias de las que dispuse después de su muerte. Posteriormente he conseguido Cartillas de Racionamiento mediante el sistema habitual usando sus Documentos de Identidad.

Conocí a los Henderson cuando respondí al anuncio que habían puesto para vender su propiedad del 22 de Ladbroke Square. No la compré. La vendieron y se trasladaron al 16 de Dawes Road, Fulham. Lo que cuento ocurrió desde noviembre de 1947 hasta febrero de 1948. En febrero de 1948 los Henderson se alojaron en Kingsgate Castle, Kent. Les hice una visita y fui con ellos a Brighton, donde se alojaron en el Hotel Metropole. Llevé al doctor Henderson a Crawley y le maté en el almacén de Leopold Road disparándole en la cabeza con su propio revólver, del que me había apoderado en Dawes Road. Le metí en un depósito de ácido, como en los otros casos. Esto ocurrió por la mañana. Volví a Brighton y llevé allí a la señora Henderson con el pretexto de que su esposo estaba enfermo. Le pegué un tiro en el almacén, la metí en otro depósito y eché ácido dentro. En cada uno de los cuatro últimos casos bebí mi vaso de sangre. En el caso del doctor Henderson le quité su pitillera de oro y su reloj de oro con cadenilla, y a su esposa le quité el anillo de boda y el anillo de diamantes y lo vendí todo en la joyería Bull de Horsham por unas 300 libras. Pagué su factura en el Hotel Metropole, recogí su equipaje y su setter rojo y llevé el equipaje a Dawes Road. Tuve al perro conmigo durante una temporada en el Onslow Court Hotel y más tarde en Gatwick Hall, hasta que lo envié a las «Perreras Rurales del Profesor Sorsby» porque estaba casi ciego. Escribí cartas falsas para tranquilizar a los parientes de los Henderson y las envié a Amold Burlin, el hermano de la señora Henderson, que vive en Manchester. Su dirección está anotada en la agenda de mi habitación. Me convertí en propietario del 16 de Dawes Road falsificando un documento de transferencia legal y lo vendí a su propietario actual, J.B Clarke. Las propiedades de los McSwan fueron adquiridas y vendidas de manera similar, y todos los detalles se encuentran en el expediente del hotel.

He leído esta declaración y todo cuanto se dice en ella es verdad.

(Firmado) John George Haigh.

Nueva declaración

En el transcurso de sus prolongadas entrevistas con los inspectores Webb y Symes, Haigh había vagamente reivindicado muchos otros asesinatos ignorados hasta entonces, de los que no quiso dejar constancia en su declaración oficial. Pero, cuatro días después de su detención, el 4 de marzo, Haigh solicitó entrevistarse con el detective Webb.

Le dijo que consideraba «oportuno» informarle sobre otros tres asesinatos que había cometido. Haigh añadió a su ya larga lista, tres víctimas más. Una mujer de unos treinta y cinco años, «delgada y morena», con quien se cruzó casualmente en una calle de Hammersmith, y asesinada «a su debido tiempo». Un hombre «todavía joven», «aproximadamente de mi estatura y anchura de espaldas», que encontró en el cabaret «La Cabra» y atrajo con engaños a la Avenida Gloucester en donde «pasó lo mismo» (1945). Una muchacha, «Mary», atrapada en Eastbourne en el paseo marítimo y metida luego en un baño de ácido en Crawley (1948).

Estos tres últimos asesinatos, según el relato de Haigh, fueron ejecutados por los mismos métodos que los otros seis de los que su autor se reconocía culpable. En cada uno de ellos había «degustado» la sangre de su víctima. Sin embargo, cada uno de los seis primeros asesinatos había proporcionado a Haigh una ganancia pecuniaria, obtenida, según su propia confesión, mediante falsedades y astucias. En cambio, ninguno de los tres últimos le había reportado el menor dinero ni habían sido cometidos por afán de lucro. La mujer delgada «no tenía nada en su bolso, por así decir». El hombre todavía joven «no tenía casi dinero o nada absolutamente». Esta ausencia absoluta de móviles interesados, que Haigh exponía con tanta claridad y cuidada insistencia, no dejaba sino un solo motivo en pie: «mi vaso de sangre».

Los policías que practicaron las investigaciones para verificar las declaraciones de Haigh y que habían reconocido la exactitud de numerosos hechos expuestos en la del 28 de febrero, no pudieron hallar prueba alguna que confirmara las confesiones del 4 de marzo.

Algunos suponen que Haigh tal vez intentaba sólo desahogar su conciencia y que las declaraciones del 28 de febrero y del 4 de marzo constituyen un reflejo espontáneo de esta intención. Otros prefieren defender la opinión de que quería proporcionar con habilidad una tesis a su abogado y preparar el camino a su psiquiatra.

El forense Keith Simpson

Sin embargo, en estos momentos, las autoridades se concentraban en el crimen de Mrs Durand-Deacon. El suyo fue el único asesinato del que se acusó a Haigh. La policía quería una condena clara e inapelable. La opinión pública estaba demasiado excitada a causa del asesinato de una señora mayor para que cupiese la posibilidad de otorgar el perdón al asesino.

Lógicamente, la policía volvió a concentrar su atención en el almacén de Crawley y su pequeño patio. El 1 de marzo, el nuevo equipo de investigación, al mando del inspector jefe de detectives de Scotland Yard, Guy Mahon, con la ayuda del Dr Keith Simpson, de la Universidad de Londres y patólogo del Ministerio del Interior, comenzó haciendo análisis de sangre rutinarios para comprobar que el grupo de Mrs Durand-Deacon y el de la sangre encontrada en el cobertizo eran el mismo. Después se ocupó del patio recubierto de maleza alrededor del almacén.

Siguiendo los trazos de zig-zag que Haigh dejó en el suelo al arrastrar el bidón, consiguió localizar el lugar en donde decía haber vaciado la pasta ácida. El doctor Simpson ordenó la recogida de los primeros diez centímetros de la tierra del patio en una zona de unos veinte metros cuadrados. Ciento cincuenta kilos de aquella sustancia «un residuo aceitoso semicalcinado de un color amarillento mezclado con tierra y guijarros» fueron trasladados al Laboratorio de la Policía Metropolitana del Nuevo Scotland Yard y pacientemente examinados.

Extraordinarios resultados

El concienzudo examen del suelo efectuado por el Dr. Simpson en el propio almacén y la muestra de éste trasladada al laboratorio sirvieron para identificar el «cuerpo» de la señora Durand-Deacon «más allá de toda duda razonable»: tres cálculos biliares -Simpson apenas llevaba unos minutos en el patio cuando sus perspicaces ojos dieron con la primera de las pistas que servirían para identificar a la última víctima de John Haigh.

