Evangelina Tejera Bosada

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Evangelina Tejera

La Reina del Carnaval

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricida - Descuartizó los cadáveres de sus hijos y enterró los trozos en unas macetas
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 18 de marzo de 1989
  • Fecha de detención: 6 de abril de 1989
  • Fecha de nacimiento: 1965
  • Perfil de las víctimas: Sus dos hijos, Jaime, de 3 años, y Juan Miguel, de 2
  • Método de matar: Golpeando repetidamente sus cabezas contra el suelo
  • Localización: Veracruz, México
  • Estado: Condenada a 20 años de prisión. Puesta en libertad en septiembre de 2006
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Evangelina Tejera – Medea de carnaval

José Luis Durán King

4 de enero de 2014

El Carnaval de Veracruz, inaugurado en 1925, es uno de los más alegres del mundo, de acuerdo con Wikipedia. Alegre, quién sabe, pero de que es una celebración escandalosa y excesiva, nadie lo pone en duda.

Y como todo carnaval, cada año nombra una reina, la cual llega al trono a través de una campaña y por supuesto a la cantidad de dinero que cada una de las damas pretendientes recauda en su serie de actividades en pro de obtener el galardón.

En 1983, Evangelina Tejera Bosada, de 18 años, con solo tercer grado de secundaria, pero bella y ojiverde, fue designada Reina del Carnaval de Veracruz, en gran parte gracias a la ayuda de su padre y a los amigos ricos e influyentes de éste.

Evangelina venía de un hogar fracturado, en el que la madre había decidido marcharse, cansada de las golpizas que le propinaba su marido, un médico con una fuerte inclinación a la bebida. Inicialmente, Evangelina vivió con su progenitora, solo que la señora tenía sus ideas y reprochaba a su hija ser mujer y ocasionar gastos.

La joven decidió buscar a su padre, quien no solo aceptó que su hija viviera con él, sino que la preparó para ser una «dama de sociedad»: recibió clases de tenis, de piano, asistía a cenas de gala y actos en los que los reporteros de las secciones sociales estaban presentes.

Por lo mismo, cuando fue nombrada candidata a Reina del Carnaval, muchos sabían que ganaría la competencia sin despeinarse.

Como parte de su coronación, Evangelina compartió sonrisas con gente famosa de entonces, como Lila Deneken, Dulce, Abraham Méndez y Raymundo Capetillo, además de que apareció en el programa de televisión más famoso de la época: Siempre en domingo. Todo era miel sobre hojuelas para la chica.

Solo que Evangelina no fue preparada para lidiar con la vida una vez que se apagan los reflectores de la farándula. Comenzó a consumir alcohol y cocaína con regularidad. En sus relaciones afectivas elegía generalmente hombres abusadores que incluso la golpeaban. Con uno de ellos, la joven tuvo dos hijos, que no fueron reconocidos por el progenitor.

Madre soltera, adicta y mitómana, apoyada económicamente por su familia y algunos amigos, rentó el departamento 501 en un edificio donde alguna vez estuvo la Lotería Nacional del puerto.

Como el dinero para sobrevivir debía provenir de alguna fuente, el apartamento se convirtió en un lugar de fiesta y francachela. Para que sus hijos no molestaran a ella y la clientela, los encerraba en una de las habitaciones. Pero a la par de la belleza de Evangelina, las celebraciones también fueron a la baja.

Para 1989 nadie podía imaginar que Evangelina había sido Reina del Carnaval. Desesperada, sola, con un fuerte síndrome de abstinencia, el 18 de marzo de ese año perdió el control ante el llanto de su hijo de tres años. Decidió tomarlo de los pies y estrellarlo contra el piso. El menor murió a causa de los impactos. El hermanito de dos años sufrió el mismo destino.

Existe la versión de que, para deshacerse de los cuerpos, Evangelina intentó incinerar los restos de sus hijos en el horno de la cocina. Lo cierto es que la mujer colocó los cuerpos en una mesa y con la ayuda de varios cuchillos los redujo a trozos para después sembrarlos en dos macetones que adornaban el apartamento.

Fue el hermano menor de Evangelina quien acudió a la policía, después de notar la ausencia de los niños.

