Emilia Basil
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Canibalismo - Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 24 de marzo de 1973
  • Fecha de detención: 28 de marzo de 1973
  • Fecha de nacimiento: 1911
  • Perfil de las víctimas: José Petriella, 65 (su amante)
  • Método de matar: Estrangulación con cuerda de nylon
  • Localización: Buenos Aires, Argentina
  • Estado: Condenada a 10 años de prisión en 1973. Puesta en libertad en noviembre de 1979
Leer más

Emilia Basil

Jorge Omar Charras

A Emilia Basil nunca le importó ser fea. Sus problemas familiares y económicos la llevaron a concentrarse más en la supervivencia que en la felicidad. Había nacido en el Líbano en 1911. En los años 40, y por motivos insondables, llegó a la Argentina en un carguero desvencijado y con olor a podrido. Estaba sola. Estaba aburrida de tanto viaje. Estaba desesperanzada.

Se instaló en Buenos Aires en una pensión cercana al puerto. Tenía un par de direcciones de libaneses que estaban viviendo en la ciudad, pero nunca los buscó. Tampoco los conocía. La dueña de la pensión, Dora Ramos, fue quien le enseñó las primeras palabras en español. Emilia le pagaba, pero además le ayudaba en la limpieza y, sobre todo, en la cocina. No lo hacía por afecto hacia Dora sino por puro cálculo. Sabía que era necesario caerle bien a esa mujer, de la que en parte dependía su futuro.

La posadera era una mujer acostumbrada a recibir inmigrantes y tenía, además, la manía de comer siempre que aparecía un extranjero le pedía que preparase platos de su tierra. La comida libanesa resultó ser una de sus preferidas y Emilia, por ser la cocinera, logró por primera vez en su vida sentirse aceptada.

Poco tiempo después, Emilia consiguió empleo en un frigorífico. Le dijeron que era trabajo para un hombre. Pero la pondrían a prueba, como un gesto de amistad hacia la dueña de la pensión, que ya les había advertido acerca de la excepcional fortaleza física de la libanesa.

En ese frigorífico de la zona de Barracas, Emilia consiguió su primer amante local un español bajito y transpirado que hacía lo mismo que ella, cortar las reses en trozos. La relación era clandestina, el hombre era casado. Pero Dora Ramos no tardó en enterarse y en recriminarle el hecho de haber elegido un hombre con el que no tendría chances matrimoniales. Emilia no se molestó en defenderse. “Es lo que hay”, dijo.

Pasaron diez años. Emilia vivía siempre en la pensión, siempre cocinaba empanadas y guisos árabes, seguía trabajando en el frigorífico y, acaso, tenía otros amantes. Pero un día, en un bar de Constitución, conoció a Felipe Coronel Rueda, un peruano trece años menor que ella. Morocho, esmirriado, insignificante, Rueda se acercó a la mesa de Emilia a quien ya conocía por haberla visto en el frigorifico. El peruano era el encargado de compras de un restaurante céntrico, y cada vez que iba a comprar la carne se asombraba de ver a esa mujer bajita y musculosa, de manos grandes y rasgos petreos, cortando reses sin levantar jamás la vista de su tabla de trabajo.

A Emilia no le gustaba el hombre. Pero menos le gustaba la idea de quedarse sola o con amantes que no le servían para formar una familia. Rueda, en cambio, se enamoró a pesar de las bromas de sus amigos, que no podían creer que el tipo se quedara con una mujer fea y trece años mayor.

Se casaron pocos meses después y se mudaron a una casa de la calle Garay al 2200, donde instalaron un restaurante llamado Yamile. Ellos vivían en los fondos, lindando con un italiano, José Petriella, soltero, amargado, adusto, arruinado. De hecho, era el anterior dueño de la propiedad pero, a causa de una mala administración de su dinero, había terminado vendiéndosela a Rueda. El peruano pagó una parte en efectivo y el resto prometió entregarlo en módicas cuotas. A cambio de haber aceptado la postergación del pago total, Petriella podría vivir a perpetuidad en el último de los cuartos, un lugar oscuro que había sido un depósito.

Sin embargo, Petriella estaba a gusto en su pocilga, sentía cierta afinidad espiritual con el lugar, como si él estuviera tan arruinado como su vivienda. Pero lo que más le gustaba era la sensación de encierro absoluto, en su cuarto estaba aislado de la calle, y la calle le producía desde siempre un miedo inmanejable. Salía lo menos posible, solamente para cumplir con sus tareas de destapador de cañerías, y siempre trataba de combinar los horarios para poder volver a casa cuanto antes.

A todo esto, su cuarto de la calle Garay le había empezado a interesar por otros motivos, Emilia Basil le gustaba. Era lo opuesto a lo que era él mismo, es decir, carecía de todos los defectos que a él le hacían la vida intolerable. Ella era decidida, fuerte, iba de frente, no le tenía miedo a nada y no le intimidaban la calle ni la prepotencia ajena. Era obvio que podía hacerse cargo de toda una familia. Podría, incluso, hacerse cargo de él.

Aunque algunos dudaban de la fertilidad de “la vieja” así la llamaban en la pensión y en el frigorífico, Emilia Basil de Rueda quedó embarazada enseguida. La hija se llamó Florinda Esperanza. Le siguieron Rosa Isabel y Mirta Emilia. Después del nacimiento de esta última, Emilia se negó a las súplicas de su marido, que quería seguir buscando el hijo varón. Argumentó el advenimiento de la menopausia, con lo que además justificó su carácter tremendo.

Emilia cocinaba en el Yamile, limpiaba la casa, cuidaba a sus hijas sin el menor asomo de afecto maternal, y a su marido sin ningún gesto de cariño. Pero, por sobre todas las cosas, se aburría. Cada mañana hacía las compras en el mismo almacén, caminaba por las mismas veredas y, al volver, miraba desde lejos su casa y el frente del restaurante, coronado por un cartel que ella odiaba especialmente: “Manténgase en forma! Tome aperitivo Cynar”. Emilia se preguntaba cada vez para qué tendría uno que mantenerse en forma, si la vida no tenía mayor sentido ni para ella ni por lo que veía a su alrededor, para nadie.

Como se sabe, el aburrimiento puede ser causa de grandes errores. Y Emilia cometió uno, inició un amantazgo peligroso con el italiano Petriella. ¿Le gustaba Petriella? ¿La hacía sentirse bien? ¿Se entretenía, al menos, cuando estaba con él en el cuarto del fondo? Nada de eso. Jamás hubiera entablado una relación con él si no hubiese tenido el adicional del factor riesgo. Lo que la entusiasmaba era, justamente, que Petriella viviera en su casa; lo mejor era acostarse con el tipo a pocos metros de donde su marido hacía las cuentas, las interminables cuentas que daban testimonio de lo precario de la economía doméstica y de la incapacidad crónica de Rueda para los negocios.

Porque el restaurante no funcionaba como Rueda imaginó, aunque ella sí había previsto la catástrofe. Rueda, mal que mal, se había enamorado de su mujer oriental, de su familia nueva, de sus hijas y de la idea de un emprendimiento que lo haría, si no rico, por lo menos autosuficiente. Emilia, en cambio, tenía la frialdad de la mujer casada sin amor y sin esperanzas. “Acá son todos pobres, el restaurante no va a caminar “, había dicho desde el vamos.

Lo cierto es que el fracaso gastronómico impidió que Rueda pudiera pagar las cuotas que debía, y fue ese detalle, además del aburrimiento, lo que acercó a la libanesa y el italiano. Emilia le dijo a su marido, de mala manera, que ella hablaría y se disculparía con Petriella por el retraso a los pagos convenidos. Lo había visto durante años espiándola a través de la ventana de la cocina, mientras ella martillaba la carne para hacer milanesas o mientras lavaba las ollas y los platos.

Cuando se hicieron amantes, Emilia ya tenía el pelo gris y ralo, recogido en un rodete en la nuca, usaba anteojos con aumento y marcos gruesos de carey, pantuflas, vestidos tipo bata, con abotonadura delantera, y sacos tejidos en colores oscuros. Su fealdad primaria se había acentuado de forma notable: estaba arrugada, un rictus amargo le bajaba por la comisura de los labios, y sufría de várices y de una hinchazón crónica en los tobillos. A pesar de todo, el italiano veía en Emilia una mujer potable, que cocinaba bien y sabía llevar su casa; una mujerona como cualquiera de las tantas que recordaba de Italia.

