Florence Bravo

Atrás Nueva búsqueda
Florence Bravo

El Misterio de Balham

  • Clasificación: ¿Asesina?
  • Características: Uno de los más famosos crímenes de la época victoriana que, oficialmente, continúa sin resolver
  • Número de víctimas: ¿1?
  • Periodo de actividad: 21 de abril de 1876
  • Perfil de las víctimas: Su marido, Charles Delauny Turner Bravo, de 32 años
  • Método de matar: Veneno (antimonio)
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Florence Bravo murió alcoholizada el 13 de septiembre de 1878
Leer más

Florence Bravo

Colin Wilson y Patricia Pitman – Enciclopedia del crimen

Uno de los más famosos crímenes de la época victoriana.

Charles Bravo, abogado de 30 años de edad, murió el viernes 21 de abril de 1876; tres días antes de su fallecimiento (después de cenar un plato de pescado, otro de cordero asado y tostadas con huevos y anchoas), se había sentido gravemente enfermo cayendo en una terrible agonía que se prolongó hasta el momento de su muerte.

Bravo vivía en la opulencia en su elegante mansión, «The Priory», situada en Bedford Hill Road, Balham. En diciembre del año anterior había contraído matrimonio con una joven, viuda de un oficial de granaderos, Alexander Ricardo, que había muerto alcoholizado en 1871. Florence había recibido a la muerte de su esposo una fortuna de 40.000 libras que la permitían llevar una vida de lujo y, que, unido a su belleza, la convertían en un ventajoso partido.

Cuando conoció al que había de ser su segundo esposo, Charles Bravo, Florence era la amante de James Manby Gully, un médico famoso de 64 años, pionero de la hidroterapia, frenólogo, escritor y asesor médico de Tennyson, Dickens, Bulwer Lytton, Disraeli y Carlyle.

Ante la propuesta de matrimonio de Bravo, Florence decidió terminar con sus relaciones ilícitas escribiendo a Charles el 21 de octubre de 1875: «…tengo que comunicarte que he escrito al doctor para decirle que no quiero volver a verle nunca más; pase lo que pase, nos casemos o no, creo que era mi deber hacerlo…».

Charles, hombre engreído y presuntuoso (en cierta ocasión, sin pretender hacer un chiste, dijo: «Mi principal cualidad es la modestia»), tenía una amante en Maidenhead, lo cual debería haberle hecho un poco más tolerante con su futura mujer; cuando se enteró de su ruptura con Gully le dijo magnánimamente: «Estoy satisfecho de hacerte mi esposa».

Algún cínico diría que no era de extrañar, puesto que, con arreglo a la ley de la época, al casarse con Florence pasaba a sus manos automáticamente la fortuna de ésta. De hecho, cuando se encontraba pasando su luna de miel en Palace Green, Kensington, la casa de sus padres, recibió una carta anónima que le acusaba de haber contraído matrimonio con la amante de Gull solamente por su dinero.

Desde el primer momento Bravo demostró cierta hostilidad hacia la camarera y constante compañera de su esposa, una viuda de 43 años, angloindia, muy poco agraciada, madre de tres hijos, Mrs. Jane Cannon Cox, que a la muerte de su marido, acaecida en 1867, se había visto obligada a trabajar como dama de compañía.

Por una coincidencia, Mrs. Cox había conocido al padre de Charles, Joseph Bravo, mucho tiempo antes de entrar al servicio de Florence. Su familia había tenido gran amistad con el viejo Bravo hacia 1850 cuando vivían en Jamaica, y fue a éste a quien acudió Jane en busca de ayuda cuando volvió a Londres años más tarde en busca de trabajo.

En aquella ocasión Mrs. Cox había conseguido un buen empleo en casa de una tal Mrs. Brooks y fue allí donde conoció y pasó al servicio de la joven Mrs. Ricardo, que había ido a pasar una temporada con los Brooks. La curiosa asociación que unía a todos los personajes envueltos en el caso con Jamaica (el Dr. Gully había nacido en Kingston, capital de la isla), hizo sospechar a algunos que la causa de los siniestros acontecimientos que siguieron tuviera alguna conexión con la práctica de la magia negra, un pensamiento romántico, pero improbable.

A su vuelta a «The Priory» después del viaje de novios, los Bravo parecían llevar una vida feliz ensombrecida solamente por la inclinación de Florence a la bebida y sus frecuentes abortos (ambas prácticas poco apropiadas para una matrona victoriana). Por otra parte, Charles comenzó a demostrar su innata tacañería: «Mi querida esposa (escribió una vez), te echo mucho de menos y daría con gusto 100 libras -si los tiempos no fueran tan duros-, por tenerte a mi lado».