Evangelina fue condenada a 20 años de prisión, castigo que cumplió en el penal estatal Ignacio Allende, donde se convirtió en juguete sexual de hombres y mujeres relacionados con ese lugar de encierro.

En 2006, la ex reina de carnaval, esa vez evitando cualquier reflector, fue puesta en libertad.


Evangelina Tejera Bosada

Thewomanwhokill.blogspot.com

Evangelina Tejera Bosada nació en 1965 en Veracruz, Ver., (México). Fue hija de Jaime Tejera Suárez, un prestigiado médico que, sin embargo, transformó su casa en una prisión, encerrando a su esposa, maltratándola igual que a sus hijos, y llegando a apuntarles con una pistola en un arranque de furia causado por su alcoholismo.

Tras el divorcio de sus padres, su hermano menor, Juan Miguel Tejera Bosada, permaneció con su madre. Evangelina estuvo también con ella un buen tiempo. Sus padres se separaron cuando ella tenía nueve años. Después, los problemas económicos fueron la constante.

Su madre le reprochaba muchas cosas: entre ellas, ser mujer y ocasionar gastos. Evangelina estudió hasta la mitad del tercer grado de secundaria. Después se acercó a su padre. Este la convirtió en una sustituta de la madre: invirtió en ella tiempo y dinero para tratar de pulir su educación.

Fueron los años dorados de la chica. Jugaba al tenis, tocaba el piano, asistía a cenas y eventos sociales acompañada siempre de su progenitor. Se transformó en una hermosa mujer muy blanca, rubia, con grandes y expresivos ojos verdes.

Las fiestas del Carnaval de Veracruz son uno de los acontecimientos sociales más importantes de esa ciudad. Cada año, en febrero, se celebra el Carnaval. Carros alegóricos, desfiles, disfraces, comparsas, fiesta en las calles. Como marca la tradición de los carnavales, se elige a una pareja real, los llamados «Monarcas de la Alegría»: el «Rey Feo» y la «Reina del Carnaval».

En Veracruz, este cargo lo obtiene quien recauda mayor cantidad de dinero a través de una especie de campaña. Gracias a las influencias de su padre, Evangelina fue seleccionada. Se convirtió en la Reina del Carnaval de Veracruz en 1983. Su nombre como reina era Evangelina Segunda. Para entonces tenía dieciocho años y un brillante porvenir. A su lado estaba el «Rey Feo»: Octavio Mardones «Tavo», un barbudo y obeso adolescente.

El entonces gobernador del estado de Veracruz, Agustín Acosta Lagunes, accedió a coronar a Evangelina. Sin embargo, al final no asistió. En las semanas anteriores al Carnaval, la muchacha se dedicó a asistir a reuniones de sociedad, siempre del brazo de su padre.

El otro lado de la historia era la necesidad de Evangelina de relacionarse con hombres que la maltrataran. Varios de sus novios de adolescencia lo hacían. Al tiempo que su fotografía aparecía en los periódicos adornando las crónicas de la sección social, ella comenzaba a abusar del alcohol y utilizaba diferentes drogas, las cuáles consumía desde los quince años, principalmente marihuana y cocaína. Pasaba las noches en fiestas y en discotecas famosas como «Perro Salado», el antro más famoso de Veracruz en los años ochenta.

El Carnaval de Veracruz de 1983 vio a Evangelina celebrando al lado de cantantes mexicanas famosas como Lila Deneken y Dulce, y de actores como Abraham Méndez (hermano menor de la actriz Lucía Méndez) y Raymundo Capetillo. Apareció además en el programa televisivo de espectáculos más famoso de la época en México: Siempre en Domingo, así como en varios noticieros y programas de televisión.

El martes 8 de febrero de 1983 comenzó el Carnaval. La gente quemó en la calle un muñeco de tres metros de altura que representaba al mal humor. Al otro día, Evangelina recibió del Comité Organizador el vestido que luciría durante su «reinado». A lo largo de esas jornadas, una constante serían las fotografías de Evangelina rodeada de niños.

El jueves 10 de febrero, Evangelina Segunda coronó al «Rey Feo», Tavo Primero, en una ceremonia muy concurrida. El viernes 11 de febrero a las 19:30 horas comenzó el desfile de Evangelina y su séquito. Salió del Teatro de la Reforma y desfiló por las calles en medio de grupos folklóricos, comparsas, agrupaciones musicales, la Banda de la Marina y alrededor de cincuenta mil personas que la ovacionaban desde las banquetas.

La chica iba radiante; su vida era una fiesta, su presencia un éxito. Como una ironía, la reina popular llegó hasta el Parque Zamora y a las calles de Independencia y Rayón, justo enfrente de un tétrico edificio de departamentos donde, tiempo después, Evangelina cometería los crímenes que destrozarían a la sociedad de aquella ciudad costera.

La chica que aparecía en los periódicos poco a poco se alejó de los reflectores. Se relacionó con un hombre con el cual vivió un tiempo. Tuvo dos hijos con él: Jaime y Juan Miguel Tejera Bosada. El padre de los niños nunca los reconoció y por eso llevaban los mismos apellidos de su madre. Luego él la abandonó.

Se hizo amante de un médico muy afamado, casado, quien también terminó por dejarla. Evangelina le pidió ayuda a su familia, quienes a regañadientes accedieron a encargarse de su manutención y la de sus hijos. Tenía continuos conflictos con su hermano menor. Además, era conocida su tendencia casi patológica a mentir e inventar historias descabelladas donde ella era la protagonista. Su mitomanía sería uno de los rasgos de personalidad más acusados.

Evangelina se mudó al edificio de departamentos de la Lotería Nacional, arriba del local de Telas de México, en la esquina de las calles Rayón e Independencia, frente al Parque Zamora, donde seis años atrás había terminado su desfile inicial como Reina del Carnaval.

Arregló su departamento, el 501, y colocó plantas en unos enormes macetones color cobre. Allí, sola, comenzó a dar grandes fiestas. Para entonces, su adicción a la cocaína le provocaba episodios de agresividad. Sus hijos vivían con ella. Evangelina los encerraba en una recámara mientras se celebraban las fiestas en la sala y la recámara restante. Corrían el alcohol y la cocaína, y el sexo era la constante.

La mayoría de los asistentes eran jóvenes de la alta sociedad veracruzana, los herederos de las familias pudientes. Evangelina también consumía grandes cantidades de medicamentos, entre ellos Tegretol, Lexotan y Valium. Los familiares de Evangelina se escandalizaban ante las continuas noticias de los excesos de la chica. Poco a poco le cortaron los apoyos y la alejaron del círculo familiar.

En 1989, Evangelina no pudo más. Su madre había dejado de ayudarla económicamente y no tenía trabajo. Vivía de lo que le iban prestando. No tenía dinero y el poco que obtenía lo gastaba en droga. Extrañaba los viejos tiempos, la atención de la gente, el impostado glamour de ser una ex Reina del Carnaval de Veracruz. Además, sus hijos la fastidiaban. No podía mantenerlos y tampoco lo deseaba. Los golpeaba frecuentemente o los dejaba abandonados durante días, sin comer, encerrados en el departamento.

Según algunas versiones, fue durante un acceso de furia a causa del llanto de los niños, que Evangelina explotó. Otros mencionarían que estaba drogada y por ello perdió el control. El caso es que el 18 de marzo de 1989 a las 10:30 horas, Evangelina aprovechó la soleada mañana para realizar su propósito. Tomó de los pies a Jaime, el mayor de los niños, de apenas tres años de edad, y lo azotó repetidamente contra el piso, destrozándole el cráneo. No se detuvo hasta cerciorarse de que estaba muerto.

Fue después por Juan Miguel, el menor, quien tenía dos años. Lo ejecutó de la misma manera en la sala de aquel departamento. Los golpes astillaron el cráneo de los pequeños y los fragmentos óseos se incrustaron en el cerebro. El suelo quedó manchado de sangre que la asesina ni siquiera se molestó en limpiar.

Una versión señala que metió los dos cuerpos al horno de la cocina, con la finalidad de incinerarlos para después poder deshacerse de las cenizas tirándolas en cualquier lugar. Pero el horno no tenía la potencia suficiente, por lo que los cadáveres solamente se cocieron.

Lo que siguió quedaría grabado para siempre en la memoria colectiva de la ciudad. Evangelina colocó los cadáveres sobre la mesa. Después tomó varios cuchillos para cortar carne. Con frialdad y metódicamente, desmembró a sus dos hijos. Les cortó las piernas, cercenó sus brazos, y finalmente les arrancó la cabeza. Tras dejar el tronco, procedió a enterrar los trozos en los enormes macetones que poseía. Depositó allí los cadáveres y después rellenó con tierra el espacio faltante. Luego arregló las plantas que adornaban aquel lugar.

