Friedrich Haarmann

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Friedrich Haarmann

El ogro de Hannover

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Canibalismo
  • Número de víctimas: 27 +
  • Periodo de actividad: 1918 - 1924
  • Fecha de detención: 23 de junio de 1924
  • Fecha de nacimiento: 25 de octubre de 1879
  • Perfil de las víctimas: Chicos adolescentes
  • Método de matar: Estrangulación / Mordiscos en el cuello
  • Localización: Hannover, Alemania
  • Estado: Ejecutado por decapitación el 15 de abril de 1925
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Fritz Haarmann

Brian Lane – Los carniceros

El juicio que impresionaría a toda Europa dio comienzo el 4 de diciembre de 1924 en el tribunal de Hannover. Fritz Haarmann, un homosexual de 45 años con un historial de sentencias por todas las variedades del hurto y la estafa, así como los abusos deshonestos, se enfrentó al Oberstaatsanwalt (fiscal general) doctor Wilde, compartiendo el banquillo de los acusados con Hans Grans, de 25 años, también homosexual, conocido como ladrón y chulo.

Pero Haarmann y Grans no estaban allí por ningún cargo de poca importancia: se les acusaba de 27 delitos de asesinato. La lista de víctimas, todas ellas muchachos entre los doce y los dieciocho años, era tan larga que cuando se la leyeron Haarmann se vio obligado a emitir comentarios como «Podría ser» o «No estoy seguro de ése». De hecho, el cálculo de víctimas efectuado por el propio prisionero era mucho más elevado: «Puede que fuesen unas cuarenta. La verdad es que no consigo recordar el número exacto.»

Durante los dieciséis días que duró el juicio comparecieron casi doscientos testigos, en su mayor parte parientes de las víctimas. Un periódico de la época daba la siguiente información:

Hubo escenas de dolorosa intensidad cuando un padre o una madre identificaba algún fragmento de ropa o un objeto que había pertenecido a su hijo muerto. Un pañuelo, un corrector dental, un abrigo tan sucio que casi resultaba irreconocible…

Pese a toda su obvia angustia, Fritz Haarmann y su vil compañero no pudieron expresar ninguna emoción que no fuese el más profundo desprecio. Cuando se le enseñó una foto del joven Hermann Wolf, Haarmann lanzó una mirada de indignación al padre y gritó: «Jamás se me habría ocurrido mirar dos veces a un chico tan feo… Hay montones de basuras humanas como él rondando por ahí. Una persona semejante me habría pasado totalmente inadvertida.»

Pero si esto ya bastaba para provocar la repugnancia de todos los presentes en el tribunal, aún tenían que llegar cosas peores. Un mundo perplejo y aturdido no tardaría en saber que Haarmann mataba a sus víctimas con un mordisco en la garganta; después separaba la carne de los huesos, arrojando éstos al río Leine, y vendía la carne en el mercado negro para el consumo humano.

Fritz Haarmann nació el 25 de octubre de 1879 y era hijo de la ciudad en la que ahora se le juzgaba. El joven Fritz, perezoso y más bien poco inteligente, fue enviado a una escuela militar a los dieciséis años en un desesperado intento paterno por endurecer a un muchacho que mostraba una alarmante predisposición a jugar con muñecas. Una vez en Nuevo Breisach, Haarmann mostró síntomas de epilepsia, y no tardó en ser dado de baja de la institución. Poco después se le acusó de haber intentado abusar de unos niños y se le confinó a un asilo del que escapó.

A partir de ese momento Fritz Haarmann fue alternando el robo con la prisión, dejando aparte el período entre 1900 y 1903 que pasó en un regimiento de Jäger, donde su comportamiento fue más distinguido que de costumbre. Su padre hizo un infructuoso intento de conseguir que se le declarara loco, y después pareció perder toda esperanza de que fuese posible salvarle, por lo que le abandonó a los caminos del crimen hacia los que sentía tanta inclinación natural.

En 1914 Haarmann fue sentenciado a cinco años de cárcel por robo, lo cual, si no para otra cosa, sirvió para preservarle de los peligros asociados a la vida en las trincheras. Salió de la cárcel en 1918 y estableció su residencia en el número 27 de la Kellerstrasse, donde siguió robando, practicando el contrabando de carne y -para no atraer la atención de las autoridades sobre sus actividades menos honestas- espiando para la policía. Los crímenes empezaron por aquella época.

La fuente de víctimas de Haarmann era la vieja estación central de ferrocarriles de Hannover, que seguía acogiendo a un continuo flujo de desesperados procedentes de toda Alemania. Muchos de ellos eran niños que habían perdido sus raíces y jóvenes que huían de hogares destrozados por la guerra y sus consecuencias posteriores.

Esos seres humanos a la deriva se convirtieron en la presa natural de Haarmann, a quien le bastaba con unas palabras amables en la estación, un cigarrillo, ofrecer una comida caliente y un colchón para pasar la noche. Veinticuatro horas después la carne de la víctima estaba siendo hervida, asada o frita en las cocinas de inocentes y agradecidas Hausfraus esparcidas por toda la ciudad.

En septiembre de 1918 sus padres informaron de la desaparición de Fridel Rothe, un joven de dieciocho años al que se había visto por última vez en compañía de Fritz Haarmann. Las actividades clandestinas que desempeñaba para la policía quizá fuesen la razón de que los agentes registraran el número 27 de la Kellerstrasse con muy poco entusiasmo, pues no lograron encontrar la cabeza del infortunado muchacho: Haarmann la había envuelto en papel de periódico y la había escondido detrás de la cocina.

El Carnicero de Hannover volvió a escapar por los pelos cuando una de sus clientas acudió a las autoridades con un poco de carne que le había comprado y se quejó de que parecía carne humana. El analista de la policía se limitó a informarle de que podía considerarse afortunada, ya que corrían tiempos difíciles y no todo el mundo estaba en condiciones de adquirir un trozo de cerdo de semejante calidad.

Haarmann conoció a Hans Grans en septiembre de 1919, y el joven no tardó en establecer su posición de superioridad dentro de la relación. Solía escoger a las víctimas de Haarmann sólo porque le gustaba una camisa en particular, o los pantalones que llevaban puestos. La pareja asesina se trasladó a un piso de un callejón llamado Rothe Reihe. Los vecinos veían entrar a muchos jóvenes, pero nunca veían salir a ninguno.

El reinado de terror de Haarmann y Grans entre los desposeídos de Hannover continuó hasta el 17 de marzo de 1924, día en el que se extrajo del río Leine el primero de una sucesión de cráneos humanos. El 13 de junio ya se habían encontrado tres más.

El 22 de junio Fritz Haarmann fue arrestado mientras intentaba propasarse con un joven llamado Fromm. La policía hizo un registro rutinario de su piso mientras estaba en prisión y encontró un montón de ropa y modestos objetos personales pertenecientes a algunos jóvenes que se consideraban desaparecidos. Pero había algo mucho más acusador: las manchas de sangre que cubrían las paredes…. sangre humana. Naturalmente, Haarmann confesó; y, de forma igualmente predecible, implicó al siniestro Grans.

A esas alturas las operaciones de dragado del río -observadas por centenares de espectadores- ya habían proporcionado más de 500 huesos humanos, y un grupo de niños que jugaba en un parque encontró un saco repleto de huesos pertenecientes a más de 23 cadáveres distintos.

Haarmann temía que se le considerara loco y se le enviara a un asilo (los fantasmas de su pasado debían seguir atormentándole), por lo que pidió ser condenado a muerte. El tribunal le concedió su deseo con sumo placer. Como era costumbre en Alemania, Haarmann fue decapitado. La ejecución tuvo lugar el 20 de diciembre de 1924, y Hans Grans fue condenado a cadena perpetua, de la que cumplió doce años.

Poco antes de abandonar tan ignominiosamente este mundo, Fritz Haarmann hizo una confesión completa, si bien un tanto fantasiosa y llena de abstrusas referencias a sus perversiones sexuales, que parecía considerar culpables de la sed de sangre que siempre le había dominado.


Fritz Haarmann

Última actualización: 14 de marzo de 2015

Homosexual que se cree mató a más de cincuenta muchachos vendiendo a continuación sus cadáveres como carne.

Después del armisticio de 1918 Alemania atravesó una época de hambre. Hannover, en Sajonia, fue una de las ciudades más afectadas y allí cometió Haarmann una de las más sorprendentes series de crímenes de la historia contemporánea.

Haarmann nació en Hannover el 25 de octubre de 1879 siendo el sexto hijo de un mal avenido matrimonio. Su padre era un rudo fogonero conocido como «Olle el huraño» y su madre una inválida siete años mayor que su esposo que dedicó a su hijo toda clase de mimos y atenciones.

Fritz odiaba toda clase de juegos y solamente se entretenía con muñecas. Desde muy joven concibió un gran odio por su padre. A los 16 años fue enviado a la Academia Militar de New Breisach, de donde fue expulsado por sufrir ataques epilépticos. Trabajó entonces en una fábrica de cigarros, mostrándose torpe y perezoso. Pronto fue acusado de corruptor de menores y enviado a un manicomio para ser sometido a examen. A los seis meses logró escapar, convirtiéndose desde entonces en un delincuente y asaltando sexualmente a menores.

Hacia 1900 atravesó un período de normalidad durante el cual sedujo a una muchacha, teniendo de ella un hijo, que nació muerto, y a quien abandonó para alistarse en el regimiento Jäger. Su conducta fue satisfactoria hasta 1903, en que volvió a Hannover. En los años siguientes fue sentenciado a diferentes períodos de cárcel, convicto de varios delitos de menor cuantía. Su padre intentó regenerarle poniéndole al frente de un pequeño negocio de venta de patatas y pescado frito; Fritz continuaba robando todo el dinero que caía en sus manos.

En 1914 fue condenado a cinco años de prisión por robo en un almacén. Cuando quedó en libertad, en 1918, se unió a una banda de contrabandistas, consiguiendo cuantiosos beneficios. Combinaba esta actividad con la de confidente de la policía, lo que le garantizaba una mayor libertad en la comisión de sus delitos.

Haarmann acostumbraba a acudir a la estación de Hannover cuando llegaba algún tren de refugiados para escoger algún muchacho a quien ofrecerle alojamiento por una noche. Uno de los primeros en aceptar sus ofertas fue Friedel Rothe, de 17 años; sus padres, preocupados por la desaparición de su hijo comunicaron sus sospechas a la policía. Se llevó a cabo un registro en la habitación de Haarmann sin ningún resultado (más tarde éste confesó que en aquella ocasión había escondido la cabeza de su víctima, envuelta en un papel de periódico, detrás de una estufa).

Poco después fue hallado en «flagrante delito» con otro muchacho, siendo condenado a nueve meses de cárcel por corrupción de menores. De vuelta en Hannover en septiembre de 1919, se instaló en un piso de la «Neustrasse». Por aquella época conoció a otro homosexual, Hans Grans, ratero y proxeneta, con quien trabajó en adelante en colaboración. Acostumbraban a encontrarse en un antro llamado «Café Kropcke», punto de reunión de toda clase de pervertidos. Su método era siempre el mismo: acudir a la estación donde, invariablemente, conseguían engañar a algún muchacho prometiéndole alojamiento. Una vez en casa de Haarmann, éste mataba a la víctima; el cuerpo descuartizado era vendido como carne, y las partes inservibles (es decir, no comestibles) se arrojaban al Leine.

Durante el juicio fue acusado de la muerte de 28 muchachos entre 13 y 20 años de edad. Uno de ellos encontró la muerte solamente porque Grans se había encaprichado de sus pantalones. Sólo una de las víctimas, un joven llamado Keimes, fue hallado. Su cuerpo apareció estrangulado en un canal. En relación con este crimen sucedió un hecho curioso: Haarmann se presentó en el domicilio de los padres de Keimes haciéndose pasar por detective y prometiendo devolverles a su hijo en el plazo de tres días; a continuación se presentó en el puesto de policía, denunciando a Grans como culpable del asesinato. Este en aquella fecha estaba encarcelado; por lo tanto, la acusación no tuvo ningún resultado.

Haarmann estuvo en algunas ocasiones a punto de caer en manos de la policía, salvándose por pura suerte. Uno de los compradores de carne, sospechando que era humana, la llevó a las autoridades de la ciudad, que la sometieron a un análisis. Este dio por resultado que se trataba de carne de cerdo. En otra ocasión, cuando Haarmann hablaba con uno de sus vecinos en la escalera de su casa, dejó caer al suelo el papel que ocultaba el contenido de un cubo que transportaba, el cual resultó estar lleno de sangre; el hecho de que fuera un contrabandista de carne (lo cual no era un secreto para nadie) le puso a cubierto de toda sospecha.

En mayo de 1924 fue descubierta una calavera en las orillas del río y pocas semanas más tarde otra. Mientras tanto, la policía seguía recibiendo denuncias de desaparición de muchachos. Las sospechas se centraron en Haarmann, pero pasaron meses antes de que se le acusara de los crímenes. Dos detectives de Berlín le vigilaban constantemente y, al fin, fue arrestado por indecencia. En su domicilio se hallaron ropas de las víctimas, entre ellas un abrigo de uno de los muchachos que llevaba puesto su patrona. Dos niños que jugaban en las cercanías del río hallaron por entonces un saco lleno de huesos, que resultaron ser los restos de más de veintisiete cuerpos.

Haarmann decidió confesar. El juicio comenzó en Hannover el 4 de diciembre de 1924; se prolongó durante 14 días y prestaron declaración más de 130 testigos. Actuaron como ministerio fiscal los doctores Wilde y Wagenschiefer, y defendieron al acusado Philipp Benfey y Oz Lotzen. Haarmann se mostró durante el juicio alegre e irresponsable, haciendo frecuentes interrupciones. En un momento dado preguntó indignadamente por qué había tantas mujeres en la sala; el juez le contestó en tono de excusa que no tenía autoridad suficiente para prohibirles la entrada. Cuando una de las testigos se mostró demasiado emocionada para prestar declaración con claridad, Haarmann expresó un infinito aburrimiento, llegando a pedir permiso para fumar un cigarrillo, el cual le fue concedido inmediatamente.

Hasta el último momento afirmó haber matado a sus víctimas mordiéndolas en la garganta. Negó haber asesinado a algunos de los muchachos de cuya muerte se le acusaba, por ejemplo Herman Wolf, declarando, como Oscar Wilde, que éste era poco agraciado y que no le interesaba.

Haarmann fue condenado a morir decapitado y Grans a doce años de cárcel. El primero hizo poco antes de ser ejecutado una confesión completa, similar en muchos aspectos a la de Madame de Brinvilliers o Gilles de Rais, en la que manifestaba que su perversión sexual le empujaba a la comisión de sus crímenes.


Fritz Haarmann, «El Carnicero de Hannover»

Última actualización: 14 de marzo de 2015

El terrible Carnicero de Hannover se las arreglaba para llevarse a su casa, mediante engaños, a los adolescentes llegados a la ciudad en busca de empleo. Tras someterlos a horribles vejaciones, los asesinaba y vendía su carne en el mercado negro de la ciudad…

Nació en Alemania en 1879.

Desde muy pequeño, su madre le había educado con demasiada permisividad, era muy caprichoso y poco inteligente. El hecho de que mostrase desviaciones de tipo sexual y que su afición preferida fuese el jugar con muñecas desesperaba a su padre, quién se esforzaba en “endurecerlo”, hasta el punto de enviarlo a una escuela militar a los dieciséis años. Fritz nunca le perdonaría, odiándolo toda su vida.

A los 17 años lo acusaron de corrupción de menores, y tras un examen psiquiátrico fue llevado a un manicomio. Pese a sus antecedentes, su conducta fue ejemplar y lo soltaron en 1903, año en que regresó a Hannover. Desde esa fecha pasó varias temporadas en prisión por la comisión de diversos delitos que iban desde abusos a menores, hasta hurtos y robos.

Fue puesto en libertad en 1918, y se unió a una banda de contrabandistas, prosperando en el negocio de la venta ilícita de carne, durante el período en que terminada la guerra y derrotada Alemania, todo el país sufría los efectos de la carencia de alimentos y el “mercado negro” se enriquecía de esa situación.

Haarmann, además, se convirtió en confidente de la policía, lo que le daba mayor confianza y le dejaba libre de sospechas para seguir cometiendo los más diversos delitos.

Solía acudir a la vieja estación central de la ciudad, principalmente hacia la madrugada y haciéndose pasar por inspector de policía, abordaba a adolescentes que se habían fugado de casa o que procedían de algún tren de refugiados por la guerra. Les ofrecía unas palabras amables, un cigarrillo, una comida caliente y alojamiento por una noche… pero veinticuatro horas después la carne de la víctima estaba siendo hervida, asada o frita en muchas de las cocinas de la ciudad, sin que los inocentes cocineros se percatasen que no se trataba de cerdo precisamente…

Uno de los primeros en aceptar su oferta fue un joven de 17 años llamado Friedel Rothe. A los pocos días sus padres denunciaron la desaparición a la policía, y ésta llevó a cabo un registro en la vivienda de Haarmann, pues se le había visto en compañía del chico. Sin resultado. Haarmann había escondido detrás de la cocina la cabeza del joven Friedel envuelta en un periódico.

El Carnicero de Hannover volvió a escapar de las garras de la ley cuando una de sus clientas acudió a las autoridades con un poco de carne que le había comprado y se quejó de que parecía humana. El analista de la policía se limitó a informarle de que podía considerarse afortunada, ya que corrían tiempos difíciles y no todo el mundo estaba en condiciones de adquirir un trozo de cerdo de semejante calidad…

Poco después, el macabro personaje fue detenido y condenado a nueve meses de cárcel por “conducta indecente”. Cuando salió, en septiembre de 1919, se instaló en un piso continuando su actividad de carnicero “clandestino”. Por aquellas fechas se asoció con otro homosexual, Hans Grans, con el que trabajó desde entonces en complicidad, tanto para asuntos de negocios, como en la satisfacción de sus instintos sexuales y en la comisión de nuevos crímenes, siendo Grans el encargado de escoger a las víctimas, sólo porque le gustaba una camisa en particular, o los pantalones que llevaba puestos en ese momento.

La pareja se trasladó a un piso, en el cual los vecinos vieron entrar con frecuencia a muchos jóvenes, pero nunca veían salir a ninguno.

Por extraño que parezca, no se empezó a sospechar de la conducta de Haarmann hasta el año 1924. En mayo de este año, unos niños que jugaban en las orillas del río Leine encontraron un cráneo humano, y más tarde, al cabo de unas semanas, aparecieron otros dos junto a un estremecedor hallazgo: un saco lleno de huesos humanos entre los que se encontraba otro cráneo…

Comenzaron a correr siniestros rumores por la ciudad: se sabía que muchos jóvenes habían desaparecido sin dejar el menor rastro; por otra parte, había indicios razonables para afirmar que se había estado vendiendo carne humana en el mercado clandestino. La policía, muy alarmada, hizo dragar el río… siendo extraídos en un solo día más de 500 huesos humanos.

Por si fuera poco, el examen de estos reveló, que sin duda alguna pertenecían a 22 cuerpos distintos, todos ellos jóvenes.

La noche del domingo 22 de junio, Haarmann fue de nuevo detenido bajo la acusación de corrupción de menores. Cuando registraron su piso, los agentes pudieron observar que las paredes estaban manchadas de sangre que resultó ser humana y no de reses como él trataba de justificar, pertenecientes a algunos jóvenes que se consideraban desaparecidos y que el asesino y su cómplice no habían podido vender. Ante las evidencias, Haarmann decidió confesar, y se dio inicio a un juicio en Hannover que conmocionaría a toda Europa y constituiría tema de conversación y artículos de prensa durante bastante tiempo.

Empezaría el 4 de diciembre de 1924 en el Tribunal de Hannover, prolongándose durante 14 días y en el que prestaron declaración más de 130 testigos.

Se lo acuso de 27 delitos de asesinato. La lista de las víctimas, entre los doce y los diociocho años, era tan larga que cuando se la leyeron a Haarmann, este se vio obligado a admitir en varias ocasiones que “no estaba seguro de ése”. El cálculo de las víctimas efectuado por el propio detenido era mucho más elevado, él estimaba que habían sido unas cuarenta, pero no pudo recordar el número exacto….

Haarmann, al parecer, debió excederse en sus declaraciones mientras que los jueces se esforzaban en disipar la reputación de homosexual que tenía Hannover.

Por su parte, los acusadores públicos intentaban desviar la atención sobre la acusación que recaía en casi todos los habitantes de la ciudad: la acción conjunta de canibalismo, en tanto no habían tenido reparos en adquirir los géneros del carnicero clandestino Haarmann…

Fritz Haarmann, pese a las escenas dolorosas cuando unos padres identificaban algún objeto que había pertenecido a su hijo muerto, no expresó emoción alguna sino su más profundo desprecio. Según las propias manifestaciones del asesino: “mis crímenes no eran para sacar un beneficio con la venta de carne humana, sino que estaba motivado en un momento de frenesí erótico que me conducía a matar para satisfacer mis irrefrenables deseos…”

Lo que finalizaría de asquear a todos los presentes en el juicio, fue cuando narró la manera con la que acababa con los jóvenes: un fuerte mordisco en la garganta, para después separar la carne de los huesos, vender la carne al mercado y arrojar los huesos sobrantes al río Leine.

Haarmann temía que se le considerase un loco y se le enviase a un centro psiquiátrico, por lo que pidió ser condenado a muerte, y el 15 de abril de 1925, como era costumbre en Alemania, fue decapitado. En cuanto a su cómplice Hans Grans, se le condenó a cadena perpetua, pena posteriormente reducida a sólo doce años de prisión.

Durante el juicio y hasta el momento de su ejecución, expresó su último deseo: que en su tumba figurase la inscripción “Aquí descansa el Exterminador”.


El Hombre Lobo. El caso Friedrich Haarmann

Theodor Lessing – Crónicas del Crimen

En los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, los lugares en donde se daban cita el vicio y la prostitución, los rateros, los tahúres, los truhánes y los alcahuetes, en resumen, la carroña humana de Hannover, eran la estación del ferrocarril y la inmediata y típica parte antigua de la ciudad, llamada «Altstadt» (Ciudad vieja), extendida a lo largo de la denominada Hohen Ufer (Orilla Alta) y en un lugar en donde en el río se forma una isla unida a ambas orillas por multitud de puentes, lugar que ha merecido ser llamado «la pequeña Venecia».

Su historia se pierde en la noche de los tiempos y es un laberinto de callejuelas a cuyos lados se levantan trozos de murallas viejas de siglos, una torre de la época de los sajones, una antigua sinagoga, la iglesia donde está enterrado Leibnitz, y todo ello mezclado con casas panzudas que parece que van a desplomarse, vigas que sobresalen, aleros de tejados orillados de marquetería, basura, harapos y por doquier repugnante suciedad.

Como muchos de los barrios antiguos de las viejas ciudades alemanas, aquellas calles que un día fueron las del distrito de nobles y ricos comerciantes, que vivían en amplias mansiones y palacios, hoy sirven al tránsito de la escoria de la humanidad, que vive allí, si puede llamarse vivir el estar respirando continuamente una atmósfera pestilente, careciendo de aire, de sol y casi de luz, en un lugar a donde van a parar los malditos de la sociedad, para que se pudran lentamente.

La «Neue Strasse» con el antiguo palacio del duque Friedrich Wilhelm von Braunschweig, convertido luego en hospital de pobres, se prolonga a lo largo de la orilla del río, al cual se asoman también los muros de las casas centenarias con sus miradores, balcones, patios y jardincillos. En aquellas casas sucias y malolientes, con estrechas escaleras de madera vieja de siglos, en angostas habitaciones y cubículos, cuyas paredes eran simples tabiques de tablas o bien de arpillera, vivían en los años de la extremada miseria de la Alemania de la postguerra, los más desvalidos de los míseros de la ciudad.

Los judíos regresados del frente, habían aprendido en él que se podía matar a un semejante para conseguir un tabardo o bien unas botas y ahora estaban dispuestos a cambalachear en lo que fuera. Allí estaba el mercado y la bolsa de los rateros, de las prostitutas, de ropas usadas y de cualquier otro artículo. Lo mismo se proyectaba un robo que un asesinato o bien la compra-venta de una mujer.

Cuando al anochecer aparecía la luna reflejándose en las oscuras aguas del río, parecía que atrajera una gusanera compuesta por tipos andrajosos, mujeres de senos caídos y de mirada dura y maligna, madres agotadas, dudosos jovenzuelos, jovencitas de angelical aspecto, judíos desastrados, hombres silenciosos y de mirada adusta, impenitentes borrachos y tipos repulsivos.

En resumen, un muestrario de la más triste humanidad con sus mugrientos harapos, pestilencias y repugnante aspecto. Se reunían en corros unos, los de más allá discutían, algunos cantaban, en algún grupo reñían o cuchicheaban y otros entraban a beber una copa en alguna taberna y no faltaban los que, reclinados sobre la barandilla, contemplaban en silencio las oscuras aguas, quizás recordando días mejores, acompañados por las estrellas que cabrilleaban sobre la silenciosa superficie de la corriente.

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Los primeros cadáveres

El 17 de mayo de 1924, algunos niños que jugaban en las cercanías del río, junto al palacio de los antiguos duques, encontraron un cráneo humano. Algunos días más tarde, precisamente el 29 de aquel mismo mes, se halló otro casi en el centro del arrabal, medio cubierto por las aguas que lo habían echado a la orilla. Al parecer era el cráneo de un adolescente.

Aproximadamente quince días más tarde, el 13 de junio, las vacías cuencas de otros dos cráneos volvían a la luz. Uno apareció al este de la barriada y el otro, puede decirse que de nuevo en el centro de ella. El examen anatómico demostró que habían sido las cabezas de seres muy jóvenes, entre los dieciocho y veinte años de edad. Incluso cabía suponer que el cráneo hallado el 13 de junio correspondía a un muchacho de unos once a trece años. De todos se podía afirmar que habían sido separados del tronco mediante una herramienta cortante.

Como habían estado mucho tiempo en el agua, apenas tenían adheridos piel o carne, pero en el cráneo encontrado el 13 de junio había señales que, sin duda alguna, permitían asegurar que la piel había sido arrancada mediante un instrumento, quizás un escalpelo. Se conjeturó sobre si el cráneo procedía del Instituto de Anatomía de Gottingen o bien de Alfeld, en donde entonces había tifus, o quizás que lo hubiese tirado al río algún profanador de tumbas, atentados que se habían descubierto hacía poco. Ninguna de aquellas suposiciones pudieron ser confirmadas, pero en aquellos días otros niños encontraron en una pradera un saco conteniendo restos de cuerpos humanos.

Para agravar la situación, el 24 apareció otro cráneo con evidentes señales de habérsele arrancado la piel mediante un escalpelo o instrumento semejante. Correspondía también a un adolescente. Ya no podía ocultarse aquella serie de macabros hallazgos. El pánico se apoderó de la ciudad, y más desde que hacía algún tiempo que se murmuraba que había en ella trampas para seres humanos y que incluso en Alt-Stadt habían sido ahogados niños en el río. También se aseguraba que en el mercado de aquel barrio se había vendido carne humana. Las muchachas de los pueblos cercanos se negaban a ir a la ciudad y un difuso terror acerca de un «hombre-lobo», creció de día en día.

Entre los años 1918 y 1924 desaparecieron muchas personas en todo el país. En 1923 la cifra de los desaparecidos llegaba a los seiscientos y si bien la gran mayoría volvían al cabo de cierto tiempo a sus casas y hogares, Hannover quedaba en primer y destacado lugar en la estadística. Más detalladas comprobaciones sacaron a la luz que, con frecuencia, los desaparecidos eran adolescentes cuya edad oscilaba entre los catorce y dieciocho años.

El domingo de Pentecostés de 1924, centenares de voluntarios se situaron en ambas orillas del río, en el trozo que discurre por la Alt-Stadt, así como en los numerosos puentes y pasarelas que lo cruzan, procediendo a una intensa búsqueda en su lecho. Encontraron bastantes restos humanos y en consecuencia las autoridades dispusieron que, para el 5 de julio, fuera retenida la corriente al objeto de poder rastrear el fondo, desde la Bruckmohle hasta el puente Leine, junto al Clever Tor. En este espacio, el río Leine discurre por el centro de la ciudad en donde los suicidios eran improbables.

El resultado de la búsqueda fue espantoso. Se recogieron más de quinientos restos, que los médicos forenses dictaminaron que correspondían por lo menos a veintidós cuerpos humanos de los cuales, por lo menos una tercera parte correspondían a individuos de quince a veinte años de edad. Más de la mitad hacía ya mucho tiempo que se hallaban en el agua, pero todos mostraban en las articulaciones señales evidentes de que habían sido descuartizados.

Mientras tanto, la activa gestión del comisario de policía, Retz, un simpático gigantón, y una serie de casualidades, permitieron aclarar el caso y el 23 de junio era conducido a la cárcel preventiva el posible autor de aquella carnicería. El sospechoso se llamaba Friedrich (Fritz) Haarmann, con antecedentes penales de quince ocasiones anteriores, desde 1918 confidente de la policía, conocido traficante en ropas usadas y de carne y, desde hacía muchos años, anotado en el registro de la policía como homosexual. Su apariencia y presentación desmentían por completo el aspecto que se le supone a un asesino.

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Características personales

Tenemos ante nosotros una persona que no es antipática. Un sencillo hombre del pueblo. De mirada franca y abierta, atento y servicial, bien vestido, limpio y… «al día». De media estatura, más bien corpulento, pero bien proporcionado, y si bien tiene un rostro vulgar, está bien afeitado y tiene buen color, con pequeños y alegres ojillos… de animal.

Su cabeza es redonda, la frente espaciosa, el cráneo con tendencia a terminar en ángulo hacia arriba, y su parte posterior es recta. Las orejas, más bien pequeñas, están algo más bajas que la línea que forman los ojos y tienen tendencia a separarse de la cabeza. La nariz no es grande y es de tipo tan corriente como el resto del rostro, y parece, vista de perfil, como algo chata y tiene fuertes aletas. La boca es pequeña, de gruesos labios y gesto burlón. Saca con frecuencia la lengua, humedeciéndose los labios y se nota que es gruesa y carnosa. Los dientes son blancos, fuertes, afilados y están sanos. La barbilla saliente y en el labio superior luce un pequeño bigote. Las mejillas afeitadas; el cabello castaño lo lleva peinado con raya a la izquierda. Su mirada es fría y sin alma, pero aguda y desconfiada y va de un lado a otro. Es una mirada ansiosa, que busca algo, pero al mismo tiempo hermética, que varía según su estado anímico.

Pero, es curiosa la sensación que provoca su fisonomía, es un sentimiento… de que «aquel no es aquel», al mismo tiempo que el interfecto se muestra insoportablemente charlatán y agitado, buscando protección y amparo. Habla constantemente al que tiene delante de sí, al mismo tiempo que se restriega las manos y se tira de los dedos. A un dedo de la mano izquierda le falta una falange y cuenta que, en cierta ocasión, durante una riña se lo arrancaron de un mordisco. La nuca es gruesa y el pecho, así como la espalda, muestran carnosidades casi femeninas, al igual que las nalgas.

Todo el cuerpo tiene algo de femenino. El miembro viril está desarrollado y el rizado vello del pubis es abundante. Tiene pies planos. La voz, algo áspera y aguda, recuerda a la de una mujer ya entrada en años. Todo él da la sensación de que no es completamente masculino, pero tampoco femenino. ¿Quizás infantil? En sus declaraciones su tema favorito es: que todos los chicos se aficionaban a él y no era él quien corría tras ellos, sino al revés. Que incluso las mujeres, a las que no podía soportar y despreciaba profundamente, siempre le proponían «juntarse».

Si bien no conoce lo que son los derechos ajenos y no está inclinado hacia los sentimientos sociales, como por ejemplo simpatía, altruismo, compasión, es sociable. Los dos sentimientos más profundos de su naturaleza son la necesidad de placer sexual y el ansia de cariño. Desea ser amado; mejor, ser alabado, admirado y está repleto de complejos, y los muestra como un niño algo mal criado y consentido. Le gustan las labores femeninas, como cocinar, repostería, zurcir o parecidas, si bien, al mismo tiempo, fuma cigarros fuertes.

Pertenece al tipo de «marimacho», y sus preferencias con respecto al paladar son el queso y el café, acompañados de cigarros fuertes. En resumen, parece un ser que vive del momento, muy egoísta, algo gruñón, pero tratable. Cualquier sugerencia que se le haga o bien que se le ocurra, la siente como una «realidad». Por esto, le es completamente imposible el imaginarse algo abstracto, o sea algo que no se pueda representar con la imagen y, en este sentido, cabe afirmar que su inteligencia ha quedado más retrasada que su lógica. Esta separación entre ambas es tan evidente que cuando, por ejemplo, se habla de «decapitación», inmediatamente describe el camino al cadalso e imita la caída del hacha o cuchilla. Cuando describe cómo descuartizaba los cadáveres, con las manos imita o sugiere los cortes y golpes que daba y si deriva hacia el sentimentalismo dice:

-Quiero ser ajusticiado en la Klagesmark y que sobre mi tumba coloquen una lápida diciendo: «Aquí yace el asesino Haarmann» y el día de mi cumpleaños Hans vendrá a depositar una corona.

E inmediatamente sus ojos se cubren de lágrimas.

Si habla de algo sexual se lleva invariablemente la mano a sus partes, aunque sea ante el tribunal, desde luego en forma inconsciente. Es un ente de la naturaleza, sin lógica ni moral, pero también sin la hipocresía de ambas.

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Hogar y juventud

El 25 de diciembre de 1921 moría el «viejo Haarmann» en Hannover, a la edad de setenta y seis años, la perfecta estampa de un pendenciero y trapisondista, eterno perseguidor de faldas. Todas las noches armaba escándalo en las tabernas del barrio; su padre había sido de la misma calaña.

Su esposa, la madre del asesino, fue una mujer sencilla, rayana en la estupidez, prematuramente envejecida y desde el nacimiento de su sexto hijo (el asesino), siempre delicada y con frecuencia guardando cama.

Friedrich (más conocido por Fritz) Heinrich Karl Haarmann, nació el 25 de octubre de 1879 y fue el menor de los seis hijos de aquel matrimonio. Su madre tenía cuarenta y un años cuando nació y se sabe que aquella enfermiza mujer le mimó en extremo durante su niñez. Parece que, desde su más temprana edad, odió a su padre y éste le correspondía en tal sentimiento, perdurando durante toda la vida este mutuo resentimiento.

El padre amenazaba con encerrar a su hijo en el manicomio y éste le aseguraba que lo llevaría a presidio por un asesinato cometido. Se suceden frecuentes riñas y golpes y cada uno asegura que el otro quiere atentar contra su vida, sea envenenándole, estrangulándolo o bien por cualquier otra forma violenta. Pero, en ocasiones, se alían para llevar a cabo algún sucio asunto o bien atestiguar uno en favor del otro ante el tribunal.

La relación entre madre e hijo continuó siendo siempre de una fanática y mística afinidad. Es la única de quien habla con cariño y bien. Por lo demás, es una familia en la que se odian mutuamente, y se acusan de continuo. Comienzan a disputar en 1901 con ocasión de repartiese la herencia materna y más tarde la paterna. De la infancia de Haarmann recogemos dos rasgos.

Primero: una de sus inclinaciones femeninas consistía en jugar con muñecas y llevar a cabo labores propias de ese sexo. En compañía de otros chicos se sentía cohibido. Segundo: su inclinación a provocar miedo y terror a su alrededor, atando a sus hermanas, dejando trozos de sus muñecas en la escalera; deslizarse sigilosamente por la noche y dar con los nudillos o un palo en la ventana despertando en ellas miedo a los espectros y fantasmas.

Los informes de la escuela dicen que el niño está «mimado, es callado, obediente, generalmente estimado y soñador». Su comportamiento es «ejemplar», pero las notas de sus estudios están por debajo de la media normal. Terminada la escuela, entró de aprendiz de cerrajero, demostrándose que era completamente inepto. Entonces, alguien le recomendó que se presentara como aspirante a la escuela de suboficiales en Neu-Breisach. Era un buen gimnasta, soldado obediente, pero ingresa en la enfermería porque de pronto « … da muestras de ciertas perturbaciones mentales … » Parece que eran pasajeros ataques de amnesia o bien de terror inmotivado. Se supone que son debidos a un golpe recibido durante los ejercicios gimnásticos o bien a alguna insolación durante las maniobras.

A los quince días, fue dado de alta, porque las anomalías observadas «eran muy ligeras»; a lo más, podían calificarse de «alucinaciones». Pero el 11 de octubre, tenía que volver a ingresar en la clínica por… «ciertos equivalentes epilépticos» según muestran los registros. Es licenciado y enviado a casa sin estar curado y a petición propia. En la petición hace constar « … que ya no le gusta estar en la escuela de suboficiales … ».

Mientras tanto el sentido sexual se le había desarrollado considerablemente. Parece que a los siete años ya practicaba caricias con otros chicos de su edad en la escuela y más tarde un marimacho de la vecindad de treinta y cinco años le incitó a ir por las noches, caminando por los tejados, hasta su habitación. El chico tenía dieciséis años y desde entonces ya no cesaron en toda su vida los atentados sexuales a muchachos de mediana edad, e incluso a niños.

En mayo de 1896 se le siguió procedimiento porque en varias ocasiones había atraído a chicos de corta edad a alguna entrada de escalera o bien a una bodega y allí se había propasado con ellos. Por decisión del tribunal, fue recluido en una clínica mental, en la que determinaron que padecía «enfermedad anímica» (debilidad mental congénita). En aquella institución, el adolescente debió sufrir un trauma psíquico que se mantuvo vivo en él durante toda su vida y expresado durante el proceso con la frase:

-¡Decapitadme, pero no me llevéis al manicomio!

De aquel terror también se dieron cuenta aquellos con quien más tarde se relacionó, gorrones y parásitos, que cuando algo querían de él no tenían más que amenazarle diciéndole:

-¡Te llevaremos al manicomio!

Parece que con ayuda de sus padres pudo marchar a Suiza, en donde vivía un pariente de su madre, que se ganaba la vida como pintor artístico. Lo que no parece tan claro es cómo pudo procurarse la documentación para entrar en aquel país.

Regresó en el mes de abril de 1899 a Hannover, donde sus anteriores fechorías ya casi se habían olvidado. Pero, en febrero de 1903, su padre denunciaba a la fiscalía que Haarmann los había amenazado de muerte a él y a sus hermanas. A él personalmente le acusaba de la muerte del maquinista Schroder y de extorsionar a su hermano Adolf. Al mismo tiempo propone que su hijo sea encerrado en una adecuada institución por ser un anormal peligroso para la seguridad pública. El médico responsable informa que:

« … si bien Haarmann es de baja moral, escasa inteligencia, perezoso, grosero, excitable, vengativo y un ser totalmente egoísta, no es lo que pueda llamarse un enfermo mental y en consecuencia no hay causa para recluirle por motivo de la seguridad pública … »

Como es de suponer ante tal informe se desistió de encerrarle y, en consecuencia, el Lobo (tenía entonces veinticuatro años), fue dejado en libertad entre los hombres.

Comenzó por contraer cierta enfermedad venérea y ello le impulsó más a apartarse de las mujeres, hasta entregarse sólo a la relación sexual masculina. Pero, hasta la primavera de 1905, no se tienen noticias de que hubiese mantenido relaciones duraderas con un hombre, en las cuales parece que Haarmann desempeñó el pasivo papel femenino. El interfecto era un antiguo ayuda de cámara llamado Adolf Meil, (fallecido en 1916), tenía entonces aproximadamente cincuenta años y vivía de una pensión que percibía de su antigua señora « … por haber ayudado en lo que le fue posible» cuando el anciano conde, su señor, falleció de un ataque de corazón en el baño, convirtiendo en viuda a la joven condesa.

Describió Haarmann el comienzo de aquella relación en los términos siguientes:

«Regresaba del mercado e iba caminando distraído, cuando de pronto se me acercó un caballero, diciéndome:

-¿Viene usted también del mercado?

Me imaginé que era un maestro de escuela y charlando llegamos a la Nelkenstrasse. Junto a la tienda de Goslar se detuvo diciéndome:

-Aquí vivo yo. Sube un momento.

Subí con él y me sirvió café, luego me besó y sugirió que como ya era tan tarde, lo mejor que podía hacer era dormir allí. Entonces, hizo todo lo que yo todavía no sabía, pero luego he conocido a centenares como él.»

Hasta 1904 Haarmann no tuvo de nuevo relación con la justicia, pero desde que cumplió los veintiséis años la lista de sus detenciones y arrestos, que comprende los siguientes veinte años, arroja un total de privaciones de libertad que comprende un tercio de su vida. Un año antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, fue condenado a cinco años de presidio y, en consecuencia, aquella época de su vida transcurrió en los penales de Celle, Lüneburg, Rendsburg y Rawitsch. Apenas cabe imaginarse de lo que hubiese sido capaz un ser como ése de habérsele dado ocasión de cebarse con el «enemigo». Llama la atención, que si bien conforme a las declaraciones de Haarmann sus transgresiones hacia niños eran cosa diaria, pocas veces fue castigado por esa clase de delitos, seguramente porque las víctimas se avergonzaban y no los denunciaban.

Con estos antecedentes, Haarmann, después de salir de la cárcel en abril de 1918 y, de una corta estancia en Berlín, apareció de nuevo en Hannover y comenzaron los primeros asesinatos, por lo menos los primeros que se le pudieron probar seis años más tarde.

Haarmann había llegado en una época en que prácticamente podía hacerse todo. Su principal campo de acción fue el gran vestíbulo de la estación principal del ferrocarril en Hannover, en la que se llevaba a cabo un intenso negocio con carne robada o bien sacrificada clandestinamente y con todo aquello que en aquellos días no se encontraba en ninguna parte.

En el mes de abril de 1918, alquiló a la viuda Schildt una tienda con habitación al fondo, en la calle Cellerstrasse, 27, diciendo que quería montar una oficina. La amuebló con algunos trastos y él continuó viviendo en casa de su hermana la señora Burschel, pero, hacia finales de agosto, se trasladó a la habitación aneja a la tienda, comenzando seguidamente un comercio que a los vecinos cada vez les parecía más sorprendente y misterioso.

Continuamente entraban y salían adolescentes con mochilas repletas de carne y por la noche se oía a Haarmann golpear y trinchar en la habitación del fondo. La vecindad suponía que se dedicaba a descuartizar la carne que había recibido a escondidas. Vecina a la tienda y domicilio de Haarmann estaba la verdulería de la señora Seeman, una mujer pusilánime y retraída, pero que en aquellos días seguramente hizo alguna que otra transacción con su vecino y no cabe duda que, alguna vez que otra, aprovechó la ocasión para adquirir de aquellos chicos alguna mercancía a bajo precio. Aquella asustadiza mujer fue la primera que tuvo la sensación de que en aquella habitación se cometían asesinatos. En cierta ocasión cuando se oía a Haarmann cómo partía huesos, llamó con el puño a la pared, diciendo:

-¡Eh! ¿Recibiré yo algo de eso?

A lo que le contestó Haarmann:

-No…. pero cuente con ello la próxima vez.

Al día siguiente, le dio un saco con huesos al tiempo que comentaba:

-He puesto la carne en salmuera, pero estos huesos… si los quiere aprovechar.

Hasta seis años más tarde no se comprobó que en aquella habitación se habían cometido por lo menos dos asesinatos. El del hijo del comerciante de bicicletas G. Koch, de catorce años de edad y el de Friedel, de quince años, hijo del dueño del restaurante Rothe. Si bien no se sabe si Haarmann utilizó la carne de ambos para su negocio (quizás los últimos restos de su humana dignidad se lo impidieron), lo cierto es que mucho antes de 1923 ya cedió a su deseo de matar y en consecuencia se supone con visos de certidumbre que en el quinquenio 1918-1923 llevó a cabo algunos asesinatos, pero no se le pudieron probar. Haarmann, que por lo corriente tenía una memoria excelente, no podía recordar el número de sus víctimas, así como tampoco sus facciones y en ambos extremos conseguía su propósito que era el de alejar de su mente, cuando no borrarlo, todo recuerdo que le molestara. Cuando se le preguntaba acerca del número de sus asesinatos, solía responder evasivamente:

-Pues…. no lo sé…, no lo recuerdo…. quizás treinta o bien cuarenta. No lo recuerdo.

Tenía por norma no reconocer otros asesinatos que aquellos que se le demostraban sin lugar a dudas y casi con amigable acento le decía al fiscal:

-Verá…, hay víctimas…, sabe…. que usted no las conoce. Pero éstas que me dice, no lo son.

Para comprender aquello tan monstruoso, hemos de situarnos en aquella época y situación de la justicia y de la policía, después de largos años de asesinatos en gran escala por toda Europa, en algo llamado guerra. A la vista de la cultivada humanidad, un millón de seres estaba muriendo de hambre. La juventud proletaria, excitada, soliviantada y rebelde, después de haber sido empleada durante cuatro largos años para matar, se sintió de pronto libre; libre, pero sin dirección, ni freno de ninguna clase.

El asesinato político se convertía en cosa diaria y el Estado alemán, a consecuencia del tratado de Versalles, tenía una fuerza de policía escasa que comprendía las tres ramas o departamentos de protección, seguridad y judicial. Tan menguada era, que no podía controlar aquella masa de hombres que regresaban del frente y que ya no recordaban la vida social en todos sus aspectos.

En particular, las clases inferiores de los cuerpos de policía, que varias veces a la semana tenían que estar de servicio hasta las cuatro de la madrugada y por la mañana a las nueve reanudarlo, estaban tan fatigadas, tan cansadas de una labor que parecía que no tenía fin ni objeto, padecían tanta hambre y tanta necesidad, que agradecían el menor obsequio, aunque fuera de manos dudosas. Se pedía a aquellos subalternos, de escasa cultura y deficiente formación un esfuerzo excesivo para lo que podían llevar a cabo.

La brigada social de Hannover en la época de Haarmann se componía de doce funcionarios al mando de un comisario, que debían vigilar a cerca de cuatro mil mujeres que vivían de la prostitución y de ellas sólo había unas cuatrocientas registradas, así como también a unos trescientos homosexuales. Para los gastos de investigación y busca de desaparecidos había presupuestado una cantidad tan irrisoria, que no cubría ni los primeros dispendios. Cuando, como en el caso de Haarmann se hallaban las pistas de los desaparecidos, era gracias a las agencias particulares de investigación o bien a las gestiones de los familiares. En consecuencia, la debilidad estaba en el sistema, no en los funcionarios.

En tales circunstancias se comprende que la policía debe contar con la ayuda de la opinión pública y «del individuo», pero, como por lo general, la opinión pública ya tiene bastante con sus propios quebraderos de cabeza al igual que «el individuo» particular, a la policía no le queda otro remedio que echar mano de los elementos de la delincuencia que estén dispuestos a «colaborar». Esos ayudantes se designan como confidentes, soplones, provocadores y «vigilantes». Llevan a cabo igual misión que la de los espías durante la guerra. Se les utiliza, pero se les desprecia.

Desde 1918 a 1924 Haarmann fue utilizado constantemente por la policía como confidente y demostró su eficiencia en algunos casos difíciles como, por ejemplo, en el de localizar una banda de malhechores que fabricaba moneda falsa. En otra, fue el descubrimiento de un robo de correas de tracción e incluso en descubrir la pista o paradero de personas, demostrando ser un elemento muy útil.

Más adelante, veremos cómo este hombre sabía vivir en dos distintos mundos y cómo, tan pronto entregaba a la policía uno de sus compinches, utilizaba sus relaciones con las autoridades en su propio provecho, para llevar a cabo en el más profundo secreto sus monstruosos asesinatos.

Casi todos sus delitos los pudo llevar a cabo porque todo el mundo (en Alemania se considera al funcionario de policía como alguien omnipotente) y en particular la inexperta juventud entre los catorce y dieciocho años, entre los cuales acostumbraba a escoger sus víctimas, lo suponían como persona enraizada con las autoridades.

Noche tras noche, revisaba las salas de espera de la estación, adonde entraba, a todas horas, según varios testigos, gracias a un pase extendido por la jefatura de la policía, cuando conforme al reglamento sólo está permitido a los viajeros con billete. También podía entrar en los andenes sin obstáculo alguno, porque los empleados ya le conocían y también le suponían como perteneciente a la policía, incluso le saludaban al pasar. Se acercaba a los jóvenes que aguardaban un tren o bien que estaban allí de paso o sin razón determinada… a lo que cayese.

Examinaba su documentación, les interrogaba acerca de su destino y lugar de origen y, si lo creía conveniente, comunicaba sus observaciones a la policía estacionada allí; incluso en la oficina de la estación llevaba a cabo interrogatorios y consultas con la jefatura. A los que le parecían propios para sus propósitos, como, por ejemplo, a los que carecían de hogar, estaban sin trabajo o bien eran fugitivos de algún reformatorio, les ofrecía comida, trabajo y alojamiento. Los tenía con él, una o varias noches, les obligaba a satisfacer sus apetitos sexuales y mataba a los más bellos en cualquier rapto de borrachera de los sentidos.

Como conocía todos los procedimientos de la policía, leía las circulares en donde se insertaban los avisos de los desaparecidos, sabía de antemano las «razzias» que llevaría a cabo la policía, en resumen se comportaba como un miembro más de aquel cuerpo; le era fácil «proteger» a aquellos que le complacían o bien los suprimía en el propio placer o los entregaba a las fuerzas del orden. El que fuera utilizado con harta frecuencia por la policía, lo callaron todas las autoridades, de la misma manera que nunca las autoridades militares confiesan que utilizan espías, agentes y personal por el estilo. No es raro que una notoria figura del mundo del hampa sea conocido por casi todo el cuerpo de la policía, pero ¡ay de él! si tiene un tropiezo. La institución se desentiende de él, declarando:

«La situación del individuo de referencia no era oficial. No percibía salario ni emolumento alguno. No tenía ninguna autoridad. Es más, las autoridades lo desconocen … »

Los confidentes, soplones, espías, «vigilantes» y gente parecida nunca son «oficiales», pero hay ciertas transacciones, ciertos… favores entre la policía y el mundo del hampa que importan más que un sueldo oficial y desde luego son más comprometedores y… peligrosos. Porque, tras la palabra «autoridad» hay seres humanos, con sus defectos y flaquezas.

La verdad es que la actuación de Haarmann desde 1918 hasta 1924 fue posible por su íntima colaboración con las autoridades, cuidada por él mediante diarias entrevistas. Se sabía que tenía todos los vicios sexuales imaginables, pero nadie supuso nunca que fuese un asesino. Mas, para la explicación de los hechos, es necesario resaltar este extremo.

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Los delitos sexuales

Si bien hasta el año 1924 los múltiples asesinatos de Haarmann quedaron sin esclarecer, a pesar de las repetidas denuncias de los que se decían sus amigos e incluso de los vecinos, los repetidos registros llevados a cabo en su domicilio y vigilancia a que estuvo sometido, sólo llevaron a la consecuencia de establecer que Haarmann estaba continuamente «envuelto» de chiquillos y adolescentes que, o bien él los utilizaba o ellos lo utilizaban a él y que estaba completamente entregado al homosexualismo.

Cuando, a causa de la desaparición del muchacho Rothe, se registró su domicilio en octubre de 1918, no encontraron al que buscaban, pero sí a otro que estaba desnudo con él en la cama. Había abordado al muchacho, le había llevado a su casa, le había dado de comer y luego, contra una promesa de dinero, abusado de él. Como se vio obligado a confesar otras acciones semejantes, se le formó proceso y fue sentenciado a nueve meses de prisión.

De nuevo, en repetidas ocasiones fue registrado su domicilio por cuanto se sospechaba de él con relación al desaparecido escolar Koch y si bien nada se le pudo inculpar, una vez más quedó demostrado que era costumbre en él realizar actos contra natura en adolescentes. Se mantuvo su detención, pero tuvo que ser puesto en libertad de acuerdo con el párrafo 175 del código, porque los chicos no mantuvieron sus acusaciones ante el tribunal. Los médicos forenses dictaminaron que Haarmann no era un enfermo mental y que era plenamente responsable de sus actos. Aquel informe se había redactado conforme a los datos suministrados por Haarmann, pero éste había omitido que anteriormente había estado recluido en un manicomio, por el pavor que sentía hacia tales instituciones.

En aquellos días, principio de octubre de 1919, entró en su vida aquel amigo que debía unirse a él para siempre.

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El amigo

Si es posible imaginarse en lo profundo del mar a un cangrejo inteligente anidado en el interior de un pulpo, grande y negro, esto dará un cuadro aproximado de la relación existente entre el suave y sonrosado Hans Grans con Haarmann, veinticuatro años mayor que él, y la dantesca visión de morbosa delincuencia, amenaza, impulsos de sexualidad invertida y mente extraviada, que unía a ambos.

Grans es un muchacho simpático, ávido de vida, egoísta, hijo de una familia rica en hijos donde la necesidad a menudo sustituyó la ética. Los padres poseen en el rincón más oscuro de aquel barrio un pequeño negocio de papelería unido al de encuadernación de libros y una biblioteca de préstamo, compuesta de viejas novelas, en cuyas páginas aquel chico ambicioso ha leído las escenas de lo que se imagina que debe ser el «gran mundo». Frecuentó la escuela de segunda enseñanza y terminado aquel período, entró como meritorio en las oficinas de una fábrica, en la que se dedicó a estafar los importes de las facturas que recibía para su cobro.

En 1918 fue auxiliar del cuerpo de correos, pero pronto deja este nuevo destino para enrolarse en un destacamento de granaderos del ejército. El 1 de octubre de 1919 es expulsado por reiterada falta de puntualidad y cae de nuevo sobre las espaldas de su padre, diciéndole que sólo será por poco tiempo por cuanto confía en enrolarse en otra unidad del ejército. La verdad es que se entretiene con toda clase de faldas, pero cuando su padre va a informarse si ya ha presentado la nueva instancia para el ejército, huye de casa, trasnocha en las tabernas que encuentra abiertas y se gana la vida traficando con ropas usadas en la estación.

Así había entrado en el campo de Haarmann. Uno de aquellos pilluelos le dice que aquel «tío gordo» días atrás regaló veinte marcos a un chico.

Grans, sin pensárselo dos veces y sólo con el objeto de conseguir dinero, aborda en la calle a aquel individuo. Éste se lo lleva a su casa en la Nikolaistrasse 46.

-Al principio me gustó, pero cuando le vi desnudo me desagradó sobremanera. Es tan peludo como un mono. Pueden creerme, como un mono. Pero luego se afeitó por completo.

Aquel chico se queda a vivir con Haarmann y va desarrollándose aquella extraña relación.

-Era como si fuera mi hijo -declara Haarmann-. Lo había sacado del cieno y no quería que volviese a él.

Cuatro años duró aquella completa unión y, cosa rara, Haarmann niega que lo mantuviera. Según declara, en ocasiones le entregaba una porción de cigarrillos ingleses, indicándole lo que quería por ellos y todo lo que Hans consiguiera de más podía guardárselo. No cabe duda de que la relación era sexual, pero no sólo era eso, había algo más. Es indudable que la poca o mucha ternura que podía dar de sí la vulgar y grosera alma de Haarmann, se reunía en favor de aquel muchacho.

Cuando se afirma que el conocimiento de los delitos y el miedo a la traición por parte de Grans, fue lo que obligó a Haarmann a someterse en los años siguientes al libre albedrío de su infantil pero no menos terrible verdugo, que sin miramiento ni recato alguno le torturaba, convirtiéndose para él en un despiadado, pero amado tirano, se olvida que Haarmann pudo en todo momento suprimir a aquel chiquillo como a cualquier otro de los muchos que hizo desaparecer. No hay duda en la evidencia de los altercados que tuvieron y en los que ambos, cuchillo en mano y con la palabra «¡Asesino!» en los labios, se enfrentaron enfurecidos, para acabar siempre más unidos que antes.

Aparecían en público bien vestidos, dando la impresión de dos amables caballeros. En el primer momento se hospedaron en la pensión «Christlichen Hospiz», pero luego se trasladaron a la «Fürst zür Lippe» en la Osterstrasse. Vivían allí apaciblemente aparentando dirigir un negocio de confección. Fue algo sorprendente cuando el dueño de la pensión, llamado Wiedemann y su hija, la señora Koch, comparecieron ante el tribunal y declararon que los conocían a ambos muy bien y que era imposible que a dos caballeros tan serios y educados como ellos se les pudiera suponer autores de algún delito.

Con frecuencia, al atardecer cuando regresaban a su domicilio le llevaban a la hijita de la señora Koch, de tres años, algún juguete o unos caramelos. Incluso, cuando se marcharon y desapareció toda su ropa, nunca imaginaron que el señor Haarmann y su «joven empleado» hubiesen podido ser los autores de aquel robo. El verdadero negocio de Haarmann consistía en visitar los barrios más distinguidos de la ciudad preguntando de casa en casa si le podían dar alguna prenda usada porque era un refugiado de Silesia y recogía ropas para sus compañeros del «Refugio» y si le daban ocasión, continuaba explicando que era inválido de guerra y debía mantener a su padre de setenta y seis años de edad.

Con aire modesto y mucha educación preguntaba si acaso tenían ropas usadas que pudieran vendérselas a buen precio. Ante sus manifestaciones y correcto hablar propio de un caballero, casi siempre las conseguía regaladas y Grans se cuidaba luego de venderlas a los ropavejeros de la Burgstrasse. Con aquellas transacciones, ganaban de treinta a sesenta marcos cada día e incluso algún día se iban a Berlín o bien a Hamburgo, en donde repetían la misma historia. Grans dilapidaba su parte, en el juego o bien con mujeres, pero el 10 de enero de 1921 fueron detenidos acusados de mendicidad, y si bien Grans consiguió inmediatamente la libertad, Haarmann quedó arrestado durante tres semanas.

Como que en los periódicos se habían insertado notas advirtiendo al público de sus trapicheos, tuvieron que orientar sus actividades en otra dirección. Haarmann se deslizaba por los patios posteriores de las viviendas y robaba la ropa tendida a secar, mientras Grans se cuidaba de quitar las marcas o iniciales, si las había, y de vender las prendas. En una de aquellas operaciones fueron detenidos de nuevo y otra vez el jovenzuelo consiguió escapar de entre los dedos de la justicia sin más complicaciones, pero el ya maduro Haarmann fue sentenciado a seis meses de cárcel, que cumplió entre los meses de noviembre de 1921 y marzo de 1922 en la penitenciaría de Jágerheide en la Müuggenburger Moor, muy cerca de Celle.

Pero, antes de este incidente, ya habían cambiado de domicilio, trasladándose a la Neue Strasse, 8, en el corazón de aquel barrio de aquelarre. Parece que ya entonces Grans había comprendido los disolutos, inmorales y terribles impulsos de su compañero y también que, el haber penetrado en su secreto, le daba un absoluto dominio sobre su terrible compinche, a quien, a pesar de todo, no dejaba de querer y quizás sentir algo de piedad.

Haarmann iba envejeciendo y la diferencia de edad daba a Grans cierta sensación de hogar despertando en él algo como el instinto de que debía ampararlo, quizás agradecido por sus enseñanzas e inicios en aquella vida que él creía de libertad. En aquella extraña situación, resultaba que el mayor iba quedando bajo la influencia, dominio y tutela del más joven, quizás todavía con menos escrúpulos que él mismo, pero que a Haarmann, que cada vez se sentía más solo, cubría aquella necesidad de calor humano que a medida que pasaban los años más y más deseaba. Más tarde declaraba:

-Necesitaba de un ser para quien yo significara algo. Con frecuencia Hans se burlaba de mí y yo en mi furor le mostraba la puerta, pero inmediatamente iba tras él rogándole que regresara. No podía pasar sin su presencia.

En resumen, Haarmann estaba prendado de Grans y éste sabía cómo utilizarle y dominarle. Cuando su «viejo», como le llamaba, se enfurecía, Grans le abrazaba y le metía la lengua en la boca, lo que excitaba sobremanera a Haarmann, pero Grans tenía siempre cuidado en cogerle primero de los brazos, porque Haarmann impulsivamente llevaba las manos al cuello y si, por allí le hubiese agarrado, posiblemente le hubiese estrangulado en uno de sus irrefrenables impulsos. No cabía duda de que, de ambos, Grans era el más inteligente, voluntarioso, duro y suave al mismo tiempo, que gozaba de la facultad de mantenerse silencioso, incluso cuando se emborrachaba hasta perder el sentido. Por el contrario, Haarmann sentía por el alcohol un miedo cerval y evitaba incluso el verlo.

Para dibujar mejor las características de Grans, cabe examinar dos extremos. Como típico rufián, disponía siempre de cierto número de muchachas que le proporcionaban dinero y a las que dominaba a su placer. En cierta ocasión, indujo a una de ellas a que robara a uno de sus clientes la cartera y se la pasara a él. Cuando el cliente denunció lo sucedido, Grans sin empacho alguno juró que la chica aquella se la había regalado y en consecuencia salió indemne del proceso. Ella cargó con toda la culpa.

Durante la época de la inflación, en aquella isla en medio del río donde se había organizado aquel mercado de rateros, encubridores y alcahuetes, se vendían y compraban muchos objetos de plata y oro. Grans adquiría a cierta casa comercial objetos dorados y plateados, que luego vendía allí como legítimos. Sí la policía procedía a una redada, Grans siempre podía demostrar que la mercancía que poseía era «legítima». Si la gente que iba por allí se la compraba a mayor precio de lo que en realidad valía, su egoísmo, avaricia y afán de lucro eran los culpables. El ofrecía algo ilegítimo, pero adquirido «honradamente».

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Hugo

Relacionado con los dudosos negocios que llevaba a cabo en la estación, en la vida del joven Grans entró un segundo amigo de su edad, muy listo y que se había especializado también en el negocio callejero. Hugo Wittkowski era un muchacho de agradables facciones, esbelto, moreno, de ojos soñadores en apariencia, pero en verdad vivos e inquietos, boca sensual y frente elevada. Indudablemente, era de mejor «material» del que por aquellos contornos se hallaba.

Este Wittkowski, indiscutiblemente mucho más perspicaz e inteligente que Haarmann, se convirtió para éste en un tormento, pesadilla y odio, motivado por los celos, por cuanto Wittkowski alejaba a Grans de él. Además, ambos, Grans y Wittkowski, con frecuencia le pedían dinero prestado que luego no le devolvían o, si lo hacían, era con cuentagotas y, por último, porque Wittkowski, que tenía una desmesurada afición por las faldas, convertía el domicilio de Haarmann en un verdadero harén.

Cuando dos años más tarde el viejo Haarmann y ambos muchachos se hallan ante el tribunal, aquél tiene la diabólica idea de arrastrar consigo a la muerte a los dos chicos. Su muy amado Hans Grans y al odiado Hugo Wittkowski. Durante una de las sesiones, exclama Haarmann dirigiéndose a Wittkowski, con rabioso acento:

-¡Siempre fuiste tras de mí! ¡Más de cien veces te me ofreciste!

A lo que replica sereno y despreciativo su interlocutor:

-Sólo me gustan las mujeres.

Aquella antiquísima casa junto a la orilla tiene un ancho pasadizo de entrada que conduce al amplio patio de vecindad y a la casa vecina. La habitación alquilada por Haarmann se halla inmediata a la entrada, a la derecha. Junto a su puerta, arranca una escalera que conduce a los pisos superiores. La habitación tiene dos altas ventanas que dan a la calle. En la pared situada frente a las ventanas y, aprovechando la curva de la escalera que conduce a los pisos superiores, hay una especie de armario-alacena que mide 1,90 metros de ancho por 1,25 metros de alto y tiene un metro de fondo, provisto de dos gruesas puertas.

En este armario guardaba los cadáveres inmediatamente después de haber cometido el asesinato, hasta que despedazados los hacía desaparecer. Más tarde, durante las investigaciones, el laboratorio forense determinó que, en las maderas retiradas de aquel armario, había manchas de sangre humana. La habitación es alta, unos tres metros y encima del armario-alacena hay un tragaluz de unos treinta centímetros de altura que ilumina la habitación por el descansillo de la escalera general.

Junto a la pared, correspondiente al pasadizo de entrada, hay una cocina de gas y junto a ella el contador. Frente a su habitación, o sea al otro lado del pasillo de entrada, vive la familia del obrero Bertram. Aquella casa parece un hormiguero humano. En una esquina del patio general están los retretes y en otra una bomba para sacar agua. El río Leine corre por la parte posterior de la casa y, en consecuencia, Haarmann no puede alcanzarlo desde su habitación, a pesar de que lo ha lamentado en más de una ocasión.

La vida en aquella habitación no era triste ni aburrida. Era de un continuo trajín y jolgorio. Incesantemente entraban y salían chicos y adolescentes, escolares y vagabundos, sin trabajo y fugitivos de reformatorios, prostitutas y sus amigos. Allí se cambalacheaba, se negociaba, se convenían golpes y entrevistas de toda clase, se bebía y comía a todas horas, se reía y festejaba y todo el mundo consideraba a Haarmann como un bondadoso protector, si bien sabían de sus debilidades. En el armario-alacena había tarros con dulce, queso, chocolate, embutidos y otras viandas y, alguna que otra vez, guardaba durante algunas horas un cadáver. En la cama, dormían tres o cuatro y nadie hacía caso de sus expansiones sexuales.

Asiduas visitantes eran también la Elli, la Dorchen y la Anni. Dorchen era una prostituta ocasional, que todavía tenía rastros de su antigua belleza, y cuidaba algo del menaje de Haarmann. Limpiaba ocasionalmente la habitación, hacía chocolate o café y alguna vez incluso pasaba toda la tarde con Haarmann. De aquellas tardes declaró luego:

-El señor Haarmann sabía hacerlo todo. Zurcíamos y remendábamos la ropa. Sabía hacer embutidos y jaleas. Cuando cosíamos, fumábamos al mismo tiempo.

Pero había ocasiones en las que durante días y noches enteras no dejaba entrar a nadie y, si alguien llamaba lo despedía sin contemplaciones. En aquellos días las ventanas estaban completamente tapadas así como el ojo de la cerradura. Era cuando descuartizaba un cadáver, pero sorprende que en aquel hormiguero humano con el constante ir y venir de los vecinos y de los que no lo eran por aquel pasadizo, nadie se diera cuenta o prestara atención a lo que sucedía.. Pero teniendo presente el barrio y la circunstancia de que todo el mundo sabía las aficiones privadas de Haarmann y sus relaciones con rateros y gente de parecida índole, no tiene mucho de extraño. ¿Quién iba a imaginarse un asesinato y posterior descuartizamiento? Incluso las declaradas aficiones homosexuales de Haarmann le favorecían para aquel aislamiento, por cuanto eran tan conocidas que incluso en la calle los chicos se burlaban de él gritándole:

-¡Fritze! ¿Qué, vamos una vez?

-¡Fritze! Anda, tómame una vez.

-¡Fritze! ¿Cuánto me das, si voy contigo?

Desde marzo de 1921 hasta junio de 1924 gozó Haarmann de la libertad quizá por sus relaciones con la policía. Sus ganancias durante aquellos dos años no fueron despreciables. Por de pronto, aumentó su pensión como indigente gracias a un informe del doctor Bartsch, que le declaraba inválido por completo para el trabajo. Con su certificado de inválido visitaba las casas pudientes y en forma muy correcta y educados ademanes se presentaba como «comprador de ropas» usadas… «porque… ¿sabe usted?… necesito ganarme la vida con algo». Generalmente, en lugar de vendérselo, se lo regalaban. En cierta ocasión incluso le dieron cinco pares de zapatos en muy buen estado. Todo lo que recogía, regalado, comprado o bien hurtado, se encargaban de colocarlo entre los ropavejeros, aquellos pilluelos que continuamente pululaban a su alrededor. Además, entre los años 1922 a 1924, le fue pagada la parte que le correspondió de la herencia materna, mientras no cesaban sus «negocios». Sus relaciones con la policía eran inmejorables y en particular el comisario Müller de la Brigada Criminal era uno de sus protectores. Repetidas veces este funcionario declaró que tenía a Haarmann por persona muy comedida y discreta, aparte de sus inclinaciones sexuales, estando convencido que todo su afán era regenerar a los que salían de la cárcel para llevarlos por el camino del bien y volver a orientar su vida. Los servicios de confidente y soplón de Haarmann en favor de la policía tenían lugar en la forma siguiente:

« … Cuando sabía que alguien tenía género robado y pertenecía a aquel barrio, hacía que le insinuaran que estaba dispuesto a comprarlo o bien a hacerlo “pasar”. Por la noche iban los interesados a su cubil y mientras estaban con él o bien en el momento de salir, aparecía la policía y, esposándoles a todos, incluso a Haarmann para no levantar sospechas, los llevaban a la Jefatura para las ulteriores instrucciones…»

Por el contrario, utilizaba también sus relaciones y conocimientos en la policía para sus expediciones nocturnas a la estación o bien a las posadas, en favor de sus «queridos muchachos». También hacía favores a los rateros, rufianes y calaña similar de su barrio. Se había convertido en una especie de oficina de información y ordenador del mundo del hampa. Se diferenciaba de los modestos funcionarios de la policía en que… era más inteligente.

Casi vecina al domicilio de Haarmann, estaba la tienda del peluquero Fridolin Wegehenkel, en cuyo establecimiento todo el mundo masculino se hacía afeitar y arreglar el cabello, al mismo tiempo que se concertaban «golpes», se pasaban discretos avisos y se celebraban entrevistas. El dueño, un hombre alto, rubio, de triste aspecto, y su esposa Josefine, de cuarenta y ocho años, así como su hija casada, la señora Stille, formaban el centro de lo que podríamos llamar el círculo «familiar». En casa de los Wegehenkel se celebraba la Navidad y el Año Nuevo.

Allí Haarmann, Hans y Hugo cantaban al unísono la «Noche Santa, noche feliz» al tiempo que encendían las candelas del árbol navideño. En la peluquería de Wegehenkel se echaba a gusto un párrafo y «madame» Wegehenkel, siempre tan dulce, quejosa y enfermiza, fue convirtiéndose en la confidente de Haarmann. Era una buena intermediaria para el negocio de ropas usadas, en particular en prendas de chicos, y así Haarmann se las quitaba de encima inmediatamente. Si no las podía vender, las regalaba y todo el barrio le tenía por un bienhechor para los que no tenían cobijo y, si bien todo el mundo sabía de sus inclinaciones sexuales, nadie hacía mucho caso de ello y aquello ayuda a explicar lo de las prendas de los muchachos. Queremos suponer con toda nuestra buena fe, que nadie sabía lo que sucedía en aquel siniestro cubil. Pero no cabe duda de que, aquel ambiente de no preguntar demasiado, le fue favorable y en consecuencia cabe afirmar que, de un modo inconsciente, todos los vecinos fueron cómplices involuntarios de los asesinatos. Claro que hay que tener presente, que todos tenían a Haarmann por un «buen caballero», que en momentos de apuro ayudaba e incluso proporcionaba la forma de ganar algún dinero, no desdeñando el participar en forma discreta en algún turbio asunto de hurto o ratería, y además todos sabían que era persona bien vista en la Jefatura de Policía. ¡Si incluso lo visitaban en su propia casa altos funcionarios, tales como los comisarios Müller y Olfermann!

En cierta ocasión, un muchacho de aquéllos ofreció en la peluquería de Wegehenkel un jamón, que indudablemente no era de legítima procedencia. La dulce y delicada «madame» Wegehenkel hizo venir inmediatamente al «funcionario Haarmann», quien interrogó al ladronzuelo y confiscó el jamón. Los Wegehenkel se lo comieron por Pentecostés «cuando se oye el cuchillo» y Haarmann se enfadó mucho porque no le habían reservado nada.

En cierta ocasión se ofrecieron a la venta varios sacos con semillas de flores. En el momento oportuno, apareció el funcionario Haarmann y se incautó de los sacos, convenciendo a los rateros que lo mejor para ellos era que desapareciesen.

Con todos estos antecedentes, ¿tenía algo de particular que los Wegehenkel, al igual que los demás vecinos de aquel barrio, ya de por sí de características tan especiales, no prestaran mucha atención sobre ciertos detalles y circunstancias de lo que ocurría en el domicilio de Haarmann que no parecían normales?

Pero, su mejor época, fue cuando se convirtió en jefe de una agencia de detectives y, en consecuencia, se transformó en una especie de potencia policíaca.

Pasamos a relatar cómo fue: A la importante imprenta de Edler y Krische, durante la época de la inflación, el Banco Nacional encargó la impresión de papel moneda. De los almacenes desapareció cierta cantidad del papel destinado a aquella impresión y con él se imprimieron billetes falsos de cincuenta marcos, que aparecieron también entre el dinero que manejaba dicha casa. La casa impresora encargó a la «Agencia detective de antiguos comisarios de policía», que estaba dirigida por el excomisario de policía Olfermann, el hallar a los falsificadores. Alguien recomendó a Olfermann que se pusiera en contacto con Haarmann, quien ya había demostrado en otros casos su pericia, habilidad y discreción. Efectivamente, Olfermann recibió de Haarmann algunas excelentes indicaciones y desde entonces la relación entre ambos fue continua.

Aparte de los acusados, ningún implicado llamó tanto la atención como este comisario de la policía en situación de supernumerario, empleado de un tal señor Wills y que junto con él fundaron también la agencia de investigaciones privadas «Heimschutz». Este Olfermann, con su alta figura, flaco, con aire respetable, los ojos ocultos tras unas gafas montadas en oro, manos enfundadas en guantes, cada movimiento dejando adivinar el funcionamiento que siempre se halla bajo juramento, sin mancha, honorable, negando altiva e indignamente toda relación con Haarmann, hasta que paso a paso se le demostró que en diversas ocasiones había aceptado de Haarmann dinero y regalos, que había colaborado con el acusado en diversas ocasiones y cuando en el mes de abril de 1923 había decidido dejar el servicio de la agencia, le propuso a Haarmann el montar ambos una de estas oficinas, porque Haarmann había sabido captarse completamente la confianza del comisario, que si bien estaba en buena situación económica, nunca desdeñaba el ocuparse de algún «asuntillo», a pesar de su apariencia burguesa y honorable por todos los conceptos. Haarmann le había convencido a través de sus conversaciones sostenidas en el café, restaurante o bien incluso en su domicilio, de sus buenas relaciones con el hampa y la policía y en los nuevos métodos que él acostumbraba a emplear en sus investigaciones y por fin el interés de Olfermann llegó a tal extremo que ambos fundaron la «Agencia Americana de Investigaciones Lasso». «Lazo» que desde entonces utilizó Haarmann para cazar a sus víctimas.

Haarmann encargó una estampilla y con ella, Olfermann, en casa del primero, selló varias tarjetas de identificación que llevaban impresa la redacción siguiente:

«El portador de la presente tarjeta es detective de la agencia “Lasso” y actúa para la Jefatura de Policía de Hannover. Se ruega a toda persona que lea la presente, le preste su colaboración. – Detectives “Lasso”.»

Y para mayor seguridad se adhería a la tarjeta, la fotografía del que la iba a utilizar.

De esta tarjeta de identificación hizo Haarmann intenso uso en sus redadas por la estación, incluso después del mes de junio de 1923, en el que terminó su amistad y relación con Olfermann. Más tarde aquella tarjeta de identificación fue uno de los puntos más queridos, apreciados y a resaltar por parte de la policía para significar que nada tenía que ver con las actividades del acusado y que éste, en todo momento, había actuado como «detective particular» al realizar sus interrogatorios en la estación y demás gestiones, disipando así las relaciones que con la policía oficial había tenido.

A las tenebrosas actividades y ganancias que tuvo y realizó Haarmann durante los años 1922 al 1924, hay que añadir dos extremos que no hubo manera de que los explicara abiertamente, circunstancia que sorprende en un individuo tan charlatán como él. Cuando se mencionaban aquellos detalles, se volvía inmediatamente parco de palabras, contestaba gruñendo y terminaba por guardar absoluto mutismo. Y fueron dos los puntos que no pudieron determinarse por completo:

El primero, cómo realizaba el asesinato. El segundo, de dónde recibía la carne que luego revendía. Concerniente a este último extremo, siempre se refería a un desconocido que nunca pudo ser hallado, un tal «Carlos, el carnicero» que unas veces era de Ricklingen y otras veces de Rünneberg, o bien del mercado central y que él la revendía a mitad de precio de la carne de caballo en pequeñas porciones deshuesadas. Proveía corrientemente a la familia del peluquero Wegehenkel y a sus amistades, y pagaba también con ella a la lavandera Johanne Alsdorf, una pobre mujer, de mísero aspecto, que parecía un cadáver, a quien entregaba su ropa cada semana. También la vendía ropa usada. Cuando se trasladó a la pensión «Roten Reihe», la carne que les vendía Haarmann se servía en el restaurante del padre de Engel.

Pero, ¿nadie en toda aquella vecindad de la Neuestrasse, se dio cuenta de aquel traficar tan turbio? Pues… sí. En verdad se hicieron varias denuncias y se procedió a diversos registros, pero siempre con resultado infructuoso. Parecía como si todos los demonios del infierno le protegieran y estuviesen coligados con él.

Al otro lado de la calle, frente al domicilio de Haarmann, había una tabaquería, donde Haarmann compraba cada día cigarros y cigarrillos. A su propietario, Christian Klobes, un individuo colérico y pagado de sí mismo, pero no carente del instinto de observación, le pareció que aquel trajinar no era de buen augurio y cierto atardecer, cuando acostumbraban a charlar un rato desde las respectivas puertas de sus tiendas, no pudo por menos que comentar a su vecino:

-Karl, ese ir y venir de gente por esa entrada me da mala espina. Demasiada juventud. Me parece que alguno entra pero no sale.

-También a mí me lo parece -replicó el vecino-. En mi opinión ése compra gente para la legión francesa en África.

Con aquella opinión todo el mundo quedó contento, pero Klobes decidió que, en la primera ocasión propicia, haría «ciertas preguntas» a aquel extraño vecino, y cuando una tarde Haarmann entró en la tienda para la adquisición de su tabaco, el gordo Klobes como quien no dice nada, le espetó:

-Mire usted y perdone mi curiosidad… pero… ¿Tiene usted alguna agencia de colocaciones? Lo digo, porque veo tanto muchacho que le visita…

Haarmann le miró desconcertado y de improviso exclamó: -¡Mira! Ahí va ésa. Demonios, he de hablar con ella antes de que se me escape. -Y diciendo esto, salió rápidamente de la tienda.

Pero el tabaquero observó que no abordaba a la mujer que había señalado, sino que doblaba la esquina y desde entonces ya no volvió a su establecimiento. Haarmann reaccionaba siempre con aquellos pequeños trucos. Cuando cierto día tuvo una riña con la patrona y ésta quería impedirle la entrada a su habitación, entró en ella por la ventana. Pero para no pagar el importe del cristal que iba a romper, representó la comedia de que un pilluelo lo había roto y al tiempo de romperlo él mismo, comenzó a gritar:

-¡Coged al chico ese! ¡Ha roto la ventana! ¡Cogedlo! -encaramándose seguidamente por ella.

Pero, el tabaquero, se comprometió con otra vecina a vigilar a aquel extraño individuo, a quien denominaban «ese criminal». Por la noche se veían sombras que iban y venían tras las cortinas y diversas veces los transeúntes observaron que aquellas sombras eran como de personas que estuvieran desnudas. En otras ocasiones, parecía que, por todo alumbrado, había un mechero de gas y hasta bien entrada la madrugada se oía un sordo martillear, golpear y aserrar, como si allí fuesen astillados huesos o bien se descuartizara carne. Pero como la chiquillería que con frecuencia inundaba la casa, traía también conejos y gallinas, incluso alguna vez algún perro, se supuso que allí sacrificaban todos aquellos animales, además de la carne que le llevaban y en consecuencia no se dio mayor importancia a aquellos golpes. No obstante, ambos vecinos decidieron fijarse bien en los rostros de los jóvenes que se anunciaban en los periódicos como «desaparecidos», para ver si alguno coincidía con los que visitaban continuamente la casa de Haarmann en la «isla».

En aquellos días, la prensa publicó un nuevo aviso de otro recién desaparecido, hijo de un alto funcionario de Darmstadt. La última vez que se le había visto era en un tren de Hannover, en donde tenía que hacer un cambio. El tabaquero fue a la Jefatura de Policía e hizo que le mostrasen la fotografía del desaparecido y… ¡aquél era! ¡Él lo había visto en compañía de Haarmann! Inmediatamente se procedió a un registro, pero parecía que de nuevo todos los seres del averno se hubiesen juramentado para salvarle. Se encontraron prendas del muchacho y Haarmann admitió de buenas a primeras que había ido a su casa y allí habían hecho lo de costumbre, pero que no sabía nada más. Y así era. Algunos días más tarde el chico aparecía en casa de sus padres, en Darmstadt. Cuando el bueno del tabaquero Klobes fue de nuevo a la Jefatura a dar cuenta de sus sospechas, le echaron fuera poco menos que a puntapiés y el hombre perdió la afición a ser observador privado.

No obstante, él y su esposa observaron pocos días más tarde cierto episodio que fácilmente lo hubiese descubierto todo. Habían comprobado que Haarmann, con frecuencia al atardecer o bien ya entrada la noche, salía con un saco o bien un voluminoso paquete. Cierto día le siguieron, cuando cargaba con un, al parecer, pesado saco, y, escondidos tras unos matorrales, vieron cómo tiraba su contenido al río. De haber continuado allí, no cabe duda que se habría descubierto todo, pero el 9 de junio se mudó de casa, yéndose a vivir a la calle Roten Reihe, número 4, en donde alquiló a la señora Engel una pequeña habitación en el tercer piso.

En aquel traslado no tomó parte Hans Grans. Desde el mes de abril hasta el mes de julio estuvo en la cárcel por detentar un cronómetro robado de un cuartel. Cuando recobró la libertad, deambuló de un lado para otro, y si bien alguna noche la pasaba con el «tío Haarmann», finalmente se unió a su amigo Wittkowski y ambos alquilaron una habitación en la calle Burgstrasse 14, a una familia obrera llamada Krone. Consiguieron un permiso para el comercio ambulante y comenzaron a mercadear con joyas chapadas y plateadas por ferias y tabernas. Por lo demás, continuaban llevando una vida disipada y también recibían dinero de sus diversas «novias» mientras las relaciones con Haarmann iban tornándose cada vez más distantes y hostiles.

*****

En la calle «Roten Reihe»

Aquella casa, construida doscientos cincuenta años antes, tiene dos fachadas. Una, hacia la sinagoga; la otra, a la calle Bäckstrasse. En los bajos, la familia Engel había tenido una taberna. La angosta escalera conduce a la parte superior del edificio, el tercer piso mira a la calle Bäckstrasse y el cuarto a la Roten Reihe. Un último tramo conduce al lugar de los asesinatos, que es una estancia de unos siete metros cuadrados, en donde más tarde el examen forense determinó diversos rastros de sangre en las paredes y en el suelo. Al lado izquierdo de la puerta, hay una ventana que sobresale del tejado y mira hacia la Roten Reihe. Donde a causa de la inclinación del tejado, el techo es más bajo había una cama de campaña, que se halló prácticamente empapada en sangre. A cada lado de la puerta habían dos pequeñas mesas, un lavabo con jofaina; dos sillas completaban el mobiliario. En la pared había algunas postales de tipo pornográfico o bien de carácter sentimental dulzón. Del techo pendían unas cadenas que sujetaban un pequeño caldero que podía calentarse mediante un mechero de gas o bien un fogón.

No hay estufa. Debajo de la ventana hay un pequeño saledizo. En el mismo piso vive el matrimonio Lindner, cuya cocina linda con la habitación de Haarmann, de la cual sólo la separa un delgado tabique, así como diversos cuartos desvanes correspondientes a los demás vecinos del edificio. En el descansillo hay un grifo y los retretes se hallan en el patio al que se asoman muchas ventanas.

Examinemos los diversos habitantes de la casa, comenzando por Elisabeth Engel, una mujer menuda, que las ha visto de toda clase en su vida, casada tres veces y madre de ocho hijos, de los cuales sólo le vive uno, muchacho de dieciocho años, llamado Theodor Hartmann, tipo desconfiado y de rostro burlón. Mamá Elisabeth está actualmente casada con el obrero Wilhelm Engel, ordenanza del centro del partido socialista, tipo borroso y basto, pero tranquilo cuando no está bebido.

¿Cómo trabaron amistad aquella mujer y Haarmann? En la primavera, la Engel quería comprar carne de caballo al carnicero en la «isla», pero ya la había vendido toda. Saliendo de la tienda topó con el «funcionario de la policía Haarmann» a quien conocía de vista, porque era una de las mujeres de la limpieza de la Jefatura; éste le ofreció una libra de carne de caballo por treinta y cinco fenigs cuando en la carnicería costaba sesenta. Aquello fue el comienzo de una entrañable amistad. Pronto se tutearon, fueron juntos al cine y llevaron a cabo algún trapicheo. Haarmann la regaló alguna prenda de vestir y en ello no había nada que objetar porque él era comerciante ambulante y poseía permiso. También se encargó ella de vender algunas prendas por su cuenta. Todas eran de muchachos o bien hombres jóvenes. En la sociedad de gimnasia y otros deportes en la que su marido y su hijo eran muy populares siempre había alguno que se interesaba por una corbata, un sombrero, un pantalón o prenda parecida a buen precio. Aquello que dicen: «Una mano lava a la otra.» Además, Haarmann continuó proporcionando a la familia carne a buen precio para su establecimiento y cuando en abril se peleó con su patrona, le preguntó a aquella amiga:

-¿Sabría usted de alguna habitación libre propia para mí?

Ella le contestó que en su casa, en el edificio donde vivía, había una habitación libre en la buhardilla. De esta manera Haarmann fue a parar a aquel caserón, frente a la sinagoga y en donde se llevaron a cabo, por lo menos, veinte asesinatos en medio de un hormiguero humano, que así es como cabe calificar la cantidad de gente que vivía en aquella vecindad.

La separación existente entre la cocina de la familia Lindner y la buhardilla de Haarmann es muy delgada. La señora Lindner es joven, delgada, rubia, que siempre presume de distinguida. Cuando Haarmann llegó a su nuevo domicilio, arrugó la nariz en lo concerniente a los retretes y explicó a todo el que quiso oírle que aquello no le gustaba. Por lo tanto, él haría sus necesidades en la vasija y la llevaría personalmente a los retretes a vaciarla. Su evacuación debía ser extraordinaria, porque había días que cada quince minutos iba al retrete con la vasija, la vaciaba y la limpiaba luego cuidadosamente en un salpicadero con grifo que había junto a la entrada. La Lindner oía con frecuencia cómo fregaba y frotaba el suelo de su habitación en la cual jamás entraba la Engel.

El esposo de la Lindner es vidriero. Es un ser pequeño, amable, moreno y tranquilo. Tenían otra habitación alquilada a una señorita, asimismo muy fina, pero que en ocasiones recibía visitas de caballeros. También corría por allí un perro llamado «Fuchsie», al que Haarmann alguna vez traía huesos. Pero Haarmann no le cayó en gracia a la señora Lindner, quejándose de las muchas visitas que recibía de chiquillos que subían y bajaban ruidosamente por la escalera. Era una vecindad bastante pendenciera. El matrimonio Lindner se pegaba y él la insultaba diciéndole «¡Puta!», contestando ella vigorosamente con la escoba. También armaban trifulcas el matrimonio Engel, cuando él estaba «nublado». La Lindner y Haarmann ya se habían peleado, porque Grans había escupido ante ella en la calle. Pero, luego Haarmann había pedido disculpas y permiso para presentarle a Grans, diciendo:

-¿Me permiten que les presente mutuamente? La señora Lindner… mi fiel colaborador desde hace años… el señor Grans.

Desde entonces, ambos, al encontrarse en la escalera, se saludaban ceremoniosamente.

Pero, cuando comenzaron a menudear las visitas de aquellos chiquillos, la señora Lindner, la señorita que con ellos vivía y un «distinguido» caballero que ocasionalmente la visitaba, comenzaron a espiar la puerta entreabierta y pronto llegaron a la conclusión que entre aquellos chicos y Haarman existían unas relaciones… pero muy extrañas.

Pero, aparte de ello, la vida era divertida. En la cocina de los Engel se preparaban grandes fuentes de carne y en la habitación de Haarmann se cantaba y bebía, a pesar de que el matrimonio Lindner más de una vez había reclamado la presencia de la policía para atajar el escándalo. Pero siempre que intervino la autoridad, nada sospechoso encontró. Además Haarmann hacía gala de una osadía sin igual. En cierta ocasión en que fue allí por la noche la policía, atendiendo diversas reclamaciones de los vecinos, Haarmann cerró la puerta con llave y se negó a abrir a pesar de los requerimientos, advirtiendo con tono tranquilo que conforme al artículo 106, sin orden judicial no podían proceder a registro alguno desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Cuando entonces volvió la policía, nada encontró que llamara la atención. En consecuencia los vecinos comentaban:

-No tiene objeto denunciar lo que ocurre. Ese Haarmann siempre sale con bien. Claro, como se tutea con todos los funcionarios.

En el segundo piso vive la señora Fobbe. Es una mujer de alta estatura, enérgica, honrada, espiritista convencida, saludadora y enemiga a muerte de los Engel. En el segundo, tiene su domicilio la señora Mühlhan. Parece una vieja lechuza y echa las cartas a las chicas del barrio. Aquellas almas cándidas están convencidas de que… «el señor Haarmann actúa en las misiones y hace mucho bien a los que carecen de hogar. Los acompaña a la oficina de trabajo y a los pobres muchachos les da que comer…».

En cierta ocasión, cuando los Engel preparaban carne en salmuera, Haarmann trajo en una fuente cubierta con un paño, muchos trozos de carne cortados en forma de dados y los tiró al recipiente donde hervía el agua. De aquella carne que tenía un aspecto blancuzco y que según dijo era de cerdo, retiró la grasa que vertió en vasijas. La carne fue pasada por una máquina de picar y luego extendida sobre una fuente. En vísperas de Navidad, Haarmann hizo un salchichón en la cocina de los Engel, con intestinos de cordero, según dijo. Haarmann, que con frecuencia comía con los Engel, se comió aquel salchichón con sus amigos. Estaba bien preparado y sazonado. De la carne en salmuera y de la grasa, la familia Engel recibió también una parte, pero desde mediados de abril de 1924 ya no recibieron más carne de Haarmann. No les gustó y después de haberla consumido se sintieron algo indispuestos.

Nada se pudo determinar acerca de la procedencia de aquella carne. Luego los vecinos declararon que les había llamado la atención que con frecuencia salía Haarmann con voluminosos paquetes de carne, pero rara vez veían que llegara con alguno. Por lo demás, Haarmann se daba buena vida y desembolsaba bastante dinero en restaurantes caros, donde llegó a gastar en compañía de su amigo Grans hasta sesenta marcos de una vez. Con frecuencia les acompañaban la Dorchen y la Elli. Entonces bebían champaña y coñac.

*****

El descubrimiento

En los meses de mayo y junio de 1924 habían menudeado en tal manera los hallazgos de cráneos y cuerpos humanos, que se temía que sobreviniera una ola de pánico y la prensa publicaba descripciones de los cráneos y cuerpos hallados al objeto de reunir datos. Al mismo tiempo alguien recordó las diversas denuncias que se hicieron en 1908 y que en aquella ocasión Haarmann ya fue sospechoso de asesinato.

Teniendo presente que Haarmann conocía a todos los funcionarios de la policía, se solicitó de la Jefatura de Berlín el envío de dos agentes jóvenes, que se mezclarían entre la chusma que vagaba de noche por la estación e intentarían relacionarse con Haarmann. Pero, de nuevo la casualidad, casi echó abajo el bien meditado plan, porque el último chico que Haarmann había llevado a su casa, propasándose con él, era el fugitivo de un reformatorio, de quince años de edad, llamado Kurt Fromm. Un muchacho pesado, de corta inteligencia, que el 18 de junio topó con Haarmann, permaneciendo en su casa durante dos días.

En la noche del 22 de junio, de nuevo Haarmann encontró a Fromm en las cercanías de la estación, discutieron y en el curso de la discusión el chico comenzó a insultar a Haarmann. Irritado éste, quiso vengarse de sus insultos y procacidades, entregándole a la policía de la estación, requiriendo que lo detuvieran por llevar consigo una documentación falsa. Conforme a su petición, el chico fue detenido, pero entonces éste a su vez denunció a Haarmann que le había llevado a su casa donde lo había mantenido encerrado bajo llave durante varios días y sus noches, obligándole a realizar con él actos antinaturales y que en la última mañana de estar allí, al despertarse, Haarmann había apoyado un gran cuchillo sobre su garganta preguntándole al mismo tiempo si temía a la muerte. Cuando vio el terror reflejado en su rostro, le dijo riendo que no hiciera caso porque había sido una broma.

Desgraciadamente para Haarmann, casualmente se encontraba presente durante esta escena un funcionario de la policía, que sabía de las sospechas que recaían sobre Haarmann y aprovechó la ocasión para arrestar a su vez al asesino… hasta que las cosas se aclararan. De esta manera, Haarmann, en la mañana del 23 de junio, entraba en la cárcel.

Más tarde explicó Haarmann que había provocado la detención de aquel chico para evitarse el llevar a término las ansias que sentía de matarlo. Por nuestra parte creemos que dijo la verdad. Algo debía sucederle cuando dio aquel paso que para él iba a ser fatal. Resistió los primeros interrogatorios, pero el 29 de junio ya comenzó a confesar ciertos detalles de sus crímenes.

*****

La confesión

Después de haber interrogado a las diversas personas que le habían alquilado habitaciones y a los vecinos de aquellas casas, de haber hablado con sus amigos y conocidos, después de haber reunido innumerables prendas procedentes de registros en casa de gente con él relacionada o bien que sus poseedores llevaron voluntariamente a la policía, y con todo ello organizado una especie de macabra exposición, donde los familiares de los desaparecidos podían comprobar si en ella estaban las prendas de sus deudos, se tuvo la plena convicción de que Haarmann era el asesino que se buscaba, pero no hubo forma de hacérselo confesar como tampoco de demostrar que era él el autor.

Tranquilamente, explicaba la circunstancia de que se hubiesen encontrado tantas prendas entre sus amigos y conocidos e incluso en su propio domicilio con el hecho de que él era comerciante en ropas usadas y si bien aceptaba que la mayoría de aquellos chicos eran conocidos suyos e incluso que había tenido relaciones ¡lícitas con ellos, negaba una y otra vez el tener arte ni parte en su desaparición. Las manchas de sangre halladas entre sus ropas, en la ropa de la cama y en algún lugar de la habitación las explicaba de forma lógica y convincente. Tenía una gran habilidad en escabullirse de entre los más hábiles interrogatorios.

Pero, de nuevo fue una casualidad la que convenció a todos de su culpabilidad. Entre los desaparecidos figuraba un muchacho llamado Robert Witzel, cuyos padres en el espacio de un año habían acudido por lo menos diecisiete veces a la Jefatura en demanda de noticias suyas. Cuando se encontraron los primeros cráneos, uno de los ingenieros de la fábrica donde trabajaba el padre del muchacho, le instó repetidas veces para que fuera a verlos, por si hubiese alguno que fuera el de su hijo. Sería fácil de reconocerlo por un defecto que tenía en la dentadura.

Del joven Robert se sabía solamente que la noche de su desaparición había ido al circo y por ello la policía había supuesto que el muchacho, quizás entusiasmado por lo que se imaginaba una vida de aventuras, se había marchado con él. Pero los padres sospechaban que su más íntimo amigo,, un chico llamado Fritz Kahlmayer, muy desarrollado para sus catorce años, con un sorprendente rostro de femeninos rasgos, de temperamento desconfiado y astuto, sabía algo que callaba acerca de aquella visita al circo, Pero todos los ruegos, súplicas y amenazas habían resultado inútiles ante su obstinado silencio hasta que cierto día pidió prestada su bicicleta al hermano mayor del desaparecido y a éste se le ocurrió decirle:

-Te la regalo incluso, si me dices con quién fue al circo Robert la noche de su desaparición.

Después de cierta vacilación, Fritz contestó:

-Pues… con un funcionario de la policía destacado en la estación.

Aquel amigo del desaparecido había callado tenazmente, porque también había estado con Haarmann e incluso éste le había puesto en relación con algunos «caballeros» homosexuales. Así, junto con el cráneo, ya se tenían dos pruebas contra Haarmann, a las que pronto se añadiría la tercera que serían las ropas del desaparecido, mientras Haarmann persistía en negarlo todo.

Sucedió que mientras los padres del asesinado Robert acompañados del joven Kahlmayer, aguardaban en una antesala de la Jefatura de Policía a que les llamaran con relación a la desaparición de su hijo, pasó de pronto ante ellos una mujer menuda con un muchacho de unos dieciocho años de edad. Al verlos, la madre del asesinado Robert coge del brazo a su marido, diciéndole con ojos desorbitados:

-¡Ese… ese muchacho lleva el traje de nuestro hijo!

La mujer con el chico ya ha desaparecido, pero ellos corren en su dirección acompañados de un policía, les detienen y les preguntan acerca de la procedencia de aquellas prendas. En lugar de contestar, el chico pregunta a su vez:

-¿Se llaman ustedes acaso Witzel?

Explica que en uno de los bolsillos había encontrado un pase con este nombre. El traje lo habían recibido de Haarmann y aquella mujercita es la Engel, la actual vecina y amiga de Haarmann que casualmente había ido a la Jefatura para informarse del estado del «señor Haarmann». Todas aquellas pruebas son presentadas a Haarmann, que consisten en: los padres, el cráneo, el traje, el amigo de Robert llamado Kahlmayer y la declaración del hijo de la Engel diciendo que a él (Haarmann) le había devuelto el pase que encontró en uno de los bolsillos del pantalón. Por fin, gracias a aquellas irrefutables evidencias, a los insistentes ruegos de su hermana y quizás al cansancio de todo, admite que… quizás en la exaltación sexual haya estrangulado, mordido o ahogado a alguno de aquellos muchachos.

Desde aquel momento, se le somete al moderno tormento de interrogatorio, que si bien muy distinto al que se empleaba en la Edad Media, no es menos eficaz y que consiste en la privación del sueño, depauperación del cuerpo mediante el suministro de purgantes que debilitan el organismo y merman las facultades, interminables interrogatorios acompañados de cierta «terapéutica» que ayudada por todo lo demás hacen que el interrogado acabe por confesar, por duro y resistente que se le suponga y a medida que confiesa se le mejora el trato, se le alimenta mejor, se le dicen frases de aliento, «para que descargue la conciencia». Después de siete días de locos ataques de furia, de llantos histéricos, cayó en una profunda depresión de ánimo, rogando que le trajeran al pastor Hardelant que en su día le había confirmado, ya que quería confesarse a él. Pero el «pastor» advirtió que, conforme a su ministerio, una confesión no podría ser revelada y, por fin, se indujo a Haarmann a que paulatinamente explicara y admitiera ante el comisario de policía y el juez instructor sus diversos asesinatos.

Pero, una y otra vez, aseguró que los cráneos que se habían hallado en el río no podían ser de sus asesinatos, por cuanto él siempre los había machacado hasta dejarlos reducidos a pequeñísimos trozos. Para demostrarles la verdad de sus aseveraciones, condujo a los funcionarios y médico forense a lugares en las afueras donde entre la maleza había tirado trozos de los cadáveres e incluso a un estanque, donde había sumergido restos. De allí sacaron el esqueleto de un muchacho de unos dieciséis años, en cuyas articulaciones todavía habían rastros de grasa y tendones, resultando ser lo que quedaba de Erich de Vries, el último de los asesinados, crimen cometido el 15 del último mes de junio.

A partir de entonces, diariamente se presentaban personas entregando prendas que habían recibido o comprado a Haarmann, a Grans o bien a los Engel o a los Wegehenkel, así como los que alguna vez le habían comprado carne a él o bien a sus amigos. De esta forma, se le pudieron demostrar cada vez más crímenes, que todavía no había confesado hasta que por fin ya no intentaba mentir o bien negar, limitándose a contestar inalterable: «Anótelo.»

También, desde aquel momento, cambió su forma de ser. Del individuo hermético que se había mostrado al principio pasó a ser de nuevo el habitual charlatán. Fue como si soltara una tras otra las válvulas de seguridad de que se había provisto al principio de la indagación. Pero cuando estaban ante él los padres de los asesinados o bien le parecía que algo amenazador había en su actitud, o se le hablaba de sus mordiscos en la garganta de las víctimas, o se mencionaba el oscuro comercio de carne, aquellos ojillos se helaban inmediatamente y rezongando, murmurando algo ininteligible, hosco y huraño se replegaba en sí mismo. Pero, todos los que intervenían en la indagatoria, tenían la sensación de que aquel criminal sentía una especie de liberación, de tranquilidad al poder hablar sin cortapisas y sin miedo de su vida oculta. Había algo infantil en sus informaciones y declaraciones, cuando explicaba cómo, durante tantos años, había engañado a «la Humanidad», de la cual siempre hablaba con sin igual desprecio y en lo concerniente a su segunda vida.

Se le mantuvo detenido a disposición del juez de instrucción hasta el 16 de agosto de 1924 y posteriormente para una mejor observación de sus condiciones mentales. El 4 de diciembre comenzó la vista ante el tribunal en Hannover y el sumario comprendía sesenta pliegos. A consecuencia de las declaraciones de Haarmann, el 8 de julio también había sido detenido Hans Grans y antes de la vista de la causa habían sido careados diversas veces, mostrándose Haarmann inquieto a la vista de su antiguo compañero. Éste, en cambio, estuvo tranquilo, despectivo y sin preocuparse. A Grans se le acusaba no sólo de encubrimiento de los asesinatos, sino incluso de que en dos ocasiones le había proporcionado las víctimas y haberle sugerido su asesinato porque… quería sus ropas.

*****

El proceso

A la Audiencia en Hannover se le había rogado actuar.

« … sin quebrantar el párrafo 263 del Código Penal de la nación, pero evitando el que autoridades fuesen en él mezcladas, juzgar a los ensartados en doce o catorce sesiones … »

Y conforme a aquellas instrucciones debía juzgar una causa de la cual estaba pendiente toda Europa.

En consecuencia, desde el primer momento, se prohibió el mencionar a la policía y cualquier otra autoridad.

A los testigos se les retiraba la palabra, incluso a los padres de las víctimas, tan pronto parecía que se apartaban del tema crucial. Se temía «el escándalo público» y un posible motín de las masas de la gente que rodeaban el edificio de la audiencia y que, un fuerte retén de la policía, intentaba proteger. Además, la vista del proceso tenía lugar en un momento álgido de la propaganda para las próximas elecciones al parlamento y no era descabellado suponer que alguna fracción política aprovecharía aquello para sus designios.

Fue leída la indagatoria. Habían sido denunciadas ciento ochenta y dos desapariciones. En treinta y ocho casos los interfectos habían aparecido de nuevo. En ciento catorce no se había podido demostrar la culpabilidad o participación de Haarmann. Quedaban treinta casos y de ellos veintisiete perfectamente comprobados y sólo de tres existían indicios de culpabilidad.

Contra Hans Grans, nacido el 7 de julio de 1901 en Hannover, la acusación le achacaba el ser inductor a dos asesinatos.

Haarmann se presentó ante el tribunal tal como era. Cobarde e infantil, egoísta y brutal, de cortos alcances pero provisto de una natural sagacidad, guiado sólo por apetitos y deseos. Un trozo de naturaleza que no conocía freno alguno sobre él. No siente respeto o terror ante lo que cualquier ser humano normal retrocede, pero si estalla una tormenta le sobreviene un gran temblor y procura esconderse, ocultarse como una bestia cualquiera y sin fe alguna comienza a rogar a Dios implorando que le proteja. Involuntariamente tiene arranques infantiles, como, por ejemplo, en cierto día en que a causa de estar nublado fue necesario encender las luces de la sala, exclamó en voz alta:

-¡Mira! ¡Como si estuviéramos en Navidad y encendiéramos las luces del árbol!

Cuando al anciano adjunto del tribunal, doctor Schulze, rendido de cansancio por la larga sesión, involuntariamente se le escapa un bostezo, le dice:

-¿Qué, señor profesor, ya no resiste más? -Y dirigiéndose a la sala, continúa-: Es que en los últimos tiempos ha estado algo enfermo.

A los periodistas les recomienda:

-Bien, decir la verdad, ¿eh? Porque siempre estáis mintiendo.

A los miembros del jurado:

-Que la deliberación sea corta, porque para Navidad desearía estar en el cielo con mi madre.

En sentido contrario se muestra Grans, que es tan duro como delicado en apariencia, tan quebradizo como femenino. Siempre se mantiene igual, inalterable, amable y educado, pensativo y atento. Como un zorro que ha caído en una trampa que puede ser mortal y teme hacer un movimiento inadecuado, pero que no obstante, quieto y atento desde su rincón, inmóvil pero vigilante, observa todo lo que sucede por si se presenta ocasión de saltar y escapar, aunque sea sacrificando la cola. Cuando habla, sostiene un largo lápiz en la mano y con él va dibujando en el aire imaginarios argumentos, solicita determinadas pruebas y careos que sorprenden a su propio defensor. Quizá siente más que Haarmann la enorme soledad, porque no tiene la natural defensa de éste. En Haarmann salen a relucir sus condiciones, podríamos denominar demoníacas o satánicas. Parece que la sensación de complejo de inferioridad que ha tenido toda la vida excepto en sus momentos de borrachera sensual, la haya superado porque increpa a los testigos, los insulta y los amenaza. Siempre que de ellos sabe algo desagradable, no deja de proclamarlo en plena sala y a todos muestra la zarpa, las garras que con sumo gusto clavaría sobre ellos, diciéndoles:

-Antes de morir, os haré estallar. Tenedlo por seguro.

-Ese testigo es un sinvergüenza.

-A ese tío habrá que cargárselo algún día.

Grans es todo hielo. Es de un egoísmo completo. No sabe de amor ni de venganza. No tiene afectos, sólo piensa en su bienestar en todos los conceptos. He aquí una de sus expresiones:

-Lo que he hecho, es indiferente. Lo que me podéis probar es lo que nos interesa discutir.

Yo personalmente dije a sus padres:

-Supongo que no dejarán al chico desamparado si va al penal.

A lo que el padre me respondió:

-Si hubiera sabido que había hecho lo que se le acusa, yo mismo le hubiese denunciado.

La madre:

-Si sólo va a la cárcel, cuando salga puede venir a casa. Pero si lo envían al penal, renegaremos de él. Si viniera a casa sería para nosotros una deshonra.

Y, ¿cuál es el sentimiento de uno para el otro durante el proceso?

Ambos están sujetos por una invisible cadena, propia de los galeotes. Pero el más joven no muestra odio ni asco hacia su antiguo amigo y compañero, sólo deseos de romper la cadena y para conseguirlo evita toda relación, mirada o contacto, mientras que, el otro, espía cualquier muestra de simpatía de parte de su joven y amado tirano, mientras éste demuestra cada día más y más que no quiere saber nada de él. Así, en Haarmann, va formándose el poso de amargura y odio contra su compañero de banquillo, tomando cuerpo aquella decisión de llevárselo consigo allí de donde no se vuelve. Pero, aquella decisión, la oculta cuidadosamente, tan cuidadosamente que nadie, excepto Grans, se da cuenta de ello. Haarmann habla siempre de la inclinación que siente hacia su joven amigo y lo denomina continuamente por su nombre propio «Hans», cuando éste nunca pierde la circunspección al referirse a Haarmann, diciendo «el señor Haarmann» o bien «el acusado Haarmann». El más viejo amenaza encubiertamente si bien rogando que vuelva a la antigua amistad y cariño, pero, al comprobar una y otra vez el frío desprecio de Hans Grans, lo acusa con argumentos ya largamente meditados:

«Grans no sólo me traía chicos para que los matara, sino que los aleccionaba para que se burlaran de mí. No sólo calculó bien que en mi furia yo los mataría, sino que me incitaba a ello para conseguir los pantalones o chaqueta que le gustaban. Pero Grans incluso ha asesinado. ¡Y de peor modo que yo! Él y su amigo Wittkowski se pelearon con Adolf Hennies a causa de ciertas historias de mujeres y lo atrajeron a mi habitación en donde lo mataron. Luego lo desnudaron y cuando llegué se rieron de mí señalándome el cadáver diciéndome: “¡Mira, ahí tienes uno de los tuyos!”

»Al ver aquello, lloré e imploré que se lo llevaran, porque no podía ser un acto mío. No tenía ninguna marca de succión en el cuello. Por lo tanto, no podía haberlo hecho yo. Pero, sin atender a mis súplicas, me dejaron el cadáver y yo tuve que descuartizarlo y sacarlo de allí.»

A esta terrible acusación, creída y aceptada por el tribunal, que durante varios días había meditado y sopesado, Haarmann siguió un período de intento de aproximación hacia Grans. Durante aquel período, las muestras de ternura y cariño hacia su antiguo compañero menudearon, si bien éste ya había sido puesto alerta de lo que su compinche intentaba y era que le acompañara en su último tránsito. Aquí, Grans opone sus argumentos que fue desarrollando en los días siguientes, y que pueden resumiese como sigue:

«La acusación es falsa y falta demostrarla. Pero aparte de ello caben otros extremos a examinar.

»Supuesto que supiera efectivamente que la única persona que me mostró algo de lo que podríamos llamar cariño, interés, cobijo, ha realizado lo que se le acusa, ¿debo por ello entregarlo a la cuchilla del Estado? ¿No sería una traición, una bajeza? ¿Si la sociedad, si el Estado están ciegos, si no pueden impedir la miseria, el vicio, el delito, la propia venta de la prostitución, muy al contrario lo fomentan todo, debo ser yo, un joven de veinte años, repudiado, despreciado, el único que vea, el único que diga, el único que denuncie … ?»

Grans iba a la estación, que estaba bajo la vigilancia de tres clases de policía, a cambalachear con las ropas de los asesinados. Llevaba puesto el impermeable del asesinado Hennies, la chaqueta del igualmente suprimido Wittig, los pantalones del sacrificado Hannappel y la camisa del muerto Spieker.

¿Que la policía nada notó? ¿Tampoco sabía nada de lo que allí sucedía? Pues, poco de extraño tiene que un individuo como Grans tampoco se hiciera a sí mismo muchas preguntas. Sus sentimientos hacia Haarmann en aquella época, quizá no eran tan simples como para decir que vivía como un zorro de los restos que el lobo le dejaba. Quizá que el más malo tienda a mostrar inesperadamente un rasgo bueno y nunca se sabe el porqué. Pero, cuando las prostitutas se reunían con Grans para rendirle cuentas, siempre mencionaba con cierto cariño «al viejo», a quien abrazaba cuando se enfurecía, aplacándole inmediatamente y quizá al mismo tiempo hacía un guiño a aquella ramera que siempre estaba con ellos, como diciéndole: ¿Ves cómo le domino?

Cabe decir, pues, que la invisible cadena que los unía no era sólo el vicio del viejo al joven y la depravación de éste hacia aquél, no sólo el cariño de la fiera que va envejeciendo hacia la más joven y no únicamente el agradecimiento de ésta hacia el que le da sus sobras; había también algo de compasión que podría condensarse en una frase:

-Me quiere. ¿Qué haría sin mí?

*****

Los testigos

Fueron aproximadamente doscientos. Compareció aquel mundo compuesto por los chicos vagabundos, los proxenetas, los chulos, las prostitutas y todo lo que con el mismo estaba relacionado. Salidos o escapados de reformatorios, de hogares sin amor o con un exceso de miseria, era un mundo espeluznante y alucinante. Entre ellos, los hay con fantasía todavía infantil, llena de relatos de detectives y novelas baratas de terror, las mentes repletas de hachas goteando sangre, esqueletos escondidos y seres devorando carne humana. Dos de aquellos testigos contaron unos relatos llenos de postes de tortura y tormentos sádicos que con ellos había llevado a cabo Haarmann. Un obrero declara que Grans le invitó a beber vino con él y casi murió a consecuencia de ello, pues Grans «le había echado ciertos polvos en él». Otro, había oído ciertas afirmaciones acerca de unos venenos africanos propios para flechas. Otro afirma haber presenciado escenas pornográficas que mejor es no describir.

En ese grupo cabe relacionar a los petulantes, testigos que nada saben, pero que sienten la necesidad de poder decir «yo también estuve», salir en primera plana, demostrar que tienen un buen criterio y ojo certero, mundología y experiencia, pero que sólo sirven para exagerar y confundir.

Luego vienen los testigos difíciles. Muchachos que en su rostro ya denuncian la estupidez de su mente, obtusos, depravados, escoria humana. Comparado con ellos, Haarmann aparece como un gigante. Sus declaraciones son oscuras, pesadas y los conceptos hay que arrancárselos gota a gota. Generalmente, resulta que no saben nada, incluso ni para qué han venido.

También están allí los miedosos. Gente vulgar, que teme declarar algo comprometedor para sí o para otros, porque esa clase de gente se engaña mutuamente y también se teme mutuamente para el día de mañana. Aun en el momento de declarar, demuestran el mayor respeto hacia el «señor Haarmann», a quien consideran un ser de clase superior porque creen que es un «funcionario». Asimismo comparecen «caballeros» bien vestidos, correctos y precisos, educados, viendo y oyendo a uno, puede decirse que ya se han oído las declaraciones de todos. Son miembros de la «clase seria» de la sociedad, que aparentan repugnar lo loco que en ella hay y, si parece que van a ser comprometidos, inmediatamente entran en juego todos los resortes de la justicia y de la sociedad. Presidentes de esto y de aquello, consejeros municipales, jefes de policía, comisarios, gente toda que contempla la vida desde cómodos sillones sin importarles un ardite la lucha, sacrificio y penalidades de los demás.

Se presenta un caballerete muy fino y bien vestido. Después de hacer una ligera inclinación hacia la tribuna de la prensa, les dice a los periodistas:

-Ruego a los señores que no mencionen mi nombre en sus periódicos, porque, de hacerlo, perjudicarían mi actual situación.

¿Quién es el que así habla y ruega? Pues, un corredor de objetos chapados y plateados.

Comparece otro jovencito, de dudosos modales, dando muestras de sumisión y respeto… en uniforme de recluso. Sufre condena por robo y, dirigiéndose al presidente, le dice:

-Ruego respetuosamente al señor presidente que me dispense de jurar. Soy un convencido partidario de la teoría de Darwin y no creo en Dios y en consecuencia no puedo jurar en nombre de ese señor.

Se produce una conmovedora declaración. La de la «novia» de Grans, Elfriede Zwingmann, una pobre cocinera en el restaurante «Erlanger Bierstube». Tomado el juramento, procura en lo posible disculpar y favorecer a su «zángano». En cada palabra hay latente una petición de clemencia. Se comprende que esta desgraciada, esclava de un apache, nunca ha sospechado nada y para ella Haarmann era un omnipotente funcionario de la policía que cuando necesitaba dinero se iba a la estación y al primer viajero que le venía bien, le detenía preguntándole:

-¿Qué lleva ahí?

Si el interpelado no responde bien claro, confisca la maleta o lo que sea, que para eso es funcionario. Luego vende las ropas que encuentra en la maleta y en paz. De eso vive y por eso tiene siempre dinero. Y cuando su Hans no tiene dinero, ella le entrega los siete marcos de su mísero jornal semanal. Sí, ya sabía que le era infiel, pero siempre era cariñoso y bueno. Y cuando se le prueba que la pegaba, contesta con los ojos bajos:

-Sólo lo hizo una vez. Pero no me hizo daño.

La contrapartida la trae otra de las amantes de Hans: Dora Mrützek. No se comprende bien por qué tiene tanto interés en hundir a su antiguo amante. ¿Por miedo o imposición de su marido? Desde luego, hay que advertir que, de todas aquellas mujeres tan odiadas por Haarmann, era la única que se llevaba bien con el asesino. Su declaración por lo menos así lo demuestra:

-El señor Haarmann besaba a los chicos y vivía como agente de la policía, según decía, de lo que le traían. Si yo tenía algún tropiezo iba a contárselo al señor Haarmann, entonces mi marido tenía celos y me pegaba. Cuando se enteraba de ello, el señor Haarmann, me cogía por el talle y riéndose, me decía: «Dorchen, eres la única que vales. Cualquier día me casaré contigo.»

»Pero, claro, aquello sólo eran bromas del señor Haarmann. Él sólo acariciaba a sus muchachos.» Con respecto a Dorchen, decía Haarmann:

-No pueden ustedes figurarse lo que podía beber Dorchen. Era capaz de tragarse una botella entera de coñac durante el té y… sin notarlo.

*****

Forma de dar muerte

El criminal declaró:

-Nunca tuve el propósito ni la intención de matar a los muchachos, pero ellos siempre volvían, a pesar de mis advertencias de no hacerlo porque quería protegerlos de mí mismo. Sabía que, en cuanto me diera el ataque, sucedería algo. Con lágrimas les imploraba: ¡No me excitéis! Porque cuando me excitaba me abrazaba a ellos, mordiéndoles y succionándoles. Entre los chicos que pululaban por el café «Krüpke» había algunos que siempre venían a mí y con frecuencia nos pasábamos una hora divirtiéndonos.

»Soy difícil de excitar, pero en los últimos tiempos cambié y cada vez lo era más, tanto que tenía miedo de mí mismo y me preguntaba: «Dios mío, ¿a dónde iré a parar?»

»Cuando el muchacho que estaba conmigo descansaba sobre la cama, me echaba sobre él con todo mi peso y le mordía la nuez del cuello y bien pudiera ser que al mismo tiempo lo estrangulara con mis manos. No lo recuerdo, pero sí que cuando volvía en mí tenía que vomitar. Después, me preparaba café. Al muerto lo colocaba sobre el suelo y cubría su rostro con un paño, así parece que no le mira a uno. Luego, haciendo dos incisiones le abría el abdomen y ponía los intestinos en una vasija de noche, introduciendo seguidamente un paño en la cavidad para que empapara la sangre que fluía y así repetía la operación hasta que cesaba de desangrarse. Entonces, con otros tres cortes, descubría las costillas hacia la espalda y tiraba de ellas hasta que se rompían por los hombros. Las cortaba por allí y las dejaba a un lado. Después procedía a sacar el corazón, los pulmones y los riñones, que los cortaba y dejaba en la vasija. Terminado esto, cortaba las piernas y luego los brazos. Arrancaba la carne de los huesos y la metía en la cartera de mano y lo restante lo escondía debajo de la cama o bien en la alacena. Para sacarlo todo, tirándolo por la letrina o bien al río, tenía que hacer cinco o seis viajes. Cortaba el miembro después de haber vaciado el vientre.

»Siempre hice aquellas operaciones horrorizado por mí mismo, pero mi pasión era siempre más fuerte que mi voluntad y horror ante el descuartizamiento. Con un pequeño cuchillo de cocina arrancaba la piel de la cabeza, cortándola luego en pequeños trozos y el cráneo lo envolvía en un trozo de arpillera y varios trapos, para amortiguar el ruido de los golpes que daba sobre él con un hacha para reducirlo a trozos. El cerebro también lo tiraba a la vasija. Los huesos rotos y machacados los echaba al río, frente al palacio, o bien me iba al campo o a las orillas del río, allí donde es pantanoso y los enterraba en el fango. Ahora bien, quizás alguna vez en la precipitación de hacer desaparecer un cadáver, tiré el cráneo entero al río. Las prendas que llevaban los chicos las regalaba, pero la mayor parte se las quedó Grans. Otras las vendí a la señora Engel o bien a la señora Wegehenkel o también las cedía por mediación de otros chicos.

Los médicos dicen:

«Bien pudiera ser que Haarmann hubiese asesinado a los muchachos estrangulándoles o mordiéndoles en la garganta, produciendo con ello una detención del corazón y de los órganos de la respiración. Con una súbita presión de los nervios por encima de la garganta, es fácil dejar inerme a una persona. Este es uno de los golpes preferidos por los luchadores del «jiu-jitsu». También cabe la posibilidad, muy remota, que alguna vez rompiera la cariótida, chupara y tragara la sangre caliente, lo cual explicaría la falta de rastros de sangre, pero es casi seguro que debería estrangular a los chicos mientras dormían, fatigados por los excesos sensuales y es posible que la carne la hubiese vendido para el consumo corriente. Cabe la posibilidad de que una vez acostumbrado a matar, lo hiciera por otros motivos más que por un ataque de pasión sensual, pero ante este interrogante hay que hacer resaltar que no preguntaba el porqué, sino que le llamaban la atención la belleza y juventud de los sacrificados.

Cuando Grans le llevó al joven Wittig, porque deseaba el traje que éste llevaba, parece que Haarmann le dijo que no sentía ganas de hacerlo. Entonces Grans, según declara Haarmann, le dijo:

-Caramba, eso debe ser más fácil de hacerlo con uno a quien no se quiere.

A lo que le contestó Haarmann:

-Pues te equivocas. El placer está en hacerlo con quien se ama.

Pero, quizá no representaba comedia alguna cuando exclamó:

-Hay días en que cualquier vagabundo me induciría a hacer cualquier barbaridad -y con frecuencia después de matar, exclamaba: « ¡Que me lleven a un asilo! » Pero, ¡no entre locos! ¡Eso no! Si Grans me hubiese querido de veras, él me hubiese podido salvar. Créanme, estoy sano, sólo que… algunos días tengo mis cosas. Pueden estar seguros que no es ningún placer el matar a un ser humano. Que me decapiten. Será sólo un instante y luego tendré descanso.

*****

Veintidós asesinatos entre treinta casos

  • Friedel Rothe.

Nació el 17 de julio de 1991; desapareció el 25 de septiembre de 1918.

Era en 1918, aquella triste época para Alemania, cuando la gente nada tenía que llevarse a la boca. El hostelero y propietario Oswald Rothe está en el frente y su buena y amante esposa no puede sujetar a su hijo Friedel. Éste debe pasar el examen del bachillerato, pero, en lugar de estudiar, gandulea por ahí, fuma y se une a toda clase de gente de dudosa procedencia. Para procurarse dinero, vende las ropas de su padre. Cierto sábado se marchó de casa y alguien le vio buscando hayucos en el bosque, pero hasta dos días más tarde la angustiada madre no recibió una postal que decía:

«Querida madre: Hace dos días que me marché. Pero no regresaré a casa hasta que seas buena conmigo. Tu hijo que te quiere, Fritz.»

Aquel día regresó su padre, y ambos, marido y mujer, se lanzaron inmediatamente en su busca. Pero su hijo, su único hijo continuó sin aparecer; de sus amigos pudieron ir consiguiendo datos. Por ejemplo, de aquel muchacho, Paul Montag, de catorce años, de familia judía, muy guapo, con ojos grises. También tenían algo que contar Hellmut Göde y Hans Bohne. Todos declararon que en el café habían trabado amistad con un caballero muy «distinguido», funcionario de la policía, que los había obsequiado, acompañado al bosque y… acariciado. Friedel, en particular, había trabado más íntima amistad con él porque les había contado que había estado en su domicilio en donde « … se habían divertido mucho y habían fumado». En otra ocasión, le dijo:

-Ayer estuve de nuevo en su casa, pero no quiso abrirme. Seguramente debía estar acostado con alguna mujer porque me gritó a través de la puerta: ¡No puedo abrir! ¡Tengo visita de señoras!

Como que la policía no daba solución alguna, ambos amigos, Göde y Bohne, decidieron actuar por su cuenta, consiguiendo localizar la habitación de Haarmann. Renovaron los padres del muchacho desaparecido sus reclamaciones ante la policía y, por fin, fue encargado el agente Brauns de la Brigada Criminal del asunto. Este funcionario visitó a aquel «distinguido caballero» durante la noche, encontrándole acostado y desnudo con otro muchacho, precisamente un compañero de escuela del desaparecido Friedel. Obligó a ambos a vestirse y esposados se los llevó a la comisaría y en el subsiguiente juicio, Haarmann fue condenado a nueve meses de cárcel por corrupción de menores, pero nada se demostró concerniente al desaparecido, si bien el agente no llevó a cabo un detenido registro de la habitación. Cuando más tarde fue preguntado sobre qué fue lo que le impidió hacerlo, contestó con voz firme y segura, sacando el pecho arrogantemente:

-Porque ninguna orden para ello me dieron.

Cinco años más tarde, cuando aquella gran epidemia de desapariciones obligó a la policía a emplearse a fondo y Haarmann fue detenido, en el curso de los interrogatorios y refiriéndose a este caso, observó el criminal:

-Cuando aquel agente nos detuvo a ambos, tenía la cabeza del chico envuelta en periódicos y escondida detrás del fogón de la cocina. Luego la enterré en un rincón del cementerio de Stücken.

*****

  • Fritz Franke, el berlinés.

Nacido el 31 de octubre de 1906, desapareció el 12 de febrero de 1923.

Entre el caso anterior y el presente habían transcurrido cinco años, en los que, según asegura Haarmann, a nadie mató. El asesinato del colegial «Koch 1» -Haarmann debió matar a tres muchachos de este apellido- no apareció en la lista de la acusación.

En la sección de la Brigada Criminal en la Waterlooplatz, comparecen dos chicas de vida disoluta que viven en la Altstadt. Son Elli Schulz, un ser más bien gordinflón y sonrosado, y la ya mencionada Dorchen Mrützek. Cuentan una historia muy confusa y presentan dos trozos de carne, preguntando si se puede saber si son de ser humano. Dorchen, más sosegada, explica por fin detalladamente lo que ocurre:

-Hace unos días, ésta y yo conocimos a un joven muy guapo en casa del señor Haarmann, el que vive en la Neuen Strasse. El chico venía de Berlín y tocaba muy bien el piano. Estábamos, como digo, en casa del señor Haarmann. También estaba un tal señor Hans Grans. De pronto el señor Haarman nos dice: «Hala, marchaos, que he de recibir al señor comisario Olfermann con quien tengo que hablar de cosas importantes.» Entonces todos, quiero decir el Grans, la Elli y yo, con el chico de Berlín, nos fuimos al café de «Schützenheim» y allí el de Berlín tocó varias piezas al piano, mientras la Elli y yo bailábamos con Grans. Cuando más tarde nos íbamos a casa y el joven de Berlín marchó en dirección al domicilio de Haarmann, en donde pasaría la noche, el señor Grans le dijo a la Elli al oído:

»-Tú, a ése, hoy le pisotearán.

»Más tarde recordamos esa frase. A la mañana siguiente, fui a la habitación de Haarmann para proceder como de costumbre a su limpieza, y veo al joven aquel tendido en la cama, al parecer, desnudo y medio cubierto con la sábana, presentando un aspecto tan pálido que me asustó, tanto que le pregunté a Haarmann:

»-¿Qué le pasa a ése?

»A lo que me contestó con un susurro, mientras lo cubría:

»-Pst. Cállate, que está durmiendo. Anda, sal y vuelve por la tarde.

»Así lo hice, pero al encontrarme con Elli no pude por menos que decirla que aquello que había visto no me lo quitaba de la cabeza. Por la tarde voy de nuevo a la habitación de Haarmann y éste no me abre, contentándose con gritarme a media voz desde el otro lado de la puerta, que ahora está muy ocupado y que vuelva a las siete. Cuando a aquella hora llego, encuentro todas las ventanas abiertas de par en par y que la habitación ya ha sido limpiada. Haarmann está allí en mangas de camisa y a mi parecer muy excitado y desde luego, sudando. Al cabo de un momento, me pregunta ansiosamente:

»-Dime, Dorchen, ¿huele mal aquí?

»Antes de que pueda contestarle veo las prendas del chico aquel sobre la cama y no puedo por menos que preguntarle a mi vez:

»-Pero… ¿Dónde está el chico? El de Berlín.

»A lo que Haarmann me contesta sin titubear:

»-Pues se ha largado a Hamburgo. Parece que tenía alguna cuenta pendiente con la justicia y quería otra ropa. Se la he cambiado y encima todavía le he dado algún dinero. Creo que he hecho un mal negocio, pero… ¿qué le vamos a hacer?

»Entonces llegaron la Elli el Grans. Elli no acababa de comprender la súbita marcha del berlinés y continuamente preguntaba cómo había sido aquello. Dos días más tarde Elli y yo limpiamos la habitación de Haarmann y, en aquel momento, le llamaron los Wegehenkel. Aprovechamos aquella ocasión y registramos todos los cajones. En el cajón de la mesa estaba la boquilla y la cartera del chico de Berlín. Abrimos el armario que hay debajo del arco de la escalera y allí encontramos un delantal ensangrentado y un pote lleno de carne. El recipiente pertenece a la señora Wegenhenkel. Debe tener una cabida de unos cinco kilos y de él cogimos dos trozos de carne con pelo. Aquí están.

Y pusieron aquellos dos trozos sobre la mesa del comisario. Éste era Müller, que estaba siempre en contacto con Haarmann por relación con su trabajo de confidente y chivato. El comisario Müller escuchó la historia con escepticismo, pero para alejar toda duda las acompañó al médico forense Alex Schackwitz. Éste se contentó con oler la carne, sin examinarla con el microscopio y devolvérsela diciendo:

-Desde luego hoy no huelo bien, porque tengo un catarro de primera. Pero hasta un ciego puede ver que esto es carne de cerdo. De la parte que luego se hace el chicharrón.

No obstante, Müller ordenó que registraran la habitación de Haarmann, pero ya no encontraron nada comprometedor.

Pero, ¿qué había sucedido realmente? Pues que el hijo del hostelero Franke, establecido en la Markgrafenstrasse de Berlín, de dieciocho años de edad, que era un vago lleno de fantasías acerca de las aventuras, junto con su amigo de dieciséis años llamado Paul Schmidt, habían robado ciertas cosas en sus respectivos domicilios, vendiéndolas luego en la estación de la calle Friedrichstrasse. Con su producto ambos pilletes habían tomado el tren para Hannover y allí habían caído en manos de Haarmann cuando revisaba las salas de espera hacia las seis de la mañana. Al que no le agradó tanto, lo hospedó en la pensión «Herberge zur Heimat», dándole además algún dinero, y al otro se lo había llevado a casa. Cuando el joven Schmidt llegó por la noche de nuevo a casa de Haarmann, éste le aseguró que su amigo se había marchado a Hamburgo. Las prendas del asesinado Franke, Haarmann se las regaló a Grans y las dos prostitutas habían entrevisto la realidad. Haarmann declaró que Grans lo había sorprendido con el cadáver todavía en la cama y, mirándole horrorizado y demudado, le preguntó a Haarmann:

-¿A… qué hora he de volver?

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  • Roland Huch.

Nacido el 7 de agosto de 1907; desapareció el 23 de mayo de 1923.

El alumno del instituto de segunda enseñanza Roland Huch, único hijo del matrimonio propietario de la farmacia sita en la Arnswaldstrasse 32, de quince años y medio de edad, de cabello castaño, alto, fuerte y desarrollado, a pesar de haber sufrido hacía poco tiempo una pleuresía, animoso y con ávidos deseos de correr aventuras, tenía un gran anhelo… enrolarse en la marina. Cierta noche en que sus padres asistían a un concierto, puso unas cuantas prendas en una pequeña maleta, tomó algún dinero y llamó a su íntimo amigo Alwin Richter, encargándole que dijera a sus padres que marchaba de viaje. Cuando los padres se enteraron, corrieron a la estación y al no encontrarlo pidieron ayuda a la policía allí estacionada, pero el comisario jefe, von Lonski, se los quitó de encima con un gesto de malhumor, exclamando:

-¡No voy a dar una alarma general porque su chico ha querido fugarse de casa!

Este caso corresponde a una conocida familia y el tribunal se ve obligado a permitir que la policía sea interrogada y en el curso de la sesión se demuestra que, no sólo no se dio la alarma general, sino que no se permitió a aquel desgraciado padre llamar a la policía del ferrocarril en las estaciones de Bremen y Hamburgo. Rogó que le acompañara un agente para ayudarle a buscarlo por la Altstadt, pero también le fue negado aquel auxilio, porque aquello no era de la incumbencia de aquella sección. Ni el corriente aviso de desaparición se cursó aquella vez.

Haarmann vendió las prendas por mediación de los Wegehenkel a una tal señora Borman, quien a su vez las revendió al conserje de la piscina pública y éste las presentó al juez de instrucción un año más tarde. Los botones todavía llevaban el nombre del sastre Bruggemann, confeccionista de las prendas. Aquello era lo que quedaba del joven Roland que impaciente por recorrer la selva del mundo fue a para a los colmillos de un lobo.

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  • Hans Sonnenfeld.

Nacido el 1 de junio de 1904. Desapareció a finales de mayo de 1923.

Desde finales del mes de mayo de 1923 se señalaba la desaparición del muchacho Hans, de veinte años de edad, único hijo del comerciante Johann Sonnenfeld, de Hannover. Había trabajado en la fábrica de Sichel, en el Limmer, luego frecuentó la compañía de individuos poco recomendables y por último contrajo una enfermedad venérea. Aquello originó en su casa una discusión en extremo desagradable y, para impedirle que saliera por las noches, le quitaron la llave que tenía de la puerta. Encolerizado, abandonó el hogar y no regresó. Alguna vez se encontraba con su amiga de la infancia Grete y en la última conversación le dijo:

-Tengo un buen amigo de quien soy su novia.

Todas las investigaciones que llevaron a cabo sus padres fueron infructuosas. Pero, un año más tarde, cuando los asesinatos de Haarmann ya eran del dominio público, un ocasional compañero del desaparecido -perteneciente a aquel mundo encanallado- fue a ver a los padres, diciéndoles:

-La última vez que vi a Hans fue con Heinz Mohr. Habían enviado a Berlín un tapiz robado.

Bien, pero ¿quién era aquel Heinz Mohr? De aquel hato de hampones y vagabundos, fugitivos de reformatorios, invertidos y demás canalla, destaca al individuo, una de las figuras sobresalientes del presente drama. Heinz Mohr, alto y flaco, que recuerda a un poste, atravesado, mezquino y abúlico, complicado y quebradizo, pero indudablemente con cierto refinamiento y cultura, está rojo de vergüenza hasta las orejas porque ha de confesar que él ha sido la «abandonada amada» del desaparecido, con el que había realizado algún timo e incluso alguna… estafa y que, al regreso de un viaje, Hans había desaparecido. Pero algunas semanas más tarde, había visto a Haarmann llevando el abrigo de su «amado». Entonces, toda una serie de testigos, entre ellos Grans, las dos prostitutas, la bella Dorchen y la simpática Elli, como también las encubridoras Engel y Wegehenkel hasta incluso aquel tan distinguido caballero, un día amigo y socio del acusado, el honorable señor Olfermann, juran al unísono que:

-Haarmann, quien antes de la desaparición de Sonnenfeld usaba un abrigo negro, después de haber desaparecido aquél, se le veía siempre con uno amarillento con ligeras rayas y grueso forro.

Pero, es curioso, que Haarmann que por lo corriente confiesa todos los asesinatos niega éste una y otra vez, si bien cada vez se contradice más y más. Comenzó por decir que el abrigo lo había comprado a Sonnenfeld -que era conocido en todo el barrio de la «isla»-; luego negó que hubiese tenido un abrigo como aquél. Lo extraño es que la corbata que el desaparecido recibió en cierta ocasión de su club de gimnasia, aquel pañuelo bordado por la madre y la bufanda, fueron prendas que se hallaron en poder de Grans, de la Wegehenkel y de la Engel.

Se tuvo la impresión de que todo aquel grupo de gente que, por lo menos aparentemente, se apiñaba alrededor de Haarmann, sabía algo de la desaparición del joven Sonnenfeld. Pero la prenda principal es aquel abrigo, con el cual ninguno de ellos quiere abrigarse. Pero aquel enredo amenaza en complicarse más todavía, porque de pronto Grans declara que aquel abrigo él lo vendió por veinte marcos a un tal Grevorwilli.

Comparece Grevorwilli, un «caballero» moreno, y confirma la declaración de Grans, pero declara también que aquel abrigo estaba tan usado y destrozado que se lo dio a su esposa para que hiciera trapos para la limpieza. En lugar de ordenar un inmediato registro en casa del «caballero» Grevorwilli, se ordena la comparecencia de la esposa de éste, quien, bajo juramento, declara que de aquel abrigo ya no queda nada. Sin embargo, entre las ropas incautadas a aquella arpía de la Engel, está también un abrigo como el que se describe. Está encima de la mesa ante el tribunal. Pero…, ¿lo es o no? La madeja se enreda cada vez más en declaraciones, órdenes, discursos, protestas y contraprotestas, hasta que el acusado Grans, con voz meliflua, sugiere:

-¿Y si se hiciera venir al sastre, que según declaran los padres de Sonnenfeld, hizo el abrigo?

¡Gran idea! Cinco minutos más tarde comparece el sastre, quien determina sin dudar un instante que el abrigo que hay sobre aquella mesa es el que él hizo para el joven Sonnenfeld. Entonces, ¿qué hay de aquel abrigo que Haarmann, por mediación de Grans, vendió a Gravorwilli y que la esposa de éste afirma haberlo cortado y despedazado para hacer trapos de limpieza? Si la posteridad no lo sabe, debe de agradecerlo a que los señores jueces del tribunal al parecer desconocían las más sencillas reglas de la psicología criminal. Un testigo ha reconocido un tejido y nombra a otro que confirmará su afirmación. Se toma el primer testigo y lo llevan a casa en coche, para traer en el mismo viaje al segundo testigo, cuya declaración carecerá ya de importancia. Cuando hay que reconocer un objeto cualquiera, por ejemplo, un trozo de tela, no debe presentarse mezclado con otros, preguntándole al testigo:

-¿Cuál es?

Sino que la pregunta debe ser:

-¿Es éste?

Gracias a este fallo, el caso resultó tan complicado que no pudo esclarecerse y quedó la duda de que aquel asesinato quizá no fue obra de Haarmann.

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  • Ernst Ehrenberg.

Nacido el 30 de septiembre de 1909; desapareció el 25 de junio de 1923.

El pequeño Ernst Ehrenberg, de trece años de edad, era hijo de un zapatero remendón, vecino de Haarmann. Cierta mañana del mes de junio, fue enviado a casa de un cliente para entregar un par de zapatos reparados. Efectivamente, entregó los zapatos, pero no regresó a su casa. Cuatro días más tarde comenzaban las vacaciones escolares y, en aquellos días, una sección del «Christliehen Verein Junger Mánner» (Asociación de jóvenes cristianos) emprendía un viaje de vacaciones, en el cual Ernst y sus dos hermanos Hans y Walter iban a tomar parte. Cuando Hans y Walter acompañados del más pequeño de todos, Kurt, quien iba a ocupar la plaza de Ernst, llegan a la puerta de la asociación encuentran allí sentado a su hermano Ernst que les está esperando. Al verles, les dice:

-Estuve en casa de la tía Wiesinger, en Meinersen, y traigo ahí un poco de leña para mamá.

-Pues mamá te está buscando y pronto estará aquí -le contestan sus hermanos.

-¡Ah, entonces me voy! -exclama asustado.

El más pequeño de los hermanos le acompaña todavía un trozo hacia la estación rogándole que no se marche, pero viendo que nada consigue, vuelve corriendo a casa. Su madre va inmediatamente a la estación pero ya no le encuentra y hasta un año más tarde no se sabe nada más de él. Y se averigua gracias a su gorra. Algunos niños estaban jugando cerca de la entrada del domicilio de Haarmann y éste al pasar les dice:

-¿Quién quiere una gorra? Se la he quitado a unos pilletes que jugaban con una pelota y se burlaban de mí.

El pequeño Willi Liebtreu, que está empleado en una lechería recibe la gorra del «señor funcionario de la policía» conocido de todo el barrio. Cuando fueron descubiertos sus crímenes, compareció Willi Liebtreu en la comisaría de la policía con aquella gorra de color verde en la mano y seguidamente se encuentran en casa de Haarmann los tirantes del muchacho, habían sido hechos por su padre. ¿Qué había sucedido? Probablemente el chico Ehrenberg debió perder o gastarse el dinero que cobró por el par de zapatos reparados y no se atrevió a regresar a casa por miedo a la escandalera, y se marchó a casa de su tía en Meinersen. Pero el día de la excursión regresó, aguardando a sus tres hermanos ante la puerta de la «Christliche Verseinshaus». Al saber que su madre le buscaba, de nuevo se apoderó de él el miedo y corrió hacia la estación, quizás con la idea de regresar de nuevo junto a su tía. Pero en la estación cayó en brazos de Haarmann, quien se lo llevó a su habitación en donde le mató.

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  • Heinrich Struss.

Natural de Egestorf. Nacido el 23 de julio de 1905; desapareció el 24 de agosto de 1923.

Heinrich Struss, de dieciocho años, era el hijo de un carpintero de Egestorf y estaba empleado como meritorio en una casa de seguros en Hannover. Vivía con su tía Schaper en la vecina localidad de Leinhausen y cada mañana marchaba en tren a su lugar de trabajo, regresando a las seis de la tarde, hasta que cierto día no volvió. Su tía avisó al padre inmediatamente por teléfono y, aquél, al día siguiente, fue a Hannover a las oficinas donde trabajaba su hijo, en donde le dijeron que desde hacía días no se presentaba. Se supuso que se había unido a gente indeseable o bien que se había alistado en la Legión.

La policía no encontró ni rastro de él, sólo la vaga noticia que le habían visto en un cine con una chica. Hasta que al cabo de un año los desolados padres encuentran, entre las prendas depositadas en la jefatura de la policía, las polainas con borde marrón que su madre le había hecho de ganchillo, la corbata e incluso el llavero con las llaves de su baúl, de su armario y del viejo estuche con el violín.

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  • Paul Bronischewski de Bochum.

Nacido el 14 de agosto 1906; desaparecido el 24 de septiembre de 1923.

La señora Richter de Bochum, una mujer pálida, de aspecto enfermizo y fatigado se presenta a la policía denunciando que su hijo Paul, hijo de su primer matrimonio, ha desaparecido. Explica que tiene diecisiete años y es de buenas costumbres, aprendiz de tornero. El día de su cumpleaños fue a visitar a su tío, el antiguo piloto Schwartz que vive en Havel, en la región de Magdeburg. El 24 de septiembre salió de regreso a Bochum por Wulkau, Schonhausen y Hannover, pero jamás llegó a casa de su madre. Cuando un año más tarde se esparció la noticia de los asesinatos de Haarmann, la madre y el tío del muchacho desaparecido fueron a Hannover para ver si, entre las prendas recogidas, encontraban las de su hijo y sobrino. Efectivamente, allí estaba su mochila, su pantalón, su chaqueta y en ella el pañuelo que su madre le había bordado. Seguramente que, al apearse para el cambio de tren en Hannover, fue abordado por Haarmann y bajo la promesa de alojamiento y trabajo se lo llevó a su cubil, en donde lo asesinó.

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  • Wilhelm Erdner de Gehrden.

Nacido el 4 de febrero de 1907, desapareció el 12 de octubre de 1923.

El hijo del cerrajero Wilhelm Erdner en Gehrden, de dieciséis años de edad, iba cada mañana en bicicleta a la fábrica en donde trabajaba como aprendiz; pero, cierto sábado, no regresó a casa de sus padres. A la mañana siguiente, su padre va a ver a varios compañeros de trabajo por si saben algo de su hijo; ninguno le sabe dar razón. Pero, al día siguiente, lunes, un tal Lunghis, de veinte años de edad, manco de ambos brazos, le dice al cerrajero Erdner:

«Señor Erdner, sé dónde se halla su hijo. Fue detenido por el policía de la sección criminal Honnerbock. Este policía es cliente de la cervecería «Eisbeinecke» junto a la Goethebrucke. Allí trabamos amistad con ese Honnerbock, con quien siempre va Wilhelm. Ayer tropecé con Honnerbock y le pregunté si sabía qué se había hecho de Wilhelm y me contestó: “¿Wilhelm … ? ¡Ah, sí, hombre! Pues mira, le detuve en la esquina de la calle Schillerstrasse y lo entregué en la jefatura. Parece que se metió en algún lío”.»

En consecuencia, los padres van inmediatamente a la jefatura preguntando por su hijo, pero allí no saben de qué les hablan ni conocen a un funcionario llamado «Honnerbock». Algunos días más tarde, Lunghis se tropieza de nuevo con el «agente Honnerbock», y sabedor de que la gestión de los padres en la jefatura ha sido infructuosa, aprovecha la ocasión, preguntándole de nuevo acerca del desaparecido Wilhelm. «Honnerbock» le contesta:

-Es largo de contar y ahora estoy de servicio. Pero ven a la «Eisbeinecke» hacia las siete y hablaremos sobre ello.

Como es de suponer, el «agente» no fue al lugar convenido y el joven Erdner continuó sin aparecer. Hasta el mes de septiembre del siguiente año no se consiguió ni el menor rastro de su paradero. Un comerciante de bicicletas llamado Rauper con quien Olfermann y Haarmann ya habían trabajado, cuando actuaban de detectives, había comprado a mediados del último mes de octubre una bicicleta por mediación de Haarmann y en la forma siguiente:

« … el 20 de octubre de 1923 compareció Haarmann en la tienda diciéndome que en la calle tenía a un muchacho conocido, que estaba en cierto aprieto y necesitaba dinero y para conseguirlo estaba dispuesto a vender su bicicleta…

-Vamos, hágame el favor de comprársela y… no sea tacaño…»

El comerciante se dejó convencer y compró la vieja bicicleta, que era de un modelo anticuado, de color azul oscuro, sin luces. El chico que decía estar en un apuro de dinero era Hans Grans. El comerciante cambió algo en la bicicleta, la vendió de nuevo, pero, por casualidad, le quedó el freno de mano que era de aluminio con refuerzos de bronce. Cuando salió a la luz el asunto de Haarmann recordó aquella compra y entregó a la policía el freno mencionado. Era de la bicicleta del desgraciado Erdner y entre las ropas allí reunidas, también se halló su pantalón, que Haarmann había regalado a la señora Stille, la hija de los Wegehenkel.

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  • Hermann Wolf

Nacido el 9 de junio de 1908; desapareció el 25 de octubre de 1923.

El hijo del cerrajero Christoph Wolf, de la Kleine Wallstrasse, algo descuidado de ropa, sin trabajo, mal alimentado, acude con su hermano a la oficina de colocaciones y luego ambos deambulan sin objetivo durante un rato por la estación. De pronto el menor le dice a su hermano:

-Karl, aguarda un momento. He de ir al retrete.

El hermano mayor aguarda, pero Hermann, su hermano menor no regresa. Hasta cinco días más tarde, su padre no se decide a presentar la denuncia, explicando al mismo tiempo que su hijo le había dicho:

-He hablado con un agente de la brigada criminal en la estación, porque dando vueltas por allí oí algo interesante. Dice que tengo que ir con él a la jefatura para recibir una recomendación.

Ocho meses más tarde la madre del desaparecido reconoce entre cuatrocientas prendas y objetos, las ropas que vestía su hijo, y por una determinada hebilla pudo atestiguar que se trata de un chaleco de su marido que había arreglado para que lo llevara él.

De nuevo fueron los Wegehenkel quienes tuvieron que entregar las ropas que atestiguaban el delito. Esta vez, el escándalo es mayúsculo porque ambos padres maldicen al acusado y a la policía, sin que les detengan las admoniciones del tribunal y quizás por esta razón Haarmann niega rotundamente y enérgicamente que él haya sido el asesino en este caso. Explica que el 24 de octubre es su cumpleaños y recuerda bien aquél porque se emborrachó por las cervecerías y el alcohol le quita los impulsos sexuales y prueba de ello es que sus crímenes siempre los llevó a cabo estando sereno y replica a los padres:

-¡Qué va! ¡A un chico tan feo como el que me mostráis en esa fotografías nunca lo hubiese tomados ¡Tengo demasiado buen gusto! Además… ¿Decís que iba sin camisa? ¿Y las perneras del pantalón sujetas a los tobillos mediante un cordel? Vergüenza os hubiese tenido que dar el dejarlo ir por ahí tan andrajoso. Pingajos de ropa como esos que mostráis los hay en todas partes a montones. Con que no os hagáis ilusiones. A vuestro chico ni le hubiese permitido que se me acercara.

Este caso fue resuelto con una absolución.

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  • Heinz Brinkmann, de Clausthal.

Nacido el 20 de octubre de 1910; desapareció el 27 de octubre de 1923.

Heinz, de trece años de edad, hijo de la viuda Frieda Brinkmann en el Clausthal am Harz, quería visitar en un día de vacaciones en la escuela a su hermano Richard que sirve en un regimiento de fusilemos, alojado en el cuartel «Bultkaserne» en Hannover y desde allí irá a pasar un par de días con su tía Emma, en Uelzen. Su madre le acompaña durante una parte del camino que tiene que recorrer hasta la estación, en donde tomará el tren de las 13,59 para llegar a Hannover a las 18,30. Cuando pasados unos días no regresa, presenta la correspondiente denuncia a la policía, pero no se contenta con aquello de:

-Si sabemos algo, ya se lo comunicaremos.

Sino que contrata los servicios de una agencia de detectives. Ésta llega a determinar sin lugar a dudas que el chico no alcanzó el tren de las 13,59 y en consecuencia, tomó otro que saliendo de la estación de Lautenthal a las 17 horas llega a las once de la noche a Hannover. Desde aquel momento ha desaparecido. Pero, algunos meses más tarde, aquella agencia consigue más información de un individuo llamado Hermann Otto, funcionario del «Servicio de Protección a la Juventud», de Bremerhaven, que relata lo siguiente:

« … cierta noche del mes de octubre de 1923, entre las 11 y las 12 horas, observé algo en la estación de Hannover que me llamó la atención y que recuerdo perfectamente. En una de las salas de espera había un muchacho alto, guapo, vestido con un traje gris, con una mochila vacía en una mano y el sombrero en la otra. Un individuo bien vestido, corpulento le hablaba con insistencia. Al citado individuo ya le había visto con frecuencia en las salas de espera de la estación, con ocasión de mis viajes y cambios de tren que tenía que hacer allí. Teniendo presente que sin billete de tren, nadie puede entrar en las salas de espera, aquello me llamó la atención y dirigiéndome a un empleado y mostrándole mi credencial, le pregunté quién era aquel caballero. El empleado me contestó que era un funcionario de la policía de la brigada criminal que con frecuencia pasaba «revista» a los posibles jóvenes delincuentes que se hubiesen podido infiltrar en las salas.»

Aquel «funcionario» era Haarmann.

Ocho meses más tarde, cuando se descubrieron los asesinatos y con las prendas de las víctimas se organizó aquella macabra exposición, la madre y la tía fueron a Hannover, y en dicha exposición hallaron el traje gris, la mochila y la ropa interior del muchacho. Más tarde ante el tribunal, declaró aquella madre:

« … reconocí inmediatamente la ropa de mi hijo. En particular el pantalón, que todavía mostraba los restos de una mancha de tinta que yo no había podido hacer desaparecer … »

Aquel pantalón procedía también del gran depósito que tenía en su poder madame Wegehenkel. Su propio hijo Rudi lo llevaba, pero cuando la cosa comenzó a ponerse seria, se lo regaló al hijo de un litógrafo conocido y éste fue quien lo presentó a la policía, explicando su procedencia.

El asesinado Brinkmann había llegado demasiado tarde para poder visitar aquel día a su hermano y se quedó en la estación donde al hacer su acostumbrada visita nocturna, lo encontró Haarmann y ofreciéndole alojamiento para aquella noche, lo llevó a su habitación matándole allí.

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  • Adolf Hannapel, de Düsseldorf.

Nacido el 28 de abril de 1908; desapareció el día de San Martín, en 1923.

De su hijo Adolf, de dieciséis años de edad, el matrimonio Hannapel, gente honrada y seria, recibe un paquete conteniendo flores, un pastel y embutidos, que les envía en ocasión del día de San Martín. Adolf, que era un muchacho muy querido por sus jefes y compañeros, estaba de aprendiz de carpintero en una casa de Düsseldorf, pero enfermó de tuberculosis intestinal. Dado de alta del hospital, fue enviado al sanatorio de Wadersloh, pero en el mes de septiembre, cuando allí también fue dado de alta, los padres le aconsejaron que escogiera otro oficio más descansado y, si era posible, que fuera en el campo. Aquella fue la razón que le hizo entrar al servicio de la granja de Rudolf Dehne, persona algo adusta y áspera, situada en Liesborn, próximo a Lippstadt. Pero la propiedad y el ganado eran de la viuda Surmann y ésta cierto día le dijo a su arrendatario:

-El chico Hannapel es una buena persona, no cabe duda. Pero posee una pistola y esto sólo lo tienen los que son comunistas.

A lo que replicó Dehne:

-No hay que hacerle mucho caso. Es muy joven. Ya sentará la cabeza.

Pero la viuda no quería comprenderlo y, en consecuencia, después de una amistosa conversación, Adolf decidió marcharse a Hannover, donde le habían prometido una plaza de meritorio, y si aquello no le convenía, podía ir a casa de su tío, que vivía en Hamburgo. El 10 de noviembre, vendió Adolf la pistola y tomando el tren en Bennighausen marchó a Hannover y ya nada más supieron de él. Aquel paquete «para el día de San Martín», enviado a sus padres, fue su saludo póstumo.

Mas, cuando se publicó el aviso de su desaparición y subsiguientes detalles, varias personas acudieron a denunciar que lo habían visto en una de las salas de espera de tercera clase en la estación de Hannover. Se comprende que el que había visto a aquel muchacho grande, fuerte, desarrollado y tostado por el sol, cosa poco frecuente entonces, lo recordara. Concordaban las declaraciones de que había estado sentado en una esquina de la sala con su maleta de madera y algo que siempre llama la atención… un gran nivel de agua, propio de los albañiles o carpinteros, y pantalones nuevos.

Posteriormente, algunos testigos declararon haber visto que Haarmann abordó a Hannapel. Otros afirmaron haber visto al muchacho ayudado por Grans a llevar la pesada maleta hasta la consigna y otros afirmaron haber visto cómo Hannapel, acompañado por Haarmann y Grans, salía de la estación a la calle en dirección al café «Kropke». Pero luego desaparecía toda pista.

En el mes de julio del siguiente año salieron de nuevo a la luz sus ropas, sus botas de becerro con cordones, sus tirantes, su suéter e incluso… el nivel. Todo en el seno de la familia Engel y su parentela. Un policía de la brigada criminal lucía el sombrero del asesinado (un presente del «colega» Haarmann) y Hans Grans, aquel magnífico y elegante pantalón.

Todos habían estado en la cocina de la Engel, en donde adquirieron barato alguna de aquellas prendas, cuando no las recibieron como regalo. El caso era sencillo y más teniendo presente que Haarmann lo admitía.

Pero se convirtió en el más complicado de todos, porque había algunos testigos que afirmaban haber visto a Grans cómo llamaba la atención de Haarmann hacia el muchacho asesinado, y luego cómo los presentaba mutuamente. Aquella ocasión la aprovechó Haarmann, para comprometer y perder a su antiguo «amado».

Grans, según declaró Haarmann, le había sugerido, le había insistido, le… había obligado a matar al muchacho, porque quería aquel pantalón y lo que hubiese en la maleta. A él personalmente, aquel chico nada le decía, por cuanto las prendas nunca habían sido su flaco. Pero Grans no cesaba con sus peticiones, sugerencias, insinuaciones e incluso amenazas, hasta que, por fin, accedió a sus deseos. Y ahora se presenta el principal testigo de cargo contra Grans. Es el peluquero de la cárcel de Hannover, un sobresaliente tipo de hipócrita entre aquella colección de granujas que desfilaron en este proceso. Un ser liso y escurridizo, que evoca a una serpiente o a una anguila, de alcahuete y encubridor, engañador bajo su elegante soltura; inválido de guerra, comparece apoyado en un bastón y declara con tono ampuloso que quiere parecer henchido de moral, a pesar de su larga lista de condenas, sus «propias» observaciones de lo ocurrido en la estación. Indudablemente ha leído atentamente la prensa y sabe el esclavo sexual que Haarmann es de Grans y su fantasía y presunción de aparecer en los «papeles» le hace recitar un complejo relato acerca de cómo Wittkowski hace señas a Grans y a Haarmann de que hay una posible «captura». Explica de cómo procedían Wittkowski y Grans para proporcionarle muchachos de su agrado a Haarmann, comentando luego las riquezas que él había poseído, los grandes negocios que había emprendido, terminando con una grandilocuente perorata:

« … porque, señores, un caballero alemán, que ha vivido nuestra heroica época y que en la pasada contienda vertió su sangre por la patria, no miente … »

Parece evidente que ayudar en el acto del asesinato no lo hizo Grans, como es dudoso aquello de que se encargara de «proporcionar víctimas», pero no cabe duda que su declaración perjudicó mucho a Grans, porque entre las declaraciones de Haarmann y las aseveraciones de Grans hubo grandes diferencias y contradicciones. Además quedó demostrado que fue Grans, inmediatamente después del asesinato, quien recogió la maleta de la víctima en la consigna de la estación, apropiándose de la mayor parte de su contenido.

Los apenados padres, antes de retirarse de la sala de la audiencia, piden que se les entreguen algunos trozos de las prendas que llevaba su hijo para guardarlos como recuerdo. Y la madre, entre sollozos, exclama:

“…en cuanto al pantalón, puede quedárselo Grans. Estará muy elegante con él … »

Grans fue condenado por este delito a la pena de muerte.

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  • Adolf Hennies.

Nacido el 10 de noviembre de 1904; desapareció el 6 de diciembre de 1923.

De él quedó sólo su abrigo, que, cuando nuevo, lucía botones amarillos de cuerno. Éstos fueron sustituidos por una mano poco práctica por otros de cuero. El abrigo fue hallado en la habitación que conjuntamente tenían Hans Grans y Hugo Wittkowski en la calle Burgstrasse. Con las demás prendas del atestado, fue expuesto en aquella sala de la jefatura de policía y varios testigos lo fueron reconociendo como perteneciente a la víctima, que contaba diecinueve años cuando fue asesinado. En primer lugar lo reconoció su madre, la viuda Auguste Hennies, de soltera Habekost, con domicilio en la calle Perlstrasse, 3, mujer algo obesa y taciturna. Reconoció sin lugar a dudas su corte, color y forro. Luego el realquilado, Willi Eisenschmied, un hombre maduro, serio y formal, que durante mucho tiempo compartió con Adolf la habitación y el armario donde ambos guardaban la ropa. También lo reconoció su hermano y su amigo de la infancia, Willi Rackebrand. Y por fin la tienda que lo vendió a Hennies, pagándolo a plazos. En consecuencia acerca de la prenda no cabían dudas. Pero, ¿cómo fue a parar a manos de Grans? Éste asegura que lo compró a plazos a Haarmann a quien todavía le debe parte de su importe y Haarmann explica:

« … cierta tarde que nevaba, vinieron Wittkowski y Grans y me dijeron que les prestara mi habitación porque tenían que celebrar una importante entrevista con alguien. No tuve inconveniente porque pensaba salir y dar una vuelta por la «caldera» (en la jerga callejera se denominaba así un lugar situado junto al Hoftheater, frecuentado por los homosexuales). Estuve allí algunas horas y luego fui a la estación, no regresando a mi casa hasta última hora de la madrugada. En mi habitación había un muchacho muerto y completamente desnudo. En aquel momento Hugo y Hans acababan de hacer un paquete con sus ropas. Les pregunté:

-¿Quién es y qué significa esto?

A lo que me respondieron:

-Pues… es uno de los tuyos.

Mas no podía ser mío, porque los míos tenían señales de succiones, pero repitieron sus afirmaciones y sin querer saber más tomaron la puerta, dejando sólo el abrigo, que Grans vino al día siguiente a recogerlo, dándome ocho marcos «por gastos». Yo tuve el trabajo de descuartizar el cadáver y hacerlo desaparecer. Nunca supe quién fue en vida y ese abrigo perteneció a aquel chico … »

La acusación contra Grans la llevó a cabo Haarmann entre lágrimas y sollozos en el segundo día de la vista. Pero ante el juez de instrucción, Haarmann había declarado que él había comprado el abrigo y luego se lo había dado a Grans, diciéndole:

-Ahí tienes este abrigo. Pero vete con cuidado, me parece que hay «lío» con él.

Al oír aquella advertencia Grans se apresuró a cambiar los botones.

La madre declara:

« … mi hijo era un muchacho muy formal y serio. Nunca faltó una noche de casa y aquélla en que desapareció fue la primera. Con su amigo Wedemayer iba alguna vez a bailar, pero esto siempre lo sabíamos de antemano. También le había contado a su amigo que estaba enamorado de una joven que había conocido cuando estuvo empleado como mandadero en la carnicería de Ahrberg y que le gustaría invitarla al cine, pero que no se atrevía … »

Hennies estaba sin trabajo y aquellos días buscaba colocación. El día de su desaparición había ido a visitar la fábrica de jabones sita en la calle Alten Celler, para solicitar una plaza de corredor. Situada dicha fábrica en las cercanías del lugar frecuentado por los homosexuales, continuamente se hacían chistes acerca de ella. También en aquellos días Hennies había dicho a su hermano y a su amigo Wedemayer:

« … he trabado amistad con un agente de policía de la brigada criminal que me ha prometido proporcionarme trabajo y alguna prenda de ropa … »

Cabe suponer que Haarmann con tales promesas lo atrajo a su casa, pero no es seguro y en lo concerniente a su declaración culpando a Hugo y a Hans de su asesinato, cabe ¡maginárselo como sigue, de las respectivas declaraciones:

« … aquel abrigo había sido objeto de largas riñas y discusiones, por su posesión. Incluso parece que se habían pegado y proferido amenazas. Grans y Wittkowski no querían pagarle nada a Haarmann … »

Puede catalogarse todo como una «compensación» provocada por la fantasía de los celos de Haarmann contra Wittkowski y el odio por la «infidelidad» de Grans hacia él. Con relación a este supuesto cabe recordar el caso criminal del proceso francés seguido contra el «mariscal Gilles de Rais» en el que también aparecen muchos factores de «compensación» dignos de estudio.

Sea lo que fuere, el caso fue que no habiéndose podido demostrar la culpabilidad de Haarmann, fue absuelto de este concreto delito por falta de pruebas.

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  • Ernst Spiecker.

Nacido el 15 de junio de 1906; desapareció el 5 de enero de 1924.

Su madre lo tuvo de soltera y debía amarlo en sobremedida, porque los sollozos la ahogaban ante el tribunal y le fue imposible declarar.

Una mañana del mes de enero de 1924, aquel muchacho de diecisiete años tenía que declarar como testigo en un juicio. Vistió su traje de los domingos que le había regalado su padrastro, persona de aspecto simpático y abierto. Al salir de la audiencia se fue a dar un paseo acompañado de su amigo Siegfried Kurth, de quien se despidió en las inmediaciones del teatro y… no se le vio más.

Este caso muestra cómo la aclaración de un crimen muchas veces depende de la casualidad y con qué facilidad puede producirse un yerro de la justicia.

Aquel amigo Kurth, estaba en vísperas de marchar a Argentina. ¿Hubiese sorprendido a alguien que le hubiesen imputado la comisión del crimen alegando cualquier ignorado motivo? Si así hubiese sido, toda la vida habría sido un sospechoso y suerte tuvo de que en el mes de junio siguiente la policía descubriera en casa de los encubridores todas las prendas del desaparecido y fuesen mostradas en el juicio, aclarándose el caso. Grans había vendido el reloj, pero el día en que fue detenido llevaba puesta la camisa de la víctima así como prendas de otros tres asesinados. Sobrecoge el imaginarse llevando las ropas de cuatro asesinados, mercadear con las restantes y con los objetos de otras víctimas, sin reparo ni consideración y no digamos sin tener presente el peligro que representaba ser descubierto. La relación del asesinado con Haarmann pudo ser probada mediante la declaración del hijo del portero de la casa donde vivían los Spiecker. Éste explicó que con el muerto había ido algunas veces al lugar donde se reunían los homosexuales y allí Haarmann les había obsequiado con cigarrillos.

El asesino asegura que aquella fotografía que le muestran de la víctima no le recuerda nada, si bien el muchacho tenía un ojo de cristal -pero tal declaración fue la que Haarmann hizo en todos los casos-, pero que probablemente era una de sus víctimas por cuanto habían hallado todas las prendas. Recordaba a un muchacho muy bello al que se lo encontró muerto en los brazos, cuando despertó hacia medianoche. Al verlo, perdió el conocimiento, o bien a causa del cansancio se había dormido de nuevo:

« … cuando desperté por la mañana, el muerto yacía casi encima de mí, frío, yerto y azulado. Lo saqué de la cama y lo tendí en el suelo y allí lo descuarticé. Fue algo que siempre he recordado … »

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  • Heinrich Koch.

Nacido el 22 de septiembre de 1905; desapareció el 15 de enero de 1924.

Era un chico con poco sentido común y bastante ligero. Su padre, una persona tranquila, silenciosa y no de mucho carácter, no era capaz de dominarlo y mantener su autoridad sobre él. El 13 de enero pasó la noche fuera del hogar y mintió a sus padres diciéndoles que había estado en un baile de máscaras. El 15 de enero salió de su casa a las ocho de la mañana y… ya no regresó.

Frecuentaba los lugares a los que iban los homosexuales y aquel invierno, como estaba sin trabajo, pasaba largos ratos con su amigo Tolle, en igual situación, en la tienda de zapatillas de Otto Moshage, una persona de sorprendente clarividencia y sentido común, confidente de ambos amigos. Heinrich le había dicho repetidas veces a Moshage:

«Me gustaría irme de casa, porque mis padres siempre la toman conmigo. Tengo un buen amigo que me ayudará. Es camarero en el hotel Reichshof y vive en la Altstadt y me ha regalado cincuenta cigarrillos para que los venda. Ya he dormido en su habitación.»

Moshage, que sabía bien lo que sucedía en la estación y cercanías del teatro, le preguntó por el nombre de aquel camarero. El muchacho guardó silencio y luego quiso contestar con evasivas, pero Moshage no cejó, porque ya le había visto con Haarmann. Por fin el chico confesó que el amigo a quien se refería era efectivamente éste.

Como siempre, Haarmann afirma no reconocer a Heinrich por la fotografía que se le muestra, pero ante la evidencia de las prendas encontradas, que cuando a él le detuvieron las llevaba el hijo de la Engel, comentó con un encogimiento de hombros:

-Pues seguramente que es así.

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  • Willi Senger.

Nacido el 6 de julio de 1904; desapareció el 2 de febrero de 1924.

Un hogar desagradable. El padre, obrero en Linden no se ocupa de sus hijos y tampoco la madre, una mujer apática, rubio-oxigenada, linfática. El hermano mayor tiene un carácter hosco y es parco de palabras. Es una familia de hoscos silencios, en donde se habla poco, y cuando se oye una palabra generalmente es de malhumor. Willi, de diecinueve años de edad ya hacía mucho tiempo que brujuleaba por la estación y por los lugares frecuentados por los homosexuales. Es un muchacho bien formado, pero rudo y alardeando siempre de su fuerza bruta. Cierto día dice a los de su casa que quiere marcharse, y poniéndose su traje de fiesta, toma la puerta y no regresa. En aquel hosco ambiente, aquello no llama la atención y seguramente cada uno para sí debe pensar «Uno menos a comer». Cuando en el siguiente mes de junio comienzan a circular las historias de los asesinatos llevados a cabo por Haarmann y de la enorme cantidad de ropas reunidas, la familia debió decirse: «Vamos a verlo también, quizás…». Fueron a la exposición y efectivamente allí encontraron su abrigo y la corbata que le había regalado en cierta ocasión su hermano Heinrich. Haarmann asegura una y otra vez que aquello lo había comprado o bien cambiado por algo en la estación. No niega que conocía al chico Senger desde hacía años, así como a su inseparable amigo, Fritz Barkhof, diciendo:

« … pues eran los dos chicos más fuertes y brutos que corrían por allí. A mí siempre me inspiraron temor. Senger era alto, fuerte y muy bruto. Por esta razón debéis comprender que no pude matarle … »

Es curioso anotar que Haarmann nunca admitió haber matado a alguien a quien conociera ya largo tiempo antes, y si se le muestra la fotografía, contesta:

« … pues… no lo reconozco. Desde luego es posible, pero también puede ser que no lo sea … »

Y no cabe duda de que la contemplación o examen de las fotografías es algo que le molesta en grado sumo.

Sólo hay un testigo capaz de dar fe de la relación existente entre Haarmann y Senger. Es el íntimo amigo del último: Fritz Barkhof, pero no es digno de confianza, por su aspecto rudo y al mismo tiempo femenino, petulante y taimado. Fue un error el tomar la declaración de aquel individuo en presencia de los deudos de Senger, porque no cabe duda de que se calló muchas cosas. De algo se podía estar seguro y era de que ambos pertenecían al grupo de los que se «ofrecen» y lo consideran ya como una profesión. Senger había dicho a Barkhof que había pasado noches enteras con Haarmann. Cuando Senger desapareció, su amigo Barkhof fue al encuentro de Haarmann en varias ocasiones preguntándole qué había sido de aquél, pero Haarmann siempre le había contestado que ni le conocía. Pero cuando tenía que explicar cómo adquirió el abrigo que había sido de Senger, siempre se contradecía y no había forma de determinar fechas. Lo único en que no cabía duda era que lo había adquirido inmediatamente después de haber desaparecido Senger.

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  • Hermann Speichert.

Nacido el 21 de abril de 1908; desapareció el 8 de febrero de 1924.

Un chico listo e inteligente de dieciséis años, aprendiz de electrotécnica en la casa Mühe y Cía., de la calle Heidelsheimer Strasse, sorprende de pronto a sus padres que regrese cada día del trabajo con la ropa limpia. Sin decirle nada, su padre va a la fábrica donde le dicen que su hijo ya hace más de cuatro semanas que no aparece por allí. Lo interrogan sus padres y confiesa que está harto de la fábrica y de la técnica y… que tiene un amigo que le proporcionará una colocación en el extranjero. Los padres le obligan a ir de nuevo a su antiguo lugar de trabajo y continuar el aprendizaje. Como desde su casa a la fábrica hay mucha distancia, va a comer a casa de su hermana casada, la señora Albrecht. El 8 de febrero fue allí como otro día cualquiera. Llegó el chico a casa de su hermana, comió, charló con ella de cosas indiferentes y cerca de las dos de la tarde marchó de nuevo a la fábrica. Desde entonces desapareció. El día 10 el padre presenta la denuncia como desaparecido. Ninguna noticia o pista se encontró, hasta que en el mes de junio, madre y hermana en aquella exposición hallaron las prendas del muchacho con las iniciales que ambas habían bordado en ellas. Unas habían sido halladas en la habitación de Haarmann y otras las había vendido el hijastro de la Engel por encargo de Haarmann. La caja de compases se la había quedado Grans. Un antiguo amigo del chico lo había visto en cierta ocasión en la calle acompañado de Haarmann. A la vista de las prendas ante el tribunal, la madre se desmaya y Haarmann, por primera vez baja los ojos.

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  • Richard Gráff.

Nacido el 13 de febrero 1906; desapareció a finales de septiembre de 1923.

Entre esta serie de horripilantes descripciones hay algo que revela encanto y muestra amor. Cinco desgraciados niños (tres varones y dos niñas) han quedado sin padres. La madre huyó con su amante a América y el padre, jornalero sin oficio, un simple peón, encuentra trabajo en la localidad de Eisenach, pero lo que gana es tan poco que ni puede ir a ver a sus hijos. Todo el peso de mantener a la familia recae sobre el hermano mayor, Otto, que acaba de cumplir los veinte años. Pero gracias a Dios, tiene el apoyo de una muchacha buena y hacendosa. Ésta y los padres de ella, con la ayuda de una vecina, la señora Hoffmann, cuidan y sacan adelante a aquellos huérfanos. Ante el tribunal comparece una recién casada, rubia, fina, que espera un hijo. Es la esposa del mayor de los hermanos y la madre adoptiva de los cuatro más pequeños. Para ayudar a su esposo a mantener aquella familia trabaja once horas diarias. Su figura, sus tranquilos ademanes inspiran respeto y su reposada voz, se escucha con atento silencio. De sus palabras se desprende que el segundo de los hermanos, Richard, sentía una gran añoranza por su madre y su continuo comentario era que quería ir a América para reunirse con ella. Tenía diecisiete años, y un día de septiembre huyó de casa. A las dos semanas regresó. Sin pasaporte ni dinero no le había sido posible cruzar la frontera. Está hambriento y extenuado. Anna lo atiende, le da de comer y le obliga a acostarse. Al día siguiente le cuenta a su madre adoptiva:

« … he conocido a un caballero en la estación que me ha prometido una buena colocación en el campo. He de ir a verle inmediatamente y en cuanto tenga dinero suficiente, me iré a América a reunirme con mamá … »

Va seguidamente a saludar a aquella vecina la señora Hoffmann y a un tendero, llamado Dickhaut, que con frecuencia les ha ayudado y marcha hacia la estación para no volver. Denuncian la desaparición, las investigaciones sólo se hacen sobre el papel, porque ante los antecedentes del caso todo el mundo se dice: «Quizás se fue a América. ¡tenía tantas ganas de ver a su madre!». Casi un año más tarde aparecen las prendas del asesinado. El traje de Richard lo llevaba el hijo de los peluqueros Wegehenkel. El hermano mayor Otto declara:

« … Sí. Este es el traje de Richard. No me cabe duda, porque varias veces se lo planché … »

El abrigo había sido empeñado por la Engel.

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  • Hermann Bock.

Nacido el 2 de diciembre de 1901; desaparecido a mediados del mes de abril de 1924.

Este caso quizá sea de entre todos el más complicado, el de orígenes más oscuros y, si el asesinato fue cometido por Haarmann, probablemente fue algo premeditado durante mucho tiempo, en lugar de ser una muerte ocasionada por un delirio sexual.

El «obrero» Bock, de Uelzen, de veintidós años de edad era uno de aquellos seres que en aquellos días deambulaba por Hannover entre los sin trabajo. Tan pronto podía encontrársele en la estación como en la Alt-Mark. Era rubio, alto, fuerte y osado. Haarmann lo conocía «de la estación» desde hacía años, juntos habían llevado a cabo algún «negocio», y con frecuencia se encargaba de colocar las prendas usadas que Haarmann le daba para vender. Pero la verdad sea dicha; cuando Bock desapareció, es dudoso que alguien se preocupara demasiado por ello o bien derramara una lágrima, excepto su íntimo amigo Fritz Kahmann, de oficio tornero, con quien compartía la habitación que tenían alquilada en la Neuen Strasse. Fritz Kahmann es de inteligencia corta, miedoso, apagado, con pequeños ojos de inquieta mirada, pero se sobrepone a la timidez, a la cortedad, acosando a Haarmann y preguntándole qué sabe de su mutuo amigo Bock.

-¿Qué quieres que sepa? -replica Haarmann-. Lo más probable es que se haya metido en algún mal asunto y no me extrañaría que le hubiesen dado un «golpe».

Pero Kahmann no ceja fácilmente y le dice:

-Tienes que saberlo, porque últimamente le vieron, cómo cargado con un baúl, entraba en tu casa.

Haarmann queda sorprendido ante aquella afirmación e intentando ocultar su desconcierto, responde:

-Pues, verdaderamente, comienza a ser un enigma, porque Hermann es un chico listo y no tropieza fácilmente.

Kahmann se atreve a sugerir:

-¿No sería mejor denunciar su desaparición a la policía y ver si saben algo?

-Demonio -exclamó Haarmann-. Pues…, quizás tengas razón. ¿Sabes qué? Como tengo buenas relaciones me voy a ocupar del asunto e inmediatamente llamaré por teléfono a las distintas comisarías, hospitales y clínicas. También preguntaré en el juzgado de guardia.

Al día siguiente, ambos se encontraron de nuevo en la «isla» y Haarmann con rostro serio le dijo inmediatamente, al verlo:

Nada, nada he conseguido. He preguntado en todas partes. Nadie sabe nada. Aquello que se dice, como si se lo hubiese tragado la tierra.

Pero, luego se comprobó que Haarmann no había preguntado nada a nadie ni hizo gestión alguna. Bock tenía otros amigos y de entre ellos cabe mencionar a Paul Sieger, un cerrajero, rudo, brutal, de cabello rubio y que respondía al apodo de «Alex» y Franz Kirchhoff, de veinte años de edad, un muchacho de cabeza pequeña, ojos y nariz pequeños, grueso labio inferior y ronca voz. También pertenecía a sus íntimos, Hans Ulawski, de oficio camarero, un tipo alto y delgado, del que dice Haarmann:

-Es el bribón más grande que he conocido. Además hace juegos de manos y se gana la vida frecuentando las ferias.

Todos aquellos individuos conocían a Haarmann desde años y le suponían funcionario de la policía y él por su parte para mantenerles en su error no dudaba en afirmar:

-Esta noche he de ir a la jefatura, donde estoy convocado a conferencia.

Además sabían la casi íntima amistad que unía a Bock y a Haarmann. Con frecuencia comían juntos y el primero había dormido varias veces en la habitación de Haarmann, pero a pesar de ello, todos afirmaban rotundamente que a Bock sólo le gustaban las chicas y en este aspecto era completamente normal.

También entre Ulawski y Bock había una estrecha relación, incluso en dos ocasiones habían hecho un viaje a Checoslovaquia, donde el primero tenía una «novia». La madre de Bock, una mujer de cincuenta y un años, dura de oído, de ojos saltones, apática, de cortos alcances y enfermiza, no se preocupó por la desaparición de su hijo. Su comentario:

-El chico vino a verme por Navidad, y cuando el señor Kahmann me escribió diciéndome lo que pasaba, me dije: Bien, cualquier día volverá.

Es digno de mencionar cómo se estableció que las prendas de Bock estaban en poder de Haarmann. Cuando la detención de Haarmann, fue citado Ulawski para que examinara las ropas expuestas por si allí encontraba las de su amigo. Aquel examen se hizo en presencia de Haarmann con resultado negativo. Ya se marchaba Ulawski, cuando de pronto se detuvo bruscamente y mirando a Haarmann de arriba a abajo, exclamó:

-Pero…, pero, ¡si el traje que lleva ése, es de Hermann! A lo que Haarmann riendo, replicó:

-Mira, que la cosa es muy grave para que ahora me metas a mí en ella.

Pero Ulawski se mantuvo en sus afirmaciones, y como recordaba el sastre que se lo había hecho, fue llamado éste y a la vista de las prendas declaró que, efectivamente, lo había hecho para Bock y… que Haarmann se lo había traído para que lo modificara ajustándolo a su cuerpo, porque se lo había comprado a Bock por treinta marcos. Ahora Haarmann recuerda que «quizás sí» que se lo hubiese comprado a Bock. Entretanto también se ha encontrado la cartera de mano de Bock y se ve perfectamente que se ha intentado borrar el nombre «Hermann Bock – Hannover». Aquella bruja de la Engel la utilizaba para ir de compras. Todas las demás pertenencias de Bock, al igual que su cuerpo, desaparecieron sin dejar rastro.

Es improbable que el descrito asesinato fuese un acto de enajenación sexual. Si bien muy relacionado con Haarmann, tanto que incluso en alguna ocasión durmió en su habitación, los testimonios de sus preferencias sexuales hacia las mujeres son tan abundantes y rotundos, que no dejan lugar a dudas. Además, por su edad ya no provocaría los deseos de Haarmann. ¿Fue suprimido quizás por saber demasiado? ¿Quisieron apoderarse del contenido del baúl y de sus ropas? ¿Hubo riña? ¿O fue un conjunto de los apuntados motivos? Haarmann fue absuelto de esta acusación.

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  • Robert Witzel.

Nacido el 18 de marzo de 1907, desapareció el 26 de abril de 1924.

Cuando el segundo hijo del contramaestre Georg Witzel, con domicilio en Hannover-Linden, acabó su período escolar, entró a trabajar en las factorías «Mitteland». Fue aquello en el mes de julio de 1921, pero en el mes de marzo de 1924, pasó a la casa «Excelsior». Trabó allí íntima amistad con Friedrich Kahlmayer, de catorce años, un muchacho muy desarrollado, callado, con un bello rostro femenino. Ambos, en ocasiones incluso acompañados por el hermano mayor de Robert, Willi de nombre, iban a los lugares habituales para los homosexuales, entraban en los cafés que éstos frecuentaban en busca de «conocidos» y «amistades»; iban a sus domicilios, en donde recibían dinero y alguna vez incluso tomaban parte en alguna fiesta. En consecuencia, Haarmann que acostumbraba a pasarse allí la mitad de la noche les era bien conocido. En el curso de los interrogatorios, Haarmann comentó:

-Lo que lamento es no haberme cargado al Kahlmayer. Era lo que se merecía.

El 26 de abril de 1924, Robert Witzel pidió cincuenta céntimos a su madre para ir al circo. Se puso su traje de los domingos, fue y no regresó. Al cabo de algún tiempo, después de la desaparición de su amigo, el chico Kahlmayer encontró a Haarmann y le preguntó qué se había hecho de su amigo. Haarmann mostró una cara de sorpresa y dio a entender que no sabía que Witzel hubiese desaparecido. Aquello influyó en que Kahlmayer creyera aún más que Haarmann nada sabía de la desaparición de su amigo, y disculpa algo, el que omitiera a los padres del desaparecido las relaciones sexuales de su hijo, porque al mismo tiempo hubiese tenido que revelar las suyas, además de que pesaba sobre él la amenaza de Haarmann:

-Si decís algo de todo esto en vuestras casas, os meto en «chirona».

Los padres y hermanos del desaparecido afirman que el cráneo encontrado el 20 de mayo en el «Lustgarten» pertenece al cuerpo de su hijo y hermano, fundándose en cierta particularidad de la dentadura. Los dientes del centro formaban una teja y una de las muelas había sido empastada recientemente. El dentista no reconoce como suya aquella prótesis y Haarmann cree recordar que en este caso él trituró el cráneo. Pero sí correspondían al asesinado las prendas encontradas a sus corredores de ropas; aparecieron las ropas interiores, botas, llaves, cartera y prendas exteriores de vestir. Haarmann creía recordar que había descuartizado y tirado al río Leine los restos de su víctima, la misma noche que lo mató.

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  • Heinz Martin, de Chemnitz.

Nacido el 30 de diciembre de 1909; desapareció el 9 de mayo de 1924.

Perdió a su padre, caído en los campos de Francia cuando tenía ocho años. Desde entonces la familia se compuso de la madre, su hermana y él. Chico formal y serio tuvo en su vida un acontecimiento dividido en dos etapas. Con otros alumnos hizo una excursión al puerto de Bremerhaven en 1921, que repitió en 1922. Desde entonces sólo soñó en llegar a ser ingeniero naval y construir barcos. Terminó su período escolar en 1924 por Pascua y su madre deseaba que entrara de aprendiz de ajustador mecánico en una fábrica constructora de máquinas, pero sus sueños eran sólo los barcos. Su madre, mujer seria y prudente, sabía que aquello era muy difícil y se mantuvo en su decisión, pero el muchacho le decía a su amigo y compañero de trabajo, Horst Clemens:

-Con toda mi alma quiero ir a Bremerhaven a vivir entre aquellos grandes buques. ¿Qué tengo aquí? ¿Qué me espera? He de ayudar a mi madre a limpiar la casa. He de hacerme la cama. No te extrañes si un día te dicen que me he marchado.

Por Pascua, los parientes le habían hecho algún regalo en dinero, en total fueron treinta y dos marcos, que a él debieron parecerle una fortuna, porque siempre los llevaba consigo.

-Debes ahorrar -le dice y repite su madre-. Dame ese dinero y lo llevaré a la Caja de Ahorros.

-Es que lo tengo en la fábrica, guardado en mi caja de herramientas -replica el chico.

-Mañana iré contigo a la fábrica a ver si eso es verdad -dijo por fin un día su enérgica madre.

Aquello fue el 8 de mayo. Al día siguiente, el muchacho hacia las dos de la tarde va a su encargado y le dice que al día siguiente tendría que ir a Leipzig al entierro de su abuela, en consecuencia pide el correspondiente permiso escrito. El encargado se lo da, Heinz se cambia de ropa, se marcha y desaparece para siempre.

Ante la audiencia de Hannover comparecen dos mujeres, que parecen salidas del sepulcro, transidas por el dolor. Durante ocho largas semanas estuvieron buscando e indagando por el desaparecido, pero ninguna indicación o rastro encontraron. Recordando su ilusión, desde el primer momento se supuso que había ido a Bremerhaven, pero la policía de allí nada halló. Era muy difícil que hubiese llegado a aquella ciudad porque en su caja de herramientas encontraron veinte marcos. ¿Había huido porque temía que su madre, que iría por la tarde, se diera cuenta de que se había gastado algo del dinero regalado? Pero, lo hubiese gastado o no, era indudable que llevaba poco dinero consigo y vestido con su chaqueta azul de mecánico, pantalón igual, camisa de franela y gorra con visera de tipo marinero, no era probable que se hubiese alejado mucho de Chemnitz. Pero, cuando en el mes de julio, leyeron en los periódicos los macabros hallazgos de Hannover, ambas mujeres decidieron ir a aquella ciudad por si acaso…, y, efectivamente, entre aquellos cuatrocientos despojos encontraron las prendas de su hijo y hermano. La tira de badana que guarnece el interior de la gorra lleva las iniciales «H. M.». Se envió la gorra a donde fue fabricada y allí determinaron que, efectivamente, era de su fabricación, porque en la letra «M» había un pequeño fallo propio de la máquina de marcar que utilizaban.

Pero, ¿cómo fue a parar a Hannover aquel muchacho? Se supone que debió ser engañado y raptado por algún auxiliar de Haarmann o bien en el cambio de tren en Hannover debió detenerse allí, quizás para procurarse trabajo y entonces en la misma estación cayó en brazos de Haarmann como otros muchos desgraciados.

Tras algunas vacilaciones e intentos de negativa, Haarmann acabó confesando el asesinato.

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  • Friedrich Abeling.

Nacido el 14 de marzo de 1913; desapareció el 26 de mayo de 1924.

Era un niño casi de 1,10 metros de estatura, cara redonda y facciones iguales a las de su hermana Alice. Vivía con su padrastro Wilhelm Mayhöfer y su madre y hermana en la calle Rautestrasse. El 25 de mayo hizo novillos no yendo a la escuela y por ello fue castigado. El 26 de mayo le pidió veinte céntimos a su madre, diciéndole que iban a hacer una excursión con el maestro, lo que luego resultó no ser verdad. Cuando desapareció llevaba un suéter con una tira verde en el orillo.

El 17 de junio jugaban algunas niñas en la calle donde vivía la familia del desaparecido. Se acercó a ellas un desconocido, que preguntó a la niña Anni Stumpel, de doce años:

-¿Conoces acaso a una niña llamada Alice Abeling?

-Es aquélla -contestó la interpelada, señalando a una que estaba en aquel momento algo apartada.

El desconocido se acercó a la que le había indicado y le dijo:

-Buenos días, Alice. He ido a ver a tu madre y he dejado allí una tarjeta. Tu madre ya te dirá de qué se trata. Soy un amigo de tu padre y quería conocerte-, y dándole la mano se fue sin otras palabras.

Nunca recibieron tal tarjeta los esposos Mayhófer y ambas niñas en su día reconocieron a Haarmann sin duda alguna, si bien afirmando que tenía un bigote negro, cuando en realidad lo tenía rubio. Pero se comprobó que, cuando salía a sus «ojeos», con frecuencia se ponía un bigote negro postizo. El 25 de junio sacaron del río Leine un cráneo, pero no pudo determinarse con seguridad que fuera el del pequeño Abeling, pero sí se halló el suéter que vestía el niño cuando desapareció. Durante semanas estuvo sobre la máquina de coser de la Engel y de allí lo tomó Grans para dárselo a su madre para que a su vez se lo pusiera su hermanastro menor. La vecina de Haarmann, la señora Lindner recuerda a un niño como el de la fotografía que le presentaron. Lo encontró cuando preguntaba por el «señor Haarmann»; a ella le inspiró lástima y le dijo:

-Mira, niño, vuélvete a tu casa, porque ese señor no querrá nada bueno de ti.

El muchacho aquel se sonrojó, marchándose seguidamente. Es de suponer que Haarmann debió tropezarse con el chico que debía vagar sin saber qué hacer y temeroso del castigo que suponía que le infligirían y mediante promesas debía haberle inducido a que fuera a verle. Seguramente conocía a Alice Abeling por las descripciones que de ella debió hacer Friedrich y aquello provocó su curiosidad. Es algo muy conocido en la psicología, pero también es una prueba de que su constante afirmación de no recordar las fisonomías de aquéllos cuyas fotografías le eran mostradas, no era verdad.

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  • Erich de Vries.

Nacido el 7 de marzo de 1907; desapareció el 14 de junio de 1924.

Erich, de diecisiete años de edad, hijo del empleado Max de Vries, de Hannover, está de aprendiz de panadero en casa de su tío Schulze, en Celle. En la Pascua de Pentecostés tomó el tren para Hannover, con intención de visitar a sus padres. Era un muchacho fuerte y sano, crédulo y con poca experiencia del mundo. Sus padres se habían marchado de excursión y al encontrar la puerta cerrada se fue a casa de su tía, donde permaneció hasta las once y media de la noche, y entonces, suponiendo que ya habrían regresado sus padres, se despidió de su tía marchando a su casa. La familia llegó a su domicilio cerca de la medianoche y al no encontrarle, supuso que se había ido a casa de su tía o bien que no se había movido de Celle.

Al día siguiente el chico compareció hacia las diez y media, diciéndole a su madrastra (el padre viudo había contraído nuevas nupcias) que aquella madrugada había llamado en dos ocasiones. La primera vez a las tres de la madrugada y la segunda serían ya las seis de la mañana. Que el perro había ladrado, pero en vista que nadie le abría se había ido de paseo toda la noche con dos hombres, uno ya maduro y otro joven. Aquella explicación les pareció rara, pero no le dieron mayor importancia.

El 12 de junio pidió permiso para ir de paseo con un amigo y compañero de profesión. El día 14, hacia las diez salió de su casa para ir a bañarse y cuando se hallaba ya en la puerta, su padre le advirtió que no tardara en regresar porque tenían que ir a ver al presidente de la unión de panaderos, que quizá le proporcionaría una colocación en la ciudad. El chico expresó su contento ante la perspectiva de poder quedarse en Hannover y vivir con sus padres. Pero ya no regresó.

Su hermana Hildegard, de once años de edad, contó más tarde que cuando el día 10 ella le acompañó al río y se quedó sentada junto a sus ropas, había junto a la orilla un individuo mirando a su hermano y más tarde reconoció a Haarmann como aquel individuo. El individuo descrito había estado contemplando largo tiempo a su hermano y luego fue hacia ellos preguntando la hora y cambiando unas palabras acerca del tiempo.

Cuando se procedió a las investigaciones, encontraron el traje que vestía Erich y lo identificaron sin duda alguna por un pequeño agujero que tenía en la pernera izquierda, producido por un cigarrillo que fumaba. En el domicilio de Haarmann hallaron también sus calcetines, un pañuelito de batista, las gafas, así como el peine de bolsillo que días antes le había regalado su hermana. En esta ocasión, Haarmann acompañó a la policía al estanque del parque de donde sacaron el cuerpo descuartizado del infeliz. Suponía Haarmann, pero no estaba seguro, que se habla relacionado con él en la estación y es de suponer que lo atrajo a su habitación prometiéndole algún regalo y sobre todo cigarrillos.

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La sentencia de muerte

Los peritos facultativos dictaminaron que si bien Haarmann tenía «ciertas características patológicas», cuando cometía sus asesinatos no sufría pérdida del «libre albedrío» y del «sentido de responsabilidad», por cuanto no aparecían «ausencias» como tampoco «equivalentes epilépticos» ni «manías depresivas» o bien «sentido relajado». Terminados los informes del fiscal y de las defensas, fue concedida la palabra a los acusados, cuyo respectivo comportamiento continuó siendo el que ya se ha descrito relatando el curso de la vista.

El «lobo», daba la sensación de estar encerrado en una jaula, por la cual se paseaba incansablemente, tratando de encontrar una imaginaria salida. Derramó lágrimas, citó versículos de la Biblia y trató de explicar sus sangrientas actuaciones recurriendo a exponer las adversas circunstancias y que en su inmoralidad, había también cierta dosis de moral. El «zorro», reuniendo todas sus fuerzas y tratando de salvar la vida, aunque tuviera que dejar una pata o la cola entera en la trampa donde se hallaba cogido. El comportamiento del uno para el otro continuó siendo el mismo que, ya desde el principio de la vista, habían adoptado. El «lobo», gruñendo y amenazando a su joven compañero, pero al mismo tiempo solicitando su benevolencia mientras el «zorro» evitaba con todas sus fuerzas aquella mortal unión.

A las diez de la mañana del 19 de diciembre, el tribunal dictó la sentencia. Se condenaba a Haarmann por veinticuatro casos de asesinato a veinticuatro penas de muerte. Grans era condenado por una incitación al asesinato a la pena de muerte y por complicidad en un asesinato a otra pena de doce años de presidio. Haarmann se conformó con la sentencia. Grans la rechazó. El Tribunal Supremo rechazó la apelación. Las sentencias quedaban, pues, confirmadas.

*****

No habían transcurrido tres meses desde que la sentencia había sido dictada, cuando se produjo un acontecimiento que sólo aparece en las novelas sentimentales, pero que en este caso coincidió con la más encendida fantasía.

El mandadero Lüters, con domicilio en la calle Grosse Wallstrasse 3, Hannover, halló en la calle una carta cuyo sobre escrito estaba dirigido al librero Albert Grans, padre del condenado a muerte. Lüters la entregó al destinatario consignado en el sobre, quien a su vez la dio al autor del presente relato. Es una misiva que comprende cuatro páginas y la primera impresión de que era falsa, resultó errónea. Atormentado por los escrúpulos de conciencia relacionados con la única persona que le provocaba elevados sentimientos, aquel desgraciado escogió dicho medio para obligar a la reapertura del proceso que contra Grans se había seguido. He aquí el texto de la citada carta:

Hannover, 5 de febrero.

Confesión del asesino Fritz Haarmann:

Aprovechando la ocasión de que voy a ser llevado en coche por las calles a la Jefatura de Policia, quiero dar a la publicidad la presente carta.

No quiero que las presentes líneas caigan en manos del tribunal o bien de la policía, por cuanto supongo que de ser así jamás serían hechas públicas, mi confesión silenciada y con ello un inocente entregado al hacha del verdugo. Que la bendición del Señor se extienda sobre el que hallare esta carta y sobre su familia, por los siglos de los siglos. Es lo que para ellos desea el condenado a muerte Fritz Haarmann. Pero mi completa confesión la entregaré al señor pastor Hauptmann, de la cárcel, para estar seguro de que este escrito sea comprobado en su veracidad y no sea posible que desaparezca. Por lo tanto, insto al abogado doctor Lotze que pida al señor pastor Hauptmann la confesión que le daré.

Yo, Fritz Haarmann, he escrito esta carta de mi mano y como prueba de la verdad de ello pueden mostrarla a mi hermano Adolf Haarmann, calle Asternstrasse no. 16, quien conoce mi escritura perfectamente. Mi confesión. Por el amor de Dios, juro que digo la verdad, porque no deseo comparecer ante Él con más culpas de las que sobre mí tengo.

Hans Grans me ha engañado y robado durante muchos años en una terrible forma, pero yo no podía apartarme de él, por cuanto a nadie más que, a él tenía en el mundo. Deseaba que Grans hubiese sido un apoyo en mi vejez, en correspondencia a lo mucho que yo por él me había preocupado. Hubiese reunido una buena fortuna, si Grans no me lo hubiese quitado todo. No es que fuera malo, pero era muy ligero y en su aturdimiento se lo gastaba todo en mujeres y borracheras y yo para él no fui otra cosa que una vaca a ordeñar. Su vida disoluta y sin freno le impidió observar y comprender hasta dónde llegaban mis relaciones con los muchachos. Ninguna sospecha tenía de que yo asesinara y nunca vio nada, sólo sabía que era un pervertido y que me relacionaba con chicos.

Cuando la policía descubrió las prendas relacionadas con los que había asesinado, me obligó por la violencia y malos tratos a mentir, porque yo tenía miedo de sufrir mayores castigos. Por esta razón, dije a todo que sí y acusé a Grans mediante mentiras. A mi hermana Emma y a mi hermano Adolf, en presencia del comisario Rätz, les dije que me obligaban a decir y confesar lo que querían, mediante la violencia y malos tratos. En su día rogué a la señora Witzel que pidiera que mis declaraciones fuesen hechas ante el fiscal, pero desgraciadamente nadie me atendió. Por esa causa mentí, acusé y cargué de culpa a Grans, para conseguir que la policía me dejara en paz. Como además la Policía me decía que Grans continuamente declaraba contra mí, me dije también, que era una cosa que Grans no debia hacerla, por cuanto Grans siempre había sido favorecido por mí. Pero, cuanto más acusaba a Grans, más bien tratado era.

Confieso también que hubiese podido retirar mis declaraciones ante el tribunal, pero entonces no lo hice por sentimiento de venganza, venganza que conseguía mediante la ayuda de la policía. Debo significar ahora que Grans nada sabia de mi vida anterior. No sabía que yo había estado en un manicomio y con respecto a esta circunstancia, nunca me amenazó. Nada sabía Grans de los asesinatos y nunca vio nada, ni se imaginó nada. Todas las declaraciones que a este respecto hizo Grans y que no fueron creídas, son verdad. Pero las enredaron de tal forma que sólo sirvieron para acusarle más. Por esto las palabras que Grans dijo ante el tribunal «de que Haarmann explica verdades y fantasías en forma tal que no pueden diferenciarse», son verdad.

Yo, Fritz Haarmann, pongo al Cielo por testigo, de que Grans fue condenado siendo inocente. Tampoco es culpable de encubrimiento y nunca me trajo a nadie para relacionarme con él. Si Grans hubiese sabido que asesinaba, él lo hubiese impedido. No puedo llevar conmigo esta culpa a la tumba y pongo por testigo el recuerdo sagrado de mi madre, tan cierto como que Dios existe. Hans Grans ha sido condenado siendo inocente por culpa de la policía y por mi sed de venganza. Tomad lo poco que queda de mi vida, porque no temo al hacha del verdugo que será para mí una liberación, pero comprended que Hans Grans debe dudar de Dios y de su justicia y todo por mi culpa. Fui creído por mis mentiras y Hans Grans rechazado con sus verdades.

Ruego a Grans que me perdone por mi venganza y la humanidad por mis asesinatos que cometí no sabiendo lo que hacía. Y por ello doy gustosamente mi vida y sangre en penitencia por mis pecados, entregándome en brazos de Dios y de su Justicia.

FRITZ HAARMANN

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Hasta aquí hemos podido seguir las anotaciones de Theodor Lessing, en forma apenas abreviada, pero sobre el resultado de la comprobación de la carta de Haarmann nada dice. Pero lo que no consiguió con sus valientes informes desde el banco de la prensa, lo obtuvo aquella carta redactada a escondidas en el fondo de su celda, por el condenado a muerte. Theodor Lessing había sido expulsado de la sala por sus artículos criticando al tribunal, pero al lanzar al arroyo su carta, Haarmann hizo caer también a la justicia de Hannover de su cátedra de seguridad.

El 7 de febrero se halló la carta de Haarmann y dos días más tarde el defensor de Hans Grans solicitaba la reapertura del proceso contra su defendido, tanto en el caso de Wittich en el cual Grans había sido condenado a muerte, como en el de Hannapel por el cual la condena que le había sido impuesta era de doce años de presidio. Dos meses más tarde la audiencia de Hannover admite la revisión para el primer caso citado y un mes más tarde la audiencia territorial de Celle dispone lo mismo por lo que concierne al segundo. En enero de 1926, tiene lugar la nueva vista ante el mismo tribunal de Hannover y puede decirse que ante los mismos jueces.

Los defectos de esta nueva vista se repiten casi en idéntica forma y el absurdo llega a tal punto que toda la prensa, excepto el diario «Kreuzzeitung» (Diario de la extrema derecha), critica tales procederes. Es lamentable, pero no sólo la fiscalía, sino que, incluso los jueces, forman un muro de protección alrededor de la policía, quien -reconociendo las dificultades que en aquellos días tenía- era la responsable de que Haarmann anduviera suelto y pudiera llevar a cabo casi impunemente sus fechorías, como luego de detenido, del trato a que fue sometido para conseguir confesiones a su gusto, mediante violencias corporales y psíquicas. Si bien se comprende que exista el compañerismo entre policías, como en cualquier otra profesión, debe ser limitado por razón de su juramento, de lo contrario la perjudicada será la justicia, de quien son servidores. Pero cuando esta camaradería se extiende a los fiscales y jueces, cuando este «compañerismo» hace que los fiscales sean los defensores de la policía en lugar de que ésta sea la «ayudante» de aquéllos, trae como consecuencia que la justicia vacile en sus más sólidos fundamentos. La República de Weimar permitió que la justicia fuese muy vacilante en Alemania y esto facilitó a Hitler su tarea de suprimirla. Lo que seguidamente sucedió, fue tan aleccionador, que exceptuando contados casos, cabe decir que ahora la Justicia procura evitar «camaraderías» tan peligrosas.

En aquella época, tanto los tribunales como la fiscalía podían proteger impunemente a la policía, porque en resumidas cuentas, para aquellos funcionarios a quienes se les probaban excesos, la cosa no tenía importancia. Todo lo más alguna medida disciplinaria. En resumidas cuentas, nada.

Una muestra de aquellos procedimientos la da la siguiente acta de la actuación del tribunal:

« … la señora Witzel, madre del asesinado del mismo nombre, contestando a la pregunta del defensor, declara que vio en la Jefatura a Haarmann que había sido golpeado. El 28 de junio acudió a la Jefatura y fue confrontada a Haarmann, y en aquella ocasión, ella le había rogado, llorando, que le dijera cómo había muerto su hijo. Haarmann, evitando su mirada, pero sobrecogido por su desconsuelo, por fin contestó:

-No. Aquí no se lo diré. Me pegan. Pero podría decírselo.

La señora Witzel vio entonces a un funcionario, que luego identificó como el agente Wittbold, cómo levantaba la mano en dirección a Haarmann, diciéndole en tono amenazador:

-Esta noche hablaremos.

Continúa su declaración la señora Witzel:

-El 30 de junio nos hallábamos de nuevo en la Jefatura y estando de pie ante la puerta de la estancia, adonde tenía que entrar, oí perfectamente cómo alguien era golpeado y gritaba de dolor.

El presidente:

-¿Era Haarmann?

Señora Witzel:

-Sí. Mi hija y otras personas se hallaban también ante aquella puerta y nos apresuramos a mirar por el ojo de la cerradura para ver lo que sucedía y mi hija vio cómo un agente obligaba a Haarmann a desabrocharse el pantalón. Entonces Haarmann fue de nuevo golpeado y oímos otra vez sus quejidos. En aquella habitación estaban Wittbold y otro agente. De pronto, se abrió la puerta y rápidamente nos apartamos a ambos lados. Salió un funcionario diciéndonos que podíamos ver tranquilamente a aquel cochino y luego se lo llevaron. Cuando salió Haarmann vimos cómo llevaba en la mano un pañuelo empapado en sangre.

Continuando en sus respuestas a las preguntas del presidente, dice la señora Witzel:

-El funcionario Wittbold le dijo al matrimonio Speicher que él había pegado a Haarmann y abriendo el cajón de la mesa ante la cual se hallaba, les mostró una porra de goma al tiempo que comentaba: “Con esta porra Haarmann ha recibido algo de lo que merece.”

El presidente:

-¿Qué más vieron los que estaban con usted, a través del ojo de la cerradura?

La señora Witzel:

-Que Haarmann era golpeado y luego lo confrontaban con personas que hacían pasar. La señorita O. vio cómo le obligaban a mostrar el miembro.

El fiscal:

-Bien, basta. Que se retire la testigo. No quiero verla más ante el tribunal.

La señora Witzel, enderezándose:

-Usted lo que tiene es miedo.

Se levanta el fiscal Wagenschiefer y pide a la sala que le imponga un castigo por falta de respeto ante el tribunal. Aquello provoca gran discusión y una escena de mucho revuelo. La fiscalía se revuelve contra la mujer que allí solloza.

Uno de los fiscales, el doctor Wilde, exclama:

-¡Señores! No es necesario oír más a esta mujer. Es una histérica, por no decir algo peor.

El defensor, doctor Teich, se opone a la sanción propuesta y por fin es retirada la proposición.

Las pasiones se han calmado, si bien durante toda la escena relatada, tan desagradable para la policía, estaba presente el jefe de ella acompañado de diversos funcionarios, que podían haber sido llamados como testigos. Varios de ellos van tomando nota de todo lo que se dice.

Cuando declara la señora A. debe ser amonestada enérgicamente por el presidente para que hable sin miedo. Por fin dice:

-Aquel día estaba con la señora Witzel ante aquella puerta y oí perfectamente cómo al otro lado gemían de dolor. Un pariente de la señora Witzel, que miraba por el ojo de la cerradura nos dijo que obligaban a Haarmann a desabrocharse el pantalón. Luego vieron varios testigos cómo Haarmann debía mostrar su miembro. Haarmann gritaba que todo lo que decía la gente era falso.

Presidente:

-¿Sabe usted si Haarmann fue golpeado? Creí que sabía usted algo terrible. Y ahora resulta que sólo sabe decirnos que oyó a Haarmann gemir detrás de una puerta y que se desabrochó el pantalón.

Testigo:

-Personalmente no vi cómo pegaban a Haarmann, pero otras personas afirmaban que ya sangraba. En otra ocasión uno de los señores que se hallaba con nosotros le preguntó al comisario Rätz si habían pegado a Haarmann, a lo que contestó que no… «porque si lo hacían, se negaba a declarar … ».

El testigo Klobs:

-Cuando declaré, Haarmann no fue golpeado, pero en cuanto salí, oí gemir de dolor y entonces me dijeron que le estaban pegando. Pero, no ante mí. Sin embargo no puedo darme otra razón para aquellos gemidos.

Presidente:

-Bien. Queda claro que usted no ha visto que Haarmann fuese golpeado.

Sigue la declaración de varios funcionarios de la policía que declaran bajo juramento.

El secretario de la Jefatura, Wittbold:

-Tramité el segundo caso de asesinato, de los que confesó Haarmann y nada sé que ocurriera que fuese desagradable.

El abogado Teich llama la atención de Wittbold acerca de las declaraciones del testigo anterior y le exhorta a que diga si nunca tocó a Haarmann.

Wittbold contesta dubitativamente haciendo algunas aclaraciones, pero acosado por las preguntas del abogado, explica:

-…no recuerdo todos los pormenores. Es posible que haya pegado a Haarmann. Pero fue cuando se lanzó hacia mí y entonces yo lo rechacé contra un armario…

El abogado:

-¿Tenía usted consigo una porra de goma?

El testigo Wittbold:

-No recuerdo haber pegado a Haarmann, pero sí que tenía una porra de goma. Era de cuando estaba destinado a la Altstadt y allí, como sin duda usted comprenderá, la precisaba.

El presidente:

-Pero referente a este extremo, en ocasión anterior se negó usted a declarar.

Testigo Wittbold:

-Tenía que partir en misión de servicio y para la salida del tren sólo faltaban quince minutos. Por esta razón hice uso del derecho que tengo a no prestar declaración.

El presidente:

-Así se explica todo.

El defensor, doctor Teich:

-¿Cuánto tiempo hace que está usted en el servicio?

El testigo Wittbold:

-Seis años.

El abogado defensor:

-¿Sabía usted que como agente de la policía sólo podía negar su testimonio en el caso que su declaración obstaculizara una tramitación?

Testigo Wittbold:

-Lo sabía.

El abogado defensor dirigiéndose al tribunal:

-Ruego se tenga presente que el testigo sabía perfectamente cuándo podía hacer uso del derecho aludido. Por lo demás, debo señalar que por fin hoy se acepta que había una porra -y dirigiéndose al testigo, continuó-: ¿No dijo anteriormente que había dado dos bofetadas a Haarmann?

Testigo Wittbold:

-Es posible.

El interrogatorio de Wittbold se prolongó durante largo rato, cada vez más inseguro de sí mismo y acabando por decir y repetir que no recordaba nada.

En resumen, se reconoce que Grans en el caso Wittich sólo era responsable por complicidad pero no de inducción en el asesinato. Teniendo presente su juventud cuando se cometió el delito -entonces tenía sólo veinte años- se le condena a una pena total de doce años de presidio.

Cierto día de primavera, ante cuarenta ciudadanos de la ciudad de Hannover, a las seis de la mañana y mientras sonaban los tañidos de la campanilla de «Los pobres pecadores», Haarmann fue conducido al patio de la cárcel, donde según el comunicado oficial, mostró gran serenidad. Seguía la algo ominosa frase que decía que tras ser leída la sentencia, el reo declaró que nada tenía que decir. El verdugo de Magdeburg cumplió con su deber. Y terminaba el comunicado oficial « … luego el clérigo allí presente, elevó una plegaria.»

 


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