George Troup
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Violador
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 16 de octubre de 1969
  • Perfil de las víctimas: Diana Stephanie Kemp, de 20 años
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Mudeford, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue condenado a cadena perpetua en 1970
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George Troup – El «autoestop» mortal

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Diana Stephanie Kemp era una chica que nunca caminaba o tomaba un autobús si podía conseguir un viaje gratis en un coche. Sus padres le habían suplicado y su novio la había prevenido de los peligros de hacer autoestop, pero Diana continuaba levantando el esperanzado brazo ante el primer coche prometedor cada vez que quería ir de un lado a otro. Desechaba la angustia familiar y de sus amigos considerándola como “quisquillosa”; estaba convencida de que una chica decente que dejaba en claro que todo lo que quería era un viaje gratis no corría peligro. Pensaba que podría cuidarse sola.

Los acontecimientos vinieron a demostrar que estaba trágicamente equivocada.

La tarde del jueves 16 de octubre de 1969, parecía que iba a ser como cualquier otra en la semiaislada casa de los Kemp, situada en la avenida Elizabeth de Christehurch, Hampshire. Diana, una chica de veinte años particularmente atractiva, de figura delgada, cabello oscuro y largo y facciones clásicas y hermosas, cenó un poco después de llegar de su trabajo como secretaria de un agente de bienes raíces de Bournemovith. Diez minutos antes de las ocho pidió una moneda a su padre y salió de la casa para telefonear desde un kiosco cercano a su novio, Richard Coomber, quien vivía en Mudeford, en las afueras de Christchurch.

Habían acordado encontrarse la noche siguiente, pero Diana le preguntó a Richard si podían verse esa noche. Ella no quería quedarse en casa. Richard respondió que iba a bañarse y que pensaba que para el momento en que estuviera listo ya sería muy tarde. Confirmó, sin embargo, la cita hecha para las 7:30 p.m. del día siguiente fuera del Christchurch Town Hall.

Diana regresó a su casa y subió a su cuarto en donde estuvo únicamente unos minutos. A las 8:15 p.m. se despidió de sus padres y salió nuevamente. No dijo a dónde pensaba ir. Uno de los misterios menores de este triste caso es lo que intentaba hacer cuando salió por segunda vez esa noche.

Alrededor de las 9:30 p.m. el señor y la señora Kemp veían la televisión cuando oyeron un toquido en la puerta del frente. La señora Angela Kemp fue a abrir y se encontró con un joven, de pie en el escalón de la puerta, que sostenía la bolsa de mano de Diana. Dijo que la había encontrado en el camino a Mudeford y que la había podido traer porque la dirección de Diana estaba en una carta que iba dentro. La señora Kemp le dio las gracias y el joven se fue sin dejar su nombre. El contenido de la bolsa estaba intacto: incluía tres billetes de cinco libras que la chica estaba ahorrando para comprarse un vestido nuevo.

Pensando que su hija se sentiría preocupada por la pérdida de la bolsa, la señora Kemp telefoneó a Richard Coombeer. Se sintió un poco sorprendida al enterarse que Richard no había visto a Diana esa tarde y que no la esperaba. A medianoche sus padres estaban ya seriamente preocupados y se comunicaron con la policía para el caso de que hubiera estado en algún accidente de carretera. A la mañana siguiente fue listada de manera oficial como “ausente de casa”.

Normalmente en una etapa tan temprana como ésta no hubiera habido ninguna sospecha de muerte violenta, pero la localización de la bolsa de mano de la chica le daba a todo el asunto un tinte siniestro. Si Diana hubiera estado planeando irse de la casa – y no había la menor evidencia que sugiriera esto – seguramente había abandonado la idea una vez perdida su bolsa o por lo menos había informado a la policía de la pérdida. Nada se sabía de ella. Parecía haber desaparecido sin dejar huella.

El joven que había encontrado la bolsa, Peter Deana, hijo de un médico, fue a la policía después de leer en un periódico dominical, tres días después que Diana había desaparecido. No pudo proporcionar más información de la que había dado a la señora Kemp.

Seis semanas después, el domingo 30 de noviembre de 1969, el señor Norman Young, de Poole, en la región vecina de Dorset, sacó a su familia para un paseo matinal en auto. Siguió el camino costero que va a Swanage y se detuvo afuera de Studland – en el camino que va de Swanage a la villa de Ulwell -. Comenzó a caminar por una vereda angosta que lleva a un promontorio. De pronto, vio que de unos helechos y hojas salían un par de pies y piernas desnudos.

Los oficiales de la comandancia de policía de Swanage que fueron llamados a la escena, descubrieron el cuerpo dé una chica en descomposición con su impermeable y su vestido corto de color azul, levantados hasta la parte superior de su cuerpo. Su ropa interior, sus mallas y sus zapatos habían desaparecido. Al revisar la lista de las chicas perdidas se encontró que podría ser Diana Kemp. Su identidad fue establecida de manera definitiva por el dentista de Bournemouth, el doctor Michael Wolfson, quien había examinado los dientes de la chica apenas una semana antes de su desaparición.

La muerte había sido provocada por estrangulación.

Se organizó una cacería del asesino en gran escala bajo la dirección del detective superintendente en jefe William Mayo, jefe del DIC de Dorset y Bournemouth. No era una tarea fácil debido a que la chica había muerto hacía ya varias semanas y a que su cuerpo había sido encontrado a 70 kilómetros del sitio de donde había desaparecido. A los 140 agentes de Dorset se unieron 60 de Hampshire.

Visitaron más de tres mil casas a lo largo de las rutas de Christchurch a Ulwell, tomaron incontables declaraciones, interrogaron a conductores que podían haber estado en el área, aproximadamente a la hora del crimen, y verificaron una y otra vez toda información, por pequeña que fuera, que pudiera transformarse en una evidencia.

Conocido el hábito de Diana, de hacer autoestop, se pensó que se había subido al coche de un hombre quien la había asaltado y que tal vez ella había lanzado su bolsa del auto en un intento por llamar la atención. La bolsa fue encontrada no lejos de la casa de su novio, de manera que se pensó que era posible que a pesar de la llamada telefónica previa ella hubiera decidido visitarlo o que fuera de visita a la casa de una amiga que vivía en la zona.

Todo esto era puramente especulativo y era lo único con que contaba la policía hasta que visitaron a los conmocionados padres un día después del descubrimiento del cuerpo. La señora Kemp identificó las ropas de la chica y un anillo tomado de uno de sus dedos. Fue entonces cuando la madre recordó algo e hizo una pregunta:

-¿Y dónde está el reloj que ella llevaba cuando desapareció?

Provistos de una descripción muy clara del reloj de pulsera dorado marca pontiac, de Diana, treinta oficiales iniciaron la labor de visitar toda tienda en la que podía haber sido ofrecido en venta. Uno de ellos, el policía alguacil John Welch, de Poole, caminaba por Ashley Road, Parkstone, cuando se detuvo frente a una tienda de artículos de segunda mano. Ahí en la ventana estaba un reloj de mujer, pontiac. Este reloj fue identificado posteriormente por las marcas de reparaciones como el de Diana.

El reloj había sido vendido al tendero apenas una semanas antes de que fuera visto por el alguacil. La transacción estaba lo suficientemente fresca en la cabeza del tendero como para dar una descripción completa del joven que lo había vendido. El tendero recordaba el incidente con suficiente claridad debido a una conversación sobre una grabadora.

El hombre había preguntado por el precio de una grabadora que estaba en la ventana y había mencionado que un amigo suyo tenía una idéntica. Llegó a pensar que era posible que se tratara de la misma grabadora y que hubiera sido su amigo quien la hubiera vendido. Al oír que el precio del aparato era de mil pesos, el vendedor del reloj dijo que no podía reunir de inmediato tal cantidad, pero que regresaría el fin de semana a dejar un depósito y cubriría el precio total en unas dos o tres semanas. El tendero estuvo de acuerdo en celebrar esta transacción, pero el cliente no regresó a la tienda.

Por un golpe de buena fortuna, este comerciante había tomado el nombre y la dirección de quien le había vendido la grabadora. Este joven fue localizado al regresar de un campamento. Informó que un hombre llamado Ian Troup había trabajado con él durante un tiempo en el cuarto de proyecciones del cine Regent, en Christhchurch, y que durante unas semanas lo había hospedado en su casa. Troup mostró gran interés en la grabadora de su compañero y dijo que le gustaría comprar una en caso de que tuviera dinero suficiente. La madre del joven recordó haber visto un reloj de pulsera de mujer -muy parecido al pontiac que le mostró un detective- en el cuarto de Troup. El huésped le había dicho que pertenecía a su mujer, de quien estaba separado desde hacía tres años.

Una visita a la oficina de antecedentes policiales dejó en claro que George Troup, de veintinueve años, era buscado por no presentarse a dar una fianza en la Greenwich Magistrates Court el 22 de agosto de 1969. El cargo era de exposición indecente. Ya había sido procesado en dos ocasiones por exposiciones indecentes y en otras más por asumir identidades falsas, robo y por haberse introducido a un garaje.

Después de salir de la casa del amigo de la grabadora, Troup se mudó a una casa en Wesbourne, cerca de Bournemouth, el 23 de octubre de 1969. De aquí salió para Londres “más bien deprisa” el 2 de diciembre.

Fue en este momento cuando la policía tuvo su segundo golpe de suerte. Troup había comprado al dueño de la casa un hiliman blanco y había vendido su viejo standard negro a otro de los huéspedes. Aunque Troup ya se había ido, el coche que tenía en el momento del asesinato de Diana Kemp seguía en la casa. Debajo del asiento de este coche los detectives encontraron un botón que correspondía a los del vestido azul de Diana. Largos cabellos oscuros, idénticos a los de la chica muerta, aparecieron en la alfombra y en la tela de los asientos.

Troup, pintor y decorador, fue localizado en Eastmearn Road, Dulwich, Londres, y llevado de regreso a Bournemouth. En un principio dijo que había encontrado el reloj de la chica en Boscombe y que lo había vendido porque andaba corto de efectivo. Sin embargo, después de un interrogatorio más intenso, confesó.

– Fue el sexo. No había tenido relaciones sexuales durante un año.

En una larga declaración, Troup dijo que vio a una chica que hacía autoestop y que la había levantado cerca de su casa. Se detuvo en Mudeford, no lejos del lugar en el que fue encontrada la bolsa.

– Me dijo que iba a visitar a una amiga. Traté de contarle lo solo que estaba y cómo se había derrumbado mi matrimonio. Le pregunté si quería dar una vuelta conmigo para nada más que hablar y ella me dijo que no. Traté de besarla y me dio una bofetada… Ella estaba en el coche con ese vestido, una minifalda, y yo comencé a sentirme excitado…  Le puse las manos en el cuello y ella comenzó a luchar. Algo pasó dentro de mí porque yo quería que quedara inconsciente. La necesidad sexual que yo sentía era muy grande y cuando ella dejó de luchar manejé a un callejón sin salida y tuve relaciones sexuales con ella.

En el juicio celebrado en Hampshire Assizes, Winchester, durante el mes de marzo de 1970, Troup se declaró no culpable de asesinato aunque sí culpable de homicidio no premeditado. Dijo que todo lo que quería era dejar a la chica inconsciente. Esperó dos horas a que se recobrara después de haberla violado. Cuando la sintió fría se dio cuenta de que estaba muerta. Como no quiso que se supiera que él le había provocado la muerte tiró el cuerpo en la zanja de Swanage. Pensó que ahí no sería fácilmente encontrado.

Estuvo de acuerdo con el señor Raymond Stock, el fiscal, en que tenía grandes deseos de tener relaciones sexuales con la chica, independientemente de las condiciones en las que se encontrara en ese momento.

– ¿Consciente o inconsciente?

– Sí.

– ¿Viva o muerta?

– Sí.

Troup reiteró que no tenía intenciones de matar a Diana y que no había querido matarla.

– Lo siento mucho. Estoy muy avergonzado de mí mismo – agregó.

El señor Joseph Molony, defensor de oficio, pidió que el veredicto fuera homicidio no premeditado.

– No fue un asesinato premeditado – dijo -. Fue realizado bajo los impulsos de deseos sexuales.

Después de quince minutos el jurado encontró a George Troup culpable de asesinato y lo sentenció a prisión perpetua.

Como tantos otros homicidas, Troup era un hombre contradictorio. Era considerado como agradable, tranquilo, trabajador eficiente, reservado, atento y moderado. Su pasatiempos era la construcción de modelos de barcos a escala. Aunque estaba separado de su esposa parecía tener pocas amigas. Una chica de quince años a quien invitó a salir una tarde quedó sorprendida porque ni siquiera le dio un beso de despedida. La llevó a dar una vuelta por el campo y luego a caminar. Después de cenar en un café se sentaron en el coche a ver el mar y luego la llevó de regreso a su casa a las diez de la noche.

– En ningún momento hizo ninguna insinuación – dijo -.Era simplemente un muchacho quieto y ordinario.

Troup, sin embargo, no era un muchacho “ordinario”. Sus antecedentes de exposiciones inmorales reflejaban problemas sexuales. En su declaración a la policía mencionó que no había tenido relaciones sexuales desde hacía más de un año. No parece haber ninguna razón por la que deba dudarse de esta afirmación.

La causa por la que Troup tuvo una actitud que le hizo abstenerse sexualmente durante ese año es algo que únicamente podrá conocerse en el tratamiento psicoanalítico en la prisión.

Tal vez resulte que era un hombre sexualmente inhibido, al igual que lo son muchos acusados de exposiciones indecentes, y un hombre que encontraba difícil satisfacer a una mujer o satisfacerse él mismo.

El hecho de que no le importara si Diana Kemp estaba consciente o inconsciente sugiere que en su vida sexual no se preocupaba por la respuesta de su compañera.

Tal actitud puede haberse desarrollado en un periodo dado, al descubrir que no podía satisfacer a una mujer. En estas circunstancias pudo haberse sentido interesado únicamente con la obtención de satisfacción para él mismo. En el momento del crimen ya había alcanzado, sin duda, el punto en el que sus necesidades sexuales eran abrumadoras.

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