Felícitas Sánchez Aguillón

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Felicitas Sánchez Aguillón

La Ogresa de la Colonia Roma

  • Clasificación: Asesina en serie
  • Características: Partera que practicaba abortos ilegales y traficaba con niños
  • Número de víctimas: 40 - 50
  • Periodo de actividad: 1930 - 1941
  • Fecha de detención: 11 de abril de 1941
  • Fecha de nacimiento: 1890's
  • Perfil de las víctimas: Niños y recién nacidos
  • Método de matar: Varios
  • Localización: México, D. F., México
  • Estado: Se suicidó con una sobredosis de Nembutal el 16 de junio de 1941 antes de ser juzgada
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Felícitas Sánchez Aguillón

Wikipedia

Felícitas Sánchez Aguillón o Neyra (n. década de 1890’s en Cerro Azul, Veracruz, Méx. – † 16 de junio de 1941 en la Colonia Roma, Cd. de México) fue una asesina serial mexicana. Conocida popularmente como “la Ogresa de la Colonia Roma”, “la Trituradora de ángelitos”,”la Descuartizadora de la Colonia Roma” o “la Espanta-cigüeñas”.

Responsable de un número indeterminado de infanticidios (se cree que fueron más de 50, durante la década de 1930’s), en un suburbio de la Colonia Roma de la Ciudad de México, donde vivía en un edificio departamental. Fue una asesina organizada, hedonista y sedentaria que según su profesión se considera un ángel de la muerte (se graduó como enfermera y ejerció como partera).

A la par de su labor como partera, sostenía un negocio ilícito practicando abortos y traficando con infantes; pero estas actividades solo escondían la más aberrante y sanguinaria de sus aficiones, una carnicería humana, que Sánchez desató en contra de los pobres infantes que terminaban en sus manos.

Primeros años

A finales del s. XIX y principios del s. XX, nace en una zona rural del estado de Veracruz, en el poblado de Cerro Azul, Felícitas Sánchez. Se desconocen los detalles de su infancia, lo poco que se sabe es que tuvo una relación tormentosa con su madre, (dominada por el rechazo de está última), esto desencadenaría la psicopatología que marcaría su futuro modus operandi: Un rechazo patológico hacia la maternidad y todo lo relacionado con ésta, y, como el común denominador en los asesinos seriales, desde pequeña tuvo un comportamiento perverso, que se expresaba con crueldad hacia los animales (disfrutaba en especial envenenado a perros y gatos callejeros).

Durante la década de 1900’s, Felícitas estudia y se gradúa de enfermería y comienza a trabajar como partera, en su natal Veracruz, a la par contrae matrimonio con un hombre, de poco carácter, codependiente y sumiso, (en el futuro esté sería el patrón en todas sus parejas), Carlos Conde.

Sánchez era una mujer obesa, de malos modales, misántropa y de carácter muy fuerte, la prensa de la época, posteriormente a su aprehensión, colocó especial énfasis en su fealdad (basándose en descripciones de los vecinos de la mujer, cuya opinión seguramente estaba influenciada por los crimenes):

“Parece bruja, con los ojos saltones, gorda, fea, más bien repugnante…” (Periódico La Prensa, 1941).

A pesar de su aspecto y personalidad Felícitas Sánchez contó con varias parejas a lo largo de su vida, que incluso sirvieron como cómplices para sus delitos (entre ellos el propio Carlos Conde).

Del matrimonio con Conde, nacen un par de gemelas; la condición económica de la pareja era austera, y no podían solventar la manutención de las pequeñas, así que Felícitas decide venderlas. Su marido que en un principio estuvo de acuerdo con el acto, termina arrepintiéndose, pero ya era demasiado tarde, Sánchez no cedió y jamás reveló el destino final de sus hijas; esto marcó el final del matrimonio. Aunque suene extraño, hasta donde se sabe Felícitas no asesinó a ninguno de sus hijos (las gemelas Conde Sánchez no fueron las únicas hijas que tuvo).

Tras la separación, (por el año de 1910), la mujer emigra hacia la capital.

Crímenes

Felícitas Sánchez, se asienta en la Colonia Roma de la Ciudad de México, en calle Salamanca No. 9 (por esa época ocupado por un edificio de departamentos). Le renta una habitación a una mujer que ocupaba un departamento en el tercer piso del edificio. Su nueva casera y compañera de departamento laboraba todo el día y solo iba al departamento para dormir, lo cual dejaba a Felícitas el tiempo y el espacio para darle riendas sueltas a sus aberrantes prácticas.

Sánchez Neyra estableció un negocio “atendiendo partos” en el lugar (a su casera no le molestaba mientras el sitio estuviera limpio). En efecto Felícitas atendía partos, pero pronto comenzó a destacar el hecho de que mujeres adineradas acudían a consulta con la mujer. Evento por lo más extraño, por qué una mujer con alta capacidad adquisitiva recurriría a una partera en un barrio marginal para atenderse su embarazo.

Los vecinos pronto empezaron a percatarse de otros eventos extraños: Las cañerías del edificio se tapaban con frecuencia, (para arreglar este contratiempo Felícitas contaba con la complicidad de un plomero, Roberto Sánchez Salazar), y además, en ciertas ocasiones pudieron percatarse de que del departamento salía un extraño humo negro de olor muy desagradable.

Pronto el negocio prosperó, Felícitas practicaba abortos clandestinos, incluso hacia visitas a domicilio. La mujer frecuentaba los más selectos barrios de la ciudad. Atendía a las mujeres sin importar la edad gestacional de su embarazo (así estuvieran en labor de parto).

Antes de comenzar con su faceta como asesina serial, Sánchez Neyra se dedicó al tráfico de menores: Empezó a vender a los niños recién nacidos que sobrevivían, pronto empezó a traficar también con niños que compraba de madres que por una u otra razón le vendían a sus hijos, bajo la promesa de que los colocaría en una “buena” casa. Durante la década de 1910’s, todavía en el período del México porfirista, Sánchez fue detenida en por lo menos 2 ocasiones por tratar de vender a un bebé; la mujer salió libre tras pagar una simple multa.

No pasó mucho tiempo antes de que Felícitas evolucionara al asesinato; los niños que no lograba vender terminaban muertos sin mencionar que muchos infantes perecieron bajo su cuidado.

Felícitas pronto recaudó dinero suficiente para hacerse de un negocio, abrió una miscélanea (que también fungió como clínica clandestina) en la calle Guadalajara No. 69, en la Ciudad de México, a la cual llamó “La Quebrada”.

Los asesinatos

Posterior a su detención los cómplices de “la Ogresa” relataron la terrible tortura a la que sometía los bebés y niños: Solía parodiar los cuidados maternales de una manera sádica: Bañaba a las criaturas con agua helada, no les daba de comer durante períodos considerables de tiempo, los dormía en el piso y a veces los alimentaba con carne o leche podrida.

Sus métodos de ejecución fueron increíblemente variados: Asfixia, envenenamiento, apuñalamiento y hasta inmolación. Generalmente los estrangulaba o asfixiaba (en muchas ocasiones repetía sus diversiones de la infancia y los envenenaba), ya muertos procedía a descuartizarlos (en ciertas ocasiones los llegó descuartizar vivos); los restos, generalmente, los tiraba a las alcantarillas, a veces los desechaba en depósitos de basura y otras veces los incineraba en una caldera (de ahí el humo), incluso llegó a quemarlos vivos.

Aprehensión

El 8 de abril de 1941, la alcantarilla del edificio de Salamanca donde vivía Sánchez Aguillón se tapó, (se encontraba congestionada desde la toma domiciliaria). En el primer piso del edificio se disponía una tienda de abarrotes, el dueño, llamado Francisco Páez, mandó llamar a un plomero y a albañiles. Los albañiles levantaron el piso del negocio para poder acceder a la cloaca, cuando llegaron a ella la sorpresa y las náuseas fueron generales. En la alcantarilla había un enorme tapón de carne putrefacta, gasas y algodones ensangrentados, que despedían un olor insoportable. Indagando en la repugnante masa se encontraron con algo que despejó todas las dudas sobre su naturaleza, un pequeño cráneo humano.

Rápidamente, la prensa y la policía se hicieron presentes. Las autoridades llamaron a la puerta de la principal y única sospechosa, (Felícitas), los atendió la casera que no sabía nada, sin embargo los dejó pasar hasta la habitación de la mujer, a la cual ella nunca había entrado.

Lo primero que salía a vista en el cuarto, era un altar con velas, agujas, ropa de bebé, un cráneo humano y una gran cantidad de fotografías de niños (trofeos; es un comportamiento típico de los asesinos seriales el coleccionar fetiches que se relacionan con su víctima). Ese mismo día se catea la miscélanea “La Quebrada”, Felícitas no se encontraba ahí, se había dado a la fuga.

En esa época no existía la noción de asesino en serie; pero el infanticidio era y siempre ha sido un crimen altamente condenado. La investigación cayó en manos del detective José Acosta Suárez, (este hombre en 1942 también atraparía a Gregorio Cárdenas otro asesino en serie mexicano).

El 11 de abril de 1941 es detenido Salvador Martínez Nieves, el plomero cómplice. El relata que en efecto sabía lo que estaba pasando, pero por miedo a ser condenado como cómplice, no había denunciado. En efecto, él sí era cómplice, recibía una cuantiosa paga por destapar los caños y un aún más cuantioso soborno por su silencio.

Ese mismo día Felícitas es atrapada junto con su amante, Roberto o Alberto Covarrubias, alías “el Beto” o “el Güero” (con éste hombre, que también fue su complice, Felícitas había procreado a su tercera y última hija, nacida en 1939, mientras trataban de huir de la ciudad).

Móvil

Como ya se mencionó antes, Felícitas Sánchez Aguillón experimentó el rechazo materno desde muy pequeña, esto generó en ella una personalidad neurótica. Aparentemente no sentía empatía ni remordimientos, era megalómana y racionalizaba sus actos:

“Efectivamente, atendí muchas veces a mujeres que llegaban a mi casa… Me encargaba de las personas que requerían mis servicios y una vez que cumplía con mis trabajos de obstetricia, arrojaba los fetos al WC.”(Sánchez Aguillón, Felícitas. 1941)

Pero su frágil estado mental iba más allá, tenía ideas delirantes en donde creía realmente que hacia un bien con sus atroces crímenes (esto la acerca más al perfil de un asesino misionero, pero lo cierto es que su principal motivación siempre fue monetaria, por lo que entra más bien en la categoría de hedonista; además recordemos que esta clasificación no es excluyente), incluso les asignaba una cualidad mística, ejemplo de esto es el altar que poseía, (nótese que esto es muy propio de los asesinos visionarios):

“Una mujer me dijo que había soñado que su hijo iba a nacer muy feo, que por favor le hiciera una operación para arrojarlo. En efecto, aquella criatura era un monstruo: tenía cara de animal, en lugar de ojos unas cuencas espantosas y en la cabeza una especie de cucurucho. A la hora de nacer, el niño no lloraba, sino bufaba. Le pedí al señor Roberto que lo echara al canal, y él le amarró un alambre al cuello.”(Sánchez Aguillón, Felícitas. 1941)

Estas declaraciones nos hablan del terrible grado de cosificación que mantenía hacia sus víctimas: las repudiaba a tal grado que las visualizaba de esta manera.

Reclusión y fallo absurdo

“La Descuartizadora de la Col. Roma” desde su detención hasta junio de 1941, (más o menos tres meses), fue recluida en prisión y aislada a causa del peligro que representaba para ella el contacto con la población general del reclusorio. Durante todo ese tiempo vivió, irónicamente, una regresión (se comportaba como una niña pequeña, lloraba todo el día, sólo pronunciaba monosílabos y una repetitiva frase que en ocasiones llegaba a gritar: “Quiero irme de aquí.”, incluso como típico berrinche infantil se tiraba al piso, pataleba, gritaba y era necesario arrastrarla para trasladarla de un lugar a otro).

La amenaza del abogado de la mujer era clara, iban a revelar la lista de clientes si con ella era posible aminorar su condena. En aquella lista estaban inmiscuidas importantes figuras de la política; así en una evidente muestra de corrupción y una serie de irregularidades, permitieron que “la Ogresa” saliera libre en tan sólo 3 meses.

Las más fuertes pruebas de la fiscalía que conectaban a Felícitas con los cargos de asesinato eran los restos encontrados en la cañería de Salamanca No. 9, entre los que se encontraban un cráneo y un par de piernas que correspondían a un niño de por lo menos un año de edad. Inexplicablemente esto restos desaparecieron. Sánchez Aguillón fue procesada, el 26 de abril de 1941, sólo por los cargos de aborto, inhumación ilegal de restos humanos, delitos contra la salud pública y responsabilidad clínica y médica; ninguno de estos crímenes era considerado como grave por lo que la mujer alcazaba fianza.

Pero la fiscalía tenía todavía los testimonios del plomero (completamente dispuesto a declarar) y del amante, (que bajo la presión adecuada terminaría por declarar), desafortunadamente el juez que llevaba el caso abdicó, (se cree fue amenazado o sobornado para hacerlo), lo cual facilitó la salida de Sánchez antes de que la fiscalía pudiera apelar el fallo.

Su ex-esposo, Carlos Conde, a pesar de todo, (incluso a pesar de que Felícitas ya mantuviera otra relación sentimental), fue quien pagó dicha fianza (esto nos habla de lo enfermiza que era su relación con su ex-mujer) que ascendía a $600.00 pesos de aquella época (equivalente a $600,000.00 pesos mexicanos actuales, aprox. $60,000.00 dólares). En junio de 1941 salió libre.

Muerte

Ella sabía que todo había terminado, aunque no pudieran volverla a enjuiciar ya no podría seguir con su estilo de vida (de hecho ya no podría siquiera vivir en el país), todos la odiaban. El 16 de junio de 1941, tomó la salida fácil, se suicidó con una sobredosis de Nembutal, durante la madrugada en la casa que compartía con su concubino mientras éste dormía. Dejó tres cartas póstumas: una dirigida a su ex-abogado, otra a su actual abogado y una última a su pareja. En ellas no había ninguna expresión sentimental (sin culpa, sin dolor, sin tristeza y sin lazos afectivos de ningún tipo, en ningún momento menciona a su hija). Al final de cuentas parecía haberse cosificado a sí misma, su propia muerte no pareció producirle ningún sentimiento.

Su hija pasó a la tutela del Estado, fue llevada a un hospicio, creció hasta convertirse, (hasta donde se sabe), en un miembro “funcional” de la sociedad.


Felícitas Sánchez, la descuartizadora de niños de la Roma

David Moreno – Necropsiadeley.blogspot.com

El 8 de abril de 1940, Francisco Páez, dueño de una tienda de abarrotes en Salamanca #9, en la colonia Roma, llamó a un plomero y albañiles porque la alcantarilla de su edificio se había tapado.

Los hombres debieron levantar el piso del negocio para llegar a la cloaca. Lo que descubrieron en ella nunca lo hubieran imaginado.

Se trataba de un tapón de carne putrefacta, gasas y algodones ensangrentados que despedía un tufo insoportable. Sin embargo lo que les causó escalofríos no fue la masa pestilente, sino un pequeño cráneo humano.

La responsable de tapar el caño con restos humanos era Felícitas Sánchez Aguillón (o Neyra, según algunas versiones), conocida por los medios como “la ogresa de la Roma”, “la trituradora de angelitos”, “la espantacigüeñas” o “la descuartizadora de la Roma”.

Se piensa que mató a más de 50 niños, aunque no es posible confirmar la cifra.

Sánchez Aguillón nació en la década de 1890 en Cerro Azul, Veracruz, hija de una mujer cuyo rechazo desde temprana edad definió su psicopatología.

Desde pequeña demostró muy poca o inexistente empatía, pues disfrutaba envenenando perros y gatos de la calle, una característica que comparten muchos asesinos seriales.

En la década de 1900 estudió y se graduó de enfermería, y poco después comienzó a trabajar como partera.

Vendedora de hijos

En esa misma década se casa con Carlos Conde, un hombre de poco carácter, codependiente y sumiso, con quien tuvo un par de gemelas.

Debido a una precaria situación económica la pareja opta por vender a las niñas, decisión de la que poco después Carlos se arrepiente, poniendo fin a su relación.

Alrededor de 1910, Felícitas llega a la Ciudad de México y se instala en el número 9 de la calle Salamanca en la colonia Roma, donde viviría hasta el día de su muerte.

El inicio de su carrera criminal fue el tráfico de niños. Las madres solteras le entregaban sus hijos y ella los vendía a parejas que no conseguían embarazarse.

Después siguieron los abortos clandestinos, que practicaba en su departamento. En ocasiones también lo practicaba a domicilio y en cualquier fase del embarazo.

Asesina de niños

Cuando no encontraba a compradores para los niños los mantenía con ella una semana, alimentándolos con atole y comida podrida.

Si al término de ese periodo no encontraba un comprador, entonces los mataba.

A algunos los estrangulaba, a otros les enterraba un cuchillo en la nuca para después destazarlos. A otros más llegó a bañarlos en gasolina para quemarlos vivos.

Con el tiempo los infanticidios se volvieron más sádicos. Llegó a amordazarlos para descuartizarlos vivos con sus cuchillos de cocina.

Comenzaba por cortarles las extremidades y después la cabeza. Les extraía los ojos y los órganos para dárselos a su perro. Los huesos los quebraba y los envolvía en periódico para después tirarlos en la basura.

La ogresa de la Roma no era muy cuidadosa al momento de deshacerse de la evidencia.

Durante un año, hasta el momento en que la capturaron, restos de fetos y bebés recién nacidos fueron encontrados en distintos basureros de la Colonia.

Su drenaje además se tapaba de manera frecuente, por lo que Felícitas convenció a un plomero, Salvador Martínez Nieves, de encubrir sus crímenes una y otra vez mediante amenazas y buena paga.

El negocio de practicar abortos y vender niños resultó muy lucrativo para la “espantacigüeñas”, lo que le permitió poner una miscelánea en la calle Guadalajara de la misma colonia a la que nombró “La Quebrada”, donde también ofrecía sus servicios.

La captura

Francisco Páez avisó a un reportero de La Prensa el hallazgo en las alcantarillas de su edificio, y la policía no tardó en llegar.

Tras escuchar al dueño del local y presenciar el macabro descubrimiento, la policía se dirigió al departamento de “la ogresa”, al que la casera les dio acceso.

En el cuarto encontraron un altar con velas, agujas, ropa de bebé, un cráneo humano y muchas fotografías de niños.

El mismo día catearon el negocio de Felícitas, “La Quebrada”. La mujer no estaba allí, pero fue capturada días después (11/abril/1941) en la Buenos Aires mientras intentaba huir hacia Veracruz con su amante.

La investigación del caso estuvo a cargo del detective José Acosta Suárez, quien un año después capturaría a Gregorio Cárdenas, “el estrangulador de Tacuba”.

Salió libre por 600 pesos

En prisión Sánchez Aguillón tuvo una especie de regresión. Sólo hablaba en monosílabos, se tiraba al piso, se negaba a comer, pataleaba, gritaba y la única frase que salía de su boca era “quiero irme de aquí”.

Las únicas pruebas que sustentaban los cargos de asesinato contra Felícitas eran los restos encontrados en la cañería de Salamanca, que durante el juicio misteriosamente desaparecieron.

Los cargos por los que fue procesada fueron aborto, inhumación ilegal de restos humanos, delitos contra la salud pública y responsabilidad clínica y médica.

Después de estar 3 meses en la cárcel pagó una fianza de 600 pesos y salió libre.

Se piensa que las clientas a quienes la descuartizadora practicó abortos eran de familias adineradas o estaban relacionadas con políticos, e influyeron en el juicio para evitar que sus nombres salieran a la luz.

El escándalo de su liberación fue opacado al poco tiempo cuando se descubrió que una célula de espías alemanes nazis operaban con un radiotransmisor en la misma colonia Roma.

El suicidio

El 16 de junio de 1941 Felícitas se levantó de su cama a la media noche tras varios días sin poder dormir.

Se dirigió a la cocina y escribió 3 cartas: una para su abogado, el licenciado Enríquez, otra para el abogado Martín Silva y una más para su último amante, Roberto Sánchez Salazar.

Después se tomó un frasco entero de Nembutal y murió.

Roberto encontró su cuerpo y las cartas al día siguiente. Todas eran instrucciones sobre cómo disponer de sus propiedades. Palabras frías, sin ninguna emoción, sin ninguna disculpa o arrepentimiento.

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