Howard Unruh
  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Venganza
  • Número de víctimas: 13
  • Periodo de actividad: 6 de septiembre de 1949
  • Fecha de detención: 6 de septiembre de 1949
  • Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1921
  • Perfil de las víctimas: John Pilarchik, 27 / Orris Smith, 6 / Clark Hoover, 33 / Helga Zegrino, 28 / Rose Cohen, 38 / Minnie Cohen, 63 / Maurice J. Cohen, 39 / James Hutton, 45 / Thomas Hamilton, 2 / Alvin Day, 24 / Helen Wilson, 37 / John Wilson, 9 / Emma Matlack, 68
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Camden, Estados Unidos (Nueva Jersey)
  • Estado: Los psiquiatras consideraron que no estaba capacitado para ser juzgado. Internado en un hospital psiquiátrico. Muere el 19 de octubre de 2009
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Howard Unruh

Última actualización: 28 de abril de 2015

Howard Barton Unruh está considerado como el “padre” de los modernos asesinos de masas. Nació en 1921 y pasó una infancia aparentemente feliz en Camden, New Jersey.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue tirador de ametralladoras pesadas en la campaña de Italia y llevaba un detallado diario en el que anotaba todas las muertes de los enemigos abatidos, con fecha y hora. Fue licenciado al final de la guerra con todos los honores, pero nunca consiguió recuperarse de ella.

Regresó al hogar de su infancia, empezó una colección de armas de fuego y se matriculó en la universidad para estudiar farmacia.

Poco a poco se volvió huraño y solitario, tendiendo a la paranoia. Llenaba un diario detrás de otro apuntando las ofensas, reales o imaginadas, que sufría de sus vecinos, de los que tenía una lista completa. Convenció a sus padres para que construyeran una verja bien alta alrededor de la casa e instaló una gran reja de entrada para mantener el mundo exterior a raya.

Al llegar a casa en la mañana del 9 de septiembre se encontró con que le habían robado la verja. Se armó con una pistola y salió a la calle. En menos de doce minutos asesinó a trece personas.

La calle se vació; rápidamente el asesino volvió a entrar en la casa y se parapetó en su cuarto. La policía rodeó el edificio y lanzó gases. Howard terminó rindiéndose con las manos en alto.

Los más de veinte psiquiatras que le examinaron llegaron a la conclusión de que Unruh no estaba capacitado para presentarse a juicio. Fue internado en un hospital para deficientes mentales, donde sigue hasta el día de hoy. A uno de los psiquiatras le dijo: «Si hubiera tenido suficientes balas, hubiera matado a mil.»

Víctimas:

John Pilarchik, 27
Orris Smith, 6
Clark Hoover, 33
Helga Zegrino, 28
Rose Cohen, 38
Minnie Cohen, 63
Maurice J. Cohen, 39
James Hutton, 45
Thomas Hamilton, 2
Alvin Day, 24
Helen Wilson, 37
John Wilson, 9
Emma Matlack, 68


Sin balas suficientes para matar

José Luis Durán King

16 de mayo de 2015

En lo que fue una conferencia breve, con pocos medios presentes, el 19 de octubre de 2009 el fiscal del condado Camden, en New Jersey, Estados Unidos, informó que Howard Barton Unruh, de 88 años, había muerto en una casa de asistencia estatal después de una larga enfermedad.

Unruh, hijo de padres judíos, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial, condecorado por el valor que demostró en los combates que participó en Europa; sin embargo, como sucede con muchos soldados sobrevivientes, héroes o no, regresó a Estados Unidos con mucha gloria pero solo para enfrentar el desempleo.

De no ser por la madre, que trabajaba como empacadora en una empresa de Camden, el joven veterano posiblemente hubiera vivido en la calle. No era así, Unruh compartía con su progenitora un pequeño departamento en Nueva Jersey.

Hijo de mami, como le llamaban con sorna sus vecinos, Unruh mataba el tiempo leyendo pasajes de la Biblia en la Iglesia Luterano Evangélica San Pablo.

Las visitas a la iglesia eran la única distracción del individuo, a quienes los jóvenes de su barrio gritaban homosexual, por vivir a la sombra de las faldas de su madre y por un episodio de escarceo sexual con un hombre en un cine de la localidad.

Las consignas que le espetaba la gente, aunadas a la amargura por la falta de oportunidades laborales pese a ser un héroe de guerra, derivaron en un odio sordo de Unruh hacia sus vecinos, con los que constantemente tenía fricciones.

En su confinamiento, el individuo veía pasar los días coleccionando estampas de diferentes temas, escuchando la radio, y limpiando sus trofeos y armas que consiguió en su experiencia como combatiente en Europa.

Después de ser detenido en 1949, Howard Unruh pasó 60 años en el encierro, repitiendo día tras día las actividades que realizaba en la casa de su madre: dormir, coleccionar estampas, y ahora ver televisión, en lugar de escuchar la radio. Por supuesto, las armas y trofeos de guerra no los pudo llevar con él.

La madrugada del 3 de septiembre de 1949, Unruh llegó del cine. Descubrió que una puerta que él había hecho para el frente de su casa había sido robada. Más adelante, el veterano explicó a la policía: “Cuando llegué a casa y vi que la puerta había sido robada, decidí que mataría a todos”.

La noche del 5 de septiembre, Unruh se fue a la cama, durmió ocho horas, se levantó de buen humor y se vistió con un traje tropical y una playera blanca. El 6 de septiembre, desayunó con su madre, ésta le preguntó si aún no encontraba empleo, lo que enojó al individuo, al grado que amenazó a la señora con una llave perico.

Tras hacer las paces con su madre, Unruh salió de casa alrededor de las 9:30 horas. Llevaba consigo su arma favorita: una pistola Luger alemana de .9 milímetros. Era un día soleado, perfecto para perpetrar la peor matanza masiva en la historia de Nueva Jersey.

Unruh no caminó mucho. Aunque tenía en mente asesinar, sus ataques fueron al azar. Comenzó con un chofer de un camión repartidor de pasteles y terminó con una mujer que se escondía en una sastrería.

En 12 minutos, Unruh mató a 13 personas, incluyendo a tres niños. Al escuchar las sirenas de la policía, el agresor se refugió en la casa de su madre, donde repelió el ataque de los uniformados, hasta que una bomba de gas lacrimógeno lo obligó a rendirse.

A preguntas expresas, el hombre respondió que no estaba loco, que ignoraba por qué había perpetrado la masacre y que “hubiera matado a mil de haber tenido las balas suficientes”.

Unruh nunca pisó la corte, pues fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide. Aun así, su derecho a solicitar la libertad bajo palabra no le fue concedido.

 


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