Fernando Olmos Irisarri

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El crimen de Caspe

  • Clasificación: Asesino
  • Características: El crimen fue descubierto nueve años después merced al trabajo del detective Jorge Colomar y de la Policía, así como a un curioso acontecimiento que desencadenó la investigación
  • Número de víctimas: 1 + 1
  • Periodo de actividad: 7 de marzo de 1978
  • Fecha de detención: 1 de diciembre de 1986
  • Fecha de nacimiento: 1956
  • Perfil de las víctimas: Antonia Torres Sánchez, de 19 años (su novia, embarazada de seis meses)
  • Método de matar: Arma de fuego (carabina, calibre 22, marca «Miroko»)
  • Localización: Caspe, Zaragoza, España
  • Estado: Condenado a 20 años de reclusión mayor en abril de 1989
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Un asesinato en Caspe se resolvió nueve años después

Elperiodicodearagon.com

29 de noviembre de 2012

La resolución del asesinato de Miguel Ángel C. R. trece años después guarda similitudes con el conocido como crimen de Caspe, que ocurrió en el año 1978 pero se tardaron nueve años en desenmascarar al autor. La desaparición y muerte de Antonia Torres fue resuelta gracias a la intervención de la vidente de un programa radiofónico, un dectective privado que se ofreció gratuitamente a buscar pistas, una buena dosis de fortuna y un trabajo laborioso del grupo de Homicidios de Zaragoza, que capitaneaba el inspector Jesús Junquera.

Antonia, una joven de 19 años que estaba embarazada de siete meses, fue asesinada por su novio, Fernando Olmos, de un disparo de rifle, en una caseta de campo a 25 kilómetros de Caspe. Después le prendió fuego para hacer desaparecer el cadáver y las huellas. Él siguió haciendo vida normal, se casó y tuvo un hijo. Pero nueve años después, la Policía fue capaz de recuperar restos óseos –entre ellos alguna vértebra y el trozo de cráneo con el orificio de bala– y de reunir pruebas tan irrefutables que llevaron al asesino a confesar que, abrumado por el embarazo y porque no quería casarse con ella, la mató e incineró para ocultar el cuerpo. Fue condenado a más de veinte años de prisión, que cumplió en Torrero y Daroca.


Fernando Olmos – Desde el más allá se pide justicia

Margarita Landi

Este apasionante caso de investigación criminal pone de relieve una vez más que la realidad supera a la imaginación: una vidente, manejando las cartas del Tarot, aseguró que una joven desaparecida hacía nueve años había muerto asesinada, y luego se descubrió cómo y quién la había matado.

Para hacer el relato de este extraordinario suceso es preciso su «punto de arranque»: Radio Cadena Española en Cataluña emitía un programa, de lunes a viernes, titulado El teléfono del más allá, que presentaba y dirigía Manuela, una prestigiosa vidente que contaba con muy nutrida audiencia; eran muchas las personas que la llamaban para resolver sus problemas.

Fue una noche del verano de 1986 cuando una señora, residente en Tortosa, doña Manuela Sánchez Expósito, telefoneó a Manuela diciendo que deseaba conocer el paradero de una hija suya, Antonia Torres Sánchez, de diecinueve años, que trabajaba como asistenta en Zaragoza y había desaparecido hacía diez años. Manuela, tras recabar algunos datos más de dicha señora sobre la joven, precisó:

-Su hija no desapareció hace diez años, sino nueve. -Piénselo bien, señora…

Y sí; su comunicante, tras unos minutos de duda, reconoció que estaba equivocada y que, en efecto, hacía nueve años. El dictamen de la vidente fue rápido:

-Pues señora, su hija está muerta; fue asesinada y por eso desapareció.

Naturalmente, la angustiada madre quería saber más: ¿Cómo, dónde, cuándo, por qué y por quién había sido asesinada? Y para tales preguntas hubo esta respuesta:

-Mire, yo no puedo investigar todo eso, pero aquí, a mi lado, está un detective privado, Jorge Colomar, que la atenderá.

Y el detective se mostró dispuesto a ocuparse del caso, si la señora acudía a su despacho en Barcelona, aportándole los detalles precisos, pero ella alegó que no disponía de dinero para pagar sus servicios. Él la tranquilizó diciendo: «Eso no tiene importancia. Usted venga a verme, porque hay asuntos que merecen que se haga el trabajo sin cobrar.»

Se señaló día y hora para la entrevista y días después, daba comienzo la investigación que llevó al detective a sospechar que efectivamente Antonia Torres pudiera haber sido asesinada. Trabajó de forma activa y eficaz y colocando con sagacidad las piezas del complicado puzzle.

Sabía por doña Manuela que su hija tenía un novio desde casi tres años antes de que ella dejara de verla, de recibir sus noticias, que se llamaba Fernando Olmos, con domicilio en Montañana, localidad próxima a Zaragoza. Al mismo tiempo tuvo conocimiento de que su documento nacional de identidad tenía el número 40.914.764 y había sido expedido en marzo de 1975.

Con estos datos, Jorge Colomar comenzó sus investigaciones; llevaba además consigo dos fotografías de la joven, entregadas por su madre. En principio pudo averiguar que el DNI, caducado en 1980, no había sido renovado, y también el último domicilio que tuvo en Zaragoza, el de una íntima amiga llamada Olga y de Montse, una hermana de ésta.

Cuando visitó a las dos hermanas y a la madre de ambas, le manifestaron que les unía una entrañable amistad con Antonia y que cuando se fue de su casa estaba embarazada de tres meses. Olga la había acompañado al ginecólogo, quien había confirmado su estado; días después fue a buscarla su novio Fernando y ella se marchó con él, diciendo que se iban a casar. Comentaron que estaba muy enamorada y que una vez les había dicho que «le quería tanto que si la dejara alguna vez se mataría».

Recordó también Montse que en cierta ocasión le dijo Antonia que «había pasado mucho miedo» debido a que discutió con su novio cerca de un barranco, y no sabía si temió que él quisiera tirarla al fondo o ella quería tirarse.

Tras oír esto, su hermana Olga intervino para comentar que durante el tiempo que Antonia estuvo en su casa no fue a trabajar como asistenta de hogar a ninguna parte, y al pasar varios días sin noticias de su novio se puso muy nerviosa y le pidió a ella que la acompañara a buscarle a una cueva que él frecuentaba, sin indicarle por qué lo hacía; en un taxi que alquilaron se desplazaron a un lugar solitario en pleno monte, bastante alejado de Zaragoza, a 50 ó 100 kilómetros, pero no encontraron a Fernando.

Añadió Olga que la última vez que vio a Antonia ésta ya estaba en su quinto mes de embarazo y se le notaba, y que, al recriminarla cariñosamente que no se dejase ver por sus amigas, ella le dijo que seguía en casa de Fernando y que se iban a casar. No volvió a verla más y, tanto ella como su familia y otra amiga común, llamada Ana -por la que la habían conocido-, se extrañaban de que no hubiera vuelto a tener contacto con ellas, puesto que siempre se habían llevado bien y se querían mucho.

El detective privado iba así reuniendo datos importantes sin presentir que al final llegarían a combinarse para poner al descubierto lo que se podía considerar un crimen perfecto.

El día 1 de agosto fue Jorge Colomar a Montañana, al domicilio de Fernando Olmos, una casa aislada en pleno campo. Le atendió la madre, que al saber quién era y el motivo de su visita le dijo que su hijo no estaba y no sabía si volvería esa noche; que hacía muchos años que no sabía nada de Antonia ni deseaba hacerlo, porque «era mala persona»; que fue una «aventura» que tuvo su hijo, «que es muy bueno y ahora está casado, tiene un hijo de seis años y es feliz».

Comentó también que cuando Fernando estaba «enredado» con Antonia les había cogido ciento ochenta mil pesetas para fugarse con ella (que vivía en aquella casa), y estuvo fuera un mes, más o menos.