En abril de 1876, poco antes de la Pascua de Resurrección, Florence tuvo un tercer aborto y durante los días de Pascua, Charles, probablemente por razones psicológicas, sufrió fuertes dolores de dientes y neuralgias, intentando mitigarlos frotándose las encías con láudano.

El martes siguiente, 18 de abril, marido y mujer se habían recobrado y partieron en su landó con el cochero y un lacayo para pasar un día en Londres. Florence volvió sola a «The Priory» dejando a Charles en la ciudad, donde más tarde declaró haber tenido una «alegre comida».

A las 7.40 de la tarde los Bravo se sentaban a cenar acompañados por Mrs. Cox; Charles bebió abundante borgoña y Florence y Mrs. Cox se repartieron dos botellas de jerez (hecho que no deja de causar hoy horror y admiración), Charles Bravo se retiró al dormitorio que había ocupado desde la indisposición de su mujer y, a las 10 en punto de la noche, comenzó a sentir fuertes dolores de estómago y vómitos que no cesaron hasta su muerte.

Florence y Mrs. Cox le atendieron durante su enfermedad con la mayor solicitud, llamando a consulta a los mejores especialistas, quienes no pudieron encontrar la causa del desesperado estado de Charles Bravo:

-Mr. Bravo, ¿qué ha tomado?

-Me froté las encías con láudano…

-El láudano no explica sus síntomas, Mr. Bravo…

El sábado 22 de abril se llevó a cabo en el Hospital de Santo Tomás la autopsia del cadáver; no se hallaron indicios de ninguna enfermedad natural, pero sí una ulceración en el intestino grueso que indicaba que la víctima había sido envenenada.

El 25 de abril se efectuó privadamente en «The Príory» una encuesta durante la cual Mrs. Cox declaró que Charles le había confesado en secreto que había tomado una dosis de veneno: «Mrs. Cox, he tomado un veneno… No diga nada a Florence».

El Dr. Redwood dijo haber descubierto antimonio en el líquido que Charles había vomitado: «Sólo hay una forma de administrar esta sustancia y es utilizando emético tártaro, que es soluble en agua e insípido…».

El jurado, obsequiado generosamente por Florence con refrescos y golosinas, pronunció un ambiguo veredicto, afirmando que Mr. Bravo había muerto efectivamente a causa del antimonio contenido en el emético, pero que no había suficientes datos para determinar en qué circunstancias lo había ingerido.

Después de unas semanas de crecientes sospechas y rumores, el presidente del Tribunal Supremo se vio obligado a anular el veredicto pronunciado en «The Priory» y abrir una nueva investigación del caso.

La encuesta tuvo lugar esta vez en el Hotel Bedford de Balham el 11 de julio y fue, en realidad, un juicio de Florence Bravo, según unos o de Mrs. Cox, según otros.

Previamente el jurado había examinado los restos mortales de Bravo que yacían en el cementerio de Lower Norwood. La macabra visita tuvo lugar poco antes de la encuesta y uno por uno todos los componentes del jurado fueron desfilando ante el ataúd cubierto con una tapa de cristal: «La cara había adquirido ya el tinte de la piel momificada y los dientes se habían ennegrecido…».

En el curso de los interrogatorios salió a relucir la relación amorosa que había unido a Mrs. Bravo con el Dr. Gully y éste fue llamado a prestar declaración; uno de sus sirvientes, George Griffith (que había sido cochero de Mrs. Bravo poco antes de su segundo matrimonio), declaró haber adquirido en 1869, por encargo del doctor, 60 gramos de emético tártaro, en apariencia destinado a un caballo enfermo.

El desgraciado Gully («Mi situación es angustiosa», dijo), negó haber tenido alguna participación en la muerte de Charles. Por su parte, Mrs. Cox repitió la confesión que le había hecho su señor, añadiendo esta vez que también le había dicho que había tomado el veneno «a causa del Dr. Gully».

«En mi declaración anterior al “Coroner” callé estas palabras porque sabía que traerían complicaciones a Mrs. Bravo», dijo Mrs. Cox, y aludiendo después a los celos que mostraba Charles constantemente hacía su esposa, hecho que confirmó Florence afirmando que en una ocasión había llegado a golpearla en un ataque de ira. Mr. Brooks, a cuyo servicio había estado Mrs. Cox, acudió también a prestar declaración y aseguró que al felicitar a Bravo poco antes de que contrajese matrimonio con Florence, éste le había contestado: «Al infierno con tu enhorabuena; sólo quiero su dinero».

Esta vez el jurado reconoció que Charles Bravo había sido envenenado, «pero no hay una evidencia absoluta que permita culpar del crimen a una persona determinada».

