Encarnación Jiménez Moreno

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Encarnación Jiménez Moreno

La Mataviejas

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Robos
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 18 abril / 8 julio 2003
  • Fecha de detención: 15 de julio de 2003
  • Fecha de nacimiento: 1964
  • Perfil de las víctimas: María Iribarren Gallues, de 97 años / Luisa Trueba, de 64
  • Método de matar: Asfixia
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Condenada a 137 años de prisión el 6 de julio de 2007
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Encarnación Jiménez Moreno, «La Mataviejas»

Misterioestelar.blogspot.com

31 de julio de 2013

Encarnación Jiménez Moreno, de 38 años de edad y etnia gitana sería conocida como la «mataviejas» por el robo a 20 ancianas que estaban solas en su domicilio y por acabar con la vida de dos de sus víctimas, tras apalearlas, amordazarlas y asfixiarlas.

La vida de Encarnación Jiménez transcurre como la de cualquier ama de casa normal. Esta mujer vive con tres de sus cinco hijos en el barrio de Hortaleza. Su marido trabaja como albañil y ella se dedica a cuidar del domicilio familiar. Hasta ahí, una familia madrileña más, pero la realidad es diametralmente opuesta.

Detrás de esta vida pública de Encarnación Jiménez se encuentra una de las supuestas ladronas y asesinas más peligrosas y prolíficas que se recuerdan en los últimos años en España. Su forma de trabajar incluye una violencia desmesurada con sus víctimas: destacan palizas por todo el cuerpo, rotura de varios huesos y amenazas de muerte.

Según la policía, Jiménez espació mucho sus robos. Al principio cometió un asalto cada cuatro o cinco días, pero después, al sentirse segura, los incrementó hasta realizar dos diarios. Los primeros robos y agresiones resultaban inconexos, lo que dificultó, según los investigadores, su detención. Pero conforme aumentaba su autoconfianza se descubrió que utilizaba la línea 5 del metro (Canillejas-Casa de Campo) para desplazarse, lo que puso en jaque a la policía madrileña.

Siempre trabajaba de la misma manera. Acudía a los edificios más antiguos de barrios donde viven personas mayores. Con la excusa de vender joyas o ropas entraba en los edificios. Subía al último piso y bajaba por las plantas hasta que encontraba a su víctima. Entonces las engatusaba para que abrieran la puerta. A veces simulaba ataques de tos o pedía fuego para fumar. Cuando la anciana abría, le preguntaba si estaba sola y pedía incluso que saliera un familiar para que la asesorara en la eventual compra. Si su víctima decía que estaba sola, comenzaba a actuar.

Primero las asestaba un fuerte empujón contra la pared. Las llevaba hasta la última habitación del piso para que no las oyera nadie. En el trayecto, según la versión oficial, les propinaba todo tipo de golpes e insultos. Después dejaba tiradas a sus víctimas en el suelo y las amordazaba con sus propias ropas o con otras que cogía de los armarios de la casa. Antes las sometía a un arduo interrogatorio para saber dónde guardaban las joyas y objetos de valor, incluido el dinero en efectivo. En alguna ocasión fracturaba algún miembro de las ancianas, como ocurrió en un asalto en la plaza de Bami (Ciudad Lineal), cuando una octogenaria sufrió fractura abierta de tibia y peroné después de que Jiménez le partiera, supuestamente, la pierna con el canapé de la cama al negarse la víctima a confesar dónde estaban los objetos de valor.

El primer crimen lo cometió el 18 de abril, cuando la condenada se abalanzó sobre su víctima María Iribarren Gallues, de 97 años, en el centro de Madrid, a quién amordazó tapándole la boca con el vestido de una muñeca. Tras ello, le ató las manos a la espalda y los pies con prendas de vestir, provocando así su muerte por asfixia.

El segundo crimen lo realizó el 8 de julio de 2003, cuando llamó a la puerta de un domicilio asegurando que vendía joyas. Así, entró en el piso y ató a la anciana de pies y manos con una blusa, unos calcetines y un cinturón. También le anudó un pantalón de pijama alrededor del cuello, lo que ocasionó su muerte por asfixia.

Encarnación amordazaba a las ancianas con ropa que encontraba en la misma casa que asaltaba: con camisones, medias, pañuelos, calcetines, corbatas o cinturones. Dos de las mujeres atracadas lograran desatarse y salir a la calle a pedir auxilio cuando la encausada se dedicaba a desvalijar la casa.
Sin embargo, como ladrona dejaba bastante que desear, ya que cometió bastantes errores que permitieron la imputación de 20 robos: fumaba siempre varios cigarrillos de la marca Fortuna. Perpetraba los asaltos a cara descubierta y no utilizaba guantes, por lo que ha dejado sus huellas, además de pelos, en casi todos los domicilios.

«Con todas las reservas y prudencia, todo hace pensar que se trata de un trastorno antisocial o disocial de la personalidad, lo que antiguamente se conocía como psicópata», explicaba el jefe del servicio de psiquiatría del hospital de la Princesa (Madrid), el doctor Eduardo García-Camba. El especialista destacaba «la frialdad, la reincidencia, la mentira y la agresividad» que utilizaba Jiménez en sus robos. «Dos detalles resultan muy importantes, como son la ausencia del sentimiento de culpabilidad y su comportamiento impulsivo».

La Audiencia Provincial de Madrid condenó a 137 años de prisión a Encarnación Jiménez Moreno por acabar con la vida de dos ancianas y robar a otras quince en sus viviendas de la capital, en su mayoría en el barrio de Salamanca, entre abril y julio de 2003.

En la sentencia, el tribunal considera a Encarnación, que sufre una alteración de personalidad grave, autora de un delito de homicidio, quince de robo con violencia en concurso ideal con allanamiento de morada, con la agravante de reincidencia y abuso de superioridad, diez de detención ilegal y ocho de lesiones, entre otros.

Según sentencia se la condenó también a pagar 72.000 euros a los herederos de sus víctimas mortales, María Iribarren, de 96 años, y Luisa Trueba, de 64 años, por los daños morales, así como un total de 104.335 euros para las ancianas asaltadas.


Condenan a «la mataviejas» a 137 años por dos crímenes y 15 robos en 4 meses

ABC.es

7 de julio de 2007

La Audiencia Provincial de Madrid ha condenado a 137 años de prisión a Encarnación Jiménez Moreno, conocida por «la mataviejas», por acabar con la vida de dos ancianas de 96 y 64 años y robar a otras quince en sus casas de la capital, en su mayoría en el barrio de Salamanca, entre abril y julio de 2003, informa Europa Press.

El tribunal rebaja a casi la mitad la petición fiscal, que reclamó una pena de 223 años para la mujer al incluir en su acusación tres asesinatos en grado de tentativa. La acusada, de etnia gitana, siempre utilizaba el mismo «modus operandi» en sus atracos: llamaba a la puerta de las viviendas en las que sabía que vivían ancianas solas, las empujaba violentamente hacia el interior y les ataba los pies y manos. Tras ello, desvalijaba sus casas.

El tribunal considera a Encarnación, que sufre una alteración de personalidad grave, autora de un delito de homicidio, quince de robo con violencia en concurso ideal con allanamiento de morada, con la agravante de reincidencia y abuso de superioridad, diez de detención ilegal y ocho de lesiones, entre otros.

Ella no «recuerda nada»

En cuanto a la indemnización, la procesada tendrá que pagar 72.000 euros a los herederos de sus víctimas mortales, María Iribarren, de 96 años, y Luisa Trueba, de 64 años, por los daños morales, así como 104.335 euros para las asaltadas.

Encarnación, que no recordó nada de lo ocurrido durante su declaración, se valió de diversas excusas, desde hacerse pasar por mujer de la limpieza o simular que vendía artículos de joyería. La sentencia cuenta con un voto particular formulado por uno de los magistrados que componen el tribunal, que discrepa respecto a la pena impuesta relativa a dos asaltos perpetrados, al considerar los hechos constitutivos de un asesinato, lo que supondría una pena de 17 años y medio de cárcel, y otro asesinato en grado de tentativa, con una pena de 12 años y medio de prisión.

El primer crimen lo cometió el 18 de abril de 2003, cuando la ahora condenada se abalanzó sobre su víctima, a quien amordazó tapándole la boca con el vestido de una muñeca. Tras ello, le ató las manos a la espalda y los pies con prendas de vestir, provocando su muerte por asfixia.

El segundo crimen lo perpetró el 8 de julio de 2003, cuando llamó a la puerta de un domicilio asegurando que vendía joyas. Así, entró en el piso y ató a la anciana de pies y manos con una blusa, unos calcetines y un cinturón. También le anudó un pantalón de pijama alrededor del cuello, lo que ocasionó su muerte por asfixia.

Encarnación amordazaba a las ancianas con ropa que encontraba en la misma casa que asaltaba: con camisones, medias, pañuelos, calcetines, corbatas o cinturones.

Dos víctimas lograron zafarse

Dos de las atracadas lograron desatarse y salir a la calle a pedir auxilio, mientras la ya condenada, desvalijaba el domicilio. En el juicio, que se celebró entre mayo y junio, varios peritos certificaron ante el tribunal que Encarnación dejó sus huellas y diversos rastros biológicos con su ADN en la mayoría de los domicilios de las personas a las que asaltó, en algunos casos agrediéndolas físicamente.

En las sesiones, algunas de sus víctimas describieron el modo en que Encarnación llevaba a cabo sus atracos. «Yo estaba fregando la entrada de la casa, vino esta señora, me pidió agua y entré en casa a por un vaso, y sin que me diera cuenta entró detrás de mí y cerró la puerta de la casa por dentro», explicó una de ellas.

«La señora me dijo: «Esto es un atraco», me ató los pies y manos con el pijama de mi marido y me tapó la boca con un trapo», añadió esta víctima, que acusó a Encarnación de robarle 800 euros y algunas joyas.


La extraña ‘mataviejas’

F. Javier Barroso – ElPais.com

20 de julio de 2003

La policía sigue con bastantes dudas todavía en el caso de Encarnación Jiménez Moreno, de 38 años. Esta mujer fue arrestada el pasado martes en el madrileño distrito de Usera, acusada de robar a 20 ancianas que estaban solas en su domicilio y de haber acabado con la vida de dos de sus víctimas, tras apalearlas, amordazarlas y asfixiarlas. Los investigadores se preguntan cómo es posible que antes de su primer robo (el pasado 18 de abril) no hubiera perpetrado otros crímenes.

La vida de Encarnación Jiménez es propia de un caso de película. Esta mujer vive con tres de sus cinco hijos en el barrio de Hortaleza. Su marido trabaja como albañil y ella se dedica a cuidar del domicilio familiar. Hasta ahí, una familia madrileña más, pero la realidad es diametralmente opuesta.

Detrás de esta vida pública de Encarnación Jiménez se encuentra una de las supuestas ladronas y asesinas más peligrosas y prolíficas que se recuerdan en los últimos años en España. Su forma de trabajar incluye una violencia desmesurada con sus víctimas: destacan palizas por todo el cuerpo, rotura de varios huesos y amenazas de muerte.

Según la policía, Jiménez espació mucho sus robos. Al principio cometió un asalto cada cuatro o cinco días, pero después, al sentirse segura, los incrementó hasta realizar dos diarios. Los primeros robos y agresiones resultaban inconexos, lo que dificultó, según los investigadores, su detención. Pero conforme aumentaba su autoconfianza se descubrió que utilizaba la línea 5 del metro (Canillejas-Casa de Campo) para desplazarse, lo que puso en jaque a la policía madrileña.

Siempre trabajaba de la misma manera. Acudía a los edificios más antiguos de barrios donde viven personas mayores. Con la excusa de vender joyas o ropas entraba en los edificios. Subía al último piso y bajaba por las plantas hasta que encontraba a su víctima. Entonces las engatusaba para que abrieran la puerta. A veces simulaba ataques de tos o pedía fuego para fumar. Cuando la anciana abría, le preguntaba si estaba sola y pedía incluso que saliera un familiar para que la asesorara en la eventual compra. Si su víctima decía que estaba sola, comenzaba a actuar.

Primero las asestaba un fuerte empujón contra la pared. Las llevaba hasta la última habitación del piso para que no las oyera nadie. En el trayecto, según la versión oficial, les propinaba todo tipo de golpes e insultos. Después dejaba tiradas a sus víctimas en el suelo y las amordazaba con sus propias ropas o con otras que cogía de los armarios de la casa. Antes las sometía a un arduo interrogatorio para saber dónde guardaban las joyas y objetos de valor, incluido el dinero en efectivo.

En alguna ocasión fracturaba algún miembro de las ancianas, como ocurrió en un asalto en la plaza de Bami (Ciudad Lineal), cuando una octogenaria sufrió fractura abierta de tibia y peroné después de que Jiménez le partiera, supuestamente, la pierna con el canapé de la cama al negarse la víctima a confesar dónde estaban los objetos de valor.

Sin embargo, como ladrona dejaba bastante que desear, ya que cometió bastantes errores que permitieron la imputación de 20 robos: fumaba siempre varios cigarrillos de la marca Fortuna. Perpetraba los asaltos a cara descubierta y no utilizaba guantes, por lo que ha dejado sus huellas, además de pelos, en casi todos los domicilios.

«Con todas las reservas y prudencia, todo hace pensar que se trata de un trastorno antisocial o disocial de la personalidad, lo que antiguamente se conocía como psicópata», explica el jefe del servicio de psiquiatría del hospital de la Princesa (Madrid), el doctor Eduardo García-Camba.

El especialista destaca «la frialdad, la reincidencia, la mentira y la agresividad» que utilizaba Jiménez en sus robos. «Dos detalles resultan muy importantes, como son la ausencia del sentimiento de culpabilidad y su comportamiento impulsivo. Es difícil saber cuándo empezó a delinquir, pero resulta extraño que comenzara hace unos pocos meses», añade García-Camba.

La policía también mantiene esta tesis y ha difundido profusamente su retrato para saber si ha delinquido antes del 18 de abril, cuando asfixió a María Iribarren Gallues, de 97 años, en el centro de Madrid. «Esperamos que cuando las ancianas vean la imagen puedan salir más casos», afirma el inspector del Grupo de Robos y Atracos de la Policía Judicial de Madrid, Santiago Calvo.

El caso de Jiménez tiene recientes antecedentes en España. José Antonio Rodríguez Vega, de 40 años, mató a 16 ancianas entre abril de 1987 y abril de 1988. El teniente coronel Leopoldo Sanz le detuvo gracias a que se percató de que todas las víctimas habían cambiado semanas antes de su muerte la puerta de entrada a sus casas. En todos los casos Rodríguez había sido el asesino. Éste murió asesinado por otros dos reclusos en 2002 en la cárcel de Topas (Salamanca).


Detenida la mujer que mató a dos ancianas y robó en veinte casas

Lorenzo Calonge – LaVozdeGalicia.es

17 de julio de 2003

La acusada entraba en viviendas de personas mayores, a quienes amordazaba y desvalijaba.

Buscaba edificios antiguos, actuaba sola, por las mañanas y nunca los domingos.

Las colillas de una marca de tabaco poco común han sido la prueba definitiva para detener a Encarnación Jiménez Moreno, de 39 años, como presunta autora de los asesinatos de dos ancianas y de veinte robos con violencia en los últimos tres meses en Madrid.

La acusada, de etnia gitana, se hacía pasar por mujer de la limpieza o por vendedora de joyas para acceder a los domicilios de personas mayores que se encontraban solas en esos momentos. Una vez dentro, amenazaba, golpeaba e inmovilizaba a sus víctimas «con grave riesgo para sus vidas», según el delegado del Gobierno en la comunidad, Francisco Javier Ansuátegui, para poder robar con total tranquilidad.

Sin embargo, en dos casos fue más allá y mató a dos mujeres: María Iribarren, de 97 años, el pasado 18 de abril en el distrito de Villaverde; y Luisa Trueba, de 64 años, hace apenas una semana, también en Villaverde. Ambas fallecieron por asfixia, ya que Encarnación Jiménez les introdujo una prenda en la boca para impedir que pudieran pedir auxilio. La policía encontró el anillo de una de ellas en la vivienda de la detenida.

La llamada de una vecina al 091 alertando de una mujer «morena, de aspecto agitanado y mal vestida» puso a la policía sobre la investigación del caso.

Pruebas «inequívocas»

El inspector jefe del Grupo de Atracos explicó que Jiménez Moreno se trata de una mujer «fría y calculadora que sabía lo que hacía». Buscaba edificios antiguos, habitados por personas de edad avanzada; actuaba siempre por las mañanas y nunca los domingos, para evitar las visitas familiares a las víctimas. En un principio, cometía un atraco por semana, aunque luego subió la cifra hasta dos asaltos por día. Siempre sola, nunca acompañada.

La policía nacional ha encontrado pruebas «inequívocas» suyas en trece de los veinte atracos que se le imputan, bien en huellas o a través de fotografías, pero no se descarta que pudiera estar involucrada en otros delitos ocurridos en algunas localidades de la región.

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