Franziska Klein

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Franziska Klein
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Descuartizadora - Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 4 de octubre de 1904
  • Fecha de detención: 17 de octubre de 1904
  • Fecha de nacimiento: 1868
  • Perfil de las víctimas: Johann Sikora, de 70 años
  • Método de matar: Estrangulación manual
  • Localización: Viena, Austria
  • Estado: Condenada a pena de muerte. Conmutada. Murió en 1911
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Franziska Klein – La rica viuda casadera

Crónicas del Crimen

El día 26 de abril, a las nueve en punto de la mañana, los jurados penetraron en la sala del tribunal regional para asuntos criminales de Viena, en el Palacio de Justicia, al que la voz popular conoce con el nombre de «la Casa Gris».

La sala estaba completamente llena. La mayoría de los presentes eran señoras de la buena sociedad, que, por sus relaciones o tras haber hecho cola ante la puerta del edificio, lograron hacerse con un lugar en los bancos destinados al público. Raramente la sala de un tribunal de justicia ofrece un espectáculo semejante. Al lado de las esposas de los más famosos banqueros, las anfitriones de los Salones de moda más conocidos y, junto a ellas, editores, escritores y periodistas. Representantes femeninas del «demi-monde» elegante se sentaban junto a las más famosas personalidades de Viena, mostrando los últimos y más llamativos modelos de la moda primaveral.

Durante cinco meses, los periódicos de Viena principalmente, pero también los de todo el mundo, estuvieron publicando informaciones sobre el asesinato cometido por Franziska Klein, que los lectores devoraron con el máximo interés.

Con emoción se siguió la historia de su fuga y las investigaciones posteriores de los agentes de la policía criminal en distintos países, que terminó con la sorprendente detención del matrimonio Klein.

La gente acudió a la sala del tribunal para presenciar el juicio como quien acude al teatro para ver el final de una comedia, pues en los interrogatorios previos la asesina había contestado a las preguntas dando muestra de gran agudeza e inteligencia y con un talento dialéctico que hacía prever una firme defensa.

Las animadas conversaciones del público cesaron como por encanto cuando los dos acusados, acompañados por dos alguaciles, fueron conducidos a la sala.

Todo el mundo se había figurado a Franziska Klein como una mujer de mayor estatura. Una mujer que fue capaz de estrangular a un hombre fuerte y robusto con sus propias manos y después descuartizarlo de modo bestial, debía tener otro aspecto. Con su rostro de muñeca caprichosa y delicada apenas si podía mirar por encima de la barrera que protegía el banco de los acusados. En sus movimientos había algo de coquetería estudiada y lo mismo en la mirada con que recorrió la sala del público. Podría tomársela por una francesa, su cabello oscuro estaba muy bien peinado, liso, aun cuando en la frente se le hacían algunos pequeños rizos, coquetamente arreglados. Llevaba una estola de piel al cuello en la que casi ocultaba su rostro. Sacó una bocina para la sordera en forma de trompeta que puso ostentosamente ante sí en el banquillo.

Los periodistas describieron a su marido, Heinrich Klein, como a un hombre de buen aspecto, en los cuarenta años. La esposa era cuatro años menor, pero a su lado casi parecía una muchacha. En él, llamaba la atención su barba muy bien cuidada, negra, que se extendía desde las patillas hasta la comisura de los labios. Las puntas del bigote se erguían retorcidas. Tranquilo y sereno ocupó su asiento en el banquillo, con los ojos bajos, fijos en sus manos sujetas por esposas metálicas. Su esposa no lo miraba.

Todo el mundo se puso de pie. El presidente del Tribunal, Consejero Superior de Justicia, baron Von Disyler, ocupó su sillón. Le asistían tres magistrados, también consejeros de Justicia. La acusación estaba a cargo del fiscal Dr. Pollak. Franziska Klein era defendida por el abogado Dr. Morgenstern. Heinrich Klein, su esposo, por el Dr. Elbogen.

Cuando los magistrados tomaron asiento lo hizo el público, en medio del rumor de sillas que se mueven y de toses.

El alguacil comenzó a leer la acusación:

«Franziska Klein, nacida Braun, y su esposo el fabricante de figuras de bronce Johan Heinrich Klein, son acusados de haber causado la muerte, de mutuo acuerdo, al rentista Johann Sikora, en la noche del 4 de octubre de 1904. El crimen fue llevado a cabo con alevosía y con la intención de apoderarse de objetos de su pertenencia, es decir, dinero, valores y alhajas, con violencia contra las personas. Por lo tanto, la acusación contra Franziska Klein y su esposo es robo con homicidio.»

Los dos primeros testigos, Ferdinard Pietsch y Leo Rappaport, informaron cómo llegaron a descubrir el crimen. Eran, respectivamente, el consocio y el secretario general de la sociedad «Pietsch y Klein, Artículos de Bronce», situada en la calle Gumperdorf, 57, de la que Klein era el otro socio. El señor Ferdinard Pietsch declaró los siguiente:

-Me presenté en la Magdalenenstrasse, número 78, donde la familia Klein vivía desde hacía algún tiempo y le dije a la portera de la casa: «El señor Klein nos dijo que se marchaba con su esposa a un viaje de negocios de corta duración. No ha regresado todavía a la fábrica aunque lo más tarde que debía volver a Viena era el domingo y hoy estamos a martes. Las ventanas de su piso están abiertas y las cortinas empapándose de agua con la lluvia, por lo que le rogamos que nos acompañe al piso. Queremos ver o que pasa antes de dirigirnos a presentar una denuncia por su desaparición.» Para evitar el tener que romper la puerta abrimos con una llave maestra. En el interior del piso reinaba el mayor de los desórdenes. Inmediatamente le dije al señor Rappaport que me acompañaba: «Parece que pasó un huracán por aquí.» Cerré la ventana y nos marchamos de nuevo. Después de comer le dije de nuevo a nuestro secretario general: «Volvamos allí para ver si faltan algunas cosas, no sea que después digan que han perdido algo.» Cuando volvimos al piso notamos un olor extraño, como a cadáver. Al mediodía no lo percibimos porque las ventanas estaban completamente abiertas. Al lado de la otomana vimos una mancha oscura que en un principio pensamos era de tinta. Pero en ese momento me di cuenta que el sofá estaba un poco levantado por su parte izquierda. El señor Rappaport, la portera y yo corrimos a un lado el mueble y debajo de él descubrimos un gran saco, atado en la parte de arriba con un pañuelo. El señor Rappaport se asustó en seguida de ver el saco y dijo: «Hay un hombre muerto dentro … » Lo que en un principio tomamos por tinta era sangre. Entonces dimos la alarma a la policía.

Las declaraciones del agente de policía que acudió a la llamada y la del forense completaron el horrible cuadro. En el saco estaba el cadáver de un hombre de edad. Había comenzado ya a corromperse y la piel estaba azulada. Para evitar el mal olor habían dejado un paquete de alcanfor encima del sofá abierto. Las rodillas del muerto habían sido rotas y los pies colgaban sujetos solamente por una tira de papel y estaban vueltos hacia atrás para que el cadáver pudiera caber en el saco y éste quedar disimulado debajo del canapé, que no era muy largo. Dos médicos certificaron que la muerte se había producido por estrangulación causada por manos extrañas.

Se hizo que los habitantes de la casa pasaran ante el muerto para ver si lo reconocían. Apenas si se atrevieron a mirar su cabeza cubierta de sangre seca. Ninguno lo reconoció. Sus gemelos darían una pista para la identificación, pues eran un regalo de la Administración pública, con el escudo de armas del Distrito XV de Viena, como reconocimiento a las obras de caridad realizadas por su poseedor. Rápidamente pudo saberse quién era aquel caballero tan cruelmente asesinado: el rentista Johan Sikora, nacido en 1836 en Miklowitz, Moravia, y residente en Viena, en la Zínkgasse, 17.

Las investigaciones demostraron también que el matrimonio Klein se había casado muy recientemente. Habían realquilado una habitación a la costurera Euphrosine Mounier. La fama de la señora Klein no era de las mejores. Parece ser que tuvo algunas aventuras galantes con el consentimiento de su marido. De soltera la señora Klein se llamó Franziska Braun. El pañuelo que servía para atar la boca del saco llevaba las iniciales F. B. La señora Klein había sido condenada antes de su matrimonio por estafa y hurto.

No cabía duda de que el desaparecido matrimonio estaba relacionado con el crimen. Los fugitivos le llevaban a la policía una ventaja de siete días. Primero se controlaron todos los lugares en los que la pareja residió anteriormente: Pressburgo, Budapest, Hanau, Hirchau y Taus. Aparte de ello, se le dieron las señas personales de los dos fugitivos a las policías de todas las grandes ciudades, como Berlín, Dresde, Hamburgo, Munich, etc., y también a todas las ciudades portuarias y a los puestos de fronteras.

«Hay grandes motivos para sospechar que los autores del robo con homicidio son el matrimonio Klein, de Viena. Heinrich Klein, 1,76 m. de estatura, fuerte, con pelo negro liso y muy peinado, barba completa, frente amplia. Habla alemán, con acento de Viena y dialecto vienés. La última vez que se le vio vestía traje oscuro y chaleco a cuadros y se tocaba con sombrero negro de fieltro duro. Franziska Klein: 1,50, más bien corpulenta, de aspecto agradable; cabellos castaños; un pequeño rastro de bigote; sorda, vestida elegantemente de oscuro con velo y sombrero. Habla alemán, húngaro y francés.»

Ésta era la orden que se pasó a todas las delegaciones de policía pertinentes y que publicaron los periódicos.

En el registro de la casa se encontró un hacha de la que habían sido borradas todas las manchas de sangre con arena. Había servido para descuartizar al muerto al objeto de poderlo meter en el saco.

En un cajón se encontraron cartas firmadas con el nombre de Aranka o Ilonka. Franziska Klein tuvo que reconocer que las escribió ella a hombres con los que tuvo relaciones íntimas. Después les pidió esas cartas y consiguió que le fueran devueltas. Aquellos hombres no fueron considerados por ella como buenos compañeros y la desilusionaron. Algunas de esas cartas fueron leídas ante el Tribunal.

27 de mayo de 1904

Estimado señor:

No sé verdaderamente cómo empezar esta carta, pues mi cabeza está llena de confusión. Usted me gusta verdaderamente y mucho, pero soy una criatura tan débil y delicada que no puedo pensar en el matrimonio. Aparte de eso, no puedo ofrecerle a usted otra cosa que 20.000 florines en dinero contante. No espero en volver a recuperar la salud, pero quizá contando con un poco de amor podría encontrar fuerzas para vivir de nuevo. No me iré a Budapest, sino que me quedaré a pasar el verano en algún lugar residencial próximo a Viena. Si desea volver a verme puede escribirme a la dirección que ya conoce. Pero si nos citamos no quiero que sea antes del 31 de mayo y después de las 7 de la tarde, cuando ya el calor no se hace sentir tanto. El calor del día es intolerable para mí. No me atrevo a esperar que volvamos a vernos. Reflexione bien sobre el asunto y escríbame. Esperaré su respuesta hasta el lunes por la noche. Que usted siga bien le desea con los más cordiales saludos, su pobre enferma.

ARANKA.

En una postal con flores escribió estos versos, el 18 de julio:

No pienses tanto en mí que yo dormir no puedo, pues siento la nostalgia de tu cuerpo y tú no das indicios de acordarte de mí.

El amor es un sueño que estorba nuestras noches, llenando, las hoiras con miles de suspiros que con mil quejas mueren sin poder ser oídos. Siento la dulce nostalgia de un puerto de reposo en el que suponer pueda eres feliz conmigo ¡No pienses tanto en mí que me quitas el sueño, porque mi alma llena está de tu nostalgia …. ¡

Y firmaba: Tu pobre pequeña, llonka.

Más significativa era esta carta dirigida a su futuro esposo Heinrich Klein:

Querido Heinrich:

He recibido tu carta. Estaba muy enfadada contigo. Cuando dejé la estación, después de desayunar allí, me fui a la montaña. Dos jóvenes me estuvieron espiando paso a paso. Era terrible tener detrás de una dos tipos tan estúpidos. Entré en una tienda de sombrillas y cuando salí estaban en la puerta esperándome. Me dirigí a ellos y les dije que si no dejaban de seguirme llamaría a un guardia. Se sintieron avergonzados y molestos y desistieron de seguirme. ¿Por qué me haces una cosa así? ¿Qué es lo que el señor Pietsch quiere de mí? Hace solamente tres semanas que nos conocemos, pero quiero que oigas mi confesión: No soy viuda sino divorciada. Mi marido era secretario de un instituto monetario en Budapest. Con su primera esposa sólo Vivió quince días. Mi divorcio no está, realmente, acordado del todo. Hace ya un año y dos meses que el proceso comenzó, pero la sentencia aún no ha sido dictada. Puedes figurarte lo delicado de mi situación. Mi marido me quiere mucho y no desea divorciarse. Sólo accedió después que me mostré de acuerdo con pagarle las tres mil coronas que me exigía. Me hacía espiar continuamente. Por eso decidí venirme a vivir a Viena con mis parientes, y por eso no recibo visitas de hombres. No puedes venir a mi casa y creo que ahora comprenderás por qué soy tan dura en mi negativa. Cuando sea libre, buscaremos un nido para nuestro amor. Te ruego que no menciones nada de lo que aquí te escribo ni a Pietsch ni a Bauer. Nadie debe saberlo. Así que paciencia, – amigo mío, las cosas no pueden ir más de prisa. Ayer estuve en el Au, anteayer en el Schlossberg; paisajes maravillosos, un aire puro como el que debieron respirar los dioses. Mañana, después de mucho tiempo que no lo hago, volveré a dar un paseo a caballo. Lo seguiré haciendo cada semana cuatro veces, por la tarde… Así, amor, deja de espiarme, pues con ello no haces sino alejarme de ti. Me dio tanta rabia, que sentí ganas de romper contigo definitivamente al ver que me hacías seguir. Respeta mis deseos y será mejor para ti. Si por el contrario insistes en esas cosas, aunque sé que no se te ocurren a ti, todo terminará mal entre nosotros. Los mejores saludos de tu

ILONKA.

En otra carta dirigida también a él, escribía:

Estimado señor Klein:

En este día me he enterado que usted mantiene relaciones íntimas con otra mujer, por lo tanto, le retiro mi palabra. Yo le ofrecí mi corazón y mi mano. Ahora anulo el ofrecimiento. No quiero ir a mi desgracia directamente y con los ojos abiertos. A usted le gustan las aventuras galantes, pues bien, que mi bendición le acompañe. Lo que le digo en esta carta puedo probárselo. El señor Bauer y el señor Pietsch han dicho de mí que soy una aventurera y tal vez una estafadora. Pero puedo defenderme y poner las cosas en su lugar. Pero, ahora, ¿qué es lo que usted quiere de mí? ¿Debo dejarme engañar y traicionar? ¿Es que los caballeros no tienen sentimientos ni corazón? ¡Qué desgraciada qué infinitamente desgraciada me siento! Le ruego que me envíe la carta del fabricante de Bielitz así como la cuenta que tuvo que pagar por mí. Espero ambas hasta el martes a rñás tardar, pero dirigidas a la siguiente dirección: «Aranka. Poste Restante. Oficina Postal de la Maximiliastrasse.» Tal vez alguna vez sienta nostalgia de ésta con quien ahora juega tan despiadadamente y aleja de su lado.

