Frederick Seddon

Atrás Nueva búsqueda
Frederick Seddon
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Envenenador - Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 14 de septiembre de 1911
  • Fecha de detención: 4 de diciembre de 1911
  • Fecha de nacimiento: 1870
  • Perfil de las víctimas: Eliza Mary Barrow, de 49 años
  • Método de matar: Envenenamiento (arsénico)
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca en la prisión de Pentonville el 18 de abril de 1912
Leer más

Frederick Seddon

Última actualización: 30 de marzo de 2015

EL ASESINATO – El oro del huésped

En 1911, Eliza Barrow, una mujer excéntrica que guardaba cerca de su cama una caja con oro, falleció en las habitaciones que había alquilado en una casa de Londres. El arredandor fue acusado de haberla asesinado.

En 1911, un agente de seguros que vivía en una de las elegantes urbanizaciones de North London decidió poner en alquiler el tercer piso de su domicilio. Así es como Frederick Seddon conoció a Eliza Barrow, la extraña dama que compartía con él una pasión: la fascinación por el oro.

El 25 de julio de 1910, Eliza Barrow contestó a un anuncio de alquiler proveniente de Tollington Park, una calle de Islington en la que las casas estaban dispuestas en terraza. El anuncio lo puso un agente de seguros llamado Frederick Seddon, el propietario de la casa, en la que vivía con su mujer y sus cuatro hijos.

La señorita Barrow era una mujer soltera, de apariencia más bien vulgar, dura de oído y obesa. Ese era su aspecto a los cuarenta y nueve años, cuando se presentó en Tollington Park, nº 63, con un niño de la mano. Se llamaba Ernie Grant y era el hijo huérfano de una amiga; también le acompañaba una pareja de mediana edad y algo achispada, que respondía al nombre de Hook.

El variopinto grupo había vivido en las cercanías, con el primo de Eliza, Frank Vonderahe y su mujer, pero abandonaron la casa después de una pelea familiar. La señorita Barrow pagó por adelantado a Seddon con dinero que sacó de una caja, al parecer bien repleta y, al día siguiente, se instalaron.

El dueño de la casa se percató en seguida de que ella mantenía financieramente al grupito. Cuando Eliza le pidió que echase a los Hook después de una riña que se produjo al cabo de una semana, éstos acusaron al arrendador de ir «tras el dinero de Barrow». Al salir de la casa, Hook le gritó al dueño: «¡Te desafío a ti y a un regimiento de tipos como tú a conseguir ese dinero!» Este comentario agudizó el interés de éste por su inquilina.

A lo largo de las semanas siguientes, Seddon consiguió averiguar un montón de pequeños detalles sobre la situación económica de «Chickie», como la llamaba el pequeño Ernie. Se sorprendió sobremanera al descubrir que, gracias a la arriesgada inversión de una herencia, su huésped era bastante rica.

Eliza Barrow poseía 1.600 libras en acciones de la Compañía de Indias al 3,5 por 100, cobraba los intereses por el alquiler de la taberna Buck’s Head en el cercano distrito de Camden Town, y de una peluquería adyacente. Todo esto le reportaba sus buenas 120 libras anuales, además de las 216 que tenía depositadas en el London Bank de Finsbury y City. También era dueña de monedas de oro, joyas y billetes, lo que venía a suponer otras 400 libras. Esta cantidad la guardaba en un cofrecillo de estaño que siempre mantenía a su vera.

«Chickie» no se hacía ninguna ilusión sobre sus encantos y desconfiaba de todo aquel que le mostraba su buena voluntad, sospechando que sólo estaba interesado por su dinero. Para más seguridad, insistía tercamente en que Ernie compartiese con ella la cama, incluso cuando estaba enferma. A pesar de ello, pronto depositó su confianza en los Seddon. Esto se debió en gran medida a que Margaret Seddon era una mujer fuerte y trabajadora del norte, que se pasaba los días sin parar de un lado para otro, atendiendo «como debe ser» a sus hijos y su hogar. También tuvieron gran peso las habilidades financieras del propio Frederick Seddon que era un inversionista avispado, muy al corriente de las tendencias del mercado, y dispuesto a sacarle partido hasta a la más mínima oportunidad.

La señorita Barrow le confió a su arrendador las preocupaciones que le daban sus inversiones y éste hizo sus cálculos: a «Chickie» no le tentaría en demasía un seguro de vida, pero quizá sí un contrato de renta anual-, es decir, un pago anual que ella cobraría hasta el final de sus días.

El 14 de octubre de 1910, Frederick y Eliza firmaron un acuerdo por el que ella le entregaba sus acciones de la Compañía de Indias, y Seddon se comprometía al pago de una anualidad de 103 libras y cuatro chelines. Después de Navidad, y muy satisfecha por el acuerdo, le cedió a Frederick los derechos de arrendamiento de la taberna y la peluquería por una renta semanal adicional de una libra.

Los términos ofrecidos por Seddon eran generosos. La anualidad total superaba al menos en 30 libras lo que ella hubiera obtenido a través de un seguro o la Caja Postal. Los plazos se liquidaban regularmente en oro, metal precioso que adoraba y utilizaba incluso en sus transacciones con terceros.

Durante los seis meses siguientes, Ernie y la señorita Barrow llevaron una vida solitaria en las habitaciones del tercer piso. El chico salía para ir a la escuela o permanecía en la casa, incluso las comidas las subía Margaret a la habitación.

Eliza Barrow seguía estando preocupada por el resto de sus «inversiones». El 9 de junio de 1911, Seddon le compró una casa por otras tres libras semanales. Una semana más tarde corrieron rumores sobre las dificultades en que se encontraba el banco de la señorita Barrow y Frederick la persuadió para que cancelase su cuenta y la acompañó a retirar las 216 libras en oro, que acabaron en la casa. Esto significaba que todo lo que poseía Eliza Barrow o bien estaba ya en manos de Seddon o se encontraba guardado bajo su techo.

Agosto fue un mes muy caluroso y bochornoso y «Chickie» y Ernie no eran de las personas «entusiasmadas» por la limpieza, y ahora, por añadidura sus habitaciones se habían llenado de moscas. Para mitigar la plaga se colgaron hojas mata-moscas.

El 1 de septiembre de 1911 la señorita Barrow enfermó del estómago, sentía mareos y sufría de diarrea. El doctor Henry Sworn, un médico de la localidad, prescribió varios jarabes para el estómago, incluyendo una copita de Valentine’s Meat Juice antes de dormir.

No obstante, los síntomas persistieron y el doctor sugirió la conveniencia de internar a la enferma. Pero ella refunfuñó, los gastos no valían la pena, era más barato quedarse en la casa y que la señora Seddon la atendiese. El médico siguió visitando diariamente a la paciente, pero no se apreciaba ninguna mejoría.

Las condiciones en que se encontraba el dormitorio de «Chickie» eran, de hecho, pésimas. Por todas partes zumbaban las moscas, atraídas por el olor a enfermedad, y Ernie estaba permanentemente en contacto con los gérmenes. Eliza Barrow seguía insistiendo en que durmiese en su misma cama.

La señora Seddon trataba de atender a su huésped lo mejor posible, pero no podía garantizar que se tomase las medicinas a su hora. En una ocasión, el propio Frederick tuvo que persuadir a «Chickie» para que las tomara, pero la mayoría de las veces la enferma las dejaba de lado.

A principios de septiembre, la hermana y la hija de Seddon vinieron a pasar una temporada en la casa. El 13 de septiembre, Frederick pasó la velada en el teatro y volvió tarde, quejándose de que la taquillera le había cobrado seis peniques de más.

A las 11,30 de esa misma noche, Ernie bajó a buscar a Margaret y, al subir, encontró a Eliza Barrow retorciéndose en el suelo de su habitación, y quejándose angustiosamente: «Me muero … »

Los Seddon la volvieron a meter en la cama, mandaron al chico a otra habitación, y se quedaron haciendo vigilia. Ella permaneció sentada a los pies de la cama, y su marido se acomodó en el rellano de la escalera, fumando su pipa y leyendo el periódico.

A las 6,30 de la mañana del viernes, 14 de septiembre, carraspeando fuertemente, Eliza Barrow expiró. Un poco más tarde, aquella misma mañana, Seddon visitó al doctor Sworn y éste, sin siquiera examinar el cadáver, extendió un certificado de defunción en el que como causa de la muerte se especificaba una diarrea epidémica.

Ese mismo día, Frederick mandó a Ernie con unos parientes del chico, a Southend. la señorita Barrow tenía derecho a ser sepultada en una capilla familiar, pero acabó enterrada con los mínimos gastos en el cementerio de Islington, en East Finchley, el sábado 16 de septiembre. Ninguno de sus parientes estuvo presente.

Los Vonderahe se encolerizaron al conocer la muerte de Eliza. ¡Nadie les había dado aviso antes del entierro! Pero aún más crecieron sus sospechas al saber por boca del propio Seddon que ella le había traspasado todos sus haberes a cambio de una renta anual que ya no tenía que seguir pagando.

Los Vonderahe pusieron en antecedentes a la policía; el cadáver de la señorita Barrow fue exhumado. Un médico forense del Ministerio del Interior, Sir William Willcox, encontró en el cuerpo dos gránulos y medio de arsénico.

El 4 de diciembre, Frederick Seddon fue arrestado.

«Absurdo -comentó-. Pero qué acusación más terrible, asesinato premeditado… Es la primera vez en nuestra familia que alguien ha sido acusado de algo así. ¿Bueno, y también piensan ustedes arrestar a mi mujer?» El 15 de enero, Margaret Seddon fue asimismo arrestada y acusada. El 2 de febrero ella y su esposo conocieron los rigores del juicio de instrucción.

Frederick le formuló una extraña pregunta a la policía: «¿Han encontrado arsénico en el cuerpo?» Si hubiera sabido el resultado de los exámenes forenses, no hubiese necesitado preguntarlo. Si los ignoraba, sigue estando poco claro por qué tenía que sugerirle a la policía la presencia de arsénico.

Pero Seddon ya había despertado la curiosidad de su abogado al hablar más de lo debido sobre «la vieja», como él llamaba a Eliza Barrow. Comentó que se bebía el agua de poner en remojo algunas hojas matamoscas. La preocupación de Seddon por el tema desconcertó a un buen número de personas. La fecha del proceso penal se acercaba y la ciencia forense no aportaba ninguna explicación clara de cómo había llegado el arsénico al interior del cuerpo de la víctima. El caso se iría centrando cada vez más en seguirle la pista al dinero de la señorita Barrow.

Objetos desaparecidos

Cuando la policía registró la casa de los Seddon, no encontró el menor rastro de varios objetos que constituían la clave del caso. Eliza Barrow compartía la pasión de Frederick por las monedas de oro, prefiriéndolas en todo caso a los billetes de banco. Cuando canceló su cuenta bancaria en junio de 1911, recibió dos paquetes por valor de 100 y 16 libras, respectivamente en oro. Las monedas no pudieron ser halladas durante el registro.

Frederick, un genio de los números, tenía una explicación plausible para cada libra guardada en sus dos cajas fuertes. Declaró que las posesiones de la señorita Barrow no ascendían a más de 10 libras en el momento de su fallecimiento; y supo dar una razón de por qué 90 libras en acciones de empresas constructoras pocos días después de la muerte de su inquilina con soberanos de oro.

Tampoco se encontró una copia de la carta que Seddon decía haber escrito a los Vonderahe inmediatamente después de la muerte de Eliza Barrow y antes del entierro. Frederick dijo que en ella se daba cuenta del fallecimiento, y que se debería haber extraviado en el correo. Sólo se encontró una copia en papel carbón. Por lo tanto, no ha de sorprendernos que los Vonderahe sospecharan algo raro respecto a la muerte de Eliza y acudieran a la policía.

El asunto del entierro

Frederick Seddon estaba tan decidido a transformar cualquier asunto en algo económicamente beneficioso, que incluso negoció el cobro de una comisión con el empresario de pompas fúnebres en relación con el entierro de la señorita Barrow. Los papeles de ésta -que supuestamente debía conocer Seddon, dado que era su albacea- incluían un escrito que le daba derecho a ser enterrada en una capilla familiar en Kensal Green, uno de los distritos de Londres. En cambio, Frederick se decidió por un entierro anónimo en una fosa común al precio de cuatro libras y su comisión ascendió a dos chelines y seis peniques.

PRIMEROS PASOS – Avaricia

Los Seddon eran gente trabajadora, constituían uno de los pilares de su comunidad y eran muy respetados. Nadie sospechaba que tras esta fachada se escondía una gran avaricia.

Frederick Henry Seddon nació en Lancashire en 1872. La London and Manchester Industrial Insurance Company le había empleado a los 19 años. En la época de Eliza Barrow, Margaret Ann Seddon contaba 37 años de edad. Los Seddon se casaron jóvenes y tuvieron cinco hijos, de 17 años el mayor, y de un año el más pequeño.

Seddon era un hombre calvo, de aguda inteligencia. Frecuentemente tenía una expresión jocosa oculta tras un poblado bigote al estilo del rey Eduardo. Siguiendo ese mismo estilo, solía vestir los típicos trajes oscuros que otorgaban a la baja clase media su respetabilidad.

Formaba parte de un grupo masónico y disfrutaba con una buena copa y su pipa. También desempeñaba la función de predicador laico. No obstante, las malas lenguas murmuraban que mantenía relaciones con varias mujeres a quienes visitaba en relación con su negocio de seguros.

Pero nada atraía tanto su atención como el dinero, especialmente cuando adoptaba la forma y el color del oro. Hasta le gustaba pesarlo con tiempo y meterlo cuidadosamente en su correspondiente bolsita. El oro era lo único que podía despertar en él algún rasgo de humor, en una ocasión puso una bolsita de oro encima de la mesa y le dijo a uno de los empleados: “Bueno. Smith, aquí está su sueldo”.

Aprendió a desenvolverse muy pronto y le gustaba considerarse como una futura promesa del mundo de los negocios; constantemente utilizaba frases como “siempre estoy dispuesto a comprar un terreno a buen precio”. A la edad de 24 años fue nombrado superintendente de distrito y durante once desempeñó este cargo en Islington.

Frederick se complacía con sus progresos. Sus jefes admiraban su meticulosidad, su perseverancia, el cómo conseguía que las cosas estuvieran hechas a tiempo y su impecable contabilidad. Poseía una increíble memoria para los números; recordaba hasta las más pequeñas transacciones aunque se hubieran realizado hacía años.

En 1912 ganaba unas 400 libras al año, era titular de unas rentables inversiones inmobiliarias, y además había acumulado algunos ahorros.

Su vanidad le impedía contener una sonrisa de desprecio cuando consideraba que había salido ganando en una operación financiera. No se daba cuenta del daño que entrañaba mofarse de los demás. Cuando los Vonderahes le preguntaron qué había ocurrido con las acciones de su inquilina, él contestó: “Tendrá usted que escribir al director del Banco de Inglaterra y preguntárselo”. Además, les consideró deudores de la manutención de Ernie desde la muerte de Eliza y les dijo que le debían una libra.

Parece ser que Margaret Seddon fue siempre una mujer con poca fuerza de voluntad, permanentemente bajo la bota de su marido, excepto en aquellas cosas que no merecían su atención. A pesar del buen nivel económico de que gozaba la familia, ella siempre llevaba ropa barata y raída y su vida transcurrió de forma gris y plúmbea, consagrada por entero al trabajo de la casa.

Imagen de familia

La casa de los Seddon, sita en Tollington Park, 63, estaba llena de lo que Frederick consideraba sus obras maestras en la vida. Aparte de sus cajas fuertes, su oro y sus historiales financieros, en la pared del comedor colgaba un cuadro que mostraba a un marido disparando contra el amante de su mujer. Antes de su arresto, un abogado visitó a Frederick en su casa, y, de pasada, hizo referencia a la pintura. Seddon sacó un revólver, lo tiró encima de la mesa, y señaló hacia el cuadro: “Ahí tiene, ése es el tipo de hombre que soy yo, sólo que yo los hubiera matado a los dos”.

MENTE ASESINA – ¿Qué vale una vida?

En el caso de Frederick Seddon nunca hubo duda alguna sobre el motivo básico: avaricia. Seddon era un hombre santurronamente hipócrita, un predicador laico que empleaba cualquier minuto de su tiempo libre para conseguir el más nimio beneficio económico, sin importarte en absoluto las circunstancias. Era masón, pertenecía a una orden en que unos miembros han de ayudar a los otros, pero en vez de ello, procuraba sacar provecho de las desgracias ajenas.

Un aspecto curioso del caso Seddon es el gran desagrado que la víctima provocó en todos los implicados, incluyendo a los abogados y a quienes escribieron sobre el crimen. Se han dicho palabras más duras de la señorita Barrow que de muchos criminales. Durante el juicio de los Seddon, el fiscal general, Sir Rufus lsaacs, describió a Eliza Barrow como «una mujer de temperamento peculiar» de la que no se podía decir nada agradable. Uno de sus ayudantes más jóvenes, Travers (quien con el andar del tiempo se convertiría en el juez Travers Humphreys), escribió en su libro «A book of trials» (1953): «La señorita Barrow no era una persona atrayente. Ella… tenía unas costumbres más bien reprobables.»

El escritor Edgar Lustgarten en su «Prisoner at the bar» (1952), llega a decir que «Eliza poseía algo que la distinguía especialmente… Tenía una personalidad aún más odiosa que la de Seddon».

Es posible que Frederick Seddon -un hombre acostumbrado a sacarle provecho a todos los minutos del día para incrementar sus beneficios- se sintiese profundamente ofendido por su peculiar inquilina, sentada todo el día en su casa sin mover un dedo. Si contó con que nadie la echaría de menos, se equivocó,

Como comentó otro de los escritores interesados por el caso, F. Tennyson Jesse: «Seddon no fue jugado y condenado porque la vida de Eliza Barrow fuera una vida valiosa, sino porque la víctima podríamos haber sido usted o yo.»

PROCESAMIENTO – Duelo de ingenio

Frederick Seddon era culpable de asesinato, pero las pruebas no eran más que circunstanciales. Nadie había visto ingerir a Eliza Barrow el veneno que la mató. La acusación tuvo que demostrar que el arrendador le había robado el oro.

Eliza Barrow, la mujer que Seddon supuestamente había asesinado, compartía con él su pasión por el oro. En el juicio que se inició en Old Bailey el 4 de marzo de 1912, el destino enfrentó a Frederick Seddon con un acusador que era tan hábil con las cifras como él mismo.

El fiscal general, Sir Rufus Isaacs, había trabajado en Londres como negociante durante su juventud. De abogado, se especializó en casos comerciales; y se podía esperar de él que al menos igualase la habilidad del acusado con las cuentas, las cifras y los documentos financieros.

Sir Edward Marshall Hall defendía a Seddon. Se trataba de un abogado espectacular, luchador, cuyos trucos, como el llegar con un poco de retraso a las sesiones y tomar ruidosamente rapé en la sala, no desvirtuaban en nada su portentosa habilidad al interrogar a los testigos.

A Margaret Seddon la defendía un joven abogado llamado Gervais Rentoul, aunque era Marshall quien defendía a ambos esposos. Presidió el juicio el juez Bucknill y el jurado lo formaban doce hombres.

Ambos acusados se declararon inocentes. Estuvieron sentados el uno junto al otro en el banquillo, custodiados por un policía y una guarda femenina. Frederick vestía un traje negro y su mujer llevaba un abrigo oscuro y un sombrero con velo.

En su primera intervención, el fiscal describió los numerosos acuerdos que establecieron Eliza Barrow y el señor Seddon, así como lo que parecía ser una continua riada de monedas de oro y billetes de banco que fluía de arriba a abajo en la casa de Tollington Park, y que cambiaba de titular pasando de una cuenta corriente a otra.

«¿Qué fue de las 400 libras que estaban en la caja del dinero cuando entró en casa del acusado en julio de 1910?”, preguntó sir Rufus.

Y siguió: el día de la muerte de la señorita Barrow, el mismo día en que se acordó la celebración del funeral, Frederick Seddon tenía una gran cantidad de oro atesorado en la casa. Las investigaciones no echaron luz sobre ninguna transacción, o movimiento de cuenta, que pudiera justificar esa suma. Aunque no existía una prueba inequívoca, aquel oro sólo podía proceder de un sitio: de la caja de Eliza Barrow, del cofre donde guardaba su dinero.