Liberada de sus hijos, Evangelina aún se dio tiempo para llevar los macetones y colocarlos en la terraza de su departamento. La gente podía contemplarlos desde la calle; muchas personas los vieron. Allí permanecieron más de un mes, mientras Evangelina continuaba con su vida. La ropa y los juguetes de los niños se quedaron donde estaban en el momento de su muerte; nunca guardó sus cosas.

Según una versión muy difundida, alguna vez se permitió incluso una broma con una amiga que la visitó: le mostró las plantas que colmaban los macetones y le dijo que crecían así porque las abonaba muy bien.

Fue su hermano menor, Juan Miguel, quien tenía diecinueve años de edad, quien sospechó sobre la extraña ausencia de sus sobrinos. Sería ante él que Evangelina, en un arranque de llanto, confesó que los niños estaban en las macetas. Su hermano acudió de inmediato a la policía y la denunció.

Los agentes llegaron al edifico de la Lotería Nacional y entraron al departamento. Revisaron la casa y removieron la tierra y las plantas de los macetones. Los cadáveres estaban totalmente descompuestos.

Sacaron los trozos ante la mirada vidriosa de Evangelina, quien repetía que los niños habían muerto por desnutrición y que ella se había limitado a sepultarlos.

La detuvieron de inmediato y la trasladaron a la agencia del Ministerio Público. Ella se justificó diciendo que padecía trastornos psiquiátricos y que se encontraba en tratamiento desde un año atrás. Su hermano mencionó la mitomanía de Evangelina.

La detención le causó a Evangelina mucho daño: no podía consumir drogas y presentó síndrome de abstinencia. Le hicieron toda clase de pruebas de laboratorio para averiguar si era adicta y a qué sustancia. También se nombró a un coadyuvante, quien se encargó de que la asesina no pudiera evitar ser encarcelada alegando enfermedad mental.

Presionada por la fiscal Nohemí Quirasco, finalmente se derrumbó. Aunque el abogado de Evangelina rechazaba constantemente el interrogatorio de la fiscal, esta terminó por derrotar psicológicamente a la antigua reina.

Ante los periodistas que alguna vez la ensalzaron y que ahora la acribillaban con preguntas, lloró y les pidió que la dejaran en paz. Los medios del puerto de Veracruz se engolosinaron con la historia: la caída de la Reina vendía cientos de periódicos.

El juez primero de primera Instancia, Carlos Rodríguez Moreno, dictaminó que Evangelina sí había matado a sus hijos. Se basó para ello en las pruebas periciales, los testimonios y las opiniones de expertos. También se pronunció sobre la salud mental de Evangelina, tratando de que no se le encarcelara, pues opinaba que era una enferma mental.

Determinó que se le internara en un hospital psiquiátrico. Pero no fue así: Evangelina terminó en el penal «Ignacio Allende», donde fue encerrada junto a los demás criminales. Al principio la mantuvieron sedada y bajo vigilancia para evitar que se suicidara. Luego la dejaron en contacto con los demás reos.

El miércoles 12 de abril de 1989, tras una semana de haber quedado abandonados en el Servicio Médico Forense, los cadáveres despedazados de los niños fueron reclamados por sus familiares. Se celebró una misa en la iglesia de Santa Rita de Casia, a la que asistieron quinientas personas, en la cual el sacerdote pidió a los asistentes no juzgar a Evangelina, ya que eso le correspondía a Dios.

Luego los cuerpos fueron trasladados por las mismas calles que años atrás recorriera su madre encabezando desfiles. La gente vio pasar el cortejo fúnebre. Muchas mujeres lloraban, otras gritaban insultos contra la asesina. Un grupo de ellas esperó al cortejo con pancartas, a la entrada del Panteón Municipal, pidiendo castigo ejemplar para la ex Reina del Carnaval.

En el Penal de Allende, Evangelina compartió celda con Virginia Juárez Fernández, quien el tres de septiembre de 1999 mató a machetazos a su esposo. El infierno carcelario la golpeó de lleno: hacinamiento, pésimas condiciones sanitarias, mala comida, trato déspota de parte del personal, agresiones de los otros presos, mal servicio médico. Y por encima de todo, el estigma de ser una filicida. Sufrió agresiones de parte de otras reas mientras afuera la sociedad porteña pedía su cabeza.

El juez Samuel Baizabal Maldonado la sentenció a veinte años de prisión, la máxima pena en ese momento. Purgó buena parte en el penal «Ignacio Allende». Allí trató de realizar actividades positivas: daba clases de aerobics a las otras presas y la nombraron Reina del Carnaval de los Presos; por segunda ocasión, era una reina de fantasía. La reubicaron.

En la cárcel de Perote ganó una mención honorífica en el certamen literario «Cartas a la Sociedad». Su texto era «una reflexión sobre la familia, hermandad, amistad y de la oportunidad que merecen aquellas personas que en un momento de la vida equivocaron el camino», un eufemismo para definir el asesinato a sangre fría. Luego fue trasladada de prisión en prisión. De Veracruz la llevaron a Perote, luego a la cárcel de Amatlán, después a la de Pacho Viejo y finalmente al Penal Duport-Ostión de Coatzacoalcos.

En la cárcel siguió consumiendo drogas y además se convirtió en mujer de varios criminales. Para los años noventa, comenzó una relación amorosa con un hombre temible: Oscar Sentíes Alfonsín «El Güero Valle», nacido en Cosamaloapan (Veracruz) y encargado de traficar con drogas dentro del reclusorio.

Tras convertirse en su amante, Evangelina fue protegida por el peligroso reo. Sentíes Alfonsín era narcotraficante y sicario, además de pertenecer a un grupo delictivo muy célebre en México: «Los Zetas». Fue el responsable de varios motines frustrados en la cárcel. Otra vez, Evangelina era la Reina. Otra vez, el círculo en que se movía, esta vez el carcelario, la respetaba.

En mayo de 2006, Sentíes Alfonsín se acercó a un funcionario del Gobierno del Estado, aprovechando su presencia en la prisión con motivo del nombramiento de Omar Oceguera como director del penal Duport-Ostión en Coatzacoalcos. Le solicitó la preliberación de Evangelina. El funcionario no podía negarse a la petición de un Zeta. Un mes después, el entonces Director de Prevención y Readaptación Social, Zeferino Tejeda Uscanga, firmó la preliberación de «La Reina del Carnaval».

Evangelina no abandonó a su hombre. Siguió viviendo con él dentro de la cárcel, ya en calidad de mujer libre. Dos meses después, Sentíes Alfonsín moría a manos de otro preso, que le asestó veinte puñaladas. Esta vez, Evangelina salió. Abandonó el penal y se marchó de Coatzacoalcos. Acudió a firmar el libro de preliberados al penal de Pacho Viejo en Xalapa durante mucho tiempo. Después se perdió. Los rumores afirmaban que se había convertido en la pareja de otro integrante de «Los Zetas».

Pese al tiempo transcurrido desde los asesinatos, la historia de Evangelina caló hondo en el imaginario popular. Periodistas y escritores abrevaron en su caso. Antonio Salgado la incluyó en su libro Mujeres asesinas, Fernanda Melchor elaboró sobre ella el premiado reportaje «La rubia que todos querían», publicado en Replicante, una revista de circulación nacional, y en su libro de crónicas Aquí no es Miami.

Y el escritor Gabriel Fuster la hizo protagonista de «En las puertas del milenio», un cuento donde Evangelina huye del Infierno junto con «Jack el Destripador» y Henry Landrú para reencontrar a sus hijos muertos. Se convirtió en una figura central en los chistes («Evangelina quería poner un Jardín de Niños») e invocada para disciplinar a los infantes: «Si te portas mal, vendrá la Reina Asesina por ti».

El edificio donde se encontraba su antiguo departamento se incendió a finales de los noventa. Los dueños decidieron desalojar a los otros inquilinos y finalmente, se convirtió en una propiedad abandonada, presa del deterioro. Nunca volvió a ocuparse. Aún forma parte de los escenarios veracruzanos para anécdotas sobrenaturales, incluida la leyenda de que los fantasmas de los dos niños se aparecen en ese lugar, gritan, piden ayuda o juegan en las escaleras…

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