Gesche Margarethe Gottfried

Atrás Nueva búsqueda
Gesche Gottfried
  • Clasificación: Asesina en serie
  • Características: Envenenadora
  • Número de víctimas: 15
  • Periodo de actividad: 1822 - 1825
  • Fecha de detención: 6 de marzo de 1828
  • Fecha de nacimiento: 1785
  • Perfil de las víctimas: Familiares, amigos y sirvientes
  • Método de matar: Veneno (arsénico)
  • Localización: Bremen, Alemania
  • Estado: Ejecutada por decapitación en 1831
Leer más

Gesche Gottfried

Wikipedia

Gesche Margarethe Gottfried1 o Gesche Margarethe Timm, por su nombre de soltera, (1785, Bremen – f. 21 de abril de 1831, íd.), popularmente conocida como «el ángel de la muerte de Bremen» o «el ángel caído de Bremen», fue una asesina en serie alemana que entre 1813 y 1827 asesinó en a 15 personas, todas ellas familiares y amigos cercanos, entre los que se encuentran sus dos padres, su único hermano y tres de sus hijos, en Bremen y a una persona en Hannover. A todos los envenenó con arsénico.

Perfil psiquiátrico

Gottfried nació en el seno de una familia pobre, fue hermana melliza de un varón, Johann Timm Jr. Sus padres, Johann Timm y Gesche M. Timm, siempre tuvieron una clara preferencia por su hermano. En realidad, hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta qué es lo que llevó a Gottfried a cometer sus crímenes, pero la carencia afectiva que vivió durante su infancia y, en sí, su modus operandi hacen suponer que sufría de síndrome de Münchhausen por poder, trastorno muy común entre las mujeres asesinas en serie, como móvil de sus crímenes.

Modus operandi

Usaba un raticida llamado «grasa de ratas» —en alemán, «Mäusebutter», muy común en la época—, que consistía en pequeñas hojuelas de arsénico mezcladas en grasa animal. Le suministraba pequeñas dosis a sus víctimas en la comida; con el tiempo estás comenzaban a enfermar, y Gottfried «amable, desinteresada y resignadamente» se ofrecía a cuidar de ellos durante su convalecencia, tiempo que aprovechaba para seguir intoxicándolos.

Durante el tiempo que duró su actividad criminal, Gesche Gottfried fue considerada una ciudadana modelo y fue muy querida en su comunidad, más aún después de las constantes perdidas familiares que sufrió; parecía que a la amable, cándida y bondadosa Gesche la perseguía una «nube de infortunio». Sus vecinos, conmovidos por el ahínco y la resignación con que cuidaba no sólo sus familiares, sino también a sus amigos enfermos, comenzaron a llamarla «el ángel de Bremen».

Víctimas

  • Jonh Milton: primer esposo,-con quien contrae nupcias en 1806, está boda le permite escalar socialmente a Gesche a una condición de clase media,-muere el 1 de Oct. de 1813.
  • Gesche M. Timm: su madre, muere el 2 de May. de 1815.
  • Johanna Milton: tercer hija que engendró con John Milton, nacida en 1812 murió el 10 de May. de 1815, a la edad de 3 años.
  • Adelaida Milton: primer hija que engendró con Jonh Milton, nacida en 1809 murió el 18 de May. de 1815, a la edad de 6 años.
  • Johann Timm: padre, muere el 28 de Jun. de 1815.
  • Heinrich Milton: segundo hijo que engendró con Jonh Milton, nacido en 1810 murió el 22 de Sep. de 1815, a la edad de 5 años.
  • Johann Timm Jr.: único hermano, muere el 1 de Jun. de 1816.
  • Michael Christoph Gottfried: segundo esposo, del cual toma el apeido Gottfried, muere el 5 de Jul. de 1817.
  • Paul Thomas Zimmermann: prometido, muere el 1 de Jun. de 1823.
  • Ana Lucía Meyerholz: profesora de música y amiga, muere el 21 de Mar. de 1825.
  • Johann Mosees: vecino y amigo, muere el 5 de Dic. de 1825.
  • Guillermina Rumpff: casera, muere el 22 de Dic. de 1826.
  • Elisa Schmidt: hija de 3 años de edad de su sirvienta Beta Schmidt, muere el 13 de May. de 1827.
  • Beta Schmidt: sirvienta, muere el 15 de May. de 1827.
  • Frederic Little: amigo, única víctima asesinada en Hannover, muere el 24 de Jul. de 1827.

Arresto, condena y ejecución

Guillermina Rumpff, duodécima víctima de Gesche, antes de morir le confió a su médico ciertas sospechas que tenía: había descubierto «pequeñas y extrañas cuentas de color blanco» dentro de un platillo que Gottfried le había preparado. Le entregó dichas cuentas a su médico, el doctor Luce, quien, por cierto, ya había atendido a varias de las víctimas anteriores. Luce determinó que se trataba de arsénico y alertó a las autoridades, pero para entonces Gottfried ya se había cobrado otras dos víctimas, Elisa y Beta Schmidt, y se había trasladado a Hannover, donde se encontraba marchitando la vida de su última víctima, Frederic Little.

Fue la noche del 16 de marzo de 1828, día de su 43º cumpleaños, cuando fue arrestada. Fue condenada a pena de muerte; la pena se cumplió el 21 de abril de 1831, en la guillotina. Fue la última ejecución pública en la historia de Bremen. Del rostro del cadáver de Gottfried se tomó un molde de cera para estudiar los patrones faciales de las mujeres criminales. Esto se halla dentro del campo de estudio de la ahora ya obsoleta frenología.


Una asesina respetable

Crónicas del Crimen

En marzo de 1828 la ciudad libre de Bremen fue escenario de un escándalo sin precedentes en su historia. Una encopetada dama perteneciente a la burguesía de la ciudad, la señora Gesche Margarethe Gottfried, viuda de Miltenberg, de soltera Timm, fue detenida y acusada de haber llevado a cabo más de treinta envenenamientos, quince de los cuales habían tenido resultados mortales.

Hasta el momento mismo de su detención la señora Gottfried había vivido rodeada del confort propio de la clase pudiente de aquella época. Residía en una casa espaciosa y cómoda. El salón alegremente amueblado con sofás, alfombras, floreros, objetos de artesanía en cobre, escritorio y un, sinfín de detalles más, daba cabal testimonio del buen gusto de su propietaria. Una pequeña biblioteca en la que abundaban títulos y nombres de escritores modernos hablaba de sus inquietudes y aficiones literarias.

Vestía con exquisito gusto y femenina destreza, y tanto su atuendo, como sus modales descubrían al momento la presencia de una dama respetable, Era amable y cariñosa para con los humildes y sencilla, cordial y exquisitamente sensible en su trato con los superiores. Siempre tendió su mano caritativa a los necesitados y menesterosos, Con estas o parecidas palabras nos describen sus coetáneos a la inefable y enigmática señora Gottfried.

Esta mujer, cuya personalidad y comportamiento habrían de colocar al tribunal de la ciudad ante un gravísimo y muy difícil dilema, había nacido en el seno de una familia de humildes artesanos,

Su padre, oriundo de Hessen, trabajaba como sastre y, ahorrando centavo tras centavo, había comprado el título de ciudadano de Bremen, así como el de maestro en su oficio, y llegó a tener casa propia. Contrajo matrimonio con una costurera, buena esposa y madre de sus hijos mellizos, Gesche y Christoph. Los padres criaron, a sus hijos con singular amor y, pese a su carácter extremadamente ahorrativo, no escatimaron esfuerzo para que sus hijos pudieran asistir a la escuela a partir de los cuatro años de edad. Posiblemente el régimen de austeridad que imperaba en aquella casa fue causa de que Gesche, envidiosa de sus compañeras, se convirtiera pronto en una diestra ladronzuela. Con su aire candoroso e inocente embaucaba fácilmente a amigos y amigas sin que en, ningún momento recayera sobre ella la menor sospecha.

A los doce años Gesche abandonó la escuela. Su padre había despedido a la criada y Gesche tuvo que ayudar entonces a su madre en las labores del hogar. Aquello, en el año de gracia de 1797, no era precisamente un trabajo ligero para una niña. Había que acarrear agua y leña, encender el fuego y lavar la ropa. Tres días a la semana acudía al taller de costura y por las noches, a las clases nocturnas, al mismo tiempo que alternativamente, se preparaba para la confirmación. Según informes de la época, Gesche era una niña de débil constitución, delgada y perseguida por unas fiebres, pertinaces que ponían constantemente en peligro su salud.

Daba muestras de una inteligencia y capacidad de comprensión poco comunes, pero olvidaba con, la misma rapidez que aprendía. Nunca penetraron en su cabeza enseñanzas que no hubieran sido de su agrado, y así por ejemplo, más tarde – según los informes anteriormente citados – no recordará ni una sola palabra de sus tiempos de confirmada .Parece ser que la escritura y el cálculo fueron sus asignaturas predilectas y que muy pronto ayudó a su padre a hacer facturas y cuentas, por lo que en lo sucesivo éste no podrá prescindir de su colaboración.

Gesche tenía la vista muy débil. A los catorce años tuvo que empezar a usar gafas, pero a partir de este momento no podrá realizar trabajos de lencería fina ni aún la costura normal de la casa. «Por ello – opina un cronista de, la época – no es de extrañar que más tarde, cuando ya no tenía necesidad de trabajar para ganarse el pan, la Gottfried cayera en una ociosidad absoluta que, como dice el vicio proverbio, es terreno abonado para el, demonio y ocasión para todos los pecados.»

Por aquel tiempo Gesche Timm, parecía una jovencita muy ordenada, aplicada y de buenas costumbres. En ocasiones incluso se quedaba a trabajar hasta altas horas de la noche, no tanto por conseguir algún dinero cuanto para hacer presentes a sus amiguitas.

Los padres habían inculcado a sus hijos la caridad y las buenas acciones y Gesche seguirá creyendo hasta el fin de su días que las gracias que le daban los pobres eran bendiciones venidas del cielo. No obstante, parece ser que nunca tuvo una verdadera base religiosa y que sus rezos y devociones eran alimentados por una vena sentimental y emotiva y no ,por una profunda convinción religiosa. Por esta misma vena sentimental y emotiva Gesche podía prorrumpir en, llanto con sólo escuchar una pieza de música romántica.

Aquella jovencita bonita, y al mismo tiempo superficial, recibió pronto varias proposiciones de matrimonio que ella, siguiendo los consejos de su padre, rechazaría al momento. Gesche estudió francés y formó parte de un conjunto teatral aficionado, detalles estos de extraordinaria importancia para una jovencita perteneciente a la pequeña burguesía. No le gustaba el nombre de Gesche y se hacía llamar «Gesine» por sus amigos y amigas.

El hermano mellizo terminó su aprendizaje, y los padres siguiendo la costumbre de entonces lo entregaron algún dinero para que fuera a trabajar a otros lugares y adquiriera experiencia en el oficio. Parece ser que tenía gran parecido con su hermana, pues pronto tuvo frecuentes y graves dificultades económicas sin que llegara a aprender a administrarse. Era de carácter débil, fácil de convencer y ansioso de notoriedad. Los padres le fueron enviando la parte correspondiente a su herencia y, junto con ella, cartas repletas buenos consejos, redactadas por Gesche de acuerdo con las instrucciones de su padre.

No son precisamente muy abundantes las informaciones que se tienen acerca de la vida prematrimonial de Gesche. El doctor F. L. Voget, que más tarde habría de ser su defensor, redactó un extenso, y detallado informe de su vida, basándose en los cuadernos de su diario íntimo, y parece que por aquel entonces Gesche era muy aficionada al teatro y a lucir y a estrenar vestidos, detalles estos normales tratándose de una chica joven y agraciada.

Y fue precisamente en el teatro donde conoció al joven viudo Johann Gerhard Miltenberg, que habría de ser su primer marido.

Miltenberg tenía entonces 25 años, o sea cinco más que Gesche. Su padre había cuidado de que recibiera una buena educación, pero al mismo tiempo le había mimado excesivamente. Primeramente trabajó en el negocio de su padre, pero pronto se cansó y marchó a Braunschweig, donde se colocó como oficial en el oficio de guarnicionero. «Aquí – nos dice un cronista de la época – el joven inexperto de apenas veintidós as de edad se dejó arrastrar por todos los pecados de la carne, convirtiéndose en presa fácil de una “coqueta” voluptuosa y astuta, metida en la treintena, cuya pésima reputación hubiera bastado para que todo hombre honrado se apartara inmediatamente de ella.»

Aquella mujer que en la ciudad se hacía pasar por la hija de una acaudalada viuda, consiguió casarse con el joven e inexperto Miltenberg. Después del viaje de bodas, entró con, su madre en la casa de su esposo en Bremen. Entonces se descubrió que la dote de, la novia eran los mil taleros (antigua moneda austríaca) que constituían el patrimonio de la madre y que los pretendidos veinte años de la inocente jovencita eran en realidad más de treinta. Pronto se puso de manifiesto el verdadero carácter de la esposa que resultó ser persona de una desvergonzada procacidad, familiarizada con todos los pecados, y con su desorden pertinaz embriaguez y celos se convirtió en la desgracia y ruina de la casa.

El cronista continúa relatando los cinco años de matrimonio diciendo: «Aparte de un parto prematuro, aquel matrimonio no fue bendecido con hijos”. Con el tiempo, la esposa se acostumbró a llevar consigo una botella de ron para mantener el fuego en sus venas. Por este motivo su andar era con frecuencia vacilante mientras que en la casa las riñas, disputas y hasta palizas entre ellos estaban al orden del día.» El joven esposo terminó por huir de aquel infierno para ir a refugiarse en las tabernas y locales de, la ciudad y con frecuencia visitaba las casas de prostitutas. Se comprendo que en estas circunstancias las relaciones padre e hijo no fueran precisamente excelentes, máxime toda vez que el padre se veía con frecuencia obligado a pagar las deudas del hijo.

En 1805 murió la señora Miltenberg, cuya salud había quedado minada por su desmesurada afición a la bebida que terminó por producirle una tisis galopante.

De este modo el joven Miltenberg se vio libre de una pesadilla y pocos meses más tarde, ya restablecido, fue haciéndose a la idea de traer otra mujer a casa. En realidad él nunca hubiera pretendido tomar por esposa a una joven tan virtuosa y recatada como Gesche Margarethe Timm de no haber mediado ,en ello un virtuoso varón, pedagogo de profesión,, que le ofreció sus buenos oficios.

Parece ser que el maestro era persona a quien por su natural disposición gustaba ocuparse de les asuntos legales de sus vecinos. Al viejo maestro guarnicionero y a su hijo les era bien conocido aquel hombre pues por su mediación la suegra de Miltenberg había recuperado el dinero que había entregado a su hija como dote y que en realidad constituía toda su fortuna. El buen maestro decía de sí mismo que un hada maligna le había cantado en la cuna: Toda tu vida te dedicaras a hacer felices a tus semejantes.

En su visita a los padres de la futura novia, el casamentero hizo una favorable y conmovedora descripción del hogar de los Miltenherg – padre e hijo -. El viejo guarnicionero estaba en muy buena posición, hasta el punto de poder ser considerado como hombre rico. Poseía una casa espaciosa, con muchas dependencias y una valiosa colección de pinturas al óleo, que había adquirido en el transcurso del tiempo, y le había proporcionado muy buenas relaciones entre los ores que formaban el Consejo de la ciudad, algunos de los cuales eran muy aficionados a la pintura.

Para la hija del sastre Timm el joven pretendiente, si bien era persona de pésima reputación, constituía un buen partido. El matrimonio Timm se mostraba encantado y su hija Gesche dio la conformidad entre un torrente de lágrimas. Sería muy difícil saber por qué estaba tan conmovida. En cualquier caso parece que Gesche jamás se hubiera atrevido a tomar una decisión en contra de la voluntad de sus padres. Y precisamente esta ligadura a sus padres, unida a una obediencia ciega, constituyen una de las características positivas y más, sorprendentes de esta mujer. Siguiendo el consejo de los padres se, hizo cargo, ya desde los tiempos del noviazgo, del abandonado hogar de los Miltenberg. A las siete de la mañana se iba a allí y no regresaba a casa de sus padres hasta -bien entrada la noche. Más tarde, durante su estancia en la cárcel, escribiría recordando aquellos tiempos:

«Puedo asegurar que nuestras relaciones fueron siempre correctas e inocentes basta la noche de bodas. Mí prometido era muy escrupuloso y cortés para conmigo y nunca me dirigió palabras de dudoso gustó. Yo nunca había tenido relación alguna con hombres.»

El día 6 de marzo de 1806 se celebró la boda. La novia contaba a la veintiún años. Carecía de voluntad propia. Era infantil y completamente inocente, pero no carecía de inteligencia Era muy trabajadora y aplicada y obedecía sin réplica a sus padres. El novio era un haragán ,hijo único y mimado por sus padres muy conocido en tabernas y tugurios, así como en el barrio de prostitutas de Bremen.

Gesche supo salir muy airosa en su nueva vida de desposada. La educación y enseñanzas recibidas en casa de los padre unidas a su inteligencia natural, la capacitaron para ordenar en breve tiempo el caos reina te en aquella casa. Con su vigilancia sobre los obreros del taller y la buena dirección de la y el gobierno de toda la casa se ganó pronto el agradecimiento y la admiración de su padre político. En compensación se vio mimada y consentida recibiendo frecuentes regalos de vestidos y joyas por parte de su esposo y de su padre político en mutua competencia. Para el joven marido, después de la horrible experiencia habida con su primera mujer, constituía un honor y un orgullo poder presentar a su nueva esposa como una dama. Aunque también es cierto que existía en ello una causa oculta.

Parece ser que Mi1tenberg había contraído una enfermedad venérea como consecuencia de sus frecuentes relaciones con prostitutas. Ya por aquel tiempo no gozaba de muy buena salud y posiblemente por este motivo procuraba evitar todo contacto sexual con, su esposa. A los pocos días de la boda volvió a sus antiguas costumbres, frecuentando las casas de juego y los tugurios y procurando. pasar noches enteras fuera de casa. Solía emprender cortos pero, continuos viajes para alejarse de la, felicidad conyugal y hogareña que se le brindaba. Gesche Timm escribiría más tarde desde su encarcelamiento recordando aquella época:

«Al principio de mi matrimonio con Miltenberg, éste parecía estar continuamente enfermo. También padecía de los ojos, pero no quería guardar cama. Durante los primeros seis meses tenía frecuentes depresiones de ánimo, acompañadas de largos silencios, y llegué a pensar que tal vez sería porque yo no había quedado embarazada. He de confesar que ni yo mima estaba satisfecha.»

También los padres de Gesche se dieron cuenta muy pronto de que aquel matrimonio había constituido un fracaso. Ellos trataron por su parte, bien que de forma harto ingenua, de reparar el mal que el marido había hecho, Halagaron a su hija con, vestidos y presentes y la invitaron a fiestas y convites con objeto de que se distrajera. Con este motivo hicieron, que les acompañara durante las fiestas anuales llamadas de los cabos.Estas fiestas, típicas de la ciudad de Bremen, se venían celebrando en recuerdo de la ocupación de la ciudad por los franceses. En ellas los ciudadanos quedaban distribuidos en compañías, cada una con sus propios oficiales y cabos, y se reunían en tabernas v posadas, donde celebraban grandes banquetes, amenazados con juegos, cantos y bailes populares.

Durante estas fiestas Gesche conoció al viajante en vinos Gottfried, hombre alegre y amigo de su marido, con quien solía ir de francachela. Vivía casi enfrente de su casa. Para Gesche significó el amor a primera vista. Durante uno de los banquetes fue su compañera de mesa, y parece ser que la comida, el vino, la música y todo el ambiente despertaron en ella una sensación de euforia y felicidad hasta entonces desconocida. ¡Nunca había sido tan bella la vida!

El marido no acostumbraba a bailar, pero Gesche había encontrado en la nueva amistad un bailarín consumado e incansable. Terminó, la fiesta bien entrada la noche sin que ella hubiera bailado con ningún otro ni él solicitado otra compañera.

No prestó gran atención a las advertencias de su madre, que la vigilaba atentamente y le dijo en varias ocasiones:

-Modérate un poco, que tu marido se está enojando.

Gesche no podía frenar sus sentimientos, y por otra parte su marido era persona que no, conocía los celos. Su talante, bueno o malo iba siempre de acuerdo con la cantidad de vino que ingiriera. El matrimonio volvió a casa con Gottfried, y con, él volvieron al día siguiente a la fiesta..

«Desde aquel día mis pensamientos y deseos eran para Gottfried,» – escribió más tarde en su diario.

¿Se había dado cuenta Gesche del extraño comportamiento de su marido? Éste promovía los encuentros de Gesche con Gottfried, le gastaba bromas y hablaba continuamente de él. Gottfried se mantenía muy reservado,, y aunque era muy atento con Gesche parecía no darse cuenta de que ésta se sentía cada vez más inclinada hacia él.

El joven Gottfried no tenía relaciones con otras mujeres, por lo cual a Gesche no le resultó difícil idealizar aquel amor hasta convertirlo en un puro amor platónico.

Durante el primer año de matrimonio fueron frecuentes los accesos de tristeza, que solían durar varias semanas, pero que desaparecieron tan pronto como Gesche quedó embarazada, acontecimiento que sirvió para que se la mimara aún más.

Su madre la proveía de golosinas y la ayudaba en los trabajos del hogar. Tan preocupada estaba la pobre mujer que un día hizo venir a una gitana a que le echara las cartas para su hija. Parece ser que Gesche jamás supo qué es lo que dijo la gitana, pero su madre quedó hondamente apenada.

El parto se esperaba para principios del mes de septiembre. Las anotaciones de su diario íntimo están llenas de temores y visiones de la muerte. En aquellos tiempos muchas mujeres morían durante el puerperio y, en verdad había motivo para estar preocupada. Pero afortunadamente el alumbramiento transcurrió sin ninguna dificultad y Gesche continuo siendo el centro de la familia y de las amistades, quienes la mimaban, y la servían con gran complacencia por su parte. Las anotaciones de su diario nos descubren a una persona que sólo piensa en sí y para sí. Habla entusiasmada del bello ajuar y de la decoración de la habitación, donde había tenido lugar el parto, de los regalos y de las felicitaciones de los familiares, vecinos y amigos, y dice que el parto no había constituido ningún dolor para ella. No dedica ni una sola palabra a la recién nacida, que habría de dar nuevo sentido a su existencia, ayudando a mejorar las condiciones de su maltrecho matrimonio.

Gesche dejó a su hijita al cuidado de su madre y de sus criadas y pasaba largas horas ante el espejo, lamentándose de su -palidez y excesivo adelgazamiento. Más tarde escribiría comentando aquellos días: «La vanidad fue mi perdición.»

Pronto recordó los tiempos en que actuaba como aficionada al teatro y se apresuró a sacar de sus cajas los olvidados afeites y pinturas. En aquella época maquillarse era considerado como un detalle de pésimo gusto e incluso, el doctor Voget que más tarde seria su defensor, no podrá por menos de mostrar su disgusto a este respecto. Para una dama de la burguesía de Bremen la vanidad y la coquetería eran los primeros pasos que conducían irresimisiblemente a la perdición.

Por aquel tiempo la vida hogareña, que tanto aburría a Gesche, sufrió un cambio importante¡. Su padre político decidió retirarse del negocio y se reservó unas habitaciones para su propio uso. Las restantes estancias, de la espaciosa casa fueron alquiladas a jóvenes que también acostumbraban a comer allí. Gesche disponía ahora de numeroso personal, las criadas le debían obediencia, los huéspedes se dirigían a ella para cualquier asunto, sus amigas la admiraban e igualmente los amigos de su,, marido, quienes sin ningún género de dudas acudían a la casa más por ella que por amistad con él.

Al prudente Gottfried, que también se veía obligado a ausentarse de la ciudad con bastante frecuencia, le había salido un serio rival. Era otro negociante en vinos, que había trabado amistad con, Míltenberg, fuera porque le resultaba agradable su compañía, fuera porque quería beber a sus expensas. El nuevo amigo era muy apuesto y espléndido en sus gastos. Estaba casado con una mujer joven, culta y bonita y con varios hijos, y se enamoró perdidamente de Gesche tan pronto, como la vio.

En seguida empezó a cortejarla, aunque procuraba guardar las apariencias. Gesche le tenía bien sujeto. Era tan, delicada, bonita y femenina y sabia hablar con tanta dulzura que Kassov – que así se llamaba, el nuevo pretendiente – estaba cada día más loco por ella. Ideaba continuamente paseos en coche y excursiones con, el solo propósito de poder estar a solas con ella y le hacía continuas y delicados presentes. Más tarde ya se -atrevió a enviarle alguna que otra botella de vino hasta terminar por enviarle una cada día.

Kassov podía suponer perfectamente que si bien los regalos iban destinados a Gesche, el contenido de las botellas iría a parar a la garganta del marido. Muy posiblemente también hubiera conseguido Kassov sus propósitos sin tales ayudas, pues Miltenberg callaba siempre.

Es cierto que el éxito no habría de ser fácil y rápido. Las relaciones eran tan delicadas como románticas, al menos en un principio. Un relato de la época nos da cuenta de aquellas excursiones de Kassov y Gesche:

«Un coche que regresaba de vacío a la ciudad fue inmediatamente ocupado por ambos – Gesche y Kassoiv -. Querían disfrutar en calma de la paz y quietud de un, bello atardecer ,primaveral. La joven esposa se sumió en un melancólico silencio, que encubría su ardiente pasión. Kassov estrechaba las manos de Gesche entre las suyas y pronto!, suavemente, le pasó un brazo alrededor dé los -hombros. Cuando ya, la oscuridad lo envolvía todo, la estrechó fuertemente contra su pecho.»

Finalmente Kassov consiguió, romper la resistencia que oponía la virtud, Las ocasiones no faltaban, pues Miltenberg acostumbraba a pasar las noches fuera de casa. En vísperas de su partida para una larga estancia en Berlín, Kassov encontró a Gesche en, su casa, tristes y melancólica. Esta vez Consiguió sus deseos,, pues «era la hora desgraciada, transcurrido rápidamente entre ponche y besos y sin ningún freno, que se opusiera a la comisión del pecado, ansiado».

Pero Gesche, desconsolada por «haber caído por debilidad», hizo prometer a su amante que si los negocios de Berlín le iban bien le haría un espléndido regalo.

Apenas se hubo marchado, Kassov, apareció de nuevo, Gottfriedi, quien fue recibido por el marido con los brazos abiertos. El joven no tenía alojamiento. y Miltenberg le ofreció una habitación en su casa en alquiler. De este modo Gesche se veía de nuevo en una inesperada situación. Bajo un mismo techo con el único. hombre, que con seguridad amaba, en creciente intimidad, que no solamente era soportada por el marido, sino, incomprensiblemente, fomentada por él. Pero este comportamiento fue mantenido con todo; cuidado y ningún visitante, criada o quien, fuere, sorprendió el más m4nimo detalle, a pesar de que desde la llegada de Gottfried la vida en casa de los Miltenhorg se había animado- extremadamente. El joven era aficionado a la música, al canto y la declamación, y con tal motivo se organizaban con frecuencia cenas íntimas y pequeñas fiestas.

Algunas noches, mientras Miltenberg andaba de taberna en taberna, Gesche se lamentaba de, su vida, ante su amigo y aprovechaba la ocasión para pedirle algún pequeño préstamo. El negocio de la casa Miltenberg iba menguando desde que el viejo patrón se retirara, Gesche empleaba el dinero que conseguía por medio de préstamos, que nunca devolvía, para sus necesidades particulares y no para los gastos de la casa.

Cuando Kassov regresó y le entrega un espléndido regalo, en dinero, Gesche no se atrevió a despedirlo. ¿Temía su venganza? ¿pendía quizá de él? ¿.Esperaba más regalos?

Gesche no había vuelto a tener relaciones conyugales con su marido después del nacimiento de su segundo hijos, una. niña que nació muerta. Por otra parte 1,a ternura que sentía por Gottfried había acabado por eliminar la posible inclinación que un día sintiera por su marido. No obstante, Miltenberg era su confidente en el hábil juego que hacía con sus dos amantes. Y ellos nunca supieron, que eran rivales. Parece mentira que Gesche no llamara jamás su atención, con sus embustes y componendas. Hoy vendía un mueble para conseguir dinero, mañana. podía dinero prestado para comprarse un vestido nuevo. Difamaba a su marido ante sus padres y, como era de esperar, también ante sus amantes, pero su desamparo, su dolor ante el fallido matrimonio, su encanto personal y la liberalidad para con los criados y gente, de poca categoría, así como el amor y cariño que constantemente mostraba hacia sus padres y amigas tenían a todos ganado el corazón.

¡Cómo le gustaba gastar, y dar el dinero a manos llenas y cuán difícil resultaba ganarlo,! Para paliar su escasez hizo venir a casa a un cerrajero, en ausencia de su marido, y, excusándose hábilmente. le pidió que, abriera el cajón del escritorio con una ganzúa. Ella había prestado mucha atención a esta operación y pronto resultó una verdadera maestra en abrir cajones con ganzúas v llaves maestras. Así se apoderó en diversas ocasiones, de pequeñas y grandes cantidades. depositadas en los armarios de los huéspedes o en el escritorio de su marido. Todas las investigaciones de la policía resultaron infructuosas y a nadie le pasó por la imaginación sospechar de aquella distinguida dama.

Pero la miseria se apoderando de la casa. Miltenherg estaba enfermo, aquejado de dolores e inútil para el trabajo. No podía ni quería ejercer su oficio de Guarnicionero, y aunque los acreedores apremiaban él continuaba su costosa vida de dispendios y francachelas. Su anciano padre falleció al poco tiempo y la herencia sobre la que se habían puesto tantas esperanzas resultó ser insignificante, hasta el punto de que el padre de Gesche tuvo, que encargarse de ella y pagar las deudas que había. No cabe duda de que esto lo hizo a sugerencia de Gesche, porque ésta, a pesar de su, matrimonio y de las dificultades sobrevenidas, continuaba llevando la contabilidad del negocio paterno y, en consecuencia, conocía perfectamente su situación económica.

Su marido, Miltenberg no lograba reponerse y no cabía la menor duda de que jamás en su vida volvería a hacer algo de provecho. ¿Cuándo debió preguntarse aquella mujer por primera vez… «¿qué médicos son, estos que no curan ninguna enfermedad? Él ya no puede hacer nada en esta vida. Y para continuar así … »?

Pero probablemente este pensamiento no, surgió de ella directamente. Miltenberg se había expresado en tales términos con ocasión de haber enfermado una amiga íntima de la familia, quien, en, opinión de los médicos, padecía una enfermedad incurable. Entonces no prestó atención a aquellas palabras, pero ahora las tenía cada vez más presentes al contemplar a su marido, enfermo y falto de voluntad. Más tarde confesé que algunos meses antes había asistido a una representación teatral, donde se desarrollaba un asesinato por envenenamiento y aquello le causó gran impresión. Quizás aquello fue la chispa que encendió el deseo de liberarse de su marido, pues lo cierto es que dieciséis años más tarde aún podía describir con todo detalle el desarrollo de la obra.

En realidad, Gesche no odiaba a su marido-, tampoco; lo despreciaba. Siguiendo las anotaciones en, su diario íntimo parece ser que jamás sintió una verdadera inclinación o, compenetración, hacia nadie que no fuera ella misma. De ello se desprende que su compasión, sus buenas obras y los muchos regalos que repartía a su alrededor sólo eran medios para lograr que la mimaran. Como muy bien dice su cronista « … se ponía la máscara de la bondad como otro adorno cualquiera de la coquetería».

Si bien había difamado a su marido delante de sus padres, lo hecho en forma, podríamos decir, indirecta, presentándose a sí misma como víctima del descuido, y de la falta de carácter de su marido y por otra parte tampoco hubiera sido capaz de confesarlo. ante un extraño. Durante su detención habría de confesar más tarde:

«No puedo decir que sintiera odio hacia mi marido, porque él, no me trataba mal. De mi aversión hacia él mi padre era en parte responsable porque le disgustaba sobremanera que no se cuidara lo más mínimo del negocio. Ya un año antes de su muerte quería que yo, y los niños fuéramos a su casa a vivir … »

Durante varios días se atormentó, con la pregunta, si debía o no envenenar a su marido, hasta que finalmente prevaleció la decisión de hacerlo, aunque en, realidad, según ella misma confesó, nunca supo. por qué adoptó tal decisión.

Gesche llevó, a cabo su plan, de la siguiente forma; recordaba que en casa de sus padres había siempre veneno, para las ratas, que su madre guardaba cuidadosamente. Con la excusa de que había comprobado que había muchas ratas en su bodega y también en una estancia donde guardaba parte de su lencería, Gesche pidió, a su madre un, poco de veneno. Pero, la vieja señora Timm, era muy cuidadosa y precavida. Ella misma preparó varias rodajas de pan! espolvoreándolas con arsénico, y, en consecuencia, Gesche hubo de rascar el polvo venenoso de las rodajas; y guardarlo en un papel hasta que se presentara la ocasión propicia y también hasta tener, el valor y la decisión, suficientes, según dirá más tarde en su declaración:

«Durante varias semanas estuve luchando conmigo misma. Por fin una mañana me decidí y di a mi marido un poco de aquello en, el desayuno,. En cuanto lo comió, salí inmediatamente.»

«A mi esposo no le di de aquel veneno con la misma tranquilidad con que más tarde di a otros – continúa en su confesión -. Entonces todavía sentía un pánico atroz. Cuando mi marido hubo comido el pan con mantequilla con el cual yo le había dado aquello, fui presa de un miedo espantoso. Siendo la primera vez que intentaba una cosa semejante, no sabia como terminaría. Temía que muriera inmediatamente y que con ello se levantaran sospechas contra mí.»

Después que Miltenberg se hubo marchado, aquella mañana, Gesche subió, repetidas veces al piso superior para asomarse a la calle. Estaba muy asustada, creyendo oír en, todo, momento que traían a su esposo, ya muerto. Pero la dosis de arsénico que le había, suministrado fue sólo, suficiente para indisponerse, obligándole a guardar cama entre fuertes dolores y continuos vómitos.

«Durante la enfermedad de mi esposo – continúa Gesche en su confesión – estuve profundamente asustada. Yo misma lavé el plato con que le serví el pan con mantequilla envenenado y la cuchara correspondiente. Durante su enfermedad , sentí algunas veces remordimientos de conciencia y recuerdo que me alegre cuando se produjo una mejoría en su estado. Luego me vino nuevamente el deseo dio darle un poco más de aquello. Al cabo de ocho días bajó, una mañana al comedor, apoyándose en un bastón y , viendo a través de la ventana nuestro, coche que él mismo había guarnecido, me dijo:

»-Cuando muera, vende ese coche y con lo que saques podrás pagar mi entierro.

»¡No podría describir cómo me emocionaron aquellas palabras! ¡Si él hubiera sabido que yo era precisamente su asesina!

»Cuatro días antes de su muerte lo volví a dar un poco de aquello, en la sopa de avena.

»Durante estos días no, me atrevía a acercarme a su cama. Me parecía como si se hubiera dado cuenta de que había sido yo quien le había administrado el veneno. Siempre me quedaba en el umbral de la puerta.»

Miltenberg tuvo una muerte terriblemente dolorosa. Padeció dolores y torturas sin, cuento, gritando y revolcándose en, la cama de manera tal, que la mujer encargada de cuidarle a duras penas podría sujetarle. A propósito de la. muerte de Miltenberg, Gesche hace el siguiente, comentario:

«La señora Meyer, mi anciana niñera, mujer buena y de mucha paciencia ,cuidó con todo cariño a mi esposo y, a su muerte le cerró los ojos.»

Gesche, por su parte, no se atrevió a acercarse a la cama del moribundo-, más tarde, cuando éste dejó, de sufrir, «madame Miltenberg entró como, triunfadora, vestida con sus mejores galas», según se podrá leer más tarde en la declaración del sumario. No obstante, Gesche describe la escena con las siguientes palabras en su confesión:

«Alguna vez, sentada en mi habitación, pensaba que hubiera sido maravilloso si no hubiera ocurrido nada de aquello. Estaba segura de que Dios me castigaría algún día. Y no, obstante, más tarde volví a sentir el deseo imperioso de dar nuevamente de aquello.»

«Dar un poco de aquello» era la expresión empleada por Gesche cuando, más tarde, habrá de dar cuenta de sus envenenamientos. Tal vez era una manera de engañarse a si misma cuando tenía el propósito dé envenenar a un semejante.

Esta misma expresión era la que empleaba cuando se refería a, una obra dé caridad o a un regalo. Parece como sí no pudiera resistir a la tentación de «dar algo.». Impresionada, pero manteniéndose a una distancia prudencial, contempla a su esposo . debatiéndose entre horribles tormentos. ¡Le. produjo tal espectáculo algún placer o acaso se lamentaba, en su interior de ser incapaz de acortar sus sufrimientos? Quince años más tarde hará sus declaraciones sobre este particular con la misma indiferencia que si se tratara de un extraño. Pero -hay que -tener presente que, durante este lapso de tiempo, habrá visto morir a muchas personas, víctimas de su mano, y que durante largos años vivirá totalmente despreocupada de ser descubierta y que, así mismo, se irá familiarizando con la muerte dio tal manera que en su declaración,, ya no será capaz de expresar ni aun un fingido dolor o arrepentimiento por la muerte de su esposo. En su declaración dice:

«Durante la enfermedad de mi marido no estuve nunca tranquila, y precisamente cuando me sentaba al costado de su lecho es cuando me sentía más compungida. No, puedo decir que hubiera sentido tal remordimiento que hubiera deseado no haber hecho lo que hice pero, sí que lo lamenté mucho.»

Continúa su declaración:

«Cuando ya estaba desnudo subí a la habitación para verle de nuevo. ¡Quedé horrorizada! ¡Su cuerpo estaba hinchado y cubierto de manchas oscuras! Al momento sentí una especie de escalofrío. Nunca he vuelto a ver nada parecido. Tenía miedo de que mi madre me dijera: “¿.Qué le has dado? ¡Tiene todo el cuerpo, cubierto de manchas!” Mi madre dijo al carpintero que diera brea al féretro pues temía que el cadáver reventara y era conveniente enterrarlo cuanto antes. ¡Ay, pensaba yo, si por lo menos lo enterraran hoy! Si el cuerpo se abre, verán el veneno y mí madre sabrá inmediatamente que se lo di, yo. Cuando vi que lo metían en el féretro me alegré hasta lo indecible y, así mismo, cuando acordaron dar brea al féretro piara que si el cuerpo se abría no rezumara humedad. Nunca he sentido tanto miedo a la vista de un cadáver corno a la del pobre Miltenberg.»

Después del entierro, el viejo Timm, padre de Gesche, fue a ver a su hija y le ofreció toda su ayuda, ya que, en su opinión, él y la madre habían tenido, la. culpa de su desgraciado, matrimonio y se ocupó rápidamente de su situación económica.

Por aquel entonces Gesche estaba al frente de una casa con once personas. Dos oficiales y dos aprendices, que -trabajaban en la guarnicionería; dos criadas, tres caballeros a toda pensión y otro a comer. Por primera vez se ganaba algún dinero en la casa, pues, una vez pagadas todas las deudas, por el viejo Timm, Gesche conseguía crédito en todas partes. A pesar de la hipoteca que pesaba sobre la casa y propiedades, Gesche era entonces una viuda rica. Su vida era más feliz y ordenada que nunca. Cinco meses después de la muerte de Miltenberg le nació una niña, que su abuela, la madre Timm, tomó a su cuidado.

La joven viuda era, en aquella época más bella que nunca. y aunque en aquellos días – durante la primavera de 1814 era moda que las mujeres parecieran más bien rollizas y lucieran un escote generoso, el encanto y donaire de Gesche debieron ejercer gran atractivo sobre el elemento, masculino de la ciudad, porque recibía constantemente proposiciones de matrimonio. No obstante, su corazón, seguía perteneciendo a Gottfried.

Éste no acababa de decidirse por la boda. Vivía, en su misma casa, era muy galante con ella, le hacía continuamente regalos, cuidaba primorosamente del jardín, donde, acostumbraba a plantar flores exóticas y raras, pero no quería dar el paso decisivo. Paulatinamente Gesche le fue tomando una cierta y mal disimulada aversión.

A pesar de su matrimonio y de sus relaciones, con Kassov, aquella mujer carecía de experiencia, y por más que se devanaba los sesos no acertaba a comprender por qué Gottfried se negaba a casarse con ella. Estaba segura de que no había otra mujer por medio, y en su extraño mundo interior surgió de repente la idea de que tal vez era su numerosa familia la que motivaba el recelo de Gottfried. Tal vez eran los tres niños, y los abuelos los que impedían que Gottfried le propusiera la boda, aunque también era cierto que! los mitos querían con locura al tío Gottfried y que éste les traía de cada viaje juguetes y golosinas,. En realidad los niños habían tenido con él más contacto que con su propio padre. Los padres, enterados del deseo de Gesche, le aconsejaron que no pensara en el joven Gottfried, sin que se haya podido saber los motivos que pudieron tener para dar este consejo a su hija. Cierto es, sin duda, que precisamente aquella oposición de los padres a su nuevo matrimonio y reafirmó su disgusto de verse rodeada de tan numerosa parentela.

Dejándose llevar de su egoísmo, se le ocurrió la idea de enviar los niños a vivir a otra casa. Ello le valió duros reproches de su propia madre, quien le echó en cara su deshonesto proceder, que demostraba una falta absoluta de cariño ,hacia sus propios hijos. No obstante, ella persistió en su idea, en la confianza de que estando sola., Gottfried terminaría decidiéndose por la boda. Más tarde habría de confesar a su abogado:

-Creía que sin mis padres podría casarme más fácilmente. ¡Si estuvierais sola completamente y no estuvieran ahí tus padres, serías completamente libre! Este pensamiento atormentaba continuamente mi cabeza.

Por cuatro voces consecutivas fue a ver a las echadoras de cartas en aquellos días. Siempre escogía una. diferente como si quisiera asegurarse de la verdad de sus profecías. Las cuatro hubieron de declarar más tarde bajo juramento. Gesche dijo en cierta, ocasión que una de aquellas mujeres le había vaticinado que en su casa habría mucho luto. Parece que las cuatro se pusieron de acuerdo, para dar a Gesche el vaticinio que ella misma había estado esperando que toda su familia perecería y que entonces quedaría completamente sola y viviría muy bien hasta el final de sus días.

Poco tiempo después, enfermó la anciana señora Timm. Miltenberg había fallecido medio año antes y el menor de sus hijos, una niña, contaba entonces cuatro semanas. Gesche la cuidó con filial cariño, y como sus padres acababan de vender la casa, llevó a su madre a su propia alcoba. No escatimó esfuerzo alguno ni ningún sacrificio le pareció excesivo. Pero al trasladar las ropas, muebles y demás enseres del hogar paterno a su propia casa, encontró en un armario un, paquetito, muy bien, atado y con la inscripción «Veneno para ratas». En su diario solo se atrevió a anotar «R».

«Inmediatamente me acordé del pobre Miltenberg y dejé el paquetito sin haberme atrevido a abrirlo. Pero recuerdo, asimismo, que a la noche siguiente me perseguía continuamente este pensamiento: Si no tuvieras padres nadie te impediría hacer lo que quisieras.»

Nadie podría reprochar a Gesche falta de atención y cuidado hacia su, madre enferma. Pero un día le dio -un poco de «aquello» en, una limonada, que era la bebida preferida de la anciana. Más tarde confesará a su abogado:

«Debo confesar que mientras le preparaba la bebida Dios me inspiró una risa tan fuerte y espontánea que al momento, quedé horrorizada. Pero inmediatamente me vino el pensamiento, de que aquello era un, designio de Dios, mediante el cual me daba a entender que pronto mi madre reiría. también feliz y contenta en el cielo.»

Pocos días después de haber ingerido, el veneno murió plácidamente la señora Timm. Ella había sido la víctima de Gesche que menos había sufrido. La anciana murió después de haberse despedido de todos con, suaves, y consoladoras palabras. No obstante, si bien Gesche había estado toda la vida pendiente de la voluntad de su madre, la muerte de ésta no pareció afectarle gran cosa. Refiriéndose a ella, dice, Gesche en su confesión.

«Ante el cadáver de mi madre estuve muy tranquila, pues parecía dormir un plácido sueño.»

Más tarde la señora Bleydorn, llamada a declarar como testigo, dirá ante el tribunal:

«Con ocasión de la muerte de su madre, Gesche se mostraba alegre.»

Ni en los informes ni en los testimonios y declaraciones de los testigos ni en, la misma confesión de la acusada se encontrará palabra alguna de dolor o compasión hacia la víctima. Tampoco parece que se alegrara de la muerte de los suyos, sino que, según ella, era necesaria para que se realizara su sueño de felicidad. Cada vez que un cadáver era sepultado sin haber atraído sobre ella la más mínima sospecha, tenía la misma sensación que si le hubieran quitado, un gran peso de encima.

Al día siguiente del sepelio de su madre dio a Johanne, su hija más pequeña, un poco del pastel de los funerales, que había sobrado, untándolo primeramente con mantequilla y arsénico. Como era una criatura de poca edad, el efecto fue fulminante y ello llenó de terror a Gesche. A las doce de aquella misma noche la pequeña ya había muerto. Los temores de eran ahora, según, ella misma confesó:

«… Por Dios, que mi padre no se dé cuenta de que he dado arsénico a la niña. Este temor me tuvo sobrecogida hasta que la pequeña fue sepultada.

Pero de sus labios no escapará ni una sola palabra de compasión para la inocente criatura, ni tampoco volverá a pensar en ella,. Es muy difícil analizar las posibles reacciones de Gesche en aquellos tiempos, pero parece ser que estaba totalmente poseída por el deseo de apartar de su camino a todo aquel que, a su juicio, se interpusiera entre ella y Gottfried. ¿Tenía realmente sentimientos? Es posible que no. Sus confesiones son tan frías e impersonales que por momentos hacen pensar que está ¡hablando de una tercera persona con la cual ella no ha tenido relación, alguna. Aparte de su ocasional pasión por Gottfried, no hay nada que pueda afectarla. Incomprensible es, asimismo, la indiferencia demostrada hacia sus propios hijos y hacia sus padres, a los que parecía querer con locura.

Durante los días en, que la Buena Johanne fue enterrada Adeline, su hijita mayor, enfermó también y, contra los deseos y esperanzas, parecía que se iba recobrando. Hizo venir a la niña a su habitación y allí le dio pastelitos que antes había untado abundantemente con mantequilla y arsénico. La niña murió ocho días después. En su agonía la niña se asía fuertemente a la madre, que no daba la más mínima muestra de condolencia y se mantuvo todo el tiempo segura y tranquila.

Dos semanas después de la muerte de Adeline, Gesche tomó la decisión de eliminar también a su padre y aprovechó para ello la primera ocasión que se le presentó. Una noche vino a cenar a su casa y entonces ella le dio la primera porción de veneno, mezclado con la sopa caliente.

De nuevo, cuidó a su padre con filial cariño hasta que falleció. No se apartó ni un momento, de su lecho ni ninguna atención le pareció excesiva. A medianoche fue a buscar vino, que él había pedido en la confianza de que aliviaría sus dolores. Según se desprende de las declaraciones de los testigos el anciano hubo, de sufrir horribles dolores antes de expirar. Según estos ,mismos testigos, Gesche estuvo casi contenta durante la enfermedad de su padre. Alguno llegó incluso a afirmar que Gesche se mostraba muy alegre y desenfadada.

El día 28 de junio, refiriéndose a la rápida muerte de su padre, Gesche escribió:

«Cómo me apena no haber visto a mi padre en el féretro. Si lo hubiera visto, seguro, que me acordaría. Creo que el féretro fue cerrado, estando todavía en mi casa.»

Según parece, Gesche mostró en esta ocasión mayor interés aún en que el sepelio se efectuara inmediatamente y en que el cadáver, que podría delatar su crimen, no fuera visto por vecinos y curiosos.

Ahora ya sólo quedaba un miembro de toda la familia; era su hijo de cinco años, Heinrich que había sido, su preferido. Pero diez semanas más tarde decidirá eliminarlo, también. Heinrich, murió entre horribles dolores y convulsiones, y Gesche escribiría más tarde refiriéndose a él:

«Con Heinrich tuve un gran susto. Al segundo día de estar enfermo se levantó- aterrorizado y entonces yo llamé a beta nuestra fiel sirvienta diciéndole que trajera inmediatamente leche. Si alguien hubiera estado presente me hubiera delatado inmediatamente, pues todo el mundo sabe que la leche es un contraveneno. Creo recordar que el niño se tranquilizó por sí mismo. Al tercer día el doctor dispuso que lo bañáramos. Después del baño descansó como una media hora y de pronto dijo: »¡Mira madre, cómo, ríe Adeline, está allí, sobre la estufa! También está papá. Pronto estaré en el cielo.” Después de la muerte de Heinrich hube de guardar cama».

Por primera vez Gesche da muestras de remordimiento por su proceder. Se muestra inconsolable por la muerte de sus hijos y -precisa de todo el consuelo, y cuidados de sus amigas. Nadie sabe de su enfermedad. ¿Fue tal vez una coartada? ¿Sintió alguna vez en su vida amor por alguien? Gesche no contestará nunca a estas preguntas.

Después de tantas muertes se extendieron por la ciudad toda clase de rumores, Algunos amigos de buena fe la convencieron para que diera su conformidad para que se efectuara la autopsia del último hijo fallecido. El informe fue «muerte por obturación de intestinos». A partir de aquél momento Gesche se fue recuperando rápidamente y pronto volvió ha vida normal. Refiriéndose a su nuevo ando, libre de niños, dejó escapar este comentarios: «Ahora se me podría considerar de nuevo como una doncella.»

Tampoco este nuevo impulso de vitalidad tuvo efecto alguno sobre su amado Gottfried. Todo quedó como antes con respecto a él; no se, alejaba, pero tampoco se acercaba. Nunca pronunció palabra alguna sobre boda o matrimonio,. Como cada año, aquella primavera emprendió un largo viaje de negocios, y por aquellos días Geschie se deshizo del último superviviente de la familia: su hermano Christoph.

Casi todos los crímenes los había llevado a cabo en ausencia de Goftfried ,bien fuera por casualidad, bien por temor al hombre amado. También en esta ocasión habría de ser así. Durante la ausencia de Gottfried apareció, su: hermano después de no haber sabido nada de él durante varios años. Christoph había recibido dinero en 1812 , por ir al Ejército en lugar de otro. Llegó harapiento y derrotado, herido y enfermo a Bremen, buscando cobijo y amparo en casa de su hermana rica.

Gesche quedó horrorizada al verlo pero procuró disimular su disgusto. Aquel enfermo le repugnaba y se avergonzaba de su aspecto. Temía , además, que 1a obligara a repartir con él la herencia paterna. El desgraciado había llegado un viernes y ya el domingo siguiente era envenenado con un plato de pescado. Durante su enfermedad, que duró exactamente dos semanas, ella se alojó en la habitación, más apartada de la enorme casa, pero tomó, a una mujer vieja para que lo cuidara y «con frecuencia mostró un falso amor fraternal hacia el enfermo». Acercándose con aire compungido a su lecho, según dicen, las actas del proceso. Según propia declaración, de Gesche, «el doctor D. le ha aliviado mucho en sus dolores en los últimos días. Me temo que, no haya sabido recompensar debidamente sus esfuerzos. Pero el, buen Dios no deja nunca sin recompensa una obra buena».

En estas cortas frases se pone de manifiesto una de las facetas más acusadas y paradójicas de esta mujer. Mientras que por un mezquino interés material y siguiendo los impulso de unos oscuros deseos camales asesina uno tras otro a todos los miembros de su¡ familia, mientras toma préstamos, de varios hombres a un mismo tiempo para comprar vestidos y hacer ostentosas obras de caridad, sabe rodearse de una aureola de dama respetable y bienhechora, en, la creencia de que con sus buenas acciones podrá conseguir el perdón divino para sus numerosos crímenes. No parece que pasara por su imaginación el pensamiento de que lo mismo que Dios no deja sin recompensa ninguna obra buena, tampoco deja sin castigo ningún crimen. En ninguna parte de sus escritos, diario íntimo o confesión, hay mención alguna de la cual se pueda deducir su fe en un Dios que castiga los crímenes.

Poco tiempo después de la muerte de Christoph, regresó Gottfried a Bremen. Pronto enfermo y tuvo que guardar cama. Paulatinamente la casa de Gesche fue adquiriendo fama de estar embrujada. El recién llegado necesitó muchos cuidados, que siempre en el marco de la moralidad y de la buena crianza, le fueron prestados con todo esmero por Gesche. Refiriéndose a aquellos días dijo a su abogado:

«Figúrese, tenía entonces veneno en la cómoda y ni se me ocurrió, dárselo. No le di ni una pizca.»

Gottfried se recuperó, y Gesche continué cuidándolo con todo cariño y, al mismo, tiempo, poniéndole trampas. Pero, el joven se mantenía firme fuera porque no se sentía muy bien físicamente, fuera porque aquella mujer le inspiraba temor. Finalmente Gresche aprovechó una oportunidad para, como ella misma explica, «embriagar los sentidos del hombre amado mediante bebidas y licores. Era la noche de San Silvestre, que todas las familias celebran con grandes, fiestas. Para nosotros fue exactamente igual. Estábamos sentados en el sofá del salón. Estuvimos bebiendo, ponche y allí perdimos la virtud. Cuando, habían sonado las doce y el año viejo ya había pasado, él se retiró a su habitación y yo me retiré a mi habitación y me acosté en mi cama.Cuando me desperté é al día siguiente tuve un extraño presentimiento…»

Este presentimiento habría de confirmarse muy pronto, Gesche había quedado embarazada. Su situación era ahora muy delicada. El aura de respetabilidad que la envolvía amenazaba esfumarse de un momento, a Otro, dando lugar a un gran escándalo. ¡Un embarazo ilegítimo en, una viuda joven, que ha perdido recientemente a su marido padres, hijos y hermano! Refiriéndose a aquella situación escribía más tarde a su defensor:

«Debo confesar que hice muchos reproches a Gottfried. Pero como él era, joven y nada me había prometido y yo ya había sido madre de cinco hijos y debía saber las consecuencias de tales actos; por lo tanto, toda la culpa debía recaer sobre mí.»

Hubo serías disputas entro los dos. Gottfried rechazó de plano la idea de casarse y le aconsejó que fuese, a. pasar las semanas críticas al campo. Gesche quedó profundamente decepcionada y pronto su ardiente pasión se fue transformando en odio, y en deseo de venganza. Al mismo tiempo estaba aterrorizada por el miedo a la vergüenza pública y por un presentimiento no confesado, de ser a los ojos, de Gottfried persona que llevaba consigo la desgracia. Parece ser que Gottfiried estaba convencido de que el embarazo, había sido obra de otro hombre y , además poco a poco fue naciendo en él un sentimiento de repulsa hacia Geische, al ver cómo se sucedían las muertes en su familia. Pero no tomó medida alguna para terminar definitivamente con aquella situación sino, que, por el contrario dio oídos a las súplicas de sus amigos para que se casara con Gesche. La joven viuda, desesperada al verse en aquel estado-, se había dirigido a los mejores amigos de Gottfried pidiéndoles su apoyo y consiguiendo, al fin que éste diera su conformidad.

La pareja dio a conocer su compromiso y comenzó a hacer las primeras visitas, como era costumbre en aquel entonces. El estado de Gesche era ya visible, cuando, de pronto, Gottfried se volvió atrás en su palabra diciendo: «No, puedo y no quiero tomar por esposa a esa mujer.» Entonces volvieron a intervenir sus amigos y, finalmente, doce semanas antes de la fecha prsvista para el parto, se leyeron las amonestaciones.

Gesche había conseguido sus deseos. Ahora parecía estar al alcance de sus manos aquella nueva vida por la que tanto había sacrificado, y luchado,. Pero las continuas negativas de su pretendiente terminaron por levantar contra él sus instintos de venganza , al mismo tiempo que se veía atormentada por el miedo de que «tal vez llegara, a sospechar de sus maquinaciones Y en, el último momento se negara a casarse». Más tardé escribiría ella: «No me amaba. Él se veía obligado a casarse conmigo. Tampoco hubiera sido feliz con él.»

Nadie sabía por aquel entonces que Gesche tenía desde hacía dos años un amante muy espléndido. En las actas del proceso constará simplemente como el señor X. Gesche lo confesaría muchos años más tarde a su abogado. Nunca dijo si fue este amante quien la había impulsado a tomar la decisión de envenenar a aquel otro hombre que tanto le había costado conseguir.

Gesche escogió con gran astucia un día en que habían salido de excursión. De este modo el médico, que más tarde acudió, no tuvo la menor sospecha por su repentino malestar. Se hicieron públicas las amonestaciones y en consecuencia no existía ningún impedimento para celebrar la boda.

También Gottfried tuvo que sufrir horriblemente. Pero ella se encargó desde el primer momento de que acudiera un sacerdote para la celebración del matrimonio. De este modo quedaba a salvo, su honradez y su hijo legitimado.

Antes de la celebración de la boda, Gesche hubo de prometer a Gottfried que, en caso de que él muriera, ella no volvería a contraer matrimonio. Pero, según las actas del proceso, «durante la noche, cuando el paciente se revolcaba de dolor hasta el punto que parecía que iba a volverse loco, ella cogió el anillo de boda y lo tiró, con furia lejos de sí. La asesina negó éste extremo , alegando. que se le había caído. La señora Arnold, que estaba presente, declaró que Gottfried llevaba un aro , hecho a su medida cuando, aún estaba sano, pero que en tres días se había convertido en un esqueleto».

Gesche continúa su declaración:

«Ignoro si Gottfried llegó a saber o a presentir de mis anteriores hecho, pero sé de cierto que se separó de mí sin rencor .No aparecieron manchas en su cuerpo y la buena señora Arnold le cerró los ojos.»

Tres días después de la boda moría Gottfried y, si es cierto que Gesche se había hecho alguna ilusión acerca de su herencia, debió llevarse una amarga decepción. Aparte de algunos objetos de insignificante valor, Gottfried no dejó sino deudas. Si bien pronto corrieron voces de que había heredado una gran fortuna, ninguno de los muchos acreedores se atrevió a apremiar a la pobre viuda. Ocho días más tarde dio a luz a s sexto hijo. El parto transcurrió, sin graves dificultades pero la criatura nació muerta. En consecuencia, Gesche volvía a estar completamente libre y sin trabas de ninguna clase, que era lo que ella tan ardientemente había deseado.

Más tarde, refiriéndose a su nueva situación, escribirá los únicos comentarios en los que se pueden ver huellas de una cierta compasión hacia el prójimo por parte de una mujer tan egoísta:

«Desde que mi Heinrich me abandonó, siempre sentía remordimientos por la pérdida de mis hijos. Con frecuencia me sentaba en mi alcoba y derramaba abundantes lágrimas. Desde la muerte de mis hijos no he vuelto a visitar feria alguna. No podía contemplar cómo otros padres compraban regalos a sus hijos y cuando, volvían de la escuela los niños del señor Schreiber, vecino mío tenía que apartar la mirada.»

En otro párrafo continúa:

«Cuántas veces, sentada en mi jardín a la luz de la luna pensaba, bañada en lágrimas, lo feliz que sería si fuera lo suficiente rica como para hacer bien a todos los desgraciados y poder, así, vivir en paz conmigo misma.»

Se trata, como podrá comprenderse, de una confesión tácita de sus maldades. En el alma de Gesche se entremezclaban, luchando entre sí, un sentimentalismo, adornado con compasión, y una rara insensibilidad para el dolor y los sufrimientos de sus semejantes.

Desde 1817 hasta 1823 Gesche Gotifried llevó la vida propia de una dama de la mejor sociedad en Bremen su ciudad natal. Le servía una fiel criada que había entrado en la casa cuando ella contrajo matrimonio con Miltenberg y en la cual tenía plena confianza. No le era posible guardar orden en su administración, si bien ello no le preocupaba gran cosa pues siempre encontraba hombres que le «prestaban» dinero. El hechizo y encanto femeninos que siempre emanaron de ella se veía ahora favorecido por un sentimiento general de compasión hacia su persona por los crueles golpes con que la adversidad le había castigado. Hasta sus amigas más desconfiadas no, podían por menos de alabar la entereza con que Gesche había hecho frente la situación. Los hombres, en particular parecían estar locos por ella. Recibía una proposición de matrimonio tras otra y volvieron a aparecer antiguos y ya olvidados pretendientes. Uno de ellos era Kassov. Sin embargo , quien, más velaba por ella era aquel señor X, hombre casado y padre de nueve hijos , quien, con objeto, de poder verla con más frecuencia, llevó a su casa a una de sus hijas como pupila.

Con todo y pese a su gran influencia sobre aquella mujer, sus advertencias para que cuidara mejor de su dinero no tuvieron el menor éxito. Cambió varias veces de mobiliario, cubría con donativos a pobres y a necesitadas, a sus amigas con regalos, y se comportaba como una de las damas más acaudaladas de aquella época. De los distintos informes se ha llegado a deducir que sus ingresos provenían exclusivamente de los «regalos» que le hacían los caballeros que venían a solicitar su mano, con, quienes, es fácil suponer , mantenía relaciones íntimas.

En el verano de 1822 , y atendiendo a una invitación dé una amiga marchó a Stade. Estando allí se le agotó el dinero y entonces simuló, un robo en el cual se habría de ver comprometida una doncella de la casa. Incluso llegó a jurar en falso y, en consecuencia, recibió de sus sorprendidos amigos el dinero reclamado. Más tarde, durante el proceso, este juramento en falso habría de ser una de las pruebas contra ella.

A su regreso a Bremen contrajo esponsales con Paul Thomas Zimmermann, dueño de una mercería. Es muy probable que nunca hubiera pensado en una boda – se dice en las actas pues «si bien admitía la posibilidad de un nuevo matrimonio con un hombre de su misma categoría, una boda con el señor Zimmermann quedaba totalmente descartada. Toda su persona, en lo espiritual y en lo físico, era una gran impostura, que, a buen seguro, no hubiera escapado a la mirada del esposo. Su cuerpo, con mejillas cubiertas de afeites, su dentadura amarilla, su busto postizo y una pretendida corpulencia, conseguido mediante rellenos en las prendas, escondían un armazón de huesos pecadores y un alma hipócrita. Era imposible que, la malhechora consiguiera ocultar a su esposo sus malvadas intenciones y pensamientos. Sus crímenes habían levantado un muro que le separaba de la humanidad».

Consiguió ganarse la confianza de Zimmemann y de su familia y sacar del joven diversas e importantes sumas de dinero con varios pretextos. Si bien el joven parecía muy enamorado de ella, no pudo, echar de lado las advertencias de sus amigos respecto, a aquella mujer y por eso, cuando Gesche, notó los primeros síntomas de desconfianza, pidió la anulación del compromiso con lágrimas en los ojos.

Cuando más tarde se le interrogó acerca de por qué había envenenado a Zimmernann, respondió escuetamente: «No lo sé » – o bien -: «No puedo precisar como me vino la idea. Quería hacer una prueba.»

Tal vez se le ocurrir hacer aquella prueba al leer en el periódico que en una tienda de la plaza de mercado vendían «manteca para ratones». Se trataba de un veneno compuesto de grasa y arsénico. En seguida envió, a su fiel Beta a la tienda por el encargo de que le trajera un cántaro lleno. El dependiente no le preguntó siquiera para quién era.

La experiencia habida con la herencia de Gottfried le indujo a proceder al envenamiento antes de la boda. Como no estaba segura de la eficacia de aquel preparado quiso probarlo antes y, para mayor seguridad, en dos personas a un mismo tiempo. Una era su amiga íntima María, que alguna vez se había permitido criticarla por sus relaciones con el señor X.

En las actas del proceso, se puede leer a este respecto:

«Cuando la amiga fue a visitar a la Gottfried, que se encontraba muy triste, ésta le agradeció la visita, al mismo tiempo que la invitaba a tomar un refresco que contenía el veneno … »

El efecto inmediato fue una fuerte diarrea, acompañada de vómitos. Al cabo de unos días María comenzó a vomitar sangre y más tarde quedó paralítica de pies y manos. Pero como guardaba cama en su casa y la Gesche no la podía visitar y «cuidar», no murió…

La fuerte complexión física de Zimmermann, exigía mayores dosis de veneno. Cuando ya parecía que se había restablecido, Gesche le envió un pollo que había hecho preparar por un cocinero, acompañado de un tarro con confitura de ciruela. Ésta contenía tanto veneno que Zimmermann, después de haber comido, murió al cabo de pocos días, entre horribles sufrimientos.

Gesche no se había separado ni un momento de su lecho y él en agradecimiento hizo testamento a favor de ella. A su muerte procuró deshacerse rápidamente del negocio, aprovechando la oportunidad para llenarse los bolsillos y quedarse con todo lo que le pareció de valor. Al mismo tiempo renovó su guardarropa y toda la lencería.

Ahora tenía Gesche dinero contante y sonante en las manos y siguiendo el consejo que le diera el propio Zimmermann antes de morir, se alejó por algún, tiempo de Bremen, marchando a hannover. Alquiló un coche, tomó una doncella de compañía y volvió a ser la gran dama. En Hannover se alojó en casa de unos parientes y, más tarde, en casa de una familia llamada Klein, con la cual había trabado amistad.

En una crónica de la época se dice respecto a su estancia en Hannover:

«Durante su estancia en aquella ciudad se hizo querer en todas partes donde se dio a conocer. Su natural cándido, alegre, lleno de vida, suave y sencillo, así como su innata distinción y generosidad parecían personificar la bondad y el amor.»

Prueba de la buena acogida que se le había dispensado, es que Gesche prolongó su estancia en aquella ciudad hasta noviembre de aquel año.

Su regreso a Bremen le trajo un cúmulo de sinsabores. Todos los acreedores apremiaban a un mismo tiempo. Hasta Kassov y el señor X pedían que les devolviera las sumas prestadas. Gesche se vio entonces obligada a rescindir el alquiler de la elegante casa en el centro de la ciudad y volver a la antigua propiedad de los Miltenherg, tomar nuevamente huéspedes y reducir en lo posible sus gastos. Ciertamente siempre encontraba un nuevo amigo a quien explotar, pero 1as deudas eran, ya tan elevadas que no sabía cómo salir de la situación.

En estas andaba Gesche, buscando afanosamente un ancla de salvación donde quiera que fuere, cuando, de repente se le ocurrió una idea. Tenía una amiga de cierta edad , la señorita Anna Lucia Meyerholtz, profesora de música, que vivía con su padre, un anciano de noventa años. Esta señorita tenía muy buenas relaciones en la ciudad y Gesche le suplicó que viera si entre sus amistades había alguien que estuviera dispuesto a prestarle algún dinero. No tuvo éxito en sus gestiones y, entonces, llevada de su buen corazón, ofreció a Gesche sus ahorros como préstamo a corto plazo.

Hacía tiempo que el tarro con veneno para ratones estaba en el armario de Gesche medio olvidado, excepto para untar con su contenido el bizcocho que ofrecía a algún conocido o conocida a quien guardaba animosidad. También lo había hecho probar a su huésped Mosees pero sólo lo necesario para que se viera obligado a guardar cama y, mientras tanto, ella pudiera robarle. Pero ninguno de aquellos envenenamientos fue seguido de muerte, se trataba de simples pasatiempos. Ella misma confesaría más tarde:

«Podía ver el veneno sin sentir el mínimo sobresalto. No tuve remordimiento alguno. Me parecía oír continuamente una voz que decía: “Hazlo”, y hasta sentía un cierto placer en ello. Acostumbraba a domir bien y sin pesadillas. Generalmente se horroriza uno ante el mal, pero este no era mi caso. Podía hacer el mal, a plena satisfacción … »

También la señorita Meyerholtz tuvo una muerte horrible. Una hora después de haber comido el bizcocho envenenado que le diera Gesche, le sobrevinieron vómitos y diarrea. Fue llevada a casa pero tampoco allí encontró descanso alguno. Cinco días más tarde moría completamente desfigurada.

Una amiga de la fallecido, que acudió a expresar su condolencia a la familia , al ver el cuerpo hinchado y la cara completamente desfigurada, exclamó sin poder contenerse: «¡A esta mujer le han dado algo!» Gesche, que estaba al pie del lecho, ensimismada en su dolor, dirigiéndose plácida y serenamente a ella, le repuso: «Pero, querida, ¿qué dice usted? ¿Quiere usted matar a su pobre y anciano padre?» Luego le recordó los frecuentes dolores de cabeza que había padecido la difunta, sus indisposiciones y precaria salud, haciéndole entender con ello que la muerte había sido completamente natural. No fué la cosa tan fácil con el médico, quien quería convencer a los familiares para que se efectuara la autopsia, a lo cual Gresche le contestó muy resuelta que, temiendo que el cuerpo reventara, ya habla cerrado el féretro.

A nadie sorprendió esta intromisión de Gesche, quien, incluso, fue muy alabada por la ayuda que prestaba cuidando del anciano caballero, que había quedado solo. Cuando más tarde se comprobó que los armarios habían quedado vacíos, que todos los ahorros y algunos objetos de valor habían desaparecido la Gesche juró por todos los santos que, tiempo atrás, había prestado a su querida amiga tres «luises» de oro para que pudiera hacer frente a sus necesidades. Puede resultar extraño, pero, también en esta ocasión logró distraer de su persona la atención, pública..

La ociosa vida de Gesche conocía únicamente dos diversiones conseguir dinero y envenenar a toda persona que le resultara antipática o tuviera amistad íntima con ella. No sentía ninguna clase de interés por las cosas del espíritu y, más tarde, confesará a su abogado que, después de la muerte de su amiga Meyerholtz, sólo había ido una vez a la iglesia. En su última ,y en su última visita a la iglesia tuvo una alucinación. Vio todas las maderas de la iglesia de color negro. Se asustó del tal modo que, vuelta a casa, lloró abundantemente y se dijo: «El sacerdote conoce ,todos tus pecados.» Pero estos pensamientos eran muy raros en su espíritu indiferente al sufrimiento. Refiriéndose precisamente a aquellos años, confesará luego.- «Siempre tuve un corazón alegre.»

No obstante, Gesche iba quedándose sola y empezaba a echar de menos 1as distracciones y el interés por la vida. De modo fue creciendo en ella la pasión, por envenenar a más personas. Ante el Tribunal declaró:

«No, escogía a las personas a quien quería envenenar, sino que envenenaba sencillamente a aquellas que el destino hacía llegar hasta mí. Con frecuencia transcurrían meses enteros sin sentir deseo alguno de dar veneno. Luego había períodos de tiempo en que me decía continuamente a mí misma: “Cuando venga ese o aquel, le darás veneno.” Algunas veces, lo daba a personas que sólo, habían venido a visitarme y me maravillaba yo misma de no ser nunca descubierta. Cuando me enteraba de que alguna de las personas, a quien yo había dado veneno, estaba enferma, cogía miedo, e iba a verlo inmediatamente, interesándome por su estado.»

A las personas, cuya fortuna acariciaba, les aplicaba otro procedimiento. Les iba suministrando pequeñas dosis de veneno hasta que enfermaban y tenían que guardar cama. Entonces se convertía en su más abnegada cuidadora, no escatimando servicios ni horas, permaneciendo constantemente tanto, de día como de noche, al lado, del enfermo… hasta que finalmente éste hacía testamento a su favor. Así es cómo procedió con su huésped Mosees, cuidándolo con altruismo sin igual, pero cuando hubo dictado su última voluntad firmó, también su sentencia de muerte. Falleció en diciembre de 1825.

En el caso del guarnicionero Rumpf, donde finalmente ,había de ser desenmascarada, utilizó el mismo procedimiento.

La situación económica de Gesche había llegado a tal extremo que pronto, empezó a hacerse a la idea de vender la casa. Encontró comprador en la pareja formada por el maestro guarnicionero Rumpf y su joven, esposa a quienes cedió el inmueble -pero reservándose de por vida el derecho a habitar en el mismo. En seguida trató de establecer trato familiar con el matrimonio. De este modo tenía compañía y, al mismo tiempo, sentaba las bases para un nuevo futuro. Mientras tanto los antiguos acreedores renovaban sus peticiones con más urgencia, en tanto que pudo acallar a su antiguo amante, el señor X, bien, que al precio de perder las relaciones. El señor Klein, de Hannover, le escribió reclamándole 800 taleros. Todo ello la llevó a considerar 1a conveniencia de «recuperar» su casa.

No, tenía la menor duda de que con la sola ayuda de su «manteca , para ratones» conseguiría sus propósitos. Y la ocasión se mostraba propicia. La joven esposa de Rumpf había dado a luz. En pocos días y gracias a sus abnegados desvelos consiguió envenenar a la madre y al recién nacido. Las muestras de agradecimiento que la madre expresaba en presencia de los visitantes hacia su cuidadora evitaron que recayera sobre ella la mínima sospecha.

Había transcurrido solamente algunas semanas desde el sepelio de su última víctima cuando supo que su fiel criada Beta, que tantos años llevaba a su servicio, esperaba, un segundo hijo y que su marido, un marinero le había dejado cincuenta taleros para atender a los gastos consiguientes. Esta modesta cantidad fue suficiente para despertar la codicia de Gesche, quien inmediatamente pensó en envenenar a su fiel criada para apoderarse del dinero.

También en esta ocasión el puerperio fue la ocasión propicia. La fuerte naturaleza de la madre requirió mayores dosis de veneno. Sirviéndose de un mismo, plato de sopa envenenó a la madre y su hijita una niña de tres años, que falleció igualmente entre horribles dolores.

Entonces Gesche se apodero sin ninguna dificultad del mísero caudal de la muerta y, además, cargó diez caleros por los gastos «que había tenido en el entierro».

Al mismo tiempo procuraba no desatender al viejo Rumpf, a quien hacía objeto de sus más solícitos cuidados. Por último, entre risas y bromas, le hizo comprender que consideraba conveniente para él una nueva boda y que un matrimonio entre ellos dos no le parecía desacertado. Él le contestó en el mismo tono festivo, pero la verdad era que Rumpf no había pensado en un nuevo matrimonio y, menos aún, con una viuda.

Por primera vez en su vida, Gesche se había equivocado al valorar a un hombre. Quizá ya desde buen principio, le inspiró sospechas el comportamiento de aquella mujer, o tal vez hubieran influido en su ánimo las advertencias de sus amigos de que hacía un mal negocio al comprar aquella casa siniestra. Sea como fuere, lo cierto es que el seguro procedimiento de Gesche de «provocar la enfermad» para luego pasar a cuidar al enfermo con celo y abnegación habría de fracasar en él. Cuando Rumpf no se sentía bien, siguiendo su instinto, se alejaba cuanto le era humanamente posible de aquella mujer.

En aquel verano de 1827 emprendió Gesche el que había de ser su último viaje a Hannover. Con grandes sacrificios había logrado reunir trescientos taleros, producto de varios préstamos, y confiaba calmar con ellos a aquel acreedor a quien debía ochocientos taleros. No olvidó de colocar entre sus ropas el tarro con la manteca para ratones. Si bien parece ser que Gesche nunca hizo detallados planes para sus crímenes, prestaba gran cuidado en elegir el momento propicio, fiándose siempre de su instinto. Se sabe que en esta ocasión marchó a Hannover con el decidido propósito de liberarse de tan molesto acreedor.

La familia Klein la recibió con los brazos abiertos y nadie hizo mención alguna respeto, a la deuda. Tampoco la appremiaron a que pagara el dinero restante y Gesche se quedó allí durantealgunas semanas disfrutando de aquella generosa hospitalidad. Más tarde explicará a su abogado, refiriéndose a la familia Klein:

“Encontré allí mucho cariño hacia mi persona. El anciano se comportaba como un padre. Todos los días, al saludarme por la mañana me decía: “Hoy volverá a tener una sorpresa.” El buen hombre estaba tan lleno de vida, sabía distraernos tan bien , que las horas nos pasaban como volando a su lado. Su principal virtud y lema eran servir de todo corazón a sus semejantes A mí me demostró que cumplía lo que decía. ¡Que Dios bendiga a sus hijos por ello!

Tan cándida, llena de inocencia y filial se mostraba , que tomó, a su cargo el preparar el desayuno para el anciano. Y lo consiguió , mezcló «manteca de ratones» entre el jamón trinchado, y el viejo señor moría días más tarde. Nadie sospechó lo más mínimo de Gesche.

Para que la muerte resultara menos extraña, toda la familia recibió su porción, pero, aparte de las, consiguientes molestias, no sucedió nada grave había conseguido su objetivo. La liquidación de la deuda quedada ahora aplazada para cuando a ella le conviniera y, además, aprovechándose del trastorno ocasionado por la muerte del anciano y de las «enfermedades» de la familia, se había apoderado de algunos objetos de valor. Entre las más vivas muestras de aprecio y simpatía por parte de la familia Klein, Gesche regresó a Bremen.

Resulta sobremanera sorprendente que esta larga e ininterrumpida sucesión de muertes que rodeaba a la viuda Gottfried no despertara mayores sospechas y que las conjeturas no, fueran más perentorias. En sus posteriores declaraciones como testigo, Rumpf dijo que dado que él no era supersticioso, nunca había concedido importancia a los rumores, que corrían por la ciudad, de que aquella casa estaba maldita, que en ella morían todos los hombres y que podría estar seguro que él también, perdería la salud si se, quedaba en ella.

¿Era realmente ignorancia? ¿Era indolencia por pare de los ciudadanos?

Cuando Gesche, regresó de Hannover todo el mundo le demostró su condolencia por los tristes días que de nuevo, habían caído sobre ella. Por su parte, ella volvió a emprender su vida normal si bien parecía estar presa de una continua inquietud. Mediante pequeños hurtos y calumnias trajo, la intranquilidad sobre la casa. Tenía frecuentes ataques de histerismo. Sobrevino una gran tempestad sobre la ciudad y ella, a grandes gritos, se acusó de ser la culpable. En otra ocasión quedó ciega durante un cuarto de hora. Siempre que se dirigía al cementerio encontraba un pretexto para regresar a casa antes de haber llegado.

Muy posiblemente habría que buscar el motivo de esta intranquilidad y de este desasosiego en el viudo Rumpf. Éste no acababa de sucumbir a sus zalamerías, a sus regalos y a su aparente inocencia. Se mantenía firme, en su decisión, pese a los pequeños y, con frecuencia, costosos regalos, y poseía una naturaleza tan robusta que se recuperaba rápidamente de los envenamientos de que le hacía víctima algunas veces Gesche para ver si «enfermaba» de una vez. Como quiera que Rumpf fue notando, que en estos casos le sobrevenían siempre los mismos síntomas, vómitos, disminución de facultades, sordera y falta tacto en los dedos de las manos y los pies ,empezaba a mirar con desconfianza a su alrededor.

Precisamente esta desconfianza le llevó a observar cierto día que un trozo de tocino, que el día antes había recibido para comer, no sólo había cambiado de lugar en la alacena sino que además tenía como, unos granitos por encima. Ya había observado aquella arenilla en la ensalada y en otros alimentos. Entonces cogió un trozo de tocino, y lo dio a su médico quien a su vez lo hizo analizar por un químico.

Se comprobó que aquella, especie de arenilla contenía un elevado, porcentaje de arsénico. El día 6 de marzo de 1828, Rumpf presentaba denuncia ante el Tribunal de lo criminal.

Gresche no pareció sorprendida al darse cuenta del peligro del castigo que se cernía. sobre ella. El día antes había visto el coche del médico parado, ante la casa y comprendió al momento lo que se preparaba. Ese día no se levantó de la cama; sentía fuertes dolores en el costado y era presa de una extraña, agitación. Cuando Dorotea, la criada, le trajo una taza de té, le dijo temblando: «Pronto te diré adiós.»

Sacó el tarro lleno de veneno, que guardaba en la cómoda y lo escondió en el seno y así la encontró, la comisión judicial que llegó hacia las dos de la tarde.

Gesche se mostró tan, nerviosa y sorprendida que con su actitud acrecentó las sospechas que se tenían contra ella. Respetuosamente le indicaron «que en aquella casa habían acaecido tales sucesos que requerían, una detenida investigación». Entonces ella, les contestó «que también lo creía así». Cuando le preguntaron si podría levantarse para acompañarles, intentó hacerlo, pero, sus piernas no la sostenían.

«Entonces me dije: “Pon tu destino en manos de Dios porque ya estás perdida para este, mundo y no, volverás a pisar el umbral de tu casa. Así ,tomé mi camisa de dormir y marché con ellos al Ayuntamiento, diciéndole antes adiós a Rumpf. Mi estado de ánimo, como es de suponer, en aquella mi primera noche … »

Cuando fue detenida Gesche contaba 43 años.

De nuevo consiguió aquella extraña mujer la compasión y simpatía y «con frecuencia arrancó lágrimas de aquellos que la conocían». Ya se tratara del juez de instrucción o de cualquier otra persona que con ella se relacionara. En la cárcel recibía un cuidadoso y respetuoso tratamiento y continua asistencia médica, especialmente durante, los tres primeros meses en que su razón atormentada pareció, llegar a los límites de la locura.

En un opúsculo de la época, refiriéndose a su calabozo se lee:

«Es una habitación, bonita y alegre. Tanto las paredes como el techo, están pintados de color blanco y el suelo de un rojo oscuro. En la pared que da al oeste hay una puerta gruesa, revestida de plancha de hierro, con una trampilla, dando acceso al corredor que conduce, a las restantes celdas. Encima de la puerta hay un agujero de cinco o seis pulgadas de ancho de forma ovalada, que sirve dé respiradero. En la pared opuesta , o sea, en la que da al este, hay una ventana con cristales que la detenida puede abrir o cerrar a voluntad. La ventana tiene gruesos barrotes de -hierro y da a la sala de interrogatorios y a los patios interiores. La pared del sur es lisa. Adosada a la pared norte, hay una estufa idéntica a las de las demás celdas. Todo es de reciente construcción y no tiene nada de triste. El sol matutino entra en la habitación por los patios interiores. El mobiliario es nuevo y pintado, de gris claro, como asimismo la puerta y la ventana. En la habitación hay una cama, una mesa, una silla y un sillico al cual, se cambia cada día la vasija. También hay un lavabo, con salpicadero blanco y un jarro con agua. Además usa su propia ropa de cama, tiene una taza para beber y un plato. Tiene, asimismo, dos tomos de Horas de meditación, y otro de temas religiosos que le fueron traídos de su casa a petición suya. La comida y la bebida le son, suministradas de acuerdo con, las indicaciones del médico y la detenida se muestra satisfecha con ellas. Además, en el curso del día, la visitan varias veces la criada o 1a esposa del vigilante. La puerta de la celda no está cerrada pues se le ha prescrito que se mueva, aunque apenas puede andar. Ante las ventanas de las restantes celdas hay unas pantallas de madera para impedir que los reclusos puedan verse unos a otros, pero la ventana de su celda ha sido bajada para que pueda mirar libremente.»

Si se tienen presente las condiciones en que vivía la mayor parte de la población en aquella época, habrá que convenir que la celda de Gesche era casi confortable.

Pasadas algunas semanas la detenida se había tranquilizado y se mostraba conforme con su nueva situación.

En el primer interrogatorio habido en su domicilio, no había negado los hechos pero tampoco los había confesado. En realidad la verdad completa sólo se consiguió después de diversos interrogatorios y pasando por alto algunas mentiras. Comenzó acusando a su padre de haber envenenado a sus hijos, pero poco, a poco fue confesando hasta los pequeños hurtos y los grandes fraudes que había llevado a cabo. Por ejemplo, que había robado tres luises de oro a su fiel e imprescindible criada Beta, cuando ésta todavía vivía, y que envenenó al señor Klein de Hannover, porque le apremiaba a que le restituyera el dinero pendiente de un préstamo que le había hecho . A las preguntas del juez de instrucción contestó Gesche:

«Pensaba que sacaría ventajas de la muerte. Pero no sabría explicar cómo, llegué a esta conclusión, y tampoco encontrar una explicación lógica a mis delitos.»

Luego añadió con infantil ingenuidad que «había sentido un impulso irresistible a hacerlo».

Le complacía que todas sus declaraciones constaran en acta y cuidaba y comprobaba minuciosamente que todas sus palabras quedaran allí registradas. De vez en, cuando cambiaba de talante pero en general se mostraba conforme con su nuevo estado, dando muestras de arrepentimiento y de estar dispuesta a hacer penitencia. Pidió que le trajeran más obras religiosas, si bien pronto se pudo comprobar que no sentía verdadero interés y que lo hacía exclusivamente por estar a tono con la situación y con el lugar en que se encontraba. Las conversaciones con religiosos fueron cada vez más escasas. Éstos no consiguieron penetrar en su espíritu no sólo por ser éste frío, y superficial, sino también por la formación rigurosa y puritana de aquéllos, que les impedía comprender a un alma tan degenerada como era la de Gesche.

No llegaba a comprender la gravedad de sus delitos, y si bien en alguna ocasión se estremecía ante la posibilidad de una sentencia de muerte, en general se mostraba convencida de que acabaría sus días en la «Casa de Trabajo».

En varias ocasiones dijo a su defensor que consideraba una suerte hallarse allí y tener tiempo para reconciliarse con Dios y morir en una cama de una enfermedad, cuando él quisiera, y así poder ofrecerle su corazón en el último instante.

No obstante tenía días muy inquietos y pesadillas por la noche que ella denominaba visiones. Las describía a su abogado defensor, diciéndole al mismo tiempo que sus víctimas se le aparecían para perdonarla.

De manera muy diferente se expresó su guardián, que también fue interrogado, diciendo:

«Su estado de ánimo era muy variable. En un momento dado podía estar contenta y alegre como si nada hubiera sucedido. Pero si, por cualquier detalle le venía a la imaginación su nueva situación, caía en una profunda desesperación y llanto que producían compasión. Es posible que a la media hora todo le hubiera pasado y volviera a aparecer con su buen humor. También a mí me ha contado sus visiones pero de forma muy distinta a como se las había contado al juez. Por ejemplo,, que se le había aparecido su primer marido arrodillado ante ella. Parece ser que el mentir sea algo innato en ella. Casi nunca cuenta algo de igual forma dos veces seguidas y es sorprendente la indiferencia con que relata las más horribles atrocidades. Por lo que a él se refiere, en particular, le sorprende sobremanera esta falta de sentimientos de que da muestras la detenida. Ella le había explicado que de su infidelidad se derivaron los robos y envenenamientos.»

La detención de la viuda de Michael Christoph Gottfried Gesche Margarethe, nacida Timm, viuda de Miltenberg tuvo lugar el día 6 de marzo de 1828. Desde el principio estaba convicta, aunque sólo fue confesando sus crímenes paulatinamente. Para la comprobación de los hechos fueron enviados exhortos a las ciudades de Hannover y Stade. El día 26 de marzo, fueron exhumados los cadáveres de Mosees y de la señora Rumpf que fueron reconocidos por Gesche los días 27 y 28 de marzo, respectivamente, y en los mismo días se procedió a su autopsia. Para conseguir el ataúd que contenía el cadáver de su antigua criada Beta fue necesario extraer antes hasta treinta féretros. Finalmente el día 21 de abril, Gesche identificó el cuerpo de Beta. Las vísceras fueron enviadas para su examen químico a la Facultad de Medicina de la Universidad de Góttingen, y hasta el mes de noviembre no llegó a Bremen el resultado del mismo.

Mientras tanto se había procedido a tomar declaración bajo juramento a varios testigos y el juez de instrucción dio por concluido el sumario. Por decreto del 22 de diciembre de 1828, se prescribió que se proporcionara un abogado defensor a Gesche. Dos célebres abogados, a quienes el Tribunal ofreció la defensa, declinaron el encargo, y Gesche pudo entonces escoger de una lista el abogado, que creyó más conveniente para ella. Fue éste el doctor F. L. Voget. El día 25 de julio de 1829, el abogado defensor entregaba su alegato de defensa.

A la asesina se le acusaba de tres clases de delitos:

1. Quince envenenamientos mortales.

2. Quince envenenamientos con graves perjuicios en la salud de los afectados pero sin muerte.

3. Repetidos actos de infidelidad conyugal, robos y estafas, así como intentos de aborto.

El estatuto entonces vigente de la Ciudad Libre de Bremen en su párrafo número 88, fijaba:

«Si un cristiano o cristiana reniega de su fe o realiza actos de brujería, encantamientos o venenos y es sorprendido en ello, será condenado a morir quemado sobre una parrilla. Igual se hará con un traidor.»

Decretos posteriores disponían «que el envenenamiento que produjera la muerte o bien daño perpetuo en la salud de un ser humano, fuese castigado con la pena de muerte. En los hombres, por la rueda, y por inmersión en las mujeres.»

En el transcurso del tiempo se había Regado a sustituir aquellas ejecuciones por la decapitación por la cuchilla.

El abogado defensor comenzó, su alegato refiriéndose a los tres casos de Beta Schmidt de su hija EIisabet y del señor Klein en los cuales la acusación se fundamentaba sobre el dictamen médico y químico. El defensor rechazaba este dictamen. Desde luego, comparados con los métodos actuales, cabe calificar a aquéllos de muy empíricos. Es sorprendente comprobar por cuántas manos habían de pasar aquellas partes de cuerpo humano, que, según aparecía, contenían arsénico, extremo este que debía demostrarse. Por otra parte, los restos humanos no fueron examinados y comprobados en la misma Facultad sino enviados a un químico, particular, y devueltos a Bremen después de siete meses. Tampoco se había tomado juramento a las personas que realizaron aquellas comprobaciones ni a las que cuidaron o hicieron el transporte. En consecuencia, aquellos restos humanos y los dictámenes eran discutibles en sumo, grado y no podían ser tomados en consideración. El defensor se apoyaba, asimismo, en los diagnósticos de los diversos médicos que habían asistido a las víctimas, señalando que ninguno ni nunca había advertido, tales envenamientos.

En la segunda parte de su escrito exponía el defensor que su cliente era persona carente de sentido de la responsabilidad. Aquello constituía una doctrina tan nueva y tan incomprensible que el defensor se vio obligado a exponer su punto de vista en los siguientes términos:

«Contrariando sus más íntimas convicciones, pero al mismo tiempo en cumplimiento de su deber como, defensor, este letrado se ha visto obligado a examinar la doctrina forense, procedente de Francia que, bajo determinadas circunstancias, considera la responsabilidad de sus actos por parte de un acusado. Quizás esta doctrina sea contraria a nuestro concepto de la moral cristiana pero, es un hecho evidente que ha encontrado amplio eco entre los tribunales de nuestro país como lo demuestran las múltiples sentencias … »

Nueve declaraciones fueron favorables a la acusada. En ellas se ensalzaba su amabilidad, su bondad y caridad con el prójimo y su propia disposición para, cuidar enfermos.

En estas declaraciones intentará apoyarse el abogado defensor tratando de explicar lo inexplicable de aquellos «impulsos» que obligan a Gesche a envenenar a parientes, amigos y sirvientes. Resaltó de manera especial aquellos casos en los que Gesche no había tenido ningún motivo lógico o racional para envenenar. En la tercera parte de su alegato el defensor casaba la inconsistencia de los dictámenes, habida cuenta de lo defectuoso de los análisis, y la evidente pérdida del libre albedrío que había sufrido la inculpada en el momento en que había cometido aquellos delitos. Al mismo tiempo señalaba:

“Precisamente la Justicia de la Ciudad Libre de Bremen era conocida por su clemencia, tanto que apenas se recordaba que se hubiera pronunciado pena capital alguna, y el pueblo duda de que la autoridad sea competente para decidir sobre la vida o muerte de un ser humano.»

Por último el defensor propone al Tribunal «castigar a la inculpada, por sus robos y estafas con una condena adecuada de prisión, y en lo concerniente a los evidentemente dudosos envenenamientos aceptar su momentánea incapacidad volitiva y, en consecuencia, aplicarle la pena de reclusión perpetua.»

El alegato de la defensa fue entregado al Tribunal el día 25 de julio de 1829. El Tribunal Supremo decretó el día 22 de mayo de 1830 que debían dilucidarse diversas faltas de forma, tomar nuevas declaraciones juradas, y algunos extremos de tipo médico, Las actas fueron entregadas al abogado defensor el 2 de julio y el 8 del mismo mes, el letrado elevó al Tribunal las aclaraciones pertinentes. Finalmente el día 17 de, septiembre de 1830, el Tribunal Supremo dictó sentencia de muerte:

«Teniendo presente las normas por las que se rige la actual Justicia, condenamos a la inculpada viuda de Michael Christoph Gottfried, para servir a otros de ejemplar aviso, a morir decapitada por la cuchilla. El Tribunal de lo Criminal queda encargado de hacer pública la sentencia y cuidar de su cumplimiento con todos los detalles cuando sea llegada la hora.»

El día 3 de noviembre de 1830, el abogado defensor apeló contra la sentencia, como era de reglamento, ante el Tribunal Superior de apelaciones dio la Ciudad Libre de Lübeck, que era el competente para las cuatro ciudades libres de la federación. Pero el día 6 de abril de 1831, aquel Alto Tribunal confirmaba la sentencia, aun cuando el defensor había hecho observar que «la sociedad, castiga porque así debe hacerlo para restablecer la injuriada justicia. Pero que, cuando por avance de los tiempos y de las ideas se llegue al convencimiento de que con la privación de la libertad se conseguirá idéntico resultado que con la supresión de la vida, será dudosa la aplicación de la pena capital y, con toda seguridad, contraria al espíritu humano».

No obstante, el Tribunal fue del parecer que la pena de muerte bajo la cuchilla era la pena adecuada para catorce envenenamientos seguidos de muerte, si bien en la ciudad de Bremen hacía más de cuarenta años que no se había dictado una pena capital.

Gesche escuchó la sentencia con notable serenidad, e incluso, podría decirse, que casi con indiferencia. Durante las últimas semanas de su vida estuvo continuamente bajo vigilancia. La esposa, las hijas y 1as criadas del vigilante de la prisión, se turnaban para hacerle compañía. Le disgustaba hablar con eclesiásticos y se servía de cualquier excusa para no quedar a solas con ninguno de ellos. Con las muchachas hablaba de cosas sin importancia, de vestidos y de ropas, Hasta se permitía algunas observaciones algo dudosas respecto al criado de la cárcel. En 1os últimos ocho días no tomó alimento alguno.

La ejecución tuvo lugar a las ocho de la mañana en la Plaza de la Catedral, frente al Ayuntamiento. Se vistió por sí misma para su último tránsito y con un postrer gesto de vanidad, se negó a calzar los zuecos que le dieron. Fue necesario que la esposa del guardián de la cárcel le diera unos zapatos suyos.

Subió sin auxilio alguno al carro descubierto que debía conducirla hasta el lugar señalado para el cumplimiento de la sentencia. Un oficial del Tribunal la acompañaba, y Gesche, que lo conocía, se mostró muy contenta de tenerlo a su lado. Temía la irritación popular, por lo cual pidió que una escolta militar la protegiera marchando a ambos lados del vehículo.

Ante el Ayuntamiento se había levantado una plataforma de unos seis pies de alto, cubierta de paño negro, lo mismo que las sillas y mesa del Tribunal de Ejecución. Ante éste se hallaba el patíbulo.

Servidores del Tribunal la ayudaron a subir a la plataforma y allí quedó de pie, ante el Tribunal. Un senador de la ciudad leyó la condena y rompió sobre ella la varilla simbólica. Entonces Gesche dio la mano a todos los presentes en señal de despedida y los servidores la condujeron al patíbulo. El verdugo tomó la espada y de un tajo separó la cabeza del cuerpo y luego, pausadamente limpió el arma con el lienzo blanco que ella había traído y puesto sobre su regazo.

Así acabó sus días Gesche Margarethe Gottfried, viuda de Mitertberg, nacida Timm, envenenadora múltiple cuya personalidad de psicópata hubiese sido analizada en nuestros días y tal vez hubiera sido causa para que se le internara en una institución adecuada.

Tanto o más sorprendente que los mismos delitos perpetrados por aquélla mujer nos resulta hoy en día el hecho de que pudiera haberlos llevado a cabo durante tanto tiempo y que incluso al mismo pie del patíbulo fuera objeto de grandes muestras de respeto y deferencia.

 


MÁS INFORMACIÓN EN INGLÉS


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR