John Bodkin Adams

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John Bodkin Adams

El doctor Muerte

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: ¿Envenenador?
  • Número de víctimas: 0 - 163 +
  • Periodo de actividad: 1935 - 1956
  • Fecha de detención: 1 de octubre de 1956
  • Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1899
  • Perfil de las víctimas: Mujeres mayores (pacientes)
  • Método de matar: Veneno
  • Localización: Eastbourne, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue absuelto el 15 de abril de 1957. Murió el 4 de julio de 1983
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Adams, ¿asesino de viudas o médico compasivo?

Última actualización: 12 de marzo de 2015

En 1956 un corpulento médico de Eastbourne fue arrestado por envenenar a ricas ancianas y quedarse con su dinero. Los hechos incluían los elementos imprescindibles para un clásico juicio dramático: testigos rencorosos, peritos en desacuerdo, una sorprendente parte acusadora y una asombrosa defensa.

El doctor fue considerado inocente, sin embargo, muchos siguen creyendo que fue culpable de múltiples asesinatos.

SOSPECHAS – Jugosas ganancias

Los pacientes del doctor Bodkin Adams tenían la costumbre de morir bajo el efecto de las drogas… legándole cuantiosas sumas. ¿Les ayudaba el amable doctor en el viaje hasta el otro mundo? En 1956 la policía de Eastbourne inició una investigación de sus actividades.

En la noche del domingo 22 de julio de 1956, el juez de Instrucción Forense de Eastbourne recibió una extraña llamada telefónica del médico más famoso de la localidad, el doctor Bodkin Adams, solicitando un favor: ¿estaría dispuesto a organizar una autopsia «privada» para uno de sus pacientes?

El juez se negó cortésmente a desviarse de los procedimientos habituales. Después preguntó al doctor: «¿Cuándo ha fallecido el paciente?»

«El paciente aún no ha muerto», contestó Adams. Al oír esta respuesta, el juez quedó paralizado.

Al día siguiente el enfermo murió. Se trataba de Gertrude «Bobbie» Hullett, una gran dama muy dicharachera de cuarenta y nueve años de edad que recientemente se había quedado viuda. Vivía en la hermosa mansión de Holywell Mount, desde la cual se dominaba el Canal de la Mancha. Asimismo, era miembro asiduo de las reuniones en que también participaban el actor Leslie Henson y su esposa, los cantantes Anne Ziegler y Webster Booth, y la actriz Marie Lohr.

Se filtró la noticia de que un colega más joven que Adams se percató de que la enferma iba a morir en breve e insistió en que se efectuara una autopsia para verificar el diagnóstico de Bodkin. El joven doctor sospechaba que detrás de la repentina muerte de la señora Hullett había algo más de lo que su médico pretendía hacer creer. Suponía que había fallecido debido a una sobredosis de medicación.

Pero el colega de Adams no era el único que sospechaba. También Leslie Henson, que ejercía en Dublín, llamó al jefe de policía de Eastbourne para hacerle partícipe de su preocupación y más tarde hizo una declaración oficial en comisaría.

Estaba preocupado por la forma en que el doctor Adams mantuvo sedada a la señora Hullett durante los cuatro meses que transcurrieron desde la muerte de su marido. «Mi mujer y yo vimos cómo se transformaba en una drogadicta», diría posteriormente. «Asistimos a la desintegración de su mente… Estoy seguro de que las píldoras la llevaron al borde de la locura, y que murió por su causa.»

Se hicieron discretamente algunas investigaciones y se averiguó que justo antes de caer en estado de coma la señora Hullett le entregó al doctor Adams un cheque por valor de 1.000 libras y tres días después le legó también su Rolls-Royce. El servicio de la mansión Holywell confirmó que la señora tenía un aspecto de drogada. «Todas las mañanas bajaba tambaleándose por la escalera, como si estuviera borracha.» Así lo describió uno de los sirvientes.

El jefe de policía Richard Walker protegía con orgullo la reputación de Eastbourne: un retiro paradisíaco para gente adinerada. Poner en duda la reputación del doctor Adams era casi impensable, ya que entre sus pacientes se contaba un buen número de gente eminente.

El doctor era rico; no necesitaba otro Rolls-Royce -de hecho, ya tenía uno y también otros coches-. Pero al jefe de policía tampoco le habían pasado desapercibidas las persistentes murmuraciones que circulaban por la localidad, habladurías que relacionaban el generoso uso que el doctor hacía de las drogas con su enriquecimiento a través de numerosos legados. Se decía que hacía sus visitas con un frasco de morfina en un bolsillo y un formulario para legar en blanco en el otro.

El doctor Bodkin Adams era bajo pero corpulento, medía un metro sesenta de altura y pesaba unos 114 kilos. Era calvo, con una cara rosada y regordete, unos ojos pequeños tras unas gafas estilo Crippen, y con la desconcertante costumbre de dejarlos con frecuencia en blanco. Pero también era un maestro en cómo tratar a los enfermos, y se ganaba especialmente a las pacientes femeninas que estaban ya en la tercera edad. Atendía sus necesidades médicas, y más allá de ello les peinaba el pelo, y en alguna ocasión incluso acarició sus pechos. También ofrecía el reposo espiritual que generaba su fe: siempre invocaba al Todopoderoso mientras reconocía a los enfermos; y se arrodillaba para rezar antes de entrar en el cuarto donde se encontraba el paciente recostado en la cama.

La avanzada edad y relativa falta de fama de que gozaban sus supuestas víctimas posibilitó mantener a raya las habladurías. Pero «Bobbie» Hullett era un caso diferente. Ahora no se trataba de una viejecita frágil y solitaria de ochenta años, sino de una mujer de mediana edad, con una intensa vida social y buenas amistades en el mundo del teatro y la alta sociedad. El cuerpo de «Bobbie» sufrió tres autopsias, la última por el profesor Francis Camps, un famoso patólogo del Home Office (Ministerio del Interior) especializado en casos de asesinato.

El mundo fuera de Eastbourne supo por primera vez del doctor Adams el viernes 26 de julio de 1956. El titular de prensa rezaba: Se investiga al asesino de viudas ricas; y consiguió hacerse un sitio en primera página, al lado de la noticia de la ocupación del canal de Suez por el presidente Nasser y del hundimiento del trasatlántico Andrea Doria en el Atlántico. La historia siguió hinchándose hasta convertirse en seis mujeres enigmáticamente asesinadas. El caso cobró mayor importancia cuando se hizo cargo de la investigación el comisario Herbert Hannam, de Scotland Yard.

El jurado de la investigación previa del caso Hullett dio un veredicto unánime: suicidio a causa de una sobredosis de píldoras para dormir. El juez de Instrucción Forense amonestó severamente al doctor Adams por revelar «un grado extraordinariamente alto de negligencia en el tratamiento».

Pero esta actuación de la justicia pasó desapercibida… Los periódicos publicaban grandes titulares sensacionalistas y escandalosas revelaciones. El Yard investiga un envenenamiento masivo: 25 muertes en el gran misterio de Eastbourne, decía uno de los artículos. Y más tarde: Investigación de 400 testamentos: las víctimas son mujeres ricas.

Los lectores británicos se informaban; el equipo de investigación de Scotland Yard repasaba los últimos veinte años en la historia de Eastbourne a la búsqueda de envenenamientos de mujeres acaudaladas. Se hablaba de cientos de casos posibles y se publicaron truculentas historias sobre muestras de tierra que se recogían para análisis en los cementerios. Se sugirió que el asesino era un «hipnotizador homicida» que ejercía un control rasputinesco sobre sus ancianas y débiles víctimas.

Los hechos que realmente había detrás de estos reportajes sensacionalistas eran éstos: Hannam y el comisario Hewitt, junto con otro sargento del Yard y un inspector de Eastbourne, Pugh, iniciaron una investigación de la vida profesional del doctor Adams para comprobar si existían indicios de fraude o asesinato. Los informes fueron «peinados» por un equipo auxiliar de detectives en sus despachos. Entretanto, el trío de inspectores penetraba en la vida privada que se escondía detrás de las ventanas con lujosas cortinas de docenas de casas. Se interrogaba a los ocupantes, pero en muchos casos los familiares estaban muertos o eran demasiado viejos para recordar las cosas con claridad. La mayor parte de los cuerpos habían sido incinerados, o se habían degradado tanto que quedaban fuera de las posibilidades de la ciencia forense.

La imagen que resultó de Adams tras las pesquisas distaba mucho de ser agradable. Aparecía como un médico codicioso, avaricioso, de dudosos principios; un cazador de legados insaciable. Las declaraciones de abogados y gerentes de bancos eran unánimes en una cosa: la insistencia y la presión que el médico ejercía sobre sus pacientes para que modificaran sus testamentos a su favor, llegando hasta el límite de guiar él mismo la mano moribunda del testador.

También se encontraron pruebas de falsificaciones y extorsiones; y descripciones del doctor registrando desordenadamente una casa ya abandonada en busca de lo que se pudiera encontrar aún de valor. Una venerable y anciana señora le contó a la policía cómo le ahuyentó de su casa a golpes con su bastón de empuñadura de oro, cuando le sorprendió susurrándole al oído a su moribundo marido que le dejara la finca y la casa en herencia, y que él se cuidaría de su esposa.

Una penosa investigación sacó a la luz ciento treinta y dos testamentos que sumaban 45.000 libras en legados a su favor (una suma muy respetable para la época). Se daban casos en los que el doctor había omitido declarar que era él el beneficiado, con lo que se procedía a la incineración del difunto sin realizarse la autopsia, obligatoria en caso contrario. El estudio de los certificados de defunción extendidos por el médico suscitaba asimismo la cuestión de su capacidad para establecer diagnósticos adecuados u honestos, dado que una proporción de enfermos mucho más alta de lo habitual sufría una hemorragia cerebral o una trombosis cerebral. Al menos era lo que se especificaba como causa de la muerte.

Los casos de un empeoramiento repentino y, muy poco después, de la muerte del paciente suscitaban un interés particular. Se debía a que el fallecimiento sobrevenía casi inmediatamente después de que el enfermo modificara su testamento. Los familiares de Julia Bradnum, de ochenta y dos años, solicitaron la atención especial del Yard. La señora Bradnum falleció en 1952 inesperadamente, con la rapidez del rayo, dejando al doctor Adams como único albacea de su nuevo testamento. La policía exhumó el cadáver.

A veces los investigadores se toparon con testimonios realmente vívidos. En el caso de Annabelle Kilgour, muerta en 1950, una enfermera declaró que había quedado tan sorprendida por la dosis que el doctor le inyectó antes de que cayese en estado de coma irreversible, que le comentó: «Doctor… ¿Se da cuenta de que la ha matado?»

Scotland Yard también desenterró los cadáveres de Hilda y Clara Neil Miller, unas hermanas solteronas que murieron en 1953 y 1954. Hilda le dejaba en herencia a Clara casi todas sus posesiones y ésta se las legó a su médico. Una de las personas que se encontraba visitando a un pariente describió la última consulta del doctor. Permaneció 45 minutos con el paciente: «Después me quedé intrigada al no oír ningún ruido proveniente de la habitación. Abrí la puerta y lo que vi me horrorizó… Era una noche de invierno muy fría; las sábanas y mantas estaban en el suelo y había recogido el camisón de la mujer hasta el cuello. Todas las ventanas de la habitación estaban de par en par. Así es como la dejó el doctor.»

A finales de octubre Hannarn remitió su informe a sir Theobald Mathew, el fiscal general. Se decía que su espesor era de treinta centímetros. Una vez, mientras se tomaba tranquilamente una cerveza en una noche tormentosa en el hotel Beachy Head, Hannam le confió lo siguiente a un periodista: «Estoy convencido de que Adams es un asesino múltiple. Con seguridad ha matado a catorce personas. Si nos hubiéramos dedicado a investigar fechas aún más lejanas, creo que hubiera podido decir que mató todavía a más gente».

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Acoso al doctor

Sólo dos voces defendieron la causa del doctor durante los meses de la investigación. Una fue la del director del semanario Tribune, el político radical Michael Foot. El 22 de agosto de 1956, Foot comentó: “La información ofrecida por la prensa constituye uno de los ejemplos más sorprendentes y vergonzosos del periodismo sensacionalista en la historia de la prensa británica”.

La otra voz fue la del Daily Express, el único diario de difusión popular que se puso del lado del doctor. En parte, lo hizo porque su consejero legal, Peter (posteriormente Lord) Rawlinson era un fiero crítico del comisario Hannam. Rawlinson había sido el defensor del caso Towpath; batallando durante dos días en el banquillo de los testigos con Hannam, a causa de los métodos que empleó para obtener una confesión.

Pero en el extranjero la causa del doctor se presentaba aun más negra. Antes del juicio, el semanario americano True Detective publicó un artículo largo y condenatorio sobre el “mortífero doctor Adams de Gran Bretaña”; y lo tituló “Mejor matar que curar”.

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Hannam del Yard

El equipo policial que investigaba el caso Adams estaba dirigido por el comisario detective Herbert Wheeler Walter Hannam, para la prensa “Hannam del Yard”. Este también era conocido bajo el sobrenombre de “El Conde” a causa de su gran elegancia en el vestir, su gusto por os cigarros caros, y su porte, caminaba tan estirado que cuando entraba en la sala del juicio daba la impresión de estar inclinándose hacia atrás.

Hannam ingresó en la policía durante la Gran Depresión de los años veinte, cuando aún no era más que un recluta adolescente. Era ambicioso y astuto; estudió por su cuenta en profundidad las leyes y las normas de contabilidad, hasta que se convirtió en un experto en fraudes monetarios. Entonces fue nombrado oficial de contacto entre Scotland Yard y el banco de Inglaterra.

La fama le llegó en 1953 -el Año de la Coronación-, al conseguir resolver los “asesinatos de Teddington Towpath” de dos jovencitas. Cuando se encargó del “caso de Eastbourne” tenía 48 años de edad.

El equipo más allegado de Hannam consistía en un sargento detective de Scotland Yard, Hewitt, y un policía de la localidad, el inspector Pugh. Charlie Hewitt era un hombre de familia de policías, la suya era la cuarta generación que se dedicaba al oficio. Era una persona enérgica, aguda y escrupulosa. Bryn Pugh trabajaba con un peso añadido: el doctor Adams era el médico de cabecera de su familia.

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DEBATE ABIERTO – Envenenar y enriquecerse

Los supuestos crímenes de Adams no eran nada nuevo. Ya en 1856 un médico de Staffordshire fue considerado culpable de envenenar por dinero.

Bodkin Adams no fue el primer médico llevado a juicio en Old Bailey por matar a sus pacientes. Exactamente cien años antes, el caso del doctor William Palmer, de Rugeley, Staffordshire, sentó un escalofriante precedente.

En 1856, al igual que en 1956, el público británico combinaba una morbosa curiosidad con una sensación de temor cuando se hablaba de un médico que iba repartiendo la muerte entre sus pacientes. El doctor Palmer fue tan criticado en su tiempo que el Parlamento aprobó la llamada Ley Palmer. Permitía al acusado optar por ser juzgado en Londres cuando las circunstancias hicieran pensar que no iba a ser posible mantener la necesaria imparcialidad en el distrito judicial competente.

Billy Palmer tenía una reputación de despilfarrador, mujeriego y jugador. Como Adams, su pasado era un factor clave; tuvo una madre dominante; y su aspecto era rellenito -sin llegar a ser gordo- bajo una tez siempre colorada. Se sentía especialmente orgulloso de sus manos, pequeñas y regordetas, que sometía a una permanente y cuidadosa manicura y procuraba protegerlas siempre con suaves guantes de piel.

Los rumores sobre su persona empezaron muy pronto. Durante su época de estudiante en la Stafford Infirmary ya se decía que Billy experimentaba con venenos, y que los echaba en la bebida de sus compañeros para adormecerlos o hacerles vomitar. Tras una ronda de copas con Billy, un zapatero llamado Abley cayó fulminado al suelo… Pero la autopsia no reveló restos de veneno. Aun así, aquel suceso no cayó en el olvido.

El joven doctor Palmer heredó la bonita suma de 7.000 libras, alquiló una hermosa casa por 25 anuales, y se casó con una bella señorita de la localidad, una chica muy pía llamada Annie Brookes. Todo podría haber marchado bien si no le hubiera dominado su obsesión por las carreras de caballos. No contento con apostar, decidió fundar su propia caballeriza y participar en las carreras. Así empezó a endeudarse en serio. Lo que siguió fue llamado eufemísticamente «una desafortunada serie de fallecimientos».

La primera en abandonar el mundo de los vivos fue la suegra del doctor -por una apoplejía, se dijo-, sólo dos semanas después de mudarse al hogar del doctor. También murieron todos sus gatos. A los tres meses, el acaudalado tío Joseph cayó en un sueño fatal después de haber bebido coñac con su sobrino. Más tarde le llegó el turno a un colega de las carreras, Leonard Bladon, Enfermó repentina y gravemente en compañía del doctor Palmer, muriendo a los pocos momentos. Acababa de ganar una fuerte suma en las carreras de Chester; cuando lo encontraron, su monedero sólo contenía unas pocas libras y su libreta de apuestas habías desaparecido.

Los gatos y los humanos no fueron los únicos que sufrieron el «maleficio» de Palmer, también les tocó a los pura raza. El doctor consiguió uno de sus escasos éxitos en las carreras al ganar el trofeo de Marquess of Anglesey, tras la repentina muerte del caballo favorito (por comerse una zanahoria rellena de arsénico, según se cuenta).

El doctor Palmer empezaba a ganarse una cierta reputación, pero procuró que esto no le aguara la fiesta, «Aquí llega el envenenador», decía de sí mismo al entrar en una taberna. O también: «¿Qué, muchacho, cuál es tu veneno preferido, el ácido prúsico o el arsénico?” Esta coletilla la empleaba al invitar a alguien a una copa.

Los Palmer tuvieron un hijo llamado William; después perdieron una serie de bebés, muertos en la más tierna infancia. El dueño de la casa donde vivían sostenía que el doctor mojaba el dedo meñique en veneno, después lo disimulaba con miel, y acto seguido se lo daba a chupar al pequeño.

El que su mujer empezase a encontrarse mal no es algo que pueda ya sorprendernos, ni tampoco el que él tomara la sabia precaución de hacerle un seguro de vida. Como no podía ser menos, Annie cayó gravemente enferma y murió. Su marido diagnosticó cólera, se hizo con las 13.000 libras del seguro, pagó las deudas más acuciantes, y se consoló de su terrible pérdida con Eliza, la doncella de Annie. Poco después aseguró la vida de su hermano dipsomaníaco Walter en 14.000 libras y fomentó su adicción concediéndole un crédito ilimitado en la tienda de licores de la localidad.

Con vistas a recomponer su fortuna, intentó ganar un jugoso premio en las carreras. Inscribió a su yegua «Nettle» en la Oaks de 1855, y apoyó sus posibilidades con tan buena mano que salió favorita en dos a uno. «Nettle» galopaba en segundo lugar cuando, dio un brusco viraje y tiró al jockey. Por suerte, Walter Palmer, se había puesto de ginebra hasta las orejas e hizo honor a su lógico destino: falleció.

Como la aseguradora sospechaba algo raro retrasó el pago; lo que llevó al doctor, que ya se había gastado el anticipo otorgado por la compañía, en una apurada situación, a un curioso intento de ganar dinero en breve, para ello aseguró la vida de uno de los mozos de cuadra llamado Bate, esperando, naturalmente, beneficiarse de su pronto fallecimiento. Pero Bate se alarmó ante la perspectiva y, mientras, la compañía de seguros averiguó que era un bebedor impenitente.

Los acreedores de Palmer le estaban empezando a apretar las tuercas cuando se topó con su amigo John Parson Cook en las carreras de Shrewsbury. Este acababa de ganar una pequeña fortuna con su caballo «Polestar», y durante la celebración de la victoria empezó a sentirse mal y a quejarse de que el coñac sabía raro. De vuelta en Rugeley, el doctor alojó a Cook en un hotel justo enfrente de su casa y se fue hasta Londres para reclamar las ganancias de su amigo como si fueran suyas. Por la noche, y tras volver de Londres, le visitó. Su estado empeoraba rápidamente y Palmer solicitó entonces la opinión de un segundo médico, el doctor William Jones, un amigo íntimo del paciente. John Parson Cook murió al día siguiente en compañía del doctor Jones.

William Palmer se puso en contacto con el encargado de la funeraria y le instó a que «liquidara aquel entierro rapidito». Pero el padrastro de Cook no estaba convencido de la muerte natural de su hijastro y solicitó una autopsia. La prueba más evidente contra Palmer era que el día de la muerte de Cook había comprado una buena cantidad de estricnina en una farmacia del lugar. Pero el médico del hospital Guy encargado de la autopsia no encontró la menor huella del veneno, concluyendo que debían haberle administrado una cantidad «tan cuidadosamente calculada» que no dejó el menor rastro.

El jurado de la vista previa concluyó que se trataba de «asesinato premeditado». Los restos de la mujer del doctor y de su hermano fueron exhumados. Se sumaron dos veredictos más de asesinato al ya existente. Por todo el país se hizo a Palmer responsable de asesinato, y la leyenda popular le llegó a atribuir catorce más.

