Jim Jones
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Fundador de la congregación del Templo del Pueblo - Suicidio en masa
  • Número de víctimas: 900 +
  • Periodo de actividad: 18 de noviembre de 1978
  • Fecha de nacimiento: 13 de mayo de 1931
  • Perfil de las víctimas: Hombres, mujeres y niños
  • Método de matar: Arma de fuego - Veneno
  • Localización: Jonestown, Guyana
  • Estado: Murió de un disparo en la cabeza el mismo día de la masacre
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Jim Jones

Última actualización: 1 de abril de 2015

EL HALLAZGO – Los campos de la muerte

Jim Jones era su «Papa», pero corrompía y denigraba a sus «hijos». Ellos le habían seguido hasta la inmunda colonia que fundó en Guyana abandonando sus hogares en América del Norte. Aun así, cientos de «fieles» llevaron a cabo el supremo sacrificio final cuando él se lo pidió.

América del Sur, 8 de noviembre de 1978. El reverendo Jim Jones observa a su congregación desde el humilde trono tallado en madera. La escena tiene lugar en un paraje recóndito de la selva de Guyana. Unos mil «feligreses» le rodean expectantes. Tiene que comunicarles una mala noticia. La mayoría están a punto de morir…

Jones había traído consigo a la congregación del Templo del Pueblo desde Estados Unidos para fundar una nueva utopía en los espesos bosques sudamericanos de la región amazónica. Sus seguidores provenían sobre todo de la población negra, destacando un estrato «superior» compuesto exclusivamente por blancos radicales de clase media. Allí, lejos de los anticuados modelos de comportamiento de la civilización y de su moral sexual, se liberarían de la opresión racista y capitalista que les acechaba permanentemente en su país natal.

Pero tampoco en Guyana lograron la ansiada libertad. Varios miembros de la secta habían decidido separarse del grupo en Estados Unidos e informar a la prensa sobre las extrañas «costumbres» que reinaban en la utopía de Guyana. Jones los llamaba «traidores». Sostenían que el reverendo era bisexual y mantenía a su congregación bajo un severo yugo carnal, obligándoles a realizar un trabajo físico agotador en condiciones espantosas. Las reglas de Jones se respetaban rigurosamente por temor a las represalias. A los infractores se les humillaba públicamente para que acatasen la disciplina impuesta. La organización se había apropiado de los pasaportes y los bienes de los miembros, de manera que era prácticamente imposible escapar de la ciudad de la selva.

Se creó un grupo de apoyo, el Comité de Familiares Afectados, para dar a conocer la verdad sobre el Templo del Pueblo. Uno de esos familiares, Sam Houston, un periodista de la Associated Press, acusaba a la secta del asesinato de su hijo. El muchacho había abandonado el Templo tras una violenta discusión con Jones. Al día siguiente, el «desertor» murió en un espantoso accidente de tren cerca de la costa de San Francisco.

Sam Houston solía salir de copas con un influyente amigo, el congresista Leo Ryan. Bastantes miembros de la secta procedían de su distrito electoral, radicado en la zona sur de San Francisco. El periodista persuadió a Ryan para que iniciara una investigación y averiguara qué era lo que de verdad estaba ocurriendo en el asentamiento sudamericano del Templo denominado Jonestown.

El 24 de octubre de 1978 el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes dio a Leo Ryan luz verde para que se trasladase a Guyana. Jones no tenía más remedio que permitir la visita, ya que, en caso contrario, peligraba la financiación norteamericana de su proyecto y así se lo comunicó el congresista, el cual le amenazó con impedir judicialmente el trasvase de fondos desde Estados Unidos. No obstante, el reverendo quiso imponer sus condiciones: no accedería a que entrara en la colonia si venía acompañado por «traidores» o por la prensa.

Ryan hizo caso omiso. Se presentó en Guyana con cuatro miembros del Comité de Familiares Afectados, periodistas, fotógrafos de varios periódicos de San Francisco y del Washington Post, y un equipo de televisión de la NBC. Si no se le autorizaba a entrar, Ryan amenazaba con filmar el rechazo de Jones y mostrarlo por la cadena NBC. Toda Norteamérica lo vería por televisión y acto seguido propondría al Congreso iniciar una investigación en toda regla.

En la tarde del 17 de noviembre, Leo Ryan y sus acompañantes aterrizaron en la diminuta pista de Port Kaituma, a pocos kilómetros de Jonestown. Uno de los hijos adoptivos de Jones, Johnny, los esperaba con el tractor, empleado como medio de transporte para la recogida de basuras, para llevarlos a la colonia antes de la puesta del sol.

No obstante, la recepción resultó sorprendentemente cordial. Jones se retiró enseguida al interior de su casucha con el ceño fruncido; a los miembros de la secta se les había dado instrucciones precisas de sonreír y ser amables. La cena se sirvió a las ocho, y acto seguido la banda de Jonestown entonó una alegre melodía.

El congresista pronunció un discurso muy hábil. Empezó diciendo que le encantaba la banda de Jonestown y que la colonia le parecía un buen lugar para vivir. «Por lo que he visto, hay un montón de gente que piensa que es lo mejor que les ha pasado en su vida.»

Jonestown tenía un solo fallo, que no estaba en su distrito electoral… Era una pena que los residentes no pudieran votar por él.

