Elena Fernández Padilla

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La envenenadora de Sevilla

  • Clasificación: ¿Asesina?
  • Características: ¿Celos? - La investigación no pudo determinar con exactitud si Elena Fernández pretendía cometer un asesinato
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 22 de marzo de 1972
  • Perfil de las víctimas: Manuel Fernández Troncoso (su amante)
  • Método de matar: Veneno (sobredosis de fármacos)
  • Localización: Sevilla, España
  • Estado: Murió el mismo día que se produjo el fallecimiento de su amante
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Elena Fernández

Marisol Donis

Esta mujer, cumplidos ya los cincuenta años, granadina, casada con un empleado de Renfe, se instaló en Sevilla en la vega de Triana y ocupaba su tiempo al frente de una pequeña tienda en donde no destacaba por su trato amable, según manifestaciones de vecinos y clientes.

Alta, delgada, morena, hombruna y de difícil carácter: así la describen quienes la conocieron.

El matrimonio cambia de barrio en varias ocasiones y finalmente se asientan en la calle Roque Balduque, en la llamada colonia de los Carteros. Allí se instalan en un local comercial con vivienda en la trastienda, que lo dedican a venta de comestibles.

Muere el marido y ella continúa al frente del negocio. De esa forma conoce a Manuel Fernández, vendedor de huevos. Entre pedido y pedido inician una amistad que se transforma en relación sentimental. Este hombre, once años más joven que ella, está casado y es padre de cuatro hijos.

El carácter agrio de Elena se suaviza cuando él está cerca, pero cuando no le ve, monta en cólera y siente unos celos tremendos de la mujer legítima. Por otro lado, piensa que puede tener otras relaciones extramatrimoniales como las que mantiene con ella misma. Los celos son la reacción de un ataque contra la propiedad y Elena no quiere compartir su «propiedad» con nadie.

La relación se vuelve cada día más borrascosa, discuten con frecuencia. Contribuye a ello la actitud de él que no sólo desaparece durante días, sino que continuamente le pide dinero prestado y nunca devuelto. Siempre pequeñas cantidades, pero cuando la deuda ascendía a diez mil pesetas, dejó de visitarla.

Elena entró en una fase en la que su estado depresivo la obligaba a consumir ansiolíticos, barbitúricos y una serie de fármacos que se sumaron a la necesaria insulina para su diabetes. El botiquín de la casa era una pequeña farmacia.

Los celos siguen consumiéndola por la prolongada ausencia de su amante. Celos que provienen de la envidia que le corroe; envidia de la mujer, de los hijos, de todo lo que la separa de ella.

Es posible que en ese momento elaborara su plan. La reacción de los celos en la mujer es menos violenta que en el hombre, pero mucho más refinada.

En marzo de 1972, Manuel vuelve a visitarla y reanudan su relación, pero las discusiones no cesan. Los vecinos se acostumbran a escuchar la radio y la televisión a todo volumen, al mismo tiempo que gritos e insultos.

A mediados de ese mes, Elena retira del banco cuarenta mil pesetas. Esa misma noche vuelve a oírse la radio y la televisión en medio de la discusión. Pasan las horas, a ellos no se les oye, pero la radio sigue a todo volumen. Al día siguiente, lo mismo.

Cuando se empezó a sospechar que algo grave había ocurrido, ya habían fallecido los dos.

Se les encontró en la cama, sin vida. Manuel, rodeado de excrementos y cubierto de sus propios vómitos. En la mesilla de su lado, una copa de coñac, pasteles y frascos de barbitúricos. A su lado, Elena.

Sin testigos de lo que allí pudo ocurrir, comenzaron las conjeturas. La hipótesis más creíble se refiere a que ella le añadió a la bebida una sobredosis de fármacos, posiblemente sin que él lo advirtiera. Elena, como coartada, también tomaría su dosis para luego hacer ver que todo había sido un accidente. Una de las características del que delinque por celos es la actitud tranquila; su acto le parece lógico y no deja huella de remordimiento. Pero se le fue la mano y murió también.

El comentario general era que ella no se suicidó porque entonces no habría sacado del banco las cuarenta mil pesetas.

Hubo quien pensó en un suicidio mutuamente aceptado. Incluso en un «suicidio ampliado» en el que ella quisiera quitarse la vida llevándosele a él por delante.

También es posible que no pensara matarlo y al verle muerto se suicidara.

Nunca se sabrá la verdad.


Elena Fernández Padilla, la envenenadora de Sevilla

Francisco Pérez Abellán

La ilusión por un hombre más joven lleva a perder la cabeza a una mujer que toda su vida ha sido la aburrida esposa de un empleado de Renfe. Cuando se decide a convertirse en una persona con mayores atractivos descubre que, en gran parte, el destino depende de la voluntad, aunque esta es muy difícil de dominar si se tiene entregada en un peligroso amor.

