Franz Müller
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Robo - El primer asesinato cometido en un tren británico
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 9 de julio de 1864
  • Fecha de detención: 24 de agosto de 1864
  • Fecha de nacimiento: 1841
  • Perfil de las víctimas: El banquero Thomas Briggs, de 69 años
  • Método de matar: Golpes - Su cuerpo fue arrojado desde el vagón
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue ejecutado en la horca el 14 de noviembre de 1864
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Franz Müller

Última actualización: 30 de marzo de 2015

JUEGO SUCIO – Destino: la muerte

Un sábado por la noche un caballero efectuaba un corto viaje para visitar a su familia. Pero se vería abocado a una lucha a muerte con un joven cuya ambición era el dinero.

En el número de noviembre de 1862 del Cornhill Magazine el célebre periodista y escritor William Makepeace Thackeray escribía lo siguiente: «¿Han entrado ustedes alguna vez en un vagón de primera clase, donde un caballero ya mayor descabeza tranquilamente una dulce siesta; lo han asesinado con todo cuidado, le han robado la billetera y, por último, se han apeado en la estación siguiente?» Con estas palabras Thackeray no hacía sino predecir con increíble precisión el primer asesinato cometido en los ferrocarriles británicos. En efecto, no habían pasado ni dos años cuando un anciano caballero fue víctima de un robo y un asesinato cometidos prácticamente con los mismos métodos descritos por el novelista.

Poco antes de las diez de la noche del sábado 9 de julio de 1864, dos jóvenes empleados de la ciudad subían a un tren de la vía férrea del norte de Londres en la estación de Hackney. El tren había salido a las 9,50 de Fenchurch Street y ahora hacía sus habituales paradas en Bow y Hackney (conocido también como Victoria Park). Los dos jóvenes encontraron vacío uno de los compartimentos de primera y se sentaron tranquilamente; en aquel momento uno de ellos notó algo pegajoso en una mano. El vagón estaba alumbrado únicamente por el tenue parpadeo de unas luces de gas, aunque suficientes para comprobar con certeza que se trataba de sangre.

Antes de que el tren reemprendiera la marcha, ambos jóvenes se apresuraron a avisar al vigilante, quien acudió provisto de una linterna. La claridad de la luz les dejó ver cómo todo el compartimento, incluidas las ventanillas, se hallaba salpicado de sangre. De tan sólo una ojeada los hombres descubrieron un maletín negro, un bastón y un sombrero. Este último objeto fue el que proporcionó una de las pistas fundamentales para la identificación del asesino.

Poco después encontraron a la víctima, que yacía inconsciente en medio de la vía que enlazaba las estaciones de Bow y Hackney Wick. A la noche siguiente el pobre hombre fallecía sin haber recuperado la consciencia. Se trataba de Thomas Briggs, de sesenta y nueve años, y la casualidad quiso que fuera uno de los jefes de la misma firma bancaria de la ciudad donde trabajaban los dos jóvenes empleados que viajaban en el tren. El señor Briggs había pasado la velada cenando en Peckham con algunos familiares y regresaba a su casa, en Hackney, cuando fue víctima del ataque: después de robarle la cadena y el reloj de oro le arrojaron por la ventanilla del tren en marcha.

El estado en que hallaron el compartimento sugería la existencia de una lucha encarnizada. Evidentemente el anciano señor Briggs había peleado para salvar la vida. Durante el ataque tanto él como el asaltante perdieron los sombreros. Y, con las prisas por bajarse del tren en Hackney Wick, el asesino confundió su propio sombrero con el de la víctima. En efecto: mientras que el del señor Briggs había desaparecido, en la escena del crimen encontraron un sombrero negro de piel de castor, propiedad del asaltante, que tenía un inconfundible forro de seda a rayas.

El original escenario escogido para el crimen -un solitario vagón de tren- despertó un enorme interés por parte de la prensa y del público en general. A pesar de los presagios de Thackeray, en Gran Bretaña jamás había sucedido nada semejante. El Gobierno ofreció una recompensa de cien libras para quien descubriera al primer asesino de los ferrocarriles nacionales. Iniciativa rápidamente seguida por el banco del señor Briggs y por la compañía ferroviaria.