Los miembros del Templo, a pesar de la acogida afectuosa y de haberse puesto las ropas del domingo, albergaban mal disimuladas sospechas respecto a las «interferencias» del exterior. Pero tras escuchar a Ryan, los aplausos surgieron espontáneamente. Se había roto el hielo. La banda volvió a tocar y los más jóvenes saltaron a la pista de baile; los mayores participaban dando palmas. Todo el mundo rebosaba felicidad. Cuando los bailarines se retiraron y acabó el jolgorio, una mujer de raza negra, Mónica Bagby, le dio una nota al periodista de la NBC, Don Harris. Le pedía que arreglara las cosas para que ella y su amigo Vern Gosney pudieran abandonar Jonestown acompañados de Ryan al día siguiente.

Sin embargo, por la mañana, el ambiente relajado se había transformado en algo muy distinto. Nueve miembros de la secta decidieron evadirse de la colonia al alba, atravesando la selva virgen hasta un pueblo situado a treinta kilómetros de distancia, Matthew’s Ridge. Los «guardianes» del Templo salieron en busca de los escapados. Mientras tanto, algunos periodistas aprovechando la falta de vigilancia se dedicaron a husmear en la colonia por su cuenta y riesgo y ocasionaron un enorme disturbio. Al mismo tiempo, Don Harris, de la cadena NBC, empezó a entrevistar a Jones ante las cámaras.

El reverendo habló con franqueza sobre sus amantes y negó que existiera una prohibición referente al mantenimiento de relaciones sexuales en la colonia. Todo eso era «pura mierda», declaró. «Han nacido más de treinta criaturas desde el verano de 1977.»

Pero éste ya no era el Jim Jones fino y atildado que había «encantado» a los políticos californianos, cenando con la esposa del presidente Carter o viajado en el avión privado de Walter Mondale -el candidato con más posibilidades para suceder al presidente de Estados Unidos-. Este Jones presentaba un aspecto pálido, gordinflón y sudoroso. A los pocos minutos de responder preguntas, su verdadera personalidad empezó a aflorar.

De pronto, soltó un desvarío: «Lo único que siento es que nadie me haya pegado un tiro todavía. Somos una comunidad pequeña. No constituimos una amenaza para nadie… Pero no descansarán hasta habernos destruido. Me gustaría que me pegaran un tiro y terminar de una vez. Pero lo que está de moda ahora es destruir la reputación de la gente a través de los medios de comunicación, a la larga, es como si te asesinaran.»

Los periodistas aturdieron a Jones con preguntas sobre el hijo que supuestamente había tenido con una de sus seguidoras. La madre decidió abandonar el Templo, pero el reverendo le impidió que se llevara a su pequeño. También le preguntaron por qué los guardias de seguridad iban armados. Y por qué se amenazaba a quienes deseaban abandonar la comunidad.

«Todo eso son mentiras», respondió con aire cansado. Pero acto seguido, se contradijo… Uno de sus «hombres de confianza» le comunicó que Edith Parks, la abuela de una familia con la idea de escaparse desde hacía algún tiempo, solicitaba su permiso para salir de Jonestown con el congresista Ryan.

Jones se encaminó hacia su choza. «Me traicionan… -masculló entre dientes-. ¡No hay manera de acabar con esto!»

Otras veinte personas aprovecharon la oportunidad para pedir al grupo que las sacara de la colonia. Jones se puso histérico y gritó: «¡Yo he sacrificado mi vida por mi gente!»

Sus «ayudantes» procuraron calmarle y le persuadieron de que dejara marchar a quienes así lo desearan. Un número tan pequeño de «desertores» no tenía importancia si se comparaba con el gran número de «fieles» que preferían quedarse. Pero a pesar de todo, el ambiente se enrareció con rapidez.

Al formarse el grupo de «desertores»,.un joven fornido llamado Don Sly sacó una navaja del bolsillo y apresó a Leo Ryan. Dos matones de Jones detuvieron a Sly y liberaron al congresista. Lo hicieron con tanto celo, que en el transcurso del forcejeo cortaron el brazo del asaltante y la sangre empapó la camisa de Ryan. Justo en el último instante, un nuevo «desertor» se unió al grupo de los arrepentidos: Larry Layton. Al grupito le cambió el semblante, las caras reflejaban verdadero terror. A Layton le llamaban «el robot de Jones».

Larry fue cacheado antes de subir al avión en Port Kaituma, pero, no se sabe cómo, consiguió evitar que descubrieran la pistola que llevaba escondida. Entonces apareció el tractor de Jonestown en la pista de despegue bloqueando el paso. En el remolque había veinte hombres armados.

Layton se dio cuenta, empezó a disparar en todas direcciones y alcanzó a tres «desertores».

Una verdadera lluvia de balas derribó a Ryan, Don Harris y a otros dos miembros del equipo de televisión que aún permanecían en la pista de despegue. Los matones se acercaron y remataron a las víctimas de varios tiros en la nuca. Otros tres periodistas se libraron sólo con heridas. El tractor y el remolque abandonaron la pista.

Entretanto, en Jonestown, Jim Jones reunió a sus «feligreses» y esperaron la llegada de los asesinos. Ante todos explicó que uno de ellos, Layton, había disparado al piloto del avión en la cabeza y el aparato se había estrellado en la jungla. Efectivamente, ése era el plan urdido en primera instancia por el reverendo. A los veinte secuaces los había mandado «por si algo salía mal».

Jones afirmó que la CIA forzaría al gobierno izquierdista de Georgetown a que enviara tropas de las Fuerzas de Defensa de Guyana para vengar la afrenta. Esos soldados eran negros, eran sus hermanos y no podían pelear contra ellos. Sólo quedaba la salida que durante tanto tiempo habían estado ensayando, suicidarse en masa.

