Jean-Baptiste Troppmann

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Jean-Baptiste Troppmann

El Tigre Humano

  • Clasificación: Asesino itinerante
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 8
  • Periodo de actividad: Agosto - Septiembre de 1869
  • Fecha de detención: 22 de septiembre de 1869
  • Fecha de nacimiento: 5 de octubre de 1849
  • Perfil de las víctimas: Matrimonio y sus 6 hijos
  • Método de matar: Veneno (ácido prúsico) / Apuñalamiento / Estrangulación
  • Localización: París, Francia
  • Estado: Ejecutado en la guillotina en París el 19 de enero de 1870
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Jean-Baptiste Troppmann

Última actualización: 8 de abril de 2016

Nacido en Alsacia en 1848, asesinó brutalmente a una familia de 8 personas y fue guillotinado a la edad de 22 años

Este joven agradable y elegante, se introdujo en la familia del granjero Kinck, asociándose con este en una quimérica empresa que teóricamente les enriquecería a ambos, y daría al viejo granjero la posibilidad soñada de retomar a su Alsacia natal para instalarse en ella.

Maquiavélicamente y con fría premeditación, el joven Jean-Baptiste Troppmann se llevó de viaje a Kinck y le asesinó. Después, acabó también con la vida de su esposa, su hijo mayor y sus tres hermanos de corta edad. Su único fin, al parecer, era enriquecerse con las propiedades de los Kinck, pero el plan respondía a una obsesión claramente enfermiza, patológica, por convertirse en alguien rico y famoso. En cierta ocasión había afirmado: «Haré algo que asombrará al mundo».

Y en 1869, cuando se descubrieron sus crímenes, puede asegurarse que causó asombro. Todo parecía tan descabellado, empezando por el buen aspecto del asesino y su total frialdad, que hubo quienes aseguraron que se trataba de un espía alemán, enviado por el káiser para eliminar a Kinck que, a su vez, era un agente que se había vuelto peligroso para la seguridad alemana.

Sin embargo, lo más interesante y significativo para nosotros es que el abate Crozes, quien escuchó la última voluntad del asesino y le asistió en el patíbulo, aventura ya una interpretación sociológica y psicológica.

Según él, Troppman, nacido en 1848, era un ávido lector de novelas por entregas y de biografías de famosos criminales y «de tanto vivir en este mundo imaginario, había perdido todo el sentido de lo que estaba bien o estaba mal, y se había llenado de un ardiente deseo de emular a esos heroicos criminales que rehabilitan su personalidad dando los frutos de sus crímenes a los pobres y a los que sufren». ¡Troppman sería el primer psychokiller inspirado en sus crímenes por los medios de comunicación de masas! ¡El primer asesino pop!

Crozes llega incluso a afirmar que el modelo seguido por este asesino romántico a la par que sin sentimientos era el Jean Valjean de Los miserables, de Victor Hugo. No cabe duda de que hoy día un buen abogado defensor habría conseguido sacarle partido a tal argumento, además de suscitar un nuevo y árido debate sobre la violencia en los media y su influencia en el crimen real.

El 19 de enero de 1870, sin embargo, los franceses asistieron a la decapitación, vía guillotina, de Jean Baptiste Troppman, que impresionó a los asistentes por su porte elegante y su cortesía.

A la ejecución acudieron celebridades del momento, como Victoriano Sardou y Albert Wolff y, para redondearlo, el escritor ruso Turgueniev, también presente junto a su amigo Maxime Du Camp, tomó buena nota de todo, convertido en el primer literato (creo yo) autor de un reportaje sobre la ejecución de un asesino psicópata.


Jean-Baptiste Troppmann

Colin Wilson y Patricia Pitman – Enciclopedia del crimen

Asesino de una familia de ocho personas

Jean-Baptiste Troppmann nació en Alsacia en 1849; su padre era un mecánico que, a pesar de su facilidad para la invención de aparatos, no pudo nunca salir de una pobreza que le convirtió en un ser amargado. Jean, el favorito de su madre, demostró desde pequeño tendencias homosexuales.

Como su padre, tenía unas enormes manos (quizá el apodo con que era conocida la familia en la comarca, «Los mano larga», se debiera a esta característica). Su padre le maltrataba con frecuencia y, debido a los mimos de su madre, concibió un profundo desprecio por sus hermanos y hermanas. Mentía continuamente.

En la escuela, su natural carácter malhumorado le convirtió en el blanco de todas las bromas y ataques, pero pronto demostró al pelear un formidable furor de perro rabioso y sus compañeros, escarmentados, le dejaron tranquilo. Se sometió a un severo entrenamiento físico, logrando alcanzar una fuerza prodigiosa.

A los 14 años comenzó a trabajar en el taller de su padre, donde fue también al principio víctima de todas las burlas y mofas. Su principal verdugo era su hermano Edward, pero la persecución terminó cuando un día Jean le aplastó la cara con un martillo sin previo aviso.

Durante algún tiempo gozó de gran popularidad por haber salvado la vida a uno de sus compañeros, pero quizá fuese su inversión sexual lo que le mantuvo siempre apartado de todos. El único amor de su vida fue su madre. Su libro favorito era El judío errante, de Eugène Sué, una absurda mezcla de horror y mixtificación.

En secreto comenzó a estudiar química (no había ninguna razón para ocultarlo, pero el hecho de que lo hiciera constituye una típica expresión de su carácter). Quizá bajo la influencia del libro de Sué empezó a investigar sobre toxicología, componiendo un veneno que consideró imposible de detectar.

En diciembre de 1868, su padre vendió algunas máquinas a una fábrica de París, enviando a Jean para que ayudase a instalarlas. Testigos que le conocieron en esta ocasión declararon más tarde que fue entonces cuando comenzó a obsesionarle la idea de hacerse rico.

Cinco meses después de haber hecho el viaje a París se trasladó a Roubaix encargado de un trabajo similar. Allí conoció a Jean Kinck, también alsaciano, su futura víctima. Kinck era un afortunado hombre de negocios que disfrutaba jactándose de su dinero; Troppmann le propuso llevar a cabo juntos algunos asuntos, planeando huir a América con el dinero de su socio, pero este se informó antes de decidirse y, finalmente, se negó a colaborar.

Jean-Baptiste Troppmann inventó entonces una fantástica historia; un día dijo a Kinck que había descubierto en las montañas del alto Rin varias minas de metales preciosos (durante el proceso afirmó que lo que realmente le había confiado era haber encontrado en un castillo abandonado de Herrenfluch, Alsacia, una imprenta destinada a falsificar billetes de banco, ofreciéndoselas por la cantidad de 5.000 francos, pero seguramente inventó esto para desacreditar a su víctima y aminorar su delito).

Esta vez Kinck cayó en la trampa y, cogiendo algún dinero en metálico y dos cheques en blanco, salió para Bollwiller (Alsacia), donde debía encontrar a Troppmann. Allí este le envenenó, mezclando ácido prúsico en el vino, y enterró su cadáver bajo un montón de piedras en un foso situado entre Guebwiller y Bollwiller. Hecho esto, volvió a su hogar en Cerney y entregó a su madre un billete de cien francos diciendo: «Toma; ya tienes de qué vivir».

Al día siguiente, el 26 de agosto de 1869, escribió una carta a madame Kinck diciendo que su esposo no podía hacerlo por haberse herido en una mano y pidiéndola cobrar un cheque por valor de 5.500 francos para enviárselo. Esta cumplió el encargo y Troppmann se presentó en la oficina de correos de Guebwiller para cobrar el dinero haciéndose pasar por Kinck, pero el empleado se negó a entregarlo si no presentaba documentación acreditativa de su identidad.

Al día siguiente acudió de nuevo a la oficina con una pretendida autorización de Kinck, pero de nuevo le fue negado el pago. Las precauciones que tomó el empleado significaron la sentencia de muerte para la familia de la víctima, pues Jean-Baptiste Troppmann necesitaba esta suma para huir a América.

Primero intentó otro método para conseguirla; se presentó en Roubaix y convenció a madame Kinck de que la haría millonaria si le entregaba los 5.500 francos para emprender un negocio. Esta envió a su hijo Gustave a Guebwiller para cobrar el dinero, pero al no saber casi escribir y estar la firma confusa, el empleado rehusó otra vez entregarlo.

Gustave se dirigió a París, donde Troppmann le hizo enviar una carta a su madre para decirle que debía trasladarse a la capital con toda la familia. Poco después apuñalaba al muchacho en las afueras de la ciudad, enterrándole en el parque de Pantin; el inmenso salvajismo con que llevó a cabo el crimen muestra que el autor era un sádico o que le impulsaban motivos sexuales.

Madame Kinck, a punto de dar a luz, llegó a París con sus cinco hijos; Jean-Baptiste Troppmann no acudió a la estación por haber estado cavando la tumba de Gustave, y la mujer se dirigió sola al Hotel de Fer du Nord. Después de asegurarse de que se alojaba allí Jean Kinck (éste era el seudónimo que utilizaba ahora Troppmann), volvió a la estación a esperarle.

El asesino llegó al fin, diciendo que tomarían un simón hasta el parque de Pantin, donde aguardaba su esposo. Con una excusa, mandó detener la berlina en un lugar solitario de la carretera y persuadió a madame Kinck de que bajara a pasear un momento a los dos niños más pequeños, dejando a los otros tres con el cochero. A los veinte minutos regresó a recoger a estos y despachó el vehículo.

A la mañana siguiente -el lunes 20 de septiembre de 1869- un labrador llamado Langlois encontró varios charcos de sangre cerca del camino que conducía al parque de Pantin. Fue a buscar ayuda y entre varios hombres excavaron en un lugar en el que parecía haber sido removida la tierra recientemente. Allí descubrieron los cadáveres de la familia Kinck.

Todos habían sido asesinados con una ferocidad que de nuevo sugería la obra de un sádico. La niña menor, de dos años de edad, había sido destripada; los demás habían sido acuchillados. La tumba contenía también algunas monedas, trozos de pan, salchichas, una muñeca y varias canicas.

El abrigo de uno de los niños llevaba la etiqueta de un sastre de Roubaix y gracias a esto la familia fue identificada. El hallazgo constituyó un acontecimiento nacional; muchedumbres enteras se trasladaron en trenes especiales a Pantin, donde los vendedores ambulantes de refrescos hicieron su agosto.

Los periódicos dedicaron al crimen las primeras páginas, con gran indignación de algunos que llegaron a sugerir lo hacían para desviar la atención de los ciudadanos de la grave crisis internacional (que un año más tarde desembocaría en la guerra). La misma idea se repitió durante el juicio de Landrú en 1921, esta vez con más justificación.

Troppmann se dirigió a El Havre con la intención de huir en un barco a América, pero en aquella ciudad fue interrogado en un bar por un gendarme que le tomó por un ratero; al decir que no tenía documentación (los únicos papeles que llevaba encima eran los de Kinck, que no hubiera sido muy prudente mostrar), el agente le ordenó seguirle a la comisaría. En el camino, Jean-Baptiste Troppmann escapó arrojándose al agua en el puerto. Entre varios hombres lograron sacarle y llevarle a la oficina de policía, donde al ser registrado se reveló su identidad.

Fue conducido bajo custodia a París, donde una multitud se había congregado en la estación de St. Lazare para presenciar su llegada. Identificó los cadáveres en la morgue y declaró después que Kinck había asesinado a su familia (con la ayuda de Gustave) al encontrar a su mujer en la cama con un amante (lo cual no parece muy probable dado su estado). Cuando se le mostró el cadáver de Gustáve, exclamó: «¡El cochino!… También ha matado a su hijo». Su última esperanza de salvación desapareció el 24 de noviembre, fecha en que se descubrió el cadáver de Jean Kinck.

En la cárcel meditó algún método para conseguir dinero y parece que llegó a considerar la posibilidad de encargar un gran número de copias de su fotografía y venderlas. Continuamente comentaba: «Mi nombre se conoce en toda Francia … »

El juicio se celebró el 28 de diciembre de 1869. La defensa alegó que el crimen era excesivo para un hombre solo y que su cliente había actuado con la ayuda de tres cómplices. Pero las pruebas eran concluyentes. El 19 de enero de 1870 Troppmann fue condenado a muerte.

Una gran muchedumbre se reunió el día fijado para presenciar la ejecución, que tuvo lugar a primera hora de la mañana, brillando todavía la luna en el cielo. El condenado se resistió en el patíbulo corno un poseso, negándose a subir la escalera y logrando morder la mano del verdugo antes de que cayera la cuchilla.

Debe mencionarse aquí que Jean-Baptiste Troppmann llevó a cabo su primer crimen en Roubaix, donde, después de mantener una disputa con un hombre, le golpeó y le arrojó a un canal, dejándole hundirse en el barro.

 


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