Gordon Cummins

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Gordon Cummins
  • Clasificación: Asesino itinerante
  • Características: Mutilación
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 8-12 de febrero de 1942
  • Fecha de detención: 16 de febrero de 1942
  • Fecha de nacimiento: 1914
  • Perfil de las víctimas: Evelyn Hamilton, de 40 años / Evelyn Oatley, de 35 / Margaret Florence Lowe, de 42 / Doris Jouannet, de 32
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca en la prisión de Wandsworth el 25 de junio de 1942
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Gordon Cummins

Última actualización: 31 de marzo de 2o15

LAS MUERTES – El fantasma del Destripador

Amparándose en la oscuridad de las calles, merodeaba un asesino: sus ataques recordaban los de un antiguo criminal londinense de la época victoriana. Pero, al revés que su predecesor, éste dejó una serie de pistas que ayudaron a la policía a resolver el caso.

En los sombríos días de febrero del año 1942 Londres era una ciudad en guerra. Singapur había caído, y en el desierto occidental el ejército de Rommel avanzaba una vez más. En la nación, las calles de la capital, víctimas de los bombardeos, se vieron repentinamente asaltadas por una oleada de terror. Por ellas andaba suelto un asesino, autor de la mayor cacería humana ocurrida desde los tiempos de Jack el Destripador.

Existían una serie de puntos en común con el célebre caso de la época victoriana. Esta vez el asesino aprovechaba para actuar, no la oscuridad de la niebla, sino los apagones motivados por el estado de guerra. Y sus víctimas eran todas mujeres: en cinco días, cuatro de ellas fueron asesinadas en una zona restringida de Londres, y tres eran prostitutas. Primero las habían estrangulado y luego mutilado con una navaja de afeitar. El News of the World anunciaba: «UN NUEVO JACK EL DESTRIPADOR ANDA SUELTO.» 

La primera víctima fue Evelyn Hamilton. No se trataba de una prostituta, sino de una mujer que, antes de visitar Londres dirigía una farmacia en Hornchurch, Essex. Su cadáver fue hallado a primeras horas del lunes 9 de febrero de 1942 en un refugio antiaéreo de Montagu Place, en Marylebone. Era uno de los cientos de refugios instalados en las calles de Londres durante la guerra, construidos con ladrillos y con un asiento adosado a uno de los muros laterales. Evelyn fue estrangulada y se echó en falta su bolso, presumiblemente robado por el asesino.

Al parecer, había sido asaltada y estrangulada en medio de la calle durante el apagón, y su cuerpo sin vida empujado a través de la estrecha puerta del refugio. El asesino la había amordazado firmemente con el propio pañuelo de seda de la víctima. La ropa estaba destrozada y el sombrero yacía en las proximidades. Parte del contenido del bolso desaparecido se hallaba esparcido por el suelo junto con la linterna que empleara la mujer para alumbrarse en medio de la oscuridad de las calles.

El pecho de Evelyn Hamilton presentaba dos graves magulladuras, lo cual parecía sugerir que el asesino se había arrodillado encima de ella para estrangularla. Pero inicialmente las investigaciones se centraron sobre todo en las señales que ofrecía la garganta, claramente visibles incluso a la tenue luz del refugio. Basándose en la posición de dichas señales, el jefe del departamento de Huellas Dactilares de Scotland Yard, el comisario Fred Cherrill, dedujo de tan sólo una ojeada que el asesino de Evelyn Hamilton era zurdo. Sin embargo, no consiguieron descubrir ninguna huella dactilar.

A la mañana siguiente, el martes 10 de febrero, hallaron un segundo cadáver a un kilómetro y medio de Marylebone. Esta vez se trataba de la señora Evelyn Oatley, una ex actriz de revista de treinta y cinco años, quien se conocía con el nombre artístico de Nita Ward. Encontraron su cuerpo semidesnudo tumbado sobre la cama de su piso de Wardour Street, en el Soho. Además de sufrir varias heridas en la garganta, la parte inferior del cuerpo había sido brutalmente mutilada. Junto al lecho había un par de tenacillas para el pelo y un abrelatas manchado de sangre. Al parecer, esta última era el arma asesina. Tampoco existían en este caso señales de lucha. Ni la mesilla de noche ni su contenido presentaban desperfecto alguno, y en los barrotes del cabecero de la cama había colgados varios pares de medias.

Encima de una butaca se hallaba abierto el bolso de la mujer fallecida, como si lo hubieran vaciado, pero dentro aún quedaba un trozo de espejo. Este y el abrelatas le fueron entregados al comisario Fred Cherrill para que lo examinara. El espejo conservaba la huella del pulgar de una mano izquierda -no el de Evelyn Oatley- y Cherrill descubrió también algunas tenues huellas en el mango del abrelatas, lo que le llevó a deducir que durante la agresión el asesino había empujado el arma improvisada con la mano izquierda. Pero la investigación realizada en los archivos de Scotland Yard fue un fracaso: fuera cual fuese la identidad del asesino, éste carecía de antecedentes criminales.

Una vecina recordaba que la noche antes la señora Oatley llegó a su casa alrededor de las 11,15 en compañía de un hombre. A través del frágil muro que separaba ambas casas pudo escuchar la radio y algunas voces, pero nada más. Al marido de Evelyn Oatley, Harold, lo localizaron en Blackpool, donde declaró que su mujer y él llevaban algún tiempo viviendo separados, Al parecer, la víctima había sido una joven y prometedora actriz de la escena londinense, pero el estallido de la guerra trajo consigo el prematuro final de su carrera y Evelyn se vio obligada a recurrir a la prostitución para ganarse la vida.

El asesinato en noches sucesivas de dos mujeres en el West End londinense hizo cundir la alarma entre la población en guerra, y especialmente entre las mujeres. La vuelta vespertina al hogar atravesando las oscuras calles de la ciudad se hizo aún más arriesgada. Y entonces, tres días después, los periódicos de la tarde informaron de un tercer asesinato. Otra mujer fue hallada estrangulada y mutilada en un piso de Gosfield Street, cerca de Great Portland Street, a unos 800 metros de la casa de Evelyn Oatley, en el Soho. Y una vez más la víctima era una prostituta.

El cuerpo de Margaret Lowe se encontró después de que la policía recibiera el aviso de una vecina, quien se había dado cuenta de que delante de la puerta de la señora Lowe había un paquete que llevaba allí dos días. Al derribarla, la policía encontró una habitación pobremente amueblada y casi vacía, a no ser por la cama adosada contra la pared, una mesa para casos de necesidad, una pequeña alfombra, un pie de cama y un par de sillas. También esta vez había escasos indicios de lucha. El abrigo, la falda y el jersey de Margaret Lowe estaban a los pies de la cama, encima del edredón negro donde ella los colocara. Un sombrerito, adornado con una pluma, yacía en el suelo, y encima de la repisa de la chimenea había una palmatoria de cristal y un vaso con restos de cerveza.

La mujer, desnuda entre la sábanas, llevaba muerta un día. Le rodeaba el cuello una media fuertemente atada, y una vez mas, la parte inferior del cuerpo presentaba horribles mutilaciones. Avisaron al comisario Cherrill para que acudiera al escenario del crimen. Este examinó la palmatoria de cristal y una botella de cerveza hallada en la cocina. Las huellas encontradas en ambos objetos convencieron nuevamente al policía de que el autor del asesinato era zurdo.

Como más tarde comentaría el comisario Cherrill, «por entonces ya parecía más que seguro que el asesino mataba no por dinero -en cuyo caso los bolsos de las mujeres fallecidas habrían sido desvalijados-, sino con el fin de satisfacer un enfermizo e insano deseo de infligir las heridas más diabólicas posibles a las mujeres que asesinaba».

Era ya entrada la noche cuando Cherrill regresó a Scotland Yard. Estaba a punto de salir para su casa cuando sonó el teléfono. «¿Podría acudir ahora mismo a Sussex Gardens, en Paddington?» -dijo una voz-. «Han encontrado a otra mujer asesinada.»

La víctima era la señora Doris Jouannet, de treinta y dos años. Alrededor del cuello le habían atado una bufanda. Su cadáver, cubierto solamente con una bata, se hallaba tendido en el lecho. La habían mutilado salvajemente con una cuchilla de afeitar y llevaba muerta un día. El reloj de la mesilla de noche se había parado a las 4,45.

Pero esta vez existía una diferencia: Doris Jouannet tenía una doble vida. Su marido, el francés Henri Jouannet, dirigía el hotel Royal Court, en Sloane Square, Chelsea. Pasaba muchas noches en el trabajo y regresaba a Sussex Gardens para ver a su esposa a última hora de la tarde o primeras de la noche. La noche del asesinato el marido cenó en casa con su esposa y luego ella le acompañó hasta la estación de Paddington. «Me dio las buenas noches muy cariñosa -diría él más tarde-, y sus últimas palabras fueron éstas: “Cariño, no vengas tarde mañana”.» Jouannet no tenía la menor idea de que, en su ausencia, su mujer se dedicaba a la prostitución.

«Volví a casa a las siete de la tarde del viernes -continuó el señor Jouannet-, y me sorprendió comprobar que la leche seguía en la puerta. Al entrar en el piso grité: “Doris”, pero no obtuve respuesta. En el salón encontré la cena de la noche anterior sin recoger y las cortinas descorridas. Entonces comencé a preocuparme y, al ver la puerta del dormitorio cerrada, comprendí que algo marchaba mal. Como no sabía lo que pasaba, me dirigí al casero y ambos avisamos a la policía.» Después de echar abajo la puerta, un guardia aconsejó a Henri Jouannet: «No entre ahí, señor.»

Normas para el baño

Desde el comienzo de la guerra se instauró en Gran Bretaña una fuerte restricción de combustible y, con el fin de ahorrar carbón, en los servicios de los hoteles y en los baños públicos se daban una serie de indicaciones para el baño. En efecto, se instaba a la gente a no bañarse demasiado a menudo y, en todo caso, a no usar más de 12 cm de agua caliente cuando lo hicieran. Incluso se hizo público que el rey Jorge VI había ordenado a su ayuda de cámara que utilizara una regla para medir con precisión los 12 cm del baño real. Las autoridades animaban también a compartir un mismo baño entre varias personas. La situación se veía agravada por el racionamiento de jabón: una pastilla por persona y mes.

PUNTO DE MIRA – Vivir a oscuras

A los ciudadanos británicos les costó acostumbrarse a acudir a su trabajo habitual con poca o ninguna luz.

Las restricciones de luz a causa de la guerra se impusieron en Gran Bretaña en septiembre de 1939, poco después de declararle la guerra a Alemania, El alumbrado de las calles dejó de encenderse, se prohibió utilizar los faros de todos los vehículos y las ventanas debían cubrirse con cortinas negras o con cartones.

A la gente le costó habituarse a esta oscuridad y el caos provocado en las calles causó el doble de accidentes mortales. Para subir la moral de la población, en diciembre se autorizó la reapertura de los cines y teatros del West End.

Con la llegada del invierno, y una vez que los bombardeos comenzaron a disminuir, la gente se volvió menos cuidadosa en lo referente a dichas restricciones. Pero en el otoño de 1940, con el inicio de los Blitz, se instauraron medidas aún más enérgicas.

En cuanto caía la noche, la gente se sacaba los faldones de la camisa por fuera de los pantalones. Pero muchos peatones se negaban a adoptar esta medida y algunos resultaron atropellados.

DESCUBIERTO – Un asesino poco cuidadoso

Cuatro cadáveres en cinco días. La policía temía que el maníaco asesinara una y otra vez en las oscuras calles de la ciudad en guerra. Por fortuna, había dejado pistas abundantes, si no, ¿quién hubiera sospechado de un joven cadete del Ejército?

La noche del jueves 12 de febrero -el mismo día en que Doris Jouannet y Margaret Lowe fueron asesinadas- una joven llamada Greta Heywood estaba esperando a un amigo en Trocadero, cerca de Piccadilly Circus, cuando un cadete de las Fuerzas Aéreas entró en el bar. Se pusieron a charlar un rato y luego Greta accedió a tomar una copa con él en un pub cercano. Pero al salir de allí el hombre la siguió hasta St. Alban’s Street y, abalanzándose sobre la pobre y aterrada mujer, la empujó dentro de un portal. Después de dejar en el suelo la máscara antigás, le propinó un fuerte golpe en el rostro, la agarró por la garganta y se la apretó tan violentamente que ella perdió el conocimiento. En ese mismo instante alguien acertó a pasar por allí y el joven echó a correr en medio de la oscuridad.

A los pocos minutos una patrulla de la policía acordonó el escenario de la agresión. En el portal hallaron el bolso vacío de Greta Heywood y la máscara antigás del asaltante.

Entretanto, el joven se dedicaba a abordar a otra mujer, la señora Mulcahy, que estaba a la espera de algún cliente en la zona de Piccadilly. La señora Mulcahy utilizaba el nombre «profesional» de Kathleen King. El joven la convenció para que se metiera con él en un taxi, y ambos se dirigieron al piso de ella, en Southwick Street, Paddington. Una vez dentro de la casa se apagó la luz, y el oficial de la RAF vio con ello la ocasión perfecta para intentar estrangularla. Pero la mujer, presa del pánico, comenzó a debatirse y a gritar con tanta fuerza que su agresor huyó dejándose en la casa el cinturón de su uniforme.

En menos de una semana el destripador de la oscuridad había asesinado y mutilado a cuatro mujeres, e intentado matar a otras dos más. Había ido de agresión en agresión prácticamente sin tomarse descanso alguno, pero su frenético apetito le condujo a dejar tras de sí dos piezas del equipo de un oficial de la RAF que podían considerarse una auténtica firma. En la máscara antigás se hallaba grabado el número 525987, que correspondía a un cadete de las Fuerzas Aéreas, y el Ministerio del Aire no tardó en descubrir que dicho número pertenecía a un joven oficial de veintiocho años llamado Gordon Frederick Cummins.

Cummins fue rápidamente localizado en su alojamiento de St. John’s Wood, en el norte de Londres, y conducido a una ronda de identificación. La señora Mulcahy, aterrada, sólo fue capaz de declarar que su agresor era un hombre de las Fuerzas Aéreas cuyos ojos se parecían a los de Cummins. Pero Greta Heywood, que le había visto perfectamente en Trocadero, lo identificó de inmediato como el autor de la agresión. A Gordon Cummins se le acusó, pues, de los asesinatos de Evelyn Oatley, Margaret Lowe y Doiis Jouannet, y del intento de asesinato de las señoras Heywood y Mulcahy.

Sin embargo, las investigaciones en torno al breve y escalofriante reinado del destripador de la oscuridad estaban muy lejos de ser definitivamente zanjadas, pues el presunto asesino disponía de una coartada irrefutable. En efecto: declaró que en el momento del asesinato se hallaba en su alojamiento y los informes del cuartel parecían corroborar plenamente su afirmación. Los compañeros de Cummins, por su parte, dijeron a los detectives que ellos mismos le habían visto meterse en la cama aquella noche y que a la mañana siguiente aún seguía acostado.

El detective inspector jefe Edward Greeno, de la Brigada de Homicidios de Scotland Yard, se hizo cargo de la investigación y decidió destruir la coartada de Gordon Cummins realizando una serie de interrogatorios en el decadente mundo de las prostitutas del West End. Así consiguió localizar a una tal Phyllis O’Dwyer, quien le informó acerca del encuentro mantenido con un cliente la noche del jueves 12 de febrero, exactamente en el tiempo comprendido entre el asesinato de la señora Jouannet y el ataque a Greta Heywood.

De acuerdo con la versión de Phyllis O’Dwyer, su cliente era un joven oficial de las Fuerzas Aéreas provisto del distintivo blanco de cadete en la gorra. El hombre la había atacado en su propia casa, intentando estrangularla con un collar; pero ella, que conservaba puestas las botas, se las arregló para arrojarle a patadas de la cama y luego le ordenó que se largara, cobrándole además diez libras por las molestias causadas.

Mientras tanto, Gordon Cummins, encerrado en la cárcel de Brixton, continuaba negándolo todo; pero el inspector jefe Greeno no cejó en su empeño y siguió con las investigaciones. Encontró en el alojamiento del detenido un reloj de pulsera que había pertenecido a Doris Jouannet y cuya parte trasera estaba reparada con un trozo de esparadrapo; éste encajaba perfectamente en el corte efectuado en un rollo de dicho material encontrado en el piso de la víctima en Paddington. Otros dos objetos aparecidos entre las posesiones del oficial -un peine y una pluma estilográfica- encajaban también con las huellas dejadas en el polvoriento terreno de Sussex Gardens. Además, Henri Jouannet reconoció la pluma como un regalo de cumpleaños que él mismo hiciera a su esposa. Y recordaba perfectamente el peine porque tenía algunas púas partidas. De hecho, le había propuesto a Doris comprarle uno nuevo, pero ella le respondió bruscamente que se metiera en sus asuntos.

También existían pruebas que relacionaban a Cummins con el asesinato de Evelyn Hamilton, llevado a cabo en el refugio de Marylebone. En el cubo de la basura del cuartel de St. John’s Wood hallaron un lápiz verde que la víctima había pedido prestado a una amiga. Los billetes con los que Cummins pagó a Phyllis O’Dwyer después de atacarla en su piso se correspondían con los entregados por las Fuerzas Aéreas al cadete en la última revista. En la nevera del alojamiento encontraron un paquete de cigarrillos propiedad de Evelyn Oatley. Y una segunda cajetilla, perteneciente a Margaret Lowe, estaba en poder del presunto asesino en el momento del arresto.

Había, pues, un buen número de pruebas, pero la coartada aún seguía en pie. De la investigación se dedujo que el control de las entradas y salidas del cuartel no era demasiado estricto. Entre los cadetes resultaba bastante habitual el convencer al cabo de guardia para que hiciera la vista gorda cuando se ausentaban. Los oficiales solían meterse en la cama incluso y luego se escapaban por la salida de incendios. Por lo que respecta a las pruebas incriminatorias de la máscara antigás y del cinturón, Cummins le comunicó a su sargento que «alguien debía haberlos confundido con los suyos».

Un minucioso examen de la máscara antigás reveló ciertas partículas de polvo que concordaban exactamente con las extraídas de la argamasa que unía los ladrillos del refugio antiaéreo donde Evelyn Hamilton murió asesinada. Pero, con todo ello, fue el comisario Fred Cherrill el encargado de remachar definitivamente el asunto de Gordon Cummins.

Cherrill, que le había tomado las huellas dactilares en el tribunal de Bow Street, las comparó inmediatamente con las del abrelatas hallado sobre el lecho de muerte de la señora Oatley. La señal más clara que poseían del asesino era la del meñique izquierdo, mientras que la del espejo del bolso de la víctima correspondían al pulgar de la misma mano, y ambas pertenecían a Cummins. Las huellas dactilares de la palmatoria de la señora Lowe también eran de la mano derecha del cadete, así como las de la botella y el vaso de cerveza.

Gordon Cummins fue procesado por asesinato en el Old Bailey. Se declaró inocente, pero el jurado emitió el veredicto de culpabilidad en tan sólo treinta y cinco minutos. La apelación fue desestimada y lo ahorcaron el 25 de junio de 1942 en la cárcel de Wandsworth.

¿Dos víctimas más?

Gordon Cummins era sospechoso de dos asesinatos más ocurridos en 1941, unos meses antes de la muerte de Evelyn Oatley. En el mes de octubre se halló el cadáver de Maple Church, de 19 años de edad, entre los escombros de un edificio de Hampstead Road. Todo indicaba que era un hombre con más fuerza en la mano izquierda que en la derecha quien la estranguló.

A la joven víctima se la conocía por haber ejercido la prostitución en el Soho y tan sólo unas horas antes del asesinato se la vio en un pub cercano al lugar donde más tarde sería encontrado su cadáver, a kilómetro y medio del alojamiento de Cummins, en St. John’s Wood.

A los pocos días una cocinera del Cuerpo Auxiliar de Bomberos, la señora Edith Humphries, apareció en su casa de Gloucester Crescent, en Regent’s Park, salvajemente herida en la cabeza. La habitación estaba desvalijada. La víctima, una viuda de 48 años, murió en el hospital sin poder proporcionar a la policía ninguna pista acerca del asesino.

PRIMEROS PASOS – Vuelo rasante

Cummins ingresó en la RAF como soldado y quería ser oficial.

Gordon Cummins malgastó sus pocos años de vida entre fantasías y fraudes para acabar destruyéndose a si mismo. Aunque procedía de una buena familia y contaba con una excelente educación, desperdició todas las oportunidades para convertirse en un hombre de provecho.

Durante la guerra, su máxima ambición fue la de pilotar Spitfires. Alto, bien parecido y cortés, Cummins estaba considerado como un buen cabo segundo, con madera para llegar a ser un piloto de primera clase y ascender al rango de oficial.

Pero entre sus camaradas de las Fuerzas Aéreas nunca gozó de popularidad. A éstos les disgustaba sus costumbre de darse tono y, sobre todo, su personalidad de Walter Mitty. En cuanto tenía ocasión, se hacía pasar por el «honorable» Gordon Cummins, hijo ilegítimo de un par del reino. Para impresionar a sus novias, se dedicaba a frecuentar los hoteles y bares de moda más caros del West End, donde gastaba el dinero previamente robado o estafado. Su afición a la buena vida y su voz afectada le valieron el apodo de “El duque”.

Solía llevar incluso una fotografía de un caballerizo de la casa real escoltando a algún miembro de la monarquía durante un acto público, y no dudaba en proclamar que «se trataba de su padre, lord fulano de tal, quien le pasaba una renta anual».

En realidad, su padre era un funcionario del Ministerio del Interior que dirigía un reformatorio para jóvenes delincuentes, Cummins había nacido en New Earswick, cerca de York, y fue educado en una escuela privada de Gales y luego de Northampton, pero sus informes escolares eran bastante pobres. Realizó prácticas como farmacéutico y pasó algún tiempo en un laboratorio londinense del East End, de donde fue despedido por su trabajo «escasamente satisfactorio». Después encontró un nuevo empleo en un negocio de curtido de pieles, pero no le fue mejor allí, ya que le echaron al poco tiempo a causa de su “irresponsabilidad”. En cualquier caso, la rutinaria vida de la fábrica le aburría soberanamente, así que decidió seguir su ambición de convertirse en piloto, y en 1935 ingreso en las Fuerzas Aéreas como montador de aviones.

Al año siguiente contrajo matrimonio con una secretaria de un productor teatral del West End. Sorprendentemente, la pareja parecía bastante unida, pues la señora Cummins asistió al juicio y a la apelación sin dejar de sonreír y alentar a su marido.

Las víctimas

  • Evelyn Oatley. Treinta y cinco años. Había trabajado como actriz con el nombre artístico de Nita Ward. Cuando su carrera comenzó a declinar, abandonó a su marido y se dedicó a la prostitución, empleando como “sede” su piso de Wardour Street, en el Soho.
  • Evelyn Hamilton. Cuarenta y dos años. Provenía de Newcastle-upon-Tyne. Era farmacéutica y hacía poco tiempo que había dejado su trabajo como administradora de una farmacia en Hornchurch, en Essex.
  • Margaret Lowe. Era una viuda de cuarenta y seis años que se ganaba la vida como prostituta en su casa de Gosfield Street. Antes de la guerra dirigía una pensión en Southend. Sus vecinos la describieron como una mujer atractiva, alta y morena, con un buen tipo.
  • Doris Jouannet. Su familia vivía en Harrogate. En 1936 Doris se casó con Henri Jouannet, un francés que había adoptado la nacionalidad británica. El marido ignoraba por completo que, mientras él hacía el turno de noche, su mujer se dedicaba a la prostitución.

Fechas clave

  • 08/02/42 – Evelyn Hamiltos estrangulada en Marylebone, West London; su cadáver aparece en un refugio.
  • 09/02/42 – Evelyn Oatley, estrangulada en el Soho.
  • 12/02/42 – Margaret Lowe, estrangulada en Dosfield Street; Doris Jouannet estrangulada en Paddington.
  • 16/02/42 – Arresto de Gordon Cummins.
  • 17/02/42 – Cummins acusado de tres asesinatos.
  • 27/03/42 – Cummins acusado de un cuarto asesinato.
  • 27/04/42 – Inicio del juicio contra Cummins en el Old Bailey.
  • 28/04/42 – Cummins condenado a muerte.
  • 25/06/42 – Ejecución de Cummins en la cárcel de Wandsworth.

La amenaza en la oscuridad

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Cuando varias mujeres son asesinadas en una área específica en un espacio de tiempo relativamente corto – y particularmente si los cuerpos son mutilados – parece inevitable que al asesino se le cuelgue la vieja etiqueta de “Jack el Destripador”.

Peter Kürten fue el “destripador” alemán antes de que fuera rebautizado “El monstruo de Düsseldorf’. El hombre responsable de la muerte de cierto número de prostitutas en Londres en 1964 y 1965 también recibió el título de “nudista” porque todos los cuerpos estaban desnudos. (Este asesino se suicidó antes de que la policía pudiera arrestarlo.)

Ahora bien, un hombre cuyos crímenes realmente reflejaron aquellos del no identificado “Destripador” fue el homicida que creó un pánico menor en Londres durante la segunda guerra mundial. Al igual que los asesinatos del Destripador en 1888, los crímenes fueron cometidos en una pequeña área de la metrópolis y la mayoría de las víctimas fueron mujeres que caminaban solas en un momento en que ya había oscurecido. Tres de los cuerpos fueron acuchillados salvajemente.

A diferencia del Destripador original su contraparte del siglo XX cometió un error que lo llevó finalmente a la horca.

La repugnante historia comenzó tranquilamente muy temprano la mañana del 9 de febrero de 1942. Un cartero que entregaba correspondencia en Montague Place, Marylebone, Londres, vio un faro de bicicleta sobre el suelo del lado interior de la entrada de un refugio antiaéreo de ladrillos. Tales lámparas eran sumamente codiciadas en aquellos difíciles días, de manera que el cartero se detuvo a recoger su descubrimiento. Brincó hacia atrás con horror en el momento en que su mano rozó el pie de una mujer. La lámpara iluminaba la escena. Se dio cuenta que alrededor del cuello de la mujer estaba atada apretadamente una bufanda tejida roja y verde.

El detective inspector en jefe Sydney Birch, el detective inspector Percy Law, el experto número uno de la Yard en huellas digitales, comandante superintendente Fred Cherrill, y un patólogo llegaron a la conclusión de que la mujer llevaba aproximadamente ocho horas muerta. Había sido estrangulada manualmente y después de muerta le había sido anudada la bufanda alrededor del cuello. Aunque sus ropas habían sido dejadas en desorden no había evidencias de violación. Su bolso de mano fue encontrado vacío en la cercana calle de Wyndham. Parecía haber sido otro caso de asalto en la oscuridad – un delito bastante común en los días en que todas las luces de las calles y las iluminaciones de las tiendas quedaban prohibidas -, pero un asalto que había terminado, quizá accidentalmente, en asesinato porque la víctima había luchado demasiado para frustrar al ladrón.

La mujer fue rápidamente identificada como la señorita Evelyn Margaret Hamilton, de cuarenta y dos años, que hasta hacía tres meses había vivido con su madre viuda y dos hermanas en Howlett Hall Road, Denton, Newcastle, más allá de Tyne. Era una química competente que se había graduado con honores en la Universidad de Durham y que era considerada como una mujer tranquila, reservada, con intereses intelectuales.

Por una cruel jugada del destino la señorita Hamilton estaba en Londres únicamente de paso. Había trabajado en Hornchurch, Essex, y ahora iba en camino a Grimsby, Lincolnshire, para tomar un nuevo puesto. Llegó a la estación de la calle Baker a las diez de la noche del 8 de febrero y tomó un taxi a una casa de huéspedes de Marylebone. Como no había cuartos vacíos siguió en el mismo taxi al Three Arts Club, en Gloucester Place, donde se registró para pasar la noche. Salió a cenar y cuando estaba a unos treinta metros del club en su camino de regreso fue atacada, probablemente alrededor de medianoche.

Parecía ser un crimen absolutamente detestable pero de ninguna manera asombroso, cometido en el transcurso de un robo. Había poco que pudiera ayudar a la policía en sus investigaciones. Las únicas huellas digitales en la bolsa, en una polvera compacta y en una caja de cerillas – objetos que habían sido sacados de la bolsa y dejados junto al cuerpo – lo mismo que las que aparecían en la lámpara de bicicleta eran de la señorita Hamilton.

El asesino dejó únicamente una pista: las marcas en el cuello de la mujer habían sido hechas con la mano izquierda. La policía francamente no estaba muy optimista en cuanto a sus posibilidades de localizar a un asesino zurdo que había atacado sin ser visto y que había desaparecido al amparo de la oscuridad de tiempo de guerra. Y difícilmente lo hubiera conseguido si el asesino se hubiera contentado con una sola víctima.

La mañana siguiente, el 10 de febrero, apenas acababan de llegar Birch, Law y Cherrill a sus oficinas cuando recibieron una llamada del inspector Gray, detective de división de la comandancia central de policía de West End. Una antigua corista del teatro Windmill, la señora Evelyn Oatley, que también era conocida como Nita Ward, había sido encontrada muerta esa mañana en su departamento de la calle Wardour. Su cuerpo desnudo yacía sobre la cama con los brazos y piernas extendidos. Su cuello había sido abierto y en la parte inferior de su cuerpo se había utilizado un abrelatas de la misma manera como habría sido utilizado para abrir una lata. Esta arma, cubierta de sangre, estaba cerca del cuerpo.

La señora Oatley, una mujer muy bella de treinta y cinco años, había estado casada durante seis años con Harold Oatley, un criador de aves de corral que vivía en la avenida Lyddesdale de Cleveleys, Blackpoll. La pareja había estado separada durante un tiempo debido a que la señora Oatley se había aburrido con la vida de provincia y creía que únicamente podía ser feliz en el West End de Londres.

En la tarde previa al descubrimiento del cuerpo la señora Oatley había sido vista en la zona en compañía de varias personas. La última de éstas fue un joven de cabello castaño ondulado que subió con ella a un taxi cerca del Café Monico en Piccadilly Circus rumbo a la calle Wardour. Los vecinos dijeron que esa noche habían oído la voz de un hombre en el departamento y que pensaron que el radio había sido puesto a todo volumen.

No parecía haber nada que vinculara este vampiresco crimen con el asesinato y robo de Evelyn Hamilton veinticuatro horas antes. Sin embargo, en el momento en que Fred Cherrill se puso a trabajar aparecieron en el mango del abrelatas utilizado para mutilar el cuerpo una serie de huellas digitales que no pertenecían a la mujer asesinada. También había una huella digital no identificada de un pulgar en un pequeño espejo a un lado del bolso abierto de la señora Oatley. Todas estas marcas habían sido hechas por una mano izquierda.

En el departamento de huellas digitales de Scotland Yard había en ese entonces las huellas completas de alrededor de millón y medio de reos convictos. Las huellas del abridor de latas y del espejo no estaban entre ellas. De esta manera, sólo se disponía de una pista muy vaga: el asesino era zurdo y no tenía antecedentes penales.

Tres días después, el 13 de febrero de 1942, una mujer que vivía en un departamento en la calle Gosfield, cerca de Tottenham Court Road informó a la policía que una vecina, la señora Margaret Campbell Lowe, no había sido vista durante varios días. La vecina estaba preocupada porque la señora Lowe no había recogido un paquete que había sido dejado en la puerta de su casa y porque no había respondido a los repetidos toquidos a su puerta.

Cuando los detectives forzaron la puerta y entraron al departamento no encontraron a primera vista señales de la mujer desaparecida. En el piso de la recámara vieron un sombrero con una pluma grande – la moda del momento – y sobre la cama, como aventados con prisa, una falda, un suéter y un abrigo. La cama estaba cubierta con una colcha grande negra debajo de la cual se encontraba el cuerpo desnudo de Margaret Lowe. Había sido estrangulada con una media de seda muy zurcida y, como en el caso de Evelyn Oatley, había sufrido mutilaciones depravadas en la parte inferior del cuerpo. Cerca del cuerpo estaba una macabra selección de armas que aparentemente habían sido utilizadas para satisfacer los anormales deseos sexuales de su asesino: un cuchillo para pan, dos cuchillos de cocina, un delgado atizador de hierro y una vela.

La en apariencia inocente vela resultó ser de gran interés para Fred Cherrili. La base del candelero de vidrio del que había sido tomada mostraba algunas impresiones digitales muy claras. Las marcas del candelero habían sido hechas por los dedos de una mano derecha. Cherrill dedujo que si un zurdo fuera a tomar una vela de su candelero sostendría la base con la mano derecha mientras tomaba la vela – su objetivo principal – con la izquierda. Una persona diestra hubiera utilizado la mano derecha para tomar la vela mientras sostenía la base con la izquierda.

Un vaso que contenía residuos de cerveza y una botella de cerveza casi vacía incrementaron la sospecha de Cherrill de que el asesino zurdo había cobrado otra víctima. El vaso y la botella mostraban huellas de dedos y de pulgares de una mano izquierda.

Margaret Lowe, quien en ocasiones se hacía llamar también Peggy Campbell, y que a veces era conocida simplemente como Pearl, era una mujer alta, morena, bien parecida de apenas un poco más de cuarenta años. Poco se sabía de ella excepto que había tenido una casa de huéspedes en Southend, Essex, antes de la guerra y que la había dejado por lo que pensó sería la vida más alegre de Londres.

El equipo de huellas digitales estaba trabajando en el departamento de la señora Lowe cuando sonó el timbre. Un policía uniformado estaba ahí con un mensaje del detective superintendente George Yandeli, de Paddington, pidiendo que se trasladaron lo antes posible a Sussex Gardens donde había sido encontrada otra mujer muerta.

La cuarta víctima era la señora Doris Jouannet, una mujer de Newcastle casada con un parisiense naturalizado británico. Ella tenía cuarenta años, era alta, esbelta y elegante y tenía el cabello rubio y los ojos azules.

Los Jouannet habían estado casados durante seis años. Por un tiempo habían administrado un café en Cornfield Road, Eastbourne, Sussex y más tarde habían administrado el Hotel Queen’s en Farnborough, Hampshire. En enero de 1942 el señor Jouaililet pasó a encargarse de la gerencia del Hotel Royal Court de Solane Square. Él y su mujer se habían cambiado a Sussex Gardens hacía apenas tres semanas.

El señor Jouannet acostumbraba dormir en el Royal Court – excepto cuando descansaba – aunque iba a casa durante unas horas en la tarde. Su esposa trabajaba durante el día como administradora de otro hotel y siempre estaba en casa a tiempo de preparar la cena de su esposo.

Ahora bien, los detectives pronto descubrieron que ella rara vez se quedaba en el departamento una vez que el esposo regresaba al Royal Court. Con el nombre de Doris Robinson participaba de la vida nocturna del West End en donde siempre había cantidad de militares británicos y norteamericanos en busca de compañía femenina para alegrar sus periodos de licencia.

El señor Jouannet cenó en casa como de costumbre, el 12 de febrero, y alrededor de las nueve de la noche su esposa caminó con él un trecho del trayecto de regreso al trabajo.

Al día siguiente, 13 de febrero, el señor Jouannet llegó a Sussex Gardens a las siete de la noche y quedó sorprendido al ver la botella de leche todavía en la puerta. En la estancia los platos de la cena del día anterior seguían sin ser lavados y evidentemente no habían sido tocados. Como no hubo ninguna respuesta a sus llamadas y la puerta de la recámara estaba cerrada con llave se comunicó con la policía.

Al ser forzada la puerta por los agentes no quedó duda de que el asesino zurdo había actuado nuevamente, aunque no había huellas digitales. Doris Jouannet yacía muerta sobre la cama con su bata satinada negra de rayas blancas abierta mostrando los cortes sadistas en la parte inferior del cuerpo. Sobre el piso estaba una navaja de afeitar cubierta de sangre y alrededor del cuello de la mujer una bufanda anudada apretadamente.

Con cuatro mujeres asesinadas en cuatro días aparecieron los encabezados de periódicos sobre el “Destripador”. Tres de las víctimas habían sido acuchilladas y todas habían sido asesinadas dentro de una área circunscribible. El Destripador original limitó sus depravadas actividades a un área de menos de dos kilómetros cuadrados en el East End; los cuatro crímenes de 1942 fueron cometidos dentro de un círculo de tres kilómetros en el extremo opuesto de la ciudad.

La policía tenía frente a sí lo que parecía ser una tarea sin esperanzas. Aunque tenían un cierto número de huellas digitales que coincidían entre ellas, no eran las de ningún criminal conocido y era poco factible considerar la posibilidad de tomar las huellas digitales de todo hombre que hubiera estado en Londres durante los cuatro días vitales.

El mayor temor era que el depravado asesino, habiendo dado rienda suelta a los perversos deseos que posiblemente habían estado latentes dentro de él durante cierto tiempo, buscara y encontrara nuevas víctimas antes de que la policía pudiera atraparlo.

Todas las huellas encontradas en los escenarios de cualquier delito de violencia en toda el área de Londres fueron cotejadas con las del asesino. Se hicieron comparaciones con las huellas de algunos candidatos: borrachos que habían tomado parte en peleas en tabernas, hombres que habían golpeado a sus mujeres o que habían maltratado a perros.

Nada coincidía. El asesino era tan poco conocido después de su cuarto asesinato como lo había sido después del primero.

Entonces, unos días más tarde, la señora Greta Heywood, de Glenton Grove, Kingsbury, Middlesex, inició una conversación con un joven militar de la aviación en un café de Piccadilly al que había llegado para cenar. El militar era bien parecido, de cabello grueso, ondulado y castaño, ojos oscuros, bien rasurado, de labios más bien carnosos. Era amigable, simpático y parecía estar solo.

El hombre le preguntó si estaría dispuesta a tomar una copa con él en un bar. La señora Heywood estuvo de acuerdo a condición de que regresaran a tiempo de encontrar a un amigo de ella que estaba por llegar. Tomaron una copa y de regreso al café el militar dijo: “Quisiera darle un beso de despedida”. La llevó hasta la puerta de un refugio antiaéreo y levantó sus brazos como si fuera a tocar su cara mientras la besaba. En lugar de ello la tomó del cuello y ella se dio cuenta de que perdía conciencia.

Greta Heywood tuvo suerte. Su jadeo de terror fue escuchado por un muchacho que estaba entregando vino a un centro nocturno. El rayo de una linterna eléctrica en medio de la oscuridad obligatoria hizo que el militar emprendiera rápida huida. La mujer estaba ya inconsciente en ese momento pero cuando se recobró informó del incidente a la comandancia de la policía de la calle Jermyn.

Los oficiales que pusieron pie en el refugio antiaéreo encontraron que quien había intentado estrangular a la mujer había dejado, en sus prisas por escapar, su respirador, con su nombre, número y rango estampado por dentro.

Apenas dos horas después se informó de otro ataque. En esta ocasión la víctima había sido la señora Catherine Mulcahy, también conocida como Kathleen King, quien dijo a la policía de Paddington que el hombre que la había acompañado a su departamento en la calle Southwick había intentado estrangularla. Ella lo había pateado y había gritado tan fuerte que él había salido corriendo del departamento sin llevarse consigo su cinturón de la RAF. En base a la descripción de la señora Mulcahy, parecía que se trataba del mismo aviador que había tratado de matar a la señora Heywood.

El inspector en jefe, Ted Greeno, quien estaba a cargo de los equipos que investigaban los cuatro asesinatos, decidió que interrogaría personalmente a este atacante doble que había tenido la gentileza de dejar su nombre y número tras de sí. No había ninguna razón para suponer que el aviador tuviera algo que ver con la serie de asesinatos. Sin embargo, Greeno no quería correr ningún riesgo.

Encontrar al sospechoso fue una tarea muy fácil. Se trataba del aviador Gordon Frederick Cummins, de veintiocho años, casado, que tenía como base St John’s Woods. Cuando fue interrogado por Greeno en relación al ataque a la señora Heywood, el aviador no intentó negarlo, pero dijo que había sido abordado por la mujer y que había perdido la cabeza y le había pegado cuando ella le había pedido dinero. Se había alejado corriendo para evitar una escena. Dijo no saber nada del ataque a la señora Mulcahy.

La explicación parecía razonable y podía ser cierta. Sin embargo, Greeno observó que Cummins firmó su declaración escrita con la mano izquierda.

Fue acusado del asalto a la señora Heywood y, como cuestión de rutina, se le tomaron sus huellas digitales. La huella del meñique de la mano izquierda coincidió con la aparecida en el abridor de latas que fue encontrado junto al cuerpo de la señora Oatley; la huella del pulgar izquierdo coincidió con la del espejo de su bolsa. Las huellas de los dedos de la mano derecha correspondieron a la del candelero del departamento de la señora Lowe y las huellas del vaso y la botella de cerveza habían sido hechas sin duda alguna por la mano izquierda de Cummins.

Los detectives que registraron su alojamiento encontraron, entre otras cosas, una cigarrera de metal que había pertenecido a la señora Lowe, una pluma fuente con las iniciales D.J., que había sido robada a la señora Jouannet, y una libreta de racionamientos tomada de la bolsa de mano de Evelyn Hamilton. Otro vínculo con la señorita Hamilton fue proporcionada por muestras de polvo de ladrillo tomadas de las costuras del estuche del respirador, idénticas en color y constitución a una pequeña cucharada de polvo tomada del refugio antiaéreo en el que había sido encontrado su cuerpo.

Cummins fue interrogado detenidamente en relación a sus movimientos durante la semana de los cuatro asesinatos, que él afirmaba no haber cometido. Dijo que la noche del 8 de febrero, cuando la señorita Hamilton había sido asesinada, la pasó bebiendo con otro aviador de apellido Johnson en bares del West End. Ambos quedaron tan borrachos cuando llegaron a su base que otros aviadores tuvieron que meterlos en la cama. La versión de Johnson fue, sin embargo, que Cummins no había aparecido a la cita tal como habían acordado previamente y que él se había ido a beber solo. Cuando regresó a la base a las seis de la mañana del día siguiente encontró a Cummins dormido.

Cummins produjo entonces un pase de salida que parecía demostrar que se encontraba a kilómetros de Londres durante el periodo de los otros tres asesinatos. Fue una jugada inteligente, pero no lo suficiente. Las pruebas realizadas con rayos ultravioletas revelaron que el pase era una falsificación, preparado por Cummins sin duda alguna para el caso de que la policía lo detuviera y necesitara una coartada.

En marzo de 1942 en la Magistrates’ Court de la calle Bow, Gordon Cummins fue sometido a juicio acusado de los asesinatos de Evelyn Hamilton, Evelyn Oatley, Margaret Lowe y Doris Jouannet y de los intentos de asesinato a Greta Heywood y Catherine Mulcahy. Aunque fue acusado de estos seis delitos, el proceso, que se llevó a cabo en el Old Bailey un mes más tarde, se refirió únicamente a uno de los asesinatos: el de la señora Oatley.

Había a pocas dudas respecto a su culpabilidad de manera que el jurado deliberó únicamente durante treinta y cinco minutos antes de pronunciar el veredicto inevitable. Al sentenciarlo a muerte, el juez Asquith describió el asesinato de Evelyn Oatley como “un asesinato sexual de tipo vampiresco”.

Algunos de los oficiales de la policía que habían participado en el caso no estaban tan seguros de que los asesinatos hubieran sido cometidos únicamente para satisfacer un apetito sexual anormal. Durante la caza del asesino creyeron que buscaban a un segundo Jack el Destripador, pero especularon más tarde sobre la posibilidad de que Cummins hubiera mutilado a sus víctimas con objeto de crear justamente esa impresión en espera de que la búsqueda de un maniático sexual los alejara de un hombre que mataba por dinero.

Si Cummins era un anormal sexual quedaba muy en claro entonces que tenía algo en contra de las mujeres y que el “juego” – las extrañas heridas producidas – eran puramente un recuerdo simbólico. Podía ser un maniático, un psicópata grandioso, en cuyo caso la corriente homicida de su mente se habría separado de su yo de funcionamiento aparentemente normal, aquél que le permitió casarse y vivir convencional y felizmente. El haber cedido a su otro yo, a la parte asesina, habría así estimulado su apetito de más asesinatos.

Sin embargo, hay una pregunta que ha de permanecer sin ser respondida y que corresponde a una de las dos explicaciones psicológicas alternativas. Al enfrentarse al tamaño de sus crímenes, ¿experimentó entonces un sentimiento de culpa, luego un sentimiento de persecución y luego enojo con las mujeres de manera que para anular la culpa mataba a otra mujer?

La otra alternativa es que el asesinato haya constituido una importante parte separada de su sexualidad como sucedió con el conocido Brady, “el asesino de moros”, cuya sexualidad era de muerte, no de vida.

Por otra parte, si su objetivo era el robo, obtuvo resultados excepcionalmente malos. Se cree que robó alrededor de 600 pesos a la señorita Hamilton y posiblemente otros 900 pesos a las otras cinco víctimas. Los pequeños objetos de uso personal que tomó no le deben haber proporcionado más de 1.50 o 300 pesos.

Sin duda alguna necesitaba dinero, ya que mantenía una patética vida ficticia con objeto de impresionar a sus compañeros. Se llamaba a sí mismo “el honorable Gordon Cummins” y con frecuencia mostraba la fotografía de un miembro de la Cámara de los Lores que, afirmaba, era su padre. Esta romántica historia variaba un tanto. En ocasiones Cummins era el hijo legítimo de un noble y en ocasiones, con una sonrisa artificial admitía que había habido ciertas pequeñas irregularidades en su nacimiento y decía que su padre, el noble, le había otorgado una pensión considerable como compensación por la vergüenza de la ilegitimidad.

En cierta época, estando destacado en Wiltshire, solía pedir prestado un caballo de un agricultor y cabalgar hasta las tabernas locales. Después de sujetar de manera ostentosa el caballo afuera, entraba pavoneándose e invitaba a todos los parroquianos a “tomarse una copa” con él.

Llegó a ser poco popular entre sus compañeros de la Fuerza Aérea. Lo llamaban “El conde” o “El duque” debido a sus permanentes alardes sobre su nacimiento noble y sus fáciles conquistas de mujeres.

La verdad sobre Gordon Cummins es que nació en New Eastwick, Yorkshire. Era hijo del director de la escuela del Departamento del Interior y tenía una educación razonablemente buena. Se graduó como ingeniero industrial y trabajó en un laboratorio antes de alistarse en la RAF en 1935, a la edad de veintiún años. Gracias a su buen desempeño en servicio fue recomendado para una comisión y en el momento de los asesinatos acababa de iniciar su entrenamiento para convertirse en piloto de spitfire.

En 1936 se casó con una chica de su edad que era la secretaria particular de un productor teatral de Londres. No hay evidencias de que el matrimonio fuera infeliz. Su atractiva mujer, lo mismo que su padre, continuaron creyendo en su inocencia e hicieron grandes esfuerzos para salvarlo del patíbulo.

Apeló en contra del fallo adverso sobre la base de que “el veredicto estaba en contra del peso de las evidencias”. Sin embargo, el funcionario supremo del poder Judicial, el juez Humphreys, declaró que la evidencia del caso apuntaba en un solo sentido.

Su apelación fue rechazada el 8 de junio de 1942. La Sociedad Popular del Derecho Común hizo un intento de último momento por salvarle la vida y mandó una petición al secretario del Interior con diez mil firmas pidiendo que la ejecución fuera retrasada de manera que pudiera examinarse la nueva evidencia. El secretario del Interior respondió que no había encontrado bases suficientes como para interferir con la sentencia.

Gordon Cummins fue ahorcado durante un ataque aéreo el 25 de junio de 1942 sin que hubiera respuesta a una pregunta: ¿mató por razones sexuales o por dinero, o por ambas cosas?

 


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