Dos días después del brutal asesinato, un hombre entraba en una tienda del número 55 de Cheapside propiedad de un joyero cuyo nombre era John Death: éste prefería que lo llamaran «Death» («Death» en inglés quiere decir «muerte»); pero el hecho de que el joyero tuviera un apellido tan llamativo y extravagante iba a resultar bastante significativo. El hombre exhibió ante el señor Death una cadena de reloj de oro alegando que deseaba cambiarla por otra. Tras algún que otro regateo, acabaron cerrando el trato: John Death valoró la cadena en 3 libras y 15 chelines, y le entregó a cambio otra cadena de oro, de 3 libras y 10 chelines, y un anillo de 5 chelines.

Mientras tanto, la policía se dedicaba a recorrer pacientemente una joyería tras otra con la esperanza de que el reloj y/o la cadena acabarían apareciendo. Y finalmente el señor Death les proporcionó una exacta descripción del hombre que le entregara la cadena, la cual fue identificada como propiedad del señor Briggs: se trataba de un hombre de “tez cetrina y rostro enjuto, de más de treinta años de edad, que parecía alemán, aunque hablaba inglés».

Como broche de la transacción realizada, John Death metió la cadena y el anillo, entregados a cambio, en una cajita de cartón con su nombre y dirección en la tapa. A los pocos días un taxista londinense, Jonahan Matthews, puso en conocimiento de la policía que alguien le había regalado la cajita a su hija de diez años. Al taxista le chocó el extravagante nombre de Death, el cual había oído repetir en relación con el asesinato del tren. Matthews sabía además quién le había dado la cajita a la niña: se trataba de Franz Müller, un joven sastre alemán que había estado comprometido con su hija mayor.

Para más dicha, y probablemente teniendo en mente las trescientas libras de recompensa, Matthews también identificó el sombrero hallado en el compartimento del tren como propiedad de Müller. El taxista declaró ante la policía que él mismo le había comprado el sombrero a Müller en la tienda de un tal señor Walker, en Marylebone. Y le entregó al inspector William Tanner, el oficial a cargo de la investigación, una fotografía de Müller que éste le regaló a la hija de Matthews durante su noviazgo. John Death reconoció al hombre de la fotografía como el mismo que acudiera a su joyería con la cadena del reloj.

El siempre servicial Jonathan Matthews proporcionó al inspector Tanner una decisiva información más: la dirección de Müller, quien se alojaba en casa de ciertos señores Blyth, de Park Terrace, en Bow. Seguramente fue al volver a casa de su trabajo en una sastrería del centro de la ciudad cuando tomó el tren de Fenchurch Street: la misma línea utilizada por el señor Briggs.

La policía tenía, pues, la dirección de Müller, pero no al asesino. El viernes 15 de julio, seis días después del crimen, éste salió de Inglaterra en el buque Victoria con destino a Estados Unidos. Franz Müller no había mantenido en secreto su proyecto de emigrar al Nuevo Mundo. Incluso llegó a comentar con los Blyth su deseo de iniciar una nueva vida tan sólo unas dos semanas antes del asesinato, concretando hasta el nombre del barco en el que pensaba viajar.

La señora Blyth le mostró al inspector Tanner una breve carta escrita por Müller poco después de embarcar. No parecía la carta de un violento criminal capaz de golpear a un anciano con un bastón, sino la del joven e inofensivo extranjero de buenas costumbres que la señora Blyth le describió a la policía. «He tenido un montón de ocasiones de juzgar su carácter, puesto que solía comer con nosotros a menudo», dijo. Su esposo, por su parte, señaló: «Era un hombre amable y muy humano. Nunca oí que se hubiera metido en líos o que se dedicara a asaltar a la gente.»

Las investigaciones revelaron que el alemán Franz Müller, soltero, de veinticinco años, había aprendido el oficio de armero en su país natal; pero al llegar a Inglaterra, en 1862, no logró encontrar un empleo en su profesión y se dedicó a la sastrería. A pesar de la buena impresión que le causara al matrimonio, la policía estaba convencida de que Müller era su hombre. Este había vendido la cadena de un reloj propiedad del asesinado Thomas Briggs; el sombrero hallado en el vagón del tren pertenecía, evidentemente, a Müller -Jonathan Matthews lo identificó como el que él mismo le comprara al novio de su hija-; y se sabía que Müller solía utilizar normalmente la línea entre Fenchurch Street y Bow.

Por entonces el sospechoso llevaba varios días fuera de Inglaterra a bordo del Victoria. El inspector Tanner decidió que no había tiempo que perder, y el miércoles 20 de julio él y el sargento George Clarke se embarcaron en Liverpool en el buque de vapor City of Manchester, un barco mucho más rápido, que se dirigía a Nueva York. Se llevaron con ellos -al joyero señor Death y al taxista Matthews, junto con una orden de arresto para el presunto asesino.

El City of Manchester disfrutó de una buena travesía y llegó a su destino veinte días antes que el Victoria, lo que dejaba a detectives y testigos un plazo de espera de unas tres semanas. La prensa americana se enteró del asunto y publicó historias sensacionalistas acerca de Müller. Esto excitó de tal modo los sentimientos del público que cuando el Victoria asomó en el horizonte algunos neoyorquinos alquilaron un barco para recibir a gritos al recién llegado: «Müller, asesino, ¿qué tal estás?»

Müller fue arrestado tan pronto como pudieron abordar el Victoria en un pequeño bote y, después de obtener su extradición, regresó a Inglaterra bajo custodia a bordo del Etna donde pasó la travesía leyendo Los papeles de Pickwick y David Copperfield. Entre el equipaje del sospechoso, el sargento Clarke encontró cosido a un trozo de cuero un reloj de oro que más tarde sería identificado como propiedad del señor Briggs. En el camarote hallaron también un sombrero, que había pertenecido al hombre asesinado; pero Müller había aplicado en él todos sus conocimientos de sastre con el fin de transformar su apariencia.

Los sombreros de copa que estaban de moda en la década de 1860 eran considerablemente más altos que los de hoy en día, y se les conocía con el nombre de «sombreros-chimenea». Al parecer, estos sombreros tan altos no eran del gusto de Franz Müller, quien, en lugar de arriesgarse a que algún profesional se lo arreglara, intentó hacerlo él mismo, cortando parte de la copa y volviéndolo a coser lo mejor que pudo. Sin embargo, una vez de regreso en Londres, Daniel Dignance, el sombrerero encargado de proveer al señor Briggs durante años, lo identificó sin vacilar un momento. De hecho, era otro fabricante llamado Thorn, a quien Dignance solía encargar algunos trabajos, quien lo había confeccionado; y Thorn reconoció la inscripción que el sombrero llevaba en el interior como escrita de su propia mano.

El 26 de septiembre Müller asistió a la investigación del juez de Instrucción sobre la muerte de Thomas Briggs y oyó al jurado pronunciar el veredicto de asesinato premeditado. Entonces lo trasladaron del Ayuntamiento de Hackney en Bow Street, donde fue juzgado sin ningún testimonio a su favor. Cuando le preguntaron si tenía algo que decir, el acusado fijó en el juez los ojos: unos ojos que un periodista arnericano describió como «grises e inexpresivos». “No señor -contestó tranquilamente-. No tengo nada que declarar.»

Los primeros asesinatos de los trenes

Los primeros asesinatos en un tren se registraron en Francia en 1860 con escasos meses de diferencia entre uno y otro. En un tren que recorría Alsacia, un médico del ejército ruso fue víctima de robo y asesinato. El principal sospechoso, un espía prusiano llamado Judd, fue arrestado pero logró escapar; y poco más tarde, aquel mismo año, volvió a repetir un golpe parecido en iguales circunstancias. En el compartimento anegado en sangre de un tren que hacía el recorrido entre Troyes y París hallaron el cadáver del juez Poinset, muerto de un disparo y de una horrible paliza. La cadena y el reloj, la cartera, su manta de viaje y el maletín habían desaparecido. Se sospechó que Judd logró escapar cuando el tren redujo la velocidad para recoger varias sacas de correo en Noisy-le-Sec, justo en las afueras de París: nunca lograron capturarlo.

DEBATE ABIERTO – La lección de la soga

En 1864 una agitada muchedumbre compuesta por londinenses de la más baja estofa se congregó para contemplar la ejecución de Franz Müller, el asesino de los ferrocarriles.

Franz Müller, el primer asesino que cometió un delito en un tren británico, fue ahorcado públicamente en Newgate durante la mañana del 14 de noviembre de 1864. El acontecimiento ofrecía todo el aspecto de una auténtica orgía romana, con las calles cercanas abarrotadas de gente dedicada a beber, fumar, reír y cantar mientras se abría paso a empujones. Un reportero de The Times describió la escena, explicando cómo varios grupos de gamberros merodeaban entre la multitud molestando a los observadores más atildados calándoles los sombreros hasta los ojos, atacándoles y robándoles: «Había veces en que las víctimas se defendían desesperadamente, pero en tan sólo unos minutos se encontraban rodeados por una violenta muchedumbre que se agitaba de aquí para allá en medio de un terrible alboroto.»

La gente empezó a acudir al lugar por la noche y a las ocho de la mañana; de acuerdo con los cálculos de la policía, eran unas 50.000 personas las que llenaban la zona que rodeaba el cadalso, mientras que varios millares más se apiñaban en las calles vecinas. «Dondequiera que se dirigiera la vista -escribía el reportero de The Times- siempre se veía la misma turbia monotonía de rostros, pálidos pero sucios, que parecían tambalearse a medida que aumentaba el caudal de aquella peligrosa muchedumbres»

Otro testigo del acontecimiento, el periodista Frederick Wicks, lo describía así en una carta dirigida al The Sporting Times: «Tan lejos como se podía abarcar con la vista, hasta Ludgate Hill por un lado y por el otro hasta Holborn, toda la zona, a pesar de la amplitud, ofrecía una masa ininterrumpida de rostros humanos; un océano en ebullición de monstruosa brutalidad que se había ido formando a lo largo de toda la noche y que ahora la expectación había conseguido tranquilizar casi del todo. bocas de aquellos rostros, pálidos y mugrientos, se hallaban abiertas y miles de ojos se volvían hacia donde yo me encontraba con una atención aún más espantosa que los metódicos movimientos de Calcraft (el verdugo) y la tranquila actitud de Müller.»

El contraste era increíble. El verdugo se afanaba primorosamente en su trabajo. Rodeó las piernas del reo con una correa y luego la abrochó; después le puso la soga alrededor del cuello e hizo un nudo corredizo justo debajo de la oreja izquierda; luego, un nudo en el otro extremo de la soga sobre un gancho de hierro que colgaba de una viga transversal del cadalso. Por último, cubrió la cabeza de la víctima hasta la altura de la barbilla con una especie de saco sucio y amarillento. Cuando finalmente se apartó a un lado, comenzó la conversación, que tanta controversia ha levantado, entre el doctor Cappel y Müller.

El ministro permanecía junto al reo con los pies en el borde mismo de la trampilla. Yo estaba justo detrás de él, pero fuera del cadalso. La conversación discurría atropelladamente. Por parte del doctor Cappel era agitada y llena de ardor, pero Müller conservaba la misma expresión impasible que le caracterizara en todo momento. Calcraft, según pude darme cuenta, desapareció de la escena tan pronto como ambos empezaron a hablar; y recuerdo perfectamente a Cappel, inclinado hacia adelante y con las manos extendidas, como intentando sacar de Müller a la fuerza algunas palabras en el mismo instante en que la trampilla cedía y la víctima desaparecía.

El verdugo había cumplido con su trabajo a la perfección. Una fuerte convulsión y todo había acabado. Pero el doctor Cappel ya no estaba allí para verlo. Tan pronto como se recuperó de la sorpresa y el susto causados por la inesperada caída de la trampilla, se precipitó escaleras abajo con los brazos en alto y gritando: «¡Ha confesado; gracias a Dios ha confesado!» Después de echar una ojeada a la multitud, convertida en un horrible tumulto que se agitaba de un lado para otro, salí detrás de Cappel y los periodistas nos apiñamos en torno a él en la sala del capellán mientras nos relataba la historia de las últimas palabras del reo.»

El doctor Cappel contó que hasta los últimos segundos Franz Müller continuó declarándose inocente, pero que entonces dijo: «Ich habe es gethan» («Yo lo hice»). Cappel fue el único que oyó aquellas palabras, y por eso se sugirió que o bien no le entendió correctamente, o bien que a Müller no le dio tiempo a acabar la frase.
Las deplorables escenas protagonizadas por la muchedumbre durante la ejecución proporcionaron aún más argumentos en favor de la abolición de las ejecuciones públicas. El feniano (revolucionario irlandés) Michael Barrett fue la última persona víctima de una ejecución pública en Gran Bretaña cuando, el 26 de mayo de 1868, lo ahorcaron en Newgate. Aquel mismo año se aprobó la Ley de Enmienda de la Pena Capital, y desde entonces las ejecuciones se llevaron a cabo en privado, con la sola presencia de los funcionarios de la Corona y los periodistas autorizados al efecto.

EL JUICIO – La prueba de la cadena

Las pruebas en contra de Müller eran circunstanciales, pero prácticamente irrefutables. La defensa, que actuó inteligentemente, intentó establecer una coartada, pero el Fiscal General la derribó de un plumazo.

El juicio contra Müller se inició en el Old Bailey el jueves 27 de octubre de 1864. Aunque las pruebas eran puramente circunstanciales, la acusación parecía sólidamente irrefutable. El Fiscal General, sir Robert Collier, abrió el caso en nombre de la Corona con un enérgico resumen de los hechos, sugiriendo que el señor Briggs había sido atacado, mientras dormitaba en una esquina del compartimento, con su propio bastón: «un arma contundente, grande, pesada y con puño en uno de sus extremos».

Müller, continuó, se vio asaltado por el repentino deseo, de apoderarse de la cadena y del reloj de oro que asomaban bajo el chaleco de la víctima. Sir Robert insistió una y otra vez en el sombrero hallado en el compartimento y dijo al jurado: «Si son ustedes capaces de descubrir con absoluta certeza a la persona que llevaba ese sombrero aquella noche, habrán dado con el asesino; y la acusación se habrá probado casi con la misma evidencia que si alguien le hubiera visto hacerlo.»

El Fiscal General subrayó los distintos tanteos efectuados por Müller con varios prestamistas y joyeros, incluido John Death, por los que el acusado acabó obteniendo cuatro libras y cinco chelines para comprar su pasaje hasta América. Por último, existía también la prueba del sombrero aparecido entre el equipaje de Müller. «El señor Briggs fue víctima de robo y asesinato en un vagón de tren -concluyó sir Robert-; el asesino le quita su reloj y su cadena, además del sombrero. Todos estos objetos han sido hallados en poder del acusado (quien miente acerca de cómo los consiguió), propietario del sombrero abandonado en el tren. Si los testigos consiguen probar los hechos, me atrevo a pensar que pocas veces se ha presentado ante un jurado una acusación compuesta de pruebas circunstanciales tan firme como ésta.»

La señora Elizabeth Repsch, esposa de un sastre alemán que trabajaba con Müller, proporcionó un testimonio de vital importancia. Dos días después del asesinato, Müller le mostró la cadena que el joyero le entregara a cambio de la de Briggs contándole que la había comprado «en los muelles.» La señora Repsch también se dio cuenta de que Müller llevaba un sombrero distinto al que solía usar. Dijo que le había costado catorce chelines y seis peniques, e hizo notar al señor Repsch que más bien parecía un sombrero de una guinea. El antiguo sombrero de Müller -negro y de piel de castor- era el hallado en el vagón del tren. Ella recordaba perfectamente el inconfundible forro a rayas.

También existían pruebas acerca de la situación económica del presunto asesino antes y después del asesinato. John Death describió el intercambio de cadenas, y alguien testificó que luego Müller empeñó la cadena más barata por una libra y diez chelines, importe que utilizó para recuperar un reloj empeñado en junio.

El abogado de Müller era el «sargento» (título concedido antiguamente a algunos abogados distinguidos) John Humffreys Parry. Este presentó un testigo que juró haber visto en la estación de Bow a dos hombres en el compartimento de Briggs, uno de los cuales con toda seguridad no era Müller. Pero el jurado no pareció demasiado convencido. Y se mantuvo igualmente escéptico ante el intento de Parry de presentar la coartada de que Müller había pasado la noche del crimen intentando encontrar a su novia, Mary Ann Eldred. La joven pertenecía a lo que los victorianos llamaban la clase «poco afortunada» y vivía en un burdel de Camberwell. La dueña del local, la señora Elizabeth Jones, juró que Müller llegó en busca de Mary Ann a las 9,30 de la noche, lo que hacía imposible que sólo veinte minutos más tarde tomara un tren a Fenchurch Street. Pero la acusación trató mordazmente a la señora Jones, quien a su juicio basaba su «peligrosa y poco convincente coartada» en «la exactitud del reloj de un burdel».

El juez pronunció sus conclusiones en contra del acusado y el jurado no tardó más que quince minutos en declararle culpable. Pero la satisfacción con que los habituales usuarios de tren británicos acogieron el veredicto chocó de frente con la consternación de los alemanes, que se sintieron ultrajados. Algunos periódicos alemanes acusaron a los perversos británicos de haber amañado las pruebas en contra de Müller, calificando su ejecución como de una venganza por parte del Gobierno a causa de la anexión de Schleswig-Holstein llevada a cabo por Prusia. La Sociedad Alemana presentó una solicitud ante el Ministerio del Interior, y el mismo rey de Prusia envió un mensaje personal a la Reina Victoria. Pero todo fue en vano.

En un duro editorial, The Times recogió el resentimiento de toda la nación ante los intentos de injerencia de una potencia extranjera en el asunto: «La conducta del rey de Prusia al solicitar para Franz Müller la suspensión de la sentencia basándose en que las pruebas de la defensa no han sido escuchadas es una muestra de la más ofensiva e insolente presunción.»

La ejecución del reo el 14 de noviembre de 1864 atrajo una inmensa multitud. Las desagradables escenas que se contemplaron en los alrededores de Newgate fueron ampliamente descritas por The Times y otros periódicos. Se dijo que finalmente Müller acabó confesando en el cadalso, pero los motivos del asesinato siguen siendo un misterio. ¿Por qué arriesgó su vida a cambio de un insignificante reloj y una cadena de oro? Quizás el juez estaba en lo cierto al sugerir que a Müller le preocupaba cómo reunir el dinero suficiente para viajar a América y que le pudo la ambición al descubrir la cadena y el reloj de Thomas Briggs.

Si fue así, el negocio no resultó precisamente un éxito. Los beneficios obtenidos por Müller de su delito ascendían tan sólo a treinta chelines que invirtió en su pasaje para el Victoria, que costaba cuatro libras. En el cadáver del señor Briggs la policía encontró cuatro soberanos de oro, una tabaquera de plata y un valioso anillo de diamantes. Todos estos objetos juntos sobrepasaban en mucho el valor de la cadena y el reloj de oro. Con este botín Franz Müller podría haberse financiado el viaje.

Un destino peor que la muerte

Para las pasajeras de los trenes que viajaban en compartimentos aislados, el temor a una violación era tan grande como el miedo a ser asesinadas o robadas. En 1875 se produjo un célebre caso de este tipo cuando el coronel Valentine Baker, un soldado del 11.º de Húsares, asaltó a una joven en la línea de Londres y South Western.

La mujer -identificada en el tribunal como señorita X- se hallaba sola en su compartimento cuando el coronel Baker subió al tren en Liphook, Hampshire. Baker intentó besarla y abrazarla, y la mujer, horrorizada, logró tirar de la alarma; pero esta no funcionó, así que la señorita X, desesperada, abrió la puerta del tren y se lanzó de él en marcha.

Baker fue sentenciado a un año de cárcel y se le impuso una multa de 500 libras. Y pasó el resto de su vida intentando enmendar su error: se unió al ejército turco y acabó perdiendo la vida valientemente en medio de una batalla, con el rango de general.

Excursiones para presenciar una ejecución

Antes de que fueran abolidas las ejecuciones en público, las compañías de ferrocarriles más emprendedoras solían organizar excursiones en tren para contemplar las ejecuciones que se preveía atraerían a grandes masas de gente. En 1849, por ejemplo, Gleeson Wilson fue ahorcado en Liverpool acusado del asesinato de los cuatro miembros de una misma familia; la policía calculó que al menos una quinta parte de las cien mil personas que asistieron a la ejecución llegaron en tren a la ciudad. Aquel mismo año un grupo de jóvenes gamberros contrató un tren que les llevara desde Londres a Norwich para presenciar la ejecución de James Rush, un arrendatario que asesinó al propietario de su terreno. La policía local, sin embargo, obligó al tren a regresar a su lugar de origen para prevenir posibles disturbios.

DEBATE ABIERTO – Historias de intriga y trenes

Encuentros casuales; siniestros desconocidos; el lento ritmo de las ruedas… Durante décadas a los escritores de novelas policíacas les ha apasionado la Era del Vapor.

Los asesinatos cometidos en los trenes, con sus ecos de vapor, humo y hollín, evocan la Gran Bretaña del pasado. Los clásicos años del crimen británico coincidieron con la edad de oro del transporte por ferrocarril, desde mediados del siglo XIX hasta mitad del XX. Un cronista victoriano del crimen, Arthur Griffiths, observaba: «El aislamiento de los pasajeros en un antiguo vagón de tren, la dificultad de conseguir ayuda y la falta de comunicación adecuada han traído consigo horribles asesinatos.»

Es cierto que los claustrofóbicos compartimentos de los clásicos vagones antiguos proporcionaban a los asesinos un escenario ideal para cometer los crímenes. Una vez dentro del compartimento, los pasajeros que llevaban encima dinero o joyas se convertían en una presa fácil. Cuando el tren se ponía en movimiento, el asesino tenía garantizada la intimidad, mientras que a la víctima se le negaba cualquier vía de escape.

Al llegar a cualquier parada, el delincuente podía salir tranquilamente y mezclarse con la multitud antes de que nadie se enterara de que se había cometido un crimen. Muchos expertos detectives opinaban que estos asesinatos eran precisamente los más difíciles de resolver.

El inspector William Gough, de Scotland Yard, a cargo de una investigación de este tipo en 1914, escribiría más tarde-. «Los jefes del Departamento de Investigación Criminal, tanto los de hoy en día como otros más antiguos, opinan de forma generalizada que los asesinatos de los trenes constituyen el tipo de homicidio más difícil de resolver.» 

El número de dichos crímenes disminuyó con la introducción en los trenes de un pasillo que hacía más difícil que el asesino se quedara a solas con su víctima. «No hay duda de que los compartimentos individuales de los trenes antiguos, desprovistos de pasillo, suponían una importante ayuda para los asesinos -escribió el ex juez Gerald Barrow en la década de los setenta-. Hoy en día no son un ámbito adecuado para el crimen. Los coches Pullman carecen de intimidad, y las comidas… convierten cada uno de los vagones en un lugar de constante bullicio y movimiento.»

Los autores de novelas policíacas han aprovechado a menudo las posibilidades que les ofrecen los asesinatos de los trenes; entre ellos destaca Agatha Christie, con su ya clásico Asesinato en el Orient Express.

Dos años más tarde, Ethel Lina White publicó su novela de misterio que se desarrollaba también en un tren, The Wheel Spins (llevada al cine en 1938 por Alfred Hitchcock bajo el titulo de Alarma en el Expreso). Entre los autores que han elegido como escenario de sus novelas o relatos los trenes más caros y lujosos del mundo se encuentran también Graham Greene, con El tren de Estambul (1932), e lan Fleming, los últimos capítulos de cuya obra Desde Rusia con amor (1957) transcurren en el Orient Express.

El historiador del crimen Jonathan Goodman señala las ventajas de estos escenarios en su introducción a Los asesinatos de los ferrocarriles (1984): « … un escenario cerrado -que constituye la variante ideal del “misterio de la habitación cerrada con llave”-, pero con un panorama en constante transformación; una impresión de velocidad capaz de proporcionar a su vez una impresión de ritmo; la oportunidad de desarrollar una historia a través de las fronteras de otros condados y Estados, e incluso naciones, desembarcando pasajeros muertos y dando la bienvenida a otros, vivos y recién llegados, a lo largo del trayecto; la… precisión novelesca de los horarios, muy útil para establecer el momento de la muerte o para comprobar las coartadas; la democracia de un viaje por ferrocarril, porque un tren como el Ritz, se halla abierto a cualquiera, sea un ciudadano de primera o de segunda clase.»

Un cadáver en el túnel

Aunque los autores de novelas de intriga han empleado a menudo el famoso Orient Express como escenario de sus crímenes, no parecen existir pruebas de que alguna vez se haya cometido un asesinato a bordo. Cierta muerte ocurrida en circunstancias sospechosas, digna de una historia de James Bond, debió ser, sin embargo, un homicidio voluntario.

A finales de 1949 el capitán Eugene S. («Fish») Karpe, un oficial del servicio de inteligencia de la marina americana, se hallaba destinado como agregado naval en la legación de EE.UU. en Bucarest. De hecho, se trataba de un espía que se dedicaba a cruzar Europa de un lado a otro en el Orient Express como un viajero más. Cuando los húngaros acusaron de espía a su amigo Robert A. Vogeler, de la Corporacion Internacional de Teléfonos y Telégrafos, y lo sentenciaron a quince años de cárcel, Karpe decidió intentar rescatarlo.

Sin embargo, antes de que pudiera poner en práctica su plan, Karpe desapareció en el tren. Se había embarcado en Viena con destino a París y se le vio vivo por última vez la noche del 23 de febrero de 1950 cenando en el coche-restaurante. En la frontera con Suiza uno de los miembros de la tripulación llamó a la puerta de su compartimento para despertarlo, pero no obtuvo respuesta. Cuando consiguieron abrirla, no había nadie dentro.

Tras registrar una zona de varios cientos de kilómetros, hallaron su cuerpo destrozado en un túnel al sur de Salzburgo. Alguien sugirió que Karpe estaba borracho y se equivocó de puerta al ir a acostarse. Las autoridades americanas, no obstante, contemplaron la versión con cierto escepticismo y sospecharon que se trataba de un asesinato.

Fechas clave

  • 09/07/64 – Asalto y robo a Thomas Briggs en un tren.
  • 10/07/64 – Briggs muere a causa de las heridas sufridas.
  • 15/07/64 – Müller parte en barco hacia América.
  • 20/07/64 – La policía viaja a Nueva York.
  • 04/08/64 – Llegada de la policía a Nueva York.
  • 24/08/64 – Müller llega a Nueva York.
  • 16/09/64 – La policía y Müller, de regreso en Liverpool.
  • 26/09/64 – Investigación del juez de instrucción; Müller, procesado.

 


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