George Joseph Smith

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George Joseph Smith

El asesino de la bañera

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: "Barbazul"
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 1912 - 1914
  • Fecha de detención: 1 de febrero de 1915
  • Fecha de nacimiento: 11 de enero de 1872
  • Perfil de las víctimas: Sus esposas
  • Método de matar: Ahogamiento
  • Localización: Varios lugares, Gran Bretaña
  • Estado: Ejecutado en la horca el 13 de agosto de 1915
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George Joseph Smith

Última actualización: 16 de marzo de 2015

Conquistó el corazón de muchas mujeres que suspiraban de amor… para sumergirlas hasta la muerte.

Muerte por inmersión

George Joseph Smith -conocido como el “Asesino de la Bañera”- se cuenta entre los criminales más famosos e infames del siglo XX. Codicioso, obsesivo, y sin el menor escrúpulo, ejercía un poder hipnótico sobre mujeres crédulas y desdichadas. Muchas accedieron a sus caprichos, pero, a pesar de ello, las abandonó robándoles el corazón, el dinero, y en tres casos la vida.

Mientras Inglaterra celebraba el sesenta aniversario de la Coronación de la Reina Victoria, a George Smith le preocupaban otras cosas… ¿Cómo iba a mantener su peculiar estilo de vida, mezcla de haragán y mujeriego?

A los veinticinco años, George Joseph Smith había pasado su corta vida entrando y saliendo de la cárcel acusado de robar y esconder objetos robados. En 1897, tras otro «roce» con la justicia que le valió un año de prisión, cruzó la puerta de la penitenciaría de Wormwood Scrubs. Se paró un momento y tomó una buena bocanada de aire, aire libre… Su aspecto de criminal de poca monta encubría un carácter despiadado que se manifestaría en los años venideros. La codicia le convirtió en el asesino más odiado de su tiempo.

Era hora de empezar una nueva vida. Viajó hasta Leicester, en el norte del país, dejando atrás las fiestas que conmemoraban el aniversario de la reina Victoria en Londres. En el número 25 de la plaza Russell abrió una panadería bajo nombre falso: George Oliver Love. Con el delantal blanco y su prominente mostacho, el señor Love tenía el aspecto de un respetable tendero de fin de siglo. De pies a cabeza aparentaba ser un sujeto honesto y muy servicial. Sin embargo, sus ojillos se fijaron en seguida en la amiga de una de sus empleadas: Caroline Thornhill, de dieciocho años. En cuestión de semanas la había cortejado, enamorado y llevado hasta el altar.

En esa misma época quebró el negocio y George, con su esposa, se trasladó a Londres. Le prometió una estupenda luna de miel, disculpándose por el retraso. Caroline no salía de su asombro. Y con razón, porque la realidad estuvo bien lejos de las promesas. Nada más llegar a la gran ciudad, el diligente esposo la colocó de criada en una buena casa.

George Joseph Smith -alias George Oliver Love- se dio cuenta muy pronto de que los escasos ingresos de una sirvienta no serían suficientes para mantener el rumboso estilo de vida que tenía previsto. Había que actuar drásticamente, y rápido. Carolina tendría que acostumbrarse a hurtar «cosillas» de sus señoras: joyas, plata, cualquier objeto de valor… Cualquier cosa que pudiese ser empeñada. La ingenua muchacha acataba las órdenes con la mansedumbre de un corderito. Su obediencia ejemplar parecía provenir de una especie de misterioso ensalmo.

Estas ilícitas actividades lucrativas les llevaron de Londres a los acomodados centros veraniegos de la costa sur. La pareja pululaba de ciudad en ciudad siguiendo la línea trazada por los empleos de Caroline. De Brighton a Hove, de Hove a Hastings, y de Hastings a Eastbourne, donde se empezaron a torcer las cosas. Un prestamista comenzó a sospechar después de que la muchacha intentase empeñar parte de una cubertería de plata. Caroline fue a parar a una celda de la comisaría; pero su marido reaccionó con más rapidez. En cuanto se dio cuenta de que la jugada había salido mal, se subió al primer tren de Londres.

Caroline fue conducida ante el juez a la mañana siguiente. La defensa insistió en que había sido manipulada por su marido. Pero la malhechora fue condenada a 12 meses de prisión. Aún no había cumplido los veinte años. Este golpe la devolvió a la más cruda realidad y decidió liberarse de las garras de su cobarde e insensible esposo. Este tenía sus propios planes. Con su mujer, bien «guardada» en la cárcel, regresó a Londres y tomó una habitación en una pensión. Para poder vivir allí sin que le costara un duro, se casó en segundas -e ilegales- nupcias con su casera. Esta declaró más tarde: «Ejercía un extraordinario poder sobre mí. Esa fuerza la tenía en los ojos. Cuando te miraba, parecía como que te invadía con su magnetismo.»

Caroline salió de la cárcel en el verano del año 1900, y poco después recibió una carta de su díscolo marido implorándole que volviera a su lado. La traicionada esposa hervía de rabia, e ignorando la descarada invitación, abordó la penosa tarea de recomponer su vida. No obstante, George reaparecería en breve de la forma más imprevista. Caroline lo reconoció paseando por la calle Oxford una tarde cálida y soleada de noviembre y llamó a un guardia. Quería acusar a aquel hombre… Love fue detenido ipso facto. En enero de 1901, dos días antes de su veintinueve cumpleaños, Love se encontró ante el juzgado de Hastings acusado de encubrimiento. Su esposa ya había pagado con un año de su vida por este delito.

A George le cayeron dos años de trabajos forzados. Al salir de Lewes Gaol, descubrió que Caroline había emigrado a Canadá. Sin embargo, nunca se divorciaron; de manera que la muchacha siguió siendo su mujer legal por el resto de su vida. Smith regresó a Londres y durante un breve período se hospedó en casa de su «segunda» mujer. Pero nada más llegar empezó a pegarla… «Entró en casa y me dio una tremenda paliza, dejándome medio muerta», declaró. La extraña, relación terminó tan abruptamente como había comenzado.

George Joseph Smith dejó de utilizar su otro nombre, Love, y durante los años siguientes se dedicó a recorrer el sur de Inglaterra cortejando y casándose con una serie de mujeres ingenuas a las que abandonaba con la cuenta de ahorros bien exprimida. El hombre que más tarde sería conocido como el “Asesino de la Bañera», no estaba más que «perfeccionando» su método. En 1908 le robó noventa libras a una inocente solterona de Brighton y después se trasladó a Bristol, donde abrió una tienda de muebles de segunda mano. Allí se procuró un ama de llaves llamada Edith Pegler y al cabo de un mes se habían casado. Smith parecía decidido a sentar la cabeza y dedicarse al negocio de la compra-venta de muebles, aunque le explicó a su nueva esposa que su trabajo le obligaba a viajar por todo el país sin descanso. De esta forma consiguió ocultarle varias aventuras.

Smith y Edith formaban una extraña reja. Ahora él tenía treinta y seis años, y daba la imagen de ser un empresario con sombrero de seda, levita, cadena de reloj de oro de bolsillo a bolsillo del chaleco y botas con polainas. Ella tenía veintiocho años, era del tipo «casero» con carita redonda e inocente, ojos azules y pelo liso peinado discretamente hacia atrás. Algunas veces llevaban una vida nómada por los alrededores de Londres y los condados adyacentes. Otras épocas las pasaban en la tienda de Londres. Y de vez en cuando, George viajaba solo, durante semanas, a causa del negocio. Una de estas prolongadas ausencias la explicó de la siguiente manera: había estado en Canadá para vender por mil libras una estatuilla de un ídolo chino. Pero en esos momentos Edith sabía ya lo suficiente como para ahorrarse las preguntas.

La verdad era que Smith estaba viviendo una doble o mejor múltiple vida. A lo largo de su matrimonio con Edith (ya bígamo) siguió conquistando mujeres, casándose con ellas y dejándolas sin un penique.

Uno de los «interludios» amorosos de Smith ocurrió con una tal señorita Sarah Freeman. Fue un devaneo característico en su forma de proceder. Nuestro hombre se fijó en ella durante un viaje de negocios a Southampton, acompañado de Edith, su mujer. Despachó a la señora Smith metiéndola en un tren con dirección a Bristol y trabó conocimiento con la señorita Freeman, presentándose como George Rose, soltero y comerciante de antigüedades. Le llevó cuatro largos meses conquistarla, mucho tiempo para la media.

Pero finalmente se casaron… El señor «Rose» no perdió el tiempo; recogieron los efectos personales de Sarah de su cuarto de soltera y en un santiamén estaban sentados en el tren hacia Londres. «Sabía que yo poseía cincuenta libras antes de casarnos, pero nada más -recordaba Sarah-. Alquilamos unas habitaciones en Clapham. Mientras deshacía el equipaje vio mi libreta de ahorros, y le dije que tenía un poco más de dinero ahí…» Smith no perdió un minuto. Era mucho mejor que ella sacase el dinero del banco y lo invirtiera en el negocio. Al cabo de una semana, los billetes de su «mujer» rebosaban de su cartera. Trescientas libras eran un buen pellizco.

Entonces sacó de la manga su carta favorita, la más cruel que podía jugar. Le propuso hacer una visita a la National Gallery, y allí dejó a la señora Rose sentada en un banco mientras él «iba un momento al excusado». Al cabo de una hora, Sarah se acercó a los servicios para preguntar al encargado si su marido estaba dentro. Este echó un vistazo en el interior y salió negando con la cabeza. Al regresar a sus habitaciones la sorpresa fue mayúscula: el señor Rose había pasado por allí llevándose el dinero, las joyas, la ropa… En fin, todo -excepto un puñado de peniques-. Sarah Freeman lo perdió todo, aunque conservó la vida. Fue una de las muchachas con suerte… La siguiente amante de George Smith, Bessie Mundy, no saldría tan bien parada.