Hacía ocho años que vivía en el mismo lugar de Sevilla y cuatro que había quedado viuda. Su domicilio estaba pasada la Puerta de la Macarena, en el barrio de Los Carteros, antes barriada de Los Rosales, en la calle Roque Balduque, donde junto a su dormitorio tenía abierta una tienda de comestibles. Elena Fernández había cumplido los cincuenta y nueve años, lo que no era edad para tirar cohetes, pero una existencia de insatisfacción continua le habían dejado un poso de energía que después de haber olvidado aquella pervivencia gris y sin hijos, junto a su esposo, un humilde empleado de Renfe, tenía previsto dilapidar en una pasión tardía donde, de forma muy diferente a Proust, pudiera recuperar el tiempo perdido.

La pensión del fallecido, junto a las ganancias de la tienda, así como el alquiler, en mil pesetas, de la parte de arriba de la vivienda, al cocinero del sanatorio de Miraflores, que la habitaba con su esposa, le permitían disponer de una situación desahogada. Eso la animó a recuperar en lo posible sus atractivos, decidiendo ponerse la dentadura completa, un lujo entonces, así como a instalarse entre los nuevos dientes uno de oro que deslumbrara al sonreír, signo a la vez de poderío y de nivel social.

Elena era, como mujer, alta para la época, delgada, estirada. Su rostro era poco agraciado, con ojos apagados y barbilla redondeada. Quizá lo más hermoso de su cara fuera su sonrisa, ahora adornada con el destello del oro. El carácter no le ayudaba a caer bien, pues según sus vecinos lo tenía brusco y antipático. Era un tanto hombruna. No obstante, eso no impedía que atendiera con corrección a sus clientes y les sirviera productos en las debidas condiciones, por lo que siempre tenía el tenducho lleno. Su buena situación económica le permitió también comprarse una peluca con la que cubrir su media melena de cabello negro deslucido en el transcurso de los años. Con aquellos toques, ropa nueva y deseos de agradar, prestaba especial atención a los hombres que pasaban por su negocio.

Un día llegó a la tienda Manuel Fernández Troncoso, once años más joven que ella, a quien conocía por relaciones familiares, sabiendo que estaba casado y tenía cuatro hijos. No era gran cosa como galán, pero disfrutaba de labia con la que adornar el oído de una mujer. Era recovero y vendía huevos por cuenta ajena. La viuda vio en él una oportunidad perdida y se le insinuó con mucho aleteo de pestañas y algún que otro destello de su dentadura dorada, lo que hizo mella en su orgullo. Manuel tenía fama de burlador de Sevilla, conquistador de mujeres, castigador de maridos, desde su juventud en el barrio de la Encarnación, en el que había nacido, por lo que no supo resistirse, echándose para delante, porque además olfateaba miles de duros en la faltriquera de aquel bombón trasnochado.

Las visitas de Manuel al negocio de Elena con el pretexto de la actividad comercial que ambos se traían entre manos, menudeaban, sin cuidarse del qué dirán, por lo que todo el barrio estaba al corriente de que la viuda gastaba entretenido que, al menos un par de noches por semana, aparcaba su furgoneta «4-Latas» frente a la tienda, quedándose allí hasta el día siguiente.

Además, Elena no parecía gozar de su aventura si la guardaba para ella sola. La discreción le robaba sabor al disfrute. Por eso lo compartía todo con sus clientas de confianza, por lo que solía hacer comentarios en los que las ilustraba de lo bien que marchaba su romance con alardes amoroso-gimnásticos incluidos, relatados sin ningún pudor y alguna guasa. Se notaba que la viuda era feliz, por primera vez en mucho tiempo, quizá por primera vez en toda su vida. Por el contrario, Manuel, su amante, un poco menos enamorado y prestando un poco más de atención a las pesetas, la había convencido para que le dejara meter mano en sus cuentas. Supo así que Elena estaba bien situada porque, además de lo que podía verse, guardaba más de medio millón de pesetas en el banco, lo que calentó su amor hasta el punto de ebullición. Con Elena rendida y apasionada, a pesar de que tenía fama de ser de la cofradía de la Virgen del Puño, tacaña y desconfiada, consiguió ir sacándole dineros hasta deberle dos mil duros. Cifra en la que se plantó la viuda, que había sido lo suficientemente lila para hacerse la ilusión, durante unos meses, de que entre ellos podría haber algo más que el simple gancho que, en el paladar de Manuel, hacía el cebo afilado de su fortuna. No consiguió que aquel novio decidor y retrechero le devolviera una peseta, pero no consintió en darle más, hasta el punto de que Manuel consideró terminado el affaire y levantó el vuelo. Para olvidarse por completo de su pasado dejó el oficio de recovero, cambiándolo por otro que no le permitía visitarla aunque quisiera.

Elena se vino abajo. No tenía ánimo ni para peinar la peluca que la volvía tan sexy. Entregada y volcada en su amor, se arriesgó a todo. Incluso fue en varias ocasiones a visitar a Manuel a su casa, fingiendo como familia lejana interesarse por sus retoños. Manuel se dio cuenta de que aquello no terminaba allí. Elena no sería una nueva cuenta en su collar de macho que colecciona prendas de sus enamoradas. Elena exigía atención, cumplimiento de las promesas. Y amenazaba si no se le tomaba en serio. No eran las palabras, eran sus ojos de mirada plana los que daban miedo. Manuel accedió a volver de vez en cuando a su casa, pero lo hacía lleno de temor. Lo había intentado todo para cortar, incluso llegó a confesarle que tenía un nuevo amor, esta vez en el pueblo de Camas; pero eso a ella, que había pasado por la mujer y los cuatro hijos, un nuevo borrón amoroso no le significaba nada, solo quería alcanzar los gozos de antes.