Florence Bravo murió alcoholizada el 13 de septiembre de 1878 en Southsea; se murmuraba que había envenenado no sólo a Charles, sino también a su primer marido. Desde luego, la muerte de éste le había proporcionado una cuantiosa fortuna y quizá al descubrir que Bravo se había casado con ella sólo por este motivo decidió matarle también. Otros sugirieron que la sucesión continua de abortos y la intemperancia sexual de su esposo habían alterado sus condiciones mentales.

Mrs. Cox, al terminar la segunda encuesta, volvió de nuevo a Jamaica, donde vivió aún muchos años; algunos creyeron que fue ella la culpable de la muerte de Charles Bravo y que se había librado de él por considerarle un peligro para la estabilidad de su trabajo. El Dr. Gully vio su carrera profesional (como había profetizado en la segunda encuesta) completamente arruinada, pero no hay ningún motivo para creer que tuviera alguna participación en el envenenamiento del marido de su antigua amante.


Florence Bravo – Veneno en la mansión siniestra

Última actualización: 29 de diciembre de 2015

Florence Bravo, una mujer atractiva de 25 años de edad, que había heredado una fortuna de su primer esposo, un capitán apellidado Ricardo (que aparentemente bebió hasta morir, aunque esto no se sabe con certeza), tenía que verse en graves dificultades tarde o temprano.

Bebía más de la cuenta, tenía un voraz apetito sexual, y estaba acostumbrada a las caricias y a los mimos de todos los que la rodeaban, especialmente de parte de su ama de compañía, una mujer de origen anglo-indio, la señora Cox, que usaba anteojos, de complexión delgada y ojos muy vivarachos, que estaba dedicada y lista para hacer cualquier cosa que deseara su ama.

Uno de los hombres que Florence deseó durante su viudez fue un doctor Gully -James Mamby Gully- que estaba ya a punto de jubilarse después de una brillante carrera con una hueste de pacientes notables, entre los que se incluía Benjamin Disraeli.

El doctor Gully había iniciado el método hidroterapéutico de Malvern y su fama dentro de la profesión médica era muy alta. Su esposa había perdido el juicio y estaba recluida en un asilo para lunáticos, y Florence se convirtió en su amante (aun cuando él bien podía ser su abuelo), comprando ambos casas muy bonitas en Balham, una exclusiva zona residencial en aquella época.

El doctor Gully había adquirido tártaro emético como medicina para caballos antes de los sucesos extraordinarios que tuvieron lugar en el Priorato, Bedford Hill Road, de Balham.

Para entonces Florence se había sentido atraída por un abogado -Charles Bravo- quien parece que se casó con ella por su dinero, o quien cuando menos parece haber tenido muy en cuenta su fortuna cuando Florence puso sitio a su cariño.

El viernes 21 de abril de 1876, después de comer en compañía de su esposa, Charles Bravo se sintió desesperadamente mal y, aunque fue atendido con mucha dedicación por Florence y la señora Cox, murió envenenado según parece.

Hubo necesidad, por supuesto, de una autopsia, y la ulceración en el estómago indicaba que Bravo había tomado un veneno irritante. Hubo una pesquisa judicial con un jurado que se reunió muy en privado en el Priorato, a la que asistió un patólogo que proporcionó pruebas de haber encontrado restos de antimonio en la comida que Bravo había vomitado.

Ahora bien, la única manera en que se puede administrar antimonio sin que se detecte es en tártaro emético, así que si el veneno no estaba en el vino de Borgoña que había tomado en la comida, ¿podía haber estado en el agua que Charles Bravo tomaba invariablemente de un botellón de cristal que estaba en el buró cerca de su cama, antes de dormir?

El problema con el asunto de Balham era que había más sospechosos de la cuenta. ¿Quién era la asesina? ¿O Charles Bravo se había quitado él mismo la vida? La señora Cox dijo que Charles Bravo le había susurrado in extremis que había tomado veneno a causa del doctor Gully. Pero, ¿era cierto eso? ¿Estaba la enigmática señora Cox protegiendo a Florence?

Florence pudo haber tenido un motivo pues ella nunca había roto sus relaciones con el doctor Gully, quien, por su parte, sólo parecía ser muy desafortunado. El doctor Gully ciertamente no tuvo nada que ver con la muerte de Bravo, pero había comprado el tártaro emético.

Los intentos desesperados por apresurar aquella indagación judicial del Priorato, por medio de un veredicto de suicidio, fracasaron. El jurado encontró que Charles Bravo había muerto de envenenamiento con antimonio, pero no podían decir quién se lo había administrado.

Después de una gran agitación en los periódicos, el presidente del Tribunal de Justicia ordenó una nueva indagación judicial y ésta se efectuó en un hotel de la localidad. En esta ocasión aquello quedó completamente fuera del control de manos particulares.

En vez del plácido aislamiento del comedor del Priorato, el jurado se reunió en el salón de billar del hotel Bedford, fuera de la estación de Balham. Hacía mucho calor y las ventanas del salón estaban abiertas con las persianas bajadas a medias. El interés del público era enorme. Cada pulgada de espacio disponible que no estaba ocupado por los actores en la indagación judicial había sido abarrotado por una muchedumbre de espectadores intensamente curiosos.

Los posibles puntos en cuestión eran de la mayor gravedad, y las personas principalmente interesadas pudieron pagar a los mejores abogados y, como consecuencia, en aquel ambiente tan discordante se reunió una lista impresionante de nombres famosos en la abogacía.

Los abogados de la corona eran sir John Holker, asistido por Gorst QC y por (después sir) Harry Poland. Por parte de la señora de Charles Bravo estaban sir Henry James QC, que contaba con la asistencia del abogado Biron. Además, Florence había contratado también los servicios legales del abogado Murphy para que defendiera a la señora Cox.

El señor Joseph Bravo fue representado por la firma de abogados Lewis y Lewis. Cuando apenas se iba a la mitad del juicio, aquello tomó un rumbo tan ominoso que se tuvieron que presentar Sergeant Perry y Archibald Smith, diciendo que habían recibido órdenes de vigilar el caso por parte del doctor Gully.

Todos aquellos abogados eran ciertamente eminentes, tanto así que desafiaban todo control. En un tribunal de justicia, un juez los hubiera podido controlar, pero en el salón de billar del hotel Bedford no había otra persona que el pesquisidor Carter. Su infeliz posición era más bien la de Faetón, que intentó conducir los corceles del sol y que fue arrojado ignominiosamente al océano.

Antes de que se iniciara la indagación judicial se efectuó una ceremonia macabra pues era necesario que el jurado viera el cadáver y, por lo mismo, se llevó el féretro desde su tumba en el cementerio de Norwood, para colocarlo en bancos de madera bajo un toldo de lona.

Pero con el fin de que se pudiera contemplar el cuerpo de Charles Bravo, la agencia funeraria había hecho un corte en el féretro y había dejado el rostro del muerto a la vista bajo la mirilla de vidrio. El rostro estaba renegrido como el de una momia y los dientes, expuestos a causa de rigor mortis, estaban completamente negros. Los jurados desfilaron junto al féretro descubriéndose respetuosamente, y el pesado y nauseabundo olor a desinfectante hacía más opresivo el calor que se sentía.

Con el tiempo se consideró que aquella indagación se había efectuado de una manera muy indisciplinada. No solamente fue incapaz el pesquisidor Carter de controlar los comentarios en voz alta de la muchedumbre o evitar que el jurado hiciera ciertas demostraciones incorrectas, sino que tampoco pudo evitar que los abogados obtuvieran en forma violenta, a través del reinterrogatorio, gran cantidad de material que probablemente se hubiera considerado inadmisible en un tribunal adecuado.

Por las declaraciones de una amplia variedad de testigos se pudo formar una imagen doméstica con detalles por demás significativos, pero los tres testigos más importantes fueron la señora Bravo, el doctor Gully, y la señora Cox.

En la declaración de la señora Cox, que fue la más extensa, ella sostuvo en forma calmada y persistente que Charles Bravo se había suicidado y que lo había hecho por celos retrospectivos del doctor Gully. Su relato, que había crecido en detalles circunstanciales desde el momento en que se comunicó por primera vez con el doctor Harrison, recibió entonces su toque maestro. Dijo que en uno de los momentos en que se había quedado sola con Charles Bravo, éste le había reprochado: «¿Por qué les avisaste?» , y ella le había contestado: «Tuve que hacerlo: no podía dejarlo morir.»

La única persona que podía haberla refutado era ya un cadáver ennegrecido; y cuando se le preguntó por qué no había comunicado inmediatamente que Charles Bravo había tomado veneno a causa «del doctor Gully», respondió que lo había hecho así para proteger la reputación de la señora.

En vista de que la señora Cox y Florence se mantuvieron firmes en su relato de la muerte de Charles Bravo, la historia de las relaciones con el doctor Gully tuvo que adquirir una relevancia mucho mayor.

Estas relaciones adquirieron de hecho una importancia en la opinión de los abogados que la señora Cox quizá ni siquiera se imaginó, pues si las relaciones aquellas iban a explicar el suicidio, si acaso todavía existían, también podían ser la causa del asesinato.

Esto puede explicar los extraordinarios esfuerzos que realizaron tanto el abogado de la corona como el abogado Lewis para tratar de establecer cuándo habían comenzado -que era una relación, después de todo, de unos cuatro años antes de que Charles Bravo y Florence se conocieran-.

