Fernando Alberto Rivero Vélez

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El Loco - El Asesino del Hotel Reyes Católicos

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Robos y atracos
  • Número de víctimas: 3
  • Periodo de actividad: 1998 / 2007
  • Fecha de detención: 4 de julio de 1998
  • Fecha de nacimiento: 26 de noviembre de 1968
  • Perfil de las víctimas: Juan Ignacio Arranz, de 37 años / Rubén Darío Vallina, 20 / Mohammed K.
  • Método de matar: Arma de fuego - Arma blanca
  • Localización: Madrid / Aranjuez, España
  • Estado: Condenado a 38 años de prisión en 1999
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Un atraco fue el móvil del doble crimen del hotel Reyes Católicos

Jan Martínez Ahrens / Jeremías Clemente Simón – El País

6 de julio de 1998

Un atraco fue el detonante del doble crimen del hotel Reyes Católicos. El asalto, siempre según fuentes cercanas al caso, fue cometido por Fernando Alberto R.V., de 30 años, detenido el sábado en Castilblanco (Badajoz). Este hombre, toxicómano, estaba alojado en el hotel o entró porque conocía al recepcionista. En pleno robo, llegó una pareja para pedir habitación. Fernando se encontró con ellos. Empezó la sangría. Al huir, el criminal dejó dos muertos a sus espaldas y a una mujer malherida.

El salvaje crimen acabó con la vida del recepcionista, Rubén Darío Vallina, de 20 años, y con la de Juan Ignacio Arranz, de 37. Ambos fueron maniatados, amordazados y tiroteados al pie de una escalera. Margarita Vázquez, acompañante de Juan Ignacio, fue acuchillada en el cuello. Pudo salvarse porque el criminal la dio por muerta. Ella, según su testimonio, fue la primera en ser atacada. Margarita y Juan Ignacio habían acudido a pasar la noche al hotel, un establecimiento de tres estrellas situado en la calle del Ángel (Centro). Eran las cinco de la madrugada del jueves cuando entraron. No vieron al recepcionista. Tras esperar unos minutos, cuando ya estaban a punto de marcharse, apareció el agresor. «Esto es un atraco», gritó.

En ese momento, el criminal, según fuentes cercanas al caso, ya estaba posiblemente robando en el hotel, al que había entrado gracias a que conocía al recepcionista o a que estaba alojado en él. «Quizá incluso ya había matado a Rubén Darío y por eso reaccionó con tanta violencia», señaló una fuente del caso. La pareja no opuso resistencia. Pero el atracador decidió acabar con ellos. Luego, sin botín, huyó. La policía, anoche, aún mantenía abierta la hipótesis de que en el doble crimen hubiese intervenido una segunda persona. La relación entre el recepcionista y el sospechoso no fue aclarada. «Aún se investiga», señaló una fuente policial, que mantuvo abierta la posibilidad de otros móviles.

El principal sospechoso, Fernando Alberto R.U., natural de la localidad asturiana de Sama de Langreo, ingresó ayer en la prisión de Badajoz. En el mismo centro penitenciario fue encarcelada Olivia Aceituno, natural de Castilblanco (Badajoz) y vecina de Madrid, que se encontraba en compañía del presunto homicida en el momento de su detención.

La pareja fue localizada el sábado en Castilblanco (1.460 habitantes), una localidad situada en la comarca de la Siberia extremeña, hasta donde la pareja se había trasladado para visitar a los padres de la chica. Una fuente policial señaló que el hombre se opuso violentamente a ser detenido. En la detención participaron dos inspectores del grupo de homicidios de la Brigada de Policía Judicial de Madrid y cinco agentes de la comisaría de Alcalá de Henares.

En Castilblanco reinaba ayer el desconcierto por la detención de Olivia. Los vecinos negaban que la chica, hija de unos guardeses, hubiese intervenido en el crimen de la calle del Ángel. Muchos paisanos la recordaban como una «buena persona, católica practicante». Algunos vecinos incluso recordaban su participación hace apenas un año en un cursillo de cristiandad en el monasterio de Guadalupe.

«Olivia se fue a servir hace unos tres años a Madrid. Ahora dicen que cuidaba niños. Desde que se fue no está físicamente bien», recordó una conocida de la familia.


El supuesto autor del doble crimen del hotel mató para no ser identificado

Jan Martínez Ahrens – El País

7 de julio de 1998

Fernando Alberto Rivero Vélez, alias El Loco, de 30 años, depositó una caja de cartón en el mostrador del hotel Reyes Católicos. Era su único equipaje. Y no esperó para abrirlo. Cuando el recepcionista fue a darle la llave de la habitación 106 que había reservado dos horas antes, Fernando, según fuentes policiales, abrió la caja, sacó una escopeta y, muy educado, dijo: «Tú ya estás muerto». Eran las cuatro de la madrugada del jueves y, en menos de una hora, El Loco convirtió su intento de robo en un doble crimen. Ciego de cocaína, amordazó, maniató, degolló y tiroteó al recepcionista y a un visitante. La tercera víctima también fue acuchillada, pero se salvó cuando Fernando, ya sin cartuchos, la dio por muerta. La policía sostiene que el detenido quería asaltar la caja del hotel y que cometió los crímenes al verse descubierto por la pareja de visitantes. Cuando iba a ser amordazada con cinta aislante, Margarita V., la única superviviente de la matanza, le pidió con tranquilidad: «Por favor, tenga cuidado, que tengo asma». «Tranquila, dentro de poco ya no tendrás que preocuparte del asma», le contestó.

Acto seguido, Fernando Alberto, un ex celador de hospital, la amordazó, sacó un cortapapeles y la degolló. La mujer perdió el conocimiento. Yacía en la escalera de la entreplanta del hotel Reyes Católicos. A su lado, también tirado en el suelo, se encontraba su amigo Juan Ignacio Arranz, separado, de 37 años, con quien había acudido al establecimiento a pasar la noche. Les quedaba ya poco tiempo para seguir juntos.

El supuesto autor reservó una habitación en el hotel para lograr que le abrieran de noche

Con la escopeta encañonó a la pareja y la llevó junto al recepcionista. Allí les obligó a tumbarse. Ató y amordazó a Juan Ignacio y tapó la boca a Margarita con cinta adhesiva. Luego apretó el gatillo. Algunas fuentes policiales han señalado que la matanza pudo deberse a que se le disparase accidentalmente el arma al criminal y la bala alcanzase a Juan Ignacio. Este hecho habría motivado, según esta hipótesis, que acabase con las otras dos personas. La versión oficial traza una secuencia más cruel. Con las víctimas reducidas en el suelo, Fernando Alberto sacó un cortapapeles y empezó a degollarlas. Primero a la mujer, luego a José Ignacio y, finalmente, a Rubén Darío. Después, disparó con la escopeta, por detrás y en la cabeza, a José Ignacio (un tiro) y a Rubén Darío (dos). Sin más cartuchos, se acercó a Margarita e izó su cabeza cogiéndola por el pelo. La dio por muerta.

Terminada la matanza, el criminal prosiguió la búsqueda del dinero en las dependencias del hotel. En ese momento, Margarita recobró el conocimiento. Al ver que Fernado Alberto no estaba en el descansillo, subió a la primera planta a pedir ayuda en las habitaciones. No la encontró. Llamó entonces por teléfono a un servicio de urgencia regional. Tampoco le respondieron.

Entretanto, el asesino había vuelto al lugar del crimen. Al ver que Margarita había desaparecido (seguía escondida), se asustó y bajó corriendo a la recepción. Presa del nerviosismo, revolvió los cajones y papeles de la entrada y empezó a golpear el ordenador del vestíbulo en un intento de borrar de la memoria su reserva en el hotel. Sólo consiguió destrozar el arma. Cuando huyó del lugar, ni siquiera había robado las 19.000 pesetas que se guardaban en un cajón. Margarita salió poco después. Cogió un taxi en la calle y pidió que la ingresasen en un hospital. Esa misma noche, siempre según el relato policial, llegó a su piso de Alcalá. Su compañera, Olivia A., le vio intranquilo. El hombre le dijo que al día siguiente tenían que marcharse. Cogieron otro coche y corrieron hacia Castilblanco (Badajoz), donde los padres de su amiga poseen un piso desocupado. Allí fueron detenidos el sábado por la mañana por los agentes del grupo de homicidios de la Brigada de Policía Judicial y de la comisaría de Alcalá. La intención del supuesto criminal era escapar a Portugal.

Fernando Alberto Rivero Vélez prestará hoy declaración en el Juzgado de Instrucción número 20 de Madrid. Su compañera ha sido puesta en libertad.


El misterio de la caja de cartón

Jan Martínez Ahrens – El País

7 de julio de 1998

El inspector jefe de la Policía Judicial de Alcalá, Vicente Camanzano, no iba solo. Le acompañaban una pistola Star y otros seis agentes. Pero sólo a él le reconocieron.

-¿Qué haces tú por aquí?

-¿Tú qué crees? Pues detenerte.

Eran las nueve y media de la mañana del sábado y Camanzano acababa de arrestar en Castilblanco, un pueblo de 1.460 habitantes de Badajoz, a Fernando Alberto Rivero Vélez, alias El Loco, como el supuesto autor del doble crimen del hotel Reyes Católicos. El inspector y el detenido eran viejos conocidos de Alcalá. Tanto, que a Camanzano no le costó descubrir, a partir de un detalle que rescató de la matanza el Grupo de Homicidios, la identidad del sospechoso.

Durante la inspección ocular, en el vestíbulo del hotel, los investigadores de la Brigada de Policía Judicial, que dirige Juan Manuel García Calle, habían hallado una misteriosa y alargada caja de cartón. En un lado tenía inscrita la dirección de una tienda de muebles de la calle de la Madre de Dios, en Alcalá. Los agentes dedujeron que aquella caja podría haber sido empleada para ocultar el arma del crimen. Y decidieron seguir la pista. Llamaron a la comisaría de Alcalá y, tras descartar la implicación de la tienda (que había tirado el embalaje a un contenedor), preguntaron al inspector Camanzano si sabía de algún posible atracador que viviese por Madre de Dios.

Camanzano, que bromea con el hecho de que dicha calle esté justo al lado de la comisaría, dio con un hombre que se ajustaba a la descripción. Era El Loco, un delincuente con 12 antecedentes policiales y que justo al día siguiente del crimen tenía que comparecer en un juicio en la plaza de Castilla.

No asistió a su juicio

Los investigadores comprobaron que el hombre no había asistido a la vista. La pista cobraba fuerza. La revisión del disco duro del ordenador del hotel, cuyo monitor destrozó el criminal para borrar las huellas de su reserva telefónica, apuntaló definitivamente la sospecha: Fernando Alberto figuraba como inscrito la noche de los hechos. Los agentes de Homicidios fueron con su fotografía al hospital donde estaba ingresada Margarita V., la única superviviente de la matanza. La mujer confirmó la identidad. El siguiente paso fue localizar a Fernando Alberto. Su domicilio de Alcalá estaba vacío, pero los investigadores descubrieron que se había marchado con su compañera al pueblo natal de ésta, Castilblanco, en Badajoz. Allí mismo fue detenido a las nueve de la mañana del sábado, 50 horas después del suceso. «El criminal dejó muchas pistas. Dio su nombre verdadero para la reserva, rompió el monitor, en vez del disco duro del ordenador donde se encontraba registrado su nombre, abrió la puerta a unos visitantes… En fin, nos lo puso fácil», comentaba ayer el jefe del Grupo de Homicidios, Dionisio Montejo.


Un tipo duro, inteligente y muy educado

Arantxa García de Sola – El País

7 de julio de 1998

Tiene el paso firme y la nariz rota. Un tipo duro al que es difícil quebrar y con suficiente inteligencia como para responder con la mayor educación en las situaciones más extremas. Por ejemplo, una detención por doble asesinato. Así describen los agentes a Fernando Alberto Rivero Vélez. Tiene 30 años, es natural de Langreo (Asturias), ha vivido la mayor parte de su vida en Alcalá y se mueve bien en las arenas movedizas del delito. A sus 12 antecedentes (atracos, robos con fuerza, falsificación de documentos, lesiones y atentado a la autoridad) suma un conocimiento milimétrico de los poblados marginales, en especial el de La Rosilla, donde, como otras veces, compró la cocaína que corría por sus venas la noche del doble crimen.

Pero junto con este rostro salvaje, Fernando Alberto muestra un perfil que le caracteriza como alguien abatido por la droga. Un joven que estudió en la Universidad Laboral de Alcalá y que llegó a superar unas oposiciones de celador de hospital.

Rivero es un viejo conocido de la Policía Nacional de Alcalá de Henares, ciudad en la que residía desde que llegó años atrás con sus padres y de la que ya había visitado su centro penitenciario. Aunque nunca había llegado tan lejos como la policía sospecha que llegó el pasado jueves en el hotel madrileño. Es toxicómano, adicto a la cocaína, y se encontraba en libertad condicional, según precisaron algunas fuentes.

Fernando, un joven moreno de complexión normal y alrededor de 1,70 de estatura, residía en un piso de la alcalaína calle de Madre de Dios, la perpendicular a la vía donde está ubicada la comisaría. Ayer no le recordaba ninguno de los vecinos del barrio a los que preguntó este periódico. Se trata de un barrio céntrico de Alcalá, sin ninguna conflictividad social y habitado por familias de clase media. Vivía allí con su novia, Olivia, una joven extremeña que, según fuentes policiales, trabajaba en un top-less y no tiene nada que ver en el caso. La madre del detenido también es vecina de Alcalá.

Allí, junto al portal de su casa, fue donde Fernando cogió la caja de cartón de una tienda de muebles que luego permitió a la policía identificarle. Estaba en un contenedor de basura y la policía la encontró en la habitación del hotel donde se hospedó la noche del crimen. Suponen que la cogió para ocultar en ella el arma. Al supuesto asesino no se le conocía en la actualidad ningún oficio, pero en el pasado tuvo varios. Trabajó como celador en el hospital de Alcalá, el Príncipe de Asturias, que ayer no quiso facilitar ningún dato sobre su antiguo empleado, ya que, dijeron, habían recibido órdenes superiores al respecto. También trabajó como profesor de artes marciales, de las que practicaba varias, en un gimnasio complutense. Ejerció también como portero en varios locales de copas de la ciudad.

La policía de Alcalá fue la que dio el nombre de Fernando tras seguir la pista de la caja de cartón y mandar su foto a Madrid para que le reconociese Margarita V., la única testigo de la sangría. Al detenerle en el pueblo de los padres de su novia, Castilblanco (Badajoz), la pareja tenía ya la ropa cargada en el coche para huir rumbo a Portugal.


El autor del doble crimen del hotel Reyes Católicos se fuga en Guadalajara

Luis Fernando Durán – El País

14 de enero de 1999

Fernando Alberto Rivero Vélez, alias El Loco, de 31 años, autor en julio de 1998 del doble crimen del hotel Reyes Católicos, en la calle del Ángel (Centro), escapó ayer cuando se encontraba en la Audiencia Provincial de Guadalajara, a la que había sido trasladado para ser juzgado por un robo cometido hace dos años en esta provincia, según fuentes penitenciarias. El recluso, ingresado en la prisión de Valdemoro desde el pasado 27 de julio, llegó a la Audiencia de Guadalajara a las 8.30 escoltado por un sargento y tres guardias civiles de la comandancia de Madrid. Una hora más tarde entraba en una sala de la primera planta del edificio, donde cuatro agentes le vigilaban a la espera del inicio del juicio, previsto para las diez de la mañana. En ese momento solicitó permiso para ir al aseo. Le acompañaron el sargento y uno de los agentes. Al salir del baño golpeó con las esposas al agente y echó a correr. El sargento resbaló por el pasillo al tratar de atraparle. El reo consiguió bajar corriendo por la escalera. Ya en la planta baja, arrolló a dos agentes y salió al exterior. Según fuentes judiciales, consiguió huir al mezclarse con los numerosos peatones que había en la calle de la Virgen de la Soledad. Anoche seguía en paradero desconocido.

El recluso escapó con las manos esposadas

El guardia civil golpeado en la cara por el recluso fue trasladado al hospital de Guadalajara, donde se le apreciaron lesiones en un pómulo. Anoche recibió el alta médica. El recluso se fugó con las manos esposadas. Tras la huida se montó un dispositivo especial en busca del preso, que conocía bien el lugar, pues vivió durante varios años en Guadalajara. La Guardia Civil y la policía establecieron controles de seguridad en Guadalajara y Madrid, informa José Luis Bravo.

La fotografía del fugitivo se distribuyó por toda España, según fuentes de la Delegación de Gobierno de Madrid. Cada mes se efectúan 6.000 traslados de presos y detenidos en Madrid. La mitad de los reclusos son conducidos fuera de la región para ingresar en prisiones o asistir a juicios.

Fernando Alberto Rivero, ex celador de hospital, estuvo residiendo en Guadalajara en 1997. En aquella época fue detenido por dos robos. Ayer iba a ser juzgado por ese delito. El fugitivo está acusado de matar a Juan Ignacio Arranz, de 38 años, y al recepcionista Rubén Darío Vallina Gamero, de 20 años, en la madrugada del jueves 2 de julio de 1998. Los dos hombres fueron amordazados, maniatados por la espalda y acribillados a balazos en el hotel Reyes Católicos. El doble crimen tuvo una tercera víctima, Margarita Vázquez, una mujer que, pese a ser acuchillada en el cuello, logró escapar del establecimiento, tomar un taxi e ingresar por su propio pie en el hospital Clínico.

Un atraco fue el móvil que llevó a Fernando Alberto a asesinar a las dos personas. La policía sostiene que la intención de Fernando Alberto era asaltar la caja del hotel y que cometió los dos crímenes al ser descubierto por la pareja de visitantes. Finalmente se llevó 19.000 pesetas guardadas en un cajón. Esa misma noche llegó a su piso de Alcalá de Henares. Al día siguiente, viernes, se marchó a Castilblanco (Badajoz), donde vivían los padres de una amiga suya. Allí fue detenido el sábado por agentes del grupo de homicidios de la Brigada de Policía Judicial y la comisaría de Alcalá de Henares.

Fernando es un joven moreno de complexión normal, de 1,70 metros de estatura y con la nariz rota. La mayor parte de su vida la pasó en Alcalá, donde estudió en la Universidad Laboral y llegó a superar unas oposiciones de celador de hospital. Era toxicómano, según la policía.


Capturado en un centro de desintoxicación de Guadalajara el prófugo acusado de dos muertes

F. Javier Barroso – El País

17 de enero de 1999

Setenta y cuatro horas duraron las correrías de Fernando Alberto Rivero Vélez, El Loco, el supuesto autor del doble crimen del hotel Reyes Católicos que el pasado miércoles escapó esposado de la Audiencia Provincial de Guadalajara. Una veintena de policías y guardias civiles le sorprendió ayer en un centro de desintoxicación de Irepal (Guadalajara). Allí había recalado después de pedir ayuda a los monitores de una asociación de ayuda a drogodependientes que le encontraron en el poblado marginal de La Rosilla y, sin saber quién era, le brindaron un techo.

La fuga de El Loco, de 30 años, comenzó el pasado miércoles cuando fue llevado desde la madrileña cárcel de Valdemoro hasta la Audiencia de Guadalajara para ser juzgado por un robo que había cometido con anterioridad al doble crimen. Un sargento y tres guardias civiles le acompañaban. Antes de entrar en la sala, pidió permiso para ir al aseo. Al salir del baño, golpeó a uno de los agentes y salió corriendo. El sargento, al tratar de alcanzarle, se resbaló y se cayó. El Loco emprendió su huida por la calle de la Virgen de la Soledad, llena de transeúntes. Pese a ir esposado se zafó de sus perseguidores. La policía le considera un preso conflictivo y muy peligroso. Tenía 12 antecedentes por robo, atracos, lesiones, atentado contra la autoridad y falsificación de documentos. Para capturarle, la Subdelegación del Gobierno en Guadalajara montó un dispositivo especial de vigilancia en las estaciones y las carreteras de acceso a la ciudad alcarreña. El control policial se extendió hasta la Comunidad de Madrid, en especial en Alcalá de Henares, donde el prófugo había vivido doce años.

Ayuda en La Rosilla

El jueves, el prófugo, un gran conocedor de los poblados marginales, alcanzó La Rosilla, en la capital, donde se presentó a los monitores de la asociación de ayuda al toxicómano Remar, quienes no le reconocieron. El Loco, siempre según la versión del director del centro de Remar en Irepal, les pidió ayuda para poder abandonar el lugar. Llevaba la ropa sucia y tenía hambre.

Los monitores le llevaron a un centro de la asociación donde se duchó, se cambió de ropa y cenó. Por la noche, le trasladaron en un coche hasta la finca de Guadalajara. Durante su primer día no realizó ningún trabajo ni ayudó al resto de toxicómanos (Remar almacena ropa usada en naves que después envía a los países en vías de desarrollo). Por la noche entró en la cocina y empezó a colaborar en las tareas cotidianas del centro. Lo único que pidió fue cortarse el pelo. De este modo, según el director de Remar, quería cambiar su imagen y pasar inadvertido. «Ahora que está detenido se da uno cuenta de que hacía algunas cosas para intentar ocultar su imagen», explicó. El fugado iba indocumentado y no llevaba dinero.

Los monitores de la finca de Irepal se percataron de la identidad del prófugo al ver su imagen en los periódicos. El director del centro avisó entonces a la comisaría de policía de Guadalajara de que el fugado estaba en la finca. Los agentes acordonaron el lugar. Le sorprendieron en el momento en que transportaba un montón de ropa de una nave a otra. Al verse rodeado por los agentes, no opuso ninguna resistencia, siempre según la versión del director del centro.

El subdelegado del Gobierno en Guadalajara, Jonás Picazo Gómez, ofreció una versión distinta. Explicó que la detención se produjo gracias al rastreo que realizaron de forma conjunta la Guardia Civil y la Policía Nacional. Los agentes se presentaron en la finca y enseñaron la fotografía del fugado. Los policías esperaron a que vinieran refuerzos y rodearon la finca. Luego, le apresaron en la cocina, según el subdelegado. «Aprovechó que en el centro no se leía la prensa ni se estaba al tanto de la actualidad para pasar inadvertido», explicó Jonás Picazo. Tras su paso por la comisaría de Guadalajara, fue conducido al juzgado de guardia de la ciudad alcarreña, donde permaneció 30 minutos. Se negó a declarar ante el juez, que ordenó su ingreso en la prisión de Valdemoro.

Vélez Rivero está acusado de haber matado con una escopeta el pasado 2 de julio al recepcionista y a un cliente del hotel de los Reyes Católicos, en la calle del Ángel, en el casco antiguo de Madrid. También dejó malherida a una cliente, a la que intentó degollar. El móvil del crimen, en el que Vélez Rivero, desplegó una inusual violencia, fue el robó de la caja (19.000 pesetas). Cinco días después del doble crimen fue detenido en Badajoz, cuando trataba de huir a Portugal.


La única testigo del doble crimen del hotel Reyes Católicos se hizo la muerta para salvarse

Tatiana Escárraga – El País

30 de noviembre de 1999

Margarita V., única testigo del doble asesinato ocurrido en el hotel Reyes Católicos en julio de 1998, relató ayer con voz temblorosa y en medio de un continuo llanto su sobrecogedora experiencia. En una sala de la Audiencia Provincial, protegida por una mampara que ocultaba su rostro, contó cómo el acusado, Fernando Alberto R. V., de 31 años, le rajó el cuello y después mató a tiros a su acompañante, Juan Ignacio Arranz, y al recepcionista del hotel, Rubén Darío Vallina. La testigo confesó, llorando, que salvó la vida gracias a que se hizo «la muerta».

El testimonio de Margarita V., de 49 años, fue el primero que se oyó ayer en la Audiencia de Madrid, después de que el acusado se negase a declarar: «No tengo nada que decir», afirmó ante los jueces.

Margarita V. es la única testigo del doble crimen que conmocionó Madrid la madrugada del 2 de julio de 1998. Protegida tras una mampara que impedía ver su rostro, Margarita fue desgranando paso a paso y en medio de un llanto desgarrador los detalles del horror que le tocó vivir aquella noche.

Con la voz entrecortada relató que llegó aproximadamente a las cinco de la madrugada al hotel Reyes Católicos (en la calle del Ángel, Centro) en compañía de Juan Ignacio Arranz, de 37 años. Al entrar, «y en cuestión de segundos», Margarita vio venir hacia ella a Fernando Alberto R.V. «Se puso delante de nosotros y sacó un arma; en ese momento yo no sabía lo que era», contó. Inmediatamente, el hombre apuntó con el arma a la cabeza de su acompañante y dijo que se trataba de un atraco. «Nos dijo que no nos moviéramos». Juan Ignacio, su compañero, contestó, según Margarita: «Tú, tranquilo; toma la cartera». «Seguidamente», añadió la testigo, «nos pidió que subiéramos por la escalera que conducía a las habitaciones. Al llegar al rellano vimos en el suelo, amordazado y con las manos y los pies atados, al recepcionista [Rubén Darío Vallina Gamero, de 20 años]». Lo demás fue sangre y dolor.

«Yo no esperaba nada, sólo que nos encerrara en un cuarto o algo así», relató la testigo. Pero los planes de Fernando eran otros. A Juan Ignacio y a ella les ató las manos en la espalda y los arrojó al suelo. Y aunque Margarita le pidió que no le apretara la mordaza porque tenía asma, el acusado, sin decir nada, le asestó una cuchillda en el cuello. «Fue muy rápido todo, en un segundo». Después, prosiguió la testigo, degolló a Rubén Darío y a Juan Ignacio. «En ese momento yo pensé que lo mejor era hacerme la muerta», contó entre lágrimas. Para entonces ya había escuchado a su lado los dos disparos estrepitosos que el asesino había dirigido a los hombres. «Sentía que me retumbaban los oídos y la cabeza. Después se acercó a mí, me pateó y se fue».

«Una persona normal»

Margarita indicó al tribunal que no recordaba bien cómo logró desatarse las manos. «Utilicé la camisa que llevaba puesta para enrollármela en el cuello y detener la sangre, y después bajé a la recepción para buscar un teléfono», explicó. Al llegar allí, dijo, vio a otro hombre «alto y delgado, con el cabello largo», que revisaba papeles en la recepción. Nada se sabe de su identidad ni qué hacía allí en ese momento. Al ver a ese hombre, Margarita volvió a subir a la primera planta e intentó despertar a los clientes que se hallaban en el hotel. Nadie le respondió. Luego bajó a la recepción y desde allí llamó al 112 [teléfono de urgencias], que en ese momento «estaba saturado». Temerosa, decidió salir a la calle y pedir ayuda. Un taxi la condujo hasta el hospital. Margarita contó también que siempre creyó que el acusado era «una persona normal». «Sólo se puso muy nervioso cuando nos subió al rellano», declaró.

Fernando R.V. oyó el relato de la testigo sin inmutarse. Su mirada parecía fría y distante, y lo único que hacía de vez en cuando era mover con insistencia su pie izquierdo.

También testificaron ayer el gerente del hotel, la novia del acusado y varios de los policías encargados de resolver el caso. El gerente del establecimiento, José Ignacio H., reconoció que conocía al procesado de tiempo atrás y que éste solía visitarle periódicamente. Dijo también que Fernando se encontraba en ese momento en «un periodo de desenganche de las drogas». La novia del acusado, Olivia A. L., reconoció igualmente que su compañero «consumía cocaína y heroína en elevadas dosis».

El fiscal pide para Fernando R.V. 19 años de cárcel por cada asesinato consumado; 10 por tentativa de asesinato, 4 por robo, 8 meses por tenencia ilícita de armas y 15 días por destrozos. En total, 52 años. El juicio proseguirá mañana.


Los peritos dicen que el acusado del crimen del hotel «no sentía lo que hacía»

Tatiana Escárraga – El País

2 de diciembre de 1999

Fernando Alberto Rivero Vélez, el acusado del doble asesinato ocurrido en el hotel Reyes Católicos en julio de 1998, «padece un trastorno de personalidad antisocial y polidrogodependencia», según declaró ayer un perito psiquiatra durante la segunda jornada del juicio que por estos hechos se sigue en la Audiencia Provincial de Madrid. El acusado, según explicó el perito, «sabía lo que hacía, lo quería, pero no lo sentía». «Conocía el ilícito del hecho», pero, aun así, padecía una especie de «anestesia sensitiva», añadió el psiquiatra.

En la segunda jornada del juicio, el fiscal elevó a definitiva su petición de 52 años de prisión para el acusado. Además, solicitó una indemnización de más de 50 millones de pesetas para los familiares de las víctimas, Juan Ignacio Arranz y Rubén Darío Vallina, así como para la única superviviente, Margarita V., testigo protegido.

El representante del ministerio público consideró en sus conclusiones definitivas que el testimonio de Margarita V. es prueba suficiente de que en la madrugada del 2 julio de 1998 Fernando Rivero Vélez le rajó el cuello a Margarita V. y después mató a tiros a su acompañante, Juan Ignacio Arranz, y al recepcionista del hotel, Rubén Darío Vallina. «Hemos tenido el siniestro privilegio de escuchar el testimonio de una superviviente; hemos recibido la visita de una persona del otro mundo que nos contó lo que pasó. Su relato es verosímil. Fernando Rivero Vélez es el autor, el personaje que salió de las tinieblas, mató a dos personas e intentó hacer lo propio con otra», señaló el fiscal.

Las pruebas aportadas por los expertos sobre el estado mental del acusado demuestran que es «absolutamente imputable», según el fiscal. «Esta persona es inteligente y sabía lo que hacía», añadió. El representante del ministerio público hizo alusión al estado de «angustia y estrés» que padece la única testigo, situación que «ha condicionado su vida social y laboral». El juicio quedará visto para sentencia hoy, después de que la defensa eleve a definitiva su petición de eximente completea por «trastorno mental».


El asesino del hotel Reyes Católicos mata a otro preso dentro de la cárcel

Susana Hidalgo – El País

13 de marzo de 2007

Fernando Alberto Rivero, que cumple 25 años en la cárcel de Aranjuez por el doble crimen del hotel Reyes Católicos (ocurrido en 1998), mató ayer de dos puñaladas dentro del módulo de internos conflictivos a otro preso, Mohammed K., que cumplía 13 años por robo. La víctima se estaba peleando con un tercer reo cuando Fernando Rivero le asestó dos puñaladas, una de ellas directa al corazón, con un pincho casero.

Fuentes de instituciones penitenciarias señalaron que Fernando Alberto Rivero, de 38 años, aprovechó la confusión de la pelea para sacar el pincho casero y apuñalar con él a Mohammed K., de 31 años y de nacionalidad marroquí. «Una de ellas le dio directamente en el corazón», explicaron fuentes de instituciones penitenciarias. Los médicos de la cárcel de Aranjuez intentaron reanimar a Mohammed K., pero cuando llegó la ambulancia del Summa, ya había muerto.

Tras el suceso, Fernando Alberto Rivero, conocido como El Loco, fue trasladado a una celda de aislamiento.

El homicida, considerado un preso muy peligroso, cumple una condena de 25 años por el doble crimen ocurrido el 2 de julio de 1998 en el hotel Reyes Católicos de Madrid. Fue condenado por dos delitos de asesinato consumado, uno de intento de asesinato y otro de robo con intimidación. También tuvo que indemnizar al hotel con 268.631 pesetas.

El presunto móvil del doble asesinato fue un atraco. Los cadáveres de las dos víctimas fueron hallados maniatados con cinta aislante y trapos y con varias heridas de bala y algunos cortes. Rivero irrumpió en el hotel Reyes Católicos, en la calle del Ángel (Centro), armado con una escopeta. Tras él entró una pareja, que pidió una habitación al recepcionista, Rubén Darío Vallina, de 20 años. El homicida maniató al pie de la escalera y amordazó al recepcionista y al hombre que acababa de pedir la habitación, Juan Ignacio Arranz, de 37 años. Después disparó contra ellos. Antes de disparar contra el recepcionista, le espetó: «Tú ya estás muerto». Ciego de cocaína, le amordazó, maniató, degolló y tiroteó.

Margarita V., la acompañante de Juan Ignacio, también fue degollada, pero pudo salvar su vida gracias a que el criminal la dio por muerta. La víctima testificó en el juicio que simuló estar muerta y que cuando el atracador se fue del hotel, tomó un taxi e ingresó por su propio pie en el hospital Clínico.

Cuando iba a ser amordazada con cinta aislante, Margarita pidió a Rivero con tranquilidad: «Por favor, tenga cuidado, que tengo asma». «Tranquila, dentro de poco ya no tendrás que preocuparte por el asma», le contestó el asesino.

Detenido en Castilblanco

Margarita y su pareja Juan Ignacio habían acudido a pasar la noche al hotel, un establecimiento de tres estrellas. Aunque la pareja no opuso resistencia, Rivero decidió acabar con ellos. Huyó sin botín. El acusado fue detenido tres días después del doble crimen, en la localidad pacense de Castilblanco, adonde había acudido con su novia para visitar a los padres de ésta. El hombre se resistió a la detención.

El 13 de enero de 1999, Rivero se fugó de la Audiencia Provincial de Guadalajara, donde había ido a prestar declaración por otros delitos.

Fernando Alberto Rivero es natural de Langreo (Asturias) y antes de entrar en prisión vivía en la calle de Amor de Dios, de Alcalá de Henares, junto a su novia Olivia, una joven extremeña. Tiene antecedentes por atracos, robos con fuerza, falsificación de documentos, lesiones y atentado a la autoridad. Además, el autor del doble crimen del hotel Reyes Católicos frecuentaba cuando estaba en libertad el poblado chabolista de La Rosilla, adonde acudía con frecuencia a comprar cocaína.

El homicida estudió en la Universidad Laboral de Alcalá de Henares y llegó a superar unas oposiciones de celador para el hospital del municipio. También ha tenido trabajos como profesor de artes marciales en un gimnasio y como portero en varios locales de copas. Es moreno, de complexión normal y mide 1,70 de estatura.


La última fechoría de «El Loco»

Pablo Herraiz – Peonesnegros.info

14 de marzo de 2007

El crimen que presuntamente cometió anteayer el asesino del Hotel Reyes Católicos pudo formar parte de una vieja rencilla. Las primeras investigaciones apuntan a dos teorías: o venía de una pelea entre varios presos, o se creó una distracción para que el interno de Aranjuez pudiera matar a su víctima.

Los hechos sucedieron en la sala de estar del módulo de presos conflictivos. La prisión Madrid IV (Aranjuez) tiene un sector dedicado a los internos que, hayan cometido crímenes terribles o no, dentro de la cárcel generan problemas y se meten en peleas. En el caso de Fernando Alberto Rivero Vélez El Loco el presunto autor del crimen, se juntaban las dos características.

Rivero Vélez mató a dos personas e hirió de gravedad a otra en 1988 [1998] en el hotel del distrito Centro. Fue juzgado y condenado a prisión, pero en su día ya protagonizó una fuga y varias trifulcas con otros presos.

Según fuentes de Instituciones Penitenciarias, los dos implicados en la reyerta estaban en la sala de estar del módulo, en la planta baja. El módulo de aislamiento de la prisión tiene una planta alta, donde están las celdas, y otra baja con el comedor y la sala. En un momento del día se organizó una pelea en la sala entre dos presos que aparentemente no tenían relación con Rivero y su víctima. Los funcionarios de prisiones acudieron a separarlos.

Entonces Rivero, que estaba al fondo de la sala, aprovechó la confusión, agarró un punzón y corrió hacia el otro implicado. Le clavó el arma primero en un costado y después en el otro. Los funcionarios, según las mismas fuentes, habían intentado separar a Rivero y al fallecido, pero entre medias se pusieron otros dos presos para que Rivero ganara tiempo.

Cuando se consiguió poner orden en la sala de estar el preso agredido ya había muerto. Los médicos de la prisión acudieron a reanimar a la víctima. También se avisó al 112, que envió médicos del Summa, que sólo pudieron certificar la muerte del interno. La víctima es un marroquí de 31 años que cumplía una condena de 13 años de prisión por varios delitos, como robo con violencia y atentado contra agente de la autoridad. Este preso también era conflictivo, pues había participado en varias peleas carcelarias y en una ocasión se le requisó un punzón similar al que le causó la muerte el pasado lunes.

El arma que mató al marroquí era lo que se define como un «objeto punzante de fabricación casera». Es decir, el preso consiguió como pudo un trozo pequeño de metal, como una parte de la hebilla de un cinturón o un clavo y le fabricó un mango. La parte punzante era pequeña, pero debió de tocar algún órgano vital del fallecido y le provocó la muerte casi en el acto.

Instituciones Penitenciarias ha abierto una investigación interna para esclarecer los hechos. En el módulo de internos conflictivos hay unos 75 reclusos. Ninguno de ellos está en celdas aisladas, sino que comparten los habitáculos. En esta parte de la cárcel hay menos presos por la peligrosidad añadida que se les presupone.

Al que sí se apartó desde el primer momento es a Rivero Vélez, que se encuentra en una celda de aislamiento. Lo próximo será una reunión de la Junta de Tratamiento, que seguramente propondrá que este preso reciba una regresión de grado penitenciario y el traslado de Vélez a otra cárcel.

Investigación policial

Los agentes de la comisaría de Aranjuez están llevando a cabo la investigación policial de lo sucedido. La versión de los hechos se está comprobando. No se descarta que la pelea previa al apuñalamiento del marroquí fuera sólo una maniobra de distracción para que los funcionarios de prisiones estuvieran ocupados. No obstante, también se investiga la posibilidad de que los implicados se hubieran peleado entre sí. Las pesquisas apuntan a que ya existía un problema entre Rivero Vélez y el marroquí, a juzgar por la decisión con que se dirigió el primero a atacar.

Rivero Vélez protagonizó hace nueve años uno de los crímenes más negros de la historia de Madrid. Pasó varios días en el Hotel Reyes Católicos, a medio camino entre la Puerta de Toledo y San Francisco el Grande. Allí estudió la manera de robar las nóminas de todos los empleados del establecimiento.

En la madrugada del 2 de julio maniató a Rubén Darío Vallina, de 20 años, a Juan Ignacio Arranz, de 37, y a la novia de éste, Margarita. Los degolló con una navaja y después disparó sendos tiros de gracia a los hombres. Margarita aún vivía, pero él pensó que no y se ahorró un cartucho.

Eso salvó la vida de la mujer y fue la perdición, pues el testimonio de la víctima ayudó a que lo condenaran a 38 años por aquel suceso. En el 99, Rivero se fugó de la Audiencia de Guadalajara, tras agredir a dos guardias civiles que lo custodiaban. Días después, los voluntarios de una organización de ayuda a los toxicómanos lo encontraron en el poblado marginal de La Rosilla. Poco después, fue reconocido y arrestado, pero nada más ingresar en prisión pegó a unos funcionarios.


El psicópata aventajado

Cruz Morcillo – ABC.es

18 de marzo de 2007

«Atracador, falsificador, chulo, cocainómano, matón de discoteca y asesino con mayúsculas». Ese es el retrato que pinta la Policía de Fernando Alberto Rivero Vélez, alias «El Loco». «Inteligente, muy violento, frío como el hielo, chantajista, sin posibilidad de empatía, psicópata» -también con mayúsculas-, añaden los psicólogos que lo han tratado desde que entró en prisión en 1998. Tres asesinatos a sus espaldas y otro que no consumó, aunque él creyó que sí, quedan escritos en su macabro expediente. Ahora vive en la cárcel de Aranjuez, pero la Junta de Tratamiento ya le ha dado la «visa» y será trasladado en breve a otro centro penitenciario tras matar el pasado lunes a un preso.

Diez de la mañana. Sala de estar del módulo de internos conflictivos de Madrid IV. Se da cita lo más granado: unos 65 reos aficionados a las reyertas, las agresiones, los pinchos… Tres funcionarios empiezan la semana sin quitarles ojo cuando se desata una pelea entre dos reclusos. Al fondo de a [la] sala se inicia otro tumulto al que los vigilantes no llegan porque un preso cruza una mesa.

Un pincho en una papelera

Con el campo despejado y los colegas carcelarios prestos, Fernando Rivero saca un pincho que había escondido en una papelera y atraviesa a Mohamed sin mover un músculo. Cuando la víctima está en el suelo le apuñala en el corazón, lo arrastra y lo arroja como un guiñapo. Un colaborador le esconde el punzón y «El Loco» se marcha «como un pavo real». Las cámaras de seguridad atestiguan todo el episodio.

Mohamed, que cumplía 13 años por robos con violencia y atentado contra agente de la autoridad, que era un «broncas» y por eso estaba en el módulo, aunque su perfil distara un mundo del de Rivero, podía estar enemistado con «El Loco», o no.

Las versiones recogidas por la Policía Judicial en Aranjuez difieren, según fuentes de la investigación. No está claro si la pendencia era entre ellos dos, si era un asunto de bandos carcelarios o incluso si Mohamed fue una víctima al azar. Más tarde los funcionarios encontraron otros pinchos escondidos que no salieron a relucir.

El titular del Juzgado número 2 de Aranjuez ha imputado por asesinato a Rivero Vélez y a otros dos internos. «El Loco» es el autor material, según el juez, y tuvo dos colaboradores: uno cortó el camino a los vigilantes y otro le ocultó el arma homicida.

La euforia del crimen

Quienes vieron a Rivero en plena acción aseguran que si en ese momento se hubiera cruzado un funcionario en su camino habría acabado con él. «Alcanza un grado de euforia sin parangón cuando mata», según fuentes penitenciarias. En esto no se diferencia de otros psicópatas, porque «El Loco» lo es sin ninguna duda. Otros expertos lo definen como sociópata, un aprendiz del protagonista de «La Naranja Mecánica» que goza con la sangre. Un depredador sin sentimientos ni empatía hacia los demás.

«Es un líder nocivo», añaden las fuentes consultadas, un cabecilla que impone su liderazgo basándose en la agresividad y el chantaje incluso con individuos de tan mala ralea como él.

En prisión no ha disimulado su chulería -no tolera que nadie le pise la hierba-, tampoco su inteligencia -está estudiando Derecho con unas notas más que aceptables- y cada vez que se le ha dado una oportunidad, aunque sea mínima, «El Loco» la ha reventado. «Es imposible que participe en una actividad común porque antes de que el responsable se dé la vuelta ya la ha montado».

Lo suyo es otra «leyenda del indomable», pero sin ningún atisbo de heroísmo. Le esperan muchos años de cárcel y un nuevo juicio por matar a su compañero de módulo. En 1999 fue condenado a 25 años por el asesinato de Rubén Vallina, de 20 años, y Juan Ignacio Arranz, de 37.

El primero era el conserje del hotel Reyes Católicos de Madrid y el segundo un cliente. A la novia de Arranz, le cortó el cuello y la abandonó creyéndola muerta. Quería robar el dinero de las nóminas de julio de los empleados. Declaró a la Policía que «iba hasta arriba de cocaína», pero iba mucho más: ciego de ira, impasible al dolor. La mujer, asmática, le pidió clemencia cuando la amordazó con cinta aislante. No la tuvo. Nunca la ha tenido.

Meses después, en enero de 1999 se fugó de la Audiencia de Guadalajara, tras golpear al agente que le custodiaba con un candelabro, y se refugió en un centro de desintoxicación. A su vuelta a prisión atacó a un funcionario. Sus broncas y sus problemas son continuos. Ahora cambiará de cárcel, aunque casi con seguridad no de actitud. «No es un enfermo; es un psicópata que disfruta matando», aseguran en prisión.


Fernando Rivero Vélez, el fantasma del hotel

Francisco Pérez Abellán – Larazon.es

21 de septiembre de 2009

La madrugada del 2 de julio de 1998, en el hostal Reyes Católicos de la calle del Ángel de Madrid, se cruzaron las vidas del recepcionista, una pareja de adultos maduros que quiso tener una noche de felicidad y las ansias de un psicópata imprevisible, Fernando Alberto, al que sus colegas llamaban «el loco», que se movía como un fantasma arrastrando sus cadenas.

Lo peor de todo fue que la pareja pidió alojamiento cuando la fiesta ya había empezado. El loco había neutralizado al recepcionista y andaba por el hotel con una escopeta en busca del dinero de la recaudación o de la nómina, nadie lo sabe bien. Fernando tenía menos de treinta años, ojos pequeños, como de animal nocturno, alto y muy delgado, con el pelo casi al rape y la sonrisa de un payaso profesional. El psiquiatra que le examinó dice que tiene una personalidad antisocial que está fuera de control. La testigo protegida, que declararía contra él, es la única de sus víctimas que quedó viva aquella noche de la matanza en el hotel. Le cortó el cuello con un cutter, pero no logró degollarla. Sin embargo, la víctima jamás se recuperaría del miedo que la atenaza.

A las cinco de la mañana, acompañada por su pareja, llegaron al hotel de la calle del Ángel. Les abrió un joven desconocido que los encañonó con una escopeta. Mientras su pareja le daba la cartera el atracador les pidió que subieran al rellano. Allí se reunieron con el recepcionista, atado de pies y manos, echado boca abajo. El de la escopeta les obligó a colocarse de la misma forma. La mujer cuando lo cuenta recuerda que le dijo al asaltante que no le tapara la boca con la cinta aislante porque padece asma. Pero él, cínico, la tranquilizó diciéndole que se le iba a quitar de una vez por todas el asma. No pasó mucho hasta que le agarró el pelo y con el cuello al aire le dio un tajo en la garganta. Luego fue hacia los otros dos e hizo lo mismo, además de pegarles un tiro. A la mujer no, a ella le cortó de nuevo en el cuello. Pero tampoco acertó. Estaba tiesa de dolor y de pánico. Pensando «hazte la muerta». Creyó que había terminado con los tres y se fue a vaciar otras estancias del hotel que conocía bien porque tenía una relación antigua con el gerente. Parece que creía que en algún lado había una bolsa con los millones de la nómina, tal vez cinco.

Fernando tenía antecedentes policiales por robo y estaba a la espera de ser juzgado. Se sospechaba que era un politoxicómano que tuvo que huir sin lograr su objetivo. Según la investigación, estaba entregado al consumo de sustancias, pero el hecho fue planificado. Para la testigo, era un psicópata en traje de psicópata: frío, displicente y maquinal.

Humillar tres vidas

Hubo una noche que resultó funesta para los huéspedes que escogieron el madrileño hostal Reyes Católicos como lugar de descanso. Aquella en la que este psicópata, frío, displicente y maquinal, lo convirtió en el reino de sus perversiones.


Los crímenes de Fernando Rivero, El Loco

Territorio Negro – Ondacero.es

14 de julio de 2016

Era miércoles, del 1 de julio. En la recepción de ese hostal de los Reyes Católicos trabajaba Rubén Darío Vallina Gamero, un malagueño que había llegado a Madrid para cumplir su sueño: ser modelo. A ese mismo hostal iban a llegar esa madrugada un camarero, Juan Ignacio Arranz, y su pareja ocasional, Margarita, la dueña de un pub cercano al restaurante en el que trabajaba Ignacio. Los dos decidieron acabar la noche en una habitación del hostal. Pero hasta allí también llegó esa noche Fernando Rivero Vélez, un hombre de 29 años que esa madrugada iba cargado y bien cargado.

Fernando Rivero, huérfano de padre, hijo de una matrona que había dado a luz a seis hijos, había pasado el día en La Rosilla, uno de los poblados de la droga que rodeaban Madrid en esa época. Primero se había fumado un gramo de heroína y después se había metido dos gramos de coca en vena, tras dejar a su novia, Olivia, en el club donde se buscaba la vida. Con el subidón de la coca, decidió ir a dar el palo de su vida al hostal de los Reyes Católicos, un lugar que conocía bien porque cuatro años atrás había pasado varias noches allí, junto al dueño del hotel, que le daba un techo en el que pasar los monos y algo de dinero para comprar droga a cambio de sexo. Sabía que a principios de mes guardaban en metálico el dinero correspondiente a la nómina de todos los empleados, unos cinco millones de las antiguas pesetas.

Rivero había planificado bien el golpe. Llamó reservando una habitación para que el recepcionista le abriese en plena noche. Así fue, Rubén Vallina abrió la puerta poco antes de las cinco de la madrugada. Rivero, apuntándole con una escopeta, le ató las manos y los pies y le amordazó con una cinta. Cuando estaba en plena faena, llamaron al timbre del hotel. Eran Ignacio y Margarita. Les abrió y cuando entraron, les encañonó y se puso a atarlos con la cinta. Margarita aún no ha olvidado lo que le dijo aquel tipo cuando ella le pidió que no le tapase la boca porque tenía asma: «No se preocupe, señorita, que ya no va tener más asma».

Rivero, armado con un cúter, rebanó las gargantas de los dos hombres y la de Margarita. Después, disparó tres veces: dos tiros entraron por la espalda del recepcionista y uno por la del camarero. Rivero no disparó a la mujer, seguramente porque pensó que el tajo en su cuello había sido suficiente para acabar con su vida. Incluso la agarró del pelo, como recordaría ella después, para comprobar si el corte había sido efectivo. Cuando la mujer notó que el asesino se había ido, salió a la calle tapándose la herida con la garganta y pidió ayuda.

El asesino no logró alcanzar el botín que buscaba. Incluso se dejó 19.000 pesetas que había en la recepción del hotel y el cutter empapado con la sangre de sus víctimas. Los agentes de Homicidios que llegaron al lugar del crimen se fijaron en un elemento extraño que había en el escenario, algo que no encajaba allí, algo que debía haber traido el autor de aquella masacre: una caja de cartón de un metro de largo y veinte centímetros de ancho, un tamaño ideal para esconder una escopeta como con la que dispararon a Ignacio y a Rubén. En la caja había una etiqueta con la dirección de una tienda de muebles de Alcalá de Henares.

Y así fue. Los agentes de Homicidios pidieron ayuda a sus compañeros de la comisaría de Alcalá. Los agentes se presentaron en la tienda de muebles y el encargado les dijo que a las cinco y media de la tarde del día anterior había tirado la caja a un contenedor de una calle cercana. Un caimán, un veterano del grupo de policía judicial de la comisaría, se plantó delante del contenedor y miró alrededor. Reconoció un portal: allí vivía un toxicómano al que había detenido varias veces, un tipo al que todos llamaban El Loco y cuyo nombre real era Fernando Rivero Vélez. Los agentes de Homicidios supieron que aquel era el asesino cuando vieron en la recepción del hotel una ficha de hospedaje manuscrita por el recepcionista que ponía: «Cliente: Rivero Vélez. Llegada 1 de julio; salida 2 de julio. Habitación 106».

Tras la matanza del hostal, Rivero recogió a su novia y los dos salieron hacia Castilblanco (Badajoz), donde vivían los padres de Olivia. Fernando le dijo a su novia que le cortase el pelo. Mientras, la policía enseñó a Margarita, la superviviente, varias fotos de delincuentes, entre las que estaba la de Fernando. La mujer no dudó ni un segundo. Los agentes de Alcalá se desplazaron hasta la casa que compartían Fernando y Olivia, pero allí no había nadie, así que comenzaron a apretar a los compinches habituales de Rivero. Uno de ellos les dijo que El Loco le había llamado horas antes desde un número: la línea correspondía a un teléfono fijo de Castilblanco. Ya lo tenían.

Siete agentes de la comisaría de Alcalá encontraron la noche del día 3 de julio, 48 horas después del crimen, el Peugeot 205 que conducía habitualmente Fernando Rivero aparcado en una calle de Castilblanco. Recurrieron a un truco de caimán: le desinflaron una rueda y troncharon toda la noche, durmiendo por turnos, en las cercanías del coche. Primero salió Olivia y llamó a gritos a Fernando: «tenemos una rueda pinchada». Cuando El Loco apareció, le apuntaron seis pistolas en la cabeza. Fue trasladado al cuartel de la Guardia Civil de Herrera del Duque, donde intentó fugarse agrediendo a un agente. Finalmente, fue conducido a la prisión de Badajoz, donde fue sometido a un estrecho control.

Pero esta historia no acaba aquí. La historia tiene su segundo capítulo en enero de 1999, cuando Shakira estaba en lo más alto de las listas con esta canción. Rivero fue trasladado desde la prisión de Valdemoro a la Audiencia de Guadalajara, donde tenía que responder por unos pequeños delitos cometidos en esa provincia. Mientras esperaba a entrar a la sala, pidió permiso para ir al servicio y cuando un guardia civil le acompañaba, con las manos esposadas agarró un candelabro y golpeó al agente. Logró huir del edificio y su rastro se perdió.

Margarita, esa mujer que seis meses después no se habría recuperado de los efectos de lo que vivió en el hostal, se enteró de esta fuga porque se convirtió en prioridad absoluta para todos los cuerpos de seguridad, incluso Internet ayudó por primera vez a la caza de un criminal. Se blindaron las fronteras, pensando que Rivero podría intentar salir del país, pero El Loco se refugió en uno de los lugares que mejor conocía, el supermercado de la droga de La Rosilla. Allí le encontraron, desnutrido y con muy mal aspecto, unos voluntarios de la asociación de ayuda a los toxicómanos Remar. Él les dio un nombre falso y se trasladó con ellos a un centro de Remar en Guadalajara. Su empeño en cortarse el pelo hizo levantar las sospechas de algunos voluntarios, que comprobaron que la foto de su nuevo refugiado salía en varios periódicos, así que llamaron a la policía. Los agentes le detuvieron a punta de pistola mientras clasificaba ropa usada y no le dieron opción ni a moverse.

Y esa fuga le complicaría aún más la vida en prisión, pero es que, además, Rivero se convirtió muy pronto en un kie, un jefe taleguero, un líder. Poco después de su fuga y su nueva detención, fue al juzgado para que le comunicaran su auto de procesamiento y él solo habló para decir: «Yo y mis compañeros del módulo 4 de la prisión de Valdemoro estamos en huelga de patio porque nos niegan los derechos y nos están pegando y amenazando». Lo cierto es que nada más ingresar en ese centro, El Loco la emprendió a golpes con dos funcionarios, a los que dejó mal heridos, y se convirtió en un preso FIES control directo, el régimen más duro que hay en prisión: aislamiento casi todo el día y casi nulo contacto con otros reclusos.

Este tipo, que fue condenado a 38 años de prisión por los crímenes del hostal de los Reyes Católicos tuvo un pasado complicado y, sobre todo, marcado por las drogas. A los 13 años comenzó a fumar porros, hasta seis al día. Con 16 inhalaba pegamento y mezclaba anfetaminas con alcohol. A los 17 empezó con el LSD, la heroína y la cocaína, que era su droga favorita, pese a las paranoias que le provocaba. En uno de esos episodios, perdió el único trabajo que tuvo, el de celador de un hospital de Alcalá, cuando propinó un brutal cabezazo a un compañero, al que rompió varios huesos de la cara. Decía que no paraba de criticarle. Su madre le ingresó en un hospital psiquiátrico, desesperada, y allí le diagnosticaron un trastorno de la personalidad con rasgos psicopáticos. Para entendernos, Rivero es un psicópata, alguien inteligente, pero incapaz de sentir empatía ni compasión por nadie.

Sigue en prisión y sigue siendo un preso sometido a control estricto, no ha dejado de serlo nunca, incluso cuando la canción de Take That estaba en lo más alto de las listas. Corría el mes de marzo de 2007 y Rivero estaba ingresado en el módulo 6 de la prisión de Aranjuez. Su régimen se había relajado algo y ya pasaba tiempo con otros reclusos. Una mañana, en la sala de estar del módulo, Rivero ejecutó un crimen perfecto en su ejecución. En un rincón de la sala, dos presos montaron una pelea para distraer a los funcionarios. Mientras, en el lado opuesto de la sala, El Loco sacó un pincho de una papelera, donde alguien lo había dejado, y apuñaló a Mohamed, un hombre que cumplía 13 años de condena por varios robos.

Rivero remató a su víctima clavándole el pincho en el corazón. Los funcionarios no pudieron hacer nada, pese a que enseguida se dieron cuenta de lo que ocurría porque los compinches de Rivero cruzaron una mesa en mitad de la sala para impedirles el paso. Tras la agresión, El Loco le dio el pincho a un colega, que lo escondió y él salió de la sala «como un pavo real», según los funcionarios que le vieron. Nadie supo explicar las razones del asesinato: si Mohamed se había atrevido a disputar los galones a Rivero en el módulo, si habían tenido un problema personal o incluso si Rivero le eligió al azar para dejar claro al resto hasta dónde era capaz de llegar.

Ese crimen, lógicamente, le salió gratis, porque ya tenía más de 30 años de condena. Rivero, es un tipo inteligente. Incluso ha estudiado derecho durante su estancia en prisión. En los juicios no ha declarado nunca y sus únicos testimonios son los que ha prestado a los psiquiatras que han valorado su estado. A uno de ellos, el de la prisión de Valdemoro, le contó lo ocurrido aquella madrugada de 1998 en el hostal de los Reyes Católicos: «le pedí el dinero al recepcionista, creo que perdí el control. No iba a matar, era innecesario, no recuerdo cómo los maté, les corté el cuello, los até y les disparé un par de tiros, perdí el control de mis acciones, algo había superior a mí que no podía controlar, es algo que no me ha hecho muy feliz y de lo que no estoy orgulloso».

Ni en este testimonio ni en ninguno de los que ha prestado Rivero hay un solo hueco para el arrepentimiento o para el pesar por las víctimas provocadas. Quizás por eso el diagnóstico de ese mismo psiquiatra es demoledor: «Elevada peligrosidad debido a la indiferencia de las normas, frialdad de ánimo e incapacidad de aprender con la experiencia».

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