Uno de los miembros del Templo preguntó si era demasiado tarde para escapar a la Unión Soviética. «Los rusos no nos acogerán ahora», contestó Jones. No obstante, había enviado a dos de sus secuaces a la embajada soviética en Georgetown con un maletín que contenía medio millón de dólares.

El equipo médico de Jonestown preparó dos bidones de 150 litros con una mezcla de zumo, cianuro y valium. Los «feligreses» estaban dispuestos.

El reverendo les aseguró que se «volverían a ver en otro lugar». Se formó una cola en perfecto orden. Las madres administraron la pócima a sus hijos. A los bebés se les suministró con la ayuda de una jeringuilla, inyectándoles un chorrito en la boca. Los hijos de Jones se tragaron el veneno dando muestras de alegría.

La congregación estaba convencida de que el veneno les produciría una muerte sin sufrimiento. Pero algunas criaturas empezaron a tener fuertes convulsiones, y el pánico se adueñó de los «fieles». Jim Jones, con mano experta, consiguió calmar los ánimos.

«No lloran de dolor… Sólo es un poco de sabor amargo», explicó. Acto seguido, los adultos tomaron sus raciones en vasitos de papel.

Se dirigieron a las praderas de la colonia, se tumbaron y murieron. Entonces les tocó el turno a los guardias armados. Ellos también se tragaron el veneno «cumpliendo con su deber».

Cuando todo el mundo hubo muerto, Jones cogió una pistola y se pegó un tiro en la cabeza. Instantes después, Annie Moore, una de las enfermeras de la colonia, se saltó con la misma pistola la tapa de los sesos.

El hombre que con tanto éxito había sabido aprovecharse de los medios de comunicación durante toda su vida, dejó una curiosa posdata como recuerdo de su muerte: mientras los miembros de su rebaño iban entregándose a la muerte, una cinta magnetofónica oculta grababa minuto a minuto el fatal desenlace. Fue el último golpe de efecto del reverendo Jones.

A pesar de este testimonio, el «mundo exterior» no consiguió explicarse cómo un solo hombre fue capaz de persuadir a novecientas catorce personas de que se suicidaran sin la menor resistencia.

LAS VÍCTIMAS – Morir por un buen reportaje

  • El congresista Leo Ryan investigó sobre los disturbios raciales y la reforma penitenciaria antes de dedicar su atención a Jonestown. Tenía 53 años al embarcarse en la que sería su última misión oficial.
  • Greg Robinson era reportero gráfico del San Francisco Examiner. Fue otra de las víctimas «importantes», le dispararon varias veces en la cabeza mientras yacía herido en el suelo.
  • Robert Brown tenía 36 años y era cámara de la cadena de televisión NBC. Filmó minuto a minuto su propia muerte. La película le sobrevivió.
  • Don Harris era periodista y entrevistó a un Jim Jones cada vez más paranoico durante la visita a Jonestown. Él fue quién recibió la nota secreta de un «desertor» pidiendo abandonar la colonia.

Suicidio o asesinato

El equipo de forenses norteamericanos buscó afanosamente alguna señal que demostrara que las víctimas habían sido forzadas a ingerir el veneno. Pero no hallaron más que unas ampollas en los antebrazos de algún que otro anciano. La evidencia era innegable y tremenda: casi mil personas habían decidido suicidarse voluntariamente.

Las declaraciones de los testigos presenciales confirmaron que los miembros del Templo se tragaron la pócima mortal con avidez. Según el superviviente Odell Rhodes, la primera persona que murió, Ruletta Paul, sencillamente se bebió el cianuro sin necesidad de que nadie se lo indicara «y se lo hizo tragar a su bebé antes de tomárselo ella. La siguiente mujer, Michelle Wilson, se acercó con su bebé e hizo lo mismo».

Parece ser que tras años de convivencia con el impredecible Jones, sus adoradores eran capaces de prever sus deseos. ¿Puede considerarse a Jones responsable de un suicidio masivo si lo analizamos desde este punto de vista?

PRIMEROS PASOS – Nacido para la gloria

Jim Jones embelesó con su radicalismo doctrinario la Costa Oeste de Estados Unidos, pero nunca olvidó -o perdonó- las lecciones aprendidas durante su infancia.

Jim Jones nació y se crió en Lynn, Indiana, un pueblecito del tamaño aproximado de Jonestown. La población vivía gracias a una floreciente industria manufacturera: la construcción de ataúdes.

Su padre sufrió el efecto de los gases durante la Primera Guerra Mundial y regresó a Lynn para convertirse en el borrachín del pueblo. Su hijo opinaba de él que era un «viejo despreciable, un maldito racista». Tras su muerte, Jimmy descubrió que había sido durante largos años miembro activo del Ku Klux Klan.

La madre de Jones escandalizaba a los vecinos por llevar pantalones y fumar en la calle. Decía que en una vida anterior había viajado por todo el mundo. Se suscribió al National Geographic e inundó los sueños de su hijo contándole todas las noches, antes de dormir, sus aventuras con los cazadores de cabezas del Amazonas. Además, sus relatos incluían extraños sortilegios e historias sobre la transmigración de las almas. Creía que los sueños eran un anticipo de la vida futura y le dijo a su pequeño que él estaba destinado a ayudar a los pobres.

Parece ser que no fue sólo la familia quien aficionó a Jones a estas cosas; vivía en una zona del Medio Oeste, llamada «el cinturón de la Biblia», donde abundaban los predicadores blancos fundamentalistas. A los doce años empezó a predicar.

Sus sermones versaban sobre la maldición del infierno y sus devoradoras llamas. En un santiamén se ganó la reputación de curandero de animales de compañía y comenzó a celebrar funerales para gatos muertos. Otras personas adivinaban el lado oscuro de su interés por los animales… Uno de los contemporáneos de Jones se acuerda bien: «Algunos de los vecinos echaban de menos a sus gatos; y creo que Jim los utilizaba en ciertos sacrificios … »

La mayor parte de sus compañeros de colegio llegaron a colocarse, entre las filas de la privilegiada sociedad blanca, como banqueros, granjeros, empresarios o profesores, pero él trabajaba de portero en un hospital cerca de Indianápolis. Allí se casó a los dieciséis años con una enfermera cinco años mayor que él.

Jones decidió hacerse médico y se matriculó en la Universidad de Indiana, en Bloomington. Pero al cabo de un año cambió de opinión y abandonó los estudios para convertirse en pastor de almas.

Su nueva vocación le llevó en primer lugar a «conseguir fieles» para la iglesia Metodista llamando a las puertas de las casas y charlando con la gente, con lo que aumentó considerablemente su experiencia.

Tras obtener su propia parroquia, no tardó mucho en transformarse en un personaje controvertido. La congregación era mayoritariamente blanca, y objetaba el gran número de fieles negros que Jones estaba añadiendo al rebaño. Tampoco les gustaba demasiado su estilo al predicar, violento y salvaje. No les agradaba oír que Dios había sido uno de los pasajeros con quien Jones había hablado en el tren camino de Philadelphia. Un buen día, los decanos de la congregación le echaron y clausuraron la iglesia.

EL PREDICADOR – Aprendiendo a ser un dios

Gracias a una hábil combinación de idealismo y mano izquierda, el reverendo Jim Jones se ganó una posición, fama, poder y prestigio. Pero con el poder llegó la paranoia.

A los veintidós años, sin financiación y sin haber sido ordenado sacerdote, Jim Jones fundó la Community National Church en un distrito suburbial de Indianápolis. Mantenía su iglesia mediante la importación y venta de monos a veintinueve dólares la pieza.

Pero Jones no era el típico teleevangelista que sermoneaba sobre Dios, la bandera y la forma americana de entender el mundo. En 1953 se hizo miembro del partido comunista. Ese mismo año concibió la genial idea de la «muerte revolucionaria»; precisamente al hilo de la ejecución de dos espías: Julius y Ethel Rosenberg. Para el reverendo, estas muertes significaban que Norteamérica había dejado de ser la «última y mejor esperanza de la humanidad».

Jim Jones se consideraba a sí mismo un socialista, aunque su filosofía política le debe más a Robin Hood que a Carlos Marx. Cuanto más pobres y desatendidos eran sus seguidores más se esforzaba por ellos.

Uno de los primeros «feligreses» recuerda la época: «Tenía muchos… Esa clase de tipos con los que la gente normal no quiere tener nada que ver. Señoronas viejas y feas sin familia ni amigos. Se paseaba entre ellas, achuchándoles y besándolas como si de verdad las quisiera… Y en la expresión de sus caras se podía ver lo que él significaba para ellas.»

Tuvo éxito. Consiguió fundar una de las primeras congregaciones multirraciales de Norteamérica. Y esto atrajo las miradas y la atención de grupos radicales. Los segregacionistas le apodaron el «amante de los negros» y tiraban gatos muertos en el interior de su iglesia. Las ventanas de su casa cayeron hechas pedazos bajo el impacto de las piedras y en el patio explotaron bombas caseras. Pero cuanto mayores dificultades se encontraba, más se empeñaba en seguir adelante. Adoptó a ocho niños coreanos y negros. Su postura antirracista le valió pasar a formar parte de la recién creada Comisión Municipal contra el Racismo, y en 1961 despachaba directamente con el alcalde.

Hacia 1957 había conseguido reunir cincuenta mil dólares, que empleó en reformar con todo lujo una antigua sinagoga, situada en la calle North Delaware de Indianápolis, y acto seguido se instalo allí. Fue la primera Iglesia Evangélica Integral del Templo del Pueblo.

Por esta misma época, Jones peregrinó varias veces a la Misión de la Paz del Padre Divino, donde conoció al predicador de mayor éxito entre los pobres urbanos de todo el país. Y de la mano del maestro aprendió mil trucos que le serían fundamentales a lo largo de su carrera.

La clave del éxito del Padre Divino consistía en insistir incesantemente en su propia divinidad y sus extravagantes demostraciones del poder de la fe. Jones aprendió las lecciones como un rayo y empezó a hacer gala de sus dotes como curandero.

Organizó cuidadosamente sesiones «milagrosas» en las que hacía vomitar a sus «fieles» hígados de pollo diciendo que se trataba de un cáncer maligno. Otras veces levantaba de sus sillas de ruedas a ancianitos aquejados de parálisis total, que en realidad eran jóvenes perfectamente sanos y muy bien maquillados. Asimismo, asombró a la congregación con sus extraordinarios poderes de adivinación del pensamiento.

Jones se llevó entonces a su familia a trabajar durante dos años como misioneros en el Brasil. Precisamente allí fue donde conoció a marxistas de cuño duro y añadió un nuevo aporte de filosofía comunista a su evangelio de «cambio social a través del amor cristiano». De regreso a América hizo alto en la Guayana Británica, que no tardaría en convertirse en el Estado independiente de Guyana.

Al pisar suelo norteamericano, el mundo había cambiado para él, pero también para EE.UU. y la lucha por la igualdad entre blancos y negros ya no era una cuestión de unos cuantos iluminados. Escuchó hablar a Martin Lutero King de un país en el que el racismo dejaría de ser una característica del futuro. Aunque le impresionaron mucho más las palabras de Malcolm Little, más conocido como Malcolm X, un exyonqui bisexual, que preguntaba: «¿Qué es lo que el cristianismo ha hecho en favor de los negros, excepto oprimirles?»

Malcom X rechazaba el amor cristiano y llegó incluso a romper relaciones con los musulmanes negros. Según él, la única respuesta posible era la insurrección armada. Y en una Norteamérica con una aplastante mayoría blanca, era lo mismo que predicar el «suicidio revolucionario».

La guerra del Vietnam, las manifestaciones proderechos civiles y los disturbios raciales del Sur convencieron a Jones de que tenía que llevar a su comunidad a una «tierra prometida».

Trasladó el Templo del Pueblo al valle de Redwood, cerca de Ukiah, en California. Para ello transportó en autobús a cientos de sus «fieles» de costa a costa. Algunos no le siguieron. Pero los que sí lo hicieron se vieron obligados a vender todas sus propiedades y cayeron bajo la dependencia absoluta de Jones y del Templo.

Desde el valle de Redwood, el Templo se extendió hasta enraizar en San Francisco y Los Ángeles. Jones abrió comedores de caridad y centros de asistencia diurnos. Pronto dominó un poder que podía tener utilidad política. Los miles de miembros de su congregación eran una buena baza en las urnas y Jim ofreció la posibilidad de dirigirse a su «rebaño» a todo aquel que ocupaba un cargo público -desde el gobernador ayudante del Estado de California hasta el mucho menos influyente fiscal del Distrito-, con lo que el poder no tardó en estar muy agradecido al reverendo.

También le cortejaron los políticos de ámbito nacional, e incluso durante la campaña presidencial de 1976 cenó con Rosalynn Carter. Jim Jones utilizaba su influencia para conseguir un trato preferencial para su congregación en las agencias de la Seguridad Social, ante las autoridades de planificación urbana y construcción de viviendas, y también en los juzgados.

En California conoció a un joven y ambicioso abogado llamado Tim Stoen que acababa de casarse con su esposa, Grace. Stoen estaba profundamente desilusionado por el asesinato de Kennedy en 1963 y buscaba una forma «revolucionaria» de desempeñar su trabajo. Jones prometía justo eso. Su congregación multirracial y su particular filosofía cristiano-marxista parecían ser la tendencia dominante del futuro. La influencia del reverendo también podía asegurar a Tim un buen chollo profesional: el puesto de ayudante del fiscal del Distrito de San Francisco.

El precio exigido por el reverendo y el Templo era su reciente esposa.

El 25 de enero de 1972 tuvo un hijo llamado John-John. En el certificado de nacimiento ponía que Tim era el padre; pero en una declaración jurada, él mismo afirmaba que había pedido a Jones que engendrara una criatura con su mujer «con la esperanza de que el susodicho niño se convirtiera en un devoto seguidor de las enseñanzas de Jesucristo y sea el instrumento para dar comienzo al Reino de Dios en la tierra, tal como ha procurado iniciarlo su maravilloso padre natural». Como testigo de la declaración actuó Marceline, la mujer de Jones; Grace, la madre, no contó para nada en todo el embrollo.

El reverendo empleaba el sexo para ejercer su poder y debilitar la relación entre los esposos, con lo que conseguía atarlos más firmemente al Templo.

Sus «fieles» jovencitas consideraban que era un verdadero honor satisfacer sus caprichos sexuales. Una de las secretarias de Jones, incluso llevaba un diario especial de citas. Él mismo alardeaba con orgullo de este poder y decía poseer una potencia, una energía y un aguante sobrehumanos. En una ocasión llegó a visitar al psiquiatra para consultarle algún remedio para controlar su líbido.

Las relaciones sexuales no estaban permitidas con «extraños». Todo contacto carnal entre los miembros de la congregación necesitaba el visto bueno previo del reverendo. El líder tuvo al menos tres hijos con diferentes «feligresas».

El sexo era uno de los temas recurrentes durante las discusiones de la Comisión de Planificación del Templo, un organismo especial compuesto por unos cien miembros, todos ellos blancos de clase media y de mayor nivel cultural.

Las reuniones se prolongaban con frecuencia hasta bien entrada la noche, y las relaciones comunitarias se iban volviendo más libres, pero Jones se iba tornando más paranoico.

Sus peores temores se desencadenaron tras la «deserción» de dos miembros muy veteranos. Elmer y Deanna Mertle, una pareja de recién casados, contactaron en 1968 con el Templo del Pueblo en el valle de Redwood, donde encontraron un ambiente de amistad y compañerismo que jamás habían experimentado antes. Vendieron su casa y se mudaron a una granja que el reverendo buscó para ellos. Al cabo de unas pocas semanas, el líder les proporcionó un puesto de trabajo.

En 1975 los Mertle ya formaban parte de la todopoderosa Comisión de Planificación. Pero les inquietaba cada vez más el extraño comportamiento del reverendo. Un buen día, su hija fue azotada por haber cometido una pequeña infracción del reglamento de la comunidad. Aquello colmó el vaso y decidieron marcharse.

Sin embargo, no resultó tan fácil como se lo habían imaginado. Dos de sus hijos estaban viviendo en casas de otros miembros de la comunidad y se sentían más atados a Jones que a sus verdaderos padres.

Por añadidura, la casa y todas sus pertenencias eran propiedad del Templo que los había mantenido -y rodeado- completamente durante cinco largos años. Ellos no habían tenido ningún contacto con el «mundo exterior».

La madre de Elmer Merde acudió en su ayuda. Les traspasó una rentable residencia de ancianos que poseía en Berkeley y les prestó el dinero necesario para adquirir una casa. Pero Deanna Mertle avisó a Jones de que iban a abandonar la congregación y acto seguido se presentó una comisión en su casa con el encargo de hacerles cambiar de opinión a toda costa. El intento falló.

Entonces el reverendo acudió a trucos más bajos, como amenazar con manchar la reputación de Elmer acusándole de ser un pervertido que acosaba a los menores de edad. Los Mertle respondieron que acudirían a la prensa.

La familia sólo consiguió zafarse de la garra de Jones cambiándose de nombre y depositando, en una caja fuerte secreta, declaraciones juradas que relataban las indecencias del reverendo. En sus prédicas, el líder del Templo acusó a los Mertle de «haberse vendido por un puñado de tarjetas de crédito y un bonito coche».

La casa de los exmiembros fue, no obstante, puesta bajo vigilancia, ya que la congregación tenía que asegurarse de que no hablarían con la policía ni con los periodistas. En esta época, los influyentes amigos de Jones prácticamente garantizaban que las quejas de los «desertores» jamás llegarían a gozar del crédito suficiente. Aun así, el reverendo estaba convencido de que le habían pinchado la línea telefónica y de que le perseguían agentes camuflados del FBI.

Durante todo este tiempo «Papá» procuró hacer públicas sus futuras intenciones; pero el «mundo exterior» no prestó la menor atención al asunto.

«Peor que un asesinato»

El arresto de dos judíos, Julius y Ethel Rosenberg, y el juicio posterior dividió a la sociedad norteamericana a principios de los años cincuenta. Se les condenó por vender los secretos de la bomba atómica a la URSS.

El proceso tuvo lugar en el momento álgido de la «caza de brujas» dirigida por el senador anticomunista de Wisconsin, Joe McCarthy. Le apoyaba gran parte de la Norteamérica central, ya que la gente quería librarse de todos los «traidores» comunistas, pero también de los negros, de los católicos y de los judíos.

Los Rosenberg se declararon inocentes. Los liberales consideraron que el proceso fue más antisemita que anticomunista.

El presidente Eisenhower declaró que el crimen del matrimonio era «peor que el asesinato», dado que a causa de la venta del secreto provocarían indirectamente la muerte «de millones de personas en todo el mundo».

El 19 de junio de 1953 fueron ejecutados, y ese mismo día una manifestación de protesta de cinco mil personas se concentró en la Union Square de Nueva York.

PUNTO DE MIRA – Al sur de la frontera

Los norteamericanos cruzan con frecuencia la frontera mexicana buscando saborear la vida de una forma diferente, pero para algunos resulta de un sabor mortal.

Sudamérica contrasta fuertemente con la tecnificada civilización de los Estados Unidos. Muchos norteamericanos hallan al sur de la frontera una especie de «remanso de paz espiritual». La gente se comporta de forma más espontánea, más generosa y menos materialista.

A Jim Jones le atrajo la simplicidad y lo salvaje de la zona; a Mark Kilroy la música exótica, la comida especiada, el alcohol sin límite y las hospitalarias y bullangueras gentes del lugar.

Ambos hombres se transformaron en las víctimas de fuerzas ocultas, extrañas, contra las que no cabía defensa alguna.

EL GRAN SUICIDIO – Días negros, noches blancas

Jones era ahora un predicador famoso, adulado por los políticos y admirado por su labor. Pero su paranoia se agravaba y exigía con insistencia una prueba de devoción de sus «feligreses». Así comenzaron los ensayos para cometer el acto más sublime: «el suicidio revolucionario».

En 1977, el Día de Conmemoración de los Caídos, el reverendo fue invitado a pronunciar un discurso en torno al suicidio en San Francisco. El propósito que había movido a los organizadores era construir un muro antisuicidas a lo largo del puente Golden Gate, uno de los lugares favoritos para tirarse al vacío.

La perorata de Jones comenzó con una tajante desaprobación del suicidio, pero de pronto giró en redondo, y para sorpresa de los asistentes, empezó a respaldar sin tapujos la idea del suicidio. El reverendo había mencionado por primera vez en 1973 la idea del «suicidio revolucionario» a Grace Stoen. En aquel momento sus seguidores eran los únicos «con derecho» a morir, pero él seguiría vivo para explicar las razones del suicidio masivo.

En 1976 empezó a llevar a la práctica sus planes. El día de Año Nuevo obligó a la congregación a beber un vaso de «veneno». En una tremenda prédica insultó a los «traidores» que habían osado abandonar el Templo y convenció a los presentes de que sólo había una manera de demostrar su devoción por él: bebiendo el veneno. Muchos fieles tuvieron un repentino ataque de histeria; uno de ellos intentó escapar, pero fue capturado y se simuló un fusilamiento. Entonces, los demás asistentes se tragaron mansamente el líquido mortal. Al cabo de cuarenta y cinco minutos Jones les explicó que el bebedizo era inocuo, y la comunidad en pleno le dio las gracias por la prueba a la que la había sometido.

Fue el primero de los ensayos de suicidio masivo que el reverendo llamó las «Noches Blancas». En todas las ocasiones explicó a los congregados que estaban bebiendo verdadero veneno, por lo que nadie podía estar seguro de que no era así. Poco a poco se fueron acostumbrando a la idea de despojarse de sus vidas para honrar a «Papá». Un padre espiritual que ahora decía venir de «otro planeta», igual que Supermán.

Los miembros del Templo no daban las gracias a Dios, sino a Jim Jones. Al mismo tiempo, el reverendo dejó de creer en el concepto de cristiandad. Durante uno de sus sermones, y para ejemplarizar su punto de vista, lanzó su Biblia melodramáticamente al suelo.

Los periódicos habían empezado a publicar artículos criticando al Templo del Pueblo. Los Mertle se dedicaron a luchar contra la demoníaca institución. Explicaron los abusos sexuales y físicos que habían presenciado. La revista New West publicó todo un artículo atacando a Jones, y en él sacaba a la luz pruebas de extorsión, malversación y chantaje. El reverendo había empezado a colocar su dinero fuera de Estados Unidos. En el artículo se contaba también pormenorizadamente la relación que Jones mantuvo con Grace Stoen.

Grace había huido del Templo poco tiempo antes y presentó una demanda para recuperar a su hijo, John-John. Pero el predicador iluminado estaba decidido a quedarse con el crío, ya que era uno de los nacidos para «heredar el mundo». 

Tim Stoen seguía actuando como consejero legal de Jones y le explicó que Grace tenía el caso ganado en los tribunales. Les obligarían a transferir la tutela del pequeño a su madre natural -sobre todo tras escuchar el testimonio de los Mertle sobre las extrañas costumbres sexuales de su «padre adoptivo»-. La única forma de «salvar» al muchacho era sacarlo fuera del país. El procedimiento ante un tribunal extranjero se podía demorar artificialmente durante años, quizá para siempre. 

En 1974, Jones había pagado un millón de dólares por el arrendamiento de diez mil hectáreas de jungla tropical en Guyana y por aquellos años era una avanzadilla agrícola experimental del Templo, pero en 1977 se desembarcaron grandes cantidades de material de construcción en el cercano puerto fluvial de Kaituma. Unos trescientos ochenta miembros del Templo solicitaron visados y viajaron a Guyana. Entre ellos estaba John-John.

El sabio consejo de Stoen se volvió en su contra, cuando, al poco tiempo, abandonó el Templo del Pueblo e incluso se reconcilió con su mujer. Juntos lucharon por recuperar a su hijo, pero, tal y como había vaticinado, el caso quedó encenagado ante los tribunales de Guyana. John-John murió envenenado en Jonestown.

Al año siguiente, otros setecientos colonos se trasladaron a la utopía de Jones. El precio de entrada era donar todas las posesiones al Templo. Algunos de los miembros se habían hecho cargo de niños abandonados en Estados Unidos y, todos ellos, no menos de ciento cincuenta criaturas viajaron a Guyana para comenzar «una nueva vida».

Unos cuantos adultos se emborracharon en las tabernas de Georgetown antes de llegar a la colonia. El grupo embarcó para subir el río y una adolescente, con una curda monumental de ron, tuvo una aventurilla amorosa con uno de los marineros. Jones se enfureció y una vez llegados a la colonia, se impuso una disciplina de hierro. Las relaciones amorosas «azarosas» fueron prohibidas. El Comité de Relaciones decretó tres meses de estricto celibato para toda pareja que tuviera intenciones serias de formar un hogar estable.

Por supuesto, el líder estaba exento de estas medidas. Se instaló en una choza junto a dos de sus amantes y en una casucha cercana vivía su mujer. Una muchacha joven que se resistió a sus insinuaciones amorosas fue internada en el hospital de Jonestown, drogada, y transportada noche tras noche a la choza de Jones. Los que gozaban del favor del reverendo conseguían ciertos privilegios. Por ejemplo, el médico que apuntaló la teoría de Jones de que el sexo no revolucionario causaba cáncer, disfrutó subsiguientemente de las atenciones amorosas de una serie bien nutrida de jovencitas adolescentes.

Las palizas estaban a la orden del día par castigar las infracciones menores, y la dureza se redoblaba si algún hombre se atrevía a hacer la más mínima insinuación a una mujer que le gustara al reverendo. A los adultos se les azotaba o se les obligaba pelear entre sí hasta «el triunfo de la justicia». Otras veces se les apaleaba para someter su comportamiento rebelde. A los niños se les castigaba por auténticas nimiedades. Se les llevaba ante un micrófono a las dos de la mañana para recibir una buena tunda de palos, hasta setenta y cinco golpes, y sus gritos se podían oír en todo el campamento gracias al sistema de altavoces. A un crío lo encerraron en una caja metálica y lo enterraron durante 24 horas. A otros les bajaban en un cubo hasta el nivel freático de un pozo y allí esperaba un «ayudante» para sumergirlos en el agua.

La paranoia de Jim Jones iba en aumento sin cesar. En una ocasión les dijo que había matado a un ladrón que trataba de introducirse en su choza, y con el cuerpo del desdichado preparó un guiso para sus «fieles».

Los colonos trabajaban arduamente en los campos desde el alba hasta la puesta del sol. Jones pasaba el tiempo metido en su choza, drogándose y censurando las noticias que llegaban de San Francisco y de la «sucursal» del Templo que tenía en Georgetown, ya que sólo permitía que se colasen las noticias que él consideraba apropiadas para la comunidad. Pero no bastaba: además amañaba y tergiversaba la información del «mundo exterior».

Sostenía que Jonestown estaba a punto de ser atacada por un grupo de mercenarios de la CIA acampados en una zona cercana al otro lado de la frontera con Brasil. No tardarían en atacar, vaticinaba Jones. Se creó un cuerpo de guardianes armados con puestos de vigilancia alrededor de todo el recinto. Pero lo que se trataba de evitar era que algún que otro «creyente descontento» escapara de la maravillosa utopía.

No obstante, tras la llegada del congresista Ryan, sólo treinta «desencantados» decidieron abandonar la colonia. El resto se suicidó sin rechistar. «Papá» había tenido un éxito tremendo y horrible. Consiguió fusionar a sus «seguidores» en una comunidad cerrada. Convenció a casi mil personas de que vivían -y debían morir- cumpliendo la palabra de su dios: Jim Jones.

Los supervivientes

Al día siguiente del suicidio, los soldados de Guyana encontraron a dos supervivientes. Grover Davis era algo duro de oído y no oyó las llamadas para acudir a los pabellones comunes. Más tarde, al ver lo que estaba ocurriendo, procuró esconderse hasta el final de la masacre ritual. Los soldados creyeron que era un cadáver que volvía a la vida.

Hyacinth Thrush durmió durante todo el apocalipsis. Estaba enferma, metida en la cama, y sólo se atrevió a echar un vistazo por la puerta de su choza al ver que no le servían el desayuno a la mañana siguiente. Hyacinth declaró más tarde que sentía mucho haberse perdido la magna reunión y el placer de morir junto a sus hermanos y hermanas.

MENTE ASESINA – Sediento de poder

Los dos iluminados -Jones y Constanzo- exigieron y consiguieron una obediencia absoluta. Ambos se valieron de pactos de muerte para asegurar la lealtad de sus seguidores.

Tanto Jim Jones como Adolfo de Jesús Constanzo emplearon sus poderes de convicción para lograr que otras personas mataran por ellos.

Su manía era tan absorbente que ambos decidieron dar fin a sus vidas en medio de un ambiente apocalíptico de asesinato y suicidio cuando se vieron enfrentados a su fracaso.

El reverendo Jones quiso edificar una utopía para su «rebaño». Pero, en realidad, los condenó a vivir en un infierno, amontonados en destartaladas chozas, trabajando como animales por un pobre plato de comida, escaso incluso si lo comparamos con el sustento de un obrero de Guyana.

Irónicamente, el hombre que había dedicado su vida entera a luchar contra el racismo y elevar el nivel de vida de los negros, consiguió persuadir a su congregación -mayoritariamente negra- de que debía entregarle todos sus bienes terrenales y someterse a un especie de «esclavitud voluntaria» en medio de la jungla.

Constanzo también minaba la voluntad y el espíritu de sus acólitos mediante pruebas de sumisión y lealtad: el asesinato, la tortura, el sacrificio humano.

A diferencia de lo que ocurría con los afines al Templo del Pueblo, no eran las ilusiones sobre derechos políticos o mejores condiciones de vida lo que atraía a los seguidores del demoníaco «Padrino». Ellos se entregaban a él en cuerpo y alma porque el cubano los embelesaba con promesas de riqueza y enormes ganancias, todo ello aliñado con una forma de actuar violenta y vengativa. La ligazón con que los ataba se convertía así en un auténtico «pacto de sangre».

Ambos hombres sabían lo perturbador que podían resultar la mezcla formada por la concesión de «favores» sexuales y el castigo violento. Sus devotos quedaban así totalmente desorientados. El sexo era el instrumento para dividir y gobernar a los dos miembros de una pareja de «fieles». Destruían la relación física y moral normal de un matrimonio.

Constanzo era un maestro en explotar las debilidades físicas de los seres humanos aprovechándolas para llevar a cabo sus planes. Convenció a su «novia» de entonces, Sara María Aldrete, de que seducir al pequeño Elio era bueno para el negocio.

Jim Jones se acostó con los miembros de su congregación cuando le dio la gana -pero sobre todo con las esposas y amigos/as de aquellos «fieles» cuya lealtad tendía a flaquear. El soporte filosófico de esta actitud era el concepto de «sexo revolucionario».

Cuando Debbie Blakey llegó a Jonestown quedó horrorizada ante el cambio que se había producido en el carácter de su hermano Larry Layton. Jones se había «apropiado» de sus dos mujeres par su uso exclusivo. De esta forma perdió la capacidad de diferenciar donde acababa él mismo y empezaba el reverendo. De hecho, cuando Larry abatió a tiros al grupo que acompañaba al senador Ryan, se le apodaba el «Robot de Jones».

A mediados de 1978 Jim Jones sufría ya una profunda paranoia. Ryan estaba a punto de convertir a Jonestown en noticia en Norteamérica. Los tres ídolos del reverendo -Martín Lutero King, el presidente Kennedy y Malcolm X- habían sido asesinados, quizá por agentes del gobierno. Creía que el FBI había intervenido su teléfono. En Jonestown, convenció a sus seguidores de que un ataque de la CIA era inminente.

El creerse sus propias mentiras -un mundo de pesadillas surgido de su megalomanía paranoica- otorgó a Jones el poder necesario para convencer a cientos de personas lavándoles literalmente el cerebro… hasta conseguir que se quitaran la vida, perros y niños incluidos,

Constanzo creyó a pies juntillas en los superiores poderes de la magia negra y el ocultismo. Jones, al igual que Adolfo de Jesús, resultó ser al final la primera y más abyecta víctima de sus propios «poderes».

 


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