El juicio se inició en Old Bailey el 14 de mayo, y mantuvo expectante a toda Gran Bretaña por un tiempo récord: doce días. La acusación de la Corona contra Palmer mantenía que éste había debilitado a Cook con repetidas dosis de un vomitivo en Shrewsbury y Rugeley, y que, finalmente, le había despachado con estricnina. Siete autoridades médicas coincidieron en que Cook tenía que haber muerto por envenenamiento de estricnina, otras once afirmaron que no, y otras once más no emitieron juicio. Nadie le prestó la menor atención a la opinión del doctor Jones, quien insistía en que el paciente había fallecido por causas naturales.

Al jurado le bastaron 77 minutos para dar su veredicto de culpabilidad. El doctor Palmer recibió la noticia de su sentencia a muerte con estoicismo, sólo comentó: «Soy un hombre asesinado.» Tras la condena cambió el sentir popular hacía él y se organizaron reuniones para protestar por la forma en que se presentaron las pruebas médicas. El ministro del Interior, sir George Grey, rechazó las peticiones de reapertura del caso.

Palmer fue ahorcado en Stafford el 14 de junio de 1856. Los juerguistas que pensaban disfrutar del espectáculo llenaron durante toda la noche los bares de la localidad. Al despuntar el día se habían reunido más de 30.000 personas en las veintitrés plataformas y tribunas montadas frente al cadalso cubierto de paño negro. Una buena vista se pagaba a una guinea. Justo antes de las ocho de la mañana empezó a sonar la campana de la prisión, y el condenado salió a escena.

El reo subió los escalones del cadalso con franca desenvoltura, adoptando un aire casi garboso. La muchedumbre empezó a chillar, pero después se hizo el silencio, a la espera de las últimas palabras del condenado. Palmer no dijo nada. Todo lo que recibió la masa de curiosos. fue un vistazo desatento del condenado; acto seguido se sumió con el capellán en un breve rezo. Le dio la mano al verdugo, sintió la cuerda en su cuello, cayó la trampilla, y su cuerpo quedó colgando sin vida.

«¡Trampa! ¡Timo!», gritaba la masa al ver que ya no asistirían a una desesperada y trágica lucha con la muerte. Se bajó el cuerpo y volvió a la prisión. Allí se hizo un molde exacto de la cabeza del difunto. Un siglo más tarde, cuando el furor sobre el caso Adams estaba en sus inicios, la estatua de cera de Palmer seguía «decorando» la cámara de los horrores del Museo de Madame Tussauds en Londres.

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Tradición letal

El primer médico condenado por envenenar para enriquecerse fue el doctor Edme Castaing, de París. Acabó en la guillotina en 1823 por asesinar a los hermanos Hippolyte y Auguste Ballet.

Igual que en el caso del doctor Adams, Castaing administró una sobredosis de morfina a sus pacientes. La causa: beneficiarse de su legado.

Tres años después del juicio de Palmer en Old Bailey, un jurado no tardó más de cuarenta minutos en condenar a otro médico que había cometido bigamia, casándose con una segunda mujer y asesinándola después para heredar su dinero. También aquí encontramos ciertas similitudes. El doctor Thomas Smethurst era un personaje impopular. La gente quería verle colgando de una soga; pero el examen postmortem no resultó concluyente.

Diez testigos médicos afirmaron que la «esposa» habla sido asesinada; otros siete se decantaron por la muerte natural. El juez se decidió por una componenda: Smethurst no llegó al cadalso, pero terminó en prisión.

El Medícal Times objetó la decisión: «¿Es culpable el prisionero? Creemos que sí. ¿Fue demostrada su culpabilidad? ¡Evidentemente, no!» Importantes doctores y abogados solicitaron la puesta en libertad de Smethurst, o un nuevo proceso. Un famoso cirujano fue encargado de la reevaluación del caso y concluyó que el doctor no era culpable en función de las pruebas presentadas.

El acusado fue puesto en libertad, se le volvió a arrestar por bigamia, y pasó un año en la cárcel. Tras salir de prisión desapareció de la vida pública.

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Cambios dentro de la continuidad

Los rituales de la justicia británica apenas se modificaron en los cien años que separan el caso Palmer del caso Adams. La pompa y ceremonia siguió siendo la misma; incluso hay más: los dos juicios comenzaron a la misma hora, las 10 de la mañana. Pero dentro de esta continuidad se pueden apreciar notables cambios, generalmente a favor del acusado.

Ninguno de los doctores testificó en defensa propia, pero el doctor Palmer no tenia otra elección: estaba obligado a permanecer en silencio. Sólo en 1898 se permitió que el acusado pudiera testificar bajo juramento.

El equipo de abogados de Palmer, dirigidos por el distinguido político irlandés Sergeant Shee, tuvo que soportar una flagrante parcialidad judicial que hubiera resultado intolerable cien años después. El público estaba encrespado contra el acusado, el Jockey Club y las grandes compañías de seguros se habían alineado también en su contra. Todo esto determinó el deseo de colgar al inculpado por parte del tribunal, y los magistrados hacían gala pública de este estado de ánimo. Las pruebas médicas contra Palmer se hundieron, y las circunstanciales fueron contradictorias. Pero el jurado había sido nombrado «a dedo», y su veredicto no ofrecía dudas. Uno de los tres magistrados se mofó sin tapujos de algunas de las argumentaciones de la defensa, y miró al jurado haciendo gestos con la cara para que su opinión quedase bien clara.

Edwin James, uno de los abogados de la acusación que contribuyó a ahorcar a Palmer, fue expulsado del colegio de abogados al cabo de los cinco años. Causa: fraude masivo. James era por entonces miembro del Parlamento; consiguió escapar a los EE.UU. dejando deudas por valor de 100.000 libras. En Nueva York reemprendió su carrera de abogado. E incluso llegó a convertirse en un actor de cierta fama.

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LA DETENCIÓN – Los secretos de las tumbas

Las exhumaciones de dos pacientes de Adams no habían conducido a ninguna parte a la policía de Eastbourne. Si el doctor escondía algún secreto, haría falta algo más que una pala para desenterrarlo.

El comisario Hannam creía haber dado con el modus operandi de Adams: primero convertía a sus víctimas en drogodependientes, después las influenciaba para que cambiasen los testamentos a su favor, y finalmente, les daba un empujoncito para que abandonasen el mundo de los vivos. Era tan sencillo como difícil de probar.

Él y sus hombres repasaron una infinidad de material, pero terminaron por escoger una docena de casos y proceder a «romper la entereza» del sospechoso sometiéndole a interrogatorio. Sin embargo, la aproximación a Adams debía producirse de forma cuidadosa y sutil.

El primer encuentro se organizó como si fuera casual. Los detectives estaban paseando justo por delante del garaje del doctor cuando éste se disponía a guardar su automóvil. «Buenas tardes, doctor.. ¿Ha disfrutado usted de unas buenas vacaciones en Escocia?» Y después la conversación fue pasando de sus vacaciones a su educación cristiana, y de ahí a la muerte de su madre -«una dulce alma cristiana»-, para que fuera el propio médico quien tocase el tema de «todos esos rumores». Adams explicó que se debían a la envidia de la gente. «Creo que todo esto es obra de Dios, para enseñarme una nueva lección.»

Cuando Hannam se refirió con preocupación a alguno de los legados, el doctor respondió que provenían de un «paciente muy querido», o de «un amigo de toda la vida», y añadió que una buena parte los obtuvo en vez de sus honorarios. El comisario mencionó entonces los certificados de incineración falsificados… Y Adams exclamó: «¡Ay!, eso no estuvo hecho con maldad. Dios sabe que no, siempre deseamos que las cremaciones causen la menor pena a los queridos parientes. Si les hubiera dicho que estaba recibiendo dinero del fallecido por testamento, quizá hubieran sentido la tentación de sospechar. Y a mí me gusta que los entierros y las cremaciones tengan lugar sin sobresaltos.»

El doctor hubo de enfrentarse a otras ocho semanas de cuchicheos, miradas aviesas y especulaciones sensacionalistas, que se transformaban en acusaciones directas siempre que la ley de prensa británica lo permitía. En Francia se podía disfrutar leyendo sobre El Barba Azul de Eastbourne.

A las 8,30 de la tarde de un sábado, Hannam y sus hombres se presentaron en la casa de Adams con una orden de registro otorgada según la Ley de Drogas Peligrosas. El doctor estaba a punto de abandonar su domicilio para dirigirse a una cena-celebración de otorgamiento de premios de la YMCA. La prensa se enteró a tiempo y la casa del sospechoso, en Kent Lodge, estaba virtualmente sitiada por los periodistas. El comisario ordenó que bajasen las persianas, y después le pidió a Adams que le dejase inspeccionar el registro que todos los médicos están obligados a llevar si utilizan drogas consideradas peligrosas. Pero este médico era diferente de los demás. «No sé a qué se refiere -contestó-. Yo no llevo ningún registro… » Y añadió que él utilizaba «sólo muy de vez en cuando» ese tipo de drogas.

Entonces Hannam le mostró una formidable lista de drogas de uso restringido que él había prescrito a la señora Edith Morrell, una viuda rica de Liverpool que le dejó en herencia su primer Rolls-Royce. La señora Morrell llevaba seis años muerta, pero el comisario había conseguido confeccionar la lista gracias a los libros de registro de ciertos farmacéuticos que indicaban que a la paciente se le administraron dosis masivas de morfina y heroína.

«¿Quién administró las drogas?», preguntó el policía.

«Yo lo hice, casi todas… Quizá las enfermeras le pusieron alguna dosis, pero la mayor parte se la administré yo», respondió el sospechoso.

«¿Quedaron drogas después de fallecer la paciente?», preguntó el comisario.

«Oh, no, ninguna. Todo le fue administrado a la paciente.»

«Doctor.. Usted le mandó tomar 75 pastillas de heroína el día antes de morir».

«Pobrecita, estaba sufriendo una agonía terrible. Lo empleamos todo… Yo le puse las inyecciones. ¿Cree usted que fue demasiado?», concluyó el médico. El doctor se dirigió a su mesa de despacho, se dejó caer en el sillón y empezó a llorar con la cabeza entre las manos. Entre tanto, se registró la enfermería. Al poco rato uno de los policías le sorprendió intentando guardarse algo en el bolsillo. Resultaron ser dos frascos de solución de morfina. Uno de ellos, según Adams, había sobrado del tratamiento del señor Soden, que murió en el hotel Grand. «Y el otro era para la señora Sharpe, que murió antes de que lo utilizara.»

El lunes por la mañana Adams compareció ante los magistrados de Eastbourne acusado de trece cargos comparativamente leves. Cuatro desnaturalizaciones de los hechos en relación con la Ley de Cremaciones, «con la pretensión de procurar la incineración de los restos» de la señora Morrell, de la señora Hullett y su esposo Jack, de un director de banco retirado y muy rico llamado James Priestly Downs, y de la cuñada de éste, Amy Constance Ware.

Jack Hullett murió cuatro meses antes que su esposa, poco después de que el doctor le inyectara morfina hasta dejarle, según dijo una enfermera, «sin respirar». Downs era un viudo de ochenta y ocho años que se había fracturado el tobillo cuando conoció al doctor Adams. Cayó en un profundo coma y murió, dejando al doctor 1.000 libras en herencia. El propio médico guió la mano del anciano para que pudiese firmar el legado en el momento en que entraba en coma. La cuñada de Downs murió con setenta y seis años, poco después de que el doctor arreglara las cosas para que ella hiciera un testamento donde le dejaba 3.000 libras. Y donde también se decía que el doctor «debería examinar cuidadosamente el cuerpo de la difunta para asegurarse del efectivo fallecimiento antes de la cremación», un encargo que cumplió fielmente.

El doctor obtuvo la libertad bajo palabra y se dispuso a recuperar su pasaporte. En la comisaría comentó que estaba muy preocupado ante la expectativa de nuevas acusaciones. Hannam le informó de que se estaba investigando a otros de sus pacientes ricos.

«¿A cuáles?», preguntó el doctor. «Bueno, la señora Morrell está con toda seguridad entre ellos», contestó el comisario.

La respuesta del doctor traería mucha cola durante el posterior juicio: «Suavizar el trance de una persona moribunda no es algo tan malvado -protestó Adams-. Ella quería morir. Eso no puede ser asesinato. No se puede acusar de eso a un médico.»

Hannam y Hewitt fueron llamados a la oficina del fiscal general, sir Reginald Manningham-Buller, en el Parlamento, cuando ya tenían pruebas bajo juramento de cuatro muertes, los dos Hullett, Morrell y Downs.

Los consejeros médicos del fiscal general le pusieron al corriente sobre el caso y le explicaron brevemente todo lo referente a la heroína y sus efectos. Después, él en persona mandó arrestar al doctor por el asesinato de Edith Morrell.

Hannam y Hewitt tomaron el tren de las 8,30 de la mañana hacia Eastbourne y una vez allí se reunieron con el inspector Pugh. A las 11,30, el doctor volvía de sus visitas matutinas acompañado por su chófer, quien solía llevar su maletín, cuando un coche de la policía se detuvo a pocos metros de Kent Lodge. Hannam salió del vehículo vestido con un elegante traje de chaqueta y bombín; Hewitt y Pugh le siguieron. Ante la verja se detuvo un momento para quitarse sus guantes amarillos de piel de cerdo. En la puerta le pidieron que esperase un momento, salió un paciente y él entró. Los muchachos de la prensa estaban encima suyo, tan encima, que Hannam tuvo que echar a un reportero francés y su fotógrafo de la enfermería donde pasaba consulta el doctor. Acto seguido arrestó a Adams, el cual, dando muestras de sorpresa, parecía no entender nada, todo era inexplicable.

El doctor miró a un policía después de otro, y tras un silencio largo y embarazoso, dijo: «¿Asesinato? ¿Qué asesinato? ¿Pueden demostrar que fue asesinato? No creo que puedan probarlo. Ella iba a morir de todas formas.»

De nuevo se hizo un largo silencio. Entonces le preguntó a Hannam: «¿Habrá más acusaciones de asesinato?»

La recepcionista de la consulta le ayudó a ponerse la gabardina. Después, visiblemente emocionada y con alguna lágrima corriéndose por las mejillas, le cogió fuertemente la mano.

Él, resignado, le respondió: «La veré en el cielo.»

Una vez en la celda de la comisaría, el doctor fue fichado y cacheado. Pasó la noche leyendo una Biblia, concentrándose, parece ser, en los pasajes de San Mateo. Al día siguiente se celebró la vista previa en el diminuto juzgado del Ayuntamiento. Estaba lleno a rebosar de gente. Se comunicó al detenido que la acusación a la que tendría que responder en juicio sería de asesinato y no la de negligencia profesional por no llevar un adecuado registro médico. Tras esta breve aparición se llevaron al doctor de nuevo a su celda.

Las ventanas de Kent Lodge quedaron tapadas por gruesas cortinas. Lo único que indicaba que la casa estaba habitada era un tenue resplandor de luz que se filtraba a través del cristal de la puerta principal.

Sin embargo, el propietario, el conocido doctor Bodkin Adams, de Eastbourne, se alojaba ahora en la prisión de Bixton. Encontró algo de consuelo en las felicitaciones de Navidad y pensó en lo afortunado que era al haber tenido tiempo de mandar las suyas antes de que la policía le arrestara.

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¿Dosis fatales?

Las dosis que le fueron recetadas a la señora Morrell en la fase final de su enfermedad eran seis veces mayores de las que una persona sana podía tolerar. Finalmente, las cantidades la hubiesen matado, pero estaban posiblemente pensadas para evitarle sufrimientos.

9 DE NOVIEMBRE

Heroína: 25 tabletas, 6 gránulos y cuarto.

Morfina: 25 tabletas, 12 gránulos y medio.

10 DE NOVIEMBRE

Heroína: 25 tabletas, 6 gránulos y cuarto.

11 DE NOVIEMBRE

Morfina hyperdúrica: 6 gránulos.

Morfina: 25 tabletas, 12 gránulos y medio.

Heroína: 25 tabletas, 6 gránulos y cuarto.

12 DE NOVIEMBRE

Paraldehído: 4 onzas.

Heroína: 75 tabletas, 12 gránulos y medio.

1 gránulo = 65 miligramos.

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PUNTO DE MIRA – Un refugio en la costa

En los años cincuenta Eastbourne era, igual que hoy, un retiro paradisiaco para la tercera edad. La idea de asesinatos múltiples parecía, por ello, doblemente chocante.

En 1956 Eastbourne era un verdadero baluarte victoriano, un lugar de retiro para los que habían alcanzado la edad en que la vida se transforma en recuerdos. De forma que el inusitado interés despertaba el tal doctor que Adams, aparte de atemorizar, también atizaba una cierta emoción. Los periodistas estaban por todas partes, sacando fotos a las venerables ancianitas y abordando a quienes, acomodados en sus sillas de ruedas, disfrutaban de los sones del cuarteto de cuerda en el lujoso salón del Gran Hotel.

Pero el centro de interés principal de la prensa era la casa de Adams, Kent Logde. Un chalet gris y apagado sito en la calle Trinity Trees, justo detrás del paseo llamado Grand Parade. Tanto la farmacia de Browne, donde el médico solía comprar los medicamentos, como la tienda de dulces de Marsh, donde éste tomaba su chocolate favorito, habían cobrado una cierta fama. Las dos estaban relacionadas con el doctor, y ambas muy cerca de su casa.

Pero nadie le facilitó las cosas a los detectives de Scotland Yard. Los residentes, y especialmente los pacientes del doctor, mantuvieron los labios sellados durante todas las entrevistas que realizó la policía. Un miembro del equipo investigador lo describió así años más tarde: «Recuerde el lugar y la época… El Eastbourne de posguerra era un lugar rico, cerrado y snob, donde todos formaban una pifía. Nosotros éramos como el pescado podrido que, de pronto, cae entre los canapés de una elegante fiesta y a nadie le agrada el olor.»

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VISTA PREVIA – Cara a cara

En enero de 1957 la policía y los representantes de la Corona creyeron disponer de suficientes pruebas para procesar a Adams. Se reunió un equipo jurídico formidable para llevarle ante la justicia.

El juicio como tal fue precedido de un complejo «ensayo general» en forma de procedimientos relativos a la excarcelación del acusado. Estas vistas se prolongaron nueve días y generaron otra abundante cosecha de titulares sensacionalistas. En una heladora mañana de enero de 1957, el doctor Adams fue llevado ante los magistrados de Eastbourne, todos ellos viejos amigos del médico, que ahora le miraban con caras pétreas mientras asestaban un golpe mortal a su causa.

Al abogado de la Corona, Melford Stevenson, se le permitió relacionar la muerte de la señora Morrell en 1950 con las del matrimonio Hullett en 1956. De esta forma estableció un patrón criminal que convertía a Adams en un múltiple asesino.

En el caso Hullett, una enfermera relató cómo había espiado al doctor mientras preparaba una inyección con una dosis inevitablemente mortal de solución concentrada de morfina. «No creo que fuera una muerte normal», declaró la enfermera ante los magistrados instructores. También sostenía que el doctor dictaminó como causa del fallecimiento «hemorragia cerebral» sin siquiera mirar el cadáver. Por el libro de registro del farmacéutico se supo que Adams había solicitado cinco gránulos de morfina en nombre de la señora Hullett al día siguiente de su muerte, según se dijo, para reponer las existencias. Acto seguido, un experto declaró que una inyección que contuviese más de un cuarto de gránulo disuelto hubiera sido peligrosa para el paciente.

La muerte de la señora Hullett era la que despertaba las iras y protestas más airadas. El examen forense reveló la existencia del equivalente a ciento quince gránulos de barbitúricos en su cuerpo -de ahí que el primer veredicto fuese de suicidio-. Se leyó una larga declaración del doctor. En ella se describía a sí mismo como la persona que había «reunido» a aquella pareja.

Según el acusado, la señora Hullett había «perdido las ganas de vivir» tras perder a un «marido tan rico y adorable». Pero no fue capaz de explicar convincentemente por qué había acelerado el pago de su cheque de 1.000 libras justo antes de que muriera, ni por qué mantuvo en secreto el hecho de estarla medicando a base de barbitúricos.

La Corona sí tenía explicación: «Se repite el mismo patrón -argumentó Stevenson-. Un paciente rico, drogado en grandes cantidades durante un largo período de tiempo, y al final, una dosis fatal. Un enfermo que, evidentemente, estaba bajo la influencia de su médico. La manera de actuar: el testamento del enfermo, que proporcionaba beneficios al doctor. La impaciencia, la de obtener ese dinero … »

Adams volvió a la prisión de Brixton donde aún esperaría otros tres meses antes del inicio del verdadero juicio, en el cual fue acusado de asesinar a Edith Alice Morrell, muerta años antes. El caso Hullett sería objeto de una inculpación separada, según decidió el fiscal general, cuya táctica consistía en mantenerlo como reserva para un hipotético segundo juicio.

Los actores de la trama en la sala 1ª del Old Bailey eran los mismos, a excepción del fiscal general, sir Reginald Manningham-Buller, que ahora dirigía personalmente la acusación, y del juez, Patrick Devlin. Él presidiría el proceso de aquel hombre regordete que se sentaba en el banquillo de los acusados y lo haría vestido con la toga roja, la gran peluca de rigor y el manto negro que indicaba la posibilidad de una sentencia de muerte.

A pesar de que las espectaculares acusaciones contra Adams habían electrificado la atmósfera de la sala, el doctor se declaró con firmeza y cierta dignidad «inocente». El fiscal general rebosaba optimismo; se dirigió al jurado para indicarles que debían borrar de sus mentes todo cuanto hubieran escuchado sobre el acusado. Lo único que debía importarles era la suerte corrida por la señora Morrell; después el fiscal describió el destino de la víctima extensamente.

La clave del argumento de la acusación era la siguiente: la señora Morrell era una viejecita antipática, condenada a la postración y medio paralizada por la enfermedad, que atendían cuatro enfermeras día y noche sin descanso y el doctor que tenía que estar permanentemente a su disposición. Este le empezó a inyectar dosis de morfina y heroína, y al cabo de un tiempo llamó a su abogado para que redactara un nuevo testamento en el que ella le dejaba un cofre de plata.

A los pocos meses Adams volvió a contactar con el abogado de la señora Morrell para decirle que la anciana deseaba legarle su Rolls-Royce y sus joyas. Pero la enferma empezó a quejarse más en serio y el doctor decidió pasar unas vacaciones en Escocia; entonces la susodicha se tornó picajosa y rencorosa, tanto, que el doctor empezó a temer que se quedaría sin nada. Así que la comenzó a atiborrar de drogas hasta que murió. Obtuvo el Rolls y la plata, sin olvidar unos honorarios que ascendían a más de 1.700 libras, y que corrieron por cuenta de la propiedad inmobiliaria de la fallecida.

«Una cosa es recetarle a una ancianita algo para dormir y otra muy distinta prescribir enormes cantidades de morfina y heroína -explicó sir Reginald-. Su verdadero propósito era crear una adicción en la enferma… un deseo incontrolado… dependencia.»

Quedaba por exponer lo que la prensa dio en llamar «la quincena fatal». A continuación el fiscal pasó a interpretar los hechos: «Vean cómo se incrementan las cantidades prescritas. En los últimos trece días de vida de la señora Morrell las dosis de morfina aumentan tres veces, y las de heroína, siete veces y media, respecto a los meses precedentes. ¿Y por qué? ¿Por qué ordenó el doctor estas tremendas cantidades, estas fatales cantidades, si no había justificación médica plausible?» Una pausa silenciosa… «¡Lo hizo porque decidió que había llegado la hora de su muerte!»

La acusación llegó a las horas finales de la vida de la señora Morrell. «Estaba muy débil, salvo ciertos espasmos ocasionales… Estaba en coma.» Y con un gesto dramático y teatral apareció de pronto en su mano una gran jeringuilla. Sir Reginald la sostenía sobre su cabeza. «El doctor le dio esta jeringuilla a la enfermera del turno de noche… Y le dijo que se la inyectase a la inconsciente enferma. Ella así lo hizo, entonces él cogió la jeringa vacía y la volvió a llenar con la misma cantidad -cantidades ambas anormalmente grandes- y le dijo a la enfermera que le pusiese una segunda inyección si la paciente no se tranquilizaba. Le enfermera no administró esa segunda inyección, sino que, avanzada la noche, llamó al doctor a su casa para consultarle. Y recibió de él la orden precisa. Su obligación era obedecerla y le puso la segunda inyección. La señora Morrell se fue tranquilizando y a las dos de la mañana murió.»

La fiscalía disponía de peritos que declararon que la dosis apropiada de heroína en estos casos, la dosis máxima aconsejable, era de un cuarto de gránulo. Y para el caso de la morfina, medio gránulo. Los libros de los farmacéuticos probaron la compra de treinta y ocho gránulos de heroína y cuarenta de morfina, que fueron administrados entre el 8 y el 12 de noviembre. Y a más abundancia estaban las propias palabras del doctor diciendo que «todo le fue administrado a la paciente».

El doctor permanecía sentado entre dos guardias con los labios apretados. Cada cierto tiempo movía la cabeza de un lado a otro, como haría durante el resto del juicio.

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Abogado peleón

Sir Reginald Manningham-Buller era un abogado tosco y farolero, estudiante de Eton, y apodado «Sir Meticón» por la prensa. Desagradable incluso a los miembros de su propio partido, el Tory. Quería convertirse en ministro de Justicia y contaba con los apoyos políticos necesarios que le entronarían si conseguía una resonante victoria en algún juicio.

El caso Bodkin Adams era justo lo que andaba buscando: sensación y fama en la medida adecuada. Sir Reginald esperaba poder medirse con el acusado en el banquillo, y arrancarle una confesión de culpabilidad.

Para añadirle emoción a toda la situación, resultaba que el juez de la causa, sir Patrick Devlin, estaba considerado un rival directo de Manningham-Buller para el ambicionado puesto. Ambos tenían cincuenta años, pero aparte de esto todo les diferenciaba. Sir Patrick poseía un sentido cortante y afilado de la legalidad y un ingenio mordaz; y despreciaba veladamente al hombre que llamaba en público «Reggie». La ambición de su rival le parecía algo irrisorio.

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PRIMEROS PASOS – El niño de mamá

El mundo de los hombres no estaba hecho para Adams. Su educación le había dulcificado, dándole ese encanto que después le permitiría ganarse la simpatía de sus ricas pacientes femeninas.

John Bodkin Adams nació en el Uster rural, rodeado de una atmósfera profundamente piadosa. Sus primeros recuerdos eran los de su madre, arrodillada y rezando con él a su lado. Ambos escuchaban mientras el padre, Samuel, entonaba las palabras del Señor.

Samuel Adams era relojero y predicador laico en el pequeño pueblo de Randalstown, en el condado de County Antrim. Su mujer, Ellen, era una Bodkin; una familia conocida por su fervor religioso y su buena mano en los negocios. John era su primer hijo y vino al mundo, en el cuarto que estaba encima del taller de relojería, el 21 de enero de 1899.

La familia prosperó hasta poder comprarse una casa con vistas al Lough Neagh, donde creció el pequeño John. Iba a la escuela metodista situada en la falda de un cerro cercano, y acompañaba a su padre millas y millas hasta el lugar de reunión de la Hermandad de Plymouth, donde predicaba. Samuel Adams, un hombre severo pero justo, tenía muy mala salud y el chico se aferró más tarde a la madre.

«Un muchachito callado que casi siempre prefiere estar solo”. Así le describía por entonces. Más tarde también se convirtió en un muchachito gordo que adoraba los pasteles de crema y chocolate.

Cuando tenía doce años, su familia se trasladó a Colraine, donde murió su padre y poco después se hicieron cargo de una prima huérfana. Florence, que se convirtió en una parte de la familia como si hubiera nacido en su seno. La madre le compró a John una motocicleta y su prima le puso un mote: «Buzz», que perduraría toda su vida.

Ambas ramas familiares contaban con doctores, e incluso existía un hospital Bodkin en China, lo que demostraba los esfuerzos realizados por la familia en la faceta misionera. De forma que aquel joven rellenito comenzó a estudiar medicina en la Queen’s University de Belfast. Su madre y Florence se trasladaron cerca de él y se instalaron en una casa situada en una de las zonas buenas de la ciudad.

La carrera de medicina no resultó cosa fácil, el joven tuvo una crisis nerviosa y hubo de ser «restablecido» por sus devotas enfermeras familiares. Se recuperó completamente y terminó sus estudios con buenas notas. El profesor de anatomía Richard Hunter se acordaba bien del estudiante Bodkin: «Cuando diseccionábamos un cuerpo, yo asignaba tres estudiantes a un brazo, otros tres al otro, y así con el resto. Normalmente esos tres estudiantes trabajaban juntos hasta el final del curso. Pero Adams, no. Primero trabajaba con un grupo y luego con otro. Con cualquier grupo en el que hubiera hueco para encajarle. Así es como era, un lobo solitario.» Siguió un año de prácticas en un hospital de Bristol. Después contestó a un anuncio publicado en una revista evangélica que pedía un «joven doctor, asistente cristiano» , para ayudar en «una importante consulta de la costa sur». La consulta estaba en Eastbourne y según explicó posteriormente Adams, lo que le llamó la atención y le animó a contestar fue el adjetivo «cristiano».

Su madre y Florence, por supuesto, también fueron a Eastboume. Los días empezaban con las oraciones de las 6,30 de la madrugada, y acababan con las clases de estudios bíblicos que Adams daba en el sótano de la casa por las noches. Sobre la cama del doctor colgaba una cita de la Biblia: «Descansa en el Señor.» Bodkin Adams empezó haciendo sus visitas en motocicleta, con el maletín sujeto en la parte trasera. Pero pronto adquirió un coche, y no pasó mucho tiempo hasta que el coche lo condujo un chófer. Los rápidos progresos se debían a que él estaba dispuesto a atender a los pacientes a cualquier hora del día o de la noche y el mecenazgo del que disfrutaba gracias a los Mawhood, unos fabricantes de aluminio que poseían terrenos tan vastos que permitían emplear a un guardabosques y organizar cazas de faisanes.

El doctor Adams seguía montando en su moto cuando una noche fue llamado para atender a la señora Mawhood, que se había roto una pierna. A ella le gustó su honradez juvenil y su disposición para atender a un enfermo tan entrada la noche. Adams pronto se convirtió en un visitante habitual de la mansión y fue bienvenido al rico e influyente círculo de amigos del matrimonio. Los mismos Mawhood le adelantaron 3.000 libras para que comprara una casa que se correspondiese con su nuevo status social. Esa casa se llamó Kent Lodge, un severo y tranquilo chalet estilo victoriano en la muy respetable zona de Trinity Trees.

En el plazo de diez años el doctor Adams adquirió fama en Eastboume, atendiendo a la clase acomodada rural de la región y a los ancianos adinerados que acudían a ese privilegiado rincón de Sussex. El médico-ayudante fue haciéndose el dueño de la consulta hasta llegar a necesitar la ayuda de otros tres médicos para hacerse cargo de los numerosos pacientes.

A pesar de seguir siendo un hombre muy piadoso, le tomó gusto a la «buena vida» y se convirtió en un buen tirador que compraba las escopetas en Purdey e hijo de Saint James, el más caro y exclusivo establecimiento entre los que tenían Licencia Real. Contribuyó en la fundación de clubs de tiro para la élite social y se hizo miembro de un club de gourmets. Su talle ensanchó enfundado elegantemente por trajes exclusivos Sávile Row, y se compró más coches, tal como correspondía a un hombre de su posición.

Se comprometió durante un breve lapso de tiempo con la hija de un rico carnicero, pero a su madre no le gustó la futura esposa, y ejerció tal influencia que consiguió romper el compromiso. Adams no jugaría más con la idea de casarse.

Las ancianitas ricas se convirtieron en su especialidad, ya que frecuentemente estaban solas. Ese era el caso de Matilda Whitton, la viuda de setenta y cinco años de un fabricante de zapatos de Northampton. Adams le alquilaba su coche y su chófer, y de vez en cuando la acompañaba de excursión a Beachy Head. De la tarde a la mañana se convirtió en el albacea de su testamento y cuando murió obtuvo la jugosa suma de 3.000 libras, una cantidad nada desdeñable en 1935.

La familia de la fallecida se declaró disconforme con el testamento y, empujado por su madre, el doctor defendió su derecho ante la Corte Suprema y ganó. Por estas fechas una nota anónima llegó entre el correo, en ella alguien había escrito un aviso: «Mantén los dedos cruzados y no te deshagas de más viudas ricas.»

*****

Deseo de poder

John Bodkin Adams fue la víctima de una madre dominante, regida por un insano fanatismo. Según dijo un psicoterapeuta holandés: «Hasta el día de su muerte, en 1943, la madre gobernó toda su vida. Y su auténtica manera de pensar. Su ardiente deseo de agradar a su madre anuló el desarrollo de su propia personalidad. La presión estaba ahí, una libido subconsciente, un yo que trataba de escapar. ¿Cómo era posible contener esas tensiones? Primero, gracias a la velocidad: motocicletas, y después coches. Por primera vez tenía el control de si mismo. Y más tarde su pasión por el tiro. Aquí estaba el poder que nunca había poseído. Una escopeta, el poder que separa la vida de la muerte. En su oficio también disponía de ese poder de dar vida… o muerte.»

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EL JUICIO – Una magnífica defensa

En Old Bailey la suerte parecía estar echada para Adams. Pero su abogado realizó una brillante defensa, dejando al descubierto la falta de pruebas concretas de las argumentaciones del fiscal.

El segundo día del juicio fue dramático desde el mismo comienzo. Hubo una amenaza de bomba y la sala sufrió un exhaustivo registro antes de iniciarse la vista, pero no se encontró ningún rastro de ella. No obstante, los sucesos que tendrían lugar en la sala iban a ser de por sí suficientemente explosivos.

El fiscal empezó llamando a sus testigos clave: las enfermeras que presenciaron la muerte de Edith Morrell. Primero le tocó el turno a Helen Rose Stronach, una mujer fuerte y corpulenta con una boca delgada y una prominente mandíbula. Describió a la paciente como una mujer «con la mente perdida y semiinconsciente». También declaró que ni ella ni las otras enfermeras fueron autorizadas a permanecer en el cuarto mientras el doctor estaba con la enferma. Y que nunca supo cuál era el contenido de las inyecciones que le puso durante ese período.

El abogado defensor, Geoffrey Lawrence, se levantó para interrogar a su vez a la testigo, con un engañoso aire lánguido. Parecía estar expresando verdadera conmiseración con la enfermera por obligarla a recordar cosas que habían ocurrido tanto tiempo atrás. Y se interesó por si realizaba algún tipo de informe durante su trabajo. La enfermera Stronach así lo atestiguó: «Todo lo apuntaba en un libro y luego lo firmaba.»

«Y todo lo que usted escribió en ese cuaderno de notas… ¿sería una información precisa por haberla tomado en aquellos mismos momentos?»

«Así es»

«Por lo tanto… ¿diferenciándose de sus recuerdos, aquellas anotaciones serían, por supuesto, absolutamente exactas?» Un cierto nerviosismo se apoderó de los representantes de la acusación. Lawrence pareció suspirar. «De forma que si dispusiéramos de esos informes… ahora podríamos saber exactamente lo que ocurrió entonces, día tras día, y noche tras noche.»

«Sí. Pero usted tiene en vez del bloc nuestra palabra», le contestó la enfermera para tranquilizar al abogado.

La trampa había funcionado. «Quiero que le eche un vistazo a este cuaderno, por favor.» Lo que cayó en manos de la testigo fue una libreta con las anotaciones que ella misma hizo durante la enfermedad de la señora Morrell.

El fiscal general se incorporó en su silla, con los ojos como platos, y volvió a dejarse caer en ella sin decir una palabra. Lawrence alargó la agonía. La enfermera reconoció aún otra libreta más, y después una tercera. Las tres eran auténticas. Entonces la defensa informó a la sala de que tenía en su poder todas las anotaciones hechas por las enfermeras, desde junio de 1949 hasta el momento de la muerte, ocho cuadernos de notas en total. Estos informes se suelen hacer cuando existe riesgo de muerte del paciente. Los hombres de Hannam, imperdonablemente, los habían pasado por alto. El abogado defensor, sin embargo, los encontró en un paquete tras un escritorio, en Kent Lodge.

Lawrence se dedicó a desacreditar sin contemplaciones a Helen Rose Stronach. Incidió en todos y cada uno de los puntos en que las declaraciones de la enfermera se habían desviado de lo consignado en los informes. El momento álgido de su intervención se produjo con el examen de un día de noviembre en el que, según la enfermera, la paciente se encontraba en estado semiinconsciente. Las anotaciones decían que ese día la enferma comió perdiz con apio, y un pudin de postre. Todo ello acompañado de un buen coñac con soda.

Las enfermeras estaban ahora algo más que intimidadas. Helen Mason-Ellis, la siguiente testigo, se negó a dar su opinión sobre el estado en que se encontraba la señora Morrell, y lo hizo con un hilillo de voz casi imperceptible. «Hace tanto tiempo», murmuraba una y otra vez. Pero Lawrence aún no había terminado.

Durante su interrogatorio, literalmente, atormentó a la delgada y pálida enfermera Mason-Ellis hasta hacerla confesar que era mentira lo que había declarado la enfermera Stronach: las drogas de la paciente no estuvieron guardadas en un armario cerrado. En realidad, siempre habían estado en un cajón sin cerradura. Un espía de la defensa lo oyó aquella misma mañana durante una conversación que ambas enfermeras mantuvieron en el tren que las traía desde Eastbourne, violando la obligación de no discutir entre sí ningún aspecto del caso.

El testigo básico del fiscal era la enfermera Randall, una mujer corpulenta al estilo de Stronach, que estuvo con la paciente la última noche. Se suponía que era ella quien dio el golpe de gracia a la enferma con la gran jeringuilla que se mostró ante el tribunal. Ahora se enfrentaba con las anotaciones que hizo aquella noche, y de ellas no se desprendía nada tan melodramático como lo descrito por el fiscal general.

Se decía que el doctor había inyectado paraldehido, un inductor del sueño comparativamente inofensivo, antes de salir de la casa aquella noche. Las anotaciones seguían describiendo la evolución de la paciente en las últimas horas antes de su muerte.

«11,30 p.m., muy inquieta. No duerme. 12,30 a.m., inquieta y parlanchina, y muy temblorosa («muy temblorosa» subrayado dos veces). 12,45 a.m., parece algo más tranquila. Aparentemente dormida. Rspiración a las 5,02 a.m. Pasó a mejor vida sin sobresaltos.»

Lawrence contuvo una sonrisa burlona. «No parece que su memoria sea muy fiable», sugirió. La enfermera contestó los «temblores» de la señora Morrell eran lo peor que había presenciado en todo el largo tiempo dedicado al ejercicio de su profesión «prácticamente la lanzaban fuera de la cama. Jamás desearía ver algo así de nuevo». E insistía en que administró la última inyección con la gran jeringa que el doctor le dejó preparada. Por alguna razón había omitido anotarlo, probablemente porque la muerte de la paciente hizo que se le pasara… Sin embargo, el daño ya estaba hecho: era la palabra de una enfermera que contradecía sus propias anotaciones escritas.

Las libretas revelaban los patéticos detalles de la lucha contra la muerte de una mujer difícil y exigente, que de vez en cuando se ponía histérica, y siempre estaba lanzando insultos a su alrededor. Contenían datos sobre una gran cantidad de drogas administradas para sedarla, y una aguda tendencia hacia el insomnio; y en posteriores fases de la enfermedad, las violentas sacudidas espasmódicas que produce el envenenamiento con opiáceos. Las drogas que estaban anotadas eran pocas menos que las que se decía le habían administrado, pero la acusación argumentó que, no obstante, seguía tratándose de dosis mortales.

La acusación se centró ahora en la declaración de su testigo médico más importante: el doctor Arthur Henry Douthwaite. Este era un hombre alto, de buena planta, y estaba considerado una eminencia en todo lo referido a opiáceos. Declaró que se encontraba horrorizado por los métodos de Bodkin Adams, ya que los consideraba «mortales», y creía firmemente en su culpabilidad. Su voz sonaba muy convincente mientras explicaba que el acusado transformó a la señora Morrell en una drogodependiente, y que, en la fase final, «la intención era acabar con ella». El doctor Douthwaite encontraba un motivo siniestro para cualquier cosa que hubiera hecho su colega. El cambio por el paraldehido era «para aumentar el efecto mortífero de la heroína… provocando un estado de inconsciencia».

Pero Lawrence tenía, de nuevo, un as escondido en la manga. Presentó informes médicos de Cheshire que demostraban que el doctor Adams no fue el primero en administrar morfina a la enferma, otro médico ya lo había hecho después de que ésta sufriese un ataque de apoplejía en 1948. El doctor Douthwaite no cedió un milímetro, y condenó la prescripción médica de Cheshire como igualmente mortífera para la paciente.

El juicio se convirtió en una lucha entre diferentes especialistas, que diferían sobre las anotaciones de las enfermeras y sobre el grado de tolerancia de una mujer de ochenta y un años hacia la heroína. Para contrarrestar a los expertos de la acusación, Lawrence hizo declarar a otro médico ilustre de Harley Street que confiaba tanto como Adams en el uso de opiáceos.

El letrado inició su defensa el decimotercer día del juicio solicitando la desestimación de las acusaciones y la absolución del acusado. Pero el juez no aceptó su petición y esto pareció desanimar al abogado. Entonces dejó caer la bomba: no llamaría a declarar al acusado. La razón que esgrimió para evitar que Adams testificase fue la compasión: «¿Empiezan ustedes a comprender la tensión bajo la cual ha tenido que vivir este hombre todos estos años?» Exhortó al jurado a que sólo tuviera en cuenta los cuadernos de notas de las enfermeras «los únicos testigos que son elocuentes y al tiempo indiscutibles».

El juez facilitó la labor del jurado al hacer el resumen de la causa. «No es una historia agradable -admitió-, pero no todos los granujas son asesinos.»

Acto seguido repitió las palabras del doctor: «¿Asesinato? ¿Pueden probarlo?» El jurado tardó 44 minutos en dar su veredicto. Pasaban tres minutos de las doce del decimoséptimo día del juicio más largo de la historia criminal británica hasta aquel momento. El doctor se levantó, su traje azul estaba esta vez algo más arrugado que de costumbre.

Cuando se pronunció la palabra «inocente», toda la sala soltó un suspiro. ¡Ahhh…! La cara del doctor enrojeció, respiró hondo, saludó con una envarada inclinación al juez, y dijo: «Gracias.» Era la primera palabra que pronunciaba desde que se declaró inocente.

El fiscal general hizo saber que no llevaría adelante la segunda acusación -el caso Hullet-, y el doctor Adams, ciertamente triunfante, fue absuelto.

*****

El salvador

El juicio convirtió en una celebridad a Geoffrey Lawrence, un desconocido abogado al que fue encargada sorprendentemente la defensa de Adams.

Lawrence era un hombre menudo, tranquilo y sabio, de cincuenta y cinco años, maestro en el arte de lanzar dardos envenenados muy educadamente. Este era su primer juicio criminal de importancia, pero su tenacidad y meticulosa preparación eran bien conocidas por los otros casos que había llevado: divorcios de famosos y tortuosas disputas en los gobiernos locales. De ahí le venía su reputación. Con este caso demostró que también era un maestro en el campo del interrogatorio cortante y audaz.

Los comentaristas le comparaban con un mago o con un torero. Manningham-Buller era la bestia a abatir. Cada vez que el fiscal general presentaba un nuevo testigo o una nueva argumentación, Lawrence tenía dispuesto un documento o una relación de hechos que desarbolaban la tesis contraria. Poco después del caso Adams le concedieron el titulo de caballero,

En su vida privada, Geoffrey Lawrence era un diestro violinista y un granjero de vacas lecheras. Su granja ganó el premio a la mejor cuidada de todo Sussex.

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Lady Leal

Lady Prendergast, la viuda de setenta años del almirante sir Robert Prendergast, mantenía al doctor Adams «aprovisionado» de frutas y chocolate. Otros fieles pacientes también le hacían regalos. El doctor siguió beneficiándose de ciertos legados mientras estuvo encarcelado en la prisión de Brixton.

Las autoridades de Brixton contabilizaron más de ciento cincuenta cartas de antiguos pacientes, todas manifestándole su apoyo. El doctor contestaba con su escritura «de patas de alambre», asegurándole a todo el mundo que la situación no le quitaba el sueño.

«No esté preocupada ni desanimada -decía en una carta prototípica-. Todo acabará bien. La justicia británica y la fuerza de mis plegarias demostrarán que estoy libre de pecado cuando llegue la hora del Señor.»

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DEBATE ABIERTO – Analgésicos y calmantes

La eutanasia plantea el dilema clave sobre el valor de la vida.

La clase médica se había puesto en pie de guerra a raíz del caso Adams, e hizo todo lo que pudo para que el doctor fuera absuelto.

Para ello había muchas y buenas razones. La idea de que Gran Bretaña cobijaba al Barba Azul más grande de la historia era, ya de por sí, terrible: un hombre que durante treinta años habría estado matando a sus pacientes más fieles por el dinero que podían haberle legado. La confianza pública en los médicos era lo que estaba en juego. ¿Hasta qué punto era seguro internarse en un hospital?

Que acusaran a un médico de asesinato ya era suficiente desastre, pero ver testificar en su contra a sus propias enfermeras tenía implicaciones aún más perturbadoras.

También se temía que el caso sentase un precedente y, acto seguido, se limitase a la posibilidad de recetar ciertas drogas para los enfermos en fase terminal, poniendo al doctor que fracasase en su intento de prolongar la vida de su paciente ante el peligro permanente de un proceso judicial. La Medical Press reunió todos estos argumentos en un largo y odiado artículo: «Es la primera vez, que nosotros sepamos, que se ha acusado a un médico de asesinato por prolongar un tratamiento más allá de todos los límites razonables. Efectivamente, este juicio carece de precedentes en Inglaterra, y no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo occidental »

«Una de las consecuencias para nuestros pacientes será que en el futuro sufrirán considerablemente más de lo que lo ha hecho hasta ahora. Todo médico con sentimientos humanitarios normales ha sentido siempre el impulso de reducir al mínimo el sufrimiento de sus pacientes y, en los casos desesperados pocas veces se ha detenido a evaluar el coste del tratamiento por el rasero de la vida que le quedaba al enfermo.

Muchísimos pacientes han sido sometidos a un «estado de sueño» para aliviarles la agonía. Ese ya no será el caso a partir de ahora, ya que suponemos que todos nosotros miraremos con desconfianza por el rabillo del ojo para ver si descubrimos a ese sádico sonriente con bisturí, alguien que toma notas sobre nuestros dolores para usarlas más tarde contra nosotros.»

Los doctores encargaron a la Medical Defence Union, la defensa del doctor Adams.

Fue Hemsons, su director, quien seleccionó a Geoffrey Lawrence para encabezar el equipo legal de la defensa. Asimismo, fue quien le proporcionó la mayoría de su “munición jurídica y médica”, como, por ejemplo, las fichas médicas de la señora Morrell antes de ser tratada por el doctor Adams. Hemsons también contrató al doctor Simpson, el cual fue durante muchos años patólogo de Ministerio del Interior y colega y alumno del doctor Douthwaite, el testigo de la acusación. El cometido de Simpson fue averiguar cualquier cosa que minase los argumentos esgrimidos por la acusación, sin pararse ante nada.

Simpson peinó los libros de registro de prescripciones de una clínica que había sido utilizada por el doctor Douthwaite, y consiguió probar que el propio testigo de la acusación recetaba grandes dosis de morfina y heroína, aquello por lo que condenaba ante el jurado al doctor Adams. Se hicieron gráficos para ser presentados como prueba ante el tribunal, pero no hizo falta: el implacable interrogatorio a que fue sometido el doctor Douthwaite se consideró suficiente para desacreditar sus tesis.

Aunque no se dejó en público al doctor Douthwaite como un hipócrita, al poco tiempo pagaría un alto precio por su terquedad. La presidencia del Royal College of Physicians, que iba a ser suya el año siguiente, le fue denegada para siempre.

La absolución de Bodkin Adams predecía un molesto futuro para la discusión sobre la eutanasia, el «homicidio por compasión». El propio doctor había hablado de «aliviar el paso hacia la muerte» de la señora Morrell. Sus expresiones quedaron sin ser bien analizadas. Surgió el espectro de la eutanasia teñido fatalmente por el beneficio que implicaba el posterior e hipotético legado.

En 1957 la ley inglesa consideraba la eutanasia como asesinato.

Una encuesta realizada entre médicos británicas en 1987, indicaba que un 35 por 100 estaban dispuestos a practicar la eutanasia por petición del paciente siempre que se decidiera legalizar.

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La falacia de la «muerte dulce»

En octubre de 1971 una doctora holandesa, Gertrude Postma, inyectó una dosis mortal de morfina a su anciana madre, víctima de una hemorragia cerebral, parcialmente paralizada, sorda y muda.

La doctora Postma fue acusada de practicar la eutanasia, lo que entonces estaba penado con una condena máxima de 12 años de prisión. En el juicio le preguntaron si sentía algún remordimiento y ella contestó: “Al contrario, debería haberlo hecho mucho antes”.

No fue condenada a prisión, sino que obtuvo una suspensión de sentencia y un año de libertad vigilada.

Este caso marcó un giro decisivo en Holanda: se convirtió en el primer país que aceptó la eutanasia. Hacia 1981 la eutanasia se había convertido en algo tan corriente que el tribunal de lo penal de Rotterdam hizo públicas unas pautas de comportamiento que, si se seguían estrictamente, eximían al médico prácticamente de toda persecución criminal.

Otro doctor dio entonces un paso más al escribir en un certificado de defunción “muerte no natural” como causa de fallecimiento. Se trataba de una mujer de 94 años, con sus facultades vitales tremendamente debilitadas, que había solicitado del doctor que pusiera fin a su vida. Así lo hizo mediante inyecciones de barbitúricos y curare. El doctor fue juzgado y considerado inocente. Más tarde, la Corte de Apelación revisó la sentencia y la revocó. El caso llegó hasta el Tribunal Supremo holandés, quien dictaminó que la actuación del médico estuvo justificada.

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EL RESTO DE UNA VIDA – El largo adiós

Adams salió del juicio como un hombre libre y, legalmente, inocente. Por entonces no podía sospechar que los rumores y las sospechas seguirían acosándole hasta el final de sus días.

El doctor Bodkin Adams recibió su salvación del cadalso con mesurada calma.

«En todo momento supe lo que iba a ocurrir -declaró-. Dios tiene un claro designio al hacerme pasar por esto. Nunca lo he tomado como una dura prueba.» Fue «raptado» por el Daily Express a la salida del juicio. Era el periódico que le había ayudado en todo momento, defendiendo su causa, y que ahora, debido a su inversión de 10.000 libras, consideraba al doctor de su propiedad.

Mientras que el verdadero Adams era trasladado a Fleet Street, otro médico se encargaba de distraer a la prensa. En Fleet Street habían preparado una fiesta para celebrar el éxito, pero el doctor declinó tomarse la copa de champán que le ofrecieron. A medianoche le montaron en una camioneta de reparto de periódicos y le llevaron hasta un refugio en la costa. Allí un equipo de periodistas tenía el encargo de «sacarle» toda su historia. Cada abril, mes de la absolución, el doctor llamaba por teléfono al periodista Percy Hoskins, especialista de la sección criminal del Express, y le daba siempre el mismo mensaje: «Gracias por haberme dado otro año de vida.»

Otros tuvieron menos razones para celebrar fiestas. El juicio, y sobre todo la sorprendente actuación de la defensa, fueron estudiados y consagrados como un caso clásico que ejemplificaba la acción de la justicia británica. Sin embargo, alguien debía responsabilizarse de las meteduras de pata de la acusación. En menos de una semana se presentaron interpelaciones en el Parlamento.

Un miembro de la oposición laborista exigió «una investigación independiente sobre la preparación, organización y dirección del caso por los representantes de la Corona». El fiscal general rechazó sin más esta propuesta, pero arreciaron las críticas y nunca consiguió el puesto de ministro de Justicia que tanto había deseado.

Scotland Yard realizó una investigación interna sobre la manera de proceder durante la investigación policial. Se estudiaron en profundidad las relaciones entre el comisario Hannam y la prensa. Nunca se hicieron públicos los resultados, pero al cabo de un año su carrera en la policía llegó a su punto final, después se empleó en una agencia de seguridad privada.

El doctor se declaró culpable de catorce cargos de negligencia profesional ante los magistrados de Lewes (todas las irregularidades que salieron a la luz durante la investigación policial) y fue multado con 2.400 libras. A los cinco meses del juicio se revocó su derecho a recetar o poseer drogas peligrosas por el ministro del Interior.

En noviembre hubo de personarse ante el Consejo Disciplinario Médico y su nombre desapareció del registro médico oficial. Una Navidad los estudiantes de Eastbourne montaron una infamante parodia del villancico «Los 12 días de Navidad», con un coro que decía… «11 exhumaciones, 10 mujeres incineradas, nueve hipodérmicas, ocho recetas falsas, siete Rolls-Royce, seis solteronas enloquecidas…», hasta llegar a «un Bodkin Adams de Trinity Trees».

Sin embargo, el doctor no fue públicamente humillado ni expulsado de Ken Logde. A pesar de haberle retirado sus títulos profesionales, siguió tratando a pacientes que le fueron fieles, y siguió recibiendo sus legados. En la tienda de caramelos de Marsh, donde siguió comprando su chocolate suizo hecho a mano, nunca se oyó un sola palabra contra Adams.

Poco a poco volvió a hacer vida de sociedad; hasta el punto de que la reina de los carnavales de Eastboume hizo el recorrido en su Rolls-Royce (el ex Rolls-Royce de Hullet) sin levantar demasiados comentarios animosos. En 1961, tras varios intento frustrados, fue incluido de nuevo en el registro oficial médico.

Y en ese momento se sintió lo suficientemente fuerte como para arremeter contra los acusadores de antaño. Presentó una demanda por injurias contra trece periódicos que en su día le habían denostado y llegó con ellos al acuerdo de que le pagasen una sustanciosa suma por haber demostrado excesivo celo en sus «investigaciones» y publicaciones anteriores al juicio. El doctor se mantuvo ojo avizor para el futuro y en 1969 aún obtuvo 500 libras de indemnización de un semanario, junto con una abyecta disculpa por invocar «la sombra del doctor Bodkin Adams» al comentar el fracaso de las inyecciones de numerario para revivir a la libra esterlina.

Cada vez le dedicó más tiempo al tiro, convirtiéndose en el presidente de la Clay Pigeon Shooting Association y también en su oficial médico honorario. La última copa la ganó a los ochenta años de edad. A los pocos meses, durante una excursión para practicar el tiro en Sussex, se rompió una pierna. La rotura se complicó, y a los tres días había fallecido.

El doctor Bodkin Adams sobrevivió a muchos de sus acusadores y defensores, pero los que le sobrevivieron a él volvieron a ocuparse del asunto con el mismo fervor de antaño. ¿Se libró este hombre del castigo por asesinato?, preguntaba el Mail on Sunday al dedicar varias páginas a la «verdad que ahora puede ser contada». El Daily Express reafirmó su convicción de que Adams era inocente. El Times lo definió como el «clásico enigma en los anales de los asesinatos múltiples». El fiscal general había muerto, pero Melford Stevenson, que había recibido entre tanto el título de caballero, mantenía intactas sus convicciones. Al periodista Rodney Hallworth le comentó: «Teníamos tanto material que era increíble. Tal como yo lo recuerdo había pruebas claras de seis casos de asesinato, y suficiente material para acusarle de asesinato en otra media docena. Tuvo una suerte tan increíble al librase del patíbulo…»

El inspector Hannam había muerto, pero el comisario jefe Hewitt, ya retirado, el sargento de aquel caso, estaba tan convencido como siempre de la culpabilidad del doctor. «Los fallos que se cometieron fueron tremendos, ésa fue la suerte del doctor… De hecho, siempre he creído que este caso debería ser utilizado en los manuales de la policía para la instrucción de nuevos cadetes. Posteriormente he visto cómo se cometían los mismos errores del caso Adams en otros casos. Las lecciones que aprendimos tan duramente podrían haber beneficiado mucho a otras investigaciones.»

El funeral de Bodkin Adams constituyó un evento al que asistieron 150 amigos y pacientes, y millones de telespectadores. Un ex alcalde de la ciudad de Eastbourne elogió a Adams, «la víctima de una malintencionada campaña de rumores llevada a cabo por quienes nunca han sabido lo más mínimo sobre este verdadero hombre y sus formas de ejercer la medicina».

Después se leyó el testamento. El gran cazador de legados dejaba 402.907 libras netas que habían de ser divididas en cuarenta y siete partes, sin que ninguno de los herederos recibiese más de 5.000 en total.

Estos beneficiarios comprendían la que fue novia del doctor. Nora O’Hara, otras diecinueve amigas que «estuvieron a su lado en los días de sufrimiento», el ama de llaves, el chófer, el tendero, incluso el encargado de dar semanalmente cuerda a la colección de relojes del doctor. Nadie fue olvidado y, fiel a sus convicciones hasta el último momento, el doctor Bodkin Adams, también le dejó un legado a su propio médico.

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Un testigo menos

El comisario jefe retirado Hewitt cree que un testigo que falleció en medio de la investigación criminal pudo haber sido objeto de un «juego sucio». Esta ha sido la acusación, con mucho, más importante que se ha hecho después de la muerte del doctor Adams.

Hewitt dijo que la víctima era una tal señora Sharpe, directora de la casa de reposo donde se alojaron las hermanas Neill Miller y otros pacientes de Bodkin Adams. Hewitt y Hannam la visitaron en dos ocasiones.

«La señora Sharpe era la clave de todo el caso. Sabía dónde fueron enterrados los cuerpos y estaba dispuesta a hablar, aunque estaba asustada, atemorizada. En cualquier momento se derrumbaría. Nos bastaba una visita más…pero nunca fue posible entrevistarse con ella de nuevo. Murió mientras estuvimos ausentes. Es verdad que no gozaba de buena salud, pero es tan curioso que muriera justo cuando lo hizo y que fuera incinerada tan rápidamente. Siempre tuve la sensación, y nunca fue más que eso, una sospecha, de que el doctor aceleró un poco el momento de la muerte. Y como en tantas otras ocasiones, nos dejó sin cadáver.» Una investigación posterior estableció que la directora de la casa de reposo llamada Annie Sharpe falleció de cáncer el 13 de noviembre de 1956, a la edad de setenta y seis años. ¿Se salió el doctor de nuevo con la suya asesinando a la anciana, o era inocente?

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Derecho a permanecer en silencio

Bodkin Adams sorprendió a la acusación: durante todo el juicio estuvo sentado y erguido, sin pronunciar palabra. Según las leyes inglesas, estaba en su derecho. Pero con esta actitud hizo surgir la pregunta de si no resultaría más conveniente autorizar a la acusación para que pudiera interrogar al acusado bajo juramento.

Sir Melford Stevenson, un miembro de la acusación, se seguía sulfurando muchos años después: “Teníamos una verdadera montaña de material para interrogar a Adams -se quejaba-. Creo firmemente que la ley actual no sirve a los propósitos de la justicia”.

El juez mantenía, sin embargo, una opinión completamente diferente. Le dijo al jurado: “El terror que sentimos ante la idea de que un hombre pueda ser interrogado, obligado a hablar y quizás a condenarse mediante sus propias palabras es tan grande, que otorgamos a cualquier sospechoso de un crimen, en todo caso, y hasta el final, el derecho a decir: “No me hagan ninguna pregunta. No contestaré a ninguna. Demuestren sus tesis…”

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Conclusiones

En 1967, y como consecuencia directa del caso Adams, se modificó la ley para dejar a la defensa la decisión de si la prensa debía tener acceso a la sala de los procesos de instrucción.

El caso inspiró a una serie de autores. Sybílle Bedford escribió una descripción, ya clásica, del proceso, reflejando la atmósfera durante el juicio. Concluía diciendo que el doctor era inocente, aunque también que había tenido la enorme suerte de contar con un equipo brillante que le defendiera, y un juez de inteligencia fuera de lo común. Otros periodistas redactaron asimismo relatos sobre el juicio. Algunos se pronunciaron a favor del doctor; otros, con la misma rotundidad, en su contra.

En 1985 el juez del proceso se pronunció sobre el mismo. El ahora Lord Devlin se convirtió así en el primer juez que escribió un libro sobre un juicio que le tocó presidir.

Con un ingenio devastador, Devlin se burlaba de las argumentaciones del fiscal general. Después pasaba a exponer sus propias conclusiones. Sugería que el doctor Adams podía haber estado «operando» en esa zona gris que hay entre lo legal y lo ilegal: que quizá fuera un mercenario de la eutanasia, un hombre compasivo, y al mismo tiempo codicioso, dispuesto a «vender la muerte». Y que, si ése era el caso, «deshonraba a una gran profesión».

Lord Devlin se volvía entonces detective, y escudriñaba las últimas horas de la señora Morrell, reexaminando las pruebas abortadas. Analizaba la cuestión de la gran jeringuilla que, según testimonio de la enfermera, se llenó del inofensivo paraldehido. El juez recalcaba que el paraldehído tenía un olor desagradable, intenso, y muy característico, que habría invadido la habitación de la enferma. Sin embargo, la enfermera Randall no parecía haber olido nada. También hacía referencia a un comentario que no fue aceptado como prueba. La enfermera declaró que la paciente le dijo que el doctor le había prometido que «no permitiría que sufriese al final».

Después, Devlin se ocupaba de los tres frascos de heroína -75 tabletas que hacían 12 gránulos y medio- adquiridos en la farmacia de Browne la víspera de la muerte de la señora Morrell. «¿Existió el paraldehído? -se preguntaba Devlín-. La única prueba la aportó el propio doctor.» De los tres frascos de heroína nadie dio cuenta nunca.

El juez repasaba varias explicaciones de lo sucedido, exponiendo que sospechaba que el médico había dejado la inyección cargada con una dosis letal de heroína antes de dejar a la enfermera a cargo del cuidado de la enferma. Citando los comentarios que hizo el propio doctor a la policía sobre «facilitar el tránsito», Lord Devlin deducía: «Él no creía ser un asesino, sino un “dispensador” de la muerte. Según lo entendía él, no había hecho nada incorrecto. No había nada malo en un doctor que recibía un legado, ni en lo que él concedía a cambio, ¿pensaría que era “a cambio”?, una muerte placentera como la que proporcionaba la heroína.»

El fiscal general debía de haber tenido también sus sospechas sobre el paraldehído… Pero, ¿por qué no las expuso? De nuevo, Lord Devlin ofrecía una posible explicación: no era la solución que deseaba la acusación. «Quitarle la vida a una debilitada mujer en su lecho de muerte hubiese sido un pobre final para la historia de la masacre de Eastbourne.»

 


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