*****

Chicas de servir

Caroline tuvo que trabajar como sirvienta por orden de su marido. De esta manera pasó a formar parte de un verdadero ejército de empleadas del hogar que prestaban sus servicios en las casas de la media y alta burguesía británica a principios de siglo. Sólo uno de cada cinco hogares se permitía una sirvienta; no obstante, en 1901, más de 250.000 mujeres trabajaban en el servicio doméstico. Muchas familias de tenderos, empresarios y profesionales se enriquecieron por esta época, y procuraron adecuar su hogar al nuevo rango social adquirido empleando a doncellas y cocineras.

Smith fue muy listo al elegir la costa sur para mandar a trabajar a su mujer. Era la mejor zona, sin duda alguna. Ciudades como Eastbourne y Brighton poseían los índices más altos de chicas empleadas. Pero para asegurarse el puesto, una jovencita como Caroline debía presentar referencias, la llamada “descripción” redactada por su anterior señor. A George le sobraba habilidad para falsificar estos informes.

Las horas se hacían interminables y los salarios eran bajos. No obstante, era preferible vivir en el semisótano de una casa acomodada que ganarse el pan en una de las fábricas de la época. Por añadidura, las costumbres de una familia de clase media victoriana resultaban más agradables. De ahí que el servicio doméstico estuviese considerado como una de las ocupaciones ideales para una chica de clase baja.

*****

PRIMEROS PASOS – La calle por escuela

George Joseph Smith nació en el número 92 de Roman Road, en Bethnal Green, el 11 de enero de 1872. Su padre, George Thomas Smith, era un vendedor de pólizas de seguro. Se pasaba el día yendo de puerta en puerta, intentando colocar alguna póliza por unos cuantos peníques a los miserables habitantes del East End. Murió siendo el pequeño George aún un niño. Su madre, Louisa, tuvo que sacar adelante sola a la familia. Pero era una mujer de carácter débil, que ignoró el refrán victoriano característico de la época: «quien bien te quiere, te hará llorar». La madre no impuso la más mínima disciplina al chiquillo, y a falta de una educación en casa, aprendió la ley de la calle.

A la tierna edad de nueve años, el jovenzuelo se dio por primera vez de bruces con la ley de la sociedad. No se sabe exactamente por qué; lo más probable es que se tratase de alguna nadería, como robar una manzana o romper un cristal a propósito. El caso es que resultó decisivo para la vida del chico. Lo internaron en un reformatorio del que no salió hasta haber cumplido los dieciséis años. Esta drástica medida -quitarle a un muchachillo siete años de su vida- nos da la medida de las escalas morales victorianas. Al hijo de nueve años de una familia de clase media acomodada nadie le hubiera internado. Se habría librado con una regañina, un tirón de orejas o, en el peor de los casos, una buena tunda. El destino había querido que George perteneciera a la clase baja; de manera que para él no existía esa indulgencia. Las autoridades consideraron que, en vez de recibir unos azotes sobre las rodillas de sus padres, sería más beneficioso encerrarle tras unos gruesos muros.

La vida en el reformatorio giraba en torno a sanas actividades, idóneas para la formación de su joven personalidad, como los (duros) trabajos manuales. También incluía algunas nociones muy rudimentarias de lo que se estudiaba en una escuela primaria. No existía ningún sistema de reducción de penas -como en las prisiones para adultos- y la disciplina se mantenía a rajatabla, basada en los castigos corporales.

Un escritor de la época nos lo cuenta: «El joven delincuente hizo algo más que tocarse las narices durante los siete años de internamiento.» Efectivamente, parece que el chiquillo sobrevivió a aquella demoledora experiencia gracias a un estado de ánimo próximo a la ecuanimidad. Empleó el tiempo en sacarle a la institución más provecho que un simple comportamiento disciplinado. Del capellán aprendió unos cuantos versos de la Biblia y algo de vocabulario. Más tarde utilizará este «aporte» en sus cartas a los abogados y demás ciudadanos ultrajados, respetuosos con la ley.

La vida en el reformatorio también dejó en él otras semillas menos benéficas: un ego desmesurado, un extraordinario autocontrol y un recalcitrante aire de autocompasión.

Cuando por fin salió, regresó a Bethnal Green, donde estaba su madre… y las actividades habituales, el hurto y el robo. La policía le detuvo inmediatamente. Esta vez fueron siete días de arresto menor en una prisión para adultos. Pero para el encallecido muchacho de dieciséis años aquello era pan comido. El trabajo de deshilachar estopa o coser sacos no le daba ningún miedo. Esos castigos le parecían despreciables.

Tras salir de la cárcel, se buscó la vida haciendo de ratero y hurtándole dinero a su familia. En 1891, con diecisiete años, robó una bicicleta. El castigo fue duro: seis meses de trabajos forzados.

Smith alardeó una vez delante de su única mujer «legal», Caroline, sobre su período militar; había servido tres años en el Regimiento de Northamptonshire. A una de las muchas caseras que engatusó durante su vida le dijo que había sido profesor de gimnasia. Nada se sabe sobre estas supuestas actividades. Lo que sí sabemos es que en julio de 1896 le condenaron a doce meses de trabajos forzados por hurto y encubrimiento en North London. Fueron tres los delitos cometidos por un tal George “Baker”.

Entonces ocurrieron varias cosas. Inició una carrera criminal «seria»; engañando, estafando, creando una serie de falsas identidades, llevando una vida múltiple y, además, descubrió, un extraño poder sobre las mujeres; lo fácil que le resultaba enamorarías y obligarlas a robar para él -George pretendía colocarlas en casas de familias acomodadas y aprovecharse de la confianza depositada en ellas para que sisaran todo lo posible dinero, joyas, cosas de valor en general-. Y otro descubrimiento fue el embriagador mundo de la propiedad. Rebosaba de dinero gracias a las intrigas y artimañas, y por primera vez, a los veinticuatro años tenía algo ahorrado. De sus «estudios» en el correccional había sacado una enseñanza importante: dinero equivalía a poder. Y de 1897 en adelante procuró conseguir el máximo posible con el mínimo esfuerzo.

*****

Un trabajo sucio

La rutina diaria de los prisioneros de las cárceles victorianas era dura y aburrida. George Joseph Smith fue condenado a trabajos forzados y pasó el tiempo probablemente deshilachando estopa o cosiendo sacos en la celda.

La estopa provenía de viejas maromas sucias y alquitranadas, de tres centímetros de grosor. El convicto tenía que deshilacharlas hasta obtener hilos finísimos, como los de la seda. Era una labor agotadora, mugrienta y agravada por el hecho de tener la obligación de llegar a un cupo de estopa diario. Aunque había algunos trucos: una pila de hilos se podía empapar en agua durante la noche para que alcanzase el peso necesario; o cabía la posibilidad de encontrarse con un alfiler en el patio, ya que con una herramienta el calvario era más llevadero.

*****

La primera muerte

El esposo perdido había regresado y la romántica esposa no le guardaba rencor. Mientras se bañaba en la nueva casa, charlando despreocupadamente con su marido, no advirtió la amenaza El la miraba con una dulce sonrisa…

Bessie Mundy andaba deprisa por el paseo marítimo. Para resguardarse del frío llevaba una capa de piel y contra su seno un gran ramo de narcisos. El viento de marzo dibujaba crestas en la arena y jugueteaba con su sombrero de paja, mientras sus finos dedos, protegidos por unos guantes, lo agarraban con fuerza. La gente solía contar un chiste sobre la marea en Weston-super-Mare; solía retirarse tan lejos hacia el horizonte que nadie sabía si alguna vez volvería a subir.

Bessie contempló la enorme franja de playa, la luminosa arena, y al fondo, la débil línea del mar… En una o dos semanas estaría a rebosar de turistas. Se acercaban las vacaciones de Pascua. Los mineros de Gales, los trabajadores de las acerías y sus familias, todos bajarían ansiosos de los trenes de vapor para disfrutar de las primeras vacaciones de aquel año 1912. Por el momento, la playa seguía vacía y desolada. Así se sentía Bessie, como una playa.

Era una mujer bella entre los treinta y los cuarenta años, alta, morena y recatada. No obstante, un melancólico aire de congoja embargaba toda su figura. Su marido, un sujeto que se hacía llamar Williams, se había largado con sus ahorros a las pocas semanas de casados. Incluso le había dejado una notita de recuerdo, acusándola de haberle contagiado una enfermedad venérea.

Hacía ya dieciocho meses de todo esto, pero Bessie, a pesar de haber rehecho su vida, seguía sufriendo con el recuerdo. Se ajustó la capa alrededor de los hombros. Las campanas del reloj del Gran Malecón estaban repicando y apretó el paso para llegar a la pensión donde se alojaba.

De pronto, se paró en seco. Aquella silueta cerca de la barandilla… Aquel hombre que escrutaba la lejanía en dirección al Canal de Bristol, sí, le resultaba conocido. Se acercó un poco más. No podía dar crédito a sus ojos. «¿Henry?», preguntó. El hombre volvió la cabeza. Sí, era la persona que ella se imaginaba -Henry Williams-, es decir, George Smith.

«¡Mi querida Bessie!» -masculló quitándose la gorra-. He recorrido el país de cabo a rabo buscándote. Todo ha sido un espantoso error. Te lo voy a explicar… «Con el dedo índice se acarició el grueso mostacho pelirrojo. En efecto, había mucho que explicar: ¿Por qué la había abandonado? ¿Dónde había estado? ¿Qué había hecho con su dinero?»

Williams la cogió del brazo, se sentaron en un banco del paseo e imploró su perdón. La charla duró dos horas. Henry agarró el toro por los cuernos. Creyó -equivocadamente- que había contraído una enfermedad venérea. Entonces decidió hacer lo que debe hacer un hombre en estos casos: abandonar la casa. De esa forma, ella no correría ningún riesgo de infección.

En cuento al dinero -150 libras- simplemente lo tomó prestado para pagar una deuda. Perdió la pista de su mujer, y se había pasado doce largos meses buscándola «por todos y cada uno de los pueblos de Inglaterra». Una de sus amistades -tampoco especificó cuál- le habló de Weston-super-Mare. Y.. bueno, aquí estaba.

Estaba mintiendo. Ni una sola palabra era verdad. Pero Bessie Mundy escuchó la historia con los ojos abiertos de asombro y optó por no llamar a la policía. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Y después, por las mejillas de su esposo. El reloj dio la una. El clamor de la campana surcó el aire de Weston-super-Mare, pasando por encima de los chalés y las calles, hasta alcanzar a los dos amantes del paseo marítimo. Allí, Henry abrazó a su mujer, la besó… Ella le había perdonado.

En la pensión, Bessie anunció que se habían reconciliado. Los otros huéspedes la miraron con aire de incredulidad y la casera, una viuda experimentada en estas lides, llamada señora Tuckett, echó un vistazo al marido de su inquilina y puso un cablegrama a la tía de Bessie. Era importante, debía venir «en seguida». Aun así, llegó tarde. La pareja se había escabullido ya…

Williams envió al día siguiente una ultrajante carta a la casera Tuckett: «Por lo que se refiere a Bessie y a mí, el pasado está olvidado y perdonado. Al fin y al cabo, nos queda aún mucha vida por delante.» Para celebrar el feliz reencuentro, la pareja visitó a un abogado y redactaron testamentos en los que se declaraban mutuamente beneficiarios de las respectivas herencias. Este arreglo no dejó de llamar la atención

del hombre de leyes por lo desigual que era. El marido prácticamente no poseía bienes, mientras que los de la mujer ascendían a la suma de 2.500 libras.

Los esposos se trasladaron a Herne Bay, en el condado de Kent. Se trataba de un típico lugar de veraneo, situado sobre las poco profundas orillas del río Thames. Alquilaron una casita en la calle Hight, donde Henry colocó una placa de bronce en la entrada: «H. Williams. Comerciante en Arte, cuadros, porcelana, monedas y muebles antiguos, etc., compra.» La casita era un encanto pero le faltaba un baño. Un caluroso día de julio, Henry se acercó hasta la ferretería local, escogió una bañera de dos libras, y al ver que carecía de tapón y accesorios de grifería, envió de nuevo a Bessie para que regateara media corona del precio.

Al día siguiente de la entrega, Williams llevó a su mujer a la consulta del doctor Frank French y le explicó que había perdido el conocimiento después de un «ataque». El médico, un hombre aún falto de oficio, se mostró muy sorprendido, la paciente aparentaba poseer una excelente salud y no tenía antecedentes de sufrir ningún síncope, así que se encogió de hombros y recetó un sedante de bromuro de potasio que preparaba él mismo de vez en cuando.

Pero en la mañana del 12 de julio, Williams estaba de nuevo ante la puerta de la consulta. La golpeó con fuerza, gritando que su mujer había sufrido otro desmayo. Aún estaba oscuro como boca de lobo… El doctor encontró a Bessie en la cama, vestida con el camisón con las manos húmedas y frías -cosa que achacó al tiempo-. De nuevo, la situación le dejó perplejo. La gente que sufre ataques normalmente se muerde la lengua, pero la de la paciente no mostraba ninguna marca. Regresó con el marido a la consulta y preparó otro frasco de sedante.

Aquella misma tarde el médico recibió a la pareja en el consultorio. La enferma parecía gozar de una excelente salud; sólo se quejaba de sentirse algo cansada y cabizbaja. Smith también creía que su aspecto había mejorado. La sufrida esposa le puso unas letras a su padre por la tarde: «He tenido un ataque… Todo mi cuerpo está resentido… He hecho testamento dejándoselo todo a mi marido. Es lo más natural, dado que lo quiero … »

El doctor French se disponía a vestirse a la mañana siguiente cuando le interrumpió la llegada de una misiva urgente. «¿Puede venir de inmediato? Creo que mi mujer ha muerto.» El médico se apresuró en llegar a la casa de los Williams. En uno de los cuartos había un baño lleno de agua en sus dos terceras partes. El cuerpo desnudo de Bessie yacía dentro. Estaba boca arriba, con la nariz y la boca bajo el agua. En la mano derecha sostenía una pastilla de jabón. El marido explicó que había salido a comprar unos arenques para el desayuno, y al volver encontró muerta a su mujer.

En los días siguientes, el comportamiento del desconsolado esposo fue tan extraño como el repentino e inesperado fallecimiento de su mujer. La investigación forense de la muerte se llevó a cabo a toda prisa. Williams sollozó apenado ante el jurado y el veredicto fue muerte accidental. Acto seguido se fue a casa y organizó el entierro en una fosa común y devolvió la bañera al ferretero. Después quedaba el asunto de los terrenos de su esposa, valorados en 2.500 libras, y Henry Williams era el único beneficiario del testamento.

*****

Tener un baño

Los cuartos de baño completos seguían siendo una excepción en la mayoría de las casas en época del rey Eduardo. Y allí donde los había, normalmente faltaba la instalación de cañerías y desagües. Era necesario llenar las bañeras con baldes de agua caliente. Para muchos, darse un baño quería decir acurrucarse en una cubeta en la cocina para lavarse una vez por semana. La intimidad no existía durante el momento del aseo corporal. Las bañeras eran, sin embargo, aproximadamente tan grandes como las actuales. El modelo Hérne Bay medía 1,50 metros, pero se estrechaba hacia el desagüe hasta 33 cm. La bañera Blackpool era incluso más estrecha: su extremo medía escasamente 30 cm.

*****

BIGAMIA – Amores de playa

La avidez que Smith sentía por la vida disoluta no disminuyó ni un ápice. Se había casado cinco veces, asesinado a una mujer y abandonado a su suerte a las demás. Pero su «apetito» era cada vez mayor.

Poco después de la muerte de Bessie Mundy, Williams se largó de Herne Bay, dejando atrás la anónima tumba de su esposa y su antigua identidad. Al cabo de un año, en el otoño de 1913, volvemos a encontrarlo en Southsea, haciéndose pasar por «un soltero con medios de vida independientes». Ya había entrado en los cuarenta, y exhibía un aire mundano de «tipo ganador». En el paseo marítimo solía presentarse a las damas como George Joseph Smith.

No pasó mucho tiempo antes de que conociera y se casara con Alice Burnham, una enfermera de veinticinco años. Era la acomodada, rolliza y vivaz hija de un granjero que cultivaba frutales. A Smith le faltó tiempo para asegurar la vida de su nueva esposa en quinientas libras y traspasar el dinero de sus cuentas de ahorro a la suya propia. A principios de diciembre, persuadió a Alice para que hiciera testamento a su favor.

Dos días después, los recién casados se trasladaron a Blackpool, con la intención de disfrutar de una luna de miel algo retrasada. Smith no se había preocupado de reservar habitaciones con antelación, de manera que la pareja tuvo que pasar varias horas recorriendo las calles de la ciudad en busca de alojamiento.

George quería, sobre todo, que su mujer tuviese un lujoso baño a su disposición. En la primera pensión que se pararon había un piano en la habitación, pero no tenía bañera. Les mandaron a preguntar a casa de la señora Crossley, en el número 16 de la calle Regent, donde alquilaron por una semana y diez chelines un cuarto de estar-dormitorio, con baño.

Dos días después de llegar a Blackpool, Alice le mandó una postal a su madre; sufría unos horribles dolores de cabeza. Un médico, un tal doctor George Billing, le prescribió unas tabletas y una medicina para «reavivarla» un poco.

La tarde del viernes 12 de diciembre, la familia Crossley se disponía a empezar a cenar en la cocina. Se fijaron en una mancha de agua en el techo. La mancha creció y comenzó a gotear por la pared. Sabían que la señora Smith estaba tomando un baño en la habitación de arriba, pero nadie se atrevía a ir a llamarle la atención. En ese momento de la discusión, entró George en la cocina. Dejó una bolsa de papel en la mesa y dijo: «He comprado unos huevos para nuestro desayuno de mañana.» Después subió a sus habitaciones. Al cabo de un momento salió corriendo al rellano de la escalera y le gritó a la señora Crossley que fuera a buscar a un doctor. «Mi mujer no me habla … », exclamó. El doctor Billing encontró a Smith en el baño, sujetando la cabeza de Alice por encima del agua templada y jabonosa. Estaba muerta.

Los acontecimientos subsiguientes parecían una repetición de lo ocurrido en Herne Bay. La investigación de la muerte se realizó y concluyó con increíble rapidez en media hora. El veredicto: muerte accidental causada por un ataque durante el baño. La esposa ahogada recibió el funeral más barato posible y terminó en una fosa común. Los bienes de Alice, cuyo heredero se llamaba George Joseph Smith, ascendían a seiscientas libras en total.

La siguiente conquista de Smith también llevaba el nombre de Alice. Era una sirvienta llamada Alice Reavil. George la «localizó» entre un grupo de mujeres que escuchaban una banda de música en Bournemouth. Corría el mes de septiembre de 1914 y la guerra acababa de estallar. «Charlamos un rato… Me dijo que le gustaba mucho mi tipo» -contó Alice más tarde-. En menos de una semana, estaba casada con «Charles Oliver James», un rentista con ciertas tierras en Canadá. La boda se celebró en el Registro Civil de Woolwich. Una vez más, fue el inicio de una cruel parodia.

Smith convenció a la muchacha de que sería muy rentable invertir sus ahorros en una tienda de antigüedades que pensaba abrir. Ella contó más tarde: «Al cerrar mi cuenta recibí setenta y seis libras y seis chelines. El se quedó con los billetes y yo con las monedas, los miserables seis chelines. Nunca volví a ver mi dinero.» Incluso vendió los pocos muebles que poseía para entregar a su esposo el importe: catorce libras.

Aquella misma tarde el señor James ordenó que cargaran todas sus pertenencias en un carro, para, según él, trasladarse a un nuevo alojamiento. Al día siguiente se llevó a su esposa a dar un paseo por un parque cercano. Se sentaron en un banco y él se levantó pretextando que necesitaba ir al servicio. Fue la última vez que Alice le vio el pelo. «Me dejó plantada con unos pocos chelines y las ropas que llevaba puestas.»

Nuestro timador había enterrado en dos años a dos mujeres; no obstante, en el mes de diciembre de 1914 volvió a postrarse ante un altar… para casarse. La desdichada se llamaba esta vez Margaret Lofty, la hija de un cura, con el pelo muy rizado y una verdadera pasión por los grandes sombreros de ala. Smith la conoció en Bristol, haciéndose pasar por un vendedor de terrenos, se presentó como John Lloyd. Ella le dijo que sus amigos la llamaban cariñosamente «Peggy».

El matrimonio se celebró una semana antes de las navidades; en la ciudad de Bath. La pareja se dirigió inmediatamente a Londres, donde tomaron unas habitaciones en la calle Bismarck número 14, en Highgate. El primer día de estancia, la señora Louisa Blatch, la casera, calentó un gran recipiente de agua para el baño de «Peggy Lloyd». «Oí cómo alguien subía las escaleras. Estaba planchando en la cocina… Entonces escuché un chapoteo. Después, como si alguien se apoyara con las manos húmedas, o con los brazos, en los bordes de la bañera. Y acto seguido, un suspiro.» La señora Blatch siguió planchando. Le quedaba aún mucha tarea. Pero poco después le llamó la atención otro sonido. Cada vez era más fuerte. Sí, era música; una melodía que inundó toda la casa. Se trataba del señor Lloyd tocando el órgano del cuarto de estar. La casera reconoció el himno: «Señor, más cerca de Ti. Pensé para mis adentros que sonaba divinamente … »

La música cesó. La señora Blatch oyó cerrarse la puerta de la entrada, y a los pocos minutos sonó el timbre. Era el señor Lloyd, sonriendo con afectada vergüenza: se había olvidado la llave. Le mostró una bolsa de papel. Acababa de comprar unos cuantos tomates para la cena de su mujer. «Subiré a preguntarle si los quiere ahora», dijo mientras subía las escaleras y llamaba a su esposa. Nadie contestó. Arriba, en la bañera, Margaret Lloyd, esposa por un día, yacía ahogada con los labios hinchados y amoratados.

Smith discutió acaloradamente con el enterrador y consiguió rebajar casi una libra del precio de los funerales. Su esposa terminó en una fosa común. A los dos días se inició la investigación judicial de rigor en estos casos. En la vista se expusieron las circunstancias de la muerte, pero hubo de ser aplazada porque uno de los testigos estaba enfermo. George regresó a Bristol para pasar las fiestas de Navidad con Edith.

Parece ser que fue el centro de la fiesta de Nochebuena, a pesar de que su proverbial tacañería era conocida por todos. A Edith le regaló uno de los vestidos de Margaret. Lo sacó directamente de la maleta de la muerta.

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Magnetismo animal

George Joseph Smith era, en todos los sentidos, un asesino de mujeres. Se dio cuenta del extraordinario poder que ejercía sobre ellas y supo desde ese mismo instante que serían su trampolín hacia el éxito. El secreto del magnetismo de Smith radicaba en sus ojos. Así lo confirmó la patrona con quien se casó en Londres. Pero su abogado defensor, Edward Marshall, fue aún más lejos, estaba convencido de que su cliente era un hipnotizador.

El hipnotismo es un arte que se conoce desde antiguo, al igual que la brujería, la magia y la medicina. El primero en teorizar sobre el poder que la mente de una persona puede ejercer sobre la de otra fue el médico vienés Franz Mesmer, a finales del siglo XVIII. Lo llamó «magnetismo animal» y lo definía como una fuerza oculta que fluía desde el hipnotizador hasta el otro sujeto. Al principio, sus teorías tuvieron una escéptica acogida. Sin embargo, el hipnotismo o «mesmerización», nombre que recibió en honor a su teorizador, pronto fascinó a médicos y científicos. Fue un doctor inglés, James Braid, quien acunó el término «hipnotismo» al estudiar el fenómeno durante la época victoriana.

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EL HALLAZGO – Emerge la verdad

Gran Bretaña estaba en guerra, pero el público no iba a perderse por eso un jugoso escándalo casero. En un periódico de gran tirada se mencionó la tercera muerte de una esposa de Smith… Y algunos lectores empezaron a sacar conclusiones.

De pronto se produjo ese momento en el que todas las piezas se unen y aparecen a la vez ante los ojos de una mente avispada. Smith ya había comparecido en varias ocasiones ante un juez de Instrucción Forense en lejanos centros de veraneo. Nadie prestó mucha atención a estas vistas y sólo se publicó una reseña en los periódicos de tirada local.

Pero la investigación de la muerte de su tercera esposa se realizó ante un juez de Instrucción londinense y apareció en los diarios nacionales, concretamente en el dominical News of the World. La vista aplazada recibió el siguiente titular: «El trágico destino de una esposa el día de su boda.» Miles de familias de todo el país leyeron el artículo, pero en dos hogares la noticia despertó una especial preocupación.

El señor Charles Burnham, padre de Alice Burnham, leyó la referencia de prensa mientras desayunaba en su próspera granja de árboles frutales de Buekinghamshire. A unos cien kilómetros de distancia, en Blackpool, William Haynes hacía lo propio. Haynes se acercó a la casa de la señora Crossley, la dueña de la pensión de la calle Regent. «Mire esto -le comentó lleno de excitación, señalando el artículo-. Me apuesto lo que sea a que éste es el tal Smith con otro nombre… El que perdió a su mujer el año pasado cuando se ahogó en el baño de su casa.»

Scotland Yard recibió varias cartas desde Blackpool y Buckinghamshire con los recortes de periódico que relacionaban las diferentes muertes. La policía nombró al inspector detective Arthur Neil para indagar los casos de Margaret Lofty y Alice Burnham.

El día de Año Nuevo de 1915 amaneció nevado, pero el procedimiento aplazado de la muerte de Margaret Lofty se reanudó y el jurado dio su veredicto: muerte accidental. Tres días después, John Lloyd llamaba a la puerta de un despacho de abogados de la calle Uxbridge, en Shepherd’s Bush, armado con el testamento de la fallecida, su póliza de seguro de vida y el certificado de matrimonio para que el abogado autentificara los documentos.

Desde una ventana situada encima de un pub en la acera opuesta de la calle, los detectives le vigilaban. El acoso duró todo un mes. El «señor Lloyd», evidentemente impaciente por hacerse con las esperadas ganancias, llamaba al letrado casi a diario.

El lunes 1 de febrero, Smith salía del despacho cuando el inspector Neil se acercó a él y lo detuvo por falsedad en documento público -el acreditativo de su matrimonio-. «Lloyd» admitió llamarse George Joseph Smith. Ese fue el nombre que figuraba, al día siguiente, en la autorización para salir bajo libertad condicional de los juzgados de Bow Street.

Las pruebas contra Smith no justificaban aún una acusación de asesinato. Pero los acontecimientos se fueron acelerando. Mientras el bígamo «descansaba» en la celda, los tres cadáveres de sus esposas fueron exhumados y examinados por él joven forense sir Bernard Spilsbury; el cual descartó el accidente y el suicidio como posible causa de las muertes, y acto seguido el patólogo elaboró su propia teoría.

Smith se habría acercado a su esposa poniendo la mano derecha detrás de su cabeza, como si de un gesto afectuoso se tratara. Después, habría pasado su brazo izquierdo por debajo de las rodillas de la desdichada. Un rápido movimiento; se levanta el brazo izquierdo; la cabeza se hunde… y se mantiene bajo el agua con la mano derecha. El cuerpo de la mujer se habría desplazado hacia el extremo estrecho de la bañera.

La teoría de Spilsbury gustó a Neil y a su equipo de detectives. Las investigaciones les habían llevado a visitar más de cuarenta ciudades de provincia, a lo largo y ancho de toda Gran Bretaña. Interrogaron a más de ciento cincuenta testigos, muchos de los cuales expresaron sus sospechas sobre las similitudes entre las sorprendentes muertes de Bessie Mundy, Alice Bumham y Margaret Lofty.

El 23 de marzo de 1915, George Joseph Smith fue oficialmente acusado de la muerte de las tres mujeres en Bow Street. La fase de instrucción se prolongó varias semanas.

Uno de los momentos más patéticos se produjo cuando su única mujer legal, Caroline Thornhill, se encontró frente a frente con su esposo. No lo había vuelto a ver desde aquella vez en la calle Oxford… hacía quince años. Viajó desde Saskatchewan a Londres, en una penosa travesía que duró dos semanas y la dejó cansada y abatida. El acusador se dirigió a ella: «¿Tendría la señora la amabilidad de levantarse?» Caroline se puso en pie. Estaba muy nerviosa. El News of the World escribió: «La escena era tan conmovedora que la mitad de las mujeres que había en la sala se pusieron a llorar.» El hombre sentado en el banquillo de los acusados, ni se inmutó. No movió un milímetro la cabeza, ni hacia la derecha ni hacia la izquierda. Su mirada permaneció fija, clavada frente a su persona, sin siquiera parpadear. El fanfarrón de Bethnal Green aguantó con dificultad este extraño momento de calma, turbio, pesado e inquietante.

Durante todo el tiempo que duró la vista, el sospechoso insultó desaforadamente a los testigos. El fiscal era «un criminal y fabricante de criminales». A la señora Crossley la tachó de «lunática». Cuanto más vociferaba, más llamaba la atención del público. Las colas de gente -especialmente mujeres-, a la espera de conseguir un asiento en la sala, crecían día tras día. Un cruento escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes cuando se llegó a la descripción del funeral de Margaret Lofty. El dueño de la empresa de pompas fúnebres de Highgate testificó que preguntó a Smith si deseaba ver a su mujer antes de cerrar el ataúd. «No -contestó-. Atorníllelo bien, y listo.» Más tarde pagó seis libras y diez chelines por el entierro y por un hueco en una fosa común. Cogió la factura y dijo entre dientes: «Gracias a Dios ya hemos terminado … »

El sospechoso había estado muy atento a la declaración y, de repente, empezó a patalear indignado: «¡Eso es una sarta de mentiras! Yo no puedo quedarme aquí sentado oyendo todo esto … », gritó. Pero el juez instructor puso fin radicalmente a la intempestiva frustración de Smith. Consideró que existían indicios racionales de criminalidad, y le envió a juicio. El proceso tuvo lugar en los juzgados centrales de Old Bailev.

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El fatídico reportaje

El padre de Alice Bumham leyó con sorpresa, el 27 de diciembre de 1914, el siguiente artículo del News of the World.

“Encontrada muerta en el baño. La trágica suerte de una novia al día siguiente de la boda.”

«Una vista judicial forense realizada en Islington ha tenido que ocuparse de las desagradables circunstancias en que ha muerto la esposa de un agente inmobiliario de Holloway: Maxgaret ElizabethLloyd, de treinta y ocho años.

El marido declaró que se había casado con ella en Bath. Tras viajar a Londres, la mujer empezó a quejarse de padecer dolores de cabeza y mareos. Su marido la llevó a ver a un doctor que le recetó un calmante. A la mañana siguiente la enferma se encontraba mucho mejor y salió de compras. A las 19,30 estaba muy animada y decidió tomar un baño.

Un cuarto de hora más tarde el marido salió de la casa y regresó a las 20,15, confiado en encontrar a su esposa esperándole en el salón, pero no estaba allí. Bajó a preguntar a la casera, y después, ambos entraron en el baño, que se encontraba a oscuras.

Encendió la lámpara de gas y halló a su mujer sumergida bajo el agua. La bañera estaba llena en sus tres cuartas partes. Al día siguiente, el testigo principal halló una carta de su mujer entre las ropas, pero nada hacía pensar que tuviera en mente quitarse la vida.

El doctor Bates diagnosticó que la muerte se había debido a asfixia, provocada por ahogamiento. Un catarro, sumado al efecto del agua caliente del baño, pudo haberle provocado el síncope.»

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Asesino de mujeres

George J. Smith, codicioso y despiadado, llevó su sistema con las mujeres hasta el extremo: la muerte.

Sean cuales sean los ingredientes necesarios para fabricar un asesino de mujeres, George Smith los poseía todos, y en abundancia. No era especialmente atractivo. De hecho, desprovisto de su llamativo mostacho pelirrojo -como el día en que se casó con Bessie Mundy-, no tenía precisamente aspecto de rompecorazones. Su educación era más bien burda; y parece ser que nunca dejó de pronunciar mal las vocales, como si gimiera, al estilo del East End londinense.

Smith no impresionaba en absoluto a los hombres, la mayoría le consideraban un vulgar “don nadie». Tal como dijo un detective: «Pues como cualquier asesino, nada del otro mundo … » Sin embargo, las señoras parecían encontrarle irresistible y, desde luego poseía una especial facultad para atraer su interés. Un solo vistazo le bastaba para saber si había «algo que hacer» con una dama. Era como si tuviera un par de antenas invisibles con las que captaba las señales transmitidas por las mujeres.

Los ojos eran su rasgo más particular. Una casera londinense sólo pudo explicar su enamoramiento diciendo que fue como s¡ la hubieran «magnetizado». «Eran unos ojos pequeños, que parecían robarte tu propia voluntad.»

Smith también era muy hábil al hablar. Sarah Freeman declaró en el juicio: «Nos pusimos a charlar… Y el resultado final fue que terminé dándome un paseo con él.» Una viuda de mediana edad de Worthing, Florence Wilson, aceptó casarse con él en el verano de 1908. Feliz y contenta, le hizo entrega, al salir de la Caja Postal, de veinte soberanos de oro y dos billetes de cinco libras -prácticamente todo lo que poseía en el mundo-. «Es mejor que yo te lo guarde -le comentó George, tú no tienes bolsillo.» Después el diestro marrullero le propuso ir a visitar la Exposición Franco-Británica de White City. La viuda se quedó esperando en una silla, mientras él se alejaba un instante: «Se fue a comprar el periódico, según creí… Y desde entonces no le he vuelto a ver.»

Esa era la confianza que se podía tener en él. Por añadidura, también «irradiaba» lo que los psicólogos actuales llaman machismo. Sus toscas maneras estimulaban con frecuencia la fibra sensible de las mujeres. También sabía que muchos corazones femeninos ardían de ansias por encontrarse ante el altar. Hasta el punto de que se comportarían de forma impetuosa, irreflexiva, que harían cualquier cosa para conseguir y retener a un marido.

A Bessie Mundy le escribió: «Querida… Me has contagiado una enfermedad, una enfermedad venérea… No quiero decir que hayas tenido contactos con otro hombre y él te la haya pegado. Pero, o es eso, o es que no te aseas lo suficiente.» Tras esta humillante carta, después de que la dejara abandonada durante dieciocho meses llevándose todo su dinero, Bessie estuvo dispuesta a reanudar la vida en común sin una sola palabra de queja.

Smith era increíblemente tacaño. Adoraba el dinero; y lo quería sólo para su disfrute. Uno de sus biógrafos, George R. Sims, nos dice lo siguiente: «Nunca malgastó ni un penique de sus “ganancias”. En poquísimas ocasiones mandó dinero a su esposa de Bristol (Edith Pegler) mientras estuvo separado de ella. Tras decidir asesinar a la señorita Mundy regateó el precio de la bañera. Una vez cometido el crimen, la devolvió sin siquiera pagar una pequeña suma por el alquiler. Al fin y al cabo, gracias a su empleo, había ganado entre dos y tres mil libras … »

La indudable atracción sexual que Smith ejercía sobre las mujeres fue largamente discutida durante el juicio. La esposa de uno de los abogados confesó en privado que el acusado le resultaba atractivo. El criminólogo H. B. Irving estuvo sentado junto a dos damas que cuchicheaban sin parar sobre los encantos del acusado. La conversación no dejó de hacerle cierta gracia. Varios diarios criticaron las escenas que se habían producido en los juzgados de Bow Street, donde el prisionero fue literalmente asaltado en el banquillo por un grupo de mujeres. En Old Bailey se dieron instrucciones especiales a la policía para que desalentara a las señoras que querían asistir a los trámites del procedimiento en la sala.

George Joseph Smith era vago y debilucho por naturaleza, pero se dio cuenta de que era capaz de sacarle un magnífico partido al «poder» que ejercía sobre las mujeres. Ese «Poder» le iba a proporcionar una cómoda forma de vivir. Al principio, sus métodos estaban inspirados en una execrable avaricia de la más baja estofa. El modelo era el siguiente: identificaba y hacía caer en la trampa a su víctima, después la persuadía para que le entregase sus ahorros. Si había que pasar por la iglesia, qué se le iba a hacer… ¡Todo era por el bien del «negocio»! Una vez que se embolsaba el dinero, si te he visto, no me acuerdo.

Era su manera de vivir. Y claro está, le dejaban impasible las sollozantes y descorazonadoras «esposas» que dejaba tras de sí. Fue el casual encuentro con Bessie en Weston-super-Mare lo que le indujo a tramar un plan todavía más cruel. Esa misma noche escribió a la casera de Bessie: «El pasado está perdonado y olvidado. Si la gente nos deja en paz… ella tendrá una casa confortable y será feliz a mi lado.» A los pocos meses, la pobre Bessie Mundy flotaba muerta en la bañera de su «hogar». Si George Smith se hubiera contentado con el dinero que le sacó, si se hubiera parado entonces, quizá la historia hubiese tenido otro final.

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Loco por el dinero

Smith estaba obsesionado con la idea de hacer dinero a costa de los demás. Pero carecía de habilidad para manejar las ganancias. Incluso tras recurrir al asesinato -así consiguió dos mil quinientas libras de Bessie Mundy (más de lo que un trabajador medio ganaba en diez años)-, se las ingenió para despilfarrar el dinero en una serie de negocios desastrosos.

A lo largo de su carrera criminal se hizo con una docena de propiedades inmobiliarias. Debería haberse convertido en un hombre rico, pero gestionó tan mal sus bienes que los transformó, uno detrás de otro, en un pozo de pérdidas, más de setecientas libras en total. Su problema era que el ambiente financiero le resultaba algo completamente ajeno. Fallaba en la delicada actividad de comprar y vender las propiedades; de manera que se procuró una renta vitalicia que le reportaría unas setenta libras anuales.

Después cambió de idea… Pero ya no había forma de deshacer el compromiso económico. Así que eligió otra táctica, y se dedicó al fraude de seguros. Empezó con la muerte de Alice Burnham, y siguió con la de Margaret Lofty. El asesinato se convirtió en el único «negocio» que le generaba beneficios. Sin embargo, en este tema, su estrechez de miras, arrogancia y estupidez, sellaron su suerte.

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El juicio

Las «hazañas» de George Smith dispararon la imaginación del público: bigamia, codicia, tres «desafortunados» ahogamientos…

Incluso en una época de crímenes famosos, el caso del «Asesino de la Bañera» despertó una enorme expectación. El juicio comenzó el 22 de junio de 1915. En Bow Street, Smith había sido acusado de tres asesinatos; sin embargo, en Old Bailey, sólo tendría que enfrentarse a un cargo: la muerte de Bessie Mundy, en Herne Bay.

No se sabe con exactitud por qué se obviaron las otras dos acusaciones; aunque durante el juicio se utilizaron datos de los homicidios de Alice Burnham y Margaret Lofty para ilustrar el modo de proceder del criminal. El juez de la causa, Scrutton, le dijo al jurado: «… Tantos accidentes que le beneficiaban constituyen una coincidencia tal, que no pueden haber ocurrido a menos que estuvieran previstos de antemano.»

El abogado defensor, Edward Marshall, protestó en vano; las pruebas presentadas incluían menciones a todas las muertes. Aun así, todos los intervinientes en el juicio procuraron centrar la atención en el asesinato que se le imputaba.

El fiscal de la causa, sir Archibald Bodkin, inició su alegato de cinco horas de duración describiendo los crímenes de Smith. Tal como diría más tarde su ayudante, el joven Travers Humphreys, fue «uno de los discursos más mortíferos que jamás he escuchado».

Pero por muy condenatorias que pudieran parecer las acusaciones contra el inculpado, desde el punto de vista estrictamente legal, el caso flojeaba. Sólo centrando la atención en las similitudes existentes entre las tres muertes pudo llevar Bodkin finalmente a buen puerto la condena de Smith. «Si llegan ustedes a la conclusión de que estas coincidencias no se deben a la suerte, sino que indican un claro propósito, entonces será su deber declarar al acusado culpable», exclamó bajando la voz y dirigiéndose al jurado.

El propio Smith cambió de talante en Old Bailey. Escuchó durante la vista con un aire de gran autocontrol y desapego, sin recurrir a las violentas salidas de tono que le habían caracterizado en Bow Street. Todos los días vistió un traje de tweed marrón y chaleco verde. Se pasaba las horas tomando notas y entregándoselas a su abogado defensor.

La vena contestataria sólo se le despertó al final del proceso, cuando declararon los agentes de policía. Mientras el inspector Ned testificaba, Smith estalló: «¡Es un canalla! El tendría que estar sentado en mi lugar. ¡Algún día lo estará!» El juez le miró amenazadoramente por encima de las gafas: «¡Siéntese! Su actitud no le beneficia en absoluto.» Pero el acusado estaba lanzado. Cuando el siguiente detective subió a declarar, chilló: «Ese es otro sinvergüenza. No ha hecho más que aceptar sobornos durante los últimos cinco años.» Los abogados de la defensa intentaron en vano calmarle. «Me importa un comino lo que digas», vociferó abalanzándose sobre el pasamanos del banquillo. Tras golpearlo con el puño, espetó: «¡No me pueden condenar a muerte! ¡Yo no he asesinado a nadie!»

Otro momento álgido se produjo el tercer día del juicio. Bodkin presentó como prueba la bañera utilizada por Smith para ahogar a Bessie Mundy. Dos fornidos bedeles la depositaron al final de la mesa del abogado acusador. La sala se llenó de rumores y exclamaciones contenidas después de que el portavoz del jurado se dirigiese respetuosamente al juez: «Milord, un miembro del jurado solicita que alguien sea introducido en la bañera para proceder a una demostración visual de los hechos.»

El juez Scrutton quería acabar cuanto antes, y sabía que la bañera de Blackpool, donde murió Alice Burnham, también se iba a presentar como prueba. Pero una demostración de esta clase, incluyendo a una mujer en paños menores en plena Corte, podía resultar inapropiado. «Sugiero que cuando examinen ustedes estas bañeras en el cuarto destinado a las deliberaciones del jurado, uno de los miembros se meta dentro», respondió.

El inspector Neil solucionó el entuerto. junto con el jurado, pasó a una habitación privada, llevaron la bañera y se llenó de agua. Una amiga del inspector, una enfermera, se presentó en traje de baño y se metió en la bañera. Neil la cogió por los pies y tiró hacia arriba mientras empujaba la cabeza debajo del agua. La mujer empezó a forcejear inmediatamente. La sacaron del agua, tendiéndola en el suelo. A pesar de la brevedad de la demostración, necesitó la respiración boca a boca y un masaje cardíaco para volver en sí.

Las pruebas médicas establecieron que una gran cantidad de agua penetrando de repente por la boca y la nariz podía causar la muerte al provocar un ataque. Incluso era más probable que la víctima muriera de un ataque de asfixia que por ahogamiento. Pero la acusación tenía que destruir la idea de que Bessie Mundy había sido víctima de un ataque epiléptico o un desmayo. El doctor French, que fue llamado por Smith para examinar el cuerpo de su esposa, dijo que encontró a la mujer tumbada hacia el extremo más ancho de la bañera, con la cabeza apoyada sobre el plano inclinado del respaldo, y las piernas estiradas, sobresaliendo por el extremo más estrecho.

Archibald Bodkin le preguntó al doctor Spilsbury si una persona podía quedar en una posición semejante después de sufrir un ataque. «No veo de qué manera podrían quedar los pies sobresaliendo del baño», respondió. Lo mismo dijo al ser interrogado sobre Margaret Lofty y Alice Burnham. La defensa, Marshall Hall, por supuesto, trató de ponerle en un aprieto. Le desafió a une explicara cómo era posible que la víctima mantuviera en su mano la pastilla de jabón. El patólogo respondió, «el tema de la pastilla es un punto muy difícil».

Marshall insistió: «Incluso muy difícil… Suponiendo que el asalto fuera hostil, tuvieron que ocurrir una de estas dos cosas… O bien sacó los brazos fuera de la bañera, cayéndosele el jabón; o, en caso de lucha, dejaría caer el jabón para sujetarse al borde de la bañera e intentar salvarse.» «Si», asintió el forense. «Por lo tanto… ¿No apoya la forma de agarrar el jabón la teoría de un ataque epiléptico?» «Cabe dentro de lo posible» concedió Spilsbury. Pero añadió: «No es muy probable.»

La defensa cambió de táctica y trató de sembrar dudas respecto a la posibilidad de que el esposo asaltara con intenciones asesinas a su mujer en el baño. «Si hubiera visto cómo él la levantaba por los tobillos, diría que lo único que tenía que hacer ella era tirar el jabón para asirse a los bordes de la bañera… Entonces nadie podría haberla levantado.» «Sí, sí… Veo adonde quiere ir a parar» -contestó el doctor-. «¿No cree que se trata de una seria dificultad en lo que concierne a la teoría del método homicida?» -concluyó el defensor-. La respuesta de Spilsbury no se hizo esperar: «Todo depende del factor sorpresa. Si se hace con la suficiente rapidez, no le daría tiempo a protegerse como usted sugiere.»

El alegato final de Archibald Bodkin fue breve. Recordó al jurado que el acusado, un bígamo por partida múltiple, siempre persiguió el dinero.

Respecto a la posible muerte de Bessie Mundy por ataque epiléptico, puntualizó que a la edad de la víctima, treinta y cinco años, resultaba muy poco probable un cuadro tan intenso y fulminante.

El fiscal miró fijamente al jurado: «¿Es que no está claro que un hombre fuerte, cogiendo a la víctima por debajo de las rodillas, podía hundir por completo su cara bajo el agua?» Finalmente, repasó las tres muertes y sus evidentes similitudes, insistiendo en que tales coincidencias no podían deberse a una mera casualidad, sino a un propósito preconcebido.

Las conclusiones finales de la defensa no duraron mucho más que el breve recuento de Bodkin. Hall no había llamado a ningún testigo y su cliente renunció al derecho a declarar. Su abogado defensor era el único facultado para dirigirse al jurado en última instancia. Sin embargo, poco más se podía añadir. La acusación no había conseguido probar un acto de violencia, y aun si lo hubiera hecho, era difícil imaginar a Smith matando a Bessie sin que quedase el más mínimo rastro de lucha, o alguna marca en el cuerpo de la desdichada. Y en cuanto al ahogamiento sucesivo de tres esposas… «Es algo que queda más allá de una mente sana.»

Sus últimas palabras al jurado carecieron del brillo necesario. «Sean justos consigo mismos… Sean justos con el prisionero… Sean justos con la propia justicia antes de decidir que las terribles acusaciones contra este hombre han sido probadas.» Cuando Marshall Hall se sentó, George Joseph Smith soltó un profundo suspiro.

El resumen de la causa fue interrumpido en varias ocasiones por el inculpado. «Para lo que está diciendo, más vale que me cuelgue ahora mismo y listo», espetó. «Venga hombre, cuélgueme de una vez y acabe ya.» «Siga, siga… Puede seguir hasta el infinito… No me puede convertir en un asesino porque no he cometido ningún crimen.» Y en fin: «Esto es una desgracia para un país cristiano… Eso es lo que es. Yo no soy un asesino, aunque tenga mis rarezas … »

El jurado no se conmovió. El veredicto era inevitable. Les bastaron veintidós minutos para declarar culpable a George Joseph Smith por el asesinato de Bessie Mundy. Por primera vez desde el arresto, hacía cinco meses, la compostura y bravuconería abandonaron al condenado. Mientras el juez Scrutton pronunciaba la sentencia de muerte, se agarró con furia a la barandilla del banquillo mientras un sudor frío le bañaba las sienes.

Smith fue trasladado a la prisión de Pentonville a la espera de ser citado para el juicio de apelación. La vista se celebró el 29 de julio; fuera del edificio rugía una violenta tormenta. Un trueno estalló encima de los juzgados… El condenado levantó temeroso la mirada. Tal y como lo describió un testigo presencial, parecía estar leyendo su destino en la ira de los cielos. La apelación no prosperó y el reo fue conducido a la penitenciaría de Maidstone, donde le esperaba la horca.

Smith perdió pelo y encaneció durante los últimos días de su vida, y el brillo pelirrojo de su bigote desapareció. Escribió una última carta a su mujer, Edith Pegler, en la que le decía que no pediría el perdón oficial. El capellán de la prisión declaró que el preso había sufrido un gran cambio; era otro hombre. De un impenitente ateo se había transformado en un devoto creyente. Ante el capellán y el obispo de Croydon -que le confirmó en la celda de los condenados a muerte- mantuvo que era inocente.

Dos descripciones de los últimos momentos de su vida nos hablan de actitudes bien diferentes: la del asustado cobarde y la del noble estoico. Eric R. Watson publicó un libro titulado Famosos juicios en Inglaterra. En él nos narra el último día en la vida de George Smith. Por la mañana el preso estaba totalmente hundido. Tardaron tres minutos en trasladarle desde la celda al cadalso, cuando normalmente no se perdían más de sesenta segundos en el trayecto. “Dieron las ocho en punto en el reloj de la prisión. Un profundo silencio se impuso entre la gran multitud mientras el prisionero cruzaba el patio, inundado por una deslumbrante luz solar, hasta el cuarto de la muerte.

Los agentes le llevaban prácticamente en volandas. Otra persona tuvo que ayudarle a mantenerse erguido en el cadalso”.

El capellán de la cárcel nos cuenta otra historia más heroica. La muerte del reo no fue la de un cobarde, sino la de un valiente. Tras recibir la sagrada comunión, George se dirigió por última vez al padre: “Le pido que me crea cuando le digo que soy inocente. Nadie más me cree, salvo mi esposa (Edith Pegler). Ya no me importa. Pronto estaré ante el Señor, y ante El declararé que soy inocente”.

Mientras la capucha caía pesadamente sobre su cabeza y la cuerda se anudaba a su cuello, repitió: “Soy inocente”. Aun resonaban estas palabras en sus labios cuando se abrió la trampilla.

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Coincidencias

El juez Scrutton, al hacer el resumen de la causa, citó trece puntos coincidentes entre las muertes de Bessie Mundy, Alice Burnham y Margaret Lofty:

-La muerte se produjo en la bañera.
-Los tres cuartos de baño carecían de cerrojo.
-Las esposas redactaron sus testamentos en favor de Smith poco antes de fallecer.
-Smith siempre aparecía como beneficiario, ya fuera por vía de testamento o de seguro de vida.
-Las mujeres realizaron todas las operaciones bancarias poco antes de fallecer.
-Todas visitaron a un médico desconocido en un pueblo desconocido quejándose de misteriosas dolencias.
-Todas escribieron a sus parientes un día o dos antes de morir.
-Smith salió las tres veces a la calle para comprar comida.
-Smith descubría los cuerpos y los dejaba tal cual hasta que otra persona también los hubiera visto.
-Los matrimonios fueron puras farsas.
-Smith se beneficiaba más con la muerte que con la vida de sus esposas.
-Enterraba a sus «mujeres» de la forma más rápida, anónima y barata.

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Última carta a Edith

He aquí un extracto de la carta fechada el 9 de agosto de 1915 que Smith escribió a Edith Pegler:

«No he pedido que se me conceda la gracia, ni he solicitado el perdón, ni tengo intención de hacerlo. Te dejo todos mis bienes… No me guardes la ausencia (…) una vez que haya abandonado este engañoso mundo, donde el perjurio, la malicia, el rencor, la venganza, los prejuicios y todos los otros males de la tierra me han hecho todo el daño que se le puede hacer a un hombre y ya no me podrán hacer sufrir más. Empleo mi tiempo en la meditación, solemne y profunda. Que una vejez plácida, amable y serena como una noche ártica te conduzca hasta tu última morada…

Ahora, mi verdadero amor, te digo adiós hasta que nos volvamos a ver. Tuyo, con inmortal amor. George.»

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Las víctimas

Bessie Mundy tenía 31 años cuando conoció a George Joseph Smith. Vivía en un barrio de Bristol llamado Clifton. Desde la muerte de su padre, en 1904, había llevado una vida solitaria, en una habitación alquilada en una casa privada o en diferentes pensiones. Sus ingresos, unas ocho libras mensuales, procedían de la renta vitalicia de una finca valorada en unas dos mil quinientas, propiedad de su difunto padre. No obstante, las disposiciones testamentarias respecto a esta pequeña fortuna eran tales que sólo podría disponer de ella después de muerta.

Alice Burnham, 25 años. Antes de casarse con Smith había estado atendiendo durante varios años a un inválido en Sothsea. Era una jovencita de generosas proporciones físicas. La acusación la describió como “una mujer regordeta, ancha de pecho y de caderas, tanto, que no podría haberse sentado en la zona estrecha de la bañera… Así de ancha era ella y así de estrecha era la bañera”. Poco antes de abandonar Southsea para pasar una tardía luna de miel de Blackpool, su marido aseguró su vida en quinientas libras.

Margaret Lofty, 38 años. Trabajó en Bristol de señorita de compañía para varias damas. En el verano de 1914 descubrió que el hombre con quien mantenía una relación amorosa estaba casado. Esta sorpresa la dejó en un estado de depresión permanente. Se trasladó a Bath para reunirse con su madre viuda y con sus hermanas. Conoció a Smith poco antes de Navidad y cayó inmediatamente presa de sus encantos. George le dijo que se llamaba John Lloyd. Al día siguiente de la boda redactó el testamento y en él nombraba heredero a su marido. Esa misma noche la encontraron ahogada en la bañera.

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Conclusiones

Las casas en que George Smith vivió y ahogó a sus mujeres aun están en pie, al cabo de casi ochenta años. La calle Bismarck de Highgate se llama ahora Waterloo Road. El cambio se debió más al sentimiento antigermano que se generó después de la Primera Guerra Mundial que a las connotaciones criminales que el nombre guardaba con Smith.

Nunca más se supo de Edith Pegler una vez que terminó el juicio. La única mujer legal de Smith, Caroline Thornhill, encontró la felicidad al lado de un soldado canadiense. Se casó con él en la iglesia de Leicester al día siguiente de la ejecución de George.

La bañera en que fue asesinada Margaret Lofty y otras reliquias de la calle Bismarck fueron adquiridas por el museo de figuras de cera de Madame Tussaud y hoy ilustran la escena del crimen en la Cámara de los Horrores. Otra de las bañeras empleadas por Smith se encuentra expuesta en el Museo Negro de Scotland Yard.

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Fechas clave

  • 1897 – Smith sale de prisión. Abre una panadería en Leicester.
  • 17/1/98 – Se casa con Caroline Thornhill.
  • 8/99 – Caroline es detenida y encarcelada acusada de robo.
  • 1899 – Smith contrae matrimonio con su casera.
  • 11/11/1900 – Smith, arrestado en Londres.
  • 9/1/1901 – Smith es encarcelado por encubridor.
  • 30/7/1908 – Smith se casa con Edith Pegler.
  • 29/10/1909 – Smith se casa con Sarah Freeman.
  • 26/8/10 – Smith se casa con Bessie Mundy.
  • 13/9/10 – Smith pone pies en polvorosa.
  • 14/3/12 – Smith se encuentra por casualidad con Bessie en Weston-super-Mare.
  • 8/7/12 – George y Bessie redacatan testamentos nombrándose herederos universales.
  • 10/7/12 – Smith lleva a Bessie a la consulta del Doctor French.
  • 13/7/12 – Bessie Mundy muere en la bañera.
  • 4/11/13 – Smith se casa con Alice Burnham.
  • 8/12/13 – Alice redacta su testamento.
  • 12/12/13 – Alice aparece muerta en su baño de Blackpool.
  • 17/12/14 – Smith se casa con Margaret Lofty en Bath.
  • 18/12/14 – Margaret aparece ahogada en una bañera en Highgate.
  • 27/12/14 – Se investiga una noticia aparecida en el News of the World.
  • 1/2/15 – Arresto de Smith.
  • 2/15 – Se exhuman los cuerpos de Bessie Mundy, Alice Brunham y Margaret Lofty.
  • 23/5/15 – Smith es acusado de asesinato.
  • 22/6/15 – Comienza el juicio contra Smith en Old Bailey.
  • 1/7/15 – Veredicto de culpabilidad y condena a muerte de Smith.
  • 29/7/15 – Se rechaza la apelación de Smith.
  • 13/8/15 – Ejecución del condenado en la prisión de Maidstone.

George Joseph Smith

Última actualización: 16 de marzo de 2015

El caso de George Joseph Smith constituye uno de los más poderosos argumentos en contra de la barbarie judicial.

Nació en Bow en 1872, siendo sentenciado a ocho años de reclusión en un reformatorio cuando sólo tenía 9. Esto le convirtió para siempre en un enemigo de la sociedad. Cualquiera que haya visitado una institución Borstal hoy día y pueda imaginarse cuánto peor debió ser en 1880, sentirá más simpatía por George Smith que por el juez que le condenó.

En 1896 fue sentenciado a un año de prisión por traficar con las mercancías robadas por una criada que actuaba bajo su dirección. Quedó en libertad en 1897, cuando tenía 25 años, y en 1898 contrajo matrimonio en Leicester, donde se había establecido como panadero, con Caroline Thomhill. Usaba entonces el nombre de George Oliver Love. Dos años más tarde el matrimonio se separó, trasladándose Caroline al Canadá. En los dos años pasados junto a Smith se había convertido también el-1 una delincuente; al volver del Canadá se empleó como sirvienta en Londres, llevando a cabo numerosos hurtos hasta ser descubierta. Al ser interrogada por la policía denunció a su marido, que fue condenado de nuevo a dos años de cárcel por el mismo delito que en la anterior ocasión. Mientras aún vivía con su mujer, en 1899, Smith se había «casado» con una mujer de edad madura, propietaria de una pensión en Londres. Al quedar en libertad volvió a ella; una vez que gastó todo su dinero, la abandonó.

Durante los seis años siguientes perfeccionó sus métodos de «estafador matrimonial». No se sabe cuántas veces lo repitió, pero en líneas generales su procedimiento era el siguiente: buscar a una mujer de ciertos medios económicos, casarse con ella y una vez que le había confiado su dinero, salir con cualquier pretexto, por ejemplo comprar un periódico, y desaparecer.

En 1908 conoció a la única mujer por la que sintió verdadero afecto. Por aquella época había establecido en Bristol una tienda de antigüedades; Edith Mabel Pegler contestó a su anuncio pidiendo una ama de llaves y el 30 de julio de 1908 la hacía su «esposa» utilizando su verdadero nombre. Parece ser que Miss Pegler nunca sospechó la existencia de las actividades de su marido, que justificaba sus largas ausencias diciendo que tenía que viajar para comprar antigüedades.

En agosto de 1910, Smith, bajo el nombre de Henry WiWams, conoció en Clifton (Bristol) a una mujer de 31 aiíos, Bessie Constance Annie Munday, que poseía una fortuna de 2.500 libras. El noviazgo fue rápido y a fines de agosto se «casaban» en el registro matrimonial de Weymouth. Esta era la segunda vez que Smith «contraía matrimonio» desde su boda con Miss Pegler; pocos días antes había abandonado a otra reciente «esposa» en una sala de la Galería Nacional de Londres después de haberse apropiado de sus ropas (que vendió más tarde) y de su dinero (350 libras, con las que instaló a Miss Pegler en una casa de Southend).

Smith descubrió pronto que Miss Munday no soltaba su dinero tan fácilmente; consiguió hacerse con la reducida suma de 135 libras y la abandonó, dejándole una carta en que le sugería explicar a sus parientes la desaparición del dinero diciendo que le había sido robado en la playa.

Durante los dos años siguientes parece ser que vivió pacíficamente con Miss Pegler en Bristol, Southendr, Walthmatow y Londres, volviendo después de nuevo a Bristol. En marzo de 1912 Miss Munday le reconoció en una calle de Weston-super-Mare e, inmediatamente, su ira contra él desapareció, Tras la reconciliación, Smith intentó hacerse de nuevo con su fortuna sin conseguirlo; entonces decidió emplear un método decisivo. Sugirió a Miss Munday la idea de que ambos hiciesen testamento el uno en favor del otro; al día siguiente de firmarlos compraba un baño de zinc por la suma de 1 libra, 17 chelines y 6 peniques (300 ptas.). El 13 de julio de 1912 la mujer aparecía ahogada en el baño en su casa de High Street, Heme Bay. Smith cobró la herencia y se reunió de nuevo con Miss Pegler, diciendo que había conseguido hacer un buen negocio en el Canadá. Poco después compró siete casas en Bristol por la suma de 2.180 libras.

La siguiente víctima fue una rica enfermera llamada Alice Burnham, hija de un comerciante de carbón, a quien Smith conoció en Southsea. Se «casaron» el 31 de octubre de 1913; el criminal, después de conseguir de su «esposa» la suma de 100 libras en metálico, aseguró su vida por 500. A los pocos días, el 12 de diciembre de 1913, Miss Burnham aparecía ahogada en el baño en su casa de Regents Road, Blackpool. La encuesta que siguió a la muerte terminó con un veredicto de accidente y Smith cobró las 500 libras de la compañía aseguradora. Su patrona se indignó de tal forma ante su despreocupado comportamiento tras el fallecimiento de su «mujer» que le pidió buscara otro alojamiento. Smith contestó a sus reproches diciendo: «¡Cuando se han muerto, se han muerto!».

Smith se reunió otra vez con Miss Pegler, permaneciendo con ella un año. En septiembre de 1914 repitió de nuevo su hazaña de «casarse y escapar», con una criada de Bournemouth, Alice Reavil, abandonándola llevándose 100 libras en metálico, sus ropas y algunas joyas.

Tres meses después conoció a su última víctima, Margaret Elizabeth Lofty, hija de un pastor protestante y dama de compañía que cuando encontró a Smith estaba en convalecencia de un fracaso amoroso. Pronto se curó totalmente con su ayuda y el 17 de diciembre se «casaban» en Bath (quizá una broma diabólica de Smith); en esta ocasión el asesino utilizaba el nombre de john Lloyd. El «matrimonio» se instaló en unas habitaciones de Bismark Road, Highgate, donde Miss Lofty otorgó testamento a favor de su «esposo». Al día siguiente su patrona oyó ruidos de lucha en el baño; a los pocos momentos «Mr. Lloyd» comenzaba a tocar el órgano. Cuando en el cuarto de estar del piso bajo empezaba a formarse una gotera, Smith volvió de la calle diciendo a su patrona: «He comprado unos tomates para mi esposa». Esta era parte obligada del ritual; poco antes de hallarse el cadáver de Miss Munday, Smith había salido a comprar pescado; en el caso de Miss Burnham fueron huevos. Miss Lofty fue hallada muerta en el baño; el veredicto de la encuesta, el habitual: accidente.

El suceso apareció en los periódicos y, al leerlo, un pariente de Miss Burnham concibió algunas sospechas que participó a la policía. Lo mismo ocurrió con la patrona de Blackpool, que tanto había r¿prochado a Smith su frívola actitud; al darse cuenta de la similitud de los dos casos escribió una carta a Scotland Yard. El inspector encargado del caso avisó inmediatamente a la compañía aseguradora para que no se efectuase el pago de la p6liza de Miss Lofty. En enero de 1915 Smith fue arrestado y acusado primero de firmar con nombre falso el certificado de matrimonio, y más tarde de asesinato.

El juicio comenzó el 22 de junio de 1915, prolongándose durante nueve días. Presidió el tribunal el juez Mr. Scrutton y actuaron Sir Archibald Bodkin como fiscal y Sir Edward Marshall Hall como defensor. El jurado, después de deliberar durante veintitrés minutos pronunció un veredicto de culpabilidad. Smith hizo protestas de inocencia hasta el último momento, pero fue ejecutado (en estado inconsciente) el 13 de agosto de 1915.

Típico del espíritu calculador del criminal fue el incidente ocurrido cuando adquirió el baño en que había de morir Miss Munday; su precio era 2 libras, pero Smith regateó largo tiempo hasta conseguir que se lo rebajaran en medía corona (24 ptas.).

Un ejemplo de cómo el pueblo forja leyendas en torno a verdaderos casos de asesinato es una historia que ha escuchado el autor de estas líneas en Leicester. Un panadero de dicha ciudad contó a mi padre poco antes de la segunda guerra mundial que estaba convencido de que había un cadáver enterrado bajo su horno porque el suelo de éste se había hundido varias veces en años recientes demostrando que estaba hueco. Pretendía que el establecimiento había pertenecido a Smith; por la ciudad corría la historia de que éste había matado a un anciano para robarle y había enterrado en el horno su cadáver. El panadero añadió que no había dicho nada a la policía para que no levantasen el suelo y le estropeasen el local.

Desde luego, existe la posibilidad de que la historia sea cierta, pero cuando Smith estableció su panadería en Leicester (de la que se desconocen las señas) tenía solamente 26 años y aún no había comenzado a cometer sus crímenes. Es cierto que volvió a la ciudad en 1902 (cuando tenía 30 años) a buscar a su mujer, pero estuvo poco tiempo y, por otra parte, en ninguna narración de su vida aparece mención alguna a un anciano.


George Joseph Smith (1872-1915)

Última actualización: 16 de marzo de 2015

Asesino, nacido en Londres, hijo de un agente de seguros. Probó el robo en primer lugar, aunque con poca fortuna, hasta que se dedicó de lleno a la bigamia, adoptándola como su profesión. Elegía una víctima sola y sin experiencia, la miraba y la halagaba hasta lo infinito, para luego desaparecer, antes o después del «casamiento», tan pronto como había conseguido adueñarse de su dinero.

En 1910, en Weymouth, se casó con Bessie Mundy, de treinta y tres años, hija del director de un banco. Su padre le había legado 2.500 libras, convertidas en una renta vitalicia e intransferible. Todo lo que consiguió Smith fueron 135 libras, y con ellas en su poder se desvaneció. Sin embargo, cuando en 1912 se reunió de nuevo con su esposa en Weston-supper-Mare, ella le perdonó al instante. Mientras la joven viviese, la herencia era intocable, pero Smith llevó a su esposa a Herne Bay, donde ella hizo testamento en favor suyo. Al otro día la llevó a un médico, asegurándole que su esposa padecía súbitos ataques. Claro está que el día anterior Smith había adquirido una bañera muy grande. Y tres días más tarde fue a contarle al doctor que su esposa se había ahogado en dicha bañera, sin duda como resultado de uno de sus ataques.

El truco había dado buen resultado por lo que decidió repetirlo dos veces más: una vez en Blackpool, en 1913, con Alice Bunrham, una enfermera de veinticinco años, y luego en 1915, en Londres, con Margaret Lofty, hija de un clérigo, de treinta y ocho. Ninguna de las dos poseía mucho dinero, pero la mayor ganancia la consiguió con los seguros de vida. Cada vez realizó la misma operación: se marchó con su esposa a una ciudad donde no fuesen conocidos, y allí aseguró la vida de la mujer, haciendo luego que testase a su favor. Después, alquiló un apartamento con baño. Luego venía la visita al doctor para que tratase los súbitos ataques de la esposa, e inmediatamente después, ella empezaba a tomar baños, y a los pocos días, el último tenía un fatal desenlace. Smith no malgastaba el tiempo. Alice Burnham fue ahogada a las cinco semanas de casarse, y a los tres días después de haber hecho testamento. Margaret Lofty hizo testamento al día siguiente de su boda, y aquella misma noche se ahogó.

El artículo periodístico en que se relataba la noticia de este último «accidente» fue leído por el padre de Alice Burnham. Aunque los nombres eran distintos, reconoció la foto, e informó a la policía, con el resultado de que seis semanas después de su último asesinato, Smith fue arrestado. Aunque defendido por Sir Edward Marshall Hall, fue hallado culpable, siendo colgado en Maidstone el 13 de agosto de 1915.

La apariencia de Smith no era impresionante, excepción hecha de sus ojos, de incisivas pupilas; pero las mujeres, o le detestaban a la primera ojeada, o caían presas bajo un inexplicable encanto. Su poder sobre sus víctimas era completo, por lo que éstas se revelaban contra cualquier amigo o pariente que intentase protegerlas de las garras de Smith. A cambio de ello, Smith las trataba con absoluto desdén y después de sus muertes no mostró ninguna piedad. Fue un sádico, indudablemente, que gozaba con los asesinatos, aunque jamás cometió ninguno que no le reportara algún beneficio. Sin embargo, es seguro que se prendó enormemente de una de sus «esposas», una tal Edith Pegler, con la que contrajo matrimonio en 1908, viviendo con ella a través de sus demás «matrimonios». Aunque la explotó y la insultó, jamás le hizo el menor daño físico y le impidió solemnemente que se bañase en casa.

 


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