Jeffrey MacDonald

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Jeffrey MacDonald
  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Parricida
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 17 de febrero de 1970
  • Fecha de detención: 1 de mayo de 1970
  • Fecha de nacimiento: 12 de octubre de 1943
  • Perfil de las víctimas: Su mujer y sus hijas de 2 y 5 años
  • Método de matar: Arma blanca
  • Localización: Fort Bragg, Estados Unidos (Carolina del Norte)
  • Estado: Condenado a cadena perpetua en 1979
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Jeffrey MacDonald. ¿Por qué iba a asesinar salvajemente a su propia mujer y a sus dos hijas aquel perfecto padre de familia americano?

Última actualización: 16 de marzo de 2015

El doctor Jeffrey MacDonald, médico militar, parecía tenerlo todo… buena apariencia, un destino en el Regimiento de los Boinas Verdes, una bonita esposa y dos hijas. Una noche de febrero de 1970 toda su familia fue asesinada de un modo salvaje. ¿Fue MacDonald el autor del crimen o la víctima de una venganza por parte de unos hippies enloquecidos por la droga?

TRIPLE ASESINATO – La matanza de los inocentes

Una llamada telefónica hizo que la policía militar acudiera a una casa de la base de Fort Bragg, en Estados Unidos, donde se encontraron con un cuadro espantoso… una mujer y dos niñas, muertas a puñaladas. Pero el hombre que había hecho la llamada respiraba aún.

Al otro lado del teléfono la voz del hombre era débil y apagada: «Quinientos cuarenta y cuatro de Castle Drive… Socorro… Quinientos cuarenta y cuatro de Castle Drive… Apuñalamiento…» El sargento del Cuartel General de la Policía de Fort Bragg echó una mirada al reloj. Eran las 3,42 de la madrugada de la fría y húmeda noche del martes 17 de febrero de 1970. En la línea se produjo un sonido de golpeteo, como si el interlocutor hubiera dejado caer el aparato. Después, un silencio prolongado. Por fin, la voz habló de nuevo, ahora aún más débil: «Quinientos cuarenta y cuatro de Castle Drive… Apuñalados… ¡Aprisa!»

Fort Bragg, Cuartel General del Regimiento de Boinas Verdes, es la mayor base militar de Estados Unidos. Está situada en las afueras de Fayetteville, en Carolina del Norte. Castle Drive es una calle formada por pequeñas viviendas ajardinadas destinadas a oficiales casados. El convoy de jeeps y los coches patrulla tardaron escasos minutos en llegar a la silenciosa y oscura casa número 544. La puerta principal estaba cerrada, pero los agentes de la policía militar encontraron abierta la trasera. La escena que se presentó ante sus ojos era la de una espantosa carnicería.

En el dormitorio principal yacía el cuerpo de una mujer cubierta de sangre. La cabeza y el rostro aparecían brutalmente golpeados. Tenía sobre el pecho una chaqueta de pijama desgarrada y ensangrentada. Junto a ella, sin conocimiento, estaba tendido un hombre vestido solamente con los pantalones del pijama. Sobre la alfombrilla, empapada de sangre, había un cuchillo pequeño de pelar verduras. Uno de los policías encendió una linterna. En la cabecera de la cama de matrimonio figuraba la palabra «cerda» escrita con sangre. El hombre comenzó a gemir y susurró: «Busque a mis hijas.»

En el dormitorio sin luz, al pie del vestíbulo, el cuerpo acostado de una niña inundaba de sangre la almohada y el colchón de la cama. Había sido apuñalada en el pecho y en el cuello.

En un tercer dormitorio de la casa, al otro lado de la entrada, los policías encontraron el cadáver de una niña más pequeña aún, muerta a causa de las heridas del pecho y de la espalda. La sangre que goteaba desde un lateral de la cama formaba un charco en el suelo. Entre ella y la puerta aparecía la huella ensangrentada del pie descalzo de un adulto.

El capitán Jeffrey MacDonald, el hombre medio desnudo que yacía herido en el dormitorio principal, estaba intentando hablar.

«Eran cuatro -jadeaba-. Ella decía todo el tiempo: “El ácido es estupendo… Muerte a los cerdos”.» MacDonald respiraba con dificultad, agitándose y temblando. En un momento determinado el capitán pareció perder el conocimiento y uno de los agentes le practicó la respiración boca a boca. MacDonald se rehizo y luchando por incorporarse exclamó: «¡Dios mío! ¡Miren a mi mujer.»

El impasible policía militar había reconocido al capitán MacDonald, uno de los oficiales médicos del campamento. Enseguida comprendieron que los cadáveres encontrados en sus respectivos dormitorios correspondían a la esposa del capitán, Colette, de veintiséis años, y a sus hijas Kimberly, de cinco, y Kristen, de dos. Toda la familia del capitán había sido brutalmente asesinada.

Era tal la envergadura de las heridas inflingidas a la mujer y a las dos niñas que hasta los endurecidos oficiales de policía evitaban mirar el espectáculo. El fotógrafo, a su vez, se sintió indispuesto y tuvo que salir sin acabar su tarea.

El capitán MacDonald, tendido en el dormitorio, explicó entrecortadamente que les habían atacado cuatro intrusos: dos hombres blancos, uno negro y una mujer de larga cabellera rubia, cubierta con sombrero de ala y calzada con botas altas.

Los describió como «esos malditos tipos del ácido», hippies alucinados por el ácido y por el LSD. La mujer del sombrero llevaba una vela en la mano y repetía continuamente, como si estuviera en trance: «El ácido es estupendo… Muerte a los cerdos». En la ambulancia, camino del hospital militar de Fort Bragg, el capitán amplió su historia. También a él lo habían atacado y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí vio a su mujer tendida en el suelo con un cuchillo clavado en el pecho, se arrastró hasta ella y le sacó el cuchillo comprobando que ya no respiraba.

En el hospital, le curaron una pequeña herida en el pecho, la única lesión que exigía cuidados inmediatos. A pesar de que la mujer y las niñas estaban horriblemente mutiladas, ninguna de las heridas del capitán MacDonald era lo bastante importante como para necesitar suturas, aunque una radiografía de tórax reveló, por otra parte, que tenía dañada una zona del pulmón.

A pesar de que las heridas no revestían gravedad, todas las personas que le vieron inmediatamente después del crimen estuvieron de acuerdo en afirmar que parecía terriblemente afectado por la tragedia.

Tres doctores lo reconocieron, entre ellos su amigo Merrill Bronstein, el cual le suministró unos calmantes y dijo: «Lo he hecho por mi propia tranquilidad… Odio ver llorar a un adulto.»

El cirujano de guardia interno, doctor Benjamín Klein, examinó a MacDonald y advirtió cuatro pequeñas heridas en el tórax, además de las otras más importantes.

El policía militar que le hizo la respiración boca a boca declaró que a primera vista le habían parecido rasguños: «Como si alguien le hubiera clavado las uñas». El doctor Klein escuchó al capitán farfullar su relato histéricamente.

Contó que estaba durmiendo en el sofá de la sala cuando alguien le despertó golpeándole. Oyó gritar a Colette en el dormitorio. Había tres hombres, uno de ellos era negro, y una mujer rubia con una vela en la mano, que decía algo así como: «Muerte a los cerdos.»

Según repitió el doctor Klein, «había un hombre con un bate y otro con una navaja, una especie de pequeño instrumento cortante. El hombre del bate le golpeaba y el otro le clavaba el cuchillo; él saltaba tratando de esquivarlos y, mientras, seguía oyendo gritar a su mujer».

El capitán MacDonald le pidió también: «Asegúrese de decir a los policías militares y al Departamento de Investigación Criminal (CID) que yo le saqué el cuchillo que tenía clavado en el pecho. Dígales que saqué el cuchillo del pecho de mi mujer y lo tiré al suelo.»

El interés del capitán MacDonald sobre lo que tenía que saber el CID era muy oportuno, ya que en aquel momento había ya en la casa una docena de oficiales de la división. El primer detective en aparecer en escena había sido William Yvory, el policía de guardia nocturno que llegó a la casa a las 4,10 de la madrugada. A las cinco apareció Franz Joseph Grebner, jefe del Departamento de Investigación Criminal de Fort Bragg, y era tal la actividad en la casa que no encontraba hueco para aparcar su vehículo.

Grebner, un hombre con experiencia de veinte años en el CID, entró en el cuarto de estar, contempló la escena e inmediatamente presintió algo extraño. Sabía que el capitán MacDonald había descrito su lucha a muerte con unos individuos enloquecidos y, sin embargo, eran muy escasas las muestras de desorden.

La mesa de café permanecía intacta junto al sofá. Había una planta fuera del macetero y unas gafas caídas en un rincón, pero, por lo demás, no se apreciaban más huellas de lucha. El comedor, en la habitación contigua, estaba perfectamente ordenado. Las bandejas rectas en su soporte de porcelana con los bordes alineados y las felicitaciones de San Valentín colocadas encima de una mesa.