Cuando se le preguntó en dos ocasiones a la señora Cox si ella se daba cuenta o no del hecho de que su patrona y el doctor Gully fueran amantes, bajó la vista y se puso a frotar muy suavemente, con su mano enguantada, el mantel de la mesa. Por último admitió que lo había sospechado. Entonces se le exigió con violencia que dijera todo lo que sabía y esta exigencia fue recibida con grandes muestras de contento por parte de los espectadores.

Sergeant Perry se mostró anonadado por esta forma de llevar la indagación: «¡Aplausos en un tribunal de justicia! -exclamó-, esto es terrible; es para dar miedo.» Sin embargo, el pesquisidor Carter no pudo remediar aquello.

Cuando se llamó a Florence Bravo, su aparición causó sensación. Con su vestido negro de crepé, su pelo lustroso sujetado atrás bajo un sombrero con un velo de crepé, sus grandes ojos azules que parecían hundirse en su pálido rostro, parecía estar a punto de romper en llanto. Sin embargo, habló con una firmeza que nadie esperaba, hasta que el abogado Lewis, después de un largo contrainterrogatorio sobre sus relaciones con el doctor Gully, empezó a exigir con una feroz insistencia en qué fecha habían empezado aquellas relaciones.

Ella negó que hubieran empezado mientras se encontraba en Malvern, pero Lewis mostró una carta que ella había mandado seis años antes a una sirvienta de apellido Laundon, en la cual le prometía recomendarla para alguna otra casa, y decía: «Espero que nunca menciones lo que sucedió en Malvern.» «¿Qué quería decir con eso, señora Bravo?», preguntó Lewis y repitió la pregunta hasta que su despiadada reiteración acabó con el autocontrol de Florence. Llorando casi histéricamente, le pidió al pesquisidor Carter que la protegiera, lo cual no podía hacer aquel hombre, pues estaba imposibilitado como ella para protestar por aquellas anomalías.

El interrogatorio del doctor Gully despertó muchos comentarios desfavorables, tanto en la prensa como en el mismo escenario de la pesquisa, durante la cual varios de los jurados mostraron su descontento porque el juez pesquisidor le permitió que se sentara durante su largo suplicio. Ya casi para terminar la indagación no había una brizna de evidencia, ninguna sombra de involucramiento, que lo relacionara con el crimen, pero la opinión pública estaba contra él casi como si se hubiera demostrado que él era el asesino.

Por supuesto era correcto que una violación tan seria de la etiqueta profesional, especialmente por parte de un hombre tan eminente, fuera condenada severamente, pero la tragedia de la ruina del doctor Gully después de una carrera larga y distinguida parece haber pasado sin que se pusiera atención.

Esto se debe en parte, sin duda alguna, a que siempre despierta cierta hostilidad y resentimiento si se considera que él o ella tuvieron un éxito sexual fuera de toda proporción a cualquier privilegio físico o social. El hecho de que el doctor Gully, un hombre con más de 60 años de edad, hubiera tenido como amante a una mujer joven y hermosa, desató un diluvio de pullas vengativas y censuras muy perjudiciales.

Una vez que ya se había admitido el hecho tan ignominioso en toda su culpabilidad, el resto de la declaración del doctor Gully fue la de un hombre recto y distinguido, con todos los instintos de un caballero. Habló con toda honestidad, con sencillez y con un agudo sentido de arrepentimiento por su caída. «Es muy cierto, señor, muy cierto», dijo el doctor Gully cuando el abogado de la corona le reprochó su pasada indiscreción en pleno rostro.

En cierto momento de la indagación se lanzó la terrible acusación de que él le había prescrito ciertas medicinas a Florence para provocarle un aborto. Su prescripción había sido rastreada hasta el químico que la había surtido. El doctor Gully respondió con una sencillez efectiva, en el sentido de que, para cualquier médico, sus recetas hablarían por sí mismas. No eran de las que se podían usar para provocar un aborto.

Toda su declaración tuvo como fin demostrar, igual que Florence lo había hecho ya, que después de haber roto sus relaciones con él, en octubre de 1875, él nunca había intentado comunicarse otra vez con ella.

Ciertamente se había entrevistado con ella a petición de la misma señora Bravo, cuando él le aconsejó que cediera un poco en la cuestión de la dote matrimonial, pero después de eso nunca la había vuelto a ver. Ni tampoco, excepto en una entrevista en los alojamientos del cochero, había tratado ella de estar en contacto con él hasta que envió a la señora Cox para pedirle consejo para atender a su esposo moribundo.

El doctor Gully le había dado una receta y le había enviado un frasco con agua de laurel. Estas dos acciones se habían realizado a través de la señora Cox.

El muerto, según declaró el patólogo, había ingerido la enorme cantidad de unos cuarenta granos de antimonio, y un registro por demás completo del Priorato, incluyendo el botiquín de Florence Bravo y el de la señora Cox, y los innumerables frascos que se encontraron por docenas en los cuartos de ambas mujeres, no habían revelado ningún rastro de nada que pudiera contener antimonio en ninguna de sus formas.

La recompensa de quinientas libras esterlinas que ofreció Florence Bravo a quien pudiera demostrar la venta de tártaro emético en aquella región no produjo ningún resultado. Pero entonces salió a relucir que una gran cantidad de tártaro emético había existido en la casa de Florence Bravo cuando menos hasta el mes de enero anterior, o sea tres meses antes de la muerte de Charles Bravo.

El entonces cochero del Priorato, un tal Griffiths, había adquirido tártaro emético para curar los caballos de Florence y también lo había empleado en el establo del doctor Gully en Malvern. El doctor Gully no se había enterado de esto, pero ya con anterioridad le había prohibido a Griffiths que curara a sus caballos, ya que él los trataba por medio de la hidroterapia «con resultados maravillosos».

En los establos del Priorato, sin embargo, Griffiths no tenía quien le impidiera hacer las cosas a su manera y realizó una gran compra de tártaro emético, sin tomar en cuenta que sólo tenía cuatro caballos bajo su cuidado. Se le preguntó por qué había adquirido medicina suficiente como para cien caballos y explicó que le gustaba tener cosas a la mano.

El día de la Feria del alcalde local, en 1875, él conducía el carro de su patrona, acompañada por supuesto por la señora Cox, por las calles de Londres y se vieron involucrados en un accidente de tránsito bastante grave. Griffiths negó haber tenido la culpa, pero Charles Bravo, áspero, impetuoso y alarmado por la seguridad de Florence, insistió en que se le despidiera.

Griffiths abandonó el Priorato en enero y tenía hacia Charles Bravo un amargo resentimiento como es natural, aun cuando empezó a trabajar inmediatamente al servicio de la baronesa de Prescott. Dijo que mientras el tártaro emético estuvo en su poder lo había mantenido bajo llave en un amario en el cuarto de los arreos, y que antes de marcharse lo había vaciado en el drenaje del patio del establo.

Por desgracia, aun cuando no había razón para suponer que Griffiths había mentido deliberadamente, era muy locuaz y excitable, y su declaración estuvo llena de contradicciones e inconsistencias. El que haya dicho que había conservado el veneno bajo llave y que lo había arrojado al drenaje antes de marcharse no importaba tanto como el hecho de que allí se había guardado gran cantidad de tártaro emético.

Es un hecho aceptado que Charles Bravo debió de haber ingerido el veneno en alguna forma de bebida después de la comida a las 19:30 horas. Pero Florence había subido a sus habitaciones inmediatamente después de cenar y no se había servido café esa noche. Por lo tanto, los dos medios por los cuales pudo haber tomado el veneno eran el vino de Borgoña que tomó durante la cena, o el agua en el botellón de su recámara, del cual siempre tomaba un vaso antes de acostarse.

La evidencia médica se inclinaba a considerar que el veneno había sido tomado en agua, y esta opinión era apoyada por el hecho de que el mayordomo había estado presente en el comedor o en la sala desde el momento en que el vino había sido vaciado una media hora antes de la cena. Aun cuando no imposible, hubiera resultado muy difícil para cualquiera entrar al comedor y poner el veneno en el vino de Borgoña sin ser visto.

Pero con respecto al agua, en el botellón que siempre estaba en la recámara del muerto, Florence y la señora Cox tenían el primer piso completamente para ellas solas, entre el momento en que subieron a las 20:30 horas y el momento en que Charles Bravo y Mary Ann arribaron cerca de las 21:30 horas.

La cuestión pudo haberse decidido por medio del análisis de lo que sobró del vino y del agua. Sin embargo, por la misma y perversa buena suerte que había acompañado al criminal en cada uno de los aspectos del crimen, los restos del vino y del agua no pudieron encontrarse.

El mayordomo había abierto una nueva botella de vino de Borgoña para el doctor Harrison y el doctor Moore. Tampoco pudo explicar qué había pasado con los restos de la otra; la casa había estado en gran confusión y no podía recordar si alguien había tomado de ella o no (igualmente no hubiera podido enterarse, por supuesto, si alguien se hubiera desembarazado de ella).

Tampoco les había llamado la atención los restos del botellón de agua. Los doctores la habían visto en el cuarto, pero en ese momento naturalmente no le habían dado ninguna importancia. Tampoco estuvieron en forma continua con el paciente y cualquier alma cuidadosa y atenta que volviera a llenar de agua el botellón escasamente hubiera llamado la atención.

El veredicto que se pronunció finalmente, después que la indagación había durado ya tres semanas, fue que Charles Bravo no había muerto por accidente y que tampoco se había suicidado, sino que había sido envenenado, aun cuando no hubiera suficientes pruebas para decir quién lo había hecho.

Esta declaración produjo un impacto brutal, pues claramente calificaba a la señora Cox como una embustera y el próximo paso indicado era acusarla de asesinato, ya fuera a ella sola, a Florence, o a las dos juntas, con la posibilidad de una sospecha recayendo sobre el doctor Gully.

Un panfleto titulado El Misterio de Balham es excepcionalmente interesante, ya que no solamente proporciona una relación exhaustiva de la forma en que se desarrolló la indagación, así como dibujos de las escenas y personajes involucrados, sino que hace palpable el sentimiento público de la época en tres dibujos muy imaginativos, crudos y morbosos, y de una sorprendente efectividad.

Uno de estos dibujos representa al diablo vestido de anunciador en una feria, con tres dedales sobre una tabla. El dibujo lleva esta subyacencia: «ALGO PARA CONFUNDIR: ¿BAJO CUAL DEDAL ESTA EL V …?» ¿Acaso la “V” significa veneno? De cualquier manera, no queda duda alguna a quién se refieren los tres dedales.

El segundo de los dibujos a plana entera es un claroscuro muy vívido. Este dibujo muestra al sol poniéndose, del cual sale un camino pedregoso que lo lleva a uno hacia el frente del dibujo. Aquí, entre sombras muy profundas, se ve una horca, y debajo de ésta una pezuña y una cabeza que podía ser una calavera, excepto que todavía tiene las facciones del rostro.

La expresión de un dolor personal intenso, tal y como se puede suponer que el diablo tenga, se combina con una mirada expectante y abstraída, así como una sonrisa odiosa. Una mano del esqueleto tiene sobre los huesos de las piernas un látigo y el dibujo lleva el título de «ESPERANDO AL CULPABLE».

Sin embargo, más interesante aún es una pequeña ilustración que viene al final. Esta representa un rincón de apariencia sórdida, donde varias redomas y un frasco de vidrio que contiene lo que parece como un espécimen anatómico están sobre un estante. Un solo rayo de luz ilumina la mano de una mujer que se estira hacia uno de los pequeños frascos.

Un examen cuidadoso de los dibujos de Florence Bravo y la señora Cox muestra que la manga, ribeteada con listón oscuro y que termina en una pronunciada caída de encaje, no es identificable con ningún vestido que alguna de las dos haya usado. Empero, aquella es una mano elegante, con un enorme brazalete en la muñeca. Esto, y lo rico de la manga, insinúan de manera inequívoca que se trataba de Florence Bravo, mientras que el espécimen anatómico tiene una igualmente inequívoca insinuación del doctor Gully.

Existen dos opiniones muy autorizadas sobre este crimen que después de casi cien años todavía guarda su secreto. En su memoria sobre el libro de sir Harry Poland, Seventy-Two Years at the Bar, Ernest Rowlands dice que sir Harry Poland le dijo que él tenía su teoría, aun cuando la misma no era para publicarse, y no había suficientes pruebas para una acusación formal.

Resulta casi un suplicio de Tántalo leer estas palabras debido a que esta teoría, esbozada por un hombre que fue uno de los abogados en aquella indagación, estaría tan cerca de la verdad como cualquiera de nosotros podía esperar estarlo. Pero las demás observaciones de sir Harry Poland son en extremo interesantes.

Él exonera completamente al doctor Gully y menciona un posible motivo para cada una de las mujeres: que la señora Cox fue amenazada por Charles Bravo con la pérdida de aquella vida tan placentera en el Priorato, con la alternativa de otro trabajo, tal vez desagradable, con inseguridad y preocupación para el futuro de sus hijos, y que la señora Bravo había asesinado a su esposo para evitar perder a su constante compañera. Pero dice sir Harry Poland que el primer motivo no era suficiente y el segundo no era creíble. Sin embargo, el efecto de todo el párrafo es que él pensaba que era el motivo más que la identidad del culpable lo que permanecía en la oscuridad.

Sir John Hall en The Bravo Mystery and other Cases también exonera al doctor Gully de toda sospecha de complicidad en el asesinato y dice que no hay pruebas de que Florence Bravo haya deseado renovar sus relaciones, de haber conseguido ella el veneno, o de haberse conducido de alguna manera que no fuera la natural en una mujer muy afectiva y dedicada.

Pero también dice que lo que la hace vulnerable a sospechas graves es la forma en que apoyó todas las declaraciones de la señora Cox, y la extraordinaria intimidad en que vivía con ella. No solamente eran amigas íntimas, sino que a últimas fechas habían dormido juntas en la misma cama. Sir John Hall dice: «Si una es culpable, la otra no era inocente.»

Sería presuntuoso aventurar cualquier teoría que no se ciñera a lo que han dicho estos dos escritores. Sin embargo, al menos eso se espera, no se sale uno de la línea trazada si se dice que el asesinato lo realizó, y casi con certeza lo planeó la señora Cox, y que todo lo que permanece en duda es su motivo para cometerlo. La tendencia marxista en el pensamiento actual quizá inclina a nuestra generación a darle más importancia a los motivos económicos que los hombres de la época de sir Harry Poland están dispuestos a conceder.

Para nosotros no resulta increíble que una mujer del calibre de la señora Cox estuviera dispuesta a cometer un asesinato con el fin de conservar su propia seguridad y la de sus hijos. Por otra parte, es muy probable que Florence Bravo no haya sabido que el crimen se iba a cometer en esos días o, quizá, que se iba a cometer en realidad, y que sólo hasta después se enteró cómo se cometió y quién lo hizo.

Aun cuando se sabe muy poco de su vida posterior a la muerte de Charles Bravo, eso poco que se sabe es de extrema significación: Florence murió catorce meses después de la segunda indagación judicial. No es del conocimiento general si ella continuó apoyando a la señora Cox durante los catorce meses que le quedaron de vida.

A falta de otras pruebas, se ha sugerido la teoría, de manera más o menos jocosa, de que su muerte pudo haber sido un segundo asesinato. Sin embargo, la explicación más probable es que después de la segunda indagación ella se enteró de la verdad sobre la muerte de su esposo, y que la tensión que le produjo este conocimiento fue más de lo que ella podía resistir.

Lo que sí está terriblemente claro es la influencia de una persona con un carácter controlado, misteriosa y despiadada, sobre otra que es sensual, impulsiva e indefensa. Si Florence Bravo hubiera sido otra clase de persona, tal vez se hubiera pensado que era la víctima de un apego morboso hacia la señora Cox, pero los antecedentes de su matrimonio, y de sus relaciones amorosas, no permiten lugar a dudas.

La señora Cox la dominó; ella administraba el hogar, atendía sus deseos, promovía sus comodidades y placeres, y con ello le permitía llevar la vida en la forma que más le placía. La señora Cox era el espíritu del mal cuyo poder sobre nosotros es el poder que nosotros mismos le hemos dado.

El carácter de Florence -autoindulgente, voraz, impetuoso, amante del placer-, tenía su complemento exacto en la persona que se mostraba vigilante, cautelosa, con gran capacidad de trabajo, autosuficiente, capaz de cualquier autosacrificio con el fin de lograr un fin especial, en la misma forma en que su presentación personal, con su color como salido de un cuadro de Rubens, su suavidad femenina y su gracia, era lo contrario de aquella figura común, enigmática y discreta, que había creado para sí misma una mediocridad que más bien era una manera de protegerse.

En las infinitas complejidades de la mente es muy posible tener un conocimiento de las cosas sin tener que admitir ese conocimiento hasta que las circunstancias nos obligan a admitirlo. Durante su extrema intimidad antes de la muerte de Charles Bravo, cuando la señora Cox la cuidó, la atendió, y durmió con ella en la misma cama, Florence debió haber revelado a su amiga algunas causas de resentimiento y desagrado que haya tenido contra su esposo, y debió experimentar la seguridad de que la señora Cox estaba de acuerdo y compartía profundamente sus sentimientos.

Sin embargo, nada podía ser más natural que ella aceptara, al principio, la versión de la señora Cox sobre la tragedia que había tenido lugar en su propia casa cuando ella misma estaba débil por una enfermedad y adormilada por un sueño soporífero, y que en el mismo momento de calamidad todos sus demás sentimientos deberían permanecer sumergidos en congoja y terror, ante la presencia y agonía de su esposo.

Por supuesto, resulta imposible decir cuál fue el grado de complicidad; si acaso fue un accesorio antes o después del crimen; si su silencio fue voluntario o involuntario. Sin embargo, su muerte tan temprana parece decir mucho sobre sus sufrimientos. El suyo fue un organismo que se desploma físicamente por mala salud cuando se le coloca bajo una tensión nerviosa, y si cesó de tener deseos de vivir, entonces no había ya posibilidades de recuperación. El extraño poder que mató a su esposo también la mató a ella.

El doctor Gully murió siete años después, siendo un hombre destrozado, infeliz y arruinado.

Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR