Gary Gilmore
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Robos
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 19 / 20 de julio de 1976
  • Fecha de detención: 21 de julio de 1976
  • Fecha de nacimiento: 4 de diciembre de 1940
  • Perfil de las víctimas: Max Jensen (empleado de una gasolinera) y Bennie Bushnell (gerente de un motel)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Salt Lake, Estados Unidos (Utah)
  • Estado: Fue ejecutado por fusilamiento el 17 de enero de 1977
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Gary Gilmore

Última actualización: 31 de marzo de 2015

El doble asesino que luchó para no retrasar su ejecución.

En enero de 1977 se cumplieron los deseos de Gary Gilmore y por fin se enfrentó a un pelotón de fusilamiento en Utah. Tras ser condenado a la pena máxima por dos asesinatos fortuitos y carentes de sentido, el reo promovió una extraña campaña desde su celda del Pabellón de la Muerte. Luchaba por lograr una rápida ejecución.

EL PRIMER ASESINATO – Los riesgos de la libertad

Tras haber pasado encarcelado gran parte de su vida, Gary Gilmore tuvo otra oportunidad a los 35 años. Pero, en menos de tres semanas las cosas comenzaron a irle desastrosamente mal.

Brenda Nichol perdió el contacto con su primo Gary Gilmore cuando su familia se marchó de Utah. No le había visto desde hacía unos 30 años. Empezó a escribirle en 1974, poco después de que le trasladaran desde la prisión estatal de Oregón a la penitenciaría federal de Marion, Illinois.

Él ilustraba sus cartas con sus propios dibujos, lo cual hacía que fueran más tristes y muy elocuentes. En una de ellas le pidió a Brenda que le ayudara a conseguir la libertad condicional. Cuando ella accedió, él escribió lo siguiente: «Un lugar donde vivir y un trabajo garantizado no significan nada, sin embargo, el hecho de que alguien se preocupe por mí es mucho más importante para la oficina de libertad condicional. Hasta ahora, siempre he estado más o menos solo.»

El 9 de abril de 1976, recién puesto en libertad, se propuso coger un autobús desde Illinois hasta Utah, pero cuando llegó a San Luis cambió su billete por dinero y decidió hacer el resto del trayecto en avión.

Brenda y su marido, Johnny, fueron a recogerle al aeropuerto a las dos de la madrugada. Llevaba un pequeño macuto que contenía, entre otras cosas, todos sus dibujos y escritos, y vestía de forma estrafalaria y un tanto pasada de moda. Además, se había emborrachado un poco en el avión.

Acordaron que se quedaría de lunes a viernes en casa de los padres de su prima, Vern e Ida Damico, en Provo, a 100 kilómetros al sur de Salt Lake City. Los fines de semana podría visitar a Brenda y a Johnny en Orem. Su tía estaba encantada con la idea de tenerle con ella, ya que su madre era su hermana favorita.

Para acelerar los trámites de su libertad condicional, Vern le proporcionó trabajo en su tienda de reparación de calzado. Gary se hizo muy amigo de Sterling Baker, otro ayudante de la tienda, y comenzaron a salir juntos a tomar más de una cerveza y fumar marihuana. Como siempre, se entendía mejor con la gente joven.

Sus tíos, mientras tanto, ponían gran empeño en fomentar su vida social concertándole citas con mujeres de su edad, pero sus modales de presidiario y sus faltas de corrección las hacían huir rápidamente. Tenía el mismo problema cuando salía en busca de muchachas más jóvenes con el primo de Sterling, un chico de 23 años llamado Rikki Baker.

A principios de mayo, Brenda le presentó a Spencer McGrath, quien le dio trabajo en su fábrica de aislamientos a 14 kilómetros de la ciudad. Gilmore hacía auto-stop o caminaba hasta allí a diario, con cualquier tipo de clima. Su jefe, profundamente impresionado, le presentó a Van Conlin, un comerciante de coches usados que le vendió a plazos un Mustang blanco de diez años. El automóvil le proporcionó un nuevo tipo de libertad.

El jueves, 13 de mayo, estaba en casa de Sterling cuando la hermana de Rikki, Nicole, apareció con sus dos hijos y una amiga. “Vaya, yo te conozco”, dijo Gary.

“Sí, puede ser”, respondió ella sonriendo. Poco después, mientras iban a una tienda juntos, se dieron cuenta de que el Mustang azul de la joven era del mismo año que el de Gary, hecho que interpretaron como un presagio de que estaban destinados el uno para el otro

Nicole llevó a su amiga a su casa y volvió para estar con Gilmore. Hablaron de la reencarnación, de si se conocían ya de alguna vida anterior, conversación que Gary interrumpió, al excusarse explicando que llevaba todo el día bebiendo y tomando Fiorinal, un fármaco sedante que tomaba contra el dolor de cabeza. Siempre parecía tener una fuerte jaqueca.

Al día siguiente, cuando ella volvió de trabajar, él estaba esperándola en su casa, en Spanish Fork, una población a 15 kilómetros al sur de Provo. Una semana más tarde se había instalado allí y poco después la joven dejaba su trabajo.

Uno de los problemas que más les perjudicaba era la costumbre que Gilmore tenía de robar en las tiendas. Aunque, al principio, lo único que a ella le preocupaba era la temeridad e imprudencia con que lo hacía.

El alardeaba de su técnica, que en realidad no consistía sino en entrar, coger lo apetecido, normalmente unas cervezas, y volver a salir de la tienda plenamente orgulloso del botín conseguido gratuitamente y de la apariencia amenazadora que era capaz de fingir para salir airoso sin problemas.

Cuando se sentía deprimido o había discutido con Nicole, salía a robar algo para sí. Una vez regresó a casa con un par de esquís acuáticos valorados en 100 dólares, hecho que convertía el hurto en delito mayor que, con sus antecedentes, le habría supuesto una larga condena en la cárcel. Sin embargo, los esquís resultaron ser prácticamente invendibles. Había arriesgado su vida y su relación con Nicole sin obtener nada a cambio.

Un día de junio volvió a casa con nueve pistolas que había robado en una tienda de Spanish Fork. Regaló algunas, pero guardó en casa el resto, hasta que un día le dijo a su compañera que había encontrado un comprador para las armas y que tenía que acompañarle al lugar en que se efectuaría la supuesta transacción para servirle de tapadera. Si la policía le detenía con un arma significaría terminar de cumplir el resto de su sentencia en prisión por violación de la libertad condicional; sin embargo, jamás sospecharían de un sujeto que pasea en coche con una mujer y unos niños. Gary llevó el coche de Nicole por parecerle más serio y digno de confianza que el suyo.

El comprador no apareció y él se puso tan furioso que regresó conduciendo como un loco. Los niños gritaron asustados hasta que, completamente histérico, comenzó a pegarles. Ella reaccionó rápidamente e intentó impedir que les levantara la mano, pero, antes de darse cuenta estaban luchando entre ellos. La joven, en plena pelea, consiguió sacar a sus hijos del coche y se puso a caminar por la autopista hasta que, afortunadamente, unos amigos suyos la vieron, pararon y se los llevaron de allí sin perder un minuto.

Frustrado por su fracaso, se dirigió a una tienda de la zona e intentó robar un magnetofón, pero le sorprendieron y tuvo que huir precipitadamente. Dejó el coche aparcado junto a un bar cercano, escondió las pistolas y se deshizo de las llaves. Cuando llegó la policía confiscó el Mustang y tuvo que llamar a un amigo para que fuera a recogerle.

Al día siguiente, después del trabajo, fue a ver a Nicole a casa de su madre llevando consigo cigarrillos, una rosa, una carta y muy buenas intenciones. Ella no pudo resistirse y volvió a su casa con él. Fue entonces cuando Brenda, el oficial encargado de su libertad condicional, y su propia compañera le convencieron para que fuera a la policía, con lo que, por lo menos, recuperaría el coche.

Tras declararse culpable de un cargo menor, se le notificó que tendría que volver al juzgado el 24 de julio para escuchar la sentencia.

Por aquel entonces, Nicole empezó a salir con otros conocidos. Cuanto más irritable y celoso se ponía Gary, menos le gustaba estar con él. Además, su costumbre de beber en exceso y de tomar drogas impedían que se comportara normalmente. Un día, ella le levantó la voz y él la golpeó. Así, día a día, las discusiones fueron siendo más frecuentes y cada vez más violentas hasta que el 13 de julio la echó de su propia casa.

Cuando al día siguiente fue a buscarla, como siempre, a casa de su madre, se sorprendió mucho de no encontrarla allí. Nicole se ocultaba en un apartamento alquilado por Jim Barret, su ex marido.

Mientras Gilmore trabajaba, su compañera se llevó todos los muebles. Esto le enloqueció de tal manera que comenzó a obsesionarse con la idea de encontrarla.

Unos días después aparcó el coche cerca de la casa y aguardó escondido con la esperanza de verla. Ella regresó para recoger la aspiradora que Gary le había regalado con una de sus primeras pagas. Entonces, apareció él.

Le explicó que no podía seguir viviendo con él y, acto seguido, intentó huir en el coche, pero él se agarró con fuerza a la puerta y consiguió detenerla. Nicole sacó su pistola, una Derringer que él le había regalado, con la intención de asustarle. Sin embargo, él la desafió mirándola fijamente a los ojos y la animó a disparar. Ella, confusa y aterrada, se limitó a dar marcha atrás y se fue de allí a toda prisa. Aquella misma noche, cuando Gary charlaba con Brenda, le dijo que iba a matar a su compañera.

Al día siguiente, 19 de julio, fue a ver a Van Conlin para convencerle de que se quedara con el Mustang y le vendiera una camioneta blanca que valía 1.700 dólares. Van exigía que alguien le avalara el crédito, pero como Gary no consiguió convencer a nadie de que el riesgo valía la pena, se mostró benevolente y accedió a que se la llevara a cambio del coche y de dos pagos posteriores: uno de 400 dólares para el 21 de julio y otro de 600 para el 4 de agosto.

Poco después de la puesta de sol fue a visitar a la madre de Nicole. Ella se apresuró a decir que desconocía el paradero de su hija, pero, esta vez, él no iba buscando a la joven sino la pistola que le había regalado.

La señora Baker nunca quiso tener el arma cerca, pero se la quedó conmovida por la insistencia de Gary. Ahora, en cambio, él actuaba de forma tan extraña que se negó a devolvérsela. No estaba borracho, o al menos no se le notaba, pero era evidente que estaba muy tenso y terriblemente enfadado.

Cuando aseguró que no se metería en líos con la pistola, se dio cuenta de que no tenía sentido resistirse por más tiempo. Le entregó el arma e intentó razonar con él. Mientras hablaban, April, la hermana de Nicole, salió de la casa. Gary se ofreció a llevarla a K-Mart, una tienda del barrio, y Kathryne se negó rotundamente, pero antes de que se diera cuenta, la joven de dieciocho años se marchaba con él.

No fueron a la tienda, se limitaron a dar un paseo en coche mientras charlaban amistosamente. La conversación de la muchacha carecía de sentido. Mezclaba fantasías paranoicas y alucinaciones con la trivialidad de las inquietudes cotidianas. De repente, le dijo que necesitaba algunas cosas de la farmacia. Gary entró en el establecimiento y cogió lo que necesitaba sin que nadie se diera cuenta.

Cuando regresó con el «botín», April le contó que quería pasar la noche fuera y él estuvo de acuerdo. Después llamaron a un compañero de trabajo de Gilmore para recuperar otra de las pistolas robadas, una Browning automática.

Una vez hecho esto, siguieron paseando, esta vez buscando a Nicole. Estaba convencido de que su hermana sabría dónde encontrarla. Pero no fue así.

Alrededor de las diez de la noche aparcó el coche en una calle poco transitada y le dijo a April que iba a llamar por teléfono. La dejó escuchando la radio, dobló la esquina y se dirigió hacia la gasolinera Sinclair, en North Street.

La única persona que había por allí era Max Jensen, el empleado de la gasolinera. Gilmore se dirigió hacia él empuñando, a escondidas, una pistola Browning automática. Cuando se acercó lo suficiente, sacó el arma y, apuntándole a la altura del hombro, ordenó al sorprendido Jensen que entrara en la oficina.

Una vez allí, le quitó el dinero que llevaba encima, unos 125 dólares. El joven no se resistió. Después le llevó al servicio que había en la parte trasera y le obligó a tumbarse en el suelo con las manos bajo el cuerpo.

Se sentó encima de él, se inclinó hacia adelante y puso la pistola en la nuca del muchacho. Finalmente, apretó dos veces el gatillo mientras decía: «Esta por mí» y «Esta por Nicole».

El Estado de Utah

El Estado de Utah está situado en plenas Montañas Rocosas. La mayoría de la población vive en la enorme llanura que se extiende alrededor del Gran Lago Salado, rodeado por majestuosas montañas de 4.000 metros de altura completamente coronadas de nieve.

Utah, básicamente un desierto, se ha convertido en un Estado agrícola gracias a los esfuerzos de los Mormones, quienes se asentaron allí durante la segunda mitad del siglo diecinueve. Tras viajar durante mucho tiempo hacia el Oeste huyendo de sus perseguidores religiosos, el líder mormón Brigham Young declaró que aquella zona sería su tierra prometida (el Reino del Desierto) y fundó Salt Lake City en la zona más fértil del lago.

Otras ciudades, como Provo, se formaron a partir de comunidades de granjeros y, actualmente, tienen el aspecto típico de las ciudades fronterizas del Oeste, es decir, calles muy anchas y casas muy bajas. En los alrededores de Salt Lake City hay muy pocos edificios construidos antes de la Segunda Guerra Mundial.

Nicole Baker

Cuando Nicole conoció a Gary Gilmore apenas tenía 20 años. Solía llamarla “duendecillo” porque era tan delgada y sus rasgos eran tan finos y delicados que parecía una niña.

Sus padres se casaron siendo aún adolescentes y tuvieron cinco hijos. Cuando Nicole tenía seis años, fue violada por un compañero de su padre que vivía con la familia y al que ella solía llamar tío Lee. Desde entonces, siguió melestándola hasta que, seis años más tarde, le destinaron a Vietnam.

A los 13 años ingresó en un sanatorio mental del que sólo consiguió salir siete meses después, casándose con un hombre al que no quería y al que abandonó al poco tiempo. A los 15 años se casó con Jim Barret, un traficante de drogas desertor del ejército, con el que tuvo a su hija Sunny. Dos años más tarde nacía su hijo Jeremy fruto de una aventura amorosa.

Cuando conoció a Gilmore estaba en trámites de divorcio de su tercer marido, Steve Hudson.

PRIMEROS PASOS – Rebelde sin causa

El mundo del crimen tenía un atractivo especial para Gilmore. Se convirtió en un ladrón cuando tan sólo tenía diez años y de adulto nunca estuvo fuera de la prisión más de ocho meses seguidos.

Cuando Gary nació, el 4 de diciembre de 1940, en McCamey, Texas, su padre, Frank, tenía 47 años, era bebedor y mujeriego y se había casado seis o siete veces. En su juventud trabajó en un circo y como actor de comedia.

En la época en que conoció a Bessie, la madre de Gary, ya tenía 40 años y se dedicaba a viajar por el Oeste utilizando nombres falsos y vendiendo espacios publicitarios, muchos de ellos en revistas totalmente inexistentes. Cada dos por tres le detenían y pasaba cortas temporadas en prisión.

Bessie Gilmore, casi 20 años más joven que él, era una de las diez hijas de un granjero mormón de Provo, Utah. Conoció a su marido en uno de los viajes que éste hizo a Salt Lake Cíty.

Gary Gilmore pasó gran parte de su infancia viajando de hotel en hotel por las pequeñas ciudades del Oeste. Cuando tenía 9 años, la familia (Bessie tuvo cuatro hijos, todos varones) se estableció en Portland, Oregón, ciudad en la que su padre comenzó a realizar negocios.

El joven adoraba a su madre. Frank, su padre, era una persona distante y reservada. La única lección que enseñó a su hijo fue la de que nunca debería admitir nada ante un policía.

Gary fue un niño solitario. Aunque ante los adultos se mostrara silencioso y educado, era malintencionado e intransigente. Al menos, así lo creyeron las monjas del colegio Nuestra Señora del Dolor, quienes le pegaron y castigaron en más de una ocasión.

Su vida criminal comenzó cuando tenía 10 años. Al repartir el periódico entraba en las casas de la vecindad en busca de dinero y armas. Así, poco a poco, su ambición de ser miembro de una banda para poder intimidar a la gente. Esperaba que los delincuentes adultos le aceptaran entre ellos si les proporcionaba alguna que otra pistola.

A los 14 años le detuvieron en un coche robado y le enviaron al colegio McLaren, un correccional de Woodburn, Oregón, en el que nada más ingresar le sodomizaron dos de sus compañeros.

Durante la época que pasó en Woodbum recibió una completa educación y quince meses después, cuando salió de allí, se había convertido en el perfecto delincuente juvenil. A los cuatro meses fue arrestado de nuevo. El período más largo que pasó fuera de prisión fue de ocho meses.

En 1962 le sentenciaron a quince años en la penitenciaría estatal por atracar una tienda. En poco tiempo se convirtió en un convicto duro con un código personal muy peligroso.

La violencia es el cáncer de las cárceles americanas y Gilmore no se libró de él, a pesar de que su pretensión de haber asesinado a un negro asestándole 57 puñaladas fuera sólo una bravuconada.

Se enfrentaba constantemente con las autoridades de la prisión, por lo que le castigaban con palizas, fuertes dosis de drogas antipsicóticas, como el prolixin, y largos períodos de incomunicación en celdas de castigo. Una vez estuvo 18 meses en una de ellas.

Algunas veces sus períodos de soledad eran voluntarios. Buscaba la paz y el silencio. Sus oídos eran muy sensibles y el ruido constante de la prisión (el crujir de las puertas de las celdas, el murmullo de la televisión y las conversaciones a gritos entre los presos) se le hacía extremadamente insoportable.

Su padre murió en 1961 y su madre se fue endeudando cada vez más. Trabajó de camarera para mantener a su familia, pero sus peticiones de asistencia económica a la iglesia mormona fueron ignoradas y tuvo que venderlo todo para mudarse a vivir a una roulotte.

Mientras tanto, su hijo se convertía en un experto en las reglas de la prisión. Durante los motines de 1968 hizo de portavoz de otros convictos, habló con la prensa y apareció por televisión. Se sentía muy orgulloso de su coeficiente intelectual, cerca de 130, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que su carrera criminal impidió que pudiera recibir una educación normal. Se había convertido en un autodidacta.

En 1972 encontró plaza en una escuela de arte en Eugene, Oregón. Desde pequeño demostró un talento especial por el arte.

Sin embargo, nunca fue. Unos meses después le detuvieron por atraco a mano armada en una tienda. El robo sólo le reportó unos cuantos dólares, y tuvo que cumplir una sentencia de nueve años en prisión por ello.

El gran Houdini

Frank Gilmore era el hijo ilegítimo de un actor de comedia Fay LaFoe. Su padre, el abuelo de Gary, era el artista Harold Weiss, mundialmente conocido como Harry Houdini.

Houdini nació en 1874 y, aunque comenzó a ser conocido como ilusionista, su verdadera fama provino de la espectacularidad y publicidad de sus proezas como “el rey de la evasión”. Una de sus especialidades consistía en escapar de jaulas en las que entraba esposado y salía utilizando una sabia combinación de herramientas ocultas y un extraordinario control muscular.

Solía demostrar su poder ante la audiencia invitando al público a golpear los flexibles músculos de su estómago. Un día, un muchacho le pilló desprevenido. Un golpe con un bate de béisbol le produjo graves lesiones internas de las que murió el 31 de octubre de 1926.

Prolixin

El prolixin, un poderoso sedante, fue muy utilizado en las prisiones americanas durante los años 60 y 70 para controlar a los presos violentos y como castigo. Su uso se vio particularmente favorecido por el hecho de que sus efectos son muy duraderos. Dos dosis de 80 mg por semana son suficientes para convertir al paciente más violento en una persona sumamente dócil.

Sus efectos secundarios, hinchazón de pies y manos, malestar físico y dificultad para andar y hablar, también tardan mucho tiempo en desaparecer. En 1969, suministraron a Gilmore grandes dosis de prolixin, dos veces por semana, durante los cuatro meses que siguieron a un escandaloso motín. Perdió 23 kilos y quedó físicamente incapacitado hasta el extremo de no poder cuidar de sí mismo. Mucha gente se dio cuenta de que su personalidad se iba deteriorando como resultado directo del tratamiento.

EL SEGUNDO ASESINATO – Sin motivo y sin piedad

Gilmore ya había matado una vez, a sangre fría y sin ninguna precaución. La noche siguiente selló su destino cometiendo un segundo asesinato.

Gary Gilmore se colocó la pistola en el cinturón y volvió a la camioneta. Llevó a April a un auto-cine para tener una coartada y poder cambiarse las ropas manchadas de sangre.

La película que proyectaban aquella noche era One Flew Over The Cuckoos Nest («Alguien voló sobre el nido del cuco»). Para él tenía un significado muy especial porque había pasado una temporada en la institución en la que fue rodada. Para ella, que tenía pésimos recuerdos de las instituciones psiquiátricas, la impresión fue demasiado fuerte y, cuando no pudo más, le pidió que se fueran.

Gilmore condujo en silencio hasta la casa de Brenda. Su prima se dio cuenta, por su humor, que tenía problemas y encontró a April un tanto extraña. Se comportaba incoherentemente y no era fácil hablar con ella, así que no les animó a que se quedaran. Pasearon durante un rato sin propósito fijo y se quedaron sin gasolina en los alrededores de Provo.

Dejó a la joven en la camioneta, escondió la pistola en la cuneta y empezó a caminar hasta que encontró, en una tienda, a una pareja que accedió a llevarle hasta una gasolinera a cambio de cinco dólares.

Cuando regresaron, uno de los muchachos llenó el depósito con una lata e intentó dar un poco de conversación a April. Mientras lo hacía, vio cómo Gilmore recogía el arma de entre los arbustos, la cargaba y la metía después bajo el asiento del conductor.

Cuando estuvieron solos, él dijo que estaba harto de dar vueltas. Se registró con su propio nombre en el Holiday Inn y ocuparon una habitación con dos camas.

Fumaron un poco de marihuana, pero April seguía con la desagradable sensación paranoica que la película había despertado en ella. Estaba convencida de que el FBI les estaba vigilando, que alguien veía lo que hacían a través de la pantalla del televisor.

Estuvieron bromeando un rato antes de que Gary intentara seducirla. Ella le rechazó por lealtad hacia su hermana y porque creía que, por muchos problemas que tuvieran, estaban hechos el uno para el otro.

A las siete de la mañana la llevó a su casa. Kathryne había salido, así que simplemente la dejó allí y se marchó a trabajar. Sus compañeros notaron que estaba un poco nervioso pero no les pareció extraño porque estaba así desde que terminó con Nicole. Spencer McGrath le dio la tarde libre para que buscara un apartamento.

Llamó a Confin e intentó venderle los esquís acuáticos robados, pero éste rechazó la oferta y aprovechó la ocasión para recordarle que si no le pagaba al día siguiente los 400 dólares que le debía, tendría que volver a ir andando a la fábrica.

Mientras tanto, el asesinato del joven Jensen se había convertido en una noticia de grandes titulares. Confin estaba exasperado por el suceso. No podía comprender cómo un atracador podía matar a sangre fría a quien le había entregado todo su dinero. Gilmore, que estaba bebiendo una cerveza durante la conversación, comentó al respecto: «Bueno, quizá merecía que le asesinaran.»

Más tarde fue a hacer su visita semanal al oficial encargado de supervisar su libertad condicional. Le habló de lo importante que era para él que volviera Nicole y le dijo que sabía que para conseguirlo tenía que empezar por dejar de beber. Después, volvió a Provo y deambuló por las calles buscándola como loco.

Ella pasó el día con Roger Eaton, un joven de aspecto impecable y, por aquel entonces, respetablemente casado. Había estado mucho tiempo observándola discretamente, aprovechando que unos amigos suyos vivían cerca de ella en Spanish Fork, totalmente fascinado por su estilo de vida libre y sin problemas, antes de reunir el valor suficiente para pedirle una cita y confesar que quería tener una aventura amorosa con ella. Ese mismo día, el 20 de julio, fue el primero que pasaron juntos. También fue la última vez que se vieron.

Cuando Eaton le habló sobre el crimen de la gasolinera, ella supo, con toda seguridad, que había sido Gary quien lo había cometido y así se lo dijo. También le contó que el domingo anterior se había visto obligada a amenazar a su compañero con una pistola. El joven se dio cuenta de que estaba involucrado en una situación delicada y muy peligrosa y, atemorizado por la naturaleza violenta de Gilmore, decidió poner fin a su aventura con Nicole y ella se fue a pasar la noche a casa de su madre.

Esa misma tarde Gary Gilmore acudió al garaje donde trabajaba su amigo Martin Ontiveros e intentó que el dueño, Fulmer (el tío de Martin), le prestara los 400 dólares que necesitaba. Pero, como allí no tenían esa cantidad en efectivo, tuvo que seguir buscando.

La camioneta empezó a darle problemas, no arrancaba bien y el motor se calentaba. Se la dejó a Norman Fulmer, quien se ofreció a cambiar el termostato en tan sólo 20 minutos, y le dijo que, mientras tanto, iría a visitar a su tío Vern, quien vivía cerca de allí.

Benny Bushnell estaba en la oficina del motel City Center, cerca de la casa de Vern Damico, viendo por televisión la final olímpica de halterofilia.

Su esposa, que estaba en las habitaciones de la parte trasera, oyó voces y un ruido que interpretó como el estallido de un globo. Cuando se asomó para comprobar qué sucedía, vio a un hombre alto salir de la oficina. Después, se dirigió a donde estaba su marido mientras el desconocido daba la vuelta y caminaba hacia ella.

Había algo en él que la asustó, así que permaneció quieta y en silencio durante unos segundos. Poco después, observó por la ventana cómo se alejaba y fue entonces, al darse la vuelta, cuando vio a su mando. Estaba tumbado boca abajo en el suelo, cerca del mostrador. Sufría convulsiones en todo el cuerpo y la sangre salía a borbotones de una herida en la cabeza.

Intentó cortar la hemorragia mientras trataba de conseguir ayuda por teléfono. En ese momento apareció un individuo diciendo que había visto salir de allí a un hombre armado. Se hizo cargo del teléfono pero, como no pudo encontrar una ambulancia, llamó a la policía.

El individuo en cuestión era Peter Arroyo. Acababa de volver con su familia de un restaurante cercano. Al llegar, echó un vistazo a la oficina y vio a un tipo salir de detrás del mostrador con una caja de dinero en una mano y una pistola en la otra.

Rápidamente, se llevó de allí a su familia para ponerla a salvo. Cuando regresó, vio salir andando al intruso y se decidió a entrar en la oficina. Allí encontró al gerente del motel desangrándose y a su mujer desesperada luchando por ayudarle.

El asesino se marchó caminando lentamente, reprimiendo las ganas de salir corriendo; se guardó el dinero robado en un bolsillo, unos 125 dólares, y tiró la caja que lo contenía en unos arbustos.

Sabía que tenía que deshacerse de la pistola. La cogió por el cañón con su mano izquierda y la escondió en lo más profundo de un seto que había en la cuneta pero, cuando ya iba a soltarla, una rama se metió en el gatillo y la pistola se disparó agujereándole la membrana que separa el dedo índice del pulgar.

Volvió al taller de reparaciones y entró directamente en el cuarto de baño, dejando tras de sí un rastro de sangre. Mientras tanto, Martin y Fulmer oyeron un comunicado, sobre el asesinato del motel, sintonizando la frecuencia de la policía, que oían para entretenerse de vez en cuando en lugar de las emisoras comerciales normales. Al escuchar lo sucedido cruzaron una mirada.

Gilmore salió del servicio con unas toallas de papel enrolladas en la mano herida. Martin no había acabado la avería de la camioneta pero le dijo que ya estaba arreglada. Se marchó de allí a toda prisa, conduciendo de forma un tanto insegura, y al dar marcha atrás para salir chocó contra un buzón.

Fulmer esperó hasta perder de vista el vehículo y llamó a la policía para contarles lo del rastro de sangre y darles una descripción completa del herido y la camioneta. La descripción encajaba perfectamente con la de Peter Arroyo. A partir de ese momento, todos los coches patrulla de la ciudad se pusieron a buscar una camioneta de color blanco.

Los tíos del sospechoso, Vern e Ida, estuvieron viendo la televisión hasta que oyeron las sirenas, primero las de la policía y algo más tarde las de las ambulancias. Martin Ontiveros fue quien les comunicó que su sobrino era el asesino. Ida llamó inmediatamente a Brenda para contarle lo sucedido y cuando terminó añadió: «Recurrirá a ti, como hace siempre.»

La joven llamó a la policía para preguntar si Toby Bath, un agente del vecindario, podía ir a su casa para protegerla. Poco después de que éste llegara, Gilmore llamó por teléfono para hablar con Johnny, el marido de Brenda. Le contó que le habían disparado cuando intentaba impedir un atraco y le pidió ayuda. No podía ir a un hospital porque allí «no creerían a un ex convicto con una herida de bala».

Llamaba desde la casa de Craig Taylor. A quien le había pedido que le llevara al aeropuerto, pero este negó y le pidió permiso para llamar a su prima. Su amigo le pasó el auricular por la ventana porque no quería molestar a su mujer.

Brenda tomó nota de la dirección y le dijo que Johnny acudiría en su ayuda con vendas y calmantes. Acto seguido llamó a la policía para advertirles de que Taylor tenía mujer e hijos y podían estar en peligro. Decidieron rodear la casa y esperar en lugar de arrestarle allí mismo y correr el riesgo de desencadenar un tiroteo.

Al ver que Johnny no aparecía, Gilmore y Craig se turnaron para llamar a casa de Brenda por si había novedades. Ella hizo todo lo posible por ganar tiempo y retenerle allí. Entre llamada y llamada se sentaban en el porche y charlaban.

Después de media hora, el herido se cansó de esperar y se marchó conduciendo muy despacio por una carretera comarcal. Los coches de policía le siguieron de cerca pero no actuaron hasta estar suficientemente alejados de la ciudad. Tres de los vehículos le adelantaron y bloquearon la carretera mientras encendían luces y sirenas.

El teniente Peacock, que estaba a cargo de la operación, ordenó al conductor que detuviera la camioneta y saliera con las manos en alto. Gilmore dudó por unos instantes, pero finalmente obedeció. Los agentes pudieron ver su indecisión por segunda vez cuando le dijeron que se colocara delante de los faros con las manos bien altas.

Se tumbó boca abajo en el asfalto, aceptando la derrota, mientras la camioneta, sin el freno de mano puesto, rodaba despacio hacia una zanja.

El sospechoso se dirigía hacia casa de Kathryne Baker cuando le detuvieron. Nicole estaba dormida en el salón en el momento en que la policía dio el alto al conductor de la camioneta blanca. Cuando despertó pudo ver a su compañero tumbado en el suelo y un montón de agentes apuntándole con sus armas.

Asintió para demostrar que había comprendido cuando uno de ellos le leyó sus derechos.

Vern Damico

Vern Damico era el tío político de Gary Gilmore. Hizo todo lo posible por ayudar a su sobrino cuando éste quedó en libertad. Le dio alojamiento en su casa, le proporcionó trabajo, le prestó dinero e incluso le concertó citas con las mujeres «apropiadas». Sin embargo, la incapacidad de Gilmore para llevar una vida honrada agotó su paciencia y en la época de los asesinatos apenas se hablaban. No superaron sus diferencias hasta cuatro meses más tarde, cuando Vern accedió a buscarle dos nuevos abogados. En la época en que su sobrino se enfrentó al pelotón de ejecución ya se habían reconciliado totalmente. Su tío lloró sincera y desesperadamente al presenciar su muerte.

Los mormones

La Iglesia de los Santos de los Últimos Días fue fundada en 1830, cuando Joseph Smith, un granjero de 24 años del Estado de Nueva York, creyó que habla recibido un libro profético del Ángel Mormón.

La iglesia que él fundó fue perseguida por su adhesión a la poligamia. Smith fue víctima de un linchamiento en masa en Illinois, y su lugarteniente, Brigham Young, guió el éxodo de los supervivientes en una caravana. Atravesaron las Montañas Rocosas y llegaron al Gran Lago Salado en 1847. Allí prosperaron rápidamente.

La iglesia mormona repudia la poligamia y el derramamiento de sangre (antiguamente creían que pecados como el asesinato o el adulterio eran tan atroces que la única esperanza de redención del pecador era el derramamiento de su sangre) y enfatiza el valor de la familia, la educación y la abstinencia del alcohol y otros estimulantes artificiales como el té o el café. Sus principios morales impregnaron la vida y las leyes de Utah. Desde su sede en Salt Lake City enviaron misioneros a todos los confines del mundo y hoy en día es una de las sectas religiosas que más rápido han crecido y que más riqueza han recaudado.

EL JUICIO  – Atracción fatal

Las pruebas en el juicio se levantaron abrumadoramente contra Gary Gilmore. La única persona que podría haber hablado en su favor era Nicole, pero el acusado se negó a que subiera al estrado en su defensa.

Primero le llevaron al hospital, donde le vendaron el antebrazo y la mano herida. No llegó a la comisaría hasta las cuatro de la mañana.

Estuvo de acuerdo en hablar con el teniente Gerard Nielsen, quien había investigado la reciente tentativa del robo del magnetófono, y comenzó contándole la misma historia que a Brenda. Afirmaba que le habían herido al intentar impedir el robo del motel. Después, se quejó del dolor que sentía en la mano y dijo que quería ver a Nicole. Nielsen intentaría ayudarle.

Más tarde, el detenido, completamente agotado, hizo algo que jamás había hecho antes: admitir algo en presencia de un policía. Reconoció ante el teniente que había llevado a cabo los dos asesinatos y, aunque sus instintos de convicto no le habían abandonado aún, terminó firmando una confesión.

Cuando habló con su prima por teléfono, ella le explicó por qué le había entregado a la policía: «Cometiste un asesinato el lunes y otro el martes. No iba a esperar a ver si cometías otro el miércoles.»

El 23 de julio, Nielsen llevó a Nicole a ver a Gilmore. Estaba tan emocionado que no perdió el tiempo en hacer reproches. Ella nunca le había visto tan relajado. La abstinencia forzosa de cerveza y de Fiorinal le dejó la cabeza despejada y los ojos limpios. El encuentro despertó en ella antiguos sentimientos.

Hubo una vista preliminar el 3 de agosto.

Craig Snyder, un abogado de oficio, se hizo cargo del caso y solicitó la ayuda de otro compañero, Mike Esplin. Durante la vista, Snyder propuso un pacto. Su cliente admitiría el homicidio en primer grado a cambio de una sentencia de cadena perpetua.

El fiscal del Distrito, Noall Wootton, rechazó la oferta. Había revisado el historial penitenciario del acusado y, en vista de los numerosos episodios violentos, sus intentos de fuga y la naturaleza especialmente cruel de los asesinatos, decidió solicitar la pena de muerte.

Mientras esperaba el comienzo del juicio en la cárcel del condado, parecía más preocupado por ver a Nicole que por su difícil situación y su futuro inmediato. Cuando las autoridades de la prisión la eliminaron de la lista de visitantes autorizados por no pertenecer a la familia, él se negó a cooperar en todos los sentidos hasta que la volvieran a inscribir.

Gilmore y Nicole se escribían a diario e incluso varias veces al día. Ella, sin embargo, seguía teniendo amoríos ocasionales. Reunió el valor suficiente y le habló de ellos en una carta, pero, poco después, recibió otra en respuesta en la que su compañero, angustiado y muy afectado, le explicaba que cuando la imaginaba junto a otro hombre sentía deseos de matar a alguien.

El juicio por el asesinato de Benny Bushnell comenzó el 5 de octubre en el Palacio de Justicia del condado de Provo; presidía la sala el juez Robert Bullock.

El primer día se tomó juramento a los miembros del jurado. El segundo, la acusación presentó el caso con argumentos irrefutables. El casquillo que se encontró junto al cuerpo de la víctima provenía de la Browning escondida entre los arbustos. Además, el rastro de sangre que partía de allí y llegaba hasta el garaje era, sin duda, del acusado.

El doctor Morrison, quien llevó a cabo la autopsia, testificó que no había quemaduras de pólvora en la cabeza de Bushnell, lo cual significaba que el cañón de la pistola estaba en contacto con la misma cuando se efectuó el disparo. Fue una ejecución a sangre fría, un homicidio en primer grado.

Esplin interrumpía el caso siempre que podía, introduciendo pequeñas puntualizaciones. Los dos abogados sabían que su única oportunidad consistía en plantar la semilla de la duda en la mente de los miembros del jurado y tratar de abonar el terreno para una futura apelación.

La defensa no llamó a declarar a ningún testigo, lo cual, aparentemente, sorprendió bastante a Gilmore. En realidad no esperaba mucho de sus representantes legales (al fin y al cabo cobraban sus honorarios del tribunal que le estaba procesando), pero tenía la esperanza de que, al menos, intentarían reducir el cargo inicial al de homicidio en segundo grado.

Al comenzar el tercer día, el acusado dijo que quería subir al estrado y declarar en su propia defensa, pero cambió de opinión cuando sus abogados le advirtieron de que corría un gran riesgo. Se resignó ante el hecho de que la defensa no tenía realmente nada en qué basarse.

Wootton hizo la recapitulación final muy rápida y se limitó a volver a exponer los detalles del caso. Esplin, en respuesta, hizo hincapié en uno o dos pequeños errores cometidos por el fiscal durante su discurso y sugirió que el sensible gatillo de la Browning se había disparado accidentalmente. El jurado se retiró a deliberar a las 10.13 de la mañana y volvió, 80 minutos más tarde, con un veredicto de culpabilidad.

A la 1,30 del mediodía comenzó la vista para decidir la sentencia. Snyder se hizo cargo de la defensa pero no encontró a nadie dispuesto a declarar favorablemente del carácter del acusado. Gilmore, además, se negó a dejar que Nicole subiera al estrado. Estaba muy molesto con su familia, excepto con su madre, que era muy mayor y estaba muy débil como para hacer el viaje hasta allí.

Snyder reservaba sus objeciones más enérgicas para el testimonio del detective Rex Skinner, de Orem, acerca del asesinato de Jensen.

La defensa llamó al estrado a John Wood, doctor en psiquiatría, quien expuso su opinión de que Gilmore era un psicópata, pero se vio obligado a admitir, a instancias de Wootton, que estaba legalmente cuerdo.

El propio acusado era el segundo y último testigo de descargo. Su abogado tenía la esperanza de que el jurado se sintiera menos inclinado a sentenciar a muerte a alguien si le conocían mejor. Testificó con voz serena e insensible y no parecía en absoluto afectado por el más mínimo remordimiento.

Durante el severo interrogatorio al que se vio sometido, se hizo evidente otra faceta de su personalidad. Se mostró hostil y huraño, respondió con monosílabos y se negó a discutir el «asunto personal» que había provocado su ira asesina. De hecho, su relación con Nicole sólo se mencionó indirectamente durante el juicio.

La recapitulación del fiscal Wootton se centró en las condenas anteriores del acusado y en su tremendo historial de violencia en prisión. No pidió la pena de muerte para disuadir a otros criminales, sino por el mero hecho de que Gilmore, en su opinión, era demasiado peligroso para dejarle vivir.

Cuando le preguntaron si quería dirigirse al jurado (la última oportunidad de demostrar arrepentimiento o pedir clemencia), su única respuesta fue: «Bueno, me alegro de que por fin el jurado me preste atención.»

Después le dijeron que escogiera cómo quería morir. Gracias a una norma especial del Estado de Utah, tuvo la ocasión de elegir entre la horca o un pelotón de fusilamiento. El condenado se decidió por la última opción y el juez fijó la fecha de la ejecución para el 15 de noviembre de 1976.

Homicidio número uno

La legislación de Utah contempla dos grados de homicidio. El homicidio en primer grado, u «homicidio núm. 1», que incluye diversos supuestos: las muertes cometidas durante robos, violaciones, los asesinatos a sueldo o los producidos huyendo de la justicia. En estos casos sólo hay dos sentencias posibles, la muerte en la horca o fusilamiento y la cadena perpetua.

El homicidio en segundo grado es la acusación más común y puede suponer de cinco años a cadena perpetua. Una acusación «de primer grado» puede quedar reducida a una «de segundo» cuando hay algún indicio de que los acontecimientos se desarrollaron accidentalmente, es decir, si una pistola se dispara involuntariamente durante un robo o como resultado directo de cualquier tipo de lucha.

En Utah los juicios por homicidio en primer grado se celebran en dos partes. Primero se presentan los hechos del caso. Si el veredicto es de culpabilidad, le sigue inmediatamente una vista en la que se llama a declarar, sobre la personalidad del acusado, a algunos testigos y se decide la sentencia. Sólo se pide la pena de muerte cuando los doce miembros del jurado están de acuerdo.

Abogados de oficio

Como Gilmore no disponía de fondos para pagarse un abogado, el Tribunal designó a uno de oficio, Mike Esplin, para que le representara. Este empleado del Tribunal aceptó el caso porque estaba ya cansado de asuntos financieros o matrimoniales. Al tratarse de una acusación de homicidio en primer grado tuvo que solicitar la colaboración de un compañero, Craig Snyder.

Ambos eran mormones y respetables padres de familia, pero en el caso Gilmore se excedieron en su celo profesional. Sabían cómo jugar con el sistema legal para evitar la sentencia de muerte y, por ello, quedaron profundamente perplejos ante la insistencia de su defendido en renunciar a semejante juego. Incluso después de que Gilmore renunciara a sus servicios siguieron trabajando para conseguir un indulto hasta que un miembro del Tribunal Supremo de Utah les dijo: “Ya no siguen en el caso… ¿Por qué no aceptan de buena gana que su cliente les ha despedido y que ha asumido la decisión del jurado?»

DEBATE ABIERTO – ¿Un destino peor que la muerte?

Hay personas que han esperado en el Pabellón de la Muerte durante más de diez años. La luz se mantiene
encendida constantemente, el ruido y el escrutinio público pueden crear una presión psicológica
insoportable. Gary Gilmore sabía todo esto y prefirió no esperar.

El sistema legal americano posibilita gran cantidad de apelaciones a las máximas autoridades: a un Estado en concreto, a los Juzgados de Distrito y, por último, a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Se puede recorrer el mismo camino varias veces basándose en pruebas y leyes diferentes en cada ocasión. El tiempo que transcurre desde el final de un juicio hasta el cumplimiento de la sentencia puede extenderse varios años.

Los criminales sentenciados a muerte se mantienen aparte, alejados de los otros reclusos, en una zona de la prisión especialmente reservada para ellos conocida coloquialmente como el Pabellón de la Muerte. Estos presos sólo salen de allí para ser ejecutados o si se les conmuta la pena, en cuyo caso cumplen condena perpetua en prisiones de máxima seguridad.

El Pabellón de la Muerte consiste, normalmente, en un pasillo con celdas pequeñas, nunca mayores de 3 m por 2,5 m, dispuestas en dos hileras, una en frente de la otra, a lo largo de un corredor que, para mayor seguridad, no tiene una sola ventana. Los presos están vigilados las 24 horas del día para evitar que «escapen» del verdugo suicidándose. Las luces nunca se apagan. Una vez, Gilmore colocó una toalla en los barrotes de su celda para que la luz no le diera directamente en los ojos mientras intentaba dormir y los guardias le amenazaron con castigarle quitándole el colchón.

Los «inquilinos» del Pabellón no pueden salir al patio como el resto de sus compañeros. El único ejercicio que les permiten hacer consiste en pasear, por turnos, durante media hora diaria, a lo largo del angosto pasillo. También es esta su única oportunidad de charlar con otros condenados, ya que normalmente sólo pueden conversar a gritos desde sus celdas. Las comidas se sirven siempre a través de los barrotes.

En este lugar las privaciones de la prisión son particularmente rigurosas. Gilmore, a pesar de los años de práctica, nunca pudo acostumbrarse a estar ahí. En una ocasión comentó: «Odio la rutina, odio el ruido, odio a los guardianes y odio la desesperación que me hace sentir.»

Era extremadamente sensible al ruido. Tenía un oído tan perceptivo que los continuos sonidos metálicos y el resonar del murmullo de voces le resultaban insoportables.

Realmente, el temor a la muerte era bastante más llevadero que la idea de pasar toda la vida en la cárcel. En una de sus entrevistas con el capellán de la prisión, una de las pocas personas que podían entrar libremente, dijo: «He estado entre rejas 18 años y no estoy dispuesto a pasarme aquí otros 20. Prefiero morir a seguir en este agujero.»

La moratoria del Tribunal Supremo sobre las ejecuciones redujo la población del Pabellón de la Muerte a unas 450 personas. Sin embargo, tras la muerte de Gilmore y con la creciente aceptación de la pena capital en los Estados Unidos esto comenzó a cambiar. En 1985 había ya 2.100 presos en el citado Pabellón. Desde entonces, cada año se suman a esta cantidad 400 más.

Sigue siendo difícil acabar con el procedimiento de las apelaciones, que crea en las prisiones una saturación de reclusos que están esperando la muerte. Algunos abogados entusiastas han propuesto al respecto acortar dicho procedimiento, pero este tipo de medidas son enérgicamente criticadas por la ACLU (Asociación para la Defensa de las Libertades Civiles Americanas).