La relación la empezó él, pero la estrategia la armó ella. Fue de lo más sencilla, le golpeó la puerta a las doce y media de la noche. Alarmado, Petriella abrió pensando que alguien de su familia había muerto y llegaban a darle la noticia. Pero la encontró a Emilia, vestida y con un delantal entre las manos, que le dijo si podía pasar porque no podía dormir. Le anunció, a su vez, que su marido había tenido que visitar a un hermano enfermo y que no volvería hasta el día siguiente. Petriella empezó a sacar cálculos frenéticos: ¿Estaría ella insinuándole que quería estar con él? ¿O sería que de verdad no podía dormir? ¿Podría él intentar llevarla a la cama o ella lo denunciaría ante su esposo o acaso ante la misma policía?

De un solo vistazo ella se dio cuenta de las dudas del italiano. Supo que tendría que ser más clara. Entonces dejó la silla donde se había instalado y se sentó junto a él en la cama. Con sus manos ásperas le tocó la cabeza, avergonzada de su propio gesto de ternura, recién entonces Petriella entendió.

El vínculo entre los dos quedó rápidamente estáblecido, era un vínculo sexual entre una sexagenaria libanesa y casada, y un italiano cuatro años mayor pero soltero.

A Emilia la relación le significó varios logros, el primero, posponer su aburrimiento. También era importante que el italiano no insistiera en cobrar su deuda e incluso, le prestara más dinero. Y, por último, pero no por eso menos importante, el italiano le hacía ver que su edad y su fealdad no eran obstáculos para conseguir un amante. Ella también, por qué no, tenía su costado vanidoso.

Pero si algo no tenía Emilia era paciencia. Menos para sostener situaciones que no le interesaban. Con el correr de los días, y hasta se diría que con el correr de los minutos, el hombre que vivía en el cuarto trasero de su casa pasó de ser un amante a convertirse en un estorbo. Al principio estaba muy claro que se verían siempre que ella fuese de noche a golpearle la puerta, con dos golpecitos débiles, una vez que su marido estuviese dormido. Esto pasaba una vez por semana.

Pero al mes, Petriella empezó a reclamar. Dijo que quería verla con más frecuencia porque se estaba enamorando. Ella se negó. Pero él, de todas formas, empezó a acosarla. Iba a un patio interno de la casa, que tenía una ventana que daba a la cocina del restaurante, y golpeaba. Cuando ella lo miraba, él hacía gestos frenéticos para dar a entender que quería verla. Si ella no levantaba la vista de lo que estaba haciendo, él golpeaba más fuerte. En esos momentos, Emilia lo odiaba. Le parecía aún peor que su propio marido. Y eso era demasiado.

La relación, sin embargo, duró unos cuantos meses más. Emilia, no por compasión, sino para darse un margen para pedirle dinero extra, seguía visitando a Petriella y había incrementado la frecuencia de una a dos veces a la semana. Si podía, incluía una tercera visita adicional, sobre todo cuando su marido se volvía especialmente obsesivo en el recuento del dinero o cuando exageraba su papel de extranjero sufrido y victimizado por las circunstancias.

De hecho, a Emilia no dejaba de sorprenderle que ni su marido ni sus hijas tuvieran sospechas acerca de la relación que mantenía con el inquilino. Se dio cuenta de que ella misma se había convertido en un engranaje más de su familia, pero no le molestó, su familia había dejado de importarle, lo mismo que su amante. Pero, entre las dos opciones, prefería a la familia. Había invertido mucho más ahí que en cualquier otro lado.

Una tarde, Petriella advirtió en Emilia todos los síntomas que él ya conocía por sus experiencias pasadas, escasas pero lúgubres, como otras mujeres, ella lo iba a abandonar. La libanesa lo miraba torcido y le explicaba que en ese momento no se podía quedar a hacerle compañía, y que al día siguiente tendría mucho trabajo, y al otro iría de compras, y que por la noche su marido tenía insomnio, y que, en fin, las posibilidades de un próximo encuentro eran mínimas.

Petriella resistió unos pocos días. Pero a la semana no aguantó más: un mediodía fue tan insistente en el golpeteo a los vidrios de la cocina, tan elocuente era la cara que asomó por la ventana, que logró que ella fuera en el acto al cuartito del fondo. Y ahí, por primera vez, dejó de lado la depresiva timidez de su conducta, la conminó a seguir adelante con la relación bajo amenaza de pedirle al marido el dinero que le adeudaba y, además, detallarle la índole de la relación que mantenían. De modo que ahí estaba Emilia, con su rodete gris y sus pantuflas, asediada por un hombre que parecía morir por ella.

Emilia no se impresionó. Le dijo que estaba ocupada pero que a la madrugada pasaría a verlo. La libanesa volvió a la cocina de inmediato. Preparó un enorme guiso de lentejas con albóndigas, matambre al horno con papas y milanesas. Mientras picaba, condimentaba y rellenaba, pensaba en las alternativas que tenía por delante. Era claro que no tenía ninguna intención de perder a la familia que había logrado armar, y tampoco iba a dejarse extorsionar por el italiano, la decisión de terminar con él era irrevocable.

Esa noche Emilia decidió dormir. No iría ala cita deleznable, y arreglaría las cosas al día siguiente. Pero no contó con que el hombre, angustiado por la espera, fuera a golpearle la ventana de su cuarto en plena madrugada. Ella escuchó enseguida el llamado, dos golpecitos tenues, miró a su marido, acostado a su izquierda, ocupando un sector mínimo de la cama. Seguía durmiendo, no había escuchado nada.

Emilia se levantó de un salto, se calzó las pantuflas cuadrillé, se puso los anteojos y buscó una cuerda de nylon que guardaba en un placard. A todo lo que da, fue a la pieza del italiano. Sabía que si no iba, éste despertaría al marido y le contaría todo. Pero también sabía que si cedía terreno, Petriella impondría condiciones y ella tendría que obedecerle o soportar las consecuencias. Se dio cuenta de que estaba en sus manos, pero no podía tolerar estar en las manos de nadie.

Nunca se sabrá si ella decidió ahorcar a Petriella la noche misma en que él le golpeó su ventana por última vez, o si lo había decidido la tarde anterior, cuando él amenazó con contarle la historia a su marido. Lo que sí es seguro es que cuando buscó y encontró la soga, ya había decidido el destino de Petriella.

Así que fue al cuarto del fondo y entró por la puerta semiabierta. Se acercó a Petriella, que acaso por un instante tuvo la ilusión de que su amada le tendía los brazos al cuello para abrazarlo. Pero lo que Emilia hizo fue estrangularlo con la cuerda de nylon. El italiano ofreció alguna resistencia, pero no fue suficiente: el factor sorpresa había sido decisivo. Emilia, con la mirada tan fija en el cuello de su amante como en su momento la tuviera sobre las reses que cortaba en el frigorífico, lo mató enseguida.

Cuando estuvo segura del crimen, acomodó el cuerpo bajo la cama y volvió a su cuarto. Hacía calor, era el 24 de marzo de 1973 Emilia Basil se quitó las pantuflas y se metió en la cama, con su legítimo esposo. Es más, lo miró y hasta sintió cierta ternura por ese hombre que se había casado con ella a pesar de su edad y de su aspecto, y que vivía su vida sin enterarse de nada.

Con su lógica desapasionada, Emilia amaneció haciendo cálculos. Un problema estaba resuelto, Petriella jamás le contaría nada a su marido. La otra cuestión era más complicada de resolver, había que deshacerse del cadáver ¿ Qué se podía hacer con un muerto, dónde esconderlo, dónde tirarlo ?

Estaba claro que no podría arrastrarlo y sacarlo de la casa. Seguramente alguien la vería. El italiano, entonces, tendría que seguir ahí. Pero no podía enterrarlo, no tenían jardín. y si lo dejaba en el fondo, el olor sería insoportable y alertaría a sus hijas y a su marido.

Apeló entonces a su experiencia. y su experiencia la remontaba a dos lugares, el frigorífico y la cocina. Las reses pesaban mucho, pero no tanto si se trozaban, y la carne se conservaba mejor si estaba cocinada y, además, desaparecía al ser ingerida. Estaba todo resuelto, entonces. A Petriella había que cortarlo en pedazos y después cocinarlo. Se cuidaría, eso sí, de probarlo ella misma, o de ofrecérselo a su familia. Para algo tenía a los clientes de su restaurante.

Ese mismo día no haría nada. Pero al día siguiente, su marido estaría en La Plata, adonde tenía que ir para hacer unos trámites, y las hijas jamás estaban durante el día, se iban a trabajar a la mañana temprano y no volvian hasta la noche. Por la tarde, la libanesa se molestó por una visita que no esperaba, el hermano de Petriella, a quien atajó en la puerta del restaurante. “Hace dos días que no lo veo”, le dijo.

A las diez de la mañana del 25 de marzo, Emilia fue al cuarto de Petriella, llevaba dos cuchillos de cocina que acababa de afilar con una piedra, tal como le habían enseñado en el frigorífico. En cuanto vio el cadáver, se alegró de encontrarlo tan distinto de lo que recordaba de su amante en vida. La muerte lo había vuelto rígido, le había marcadouna expresión desconocida en el rostro, le había cambiado el color. Era, casi, como una res. Le sacó la camisa, los pantalones, los calzoncillos y las medias. Cuando estuvo desnudo, lo cortó en pedazos. Buscó las articulaciones y separó brazos, piernas y cabeza. No le dio asco. Se concentró en hacer las cosas bien, como si estuviera trabajando. y una vez que hubo terminado, fué, a su vez, cortando brazos y piernas en más pedazos, aplicaba, a conciencia, una mirada de cocinera. Eran las partes más aptas para el consumo. El tronco y la cabeza, desde ya, no podrían ser usados. No se adaptaban a las recetas que ella conocía desde siempre.

Así, fue llevando en una palangana a quien fuera su amante, trozo a trozo, hasta la cocina. Buscó las ollas más grandes y puso a hervir algunos “cortes”; en unas fuentes para horno puso a asar otros. No se olvidó de condimentar todo. Era probable que la carne humana tuviera un gusto diferente, y había que evitar que alguien sospechara.

Con la carne hervida hizo un guiso y empanadas árabes. Con la carne asada, un salpicón que llenó de mayonesa y huevo duro picado. Cuando todo eso estuvo listo, volvió al cuarto del italiano y encajó el torso en un cajón de manzanas, que sacó a la calle con cierta dificultad. Arriba del torso había puesto cáscaras de fruta y diarios viejos.

En cuanto a la cabeza, la dejaría en hervor hasta que decidiera qué hacer con ella. Por alguna razón, no quería sacarla como si fuera basura, tal como hizo con el tronco. Pensó que la cabeza sería fácilmente reconocible, que la cabeza tenía rostro, que la cabeza tenía ojos.

Esa noche, acaso por un gesto indirecto de cariño tardío, Emilia preparó pasta, lo cual sorprendió a la familia, acostumbrada a comer carne en cada comida. “Si no les gusta, cocinen ustedes! Esto es lo que hay”, les gritó Emilia, haciendo alarde de un ánimo sombrío.

Tres días más tarde, una vecina entabló una charla de barrio con Rosa Isabel, la hija del medio del matrimonio Rueda. Le hizo advertir que había un cajón de manzanas con basura que despedía un alarmante olor a podrido. y le sugirió llamar a la policía. “Ché, ¿no habrá algo raro ahí adentro?” Rosa Isabel, con la excitación de sus 17 años, llamó.

Cuando llegó la policía, encontró el torso de Petriella. Emilia no había tenido en cuenta un detalle muy porteño, los basureros jamás levantan un bulto que pese demasiado.

Los policías se fueron con el torso, pero una vez en la comisaría, un agente recordó una denuncia de un hombre cuyo hermano había desaparecido sin dejar rastros. Fue a buscar los papeles. El hombre en cuestión, el que se había esfumado de su domicilio, vivía en la misma cuadra donde habían encontrado el torso.

Fueron hacia allá, registraron primero la casa vecina a la de los Rueda. No encontraron nada. Después, fueron a lo de Emilia. Buscaron en los cuartos, en los baños, en el living. Hasta que entraron a la cocina. Lo primero que vieron fue un bulto redondo, como de una pelota, envuelto con papel madera. Uno de los policías lo abrió, y lo tiró enseguida sobre la mesada, haciendo un gesto de asco. Era la cabeza. Ya estaba hervida. En cuanto a las empanadas y el salpicón, casi no quedaba nada. Los clientes del Yamile habían comido buena parte.

Lo primero que hizo Emilia Basil en la comisaría fue negar todo. Pero cuando las evidencias la apabullaron, contó cada movimiento, con todo detalle. No lloró. No dijo que estaba arrepentida. No se quebró. Su abogado le dijo que alegara defensa propia. Ella obedeció. En una nueva versión de los hechos explicó que fue su amante quien quiso estrangularla con una cuerda de nylon, y que ella logró arrancársela de las manos y ahorcarlo a su vez.

La fiscalía pidió dieciséis años para la acusada y el juez de sentencia, Salvador María Lavergne, aceptó. Sin embargo, entró en escena un nuevo abogado de Basil, Pedro Bianchi, quien pidió la nulidad del fallo y la logró. El proceso pasó al juzgado de Jorge Sandro. Al fin, la condenaron a diez años de prisión por homicidio simple.

En noviembre de 1979, seis años después del crimen, habiendo cumplido los dos tercios de su condena, Emilia Basil fue puesta en libertad condicional. Una de las policías que la acompañó a la salida del penal le preguntó ¿si tenía algún lugar adonde ir?. Ella usó su crudeza habitual para contestar ” A usted no le importa. Y a mí tampoco”.

Fuente: Libro Mujeres Asesinas, de Marisa Grinstein.


El caso Emilia Basil conmocionó a la ciudad

Paulo Kablan – DiarioPopular.com.ar

El 24 de marzo de 1973, Emilia Basil, de 58 años y oriunda del Líbano, asesinó a su amante, José Petriella, de 60, en un restaurante. La mujer descuartizó el cadáver e hirvió en ollas los trozos del cuerpo. Fue detenida y condenada a 10 años de prisión.

“Yamile” es un nombre de origen árabe que significa mujer bella, graciosa. A Emilia Basil le decían “La Turca”, como a todos los árabes que vinieron a la Argentina. Había nacido en Beirut, Líbano, y había emigrado a nuestro país buscando un futuro mejor. Cuando tuvo la oportunidad de tener su propio comercio, se decidió por un restaurante, y le puso de nombre “Yamile”.

Emilia Basil había vivido en una pensión, donde la dueña la contactó para que tuviera un trabajo. No era precisamente una tarea fácil: tenía que levantarse muy temprano, viajar hasta un frigorífico y allí despostar medias reses. Trabajaba más duro que un hombre. Así pasaron los años hasta que, ya casada con Felipe Coronel Rueda, un obrero peruano, había podido juntar los pesos necesarios para ser propietaria. Para entonces el matrimonio tenía tres hijas.

José Petriella, también inmigrante, había podido crecer económicamente en la Argentina. Había llegado al país, desde su Italia natal, impulsado por el instinto de supervivencia de esos hombres que le escapan a la guerra. Era plomero, ganaba bien y se había comprado un par de propiedades. También le había enviado dinero a dos de sus hermanos para que vinieran a vivir a Buenos Aires.

“El Tano”, allá por los comienzos de la década del setenta, aceptó la propuesta de Emilia: una parte del monto acordado en efectivo y el resto en cuotas. Así “La Turca” tuvo el restaurante “Yamile”, en la avenida Garay 2.201, en el porteño barrio de San Cristóbal.

Pero Petriella se quedaría, en una piecita del fondo de la construcción, hasta que la mujer le saldara la totalidad de la deuda. El negocio iba bien, tenía buena clientela, especialmente con los empleados de Teleonce, que estaba a sólo un par de cuadras. Facturaba bastante, pero no lo suficiente como para levantar rápido la hipoteca.

Felipe, todas las mañanas, poco después de las 4, salía de la casa para ir a trabajar en una fábrica. Petriella salía más tarde, pero cada vez necesitaba menos trabajar como plomero. Si bien era requerido, porque tenía fama de bueno en su oficio, no tenía problemas económicos y para 1973 ya era un hombre de 60 años.

Emilia tenía 58 años, ya le quedaba poco de ese cabello negro azabache tan típico de las mujeres árabes. No ocultaba las canas, no le interesaba. Usaba anteojos para la miopía y vestía casi siempre vestidos enterizos. No era una mujer linda. Pero a Petriella le gustaba. Y la acosaba cuando el esposo se iba a trabajar. Ella aguantaba, dejaba pasar la ofensa porque no tenía alternativa. Si “El Tano” se decidía, podía ejecutar la hipoteca y la mujer no tendría casa, ni negocio, ni nada. Quedaría en la calle con su marido y sus tres hijas.

Vaya a saber por qué razón, cuál fue el detonante, pero un día la mujer no aguantó más. Fue en la madrugada del 24 de marzo de 1973. Era sábado y, como siempre, a las 4,15 Emilia le abrió la puerta a su marido para que saliera a trabajar. Ella, a esa hora, comenzaba a preparar la comida para el mediodía. Desde pucheros y guisos, hasta empanadas árabes y algunos kilos de keppe y tabule para los clientes especiales.

Una vez más, como tantas otras veces, José salió de su habitación y la encaró. Emilia primero lo empujó. Pero el hombre seguía, la manoseaba. Ella, después confesaría, lo dejó para que bajara la guardia. Pero esa vez estaba decidida a todo. Caminó hasta el living de la casa, detrás del restaurante, tratando de no hacer ruido porque sus hijas dormían.

“El Tano” la tocaba, estaba fuera de sí. No se dio cuenta, hasta que sintió la presión, que la mujer le había hecho un lazo en el cuello con una piola de nylon. Ella apretó con una fuerza brutal. Fue solo un minuto de resistencia. Después el plomero empezó a desvanecerse y se cayó. Emilia seguía presionando.

Al cadáver lo metió en un gran cajón de madera y lo tapó con cajones de frutas y bolsas de arpillera. Ahí lo dejó, oculto, hasta la madrugada siguiente. Ella, ese día, trabajó como siempre. Cocinó y atendió a los clientes que llegaban a almorzar abundante y barato.

A las dos de la madrugada del domingo, Emilia se levantó para comenzar la tarea de la jornada. Pero en esa oportunidad, además de cocinar para los clientes, descuartizó el cadáver de Petriella y comenzó a hervir en ollas los trozos del cuerpo. Lo hizo una y otra vez para hacer desaparecer los restos. Algunos, por entonces, dijeron que la carne humana la mezcló con carne de vaca para hacer empanadas, pero eso nunca se pudo probar.

Uno de los hermanos de Petriella lo fue a buscar, pero no lo encontró. Pasaron tres días y radicó la denuncia en la comisaría 18 de la Policía Federal. En el restaurante “Yamile” todos decían que hacía unos días que no lo veían. Que había salido a trabajar y no había regresado.

Pero fue el miércoles 28 a la mañana, cuando una vecina vio un cajón de manzanas lleno de hojas de verduras marchitas, desde donde emanaba olor nauseabundo. Los recolectores de residuos no habían pasado esa noche. Esa mujer lo comentó con una de las hijas de Emilia, quien le contó a la madre. “La Turca” le dijo “no lo toques, llamá a la Policía”. Para ese momento, otro vecino había corrido las verduras podridas con un palo y había descubierto el contenido. Eran restos de un torso humano.

Fue cuestión de horas que se allanara la casa de Emilia Basil. En la comisaría 18 sólo tenían la denuncia por la desaparición de Petriella. En el rastrillaje se encontraron más restos, entre ellos el cráneo hervido del hombre, que había sido envuelto con hojas de diarios viejos. La mujer confesó ese mismo día en que fue detenida.

“Mi marido y mis hijas no tuvieron nada que ver, no sabían nada. Fui sola”, declaró ante el juez de instrucción Juan Carlos Liporace. En la declaración, además, aseguró: “Lo hice y lo volvería a hacer una y mil veces”.

El juez Jorge Sandro la condenó a 10 años de prisión, pena que purgó en la Cárcel de Mujeres.

Emilia Basil salió con libertad condicional en noviembre de 1979. Vecinos contaron que la mujer pasó por el restaurante, que ya no existía y estuvo mirando la casona por algunos minutos.

Un vecino la saludó y le preguntó cómo estaba. Ella sólo le respondió: “¿Y a usted qué le importa?”. A partir de ese momento, su rastro se perdió para siempre.

 


VÍDEO: MUJERES ASESINAS ARGENTINAS – EMILIA BASIL


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR