Issei Sagawa

El caníbal de París

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Canibalismo - Necrofilia
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 11 de junio de 1981
  • Fecha de detención: 13 de junio de 1981
  • Fecha de nacimiento: 11 de junio de 1949
  • Perfil de las víctimas: Renee Hartevelt, una estudiante holandesa de 25 años
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: París, Francia
  • Estado: Pasó tres años escasos en un hospital de Francia y acabó siendo devuelto a Japón, donde se le declaró cuerdo y se le dejó en libertad el 12 de agosto de 1986
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Issei Sagawa

Última actualización: 28 de abril de 2015

Renée, una estudiante holandesa de 25 años, no quiso ceder a los propósitos sexuales de un estudiante japonés de 32 años, y éste la mató de un tiro en la cabeza. Luego la violó. Después la cortó a trozos. Y más tarde, comió algunos de esos trozos. Issei quiso de esta forma “guardarla dentro”.

El asesino

Issei había nacido en Kobe en 1949, de una importante familia de industriales. Había sido un estudiante modelo con notas excelentes. Pronto demostró una gran pasión por la literatura y se especializó en novela y teatro inglés, con una neta predilección por Shakespeare. En la facultad Gakui de Osaka, presentó una brillante tesis sobre Macbeth.

En 1977 se instaló en París, donde pensaba quedarse hasta 1982, fecha en que entraría con un cargo importante en una de las filiales de la empresa que dirigía su padre. En Censier había seguido tenido muy buenas notas y actualmente preparaba una tesis sobre la influencia de la literatura francesa en la obra del Premio Nobel japonés, Kawabata.

Su vida en París parecía transcurrir sin grandes historias. Su portera dice que era un hombre muy discreto y muy correcto, cosa que parecen confirmar algunos de sus compañeros de estudio que, sin embargo, añaden que era bastante distante, sin sentido del humor y demasiado seguro de su capacidad intelectual. Según algunos, Issei parecía considerarse un puro producto del Japón tradicional. Apenas medía 1,50 y no llegaba a los 40 kilos. Ponía mucho cuidado en el vestir y se dice que lo hacía con un cierto refinamiento.

Issei, empollón por naturaleza, empezó a tragarse libros sobre pueblos antropófagos, desde los cretenses a los aztecas, pasando por los indígenas del Amazonas y los salvajes de Australia. Poco a poco, con argumentos como el de que las tribus primitivas se comían el corazón de sus enemigos para apoderarse de su valentía, empezó a encontrar coartadas que dieran cobertura racional a sus monstruosas fantasías adolescentes. Le encantó leer un día en los periódicos que dictadores africanos como Idi Amin y Bokassa tenían la costumbre de celebrar regularmente festines a base de carne humana debidamente cocinada y aderezada.

En un momento dado, cuando contaba la veintena, Issei decidió intentar satisfacer sus retorcidos deseos con una prostituta japonesa. “Le metía la hoja de un cuchillo en la garganta y fingía que iba a matarla”, contó a la justicia francesa. “Después, para que se confiara, dejaba que ella hiciera lo mismo conmigo. Pero aquella mujer no me interesaba. Simplemente jugaba con ella a un macabro juego. Fue un primer paso hacia lo inevitable”.

Años después, cuando Issei se trasladó a París tuvo ocasión de conocer en la Universidad a varias jóvenes que le renovaron el deseo de poner en práctica su canibalismo latente.

Cuando una de estas chicas, Renée Hartevelt, empezó a frecuentar su piso para traducirle al francés varias obras de poesía alemana, Sagawa se dijo a sí mismo que ya había encontrado a la víctima idónea. Pero no se dio prisa en matarla.

“Los hechos sucedieron poco a poco, por grados. Una de las primeras veces que Renée vino al apartamento, yo me hice con un revólver y traté de golpearla por la espalda. Ella no se daba cuenta de nada. Estaba ya a unos milímetros de su cuerpo, presto a descargarle un culatazo mortal, cuando de repente se dio la vuelta y me sonrió. No tuve el coraje de seguir adelante con mi propósito”.

La víctima

Renée tal vez también podía considerarse un puro producto holandés. Alta, bella, deportiva, con un bonito pelo castaño y una mirada clara y directa. Había conseguido la licenciatura en Letras en la Universidad de Leyden y ahora estudiaba literatura comparada en la Universidad parisina. A París había venido como “au-pair” y vivía en una buhardilla del Barrio Latino, cedida a cambio de guardar dos niños durante los fines de semana. Los niños parecían quererla y la familia la apreciaba mucho también.

El crimen 11 de junio de 1981

El jueves, Issei invitó a comer a Renée y preparó para ella unos guisos orientales que sabía que eran de su gusto. “Le divertía mucho comer con bastoncitos”, dice él en sus memorias. Cuando la bella estudiante holandesa hubo tomado los postres, su anfitrión decidió jugarse el todo por el todo.

“Primero intenté besarla, como ya había hecho otras veces. Renée empezó a retroceder. Le hablé de mi adoración por ella y del amor que sentía en mí como un huracán, y ella siguió resistiéndose. Saqué mi carabina del armario para asustarla. Por casualidad el arma se disparó y ella cayó fulminada. La tentación fue para mí demasiado fuerte. No supe resistir. La desnudé y abusé de su cuerpo. Después comencé a cortarla a trozos. En aquel momento pensaba que esa era la mejor manera de esconder su cadáver y de sacarlo de mi casa. Mientras cortaba aquel cuerpo con un cuchillo eléctrico, yo no era Issei, era un médico. No era un médico, era un diablo. Era Mefistófeles en persona. Cortaba y fotografiaba. Como un autómata, empecé a probar con los labios algunos pequeños trozos que ya había separado del resto. Este impulso era más fuerte que yo. Una vez terminé el descuartizamiento, cogí unas partes y las metí en el frigorífico, y otras las llevé a la cocina y me las freí, aderezándolas con sal y pimienta. Descubrí que tenía un sabor agradable, dulce y delicado, un sabor similar al del atún”.

“Mi gesto fue un acto de amor. De aquella manera conseguí tener a Renée dentro de mí para siempre”.

De esos trozos, Issei separó los labios, los senos, la punta de la nariz, la parte alta de los muslos y ciertas vísceras y lo depositó en un gran plato que colocó en el frigorífico.

Los pedazos del cuerpo descuartizado Issei los envolvió en plástico y con papel de periódico por encima.

En dos maletas marrón oscuro, que fue a comprar aquella misma tarde a unos grandes almacenes, el japonés depositó la cabeza, los brazos y las piernas. En la otra depositó el tronco.

Cuando todo estuvo preparado, al final de la tarde de ese mismo jueves, Issei llamó a un taxi, cargó las maletas y propuso un itinerario sin rumbo fijo al taxista. Una hora después volvía a casa sin haber sabido desembarazarse de las maletas. La misma escena se repitió al día siguiente.

Por fin, el sábado por la noche otro taxista lo recogió en la calle Erlanger, donde vivía Issei, y lo llevó hasta la zona del Bosque de Bolonia. El lago estaba muy cerca. Eran las nueve de la noche. Hacía calor. Issei tal vez no había calculado que el buen tiempo incitaría a mucha gente a dar un paseo por aquellos alrededores. Esa gente que lo miraba avanzar hacia el lago con dos enormes maletas. Issei no pudo llegar. O lo encontró peligroso. El caso es que abandonó las maletas en uno de los rincones del bosque y desapareció rápidamente.

Otro crimen

Al principio de cualquier entrevista, Issei pone como condición que no se hagan referencias directas durante la conversación al asesinato de Renée, pero finalmente es él quien saca el tema a relucir de forma casi obsesiva. Quizá porque, al igual que el resto del mundo, él también siente fascinación por lo que le ocurrió aquel trágico 11 de junio de 1981.

Yo entonces tenía 32 años y había conocido a Renée cuando ésta seguía un curso de cultura oriental en la Universidad Internacional de París. Era alta, deportiva, vital y con un hermoso cabello castaño.

La chica despertó desde el primer momento profundos sentimientos amorosos en este japonés que, nacido prematuramente, había arrastrado toda su vida la más variada gama de complejos por su físico poco agraciado. Renée le consideraba un interesante y culto compañero con el que poder hablar sobre cuestiones de la cultura y la sociedad oriental que tanto le interesaban, pero sus sentimientos nada tenían que ver con el amor apasionado que, día a día, iba creciendo en el corazón de Issei.

-Un día de verano en que el calor empezaba a apretar, la invité a mi apartamento con la excusa de que me tradujera al francés unos poemas de escritores alemanes. Ella nunca había estado en mi casa anteriormente, ya que nos citábamos en cafeterías o en el campus universitario. Así que, cuando la vi entre las paredes de mi apartamento, hermosa y exuberante, con sus ropas veraniegas. y su sonrisa cálida, se despertó en mí un deseo de posesión. Por una vez la podía disfrutar a solas, sin compartirla con las miradas de nadie más… (el brillo de sus ojos delata aún el fuego de una frustración amorosa). Cuando pasé el brazo por su hombro ella empezó a incomodarse, pero aun así yo intenté besarla furtívamente. Entonces Renée se levantó irritada y me amenazó con no volver a verme nunca más. Yo intenté ser amable con ella, pero no conseguía sino irritarla mucho más, notaba en su expresión el asco que le producía mi cercanía… Sentí en lo más profundo de mí el desprecio de su mirada y quise vengarme arrancándole lo que más apreciaba ella: su vida. A punto estuve de perderla para siempre, pero cuando ella se dirigía hacía la puerta de salida conseguí frenar su huida con un disparo en la nuca.

Hasta aquí podría tratarse de un simple crimen pasional sin mayor trascendencia, pero es que cuando Issei vio a Renée tendida en el suelo, se exacerbaron sus instintos de posesión. Y éstos muy pronto dieron paso a viejas fantasías caníbales que latían ocultas en el joven japonés. Issei cogió varios cuchillos eléctricos y descuartizó el cuerpo de la muchacha. Escogió algunas partes (los senos, la punta de la nariz, los labios) y con la carne humana elaboró alguno de los platos típicos de la gastronomía japonesa que luego se comió.

Y ya en el colmo de las perversiones, Issei tomó varias fotografías del proceso de descuartizamiento y del festín caníbal que preparó. Estas fotografías fueron halladas posteriormente por la policía, junto con los restos humanos que dejó en el congelador. En sus declaraciones a los agentes franceses que le detuvieron, Issei aseguró que se la comió, en unos momentos de sentimiento y pasión tan intensos que le volvieron fuera de sí. “Quería tenerla dentro de mí”, fueron sus palabras.

El resto del cuerpo troceado de Renée fue envuelto en plásticos e introducido en dos maletas que el asesino compró especialmente para la ocasión, Avisó a un taxi y con su macabro cargamento en el portamaletas del vehículo, le dijo al conductor que se dirigiera al Bois de Boulogne, un bosque en las afueras de París.

Allí, cerca de un lago, abandonó las maletas que unos visitantes del parque abrieron movidos por la curiosidad, llevándose el mayor susto de su vida. La declaración del taxista a la policía, tras oír en la radio la noticia del macabro hallazgo, puso a los agentes sobre la pista del asesino, que fue detenido la misma noche que se descubrió el crimen.

Con la carne de Renée, Issei preparó sukiyaki, un plato que requiere carne blanca, paciencia y habilidad, porque el grosor del filete (si se prepara bien) no puede sobrepasar los cinco milímetros, y las verduras que lo acompañan (setas, puerros, zanahoria, coñacu) tienen que macerar despacio, cada una por su lado en una salsa casi dulce, a la temperatura justa y luego mezclarse también en el momento justo, que los cocineros no aclaran, porque es un secreto de cocina. Así que se aconseja utilizar primero un cuchillo eléctrico para distribuir la pieza en gruesos y regulares rectángulos y congelarlos para facilitar, más tarde, el corte preciso.

Hallazgo

Un caso característico empezó en París en 1981 cuando dos chicas llevaron a la policía hasta un punto del Bois de Boulogne en el que habían visto cómo un oriental muy bajito intentaba sumergir dos maletas absurdamente grandes en el Lac Inferieur. Cuando las vio llegar el oriental huyó tan deprisa como se lo permitieron sus minúsculas piernas y abandonó su equipaje.

Investigación

El contenido de las bolsas de plástico que había dentro de las maletas fue reconstruido e identificado como Renee Hartevelt, una estudiante holandesa de 25 años.

En cuanto la noticia del macabro descubrimiento fue publicada, el mismo taxista que transportó al hombrecillo y sus maletas hasta el parque se presentó en comisaría y guió a la policía al número 10 de la Rue Erlanger, donde los agentes encontraron y arrestaron a Issei Sagawa, un estudiante japonés de 32 años. Los agentes también encontraron una pistola, una alfombra manchada de sangre y una nevera llena de carne humana.

Detención

Una vez arrestado, Sagawa, impasible y sin dar ninguna señal de arrepentimiento, contó que había matado de un tiro a su compañera de estudios Renee Hartevelt después de que ésta se hubiera negado a hacer el amor con él; que la había desnudado y que mantuvo relaciones sexuales con el cadáver. Luego dio comienzo al lento proceso de desmembrar el cuerpo, haciendo pausas ocasionales para fotografiar su obra y mordisquear tiras de carne humana cruda. Sagawa acabó escogiendo algunas costillas que guardó en su nevera para comérselas más tarde, y el resto del cadáver acabó en el Bois de Boulogne.

Issei lo explicó todo con gran lujo de detalles y con una enorme serenidad. Cuando bien entrada la noche terminó el interrogatorio, Issei se acostó sobre uno de los bancos de la comisaría y se quedó profundamente dormido. Antes había declarado: “Desde hacía tiempo tenía ganas de comérmela” y especificó después: “Muy frecuentemente he tenido ganas de comer carne humana, y esto desde hace ya mucho tiempo. En varias ocasiones, cuando hacía el amor me daban unas ganas enormes de comerme a la mujer que estaba conmigo”.

El crimen no fue ninguna acción repentina e incontrolada sino que, según el mismo cuenta en sus memorias, estuvo largamente planeado y calculado en sus menores detalles. “Me atormentaba desde hacía tiempo la idea de hincar los dientes en la suave carne blanca y perfumada de mi amiga. Y me preguntaba: ¿porqué está prohibido comer carne humana? Esta era una obsesión que me atenazaba desde hacía muchos años. A los 9 años, durante una clase escolar dedicada a la antropofagia pregunté a la maestra: ¿por qué está prohibido comer carne humana? La pobre -recuerdo- palideció y no tuvo coraje para responderme. Aquel día aprendí que ciertas preguntas no deben ser formuladas nunca en público y es preferible mantenerlas en secreto”.

En el elegante duplex donde vivía Issei, la policía descubriría al día siguiente una treintena de fotos en color mostrando las diversas fases del descuartizamiento del cuerpo de Renée.

Los psiquiatras

“Issei parece haber estado dividido entre sus extraordinarias facultades intelectuales y un gran complejo de inferioridad debido a su físico enclenque. El mismo habría explicado a la policía que se encontraba feo y que parece que esto le había hecho sufrir bastante. Su caso podría parecer también como una especie de suicidio del hombre que se encuentra demasiado solo y desorientado, dividido entre dos civilizaciones. Issei parecía estar en ruptura de armonía. Nadie le había conocido aventuras sentimentales. Las prostitutas eran, aparentemente, su único equilibrio sexual. Issei era un hombre solo, sexualmente frustrado. Y la frustración sexual engendra a veces el crimen”.

Canibalismo

“Mi canibalismo es sexual. Un acto erótico, un tabú, ligado al placer. Soy un soñador traicionado por la realidad. A los cuatro años le pregunté a mi niñera por qué no se podía comer carne humana. Me contestó que me causaría mucha tristeza ver morir así a alguno de mis amiguitos por muy apetitoso que me pareciera. Entonces yo ya pensaba en los muslos de uno de mis compañeros y sentía el deseo imperioso de probarlos. Me preguntaba qué sabor tendría un muslo, mientras amasaba y acariciaba el mío”.

“Tuve un sueño que marcó mi vida. Mis padres y mi hermano me arrojaban a una marmita para cocerme y comerme. Entonces, cada vez que mis padres me regañaban pensaba que lo hacían a propósito, porque cuanto más sufriese, mejor estaría mi carne”.

“El miedo a ser comido es la raíz de mi canibalismo. Mi sueño siempre ha sido desaparecer en el joven cuerpo de una mujer”.

Los tribunales

Issei Sagawa se benefició de los típicos manejos sucios que sólo pueden conseguirse con dinero: pasó tres años escasos en un hospital de Francia y acabó siendo devuelto a Japón, donde se le declaró cuerdo y se le dejó en libertad.

Que Francia dejara libre al caníbal de París justo cuando dos grandes multinacionales -Kurita Water Industries de Japón y Elf Aquitaine de Francia- acababan de firmar un acuerdo comercial muy lucrativo llamó la atención de todo el mundo, y no sólo de los cínicos. Casualmente, el padre de Sagawa era el presidente de Kurita Water Industries.

En septiembre de 1985, poco después de haber quedado en libertad, Sagawa afirmó que haber comido la carne de Renee Hartevelt fue «una expresión de amor», la culminación del deseo de comer la carne de una mujer joven que había sentido durante toda su vida. Y, lo que aún resulta más inquietante, Sagawa no podía descartar la posibilidad de que volviera a «enamorarse»…

Pasó dos años en la prisión de La Santé. En 1984 consiguió que un juez reconociera su enajenación y le declarara exento de responsabilidad penal. Un año en un psiquiátrico francés y vuelta a Japón.

Issei ingresó en un centro de salud mental de Tokio en mayo de 1984, fue dado de alta de esa institución 15 meses más tarde, después de que los especialistas diagnosticaran que su estado psíquico era perfectamente normal.

La noticia de su liberación provocó una fuerte protesta en Francia y Holanda.

Ahora

“Que me maten sobre la tumba de Renée”

“No encuentro palabras para pedirles perdón, Yo me arrepiento realmente de lo que hice porque Renée era muy gentil conmigo y yo no tenía razón para hacer una cosa tan horrible como aquélla. Estoy completamente confuso y no puedo comprender del todo lo que hice. La amaba y siempre la amaré. Y soy muy infeliz día y noche, como ustedes. “En estos términos se expresaba Issei en una carta que envió a los padres de Renée ocho días después de ser detenido. Esta carta, que fue publicada años más tarde en una revista francesa, acaba solicitando a los padres de su víctima que le maten a él sobre la tumba de Renée.

-¿Realmente está usted arrepentido del crimen que cometió?

-Por supuesto, me arrepiento de haberla matado y, sobre todo, de habérmela comido. Cada vez que alguien me habla del tema me siento avergonzado. A menudo sueño con ella y tengo una pesadilla insistente.- me veo frente a una chica hermosa y en el momento en que le voy a confesar lo mucho que me gusta sale la voz de Renée a través de mi boca, sin que yo pueda hacer nada por acallar sus gritos de auxílio. Es horrible, pero ya me he resignado a vivir con esta pesadilla de por vida.

Y es que Issei no pierde la esperanza de casarse un día, aunque en el fondo piensa en lo utópico de esta empresa.

-Cuando volvía Japón, después de haber estado intemado en varios psiquiátricos de Francia, conocí a una chica norteamericana con la que es tuve saliendo durante algún tiempo, siempre ocultándole mi macabro pasado. Pero la prensa de mi país tuvo conocimiento de la relación y publicó la noticia, Cuando la chica se enteró, desapareció automáticamente de mi vida.

Como hemos dicho al principio de este reportaje, Issei se encuentra dado de alta del centro psiquiátrico donde ingreso cuando le repatriaron a Japón. En un principio, los psiquiatras franceses dictaminaron que se trataba de un desequilibrado mental, lo que le salvó de una doble acusación de asesinato y antropofagia. Tras pasar unos meses en la prisión francesa de La Santé, Sagawa fue internado en un psiquiátrico parisino y poco tiempo después, en 1984,- repatriado a Japón.

-Llevo nueve años en mi país, sin poder salir de él porque las autoridades me deniegan sistemáticamente el pasaporte.

Sin amigos y con el único soporte de su familia, la vida de Issei transcurre de forma tranquilas hogareña, absorbido por sus pasiones artísticas.

-La verdad es que salgo poco de casa. Me dedico casi todo el tiempo a escribir porque supone para mí una especie de terapia, me ayuda a liberarme de pesados fantasmas (los médicos creen que su mejoría psicológica se debe en gran parte a su afición a expresar por escrito todo lo que pasa por su cabeza y los recuerdos de aquel crimen). También me gusta mucho pintar, sobre todo retratos de mujeres occidentales por las que siempre he sentido debilidad. Que si me gano un dinero con ellos? Qué va… nadie me los compra, no quieren, colgar en sus casas el cuadro de un asesino.

Issei vive solo en un pequeño apartamento de 36 metros cuadrados, muy cerca de su único hermano, que ocupa una vivienda de las mismas características en el mismo edificio. Los miembros de su familia siguen siendo las únicas que han permanecido al lado de este japonés, que dedica todo su tiempo a escribir y pintar. El resto de los mortales rechaza y teme el contacto con este hombre de apenas metro y medio de estatura y constitución enclenque y enfermiza.

-¿Qué tal se lleva con sus vecinos?

-Pues no demasiado bien. Les gusta pintar en mi buzón la palabra “caníbal” y de vez en cuando recibo llamadas telefónicas anónimas insultándome. La verdad es que les comprendo perfectamente porque no es fácil convivir junto a una persona que ha cometido un crimen tan monstruoso como yo. Ni yo mismo me acostumbro a ese horrible pasado que intento borrar de mi mente. Yo, ahora, soy una persona normal y me comporto como tal, pero la gente que te rodea eso no lo sabe.

-¿Es cierto que tampoco encuentra trabajo?

-Sí, nadie me quiere dar un trabajo fijo, porque eso provocaría malestar entre los otros empleados. Sí he podido hacer algunas colaboraciones para revistas, sobre todo de temas cinematográficos, que me apasionan. Durante todo este tiempo también he escrito cinco libros, en el primero de los, cuales explicaba mí crimen. La verdad es que el morbo de la gente convirtió ese libro en un best-seller.

Pero Issei Sagawa no necesita preocuparse demasiado del problema monetario, porque cuenta con el apoyo incondicional de una persona que se lo resuelve: su padre, un acaudalado empresario de plantas depuradoras de agua, ya retirado, que se hace cargo de todos sus gastos.

Yo reconozco que si mi padre no hubiera sido una persona con dinero todavía estaría pudriéndome en la cárcel, porque habría sido deportado y juzgado en Japón, país donde no existe la posibilidad de cumplir condena en instituciones psiquiátricas, como es el caso de Francia.

Issei, el escritor, el lector de Mishima y Sade, el mentor japonés del expresionismo alemán, el hijo de un rico industrial, el modelo de revistas pornográficas, el actor de películas con erótica antropofágica, el caníbal, le escriben a su apartamento de Tokio las lectoras adolescentes de su libro “En mitad de la niebla” (130.000 ejemplares vendidos) y alguna hasta le llama por teléfono para conocerle y para que le invite a cenar y le cuente cómo una vez le gustó tanto una mujer que se la comió.

Ha publicado el relato detallado de su crimen en “En medio de la niebla”. Reeditó su éxito con un relato añadido y el último “Perdónenme por estar vivo”. En la cárcel escribió “La Santé”, recuerdos de su infancia y adolescencia, o el inicio de su afición antropofágica. Prepara ahora “La casa de los extranjeros”, novela de terror inspirada en el carnicero de Rostov. Además ha escrito “París en flor, París en amor”, una guía amorosa para que los visitantes entiendan mejor a las mujeres francesas.

Apareció en las páginas centrales de una revista pornográfica y dirige y protagoniza un cortometraje titulado “Quiero ser comido”.

También fue actor en una película sadomasoquista japonesa.

*****

El País, domingo 22 de julio de 1990

Cuando me despedí hace días de Issei Sagawa, tras charlar dos horas en su domicilio, me vino a la cabeza la escena de la película El hombre elefante, en la que el protagonista, rodeado por la turba amenazadora londinense, grita enloquecido: “Yo también soy un ser humano”. Se lo comenté y creí ver en su mirada un cierto grado de aceptación. Sagawa, un japonés refinado, licenciado en filosofía y literatura, se afana ahora en dar un sentido a su vida, purificándose con sus escritos del horrible crimen que cometió en su apartamento de París el 11 de junio de 1981.

Nadie duda, y menos aún él, que este hombre de 41 años, de estatura pequeña y complexión frágil, mató con un disparo en la espalda a una joven estudiante holandesa de 25 años Renee Hartevelt; descuartizó su cuerpo con un cuchillo eléctrico; engulló parte de la carne, y abandonó los restos metidos en dos maletas en el Bois de Boulogne. “Si tiene algún significado mi vida es el de seguir pensando sincera y profundamente en tí, iluminando tu vida perdida hasta que se acabe la mía”, escribió desde la cárcel de la Santé, de París, en un ensayo que tituló A Renee.

Sagawa vive, como él dice, rechazado por la sociedad, arrepentido por el acto salvaje que cometió y con el deseo de explicar y explicarse las obsesiones sexuales y caníbales que sintió de joven. “Escribir es vivir para mí. Es un autoanálisis, una, liberación, una catársis”, manifiesta. La justicia francesa sobreseyó su caso al determinar el examen médico que tenía perturbadas sus facultades mentales en el momento del crimen, y ordenó en 1983 que fuera internado en un sanatorio psiquiátrico.

Hasta entonces había estado en la cárcel de la Santé, y su experiencia allí, mezclado con reclusos franceses y algunos asiáticos, le sirvió de base para uno de los tres libros que piensa publicar el próximo otoño. Su padre, un acomodado empresario, ya retirado, de una compañía depuradora de agua, logró, en mayo de 1984, traerlo a Japón para ingresarlo en el centro de salud mental de Tokio, del que salió 15 meses más tarde. Actualmente acude cada 15 días, por voluntad propia y sin presión de nadie, según subraya, a la consulta de un psiquiatra: “El diagnóstico es que ahora estoy perfectamente normal. Voy camino de obtener, en cierta forma, la rehabilitación en la sociedad”.

Fijación incurable

Sagawa accedió a la entrevista bajo ciertas condiciones, entre ellas, la de que no se le formularan preguntas directas sobre el asesinato. Sin embargo, en el curso de la larga y relajada charla en el pequeño salón de su apartamento de una ciudad-dormitorio, cuyo nombre ruega silenciar, situada a unos 20 kilómetros al oeste del centro de Tokio, habló del crimen con una fijación. casi incurable, así como del sentimiento de pérdida que le produce la tragedia de hace ahora nueve años.

Era una calurosa y húmeda tarde de principios de junio, pero él vestía una americana de invierno de espiguilla gris, unos pantalones de lana marrones y una camisa de la que sobresalía un diminuto fular.. Es un hombre de rasgos suaves, sin otro aparente defecto físico que el de no medir más allá de un metro cincuenta centímetros, y de tener una complexión débil, originada quizás por un nacimiento prematuro. Aparentaba 10 años menos, algo bastante común, entre la mayoría de los asiáticos.

Reside en una casa pequeña de alquiler, que pagan sus padres, en un edificio no lujoso de apartamentos, en el que vive también su otro hermano, menor que él, empleado en una agencia de publicidad.

En las paredes cuelgan algunos cuadros pintados por él, que no llaman demasiado la atención, a excepción de uno colocado muy arriba sobre el marco de la puerta. Es un retrato casi fotográfico de una atractiva joven de melena rubia. “No, no es ella”, corta en seco el amigo que asiste a la entrevista, como si hubiera adivinado el pensamiento del entrevistador. Corresponde a una norteamericana que hizo amistad con Sagawa mientras vivía en Tokio y con la que se cartea o habla por teléfono: “Ella siempre me dice que no quiere hablar de mi pasado, que sólo cree en mi presente”, cuenta.

Sobre un ordenador de mesa destaca una fotografía ampliada de una panorámica de Toledo. Sagawa no ha estado nunca en España. La foto de Toledo se la ha dado un amigo: “Me da vergüenza decirlo, pero mis finanzas no están muy bien. Me he comprometido con mis padres a pagar el alquiler con los beneficios que saque de la venta de mis tres libros”.

Sus libros, explica después de servimos un té inglés con brandy francés, van a ser publicados por tres diferentes editoriales, aunque el tema de ellos tiene el mismo denominador común: retornar al trágico pasado, desmenuzarlo como reflexión de futuro. El primero se llama Shinkiro (Espejismo),- el segundo, Santé, por la represión parisina, y el tercero, Canibalism-no-yume (Sueño de caníbal)

“Tratan de mi pasado, mi nacimiento, mi infancia mi adolescencia, mi futuro. El tercero de los libros describe a una persona que convierte en real una obsesión caníbal. Rompe el espejo del canibalismo en su alma, pero en el hospital psiquiátrico recupera el espejo otra vez, como una obsesión. Cuando sale del hospital-prisión, vuelve a romperlo al entrar en contacto con la realidad”.

Meses antes de matar a Renee había iniciado su doctorado en la Sorbona sobre similitudes entre la obra del premio Nobel de Literatura japonés, Yasunari Kawabata, y el surrealismo francés. Durante la conversación se muestra irritado por cómo la prensa francesa, y en particular el Canal 1 de televisión pública, utilizaron una entrevista mantenida con él en su casa de Tokio para organizar luego un debate criticando su estado actual de completa libertad: “Acabaron inventando el contenido. Es cierto que vivo relativamente libre, pero para llegar hasta aquí he tenido que pasar por un proceso que no se explica tan sencillamente”.

Sagawa dice que no trabaja porque nadie quiere darle trabajó fijo. “A veces algunas revistas me piden colaboraciones. Por ejemplo, para una que se llama Brutus escribo un artículo de cine. Hago también traducciones en japonés para una distribuidora de películas de vídeo en francés”.

Tiene una voz más bien débil y se entusiasma cuando habla de cine. Asegura que le fascina, en especial las comedias románticas, y también las películas de fantasía y de terror. “No he visto mucho cine español, pero me parece que es muy dulce y lleno de poesía. Sí, claro, me gusta Buñuel, pero más que él, Víctor Erice. Recuerdo El espíritu de la colmena. Para mí, la mejor película de mi vida es, tal vez, La strada, de Federico Fellini. De los japoneses, me gustaba la primera época de Kurosawa, pero no sus últimos filmes”.

Escribir es una catarsis

El verano del año pasado, un episodio trágico facilitó en cierta manera que algunos medios de comunicación se volvieran a acordar de él: la detención de Tsutomu Miyazaki, un joven de 27 años que asesinó a cuatro niñas y comió trozos de carne de dos de ellas. El caso no era igual al suyo, pero tenía similitudes por las inclinaciones antropófagas del muchacho. Le pidieron que escribiera comentando el hecho y él lo hizo pese a que su padre le aconsejó no tener contactos con la prensa: “Mis finanzas era muy malas y en ese momento no pensaba buscarme cualquier trabajo físico, lavando platos. Lo hice un día, pero físicamente no podía. Trabajar con los medios de comunicación significaba poder escribir”.

Sagawa escribió durante su internamiento en Francia una novela autobiográfica, Kiri-no-naka (En la niebla), en la que describía sus inclinaciones caníbales. Hoy afirma que no está satisfecho del libro y que lo considera incompleto. “La publicaron sin que yo me diera cuenta, cuando aún no la había acabado. Lo más importante para mí era describir mi estado anímico antes y después del crimen. Era algo que yo quería descubrir. Mi próximo libro, Shinkiro, servirá para completar Kiri-nonaka. El asesinato lo cometí fuera de mi juicio, sin darme cuenta. Por eso quiero ahora explicar mis sentimientos tras el suceso, expresar mi tristeza, la pérdida de algo”

Sagawa afirma que nunca podrá olvidar el asesinato de Renee. “Sí, es mi destino. Es una manera de obtener su perdón. Y añade a continuación el texto que dedicó a la infortunada joven cuando estaba en la cárcel de París: “Tengo el recuerdo de tu tierna sonrisa. Nunca podré perdonar mi conducta, ni tampoco admitirla (… ). Pienso que no tengo otro remedio de pedirte perdón que yaciendo debajo de tierra junto a ti. Pero estoy vivo (… ). Si es posible, querría dedicar toda mi vida a ti, Renee. Ahora reconozco, por primera vez, que te quiero”.

“Tengo un pensamiento especial para Nagayama y Miyazaki [Norio Nagayama es un reo condenado a muerte, que se ha regenerado en prisión estudiando y escribiendo dos novelas premiadas]” dice Sagawa, a la pregunta de qué opina de los marginados por la sociedad. “Es muy triste condenar a alguien a la pena de muerte. Nadie tiene derecho a quitar la vida a otro. Hay que dar una oportunidad de vida para que el condenado pueda obtener el perdón de su pasado”.

Sagawa cree que si su familia no hubiera tenido dinero, a estas horas todavía seguiría en la cárcel. “Puede que hubiera sido así. Pero mi caso escapó a las leyes penales francesa y japonesa. Aunque suene mal que lo diga yo, si el asesinato lo hubiera cometido en ni¡ país, no se habría sobreseído la causa. En Japón no existe la posibilidad, como en Francia, para tratar a personas como yo, internándolas en un hospital psiquiátrico. En el sanatorio francés estuve 15 meses, lo cual quiere decir que es cierto que obtuve la libertad relativamente pronto por lo excepcional de la situación. Pero incluso si existiera en Japón un sistema de tratamiento especial como en Francia, no me habrían podido internar, porque los psiquiatras juzgaron que. yo ya no estaba enfermo”.

No inocente

Sobre su situación actual, dice que la justicia francesa declaró el caso sobreseído, aunque yo en conciencia no creo ser inocente. Una vez cada dos semanas voy a visitar a un psiquiatra y, según su diagnóstico, estoy ahora perfectamente normal. Lo hago voluntariamente. Como no tengo mucha gente con quien hablar, estimé oportuno acudir a un especialista periódicamente para hablar de mi estado de ánimo. Estoy bien, pero tomo medicación. Tranquilizantes, somníferos…

Sagawa ha pensado en alguna ocasión en marcharse de Japón. “Sí, es una constante dentro de mí. En el avión en el que me trajeron de regreso de París ya estaba pensando en marcharme. Pero el problema es que no me dan el pasaporte. Lo pedí al Ministerio de Asuntos. Exteriores, pero fue inútil. Para ellos es muy importante la diplomacia. Se niegan a dar el pasaporte a quienes podrían perjudicar las relaciones de Japón con otros países”.

Pero él acepta la situación. “Sí. Me siento todavía en una cárcel que se llama Japón, pero hasta que muera lucharé por poder irme del país. Tal vez el mejor modo de conseguir el pasaporte sería haciendo que la que la gente se olvidara de mí. El problema, sin embargo, es que tengo necesidad de escribir sobre mi pasado como una terapia. Soy consciente de que cuando escribo de mi pasado perjudico también a mi familia. Para empezar de nuevo tengo que volver al pasado”.

Sagawa afirma que en el sanatorio psiquiátrico de París tuvo ocasión de leer la obra del poeta alemán del siglo pasado August Henrich Hoffmann The golden pot y se identificó con ella: “El amor que tiene el protagonista hacia el hada heroína coincide a veces con el mío hacia Renee. Es una historia de amor triste”.

Sagawa ríe nervioso cuando, al hablar de su pasión por Hoffmann y su interés por otros autores de la literatura, romántica alemana, como Friedrich Hölderlin y Heinrich von Kleist, le pregunto si vivir es un drama: “Tal vez sí, porque vivimos por primera vez y nadie de nosotros ha vivido antes”. La soledad ha despertado en él una cierta curiosidad religiosa: “Una vez al mes viene a casa un viejo cura católicojaponés, con el que charlo un, rato. Tiene 81 años y vivió 20 en Europa. Mi sentido religioso no es aún profundo. No puedo decir todavía que deseo convertirme al catolicismo, pero pienso que es muy difícil creer que no existe Dios”.

Y añade que vive en Japón “como si estuviera encerrado. Cuando vivía en Francia tenía una sensación de libertad que jamás la he sentido aquí”.

Sagawa siente una auténtica adoración por la belleza de la raza caucásica. “Creo que es un complejo de inferioridad que tenemos muchos japoneses con los blancos”. Y justifica por qué se da tanta importancia al físico y no a otras cualidades humanas. “Particularizando en mi caso, le diré que yo fui un bebé prematuro, y cuando nací no era completamente normal. Era una forma perdida, un feto viviente. En este sentido, tengo un sentimiento de pérdida, de no haber nacido normal. Siento adoración hacia algo lejos de mi alcance, hacia una existencia más grande mía, más sana. Esto ha hecho que volcara mi adoración en la raza blanca y, en particular, en la mujer occidental”.

Y a la pregunta de si tiene un sentido de la belleza racista, responde: “No pretendo tener prejuicios raciales, porque si una mujer es guapa lo es independientemente de su raza. Pero mi gusto me mueve hacia la belleza blanca, no sé por qué”.

En ningún momento refleja señales de nerviosismo. Ríe al contestar que no tiene en estos momentos novia, y cuando se le pregunta si ha tenido alguna en estos últimos nueve años, después del crimen, responde: “Bueno, no podría llamarle novia. En los últimos años, cuando regresé a Tokio, conocí a una norteamericana con la que empecé a salir. No le conté mi historia. La prensa lo descubrió y publicó fotos. Cuando ella se enteró, cortó la relación”.

A la pregunta de si se puede matar por amor, responde: “No, jamás. Por amor no se puede matar. Por eso lo que hice ha sido mal interpretado, al decirse que cometí el crimen por amor”. Y justifica por qué cuando fue arrestado por la policía francesa confesó que había matado a Renee Hartevelt en un rapto de locura, movido por un amor apasionado y después de que ella rechazara tener relaciones sexuales. “Sí, contesté así porque en ese momento no quería pensar. Pero fue la policía quien me lo preguntó. Como yo no podía explicar qué me había ocurrido y sabía, además, que nadie podría entenderme, contesté: “Oui, oui”.

Sin embargo, en una de las cartas que escribió desde la cárcel a un director de teatro japonés Jyuro Kara aseguraba que al menos dos veces se le había pasado por la cabeza la idea de matarla. “Es dificil de explicar. Quizás sufría entonces una desviación de mi pasión sexual, de mi deseo sexual, que se convirtió en una obsesión. No era algo que yo sintiera por mí mismo. Era una, voz que desde dentro me decía que tenía que hacerlo porque si no, me arrepentiría. Era una muestra de que yo estaba enfermo. No sé cómo explicarlo. Pienso que tener una obsesión de antropofagia no es en sí una enfermedad. Todos los seres humanos tienen sus obsesiones. Lo grave es cuando uno lleva a la práctica su obsesión particular”.

Una idea fija

Sagawa confiesa que había pensado en otras ocasiones cometer actos de antropofagia. “Esta idea la tuve dentro de mi cabeza desde niño. Confieso que es algo vergonzoso. No hablé de ello con nadie, ni con mis padres ni con mi hermano. Tal vez si hubiera tenido oportunidad de hacerlo no hubiera ocurrido la tragedia”. Tal vez era una desviación sexual, una anormalidad sexual”.

Y sobre si piensa que son, en definitiva, las normas sociales las que nos disuaden, por ejemplo, de violar o de comer carne humana, añade: “Sí, hay un cierto control social en todo ello, pero creo que por encima de eso están las normas internas de cada individuo, que rompe esas normas”.

Al hablar del futuro y si cree posible formar una familia, Isse Sagawa muestra por primera vez algo de desconsuelo en su mirada: “No pienso en el futuro. Me da miedo. Hace dos años pensaba en que, tal vez podría casarme y fundar una familia, pero confieso que tengo pocas posibilidades debido a mi historia. Mi hermano, por ejemplo, no ha podido casarse”.

En uno de los varios manuscritos que me entrega, con la petición de que haga referencia en mi artículo, habla de que se siente aislado de la sociedad, y al explicar sus proyectos escribe: “Pienso reflexionar sobre mi enfermedad, la perversión sexual con la que he tenido que enfrentarme. Tengo voluntad de expiar mi crimen, el de una vida perdida para siempre debido a mi enfermedad”.

Cuenta luego en ese pequeño ensayo que hace poco lloró al recibir una carta de ánimo de un director francés, del que pide no citar el nombre, que le escribió después de haber visto por la televisión un reportaje sobre su vida: “Issei, no te conozco bien, y por eso no puedo juzgarte. Pero quiero decirte una cosa de corazón: vive con dignidad. No tengas miedo de fracasar”.

 


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