También explicó que durante ese tiempo supo que se les había visto por los alrededores; que un día ella vio el Seat 600 de su hijo, encontrándose Antonia dentro, sola, y cuando llegó Fernando, que había ido a comprar un periódico, le preguntó que dónde estaba el dinero que se habían llevado y él devolvió lo que les había sobrado.

-Le dije a mi hijo que tenía que dejar a Antonia -declaró la madre-, que su lugar estaba en casa y debía regresar. Lo hizo al día siguiente, solo, y nunca más la he vuelto a ver a ella -estaba en ese momento muy agitada, con las manos crispadas, y haciendo patente su odio, añadió-: Antonia era un retaco, pero a pesar de ello era muy chula y ya le advertí que si volvía a poner los pies en esta casa no saldría nunca más.

Aquella misma noche, hacia las diez, el detective volvió a la casa solitaria en el campo de Montañana y encontró en ella a Fernando, que le recibió amablemente y le dijo que no sabía nada de Antonia.

Su madre no debía haberle hablado de su visita anterior, ya que al preguntarle cuándo vio por última vez a su ex novia dio una versión muy distinta a la de ella. Dijo que cuando se fueron de su casa estuvieron juntos algún tiempo; que tenía en una cartera doscientas mil pesetas y que, cuando se apeó del coche, dejándola a ella dentro, no podía sospechar lo que pasaría: «Cuando volví no encontré la cartera con el dinero ni a ella, y ya nunca más la he vuelto a ver.»

En lo tocante al embarazo de Antonia dijo que «sabía que ella había estado haciendo unas pruebas que salieron positivas, pero que tras unos nuevos análisis comprobó que no era cierto». Comentó luego que desde que se fue sólo supo que había sido vista por unos amigos y por un cuñado de ella, así como por una prima de él, mientras hacía cola en una oficina del paro en Zaragoza.

Esta última entrevista con Fernando, que ya con treinta años, casado, con un hijo de seis y con un trabajo fijo como representante de unos laboratorios farmacéuticos hablaba tan fríamente de la chica que había sido su amor de juventud y «le había dejado llevándose su dinero», impresionó vivamente a Jorge Colomar que, tratando de componer el puzzle con las piezas reunidas, llegó a la conclusión de que tenía que poner el caso en conocimiento de la Policía, ya que probablemente Antonia Torres Sánchez había sido asesinada.

El día 6 de agosto Colomar redactó un informe sobre las gestiones realizadas y la información obtenida, informe que la Policía de Barcelona, tras examinarlo con detenimiento, remitió a la jefatura de Zaragoza, donde le fue entregado al comisario jefe de la Brigada de Policía judicial.

Cabe señalar que son muchas las personas que desaparecen sin dejar rastro, la mayoría de las veces por voluntad propia; que son muchas las jóvenes que, deslumbradas por el ofrecimiento de un lucrativo trabajo en el extranjero, salen de España y no vuelven más, porque han sido atrapadas por los proxenetas que las explotan sin piedad, reteniéndoles los pasaportes y no permitiendo que escriban ni una carta; por ello, en varias ocasiones la Policía no se toma demasiado interés, por saber que todo esfuerzo resultaría inútil.

Pero «algo» especial debieron ver en el informe los funcionarios del grupo de homicidios a quienes les fue encomendada la investigación del caso, porque se entregaron al trabajo sin darse un punto de descanso para reunir las pruebas suficientes que habrían de llevarles a la detención del autor de un crimen hasta entonces ignorado. Justo es decir que la actuación de tan eficientes policías merece un rotundo elogio, por la meticulosidad y maestría con que llevaron a cabo un trabajo tan difícil, teniendo en cuenta que el supuesto asesinato se debió haber cometido nueve años atrás.

En principio, con paciencia y habilidad, consiguieron que el altamente sospechoso Fernando Olmos, mostrándose abatido ante las fundadas sospechas que tenían sobre la muerte de su ex novia… dijera que «le había sido practicado un aborto por una mujer que entonces vivía en los alrededores de la plaza de San Francisco de Zaragoza, cuando ya iban de regreso hacia su casa, sufrió una gran hemorragia dentro del coche, a consecuencia de la cual falleció».

Añadió que «muy asustado, decidió deshacerse del cadáver y para ello, se trasladó a una zona de monte cercana a Caspe que él frecuentaba para ir de pesca, a la que era muy aficionado; allí, en una choza que utilizaban los cazadores y pescadores para hacerse la comida y guarecerse del mal tiempo, trató de quemarlo en el fuego que preparó con matojos de tomillo y leños, pero tardaba en arder y el calor subió tantos grados que la techumbre se derrumbó, cubriendo los escombros aquel cuerpo muerto y medio quemado».

Quiso justificar el miedo que le impulsó a comportarse de tal modo recordando que en «aquellos tiempos, si hubiera dado cuenta de la muerte de Antonia como consecuencia de un aborto, habría sido encarcelado… Por eso se acobardó y no supo lo que hacía».

La Policía supo días después que Fernando les había mentido: nunca había existido esa mujer que «practicaba abortos en los alrededores de la plaza de San Francisco» Y, además, cuando tras laboriosas gestiones localizaron el Seat 600 blanco en el que, según declaró, «Se produjo una gran hemorragia» (coche que ya había cambiado tres o cuatro veces de dueño) y examinaron detenidamente su interior, tapicería, alfombras y todos los rincones de su carrocería, no hallaron ni el menor rastro de sangre, tras practicar diversos análisis.

La caseta, cabaña, paridera o choza tan bien conocida por Fernando fue difícil de localizar; se halla en un lugar paradisíaco, a 24 kilómetros del centro de Caspe, y para llegar a ella es preciso adentrarse por un camino forestal. Siempre ha tenido dueño, han sido varios, pero siempre también ha tenido su puerta abierta para ser utilizada por los amantes de la caza y la pesca.

Cuando los investigadores llegaron a ella vieron que había sido reparada por su actual propietario, al que lograron localizar y por él supieron que al descombrar su interior había encontrado unos huesos que tiró a un barranco, creyendo que serían de animales, ya que por allí hay muchas alimañas.

Aquel es un paraje denominado «Barranco Zaporto» y «Sierra de Baldurrios», y el barranco se había convertido ya en vertedero, en el que tuvieron que rebuscar detenidamente, pertrechados de lupas, brochas y pinceles, como si fueran arqueólogos, a fin de que los huesos que buscaban no fueran destruidos si utilizaban palas.

Después de trabajar en aquella basura durante varios días obtuvieron una merecida recompensa: encontraron varias vértebras, un trozo de húmero con cabeza y varios trozos de cráneo; también hallaron un estuche de cosméticos de mujer roto y varios fragmentos de ropa, entre ellos parte de una toquilla de lana, color morado, que luego sería reconocida por las amigas de Antonia, porque «usaba mucho esa toquilla».

Terminada ya su repugnante, dura y macabra tarea, los policías del Grupo de Homicidios de Zaragoza abandonaron aquel bello paraje, en cuyas proximidades se halla el Pantano o Mar de Aragón, con la convicción de que en los huesos que habrían de ser enviados para su examen al Instituto de Medicina Legal estaba la clave del asesinato hasta entonces desconocido, porque en uno de ellos habían observado un sospechoso orificio.

Pasó algún tiempo, poco, hasta conocer el dictamen forense, mientras el presunto asesino permanecía detenido y firme en la versión de aquella muerte, que se produjo el 7 de marzo de 1978, tras «la hemorragia» y su intento de quemar el cadáver en el fogón con chimenea de la caseta, cuyo techo se había desplomado, sepultándolo.

Las sospechas eran fundadas: en uno de los huesos que resultó ser un tercio inferior del parietal derecho, había un orificio de bala, debido a un disparo hecho a 4 ó 5 metros de distancia; en la primera vértebra cervical (atlas), se apreciaba una acófisis espinosa desviada que debió ser la causa de los fuertes dolores de espalda que sentía Antonia, según declararon sus amigas.

El examen de aquellos despojos permitió determinar que pertenecían a una mujer de unos veinte años (la víctima tenía diecinueve) y de baja estatura. Estos datos pudieron ser conocidos a través del examen de las intersecciones de los huesos del cráneo.

Tras recibir el minucioso informe forense, conociendo ya los más precisos detalles que había revelado tan reducida parte del cadáver, a los investigadores sólo les faltaba una pieza para concluir el complicado puzzle en el que habían estado ocupados varios meses: la confesión del criminal. Y no les resultó muy difícil conseguirla. Fernando Olmos Irisarri, ante el cúmulo de pruebas irrefutables que le acusaban, se derrotó y acabó por confesar su delito.

Había conocido a Antonia Torres Sánchez en 1975, cuando ella, que era natural de Baena (Córdoba), tenía diecisiete años y él dieciocho; mantuvieron relaciones durante casi tres años y a finales de 1977 se quedó embarazada. No quiso abortar, se ufanaba de su estado y quería casarse con él, que hubiera tenido que enfrentarse con su madre, ya que ella no aceptaba a la chica, no le gustaba nada.

Durante los seis meses que llevaba de gestación habían reñido muchas veces, hasta el punto de que ella le denunció por estupro y abandono, pero cuando él volvió, hicieron las paces y retiró la denuncia. Llegó a molestarle tanto con la manía de que se tenían que casar, que decidió matarla.

Un mes antes había comprado una carabina, calibre 22, marca «Miroko», en una armería de Zaragoza, y días después de matar a su novia vendió el arma, que también pudo ser encontrada, por cierto, tras haber tenido varios propietarios. Confesó Fernando que mató a la afortunada joven porque «se sentía abrumado por una situación psicológica».

Durante nueve años este hombre había vivido seguro de que había cometido el crimen perfecto y nunca sería descubierto, pero las cosas se pusieron de tal manera que dan pie a pensar en la posibilidad de que «alguien» desde el Más Allá, quiso que se hiciera justicia.

En el transcurso de las gestiones que realicé para llevar a cabo mi labor informativa sobre tan misterioso suceso, celebré una entrevista con el ilustre letrado Joaquín Goyenechea Tejero, designado por la familia de la víctima para que ejerciera la acusación particular. Le visité en su bufete de Barcelona para preguntarle cómo se hizo cargo de un asunto tan especial. Su respuesta fue:

-Yo llevo los casos de la agencia Investigator de Jorge Colomar y estaba presente en la emisión del programa radiofónico de Manuela la noche que llamó la madre de la joven desaparecida. Me interesó mucho el tema y, después, cuando Jorge me puso en antecedentes sobre sus gestiones, vi que había «algo» fuera de lo normal… Dadas las circunstancias derivadas del paso del tiempo ha habido una magnífica actuación, tanto por parte del detective como de los policías del Grupo Segundo de Homicidios de la jefatura Superior de Zaragoza, que han logrado descubrir brillantemente algo que parecía completamente imposible.

-¿Usted cree en la parapsicología?

-Pues sí… sí. En este caso concreto habría que pensar que algo extraño, algo sobrenatural, existe, puesto que desde que la madre se puso en contacto con Manuela, se dieron todas las circunstancias posibles para que tan excelentes profesionales, cada uno en su campo, hayan obtenido las pruebas circunstanciales precisas para determinar la existencia de un asesinato. Es como si el Destino les hubiera salido al paso para guiarles y que el culpable se derrumbara ante el cúmulo de evidencias. Aquí no cabe el azar, porque en mi opinión, el Destino ha sido el gran protagonista, facilitando los medios e influyendo en el subconsciente de los investigadores.

Tras enumerar todos los extraños detalles concurrentes en el apasionante caso, explicó:

-La Policía era tan consciente de que algo extraordinario se ocultaba en el supuesto lugar del crimen que, dispuestos a descombrar en el barranco, no van con picos y palas, sino con brochas y pinceles, como si de una excavación arqueológica se tratara. Así se explica que los huesos que encontraron, ya con más de ocho años de antigüedad, no fueran destruidos.

-¿Cómo valora los hechos?

-En estos momentos no estoy en condiciones de hacerlo, ni los hechos ni las pruebas judiciales practicadas, por estar el sumario pendiente de su traslado a Caspe y no haberse personado la familia en los autos. Vamos a estudiar serenamente el caso para tratar de determinar posibles cabos que, en mi opinión, quedan sueltos.

En el mismo despacho del abogado Joaquín Goyenechea tuve la ocasión de hablar con Manuela Sánchez Expósito y su marido, Francisco Torres Cano, a quienes acompañaban tres de sus hijos varones, que se habían desplazado a Barcelona desde Tortosa, donde residían desde que salieron de su pueblo natal, Baeza (Córdoba), hacía más de dieciséis años. Todos estaban muy impresionados por el trágico final que había tenido la investigación sobre la desaparición de su hija y hermana. Al preguntar a la madre cómo se le ocurrió llamar a la emisora de radio para que una vidente la ayudara a localizar el paradero de su hija, respondió:

-Fue el novio de otra hija mía quien me habló de ese programa de Manuela y me aconsejó que llamara… Mire, yo llevaba todos esos años haciendo indagaciones. No podía dormir ni comer y atormentaba a toda mi familia con mi llanto continuo. Había enviado fotos de ella a una revista, solicitando alguna noticia, algún dato, y se publicaron en 1980 y 1983. En las dos ocasiones me llamaron por teléfono. Era una voz de hombre, como fingida, y me decía que estaba cada vez en sitios diferentes: en Andorra, Valencia, Castellón; precisamente fui a Castellón y en las señas que me dieron había un campo de fútbol. Decían que estaba casada y tenía un hijo llamado Francisco. Todo era mentira… Yo tenía la corazonada de que debía estar muerta…

-Pero la llamada a la radio…

-Pues ya digo que fue por consejo del novio de mi hija. Llamé todas las noches, de doce a dos de la madrugada, durante mes y medio, sin poder hablar con ella, porque, siempre estaba comunicando. Por fin conseguí que me dieran su teléfono particular pero ella me dijo que la llamara esa misma noche, que presentía que podría atenderme y, bueno, ya sabe lo que pasó… Yo no la conocía, pero no sé por qué, la creí… Tal vez porque ella me dijo lo que yo temía: que mi hija había muerto. Esto fue en el mes de julio y en agosto, Jorge Colomar me dijo que el caso ya estaba en manos de la Policía y se resolvería pronto.

Me dijo también que Fernando, el novio de su hija Antonia, había estado varias veces en su casa y parecía un chico formal; que sus padres y un hermano de él habían estado también un día de visita en plan muy amistoso. Sin embargo, a partir de enero de 1978 cambió la situación (ya sabía que había sido cuando se enteraron de que la novia estaba embarazada) y el 28 de ese mismo mes recibiera una carta del padre diciéndoles que Fernando se había fugado de su casa con Antonia y los habían denunciado a la Policía, que ellos hicieran lo mismo y que debían meter la chica en un convento, «para que se hiciera mujer, porque como embustera y trapalera, como ella no hay dos».

El 8 de marzo (ya se sabía que fue el día siguiente crimen) les escribió otra carta, dándoles cuenta de que el hijo había aparecido, pero Antonia se había separado de él llevándose ciento ochenta mil pesetas: «que su hija es una mujer de todos, así es que nosotros, ni mi hijo ni yo sabemos nada de su embarazo».

-Yo no sabía nada de eso, porque ella no me lo había dicho, pero a su hermano Manolo sí -comentó doña Manuela-. Yo creo que la mató por eso, porque sus padres no la querían y él no sabía cómo separarse, ¡que el embarazo era ya de seis meses! Luego nos mandaron una carta de ella, fechada el primero de enero del 78, que habían encontrado en las ropas suyas que había dejado en la casa, y en ella nos decía que «no escribiéramos a los padres de Fernando, que ella no quería saber nada de ellos…» La debieron tratar muy mal a mi pobre hija.

Jorge Colomar, director de la agencia Investigator, barcelonés, de acreditado prestigio conquistado a lo largo de los veinte años que lleva trabajando como detective privado en todo el territorio español y en el extranjero, me dijo en una entrevista celebrada en su propio despacho que «por una orden ministerial que regula nuestra actividad, no acostumbramos a investigar delitos comunes, porque son de competencia exclusiva de la Policía».

-Entonces, ¿por qué aceptó el encargo de investigar este caso?

-Porque en aquel momento se trataba de una desaparición. Después, a lo largo de diversas gestiones que realicé en Zaragoza y ante la amplia serie de contradicciones que en él concurrían y que daban pie para pensar en la existencia de un delito grave, decidí entregar un informe detallado sobre todo ello a la Policía, que fue acogido con gran interés.

Tuvo Jorge Colomar palabras de elogio para la eficiente actuación investigadora de los funcionarios del Grupo Segundo de Homicidios de la Brigada Regional de Policía judicial de Zaragoza, dirigidos por el inspector jefe Jesús Junquera y que era el mismo que llevó el célebre caso de «la Dulce Neus»:

-Ha sido un trabajo magnífico. Gracias a ellos se ha podido llegar a detener al presunto asesino, esclareciendo brillantemente un crimen que, de por sí, era muy difícil de descubrir… Un crimen que apareció como un «relámpago» en las cartas del Tarot.

-¿Qué opina de la parapsicología?

-He de reconocer que en ese tema soy un neófito… Siempre he sido un escéptico; no obstante, lo que he vivido desde sus inicios me ha impresionado. Esa premonición me ha dejado asombrado, habida cuenta de que las investigaciones realizadas por mí la han confirmado.

-¿Qué considera más interesante, la investigación privada o la policial?

-Yo creo que son dos cosas distintas, que se complementan. Es evidente que en este caso el aparato policial se puso en marcha como consecuencia de mi gestión inicial. Hay que tener presente que desapariciones se denuncian por cientos en todo el territorio español… Confieso que soy un enamorado de la investigación criminal, que a los detectives no se nos autoriza, pero por lo demás, a lo largo de mi experiencia profesional no he tenido problemas a ese nivel, ni policial ni judicialmente.

-¿No se le han puesto trabas a su trabajo en este sentido?

-No; cuando trabajo en el esclarecimiento de un delito tengo muy claro que, a estos dos órganos, lo que les interesa es que se descubra, sin establecer rivalidades ni competencias.

Manuela, la vidente que pulsó el botón de arranque en este sorprendente caso es una mujer joven, simpática y que habla de sus poderes sensoriales, que dijo tener desde hacía once años y que llevaba viviendo de ellos durante tres años, viendo aumentar día a día su clientela.

-Mí vida transcurre -dijo- entre el programa de radio y las consultas que atiendo en mi casa. Lo de las cartas es para mí cosa fácil. Yo vi que Antonia Torres estaba muerta y supe que había desaparecido para sus padres y amigas nueve años antes y no diez y, después, murió asesinada. Lo sabía y resultó ser cierto.

Manuela es una mujer sensible, de voz suave, sencilla, que ve lo que a la mayoría de los mortales nos está vedado. Naturalmente, es algo que mucha gente se niega a creer, pero todos sabemos que hay miopes y présbitas y lo creemos porque está ahí, es evidente. Todos sabemos que hay sueños premonitorios y que, en muchas ocasiones, se cumplen algunas cosas que hemos soñado.

Por ejemplo: este caso, en que como para que no faltara nada misterioso y casi sobrenatural, hubo una persona que aseguró haber tenido reiteradamente el mismo sueño. Se trata de la madre de las dos amigas de Antonia, Oliva y Montse. Dijo esa señora, al conocer el sorprendente resultado de las investigaciones policiales, que en su inquietante sueño se veía ante una caseta que estaba ardiendo y el humo salía por todas las rendijas, que ella sabía que allí había niños, pero no podía entrar ni abrir la puerta. Tratando de auxiliar a aquellas criaturas, daba un rodeo y encontraba otra puerta, viendo que en el interior había algo incandescente… Luego despertaba sobresaltada e inquieta.

Resulta que Antonia estaba embarazada de seis meses, por lo que su criatura estaba viva, casi a punto de nacer; resulta que el cuerpo ardía «podía estar incandescente»; resulta que cuando la Policía le mostró a dicha señora un plano de la caseta, ella la reconoció, diciendo que «era la misma que veía en sus sueños». Parece algo increíble, pero es absolutamente cierto… A la vidente Manuela le resulta de «lo más normal».

Juicio y condena

El día 3 de abril de 1989, Fernando Olmos Irisarri fue juzgado en la Sala Segunda de lo Penal de la Audiencia Territorial de Zaragoza. En sus conclusiones preliminares, el fiscal solicitaba una pena de veintiocho años de reclusión mayor; el acusador particular, treinta y el defensor seis, porque consideraba a su patrocinado enfermo mental maniaco-depresivo, mientras que la acusación pública y la privada calificaban los hechos de asesinato, con las agravantes de premeditación y alevosía.

El procesado, que en los casi tres años pasados en la cárcel de Torrero, de la capital aragonesa, se había ganado la amistad de reclusos y funcionarios por su buena conducta y sus conocimientos de electrónica, así como por su muy estimable actividad en el funcionamiento de la emisora Radio Hawai, montada en el Centro Penitenciario, sorprendió a cuantos llenaban la sala por la tranquilidad, casi pasividad, con que se limitó a responder a las preguntas de sus juzgadores, aunque en cierto momento confesó que llevaba muchos años sin dormir, que se arrepentía de haber matado a Antonia, de la que estaba enamorado.

Como caso curioso, se puede destacar la disparidad de criterios entre el acusador particular, Javier Jiménez y el defensor, José Antonio Ruiz Galbe, pues como el primero dijo que el acusado había comprado la escopeta con que mató a su novia y la vendió poco después, el segundo alegó que «eso era algo normal, puesto que su cliente era aficionado a la caza y, además, necesitaba protegerse durante los días que pasó con su novia en su utilitario». No parecía lógico que, siendo tan aficionado a la caza, no tuviera antes una escopeta y fuera al «barranco Zaporto» de Caspe para pescar.

Fue también el letrado que asumía la acusación particular quien rebatió la alegación de la defensa sobre la enfermedad mental de Fernando Olmos, diciendo que el crimen fue preparado de forma precisa y ejecutado por una mente fría, lúcida y serena.

Los padres de la víctima, que se desplazaron de Tortosa, donde residen, a Zaragoza, para asistir al juicio, con sus nueve hijos, pedían una indemnización de doce millones de pesetas, mientras que el acusador, solicitaba cuatro millones.

La vista de la causa duró tres días y la sentencia fue una condena de veinte años de reclusión mayor y el pago de una indemnización de cuatro millones de pesetas por asesinato con la agravante de alevosía y la atenuante de enajenación mental incompleta, alegada por la defensa y basada en que la psicosis maníaco-depresiva «disminuye la capacidad de obrar en libertad, aunque no la anula».

Debido a que el defensor del acusado renunció a presentar recursos, tal vez porque su patrocinado estimó que debía pagar esa pena por su crimen, cinco días después la sentencia se hizo firme por el Tribunal, absolviendo al procesado de los delitos de aborto e inhumación ilegal que al haber transcurrido once años, ya habían prescrito.

La última noticia que he tenido sobre Fernando Olmos Irisarri es que se encuentra cumpliendo su condena en la cárcel de Daroca (Zaragoza), para purgar el delito cometido al acabar con la vida de la mujer que le amaba y del hijo que había engendrado, crimen que no podrá olvidar por muchos años que viva.

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