Harold Greenwood

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Harold Greenwood
  • Clasificación: Asesino
  • Características: ¿Envenenador?
  • Número de víctimas: ¿1?
  • Periodo de actividad: 16 de junio de 1919
  • Fecha de detención: 17 de junio de 1920
  • Fecha de nacimiento: 1874
  • Perfil de las víctimas: Mabel Greenwood (su esposa)
  • Método de matar: Veneno (arsénico)
  • Localización: Kidwelly, Gales, Gran Bretaña
  • Estado: Fue absuelto en 1920. Murió el 17 de enero de 1929
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Harold Greenwood

Última actualización: 31 de marzo de 2015

VIL RUMOR – Vidas envenenadas

Harold Greenwood disfrutaba de la vida y no se tomaba demasiado en serio su trabajo. Le gustaba lucirse y las rentas de su esposa permitían que la familia viviera rodeada de comodidades. Pero la señora Greenwood enfermó y no ocultó sus males. Inevitablemente, las malas lenguas se pusieron en movimiento.

Kidwelly es una antigua ciudad de estrechas y sinuosas calles edificada en una entrada de la bahía de Cannarthen. Sus ciudadanos, austeros y religiosos, siempre se han mostrado recelosos hacia los recién llegados, especialmente cuando se trata de ingleses acaudalados.

Sin embargo, Harold Greenwood siempre los ignoró. Disfrutaba con la vida al aire libre y, aunque de profesión procurador, tenía todo el aspecto de un rico terrateniente. Con su cara redonda, sus mejillas coloradas y sus grises bigotes engominados, solía vestir unos bombachos de tweed color gris, polainas de tafilete, botas marrones y una elegante capa también de tweed. En la corbata, de alegre colorido, brillaba un alfiler de diamantes en forma de herradura.

Aunque pequeño de estatura, Harold Greenwood tenía un gran corazón y era un hombre afable, siempre dispuesto a tomar un trago o a bromear con cualquiera que se le pusiera por delante. Y más significativa aún (pues estaba directamente relacionada con los cotilleos locales) era su especial afición a estar acompañado de jovencitas.

Casi todos los días Greenwood se trasladaba desde Kidwelly hasta el cercano puerto de Llanelli, donde dirigía un pequeño despacho de procuradores. Fue aquí donde por primera vez llegaron a sus oídos una serie de rumores ciertamente desagradables, que aludían a la fiesta ofrecida en su casa durante un fin de semana de 1918, mientras su esposa se hallaba ausente.

Dos atractivas solteras habían sido invitadas a dicha fiesta, y a su regreso Mabel Greenwood no halló más que unas cuantas cajas de bombones esparcidas por toda la casa. Dado su carácter, Greenwood se limitó a desechar dichos rumores calificándolos de malévolos y mezquinos cotilleos. A sus cuarenta y cinco años, en lo mejor de la vida, ¿cómo le iba a preocupar lo que pensaran aquellos provincianos? En cualquier caso, las dos mujeres en cuestión estaban comprometidas para casarse.

El lugar donde se celebró la fiesta se llamaba Rumsey House. Se trataba de una pequeña mansión construida en piedra y situada en su propiedad, a 1,5 km del centro de Kidwelly donde la familia se estableció en 1916. En 1919 Harold y Mabel tenían cuatro hijos, dos de los cuales estaban internos en el colegio. Irene, la hija mayor, de veintiún años, y Kenneth, de diez, vivían en casa.

Sin embargo, la gente del pueblo sospechaba que bajo la plácida apariencia de felicidad familiar yacía un fondo de discordia. Y estaban en lo cierto. Hacía tiempo que Harold y Mabel no hacían vida marital y desde el nacimiento de su hijo pequeño dormían en habitaciones separadas. El parto había sido muy penoso y Mabel deseaba a toda costa evitar un nuevo embarazo; se quejaba también de una larga retahíla de males, desde súbitos mareos hasta cáncer.

El doctor Thomas Griffiths, que vivía al otro lado de la carretera de Rumsey House, reconoció en ella a una hipocondríaca, aunque la trataba con la bondadosa tolerancia típica de los médicos rurales. Por lo que respecta a su marido, a éste le resultaba tan indiferente el estado de salud de Mabel como los rumores que le relacionaban con otras mujeres.

El sábado 14 de junio de 1919 fue un día cálido y soleado, y Mabel Greenwood se encontraba tan bien que decidió ir a una fiesta que se celebraba en Ferryside a ocho kilómetros de Kidwelly. Harold la levó hasta la estación, pero, una vez en el coche, ella sufrió un mareo y su marido la animó a desistir del viaje a causa del calor, pero no hubo manera de hacerla cambiar de opinión.

Durante el trayecto Mabel compartió el vagón con el vicario de la localidad, y juntos anduvieron la distancia comprendida entre la estación de Ferryside hasta el lugar donde se celebraba la fiesta. El sol de aquella tarde era abrasador. Cuando por la noche regresó a su casa, Mabel Greenwood estaba completamente agotada y anunció que se iba a acostar temprano.

El domingo amaneció con buen tiempo, pero la señora Greenwood no se encontraba bien. Pasó toda la mañana sentada en el jardín mientras la cocinera preparaba la comida y Harold se dedicaba a lavar el coche. Luego toda la familia se reunió para comer el asado tradicional, seguido de una tarta de grosellas. Harold Greenwood abrió una botella de vino de la que bebieron los demás, mientras que él se tomaba un vaso de whisky con agua.

A media tarde la señora Greenwood se quejó de sufrir diarrea y por la noche era tal que mandaron llamar al doctor Griffiths. Este, creyendo que no tenía más que un corte de digestión provocado por una comida demasiado pesada, volvió a su consulta y le preparó un frasco con una mezcla de bismuto. Pero el remedio no le proporcionó a la enferma ningún alivio.

Por el contrarío, cada vez estaba peor y era evidente que sufría fuertes dolores. Volvieron a avisar al médico y la enfermera del distrito, Elizabeth Jones, le administró algunas píldoras de morfina. Estas causaron un rápido empeoramiento en el estado de la señora Greenwood, quien entró en coma y se debilitó a toda velocidad; a las 3,30 de la madrugada había fallecido.

Inmediatamente se empezó a comentar el hecho de que a nadie de Rumsey House le pareciera demasiado alarmante el fulminante empeoramiento del estado de Mabel Greenwood, ni siquiera al doctor Griffiths le llegó a preocupar. Y a pesar de que paciente había manifestado los conocidos síntomas de envenenamiento por arsénico -diarrea y vómitos-, el médico no dudó un momento en firmar el certificado de defunción achacando la muerte de su paciente a un fallo cardíaco.

El lunes siguiente por la mañana Harold Greenwood se trasladó a Llanelli y paró un momento en la oficina del Llanelli Mercury. Harold era íntimo amigo del propietario del periódico, el señor W. B. Jones, pero a pesar de ello la primera en enterarse de la noticia de la muerte de Mabel fue su atractiva hija Gladys. Esta y su hermana, Gertrude eran las dos jovencitas que hacía un año habían conseguido despertar las iras de la señora Greenwood.

El procurador le pidió a Gladys 20 libras y luego salió a comprar alguna ropa de luto; después fue al cementerio para elegir la tumba de su esposa. Su evidente falta de pesar y su indiferencia atrajeron de inmediato la atención de todo el mundo.

De hecho, este tema salió a relucir en la conversación mantenida entre la enfermera de distrito y el vicario, mientras ambos comentaban en privado la repentina muerte de la señora Greenwood.

Cuando el martes siguiente Mabel Greenwood fue enterrada, las sospechas se habían difundido por todo Llanelli y Kidwelly. Los rumores mantenían también que el viudo estaba locamente enamorado de Gladys Jones y que tenía la intención de casarse con ella. Al menos en este punto la gente estaba en lo cierto. El 1 de octubre de 1919, a los cuatro meses escasos de la repentina muerte de su esposa, Harold y Gladys ya se habían casado.

El precipitado paseo de Harold Greenwood por la nave central de la iglesia respondía a la necesidad de solucionar un dilema personal algo complicado. Era evidente que desde hacía ya bastante tiempo se había aburrido de Mabel, de sus achaques y sus quejas. Lo que no se puede asegurar es que mantuviera por entonces un romance secreto con Gladys Jones. Además, había otra mujer en su vida: Mary Griffiths, la hermana soltera del médico de la familia.

Con Mabel muerta y enterrada, Mary intentó ganar terreno, pero Greenwood acabó rechazándola: en efecto, a finales de septiembre, después de jugar con los sentimientos de la señorita Griffihts, Harold decidió casarse con Gladys Jones. Dos días después de anunciar el compromiso, el novio le escribió a Mary una carta que contenía una velada proposición de matrimonio, pero tan enrevesada y redactada en tan extraños términos que más parecía una estratagema para salvar las apariencias.

Después de la boda, las malas lenguas trabajaban aún con más intensidad y las sospechas que rodeaban la muerte de Mabel llegaron a oídos de la policía. El jefe de policía de Carmarthenshire, el señor Picton Philipps, se lo pensó mucho antes de tomar cartas en el asunto.

Por fin escribió al Ministerio del Interior solicitando permiso para exhumar el cadáver de la señora Greenwood «bien en interés de la justicia, bien, y ójala fuera así, con el fin de librar al marido de las terribles sospechas que probablemente le acosarían toda la vida». Una vez concedido el permiso, la exhumación se llevó a cabo el 16 de abril de 1920.

La investigación judicial de la muerte de Mabel Greenwood se inició dos meses más tarde. El analista del Ministerio del Interior declaró ante el jurado que el cadáver de la mujer contenía aproximadamente 0,015 gramos de arsénico. También se demostró que Harold Greenwood solía adquirir arsénico para emplearlo como herbicida en el jardín. Pero más decisivo aún fue el testimonio del ama de llaves de Rumsey House, Hannah Williams.

Esta declaró que el día de su muerte, durante la comida, la señora Greenwood fue la única que bebió de una botella de vino; al señor, por su parte, le vio manipulando algo en la despensa justo antes de sentarse a comer. Es más: al día siguiente la botella de vino había desaparecido.

Por lo que respecta al jurado de la investigación judicial, el testimonio de Hannah Williams despejó cualquier duda existente acerca de las causas de la muerte: «Mantenemos de forma unánime la opinión -dijo el portavoz del jurado- de que la muerte de Mabel Greenwood fue motivada por el envenenamiento mediante arsénico… y que dicho veneno le fue administrado por su marido.»

A las 3,30 de la tarde, una vez pronunciado el veredicto, dos agentes de la policía se encontraban en Rumsey House para arrestar a Greenwood. Su reacción fue, como siempre, insólitamente tranquila. «¡Dios mío!», exclamó. Había pasado un año desde la muerte de Mabel Greenwood.

Cuando en noviembre de 1920 se inició el juicio ante el Juzgado de Cannarthen, el acusado no logró despertar demasiadas simpatías. De vez en cuando esbozaba una sonrisa, estallaba en carcajadas o parecía profundamente aburrido.

Como en todo juicio por envenenamiento, el testimonio médico era decisivo. El fiscal intentó probar que la víctima había sido envenenada con arsénico. Por su parte, la defensa, encomendada a sir Edward Marshall Hall, mantenía la tesis de que en realidad había muerto como consecuencia de la morfina. Alegó que la defunción fue debida a un error del médico de cabecera, el doctor Griffiths, quien -según su propio testimonio ante el tribunal- le había administrado unas píldoras que contenían morfina mas que suficiente para matarla.

Pero cuando durante el juicio el doctor subió de nuevo al estrado para declarar, su versión había variado considerablemente: dijo que cada tableta contenía no 0,03 gramos de morfina, sino de opio, lo cual equivalía tan sólo a una cuadragésima parte de los 0,03 gramos de morfina.

Dicha declaración tomó por sorpresa a la defensa, causando su ira. Marshall Hall, que sufría fuertes dolores en una pierna, protestó violentamente. El juez Sheannan intentó tranquilizarle y le recomendó que no se excitara tanto, pero el letrado se negó a seguir con el interrogatorio del doctor Griffiths hasta que se le diera la oportunidad de replantearse su estrategia; de modo que la sesión se aplazó hasta el día siguiente.

En el estrado Griffiths dio muestras de ser un testigo poco convincente, repleto de dudas y de contradicciones. La defensa explotó todo ello convenientemente, acusándole de haber confundido las medicinas y de administrar a la señora Greenwood una solución de arsénico en lugar de bismuto, cosa bastante verosímil, puesto que ambos líquidos poseen un color rojizo semejante; de este modo, Marshall Hall logró desconcertar al médico.

Hall llamó también al estrado a un experto toxicólogo, el doctor Frederick Toogood, quien opinaba que la señora Greenwood podía haber sufrido un ataque agudo de gastroenteritis después de tomar las grosellas de la tarta del domingo. Se llegó incluso a sugerir que la pequeña cantidad de arsénico hallada en el cadáver, suficiente para causar la muerte, provenía de un herbicida empleado en los arbustos de grosellas del jardín.

En este punto, la opinión pública comenzaba a variar de rumbo y la multitud que rodeaba el edificio, en lugar de pedir a gritos la vida del prisionero, como había sucedido al principio del juicio, se convirtió en su defensora.

Marshall Hall llamó a Irene Greenwood, la hija mayor del matrimonio, quien no había declarado durante la investigación judicial. Esta se refirió a su padre en todo momento con términos cariñosos como «papá» y declaró con absoluta seguridad que ella también había bebido de la botella de vino que, según la acusación, contenía el arsénico. Es más: durante la cena de aquel infortunado domingo se tomó otra copa de vino de la misma botella.

El tribunal ya había oído antes otra declaración que aseguraba que probablemente la policía había «ayudado» a Hannah Williams, el ama de llaves, a fabricar la versión de la botella de «vino de Oporto» mucho después de que, en circunstancias normales, su recuerdo de los hechos se hubiera desvanecido.

Cuando Irene Greenwood abandonó el estrado de los testigos, el trabajo de la acusación se había venido abajo. A la defensa tan sólo le quedaba pronunciar sus conmovedoras conclusiones, que se prolongaron durante tres horas.

Después de ocho agotadores días de juicio, Marshall Hall estaba a punto de enfermar de gravedad a causa de la flebitis que sufría en una pierna, así que abandonó el tribunal antes de que la acusación pronunciara sus últimas palabras en relación con el asunto.

El fiscal, sir Edward Marlay Samson, tan sólo fue capaz de ordenar los hechos, confusos y poco concluyentes, y dejó el resto en manos del jurado. Entonces el juez Shearman subrayó la importancia del testimonio de Irene Greenwood: «Si la hija también probó aquel vino -dijo-, entonces este caso está terminado.»

Después de este comentario por parte del juez, la salida de Harold Greenwood del tribunal como un hombre libre no resultó nada sorprendente y la puesta en libertad fue motivo de alborozados comentarios en todos los periódicos. Pero lo que ni el procurador ni la prensa sabían era que el jurado había pronunciado un veredicto suplementario, que le fue trasladado al juez por escrito en estos términos:

«Estamos convencidos de que el domingo 15 de junio de 1919 a Mabel Greenwood le fue administrada una peligrosa dosis de arsénico, pero no de que ésta fuera la causa inmediata de su muerte. Consideramos insuficientes y no concluyentes las pruebas que se nos han presentado acerca de cómo y quién administró el arsénico. Así pues, pronunciamos nuestro veredicto de no culpable.»

El juez no publicó esta explicación, que fue conocida después de la muerte de Greenwood, en 1929. Y el veredicto dejaba sin aclarar la cuestión de quién administró el arsénico a la víctima. Las pruebas presentadas ante el tribunal acerca del error del doctor Griffiths en relación con los medicamentos eran bastante confusas, pero parece probable -como sugiriera Marshall Hall- que efectivamente se equivocó con los frascos y administró a la paciente una solución de arsénico.

PRIMEROS PASOS – Una fortuna de papel

Para sus convecinos galeses, Harold Greenwood no era más que un extranjero, y empeoró más las cosas cuando se ganó fama de actuar profesionalmente de forma deshonesta.

Harold Greenwood no era galés, circunstancia que debió acrecentar considerablemente sus problemas. Nació en 1874 en el pueblo de Ingleton, al pie de los Peninos. Inició su carrera de procurador en Londres, donde conoció y contrajo matrimonio con Mabel Bowater, que pertenecía a una acaudalada familia propietaria de fábricas de papel.

En 1898 los Greenwood y su hija Irene se trasladaron de Londres a Kidwelly, donde se establecieron en una modesta residencia llamada Broomhill. Él se asoció con la firma de abogados de Llanelli Johnson y Stead y luego ejerció en solitario su profesión, especializándose en Derecho de la Propiedad. Sus compañeros compartían plenamente la antipatía general hacia Harold Greenwood. “Basaba su negocio principalmente en la competencia desleal -se quejó uno de ellos-. Trabajaba a toda prisa y barato. No estaba nada bien considerado”. Sin embargo, sus negocios, sin ser espectaculares, si tenían cierta solidez y le dejaban mucho tiempo libre para dedicarse a su deporte favorito: la caza.

Su vida familiar era igualmente mediocre. Con la llegada de nuevos hijos, los Greenwood acabaron mudándose a Broomhill a una casa mejor. Después, en 1916, compraron Rumsey House, una mansión victoriana de cuatro alas situada en las afueras de Kidwelly.

Mabel Greenwood contaba por entonces cuarenta y cuatro años y, al contrario que su marido, gozaba de mucha popularidad en la región. Se había esforzado por integrarse en la vida de la comunidad, interesándose realmente en los asuntos del pueblo y asistiendo con regularidad a la iglesia de St. Mary. A pesar de su salud delicada, era una entusiasta colaboradora de los clubes locales de tenis y croquet. Su inesperada muerte, acaecida cuatro años después, fue acompañada de un auténtico sentimiento de pesar.

Mabel Greenwood ignoraba casi por completo las actividades diarias de su marido en Llanelli, a unos 32 kilómetros de Rumsey House. Pero sí estaba al tanto de su amistad con Gladys Jones, la mujer que se convertiría en su segunda esposa. Esta era hija del señor W.B. Jones, uno de los pocos amigos de Greenwood pertenecientes al sexo masculino. Harold había conocido a la familia Jones en 1898, año en el que se trasladó desde Londres hasta Gales del Sur.

Su tía, una tal señora Treherne, le presentó al señor Jones, cuya esposa era hermana de su marido. Este, un personaje célebre en Llanelli, era socio propietario del periódico local, el Llanelli Mercury. Por aquellas fechas el periódico atravesaba un periodo difícil y Greenwood invirtió en él algún dinero para mantenerlo a flote. El señor Jones, por su parte, le ayudó a él a establecerse como procurador.

A medida que pasaban los años, Harold Greenwood comenzó a considerar al señor Jones y a su familia como íntimos amigos. Solía comer en las oficinas del Mercury y fue allí donde nació su amistad con la hija del propietario, Gladys. En el momento del juicio ésta tenía 31 años -unos 16 menos que la señora Greenwood, circunstancia ampliamente discutida por los cotillas del pueblo-. A pesar de todo, no existe evidencia alguna de que hasta la muerte de Mabel aquellas relaciones fueran algo más que puramente platónicas.

DEBATE ABIERTO – Un pionero en venenos

Louis Pasteur investigó el campo de las bacterias con el fin de prevenir el sufrimiento humano. El cínico Henri Girard aprovechó el trabajo del científico para crear un arma asesina.

El célebre bacteriólogo Louis Pasteur (1822-1895) fue el primer hombre que descubrió la función de los microorganismos y desarrolló una serie de métodos para inmunizar a los hombres de enfermedades tales como la rabia o el ántrax. Henri Girard, en cierto sentido, basó su trabajo en el de Pasteur, pero utilizó los microorganismos no para salvar vidas humanas, sino para cometer asesinatos.

Girard era un criminal inteligente que empleaba el veneno extraído de los hongos, así como los gérmenes del tifus, para liquidar a sus víctimas. A pesar de que su primera víctima conocida falleció en 1912, no se le juzgó hasta 1921.

Al igual que Waite, Girard era un granuja empedernido. A la edad de veintidós años fue deshonrado y expulsado del 10º de Húsares y se embarcó en una serie de estafas financieras. Vivía rodeado de lujos tenía y tres amantes.

Y, también al igual que Waite, antes de seleccionar a sus víctimas se equipó con toda clase de tubos de ensayo y otros materiales de laboratorio. Girard había puesto los ojos en el dinero procedente de las pólizas de seguros. Pronto la aparente prosperidad de Girard llamó la atención de un agente de París, Louis Pernotte, quien en 1910 le confió todos sus asuntos financieros y le dio poderes para que actuara en su nombre.

Girard aseguró la vida de Pernotte en 300.000 francos y le faltó tiempo para comenzar a visitar a varios proveedores de París con el fin de obtener de ellos cultivos de la bacteria tifoidea.

En agosto de 1912 Pernotte y su familia enfermaron repentinamente de tifus. Fue Girard quien acudió a atenderlos, llevando consigo una jeringuilla llena de manzanilla alcanforada que inyectó al desgraciado Louis Pernotte. Este murió de un paro cardíaco el 1 de diciembre de 1912. Después de cobrar su seguro de vida, Girard le comunicó a la viuda que en el momento de su muerte su marido tenía contraída con él una deuda de 200.000 francos.

En abril de 1918 el ojo asesino de Girard se fijó en una viuda de guerra, la señora Monin. Esta vez Girard contó con la ayuda de una de sus amantes, Jeanne Droubin, quien firmó con la compañía Phénix una póliza de seguro de vida a nombre de la señora Monin. Luego Girard invitó a la viuda a su apartamento a tomar un cóctel y le ofreció un aperitivo, especialmente preparado para ella, que la dama se tomó encantada. Mientras regresaba a su casa, perdió el conocimiento en la estación del metro y falleció al poco rato.

La inesperada muerte de la señora Monin despertó las sospechas de la compañía de seguros Phénix y se realizó una investigación judicial. El 21 de agosto Girard fue arrestado. «Sí, siempre he sido desgraciado -declaró Girard-, nadie me ha comprendido nunca. Me han malinterpretado -me han llamado incluso anormal- y, después de todo, soy un buen hombre y muy cariñoso.»

Henri Girard consiguió escapar de la guillotina. En mayo de 1921, a la espera de ser juzgado, alguien logró introducir en la cárcel algunos cultivos mortales que el asesino ingirió; sus propios instrumentos de muerte acabaron con su vida.

La víctima

  • Mabel Greenwood. Nació en 1872 en Edmonton, Middlesex. Era la hija menor de William Vansittart Bowater, cabeza de una familia rica por sus fábricas de papel. Los barcos propiedad de Bowater surcaban todos los océanos del mundo transportando enormes rollos de papel de sus fábricas que suministraban a la prensa de numerosas naciones. Mabel disfrutaba de una generosa renta anual -unas 900 libras-, parte de la cual dedicaba a obras de caridad. Su hermano, sir Thomas Vansittart Bowater, fue alcalde de Londres. Una mujer que le conocía bien dijo después de su muerte: «La señora Greenwood era la amabilidad personificada. Probablemente nadie del pueblo contaba con tantas simpatías».

Fechas clave

  • 02/07/1896 – Matrimonio de Harold Greenwood con Mabel Bowater.
  • 15/06/1919 – Mabel Greenwood cae enferma después de la comida.
  • 16/06/1919 – Muerte de Mabel Greenwood.
  • 12/07/1919 – Harold Greenwood pide en matrimonio a Gladys Jones.
  • 01/10/1919 – Matrimonio de Greenwood con Gladys Jones.
  • 16/04/1920 – Exhumación del cadáver de Mabel Greenwood.
  • 16/06/1920 – En la investigación judicial el jurado le declara culpable de asesinato.
  • 02/11/1920 – Juicio de Harold Greenwood.
  • 17/01/1929 – Harold Greenwood fallece.

 


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