Las campañas electorales liberales insistieron mucho en que mantener a alguien en el Pabellón de la Muerte durante años es un castigo tan «cruel e innecesario» como la pena de muerte propiamente dicha. Marie Deans, directora de Instituciones Penitenciarias de Virginia, declaro: «No es sólo la cuestión de la pena capital. Quien permanece en el Pabellón de la Muerte durante años, pensando, día tras día, que es indigno de vivir, sufre un terrible proceso de tortura.»

Caryl Chessman

Los americanos supieron cómo era la vida en el Pabellón de la Muerte a raíz del caso de Caryl Chessman. Fue sentenciado a muerte en 1949, en California, por rapto con agravante, es decir, rapto con propósito de violación, delito similar a los cometidos en enero de ese mismo año por un hombre armado que utilizaba un foco rojo puesto en su coche para obligar a otros conductores a detenerse.

Chessman se representó a sí mismo, y mediante inteligentes maniobras legales, consiguió retrasar su ejecución más de diez años, tiempo que aprovechó para escribir libros sobre su vida que tuvieron muchísimo éxito. Se hizo famoso y trabajó mucho para parecer sinceramente reformado. Enseñaba a sus compañeros de prisión a leer y escribir. Murió en la cámara de gas en 1959.

El último en morir

El último hombre que murió en América, antes de la moratoria de los nueve años, fue Luis José Monge. En 1967, en Colorado, se declaró culpable del homicidio en primer grado de su mujer, Leonarda. También confesó haber matado a tres de sus hijos, Alan, Vincent y su hija Teresa, e intentó ocultar las agresiones sexuales que cometió contra los pequeños.

Como Monge se declaró culpable, la única misión del jurado consistió en decidir la pena. Después de mostrar las armas homicidas al jurado, una barra de hierro y un estilete, la acusación presentó como pruebas ropas manchadas de sangre y fotografías de las víctimas. Fue sentenciado a muerte y, aunque hizo una apelación simbólica, no luchó por cambiar la condena. Prefirió morir a cumplir cadena perpetua como convicto infanticida.

EL PABELLÓN DE LA MUERTE – Luchar por morir

Cuando Gilmore decidió seguir adelante con la sentencia de muerte, su caso se convirtió en el centro de atención de un polémico debate sobre la pena capital que duró dos meses. En este tiempo, intentó suicidarse dos veces.

Le llevaron a la Penitenciaría Estatal de Utah y allí declaró que no quería recurrir el uso de las tácticas de aplazamiento implícitas en el sistema legal americano. A uno de los capellanes de la prisión le había dicho: «He estado entre rejas 18 años y no estoy dispuesto a pasarme aquí otros 20. Prefiero morir a seguir en este agujero.»

Al principio nadie le tomó demasiado en serio. Esplin y Snyder apelaron su sentencia y se fijó la vista para el 1 de noviembre. Mientras le explicaban su delicada situación (los dos abogados estaban seguros de poder conseguir una revisión del caso), Gilmore sólo pensaba en una cosa y tan sólo preguntó: «¿Puedo despedirles?»

Durante la vista de apelación retiró la propuesta de un nuevo juicio y, por primera vez, hizo públicas sus opiniones: «Me sentenciásteis a morir. A menos que todo haya sido una broma pesada o algo así, quiero llegar hasta el final y acabar de una vez.» Sin embargo, sus abogados siguieron adelante y presentaron la apelación ante la Corte Suprema de Utah, pensando que era su deber. El 3 de noviembre Gilmore les despidió.

Dos grupos de presión nacional anunciaron su intención de luchar en contra de la ejecución. La ACLU (Asociación para la Defensa de las Libertades Civiles Americanas) se oponía a la pena máxima por principio, y la Asociación Nacional para el Progreso de Personas de Color hacía, además, hincapié en el hecho de que un número desproporcionado de presos del Pabellón de la Muerte era de color.

Gilmore decidió que necesitaba ayuda en su lucha por enfrentarse cuanto antes al pelotón de ejecución. Había recibido una carta de Dennis Boaz, un abogado radical que en aquel momento intentaba ganarse la vida como escritor independiente. En su misiva manifestaba un profundo respeto hacia su postura y la intención de escribir su historia.

Las autoridades de la prisión mantenían a los medios de comunicación alejados del reo, pero no podían impedir que viera a un abogado. Boaz consiguió entrevistarse con él. Durante aquella corta visita acordaron que este nuevo aliado no sólo le representaría legalmente, sino que escribiría y vendería su historia para dividir después los beneficios en partes iguales.

Aunque hacía varios años que no ejercía la abogacía, el 10 de noviembre, Boaz presentó el caso con mucha elocuencia ante el Tribunal Supremo de Utah y éste apoyó el derecho del acusado a retirar su apelación por una mayoría de cuatro a uno. La ejecución se llevaría a cabo en la fecha fijada.

El caso ocupó, finalmente, todos los titulares de prensa de los Estados Unidos y, con él, la polémica de la pena capital volvió a ser un tema fundamental en la agenda de todos los políticos. El gobernador de Utah, Calvin Rampton, se unió al debate cuando declaró que el tema Gilmore era digno de un análisis más profundo. El 11 de noviembre ordenó un aplazamiento para que la Comisión de Indultos pudiera revisar el caso en cuestión.

Gary Gilmore, desesperado, comenzó a pensar en el suicidio como remedio a tan prolongada agonía. Pidió a Boaz que le proporcionara somníferos suficientes, pero éste, después de pensarlo detenidamente, decidió que no podía hacerlo. Sin embargo, él no era el único a quien recurrir, siempre quedaba Nicole.

Algunas veces, en sus cartas, le había pedido que se suicidara por él, por su amor, para encontrarse en otra vida después de la muerte. Ahora tendrían ocasión de morir juntos.

El 15 de noviembre, fecha en que se había fijado la ejecución inicialmente, Vern Damico visitó a su sobrino. Ambos expresaron su arrepentimiento por antiguas disputas y olvidaron sus diferencias.

Ese mismo día, algo más tarde, recibió una visita de Nicole. Había conseguido reunir 70 somníferos pidiéndoselos en pequeñas cantidades a diferentes médicos. Podía haber comprado más, pero temía que alguno de los doctores informara a la policía. Se quedó con la mitad de las píldoras e hizo llegar el resto a su compañero escondiéndolas en la vagina, eludiendo así los registros rutinarios.

Mientras se abrazaban en la sala de visitas, ella le pasó las píldoras y desde ese momento permanecieron el resto del tiempo mirando por la ventana, besándose y cantando.

Cuando llegó a casa, Nicole dejó por escrito su última voluntad con respecto a sus hijos y a su propio cadáver. A medianoche se tomó las pastillas, se tumbó en un sofá a contemplar una foto de Gary. A la mañana siguiente un vecino la encontró y la llevó al hospital de Utah Valley. Sus oportunidades de sobrevivir eran mínimas.

A él le encontraron aproximadamente a la misma hora y le llevaron al hospital. Él era casi dos veces más grande que su compañera, por lo que la dosis de somníferos no fue en absoluto letal. Al día siguiente, le devolvieron a su celda.

Nicole despertó del coma el 18 de noviembre. Cuando él se enteró de que no había muerto, exigió que le permitieran hablar con ella, y ante la negativa de las autoridades penitenciarias se puso en huelga de hambre.

Unos días más tarde ingresaron a la joven en el hospital Estatal, donde estuvo bajo la atención médica del doctor Woods, quien había testificado en el juicio. El personal y el resto de los internos recibieron instrucciones de evitar siquiera mencionar el nombre de Gilmore.

El doble intento de suicidio asustó a Dennis Boaz y le hizo cambiar de opinión. No podía seguir trabajando para conseguir la muerte de una persona. Después de despedirle, Gary le pidió a su tío que se ocupara de sus asuntos desde el exterior. No se trataba simplemente de conseguir representación legal, su fama se extendía rápidamente y podía sacar mucho dinero con su historia.

Vern contactó con dos abogados locales, Bod Moody y Ron Stanger, para que defendieran los intereses de su sobrino y presentarles a Larry Schiller, un productor cinematográfico independiente. Este fingió ser asesor fiscal y consiguió entrar con los abogados en la prisión para conocer a Gilmore.

Desde lo ocurrido con Nicole, no le permitían tener ningún contacto físico con las visitas. Se sentaba en una sala de seguridad y veía a sus visitantes por una pequeña ventana. Habían hablado previamente por teléfono y el preso accedió a vender su historia al productor. Por este motivo se las ingeniaron para firmar los contratos y demás documentos aquella misma noche. Al enterarse de lo ocurrido el alcaide se puso furioso y echó a Schiller de allí.

Cuando se reunió la Comisión de Indultos el 30 de noviembre, Gilmore abogó por sí mismo y desafió a la ley para llevar a cabo su original decisión. Richard Giauque, portavoz de la ACLU, afirmaba que la cuestión que se estaba tratando no era asunto del propio condenado o de la Comisión, sino del proceso legal. Se rechazó cualquier otro aplazamiento por una mayoría de tres a dos. La ejecución se fijó para el día 6 de diciembre.

La ACLU no se rindió. Glauque presentó una petición en nombre de la madre de Gilmore, Bessie, argumentando que el reciente intento de suicidio demostraba que estaba mentalmente enfermo y que por ello era incompetente para saber lo que le convenía. El Tribunal Supremo dio de plazo hasta el 7 de diciembre para preparar el caso y prometió que emitiría un fallo definitivo.

Todo lo que el reo deseaba era hablar con Nicole. Intentó persuadir a Schiller para que sobornara a un médico del hospital, y al no querer hacerlo, éste se negó a contestar a sus preguntas. Nicole, por su parte, también intentaba desesperadamente hablar con él. Su abogado le hacía llegar algunas cartas, pero los otros internos la tenían siempre vigilada.

El 13 de diciembre, el Tribunal Supremo rechazó la petición de la ACLU, decidiendo por cinco votos a cuatro que Gilmore había hecho uso de sus derechos de forma consciente. La ejecución fue definitivamente fijada para el 17 de enero. El condenado puso fin a su huelga de hambre, después de 25 días de ayuno, y accedió a cooperar con Schiller de nuevo.

El 15 de diciembre, tras un plan fallido para hablar con su compañera desde el teléfono del juzgado, tomó una sobredosis de fenobarbitol pero sobrevivió.

La ACLU intentó conseguir la ayuda de su madre, una vez más, pero después de mantener una conversación telefónica con su hijo, se negó a intervenir. El 11 de enero su hermano pequeño, Mikal, fue a visitarle a petición de la Asociación, pero estaba convencido de que Gilmore no quería que su familia se mezclara en el asunto. Aquel día Gary se despidió de él diciéndole: «Nos veremos en el infierno.»

MENTE ASESINA – Violento e impulsivo

La dureza y la independencia formaron parte de la educación que, como presidiario, recibió Gilmore.

Sin embargo, su naturaleza violenta e impulsivo era un handicap para vivir con las exigencias cotidianas del mundo exterior.

Los psiquiatras que entrevistaron y examinaron a Gilmore antes del juicio le encontraron «testarudo, muy hostil, socialmente pervertido, insatisfecho con su vida y completamente insensible a los sentimientos de otras personas». Llegaron a la conclusión de que tenía «un trastorno de personalidad de tipo psicopático o antisocial».

Realmente era de naturaleza incorregible. Le encantaba vivir peligrosamente, le fascinaba saborear su propio temor. Siendo pequeño se quedaba en las vías del tren, en un puente, esperando a que viniera el ferrocarril para después correr por salvar su vida. De adulto hacía equilibrios en la barandilla del último piso de un edificio de la prisión y se tumbaba a unas alturas vertiginosas.

La impulsividad era el «motor» de su carrera criminal. Su autoproclamada inteligencia nunca salió a relucir en los imprudentes robos, asaltos y hurtos que cometió. El delito que en 1962 le costó 15 años en prisión fue muy típico. Asaltó a un hombre por 115 dólares después de verle hacer efectivo un cheque. Estaba completamente borracho y le capturaron en menos de media hora.

El alcohol fue un factor común en todos sus crímenes. En realidad era alcohólico como su padre. Cada vez que salía de la cárcel reanudaba su adicción al alcohol y a las píldoras, motivo por el que su personalidad cambiaba notablemente y se mostraba agresivo, malhumorado y resentido.

Desde que era muy pequeño tuvo la sensación de estar poseído por una maldad sin límites, de tener algo frío, implacable y despreciable en el fondo de su alma. Este tipo de odio hacia uno mismo suele asociarse a abusos físicos o sexuales en la niñez, pero Gary siempre mantuvo que sus padres nunca le maltrataron.

Cuando era niño soñaba a menudo que le decapitaban. A raíz de estas pesadillas y de su odio hacia sí mismo comenzó a formarse la extraña idea de que había sido ejecutado en una vida anterior pero aún no se había redimido.

Creía firmemente en la reencarnación y en el «Karma», la fuerza que distribuye los castigos por pecados cometidos en el curso de nuestras vidas anteriores. Pensaba que su vida estaba predestinada y que era su deber enfrentarse a las consecuencias de sus actos.

Además de estar familiarizado con la terminología mística, lo estaba con el severo código de los criminales de largas condenas. La cárcel determinó su vida. Le enseñó que sólo se respetaba al más duro, al más audaz; aprendió que todas las ofensas tenían que ser vengadas personalmente. No podía admitir la menor debilidad. Había algo de cierto en lo que dijo su tío Frank durante el funeral: «Estamos aquí reunidos hoy porque la ley cambió a Gary Gilmore.»

Lo que la prisión no le enseñó fue a enfrentarse al mundo exterior. Algo tan sencillo como ir de compras podía acabar con su paciencia. No tenía ni idea de cómo relacionarse con las mujeres; sin embargo, sus relaciones con otros hombres se basaban en gran medida, en el ejercicio del poder. Con los niños todo era más sencillo. Disfrutaba mucho jugando con los hijos de sus primos o con los de Nicole.

Gilmore prefería a las jovencitas. En una ocasión cumplió condena por seducir a una menor. El aspecto juvenil de Nicole le resultaba especialmente atractivo y siempre la animaba a parecer más y más joven.

Gary estaba especialmente sensibilizado con ese tema. Cuando le entrevistaron en prisión, contó detalles de sus crímenes casi sin inmutarse, pero se sobresaltó cuando le preguntaron sobre el sexo: «No quiero meterme a contestar preguntas que tengan que ver con el sexo. Creo que son de mal gusto.»

Las explicaciones sobre los motivos que le llevaron a matar variaban constantemente. A veces simplificaba demasiado («Estaba tan destrozado… Además, no pude conseguir inmediatamente la camioneta blanca que tanto quería»), pero normalmente reconocía que los crímenes no tenían nada que ver con los robos.

A menudo hablaba de una presión que iba creciendo dentro de sí y de los asesinatos como una válvula de escape. En una ocasión elijo: «Si siento ganas de matar no importa quién muera.» «El asesinato es un ente en sí mismo, un impulso, y los impulsos no son razonables. ¿Qué más da quién alivie ese sufrimiento?”

Una frustrante agresividad hacia el mundo y su propia incapacidad de vivir con este sentimiento, le iban consumiendo poco a poco. Bebía para apaciguar este odio, sin embargo, el alcohol no hacía sino alimentarlo cada vez más. Su amor por Nicole le ayudó a soportar todo esto, pero cuando la perdió, dio rienda suelta a una cólera ciega e incontrolable. Al fina admitió: «He matado a Jenkins (Jensen) y, a Bushnell porque no quería matar a Nicole.»

LA EJECUCIÓN – La última cuenta atrás

El pulso mantenido para impedir que Gilmore se enfrentara al pelotón de fusilamiento finalizó tan sólo unos minutos antes de su ejecución. Sin embargo, el condenado seguía afirmando firme y serenamente que quería seguir adelante.

La ejecución se había fijado para las 7.49 de la mañana del lunes 17 de enero. Al atardecer del día anterior llegaron a la prisión estatal de Utah corresponsales de todo el mundo. Venían preparados para pasar la noche despiertos y atentos a cuanto pudiera suceder. El alcaide había anunciado que a partir de las seis de la tarde nadie podría entrar en el recinto penitenciario.

Se celebró una pequeña fiesta de despedida en honor del condenado en la sala de visitas del pabellón de máxima seguridad. Sus abogados, sus tíos y otros miembros de la familia estaban allí. Su madre, Bessie, no pudo hacer el viaje debido a su precario estado de salud y Brenda estaba en el hospital.

La prisión proporcionó comida y refrescos, pero Vern consiguió «pasar» pequeñas botellitas de licor gracias a que las autoridades hicieron la «vista gorda». El ambiente era distendido e incluso alegre al principio. A Gilmore le permitieron tomar unas anfetaminas y usar el teléfono de la oficina de los guardianes. Llamó a numerosas emisoras de radio pidiendo las canciones preferidas de Nicole y a su ídolo, Johnny Cash.

Después, se puso el abrigo de su tía Ida y fingió que se escapaba con semejante atuendo mientras el vigilante, escondido tras su chaleco antibalas, le miraba con indulgencia.

Pero esta parodia era algo más que una broma inocente. Durante la tarde había hablado con Vern, Moody y Stanger e intentó convencerles de que cambiaran sus ropas con él. Estaba seguro de que si conseguía salir del edificio, podría correr hasta la verja, trepar los cinco metros de alambre de espino y desaparecer en la oscuridad.

Mientras tanto, la ACLU seguía intentando salvar su vida. A las 10 de la noche consiguieron una audiencia ante el juez Ritter con el pretexto de proteger los intereses de los contribuyentes: solicitaban un aplazamiento basándose en que la ejecución supondría una malversación de los fondos públicos. A la una de la madrugada el juez concedió un aplazamiento y fijó una nueva vista para el 27 de enero.

Cuando Gilmore se enteró, estaba hablando por teléfono con Schiller para dejar atados algunos cabos sueltos de su historia. Al principio no se lo creía, luego se deprimió y, por último, se puso tan furioso que dijo que pagaría los gastos de la ejecución de su propio bolsillo.

En el momento en que se supo que no moriría por la mañana, le denegaron el consumo de drogas y tuvo que prescindir de las anfetaminas.

Sin embargo, el equipo del fiscal general no estaba vencido. Habían previsto la posibilidad de una jugada de última hora y tenían preparado un avión para atravesar las Montañas Rocosas y llevar el caso a Denver, la siguiente autoridad judicial en el escalafón, para apelar contra la decisión del juez Ritter.

Se convocó apresuradamente una vista que comenzó a las 6.50 de la mañana ante tres jueces. El Estado de Utah insistió en que los intereses de los contribuyentes eran sólo un pretexto, una maniobra desesperada para atrasar la ejecución, y en que la ACLU no tenía, de hecho, ningún derecho legal para actuar en nombre de Gilmore.

Mientras, en la prisión, el alcaide tenía instrucciones de seguir adelante con todos los preparativos de la ejecución. Los que no iban a presenciar el acto se despidieron a las 6.50, aunque eran pocos los que creían que aquello era realmente el final.

En el exterior comenzaba a reflejarse una luz tenue en los campos cubiertos de nieve. La ejecución tendría lugar en una fábrica de conservas del interior del recinto penitenciario, lejos del pabellón en que estaban las celdas. Gilmore llevaba puestos unos pantalones blancos y una camiseta negra y apretaba entre sus manos una fotografía de Nicole que había recortado de alguna revista. Le llevaron esposado hasta un furgón.

El alcaide recibió una llamada telefónica, el Tribunal de Denver había desestimado la decisión del juez Ritter a la 7.35. La ejecución seguiría adelante. La ACLU, desesperada, contactó con la Corte Suprema de los Estados Unidos pero, a las 8.03 de la mañana volvió a denegarse un aplazamiento. Los abogados ya no podían hacer nada.

El furgón llegó a la fábrica de conservas a las 7.55. El condenado subió por unas escaleras de madera hasta una sala de grandes dimensiones completamente vacía. En un extremo caía desde el techo una cortina azul, tras la que esperaba el pelotón de fusilamiento, cinco voluntarios de la policía de Salt Lake City. Uno de los rifles estaba cargado con balas de fogueo.

En la cortina había unas aberturas y a través de ellas dispararían contra el reo, quien estaba ya sentado en una silla de madera, a seis metros de distancia, a la que le ataron de pies y manos con unas correas. Entre la silla y el muro de piedra que tenía a su espalda habían puesto sacos de arena cubiertos por un colchón viejo. Gilmore invitó a Nicole, pero no le permitieron asistir, a su tío Vern y a sus abogados. En total, había unos cuarenta testigos colocados tras una línea pintada en el suelo.

Cuando le iban a atar en la silla, Gilmore llamó a su tío y le entregó un reloj, parado a las 7.49, la hora que se fijó inicialmente para la ejecución. Era para Nicole.

El alcaide dio lectura a la notificación oficial de ajusticiamiento mientras el condenado se inclinaba de un lado a otro intentando ver a los verdugos, ocultos tras la cortina. Cuando le preguntaron si tenía algo que decir, respondió secamente: «Acaben de una vez.»

Después de que un capellán católico le diera la Santa Unción, le pusieron y ataron en la cabeza una capucha de lona. Un médico le prendió con alfileres un círculo blanco de papel sobre la camiseta, a la altura del corazón.

Durante la cuenta atrás permaneció muy tranquilo. De repente, los cinco rifles dispararon al unísono con tal estruendo que el sonido traspasó los tapones de algodón que llevaban puestos en los oídos todos los testigos. La cabeza de Gilmore cayó suavemente hacia delante y su mano derecha se levantó levemente. La sangre goteó por sus pantalones blancos y empapó sus zapatillas de deporte dejando un charco en el suelo. Eran las 8.07 de la mañana.

El médico examinó el cuerpo y confirmó que Gary Gilmore estaba muerto. Mientras trasladaban el cadáver a Salt Lake City para hacer la autopsia, Vern, Schiller, Moody y Stanger reunían fuerzas para enfrentarse a una conferencia de prensa.

Los ojos de Gary Gilmore

Gilmore quería que sus órganos sirvieran para trasplantes. Unos días antes de su ejecución estuvo escogiendo recipientes para sus ojos, hígado, riñones y glándula pituitaria (una de las hijas de Brenda necesitaba extractos de pituitaria para poder llevar una vida normal).

Sin embargo, sólo sus ojos fueron trasplantados. Después de la ejecución, el doctor Oliver Richards llevó el cuerpo al hospital. Su asistente tuvo que mantener humedecidos y cerrados los ojos del muerto durante todo el trayecto, para proteger las córneas.

Seis horas después de su muerte se los trasplantaron a dos jóvenes: uno de Salt Lake City y otro de Ogden. Las macabras posibilidades que este suceso ofrecía inspiraron al grupo punk británico “The Adverts”, en la composición de su único éxito. “Gary Gilmore’s eyes” (Los ojos de Gary Gilmore), que estuvo en la lista de los mejores temas musicales del verano de 1977.

Conclusiones

El cuerpo de Gilmore fue llevado al hospital Estatal de Utah. Durante la autopsia le descubrieron dos tatuajes: uno en su hombro izquierdo con la palabra «Mamá» y otro en el antebrazo, también izquierdo, con el nombre de su compañera, «Nicole».

El cuerpo de Gary Gilmore fue incinerado y sus cenizas esparcidas desde un avión, por Spanish Fork y otros lugares de Utah.

Bessie Gilmore, cada vez más paralizada por la artritis, murió, completamente sola en 1980.

Poco después de la ejecución, Ida Damico sufrió una apoplejía. El tío Vern tuvo que vender la zapatería para poder cuidarla.

Nicole salió del hospital psiquiátrico a finales de enero de 1977. Se fue de viaje con su madre y los niños a expensas de Schffler, pero nunca regresaron a Utah. Kathryne Baker se trasladó a Reno, Nevada, y trabajó como camarera; Nicole cambió de nombre y se estableció en California con sus hijos. Después se mudó a Oregón.

Larry Schiller propuso al novelista Norman Mailer que escribiera un libro basado en la historia de Gilmore a partir de las numerosísimas entrevistas que había conseguido de todos los implicados. Mailer terminó el libro The Executioners Song (La canción del verdugo) en quince meses. Fue publicado en 1979 y en 1980 recibió el Premio Pulitzer.

Mailer escribió su primer libro, publicado en 1948, valiéndose de la experiencia de toda una vida en el ejército. Este Best Seller le convirtió en una gran figura de la literatura americana. Desde entonces ha escrito más de veinte libros y volvió a recibir el Premio Pulitzer por su novela Armies of the Night (Los ejércitos de la noche).

Mailer escribió el guión cinematográfico de la película de Schiller, llamada también The Executioners Song (La canción del verdugo). En 1982 se emitió por televisión en dos capítulos. Producida y dirigida por Schiller, contó con actores como Eli Wallach en el papel de Vern, Tommy Lee Jones en el de Gilmore y Rosanna Arquette en el de Nicole.

Fechas clave

  • 9-IV-76 – Gilmore sale en libertad de la penitenciaría federal de Marion, Illinois.
  • 10-IV-76 – Gilmore llega a Utah.
  • 13-V-76 – Gilmore conoce a Nicole Baker.
  • 21-V-76 – Gilmore se traslada a vivir con Nicole.
  • 13-VII-76 – Gilmore echa a Nicole de su propia casa.
  • 18-VII-76 – Nicole amenaza a Gilmore con una pistola.
  • 19-VII-76 – Gilmore compra una camioneta blanca a plazos.
  • 19-VII-76 – Gilmore dispara contra Max Jensen.
  • 19-VII-76 – Gilmore y April pasan la noche en el motel Holiday Inn.
  • 20-VII-76 – Gilmore dispara contra Benny Bushnell en el motel City Center.
  • 20-VII-76 – Arresto de Gilmore en las afueras de Pleasent Grove.
  • 21-VII-76 – Gilmore llega a la comisaría de policía de Provo.
  • 23-VII-76 – Nicole visita a Gilmore.
  • 3-VIII-76 – Los abogados de Gilmore intentan negociar.
  • 5-X-76 – Comienza el juicio en Provo.
  • 7-X-76 – Gilmore decide declarar en su propia defensa.
  • 7-X-76 – Encuentran al acusado culpable de homicidio en primer grado y es sentenciado a muerte.
  • 1-XI-76 – Gilmore retira la propuesta de un nuevo juicio.
  • 10-XI-76 – El Tribunal Supremo de Utah rechaza la moción de Boaz para conseguir un nuevo juicio.
  • 11-XI-76 – El gobernado Rampton aplaza la ejecución.
  • 16-XI-76 – Gilmore y Nicole intentan suicidarse.
  • 30-XI-76 – La ejecución se fija para el 6 de diciembre.
  • 3-XII-76 – El Tribunal Supremo de los EE.UU. impone un aplazamiento de la ejecución.
  • 13-XII-76 – El Tribunal Supremo de los EE.UU. fija la fecha de la ejecución para el 17 de junio.
  • 15-XII-76 – Gilmore intenta suicidarse por segunda vez.
  • 15-I-77 – El reo se despide de su hermano Mikal.
  • 16-I-77 – 10 de la noche. La ACLU pide un aplazamiento de la ejecución.
  • 17-I-77
    – 1,00 h. El juez Ritter concede un aplazamiento de diez días.
    – 6,50 h. El equipo del fiscal general apela contra la decisión del juez Ritter.
    – 7,35 h. Se desestima la decisión del juez.
    – 7,55 h. Gilmore llega al lugar de la ejecución.
    – 8,03 h. El Tribunal Supremo de los EE.UU. rechaza la última apelación de la ACLU.
    – 8,07 h. Gilmore es ejecutado.

 


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