Manuel le daba celos, tal vez involuntariamente, y encendía su pasión, su afán de conquista, dormido durante tanto tiempo en la vía muerta del ferroviario. Elena le dijo a sus confidentes que como se atreviera a dejarla habría de rajarlo, es decir, abrirlo como una sandía, esparciendo sus entrañas. Sus formas hombrunas dotaban de credibilidad a aquellos asertos llenos de rabia. En privado, cara a cara con Manuel, trataba de reconvenirlo con lo que pudiera llenarle de pavor. Le decía que cualquier día habría de envenenarlo para que dejara de ser un «tío tan güeno», con tanto salero, capaz de llevarse de calle a las zagalas, sin importarte el amor sincero. Manuel se creía las amenazas de Elena. Cuando aceptaba ir a su casa no abría la boca, ni aceptaba comida o bebida que esta hubiera preparado. «Me da miedo que me envenene», había confesado.

La enfermedad de Elena, que era diabética, la había familiarizado con los fármacos. Además, sus ansiedades la convirtieron en una especie de drogadicta de los barbitúricos. Tenía que consumir alguna pastilla siempre antes de dormir.

Otro elemento que la convertía en peligrosa era el afilado cuchillo que mantenía cerca de ella «porque como mujer sola, necesitaba protección». En parte por su capacidad de persuasión, en parte por sus amenazas y desde luego por el atractivo indudable de los ocho mil duros que sacó del banco en billetes verdes, Elena logró una nueva cita con Manuel Fernández en su casa el martes 22 de marzo de 1972. Ilusionada como nunca, pasó todo el día recomponiendo su figura.

Confiaba en su capacidad de seducción, pero su mente fría había preparado un plan B por si el primero fallaba. Sus clientas habituales la vieron manipular una botella de coñac, y a tenor de lo que luego sucedió podría haberle echado algo dentro, que habría de esconder reconstruyendo el precinto como si estuviera por descorchar. Ella ya sabía que Manuel no tomaría nada en su casa si la botella no era abierta en su presencia. Después de ocuparse del coñac, perfumó toda la casa, dedicándose con especial atención al dormitorio.

Fue al acabar los preparativos cuando se dio cuenta de que Manuel tardaba demasiado. Tal vez, y pese a todo lo que le había ofrecido, no pensaba venir. Pero Elena no habría de darse por vencida. Sin detenerse a pensarlo, a las ocho y media de la tarde, se encaminó a la casa donde Manuel vivía con su mujer y sus hijos. Al verla llegar, el hombre se quedó más blanco que el papel de fumar. Pasó al interior de la vivienda, situada en la calle Nicasio Gallego, y se despidió de los suyos sin saber que nunca volvería a verlos. «Nena, salgo un minuto.»

Fuera, Elena le pidió que tomaran un taxi para dirigirse a toda velocidad a su domicilio. Es posible que ya le hubiera enseñado el fajo de billetes verdes -«cuarenta mil del ala»-, que, quizá con una sonrisa de oro, prometió darle, enseñando mucho el diente, coqueta, por primera vez sumisa, levantándole de golpe todos los apetitos. En frase de Elena, «el dinero es la mejor medicina del mundo para arreglar enfermedades del alma», así lo dijo a una vecina, cínica y esperanzada a la vez. La pareja cruzó el umbral de la casa a salvo de todas las miradas. Era la primera vez que Manuel no llegaba en su «4-Latas», y aunque pusieron la radio y la televisión a todo volumen, seguramente para que no los oyeran, nadie observó nada anormal.

Los descubrieron al día siguiente, pasadas las dos y media de la tarde. La policía se vio obligada a arrancar la tela metálica que cerraba la ventana del dormitorio, deslizándose uno de sus miembros por allí, puesto que la puerta estaba cerrada. Manuel, vestido solo con una camiseta, estaba sobre la cama. Muy cerca, el cadáver de Elena, que llevaba puesto el camisón. Tenía la mitad del cuerpo recostado en la cama y la otra parte en el suelo. En la mesilla de noche quedaban los restos de la bacanal: barbitúricos, unos pocos pasteles y una botella semivacía de coñac. La hipótesis fue confeccionada en seguida con los elementos a la vista: los síntomas de descomposición intestinal que presentaba el hombre permitían aventurar que había sido envenenado con el contenido de la botella. Por su parte, la mujer parecía haber fallecido de una sobredosis de pastillas. De aquellos barbitúricos que daba a tragar a su amante para que se quedara dormido y no la abandonara para retornar a su casa. Quizá aquella noche Elena propuso a Manuel una solución a sus amoríos tronchados, y al no conseguir su aquiescencia puso en marcha el plan B.

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