ILONKA.

En otra carta a su futuro esposo, se expresaba con entusiasmo sobre París, una ciudad célebre por su elegancia y galantería, y en la que, además, estaban los mejores especialistas del oído.

Este escrito fue el que hizo que la policía dirigiera sus investigaciones hacia la capital francesa. Pero de momento no se obtuvo respuesta satisfactoria de la policía parisiense, que no halló la menor huella de la sospechosa pareja.

El mozo de equipajes Johann Muenichberger vio en los periódicos los retratos de la pareja buscada y se presentó a la policía afirmando que estaba seguro que él llevó sus maletas y las puso en el tren con destino Montreux. El señor Klein y su esposa subieron a un departamento de segunda clase y le dieron una espléndida propina. Cuando el tren salió, pocos minutos después, vio a la mujer asomada a la ventanilla de su departamento. Se enviaron órdenes telegráficas de detención con la descripción del matrímonio a las policías de Montreux, Zurich y Berna.

El hijo de la víctima, un alto funcionario público destinado en los ferrocarriles, llegó a Viena. En el piso de su padre encontró abierta una caja de seguridad de la que faltaban quince mil coronas y una libreta de ahorro con treinta mil. No podía decir el importe de los valores al portador y acciones que fueron sustraídos. De la mesa de noche, en la alcoba, se llevaron dos relojes de oro de caballero, una aguja de corbata con una gran perla, dos relojes de oro de señora con cadena de oro y muchas otras joyas, pendientes, broches y el anillo de matrimonio de su difunta madre.

Se encontró también la correspondencia amorosa del viejo señor. Entre las cartas una petición de matrimonio de Johann Sikora, pero firmada con otro nombre. El s.eudónimo empleado fue el apellido «Schmollinger», que era el de soltera de su difunta esposa, que no había vacilado en utilizar para algo tan poco respetuoso para la memoria de la muerta. Las declaraciones y opiniones de diferentes personas, recogidas por la policía pusieron al descubierto la personalidad del señor Johann «ven» Sikora, y dieron el retrato del típico rentista de aquellos tiempos que en vez de pasar en paz y tranquilidad los últimos años de su existencia, parecía, más bien, decidido a aprovechar de todos los placeres y la buena vida que a finales de siglo era típica de la gente adinerada en Viena. Tras la muerte de su esposa, dejó todos los negocios para vivir exclusivamente de sus rentas.

Josefa Simanda, su única criada, que no dormía en la casa, declaró con su típico acento vienés:

-El señor Sikora no quería tener servicio en casa. Cuando terminaba mi faena, tenía que largarme. Tenía una habitación aparte, no lejos de su domicilio. Nunca comía en su casa sino en el restaurante. Cada día recibía visitas de mujeres, pero no sé los nombres. A una de ellas la vecina y yo la llamábamos «la condesa». Era una viuda de unos cuarenta años. Pero con ésta había reñido hacía ya algún tiempo y la echó a la calle prohibiéndole volver. Otra de las señoras era muy elegante, demasiado llamativa. Era un poco dura de oído, es decir, sorda. Cuando se refería a ella siempre la llamaba «la sorda». Ahora sé que esa señora es Franziska Klein, la misma que ahora se sienta en el banquillo de los acusados. El día 3 de octubre estuvo en casa del señor Sikora. Por la mañana, a eso de las diez, los vi salir juntos del piso. La señora Kulec, que tiene una carbonería en los bajos de la casa, también los vio ese día y otras veces… Cuando aquella noche el señor no volvió a dormir a casa no pensé nada raro, pues no era extraño que se quedara alguna noche fuera. El domingo, al ver que aún no había regresado, pensé que había ido a visitar a su hijo. O a su hija, que está casada con un boticario en Roemerstadt.

El camarero Krebs dijo que muchos consideraban al señor Johann von Sikora como un roñoso y avaro que no aprovechaba para nada su dinero y, sin embargo, era capaz de poner en la calle a los inquilinos de sus casas si se retrasaban en pagar el alquiler. Pero eso no era cierto. A veces, era caprichoso y tenía mal humor, pero a muchos de los inquilinos de sus casas que se retrasaban en el pago, les daba facilidades para que le pagaran poco a poco.

-Y, además, se cuidaba bien y no se privaba de nada.

Cada domingo se hacía servir un ganso asado o la mejor clase de carne. Tres veces por semana se hacía servir los platos especiales más caros. No, el rico señor Sikora no era un avaro ni se privaba de nada. Hablaba con gusto de sus amistades femeninas y de sus aventuras amorosas, haciendo muchos comentarios sobre la suerte que tenía con el sexo débil. Una vez me atreví a advertirle: «Señor Sikora, ¿no resulta peligroso para usted que lleve a su casa y deje dormir allí a mujeres que no conoce?» Él se echó a reír y me respondió: «Qué tontería. No puede pasar nada. No tengo el menor miedo. Soy un hombre fuerte.» Yo le profeticé, precisamente, que un día acabaría asesinado por una amante celosa. Pero él me dijo: «Soy pobre y viejo, pero un tipo duro de roer al que no es fácil coger. Nadie cometerá un delito conmigo.»

Una pareja fue detenida en Montreux al bajarse del tren, pero no era el matrimonio Klein. El mozo de equipajes de Viena se había equivocado. Pero el revisor del tren que acababa de regresar de Salzburgo vio al matrimonio en uno de los vagones que tenía que controlar. Declaró a la policía:

-Yo tenía que revisar los cinco primeros vagones del tren Viena-Salzburgo. La pareja iba en el tercer vagón, que cuando el tren salió de la estación estaba completamente lleno, lo que no debieron advertir al subir. No me di cuenta de su presencia hasta la estación de Kirchstetten, donde una anciana fue a subir al compartimiento. Se me dijo que el asiento en el que yo quería sentar a la anciana estaba ocupado por dos personas que iban en el pasillo. Encontré al señor y la señora en el extremo del pasillo junto a la entrada del retrete. Él era alto, ancho de espaldas, con barba y bigote muy fuerte y el cabello bien peinado. Ella, pequeña, más bien gruesecita. Le llegaba al hombre a la barbilla. La señora no llevaba velo y vestía una blusa clara con estampados en negro y una falda negra. Llevaba al brazo varias sombrillas. Habían sacado billetes ordinarios hasta Salzburgo. No me parecieron nerviosos ni excitados. El caballero me dio una buena propina y me pidió que les buscara un departamento separado, pero no había ninguno libre y, por lo tanto, se quedaron en el pasillo hasta que llegamos a Amstetten, es decir, casi una hora. En esa estación se quedó vacío el primer vagón. Les pedí a los viajeros que se cambiaran y la mujer en un principio casi no se atrevía a cambiar de vagón con el tren en marcha por no cruzar la plataforma. Para que me oyera por encima del ruido del tren le grité que no tuviera miedo. No me entendió, pero me miró asustada, con los ojos muy abiertos. Cuando llegaron al otro vagón se sentaron y esperaron sin hablar una palabra, aunque estaban despiertos, a que se quedara libre un departamento cama. El caballero transportó por sí mismo su equipaje de mano y cuando entraron en el coche cama cerraron inmediatamente las cortinas. A partir de ese momento ya no volví a ocuparme de ellos, pues tenía que abandonar el tren en Linz.

La policía de Salzburgo confirmó y completó la detallada información del revisor del tren. La pareja buscada llegó a Salzburgo, y Heinrich Klein encargó al mozo de cuerda Ulrich Wesner que tomara sus dos grandes maletas de viaje que venían facturadas y las llevara a la sección de equipajes para el extranjero donde debía facturarlas para París. La señora se mostró muy nerviosa al ver que no había enlace en seguida para la capital francesa. Una vez que las maletas estuvieron facturadas, la pareja comenzó a pasear por el andén. Cuando llegó su tren, subieron con gran precipitación. Fueron los primeros en entrar en el vagón. Llevaban tres maletas más como equipaje de mano.

La policía de la estación de Basilea comunicó a la policía de Viena que los fugitivos llegaron allí, pero que no se registraron en ningún hotel ni tampoco en un alojamiento privado. Parece ser que enlazaron inmediatamente con París, donde debieron llegar el 8 de octubre. En Basilea pudieron controlar el número de facturación de su equipaje y por ello fue fácil conocer las etapas del viaje.

El 6 de octubre, a las diez, salieron de Viena. El 7, a las 6,45, llegaron a Salzburgo. Salieron de allí a las 9,15 de la mañana. Al día siguiente, a las 8 de la mañana, llegaron a Basilea, de donde volvieron a salir a las diez con dirección a París.

El día 14 de octubre, a las cinco de la tarde, la policía de Viena enviaba a la de París el siguiente telegrama: «El equipaje de la pareja fugitiva, que ya hemos descrito anteriormente, fue facturado el día 8 de octubre y salió para París con el tren de las 5,45 de Basilea. Está registrado, con el número 362. Les rogamos hagan urgentes y detalladas investigaciones.»

La Prefectura de París no respondió nada. Ni el 15 ni el 16 de octubre se tuvo noticias de que los fugitivos hubieran llegado a París. Pero mientras tanto, un nuevo testigo se presentaba en la Jefatura de la Policía Criminal de Viena. Un tal Karl Tobay, que anteriormente fue cochero de una casa particular en Budapest y ahora, desde hacía dos años, trabajaba de criado en Viena. Dijo a la policía que hacía algún tiempo, la tal Franziska Klein había intentado asesinarle. Repitió su historia ante el Tribunal:

«En mayo leí un anuncio matrimonial en un periódico de Viena. El señor con el que sirvo, el conserje de la Corte Marcher, me llamó la atención sobre el anuncio. Sabía que yo quería casarme. Escribí a la dirección citada y a correo seguido recibí respuesta en la que se me pedía que fuera a Pressburg. Aquel anuncio decía así: «Viuda de buen ver, con 30.000 coronas, busca amistad con caballero bien situado. Respuestas deben dirigirse a “Bella Polaca”. Poste Restante. Pressburg.» Quedamos en que la dama en cuestión me esperaría en la estación de Pressburg el 28 de mayo. Como señales para conocernos, ella llevaría una blusa blanca y yo debía ponerme un clavel del mismo color en el botón de la solapa. En su respuesta la anunciante me pedía que le comprara unos zapatos de charol, de París, del número 35. Verdaderamente eso me pareció una frescura, pero le compré los zapatos. Comimos juntos en el restaurante de la estación. Se me presentó con el nombre de Ilonka Szeplaky, y me dijo que vivía en la Spittalgasse, en casa de una viuda que se llamaba Garay de apellido. Después añadió que yo le gustaba y que tenía 30.000 coronas y estaba dispuesta a casarse conmigo. Me dijo que oía un poco mal, pero que eso no debía importarme. Le respondí, bromeando, que había sido cochero de punto y estaba habituado a que la gente me gritase. Ella hablaba sin parar, como un torrente, y yo no hacía sino escuchar. Quería marchar a América, pues allí tenía un tío sin hijos, que poseía una finca muy grande y necesitaba ayuda. Me preguntó si estaba dispuesto a marchar con ella. Le respondí que la idea me gustaba. Tras el almuerzo, fuimos a pasear a la ciudad. Pero allí se comportó con tanta confianza y atrevimiento que yo pensé: «Ésta quiere atraparte de buenas a primeras y está dispuesta a lanzársete al cuello.» Por lo tanto, le dije que no podía pasar la noche allí y tenía que volver a Viena. Y así lo hice. Unos días después recibí una carta suya en la que me hacía reproches por haberla dejado de modo tan repentino. Me rogaba que fuese otra vez a Pressburg. Pero antes debía comprar un baúl y enviárselo. Deseaba hacer la maleta para preparar nuestro viaje a América. Me enviaba las medidas exactas que debía tener el baúl: 1,75 m. de largo, 75 de alto y 75 cm. de ancho. Ésas son las medidas exactas de mi cuerpo.

»No pude menos que reírme, pues me di perfecta cuenta de las malas intenciones de la mujer. Como es lógico, no envié el baúl. Hablé con un policía amigo y le escribimos a la mujer diciendo que viniera a verme a Viena para cambiar impresiones sobre nuestro futuro. No recibí la menor respuesta a mi carta. Volví a escribir otra vez y recibí una breve nota de la dueña de la casa donde me había dicho que vivía: «Muy señor mío: la señora Szeplaky se ha marchado de viaje sin que sepa adónde. Respetuosamente, M. Garay.» Pero pese a que había disimulado la letra yo me di cuenta comparándola con las otras cartas que tenía de la Szeplaky, que la había escrito ella misma… Un momento, que aún no he terminado: Hace un par de semanas, el 27 de septiembre, iba yo por la Magdalenenstrasse, cuando oí en un restaurante una voz de mujer que conocía muy bien que decía buenas noches. Me volví y ¿a quién creen ustedes que vi? A la señora Szeplaky, acompañada por un caballero. Iba vestida muy elegantemente y llevaba al brazo un bolso de palma. La vi entrar en la casa número 78 de aquella calle. Le pregunté a la portera y me dijo que la mujer en cuestión era la esposa del cincelador de bronces Klein y que vivía en el segundo piso. Pensé en subir en seguida, pero me di cuenta que era muy tarde. Volví al día siguiente y ella misma me abrió la puerta. Me miró sorprendida: «¿Quién es usted? ¿Qué es lo que quiere?» Le respondí: «¿No me conoces? Soy Tobay. Te llevé un par de zapatos de charol hechos en París. Muy bonitos. Me costaron ocho coronas. ¡Devuélvemelas!» Me rogó que no hiciera ningún escándalo y me dio siete coronas. Pero tuve que prometerle que le devolvería las cartas que me había escrito desde Pressburg. Y así lo hice.»

El día 17 de octubre, se recibieron, por fin, noticias procedentes de París. «El matrimonio Klein visto en la estación del Este, con dos maletas de color claro. Klein y su esposa, al parecer, se embarcarán el domingo en el buque Pennsylvania con rumbo a América.»

Los periódicos franceses informaron del caso Klein con más detalles de lo normal en un crimen cometido en el extranjero, porque los personajes del hecho y la forma como se cometió tenían una gran semejanza con un caso criminal cometido en París. En distintos lugares y en distinta época, dos crímenes semejantes.

Hacía unos veinte años, en París, un viejo caballero, muy rico, llamado Gouffé, fue atraído a su casa por una tal Gabriele Bompard, con el señuelo de una aventura galante, como hizo la señora Klein con Sikora. En su casa, Gabriele le pasó una cuerda por el cuello a Gouffé, cuando éste estaba tranquilamente sentado en un sillón sin sospechar nada. La cuerda pasaba por un gancho que había en el techo. Gabriele Bombard y su amante lo alzaron y lo dejaron colgado hasta que murió. Le robaron todo lo que tenía encima. El hombre descuartizó el cuerpo y lo metió dentro de una gran maleta de cuero Lo mismo que hizo la Klein, Gabriele Bompard se dirigió después al piso del muerto para apoderarse de las cosas de valor que allí hubiera. Tras el crimen, los asesinos de Viena, como los de París, pudieron emprender la fuga llevándole una semana de ventaja a la policía. La maleta con el cuerpo descuartizado de Gouffé, fue enviada a Lyon. No se descubrió el crimen hasta que esta maleta fue abierta en la estación de esta ciudad, pues nadie denunció la desaparición del viejo y rico caballero. Franziska Klein tenía un plan parecido. En un principio, como puede deducirse de la declaración de algunos testigos, pensó deshacerse del cadáver metiéndolo en un baúl que mandó hacer con las medidas aproximadas de un cuerpo humano. Bompard y su cómplice y amante huyeron al Brasil y, después, a Estados Unidos. Pero finalmente fueron localizados por unos detectives franceses que los detuvieron. El hombre murió en la guillotina y la mujer fue condenada a cadena perpetua.

Franziska Klein y su esposo no habían sido detenidos y no habían pagado su crimen cuando la noticia llegó a los periódicos franceses, que aprovecharon la ocasión para hacer una confrontación sensacionalista entre los dos crímenes, y de este modo el asesinato de Viena causó una gran impresión en la opinión pública francesa. El Petit Parisien publicó los retratos de los asesinos a toda página y dijo que como Franziska Klein hablaba y escribía francés, había leído el caso Bompard y trataba de seguir su ejemplo. Todo esto justificó un interés por parte de los franceses que en otro caso no hubiera sido tan grande.

En la villa de La Chapelle, en los arrabales de París, un empleado de la Compañía de Ferrocarriles del Norte vio a la pareja con sus grandes maletas. El portero de un hotel pequefio, en las cercanías del Arco del Triunfo, recordaba que un matrimonio alemán, cuyas señas coincidían con los buscados, durmió en la habitación número 11 la noche del 8 al 9 de octubre. Al día siguiente dejaron el hotel para buscar un piso. Debieron hallarlo, pues poco después vino un mozo con un carro y se llevó el equipaje. No era un mozo de cuerda sino un vendedor ambulante de verdura que por lo visto se ofreció a hacerles el traslado con su carro. Pese a las llamadas que se hicieron en los periódicos, el «transportista» improvisado no se presentó. –

Pero la portera de la casa número 200 de la Rue St. Denis, una anciana que llevaba doce años de portera en esa misma casa, compareció el día 17 de octubre en la Comisaría de Policía de su distrito para informar de lo siguiente:

«El domingo, día 9 de octubre, una señora y un caballero se dirigieron a mí. Ambos vestían elegantemente, pero con moda que no es propia de París. En un mal francés, la señora me preguntó el precio de una buhardilla por alquilar que había en la casa y de la que habíamos puesto un anuncio en la puerta. Le dije que valía sólo treinta y cinco francos al año, pero que no se alquilaba si no se pagaba por trimestres adelantados. Bien, estaba de acuerdo. Quisieron ver la habitación y se la mostré. La señora dijo que aquello era un cuarto trastero y no un dormitorio gabinete como se ponía en el anuncio. Efectivamente, el cuarto es pequeño sin más muebles que una cama de hierro y una silla; y la inclinación del techo no permite estar de pie más que en pocos lugares de la habitación. Pero firmó el contrato y me entregó 20 francos diciendo que de momento no tenía más dinero francés. Pero a la mañana siguiente, la señora me entregó el resto del dinero,, es decir, quince francos más. Me llamó la atención que aquel matrimonio, pese a sus elegantes vestidos, se conformaran con aquella vivienda tan miserable. Vivían muy retraídos. Él se llama señor Kuhn y me dijo, por medio de su esposa, pues no habla francés, que es un viajante de comercio alemán y que por lo tanto tiene que viajar mucho, pero lo cierto es que hasta ahora no ha salido de casa. Ella sale de vez en cuando y compra comida que deben comerse fría, pues en la buhardilla no hay posibilidades de calentar ni hacer comida. Cada vez que sale me pregunta si se han recibido cartas para ellos, pero hasta ahora no ha sido así. Mientras me preguntaba vi el Petit Parisien que llevaba en la mano. Después lo compré yo y lo hojeé. Contemplé los retratos que én el se publican y me parece que ese matrimonio es el que la policía busca.»

El jefe de policía Homard, tras escuchar las declaraciones de la portera, la acompañó a la casa y subió con ella al sexto piso. Llamó a la puerta de la buhardilla. La mujer abrió la puerta. El hombre estaba echado en la cama. Monsieur Homard vio en seguida que la pareja tenía mucho parecido con las fotos y que sus señas coincidían con las de la descripción dada en la orden de captura de la policía de Viena. Sin vacilar, se dirigió a ellos:

-¡Ustedes son los asesinos del viejo Sikora! -dijo.

La pareja no pareció entender otra cosa que el nombre de Sikora, pero eso bastó para sumirlos en la mayor confusión. La mujer no hizo más que repetir:

-¡No, no, no…!

Pero el inspector Homard estaba seguro.

-Lo sabemos todo -añadió-. Ustedes son los asesinos buscados.

En ese momento los detenidos reconocieron su identidad como Heinrich y Franziska Klein. La mujer proclamó su inocencia. Declaró que, sin duda, los auténticos asesinos eran los vecinos del señor Sikora. Ellos huyeron de Viena simplemente porque tenían miedo de ser detenidos y se marcharon a París aunque no tenían nada que ver con el crimen.

Fueron conducidos a la Prefectura, donde el inspector Homard, con ayuda de un intérprete, comenzó a interrogarlos oficialmente. Franziska Klein volvió a afirmar que era tan inocente como su marido.

-Conozco a los culpables -dijo-, son dos señores a los que alquilamos unas habitaciones en nuestro piso en Viena. Ellos son los asesinos. Mírenme, señores, ¿creen ustedes que yo sea capaz de un delito tan horrendo?

Con repentino espanto dibujándose en su mirada y en su expresión, añadió:

-¡Oh … ! ¡Me cortarán la cabeza … ! Yo soy la única que vi el cadáver. Deben dejar tranquilo a mi esposo. Él no ha hecho nada. Oiganme: Yo alquilé una parte de nuestro piso en Viená a un estudiante ruso y a otro caballero. Por eso mi marido y yo teníamos que dormir en la cocina. Cuando el día 6 de octubre entré en la habitación de mis huéspedes, vi un saco que habían dejado bajo la mesa. En ese saco había un cadáver. Me di cuenta de que estaba perdida; me echarían las culpas a mí del crimen. Los dos realquilados no me dieron sus nombres, pues hice el contrato sin preguntárselos. Ya sé que fue una tontería, un descuido peligroso. Le conté a mi marido el descubrimiento que había hecho y le pedí que nos fuéramos, que huyéramos. Le convencí de que no teníamos otro remedio que hacer eso.

El policía francés le dijo que estaba informado por sus colegas de Viena que el saco procedía del negocio de su marido, que solía usarlo para guardar en él artículos de metal. Sí, se sabía que el saco, al igual que un hacha, que también fue encontrada en el lugar del crimen, fueron llevados por ella desde la fábrica a su casa. Ella lo negó rotundamente. En el siguiente interrogatorio continuó su declaración:

-A veces también alquilaba el piso a parejas. Como era lógico, no les preguntaba el nombre. Unos días antes del 3 de octubre le alquilé la habitación a un caballero con una dama. Era un hombre rubio, de unos cuarenta años de edad. Ella parecía una mujer frívola pero elegante. El lunes llegó un caballero que a veces visitaba a la pareja. No lo vi salir del piso. Al día siguiente, estando ausente la pareja, entré en la habitación y vi, bajo el sofá, un saco del que salía un brazo humano. Yo me llevé un susto espantoso y pensé: un crimen. Estoy perdida. Hablé con mi marido y lo convencí de abandonar Viena sin decirle el porqué. únicamente le grité: «¡Tenemos que marcharnos si no quieres que nos ocurra una terrible desgracia!» Como me vio tan excitada, se mostró de acuerdo. Él no sabe nada ni ha visto siquiera el cadáver.

Heinrich Klein confirmó la declaración de su esposa:

-El 6 de octubre me dijo Franziska: Tenemos que abandonar Viena a toda prisa. Aquí nos amenaza un terrible peligro. Yo la creí y no le pregunté nada más. Nos vinimos a París, vía Salzburgo y Basilea. Ayer me enseñó nuestros retratos en los periódicos franceses y me dijo: «Estamos perdidos. Te persigue la policía por tus deudas en Viena.» Yo no entiendo francés y creí lo que me decía. No tenía la menor idea de que en nuestro piso se encontró el cuerpo de un hombre asesinado.

Mientras tanto, en Viena la policía continuaba con sus investigaciones y pudo poner en claro el pasado de Klein y su esposa Franziska, nacida Braun, con los mayores detalles.

Heinrich Klein era conocido en Viena como un hombre de negocios trabajador y competente. Demostró cierto talento como cincelador y grabador, sobre todo para piezas ornamentales. En un principio montó un pequeño taller en la Hofmuehlgasse. No le faltaba trabajo. Le hubiera gustado ampliar su taller hasta convertirlo en una fábrica pero para eso le faltaba dinero, pues no había podido, ahorrar lo suficiente todavía. Un fabricante de sedas llamado Josef Bauer le prestó seis mil coronas, tomando como garantía del préstamo una participación de ocho mil coronas en el negocio. Otro cincelador, Ferdinard Pietsch, entró como consocio en el negocio. Así formaron una sociedad y una fábrica para construir bisutería moderna. Tuvieron que comprar maquinaria nueva. El fabricante de seda Bauer les prestó veintinueve mil coronas más, pues el negocio parecía muy prometedor. Sin embargo, pronto se presentaron dificultades para cumplir los compromisos de pago con el prestamista. Josef Bauer le dijo a Klein que lo mejor que podía hacer era casarse con una mujer rica, puesto que era un hombre de buena presencia, Una mañana, Ferdinard Peitsch le enseñó a su amigo un anuncio matrimonial, que se publicaba en un diario de Viena. El anuncio decía: «Joven viuda, con una dote de 20.000 coronas, busca hacer amistad con un hombre de carácter con objeto de posterior matrimonio. Escribir a nombre de Aranka.»

Heinrich Klein vio en este anuncio una posibilidad de librarse de sus deudas. En unión de Pietsch escribió una carta a la tal Aranka, se hizo una foto y la unió a la carta. Ésta fue la foto que después publicarían cientos de periódicos y colgaría en todas las oficinas de policía. En mayo se encontraron Heinrich y Aranka. Él quedó encantado por la mujer. Ésta se presentó llena de misterio negándose a dar su verdadero nombre y le prohibió que la hiciera seguir o que intentara averiguar nada de su pasado. Klein dijo a su consocio que estaba entusiasmado con aquella extraordinaria y misteriosa mujer y quería casarse con esa persona tan encantadora. Una parte de la dote la emplearía en el negocio. Presentó a Aranka a sus amigos como su futura esposa.

Ferdinard Pietsch a petición del Tribunal, explicó las impresiones que la novia de su amigo le causó al conocerla.

-Pensé que era una mujer demasiado inteligente para Heinrich Klein. Hablaba de libros, de obras teatrales, conocía las canciones de las más recientes operetas. Pero tengo que reconocer que pese a todo causaba una impresión favorable. Pero a la vez que el noviazgo transcurría se aproximaba el momento fijado para la boda y ella no decía quién era ni de dónde provenía y se limitaba a hablar de sí misma con misteriosas insinuaciones, de modo que incluso no sabíamos cuál era su fortuna y sentí ciertas sospechas. A veces decía que había sido la esposa de un teniente del que se divorció; otras que había enviudado de un importante funcionario de banca que murió de una enfermedad nerviosa. Le dije a Klein: «En todo esto hay muchas cosas que no parecen verdad. Hoy dice una cosa y mañana otra. Una vez es viuda y otra divorciada.» Pero él me respondió: «Yo no me equivoco. Tengo confianza en ella. Es demasiado orgullosa y tímida, una criatura maravillosa, y es su carácter lo que la hace mostrarse tan reservada.» El secretario general de nuestra empresa le preguntó un día, con toda claridad, donde tenía invertido su dinero y cuándo se lo entregaría a Klein. El novio estaba tan enamorado que afirmó que había visto el documento del depósito bancario, expedido por el Banco Hipotecario de Budapest. Una vez formalizado el compromiso matrimonial, Klein cayó bajo el dominio total de su novia, a la que llamaba «mi muñequita». No quería ni oirnos cuando le decíamos que en «su muñequita» había algo que no estaba en orden. Se puso furioso y nos contestó: «He dado mi palabra y la cumpliré como un hombre de honor.» Se casaron el 4 de septiembre. Antes del matrimonio ella abjuró del catolicismo para hacerse protestante. Poco antes de la boda, se enteró Klein, por los documentos que la mujer tuvo que presentar ante las autoridades para el matrimonio, que no era ni viuda ni divorciada sino soltera y madre de un hijo ilegítimo. El padre, al parecer, era un conde húngaro y su dote era el dinero que éste le dio para quitársela de encima. Klein no le había hablado a su esposa del mal estado de nuestro negocio, con lo que también la engañó en cierto modo. La boda la celebramos en un pequeño restaurante. Pensé que ya era tiempo de saber qué pasaba con el dinero de la dote y si podíamos contar con él o no. Así que le pregunté simplemente: «Oigame, señora Klein, ahora debe ayudarnos … » «¿Cómo tengo que ayudarles?», preguntó. «El negocio de su marido y mío está comido por las deudas. Pensamos que puesto que es su esposa deberá darnos el dinero para pagarlas.» Entonces la mujer, en la mesa del banquete nupcial, empezó a hacerle a Klein duros reproches ante todos los presentes. Heinrich Klein se justificó con ella: «No te dije nada de las deudas porque temía que me dejarías al enterarte.» Al fabricante Bauer todas estas cosas no parecían importarle mucho y lo único que deseaba era que le devolviéramos los plazos del dinero que nos había prestado y Klein le había dicho que después de su boda le entregaría una buena cantidad. Pero no tenía nada. Lo poco de que había podido disponer lo había gastado en la instalación de su nuevo piso. Heinrich Klein tuvo que hacer una declaración jurada de sus deudas. Pero su esposa dijo que todo eso no era ninguna tragedia y que ella hablaría con el señor Bauer y lo convencería de que esperara o si no acabaría con él. Su plan era el siguiente: Debían invitar al señor Baucr a tomar el té en su nuevo piso. Estarían solos los dos. Nosotros debíamos esperar fuera hasta que ella hiciera una señal. No teníamos otra cosa que hacer sino entrar en la habitación y la encontraríamos en una comprometida situación con el fabricante Josef Bauer. Yo dije: «Señora Klein, para esas cosas debe usted contar con otro, yo no soy de ésos», y Rappaport me dijo después: «Si Bauer acepta la invitación de Klein, iré al bar más próximo y desde allí le telefonearé diciéndole que no acepte.»

No obstante, el señor Bauer fue invitado, como lo demostraba una carta leída ante el Tribunal. Decía así:

Distinguido señor Bauer:

Cuando mi esposo regresó a casa esta tarde me dijo que usted ha enviado a la oficina un escrito notarial exigiendo el pago de las deudas que tienen con usted. Estimado señor, yo le pido que tenga un poco de paciencia. La firma «Pietsch y Klein» puede compararse ahora con un enfermo en plena convalecencia con el que es preciso tener paciencia y cuidarlo bien. Si se le esfuerza demasiado, no Podrá soportar la carga y volverá a recaer. Tenga paciencia y no amenace con el embargo. ¡Dios se lo tendrá en cuenta y se lo devolverá en favores hacia ese hijo para cuyo porvenir tiene usted sin duda los mejores planes, multiplicado por mil! No sólo debe tenerse razón y conocimiento en la mente sino también un corazón en el cuerpo. En la primavera, cuando las circunstancias sean mas favorables, usted me ayudará a construir una pequeña cabaña en el campo para nosotros y cuando todo vuelva a marchar bien, podrá decir con orgullo y :alegría: «Me lo deben a mí.» Eso será para usted fuente de alegría y bendiciones. Cuando nuestro piso esté terminado, le rogaré que venga a visitarnos una tarde. Ante la tetera humeante, las personas inteligentes pueden hablar y entenderse. Le ruego, una vez más, que tenga un poco de paciencia. Con el mayor respeto se despide,

Franziska Klein, nacida Braun.

El testigo sigui-ente fue un tal Viktor Walther, empleado de la Oficina de Detectives Privados «Helios». Dijo lo que sigue:

-Mi jefe, el señor Mueller, me envió a casa de una tal Franziska Klein, que vivía en la Magdalennenstrasse. Nos había enviado una tarjeta postal pidiendo que le enviáramos un detective privado. Cuando llegué a la casa, la puerta del piso estaba entreabierta. Llamé y no me contestó nadie. Llamé con más fuerza. La portera, que me oyó, subió las escaleras y me dijo que entrara, pues la dueña de la casa era un tanto sorda. La portera empujó la puerta y entré. La señora Klein estaba en «negligé». Era casi mediodía. Estaba muy excitada y me preguntó si no podía facilitarle doce mil coronas. Le respondí: «Señora, nosotros no nos dedicamos a prestar dinero.» En vista de eso me preguntó si yo no podía conseguirle hombres ricos capaces de pagar por su amor. A lo que contesté que nosotros éramos un instituto serio y honrado y no nos liábamos en asuntos de esa clase. «Además -añadí-, usted está casada. “¿Qué diría de eso su esposo?» «Bah -me respondió-, no tiene por qué enterarse. Y si lo sabe tampoco importa mucho.»

El testigo, terminada su declaración, saludó y salió.

Los dos acusados oyeron las declaraciones de los testigos y el informe de su fuga con el rostro impasible. Franziska Klein movía de vez en cuando la cabeza, en gesto negativo, como si quisiera dar a entender con su expresión de sorpresa lo exagerada que era la imaginación de los testigos o qué corta su memoria. Heinrich Klein estaba más anonadado. No separaba sus manos espesadas ni un instante y las miraba casi de modo continuo, con la cabeza inclinada. Cuando la portera de la casa de los Klein subió al estrado de los testigos, la señora Klein dio muestras de mayor animación. Tomó en seguida su trompetilla de sorda y escuchó interesada la declaración:

-Muchas veces algunos caballeros se acercaron a la portería a preguntarme si vivía allí, como realquilada, una señorita llamada llonka. Yo le pregunté a la señora Klein: «¿Ha realquilado usted una habitación a una tal señorita llonka?» «Sí, me respondió, se trata de mi cuñada. Quiere casarse y tiene una dote de 20.000 coronas. Los caballeros que pregunten por ella pueden subir.» Bien, pensé, con que quieres engañarme. Pero a mí no me podía hacer la tonta. ¡Quería aparentar que era una mujer casada y honrada! Le dije que los otros vecinos murmuraban. Nuestra casa siempre tuvo buena reputación y no fue nunca un hotel por horas. «Bien -me dijo-, si vienen otros caballeros, dígales que no recibo visitas.» Llegaron unos seis o siete, pero los despedí. Dos, pese a mis palabras, subieron y se quedaron arriba. El domingo, la señora Klein se presentó en la portería con su marido y me dijo: «Dígale a mi marido cuántos hombres han venido.» Poco después el señor Klein me hacía la misma pregunta: «¿Cuántos hombres han venido a ver a mi mujer?» «Siete», le respondí. Él sonrió y comentó: «Vaya, si que hay gente con ganas de casarse.» Yo no me pude contener y le grité: «¿Y quién es en realidad la señorita Ilonka?» Él quedó cortado y me dijo que esas cosas debería hablarlas con su mujer. Y se marchó.

Antes de que se reuniera el Tribunal la policía trató de reconstruir el pasado azaroso de Franziska Klein, bien por sus propias declaraciones, bien por los testimonios de otras personas que la conocieron. Se quiso hacer una biografía por orden cronológico. Nació en 1869 en Hirschau, distrito de Taus, en Bohemia, hija de una honrada y respetada familia. En la escuela primaria fue estudiante distinguida y siempre tuvo las mejores notas, incluso en conducta. Permaneció en la casa de sus padres hasta cumplir los diecinueve años y su conducta fue irreprochable. Hizo estudios para maestra en una escuela católica anexa al convento de Kalocsa, fue novicia desde 1887 hasta 1892.

A petición del Tribunal, la madre superiora del convento escribió el siguiente informe sobre ella:

«Franziska Braun estuvo durante cinco años en el convento de las Hermanitas de los Pobres y de Nuestra Señora. Puede decirse que era una muchacha muy inteligente, pero al mismo tiempo con tendencia a la frivolidad y muy discutidora. Siempre estaba haciendo planes aventureros. Sin embargo, cuando hacía alguna falta prometía continuamente que se corregiría. Esto explica por qué estuvo tanto tiempo de novicia y en período de pruebas. Confiábamos siempre en poderla corregir y prevenirla contra sus tendencias. En 1892 se marchó del convento aunque yo ya había decidido anteriormente su expulsión. No hemos vuelto a verla por Kalocsa. Es totalmente incierto que tuviera relaciones pecadoras con un sacerdote.»

Esta aclaración de la madre superiora se debía a que una antigua compañera de colegio de Franziska, que se encontraba en Viena, había dicho que la señora Klein se escapó del convento en compañía y con la ayuda de un sacerdote. La declaración de esta amiga, continuó así:

-En 1894 se presentó en mi casa. Llevaba luto riguroso y una enorme peluca. Me contó que su novio, un oficial muy importante, había fallecido. Me enseñó el anillo de compromiso y una libreta de una Caja de Ahorros de Hungría con un saldo de ochocientas coronas. Se hacía pasar por viuda de militar y puso un anuncio matrimonial en el periódico.

La acusada contó su vida de otro modo. Tras su fuga del convento empezó a ganarse la vida dando clases, pero pronto tuvo que dejar ese trabajo porque empezó a manifestarse su sordera.

Pero en los registros judiciales y en los archivos de la policía se la encuentra con distintos nombres en el curso de los años siguientes: Elizabeth Király, Karoline Peroutka, Fanni Kiss, llonka Szeplaky, llona Szesy, Aurelia Faschíng y Aranka Arnold. Ponía anuncios matrimoniales en los periódicos con los que atraía a los hombres. En el año 1904, fue condenada a dos meses de arresto por hurto y estafa. Un mes antes de su matrimonio la policía la reclamó por uso de nombre falso y por faltar a las leyes que regulaban la prostitución. Todos sus parientes, con excepción de su hermana residente en Viena, se habían apartado de ella y no querían el menor contacto. Su padre y su madrastra ya no la creían, ni le hacían caso. Incluso creyeron que su matrimonio con Klein era mentira, pese a que la hija les mostró el certificado de matrimonio, como prueba de veracidad.

El Tribunal concedió especial importancia a las cartas que Franziska Klein escribió a su esposo y a sus amigos mientras estuvo detenida en la Prefectura de París. El pro ceso de extradición de los Klein, a petición de las autoridades austríacas, se prolongó bastante tiempo. Tiempo que Franziska Klein, a la que siempre le gustó escribir, aprovechó para dirigirse a su marido, diciéndole lo que debía declarar. De esas cartas se deducía, sin lugar a dudas, que estaba de acuerdo con él para seguir una táctica de defensa, a la que Heinrich Kleín se mantuvo firme con apática inocencia. La mujer fue lo bastante inteligente para darse cuenta, después de los interrogatorios a que la sometió el jefe de la Policía de Seguridad francesa, que las pruebas contra ellos eran más fuertes de lo que había pensado en principio y esto le obligaba a variar, en cierto modo, su defensa, pero sin que cayera en contradicciones con lo que su esposo había quedado en decir. La policía francesa no le puso ningún impedimento para que se dirigiera a su esposo ni tampoco para que escribiera a sus amigos. Sólo que las cartas que no llegaban a su destino sino que iban a parar a las manos del juez instructor de Viena. Ahora, la acusada veía que toda su correspondencia estaba sobre la mesa del juez. El presidente del Tribunal se dio cuenta que con esas cartas lo que la acusada había procurado, principalmente, era ganarse las simpatías de las gentes y, en modo principal, librar a su marido de toda acusación. Los ataques debían dirigirse solamente contra ella. Estaba segura que ella sabría defenderse de las acusaciones mucho mejor que él.

Al secretario general del negocio de su esposo, que mientras tanto fue a la quiebra, le escribió:

Querido señor Rappaport:

Le ruego que trate de conseguir buenas opiniones para nosotros. Usted nos conoce bien y no puede suponer que seamos capaces de haber cometido una acción como la que se nos imputa. Desde que nos detuvieron estoy separada de mi marido. El pobre no sabe absolutamente nada del asunto.Se lo oculté. Creyó que veníamos a París a causa de la enfermedad de mi oído. Mi marido no sabe francés y aquí nadie habla otro idioma, por eso le ruego que cuando me escriba me dirija la carta a mí, pues yo soy la que me ocupo de todo puesto que hablo francés. La dirección es la siguiente: «Franziska Klein. París. Depot, prés Prefecture.» Usted puede demostrar que el día del crimen no estaba en casa ni en la fábrica y, sobre todo, que cada tarde acudía a buscar a mi esposo a su trabajo. También lo hice la tarde del 3 de octubre. ¿Se acuerda? Estoy segura de que sí.

Los franceses son gente extraordinariamente amable. Teniendo en cuenta las circunstancias, me encuentro aquí bastante bien. Lo único malo es que no me permiten ver a mi marido. Confío en que pronto nos llevarán a Viena. Nos permitirán ir acompañados de policías de paisano. Confío en nuestra inocencia y en el talento de nuestro abogado defensor. Escríbame pronto e infórmeme también sobre la marcha del negocio. Para Heinrich las cosas deben ser mucho más terribles, pues no puede pedir nada puesto que no habla francés.

Esperando tener pronto carta suya, le saluda

FRANZISKA KLEIN.

El abogado defensor de la acusada declaró que no era lógico creer que las preocupaciones que en esta carta expresaba por la suerte de su marido fueran una comedia. La mujer, tras una vida de azarosas aventuras amorosas, añoraba un puerto seguro, y creyó que, por fin, había encontrado un hombre que además de su respetada posición en medio de la burguesía, tenía un buen aspecto físico. Claro que se había sentido un poco defraudada al enterarse de que la situación económica de su marido era cualquier cosa menos boyante. Pero ella misma lo había engañado al hablar de sus 20.000 coronas. Pese a esta desilusión estaba convencida de que podrían volver a situarse en buena posición. Pero los compañeros de negocios de su esposo descontaban de ella. Con razón. Todos ellos, especialmente el fabricante de sedas Bauer, el acreedor, con su impaciencia por cobrar su dinero, habían impulsado al matrimonio por un camino en el que por sí solos jamás hubieran caído. Franziska Klein, con su clara inteligencia, se daba cuenta exacta de ello.

Contrariamente, el fiscal dijo que el odio de la pareja por Josef Bauer había tomado ya caracteres muy peligrosos. Una de las cartas lo probaba así. En los reproches que le hacía a su enemigo Bauer, se notaba claramente que quería calumniarlo pava que se llegara a sospechar de él en relación con el asesinato. El fiscal leyó una parte de la carta dirigida a Josef Bauer por la acusada, desde París, el 29 de octubre:

El 3 de octubre llegué a casa por la tarde. Unos días antes me habían instalado la luz eléctrica en la habitación. Me di cuenta de que la ropa de mi armario había sido revuelta. Miré al lugar donde guardaba mis objetos de valor. ¡Robados! Me puse a poner todo en orden cuando descubrí el cadáver. ¡Las muchas cartas amenazadoras; los problemas y dificultades de mi matrimonio, originadas por ciertas personas; mi estado de gran nerviosismo; el robo y sobre todo el hallazgo del cadáver en mi piso, me hicieron perder la capacidad de pensar razonablemente! Lo dejé todo como estaba y me puse a hacer las maletas. Cuando mi marido llegó a casa me encontró como loca. «¡Vámonos, vámonos!», le grité. No le dije una palabra de lo ocurrido. Tampoco en París. Había alquilado la habitación a ciertos señores. ¡Me habían tendido una trampa! ¡Ahora lo veo con claridad! Una terrible intriga. Pero las cosas se aclararán. Señor Bauer, tengo ciertas sospechas. En Viena tendré oportunidad de demostrar ante el Tribunal que soy completamente inocente. ¡Cómo se nos ha podido hacer tanto daño a mí y a mi marido! ¡Mil veces sea maldito el nombre de Bauer mientras exista! ¿Sabe usted lo que significa verse acusada de asesinato y robo y sentirse totalmente inocente? ¡Desde que le conocí a usted he sufrido más que antes en toda mi vida! Dios lo castigará por ello. Mi sufrimiento debe caer sobre usted duplicado. Mi dolor clama al cielo pidiendo venganza.

FRANZISKA KLEIN.

P.D.-A sus ojos yo siempre fui una aventurera. Usted incitó a mi marido contra mí. Esa fue una política estúpida, pues mientras usted más trataba de ponerlo en contra mía más cerca estaba de mí. ¿Por qué no podía dejarme? Porque me porté con él como una mujer fría y esquiva mientras que las demás iban detrás de él como locas. Además, cuando yo consigo que un hombre acuda a mí lo tengo para siempre. Los periódicos presentan un retrato moral mío poco favorable. Pero mi vida anterior está clara tras mí. Nunca fui una perdida ni tuve nada que ver con ese bajo mundo de la frivolidad. Todo podrá ser probado. Quien cava una tumba para otro es muy fácil que caiga él mismo dentro de ella. ¿Por qué lo dijo usted a mi marido, como si lo profetizara, que no estaríamos casados ni seis semanas? Cuando descubrí el cadáver sólo habían transcurrido cuatro desde nuestra boda. Esto da que pensar a cualquier persona razonable. El día de mi boda recibí un anónimo con la siguiente amenaza: «En el día de hoy ha firmado usted su sentencia de muerte. No estará casada ni un mes.» ¡Esta fue su felicitación a mi boda! La carta estaba dirigida a mí con su letra de usted, aunque disimulada. No se la enseñé a mi marido. El día 1º de octubre recibí una carta certificada. «Le esperan a usted la vergüenza y el desprecio. Está a punto de caer en el mayor de los abismos. Su esposo no vivirá mucho tiempo.» Es horrible todo lo que he tenido que sufrir y aún sufro.

También Heinrich Klein escribió desde la prisión francesa:

Querida madre:

Los trámites de la extradición se están prolongando muchísimo. Espero contando las horas mi regreso desde París. La burocracia parece dormir. No me va mal aquí, pero el aburrimiento es horrible. Como no hablo francés no puedo entenderme con nadie. En la cantina hay una lista en francés y alemán de los comestibles, gracias a lo cual puedo comprar, pues de no ser así ni eso me sería posible. Estoy intrigado por lo que me traerá el futuro. ¿Podía suponer nadie que yo, tu hijo, fuera a parar a la cárcel, de este modo, sólo un mes después de mi boda? Confío, no obstante, en estar pronto libre de

nuevo, pues todo este asunto me es completamente extraño. Desde que nos detuvieron no he vuelto a ver a mi pobre esposa. Estoy lleno de impaciencia por ver cómo acaba todo esto. Tened la amabilidad, si es posible, de guardarme todos los periódicos de Viena que hablen del caso, para que después de que se me ponga en libertad pueda leer la impresión de la Prensa sobre el caso, lo cual me interesa mucho. Es verdaderamente una lástima haber estado en París tanto tiempo y haber podido ver tan pocas cosas. Confío en que mi nombre será rehabilitado muy pronto, pues un delito de este tipo está completamente fuera de mi forma de ser y lo mismo del carácter de mi mujer, como creo firmemente. Hasta ahora no tengo la menor idea del asunto, por lo que me alegraré mucho de estar en Viena y poderme defender. Mi hermoso bigote ha desaparecido. La primera noche que llegué a París, en el hotel, me quemé con la vela su punta izquierda. Después, al lavarme se me han vuelto a romper las puntas. Mi mujer las frotó tanto que las quebró. Me dieron ganas de llorar. Ahora tengo tiempo de esperar hasta que sea como antes. Una desgracia dentro de otra. Por favor, mándanos, para mi esposa y para mí, dos pastillas de jabón de glicerina transparente, a la Prisión de la Policía de París. Con mis mejores saludos, tu hijo,

JOHANN HEINRICH KLEIN.

Los trámites de la extradición estuvieron listos a finales de noviembre y el día 27 el matrimonio fue conducido a Dette, en la frontera suiza, desde donde habrían de ser llevados hasta Zurich vía Basilea. Durante el viaje la señora Klein estuvo en su papel de quien se sabe inocente del crimen que se le acusa, pero lo cierto es que empezaba a dudar de que diera resultado. Cuando vio su foto y la de su marido en el tablón de avisos de la policía de Zurich, se echó a reír y dijo:

-¡No puedo comprender cómo hay quien nos cree capaces de cometer un crimen como ése, sobre todo en Viena ¡ No obstante, al registrarla la policía le encontró una gran navaja, muy afilada, que pudo conseguir en Basilea y esconderse en la enagua. En Feldkirch, los dos detenidos fueron entregados a la policía austríaca que vino a recogerlos. Durante el viaje desde allí hasta Viena, sobre todo al principio, Franziska Klein se mostró animada y convencida de que conseguiría la victoria, mientras su marido apenas si hizo otra cosa que dormir. Cuando vio Franziska las montañas del Tirol que empezaban a desaparecer en la penumbra del crepúsculo, con ademán teatral, exclamó:

-¡Adiós, hermoso mundo! Quién sabe si volveré a verte.

Estoy preparada a todo, así que puede ocurrir lo que sea.

Entre los numerosos documentos que se amontonaban a ambos lados de la mesa del presidente del Tribunal, ocupaban parte muy importante las actas de las declaraciones e investigaciones previas realizadas por el juez de instrucción Dr. Weinlich. Siempre que en sus declaraciones ante el Tribunal los dos acusados se desviaban de lo que declararon durante la instrucción del proceso, se les presentaba su anterior declaración y se la comparaba con la nueva.

Ya desde el principio del caso, Franziska Klein se dio cuenta de que las pruebas que el Tribunal tenía en su poder eran verdaderamente abrumadoras. No obstante, en los primeros momentos Franziska luchó con toda la fuerza de su inteligencia y su razón para defender la inocencia y la libertad, tanto de ella como de su marido. El juez de instrucción tuvo muchas dificultades y trabajo para poder rechazar los reparos que la señora Klein ponía a sus acusaciones. Tanto entonces como durante el juicio, se defendió no sólo con la lógica femenina, sino con la habilidad de un criminal profesional experimentado. Al principio sus declaraciones trataron de demostrar que ella y su esposo eran las víctimas de un acto de venganza. Sin embargo, no se atrevió a acusar de ello, ante el juez, al comerciante Bauer, porque sabía que éste podría probar fácilmente su inocencia. Así que inventó un nuevo personaje: Geza Thury, uno de sus anteriores amigos, que había jurado vengarse de ella porque lo había abandonado. Por otra parte, Franziska Klein afirmó tener una doble, una mujer que se parecía extraordinaríamente a ella, a la que alquiló una habitación en su casa. Un caballero de edad, que ambos le presentaron como el suegro de la mujer, durmió en casa, con ellos, en la noche del 3 al 4 de octubre. Al día siguiente se dio cuenta que todos los objetos de valor que poseía así como el dinero le habían sido robados por esos misteriosos inquilinos que habían desaparecido. Y bajo la otomana del gabinete, encontró el cadáver de un hombre. Preocupada porque ese Geza Thury volviera y pudiese hacerle algo peor, y también por miedo a que se le acusara del crimen, ella y su marido decidieron huir.

Heinrich Klein no pudo seguir la táctica de su esposa. Le resultaba imposible defenderse manteniendo la teoría de su desconocimiento absoluto del suceso. Se decidió, pues, a librarse de la acusación de complicidad en el asesinato echando toda la culpa a su mujer. Declaró así que su mujer, el día 6 de octubre y no antes, le había confesado que estranguló a un hombre rico en su piso. Lo hizo sola. El dinero robado debía ayudarles a salir de su difícil situación económica. Después de cometido el crimen, tomó el reloj y las llaves del muerto y se dirigió a su casa, para apoderarse allí de todo lo que hubiera de valor. Aquellos objetos los había escondido en la buhardilla de París, bajo unos ladrillos del suelo. Los cupones de las acciones los escondió su mujer dentro de unas madejas de lana.

Se telefoneó a la policía de París para que pusiera en seguridad el botín. Para el inspector jefe de la Surete, monsieur Homard, aquello resultó penoso, pues cuando procedió a la detención de los sospechosos efectuó un registro en la buhardilla, que no dio resultado. Mientras tanto en la buhardilla de la calle St. Denis, 200, habían ocurrido varias cosas y habían cambiado los inquilinos. El primero que sucedió a los Klein fue un mozo del «Magasin Printemps», que se ahorcó allí a causa de un amor desgraciado. El otro inquilino, un pintor, se cayó por la escalera y cuando el policía llegó a hacer el registro se encontraba en el hospital, con una pierna rota, y por lo tanto el piso estaba vacío. Se levantó la vieja alfombra que cubría el suelo. Algunas baldosas estaban un poco sueltas aunque se había tratado de mantenerlas firmes con mima de pan que mientras tanto ya se había secado. Se sacaron y bajo una de ellas se encontró una bolsita de lino, en la cual se podía apreciar aún el sello de un banco de Viena. Dentro había un reloj de oro con cadena, anillos, un alfiler de corbata con perla y otras joyas. Cuando se levantaron otras baldosas se descubrieron dos paquetes más. Uno era un pañuelo para cuello de seda roja. Cuando se abrió se vio un periódico de Viena en el que había envueltas algunas turquesas. Otro paquete, liado en un periódico francés, contenía un fajo de acciones y valores.

Al mismo tiempo, en Viena, se encontraban los cupones en la madeja de lana, que se encontraba entre los objetos que habían sido confiscados en el piso de los Klein.

La traición de su marido dejó a Franziska sumida en la mayor confusión. Fue un golpe demasiado duro para ella. No obstante, trató de rehacerse y pidió una confrontación con su esposo, un careo para desmentir su declaración. El juez lo fue aplazando hasta principio del juic;o. Franziska trató a su marido con desprecio. Durante el juicio ni siquiera se dignó mirarlo. Pero su resistencia se había quebrado. Antes de que pudiera retractarse de su confesión, hecha en los últimos días de la instrucción, ante el Tribunal se oyó la declaración de varios testigos más.

El tenedor de libros Hugo Schostal dijo así:

-El día 3 de octubre la señora Klein se presentó en la fábrica. Yo estaba en la caja. Pasó con mucha prisa y no me saludó. La oí como le decía a su esposo que necesitaba un hacha afilada que habíamos comprado recientemente. El señor Kleín le preguntó a su mujer: «¿La necesitas hoy mismo? ¿Te corre tanta prisa?» « Sí -respondió ella-, sino tendré que comprar una nueva.» El marido fue a buscar la herramienta a otra habitación y la envolvió en un trozo de papel. Volvió a preguntarle: «¿Para qué quieres un hacha tan grande? Para la leña te bastaría una más pequeña.» Sin responderle nada la señora KIein se fue, llevándose el hacha.

La costurera señorita Euphrosine Mounier, que había alquilado una habitación en el piso de la familia Klein, hizo el relato que sigue sobre los sucesos de los días 3 y 4 de octubre:

-El 3 de octubre mi patrona me dijo que me fuera de casa durante un buen rato, pues quería aprovechar para hacer limpieza en el gabinete que me había alquilado. Era por la tarde, a eso de las cinco. No obstante, ella aún tenía puesta una camisa de dormir. La puerta de su habitación estaba abierta y vi a un caballero en mangas de camisa sentado en un sillón. Le pregunté si su marido estaba en casa. «No -me respondió-, ese señor es el anciano padrastro de mi esposo que ha venido a visitarnos.» Yo me fui a la calle, visité una exposición y regresé por la noche a casa. En el pasillo había una nota de su marido, y yo, creyendo que podía ser algo para mí, la leí: «Querida mujercita: Karl ha venido a buscarme. Me voy a la Agrupación de Cinceladores … » Mi cuarto no había sido limpiado. La señora Klein se disculpó y me dijo que la perdonara pero que verdaderamente le había faltado el tiempo. Estaba muy pálida y tenía tan mal aspecto que le pregunté: «¿Qué le ocurre, señora Klein?» Me respondió: “Estoy enferma, bastante enferma.” A eso de las diez me fui a dormir . Pero no hacía mucho tiempo que estaba en la cama cuando llamaron a la puerta de mi cuarto. Era la señora Klein. «¿Duerme usted, señorita Mounier?», me preguntó. Abrí la puerta y vi que estaba muy excitada. «¡Figúrese … !, mi marido está fuera y tengo que pasar todo el tiempo a solas con ese anciano caballero. Dormirá aquí.» Le ofrecí un sillón y una manta, pero los rechazó y volvió a su habitación.

»A eso de las once -continuó la costurera con su declaración-, volvieron a llamar a mi puerta, ahora con más violencia. Otra vez la señora Klein. Parecía que no se podía tener de pie y se quejó de grandes dolores en el costado. Me preguntó si no había oído algún ruido. Le respondí que no. Pero la noche fue muy intranquila. La puerta del retrete sonó casi continuamente y oí varias veces el ruido del lavabo que había en el pasillo. Yo no pensé nada raro porque la señora Klein me había dicho que se encontraba enferma. A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a entrar en mi cuarto. «¿La he molestado? -me preguntó-. No he podido. dormir en toda la noche, mi marido estuvo fuera y no volvió hasta después de las dos.» «Usted tuvo visita», observé. «Sí -me respondió-, pero el hombre se marchó por la noche.» Dicho esto comenzó a arreglarse el cabello ante mi espejo. Vi al señor Klein, en el pasillo, junto al lavabo. Estaba tan nervioso como su esposa. Le di los buenos días y me respondió. Me contó que había estado hasta muy tarde en el local de la Agrupación de Cinceladores, donde celebró con sus amigos, que lo felicitaron, su reciente matrimonio. Cuando salí de la casa le pregunté a la portera si le había abierto la puerta a un caballero anciano que estuvo por la noche en casa de los Klein. «No -me dijo-, pero el señor Klein no llegó hasta las dos y completamente borracho.» Pensé que la familia Klein había tenido un disgusto conyugal. Ouizás ella lo había engañado. Ya se criticaban muchas cosas de ella. Poco después la señora Klein me dijo que el sábado siguiente se marchaba a Budapest, donde estaría tres días, y después se iría a Meran, para descansar. Me pidió que prestara un poco de atención a su marido para que no bebiera tanto. En ese momento llegaron dos aprendices del taller de su marido, trayendo un gran cajón. «Lo necesito -me dijo la señora Klein-, ahí dentro cabe todo.» Lo pusieron en el suelo. Después tomó unos cuadros de la pared, enrolló unas alfombras e hizo como si preparase todo para un traslado.

El carpintero Stippel, otro testigo, dijo lo siguiente:

-La cosa fue así. Vi al señor y la señora Klein que llegaron a mi taller. La señora Klein quería comprar un cajón de un metro y setenta centímetros de largo… Le pregunté para qué quería un cajón así. Me respondió la esposa que lo enviaría vacío a Bohemia. Yo tenía bastantes cajones en mi almacén, pero ninguno tan grande, pues el mayor sólo medía un metro cincuenta y cinco. La señora Klein tomó mi propio metro y lo midió con sus propias manos, tanto de largo como de ancho y alto. Después me dijo que tenía que tener, exactamente, un metro y setenta centímetros. El marido no habló y se limitó a mover la cabeza asintiendo, de vez en cuando. Después de hacerme el pedido se fueron, pero regresaron en seguida y me dijo que era preferible que el cajón tuviera un metro con ochenta centímetros. «Usted tal vez no se dé cuenta -le dije-, pero ese cajón será enormemente grande.» El señor Klein bromeó: «Es mejor que lo dejemos así, pues si no acabará queriendo que sea de dos metros.» La mujer pareció indignada. «Lo necesito para enviar una cosa que es muy larga, tú lo sabes.» Al día siguiente envié el cajón a la fábrica del señor Klein. Sus empleados se pusieron alrededor del cajón y dijeron bromeando que parecía un ataúd. El señor Klein explicó que su esposa lo quería para enviar patatas y harina. La gente no pudo dejar de echarse a reír. Y uno de ellos dijo: «Señor Klein, esas cosas se envían en sacos.» El señor Klein sonrió y se encogió de hombros: «Qué queréis que haga si mi mujer tiene esas ideas tan raras.» Después mandó a los dos aprendices a que llevaran el cajón a su casa. Y ya que se me Ofrece la ocasión, diré que el cajón no me ha sido pagado todavía.

El carpintero reconoció el cajón que estaba en la sala junto con otros objetos y se le pidió que se sentara.

La sesión siguiente comenzó llamando de nuevo a declarar a la sirvienta del rentista asesinado, señora Josefa Simanda. Debía explicar lo que pasó después de la noche del crimen.

-Estaba limpiando en la cocina del piso del señor Sikora cuando oí que alguien quería abrir la puerta. Pensé que era el señor que volvía a casa después de una de sus noches de parranda. Eran las nueve de la mañana. Abrí y vi a la señora Klein con una llave en la mano. En cierta ocasión el señor Sikora me había dicho que era su prima y ella me dio una buena propina. «Ah, es la señora», dije yo. Me di cuenta de que estaba bastante asustada. Me preguntó si el señor Sikora estaba en casa. Le dije que no, que no había vuelto a dormir. «Es extraño -me explicó-, me había citado para las nueve y media. ¿Ocurre con frecuencia que pase la noche fuera?» No tuve más remedio que reconocer que era así y eso pareció ponerla de mal humor. «Hoy nos iremos juntos a Maucr. Quiere comprarme una. villa.» Y no pude menos de sorprenderme. «Sí -continuó-, quiere casarse conmigo.» Como yo no pudiera evitar una sonrisa de incredulidad, me dijo: «Puede sonreírse, pero ya verá. En tres semanas será nuestra boda.» Siguió hablando de muchas cosas y acabó diciendo que ella le había prestado al señor Sikora seis mil coronas. «No puedo creerlo -le contesté yo-, el señor es un hombre muy rico. No necesita para nada seis mil coronas.» Ella: «Sí, las necesita pues quiere comprar una casa.» Me dijo que quería esperarlo en la cocina. Le dije que podía hacerlo pero yo tenía que irme de compras. Cuando regresé no estaba allí. Al día siguiente recibí una postal en la que me escribía que se marchaba con el señor Sikora a pasar un par de días en Budapest, donde tenían que resolver un asunto de importancia. Me enviaba saludos. El señor Sikora firmaba también la tarjeta. Pero ahora sé que no pudo ser él, puesto que por entonces estaba ya muerto. También estoy convencida ahora que la señora Klel aprovechó el tiempo en que estuve de compras para llevarse todos los objetos de valor del señor Sikora y su difunta esposa.El obrero Ludwig Mayer declaró:

-Era el día 4 de octubre. El señor Klein me dijo: «Mi mujer está abajo, en el taller, baja a ver lo que está hacíendo y dímelo.» Bajé al cuarto de galvanizado, que hacía mucho tiempo que no se utilizaba. Estaba cerrado por dentro. Llamé y no me abrieron. Subí al otro piso y se lo dije al jefe. Después bajamos juntos. Él llamó muy fuerte a la puerta y gritó: «Abre de una vez, Franziska.» La mujer abrió. Vi que había colocado un buen montón de monedas de plata en el poyo de la ventana. Un poco más allá, entre los baños de galvanizar, vi varios fajos de billetes arrugados. No me ermitieron entrar, así que subí al otro piso y les dije a mis compañeros: «Muchachos, hoy tenemos dinero suficiente. La señora Klein está abajo contando un buen montón de coronas.» Todos sabíamos que la firma pasaba un mal momento económico y muchas semanas sólo pudieron pagarnos medio sueldo. Pero del dinero y las monedas de plata que la jefa estuvo contando en el sótano, no recibimos ni un céntimo.

A continuación se le pidió a la acusada Franziska Klein que se manifestara en relación con la confesión que había hecho durante la instrucción del proceso. Resumida, su confesión había sido la siguiente:

Tras su matrimonio, en septiembre, tanto su marido como el consocio de éste, Peitsch, estuvieron pidiéndole dinero continuamente, para sanear económicamente el negocio. Como no tenía ninguno, tomó la decisión, con el consentimiento de su marido, de poner un anuncio en el periódíco y de este modo hacer amistad con señores de dinero. El marido le había dicho que a él le daba igual lo que hiciera con tal de que trajera dinero a casa y que fuera pronto. Como lo de los anuncios no dio el resultado apetecido, se le ocurrió la idea de renovar sus antiguas relaciones con el propietario y rentista Sikora. Lo visitó en su piso y le dio una cita para el día 3 de octubre por la tarde en la casa de los Klein. En esa ocasión le comunicó al señor Sikora que se había casado. Tranquilizó las preocupaciones del hombre diciendo que su marido estaba de viaje y no los interrumpiría. Por la tarde fue a buscarlo a su casa y ambos se dirigieron al piso de la Magdalenenstrasse. Para impedir que su marido pudiera molestarles dejó en la mesa de la cocina una nota con las siguientes palabras: «Szechy está conmigo. Todo irá bien.» Szechy era el nombre de uno de sus anteriores amigos. Al leer la nota, su marido volvió a marcharse. Franziska Klein le permitió al señor Sikora que pasara la noche en su casa y le preparó un lecho en la otomana que había en la sala de estar. Sikora se quedó dormido en seguida y ella, al verlo tan tranquilo a su lado, tuvo la idea de matarlo, coger sus llaves e ir a su casa para apoderarse del dinero y los valores que pudiera encontrar. Sin embargo, no pudo reunir el suficiente valor para llevar a cabo su pensamiento. Cuando su marido llegó a casa, a las dos, salió a la cocina donde se unió a él y le escribió (debido a la sordera de ella muchas veces se escribían notas en vez de hablarse, sobre todo si no podían hacerlo en voz alta): «Szechy está conmigo, pero no quiere darme dinero. Estoy a punto de asesinarle.» Su marido escribió la respuesta: «No harás una cosa así.» Y ella: «Sí, lo haré.» Él no respondió nada y siguió en la cocina silencioso, por lo que ella tomó su conducta como la aprobación de sus planes y esto la afirmó en su idea de matar a Sikora. Se dispuso a hacerlo. Cuando volvió a entrar en el cuarto de estar donde dormía la víctima se acercó a él y le pasó una bufanda en torno al cuello. El movimiento lo despertó y ella, con besos y caricias, volvió a dormirlo. Después tiró con todas sus fuerzas de los extremos de la bufanda apoyándose con las rodillas y los codos sobre el pecho de Sikora. Éste, en su lucha por salvar la vida, cayó de la otomana y en el suelo Franziska acabó de estrangularlo. Cuando vio que no respiraba lo dejó y se puso a registrarlo quitándole todo lo que llevaba de valor, entre otras cosas cinco coronas en dinero. Después, empujó al muerto bajo el sofá y volvió a la cocina, junto a su marido, con el cual se quedó toda la noche. A la mañana siguiente se dirigió al piso del muerto. Al llegar allí se encontró con la criada a la que dijo que estaba citada con el dueño de la casa y le pidió que le permitiera esperarlo en la cocina. Cuando vio que estaba sola, con las llaves que le había quitado al propietario abrió los cajones de la mesa de despacho y la caja de seguridad y tomó todo lo que encontró de valor. Con el botín, se dirigió al negocio de su marido y allí, en la habitación de galvanizado, lo puso en orden. El dinero en metálico y las joyas, los guardó en saquítos. Cuando regresó a casa quemó las libretas de la Caja de Ahorros, pues le pareció que era demasiado peligroso ir a sacar el dinero. Ese mismo día empezó los preparativos para deshacerse del cadáver. Junto con su esposo fue a encargar el cajón en el que pensaba ocultar el cuerpo. Después marchó a la fábrica de su marido para hacerse con el hacha para descuartizar el cadáver al objeto de poderlo meter en el saco. Desistió de llevar a cabo sus planes, de enviar el cadáver facturado en el cajón, porque su marido de pronto se sintió invadido por el pánico, y el día 6 salieron huyendo. En esta confesión llama la atención el hecho de que Franziska Klein trata de librar a su marido de las más graves responsabilidades.

Por el contrario, Heinrich Klein, durante su interrogatorio, en el curso de la instrucción del proceso, describió los sucesos del 3 de octubre y los días siguientes, de modo distinto.

Reconoció, en efecto, que encontró la nota al llegar a la cocina de la casa. Creyó que aquel Szechy era el conde húngaro con el que su mujer le había dicho que tuvo relaciones anteriormente y del cual le había nacido un hijo, para el cual le había prometido una buena cantidad de dinero. Para no molestarles volvió a marcharse después de escribir que se iba a la Asociación de Cinceladores. Cuando regresó, a eso de las dos, encontró a su mujer en la cocina. Le dijo que tenía que dormir allí porque había alquilado la habitación. No se le ocurrió pensar nada malo y él y su esposa se pusieron a dormir en una cama improvisada en la cocina. Confirmó él que al día siguiente su mujer había estado contando dinero en el cuarto del galvanizado de la fábrica, pero pensó que eso eran cosas privadas de su mujer y no le preguntó nada. En cuanto al cajón, lo encargó creyendo que en efecto debía servir para traer algunas cosas desde Bohemia. No supo nada del crimen hasta el día 6 de octubre cuando su esposa se lo comunicó. Perdió la noción de las cosas hasta tal extremo que se marchó con ella a París. Una vez allí pensó que las cosas de valor que su mujer llevaba consigo eran producto de su crimen. Le hizo grandes reproches y la amenazó con el divorcio. Incluso estuvo a punto de denunciarla a la policía.

El desleal comportamiento de su esposo hirió a Franziska Klein mucho más que las preocupaciones por el porvenir. A partir de ese momento, durante todo el tiempo que duró la detención preventiva, en ella empezaron a surgir terribles pensamientos de venganza contra su marido, lógicos en una naturaleza como la suya, tan dada a los excesos, pensamientos auténticamente diabólicos que la llevaron incluso a volver a su fe anterior, a la que renunció por complacer al marído. Pensó que volviendo a la fe católica podía confesar y mentirle al cura, culpando a su marido del crimen. Había perdido verdaderamente el control de sus sentimientos. Naturalmente el padre que la confesó no traicionó el secreto de confesión, pero sí le rogó que fuera al juez de instrucción y le contara lo que creía la verdad. Lo hizo así, firmó la acusación contra su marido y empezó a decir a sus compañeras de celda que éste era el verdadero asesino.

Durante el juicio fue llamada para confirmar su declaración ante el juez de instrucción. Debido a su sordera se le permitió que se acercara a la mesa del presidente del Tribunal. Cada vez que se le hacía una pregunta tomaba la trompeta de sorda y respondía con voz alta, chillona, estridente y como de niña, lo que aumentaba más su aspecto de muñeca.

A la pregunta del presidente si se reconocía culpable, respondió con otra pregunta:

-¿Quiere decir, señor presidente, si yo tenía la intención de matar al señor Sikora?

-No, sólo pregunto si usted se reconoce culpable.

Entonces la acusada respondió en voz baja y tono vacilante:

-¡No!

De todo el interrogatorio de la acusada, que tuvo momentos de auténtico dramatismo, lo más interesante es lo que se refiere a sus relaciones con el señor Sikora. Declaró que lo conocía de antes y que sólo volvió a ponerse en contacto con él a petición de su marido, el cual le había dicho que debía pedirle seis mil coronas prestadas. Los sucesos de la noche de autos los describió así la señora Klein:

-A primeras horas de la tarde del 3 de octubre, mi marido salió de casa prometiéndome volver cuando hubieran cerrado los portales. A esa de las 5 de la tarde, yo fui a buscar al señor Sikora. Lo traje a mi piso y allí le dije: «Señor Sikora, no puedo fiarme de su palabra. Déme por escrito que me entregará las seis mil coronas si quiere que le deje estar conmigo.» Él me respondió: «Ya tendremos tiempo de ello.» Como mi marido me había avisado que volvería por la noche, le dejé la nota en la cocina, en la que le decía: «Szechy está conmigo.» Al verla, él volvió a marcharse y a su vez me dejó otra nota en la que me escribió: «Querida mujercita: Karl ha venido a buscarme. Me voy a la Asociación de Cinceladores.» El señor Sikora no quería marcharse, sino que yo lo distrajera. Le conté algunas anécdotas y chismes. Me dijo que lo que quería era otra cosa. Lo complací. A eso de las doce se quedó dormido y salí a la cocina. De pie, junto a la ventana, apoyé mi cabeza en el cristal frío y pensé en lo miserable de mi existencia. ¡Tener que hacer una cosa así al mes de mi boda …¡

La voz de la acusada se hacía cada vez más baja. Contó que después trató con el señor Sikora sobre el pago de aquella noche de amor. Le escribió una especie de recibo que decía: «El abajo firmante promete, tras una noche de amor y bajo promesa de otras, entregar seis mil coronas en concepto de préstamo.» Pero el señor Sikora no quiso firmarlo.

PRESIDENTE. – Eso me extraña, pues el hombre, como comerciante que era debía saber que ese recibo no tenía el menor valor.

ACUSADA. -Cuando volvió mi marido me preguntó si me había dado el dinero. Yo sacudí negativamente la cabeza y le dije: «Me daban ganas de estrangularlo.» Pero no dije que quisiera matarlo, sino sólo «me daban ganas de estrangularlo», del mismo modo que se dice, cuando alguien le disgusta a uno: «Le daría de bofetadas … » Es decir, que no tenía la menor intención de matarlo. Ni siquiera sabía si llevaba encima la llave de su caja de seguridad. Si yo hubiera podido matarlo sin ayuda, no lo hubiera traído a mi casa sino que hubiese ido yo a la suya y lo hubiera matado allí, hubiera saqueado la caja y me hubiese marchado. Nadie hubiera averiguado jamás quién lo había hecho. Volví a la habitación y comprobé si el señor Sikora llevaba encima las llaves.

PRESIDENTE. -su marido que se trataba de Sikora y no de Szechy?

ACUSADA. -!Sí¡ Mi marido fue el que me escribió: «Mira primero si lleva encima las llaves. Sino, ¿cómo, vas a abrir la caja?»

PRESIDENTE.- ¿Afirma usted que habló de estrangularlo sin mala intención, simplemente como quien está disgustado? ¿Como quien habla de dar una bofetada?

ACUSADA. – Sí. La idea de matarlo me vino después, cuando vi que no quería darme dinero. Volví a la habitación y registré sus ropas. Encontré las llaves y vi que eran muy distintas a las de la caja de mi marido. El señor Sikora se despertó y me preguntó qué hacía allí. Encendí rápidamente una vela y comencé a hablar con él. Después volví a marcharme a la cocina. «Mira la llave -le dije a mi esposo-, ¿cómo puedo abrir la caja con ella?» «Así», dijo Klein, explicándome cómo debía hacerlo, es decir, que tenía que apretar y girar después. Le interrogué: «¿Qué debo hacer ahora?» Al hacerle esta pregunta temblaba todo mi cuerpo y mis manos… El corazón me latía tan fuertemente que parecía se me escapaba del pecho. La cabeza me daba vueltas. Klein me dijo: «El hombre te ha tenido toda la noche y ahora no te quiere dar el dinero.» Le respondí: «No tengo la culpa. No me lo quiere dar.» Él me dijo :«No entres y salgas tanto. ¡Quédate con él!» Cuando entré de nuevo en el cuarto el señor Sikora había vuelto a quedarse dormido. Me incliné hacia él. Debió sentir mi respiración y volvió a despertarse. Me arrodillé ante él y le dije: «Señor Sikora, por favor. Usted no necesita ese dinero y para mí sería una gran ayuda.» Él me interrogó: «¿Para qué quiere esa cantidad una mujer como tú?» Le dije: «No soy yo, señor Sikora, sino mi marido.» Me dijo: «¡No!» Me levanté. O mejor dicho, me puse en pie de un salto y salí de nuevo hasta donde estaba mi marido. Éste volvió a preguntarme: «¿Tienes el dinero?» «¡No!» «¡Vuelve dentro otra vez!» Fue entonces cuando me vino la idea: ¡ahora lo estrangulo! Iba a entrar en el cuarto. Mi cuerpo temblaba. Me volví y me dirigí a mi marido acercándome a él, estrechándome contra su cuerpo y le supliqué: «¡Ayúdame … ! No puedo conseguir el dinero.» El me rechazó de un empujón. «Si no consigues el dinero, entonces, ¡fuera, fuera!» Me senté sobre una maleta, apoyé la cabeza en la mesa y me puse a llorar. Creo que me quedé medio dormida. Eso debió durar como una hora. Después tuve un sobresalto, me desperté y entré en la habitación. Había resbalado la ropa que puse sobre la otomana y sobre la alfombra había una mancha húmeda. El sofá estaba levantado por un lado, como si bajo él hubiera un objeto demasiado grande que no permitía a las patas llegar al suelo. No vi al señor Sikora y pensé que se había marchado. Entonces vi un pie que salía de debajo de la otomana. Al otro lado algo blancuzco que parecía brillar. Levanté el canapé y vi el rostro azulado, morado del señor Sikora. Su cuerpo estaba ya frío. Salí fuera, a donde estaba mi marido, y me puse de rodillas ante él, pero no conseguí pronunciar ni una palabra. «No me vengas ahora con historias -me dijo-, la cosa ya está hecha.» Yo estaba desesperada y no podía tranquilizarme. Estuve despierta toda la noche, sentada sobre la maleta y llorando. Mi marido, mientras tanto, se había lavado las manos y se echó sobre los cojines que debían servirnos de lecho. Se marchó muy temprano a su negocio. Yo me levanté, me peiné y me dirigí al piso del señor Sikora. Probé tres llaves una después de otra, porque no sabía que había una puesta por dentro…

PRESIDENTE. -Un momento. Su narración es poco digna de crédito acusada. No es probable que el señor Sikora estuviera tanto tiempo en una casa extraña. Su historia de tantas entradas y salidas, de sus continuos despertar y volverse a dormir; sus paseos de la cocina a la habitación, todo eso debió llamarle la atención. Cualquier persona normal en vista de lo que estaba sucediendo se habría levantado y se habría marchado de allí a toda prisa.

ACUSADA. – No pensaba nada malo.

PRESIDENTE. – Pero eso es increíble. Dice usted que para no despertar al señor Sikora, en vez de hablar con su marido, se escribían notas. ¿Con lápiz o con tinta?

ACUSADA. – Siempre había un lápiz sobre la mesa de la cocina.

PRESIDENTE. -En su narración hay un fallo. Usted dice que se sentó sobre una maleta y se quedó adormilado, en la cocina. ¿No vio nada, no oyó nada, ni notó nada de lo que estaba haciendo su marido, ni siquiera que entró en la habitación?

ACUSADA. -No, hasta que me desperté; levanté la cabeza y lo vi junto al grifo del agua.

PRESIDENTE. -¿Qué hizo después de lavarse las manos?

ACUSADA. – Se echó sobre los cojines.

PRESIDENTE. – ¿No dijo nada?

ACUSADA. – Sólo lo que ya he dicho: «Ya está hecho. Ahora trata de conseguir el dinero.»

PRESIDENTE. – ¿Qué? se hizo con esas notas que usted dice haber escrito?

ACUSADA. – Fueron quemadas.

El presidente hizo notar a la acusada que el hacha fue comprada por la empresa de su marido poco antes del hecho y que se le entregó antes de esa noche. Pidió a la acusada que tomara el hacha en sus manos. La señora Klein la levantó y negó que hubiera sido ella quien pidiera la compra de la herramienta. Llena de pasión, gritó:

-¡Si mi marido verdaderamente hubiese creído que yo era capaz de cometer un hecho así, debía habérmelo impedido debió dirigirse al señor Sikora y advertirle: «¡Tenga cuidado con esa mujer, está completamente local»

PRESIDENTE. – Pocos días antes del hecho usted estaba diciendo a todo el mundo que en los próximos días iría a Budapest para buscar el dinero que usted debía recibir para e¡ mantenimiento de su hijo. ¿Por qué decía una cosa así?

ACUSADA. -Porque mi marido me lo pidió.

PRESIDENTE. -Pero eso no era cierto. ¿Por qué habría de querer su marido una cosa así?

ACUSADA. -Sólo me pidió que lo dijera sin explicarme el motivo que siempre me ocultó.

A continuación el presidente hizo que se leyeran distintas declaraciones de la acusada hechas durante el proceso de instrucción. También las cartas que escribió mientras estuvo en la cárcel en París. La acusada explicó:

-Le dije a mi marido que sería mejor si decíamos eso…pues era posible…

PRESIDENTE. – ¿Qué era posible?

La acusada inclinó la cabeza y sollozó. Se llevó el pañuelo a los ojos y guardó silencio.

PRESIDENTE. – ¿Quiere usted decir que su marido le daba pena? ¿Por qué? ¿Amaba usted a ese hombre?

ACUSADA. – Sí, lo amaba. Mucho. Siempre lo quise muchísimo.

Apoyó la cabeza sobre la mesa del Tribunal y sollozó durante un rato.

PRESIDENTE. – ¿Afirma usted que él la creyó capaz de cargar toda la culpa sobre usted?

Franziska Klein se limpió las lágrimas, recuperó el dominio de ‘sí misma y continuó hablando:

-Mi marido me dijo: «Si tú confiesas en Viena que fuiste la única autora, me dejarán en seguida en libertad». Le pregunté: «¿Y qué será de mí?» Él opinó: «No te ahorcarán. Una mujer nunca es castigada tan duramente como un hombre.» E insistió: «¡Júrame que confesarás!» Y yo lo hice.

PRESIDENTE. – Durante la instrucción del proceso usted se negó a ver las fotografías del cadáver mutilado. ¿Desea verlas ahora?

ACUSADA. – ¡No!

El presidente hizo llegar a los jurados las fotografías de la víctima que fueron tomadas por la policía y les dijo:

-Durante la instrucción, la acusada dijo que sólo fue a buscar el hacha el día 4 y que fue ese día cuando hizo que la señorita Mounier, que vivía realquilada en su casa, abandonara su habitación con el pretexto de que tenía que limpiarla. En su declaración dijo textualmente: «Inmediatamente le corté los pies. Eso fue mucho peor que el asesinato en sí.»

ACUSADA. -Entonces estaba dispuesta a cargar con toda la culpa sobre mí.

PRESIDENTE. – Entre los documentos que constan en el proceso hay una carta de usted, dirigida a un conocido, en la que usted afirma creer que decido a su declaración su marido había sido puesto en libertad e iba a casarse con otra mujer.

ACUSADA. – Sí, lo escribí. Entonces creía que eso era cierto.

PRESIDENTE. – ¡Le ruego al escribano principal que lea los párrafos señalados de esa carta!

Otra vez fue leída ante el Tribunal una carta de la acusada, en la que se muestra sin lugar a dudas su carácter. Decía así:

«He oído que mi esposo desea casarse tan pronto termine el juicio y que seguirá dirigiendo la empresa bajo el nombre de “Klein y Cía.”. Parece ser que mientras mi esposo estaba detenido preventivamente esa mujer, su nueva novia, fue a visitarlo. Me siento llena de pena por la conducta del que fue mi esposo. Los muebles de nuestro piso los compré yo. Todo lo que hay allí, incluso los objetos de bronce. Lo que pasará con ese mobiliario no lo sé aún. En lo que respecta a mis bienes, me cuesta mucho trabajo decidir cómo disponer de ellos, puesto que tendría que mencionar el nombre de mi anterior amante y eso no lo haré con gusto, puesto que él juega un importante papel en la vida política de Hungría y es uno de los aristócratas más ricos y considerados del país. Sólo cuando Klein se entere de la suma que en verdad me corresponde recibir, se arrepentirá de lo que hace y querrá volverse atrás. Pero nuestros lazos se han roto para siempre. La consigna de su vida siempre fue “Dinero y sólo dinero”. Le deseo que tenga tanto que se ahogue en él.»

PRESIDENTE. -He hecho que le lean esa carta para preguntarle si acusa a su marido solamente porque creía en su nuevo matrimonio, tal y como parece desprenderse de esa carta.

ACUSADA. – Yo quise mucho a mi marido. Sólo que ahora, después que intentó cargar sobre mí, exclusivamente, la responsabilidad del crimen, he abierto los ojos.

Pese al severo interrogatorio a que la sometió el presidente, la acusada se mantuvo firme en esa declaración, de la que tanto el fiscal como el abogado defensor de su marido trataron de apartarla. No cesó de afirmar que si antes cargó sobre sí la responsabilidad entera del crimen, lo hizo sólo por amor a su esposo. É1 le había repetido continuamente que puesto que era una mujer no sería condenada a muerte. Ahora la cosa tenía otro aspecto.

-Me doy cuenta -dijo la acusada- que sus palabras no eran sinceras. Salvo cuando decía: «¡Si ya estuviera fuera de esto … !» Tal vez se sienta satisfecho el día en que se entere que he sido ahorcada… Cuando una mujer como yo se enamora de un hombre más joven y más guapo, es cosa típica de la naturaleza del hombre el creer lógico el sacrificio de la mujer. Tal vez creyó que mi postura no significaba un sacrificio sino sólo que estaba hastiada y cansada de la vida. Pues, no es así, no estoy cansada de vivir. Señores jueces, señor presidente, si ustedes pudieran mirar en el fondo de mi corazón me juzgarían de modo distinto. Ahora, tras las acusaciones de Klein, soy a los ojos de todo el mundo una mujer capaz de dejarse arrastrar por la pasión hasta convertirse en un monstruo, en una asesina. No deseo volver al mundo. ¿Quién querrá tratos con una mujer que ha tenido una existencia como la mía? No puedo confiar en tener la menor alegría… y sólo siento la tristeza de quien está cerca de la tumba. Quizás esté en ella muy pronto. Nadie llorará una lágrima por mí, nadie pondrá una corona, ni siquiera un ramo de humildes violetas junto a la cruz de madera de mi sepulcro; nadie rezará un padrenuestro por el descanso de mi alma. No me merezco un destino como éste. Cuando una mujer sufre un desengaño y una desilusión tan grande como la mía con este hombre, ya no le queda nada que hacer en el mundo. Cuando me traen al juicio trato de hacer un esfuerzo y dominarme… ¡Oh, si ustedes pudieran ver en el interior de mi alma … ! Pero cuando estoy en la cárcel no hago más que llorar y gritar desesperada… Así son mis noches. Y por las mañanas vuelvo a estar aquí, ante ustedes, tranquila en apariencia, en el banquillo de los acusados. Señores jurados, ustedes son hombres y un hombre difícilmente puede ver y comprender el corazón destrozado de una mujer que, además, se encuentra en una situación tan desesperada como la mía. El amor, ese amor todopoderoso capaz de arrastrarla a una a cualquier cosa, no es reconocido por la Ley. Y a mí el odio y el amor me han perdido para siempre. Para una mujer sola y abandonada todo esto es más de lo que puede soportar. Es muy posible que esté próximo el tiempo en que pierda el don más bello de los hombres: la razón. Y eso es mil veces peor que la muerte.

Esta declaración de la acusada no dejó de hacer efecto en muchas de las mujeres que estaban presentes en la sala. Se oyeron varios sollozos contenidos.

Cuando le tocó el turno de ser interrogado, el acusado Heinrich Klein negó toda culpa. Se casó con Franziska Klein porque ésta lo engañó hablándole de una fortuna de 20.000 coronas. Es cierto que conocía que antes de su matrimonio su mujer había tenido relaciones sexuales con otros hombres, pero esperaba que después de su boda las cosas cambiarían por completo y no volvería a tener contactos con ellos. Contestando a la pregunta del presidente afirmó que su mujer fue a buscar el hacha a su negocio el día 3 y no el 4, como ella dijo. La explicación que le dio fue que quería cortar leña. Pese a que no tenían ninguna en el piso no se le ocurrió pensar nada extraño. No era cierto que su mujer le hubiera dicho con anterioridad que pensaba llevar al señor Sikora a su piso para que pasara allí la noche. Cuando llegó a su domicilio, a las 7, y se enteró que había con ella un hombre llamado Szechy, se lo reprochó y le riñó, al mismo tiempo que le preguntó por qué no se lo presentaba.

PRESIDENTE. -¿Tenía usted muchos deseos de ser presentado?

ACUSADA. -Sí, como era lógico. Pero mi mujer me pidió que no la pusiera en ridículo dejándola por embustera, pues ella le había dicho que estaba de viaje. Así que comí en la cocina lo que ella me sirvió. Le dije que todo aquello me parecía poco correcto. Me marché y cuando regresé, por la noche, encontré la llave fuera en la puerta de la cocina. Mi mujer me tomó del brazo y me dijo: «Tenemos que dormir en la cocina.» Cuando le pregunté quién había en el cuarto, me respondió: «Los nuevos realquilados.» No me sentí muy satisfecho, pero acabé cediendo y nos acostamos en una cama improvisada, en la cocina, y nos dormimos.

PRESIDENTE. -La señora Klein dice que esos inquilinos fueron una invención que se le ocurrió, por vez primera, en París.

ACUSADO. – Eso no es cierto.

PRESIDENTE. – Entonces, ¿durmieron todas las noches siguientes, hasta el día 6, en la cocina?

ACUSADO. – Sí, señor. Mi mujer compró una cesta de viaje que olía a humedad y la puso en la habitación. Me dijo«¡Quedémonos en la cocina, es más caliente!»

PRESIDENTE. -¿No se les ocurrió poner la cesta que olía mal en la cocina? Hubiera sido más lógico.

Los espectadores se echaron a reír.

ACUSADO. – Me di por satisfecho.

Las risas aumentaron.

PRESIDENTE. – Bien, continuemos. El día 4 entró usted en la sala de estar. ¿No le llamó la atención nada?

ACUSADO. – Nada.

PRESIDENTE. – Eso resulta bastante extraño… ¡que usted no se preocupara de ver el aspecto del cuarto! ¿No vio ninguna mancha en el suelo? ¿Ni la alfombra enrollada?

ACUSADO. – No, no noté nada. En el cuarto todo estaba en orden.

PRESIDENTE. -¡Acusado, usted confía demasiado en nuestra credulidad! Pero sus declaraciones de ahora sobrepasan toda medida. Usted debió ayudar a su esposa a poner en orden el cuarto.

ACUSADO. – Eso no es cierto.

PRESIDENTE. -Al día siguiente encargó usted el cajón.

ACUSADO. – No yo, sino mi esposa. Fue ella la que se dirigió al taller del carpintero Stippel diciendo que lo necesitaba para enviarlo a su pueblo para que de allí le mandaran patatas y harina. Mis empleados se rieron y afirmaron que para eso se usaban sacos. Yo no tenía la menor idea sobre la utilidad del cajón. Siempre cumplía los caprichos de mi mujer, pues tanto yo como mi consocio esperábamos su ayuda financiera.

PRESIDENTE. -¿Afirma usted, pues, que entre el 4 y el 6 no fue más que un instrumento ciego en manos de su esposa?

ACUSADO. Sí. Como ya he dicho, no tenía la menor idea de lo que había ocurrido.

El presidente se volvió a la acusada:

-Bien, señora Klein, ha llegado ahora el momento en que debo preguntarle: ¿puede usted mantener frente al acusado sus cargos contra él?

La acusada hizo un gesto afirmativo. El presidente hizo que le leyeran sus acusaciones contra su esposo y le preguntó, dando a sus palabras un tono de energía:

-¿Mantiene esta declaración?

ACUSADA. – ¡Sí!

PRESIDENTE. – ¡Mírelo a la cara¡

La acusada se volvió y, por vez primera en todo lo que iba de juicio, miró a los ojos a su esposo, con decisión y firmeza. Los mantuvo fijos en él un rato. En la sala reinaba una gran expectación. La acusada repitió las acusaciones contra su marido en tono más fuerte. Pero ni en los más difíciles momento dejó Heinrich Klein de mantener una postura negativa. Muchas veces la interrumpió para gritar:

-¡Mentira… mentira …¡ ¡Todo eso no son sino mentiras!

El presidente le llamó la atención. La acusada, mientras mantenía en su mano derecha la trompetilla con la que se ayudaba para escuchar al juez, hizo con la otra mano un gesto de rechazo y desprecio. Su voz infantil aún se hizo más aguda, como si quisiera dar a entender que no estaba dispuesta a dejarse confundir por las negativas de su esposo. Repitió:

– Quería estrangularlo, pero no lo lograba…

Se acercó al banquillo donde estaba su marido y se empinó para decirle:

-Tú sabes muy bien cómo temblaba, cómo me latía el corazón. En ese estado de ánimos me dirigí a ti, acariciándote, y te pedí: «¡Ayúdame … ¡ No puedo conseguir el dinero … » Yo supe siempre que eras un hombre de manga ancha… Por eso me escribiste en la agenda de notas: «Has pasado toda la noche con él… y no traes dinero, otra vez.» Me senté en la maleta y tú te levantaste. Yo le dije: «¡Heinrich, Heinrich, no entres! »

Heinrich Klein se sujetó la cabeza con ambas manos y la sacudió como si no pudiera comprender lo que su esposa decía. La acusada siguió hablándole: -¿No traté de retenerte? ¿No?

Después añadió en tono más bajo, como dando a entender que había llegado al final:

-Apoyé mi cabeza sobre la mesa y lloré. Y durante media hora estuve casi dormida. Cuando me desperté, estabas junto al fregadero y te lavabas las manos. Y en la habitación próxima yacía el señor Sikora… ¡muerto!

Sus últimas palabras apenas fueron audibles. Pero Heinrich Klein le gritó con tono impaciente y furioso:

-¿Has terminado ya?

Su mujer no le respondió, sino que se volvió a la mesa del Tribunal y dijo tranquilamente:

-He terminado.

El acusado golpeó con los puños la barrera que había ante el banquillo de los acusados:

-Todo es mentira, señor presidente. Es increíble que una mujer que tiene sobre su conciencia un crimen como éste aún trate de cometer otro peor, es decir, el de mentir calumniando a su marido inocente.

Franziska Klein se volvió hacia él y le gritó con voz muy aguda:

-Si no me hubiera casado contigo no estaría aquí, frente a estos jueces. Si fueras un hombre con un poco de carácter, un verdadero hombre, hubieras arrojado al señor Sikora del piso a palos y a mí con él. Y nada de esto hubiese ocurrido.

El presidente ordenó un descanso en el juicio. La excitación de los espectadores era muy grande. Se discutían los pro y los contras, la culpabilidad de uno u otro de los acusados. Una vez que el Tribunal volvió a entrar en la sala, fue necesario bastante tiempo para restablecer la calma y el silencio.

Heinrich Klein fue interrogado sobre los preparativos de la fuga. El presidente le preguntó:

-¿Es verdad que se compró usted una levita de invierno para el viaje?

ACUSADO. -Sí, me lo aconsejó ella, mi mujer. Cuando volví a casa después de la compra, me dijo: «Tengo que confiarte un secreto. En el piso hay un cadáver.» Me asusté y le pregunté si ella lo había hecho. Me respondió afirmativamente, que había matado a alguien. Le pregunté quién era, pero en vez de decirme el nombre se arrojó a mis pies llorando y me pidió que no la delatara. Yo sabía que mi vida estaba destruida, arruinada. Me pidió que la ayudase a sacar de allí el cadáver y hacerlo desaparecer. Le respondí: «No pondré mis manos en un asunto como éste.»

PRESIDENTE. -Y entonces, ¿qué hizo usted?

ACUSADO. -Me dije a mí mismo que no había otra solución que la huida, pues en caso contrario tenía que delatar a mi propia esposa.

PRESIDENTE. -En esos momentos, ¿creía usted todavía que su mujer poseía una fortuna?

ACUSADO. -No. Ya me había confesado con anterioridad que no era cierto.

PRESIDENTE. -Esa mujer había cometido un asesinato.

Y usted en vez de acudir a la policía, se va con ella a París, en un viaje por todo lo alto ,aún sabiendo que no tenía dinero.

ACUSADO. -Yo amaba mucho a mi esposa.

El acusado mantuvo su declaración de que su esposa era la única autora del crimen durante el interrogatorio a que lo sometió el fiscal .

A la mañana siguiente, los peritos dieron sus informes. El siquiatra del Tribunal, Dr. Hovel, dijo que si bien era cierto que Franziska Klein era una mujer de débil carácter, no daba la menor muestra de trastorno mental de ningún tipo, ni siquiera de tipo transitorio durante el momento del crimen. El informe del doctor profesor Kolisbo, que hizo la autopsia del cadáver, decía que Johann Sikora había muerto violentamente y que la acusada Franziska Klein, pese a su aparente debilidad física y corporal, podía ser la autora material de la estrangulación de aquel hombre de setenta y tres años. El presidente le preguntó si también poseía la fuerza física suficiente para haber puesto por sí sola el cadáver dentro del saco y el testigo respondió que lo consideraba posible si había puesto el saco a los pies del muerto y después lo fue subiendo dejando el cadáver dentro, como envuelto en él. Cuando el testigo declaró esto, el presidente hizo que se trajera el saco, que fue mostrado a la acusada. Franziska Klein siguió tranquila y no dio muestras de la menor emoción. Declaró que jamás había visto ese saco. Con su dominio y serenidad, con su tranquilidad, la acusada despertaba en los espectadores esa sensación que se siente cuando se lee una novela policíaca y se aprecian los esfuerzos que hace el criminal, con todo su talento y cálculo, para eludir la persecución de la policía y apartar de si las pruebas acusadoras. Pero poco a poco iba cediendo su fuerza, la tensión, y al final del juicio, su seguridad casi había desaparecido. Pálida y cansada, su voz sonaba apagada y sin convicción.

El presidente le hizo reproches amargos, que le hicieron perder la facilidad de palabra, de la que hasta ahora había dado muestras. Al caracterizar al matrimonio, el presidente dijo que se trataba del encuentro de dos personas que en el momento en que se conocieron estaban al borde del precipicio moral. Heinrich Klein, un hombre de negocios a punto de quebrar, que deseaba sanear sus negocios mediante un matrimonio por dinero; Franziska Klein, una aventurera, que mediante la afirmación falsa de que poseía una fortuna trataba de engañar a los hombres y que ahora trataba de pescar un marido que le asegurase la existencia. La consecuencia inevitable de una unión de estas dos personas fue la, de que los defectos éticos de ambos aumentaron. Lo rápidamente que Heinrich Klein se mostró dispuesto a aceptar el deshonroso papel de chulo de su propia esposa, demuestra hasta qué punto era hondo el abismo moral y la corrupción a la que el matrimonio se dejó arrastrar.

El fiscal enumeró los puntos que acusaban a Heinrich Klein y terminó con estas palabras:

-Tenemos que considerar que es imposible, como consecuencia de su estrecha vida en común, que el crimen pudiera ser cometido sin el conocimiento y la complicidad del marido… Por otra parte, los hechos prueban que Heinrich Klein no sólo participó en la preparación del asesinato sino que ayudó en los intentos por hacer desaparecer el cadáver. No puede haber más que una la respuesta a la pregunta de si Klein, separado sólo por una puerta de la habitación en la que su esposa estrangulaba a un hombre, esperó inactivo e¡ resultado. Klein fue cómplice y coautor del asesinato y estuvo al lado de su mujer ayudándole en la comisión del delito. Eso explica el porqué los esposos se acusan mutuamente y la declaración de Franziska Klein cuando dijo que: «Siempre temía una sorpresa por parte de mi marido», y la otra: «¿Cómo puede creer nadie que yo pude meter dentro del saco el grande y pesado cuerpo del señor Sikora?» Sobre todo, debe prestarse especial atención al hecho de que en uno de los interrogatorios la señora Klein acusa a su esposo de ser él el asesino directo; mientras que Heinrich Klein, un hombre que sólo piensa en su propia salvación, miente y niega el conocimiento del crimen. Los móviles del crimen son válidos igualmente para ambos esposos. Teniendo esto en cuenta y además la propia naturaleza del crimen, es lo más lógico pensar que ambos estaban de acuerdo para cometer el delito, en vez de que lo cometió cualquiera de ellos por separado.

Las preguntas que les fueron hechas a los jurados fueron las siguientes:

Primera pregunta principal: ¿Es la acusada Franziska Klein culpable de haber asesinado al señor Johann Sikora, en la noche del 3 al 4 de octubre, de acuerdo con su esposo, Johann Heinrich Klein, y con la intención de apoderarse de objetos de valor, dinero y valores al portador propiedad del citado Johann Sikora, mediante violencia en esa persona?

La segunda pregunta principal tenía el mismo texto pero referida a Heinrich Klein.

Primera pregunta eventual: ¿Es culpable Franziska Klein de haber ayudado en el delito expresado en la pregunta anterior a una persona distinta de ella, colaborando con su propia mano en la comisión del delito de modo activo?

Segunda pregunta eventual: ¿Es culpable Franziska Klein de haber colaborado en el delito anteriormente descrito cometido contra el señor Johann Sikora, sin haber actuado directamente ni con su propia mano y sin participación activa, pero sí evitando obstáculos, poniendo los medios o asegurando la realización del crimen, o sólo mediante ayuda moral y apoyo al criminal y estando de acuerdo en la participación de los beneficios conseguidos con el crimen?

La tercera pregunta eventual tenía el mismo texto que la segunda pero referida a Johann Heinrich Klein.

Cuarta pregunta eventual: ¿Es culpable Heinrich Klein de haber ocultado en París, en octubre de 1904, y en el suelo de la buhardilla que habitaba, objetos que sabía eran producto de un crimen?

Quinta pregunta eventual: ¿Es culpable Franziska Klein de haberse apoderado el día 4 de octubre de 1904, en Viena, en provecho propio de dinero, valores y alhajas, que se hallaban guardadas bajo llave, propiedad del señor Johann Sikora, sin el permiso del propietario?

El fiscal partía de la tesis de un delito cometido por ambos acusados de mutuo acuerdo y en complicidad. El defensor de la señora Klein pedía que ésta sólo fuera condenada por hurto y el defensor de Heinrich Klein pedía la absolución para su defendido. Durante los discursos de los defensores y del fiscal, Heinrich Klein escuchó atentamente. Sus mejillas estaban enrojecidas. De vez en cuando se limpiaba una lágrima. Franziska Klein, contrariamente, sólo se interesó por el discurso de su defensor. Después, dejó su trompetilla y quedó sumida en la indiferencia. Pero, a juzgar por los hechos, no dejaba de estar enterada del desarrollo del juicio y de cómo le iban las cosas. Mientras esperaba, antes de ser llamada para la última sesión, preguntó a uno de los funcionarios judiciales que estaban en la sala de espera:

-¿Me van a ahorcar, verdad?

Eran las once y media de la noche cuando el presidente del jurado comunicó el veredicto: la primera pregunta, es decir, si el crimen fue cometido por Franziska Klein, con alevosía y premeditación, fue contestada afirmativamente por nueve de los doce jurados; los otros tres respondieron negativamente. Tras esto, las demás preguntas eventuales referidas a la acusada, no tenían que ser contestadas.

La pregunta de si Heinrich Klein había participado activamente y por sus propias manos en el crimen fue contestada negativamente por unanimidad. Sin embargo, su intervención indirecta en el delito, sin participación activa por sus propias manos, fue contestada afirmativamente.

El presidente del Tribunal comunicó la sentencia: Franziska Klein era condenada a muerte en la horca y al pago de las costas; Heinrich Klein a ocho años de presidio mayor, con un día de ayuno cada trimestre. Como circunstancia atenuante, se consideró su estado de necesidad, su buena conducta anterior y su confesión parcial, lo cual permitía al Tribunal bajar la pena al grado mínimo.

El presidente ordenó a Franziska KIein que tomara su trompetilla para que oyera perfectamente la sentencia. En voz alta repitió:

-Este Tribunal la condena como culpable de robo con homicidio, con la agravante de alevosía, a la pena de muerte.

La acusada bajó la cabeza y cuando abandonó la sala rompió a llorar. Sin embargo, pronto recuperó el control de sus sentimientos y poco después, al comentar con su defensor la condena de su marido, dijo:

-La sentencia de mi marido me parece demasiado severa.

Con esta expresión la pequeña mujer con voluntad de hierro daba a entender de modo indudable lo que en verdad pensaba de la culpabilidad de su marido. La lucha ya había pasado para ella. Podía hablar libremente, ya que se consideraba conforme con su suerte.

Así terminó este proceso que despertó en Viena una febril excitación.

La última carta de la condenada Franziska Klein, siempre tan amiga de tomar la pluma, iba dirigida a su abogado defensor:

Tengo un ruego que hacerle. Es una comisión que le encargo. Entre mis fotografías hay una en la que estoy vestida de tenis. Blusa de seda blanca con corbata roja y falda blanca con cinturón rojo. En las manos sostengo un sombrero Panamá. Esa foto proviene de la época en la que nació mi hijo. Esa foto, así como mi anillo de brillantes y unos gemelos con coronas de oro, si es posible, deberán ser guardados por usted y entregados a mi hijo. Le pido encarecidamente que cumpla este ruego, esta súplica. Se me contrae el corazón sólo de pensar en mi hijo. No volveré a verlo nunca más y tendré que morir sin poder volver a estrecharlo una vez más contra mi pecho. Cuando sea mayor la gente le dirá: «Tu madre mató por amor a un hombre y fue ahorcada.»

Le desea todo lo mejor y la saluda atentamente.

FRANZISKA KLEIN.

Un mes después, por decisión superior del emperador, la asesina Franziska Klein fue indultada. El presidente del Tribunal le comunicó la gracia que le había sido concedida y añadió que la pena de muerte era sustituida por la de presidio mayor perpetuo. Le pedía que se comportara bien durante la detención, pues sólo así existía la posibilidad de que, mediante otro indulto, la sentencia fuera rebajada por segunda vez.

Pero esta posibilidad no se dio. En enero de 1911, Franciska Klein, una envejecida criatura, gravemente enferma, tuvo que ser sacada del Presidio de Neudorf para ingresar en el Hospital de Viena, donde murió poco después.

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