«La superficie del patio situado ante el almacén era bastante desigual, y había muchos guijarros de pequeño tamaño. Apenas llegué allí -supongo que debí dejar bastante impresionados a quienes me observaban-, cogí un guijarro y lo examiné con una lupa. Tenía el tamaño aproximado de una cereza y era muy parecido a los otros guijarros, pero tenía facetas pulidas. “Creo que es un cálculo biliar”, dije.» Y eso era: los cálculos biliares -es decir, la arenilla de la bilis sedimentada hasta formar un gránulo-, están recubiertos de una sustancia grasienta que resiste la corrosión del ácido. Simpson siempre se mostró bastante dolido cada vez que alguien sugería que su descubrimiento había sido «fruto de la suerte» y posteriormente afirmó haberle dicho al jefe de inspectores Mahon que «esperaba encontrarlo. Las mujeres de la edad y costumbres de la señora Durand-Deacon -sesenta y nueve años y más bien obesa- son muy propensas a sufrir de cálculos biliares.»

El segundo hallazgo fue igualmente importante para conseguir una identificación positiva: «Vi varios fragmentos de hueso erosionado incrustados en una sustancia grasienta semicalcinada. Los rayos X demostraron que el mayor de esos fragmentos había formado parte de un pie izquierdo.»

Algún tiempo después el superintendente Cuthbert del Laboratorio de la Policía Metropolitana hizo un molde de dicho pie a partir del hueso, y descubrió que encajaba perfectamente en uno de los zapatos izquierdos de la muerta.

Fragmentos de hueso erosionado -Dieciocho en total, de los que Simpson logró identificar once como pertenecientes a la anatomía humana después de haberlos examinado concienzudamente con el microscopio y los rayos X. Más aún, el surco visible en esa parte del hueso pélvico llamado «cinturón de la cadera» demostró que eran huesos de mujer, y había rastros de artritis ósea presentes en varias articulaciones.

Grasa corporal -El efecto del ácido sulfúrico sobre el tejido corporal es tan potente que una vez derretido del cuerpo de la señora Durand-Deacon sólo quedaron nueve kilos de una sustancia grasienta de color amarillo.

Dentadura postiza -El peor de todos los errores cometidos por Haigh fue haber calculado mal el tiempo que necesitaría el ácido para disolver la resina acrílica con que se fabrican las dentaduras postizas. Scotland Yard actuó con la rapidez típica de todas sus cacerías de criminales y localizó a la señorita Helen Mayo, dentista. La señorita Mayo identificó la dentadura postiza como la misma que había fabricado para su paciente, la señora Durand-Deacon.

Bolso y contenido -El bolso de plástico de la señora Durand-Deacon estaba tan intacto como sus escasos objetos personales: un cuaderno de anotaciones, un diario, parte del estuche de un pintalabios, un lápiz, un bolígrafo metálico de viaje y un estuchito de polvos faciales.

El juicio

El proceso de Haigh se inició en julio, en Lewes. Por cualquier parte que se mirara, se trataba de una ocasión memorable: presidía el principal juez en materia criminal; se sentaba en el banquillo de los acusados el mayor criminal de Inglaterra; Sir Hartley Shawcross y Sir David Maxwell Fyle, los dos miembros más eminentes del foro inglés, representaban respectivamente la acusación y la defensa.

Haigh sólo fue juzgado por el asesinato de la señora Durand-Deacon. Sir Hartley Shawcross, a la sazón procurador general y decano de los magistrados, se abstuvo por completo de aludir siquiera a los otros crímenes. Ni una sola palabra pronunció sobre los McSwan y los Henderson, y ni una palabra tampoco sobre la mujer delgada, el hombre «todavía joven» y Mary. Con toda intención, se echó sobre ellos el más absoluto silencio cuando la acusación aludía a las declaraciones de Haigh.

No se planteó discusión alguna sobre los hechos en sí mismos. Ni el asesinato ni el método con que fueron ejecutados. De los treinta y tres testigos de la acusación, Sir David sólo interrogó a cuatro y jamás para señalar su desacuerdo o lanzar un desafío. Todas sus preguntas, tendían a hacer patente el desequilibrio mental de Haigh. ¿Loco o normal? Tal era el único problema. ¿Debía Haigh asumir la responsabilidad de sus actos según las pruebas prescritas por las Normas M’Naghten?

Las Normas M’Naghten, -dictadas después que Daniel M’Naghten asesinara de un disparo al secretario del primer ministro británico en 1843-, determinan que cualquier acusado que invoque en su defensa la locura tiene obligación de demostrar que no sabía lo que hacía, o que ignoraba que lo que estaba haciendo ocasionaba un mal.

¿Sabía Haigh lo que hacía cuando asesinó a la señora Durand-Deacon en Giles Yard? Y si no ignoraba lo que hacía ¿sabía que obraba mal?

¿Cuerdo o loco?

Para apelar a la locura, era preciso presentar perturbaciones mentales o algunas anomalías, atestiguadas por otras personas, en especial, por los expertos.

Las perturbaciones mentales que alegaba Haigh no eran evidentes. Aparentemente, el acusado daba la imagen de una persona completamente normal, de un hombre cualquiera que viaja en un autobús, por ejemplo. Se pedía al jurado si podía decidirse en favor de la locura, no en razón de fenómenos visibles y manifiestos, sino por lo que Haigh hubiera podido pensar, sentir y maquinar en lo más profundo de su espíritu y en lo recóndito de su soledad. En este caso, el mejor y más seguro testimonio tenía que ser el del propio Haigh.

Pero Haigh no podía comparecer como testigo. De haber sido llamado, hubiera podido, mejor que nadie, facilitar una descripción, directa y de primera mano, de sus pensamientos, de sus sentimientos más íntimos, en los cuales su abogado estaba obligado a confiar. Si hubiera prestado testimonio, habría proporcionado al tribunal la mejor posibilidad de estudiar su estado mental. Pero entonces estaba sometido a interrogatorio.

Sin esta posibilidad, Haigh quedaba solo en el banquillo de los acusados. El único testigo de descargo fue un psiquiatra de Harley Street, el doctor Henry Yellowlees. Los títulos y experiencia del cualificado testigo, entonces como ahora, infundían respeto. Era miembro del Colegio Real de Médicos de Londres, donde había obtenido diploma de Medicina Psicológica, miembro de la Facultad de Medicina de Edimburgo y miembro del Colegio Real de Medicina y Cirugía de Glasgow. Había sido médico consultor, experto y consejero honorario, especialista en enfermedades mentales, conferenciante de medicina psicológica en el Hospital de Santo Tomás. Durante la segunda guerra mundial en calidad de coronel del servicio médico del ejército, ocupaba el cargo de psiquiatra consultor en las fuerzas expedicionarias inglesas en Francia. Cuando el juez le calificó de sabio y competente, eminente y de gran categoría, no le otorgaba al doctor Yellowlees ningún título que no tuviera por propios méritos.

Fanatismo religioso

El doctor Yellowlees había visto a Haigh tres veces en la cárcel en el transcurso de las tres semanas anteriores al proceso. En suma, estuvieron juntos dos horas y diez minutos y durante este tiempo, al parecer, Haigh trazó un cuadro psicopatológico de su vida. El doctor Yellowlees lo refleja así, mezclado entre las conclusiones que dedujo cuando lo creyó necesario.

El relato se remontaba a su más tierna infancia: «Fui educado en una atmósfera de fanatismo religioso -había dicho Haigh-; mis padres pertenecían a la secta de los Hermanos de Plymouth, y la venganza de Dios se desencadenaba sobre mi cabeza por cualquier pecadillo. Mi madre pronosticaba el porvenir basándose en los sueños, y yo leía de continuo libros sobre este tema. Era un muchacho solitario: sin amigos, sin compañeros, en la escuela siempre me quedaba marginado. Llegado a la adolescencia, ingresé, al principio como cantor y luego como organista, en la catedral de Wakefield que, por pertenecer a la High Church, celebraba los oficios divinos de forma completamente distinta a mi costumbre. Por esta época, con frecuencia tenía sueños en que veía la cabeza o el cuerpo entero de Cristo manando sangre de sus heridas».

Por este detalle, el doctor Yellowlees deducía que Haigh padecía en su adolescencia «tendencias paranoicas».

No se trata de ninguna enfermedad del espíritu -explicaba el célebre médico-, pero puede ser el síntoma precursor de una aberración mental. Esto despertó la atención del psiquiatra, que buscó otros síntomas que fueron descubiertos. Según declaró Haigh durante sus conversaciones en la cárcel, estos sueños constituían para él revelaciones místicas, pero para el doctor Yellowlees significaban sólo síntomas de la enfermedad psíquica que producía.

Las «revelaciones»

Haigh dijo que la primera revelación se le hizo cuando contaba unos dieciséis o diecisiete años. «Guiado por el Espíritu Santo» interpretó una frase del Antiguo Testamento que le ordenaba beberse su propia orina. Haigh afirmó al doctor Yellowlees que había obedecido dicha orden y que luego no había cesado de practicar este rito.

La segunda «revelación», según los datos proporcionados por Haigh, tuvo lugar mucho más tarde, en 1944 o en 1945. Se trataba de otro sueño periódico en el cual veía un bosque, compuesto no de cruces como él creía, sino de árboles, como debía percibir, y que desprendía no lluvia y rocío, como creía, sino sangre. En seguida, uno de los árboles se transformó en un hombre que invitó a Haigh a beber la sangre recogida en una taza; pero antes de que Haigh hubiera podido humedecer sus labios, aquel hombre retrocedía y el sueño se esfumaba. Estos sueños -decía Haigh- lo confirmaban en su certeza de ser guiado por el Espíritu Santo; mientras se le representaban provocaban en él una sensación de inquietud y de angustia y a menudo, aunque no siempre, tenían un crimen como colofón.

La tercera «revelación» -siempre según Haigh- englobaba todos los crímenes. Al ejecutarlos, actuaba como instrumento de un poder exterior. Los conducía a la vida eterna: ésta era la definición más precisa que podía ofrecer. Bebía la sangre de sus víctimas: el doctor Yellowlees estaba «casi seguro» de que, por lo menos, humedecía sus labios. «Yo tenía un destino que cumplir» había afirmado Haigh.

A tenor de estos datos, el doctor Yellowlees llegaba a la conclusión de que Haigh era un perfecto paranoico al llegar la edad adulta.

La paranoia

Sir David Maxwell Syle lo había ya explicado al jurado, con estas palabras: «La paranoia acarrea una alteración completa y permanente de la personalidad, trastorna la inteligencia, el carácter y la conducta. Hablando en general, se produce cuando el enfermo concentra en sí mismo todo su interés y todas sus energías, y se aleja del mundo real que le rodea. Así llega al culto de sí mismo y este culto se expresa, de ordinario, por la convicción mística de ser guiado por un espíritu superior que tiene más peso y autoridad que todas las leyes humanas y las normas sociales. Lo grave, y al propio tiempo el signo distintivo de esta enfermedad, es que el paciente sabe que debe vivir su vida íntima e imaginaria simultáneamente con la vida real del mundo; el paranoico es, pues, clarividente, astuto y perspicaz, cuando no obra impulsado por su imaginación. En esos momentos, adopta las precauciones necesarias para evitarse complicaciones».

Se trataba de una hábil definición que, aún siendo indiscutible desde un punto de vista general, se adaptaba punto por punto a los hechos particulares.

El veredicto

En vano Maxwell Fyle, con toda la elocuencia y toda la energía de que disponía, alegó que Haigh, creyendo obedecer a un «guía divino» había perdido el sentido del bien y del mal. El abogado defensor no sólo pedía al jurado que resolviera un problema que el doctor Yellowlees se había negado a decidir, sino que le pedía que rebatiera las conclusiones del psiquiatra.

No debe sorprender que los miembros del jurado prefirieran aceptar la concisa definición que el fiscal había dado de Haigh: «No un desequilibrado, sino un asesino». Tampoco cabe asombrarse de que bastaran diecisiete minutos para que emitieran su veredicto: culpable sin reservas ni circunstancias atenuantes. No debe extrañar que el condenado no apelara siquiera, cosa rara después de una sentencia de muerte. Ni tampoco puede sorprender que una nueva investigación médica, prescrita por un acta del Parlamento, llegara a la conclusión de que Haigh fingía la locura, que no era irresponsable ante la ley, «ni tampoco un loco en cuanto se refiere a la ciencia médica». Ciertamente, tampoco debe causar asombro que el ministro del Interior no se creyera autorizado a interceder junto a Su Majestad para solicitar la revisión del proceso.

La ejecución

John George Haigh acudió a su cita con el verdugo Pierrepoint a las nueve de la mañana del lunes 10 de agosto de 1949. Henry Pierrepoint honró a Haigh con una rara distinción: la «correa especial». Tiempo después Pierrepoint recordaría aquella ejecución con cierto orgullo:

«Cuando llegó el momento de ejecutar a Haigh llevé conmigo una correa especial para atarle las muñecas. Es una correa hecha con una piel de ternero muy suave y flexible cuyo diseño es idéntico al de las correas que me proporciona el Home Office (El equivalente británico de nuestro Ministerio del Interior) como parte del equipo de ejecución y que uso normalmente, pero es propiedad particular mía. Sólo la he utilizado una docena de veces. Siempre que la uso hago una anotación con tinta roja en mi diario particular. Es la única indicación de que me he tomado un interés especial en esa ejecución.»

Una vez extirpados los dientes del vampiro, los restos mortales de John Haigh fueron trasladados al cementerio más exclusivo de Gran Bretaña: el retazo de tierra cubierta de maleza que hay tras los muros de la prisión de Wandworth. El cuerpo de Haigh fue enterrado a dos metros y medio de profundidad bajo los hierbajos de «Potter’s Field» en un ataúd especial con agujeros lleno de agua para acelerar la putrefacción de la carne.


John George Haigh

Brian Lane –  Los Carniceros

Inglaterra, 1949 – La intuición de una mujer

-Sea franco conmigo. ¿Qué probabilidades tiene una persona de ser liberada de Broadmoor?

Estamos en una comisaría de policía durante la investigación de un asesinato, una de las historias más horrendas de muertes múltiples en todos los anales del crimen británico; unos asesinatos cuyo horror estremecería al mundo; asesinatos cuyo único motivo fue la más abyecta codicia…

-Si le dijera la verdad no la creería. Es tan fantástica que resulta increíble. La señora Durand-Deacon ya no existe. Ha desaparecido por completo, y jamás podrá encontrarse ningún rastro de ella. La he destruido con ácido. Lo único que podrían encontrar es un poquito de líquido viscoso en Leopold Road. Todo lo demás ha desaparecido. ¿Cómo pueden probar que la he asesinado si no hay cadáver?

John George Haigh y el agente de policía que está sentado al otro lado de la mesa, el inspector Albert Webb, ya se conocen, y ésta no es la primera ocasión en que Haigh visita la comisaría de Chelsea.

Una semana antes, el domingo 20 de febrero de 1949, poco después del mediodía, un hombrecillo muy atildado con un bigote estilo Hitler un tanto hirsuto, acompañado por una mujer de edad más que madura elegantemente vestida abordó al agente de servicio en la comisaría de Lucan Road.

El señor Haigh y su acompañante, la señora Constance Lane, le expresaron su creciente preocupación: una conocida suya, también residente del cercano Onslow Court Hotel, parecía haberse esfumado. Se trataba de la señora Durand-Deacon, Olive Henrietta Helen Olivia Robarts Durand-Deacon, de sesenta y nueve años de edad, rica y, en la pintoresca terminología de la época, «bien conservada para su edad».

La señora Durand-Deacon había sido vista por última vez la mañana del 18 de febrero cuando acudía a una cita con el señor Haigh. El señor Haigh iba a llevarla hasta su fábrica de Crawley, Sussex, para examinar las posibilidades de montar un negocio de manufactura de uñas postizas que se le había ocurrido hacía poco. Haigh se apresuró a corregir la nada bienvenida revelación hecha por la señora Lane afirmando que la señora Durand-Deacon no se había presentado a la cita.

Al día siguiente unos detectives visitaron a Haigh en el Onslow Court Hotel para averiguar algo más sobre la desaparición de su compañera de residencia, y John Haigh, dispuesto a contarles «todo lo que supiera al respecto», les endilgó una larga y más bien nebulosa parrafada cuya esencia era que no tenía la más mínima idea sobre cuál podía ser el paradero de la señora Durand-Deacon.

Tres días después Haigh volvió a ser interrogado en su hotel, con la diferencia bastante singular de que en esta ocasión estuvo presente una agente de policía. Podemos creer en lo que la condescendencia masculina llama «intuición de las mujeres» o podemos limitamos a admitir que la sargento de policía Alexandra Lambourne, era «una guindilla condenadamente buena», por usar otra expresión de la época, pero el caso es que tuvo la impresión de que allí había gato encerrado.

Quizá se tratara de un gato muy elegante y con mucha labia, pero la sargento Lambourne había captado su presencia. Su informe sobre el interrogatorio de aquel día concluía con estas palabras: «Dejando aparte el hecho de que Haigh y sus modales relamidos no me caen nada bien, tengo la sensación de que no es “trigo limpio” y puede que detrás de todo esto haya un caso digno de ser investigado.»

Y, desde luego, lo había. Al día siguiente el Departamento de Historiales de Scotland Yard pudo decir muchas más cosas sobre John Haigh de las que él había estado dispuesto a contar de viva voz, y una de las más interesantes era que había estado tres veces entre rejas, cada una por obtención fraudulenta de dinero.

A esas alturas los agentes de la policía de West Sussex ya habían sido informados sobre la «conexión Crawley» y habían interrogado al señor Edward Jones, gerente de Hurstlea Products Limited, la empresa de la que Haigh afirmaba ser director.

Naturalmente, la afirmación era falsa -como casi toda la fachada de John Haigh-, pero sí tenía una conexión interesante con Hurstlea. Haigh usaba el almacén que la empresa poseía en Leopold Road para lo que llamaba «su trabajo experimental». Jones sacó la impresión de que Haigh estaba haciendo un «trabajo de conversión». No podía haberse acercado más a la verdad.

El almacén resultó ser un sólido edificio de dos pisos de ladrillo situado en Giles Yard, junto a Leopold Road, rodeado por una verja bastante alta. El 26 de febrero la clase de «trabajo experimental» en que estaba metido Haigh empezó a quedar clara. Esa mañana de sábado el detective sargento Pat Heslin entró en la «fábrica» de Haigh acompañado por el señor Jones.

Una vez dentro Heslin vio varias bombonas en cuyas etiquetas se leía «Ácido sulfúrico», una bomba manual, una máscara de gas, guantes de goma y un delantal de goma manchado de sangre. El detective también halló una sombrerera de cuero dentro de la que había un revólver Webley del calibre 38 disparado recientemente y el recibo de una tintorería de Reigate. La prenda a limpiar era un abrigo de lana persa negra.

Siete y media de la tarde del lunes 28 de febrero de 1949: el inspector Albert Webb y el superintendente Barratt acaban de llevar a Haigh a la comisaría de policía donde se había presentado hacía tan sólo una semana antes para informar de la desaparición de su víctima. Haigh está a punto de confesar su crimen. El cuarto ocupante de la sala de interrogatorios, el inspector Shelley Hymes, acaba de conocer a Haigh.

A juzgar por sus palabras estaba claro que los agentes conocían la existencia del abrigo. De hecho, esa pequeña concesión al lujo que en tiempos había prestado su elegancia al robusto cuerpo de la señora Durand-Deacon ya no estaba en manos de la tintorería Reigate Cottage Cleaners. Las joyas de la dama tampoco se hallaban en manos de los señores Bull de Horsham, donde Haigh las había dejado para que fuesen valoradas.

Haigh estaba sentado con expresión imperturbable fumando un cigarrillo.

-Ya veo que saben de qué están hablando. Admito que el abrigo pertenecía a la señora Durand-Deacon, y también admito que vendí sus joyas.

-¿Cómo llegaron a sus manos y dónde está la señora Durand-Deacon?

Hubo un silencio. Tres pares de ojos se clavaron en John Haigh.

-Es una historia bastante larga. Se trata de un chantaje, y tendré que implicar a muchas otras personas.

Nunca sabremos qué ridícula historia habría contado Haigh si se le hubiera dado ocasión de hacerlo, pues en aquel momento algún asunto urgente hizo que Symes y Barratt tuvieran que abandonar la sala de interrogatorios. El interrogatorio quedó suspendido por el momento.

-Sea franco conmigo. ¿Qué probabilidades tiene una persona de ser liberada de Broadmoor?

Haigh se ha quedado a solas con Albert Webb. El criminal está acorralado y busca desesperadamente una línea de defensa que le permita escapar a la acusación de asesinato, una que no le obligue a cargar con las temibles consecuencias del crimen que está claro ha cometido.

-No me está permitido hablar de esos asuntos con usted.

-Si le dijera la verdad no la creería. Es tan fantástica que resulta increíble.

-No está obligado a decirme nada… -empezó a explicarle Webb.

-Sí, ya lo sé -le interrumpió Haigh con cierta impaciencia-. Voy a contárselo. La señora Durand-Deacon ya no existe. Ha desaparecido por completo y jamás podrá encontrarse ningún rastro de ella. La he destruido con ácido. Lo único que podrían encontrar es un poquito de líquido viscoso en Leopold Road. Todo lo demás ha desaparecido. ¿Cómo pueden probar que la he asesinado si no hay cadáver?

Estaba claro que había llegado el momento de que el inspector Webb llamara a sus superiores para hablarles de Haigh y el baño de ácido.

El inspector Symes le leyó sus derechos a Haigh y después empezó a tomarle declaración, labor que requirió dos horas y media con un breve intervalo para el té y unos bocadillos de queso.

COMISARÍA DE POLICÍA DE CHELSEA
DIVISIÓN «B»

28 de febrero de 1949

DECLARACIÓN de JOHN GEORGE HAIGH, edad 39 años, Ingeniero Independiente con residencia en el ONSLOW COURT HOTEL, QUEENS GATE, SW7, quien dice lo siguiente:

Se me ha explicado que no estoy obligado a decir nada salvo que así lo desee, pero que cualquier cosa que diga será consignada por escrito y puede usarse como prueba.

(Firmado) J. G. Haigh.

Ya les he contado algunas cosas sobre la desaparición de la señora Durand-Deacon. El asunto me ha tenido muy preocupado y he estado intentando ganar tiempo con la esperanza de que no lograrían averiguar nada más al respecto. Sin embargo, la verdad es que salimos del hotel juntos y fuimos a Crawley juntos en mi coche. La señora Durand-Deacon quería ir a Crawley conmigo porque estaba muy interesada en el negocio de las uñas postizas. La llevé al almacén de Leopold Road y le disparé en la nuca mientras estaba examinando un papel especial para hacer uñas postizas. Después fui al coche, cogí un vaso e hice una incisión, creo que con un cortaplumas, en un lado de la garganta y llené el vaso de sangre, que después bebí. A continuación le quité el abrigo de lana persa que llevaba puesto y las joyas -anillos, collar, pendientes y crucifijo con cadenilla-, y la metí en un depósito de doscientos litros de capacidad. Después llené el depósito con ácido sulfúrico que saqué de varios garrafones mediante una bomba manual y me marché para dejar que se produjera la reacción. Debería haber dicho que después de meterla en el depósito fui al «Ancient Priors» para tomarme una taza de té y que volví luego para bombear el ácido. En cuanto hube terminado llevé las joyas y el revólver al coche y dejé el abrigo sobre el banco. Fui al «George» para cenar y recuerdo que llegué allí un poco tarde, sobre «la novena». Después volví a la ciudad y llegué al hotel alrededor de las diez y media. Guardé el revólver dentro de la sombrerera.

A la mañana siguiente desayuné y, como ya he contado, comenté la desaparición de la señora Durand-Deacon con la camarera y la señora Lane. Acabé volviendo a Crawley por Putney e hice una parada en el trayecto para vender su reloj a un joyero de High Street por diez libras. Le quité el reloj al mismo tiempo que le quitaba las joyas. Una vez en Crawley fui hasta el almacén para ver qué tal iba la reacción. No se había completado de forma satisfactoria, por lo que cogí el abrigo, lo puse en el asiento trasero del coche y fui a Horsham. Pasé por la joyería Bull para que valorasen las joyas, pero el señor Bull no estaba. Volví a la ciudad y antes de llegar dejé el abrigo en «Cottage Cleaners», en Reigate. El lunes volví a Crawley y vi que la reacción ya casi se había completado, pero quedaba un trozo de hueso y grasa flotando en el líquido. Saqué el líquido del depósito con un cubo y lo esparcí por el suelo delante del almacén. Después bombeé más ácido en el depósito para descomponer aquel resto de hueso y grasa, esperando que al día siguiente ya habría desaparecido. A continuación volví a Horsham e hice valorar las joyas explicando que deseaba empeñarlas y quería hacerme una idea de cuánto podía conseguir por ellas. La valoración ascendió a 130 libras. Volví a la fábrica de West Street y, finalmente, regresé a la ciudad.

Volví a Horsham el martes y vendí las joyas por las 100 libras que se me ofrecieron. Desgraciadamente los joyeros no disponían de esa suma y sólo pudieron darme 60 libras. Volví al día siguiente para cobrar las 40 que faltaban. El martes fui a Crawley, vi que la descomposición ya era completa y vacié el depósito. Quiero añadir que el lunes descubrí que lo único que el ácido no había atacado era el bolso de plástico, y que lo tiré en el mismo lugar que el líquido. El martes vacié el depósito y lo dejé en el patio.

Le debía cincuenta libras al señor Jones, quien ya he dicho que es codirector de Hurstlea Products, y el martes le pagué 36 libras del dinero que había obtenido vendiendo las joyas. El revólver que la policía encontró en el almacén de Crawley es el que usé para matar a la señora Durand-Deacon, y lo llevé hasta allí dentro de la sombrerera el sábado por la mañana. Antes de echar el bolso al depósito cogí todo el dinero que había dentro -unos treinta chelines- y la estilográfica de la señora Durand-Deacon. Me los quedé y arrojé el resto de objetos que contenía al depósito junto con el bolso. La estilográfica está en mi habitación. También llevaba consigo un manojo de llaves sujeto al bolsillo interior de su abrigo mediante una cadenita y un imperdible de gran tamaño. Eché las cadenitas del crucifijo y el manojo de llaves al seto del camino que baja hasta Bracken Cottage cuando fui allí el miércoles para alojarme en casa de unos amigos. Enterré el crucifijo y cada llave por separado en el suelo…

Haigh terminó su declaración a primera hora de la madrugada del 1 de marzo y fue detenido. Pero por terrible que parezca, el asesinato de la señora Durand-Deacon sólo era una parte de la historia. En realidad era una parte muy pequeña de ella, pues John George Haigh se atribuyó cinco víctimas más. «Los protagonistas de otra historia», por usar sus mismas palabras…

Naturalmente, la policía volvió a concentrar su atención en el almacén de Crawley y su pequeño patio. El nuevo equipo de investigación estaba al mando de Guy Mahon, inspector jefe de detectives de Scotland Yard, y contaba con la ayuda del doctor Keith Simpson de la Universidad de Londres, patólogo del Home Office.

Esa fría mañana del 1 de marzo Simpson empezó ocupándose del almacén, y especialmente de las manchitas de sangre que había sobre la zona de pared encalada encima del banco. Las manchitas encajaban con la declaración de Haigh, quien afirmó que la señora Durand-Deacon había estado examinando una muestra de celofán rojo cuando le disparó. Pero esa clase de hechos deben ser probados…. aunque haya una confesión. Debe demostrarse que la sangre es humana, y hay que analizarla para compararla con el grupo sanguíneo de la víctima.

Después el doctor Simpson pasó a ocuparse del patio repleto de maleza que había ante la «fábrica del crimen» de Haigh, y fue siguiendo los surcos en zigzag dejados por el asesino cuando llevó el pesado depósito hasta allí para vaciarlo, y acabó llegando al punto en que Haigh afirmaba haber esparcido el «líquido», los últimos restos mortales de la difunta Olive Durand-Deacon.

Pero al impetuoso Haigh se le habían pasado por alto dos factores muy importantes: la experiencia y tenacidad del doctor Keith Simpson, y el hecho de que algunas sustancias tardan más en ceder a la corrosión del ácido que otras. ¿Cómo podía saber que los cálculos biliares no se disuelven en ácido o, si a eso vamos, que su víctima sufría de dicha enfermedad? ¿Cómo podía saber que la resina acrílica con que había sido fabricada la dentadura postiza de la señora Durand-Deacon habría requerido dos semanas de inmersión en el ácido antes de sucumbir al ataque corrosivo del vitriolo? El bolso de plástico rojo de la víctima y los pocos objetos que contenía apenas habían sido dañados por su contacto con el ácido. Olive Durand-Deacon quizá hubiera desaparecido, ¡pero aún quedaban bastantes rastros de ella!

El doctor Simpson ordenó la recogida de los primeros diez centímetros de la tierra del patio en una zona de unos veinte metros cuadrados. Ciento cincuenta kilos de aquella sustancia -«un residuo aceitoso semicalcinado de un color amarillento mezclado con tierra y guijarros» fueron trasladados al Laboratorio de la Policía Metropolitana del Nuevo Scotland Yard y pacientemente examinados.

El concienzudo examen del suelo efectuado por Simpson en Giles Yard y la muestra de éste trasladada al laboratorio sirvieron para identificar el «cuerpo» de la señora Durand-Deacon «más allá de toda duda razonable»:

Tres cálculos biliares -Simpson apenas llevaba unos minutos en el patio cuando sus perspicaces ojos dieron con la primera de las pistas que servirían para identificar a la última víctima de John Haigh. «La superficie del patio situado ante el almacén era bastante desigual, y había muchos guijarros de pequeño tamaño. Apenas llegué allí -supongo que debí dejar bastante impresionados a quienes me observaban-, cogí un guijarro y lo examiné con una lupa. Tenía el tamaño aproximado de una cereza y era muy parecido a los otros guijarros, pero tenía facetas pulidas. “Creo que es un cálculo biliar”, dije.» Y eso era: los cálculos biliares -es decir, la arenilla de la bilis sedimentada hasta formar un gránulo-, están recubiertos de una sustancia grasienta que resiste la corrosión del ácido. Simpson siempre se mostró bastante dolido cada vez que alguien sugería que su descubrimiento había sido «fruto de la suerte» y posteriormente afirmó haberle dicho al jefe de inspectores Mahon que «esperaba encontrarlo. Las mujeres de la edad y costumbres de la señora Durand-Deacon -sesenta y nueve años y más bien obesa- son muy propensas a sufrir de cálculos biliares.»

Huesos del pie izquierdo – El segundo hallazgo fue igualmente importante para conseguir una identificación positiva: «Vi varios fragmentos de hueso erosionado incrustados en una sustancia grasienta semicalcinada. Los rayos X demostraron que el mayor de esos fragmentos había formado parte de un pie izquierdo.»

Algún tiempo después el superintendente Cuthbert del Laboratorio de la Policía Metropolitana hizo un molde de dicho pie a partir del hueso, y descubrió que encajaba perfectamente en uno de los zapatos izquierdos de la muerta.

Fragmentos de hueso erosionado – Dieciocho en total, de los que Simpson logró identificar once como pertenecientes a la anatomía humana después de haberlos examinado concienzudamente con el microscopio y los rayos X. Más aún, el surco visible en esa parte del hueso pélvico llamado «cinturón de la cadera» demostró que eran huesos de mujer, y había rastros de artritis ósea presentes en varias articulaciones.

Grasa corporal – El efecto del ácido sulfúrico sobre el tejido corporal es tan potente que una vez derretido del cuerpo de la señora Durand-Deacon sólo quedaron nueve kilos de una sustancia grasienta de color amarillo.

Dentadura postiza – El peor de todos los errores cometidos por Haigh fue haber calculado mal el tiempo que necesitaría el ácido para disolver la resina acrílica con que se fabrican las dentaduras postizas. Scotland Yard actuó con la rapidez típica de todas sus cacerías de criminales y localizó a la señorita Helen Mayo, dentista. La señorita Mayo identificó la dentadura postiza como la misma que había fabricado para su paciente, la señora Durand-Deacon.

Bolso y contenido – El bolso de plástico de la señora Durand-Deacon estaba tan intacto como sus escasos objetos personales: un cuaderno de anotaciones, un diario, parte del estuche de un pintalabios, un lápiz, un bolígrafo metálico de viaje y un estuchito de polvos faciales.

Comparado con el espectacular curso de las investigaciones, el juicio de Haigh fue más bien anticlimático. La mañana del lunes 18 de julio de 1949 el prisionero pudo ver por primera vez el rostro del juez Humphreys al otro extremo de la histórica sala del Tribunal de Lewes, Sussex.

Haigh ocupó su puesto -el juicio parecía importarle tan poco que una vez sentado empezó a distraerse con el crucigrama de un periódico-, y el Fiscal General Sir Hartle Shawcross, KC, MP (El «King’s Council», o Consejo del Reino, es un cuerpo de abogados de categoría superior capacitados para tomar parte en los procesos de mayor importancia. «Member of the Parliament», Miembro del Parlamento), el más veterano de todos los fiscales de Su Majestad, abrió el caso de la Corona contra John George Haigh, durante el curso del cual llamaría al estrado nada menos que a 33 testigos.

Sir David Maxwell Fyfe, KC, MP -a cuya indudable habilidad e integridad profesionales se encomendó la tarea de sacarle el mejor partido posible a los débiles argumentos en que se basaba la defensa de Haigh- se dio cuenta de lo inútil que sería intentar oponerse al formidable muro de pruebas y testimonios presentados por la acusación, y sólo interrogó a tres testigos durante breves períodos de tiempo.

Haigh no subió al estrado para prestar testimonio y se limitó a confiar en el testimonio médico del doctor Henry Yellowlees, del Departamento de Enfermedades Mentales del St. Thomas’s Hospital, Londres. El doctor Yellowlees intentó convencer al jurado de que Haigh siempre había sufrido tendencias paranoicas y de que éstas se habían agravado hasta convertirse en locura. El doctor sacó a relucir la educación religiosa y el tipo de hogar en el que Haigh había crecido, afirmando que eran los responsables de haber sembrado en su cerebro la semilla de aquellos demonios de la locura cuyo resultado final fue el asesinato múltiple…, y cosas aún peores.

El doctor Yellowlees proporcionó un toque de extrañeza y locura a tan augusta ocasión narrándole a una sala del tribunal sumida en el más atento silencio la pesadilla recurrente que atormentaba a Haigh:

«[Veía ante él] todo un bosque de crucifijos que iban convirtiéndose gradualmente en árboles cuyas ramas parecían gotear rocío o lluvia. Poco después veía que era sangre. Un árbol se convertía poco a poco en un hombre y recogía la sangre en un cuenco. A medida que esto ocurría podía ver cómo el árbol iba perdiendo el color y se sentía desfallecer. Después el hombre del sueño se le aproximaba, le ofrecía el cuenco lleno de sangre y le invitaba a beber. Al principio Haigh era incapaz de moverse y el hombre empezaba a alejarse. Haigh no lograba llegar hasta él, y el sueño finalizaba en ese momento.»

Sir David Maxwell Fyfe: En la declaración que hemos oído Haigh ha contado que, por usar su expresión, siempre «abría» a la víctima y bebía un poco de su sangre. ¿Cree usted que dicha afirmación es cierta o no?

Dr. Yellowlees: Estoy prácticamente seguro de que la probaba; no sé si la bebía o no. Desde un punto de vista médico no creo que sea importante, por la razón de que esta obsesión con la sangre es un motivo que aparece desde la infancia en todas sus fantasías y es el núcleo de la estructura paranoica que creo ha ido construyendo, y a un paranoico no le importa demasiado si lo que le impulsa a actuar es real o mera fantasía.

Cuando le llegó el turno de interrogar al testigo, Sir Hartley Shawcross se enfrentó a la tarea de dejar bien claro el punto crucial que determinaría si podía considerarse que Haigh poseía el único patrón de locura aceptable para un tribunal inglés. Cuando cometió el crimen, ¿sabía lo que estaba haciendo o no? Y, si lo sabía, ¿se daba cuenta de que obraba mal o no era consciente de ello?

Sir Hartley Shawcross: Le pido que considere los hechos y le diga al jurado si hay alguna duda en cuanto a que Haigh debía saber que, según la ley inglesa, se estaba preparando para cometer y que subsiguientemente cometió un acto moralmente erróneo.

Dr. Yellowlees: Respondería diciendo que sí, siempre que cambiara esos términos por los de «legalmente punible».

Sir Hartley Shawcross: ¿Legalmente punible y, por lo tanto, prohibido por las leyes de este país?

Dr. Yellowlees: Sí, creo que lo sabía.

-¿Piensa que no será castigado? -le preguntó el juez.

Dr. Yellowlees: Dice que se encuentra en la misma posición que Jesucristo ante Poncio Pilatos. Según él, «sólo diré una cosa y es que no tenéis poder sobre mí a menos que os sea concedido desde las alturas.»

Juez Humphreys: No entiendo a qué puede referirse con eso.

El jurado se retiró para dar su veredicto cuando habían transcurrido poco más de 24 horas desde que empezó a oír los testimonios. La decisión no debió ser difícil de alcanzar, pues en sólo diecisiete minutos -apenas tiempo suficiente para elegir un portavoz y fumar un cigarrillo el jurado dictaminó que John Haigh era culpable de haber asesinado a la señora Olive Durand-Deacon. El jurado opinó que Haigh no estaba loco y que no era un simple criminal sino un ser absoluta y totalmente maligno.

El Birrete Negro -que ha sido el símbolo más impresionante del terrible poder de la ley desde los tiempos de los Tudor- fue colocado sobre la cabeza del juez Humphreys y, como si surgiera de algún abismo insondable, su voz pronunció la temida sentencia de muerte.

No sabemos cuáles fueron las emociones internas de Haigh al oír dicha sentencia, pero mantuvo su fachada de imperturbabilidad y, a juzgar por su expresión, parecía tan tranquilo como si acabara de perder un par de libras en las carreras de caballos y no estuviera dispuesto a dejarse afectar por algo tan nimio.

Se cuenta que cuando fue conducido a la sala de espera que se encontraba debajo del tribunal el capellán del juez envió a un ujier para que le preguntara si deseaba recibir algún tipo de consuelo espiritual. Haigh recibió al mensajero con los pies apoyados en una mesa mientras fumaba tranquilamente un cigarrillo y tomaba sorbos de una taza de té.

-El padre me ha enviado para que le pregunte si desea que baje a verle.

-Amigo mío, no creo que eso sirva de mucho a estas alturas, ¿verdad?

John George Haigh acudió a su cita con el verdugo Pierrepoint a las nueve de la mañana del lunes 10 de agosto de 1949. Para Henry Pierrepoint aquel, también era un día especial y, en una de las pocas excentricidades permitidas a un verdugo, honró a Haigh con una rara distinción reservada a la élite de su clientela: la «correa especial». Tiempo después Pierrepoint recordaría aquella ejecución con cierto orgullo:

«Cuando llegó el momento de ejecutar a Haigh llevé conmigo una correa especial para atarle las muñecas. Es una correa hecha con una piel de ternero muy suave y flexible cuyo diseño es idéntico al de las correas que me proporciona el Home Office (El equivalente británico de nuestro Ministerio del Interior) como parte del equipo de ejecución y que uso normalmente, pero es propiedad particular mía. Sólo la he utilizado una docena de veces. Siempre que la uso hago una anotación con tinta roja en mi diario particular. Es la única indicación de que me he tomado un interés especial en esa ejecución.»

Una vez extirpados los dientes del vampiro, los restos mortales de John Haigh fueron trasladados al cementerio más exclusivo del país: el retazo de tierra cubierta de maleza que hay tras los muros de la prisión de Wandworth. El cuerpo de Haigh fue enterrado a dos metros y medio de profundidad bajo los hierbajos de «Potter’s Field» en un ataúd especial con agujeros lleno de agua para acelerar la putrefacción de la carne. El método no es tan rápido como el ácido sulfúrico, pero asegura los mismos resultados.

Posdata

Durante el período de tiempo que pasó en Dartmoor como huésped de Su Majestad el Rey Jorge VI, Haigh decidió labrarse un futuro en la subcultura de quienes carecen del más mínimo escrúpulo.

«Dedicaos a las mujeres», aconsejaba pomposamente a sus compañeros de prisión. «Buscad alguna vieja ricachona a la que le gusten los halagos. Si queréis ganar mucho dinero, ahí está vuestro mercado.»

John Haigh era tan arrogante y se consideraba tan listo que creía no haber dejado ningún cabo suelto. De hecho, repetía tan a menudo su convicción de que nadie podía ser encontrado culpable de asesinato si no había cuerpo que se le acabó dando el apodo de «El viejo Corpus Delicti».

Si hubiera confiado un poco menos en sí mismo, y si hubiera «hecho sus deberes», Haigh quizá podría haber evitado chocar con la justicia y salvar su vida durante el proceso. John George compartía un error muy común, el de que en la frase corpus delicti, «corpus» significa, literalmente, «cuerpo».

En realidad este concepto legal describe el «cuerpo» no de una víctima sino del crimen en sí, la esencia del crimen que debe ser demostrada para poder presentar una acusación contra alguien. Basta con demostrar que una persona ha sido asesinada y que la muerte se produjo a causa de un acto de violencia prohibido por la ley.

Si Haigh hubiese prestado más atención a los detalles de su plan maestro, quizá se habría enterado de que sólo dieciocho meses antes de que fuera arrestado y acusado de asesinar a la señora Durand-Deacon un camarero de navío llamado James Camb había cometido su mismo error. En octubre de 1947 Camb violó y asesinó a la actriz Gay Gibson en el barco donde trabajaba, y aunque Camb echó a su infortunada víctima por un ojo de buey y el cuerpo jamás fue encontrado, las pruebas reunidas por el departamento forense demostraron no sólo el hecho y la causa de la muerte, sino que lograron señalar convincentemente con su dedo a James Camb, quien fue juzgado, encontrado culpable y sentenciado a muerte en marzo de 1948.

Posteriormente ha habido varios casos en que se llegó al procesamiento sin que se descubriera el cuerpo; por ejemplo, el de los hermanos Arthur y Nizamodeen Hosein, que acabaron en prisión por haber secuestrado y asesinado a la señorita Muriel McKay. Y, en una fecha tan reciente como 1987, Kingsley Rotardier, homosexual, modelo y compositor de 46 años de edad, fue juzgado en Old Bailey bajo la acusación de haber asesinado a David Hamilton, su amante. La policía afirmaba que el cuerpo de Hamilton, que nunca fue encontrado, había sido cortado en pedacitos e incinerado.

La «otra historia»

Pero, ¿qué hay de esos «otros protagonistas» y esa «otra historia» a la que tan enigmáticamente se refirió Haigh mientras estaba bajo custodia policial? Allí es donde se encuentra el auténtico horror de sus crímenes; aquel hombrecillo elegante de modales afables no había empezado su carrera delictiva con el asesinato de la señora Durand-Deacon.

El 28 de febrero de 1949, poco después de haber confesado que asesinó a la señora Durand-Deacon, Haigh hizo una segunda declaración extraordinaria y confesó haber cometido nada menos que cinco asesinatos y haber eliminado los cuerpos mediante el baño de ácido:

Las Cartillas de Racionamiento, el cupón de ropas y otros documentos a nombre de McSwan y Henderson [que la policía encontró en su habitación del Onslow Court Hotel] pertenecen a otra historia, que narraré muy brevemente diciendo que en 1944 acabé con William Donald McSwan de una forma muy similar a la que usé con la señora Durand-Deacon en el sótano del 79 de Gloucester Road, S.W.7, y también acabé con Donald McSwan y Amy McSwan en 1946 en la misma dirección.

En 1948 el doctor Archibald Henderson y su esposa Roasalie Henderson murieron de forma similar en Leopold Road, Crawley.

Volviendo a los McSwan, William Donald, el hijo, cuya dirección en aquella época no recuerdo, se encontró conmigo en el local Goat de Kensington High Street, y desde allí fuimos al 79 de Gloucester Road. Cuando llegamos al sótano que había alquilado le golpeé en la cabeza con una cachiporra, llené un vaso con sangre de su garganta como en el otro caso y me la bebí. Unos cinco minutos después estaba muerto. Le metí en un depósito de ciento ochenta litros y disolví su cuerpo con ácido tal y como hice con el de la señora Durand-Deacon, echando el líquido resultante por un desagüe del sótano. Antes de echarle al depósito le quité el reloj y los objetos personales, Documento de Identidad incluido.

Conocía a los McSwan, padres e hijo, desde hacía cierto tiempo, y cuando vi a sus padres les expliqué que su hijo se había marchado para no tener que alistarse. Posteriormente escribí toda una serie de cartas falsas suyas dirigidas a sus padres, que eché al correo creo que en Glasgow y Edimburgo, explicando cómo quería que dispusieran de sus pertenencias.

Al año siguiente llevé por separado al mismo sótano al padre, Donald, y a la madre, Amy, eliminándoles de la misma forma que había eliminado al hijo. Los expedientes de los McSwan se encuentran en mi hotel y darán detalles sobre las pertenencias de las que dispuse después de su muerte. Posteriormente he conseguido Cartillas de Racionamiento mediante el sistema habitual usando sus Documentos de Identidad.

Conocí a los Henderson cuando respondí al anuncio que habían puesto para vender su propiedad del 22 de Ladbroke Square. No la compré. La vendieron y se trasladaron al 16 de Dawes Road, Fulham. Lo que cuento ocurrió desde noviembre de 1947 hasta febrero de 1948. En febrero de 1948 los Henderson se alojaron en Kingsgate Castle, Kent. Les hice una visita y fui con ellos a Brighton, donde se alojaron en el Hotel Metropole. Llevé al doctor Henderson a Crawley y le maté en el almacén de Leopold Road disparándole en la cabeza con su propio revólver, del que me había apoderado en Dawes Road. Le metí en un depósito de ácido, como en los otros casos. Esto ocurrió por la mañana. Volví a Brighton y llevé allí a la señora Henderson con el pretexto de que su esposo estaba enfermo. Le pegué un tiro en el almacén, la metí en otro depósito y eché ácido dentro.

En cada uno de los cuatro últimos casos bebí mi vaso de sangre. En el caso del doctor Henderson le quité su pitillera de oro y su reloj de oro con cadenilla, y a su esposa le quité el anillo de boda y el anillo de diamantes y lo vendí todo en la joyería Bull de Horsham por unas 300 libras. Pagué su factura en el Hotel Metropole, recogí su equipaje y su setter rojo y llevé el equipaje a Dawes Road. Tuve al perro conmigo durante una temporada en el Onslow Court Hotel y más tarde en Gatwick Hall, hasta que lo envié a las «Perreras Rurales del Profesor Sorsby» porque estaba casi ciego. Escribí cartas falsas para tranquilizar a los parientes de los Henderson y las envié a Amold Burlin, el hermano de la señora Henderson, que vive en Manchester. Su dirección está anotada en la agenda de mi habitación. Me convertí en propietario del 16 de Dawes Road falsificando un documento de transferencia legal y lo vendí a su propietario actual, J.B Clarke. Las propiedades de los McSwan fueron adquiridas y vendidas de manera similar, y todos los detalles se encuentran en el expediente del hotel.

He leído esta declaración y todo cuanto se dice en ella es verdad.

(Firmado) John George Haigh.

 


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