Después se pasó a la fase de prueba. La defensa intentó demostrar científicamente que fue el envenenamiento crónico con arsénico lo que causó la muerte de la víctima, y no un envenenamiento brusco, tal como pretendía la acusación. Esto último significaba que le habrían administrado una dosis mortal al final de sus días.

Sir Williain Willcox, el forense especializado del Ministerio del Interior, prestó declaración dando cuenta de los resultados del análisis de Marsh. Por medio de éste quedó claro, que la señorita Barrow había ingerido cinco gránulos de arsénico poco antes de su muerte. Era el doble de lo que se consideraba una dosis media mortal.

Fue la primera vez en la historia judicial británica que los resultados de un análisis científico se admitían como prueba en un proceso. Pero Marshall Hall consiguió minar parte de las declaraciones de Willcox. El especialista admitió que la presencia de arsénico en el pelo de Eliza Barrow sugería la ingestión de arsénico desde hacía más de un año antes de su muerte.

Sin embargo, el golpe de efecto se esfumó a la mañana siguiente gracias a otro experimento que Sir William realizó durante la noche. El arsénico que se encontraba en el pelo de la víctima podía proceder de la almohada en que se recostaba.

La solución del caso descansaba en el enfrentamiento que tendrían el fiscal general y el propio Frederick Seddon en el banquillo de los testigos. El interrogatorio comenzó el sexto día de juicio, viernes 8 de marzo, y se prolongó hasta el lunes 11.

El acusado le había comentado a su abogado que estaba esperando el momento de enfrentarse a Sir Rufus con impaciencia. Así demostraría su destreza mental. Pero a pesar de ello, la acusación le cogió desprevenido nada más comenzar.

«Eliza Barrow vivió en su casa desde el 26 de julio de 1910 hasta la mañana del 14 de septiembre de 1911, ¿no?», preguntó educadamente el fiscal general.

«Sí», contestó Seddon.

«¿La quería usted?»

A Seddon le pilló la pregunta tan de sorpresa, que sólo fue capaz de repetir: «¿La quería … ?»

Cuando volvió a recuperar los papeles dijo que la señorita Barrow «no era una mujer de la cual uno se pudiera enamorar», pero que había simpatizado mucho con ella. La impresión que recibió el jurado fue la de que el acusado era un hombre de escasa sensibilidad.

Una hora tras otra, el fiscal general bombardeó a Seddon con preguntas sobre sus finanzas, intentando encontrar alguna laguna que demostrara que el acusado era un tramposo. Esto hubiera reforzado las pruebas circunstanciales y hubiera bastado para condenarle por el asesinato.

Pero el diestro Seddon tenía todos los hechos en mente, y todas las explicaciones las ofrecía con prestancia, describiendo hasta los más mínimos detalles de cómo terminaron en su poder unas sumas de dinero que no paraban de cambiar de manos. En el proceso de dar estas contestaciones, se mostró a sí mismo como un hombre falto de sentimientos, obsesionado por el dinero y, especialmente, por el oro.

Sólo afloró su humanidad cuando relató cómo contó el dinero tras la muerte de la señorita Barrow. «No soy un degenerado… -saltó de pronto-. Eso significaría que soy un monstruo inhumano, lleno de avaricia… Sugerir eso es escandaloso.»

Y tras un largo silencio, añadió con una sonrisa burlona: «Iba a tener todo el día para contarlo … »

Durante su testimonio, la señora Seddon se hundió en el momento de repetir las palabras de su marido al levantar el párpado de «Chickie», «Dígalo, pero bajito», le sugirió su abogado, Gervais Rentoul. «Él dijo: “Buen Dios, ya ha muerto”.»

Más adelante se disculpó por su costumbre de sonreír nerviosamente cuando estaba angustiada. En su alocución final, el fiscal dejó entrever que no esperaba un veredicto de culpabilidad para Margaret Seddon.

El décimo y último día de juicio, después de un resumen del proceso que sólo duró dos horas en boca del juez Bucknill, el jurado se retiró a deliberar. Eran las 3,58 de la tarde y a las 4,58 volvieron a la sala. Seddon fue considerado culpable de asesinato; su mujer, inocente.

Frederick la besó, y acto seguido pronunció un pequeño discurso negando su culpabilidad. Después, levantó su brazo siguiendo el rito del saludo masónico, ya que sabía que el juez era miembro de la misma orden que él.

«Declaro ante el Gran Arquitecto del Universo que no soy culpable, mi Lord.» El juez, al borde de romper a llorar y con una voz temblorosa, conminó a Seddon para que se sincerara con su Creador. «Estoy en paz», respondió el acusado. Después escuchó la sentencia de muerte.

Un juez compasivo

Sir Thomas Townsend Bucknill, el juez del caso Seddon, era conocido bajo el apodo de «Tommy el sentimental». En muchos sentidos era un juez poco dado a aplicar la pena de muerte. Nació en 1845, hijo de un especialista en psiquiatría. Ingresó en el Colegio de Abogados en 1868.

A pesar de que como joven abogado dirigía un despacho muy lucrativo, se sentía más a gusto cazando a caballo, en compañía de sus amigos masones, o en el club.

Sir Thomas fue miembro del Parlamento en la Cámara de los Comunes por la circunscripción de Mid-Surrey desde 1892 hasta 1899, año en que fue nombrado juez. No era un hombre arrogante ni presuntuoso, más bien se le conocía por su gran sentido común y una extraordinaria capacidad de entresacar la verdad de una montaña de pruebas contradictorias. Con los testigos solía ser afable y comprensivo, y para disgusto de la mayoría de los demás jueces, era prácticamente incapaz de condenar a alguien a muerte sin echarse a llorar. Muchos comentaristas del caso Seddon creyeron que, en vista de la imprecisión de las pruebas, se requería un juez más duro para el proceso. Numerosos abogados que asistieron al juicio, y que estaban personalmente convencidos de la culpabilidad del acusado, manifestaron sin embargo serias dudas sobre la condena; las pruebas no habían sido suficientemente contundentes para afirmar la inequívoca culpabilidad de Frederick Seddon. Sir Thomas se jubiló en 1914 y murió en 1915 a la edad de setenta años.

Conclusiones

La mayor parte de la población estaba convencida de la culpabilidad de Frederick Seddon. No obstante, se lanzó una campaña pública sobre la base de las inconcluyentes pruebas científicas. Se consiguieron miles de firmas apoyando la liberación de Seddon.

La apelación de Seddon fue rechazada por el Tribunal de Apelación de 2 de abril de 1912. El día antes de la fecha fijada para su ejecución, mandó llamar a su abogado para que le dijera qué precio habían alcanzado los muebles de su casa, vendidos en subasta. Al conocer las bajísimas pujas y los precios finales, Frederick pareció profundamente descorazonado. “Esto es el final”, comentó con un gesto de cansancio.

El 18 de abril de 1918 Frederick Seddon fue ajusticiado en la prisión de Pentonville.

Fechas clave

  • 25/07/10 – La señorita Barrow contesta al anuncio de Seddon.
  • 14/10/10 – Seddon y Eliza Barrow llegan a su primer acuerdo sobre el pago de una cantidad anual.
  • 09/06/11 – La inquilina cede otras inversiones a cambio del aumento de la anualidad.
  • 19/06/11 – Eliza cancela su cuenta corriente y lleva todo el dinero a casa de los Seddon.
  • 26/08/11 – La hija de Seddon compra papel mata-moscas.
  • 01/09/11 – El doctor ausculta por primera vez a la señorita Barrow.
  • 14/09/11 – Muerte de Eliza Barrow.
  • 04/12/11 – Frederick Seddon es acusado de asesinato.
  • 15/01/12 – Margaret Seddon es acusada de asesinato.
  • 04/03/12 – Comienza el juicio de los Seddon en Old Bailey.
  • 07/03/12 – Sir William Willcox declara que la señorita Barrow murió debido a un envenenamiento agudo con arsénico.
  • 08/03/12 – El fiscal general inicia el interrogatorio de Frederick Seddon, que se prolongará durante 12 horas.
  • 12/03/12 – Interrogatorio de Margaret Seddon.
  • 14/03/12 – Margaret Seddon es considerada inocente. Frederick es sentenciado a muerte.

 


MÁS INFORMACIÓN EN INGLÉS


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR