Henriette Caillaux

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Henriette Caillaux

La mujer del ministro

  • Clasificación: Homicida
  • Características: La esposa del ministro francés de finanzas, Joseph Caillaux
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 16 de marzo de 1914
  • Fecha de detención: 16 de marzo de 1914
  • Fecha de nacimiento: 6 de diciembre de 1874
  • Perfil de las víctimas: Gaston Calmette, redactor jefe de "Le Figaró"
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: París, Francia
  • Estado: Absuelta el 28 de julio de 1914. Murió en 1943
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El caso Henriette Caillaux

Última actualización: 18 de marzo de 2015

El viernes 13 de marzo de 1914, Henriette Caillaux, segunda esposa del ministro francés de Finanzas, M. Joseph Caillaux, entró en las oficinas del periódico de París «Le Figaro» y mató de un disparo al periodista Gastón Calmette.

Durante dos meses habían aparecido en dicho diario 138 artículos y caricaturas contra el ministro. Cuando Calmette sacó a la luz una carta que aquél había dirigido a su primera mujer en 1901 («He conseguido hundir el nuevo proyecto de impuesto sobre la renta, congraciándome así con la derecha y el centro sin preocupar demasiado a la izquierda … »), Joseph Caillaux y su esposa, sabiendo que la primera Mme. Caillaux poseía copias de las cartas que se habían cruzado entre ellos antes de contraer matrimonio, montaron en cólera.

En 1901 el ministro había escrito a su amante (su segunda esposa a partir de 1911) varias cartas amorosas y políticamente indiscretas utilizando papel encabezado con el membrete de la «Cámara de los diputados». Al darse cuenta del peligro que corría si se descubrían, Caillaux las había reclamado a su amante; ésta se las había enviado y Mme. Caillaux descubierto.

Cuando se publicó la primera carta, Henriette acudió a pedir consejo al juez Monier, quien le comunicó que no existía en Francia ninguna lev que protegiese a los ciudadanos contra las calumnias de los periodistas. Escribió entonces una nota a su esposo («Se hará justicia… Francia y la República te necesitan… Yo me encargaré de ello»), y se dirigió a una armería, donde probó varios revólveres antes de decidirse a adquirir uno. Poco después disparaba cuatro veces contra Calmette, que murió esa misma noche en el hospital.

Caillaux presentó su dimisión. Un periódico inglés afirmó que la esposa de un ministro del gabinete británico nunca hubiera actuado de forma semejante y «Le Figaro» publicó una lista de personas que lamentaban el incidente, entre ellas Saint-Saens y Sarah Bernhardt. Henriette Caillaux fue juzgada en el mes de julio; alegó que la conducta del periodista la había obligado a cometer el crimen y que el revólver se había disparado accidentalmente: «Las balas se sucedían una a otra automáticamente». El jurado la declaró inocente.

Caillaux se retiró de la vida política, aunque fue encarcelado al terminar la primera guerra mundial por «mantener correspondencia con el enemigo». Henriette Caillaux murió en 1943.


La mujer del ministro

Última actualización: 18 de marzo de 2015

El 16 de marzo de 1914, en la primera página de Le Figaro, se publicó una carta de amor escrita por el ministro francés de Finanzas. Al acabar el día, el redactor jefe caía muerto a causa de varios impactos de bala.

A eso de las cinco de la tarde del día 16 de marzo de 1914 una mujer elegantemente vestida llegó a las oficinas de Le Figaro, el diario de derechas francés, y solicitó hablar con el redactor jefe Gaston Calmette. La mujer se negó a dar su nombre, aunque le entregó al portero su tarjeta de visita dentro de un sobre. Pasó al interior y se instaló en la sala de espera. Calmette había salido, le dijeron, pero volvería enseguida. Y en la primera oportunidad le entregarían la tarjeta.

En todo caso, la visitante de Calmette estuvo esperando cerca de una hora. El personal de la redacción atendía su trabajo, olvidándose de la mujer con sombrero de plumas que aguardaba sentada pacientemente con las manos ocultas en un amplio manguito de piel. El tiempo transcurría lentamente y ella continuaba sentada bajo un retrato del rey Jorge I de Grecia, asesinado el año anterior.

Calmette entró en los locales alrededor de las seis de la tarde; donde inmediatamente le saludó su amigo Paul Bourget, el famoso novelista. Los dos hombres entraron en el despacho del redactor y, cuando estaban a punto de salir a cenar, Calmette recibió el sobre de la visitante.

El periodista lo rasgó y pareció sorprendido por el nombre que figuraba en la tarjeta. Pertenecía a Henriette Caillaux, la mujer del ministro de finanzas, Joseph Caillaux. Hacía varios meses que Calmette había emprendido una campaña casi diaria en contra de él desde las páginas de Le Figaro y su esposa era la última persona que esperaba ver.

“No irás a recibirla, ¿Verdad?”, dijo Bourget. Pero el redactor jefe estaba intrigado. “Desde luego que lo haré –replicó-. Es una ama y no puedo negarme a recibirla”. En contra de esta opinión, el novelista salió de la estancia diciendo: «No la dejes estar mucho tiempo”.

Madame Caillaux entró en el despacho de Calmette. Sólo habían pasado unos pocos minutos cuando un estruendo paralizó a los ocupantes del edificio. Un testigo lo describió como si una pesada regla golpeara repetidamente sobre un escritorio. Henriette Caillaux había extraído una Browning automática del manguito donde la llevaba oculta y había disparado cinco balas. Una de ellas se clavó en el suelo, pero las otras cuatro hicieron blanco en Gaston Calmette.

En un instante el lugar era un tumulto. Mientras los compañeros se precipitaban a ayudar al periodista herido, Henriette permanecía tranquila y pensativa. Según un testigo, había dicho: «Ya no hay justicia en Francia… Todos esos horrores debían llegar a los tribunales.»

Entonces los colegas del herido se dispusieron a detenerla, pero ella gritó: «¡Cómo se atreven…¡ ¡No me toquen! Soy la esposa del ministro. Mi coche está esperando abajo para llevarme a la comisaría de policía.»

A pesar de su tono imperativo, la obligaron a salir y la empujaron a otro despacho. Un mensajero salió a buscar a la policía mientras el médico de la empresa atendía a Calmette. Antes de perder el conocimiento el desdichado periodista dijo: «Todos vosotros, amigos míos… Sólo he intentado cumplir con mi deber.»

Los tres agentes que se presentaron se mostraban intimidades por la actitud de la detenida. Se produjo cierta confusión sobre el arma asesina -Henriette tuvo que mostrarles el lugar donde la había dejado, sobre la chimenea del despacho de la víctima- y tardaron más de veinte minutos en armarse del valor necesario para detenerla. Aun entonces ella tomó la iniciativa y les dijo: «Mi coche está esperando fuera. Uno de ustedes puede sentarse al lado del chófer.»

La atención que recibió Gaston Calmette fue, por contraste, algo lenta. Emile Reymond, un médico de la vecindad, acudió en ayuda del de la empresa, el doctor Letourneur. Por fin, dispusieron el traslado del herido a una clínica de Neuilly, situada a más de ocho kilómetros de distancia.

Llegaron alrededor de las ocho de la noche. La indecisión continuaba. No le hicieron transfusión de sangre y, a pesar de los cuidados de tres médicos distintos, una de las heridas de Calmette pasó inadvertida y provocó una hemorragia interna. Cuando el paciente entró en la sala de operaciones, seis horas después de sufrir la agresión, acababa de morir.

Mientras Gaston Calmette perdía la vida, el comisario Carpin interrogaba a Henriette en la comisaría de la rue du Faubour, en Montmartre. Carpin llamó al Ministerio para dar cuenta del desarrollo de los acontecimientos a Joseph Caillaux. Este canceló inmediatamente un compromiso vespertino en la Embajada italiana y mandó llamar a un taxi.

Para entonces, se habían extendido las noticias del drama y una multitud de personas se apiñaba en el exterior de la comisaría. Muchos, sin duda, eran meros espectadores curiosos, pero, como todo político, Caillaux no carecía de enemigos. Así que, cuando su coche aparcó a la puerta del edificio, se oyeron voces de «asesino» o «muerte a Caillaux». El ministro entró rápidamente en la comisaría, increpando a un policía que omitió saludarle.

En el interior obtuvo permiso para conversar con Henriette durante unos minutos. Caillaux comenzó a hacerle reproches, pero su irritación desapareció ante el remordimiento de su esposa: «Yo solamente quería asustarle -le aseguró ella-. Espero no haberle matado.»

Después de esta breve entrevista, Joseph Caillaux supo lo que tenía que hacer. Utilizando el teléfono del comisario Carpin llamó a Gaston Doumergue, el primer ministro, y le presentó la dimisión. Las repercusiones fueron inmediatas. Doumergue convocó una reunión de emergencia en el ministerio de Asuntos Exteriores, que comenzó a las diez y se prolongó hasta después de medianoche.

A pesar de que recibieron la noticia de la muerte del periodista en el transcurso de la conferencia, el Primer Ministro y el resto del gabinete estaban convencidos de que la gravedad de la situación política primaba sobre otras consideraciones. Y, por lo tanto, tenían que persuadir a Caillaux para que retirara la dimisión. Sin embargo, éste se mostró inflexible y, al terminar la reunión, el asunto quedó sin resolver.

A primeras horas de la noche, a eso de las nueve, el comisario Carpin recibió a un grupo de periodistas en su despacho y les hizo un breve resumen de los hechos. Había visto a madame Caillaux inmediatamente después de la detención. «Era absolutamente dueña de sí, pero se quejaba de frío», afirmó. La esposa del ministro le habló de la campaña que había emprendido Gaston Calmette en contra de su marido y de cómo ella había tratado de detenerla, fracasando en el empeño. Sus últimas palabras fueron: «Esta mañana compré un revólver y por la tarde acudí a la redacción de Le Figaro. No tenía intención de matar al periodista. Lo afirmo así y lamento profundamente lo ocurrido.»

Carpin acabó la declaración confirmando que el juez instructor había ordenado el ingreso de la detenida en la prisión de mujeres de St. Lazare y que el traslado se realizaría rápidamente. Esto, sin embargo, dio lugar a una complicada maniobra, ya que la multitud estacionada en el exterior de la comisaría se había acrecentado con los miembros de los «Camelots du Roi» (un grupo de partidarios de la extrema derecha) y la situación empeoraba visiblemente. Por fin, el ministro y su esposa salieron a escondidas a través de una tienda de ultramarinos contigua y fueron trasladados en medio de una tormenta de silbidos.

*****

Enemigos encarnizados

Gaston Calmette era el redactor jefe de Le Figaro y yerno del director, monsieur Prestat. Se trataba de un hombre culto y encantador, amigo íntimo del famoso novelista Marcel Proust, quién le dedicó su novela Por el camino de Swan.

La vida privada de Calmette, sin embargo, le daba pocos motivos para criticar a Caillaux. Su matrimonio había fracasado y, si hubiera vivido un día más, se habría divorciado definitivamente de la hija de Prestat. Las razones de su hostilidad hacia Joseph dieron lugar a distintas especulaciones. Una de las explicaciones podría ser que el periodista estaba furioso con el político por las reformas que éste acababa de introducir en los impuestos sobre la herencia el mismo año en que él recibió un importante legado.

*****

PRIMEROS PASOS – Locura de amor

Henriette era una jovencita educada estrictamente que se casó a los diecinueve años y tuvo dos hijos. Pero su auténtico amor era Joseph Caillaux, quien tenía que romper su propio matrimonio fracasado antes de poder casarse con ella.

La futura madame Cailloux, de soltera Geneviève Joséphine-Henriette Rainouard, nació el 6 de diciembre de 1874. Ella y su hermana se criaron al lado de su padre, viudo, en Rueil, en el extrarradio occidental de París. Crecieron bien protegidas y mucho más tarde, en el juicio, se insistió en que su desconfiado padre les aconsejaba no viajar nunca solas e incluir en su equipaje una pistola pequeña.

A los 19 años Henriette se casó con Leo Clairtie, miembro de una distinguida familia del mundo de las letras. Leo y su hermano eran periodistas y, por una ironía del destino, Georges Clairtie trabajaba en Le Figaro. El matrimonio tuvo dos hijos, uno de los cuales murió en la infancia, pero resultó una unión desgraciada y en 1909 la pareja se divorció.

Antes de este hecho Henriette había tenido una aventura con Joseph Caillaux, quien ya entonces iniciaba su prometedora carrera política.

Hijo de un acaudalado ingeniero, antiguo ministro de Obras Públicas, Caillaux accedió al Parlamento en 1898 y un año después, a los 35 fue nombrado ministro de Finanzas.

Joseph y Henriette estaba unidos por un lazo común: ambos vivían atrapados en matrimonios infelices. Indudablemente, preferían divorciarse de sus respectivos cónyuges. Pero mientras que la ruptura de Henriette y Clairtie no iba a ser dolorosa, el asunto de Caillaux iba a ser mucho más complejo.

En 1900 el político había establecido una relación amorosa con madame Berthe Dupré, de soltera Gueydan, esposa de un funcionario de la Cámara de Comercio. Esta relación ílicita duró hasta 1904, cuando, en contra de los deseos de él, Berthe, decidió divorciarse de su marido.

Joseph se vio encarrilado hacia el matrimonio y los deseos de ella se cumplieron en el mes de agosto de 1906. Casi inmediatamente después, Cailloux comprendió el terrible error. Berthe era extravagante y caprichosa y perdió el atractivo que ejercía sobre él cuando Joseph era solo su amante.

Cuando comenzó a estabilizarse su relación con Henriette, Joseph Cailloux trató de mantenerla en segundo término, pero el equilibrio era muy delicado y un acontecimiento fortuito lo rompió.

En 1909 Berthe encontró una carta firmada por “Riri”, nombre familiar de Henriette, e inmediatamente desenmascaró a la amante secreta del ministro. A continuación se produjo una mezcla de chantaje y mentiras que hablaba muy poco en favor del matrimonio.

Joseph deseaba obtener el divorcio, pero en abril de 1910 se celebraban unas importantes elecciones y no quería correr el riesgo de un escándalo. Para orar las cosas, Berthe había descubierto parte de su correspondencia íntima con Henriette en un escritorio cerrado con llave y la empleaba como arma de negociación. Joseph acorralado y se vio obligado a aceptar las condiciones de esposa. En un curioso pacto, Berthe estuvo de acuerdo en destruir las cartas, si él rompía con su amante.

Así pues, el 5 de noviembre de 1909 el motivo de la discordia fue solemnemente quemado en presencia de un testigo. A la mañana siguiente la pareja marchó de vacaciones a Egipto, dejando atrás a una Henriette comprensiblemente desconcertada. Ella los siguió hasta Roma, donde Caillaux le escribió rogándole que dejara de seguirles.

El doble juego no tardó en darse a conocer. Berthe había guardado copia de las cartas y, de todos modos, en cuanto se celebraron las elecciones, Joseph se apresuró a iniciar el proceso de divorcio, que terminó en marzo de 1911.

La ex esposa recibiría una suma inicial de 200.000 francos y una generosa pensión anual de 18.000. En contrapartida, ella se comprometía a una segunda ceremonia de quema de cartas y a firmar una declaración de que no conservaba más copias de la correspondencia.

Henriette se mostró considerablemente tolerante a lo largo de las tortuosas negociaciones. Ciertamente, algunos comentarios posteriores sugerían que su conducta revelaba el mismo horror al escándalo que terminó por conducirla a su explosivo encuentro con Gaston Calmette.

Sin embargo, recibió su recompensa a corto plazo cuando, el 31 de octubre de 1911, ella y Joseph contrajeron matrimonio. Disfrutaron de una idílica luna de miel a través de Egipto, Palestina y Siria donde conocieron a lord Kitchener y a Rudyard Kipling.

Joseph ascendió en su carrera -fue primer ministro durante un corto período de tiempo, desde 1911 a 1912- y eran felices. Ambos estaban convencidos de que su segunda experiencia matrimonial iba a ser infinitamente más satisfactoria que la primera.

Pero la feliz pareja no se había desprendido completamente de su pasado. Poco antes de la boda, Caillaux se enteró de que Berthe no había destruido aún todas las copias de las cartas de amor y que las iba ofreciendo por las redacciones de los periódicos parisienses. Durante los dos años y medio siguientes, aquella noticia martilleaba en la mente Henriette Caillaux como una bomba de relojería.

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Mil millones de besos

Las cartas a «Riri» eran una mezcla incoherente de pasión y política. Hablando de la tensión que sufría por ser un político prominente, Caillaux escribía: «… sólo tengo un consuelo… pensar en mi pequeña, tenerla entre mis brazos. ¡Oh Dios! ¡Qué momentos tan deliciosos!»

El ministro de Finanzas terminaba con estas palabras: «Mil millones de besos en tu adorable cuerpecito.»

Era tal el ardor del enamorado, que corrió el riesgo de provocar un escándalo político manifestando sus sentimientos en el papel de cartas de los parlamentarios franceses, encabezado por un «Cámara de Diputados».

Después de pensarlo varios días, Joseph Caillaux pidió a Henriette que le devolviera las cartas, cosa que ella hizo inmediatamente.

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LA VENGANZA – El zumbido de las moscas

Mientras Henriette Caillaux esperaba el juicio en la prisión de St. Lazare, la prensa y el Parlamento intensificaban los ataques contra ella y su marido, dividiendo a la opinión pública en los cafés y salones de París.

La llegada de Henriette a la prisión de St. Lazare le hizo darse cuenta de las siniestras consecuencias del crimen. Era un edificio inhóspito e infestado de ratas que en su origen sirvió como hospital de leprosos, circunstancia que no le favorecía.

Henriette esperaba haber detenido los ataques contra ella y su marido, pero éstos continuaban con renovada ferocidad. En las semanas siguientes a la detención, la prensa bullía de noticias relativas al trato de favor que, supuestamente, había recibido. Se dijo que una doncella le servía la comida, traída de un restaurante próximo, y un periódico publicó que habían llevado a la celda sus propios muebles y otras pertenencias. No resultaba sorprendente que Le Figaro encabezara aquellos ataques.

En realidad, el status de Henriette Caillaux no le supuso demasiados privilegios. Es cierto que le asignaron la celda número 12, reservada normalmente para prisioneros especiales. No obstante, era un lúgubre alojamiento, con las paredes pintadas de negro y una colcha vieja como única prerrogativa.

Por otra parte, el principal blanco de la atención de la prensa lo constituía el propio Joseph Caillaux. También la policía recibió críticas por permitir que el ministro visitara a su esposa inmediatamente después de cometido el crimen, dando así oportunidad a la pareja para que urdieran una falsa explicación de los hechos. Aquello implicaba que Caillaux había incitado a Henriette para que terminara con su pertinaz adversario.

Políticamente, él tenía enfrente dos enemigos importantes. Le odiaba la derecha porque, como miembro de los Socialistas Radicales, había manifestado su intención de introducir en los impuestos unas reformas que perjudicarían seriamente a las clases poderosas. Y era atacado igualmente por los nacionalistas, que se oponían furiosamente a su política de mejora de relaciones con el Gobierno alemán.

La hostilidad de ambas facciones creció después del mes de diciembre de 1913, cuando joseph Caillaux ayudó a derribar el Gobierno de Louis Barthou. Caillaux aceptó el cargo de ministro de Finanzas en el nuevo gabinete de Gaston Doumergue, aunque Henriette tuvo un extraño presentimiento relacionado con aquel nombramiento y le rogó que no lo aceptara.

Barthou era amigo personal de Gaston Calmette y, por lo tanto, no fue ninguna sorpresa que desde las columnas de Le Figaro comenzaran los ataques contra el nuevo ministro. Lo que resultaba inesperado era la persistencia y la virulencia del tono de los artículos. En marzo de 1914 el periódico había publicado noventa y dos editoriales consecutivos que contenían uno o más ataques personales contra Joseph Caillaux.

Hubo ciertas acusaciones de que había malversado fondos públicos; de que intervino en un pleito por herencia a cambio de un soborno; de que estaba implicado en turbios manejos de cambio de mercancías. Acusaciones todas que Joseph Caillaux pudo rebatir fácilmente. No obstante, el fango no se diluía, dividiendo a la opinión pública parisiense en dos campos, de modo semejante a lo que ocurrió con el asunto Dreyfus.

Como cualquier otro político, Joseph consideraba aquellos ataques como gajes del oficio y describía la campaña como «el zumbido de las moscas rondando la cabeza de un hombre que trabaja». Pero ignoraba el efecto que iban a causar en su hogar. Al ver a Henriette volver del peluquero deshecha en lágrimas después de haber oído a alguien murmurar a sus espaldas «es la mujer de ese ladrón de Caillaux», comprendió el peligro potencial. Como el mismo Caillaux escribió más tarde, «nunca se me ocurrió que pudiera trastornar a alguien de mi propia familia».

Henriette comenzó a mostrar los clásicos síntomas de la depresión: dolores de estómago, falta de apetito y estallidos de llanto. Su esposo la llevó al médico con la esperanza de que resolviera todos sus problemas.

En vez de ello, la situación empeoró. El martes 13 de marzo, Le Figaro publicó una carta que Joseph Caillaux había escrito a Berthe en julio de 1901, poco antes de iniciar sus relaciones. La misiva terminaba con las palabras «Ton jo» («Tu yo»), que resultaban algo embarazosas, ya que el político se dirigía a una mujer casada. Henriette estaba desesperada, porque aquella carta formaba parte de la correspondencia que había robado Berthe y que después prometió destruir. Estaba convencida de que las suyas propias y las de su marido pronto aparecerían en las primeras páginas de la prensa nacional. Ciertamente, ése parecía el propósito de Calmette cuando, el lunes siguiente, anunció un «cómico entremés” basado en la «imprudente correspondencia» de monsieur Caillaux.

Henriette se presentó ante su marido con aquel encabezamiento. “¿Vas a hacer algo? -gritó-. ¿Dejarás que esos miserables ensucien nuestro hogar?”

De hecho, el ministro hizo algo. Fue a visitar al presidente Poincaré con objeto de pedirle que frenara al periodista; entretanto, su esposa consultaba a Fernand Monier, juez de la Audiencia de Seine, sobre la posibilidad de presentar una denuncia. Ambas gestiones resultaron infructuosas y cuando más tarde cambiaron impresiones, Joseph murmuró sombríamente: «Si Calmette publica otra de esas cartas, le voy a romper la cara.»

Compartieron un almuerzo deprimente, aunque él recuperó cierta ecuanimidad comiendo con buen apetito, mientras ella se encontraba indispuesta y apenas probó bocado. Después de que su marido saliera a trabajar se acostó durante una hora. Como afirmó posteriormente ante la policía, durante su semiinconsciencia se imaginó las terribles consecuencias de la cólera de Joseph: «Lo vi matar a Calmette; lo vi detenido; lo vi en el patíbulo… y poco a poco me decidí a ocupar el lugar de mi esposo.»

El comportamiento de Henriette a lo largo de la tarde era la prueba crucial para decidir hasta qué punto el asesinato del periodista fue premeditado. Henriette Cailloux tenía que reunirse con unas amigas para tomar el té en el Ritz. Se vistió adecuadamente, pero al final no acudió a la cita.

Entonces llevó a cabo una serie de tareas rutinarias, impropias de quien está proyectando cometer un asesinato. Esas tareas consistieron en ciertas llamadas telefónicas relacionadas con una cena que estaba organizando para el ministerio de Finanzas; una visita al banco, y una salida a una oficina de empleo para contratar a un cocinero extra.

Sin embargo, no todas sus actividades formaban parte de la rutina doméstica. En primer lugar, compró una pistola en la tienda de Gastin-Renette, en rue d’Antin. Después de elegir una Browning automática, la condujeron a una sala de entrenamiento de tiro, donde la probó. Consiguió acertar tres de cada cinco disparos contra un blanco con la silueta de una figura humana, situado a diez pasos.

En segundo lugar, antes de salir hacia las oficinas de Le Figaro, entregó una carta a mis Baxter, la institutriz inglesa de su hija, con la advertencia de que se la entregara a su marido en caso de que ella no hubiera vuelto a las siete de la tarde. En esa nota expresaba el temor de que su esposo atentara contra Calmette y terminaba así: «Francia y la República te necesitan. Soy yo quien debe actuar. Si llegas a recibir esta carta significará que he realizado, o intenté realizar, un acto de justicia. Perdóname, pero mi paciencia ha llegado al límite … »

Se produjo cierta controversia sobre la secuencia exacta de los acontecimientos. Tanto en el banco como en la agencia de colocaciones, confirmaron la visita de Henriette, aunque discrepaban en cuanto a la hora. Esto, a su vez, fue la leña que atizó la afirmación del fiscal sobre la nota que había escrito a su marido alrededor de las dos de la tarde, reforzando su argumentación de que la muerte de Gaston Calmette había sido un acto perfectamente planeado.

Monsieur Boucard, el juez de Instrucción, examinó y cotejó cuidadosamente todos los datos relacionados con el crimen. En circunstancias normales la investigación habría podido durar más de dos años, pero en este caso las autoridades actuaron con sorprendente rapidez, en parte debido a que si la tarea de Boucard era sencilla -de hecho, había muy pocas dudas sobre los sucesos de la oficina de Calmette-, las razones principales eran de orden político. Europa estaba amenazada por la guerra y era de vital importancia que la situación personal de Caillaux quedara resuelta lo más pronto posible.

Después de su dimisión, el ex ministro dejó de asistir al Parlamento y sus salidas más frecuentes eran para visitar a Henriette en St. Lazare. Sin embargo, sus votantes de Sarthe no estaban interesados en los escándalos parisinos y una organización de esposas de leñadores envió a la acusada un hermoso ramo de flores. Joseph se sintió tan conmovido que cedió a los deseos de sus partidarios y ocupó de nuevo su escaño en el Parlamento.

Poco después ganó las elecciones brillantemente; y si no hubiera sido por -a tragedia de Calmette, habría llegado a primer ministro. Pero la mancha dejada por las acciones de su mujer no se podía limpiar. Su contrincante vencido, el realista monárquico d’Aillières, hizo circular enseguida una serie de pasquines acusando al Ministro de connivencia con un estafador. Caillaux le retó a un duelo y ambos se encontraron al amanecer del lunes 4 de mayo. D’Aillières falló y Joseph, una vez satisfecho su honor, disparó su pistola al aire. “Su esposa es mejor tiradora”, fue el sarcasmo que se corrió entre los bromistas de París.

Pero el tiempo de las actitudes teatrales llegaba a su fin, porque se acercaba el drama real. El juez Boucard, cerró filas el 11 de mayo y el juicio se fechó para el 20 de julio. No era el momento oportuno. El sábado 28 de junio el archiduque Fernando fue asesinado en Sarajevo y la sombra de la guerra se perfilaba cada vez más próxima.

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Prisión de St. Lazare

El lugar de confinamiento de Henriette contaba con una historia larga y pintoresca. Fue edificado como hospital de leprosos en el siglo XII, función que duró hasta 1515, cuando los frailes de la orden St. Victor se hicieron cargo de él. Los frailes fueron expulsados durante la Revolución francesa y el hospital, saqueado. Luego pasó a ser una prisión estatal y punto de partida del corto viaje hasta la guillotina de muchos desventurados.

En 1914, la prisión conservaba todavía su aspecto medieval, con largos corredores oscuros y húmedas celdas, iluminadas exclusivamente con velas. St. Lazare estaba dirigido por monjas que cumplían sus deberes en medio de un silencio casi absoluto. La más temible era sor Léonide, que se sentaba en un taburete alto, con un palo en la mano. Su apariencia sombría y sus ojos vigilantes le hicieron merecer el mote de «Bostock”, un famoso domador de leones norteamericano.

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Escándalo en la ciudad

El más dañino de los ataques que Calmette dirigió contra Caillaux fue el que lo relacionaba con el asunto Rochette. Henry Rochette era un financiero que en 1908 fue detenido por negocios turbios. Su abogado, Maurice Bernard, hacía esfuerzos desesperados por aplazar la vista, convencido de que los líos financieros de su cliente podían aclararse si se disponía de más tiempo. Pidió a Caillaux que solicitara del primer ministro dicho aplazamiento y él accedió.

Victor Fabre, el fiscal, se puso furioso por aquella intervención política que consideraba un agravio a su autoridad y redactó un informe sobre el incidente. El periodista ya había publicado un resumen de dicho informe provocando las sospechas de que el ministro había instigado su asesinato para evitar la publicación del documento completo.

Joseph Caillaux insistía en que no tenía nada que ganar con el asunto y que, en cualquier caso, el aplazamiento no había tenido efecto en el resultado del juicio.

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Al borde de la guerra mundial

El juicio Caillaux se desarrolló ante el telón de fondo de unos acontecimientos trascendentales para Europa. Cuando terminó Francia estaba en guerra.

El caso Caillaux fue extraordinariamente perjudicial para Francia, ya que dividió a la opinión pública en un momento en que la unidad era esencial. El día de la absolución de Henriette, Austria declaraba la guerra a Serbia y su ejército se dirigía hacia Belgrado. Dos días después, las tropas francesas fueron movilizadas para la guerra.

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EL VEREDICTO – El juicio del triunfo

En 1914, el sexo y la corrupción en las altas esferas interesaban más a los franceses que los nubarrones de guerra que se extendían sobre Europa, y el juicio de Henriette prometía grandes dosis de ambos. Había personas hostiles a la supuesta asesina y otras que justificaban el hecho. El juicio y el veredicto provocaron una gran controversia y dividieron a la nación.

E1 juicio de Henriette Caillaux se inició el lunes 20 de julio de 1914 en el Palacio de justicia de París. El caso despertó el interés mundial, especialmente en Alemania, donde el asunto cobró aspectos propagandísticos.

Los presagios eran malos. La prensa mantenía una actitud hostil hacia la acusada, insistiendo machaconamente en los supuestos privilegios de que disfrutaba en la cárcel. A estos problemas se añadió la ¡mposibilidad de obtener los servicios del defensor que había elegido en un principio. Bemard, el hombre que se había encargado del divorcio del ministro, renunció a la defensa alegando la profunda amistad que mantuvo con el fallecido.

Se encargó del caso el abogado Labouri. El juez era monsieur Albanel y la acusación corrió a cargo de los letrados Mornet, Chenu y Seligman. Sin embargo, quien trató de dominar al tribunal fue el marido de la acusada. Caillaux presentaba una enérgica defensa de su esposa, como una mujer leal atemorizada por la víctima, un enemigo político que ponía en peligro la carrera de su marido.

El proceso comenzó con una prolongada acusación y el interrogatorio público del juez a Henriette. El principal interés radicaba en el estado de su mente en las horas previas a los disparos. Ella insistía en que hasta el último momento no había decidido si iría a ver a Calmette o se reuniría con sus amigas en el Ritz. Hizo hincapié en que la nota dirigida a su marido lo demostraba:

«Si, como se ha dicho, yo hubiera decidido fríamente ir a Le Figaro y matarle, no habría sido tan estúpida como para dejar algo que pudiera emplearse en mi contra.»

La acusada insistió también en que la muerte del periodista fue un desgraciado accidente. Ella le había apuntado a los pies, tratando de asustarle; pero, al no estar familiarizada con el arma, no la supo controlar. «Continuaba disparándose y cada tiro subía más que el anterior.»

Testigos posteriores confirmaron que, por lo menos desde el punto de vista de la física, había una explicación posible. El 27 de julio el coronel Aubry, oficial del Regimiento de Artillería n.º 21, confirmó que la Browning automática era un arma inapropiada para un principiante. Una persona inexperta o nerviosa podía encontrarse con que el violento retroceso de la pistola la hacía incapaz de controlar el disparo y que la trayectoria ascendente era una característica de las armas automáticas.

Dos días antes el doctor Paul había declarado que las cinco balas disparadas con la Browning hicieron impacto de aquel modo. La última de ellas fue desviada por el portafolios de la víctima y, de hecho, la herida que le produjo la muerte era la del abdomen. Paul declaró que Calmette había tenido mala suerte. Al ver el arma de Henriette, su reacción natural fue la de agacharse y, por lo tanto, las balas le acertaron en la parte superior del cuerpo. Si hubiera permanecido de pie, probablemente no habría sufrido heridas tan graves.

El segundo día del juicio se dedicó a los testigos que estaban cerca del despacho del redactor jefe a la hora de los disparos. Más de una docena de empleados y colaboradores de Le Figaro dieron su versión del suceso y alabaron el buen carácter de Gaston Calmette.

El testimonio más interesante corrió a cargo de Paul Bourget, el novelista que estaba charlando con el periodista cuando les anunciaron la visita de madame Caillaux.

Por una curiosa coincidencia, su libro mí as reciente, El demonio del mediodía, trataba de un político sometido a chantaje por un periodista que estaba en posesión de su correspondencia íntima. El abogado defensor leyó un párrafo: «Una carta pertenece legalmente a alguien: al destinatario o al remitente… Si haces uso de ella te conviertes en cómplice de robo.» Bourget reconoció la ironía y, después de algunas evasivas, afirmó que probablemente Calmette habría estado de acuerdo con su opinión. Luego abandonó el banquillo de los testigos dando amablemente las gracias a Labouri por la publicidad gratuita.

A última hora del segundo día se leyó ante el tribunal la declaración escrita del presidente Poincaré. En la época del juicio, éste estaba en Rusia en viaje oficial y había prestado declaración el 5 de abril en su residencia oficial.

En ella, Poincaré hablaba de la visita que le hizo Caillaux en el Palacio del Elíseo la misma mañana del crimen. Había intentado inútilmente calmar los nervios del ministro de Finanzas, asegurándole que Calmette era un caballero y que nunca publicaría unas cartas que pudieran comprometer a una señora. Pero Joseph Caillaux se mostró escéptico y vociferó: «Si publica una sola de esas cartas, lo mato!» Poincaré se quedó tan preocupado por aquella explosión de cólera que aquella misma tarde trató del asunto con el primer ministro.

La declaración del presidente del Gobierno daba idea del estado de ánimo de Caillaux en aquella mañana y reforzaba el argumento de Henriette sobre su convicción de que su marido estaba a punto de cometer un asesinato. No obstante, tal declaración no podía creerse a pies juntillas. Poincaré y Caillaux militaban en partidos opuestos y posteriormente crecieron las sospechas de que el presidente estaba detrás de los ataques del periodista.

Realmente Poincaré no hizo nada por detener la campaña de prensa y es de advertir que su consejo a Caillaux resultaba contradictorio: antes del crimen había afirmado que no tenía medio de controlar al redactor jefe de Le Figaro; y después censuró al político por no haber confiado en que él podría convencer a Gaston Calmette.

Después de dar lectura a la declaración de Raymond Poincaré, Joseph Caillaux subió al estrado. Era un momento decisivo y así lo comprendió el gran contingente de periodistas presentes en la sala. Un reportero de Le Matin lo describió como un heroico luchador que baja a la arena, mientras que El Daily Express equiparaba el modo de hablar de Caillaux «al de Winston Churchill, pero sin ceceo». No prestó juramento y se le permitió hablar extensamente sobre los acontecimientos que condujeron al crimen.

Incluyó una detallada descripción de la ruptura de su matrimonio con Berthe y la doblez de ésta en el asunto de las cartas. De cómo a primeros de noviembre de 1911 se enteró de que las había puesto en venta, pero que él, ingenuamente, pensó que ningún periodista «deshonraría su profesión publicándolas”. Durante un buen rato insistió en un conmovedor filón, culpándose a sí mismo de no haber advertido la intensidad de la aflicción de su esposa. «Me acuso… No me di cuenta del daño que aquella campaña de prensa estaba causando en mi nombre y en mi hogar.»

Sin embargo, el estilo propio de Caillaux era el del ataque y su más enérgica arremetida estuvo dirigida no sólo contra Calmette, sino también contra el mismo Le Figaro. Afirmó que un grupo de financieros alemanes encabezados por monsieur Bayer, del banco de Dresde, estaba dispuesto a comprar el periódico para controlarlo. Además, el político presentó un contrato entre Gaston Calrnette y el Gobierno austro-húngaro por el que el editor se comprometía a escribir artículos a favor del Gobierno vienés a cambio de unos ingresos anuales de 30.000 francos.

Aquello era un intento deliberado por convertir el proceso criminal en un debate político. El intento dio resultado. El portavoz de Le Figaro aseguró que Bayer había hecho su aportación a título personal, no a través de un banco alemán, y aclaraba que el contrato con el redactor jefe fallecido se refería a una serie de artículos intrascendentes sobre los balnearios húngaros. No obstante, el daño estaba hecho. Dado el tenso clima político, muchos llegaron a pensar que Le Figaro se había convertido en el portavoz de los enemigos de la nación y que Calmette merecía la muerte.

Tras este intermedio político, la sala escuchó a una serie de testigos de menor interés relacionados sobre todo con las negociaciones del periodista para la compra de las cartas. Por fin, el cuarto día, ocupó el banquillo la última de las protagonistas, Berthe Guéydan. La ex esposa de Caillaux mostraba un rostro imponente cuando entró en la sala. Iba vestida de negro, como su rival, pero los periodistas advirtieron enseguida la amargura que aún, a los tres años del divorcio, la seguía consumiendo. «El frío odio que expresaba su rostro le hacía parecer el de una medusa -escribió un corresponsal inglés-. Su odio era patente: vivía y silbaba despiadado en las palabras de su declaración.»

Su testimonio se centró, naturalmente, en la cuestión de las cartas robadas. La testigo afirmó que quien había fotografiado los originales era su hermana Marie, y que ella las había guardado cuidadosamente desde entonces. Aseguraba ignorar los medios empleados por Gaston Calmette hacerse con ellas.

La falsedad de su afirmación quedó ampliamente demostrada por su siguiente estratagema. En un movimiento cuidadosamente preparado por la acusación, entregó copias de las cartas a la defensa, esperando que Labouri las leyera ante el tribunal. Berthe parecía totalmente dispuesta a terminar el trabajo del redactor jefe fallecido.

Se cumplieron sus deseos. El sábado 25 de julio Labouri propuso leer dos cartas dirigidas por Joseph a Henriette, pero Berthe contraatacó exigiendo que se oyeran también las respuestas de Henriette. El juez Albanel, suspendió el juicio inmediatamente hasta tomar una decisión; esto incitó a uno de los jueces asesores a afirmar que estaba apoyando a la defensa y que era un descrédito para el tribunal. Se produjo una violenta discusión que se cortó en seco tras el escándalo del segundo duelo de Caillaux.

Por fin llegaron a leerse las dos cartas. Lo cual supuso un éxito para el vengativo rencor de la ex mujer, pero un descrédito para todos. Las cartas, que habían sido motivo de comentarios en París durante varios meses, resultaron un largo y tortuoso asunto que demostraba que él había intentado romper con Berthe después de las elecciones de 1910. Era una prueba definitiva del adulterio, pero parecía un pretexto insignificante para un asesinato.

Las conclusiones se iniciaron el martes 28 de julio y, como ocurrió a lo largo de todo el juicio, la política oscureció los hechos criminales. Chenu, el más virulento de los representantes de la acusación, se aferró al argumento de que Joseph Caillaux había maquinado el asesinato, no a causa de las cartas, sino para evitar el descubrimiento de ciertos aspectos políticos perjudiciales. La defensa, por contraste, llamaba a la conciliación en aquella época de crisis. «Reservemos nuestro rencor. Guardémoslo para usarlo contra los enemigos.»

El jurado tardó una hora en seguir el consejo y en absolver a Henriette de todos los cargos. El veredicto fue recibido entre clamores mientras que, tanto en el interior de la sala como en las calles, las facciones rivales cantaban «Viva Caillaux» o «Caillaux asesino». Al día siguiente, Le Figaro describía la escena como «una mezcla salvaje de vocerío, abucheos, puños en alto… pasiones desatadas… bramido de la multitud que recordaba el ruido de los cañones lejanos». Palabras proféticas. Una semana después, Francia estaba en guerra.

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El sentido del deber

Berthe Eva Gueydan nació en Nueva Orleans, Louisiana (EE.UU.), en 1869 y era la más joven de seis hermanos. Su padre, un hombre de negocios francés, viajó al Nuevo Mundo en busca de fortuna. Berthe se casó joven con el hijo de Jules Dupré, el pintor, y tuvieron un hijo, François.

El matrimonio fracasó y las relaciones de Berthe con Caillaux comenzaron en 1900. Su marido se mostró extraordinariamente tolerante con la situación y, como premio, recibió un trabajo lucrativo en la oficina de impuestos de Neuilly. En la época en que Berthe se embarcó en un segundo matrimonio, el 25 de agosto de 1906, el entusiasmo de Caillaux se había enfriado y sólo aceptó el hecho por un profundo sentido del deber. Una decisión que iba a costarle muy cara.

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La crisis de Agadir

El punto culminante de la breve temporada que Joseph Caillaux ocupó el cargo de primer ministro fue una crisis internacional que amenazó con hundir a Europa prematuramente en una guerra devastadora.

El 1 de julio de 1911, el cañonero alemán Panther salió hacia el puerto de Agadir, en Marruecos, en una maniobra destinada a provocar de forma deliberada un enfrentamiento con Francia. Caillaux resistió la tentación de sacar los cañoneros franceses y optó por la negociación. Después de un prolongado tira y afloja, se llegó al Tratado de Frankbut, firmado el 4 de noviembre de 1911, en el que Alemania se comprometía a renunciar a sus aspiraciones sobre Marruecos a cambio de aproximadamente la cuarta parte del Congo.

Muchas personas opinaban que Francia había ganado con el acuerdo, puesto que se adjudicaba el protectorado de Marruecos a cambio de «un millón de moscas tsé-tsé» en un territorio que ya estaba bajo control germano. No obstante, los nacionalistas franceses se quedaron consternados y acusaron al primer ministro de pacifismo, traición y de hacer una política peligrosamente pro-germana. Estas críticas eran habituales en la campaña de Le Figaro que siguió los pasos del político durante toda su carrera.

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La venganza de la prensa

Los cotilleos e historias calumniosas burlándose del proceso judicial inundaron los periódicos franceses.

Los sorprendentes veredictos en los juicios de Caillaux y Chevallier hicieron sospechar a muchos franceses de la imparcialidad de sus tribunales.

Los críticos creían que éstos habían permitido que las emociones y los sentimientos entorpecieran su juicio. Daban muchas razones para ello: una magistratura tendenciosa; la fuerza de la opinión pública, y, sobre todo, la excesiva influencia de la prensa.

No resultaba sorprendente que Le Figaro reaccionara con auténtica inquina contra la absolución de Henriette: soborno del jurado, el juez y la policía en connivencia con los políticos; y el apoyo de los partidarios de Henriette pagados con fondos del partido. Otros periódicos de derechas siguieron su ejemplo y, aunque en el juicio no se había probado el conocimiento previo del asesinato por parte del ministro, insistían en calificarle de cómplice o hasta de instigar el crimen.

La prensa extranjera veía las cosas de un modo distinto. The Nation resumía el punto de vista de muchas personas cuando afirmaba:

«El auténtico criminal fue todo nuestro mundo envidioso, rencoroso, chantajista ( … ). El perjuicio principal es la falta de una ley del libelo que controle a la prensa venal y deshonesta.»

Ciertamente, la relajación de la ley del libelo desempeñó un papel importante en la muerte de Gaston Calmette.

En marzo de 1914, su campaña contra Caillaux había rebasado los límites políticos normales para alcanzar el nivel de venganza personal. Henriette intentó detenerla legalmente, pero se encontró incapaz. La misma mañana de los disparos, Fernand Monier, presidente de la Audiencia de lo criminal, le aseguró que la denuncia seria inútil. Era dudoso que pudiera ganar y los periódicos gozarían con la publicidad.

Treinta y un años después del caso Caillaux, tras la detención de Yvonne Chevallier, la prensa se permitía hacer todo lo posible para influir en la opinión pública a través de una mezcla de acusaciones y auténticas invectivas.

Yvonne se vio tildada de asesina despiadada mucho antes de que se dieran a conocer los hechos, mientras que la campaña contra Caillaux continuó incesante después de la muerte del periodista.

“Van a inventarse una mentira para justificar el crimen», afirmaba Le Figaro el 23 de marzo; y ésa era una de las muchas deducciones que debían fijarse en el juicio.

Aquel proceso no fue parcial de ningún modo. El mismo Joseph Caillaux contribuyó con 40.000 francos para financiar un periódico llamado Le Bonnet Rouge para que los apoyara a él y a su esposa y se sintió feliz al publicar sus propias calumnias contra Calmette. (Irónicamente, el editor era un ex convicto que fue arrestado por orden de Caillaux algún tiempo atrás.) Sin embargo, como el ministro confesaba en sus memorias, «no consigues un periódico duro con gente condecorada por buena conducta».

Tales periódicos daban entrada a un flujo constante de informaciones diarias sobre crímenes importantes. El juez instructor ofrecía frecuentes conferencias de prensa y los periódicos se aprovechaban de las declaraciones de los testigos para comentarlas a su gusto. La prensa bombardeaba así al público con una avalancha continua de teorías y acusaciones.

Durante las investigaciones del caso Caillaux, por ejemplo, una empresa periodística publicó una ilustración de las heridas especificadas en el informe de la autopsia de Calmette. Iban superimpresionadas sobre un blanco obtenido en la galería de tiro de la tienda donde Henriette había comprado el arma con la que mató al redactor jefe de Le Figaro.

De este modo, en los días del juicio, la mayoría de la gente se había formado una opinión concreta sobre la acusada. Esto se hizo patente a lo largo del proceso. Una de las principales quejas sobre el juicio Chevallier fue que el juez hacía tímidos intentos para evitar las aclamaciones y silbidos que se producían en la sala. Paradójicamente, fue un reportero de Le Figaro quien publicó la crítica más convincente de este abuso: «La parte que ha jugado la opinión pública en este asunto ha superado con creces su legítimo papel: el de testigo silencioso.»

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El juicio de la prensa

Uno de los más famosos errores judiciales fue el asunto Dreyfus. En 1894, el capitán Alfred Dreyfus, un oficial del ejército de origen judío, fue acusado de vender secretos militares a los alemanes. Juzgado por un consejo de guerra, se le sentenció a cadena perpetua en la isla del Diablo, en la costa sudamericana.

El sentimiento general entre la prensa y el público de que se había hecho justicia impidió que, a pesar de los esfuerzos de la familia Dreyfus, el caso se reabriera. Sin embargo, como los secretos continuaban filtrándose a la Embajada alemana, las sospechas recayeron en un segundo oficial.

En la prensa comenzaron a aparecer determinadas pruebas, pero el alto mando se negó a discutir el caso. La intervención más famosa fue la de Emile Zola, quien, en un artículo titulado «J’accuse … !» «Yo acuso … »), declaraba su apoyo al capitán y lanzaba una severa crítica contra el alto mando. Como consecuencia de estos esfuerzos, en el año 1906, Alfred Dreyfus fue finalmente exonerado.

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Conclusiones

Durante la Primera Guerra Mundial las tendencias pacifistas de Caillaux lo convirtieron en una especie de proscrito. Henriette sufrió la misma falta de prestigio y llegó a ser expulsada de un hospital militar cuando se presentó a trabajar como voluntaria en uno de los pabellones.

En 1918, Caillaux fue acusado de traición por sus supuestas negociaciones con el enemigo. Fue sentenciado a tres años de cárcel. Muchas personas opinaban que le habían juzgado más por sus opiniones que por los hechos.

Henriette estudió en la Escuela del Louvre para obtener un diploma, y escribió un libro sobre el escultor Dalou. Murió en 1943 tras una larga enfermedad. Joseph murió el 22 de noviembre de 1944.


El caso Caillaux

Última actualización: 18 de marzo de 2015

Episodio de la vida privada de un ministro

Si su marido no hubiera sido un hombre político odiado, la señora Caillaux sin duda no se habría paseado por las crónicas, y el público quizá la habría encontrado simpática.

El 16 de marzo de 1914, a las 7 de la tarde, el señor Gaston Calmette, director del Figaro, se derrumbó, alcanzado por tres balas de revólver en pleno pecho, cuando recibía, en su despacho, a su última cita de la jornada. Cuando llegó al hospital era demasiado tarde. Los médicos no pudieron hacer nada para salvarle la vida.

La noticia se propagó en París como un reguero de pólvora y fue el escándalo más sonado del año. La mujer que había disparado y que por otra parte no había intentado en absoluto escapar de la justicia no era otra que Henriett Rainouard, la esposa de Joseph Caillaux, el ministro de Hacienda del momento; un ministro autor de un impopular proyecto de impuesto sobre la renta y cuya política era entonces de lo más controvertida.

Sus opiniones pacifistas y el acuerdo que había firmado con Alemania en la época en que era presidente del Consejo habían permitido descartar provisionalmente la amenaza de la guerra, pero habían hecho de él la «pesadilla» de buena parte de la clase política, tanto de algunas formaciones de izquierda como de la derecha nacionalista.

Aristide Briand y Raymond Poincaré unían sus voces a la formidable campaña de prensa llevada por la liga de la Action Française, y sobre todo por Lucien Barthou, que publicaba diariamente en las columnas del Figaro artículos envenenados en los que se ponía sobre el tapete el patriotismo y sobre todo la honradez del ministro.

El pasado amoroso del ministro

En 1913, las concesiones hechas a Alemania por Joseph Caillaux y la publicación del famoso «documento Fabre» estaban en el centro de un debate político desprovisto de la serenidad de la que deberían honrarse las verdaderas democracias.

Las cosas se pusieron aún más desagradables cuando, a instancias de Barthou, Gaston Calmette pasó a ataques personales publicando en su número del 14 de marzo de 1914 la primera de una serie de cartas escritas por el ministro a la asesina, ahora su esposa, diez años antes de que ésta se convirtiera en su esposa.

Para que cesara aquella intolerable intromisión en su vida privada, los esposos habían consultado al primer presidente del tribunal del Sena, que les había explicado que la justicia francesa no disponía de ningún medio que permitiera poner fin a aquella campaña. Caillaux se resignó. No le quedaba más remedio que aguantarse esperando el final de la tormenta.

Pero Henriette no lo vio del mismo modo. Tenía la sangre caliente y pronto tomó su decisión. Se apoderó de un revólver, subió en un coche y pidió audiencia al director del Figaro. Sólo dos días después de la publicación de la famosa carta, Gaston Calmette había muerto.

Una «República de asesinos»

Por muy antipática que hubiera sido la campaña del Figaro, la señora Caillaux fue unánimemente despreciada por la opinión pública, y la campaña dirigida contra su marido redobló su vigor. Un crimen cometido por la propia esposa de un ministro de Hacienda era una oportunidad propagandística para los partidos de la oposición.

Los ataques que provocó el caso fueron de una violencia insólita. Circuló una octavilla por París cuyo título era: «Una mano en la sangre y la otra en nuestros bolsillos», y decía entre otras amabilidades: «Si Caillaux no fuera un poderoso del día, acompañaría a su mujer al banco de infamia.»

La Action Française aprovechó naturalmente la ocasión para atacar la República. Organizó, el 29 de marzo de 1914, un gran encuentro de protesta patriótica y publicó en la jerga que usaba normalmente un artículo que se difundió un poco por todas partes, en carteles y octavillas: «El crimen de una mujer asesinando fríamente a un periodista que ha tenido el valor de revelar las ignominias del ministro Caillaux ha bastado para que la quiebra del régimen de la Pordiosera Sangrienta apareciera a nuestros ojos. Crímenes como ése son signos precursores de la próxima caída de una República de vendidos y de asesinos.»

No puede decirse que la iniciativa de su mujer hubiera realmente favorecido la causa de Joseph Caillaux, y es fácil de imaginar hasta qué punto le fue difícil responder a unos ataques cuya violencia verbal ya no conocía límites.

¡Indultada!

La señora Caillaux esperó su juicio en la cárcel Saint-Lazare. La prensa se rebeló también contra el régimen de favor del que se beneficiaba la detenida. Insinuaban que la acusada, con motivo de la oposición de su marido, no había padecido ni el secreto ni los interrogatorios que prescribía la ley.

El proceso, que fue de lo más agitado, se abrió ante la audiencia del Sena el 20 de julio de 1914. Cuando se anunció el veredicto, se alzó un grito de protesta en el público. La señora Caillaux era indultada.

El jurado se había sensibilizado con el hecho de que la acusada y su marido, violentamente atacados en su vida privada, no habían tenido a su disposición ningún medio legal para defenderse. Era la ley la que la había obligado a hacer justicia ella misma. El Figaro era quien había figurado como agresor. Los das esposos salieron del Palacio de Justicia bajo los abucheos de la multitud.

El Fígaro del 29 de julio de 1914 tradujo en primera página la indignación general en un artículo que empezaba con estas palabras: “El más enorme escándalo de nuestra época acaba de cubrir de lodo y de sangre la República radical…”

Aquello no impidió que Joseph Caillaux prosiguiera su carrera. Pronto se olvidó la ira provocada por el veredicto. Agosto de 1914 no estaba lejos…

*****

– Convicto de adulterio diez años después.

Las cartas de la señora Caillaux eran simplemente cartas de amor que, por sí mismas, no hubieran tenido nada de escandaloso. Lo que chocó a la opinión pública fue que habían sido escritas diez años antes, cuando el ministro aun no estaba divorciado de su primera mujer.

– ¡Reliquia!

La bala que mató a Gaston Calmette ha sido religiosamente conservada. Está pegada sobre un cartón y colocada bajo una vidriera. Pertenece al Museo de la Escuela de Policía de Saint-Cyr-au-Mont-d’Or. Este apasionante pequeño museo de criminología está desgraciadamente cerrado al público.

 


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