Jeanne Weber

La Ogra de la Gota de Oro

  • Clasificación: Asesina en serie
  • Características: Niñera que estranguló a los niños a su cuidado
  • Número de víctimas: 1 - 8
  • Periodo de actividad: 1905 - 1908
  • Fecha de detención: Mayo de 1908
  • Fecha de nacimiento: 7 de octubre de 1874
  • Perfil de las víctimas: Niños
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Varios lugares, Francia
  • Estado: Internada en una institución psiquiátrica en 1908. Se suicida en 1910
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Jeanne Weber

Alain Monestier – Los grandes casos criminales

Jeanne Weber fue primero la víctima de un horrible rumor. Los juicios acabaron con su equilibrio mental; murió en un asilo psiquiátrico.

Jeanne Weber sólo cometió un crimen del que podemos estar seguros: el del pequeño Marcel Poirot. Por los otros siete crímenes que se le imputaron obtuvo sistemáticamente el sobreseimiento. Un número impresionante de niños había muerto entre sus brazos, pero ningún indicio permitía nunca deducir ni la estrangulación ni el envenenamiento. Sin duda era inocente y víctima de una campaña de calumnias que la volvió loca e hizo de ella una auténtica criminal.

Defendida por la acusación

El martes 30 de enero de 1906, las audiencias de la Seine fueron el escenario de un acontecimiento realmente inusual. Convencido de la inocencia de la acusada, fue el abogado general en persona quien, aquel día, solicitó al jurado un veredicto de absolución. La defensa, representada por el señor Henri-Robert, no tuvo necesidad de intervenir para salvar a su clienta.

¿Infanticida?

Se llamaba Jeanne Moulinet, era la esposa de un tal Weber y tenía que responder del asesinato de sus dos hijos, de tres de sus sobrinos y de la hija de una vecina. Desde hacía varios años, corrían sobre ella los rumores más terribles, y sus vecinos del barrio le habían dado el apodo poco halagüeño y ciertamente teatral de «Ogra de la Gota de Oro».

Denunciada por sus cuñadas por el asesinato de los niños que habían sido confiados a su cuidado, había sido inmediatamente inculpada por el juez de instrucción Leydet, quien a pesar de la falta de pruebas, se había dejado convencer por la opinión pública y había decidido su culpabilidad algo prematuramente.

Hay que reconocer en favor del magistrado que el caso de aquella mujercita de cara regordeta era de lo más turbador. Nacida en 1875 en Kérify, Jeanne Moulinet había venido a París, como lo hacían muchas campesinas bretonas, con el propósito de encontrar un empleo de criada de una familia burguesa.

Muy pronto había abandonado a sus patrones y se había casado en segundas nupcias con un empleado de ferrocarriles llamado Jean Weber. Para estar más cerca de los hermanos y cuñadas del recién casado, que también vivían en París, la joven pareja había ido a establecerse en el callejón de la Gota de Oro.

A pesar de una inclinación al vino demasiado marcada, los dos esposos vivieron al principio apaciblemente y en armonía con su familia. Jeanne ocupaba su tiempo haciendo limpiezas y, como favor, se ofrecía a menudo a cuidar los niños de unos y otros. Habría podido llevar así una vida relativamente feliz si una serie de acontecimientos trágicos no hubiera hecho de ella el objeto de los horribles chismes que, pocos años después, habrían de llevarla ante los tribunales.

Seis veces seguidas, efectivamente, durante el año 1905, Jeanne Weber había visto morir en sus brazos a los niños que cuidaba. A decir verdad, todos habían muerto de diferentes enfermedades frecuentes en aquella época (meningitis, fiebres tifoideas, congestiones pulmonares…); y si curiosamente se había avisado siempre demasiado tarde a los médicos, nunca había sido hallada en los cadáveres ninguna huella sospechosa que pudiera hacer pensar en un asesinato.

No obstante, aquellos referidos fallecimientos habían acabado por desatar las malas lenguas. Se empezó por acusar a la mujer de haber traído mala suerte a los niños, de haberles echado «el mal de Ojo».

Y poco a poco, las sospechas se convirtieron en verdaderas acusaciones. El rumor más extendido era que Jeanne había matado a sus inocentes víctimas por asfixia, apretándolos con fuerza contra su pecho: un modo de provocar la muerte sin dejar huellas. Otras habladurías la acusaban, sin la menor prueba, de estrangulación o de envenenamiento. En resumidas cuentas, la calumnia iba a buen paso, corriendo de boca en boca y de maledicencia en maledicencia, y un buen día Jeanne se encontró ante el juez de instrucción, donde tuvo la triste sorpresa de enterarse de que su propia familia la había denunciado.

La inocencia condenada

El sobreseimiento del cual se benefició ante el tribunal de París no puso término a sus desgracias, ni mucho menos. El anuncio del veredicto provocó una indignación general, orquestada por los periódicos populares, que desde hacía semanas habían publicado el retrato de Jeanne Weber y exigían que se hiciera justicia.

A pesar de la autoridad del veredicto, Jeanne seguía siendo para todo el mundo la «Ogra de la Gota de Oro», el Barba Azul con faldas que había tenido un gusto sádico matando a niños. En cuanto concluyó el juicio, se vio obligada, frente a la hostilidad general, a dejar su barrio. Sin trabajo, abandonada por su marido, fue poco a poco arrinconándose en la desesperación, de tal modo que un año después intentó suicidarse tirándose al Sena.

Una nueva coincidencia

Aquel suicidio frustrado llamó la atención del público sobre su miserable suerte y provocó a su favor un movimiento de piedad gracias al cual volvió a encontrar rápidamente un nuevo empleo como criada. Con la esperanza de rehacer su vida, fue a establecerse en las cercanías de Cháteauroux. Entró al servicio de un tal Sylvain Bavouzet, que, siendo viudo, necesitaba una ayuda femenina para ocuparse de sus tres hijos. Para que no tuviera que sufrir por más tiempo la mala reputación que le había causado el juicio, el buen hombre aceptó contratarla bajo su nombre de soltera, ocultando su identidad al vecindario. Todo parecía arreglarse.

Por desgracia para ella, el destino la perseguía sañudamente. El mismo escenario trágico que, repitiéndose seis veces consecutivas, la había llevado a la audiencia, ocurrió nuevamente de un modo prácticamente idéntico. Estando ausente Bavouzet, su hijo Auguste enfermó y murió en mitad de la noche en los brazos de Jeanne. Para colmo de desgracia, el médico, avisado demasiado tarde, dudó sobre las causas de la muerte y no entregó el permiso de inhumación. La policía se entrometió. Nueva inculpación, nuevo juicio… y, el 21 de diciembre de 1907, habiendo concluido la autopsia con el resultado de fiebre tifoidea, nuevo sobreseimiento.

Autoacusación

Fue después de aquel segundo juicio cuando Jeanne Weber empezó a perder la razón, consumida por el odio y la sospecha que, a pesar de los juicios, seguían persiguiéndola. Con la mente turbada por aquella acumulación de desgracias, fue varias veces a acusarse de todos aquellos crímenes que, con toda evidencia, no había cometido. Nadie se tomó en serio sus confesiones, y el juez, conmovido por tanta desgracia, hizo incluso uso de su influencia para ayudarla a reinsentarse en la sociedad.

Gracias a él, encontró un empleo en Commercy, en un café llevado por el señor y la señora Poirot. Ahí es donde cometió el único crimen del que su culpabilidad es indudable: un crimen muy extraño si se considera la trayectoria de aquella existencia fuera de lo normal.

¿Qué ocurrió en el cerebro trastornado de aquella mujer durante la noche del 10 de mayo de 1908? ¿Por qué estuvo tentada de cometer realmente uno de aquellos horribles crímenes de los cuales había sido durante tanto tiempo acusada sin razón? Nadie lo sabrá nunca. El caso es que, aquella noche, en un ataque de locura rabiosa, estranguló al hijo de sus patrones: un niño que, al igual que sus demás «víctimas», había caído enfermo cuando ella se encontraba sola con él; un niño que, extraña coincidencia, tenía apenas tres años y se llamaba Marcel, como el hijo que ella misma había perdido.

Nueva disputa de expertos

Tras haber alimentado durante años las reflexiones y las disputas de una multitud de médicos forenses, Jeanne se convirtió en el tema de debate preferido de los psiquatras, psicoanalistas y demás médicos del alma.

Casi todos estuvieron de acuerdo en que la «Ogra de la Gota de Oro» estaba completamente loca, pero nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre si lo era naturalmente o si se volvió loca a fuerza de oír decir que lo era.

Sea como fuere, la reconocieron no responsable de sus actos, y por decreto fue ingresada en el asilo de alienados de Fains. Al ver una simple fotografía que le fue enviada, el criminólogo Lombroso redactó un informe categórico al respecto: «Es posible que haya cometido crímenes teniendo ataques epilépticos o de histeria… Actuando bajo el dominio del alcohol, es una pervertida que siente un placer erótico extraordinario estrangulando a niños… es una anormal que hay que dejar absolutamente fuera de combate.»

El primer crimen de Jeanne Weber era quizá simplemente el de tener una cara de estranguladora.

*****

– Los psiquiatras.

Jeanne Weber fue examinada por los psiquiatras más eminentes, que aunque estaban más o menos de acuerdo, disputaron. Para el doctor Lateau, la acusada era “simplemente irresponsable”. Para los doctores Thoinot y Robert, “las terribles pruebas soportadas por Jeanne habían creado en ella una autosugestión a la cual había cedido cometiendo el crimen del que se hacía responsable.

– La “Ogra de la Gota de Oro”

Si la responsabilidad de Jeanne Weber puede aún ser discutida, la de la prensa popular y del Petit Joumal en particular no deja lugar a dudas. Utilizando tanto la imagen como el escrito, los periodistas excitaron hasta la locura la venganza popular. Incluso antes de que fuera abierto su primer juicio, Jeanne se había convertido para todos en la Ogra de la Gota de Oro». (Le Petit JournaL Col. particular.)

– El juicio de los expertos.

La autopsia practicada en el cuerpo del pequeño Marcel Poirot al día siguiente de su muerte no dejó lugar a dudas al médico forense Parisot. Las huellas de estrangulación eran evidentes. Esta vez, Jeanne Weber era realmente culpable. En consecuencia, todas las peritaciones precedentes estuvieron de nuevo sobre el tapete. Se acusó a los sabios de haber exculpado a la «ogra» con una ligereza criminal.

– La increíble ligereza del señor Bonjean.

Convencido de la inocencia de Jeanne Weber, el presidente de la «Sociedad de protección del niño», Georges Bonjean, la acogió y le encontró un empleo en una guardería de Orgeville. Allí intentó estrangular a un pequeño inocente. Bonjean la echó, pero, cosa increíble, no se le ocurrió avisar a los policías de aquel intento de asesinato. Aquello ocurrió algunos meses antes de la muerte del pequeño Marcel Poirot.


La estranguladora

Leonard Gribble – Mujeres asesinas

Dos años después de que Grete Beier con su blanco vestido compareciese ante el verdugo sajón, una ingente muchedumbre se apiñaba a la entrada del tribunal del Sena en París, donde una asesina acababa de ser juzgada. La gente cantaba: ¡Muera la bruja¡ ¡Muera la bruja!

Si Jeanne Weber, en el interior del edificio, hubiese podido oír aquellos gritos, hubiera creído que su historia se repetía. Anteriormente ya había oído aquella canción refiriéndose a ella y, por lo tanto, esta vez parecía un eco de lo pasado.

Sin embargo, el eco se interrumpió bruscamente.

El veredicto de su primer, juicio gracias a un cambio de sentimientos del populacho, siempre sediento de venganza, ,fue la absolución. Ahora era diferente, no habría absolución y la chusma no cambiaría tan fácilmente de parecer.

Jeanne Weber permanecería donde su sed de sangre le había conducido hasta que sus propios dedos se cerrasen sobre su garganta.

Era bretona, hija de un humilde matrimonio del departamento de Costas del Norte. Su padre salía a pescar con su barca y regresaba luego a vivir la sencilla vida de los humildes habitantes de dicha región. Él y su esposa tuvieron ocho hijos, y a menudo, durante varios meses, el alimento escaseaba en aquel hogar.

Jeanne era la hija mayor. Creció para conocer lo que era irse a la cama con el estómago vacío. Llevaba trajes de apagados colores y apenas pudo ir a la escuela. Físicamente gozaba de buena salud, pero los acontecimientos no tardaría, en demostrar que no sucedía otro tanto con su mente.

Parecía una muchacha sencilla con el suficiente entendimiento para hacerse cargo de sus hermanos y hermanas, que si se comportaba de forma extraña con desconocidos era por timidez. Jeanne fue una niña retraída. Pasaba horas y horas, ensimismada con sus pensamientos. Quizá estuviese subyugada por las leyendas y cuentos que había oído referir. Sus padres la enviaron, a trabajar a casa de una familia acomodada de la localidad a los catorce años de edad.

Vivía en la casa y no volvió ni una sola vez al hogar a visitar a sus padres. Diríase que se avergonzaba de su mísero pasado, en el que hasta entonces viviera.

Cuando dejó aquel trabajo se colocó en otra casa con u oficio de similares características. No permaneció allí mucho tiempo. Ansiaba conocer caras nuevas. Cada vez que cambian de casa, se acercaba más a París. Cuando llegó a la capital ya tenía edad de buscar marido. No tardó en encontrarlo.

Marcel Weber habitaba en un barrio obrero llamado Gota de Oro y donde el único oro que se veía brillar era el de la dentadura de las mujeres cuando cantaban. Marcel era uno de los cuatro hermanos que trabajaban y habitaban en el mismo barrio. Tres de ellos se casaron con muchachas de la Gota de Oro y tuvieron hijos que corrieron por sus calles Marcel y Jeanne Weber tuvieron tres hijos, ninguno de los cuales fue robusto y únicamente el pequeño Marcel sobrevivió a la dura infancia de los niños de los barrios bajos.

Marcel, el padre, era un hombre tranquilo que no se emborrachaba ni pegaba a su mujer. Trabajaba como capataz de una empresa de transportes y sus idas y venidas eran siempre muy regulares.

A Jeanne le afectó sobremanera la muerte de sus dos hijas. Su familia política meneaba la cabeza indicando que se hallaba sumamente deprimida, procurando ser comprensivos con ella. Además Jeanne era bretona y sus cuñadas se consideraban superiores a aquella campesina.

Un invierno extremadamente riguroso se abatió sobre París desde enero de 1905 hasta marzo. En este mes los vendavales que azotaron la ciudad sin, duda recordarían a Jeanne su propia tierra húmeda y lluviosa. Incluso en el barrio de lo Gota de Oro los ojos de las mujeres tornáronse más sombríos Colocaron cajas fuera de las ventanas y sujetaron fuertemente los tejados. Poco a poco los días fueron alargándose. Cuando el sol logró atravesar las nubes que envolvían la ciudad del Sena, trajo consigo la promesa del buen tiempo. París comenzó a pensar en abril y en el follaje verde de sus árboles.

Sin embargo, antes de que llegase abril, la familia Weber estaría de luto.

En el número uno bis del pasaje de la Gota de Oro, el primer rayo -de sol no alegró a Jeanne Weber. Aparecía sumida en una profunda melancolía y sus familiares cuando acudían a visitarla al mirar las botellas vacías se encogían de hombros meneando la cabeza. Decididamente, Jeanne Weber no se recuperaba con facilidad de la pérdida de sus dos hijas. Si hubieran conocido a la niña que vivió en el pueblecito bretón de Kéritry, podrían haber comprendido que su actual estado de ánimo era extrañamente semejante al de su infancia. A su manera se mostraban afectuosos con ella, pero poseían mentalidades prácticas y no comprendían que una mujer con marido, hijo y casa que atender no se entregase de lleno a su tarea.

Un ventoso jueves de aquel trágico mes de marzo, la mujer de Pierre Weber llamó a la puerta de Jeanne.

-Jeanne -dijo-. Tengo que ir al lavadero y no puedo llevarme a Suzanne y Georgette. Están convalecientes de una neumonía. ¿Quieres ir y quedarte con ellas?

-Desde luego -repuso Jeanne.

Se puso el sombrero y el abrigo y ambas mujeres se dirigieron a la vivienda de Pierre.

Suzanne tenía dos años y diez meses y Georgette dieciocho meses. Cuando su tía se sentó junto a ellas, la más pequeña subió sobre sus rodillas mirando con curiosidad el broche que llevaba. La madre mientras, recogía el gran balde cargado de ropa, dijo:

-Estaré de vuelta tan pronto como pueda, pero ya sabes lo que es eso, Jeanne.

-Lo se -afirmó su cuñada-. Emplea todo el tiempo que necesites y no te preocupes por las niñas.

Lo dicho por la mujer de Pierre era cierto. Trabajar en aquel lavadero conocido por el poético nombre de «Los dos amigos» no era tan agradable como su nombre podía sugerir. Grupos de mujeres con una pastilla de jabón en la mano frotaban, enjabonaban, restregaban y aclaraban su ropa queriendo quitar la suciedad que les marcaba con un sello indeleble durante toda su vida.

Transcurrieron algunas horas antes de que la cansada cuñada de Jeanne regresase a su casa con el balde lleno de ropa limpia. La mujer sonrió a Jeanne, besó a sus hijas y la puerta volvió a cerrarse tras ella.

Sus pasos fueron perdiéndose por la escalera de madera. Había regresado a su casa sin terminar la colada y se proponía finalizarla. De regreso al lavadero se hallaba aclarando el resto cuando una mano se posó en su brazo. Se volvió y vio el excitado rostro de la señora Pouche, una de sus vecinas.

-Sabía que estaba usted aquí -dijo-. Será mejor que vaya a su casa inmediatamente, señora Weber. Creo que Georgette no se encuentra bien. La he oído gritar cuando pasaba delante de su casa y me he asomado. Su cuñada la tiene en brazos y la pobre criatura parece ahogarse.

La alarmada madre abandonó la ropa, se secó las manos en el delantal y, se dirigió corriendo a su casa acompañada de la señora Ponche. Encontraron a Georgette en brazos de Jeanne que había deslizado una de sus manos bajo la ropa de la criatura.

-Estoy dándole -masajes -explicó-. Su respiración no me parece normal.

Añadió que la niña tenía el rostro amoratado. La angustiada madre tomó a la niña en brazos, le dio masajes, la llevaron junto a la puerta para que respirase aire puro y Georgette pareció recuperarse. Suzanne, la mayor, miraba sin comprender.

-Ahora ya está bien, Jeanne -dijo entregando la niña a su cuñada-. Vigílala mientras acabo la colada.

Nuevamente mientras se hallaba lavando alguien puso una , mano en su brazo. Esta vez era Pierre, su marido y parecía muy preocupado.

-Ven corriendo -dijo- Georgette está muy mal. Creo que tiene convulsiones.

Cuando llegaron a la casa encontraron a la menor de sus hijas en la cama. Su rostro presentaba un extraño color y los ojos, abiertos, miraban fijamente. Georgette estaba muerta. Consultaron rápidamente la situación con la señora Pouch y Jeanne. Alguien fue a buscar a un médico. Mientras aguardaban la llegada del doctor, la señora Pouche llevó a un rincón a Pierre Weber y murmuró:

-No me gustan nada las señales que Georgette tiene en el cuello, señor Weber. Creo que debería mostrárselas al doctor.

El apesadumbrado padre afirmó distraído, pero no es probable que comprendiese el verdadero significado de la advertencia de su vecina. No mencionó las señales que los perspicaces ojos de la señora Pouche advirtiesen. El atareado doctor tras hacer un somera reconocimiento a la criatura, dio el pésame a sus padres y extendió un certificado de defunción.

Según afirmó la causa de su muerte eran convulsiones. El certificado estaba fechado el 5 de marzo de 1905.

Nueve días después, la pequeña Suzanne fallecía en similares circunstancias, y el certificado extendido por el atareado doctor, decía lo mismo. Causa de su muerte: convulsiones.

En esta ocasión los padres debían ausentarse de la casa y no podían llevar a su hija consigo. Recurrieron una vez más a Jeanne y esta acudió para vigilar a la niña. Los padres no estuvieron ausentes mucho tiempo, pero llegaron a tiempo de presenciar la muerte de su hija. Por lo visto la mayor de sus hijas también había padecido ahogos, ya que cuando sus padres la vieron su rostro estaba amoratado. En su cuello se advertían unas ligeras señales y esta vez fue la señora Pouche en persona quien se lo dijo al doctor.

El médico movió negativamente la cabeza y rellenó el certificado de defunción.

Suzanne fue a reunirse con su hermanita en el cementerio.Su llorosa tía se hallaba entre los que rodeaban la tumba. Jeanne Weber parecía muy afectada por aquella tragedia en la que tan activamente tomara parte.

Dos semanas después, el 25 de marzo, Jeanne fue a visitar a la mujer de su cuñado León, que repentinamente recordó que tenía que efectuar algunas compras antes de que su esposo regresase.

-Vigila a Germaine mientras hago los encargos, Jeanne -dijo-. Únicamente estaré fuera unos minutos.

Germaine contaba siete meses de edad y dormía plácidamente en su catre.

La mujer de León Weber no se había alejado mucho de su piso, cuando su madre que habitaba en el inmediatamente superior se alarmó al oír el penetrante grito, de una criatura procedente de la casa de su hija.

La abuela Germaine bajó las escaleras corriendo y encontró a Jeanne con la criatura en brazos. La niña respiraba dificultosamente y había perdido el color.

-¡Dame la niña! -gritó la abuela arrancando a la criatura de los brazos de Jeanne.

Llevaron a Gennaine a casa de su abuela, donde poco a poco fue recobrándose y cuando llegó su madre se la entregaron. Germaine se hallaba sentada en su catre y parecía encontrarse bien. En aquel preciso instante Jeanne recordó que tenía que efectuar algunas compras. Preguntó a su cuñada si querría hacerlas en su lugar.

-Me duelen las piernas -dijo quejumbroso-. Cuando camino demasiado los dolores son muy intensos.

Su cuñada que quería mucho a Jeanne se presentó gustosa. Se puso el sombrero y el abrigo y salió de nuevo.

Llegó en el momento en que Jeanne acunaba a su hija víctima de una nueva convulsión. A sus gritos acudieron su madre y algunas vecinas. Corrieron en busca de un doctor y cuando éste llegó halló a Germaine completamente normal. El extrañado médico prometió acudir al día siguiente. Tan pronto como se hubo marchado, Jeanne Webor recordó algo que se había olvidado decir a su cuñada que le comprase.

-Ahora mismo iré a comprártelo, Jeanne -prometió su cuñada.

-¡No sabes cuanto te lo agradezco! ¡Me duelen tanto las piernas! -replicó Jeanne agradecida ante la amabilidad de su cuñada.

Por increíble que parezca la madre regresó para encontrar a su hija víctima de otra de sus extrañas convulsiones. Jeanne Weber se hallaba junto al camastro de Germaine y parecía darle friegas. La madre dirigió una mirada al brazo de Jeanne y ésta pareció desistir de su intento. Tomó a su hija en brazos hasta que volvió a respirar normalmente. Por extraño que pueda parecernos, la madre no sospechó nada y volvió salir con una vecina para comprar sal y vinagre.

Cuando regresó halló de nuevo a Jeanne Weber acunando a su hija.

-Ha tenido otro de sus ahogos -explicó la tía.

Al efectuar su segunda visita, el doctor -declaró que Germaine había muerto, de difteria. En la primavera de 1905 se declaró en París una terrible epidemia de dicho mal, pero Germaine Weber no murió de dicho virus.

Tres días más tarde enterraron a Germaine. Aquella fecha debía ser recordada siempre con terrible precisión por la familia Weber, ya que Marcel, el único, hijo superviviente de Jeanne, de siete años de edad falleció en idénticas circunstancias.

Aquella noche había dormido en la cama con su madre.

Jeanne Weber fue objeto de innumerables atenciones por parte de la familia de su marido. Había perdido a su tercer hijo del mismo modo que sus cuñadas. La familia comenzó a preocuparse pensando que podrían tener una tara familiar. No era un pensamiento halagador, pero menos hubiera sido el pensar que la única persona que se, halló presente en todas las muertes fue Jeanne Weber. Sin embargo, no lo pensaron, o si lo hicieron fueron lo bastante obtusos para no comprender aquella extraña coincidencia.

Llegó el mes de abril. El día 5 las esposas de Carlos y Leon Weber acudieron a casa de su cuñada, situada en el número bis del pasaje de la Gota de Oro. La esposa de Charles llevaba consigo a su hija Máurice de diez meses de edad para animar con su presencia a su tía. Las tres mujeres tomaron una colación preparada por Jeanne, que se quejó del empeoramiento de sus piernas.

-No puedo moverme como lo hacía antes -se quejó-. No puedo hacer las compras que necesito. Si Marcel hubiese estado aquí él las hubiera hecho por mí.

Al mencionar el nombre del hijo muerto, los ojos de Jeanne se llenaron de lágrimas.

-Yo iré a comprar lo que necesites -afirmó gentilmente la madre de Maurice.

Salió dejando a su hijo al cuidado de sus tías. No hacía mucho que había marchado cuando Jeanne recordó que no le había encargado que comprase vino para la cena de su esposo.

Su otra cuñada le gastó una broma acerca de su mala memoria y se dispuso a salir.

Maurice quedó solo con su tía Jeanne.

La madre del niño llegó en e1 momento de presenciar una escena ya familiar entre las mujeres de la familia Weber: Seanne, sentada, tenía al niño en brazos que padecía horribles convulsiones. La mujer de Charles Weber se puso histérica. De sus labios salieron palabras que más tarde serían analizadas en toda su extensión.

-¡Miserable! -gritó-, ¡Está muriéndose! ¡Muere como los demás! ¡Con sólo mirarles los matas!

La mujer de Pierre Weber fue en busca de un médico, que al llegar certificó su defunción. Las marcas que halló en la garganta del pequeño Maurice le parecieron extrañas y solicitó que se le hiciese la autopsia. Dos doctores llamados Sevestre y Saillant, procedieron a examinarlo en un hospital cercano. Llegaron a la conclusión de que había muerto estrangulado. Solicitaron la intervención de un forense, que procedió a examinar al niño sin consultar con ambos médicos previamente y llegó a la misma conclusión.

Jeanne Weber fue arrestada.

La gente comenzó a sacar conclusiones. Pronto se supo que otras dos criaturas habían muerto en brazos de Jeanne Weber en semejantes circunstancias. Se trataba de las hermanas Poyatos: Marcelle de diez meses y Lucie Alexandre de dos años.

Todo París se agitaba estremecido de odio ante aquella estranguladora. Al odio se sumó la confusión, ya que el juez designó para examinar el caso de Jeanne Weber al señor Leydet, el cual encargó al profesor Thoinot, de la Facultad de Medicina de París, que examinase el cuerpo del niño muerto,

Este eminente y digno forense declaró que no apreciaba ningún síntoma de estrangulación, en lo que él personalmente consideraba una muerte natural.

El señor Leydet quedó tan sorprendido como los demás habitantes de París. Ordenó la exhumación de los demás cadáveres para que fuesen examinados por el profesor Thoinot. El resultado fue igualmente sorprendente. El profesor informó que había hallado en los pulmones de Georgette un gran absceso y trazas del bacilo de Koch. La señal que halló en el cuello de Suzanne demostró que se la había producido estando con vida ella misma.

No era capaz de determinar la causa exacta de las muertes, pero estaba seguro de que ninguna de las criaturas había muerto estrangulada. Esta declaración dejó perplejo al señor Leydet y sin saber qué hacer. Solicitó el informe de dos eminentes médicos, los doctores Brouardel y Descouts. Antes de formular sus opiniones consultaron con el doctor Thoinat. En sus informes confirmaron la tesis del profesor Thoinot.

El resultado apareció en los periódicos de toda la nación e inmediatamente se elevó un clamor general. El público no concebía que la medicina se pusiese de parte de la estranguladora en lugar de ayudar a la justicia.

El 26 de enero de 1906, Jeanne Weber entró por primera vez en la sala del tribunal del Sena, acusada de múltiples asesinatos. Mientras, en la calle, el populacho gritaba una consigna que había comenzado a recorrer la pasada noche. Decían: ¡Muera la bruja! ¡muera la bruja!

Los periódicos se hicieron eco y Jeanne Weber fue recordada en lo sucesivo con esta denominación. Las madres parisienses eran las más encolerizadas. La chusma clamaba a gritos, pidiendo que la condenasen a la guillotina.

Por extraño que parezca, las únicas personas que no solicitaban en París que fuese condenada a la pena capital era su familia política. Declararon a los periodistas que creían que Jeanne estaba loca y no debía ser ejecutada.

-Sería mejor internarla en un manicomio -sugirieron.

Comprendían muy bien la deshonra que caería sobre la familia si Jeanne era ejecutada.

Debido a la actitud adoptada por su familia, la policía hizo que Jeanne fuese examinada por dos médicos psiquiatras, los doctores Wallon y Dupré. En su informe conjunto declaraban que su comportamiento era tranquilo y sus ideas lúcidas, pero hacían resaltar el hecho de que aparentemente había experimentado «ciertos trastornos emocionales e histeria, debido a la pérdida de sus hijos y a algunos desarreglos ginecológico».

En una palabra, Jeanne Weber no estaba loca.

Durante el juicio, la defensa llamó a tres especialistas, los doctores Debuisson, Ségalas y Joffroy, quienes hicieron resaltar el hecho de que en la familia Weber se habían dado, repetidas veces casos de alcoholismo y que por consiguiente, los hijos por miembros que dicha familia eran de naturaleza enclenque y propensos a las convulsiones. El juicio se convirtió en un debate médico.

Día tras día Jeanne Weber permaneció tranquila y pálida escuchando aquellas palabras que no comprendía. Sólo perdió la calma cuando la madre de Germaine, su cuñada, prestó declaración, acusándola abiertamente y cuando al volverse, vio a su esposo, Marcel Weber, llorar sin ocultar su emoción.

Dieciocho médicos intentaron llamarse muy cortésmente mentirosos unos a otros, y el abogado Henry Robert, defensor de la acusada, logró sumirlos en la más completa confusión.

Cuando la atónita acusada oyó el veredicto de inocencia, asió las manos de su defensor y las besó apasionadamente, el abogado pareció tan consternado como si hubiese perdido el caso. El inesperado veredicto produjo un cambio radical en la conducta del público que llenaba la sala los pasillos y rodeaba la Audiencia. En el momento en que se conoció el fallo dejaron de vociferar aquel grito acusador y ya no volvió a oírse.

Lo sucedido con Jeanne Weber fue un caso de cambio de idea de una masa. Al salir de la Audiencia las mismas personas que antes pedían su muerte, la aclamaron como a una heroína.

Andando el tiempo se produjo otro cambio. Tras el entusiasmo despertado por su absolución, comenzaron a circula rumores calumniosos. Vivir en París le resultó intolerable. Metió sus cosas en una maleta y abandonó su casa.

Durante un año se perdió su rastro. Trabajó como sirvienta en varias casas y en abril de 1907 entró como ama de llave en el hogar del señor Bavouzet, un viudo que habitaba en Chambon. Dicho señor tenía tres hijos: Germaine y Louise, un niño, Augusto, de siete años. Fue Louise quien se encargó de llamar al doctor Papazoglou para que acudiese a visitar a su hermano enfermo, que padecía convulsiones. Cuando el médico entró en la habitación del enfermo, se levantó de una silla situada junto a la cabecera de la cama, una mujer vestida de oscuro. Dijo acusadoramente:

-¿Por qué no ha venido usted antes? Quizá hubiera podido salvarlo.

Augusto estaba muerto y llevaba un camisón limpio. La mujer dijo que se lo había puesto después de morir. Dijo al doctor que era la señora Blaise, hermana de la difunta madre de las niñas. No mencionó las extrañas señales que aparecía en el cuello del muchacho.

-Temo no haber traído ningún certificado de defunción. Se lo enviaré mañana a primera hora -explicó el doctor Papazoglou a la airada mujer antes de salir de la habitación.

Sin embargo, el doctor tuvo la precaución de informar del caso a las autoridades de Chateauroux. La policía envió a su médico, el doctor Audiat, para que examinase al muerto. Lo reconoció el 22 de abril y encontró marcas no solo en el cuellos sino en el estómago, muslos y frente.

Ese mismo día, la hermana mayor del difunto Augusto, Germaine, decidió registrar la habitación de la señora Blaise. En ella encontró un artículo ilustrado con una fotografía del Petit Journal en el que se relataba la historia de Jeanne Weber. Las semejanzas entre dicha mujer y la señora Blaise era innegables. Germaine entregó la revista a la policía.

Jeanne Weber fue detenida de nuevo.

El señor Belleau, juez de la localidad obtuvo el mismo resultado que antaño el señor Leydet en París. La encuesta y el juicio que presidió se convirtieron en un debate médico. El abogado Henry se hallaba allí para defender a Jeanne con todos los recursos a su alcance. El eminente abogado contaba con varios amigos pertenecientes a una sociedad llamada «Defensores de los derechos del hombre».

Sus miembros organizaron desfiles y conferencias declarando que la mujer detenida por la policía era víctima de una encarnizada persecución. El señor Belleau comprendió lo delicado de su posición. Salió de aquella comprometida situación enviando a Jeanne Weber al tribunal del Sena sito en París, donde los jueces, una vez oídos todos los testigos, aceptaron el argumento del abogado Henry y decidieron que se trataba de un «error judicial», descargándola de toda culpa sin proseguir el juicio.

Esta era la última fase triunfal de la vida de Jeanne Weber. Los periodistas de París la designaron esta vez como a una mártir.

Después del juicio cambió su nombre por el de Marie Lemoine y encontró empleo en un sanatorio particular de Fontgombault. El señor Bougeau, conocido filántropo y director del sanatorio para niños inválidos, tuvo la humanitaria, pero errónea idea de que aquella mujer que había perdido a sus tres hijos hallaría entre los niños la tranquilidad de la que su espíritu se hallaba tan necesitado.

Solamente, después de permanecer dos semanas en el sanatorio como ayudante, una enfermera la encontró con las manos apretadas alrededor del cuello de un bebé. Para evitar el escándalo que se produciría si aquello se hacía público, le obligaron a marcharse. A veces los filántropos no dejan de ser cobardes.

Jeanne Weber fue a París y acudió a visitar al señor Hamard, jefe de policía.

-Creo que es mejor que confiese -declaró-, que yo maté a mis sobrinas y a mi sobrino. Los estrangulé.

El señor Hamard era un hombre que distinguía a un bribón cuando lo tenía delante. Sabía que la mujer que confesaba aquellos crímenes ya había sido juzgada por ellos y absuelta. No podían juzgarla de nuevo. No obstante, en el caso de Augusto Bavouzet era diferente, ya que no llegó a juzgársela, aceptando el caso como «error judicial».

-¿Y al niño Bavouzet? -Preguntó el señor Hamard.

Los ojos de Jeanne refulgieron siniestramente.

-¡No! ¡Yo no, asesiné a Augusto!- Gritó comprendiendo la importancia de no, confesar aquel crimen.

El señor Hamard le dijo que se marchase.

Se dirigió a Saint Rémy, pueblecito cercano a Toul y vivió con un obrero llamado Emile Banchéry. La pareja fue hasta Commercy, y pasó la noche en una posada. Al día siguiente él la abandonó. Los propietarios de la posada, un matrimonio apellidado Poiret, tenían un hijo de corta edad llamado Marcel. Jeanne rogó que le permitiesen dormir con el niño y sucedió lo inevitable.

Aquella noche la señora Curlet, otra huésped de la posada, oyó unos chillidos y se dirigió a la habitación de donde procedían. Vio a Jeanne Weber inclinada sobre Marcel de cuya boca salía sangre. Su rostro se oscurecía por momentos. Sobre la cama aparecían tres pañuelos manchados de sangre. Al oír los gritos de la señora Curlet acudieron el posadero y su esposa. Al señor Poiret le costó mucho trabajo separar a Jeanne del cuerpo de su hijo al que se aferraba desesperadamente. Cuando lo logró vio horrorizado lo que había hecho aquella mujer.

Antes de estrangularlo, le había mordido la lengua y se la había partido a dentelladas.

Por última vez la policía detuvo a Jeanne Weber.

Nuevamente se presentó en la sala del tribunal del Sena y de nuevo comenzó el debate aunque con una variante. Esta vez discutían sobre su estado mental. En la calle, fuera del tribunal, volvieron a cantar: ¡Muera la bruja!

Fue declarada culpable aunque demente y enviada a la cárcel-manicomio de Mareville. Allí la encerraron en una diminuta celda provista de sólidas barras de hierro. Empeoró física y mentalmente desde el primer día de su encierro. Algunas veces la encontraron padeciendo alucinaciones, creyendo que se ahogaba, respirando dificultosamente mientras apretaba imaginarias gargantas. Durante estos violentos ataques echaba espuma por la boca y jadeaba con terrible furia.

Una mañana la encontraron muerta. Sus dedos apretaban fuertemente su propia garganta. Su pasión de matar por estrangulación la destruyó al igual que había destruido a tantas inocentes criaturas.


Jeanne Weber

Última actualización: 20 de marzo de 2015

Uno de los pocos casos que existen en la historia criminal de una mujer asesina de niños. Su historia, plagada de rasgos extraños y melodramáticos, constituirla un tema sensacional para una película del Hitchcock de la primera época.

No me ha sido posible encontrar una historia detallada del caso. En 1905 Jeanne Weber vivía con su esposo en el Passage Goutte d’Or de París; dos de sus hijos habían muerto. Sólo le quedaba uno, Marcel, de 7 años de edad. Era conocida por su afición a la bebida, que los vecinos achacaban a su tristeza por la muerte de sus dos hijos mayores.

El 2 de marzo de 1905 una cuñada de Jeanne la confió por unos momentos la custodia de su hija de 18 meses Georgette, mientras iba a hacer unos recados a una tintorería cercana (cuya descripción encontramos en la novela de Zola «L’Assommoir»).

Segundos más tarde una vecina entraba desalada a avisarla de que su hija estaba gravemente enferma; acudió inmediatamente a casa de su cuñada, quien dijo que la niña había comenzado a dar muestras de sofocación súbitamente y que su cara se había puesto completamente azul. La pequeña comenzó a recobrarse y su madre volvió a la tintorería; cuando regresó, halló a su hija muerta. En la garganta podían verse unas marcas de color azulado. Se avisó inmediatamente a un médico, que achacó la muerte a convulsiones.

El 11 de marzo la misma cuñada volvió a dejar al cuidado de Jeanne otro de sus hijos; esta vez una niña de 2 años, Suzanne. Cuando volvió con su esposo a recogerla, la encontraron agonizando; murió a los pocos minutos de su llegada, aparentemente también de «convulsiones».

Aunque la estupidez de los padres pueda parecer increíble, el 25 de aquel mismo mes volvieron a dejar a otro de sus hijos, Germaine, de 7 meses de edad, a su cuñada. Varios vecinos oyeron un ahogado grito y llegaron a tiempo de ver a la pequeña luchando con la muerte. De nuevo aparecían las manchas en la garganta, esta vez de color rojo. Al día siguiente parecía haberse recobrado y de nuevo su madre volvía a confiarla al cuidado de Jeanne. Cuando volvió, la niña había expirado. El médico atribuyó esta vez la muerte a difteria.

Tres días más tarde, exactamente el del funeral de Germaine, fallecía el hijo de Jeanne, Marcel, con los mismos síntomas. Nadie sospechó de su madre.

El 5 de abril de 1905 Jeanne Weber invitó a comer a sus dos cuñadas; una de ellas trajo a su hijo de 10 años, Maurice. Jeanne las persuadió para que salieran de compras dejando al niño a su custodia. Cuando volvieron encontraron a Maurice sacudido por fuertes convulsiones y arrojando espuma por la boca.

Su madre acusó a su cuñada de haber intentado estrangularle; ésta contestó con indignadas palabras. El niño se restableció completamente, pero el médico que le atendió, cirujano del Hospital Bretonneau, reparó en las señales de estrangulamiento y la madre le comunicó sus sospechas.

Jeanne Weber fue arrestada y juzgada el 29 de enero de 1906; un médico, el Dr. Thoinot, declaró que no había suficientes pruebas para afirmar el intento criminal. Sus palabras significaron la absolución de la acusada. Jeanne Weber volvió a su hogar; su esposo, convencido de su culpabilidad, la abandonó, y los vecinos le cerraron sus puertas. Quince meses después del juicio desapareció; durante este tiempo se cree que vivió de la prostitución.

El 16 de abril de 1907 cometió un nuevo crimen. Desde el mes anterior era la amante de un tal A. M. Bavouzet, que vivía en Villedieu sur Indre. En la fecha citada su hijo Auguste murió de «convulsiones», apareciendo en torno a su garganta las características manchas azuladas.

Aunque se llegó a sospechar que se tratase de un crimen, nadie tomó una iniciativa hasta que, por una casualidad, un día que otra hija de Bavouzet, una niña de 12 años, se encontraba mirando las fotografías de unos viejos ejemplares del «Petit Parisien», encontró súbitamente la de Jeanne, tomada un año antes durante el proceso.

Fue de nuevo arrestada y acusada de asesinato. Se examinó el cadáver de Auguste averiguándose que había muerto estrangulado. Sin embargo, el Dr. Thoinot, prestó de nuevo declaración como testigo de la defensa, afirmando que el niño había muerto a causa de fiebres intermitentes. Jeanne Weber fue absuelta por segunda vez. La opinión pública estaba esta vez a su favor y fue conducida a París en triunfo como una mujer infortunada, abrumada por la desgracia y la mala suerte.

Una de sus compasivas admiradoras le ofreció un empleo en el sanatorio que dirigía. Un día, una de las enfermeras vio con sus propios ojos como Jeanne intentaba estrangular a un niño que se debatía en la cama intentando defenderse. Su víctima pudo reponerse y Jeanne Weber fue obligada a abandonar su trabajo sin que se tomasen medidas más decisivas contra ella.

En París confesó al jefe de seguridad, M. Hamard, haber asesinado a sus sobrinos; éste decidió que se trataba de una deficiente mental y ordenó su reclusión en un asilo de Nanterre, de donde Jeanne pudo escapar poco después.

Se instaló primero en casa de un hombre llamado Joly, que, vivía en las cercanías de Toul, en una aldea llamada Lay-St.-Remy, pero éste se cansó pronto de ella y Jeanne vivió desde entonces de la prostitución entre los miles de ferroviarios de aquella ciudad. Finalmente, junto con un hombre llamado Bouchery entró al servicio del matrimonio Poirot, propietario de una posada, que tenía dos hijos.

Un día Jeanne pidió a Mme, Poirot que le dejase a uno de sus pequeños dormir en su misma cama, porque su marido solía beber demasiado y maltratarla cuando volvía a altas horas de la noche; la presencia del niño refrenaría su violencia. Los Poirot accedieron.

Hacia las diez de la noche oyeron extraños ruidos que parecían provenir de la habitación de Jeanne; M. Poirot llamó repetidas veces a la puerta sin obtener respuesta. Finalmente, forzó la cerradura y logró entrar en el dormitorio, encontrando a Jeanne en un terrible estado de excitación; la cama aparecía cubierta de sangre. El niño era ya cadáver.

Esta vez, incapaz de refrenar su violencia, había llevado a cabo su crimen abiertamente. M. Poirot pudo sujetarla con dificultad hasta que llegó la policía. Pronto fue identificada como Jeanne Weber; sin embargo, ahora era evidente que se trataba de una alienada y fue internada en el asilo mental de Mareville, donde se suicidó poco después.

 


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