Los cuerpos de Colette MacDonald y de sus dos hijas fueron retirados a las ocho. Mientras tanto, los hombres de Grebner registraron la casa y los alrededores, y descubrieron tres armas: un bastón ensangrentado de 78 centímetros tirado en el patio trasero y, junto a un arbusto, un punzón de hielo y un segundo cuchillo de pelar. La hoja, como la que había en el suelo del dormitorio, aparecía limpia de sangre.

Hicieron nuevos descubrimientos. En la espalda de la chaqueta del pijama que cubría el cuerpo de Colette MacDonald había un total de cuarenta y ocho agujeros limpios y redondos que podían haberse hecho con el punzón de hielo. Cuando retiraron el cuerpo, los investigadores encontraron en el suelo algunas hebras azules que coincidían con el tejido de la chaqueta del pijama, así como en distintos puntos de la habitación, junto con unos fragmentos de guantes de cirujano desechables.

Mientras los especialistas forenses de los laboratorios del Departamento de Investigación Criminal en Fort Gordon, Georgia, continuaban sus pesquisas en el 544 de Castle Drive, otros agentes iban reconstruyendo los acontecimientos que culminaron en la matanza. El domingo, 15 de febrero, a las cuatro de la mañana, Jeffrey MacDonald inició el recorrido de 90 kilómetros para llegar al hospital de Hamlet, donde estaba pluriempleado en el servicio de urgencias. El lunes a las seis, después de un turno de veinticuatro horas, volvió a Fort Bragg, se puso el uniforme del Ejército y entró a trabajar.

Por la tarde jugó al baloncesto durante una hora. De vuelta a casa se duchó y se puso un pijama viejo azul. Colette había salido para asistir a una clase nocturna y MacDonald acostó a Kristen antes de quedarse dormido en el suelo del salón.

A las ocho de la noche lo despertó Kimberly para que vieran juntos un programa de televisión, y a las nueve, la pequeña de cinco años se fue a dormir. Colette volvió cuarenta minutos después y el matrimonio se dispuso a ver la televisión, sentados en el sofá, mientras saboreaban una copa. Ella, que estaba embarazada de tres meses y medio de su tercer hijo, se fue a la cama después de las noticias, pero su marido se quedó en el salón para ver el espectáculo de Johnny Carson. A la una de la mañana no estaba cansado aún, de modo que terminó de leer una novela y luego lavó los platos de la cena.

Por fin, Jeffrey MacDonald se dispuso a meterse en la cama. Pero encontró en ella a Kristen, la hija más pequeña, durmiendo con su madre. La niña se había orinado y, para no despertarlas cambiando las sábanas, Jeffrey buscó una manta en el cuarto de la pequeña y se quedó dormido en el sofá del salón.

Después, sólo el recuerdo de los gritos de su mujer: «¡Jeff, Jeff, socorro! ¿Por qué me hacen esto?», y la voz de su hija mayor: «¡Papi, papi, papi, papi, papi!»

*****

Volar en un terrón de azúcar

La dietilamida del ácido lisérgico o LSD era una droga alucinógena, de uso habitual entre la comunidad hippy norteamericana, y se obtenía con gran facilidad en la era del amor y de la paz de los años sesenta y setenta. Es relativamente sencilla de preparar y al contrario de la heroína, no crea adicción.

El LSD se consume generalmente bajo la forma de un terrón de azúcar, y provoca alucinaciones y extrañas sensaciones visuales. Pero actúa también violentamente sobre el sistema nervioso, produciendo euforia y desorientación. Los resultados de esta droga son imprevisibles y el «viaje» deseado falla a veces, haciendo que los consumidores se comporten de modo psicópata y violento.

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Los crímenes de Manson

En la noche del 9 de agosto de 1969, un grupo de hippies, seguidores del satánico Charles Manson irrumpió en el hogar de la actriz cinematográfica Sharon Tate, asesinándole a ella y a cuatro de sus amigos en una orgía de violencia. Tate, la bella esposa del director Roman Polanski, estaba embarazada. Los criminales volvieron a matar la noche siguiente, de modo parecido, a un matrimonio en Hollywood.

La agresión de Fort Bragg mostraba ciertas semejanzas con la matanza que los seguidores de Manson habían llevado a cabo seis meses atrás. Jeffrey MacDonald habló de un grupo de hippies que apuñalaba a sus víctimas en medio de una orgía de droga. Y, como en el caso de Sharon Tate, la palabra «cerdo» apareció escrita con sangre junto a los cadáveres.

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PRIMEROS PASOS – El mejor de la clase

Inteligente, popular y trabajador, Jeffrey parecía destinado a triunfar. La boda con su novia de la infancia confirmaba que el sueño americano puede convertirse en realidad.

Guapo, alto, rubio, atlético, Jeffrey MacDonald era el típico muchacho americano. Nació el 12 de octubre de 1943, segundo de tres hijos, y creció en un entorno de clase media baja en Patchogue, Long Island. En la Escuela Superior fue presidente de la Asociación de Estudiantes y una estrella de la defensa en el equipo de fútbol.

Era realmente popular entre las chicas y, al cumplir los catorce años, se hizo novio de una de sus compañeras de clase… la preciosa rubia Colette Stevenson.

El noviazgo de adolescentes sufría altibajos, y un verano, durante las vacaciones, Colette le comunicó que se estaba viendo con otro chico.

MacDonald desdeñó a su rival como «exactamente un pelmazo», pero se enfadó y se volvió a Patchogue para curar su orgullo herido.

En 1961 obtuvo una beca en la Universidad de Princeton y a su llegada experimentó lo que posteriormente calificaría como «una increíble transformación». «No sé cómo fue, pero, de repente, decidí que quería ser médico -recordaba MacDonald-. Súbitamente, en mi primera semana de estancia en Princeton, con la nueva y maravillosa experiencia de la asociación estudiantil y al conocer a todas esas personas estupendas, comprendí que lo que yo quería era ser médico».

Al mismo tiempo, Jeffrey comenzó a pensar de nuevo en Colette y le escribió una carta larga y emocionada, insinuándole la reconciliación. Entonces ella estaba estudiando en el Skidmore College de Saratoga Springs, en Nueva York, y a pesar de que la respuesta fue evasiva, el muchacho tomó rápidamente un autobús hasta Saratoga Springs para verla y hablar con ella. Las dudas de Colette desaparecieron enseguida. Pasaron el fin de semana en el motel Grand Union y por primera vez tuvieron relaciones sexuales.

Aunque Colette era virgen, Jeffrey había tenido ya experiencias amorosas con anterioridad. A pesar de continuar citándose con su novia, se veía con una compañera de la Escuela Superior llamada Penny Wells, una belleza despampanante a la que más tarde describiría como «una especie de princesa de plástico. No lo digo menospreciándola -era una mujer de un atractivo extraordinario-, quizás un poco vacía, pero muy dependiente de mí y aquello me agradaba».

Se reunía con Penny en su dormitorio de Princeton. «Aunque nuestros encuentros eran extraordinariamente fogosos, libres y muchas, muchas veces apasionados -recordaba MacDonald-, no había en ellos nada de la compenetración espiritual que existía entre Colette y yo.»

Durante su primer año de estancia en la Universidad de Princeton, el joven continuó cortejando a Colette, cuya timidez y retraimiento la hacían aún más atractiva. Según MacDonald, «a ella le gustaba mi carácter dominante y a mí su indefensión y vulnerabilidad». Pero mientras tanto hacía frecuentes visitas a Nueva York para verse con otras mujeres y solía invitar a Penny Wells a pasar juntos algunos románticos fines de semana.

Cuando estudiaba segundo curso, Colette, de veintidós años, se quedó embarazada. Ambos decidieron que no abortara y se casaron en septiembre de 1963. Colette dejó la escuela y en abril de 1964 nació, en Princeton, Nueva Jersey, su primera hija, Kimberly.

Al acabar el tercer año, MacDonald abandonó la Facultad de Princeton e ingresó en el Colegio Médico de la Universidad Northwestern de Chicago. Durante ese tiempo nació su segunda hija, Kristen, y MacDonald hizo su año de residencia en el Centro Médico Presbiteriano de Columbia, en la ciudad de Nueva York. Era el año 1968 y la guerra del Vietnam se encontraba en su punto álgido. La pareja quemaba los avisos de reclutamiento en las manifestaciones antibelicistas de Greenwich Village, donde vivían los padres de ella. Pero también se reclutaba a los médicos y, a pesar de los temores de Colette, Jeffrey se unió al Ejército de Estados Unidos.

Siguió un cursillo de entrenamiento básico en Fort Sam Houston, Texas, y un coronel que visitó el campamento durante unas maniobras le ofreció la posibilidad de formar parte de un destacamento paramilitar. Colette, temiendo verse reducida a vivir con sus hijas en un minúsculo apartamento del Ejército, se mostró claramente contrariada y, a pesar de su resistencia, MacDonald insistió. Confiaba en que al alistarse en los Boinas Verdes se libraría de ir a Vietnam.

Estaba en lo cierto. Tras alistarse inició un curso de entrenamiento en Fort Benning, Georgia, y en septiembre de 1969, con gran alivio por parte de su esposa, lo destinaron como oficial médico a Fort Bragg, Cuartel General de los Boinas Verdes en Carolina del Norte. Sus obligaciones fueron más burocráticas que médicas, ya que era el responsable de la higiene en las letrinas y de cumplimentar los informes mensuales sobre las enfermedades venéreas en el campamento.

Aquellas Navidades, Colette escribía a una amiga en los siguientes términos: «Estamos disfrutando de unas verdaderas vacaciones pagadas a expensas del Ejército. Parece ser que Jeffrey estará destinado aquí dos años más, con lo que se me ha quitado un peso de encima. Nunca hemos vivido tan tranquilos y tan felices. Jeff suele volver a casa a las cinco de la tarde y muchos días hasta llega a comer. A propósito, como estamos pasando tan buena temporada, esperamos otro hijo para el mes de julio.»

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DUDAS – El tema de las muertes

Los detectives militares y los forenses empezaron a comprobar las declaraciones del capitán Jeffrey MacDonald sobre el asesinato de su mujer y de sus hijas. Se mostraban reticentes ante el relato de los hechos y el jefe del CID estaba convencido desde un principio de que les estaba contando un montón de mentiras. Sospechar es una cosa, pero confirmar las sospechas es otra muy distinta.

Cuatro días después de la matanza de Castle Drive, el capitán Jeffrey MacDonald abandonó el lecho del hospital para asistir a los funerales de su esposa y sus dos hijas. «Encogido por el dolor de la herida del pecho -según un testigo-, caminaba con los ojos secos y la cabeza inclinada hacia la capilla de las Fuerzas Especiales de Fort Bragg.» Sólo al terminar la ceremonia, el apuesto oficial perdió la compostura y comenzó a llorar desconsoladamente. Al día siguiente, los cadáveres fueron trasladados en avión hasta Long Island para el entierro.

Los progresos para la identificación de los culpables eran muy escasos. El registro de los alrededores del campamento resultó totalmente infructuoso. Mientras tanto, el equipo del laboratorio de Fort Gordon continuaba peinando el escenario de los crímenes en busca de nuevas pistas. Y el capitán continuaba reiterando su versión de lo ocurrido.

Fue capaz de recordar más detalles y llegó a describir a los intrusos con gran exactitud. El negro, por ejemplo, vestía un traje de faena del Ejército con las insignias de sargento y, según dijo, fue quien le golpeó con el bate de béisbol.

Durante la pelea que se desarrolló a continuación, MacDonald sintió un agudo dolor en el pecho y observó el brillo de un punzón de hielo. Perdió el conocimiento y, cuando se recobró, encontró la casa oscura y silenciosa. Tenía la chaqueta del pijama manchada de sangre, desgarrada y enrollada a las muñecas.

Tambaleándose, recorrió una habitación tras otra descubriendo los cuerpos sin vida de su mujer y de sus dos hijas. Extrajo el cuchillo del cuerpo de Colette y la tapó con su chaqueta del pijama. Antes de llamar a la policía pidiendo auxilio, examinó sus propias heridas en el cuarto de baño.

Sin embargo, cuanto más le oía repetir su relato, más desconcertado se sentía el jefe del Departamento de Investigación Criminal, Franz Joseph Grebner. Nada de lo que decía el doctor le hacía olvidar la sensación que sintió la mañana del crimen al entrar en la sala por primera vez: no había intrusos, no había hippies, solamente el capitán MacDonald, que Grebner estaba seguro había asesinado cruelmente a su familia antes de preparar el escenario, inventando una patraña sobre los asesinos y aferrándose a ella.

Probar esta teoría no iba a ser tarea fácil, ya que el policía se había enterado, con gran disgusto por su parte, de las deficiencias de la investigación. Por ejemplo, el pantalón del pijama del sospechoso, una prueba crucial en un futuro juicio, había sido destruido con la basura del hospital. Los basureros vaciaron los cubos del 544 de Castle Drive antes de que los agentes los hubieran registrado en busca de posibles pistas.

La huella ensangrentada del pie desapareció cuando las tablas del piso quedaron destruidas a manos de un técnico del laboratorio.

En el mismo laboratorio se perdió inexplicablemente un fragmento de piel aparecido debajo de una uña de Colette y lo mismo sucedió con un frasco de cristal que contenía una hebra de hilo azul encontrada bajo una de las de Kristen.

A mediados de marzo, Grebner recibió buenas noticias del laboratorio. Los análisis microscópicos demostraban que las hebras azules desperdigadas por los dormitorios eran idénticas al tejido de la chaqueta de pijama de MacDonald y los fragmentos de guantes de goma coincidían con los de cirujano encontrados bajo el fregadero de la cocina. Aunque en las armas no se apreciaron huellas dactilares, el bastón tenía unas manchas de pintura con idéntica composición química que la empleada en las estanterías caseras del dormitorio de Kimberly.

Sin embargo, lo más importante de todo fue el resultado de los análisis de sangre. Todas las manchas y todas las gotas de sangre que aparecieron en la casa y en los objetos del exterior fueron estudiadas al microscopio. Y es que -aun en contra de cualquier cálculo de probabilidades- se daba la circunstancia de que cada uno de los miembros de la familia MacDonald tenía un grupo sanguíneo diferente y los investigadores localizaron los lugares donde aparecía la sangre de todos ellos.

También pudieron reproducir los movimientos del capitán en el interior de la casa la noche de los asesinatos. Apoyándose en los datos que proporcionaban las manchas de sangre y las hebras azules, el Ejército llevó a cabo una reconstrucción de los hechos que contradecía punto por punto la historia de los intrusos contada por Jeffrey MacDonald.

Según dicha reconstrucción, MacDonald se había quedado dormido en el sofá del cuarto de estar mientras veía la televisión. Cuando se despertó y entró en su cuarto, se encontró con la cama mojada. Esto dio lugar a una discusión con Colette, discusión que acabó en una pelea.

Según los investigadores, el marido «se hizo» con un bastón para pegar a su mujer y acabó por «perder todo control, dejándose llevar por una cólera ciega, frenética, insensata». Al escuchar la conmoción, Kimberly entró en el cuarto de sus padres. MacDonald la atacó destrozándole el cráneo «por accidente o a propósito», y luego volvió a meter el cuerpo de la niña en la cama.

En opinión de los investigadores, cuando el capitán recuperó el dominio de sí mismo comprendió que tendría que explicar a los investigadores la muerte de la pequeña y entonces decidió silenciar a los testigos y acusar del asesinato a unos desconocidos. Golpeó e hirió el cuerpo de Kimberly con el garrote y el cuchillo, y luego se dirigió hacia su aterrorizada esposa, que había huido al cuarto de su hija Kristen en un intento de protegerla.

MacDonald reanudó los ataques contra Colette arrastrándola hasta el dormitorio principal, donde la apuñaló con un cuchillo y un punzón de hielo. Luego volvió al cuarto de Kristen y la hirió diecisiete veces con el cuchillo y quince con el punzón. Por último, se metió en el cuarto de baño y se hirió cuidadosamente a sí mismo para preparar la historia de los intrusos antes de telefonear a la policía.

El capitán Jeffrey MacDonald volvió a su puesto a finales de marzo. A primeros de abril se mudó a un piso próximo a Fort Bragg y al hospital civil de Fayetteville, donde hacía turnos de trabajo en sus días libres. El lunes 6 de abril recibió una citación de la oficina de Grebner para un interrogatorio rutinario.

Este y sus compañeros agentes, William Ivory y Robert Shaw, mostraron desde el principio su incredulidad ante el relato del capitán Jeffrey MacDonald y sus preguntas eran implacables, escépticas, hostiles. El mismo Grebner no se andaba con rodeos.

-«Su historia no me suena a verdadera -afirmó-. Hay demasiadas contradicciones.»

MacDonald estaba tan desconcertado, que después de una pausa exclamó:

-«¡Dios mío! ¡Pero hombre! ¿Cuándo han empezado ustedes a pensar esas cosas?»

-«Cuando vi el aspecto del cuarto de estar -replicó Grebner-, me pareció muy extraño.»

-«¿Y su oficina ha tardado seis semanas en interrogarme? ¡Pero hombre! -murmuró MacDonald-. Esto es una pesadilla. Parece de Edgar Allan Poe.»

El capitán MacDonald se echó a llorar.

-«Bien -dijo por fin-, esto es un montón de majaderías. Ya se lo diré yo. ¡Maldita sea!»

Al acabar la sesión, MacDonald había aceptado someterse a la prueba del detector de mentiras. Pero a los pocos minutos de abandonar el Cuartel General del Departamento de Investigación Criminal llamó por teléfono para decir que había cambiado de idea y aquella misma noche apareció un comunicado del Ejército anunciando que se consideraba al capitán Jeffrey MacDonald sospechoso del asesinato de toda su familia. Y por fin, el 1 de mayo, fue formalmente acusado del mismo.

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Grupos sanguíneos

Los investigadores descubrieron el hecho curioso de que todos los miembros de la familia MacDonald tenían diferentes grupos sanguíneos. Esto significaba que se podía fijar la localización de la sangre de las tres víctimas dentro de la casa y seguir así los movimientos de MacDonald en la noche de los crímenes.

Colette – Grupo A. Su sangre apareció en el dormitorio de Kristen. Era la misma de la huella del pie descalzo. También se encontró sangre de la joven en la ropa de la cama del dormitorio principal.

Kimbererly – Grupo AB. Había gotas de sangre en la zona próxima a la entrada del cuarto de sus padres y rastros de ella en una sábana arrugada y en la chaqueta azul de pijama que apareció enrollada en el dormitorio principal. Se descubrió un reguero de sangre de la niña desde la habitación de sus padres hasta la suya propia, donde se encontró el cadáver.

Kristen – Grupo O. Curiosamente, la mayor parte de la sangre que apareció en su cuarto pertenecía a su madre.

Jeffrey – Grupo B. La mayor parte de su sangre estaba en la cocina, cerca del cubo que contenía una caja de guantes de goma, y también junto al lavabo del cuarto de baño.

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Esquire

Dos días después de los asesinatos, uno de los Boinas Verdes, el teniente Ron Harrison, contó su visita a Jeffrey MacDonald en su casa de Castle Drive el fin de semana anterior. Le sorprendió un incidente que calificó de «curioso» e «irónico».

Harrison explicó que MacDonald acababa de recibir el número de marzo de la revista Esquire, de la que era suscriptor. En la cubierta figuraba una fotografía del actor cinematográfico Lee Marvin, con el siguiente pie: «El demonio ronda por California. Lee Marvin tiene miedo.» La mayor parte de los artículos de la revista estaban dedicados a cultos mágicos y a frenéticas orgías de droga que tenían lugar en California. MacDonald llamó la atención de Harrison sobre un reportaje en el que una «reina del ácido» de largo cabello rubio en compañía de cuatro individuos había culminado su «viaje» con LSD copulando, a la luz de las velas, con un cisne negro.

La revista publicaba también un artículo sobre el asesinato de Sharon Tate e indicaba que la actriz estaba embarazada cuando se produjo su muerte. También relataba que alguien había escrito con sangre la palabra «CERDO» en la cabecera de su cama.

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La casa ensangrentada

Cuando la policía militar acudió a casa de MacDonald en respuesta a su petición de socorro, se encontró la vivienda inundada de sangre. Pero, sorprendentemente, sólo una parte muy escasa procedía del capitán.

La mayor parte de la sangre tipo B perdida por MacDonald apareció en la cocina y sólo dos ligeras manchas en el cuarto de estar. Esto no coincidía con las declaraciones del capitán, según las cuales el ataque se inició en aquél. La sangre del tipo B de la cocina se encontró junto a una caja de guantes de cirujano y la persona que escribió «cerdo» sobre la cabecera de la cama lo hizo con guantes. No había sangre o huellas dactilares en ninguno de los dos teléfonos que, según MacDonald, había utilizado herido, después de reconocer los cuerpos cubiertos de sangre de su esposa y de sus hijas.

Cada miembro de la familia MacDonald tenía un grupo sanguíneo diferente, de modo que los detectives pudieron reproducir, con cierta exactitud, los movimientos de cada uno de ellos después de la agresión. Había sangre de Colette en el cuarto de Kristen y en el suyo propio. Kristen fue asesinada en su dormitorio, pero Kimberley, que apareció en su cama, estuvo en algún momento del ataque en el cuarto de sus padres. En 1979, los miembros del jurado visitaron la vivienda de Castle Drive como parte del estudio de las pruebas. La casa se conservó en el mismo estado en que se encontraba el 17 de febrero de 1970, e incluso con los alimentos en la nevera. Por fin, en 1984, fue desalojada por obreros de la construcción.

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LA ENCUESTA – Bajo investigación

Las pruebas relativas a la vela de cera, los anillos desaparecidos y los informes sobre la rubia de pelo largo, sirvieron para confirmar las declaraciones de MacDonald. Pero una vez que éste consiguió la libertad, la gente se quedó sorprendida ante la incalificable insolencia que mostró en una entrevista televisada.

Según el artículo 32 del Código de Justicia Militar, el coronel Warre Rock fue el designado para presidir una investigación oficial sobre el caso del capitán. El procedimiento se inició el lunes 6 de julio de 1970 en Fort Bragg y duró hasta finales de septiembre.

Se interrogó a los testigos una y otra vez a propósito de las pruebas, y la audiencia se convirtió, de hecho, en un auténtico juicio. Además de proclamar su inocencia, el capitán MacDonald contrató a un abogado civil, Bernie Segal, para que se encargara de su defensa.

Segal se aprovechó de todos los puntos débiles que surgieron en la investigación. Subrayó el hecho de que, con la destrucción de las huellas del pie y de las huellas dactilares, habían desaparecido las pruebas físicas. Cada una de ellas habría demostrado la inocencia de su cliente de una vez por todas. Luego el letrado se ocupó de los testigos.

Jeffrey MacDonald había hablado de que uno de los hippies, la chica del sombrero de ala, llevaba una vela. El jefe de policía, Bernie, reveló que en el cuarto de estar y en el dormitorio de la pequeña Kristen habían aparecido manchas de cera. Como aquella cera no coincidía con la de las velas encontradas en casa de MacDonald, tenían que proceder de cualquier otra. Posteriormente se encontraron los dos anillos que faltaban del joyero de Colette y en ellos aparecieron unas huellas dactilares no identificadas manchadas de sangre.

Un policía militar, Kenneth Mica, prestó testimonio por parte de la defensa y declaró que cuando conducía su vehículo oficial bajo la lluvia en respuesta a la llamada de MacDonald, vio a una mujer parada en una esquina a unos 800 metros de Castle Drive. Él mismo se preguntó qué estaría haciendo allí a aquellas horas (entre las tres y las cuatro de la madrugada). El oficial calculó que tendría unos veinte años y observó que llevaba un sombrero blanco de ala ancha.

Otros testigos afirmaron que una vecina había visto a una chica de pelo largo rubio salir precipitadamente de casa de MacDonald y meterse dentro de un descapotable rojo o marrón. La misma vecina, al declarar en la audiencia, admitió haberse despertado por el sonido de un motor, pero negó que hubiera visto a nadie.

Se especuló sobre si la mujer estaba coaccionada cuando hizo la declaración. Relató el desconcertante episodio del día siguiente al asesinato: desde un coche dos individuos jóvenes apuntaron a su casa con un arma. La mujer avisó a la policía militar y, desde entonces, vivía muy preocupada.

Bernie Segal sacó entonces una carta escondida e identificó a la hippy Helena Stoeckley como uno de los asesinos. La defensa llamó a declarar a William Posey, un miembro de la comunidad hippy de Fayetteville que vivía al lado de la joven, y éste afirmó en la audiencia que Stoeckley solía utilizar un sombrero blanco y una deshilachada peluca rubia. En la noche del asesinato, Posey se levantó a las cuatro de la mañana para ir al cuarto de baño. «Oí a un coche entrar precipitadamente por el camino principal… a gran velocidad.» Escuchó charloteos y carcajadas, y se asomó a la puerta, desde donde vio a Helena bajarse de un Mustang Mach 1. Por el sonido de las voces calculó que en el coche iban, por lo menos, dos hombres.

Helena Stoeckley fue interrogada sobre sus movimientos de aquella noche, y declaró a la policía que era incapaz de recordar porque se había drogado con mescalina. Sólo sabía que estuvo dando una vuelta.

¿Por qué habría elegido aquel grupo de hippies a la familia MacDonald como víctimas del crimen? Cierta teoría vino a aclarar la cuestión. Jeffrey MacDonald era asesor de drogadictos y algunos de sus pacientes, que creían «que les estaba denunciando al Departamento de Investigación Criminal por consumidores», sospechaban que era un confidente del equipo. Según la tesis de la defensa, la matanza de Castle Drive pudo ser la consecuencia de una venganza.

La imagen de Jeffrey MacDonald como un inocente torturado resultó perfecta. La defensa lo subrayó presentando unos diagnósticos de psiquiatras independientes que no sólo encontraron cuerdo al sospechoso, sino que afirmaron que no mostraba ninguno de los rasgos psicológicos que habrían podido impulsarle a cometer los asesinatos.

Las pruebas periciales presentadas por el Ejército eran poco convincentes. La acusación insistía en que si la declaración de MacDonald era cierta, tendrían que haber aparecido hebras de la chaqueta del pijama en el cuarto de estar. Y no las había. Sin embargo, el oficial presidente, coronel Rock, apuntaba en su informe oficial: «Desconocemos dónde fue desgarrado el pijama… Con la prenda enrollada alrededor de los brazos del sospechoso, las fibras pudieron permanecer en ella hasta que la desplegó para cubrir el cuerpo de Colette.»

También se consideraron poco convincentes las pruebas relativas a las manchas de sangre. «Si tomamos en cuenta el copioso derramamiento de sangre en los asesinatos -declaró el coronel Rock-, es perfectamente posible que parte de ella empapara la ropa de los asaltantes y ellos mismos la trasladaran de habitación en habitación.»

A finales de octubre, el Ejército comunicaba que se habían desestimado los cargos contra MacDonald ante la insuficiencia de las pruebas y, por lo tanto, era un hombre libre.

La opinión pública ridiculizó al Ejército por la ineficacia de sus investigadores al reunir las pruebas. La revista Time publicó un artículo a cuatro columnas solidarizándose con MacDonald, al que calificaba de «triunfador americano». El columnista Jack Anderson, del Washington Post, en un extenso trabajo, acusaba al Ejército de «tratar de encarcelar bajo una falsa acusación» al capitán de los Boinas Verdes, un hombre cuyos amigos «juraban que era incapaz de un delito tan depravado». Jeffrey MacDonald se convirtió en la estrella de los medios de comunicación.

MacDonald, estimulado por su abogado Bernie Segal, se puso en contacto con algunos escritores y periodistas, a los que ofreció material sobre el caso. En diciembre de 1970, una semana después de ser exonerado por el Ejército, apareció en el noticiario de la noche de la CBS y cuatro días después participó en el programa de variedades de Dick Cavett, uno de los más populares de Estados Unidos.

«Muchacho, es una historia fantástica -dijo Cavett al final de la entrevista-. Será fascinante ver lo que va a suceder de ahora en adelante. Buena suerte. Después de tus palabras, las cosas vuelven a su lugar.»

El doctor Jeffrey MacDonald, vestido con ropa civil nueva y el pelo algo más largo de lo que permitía el reglamento del Ejército, se puso en pie y salió a grandes pasos, sonriendo triunfalmente ante el caluroso aplauso de los espectadores del estudio.

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La chica del sombrero de ala

Uno de los aspectos más extraños del caso fue el papel que desempeñó en él una hippy drogadicta llamada Helena Stoeckley. En febrero de 1978 tenía dieciocho años y era adicta a la marihuana, al LSD, a la mescalina y a la heroína, que se inyectaba por vía intravenosa, por lo que era muy conocida por la Brigada de Narcóticos de la policía de Fayetteville. Cuando en la mañana del 17 de febrero se difundió la vaga descripción de MacDonald sobre una mujer rubia con sombrero de ala, el detective P. S. Beasley pensó que se parecía a Helena, a la que había visto con sombrero de ala, botas altas y peluca rubia. También recordaba a sus acompañantes (blancos y negros), que vestían uniformes militares de faena.

Veinticuatro horas después de que se denunciaran los asesinatos, Beasley interrogó a la hippy. «Puede ser que viera esas cosas -contestó la muchacha, pero añadió: -Estaba atiborrada de mescalina.»

A lo largo de los nueve años siguientes, en los que fue internada frecuentemente por abuso de drogas, Helena Stoeckley ofreció distintas versiones sobre su paradero y actividades en la noche de los asesinatos. Aunque durante los primeros días de la investigación los policías la consideraban firmemente como sospechosa, no encontraron restos de su cabello ni huellas dactilares en el 544 de Cástle Drive.

En un par de años se convirtió en una ruina física y mental, pasando de un centro de rehabilitación a otro, viviendo con distintos hombres o en casa de sus padres en algunas temporadas. A pesar de las advertencias de su madre: «Se lo digo yo; no hablará más que tonterías», Bernie Segal decidió, en 1979, presentarla como testigo en el juicio de MacDonald. Sin embargo, el juez Dupree juzgó increíble su declaración y la rechazó.

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La meta de un hombre

El suegro de MacDonald estaba convencido de que el hombre que se había casado con su hijastra era incapaz de matar. Sin embargo, al cabo de doce meses, Freddy Kassab cambió de opinión y decidió que su yerno tenía que pudrirse en la cárcel.

Unas dos horas después del descubrimiento de la matanza de Fort Bragg, el doctor que curó las heridas de Jeffrey MacDonald llamó al suegro de éste, Freddy Kassab, a Nueva York. Eran las 5,30 de mañana, pero Kassab ya estaba en la ducha y fue su mujer la que contestó al teléfono. El doctor del hospital les urgió para que tomaran el primer vuelo a Fayetteville. Así lo hizo el matrimonio acompañado de Dorothy, la madre viuda del capitán MacDonald, y llegaron a Fort Bragg a primera hora de la tarde. Ninguno de ellos conocía exactamente el motivo de la llamada y fue el mismo MacDonald, deshecho en lágrimas, quien les comunicó la noticia.

Los tres padres estaban destrozados. Terriblemente afectados, se quedaron toda la semana para asistir a los funerales celebrados en la capilla John Kennedy de Fort Bragg.

A primera hora de la mañana siguiente, Freddy Kassab pidió prestado a su yerno el Chevrolet descapotable de color blanco y se fue al 544 de Castle Drive. Aparcó en la acera de enfrente y durante dos horas estuvo sentado, solo, contemplando la casa.

Kassab, de cincuenta años, era el padrastro de Colette. El padre natural de ésta se había suicidado en 1955 y Kassab conoció a su viuda, Mildred, al año siguiente. Estaba muy unido a Colette, quien le consideraba su propio padre, pero se sentía también fuertemente ligado a MacDonald, el apuesto estudiante que cortejaba tan asiduamente a su hijastra desde comienzos de los sesenta.

Mientras estaba sentado ante el 544 de Castle Drive, Freddy Kassab no dudaba ni por un momento de la inocencia de su yerno. Como testificó ante el Tribunal, conocía a MacDonald desde que tenía doce años, le había visto crecer hasta hacerse un hombre y le creía la mejor persona con la que se había encontrado en toda su vida. «Si tuviera otra hija -declaró al oficial investigador- lo querría también para yerno.»

En el exterior de la sala, Kassab habló con los periodistas. «Estamos absolutamente convencidos de que Jeffrey MacDonald está limpio de la menor sombra de duda, tan convencidos como todos los que le conocen. Acusó al Ejército de no haber puesto todos los medios para buscar a los auténticos asesinos y de saber que el capitán es inocente de cualquier crimen que no sea el de servir a su país.» Entonces anunció que él y su esposa ofrecían 5.000 dólares de recompensa por cualquier información que condujera a la detención de los verdaderos culpables.

En el transcurso de un año Freddy Kassab cambió de opinión y llegó a la convicción de que, después de todo, su yerno había asesinado a toda su familia.

Las sospechas de Kassab surgieron el 15 de diciembre de 1970, cuando MacDonald apareció en el espectáculo de Dick Cavett. Se puso furioso. Acababa de pasar cuatro días en Washington tratando, en vano, de persuadir a los congresistas de que presionaran al Ejército para que continuase la búsqueda de los hippies. Pero su yerno, entrevistado en un programa de televisión de gran audiencia, no lo mencionó. En lugar de ello, se extendió sobre las injusticias que se habían cometido con él. Y lo que era aún peor, Jeffrey MacDonald parecía disfrutar provocando la hilaridad de los espectadores.

Y había algo más. A mediados de noviembre, MacDonald telefoneó a Kassab para comunicarle que había seguido la pista y matado a uno de los hippies. Resultaba bastante extraño y, cuando poco antes de las Navidades de 1970, Jeffrey visitó a sus suegros en su hogar de Long Island y no se refirió al asunto, Mildred Kassab llegó a la conclusión de que «quizá no nos está diciendo la verdad».

Pero lo que remachó la convicción de Kassab sobre la culpabilidad de MacDonald fue el examen exhaustivo que efectuó de la transcripción del juicio que estaba en poder del Ejército. Se guardaba en secreto y él tuvo acceso a una copia con el permiso de su propio yerno. Era un documento extraordinariamente extenso y tardó más de un mes en leerlo. A mediados de marzo de 1971, Freddy Kassab había empezado a pensar lo impensable.

El día 27 de dicho mes voló a Fayetteville para reunirse con dos oficiales del Ejército y pasó todo el día siguiente en el 544 de Castle Drive tomando medidas y anotando datos. Cuando poco después de medianoche salió de la casa, Kassab no sólo pensaba lo impensable, sino que estaba convencido de ello. Y en aquel instante puso en marcha una cruzada personal para conseguir que condenaran a Jeffrey MacDonald por asesinato.

*****

MANIOBRAS LEGALES – El doctor en libertad

Los fallos del Ejército en obtener las pruebas contra MacDonald elevaron a éste al estatus de héroe en los medios de comunicación. Olvidó la disciplina del Ejército y comenzó a comportarse como un acaudalado conquistador. Pero una persona, su suegro, estaba dispuesto a que se hiciera justicia.

Jeffrey MacDonald hizo la mayor parte de sus apariciones televisivas en el programa de Dick Cavett. Acusó al Ejército de negligencia en el cumplimiento de sus deberes, incompetencia y perjurio. Freddy Kassab, el irritado suegro, se hizo eco de estas denuncias en una carta de once folios, que dirigió a los miembros del Congreso

Molesto por estas críticas públicas, el mando del Departamento de Investigación Criminal (CID) en Washington ordenó una investigación interna. De ella se dedujo que si la investigación de Franz Joseph Grebner no había sido «un modelo en su género», las acusaciones de incompetencia, perjurio y persecución maliciosa eran infundadas.

El 19 de enero de 1971, el director de ID, coronel Jack Pruett, se hizo cargo del asunto con la ayuda de un equipo de ocho agentes al mando del oficial Peter Kearns, con el objetivo de obtener las pruebas necesarias para descubrir al asesino o asesinos de la familia MacDonald. En febrero, Pruett y Kearns comunicaron a Freddy Kassab que, mientras se llevaba a cabo la nueva investigación de los asesinatos, su yerno estaba considerado sospechoso.

En aquellos momentos Jeffrey MacDonald vivía en Nueva York, donde trabajaba en el servicio de urgencia del nuevo World Trade Center. Se enfrentó irritado con Pruett y Kearns, y Bemie Segal, el abogado de MacDonald, afirmó a los oficiales que mientras no cambiaran el curso de las investigaciones, no podrían esperar ningún tipo de colaboración.

En junio, MacDonald se trasladó a California para trabajar en el Centro Médico de St. Mary, en Long Beach. Alquiló una lujosa vivienda en una elegante urbanización, se relacionaba con hermosas mujeres y holgazaneaba al sol a bordo de su barco de diez metros, The Recovery Room.

Al equipo del coronel Pruett se le exigió un trabajo concienzudo y lo hizo. Kearns y sus ayudantes siguieron pistas en treinta y dos estados y en el extranjero, y realizaron decenas de pruebas nuevas en el 544 de Castle Drive. Estudiaron y analizaron más de treinta informes recientes de laboratorio e interrogaron a casi setecientos testigos.

A finales de 1971, el equipo había terminado su tarea. En junio de 1978, el CID envió al Departamento de Justicia de Estados Unidos un extenso informe de tres mil páginas, en el que se recomendaba acusar de asesinato a Jeffrey MacDonald.

A primeros de septiembre, Warren H. Coolidge, fiscal por el Distrito Este de Carolina del Norte, emitió su veredicto sobre el informe. Se manifestaba en contra de la acusación, porque, según dijo, la investigación original adolecía de numerosos fallos, las pruebas continuaban siendo circunstanciales y las probabilidades de conseguir una condena parecían demasiado lejanas como para justificar el procedimiento. El informe sobre MacDonald volvió a Washington.

Freddy Kassab estaba consternado. En el otoño de 1972 escribió a varios funcionarios del Departamento de Justicia urgiéndoles presentar una acusación contra su yerno, ya que ahora estaba absolutamente convencido de su culpabilidad.

A primeros de diciembre avisó al ayudante del fiscal general, Henry Petersen, de que si el Departamento de Justicia se negaba a resolver el caso, él mismo convocaría a los medios de comunicación para exponerles «la sórdida historia en toda su amplitud».

Cumplió su amenaza en enero de 1973 y concedió una extensa entrevista a Bob Keeler, del Newsday. Dicha entrevista se publicó bajo el siguiente encabezamiento: UNOS PADRES VIVEN PARA VER DETENIDO AL ASESINO. «Desde el momento en que MacDonald fue considerado sospechoso -escribía Keeler-, su suegro se convirtió en su más firme defensor. Pero ahora… Kassab tiene dudas.» El comentario de MacDonald fue desacostumbradamente conciso: «Freddy está desquiciado porque nunca se ha enfrentado con la Justicia -añadió-. Es gracioso que haya perdido la cabeza. No hay nadie más desquiciado que yo.»

El artículo del Newsday y las consiguientes recriminaciones que le siguieron abrieron una brecha permanente entre Kassab y MacDonald, quien le escribió: «En este momento, creo que gritándonos en la prensa no arreglaremos nada.» Sin embargo, Freddy Kassab continuó enviando su correspondencia a todas partes.

Durante nueve meses acribilló a cartas a los funcionarios del Departamento de Justicia, negándose a aceptar las afirmaciones de que se continuaba trabajando en el caso. Por fin, la insistencia de Kassab fue recompensada y, a mediados de enero de 1974, Carl W. Belcher, del Departamento de Justicia, le escribió para comunicarle que había dado orden de que el Ejército continuara las investigaciones con objeto de obtener nuevas pruebas. Habían pasado dieciocho meses desde que el coronel Pruett entregara su informe y cuatro años desde la matanza de Fort Bragg.

Por otra parte, el paso resultaba innecesario en lo que se refería al Ejército, ya que uno de sus representantes legales había escrito ya a Freddy Kassab: «Un exhaustivo análisis del caso y los dispositivos legales nos han hecho llegar a la conclusión de que se proceda a lo que la ley establece como unba prima facie (vista preliminar) del caso».

Los recursos y la insistencia de Kassab dieron lugar, en junio, a la decisión del Departamento de Justicia. El ayudante del fiscal general, Petersen, declaró que si las pruebas resultaban suficientemente convincentes en opinión de un fiscal experimentado en procesos, el caso se presentaría ante el Gran Jurado. El fiscal que tenía en sus manos la decisión era un asesor del Departamento de Justicia llamado Victor Worheide.

Este se movió con rapidez. Sumergiéndose en el caso, comenzó por revisar los miles de papeles, declaraciones, informes, diagramas, fotografías y memorándum que figuraban en el expediente de MacDonald. Escuchó la grabación de la entrevista de éste con Franz Joseph Grebner en abril de 1970. Voló a Fort Bragg y pasó varias horas en el 544 de Castle Drive. Y con su característico desprecio por las conveniencias, envió a buscar a Freddy Kassab.

El 18 de julio, Kassab entraba en la caótica oficina de Victor Worheide, en Nueva York, y lo encontró cortándose las uñas de los pies encima de una papelera. El fiscal le comunicó de sopetón que consideraba a MacDonald culpable de los asesinatos y que estaba dispuesto a convocar un Gran Jurado Federal en el distrito Este de Carolina del Norte.

El Gran jurado, compuesto por veintitrés ciudadanos, comenzó su trabajo en agosto y lo continuó hasta finales de enero de 1975, cuando acusó a Jeffrey MacDonald de tres cargos de asesinato.

Su abogado, Bernie Segal, buscó inmediatamente los aspectos que incidían en el campo constitucional. Pero un juez del Tribunal del distrito federal de Raleigh, capital del estado de Carolina del Norte, denegó las mociones de la defensa y fijó la fecha del juicio para el 18 de agosto de 1975. Tres días antes, el Tribunal de Apelación de Estados Unidos, con sede en Richmond, Virginia, ordenó un aplazamiento y admitió el recurso de Jeffrey MacDonald.

En enero de 1976, un grupo de tres jueces de un tribunal de apelación dictaminó que se habían violado los derechos constituciones de MacDonald y la acusación fue desestimada.

Jeffrey MacDonald, de vacaciones con su novia en Honolulú, exultaba de gozo. Pero si pensaba que sus problemas habían terminado, se equivocaba. En junio, el Departamento de Justicia presentó una petición al Tribunal Supremo de Estados Unidos. Pasó otro año más antes de que el Tribunal anunciara, por fin, a mediados de junio de 1977, que aceptaba tomar en consideración el caso MacDonald.

En mayo de 1978, este mismo Tribunal anuló el fallo del de apelación y en marzo de 1979, agotadas las maniobras legales, el Tribunal Supremo despejó finalmente el camino para iniciar el proceso de MacDonald por los asesinatos de su mujer, Colette, y de sus hijas, Kimberly y Kristen, cometido nueve años y medio antes.

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Un estallido de cólera

¿Cabía la posibilidad de que Jeffrey MacDonald hubiera matado a su propia familia? Un psiquiatra que lo examinó en 1970 declaró que era prácticamente imposible, pero los investigadores que ahondaron más profundamente en su pasado llegaron a la conclusión de que era perfectamente capaz de matar.

Después de la matanza de Fort Bragg, las apariencias estaban a favor de la inocencia de MacDonald. Las investigaciones del Ejército sobre los antecedentes del capitán de los Boinas Verdes confirmaban lo ya sabido por su familia y amigos: MacDonald era un hombre afortunado y feliz, sin motivos para matar a su familia. Hasta el oficial de mayor graduación de Fort Bragg reconocía que, aparentemente, «era el típico chico americano casado con la típica chica americana». Un psiquiatra del Ejército que entrevistó a MacDonald en el hospital, afirmó que demostraba la normal aflicción por lo sucedido.

Sin embargo, las sospechas de Franz Joseph Grebner empezaban a tomar cuerpo. Él opinaba que los asesinatos eran fruto de un estallido de cólera, una explosión cuyo detonante fue una situación doméstica conflictiva. El mismo Bernie Segal, el abogado de MacDonald, tuvo sus dudas inicialmente y después de reunirse con él por primera vez, pensó en basar su defensa en la locura. Se había quedado sorprendido ante la falta de emoción de su cliente al describirle los terribles acontecimientos de aquella noche.

Un mes después del suceso, el letrado consiguió que el psiquiatra Bob Sadoff reconociera al capitán. Este diagnosticó que MacDonald parecía sano y equilibrado. «No creo que su cliente asesinara a su familia», le comunicó al abogado defensor. Después de seis horas de pruebas psicológicas, los doctores informaron que el sospechoso no mostraba signos de psicosis o de tendencias psicópatas. Estos diagnósticos convencieron a Segal, no sólo de la salud mental de MacDonald, sino de la imposibilidad de que hubiera llevado a cabo las muertes.

Las pruebas demostraron que, tras la aparente armonía de la vida familiar, en Castle Drive latía una corriente de descontento.

Jeffrey MacDonald, lejos de ser el marido fiel y el padre ejemplar, mantenía una existencia de libertinaje antes y después de su boda con Colette.

Se siguió la pista y fueron interrogadas algunas mujeres, enfermeras, secretarias y hasta una amiga de la familia, que mantuvieron relaciones sexuales con el atractivo médico. Este sentía por las mujeres un apetito voraz, pero aquellas aventuras o sus ocasionales escapadas de una noche difícilmente podían ser el motivo de la matanza.

El escritor Joe McGinniss, en las páginas finales de su libro Fatal Vision, expuso una interesante teoría sobre lo sucedido aquella noche. Descubrió que, en la época de los asesinatos, Jeffrey MacDonald estaba sometido a un tratamiento con unas píldoras compuestas de anfetaminas, llamadas Eskatrol, y este fármaco puede provocar alucinaciones y hasta psicosis (locura).

Entre sus efectos secundarios se cuenta el insomnio, lo que según McGinniss explicaba la negativa del capitán para irse a dormir la noche de los asesinatos, a pesar de una fatigosa guardia de veinticuatro horas en el servicio de urgencia del hospital de Hamlet, seguida por todo un día de trabajo en la oficina y de una hora dé baloncesto.

Al haber perdido el interés sexual por su mujer -Colette estaba embarazada de nuevo-, no deseaba dormir con ella. (McGinniss subrayaba que la impotencia y los cambios de la líbido son otros de los efectos secundarios de las anfetaminas). Además, parece ser que el capitán Jeffrey MacDonald estaba planeando una nueva escapada y le había dicho a su esposa que iba a acompañar al equipo de baloncesto de Fort Bragg en un viaje a Rusia. Pero la verdad era que pensaba pasar varios días en Nueva York con su antigua novia, Penny Wells.

El escritor encontró pruebas del creciente distanciamiento del matrimonio. Colette había reanudado sus estudios de psicología y para ampliarlos recibía clases nocturnas sobre la materia, una de ellas la misma noche del asesinato. MacDonald pudo sentirse molesto ante el interés de su mujer por su carrera y por su creciente independencia.

Y había algo más. Joe MeGinniss, hojeando poco después del juicio el expediente del caso, encontró el informe de los psiquiatras que habían reconocido al capitán inmediatamente antes de que aquél se celebrara. El juez de Raleigh no dio el permiso para que se oyera el testimonio psiquiátrico, y Bernie Segal le había denegado la autorización para leerlo. Al estudiarlo, McGinniss comprendió las razones.

El informe tildaba a Jeffrey MacDonald de homosexual oculto con tendencias homicidas, «un psicópata violento en determinadas condiciones» que necesitaba terapia y atención especial. Hacía solamente unas pocas semanas que el escritor había conocido al doctor, pero se sintió sorprendido por su ilimitada vanidad y por su preocupación por el aspecto físico. «La vivienda de MacDonald era realmente cómoda -recordaba McGinniss- una vez que te acostumbrabas a todos los espejos.»

En un libro publicado recientemente, La cultura del narcisismo, éste leyó algunos de los rasgos característicos de un desorden de la personalidad conocido como narcisismo patológico. Según Christopher Lasch, autor del libro, éste incluye «un pseudo conocimiento de uno mismo, un atractivo calculador, el sentido del propio vacío interior y una infinita cólera reprimida». Lasch indicó también que los narcisistas sienten en general miedo de las mujeres, lo que los convierte en seres agresivos con relación al sexo femenino.

La noche en que su hija menor le mojó la cama, Jeffrey MacDonald, atiborrado de Eskatrol, agotado pero incapaz de dormir y asaltado por el deseo de su mujer embarazada, podía ser tan peligroso emocionalmente como un barril de pólvora.

Quizás, especulaba McGinniss, la tensión por dominar «la infinita cólera» que le provocaban las mujeres estalló por fin. Con las anfetaminas alimentando su furia y Colette tratando de comunicarle sus nuevos conocimientos sobre personalidad y comportamiento, el mecanismo de defensa de MacDonald saltó en pedazos y se convirtió en un asesino.

*****

VEREDICTO – Volver al punto de partida

Nueve años después de los crímenes, el doctor Jeffrey MacDonald fue sometido a juicio y la casa donde su mujer y sus hijas encontraron la muerte, se convirtió de nuevo en el centro de la atención pública.

En la segunda semana de julio de 1979, Jeffrey MacDonald, bronceado por el sol californiano y con aspecto relajado tras pasar un fin de semana en Nueva York con su última novia, volaba solo hacia Raleigh, Carolina del Norte. Al llegar encontró a Bernie Segal preocupado por el jurado.

-Vamos a elegir un jurado que no sólo te absolverá, sino que recapacitará y te concederá una indemnización por daños y perjuicios.

-Espero que estés en lo cierto -replicó MacDonald-, porque, francamente, estoy pasando las penas del infierno.

Sus temores estaban bien fundados. Un profesor de psicología contratado por la defensa para preparar el perfil de un «curado ideal» le confió que había sondeado a los miembros elegidos: «Todos ellos opinan que es un maldito culpable.»

Bernie Segal estaba también inquieto por el juez asignado al caso. Era Franklin T. Dupree hijo, con el que el letrado se había enfrentado en 1977 tras ver desestimada su acusación de inconstitucionalidad, y desde entonces lo consideraba un enemigo implacable. «En resumen, un gili … » -decía el abogado.

Victor Worheide había muerto en 1975 y James L. Blackburn, ayudante del fiscal de Estados Unidos por Raleigh, y su colega, Brian Murtagh, se hicieron cargo de la acusación. «Pongan atención a los puntos donde estaba la sangre y a los puntos donde no estaba», fue la advertencia previa de Blackburn al jurado. Se tomó cuatro semanas para exponer el sumario del caso y Bernie Segal pudo comprobar que el jurado cuanto más escuchaba más desconcertado parecía. La acusación se enfrentaba con unos comienzos poco sólidos y el defensor aún conservaba un as en la manga.

Un vecino de los MacDonald en Castle Drive, el teniente John Milne, declaró que en 1970 fue testigo de un curioso espectáculo a última hora de aquella tarde. Al oír voces en el exterior de su casa, se asomó a la puerta trasera, «miró y vio a tres personas a unos diez o quince metros de distancia caminando por la acera. Estos tres individuos llevaban una especie de sábanas blancas. En medio iba una chica y con ella dos hombres, uno a cada lado… Los tres llevaban velas». El teniente recordaba que cuando el trío alcanzó el final de la fachada de su casa, giró a la izquierda en dirección a los dormitorios de la casa de la familia MacDonald.

Cuando la acusación lo requirió para que explicara los motivos de no haberlo denunciado antes, el teniente Milne repuso, con poca convicción, que nadie le había preguntado. En cualquier caso, añadió, sólo había visto a tres personas y MacDonald hablaba de cuatro. El teniente fijaba también sus observaciones un par de horas antes de que se cometieran los asesinatos.

La acusación, haciendo de la necesidad virtud, trató con escepticismo la declaración del testigo de la defensa. Aunque el trío de las sábanas blancas hubiera estado merodeando por Castle Drive, podía no tener nada que ver con el crimen y sólo servir de excusa para que Jeffrey MacDonald fraguara su historia.

En todos los aspectos, pues, el caso dependía de las pruebas forenses. Bernie Segal alegó agriamente ante el juez que las procedentes de la chaqueta del pijama no eran válidas y no se debían tomar en consideración. Sin embargo, el juez Dupree rechazó la protesta.

La prueba de la chaqueta era la más peligrosa para MacDonald. Peter Stombaugh, del laboratorio del FBI, enumeró sus conclusiones tras estudiar las pruebas; en una de ellas se refería a que los cuarenta y ocho orificios de la chaqueta eran perfectamente redondos, y no rasgados. Esto demostraba que los habían hecho cuando la prenda estaba inmóvil, y no mientras Jeffrey MacDonald la empleaba como protección ante el ataque de un hombre que blandía un punzón de hielo.

Stombaugh insistió, menos amenazadoramente, sobre la forma de los orificios. Se distinguían veinticinco de ellos en la parte superior de la prenda que apareció cubriendo el cuerpo de Colette y se podían dividir en dos grupos: dieciséis al lado izquierdo y cinco al derecho. Esto, según el experto, coincidía con las dieciséis heridas del punzón de hielo del costado izquierdo de Colette y las cinco del derecho.

Más aún: los otros orificios de la chaqueta del pijama coincidían con estos veinticinco, de tal modo que parecía posible que alguien hubiera hecho los cuarenta y ocho agujeros con veintiún golpes de punzón, los mismos que causaron a la víctima las heridas del pecho. La defensa, hablando con los periodistas en los pasillos, desechó agriamente las conclusiones de Stombaugh, a las que se refirió despectivamente como «absolutamente faltas de fundamento».

Estas declaraciones, publicadas en las primeras páginas de los periódicos de la mañana, provocaron una severa amonestación del juez Dupree, pero Segal, poniéndose a la defensiva, sometió al experto del FBI a un malhumorado y despectivo interrogatorio. Cuando la defensa intentaba desacreditar la reconstrucción de la parte superior de la prenda hecha por Peter Stombaugh, terminó el tiempo. MacDonald se mostraba jubiloso: «El motivo del razonamiento de Stombaugh soy yo -comentó triunfalmente cuando al día siguiente se inicio el juicio-, pero Bernie lo ha destrozado. Ya han visto ustedes que su pólvora se ha convertido en una mierda.»

Las declaraciones de los peritos por parte de la defensa trataban de rechazar las evidencias de Stombaugh, pero la acusación las evitó. Quería hacer una demostración práctica que aclarara el tema de una vez por todas.

El fiscal del Departamento de Justicia de Estados Unidos, Brian Murtagh, mostró una chaqueta de pijama idéntica a la de MacDonald. Situándose frente al estrado del jurado, enrolló la prenda alrededor de sus propias muñecas y luego se echó bruscamente hacia adelante, tal y como el capitán había declarado que hizo al defenderse de sus atacantes. El ayudante del fiscal, James Blackburn, tomando de entre los objetos expuestos el punzón de hielo, acuchilló el pijama que Brian Murtagh agitaba y sacudía ante el estupefacto jurado. El fiscal exhibió triunfalmente la prenda mostrando una serie de orificios irregulares y diferentes. La defensa protestó por aquella demostración tendenciosa, alegando que los agresores habían acuchillado, y no apuñalado; pero el mal ya estaba hecho.

El capitán Jeffrey MacDonald ocupó el escaño de los testigos el martes 23 de agosto de 1979. Por primera vez en nueve años y medio contó su historia en público y bajo juramento. El abogado defensor, Bernie Segal, le hizo declarar durante cinco horas, provocándole frecuentes torrentes de lágrimas cuando le mostraba las fotografías de los miembros de su familia vivos y muertos. De vez en cuando el ex oficial de los Boinas Verdes, incapaz de hablar, se desmoronaba sollozando abiertamente. Era el propósito de su abogado. «No puedes perderte en actitudes arrogantes -le había dicho-. Te lo pido por la salvación del resto de tu vida, no seas agresivo.»

Segal dejó que la acusación interrogara a su cliente sobre las discrepancias entre sus declaraciones sobre los sucesos de aquella noche trágica y las pruebas halladas en el 544 de Castle Drive. La defensa prefería crear un ambiente de incertidumbre a provocar una escena.

«Nunca he estado seguro -declaró el acusado-. Quizá mis recuerdos son confusos.» Durante el proceso, Freddy y Mildred Kassab, sentados en la primera fila del público, miraban fijamente a MacDonald con los ojos sin lágrimas.

La impresión que produjo el doctor a raíz de los interrogatorios fue francamente desfavorable. El fiscal Blackburn, con un tono superficial, casi cortés, le hizo una serie de preguntas basadas en las pruebas periciales, mientras MacDonald, al contrario, respondía bruscamente y con gesto crispado.

La acusación se centró en el hecho peculiar de que cada uno de los miembros de la familia tuviera un grupo sanguíneo diferente. Al final de la sesión matutina se dirigió al acusado: «Supongamos que, basándose en las pruebas, el jurado dedujera que toda la sangre del suelo del cuarto de Kristen, excepto la de la huella del pie, pertenece al tipo 0 -el de la niña- y, sigamos suponiendo, que, según dichas pruebas, llegara a la conclusión de que la huella corresponde a su pie saliendo de la habitación, y supongamos además que el jurado se encontrara con que esa huella está marcada con sangre del tipo A -el de Colette-, ¿Podría explicarlo usted?»

-Bien, estaría de acuerdo en que la huella era de mi pie, puesto que estuve allí. En lo que se refiere a las muestras de sangre…. suponiendo que el muestreo del Departamento de Investigación Criminal sea correcto, yo…, ¿saben?, no tengo ninguna explicación, siempre que los tipos de sangre y los muestreos sean correctos.

Blackburn insistia en su fórmula:

-Suponiendo que el jurado dedujera de la prueba… ¿dispone usted de alguna explicación para ello?

El fiscal parecía amable, casi conciliador, pero las preguntas se sucedían con las mismas palabras implacables y Jeffrey MacDonald se mostraba cada vez más nervioso.

Con su actuación, el fiscal trataba de que la versión del acusado sobre los hechos entrara en conflicto con las pruebas periciales de la sangre y la chaqueta del pijama. En su resumen final al jurado, James Blackburn llevó su argumento al climax:

-Yo sólo puedo decirles que, según las pruebas periciales de este caso, los datos no mienten. Más bien sugieren que alguien pudo hacerlo y lo hizo.

Después del frío y desapasionado alegato del fiscal, el informe de Bernie Segal resultó casi desastroso. El juez había concedido a la defensa tres horas y cuarto para su exposición. A las dos horas, Segal, con su incoherente, deslabazada y repetitiva arenga, no consiguió abarcar la mayor parte de los puntos que había planeado incluir. A los cinco minutos había mencionado ya a Helena Stoeckley, que había confesado su posible participación en el crimen.

El fiscal Blackburn dedicó al jurado sus últimas palabras:

-Las pruebas periciales piden a gritos una explicación -argüía-. El hecho de que los veintiún navajazos asestados a través de la chaqueta del pijama puedan hacer cuarenta y ocho agujeros que coinciden con los veintiuno de las heridas del pecho de la víctima es un dato singular, significativo, que me demuestra que…. por encima de toda duda razonable, Jeffrey MacDonald mató a su esposa, Colette. Y esto me lleva a afirmar directamente que también mató a sus dos hijas.

Después de seis horas y media, el jurado regresó para anunciar que consideraba a Jeffrey MacDonald culpable de los tres cargos de asesinato. El juez Dupree lo sentenció a tres sucesivas cadenas perpetuas, la sentencia más dura que le permitieron sus atribuciones, ya que la ley federal prohibía la condena a muerte.

Al día siguiente, MacDonald desde su celda escribía a su amigo, el escritor McGinniss: «Me siento sucio y calumniado hasta un punto que soy incapaz de expresar. Y no sé qué decirte, salvo que no es verdad.»

*****

Conclusiones

En julio de 1980, al cumplirse exactamente un año de la celebración del juicio, el Cuarto Tribunal del Distrito informó favorablemente sobre el recurso que le había sido denegado en un procedimiento abreviado y Jeffrey MacDonald quedó en libertad. Pero dieciocho meses más tarde el Tribunal Supremo anuló tal decisión y tuvo que volver a la cárcel.

En enero de 1983, Helena Stoeckley apareció muerta en Seneca, Carolina del Sur, donde ella y su hijo de siete meses vivían a base de bocadillos de mantequilla de cacahuete. La causa de la muerte fue cirrosis hepática. El niño estuvo muy enfermo, pero sobrevivió.

En 1984, MacDonald presentó una querella contra McGinniss, el escritor que según él le había traicionado en su obra Fatal Vision, alegando fraude e incumplimiento de contrato. El jurado falló en contra. Pero tres meses después, el escritor, aún sin admitir su culpa, se comprometía a entregarle 325.000 dólares, que, al parecer, serían pagados por la compañía de seguros del editor.

En octubre de 1984, el doctor John Thornton, que encabezó el equipo de especialistas en el juicio de MacDonald, se entrevistó con su colega Thomas Noguchi, el patólogo de origen japonés que dirigía las investigaciones para el fiscal, y le aseguró que la acusación contra MacDonald era un error. Afirmó que los grupos sanguíneos identificados por el FBI eran distintos a los obtenidos por el Departamento de Investigación Criminal del Ejército. «Que yo sepa -había dicho Thornton-, esto nunca se dio a conocer. Recuerde, tanto el FBI como el CID se apoyaron en las pruebas cedidas por éste en 1979, para demostrar por dónde se movía MacDonald cuando preparaba el escenario que ocultaría el crimen.» El doctor Thornton hizo otra revelación. Estaba dispuesto a testificar que el pantalón del pijama de MacDonald, destruido con la basura del hospital en 1970, estaba rasgado desde la entrepierna a la rodilla.

El doctor Noguchi comprendió enseguida la importancia del dato: «Si las hebras (encontradas en los dormitorios de Kristen y Kimberly) procedían del pantalón del pijama, entonces se explicaba su presencia (allí), sencillamente: MacDonald había estado por los tres dormitorios vestido con aquellos pantalones después de cubrir el cuerpo de Colette con la chaqueta, tal y como había dicho, y en ese caso dichas fibras procederían del pantalón.»

El doctor Noguchi reveló los descubrimientos de Thornton en su libro Coroner At Large, donde llegaba a la siguiente conclusión: «A la luz de la controversia que empaña aún las pruebas… yo recomiendo encarecidamente una nueva investigación a cargo de las autoridades legales antes de que Jeffrey MacDonald se vea obligado a pasar entre rejas el resto de su vida.»

 


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